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El documento analiza el papel político de las hijas de los Reyes Católicos, quienes fueron utilizadas en matrimonios estratégicos para fortalecer alianzas internacionales. Isabel, Juana, María y Catalina, las cuatro hijas, contrajeron matrimonios que impactaron en las relaciones con Portugal y el Imperio, reflejando la magnificencia de la corte a través de sus ajuares y dotes. A través de estos enlaces, se buscó no solo la estabilidad política, sino también un legado cultural y artístico que perduraría en la historia.

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El documento analiza el papel político de las hijas de los Reyes Católicos, quienes fueron utilizadas en matrimonios estratégicos para fortalecer alianzas internacionales. Isabel, Juana, María y Catalina, las cuatro hijas, contrajeron matrimonios que impactaron en las relaciones con Portugal y el Imperio, reflejando la magnificencia de la corte a través de sus ajuares y dotes. A través de estos enlaces, se buscó no solo la estabilidad política, sino también un legado cultural y artístico que perduraría en la historia.

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Las hijas de los Reyes Católicos.

Magnificencia y patronazgo de cuatro reinas*


Miguel Ángel Zalama
Universidad de Valladolid

De los cinco hijos que tuvieron los Reyes Católicos cuatro fueron mujeres y
todas llegaron a ser reinas, algo que no consiguió su heredero, el príncipe Juan,
quien falleció con tan solo diecinueve años en 1497. Las infantas estaban desti-
nadas a servir a los fines políticos de los monarcas, empeñados en extender sus
relaciones internacionales a través del matrimonio de sus hijas 1. Los posibles
enlaces eran muchos y los intereses cambiantes en función de las alianzas o los
enfrentamientos con otros reinos. Así, tras la guerra con Portugal por afianzar
en el trono a Isabel la Católica frente a los derechos de Juana la Beltraneja,
en 1479 se firmó el Tratado de Alcáçovas, acuerdo de paz que conllevaba el
matrimonio de la primogénita de los Reyes Católicos, Isabel, con el príncipe
Alfonso de Portugal, nieto de Alfonso V. Como los prometidos eran niños, la
infanta contaba nueve años y el príncipe casi cinco menos, se pusieron bajo la
custodia de Beatriz de Bragança, hermana de la madre de Isabel la Católica,
en el castillo de Moura, localidad a orillas del Guadiana cercana a la frontera.
Cuando en 1481 llegó al trono luso Juan II, no quiso que su heredero estuviese
bajo la custodia de los Bragança, que eran enemigos declarados, y acordó con
los Reyes Católicos levantar las tercerías, de manera que recuperaba a su hijo
a la vez que la infanta regresaba a España2.

* Este trabajo se ha llevado a cabo en el marco del Proyecto de Investigación I+D del
Ministerio de Ciencia, Investigación y Universidades HAR2017-84208-P Reinas, princesas
e infantas en el entorno de los Reyes Católicos. Magnificencia, mecenazgo, tesoros artísticos,
intercambio cultural y su legado a través de la Historia.
1 Suárez Fernández, L., Política internacional de Isabel la Católica, Valladolid, Univer-
sidad de Valladolid, 1965-2002 (6 vols.). López de Toro, J., Tratados internacionales de
los Reyes Católicos, «Documentos inéditos para la Historia de España, VII», Madrid, 1952,
pp. 237-239; Suárez Fernández, L., Los Reyes Católicos. La conquista del trono, Madrid,
Rialp, 1990, pp. 329-346.
2 Archivo General de Simancas (AGS), Patronato Real (PR), leg. 50, f. 14.

31
32 Las mujeres y el universo de las artes

Fig. 1. Isabel la Católica. Anónimo. c. 1490. Óleo sobre tabla, 21 × 13,3 cm.
Madrid, Museo Nacional del Prado.

Isabel la Católica mostró su agrado al regreso de su primogénita, pero quiso


mantener los lazos con Portugal y ofreció a su segunda hija, Juana, nacida en
1479, como esposa del príncipe Alfonso3. Los deseos de la reina no se satisfi-
cieron, por la edad de la infanta, que aún no había cumplido cuatro años, y
sobre todo porque era la tercera en la línea de sucesión. Al final el matrimonio
se celebró entre la primogénita de los Reyes Católicos y el príncipe Alfonso en

3 AGS, PR, leg. 50, f. 5. En el documento de 11 de agosto de 1482, se especificaba que


«… el dicho casamiento del dicho príncipe don Alfonso se aya de faser e faga con la ylustre
ynfante doña Juana, nuestra fija…».
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 33

1490, enlace que tuvo un corto recorrido pues el heredero falleció pocos meses
después. Viuda y sin descendencia, Isabel regresó de nuevo a España decidida
a no volver a casarse, pero sus padres tenían otros intereses y le presionaron
para que accediera a convertirse en reina de Portugal como esposa de Manuel I.
Con este se casará en 1497, prácticamente a la vez en que volvía a ser princesa
de Asturias tras la muerte de su hermano. Para ser reconocida como tal por las
Cortes, viajó con Manuel I a España, pero falleció en Zaragoza el 23 de agosto
de 1498 como consecuencia del parto de su hijo, Miguel de la Paz, heredero de
las coronas de Aragón, Castilla y Portugal, quien a la postre murió con apenas
dos años de edad4.
No se romperá aquí la relación con Portugal, pues pronto Manuel I tomará
por esposa a otra hija de los Reyes Católicos, la infanta María, pero antes se
había producido un enlace de extraordinarias consecuencias para España: la
infanta Juana se había desplazado a los Países Bajos para casarse con el archi-
duque de Austria y duque de Borgoña Felipe el Hermoso. Hijo del emperador
Maximiliano I, la alianza con el Imperio mediante la política matrimonial fue
compleja, pues se trataba de realizar un doble matrimonio entre el heredero
de los Reyes Católicos y la archiduquesa Margarita, a la vez que su hermano se
casaba con doña Juana. Esta, además de haber sido propuesta para esposa de
Alfonso de Portugal estuvo a punto de serlo del duque de Bretaña Francisco II
en 14885; un año después se buscó el enlace con el rey de Escocia Jacobo IV 6,
y en 1491 se iniciaron conversaciones para propiciar el matrimonio de la
infanta con el rey francés Carlos VIII 7. Al final, y después de salvar muchos
obstáculos, a principios de 1496 se celebró la doble boda por poderes, y en
agosto la ya archiduquesa Juana abandonó España para allegarse a los Países
Bajos y conocer a su esposo.
Si el compromiso familiar con el Imperio era de gran importancia, la polí-
tica de los Reyes Católicos seguía orientada a mantener acuerdos con Portugal.
La muerte de su primogénita en 1498 dejaba en el aire la alianza y pronto se

4 Suárez Fernández, L., Los Reyes Católicos. El camino hacia Europa, Madrid, Rialp, 1990,
pp. 109-113. La documentación en Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., Documentos
referentes a las relaciones con Portugal durante el reinado de los Reyes Católicos, III, Valladolid,
CSIC, 1963, passim.
5 López de Toro, J., op. cit., pp. 237-239.
6 Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., op. cit., pp. 227-228.
7 Zalama, M. Á., Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó, Madrid,
Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010, p. 66.
34 Las mujeres y el universo de las artes

Fig. 2. Virgen de los Reyes Católicos. Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos.
c. 1491-1493. Técnica mixta sobre tabla, 123 × 112 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado.

procuró solucionar. Apenas dos años después de enviudar, Manuel I volvió a


casarse con una infanta española, María, la tercera hija de los Reyes Católicos.
Nacida en 1482, había sido propuesta como esposa al rey luso ante la negativa
de su hermana mayor a contraer nuevas nupcias 8, pero la infanta aún era una
niña y los portugueses preferían a doña Isabel. La muerte de esta hizo retomar

8 Los movimientos que se hicieron por parte de las dos cortes de cara al matrimonio de
Manuel I e Isabel son motivo de debate. Cfr. Sâ, I. dos Guimarães, «Duas Irmãs para um
rei. Isabel de Castela (1470-1498) e Maria de Castela (1482-1517)», en Sâ, Isabel dos Gui-
marães, y Combet, M., Rainhas consortes de D. Manuel I. Isabel de Castela. Maria de Castela.
Leonor de Austria, Lisboa, Círculo de Leitores, 2012, pp. 90-105.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 35

la opción de doña María, de manera que después de recibir la dispensa papal


para el matrimonio entre parientes, pues Isabel la Católica y Manuel I eran
hijos de hermanas, el 24 de agosto se celebró en Granada el matrimonio por
poderes con el procurador del rey luso don Álvaro de Portugal9.
La última de las hijas de los Reyes Católicos, Catalina, nació en 1485.
Desde los tres años estuvo prometida a Arturo, príncipe de Gales, aunque no
viajó a Inglaterra hasta 1501 para desposarse en noviembre. Apenas cuatro
meses y medio después falleció el príncipe de Gales y Enrique VII se vio en la
tesitura de permitir que Catalina retornase, lo que suponía devolver la parte
de la dote que había recibido, o buscar un nuevo enlace. En principio pensó
en él mismo como marido, pero pronto consideró que era mejor que fuese su
segundogénito, y ya heredero, el futuro Enrique VIII, que era cinco años más
joven que Catalina. Esta permaneció viuda en Inglaterra, pero nada más subir
al trono, Enrique VIII determinó casarse con su cuñada una vez recibida la dis-
pensa papal, pues estaba prohibido desposar a la viuda de un hermano, si bien
Catalina testificó que el matrimonio con Arturo nunca se había consumado 10.
En estos sucesivos matrimonios, seis en total pues Isabel y Catalina casaron
dos veces, las dotes que llevaron las infantas fueron muy generosas y, sobre
todo, llegaron a las cortes de sus esposos con ajuares que llamaron la atención
de los naturales. Estos bienes fueron propiciados por decisión de Isabel la
Católica, pero no debió estar al margen el rey Fernando. La política era de
ambos monarcas y el que sus hijas fuesen rodeadas de ricos objetos y obras
de arte no era sino la expresión de la magnificencia de la corte de los Reyes
Católicos, dispuestos a asombrar a los que se iban a convertir en sus yernos.
Además, sabemos que lejos de despreocuparse de las artes, Fernando de Aragón
adquirió algunas obras de gran valor para su cámara, en ocasiones provenientes
del tesoro de su esposa que se puso en almoneda cuando falleció en 1504, y al
rey se debe la dotación de la Capilla Real de Granada con destacados tapices 11.

9 Zurita, J. de, Historia del rey don Hernando el Cathólico. De las empresas y ligas de Italia,
Zaragoza, 1580, libro IV, capítulo XXI. Apenas recoge nada al respecto Santa Cruz, A. de
–Crónica de los Reyes Católicos (Ed. de Carriazo, J. de M.), I, Madrid, 1981, p. 207–, quien
se limita a decir que tras la muerte del príncipe don Miguel, el 20 de julio de 1500, los
Reyes Católicos determinaron enviar a su hija a Portugal.
10 Un acercamiento reciente a la figura de la reina de Inglaterra en Tremlett, G., Catalina
de Aragón. Reina de Inglaterra, Barcelona, Crítica, 2012 [2010].
11 Zalama, M. Á., «Tapices donados por los Reyes Católicos a la Capilla Real de Granada»,
Archivo Español de Arte, LXXXVII, 345 (2014), pp. 1-14; Zalama, M. Á., «Fernando el
Católico y las artes. Pinturas y tapices», Revista de Estudios Colombinos, 11 (2015), pp. 7-28.
36 Las mujeres y el universo de las artes

Un acercamiento a los ajuares de las infantas permite no solo conocer las obras
de arte y objetos de valor que llevaron consigo sino entender que la corte de
los Reyes Católicos dista mucho de ser un lugar sombrío donde, a decir del
cronista Antoine de Lalaing en 1502, los reyes solo vestían «paños de lana»12.
Vestir así en el momento en que Lalaing encontró a los Reyes Católicos
en Toledo tiene justificación en que acababan de recibir la noticia del falleci-
miento de Arturo, príncipe de Gales, esposo de su hija menor Catalina, pues
no era por falta de ricos atuendos de seda, terciopelos y brocados13, tantos que
fray Hernando de Talavera se atrevió a recriminar a la reina el lujo en el vestir
del que hacía gala. De hecho, las damas que acompañaban a la reina lucían
vestidos, a decir del mismo Lalaing, muy ricos, lo que hace impensable que los
monarcas fuesen menos, y en la crónica de Roger Machado de 1489, cuando
una embajada inglesa iba a negociar el matrimonio del príncipe de Gales con
la infanta Catalina, se dice que «el rey lucía una exuberante ropa de hilo de
oro, tejida enteramente de oro y festoneada con una rica orla de preciosa
marta cebellina; y la reina estaba sentada a su lado, cubierta con un rico traje
de la misma ropa tejida de oro que llevaba el rey», con todo tipo de joyas y
un «ostentoso collar de oro»14. Además, hacer grandes gastos para mostrar la
magnificencia del personaje era algo habitual. Lo que hoy sería desaprobada
ostentación, en la época se consideraba una forma correcta de proceder, incluso
virtuosa, pues Aristóteles entendía que la magnificencia era una virtud. Así,
en su Ética a Nicómaco, el filósofo la definía como la capacidad para gastar el
dinero con esplendidez, pues «excede a la liberalidad en grandeza» 15. El peso de
Aristóteles era muy grande y su filosofía estaba bendecida por la Iglesia desde
al menos santo Tomás, con lo que lejos de considerar que el dispendio era un
vicio se había convertido en una virtud. Y este fue el espíritu que movió a los
Reyes Católicos de cara a la llegada de sus hijas a las diferentes cortes europeas.

12 Lalaing, A. de, «Primer viaje de Felipe el Hermoso a España en 1501», en García


Mercadal, J., Viajes de extranjeros por España y Portugal, I, Madrid, Aguilar, 1952, p. 460.
13 Zalama, M. Á., Juana I…, pp. 49-51; Zalama, M. Á., «Oro, perlas brocados… La
ostentación en el vestir en la corte de los Reyes Católicos», Revista de Estudios Colombinos,
8 (2012), pp. 13-22.
14 Bello León, J. M., y Hernández Pérez, B., «Una embajada inglesa a la corte de los
Reyes Católicos y su descripción en el ‘Diario’ de Roger Machado. Año 1489», En la España
Medieval, 26 (2003), p. 188.
15 Aristóteles, Ética a Nicómaco (trad. de Simón Abril, P.), ca. 1570-1590. Ed. moder-
nizada, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1918, libro IV, cap. II.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 37

Isabel, reina de Portugal y princesa de España

Cuando la infanta Isabel fue entregada en tercerías a su tía abuela Beatriz de


Bragança en 1479, no parece que llevase consigo bienes de importancia. Solo
era una niña y sus padres confiaban, como así fue a la postre, en su regreso
a España. No obstante, sabemos que «la madre en Medina había equipado
maravillosamente, adornándola con piedras preciosas, mucho oro y vestidos
suntuosísimos», y que fue acompañada por una comitiva conducida por el
maestre de Santiago Alonso de Cárdenas, de la que formaban parte tres obis-
pos16. La niña regresó a España tras romperse el acuerdo, pero en 1490 volvió a
Portugal para, esta vez sí, contraer matrimonio con el príncipe Alfonso. La dote
establecida apenas cambiaba respecto a la pactada en 1479. Estaba constituida
por 106.666,66 doblas de la banda castellanas, y la princesa recibiría en arras
la sexta parte de esa cantidad17.
Con motivo del enlace desde Portugal se envió un retrato del príncipe
Alfonso «tirado pelo natural» (sacado del natural) 18, pero que no sería tal pues
en la época los retratos mostraban la dignidad del efigiado y no su verdadera
figura. Isabel la Católica por su parte determinó formar un ajuar para su hija
en el que la magnificencia era el objetivo. Por una nómina fechada el 20 de
noviembre de 1490, la reina ordenó entregar al teniente de camarero Juan
de Salinas «para la prinçesa de Portugal e para su partida» más de veintidós
marcos de oro, que montaron 548.020 maravedís, «para las obras que se hicie-
ron de oro para la princesa». La cantidad de plata fue mucho mayor e incluía
objetos como «una cruz grande de plata dorada», que llevaba el escudo de la
princesa, un cáliz de plata, candeleros, perfumadores, mazas, cajas, jarras…,
piezas que se hicieron ex profeso y se sobredoraron. Entre los ornamentos
destaca la ropa litúrgica adornada por los bordadores Pedro y Francisco de
Covarrubias. También llevó al menos veintitrés libros, para los que se hicieron
guarniciones de plata y el iluminador Tordesillas modeló letras de oro para un
breviario. Un largo número de camisas, chapines, ropa de cama…, completa-
ban el ajuar. Sin embargo, de entre todos los objetos destacan una guarnición
de cama, «bordada, de chaparía de plata blanca sobre terciopelo carmesy», que

16 Palencia, A. de, Cuarta Década, II, «Archivo Documental Español, XXV» (Ed. de López
de Toro, J.), Madrid, Real Academia de la Historia, 1974, p. 235.
17 Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., op. cit., II, Valladolid, CSIC, 1960, pp. 368-382.
18 Sâ, I. dos Guimarães, op. cit., p. 57.
38 Las mujeres y el universo de las artes

costó 260.895 maravedís 19, y otra guarnición de plata, brocados y seda que
importó con la hechura 124.000 maravedís20.
La muerte al caer de un caballo del príncipe Alfonso supuso el regreso a
España de doña Isabel. Mas volvería a Portugal como reina en 1497, al casarse
con Manuel I. Entre los objetos que componían su ajuar en esta segunda boda,
se encontraba «un salero de plata dorado de dentro y de fuera que tiene unas
puntas como diamantes alderredor» que llevaba las armas «de la señora reyna
e prinçesa», que su camarera, Inés de Albornoz, entregó después de fallecer
la reina de Portugal a Isabel la Católica, quien se lo regaló a su hija María, la
nueva reina de Portugal21. Cuando murió la reina-princesa en 1498 dejó en
manos de madona Marque un considerable número de pinturas sobre tabla
que se inventariaron como de oratorio:
Una tabla de la ystoria de quando nuestro señor dio la ley a Moysén en que ay
seys figuras con la de nuestro señor, tres altas e tres baxas. Otra tabla del Naçimiento
de Nuestro Señor en que está Nuestra Señora e Josep e los pastores y tres ángeles.
Otra tabla redonda que tiene a Nuestra Señora con el Niño en los braços y la teta
en la boca está de çinta arriba metida en una caxa de madera. Otra tabla redonda en
que está Nuestro Señor de çinta arriba con unas letras que dizen Salvator Mundi
y alderredor unas rosas pintadas. Otra tabla redonda dorada en que está Nuestra
Señora con un manto azul con el Niño en los braços está metida en una caxa de
madera. Otra tabla en que estava Nuestra Señora asentada debaxo de un doser y
Sant Juan que tiene un calis en la mano con una culebra. Otra tabla en que está
una ymajen de una mujer desnuda cubierta de bello sola en unos prados y monta-
nas verdes. Otra tabla en que está Sant Antón asentado y alderredor del pintadas
muchas tentaçiones del diablo. Otra tabla pequeña de Nuestra Señora con su hijo
en braços de Greçia y tiene dos puertezicas que está en la una Sant Miguel e en la
otra la Salutaçión. Otro retablico con dos puertas en que está la Salutaçión debaxo
de un bidrio. Tres tablicas de hieso plateadas por çima en que está en cada una Sant
Antón. Otra tablica en que está Nuestra Señora de la çinta arriba pintada sobre un
vidrio morado. Otra tabla pequeña en que está Nuestro Señor atado a la coluna y
una muger que ase a Sant Pedro del braço. Otra tabla de mala mano en que está
el ofreçimiento. Otra tabla en que está Nuestra Señora con el Niño en los braços
dormido sobre la teta con unos rayos alderredor. Una tablica de plomo en que está
Nuestro Señor de bulto de la çinta arriba metida en una caxa pintada […] Una tabla

19 Torre, A. de la, y Torre, E. A. de la, Cuentas de Gonzalo de Baeza, tesorero de Isabel la


Católica, I, Madrid, CSIC, 1955, pp. 346-358.
20 AGS, Contaduría Mayor de Cuentas (CMC), 1.ª época, leg. 45, s. f.
21 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 93, s. f.; Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación. El tesoro de
María de Aragón y Castilla, esposa de Manuel I de Portugal», Goya, 358 (2017), p. 4.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 39

en que está la Verónica de Nuestro Señor bordada de hilo de oro e seda con uan
tyra de carmesy alderredor con unas letras de hilo doro hilado enbuelta en un paño
de lienço de Bretaña roxo22.
Estas tablas pasaron al tesoro de Isabel la Católica y se pusieron en almoneda
cuando falleció la reina. La que mostraba «una ymajen de una mujer desnuda
cubierta de bello sola en unos prados y montanas verdes», podría ser la que en
la almoneda se lista como la «que tiene en el medio vna mujer desnuda con
vnos cabellos largos las manos juntas y en lo baxo en el çerco dorado vn letrero
de letras negras que dize Ieronimus, apreçiose en çinco reales»23. Esta tabla,
tenida por obra del Bosco, solo alcanzó la ridícula suma de 170 maravedís, y
no parece que alguien se interesara por ella pues no se vendió24.

Juana, infanta, archiduquesa, reina

Mucho mejor conocido es el ajuar que llevó consigo la infanta Juana cuando
se trasladó en agosto de 1496 a los Países Bajos para encontrarse con su esposo,
el archiduque de Austria y duque de Borgoña Felipe el Hermoso. La doble boda
del príncipe Juan y su hermana con los hijos del emperador Maximiliano I
tardó en acordarse, pero cuando por fin se celebró el matrimonio por poderes
a comienzos de 1496 25, Isabel la Católica actuó con inusitada rapidez para
preparar la partida de su hija. Se optó por el viaje por mar, el más rápido, y se
dispuso una armada como no se había visto nunca. El gasto fue exagerado, en
torno a 135.000 ducados –más de cincuenta millones de maravedís–, de los
que 50.000 ducados se invirtieron en el ajuar de la archiduquesa26.

22 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 192, f. 12.


23 Sánchez Cantón, F. J., Libros, tapices y cuadros que coleccionó Isabel la Católica, Madrid,
CSIC, 1950, p. 182; Silva Maroto, P., «Pintura y pintores flamencos en la corte de Isabel
la Católica», en VV. AA., La senda española de los artistas flamencos, Madrid, Galaxia Guten-
berg-Círculo de Lectores, 2009, p. 48.
24 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 192, f. 68; Zalama, M. Á., «La infructuosa venta en almo-
neda de las pinturas de Isabel la Católica», Boletín del Seminario de Arte y Arqueología. Arte,
LXXIV (2008), p. 54.
25 Zalama, M. Á., Juana I…, pp. 66-71.
26 Ladero Quesada, M. Á., La armada de Flandes. Un episodio de la política naval de los
Reyes Católicos (1496-1497), Madrid, Real Academia de la Historia, 2003, passim; Zalama,
M. Á., Juana I…, pp. 71-73.
40 Las mujeres y el universo de las artes

Fig. 3. Juana I. Maestro de la vida de José o de la abadía de Afflighem (atr.).


Óleo sobre tabla, 34,7 × 22,4 cm. Valladolid, Museo Nacional de Escultura.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 41

Los Reyes Católicos sabían que la corte de Borgoña, no obstante haber


sufrido un tremendo revés con la derrota de Carlos el Temerario frente a los
suizos en 1477, era la más fastuosa de Europa, a pesar de solo ser un ducado.
Si se quería competir en magnificencia, e incluso ganar, la infanta española
debía presentarse ante su esposo con una riqueza capaz de impresionar a los
borgoñones. En poco más de seis meses Isabel la Católica ordenó realizar pie-
zas de oro, plata, pedrería…, y comprar todo tipo de enseres para conformar
un fastuoso tesoro. Solo en ricas telas –«brocados, sedas, rasos, damascos…»–
se gastaron 3.635.920 maravedís, mientras que el coste del oro superó los tres
millones 27.
En la detallada lista de los gastos realizados no se anotan pinturas, lo que
no significa que no las llevara, solo que no se hicieron para el evento. Cuando
la ya reina Juana I ingresó en Tordesillas en 1509 poseía siete retratos. Uno de
ella misma: «tabla de la figura de la reina», otro de su madre: «vna tabla donde
estaua pintada la figura de la reyna doña Ysauel», y cuatro –dos eran dibujos–
de su hermana menor, Catalina, princesa de Gales: «dos tablas de la ymajen de
la prinçesa de Galez y dos papeles de pinturas de la dicha ymajen». El último,
«tabla de la figura de la reyna y prinçesa que santa gloria aya», representaba a
la hermana mayor de doña Juana, la reina-princesa Isabel de Portugal. No es
posible determinar cuándo llegaron a su poder, pero dado el nulo interés que
doña Juana mostró por el mundo circundante, es más que probable que fuesen
regalos en buena medida de su madre.
En cualquier caso, no parece que todos estos retratos se hicieran ex profeso
cuando se conformó el ajuar. Se conservan varias pinturas de Juana I pero solo
una se cita entre sus pertenencias. Hacer retratos, no realistas sino representa-
ciones ideales del efigiado, se convirtió en habitual desde finales del siglo XV.
En la corte de los Reyes Católicos no había retratistas en 1486, de manera
que Fernando el Católico tuvo que disculparse ante su hermana, la reina
de Nápoles, por no enviar un retrato del príncipe Juan, debido a «no haver
fallado aquí tal pintor» 28. Y es que las representaciones de los jóvenes casade-
ros en pinturas sobre tabla de pequeño formato circulaban por las diferentes
cortes europeas. Era necesario pues actuar como los demás príncipes y así se
hizo a partir de la llegada de los pintores Michel Sittow en 1492 y de Juan de

27 Ladero Quesada, M. Á., op. cit., p. 93. Un estudio pormenorizado en Zalama, M. Á.,
Juana I…, pp. 74-80.
28 Torre, A. de la, Documentos sobre las relaciones internacionales de los Reyes Católicos, II,
Barcelona, Patronato Marcelino Menéndez Pelayo, 1950, pp. 353-354.
42 Las mujeres y el universo de las artes

Flandes en 1496, con lo que se solucionó lo que se había convertido en un


problema. Se atribuye a este último el retrato de Juana de Castilla (29,5 × 19,3
cm, Kunsthistorisches Museum, Viena). Al formar pareja con una tabla con
la efigie de Felipe el Hermoso de segura identificación, se ha inferido que se
trataba de la infanta española 29, aunque no parece que se concibieran como
un conjunto. Además, se conservan varias versiones todas sobre tabla, quizás
todas copias de un original perdido, de un retrato diferente al de Viena. Una
está en Innsbruck (36 × 24,5 cm, Kunsthistorisches Museum, Schloss Ambras)
donde se identifica al personaje con una inscripción en el marco «Madame
Jehanne de Castille», atribuida al taller del Maestro de la Leyenda de la Mag-
dalena ¿Pieter van Coninxloo? Otra se conserva en la Colección Duque del
Infantado (32 × 22,3 cm), y una tercera en el Museo Nacional de Escultura
de Valladolid (34,7 × 22,4 cm) 30.
Junto a los objetos de oro, plata y pedrería, y los ricos tejidos entre los
que sobresalía el brocado, especial atención se ponía en los tapices. La manu-
factura de un paño, además de incluir costosos materiales, llevaba mucho
tiempo, razón esta por la que no se pudieron encargar para la archiduquesa
en los pocos meses que mediaron desde su matrimonio hasta que partió de
España. No obstante, sí que llevó tapices. Isabel la Católica reunió una gran
colección de paños flamencos y están documentados los que regaló algunos
a sus hijas María y Catalina cuando contrajeron matrimonio en 1500. Sin
duda también hizo lo mismo con sus hijas mayores, aunque no se conser-
ven los registros. Además, al final de sus días, la reina Católica tenía más de
trescientos tapices, después de haber regalado varios a sus hijas, y a su nuera
Margarita de Austria 31.
A pesar de que al llegar a los Países Bajos uno de los barcos encalló y se
perdieron muchos enseres32, la archiduquesa Juana hizo una entrada en Ambe-
res que llamó la atención por la riqueza con la que se mostró. Jean Molinet,
cronista de Felipe el Hermoso, refiere el acontecimiento y no duda en declarar

29 Inv. n.º 3872 (Felipe el Hermoso) y 3873 (Juana I). La atribución a Juan de Flandes la
realizó Glück, G., «Bildnisse von Juan de Flandes», Pantheon, 8 (1931), pp. 313-317, y ha
sido generalmente aceptada por la crítica. Cfr. Schütz, K., «Retrato de Juana de Castilla»,
en Checa, F. (com.), Reyes y mecenas. Los Reyes Católicos-Maximiliano I y los inicios de la
Casa de Austria en España, Toledo, Ministerio de Cultura, 1992, pp. 419-420.
30 Zalama, M. Á., Juana I…, pp. 320-326.
31 Sánchez Cantón, F. J., op. cit., pp. 89-150.
32 Zalama, M. Á., Juana I…, pp. 85-86.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 43

que era «la plus richement aornée que jamais fut paravent veue ès pays de
monseigneur l’archiduc…»33. La magnificencia debía rodear toda la puesta en
escena pues la hija de los Reyes Católicos no dejaba de mostrar la importancia
de la monarquía española, que vencedora de los musulmanes y conquistadora
del Nuevo Mundo, se estaba erigiendo en la más poderosa de Europa.
Cuando Juana I ingresó en Tordesillas llevaba consigo alrededor de setenta
paños flamencos 34. Sabemos que algunos los adquirió, como los cuatro que
conforman la serie Triunfo de la Madre de Dios, más conocidos como Paños de
oro por la cantidad de ese metal que tienen, y los dos de la Vida de la Virgen,
que compró a Pieter van Aelst en 1502, y que otros los regaló a su madre, entre
ellos la Misa de san Gregorio, que la reina Católica ordenó en su testamento
que se le devolvieran. Afortunadamente los siete paños referidos se han con-
servado y se incluyen entre los más antiguos de la colección real conservados
en Patrimonio Nacional, pero no dejan de ser una pequeña muestra de los
que poseyó Juana I. Los demás pasaron en buena medida a su hija Catalina,
quien llegó con ella a Tordesillas y al comenzar el año 1525 salió con destino
a Portugal donde se casaría con el rey Juan III; los paños que permanecieron
en Tordesillas, los menos valiosos, acabaron deteriorándose y al fallecer la reina
ya eran irrecuperables. Las principales joyas también pronto pasaron a manos
de sus familiares, que ante la enajenación de la reina acabaron por llevarse casi
todos los objetos de valor a lo largo de las más de cuatro décadas que Juana I
pasó recluida en Tordesillas35.
Solo se conservan algunos objetos de valor de lo que fue el tesoro de la
reina. Entre ellos dos cálices de plata sobredorada: uno en el monasterio de
Santa Clara de Tordesillas, y otro de segura adscripción a la reina en el Museo
de Arte Sacro de Ampudia (Palencia). Este lleva el escudo de doña Juana y fue
un presente de Carlos V a los marqueses de Denia, los carceleros de la reina
en Tordesillas. Se trata de «vn cáliz de plata con su patena dorado que distes
y entregastes a la dicha marquesa de Denia […] a dos de março de mill y

33 Molinet, J., Chroniques, V (Ed. de Buchon, J.-A.), «Collection des Chroniques natio-
nales Françaises, XLVII», París, Verdière, 1828, p. 62.
34 Zalama, M. Á., «Origen y destino de la colección de tapices de la reina Juana I», en
Checa, F. (dir.), Museo Imperial. El coleccionismo artístico de los Austrias en el siglo XVI,
Madrid, Fernando Villaverde, 2013, pp. 53-69.
35 Zalama, M. Á., «Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso. El inventario de los bienes
artísticos de la reina», en Checa, F. (dir.), Los inventarios de Carlos V y la familia imperial /
The inventories of Charles V and the Imperial Family, I, Madrid, Fernando Villaverde, 2010,
pp. 844 y 849.
44 Las mujeres y el universo de las artes

Fig. 4. Coronación de la Virgen. Tapiz de la Serie Triunfo de la Madre de Dios o Paños de


oro. c. 1502. (Manufactura de Pieter van Aelst) Oro, plata, seda y lana, 322 × 375 cm.
Patrimonio Nacional, Serie 1. Imagen digital cortesía de Getty’s Open Content Program.

quinientos y treinta e syete años […] que pesó çinco marcos y quatro onças y
quatro ochauas de que su magestat ymperial le hizo merçed». Lo realizó el
platero burgalés Bernardino de Porres 36, y que se encuentre en Ampudia se
debe a que Francisco de Sandoval y Rojas, V marqués de Denia y I duque
de Lerma, se hizo con la villa a comienzos del siglo XVII, elevando la iglesia
parroquial a colegiata37.

36 Cruz Valdovinos, J. M., Platería en época de los Reyes Católicos, Madrid, Fundación
Central-Hispano, 1992, pp. 71-72, y Barrón García, A., La época dorada de la platería
burgalesa, 1400-1600, II, Burgos, Diputación Provincial, 1998, p. 181.
37 Zalama, M. Á., «Cáliz», en Zalama, M. Á., y Vandenbroeck, P. (dirs.), Felipe I el Her-
moso. La belleza y la locura, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica, 2006, p. 269.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 45

María, reina de Portugal

A finales de agosto de 1500 se celebró en Granada el matrimonio por pala-


bras entre la tercera hija de los Reyes Católicos y el rey Manuel I de Portugal.
Este había enviudado dos años antes cuando su esposa, la hermana mayor de
la novia, falleció en el parto de su hijo, el príncipe Miguel de la Paz. Este niño,
heredero de tres coronas, apenas alcanzó la edad de dos años. Quizás fue la
muerte del príncipe lo que llevó a que la boda, a decir de Zurita, «hízose sin
fiesta, ni ceremonia alguna»38. Tras unos días junto a sus padres, la comitiva de
la reina emprendió camino a Portugal, donde llegó el 20 de octubre.
Como en los matrimonios de sus hermanas mayores, los Reyes Católicos
vieron una oportunidad de mostrar su magnificencia a través del ajuar de la
novia. En las capitulaciones se determinaba que el pago de la dote (200.000
doblas, a 365 maravedís por dobla)39, debía hacerse en dinero, y como máximo
podrían canjearse 10.000 doblas por las joyas que portase la reina. Sin embargo,
al final Manuel I aceptó detraer de la cantidad total doce millones de mara-
vedís, cerca de tres veces y media más de lo estipulado, atendiendo al valor de
las joyas que llevó su esposa40.
El ajuar de la reina María se conformó con objetos que habían pertenecido
a su hermana mayor, y primera esposa de Manuel I, y sobre todo con joyas
de su difunto hermano el príncipe Juan. De entre ellas, destaca un «collar de
oro en que ay doze pieças prinçipales e cada una dellas se parte por medio e
se ase con unas asycas redondas […] doce balajes […] e ay en los dichos doze
balajes quarenta e syete perlas gruesas […] que pesó todo junto siete marcos
e una onça e dos ochavas e media»41. No solo pesaba más de kilo y medio de
oro, sino que este era de gran pureza, 23 quilates. También de la cámara del
infausto príncipe eran «otro collar de oro que se dize de las margaritas» o «un
plato grande de plata de manjar llano, dorado de dentro e de fuera», que pesó
cerca de diez marcos42.
Como en el caso de la confección del ajuar de doña Juana, se trabajó
con rapidez. Fernando de Montemayor fue el platero encargado de tasar los

38 Zurita, J. de, op. cit., libro IV, capítulo XXI.


39 Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., op. cit., III, p. 37.
40 Sobre el ajuar de María, reina de Portugal, cfr. Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación…»,
pp. 3-19.
41 Un marco son 230,0465 gr. Se subdividía en 8 onzas, que a su vez lo hacían en 8 ochavas.
42 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 93, s. f.
46 Las mujeres y el universo de las artes

objetos que un considerable elenco


de artífices realizó en plata, oro y
pedrería. De hecho, no todas las joyas
estaban a punto para iniciar el viaje
con la reina a Portugal. Su camarera,
Aldonza Xuárez, permaneció varios
días en Granada recibiendo diversas
piezas, y semanas después de que la
reina se encontrara con Manuel I
llegaron más joyas. Cadenas, colla-
res, cintas de ceñir, ajorcas, copas…,
conformaron un tesoro que no solo
se fundamentó en piezas de nueva
hechura. De algunos personajes
como el cardenal-arzobispo de Sevi-
lla, Diego Hurtado de Mendoza, o
el duque del Infantado se compraron
piezas, y otros como el adelantado
de Murcia, Juan Chacón, hicieron
Fig. 5. Cáliz con las armas de Juana I. donación de algunos objetos. Asi-
Bernardino de Porres. c. 1496. Plata mismo, Isabel la Católica ordenó
dorada y en su color, fundida, cincelada que se tomaran de su tesoro diver-
y grabada. Aplicaciones de esmalte rojo
sas cosas, y lo hizo durante tiempo,
y negro en el escudo, 26 × 17 × 11 cm.
Ampudia (Palencia), Museo de Arte Sacro.
pues un año después de haber par-
tido seguía enviando joyas. Al final,
su valor superó de largo el previsto en las capitulaciones y Manuel I las aceptó
como una parte substancial de la dote 43.
Papel importante en el lujo que acompañó a la reina a Portugal tienen las
ricas telas. Brocados, que podían alcanzar precios cercanos a los 10.000 mara-
vedís la vara 44, damascos, terciopelos…, que junto con las joyas mostraban la
magnificencia del personaje. Tal era su importancia que en las capitulaciones
matrimoniales se fijaba que los Reyes Católicos tenían que proveer a su hija
de «vestidos y atavíos de su persona y cámara y casa, segund cuya fija es y
con quien casa». Sin duda impresionaron en la corte portuguesa cuando en

43 Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación…», pp. 4-10.


44 Ladero Quesada, M. Á., op. cit., pp. 97-99.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 47

la celebración de la Navidad de 1500 la reina los lució 45. De entre todos los
vestidos que llevó hay que destacar «vn ábito de cetyn carmesy […] bordado
de vna chapería de oro de fechura de vnos parontes de seys pieças, son a
manera de flores de lis, que son todas las dichas pyeças que están en el dicho
ábito ochoçientas e veynte e vna […] pesarían todas çinco marcos e seys onças
e vna ochava, es de ley de oro de castellanos…» 46. Con más de un kilo de
oro se trataba de una verdadera joya, y no es el único de estas características:
Isabel la Católica le entregó «un ábito de seda de terçiopelo carmesí» con
«oro tyrado de quatro dedos en ancho» que tenía «seteçientas e nueve perlas,
fueron tasadas las perlas de las rosas a dos ducados cada vna e las perlas de las
lazadas todas ellas en trezientas e quinze mill e seysçientos e syete maravedís e
medio», pero la tasación de total de las perlas alcanzó los 631.215 maravedís,
a los que habría que añadir el tejido y el oro 47.
Estos vestidos provenían del tesoro materno, pero no se consideraron sufi-
cientes por lo que se ordenó confeccionar otros48. Asimismo, se adquirieron
doseles, camas y todo tipo de ropa, tanto de vestir como de cama y mesa.
Como no dio tiempo a que todas las piezas estuviesen listas para el momento
de la partida de la reina de Portugal, se le fueron enviando posteriormente de
manera que todavía en julio de 1503 se anotan dos camas que ella había orde-
nado comprar en España, pero que su madre consideró que no eran apropiadas
y dispuso que se mejoraran49.
No solo recibió joyas la reina de Portugal de sus padres. Isabel la Católica
también le regaló cinco retablos, todos de devoción. Uno de ellos era un
díptico con la Virgen y San Juan Bautista y en el ala opuesta San Juan, que
había pertenecido a la «reyna y princesa» 50. Sin embargo, no se constata la
entrega de pintura alguna. La reina Católica poseía cuatro retratos indivi-
duales de su hija en 1499 51, retratos que tenían el fin de mostrar la dignidad
de la entonces infanta en diferentes cortes con las que se pretendía entablar

45 Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., op. cit., III, p. 39.


46 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 102, f. 96.
47 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 102, f. 103; ibidem, leg. 93, s. f. Cfr. Zalama, M. Á., «Oro,
perlas brocados…», p. 18.
48 Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación…», pp. 12-13.
49 AGS, Cámara de Castilla-Cédulas (CC-C), libro 6, f. 136.
50 Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación…», pp. 14-15.
51 Además de los dos que documenta Sánchez Cantón, F. J. –op. cit., p. 168– existían
otros dos. AGS, CMC, 1.ª época, leg. 102, f. 14.
48 Las mujeres y el universo de las artes

Fig. 6. Fons Vitae. Colijn de Coter (atr.). Óleo sobre tabla, 267 × 210 cm. c. 1515-1517.
Oporto, Museu da Misericórdia. Fotografía: Dominio publico. Wikipedia.org.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 49

lazos a través de un supuesto enlace. Como doña María ya había contraído


matrimonio los retratos habían perdido su función y de ahí que no llevase
ninguno consigo, pero tampoco se documentan otras pinturas más allá de
los retablos referidos.
Frente a la escasez de pinturas, la reina llevó a Portugal un considerable
número de tapices flamencos. Como la manufactura de un paño suponía
mucho tiempo, no hubo posibilidad de encargarlos sino que salieron del tesoro
materno. Se trataba de paños con temas como el Nacimiento o la Adoración
de los Magos, pero también se documentan algunos que representaban la vida
del peregrino, historia repetida a finales del siglo XV que se puede asimilar
a escenas de vicios y virtudes, aunque el relato no sea el mismo. Estos paños
habían pertenecido al príncipe Juan, que tras su muerte volvieron al tesoro
materno; ahora Isabel la Católica los volvía a regalar a su hija, junto con otros
ejemplares que también pertenecieron al heredero de los Reyes Católicos, como
uno de la historia de David y Betsabé, de manera que la mayoría de los paños
habían sido del príncipe. Fernando el Católico también se preocupó por su
hija, pues cuando falleció Isabel la Católica determinó que le enviasen una
imagen bordada con oro de Jesucristo, cuatro ornamentos eclesiásticos muy
ricos y dos tapices: la Misa de san Gregorio y el Nacimiento de Cristo52, que
habían pertenecido a la reina de Castilla.

Catalina, princesa de Gales

La última de las hijas de los Reyes Católicos contrajo matrimonio con


Arturo, príncipe de Gales, y en agosto de 1501 partió hacia Inglaterra. Pocos
meses después de casarse enviudó, y comenzó un periodo complicado hasta
que en 1509 contrajo un nuevo enlace con el ya rey a Enrique VIII. Y es que
la muerte de Arturo sumía en un grave interrogante a Enrique VII, que se
debatía entre dejar partir a la princesa o mantenerla a su lado con la promesa
de un nuevo matrimonio y así no tener que devolver la dote. Esta había sido
muy elevada e idéntica a la que recibió su hermana María cuando caso con
Manuel I. Las Cortes reunidas en Sevilla en 1500 aprobaron la disposición
de «… çiento e quarenta e seys cuentos [de maravedís] dellos para los dotes

52 Sánchez Cantón, F. J., op. cit., pp. 117-118; Herrero Carretero, C., Tapices de Isabel
la Católica. Origen de la colección real española, Madrid, Patrimonio Nacional, 2004, pp. 17
y 40; Zalama, M. Á., «Lujo y ostentación…», pp. 12-13.
50 Las mujeres y el universo de las artes

de los dichos casamientos [María, reina de Portugal y Catalina, princesa de


Gales]…»53, es decir, 200.000 escudos para cada una54.
Tenemos una crónica compuesta al estilo de un romance realizada por el
poeta Stephen Hawes titulada The Receyt of The Ladie Kateryne55, que refiere
que la puesta en escena de la princesa fue espectacular. Los ingleses se sor-
prendieron por sus fastuosos vestidos, por oposición a los de sus damas que
vestían de negro. Esto debió influir en el comentario despectivo de Tomás
Moro, quien consideró que las damas, salvo tres o cuatro, parecían «pigmeos
jorobados, menudos y descalzos de Etiopía», desfilando por una ciudad que
se había embellecido para la ocasión y decoró sus calles con tapices56. En
Inglaterra la princesa vivió rodeada de una importante corte que viajó con ella
desde España57.
Del monto total de la dote un tercio debía saldarse con las joyas y los tapices
que llevaba consigo la reina. Apenas concluidas las fiestas del matrimonio entre
Arturo y Catalina, Enrique VII exigió que se le diese la parte que le correspon-
día. Demandó a Juan de Cuero, camarero de la princesa, que «le entregase las
joyas e plata que el dottor le abía dicho se le embian a dar en pago de la última
paga». Se refería al doctor De Puebla, embajador en Inglaterra, a quien el rey
hacía responsable de haber dicho que podía cobrarse las joyas. El camarero se
negó e incluso determinó hacer un preciso inventario para que Enrique VII
firmara que estaban todas, pero sin traspasárselas. El rey debió enfurecerse, pero
recapacitó y aceptó que no pasasen inmediatamente a su poder58.
El coste total del ajuar de la princesa y el traslado desde Granada a La
Coruña, desde donde zarpó rumbo a Inglaterra, fue de 60.799.700 marave-
dís. Diez millones más de lo que se invirtió en la reina de Portugal en 150059.
Buena parte de este monto se destinó al traslado, de ahí que su hermana solo

53 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 79, s. f., y leg. 159, s. f.


54 Torre, A. de la, y Suárez Fernández, L., op. cit., III, p. 37.
55 Kepling, G. (ed.), The Receyt of The Ladie Kateryne, Oxford, Oxford University Press,
1990.
56 Tremlett, G., op. cit., pp. 93-97.
57 Earenfight, T. M., «Raising infanta Catalina de Aragón to be Catherine, queen of
England», Anuario de Estudios Medievales, 46/1 (2016), pp. 417-443.
58 Bergenroth, G. A., Supplement to volume I and volume II of Letters, despatches and State
papers relating to negotiations between England and Spain preserved in the Archives at Simancas
and elsewhere, Londres, Longmans, Green, reader and Dyer, 1868, pp. 1-5.
59 Andrés Díaz, R. de, El último decenio del reinado de Isabel I a través de la tesorería de
Alonso de Morales (1495-1504), Valladolid, Universidad de Valladolid, 2004, pp. 43 y 47.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 51

Fig. 7. ¿Catalina de Aragón? Juan de Flandes. Óleo sobre tabla, 32 × 22 cm.


Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza. Foto: Dominio público. Wikimedia.org.

un año antes necesitase una cantidad considerablemente inferior, pues Catalina


debía desplazarse por mar con una importante armada. No obstante, las parti-
das destinadas al ajuar fueron muy cuantiosas, y hay objetos de gran valor que
no se compraron, sino que salieron directamente del tesoro materno, como «vn
confitero grande alto de plata dorado labrado de synzel e maçonerya que tiene
en medio del vn esmalte con las armas de Valençia», que pesó más de ocho kilos
52 Las mujeres y el universo de las artes

y que había pertenecido al príncipe Juan60. Solo en plata de «capilla y retrete» se


gastaron 3.412.407 maravedís, y en oro hay una partida de casi dos millones.
Especial atención se prestó a los vestidos, bien realizados o por confeccionar,
pues se incluyeron muchas piezas de tejidos. La partida de «brocados, seda,
grana, paños, holanda…» alcanzó los 2.650.431 maravedís, donde destacan
los brocados que llegaron a pagarse a 25 ducados (9.375 maravedís) la vara 61.
Si los tejidos eran fundamentales para mostrar la magnificencia del perso-
naje, junto con las joyas, no menos importancia tenía la posesión de tapices.
Sabemos que se compraron cuatro «paños grandes de ras de figuras» junto con
«otros paños entresuelos», tres goteras de figuras y diez antepuertas. La par-
tida se acercaba al millón de maravedís, si bien se incluían alfombras, colchas,
reposteros y otras piezas. La última gran partida era la más importante. El
tesorero Morales anotó el pago de 4.553.775 maravedís a diferentes mercaderes
«por las sedas y paños y tapicerías y lienzos […] para los vestidos de la princesa
de Gales», que confeccionaron sastres como Fernando de Torrijos, quien tam-
bién trabajó para la reina de Portugal62. La mayor parte de los gastos fueron
por ricas telas: terciopelo, raso, damasco, grana de Florencia…, pero también
había tapices. Del mercader de Toledo Diego de la Fuente se compraron «dos
paños de ras de figuras» que tenían 132 anas, a 2 ducados el ana. El mercader
Juan Daza proveyó de «tres paños de figuras de ras de la Salve», de 224 anas
a 1000 maravedís el ana, «un paño de la historia de Aleixandre» de 35 anas,
26.500 maravedís, y dos antepuertas y otros dos tapices también de figuras que
importaron 54.500 maravedís. «Alonso de la Torre o Alonso de Toledo» vendió
«dos paños grandes de ras de figuras de las virtudes y vicios», por 100.937
maravedís, dos paños grandes de la historia de Josué, por 85.575, tres paños y
tres goteras –una cama– por 71.187,5 maravedís, y otros tres tapices «pequeños
de figuras de ras» por 21.000 maravedís63. Solo en esta última partida se anota
un gasto de 597.124,5 maravedís en tapices de Ras, nombre genérico que se
daba a los paños por la ciudad flamenca de Arras, gran centro de manufactura
de paños durante el siglo XV.
Si el tesorero Morales declara el gasto en tapices, los camareros de Isabel la
Católica, Sancho de Paredes y su esposa Isabel Cuello, nos dicen cuáles eran
y completan la información. Así, a los dos paños adquiridos de Diego de la

60 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 156, f. 9.


61 Andrés Díaz, R. de, op. cit., n.º 3574, 3583, 3716, 3774 y 3776.
62 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 97, s. f.
63 Andrés Díaz, R. de, op. cit., n.º 3777 y 4225.
Las hijas de los Reyes Católicos | Miguel Ángel Zalama 53

Fuente hay que sumar otro que se debió comprar antes; los tres mostraban la
historia de Astiages, rey medo, pues en dos de ellos aparecía una inscripción
con su nombre, y de Nabucodonosor II, rey de Babilonia 64, personajes que
según el historiador babilonio Beroso habían establecido una alianza por el
matrimonio entre la hija de Astiages y Nabucodonosor. De los tapices no
tenemos noticia posterior, si bien en el guardarropa de Enrique VIII se listan
tres paños de Nabucodonosor 65, que podrían corresponder con los del rey de
Babilonia y Astiages, pero no se especifica.
Además del extraordinario ajuar que llevó consigo la princesa, su camarero,
Juan de Cuero, recibió 400.000 maravedís «para hacer de ellos lo que la prin-
cesa de Gales mandase» 66. Con todo esto no se entiende bien la continua queja
de Catalina por falta de numerario, y sobre todo que no tuviese vestidos –«he
que vender algunos brazaletes para comprar un vestido de terciopelo negro y
solo tengo dos vestidos nuevos», decía– 67, considerando la gran cantidad de
telas que llevó consigo.
Entre sus bienes apenas se documentan retratos. En 1504 estuvo en la corte
inglesa el pintor estonio al servicio de Isabel la Católica Michel Sittow. A este
se le atribuye un magnífico retrato (28,8 × 20,8 cm, Viena, Kunsthistorisches
Museum), que tal vez realizó para mostrar a la joven viuda a un posible marido,
pues el matrimonio con el futuro Enrique VIII se demoraba demasiado. Sabe-
mos de más retratos, pues su hermana la reina Juana I tuvo dos tablas y otros
dos dibujos, pero la pintura no era ni mucho menos la principal de las artes
visuales en aquellos momentos.
Hasta 1509 Catalina no se casó con el nuevo rey, Enrique VIII, pero como
estaba en Inglaterra no aportó sino el ajuar que había llevado ocho años antes.
Su padre, Fernando el Católico, se encargó de pagar la parte de la dote que aún
estaba sin cumplir, para lo que se vio obligado a empeñar la corona y el collar
de las flechas, antes de los balajes, que pertenecieron a Isabel la Católica68. Y
es que las joyas tenían más funciones que la mera estética.

64 AGS, CMC, 1.ª época, leg. 156, f. 159.


65 Campbell, T. P., Henry VIII and the Art of Majesty. Tapestries at the Tudor Court, New
Haven y Londres, Yale University Press, 2007, p. 248.
66 Andrés Díaz, R. de, op. cit., n.º 4124.
67 Tremlett, G., op. cit., p. 139.
68 Zalama, M. Á., «Valoración y usos de las artes. Colón y las joyas de Isabel la Católica»,
en Checa, F. (dir.), La materia de los sueños. Cristóbal Colón, Valladolid, Junta de Catilla y
León, 2006, p. 53.

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