Luna y el jardín secreto
Luna era una niña curiosa que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas. Su casa tenía un
patio con muchas flores, pero lo que más le intrigaba era la vieja puerta de madera al fondo del
jardín. Sus abuelos le habían dicho que estaba cerrada desde hacía años y que nadie sabía lo que
había detrás. Cada tarde, después de la escuela, Luna se sentaba frente a la puerta, imaginando
mundos mágicos. A veces soñaba con castillos, otras con dragones y fuentes que cantaban. Hasta
que un día, mientras jugaba con su gato Miel, encontró una pequeña llave enterrada cerca. Sin
pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta para probar si funcionaba.
La cerradura chirrió y, con un pequeño clic, la puerta se abrió lentamente. Detrás no había castillos
ni dragones, pero sí un jardín salvaje y hermoso, lleno de plantas que nunca había visto antes.
Había árboles con frutos de colores brillantes y mariposas tan grandes como su mano. En el centro
del jardín, una fuente de piedra dejaba caer agua clara que sonaba como música. Luna avanzó con
cuidado, admirando cada detalle, como si hubiera entrado en un cuento de hadas. Se sentía feliz,
como si ese lugar hubiera estado esperando por ella. Miel la seguía de cerca, olfateando cada
rincón. Era un secreto solo suyo, y eso lo hacía aún más especial.
Desde ese día, Luna visitaba el jardín todas las tardes, llevando cuadernos para dibujar y escribir lo
que veía. Con el tiempo, aprendió a cuidar de las plantas y hasta descubrió una flor que solo abría
sus pétalos al atardecer. También encontró un banco cubierto de musgo donde le gustaba leer sus
libros favoritos. Cada visita se sentía como una nueva aventura. A veces encontraba pequeñas
criaturas escondidas entre las hojas, otras veces escuchaba un susurro que parecía decir su
nombre. Luna nunca se sentía sola allí, como si el jardín le hablara de alguna forma. Era su refugio,
un lugar mágico que nadie más conocía.
Pasaron los años y Luna creció, pero nunca dejó de visitar el jardín secreto. Aunque ahora tenía
más responsabilidades y menos tiempo, siempre encontraba un momento para sentarse bajo el
árbol más grande y recordar sus primeras aventuras. El jardín seguía cambiando con las
estaciones, y ella también, pero algo en su interior seguía siendo la misma niña curiosa. A veces, al
ver el reflejo del agua en la fuente, sonreía al pensar en todo lo que había vivido allí. Sabía que
algunos lugares no se encuentran en mapas, sino en el corazón. Y que mientras creyera en la
magia, la puerta del jardín nunca se cerraría del todo.