PROLOGO A LA PRIMERA EDICION
En el transcurrir del tiempo en la historia legislativa de Mé-
xico, a la hora de explicar los propósitos que han guiado a
nuestros excelsos juristas en el momento de establecer la re-
gulación de cada uno de los poderes, se ha expuesto, entre
otras cosas, la necesidad de mejorar la administración de jus-
ticia, el proceso, las leyes, para sobre todo, asegurar su efec-
tividad. Y en lo personal, creo que es una prudente expresión,
“arreglar la justicia”.
Es interesante recordar que las cosas que hacen de un
hombre, un buen juez, son las siguientes: “en primer lugar,
un recto entendimiento de esa principal ley de naturaleza lla-
mada equidad. Dicho entendimiento, al no depender de la
lectura de los escritos de otros hombres, sino de la bondad
de la propia razón natural de un hombre y de su capacidad
de reflexión, se presume que residirá en mayor medida en
aquéllos que han podido disponer de más tiempo, y que tie-
nen una mayor inclinación a meditar sobre ese particular; en
segundo lugar, un desprecio por riquezas y honores innece-
sarios; en tercer lugar, la capacidad a la hora de juzgar, de
despojarse de todo miedo, indignación, odio, amor y compa-
sión; en cuarto y, por último, paciencia para escuchar, diligen-
te atención a lo que se oye, y memoria para retener, digerir y
aplicar lo que se ha oído.”
No es que piense que la Justicia, entendida como orde-
namiento judicial, esté desarreglada en México, ni tampoco
creo que nos encontremos en un momento semejante al
constituyente en el que es preciso construir por entero el or-
den fundamental del Estado y, por tanto, de cada una de sus
instituciones. Sin embargo, sí me parecen oportunos tales tér-
minos en la situación en la que nos hallamos porque tenemos
ante nosotros la oportunidad de completar el edificio judicial.
En efecto, vivimos una ocasión privilegiada para definir con
vocación duradera sus coordenadas subconstitucionales. Es
en ese contexto en el que me parece que tiene sentido hoy
esa idea del arreglo de la Justicia, puede, perfectamente, ser
entendida como componer, de común acuerdo, trabando los
puntos de coincidencia y construyendo sobre ellos, el mar-
co legislativo que desarrolla las previsiones constitucionales.
O, lo que es lo mismo, el entramado jurídico que permitirá
que los juzgados y tribunales y la organización que integran,
así como los jueces y magistrados y cuantos sirven a la Ad-
ministración de Justicia, en definitiva todos los ciudadanos,
dispongan de un aparato judicial y procesal estable, común-
mente aceptado y, por tanto, sustraído a las contingencias de
las contiendas políticas y en condiciones de prestar a todos la
tutela efectiva de sus derechos e intereses legítimos.
Los principios básicos del ordenamiento del Poder Judicial
que el Discurso enuncia siguen siendo plenamente válidos
en la actualidad. Aunque insiste varias veces en esa idea, la
expresa claramente cuando afirma: “Por lo mismo, uno de los
principales objetos de la Constitución es fijar las bases de la
potestad judicial, para que la administración de justicia sea
en todos los casos efectiva, pronta e imparcial”.
La posición del Poder Judicial, la relevancia de su función
constitucional, justifican sobradamente que se aborden las
reformas que necesita desde la concordia y no sobre la con-
frontación. Este es el alcance del arreglo al que me refiero y
sobre él versa el prólogo de esta obra.
Lo digo porque el Derecho es consustancial a la sociedad.
El aforismo ubi societas ibi ius;ubi ius ibi societas, lo mani-
fiesta con claridad y concisión. Y el Derecho implica poder,
tiene una evidente significación política. Del mismo modo que
la sociedad requiere normas jurídicas, el Derecho supone y
necesita del poder para ser y realizarse. A su vez, el poder
precisa del Derecho para consolidarse y dotarse de la racio-
nalidad que requiere su pervivencia. La dimensión jurídica de
la organización política fue captada con claridad en Roma.
Nada menos que Cicerón insiste en ella al subrayar que uno
de sus elementos principales es el consensus iuris, el acuer-
do sobre la idea del Derecho que asume y realiza.
No me voy a fijar en las aportaciones de algunos pensado-
res que ocupan un lugar central en la historia del pensamien-
to y que se sitúan en posiciones diferentes y viven en distintos
momentos del acontecer histórico. No me importa esa diver-
sidad ya que, en mi opinión, la combinación de diferentes
aproximaciones metodológicas no sólo es una característica
de los estudios en materia del Juicio de Amparo, sino que
resulta muy provechosa.
Por lo demás, dirigir la mirada a tiempos pasados suele ser
extraordinariamente útil para comprender el presente, pues
las instituciones y las ideas que respecto de ellas se forman
no surgen en el vacío, sino que se asientan y producen a
partir de los hechos y concepciones previos. Por eso, con
frecuencia, siguen siendo plenamente válidas reflexiones y
construcciones esbozadas en el pasado, a pesar de que se
hicieran en condiciones sociales, económicas, jurídicas y po-
líticas muy distintas a las actuales.
Es sabido que las normas constitucionales poseen unas
características que las singularizan frente a las restantes nor-
mas jurídicas. Se ha hablado al respecto de su generalidad e
indeterminación como notas distintivas.
Por otra parte, al margen de cuál sea su estructura, es evi-
dente que el texto fundamental no puede preverlo todo, ni
agotar la regulación de todas las instituciones que, por su im-
portancia, hayan merecido la atención de los constituyentes.
Ahora bien, lo cierto es que, cualquiera que sea el tamaño
de una carta constitucional, es imposible que agote las regu-
laciones de los derechos de las personas y de los órganos
del Estado.
El desarrollo de la Ley de Amparo es, por tanto, indispen-
sable y, por ese mismo motivo, su trascendencia es decisiva.
No porque vaya a alterar las opciones de aquélla, ya que la
validez de la ley depende de su constitucionalidad formal y
material, sino porque la propia integridad del diseño del cons-
tituyente requiere de la contribución del legislador en todos
los casos en que sea llamado a completar el ordenamien-
to trazado por aquél. Y se da el caso de que, en distintas
ocasiones, le deja abierta la posibilidad de elegir entre varias
alternativas, todas ellas constitucionalmente aceptables pero
no equivalentes.
Me refiero a que efectuar una u otra elección entre las que
caben en ese abanico supondrá adoptar una determinada
orientación para la materia que, de ese modo, se regula, pero,
también, con consecuencias para todo el conjunto, dado que
el Derecho constituye, a la postre, una unidad que no puede
sino reflejar las variaciones que experimenten sus partes.
¿Qué es lo que hace posible la longevidad de la ley de
Amparo? A mi entender, son dos los factores principales que
concurren en la producción de ese efecto: Por un lado, el
acierto técnico de sus normas; por el otro, el amplio consen-
so sobre las líneas maestras de su contenido.
Cuando se combinan calidad y acuerdo en el trabajo legis-
lativo se sientan las condiciones para que beneficie a muchas
generaciones. Claro está que ambos requisitos se implican
porque la primera suele conducir al segundo y, a su vez, la
participación efectiva en el establecimiento de los preceptos
legales de todos los sujetos interesados facilita el hallazgo de
las mejores soluciones.
No pretendo desconocer el mérito de los juristas eminen-
tes, ni negaré que, en ocasiones, la inspiración del estudioso,
lograda en la tranquilidad de su gabinete o la intuición de un
gobernante puedan concebir la forma de afrontar la regula-
ción de una materia. Sin embargo, es más seguro el camino
que parte de la experiencia y de las inquietudes de quienes
cotidianamente aplican o participan en la aplicación de las
normas, de quienes viven la realidad del Derecho desde dis-
tintas posiciones y responsabilidades. De este modo y, cier-
tamente, contando con el siempre necesario concurso de los
expertos, es como se pueden alcanzar los mejores resultados
y ponerlos a disposición de los poderes públicos que gozan
de las atribuciones precisas para transformar esos materiales
en normas jurídicas.
El artículo 94 de la Constitución prescribe que “se deposita
el ejercicio del Poder Judicial de la Federación en una Supre-
ma Corte de Justicia…” este máximo Tribunal de la Nación,
es el órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes. La
nota, pues, característica de este órgano jurisdiccional que
es la Suprema Corte, es la de la superioridad en todos los
órdenes jurisdiccionales y en todo México.
Y con ello, los principios de legalidad, de igualdad, en su
vertiente de igualdad en la aplicación de la ley, y de seguridad
jurídica, vendrán a perfilar las funciones constitucionales del
Tribunal Supremo.
“Si la existencia del Estado está condicionada por la exis-
tencia de un sistema jurídico, la existencia de éste es, a su
vez, indicio de la existencia del Estado”.
Lic. Mario Alberto González Llanes
México, Distrito Federal.
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION
No cabe duda que la comprensión del juicio de amparo,
por su complejidad, dada su aplicación en todas las ramas
del derecho, resulta un tanto difícil para quien no domina la
materia; de ahí que este manual de amparo sea útil instru-
mento para quienes se inician en su estudio; obra en la que
el autor, de una manera sencilla y concreta, aborda algunos
temas interesantes acerca del juicio constitucional, llevando
de la mano al lector, como una guía para introducirse y pro-
fundizar en cada uno de los temas que trata, con el objeto de
incrementar sus conocimientos sobre los mismo.
Para la suscrita es muy satisfactorio advertir en quien hace
algunos años fue colaborador en la Procuraduría General de
la República, un encomiable esfuerzo de superación en su
gestión como servidor público y autor de las obras que ha
publicado, en particular a la que ahora me congratulo en pro-
longar, en su ya segunda edición.
Con afecto
Rosa Gpe. Malvina Carmona Roig
México, Distrito Federal.
PROLOGO A LA TERCERA EDICION
En esta obra el autor da a conocer tanto la nueva Ley de
Amparo como cada concepto, término, forma, de cómo se
vive en la praxis el amparo, enseña desde un inicio la diferen-
cia entre la ley derogada, con ésta, que es motivo de estudio,
de tal modo que con su narrativa nos lleva de la mano de
una manera cálida, límpida, haciendo con ello que cualquier
persona, aún aquellas no formadas en la materia del derecho
puedan comprender a la perfección todos y cada uno de los
aspectos de la Nueva Ley de Amparo, introduciéndonos al
mundo fáctico a través de diversos criterios jurisprudencia-
les así como hechos prácticos que no en cualquier libro se
muestran, siendo con ello novedoso en mostrar una forma
desenfadada el mundo del amparo que ha sido transforma-
do por el autor de una complejidad a una sencillez eximia,
volviéndose así una lectura obligada para los estudiantes de
derecho y toda aquella persona con intención de saber los
derechos humanos, la protección de éstos así como su de-
fensa eficaz.
En estos tiempos modernos en donde la globalización ju-
rídica se ha dado en el mundo, ahora también se da con la
Nueva Ley de Amparo en México, donde dicha globalización
implica la flexibilización de la soberanía de los Estados en
cuanto a crear el derecho, puesto que históricamente el Esta-
do se auto-atribuyó la validez y la legitimidad de crear al de-
recho, sin embargo esta situación está siendo criticada como
una forma de autoritarismo, puesto que el Estado dicta lo que
debe ser entendido por derecho, sin plantearse la pregunta
de si ese derecho es contrario o no a un derecho superior,
el de los derechos humanos. Lo formal se impone sobre lo
material, así, lo formal del derecho de Ulpiano “Lex dura lex”
o el pensamiento kantiano de “Cúmplase la ley, aunque el
mundo perezca” se convierten en paradojas del humano que
les dio vida, desde la corrupción surge el autoritarismo de
Estado y con ello, el sometimiento del ciudadano. Por lo ante-
rior es importante las incorporaciones que hace la Nueva Ley
de Amparo al universo jurídico como lo son el amparo entre
particulares, el interés legítimo, el social, la protección a gru-
pos vulnerables que han revolucionado nuestro derecho y el
autor los explica en la presente obra de su ya tercera edición,
de una manera sin igual.
Agradezco el tan inmerecido honor del cual fui objeto al
prologar la presente obra, procurando realizar dicha enco-
mienda de una manera objetiva, veraz y práctica, congratulán-
dome de tener como compañero de Doctorado en Derecho y
Ciencias Jurídicas al autor de la obra además de contar con
su valiosa amistad, esperando contribuir a su magna obra,
alentándolo a que continúe con su trabajo de investigación al
cual da una originalidad característica de su formación y que
en todas sus obras imprime.
Con cariño y admiración
Mtro. Ildefonso Araiza Araiza
México, Distrito Federal.