Lee el Debate sobre "Expresiones miserables" y manifiesta tu opinión: ¿con qué autor te
identificas?
¿Qué argumentos te parecen relevantes para defender tu posición?
Argumento 1:
El País, domingo 5 de marzo de 2006
TRIBUNA: ¿DEBE PENALIZARSE A QUIENES NIEGAN LOS CRÍMENES
CONTRA LA HUMANIDAD?
La libertad y las expresiones miserables
MARC CARRILLO (Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad
Pompeu Fabra)
La sociedad abierta ha de conocer cuál es el pensamiento del racista y del xenófobo
El llamado historiador David Irving ha sido condenado en Austria por cuestionar que
Hitler dirigiese un plan sistemático para exterminar a los judíos. Sin duda, es una posición
especialmente miserable que contrasta con unos hechos avalados por la dramática historia
de la II Guerra Mundial, que no ofrecen discusión por su evidencia. No obstante, cabe
preguntarse si estas conductas caracterizadas por el revisionismo o la negación histórica
han de ser objeto de represión penal. En Europa, son diversos los Estados que han
modificado su legislación penal, estableciendo como tipo penal la negación de la verdad
histórica. Éste es el caso, por razones fácilmente deducibles, de Alemania, pero también
de Francia, Bélgica y el Reino Unido, entre otros.
El tema que aquí se plantea es si el Estado democrático está dispuesto a admitir que
opiniones o ideologías, que, aún repugnando a la mayoría de la sociedad, puedan
manifestarse y ser conocidas por el común de las gentes. Incluso, cuando de ellas se derive
un especial desprecio hacia la dignidad y los derechos de las personas. Es decir, si debe
aceptar determinadas interpretaciones de la historia aunque no resistan el mínimo análisis
objetivo y sólo sean pura bazofia.
La respuesta que requiere un sistema democrático en el que las libertades son pilar
fundamental, exige que la sociedad no cierre los ojos, a través del Derecho Penal, a sus
propias miserias, a su propia historia.
La libertad de expresión de ideas a través de obras de investigación histórica o de ensayo
ideológico, como es bien notorio, puede ser plataforma tanto de aportaciones que
enaltecen la condición humana, como de excrecencias que ponen de relieve la profunda
crueldad o la estulticia que aquélla puede alcanzar. La represión penal de la revisión
histórica, dificultaría el conocimiento, por evocar algún caso, de Mein Kampf, o, sin ir tan
lejos, de las revisiones históricas de algunos de los apologetas de un criminal de guerra
como Franco, o de los musulmanes que predican la necesidad de la charia. No es una
cuestión de oportunidad sino de principio constitucional: la sociedad abierta ha de
conocer el pensamiento y la expresión del racista, del antisemita y del xenófobo, pero no
hacerlo víctima de un sistema de libertades que él rechaza. El Estado no ha de impedir
que la bajeza moral se exprese antes, al contrario, ha de permitir su publicidad.
Por otra parte, la desinformación que, eventualmente, pueda suscitar el revisionismo -por
ejemplo- del Holocausto, no puede dar lugar a la tutela paternalista del Estado para
conducir por la senda correcta al ciudadano. Ha de ser éste, como titular de derechos,
quien juzgue y afronte autónomamente el relativismo o el negacionismo de los crímenes
contra la humanidad. Ello, claro está, siempre que el racista o los engendros similares, no
actúen provocando la discriminación, el odio o la violencia contra personas o grupos por
estos motivos. En este caso, la represión penal estará plenamente justificada y es
imprescindible que, ante esta violencia, el estado democrático se exprese con la máxima
contundencia.
En algunos de los Estados europeos que han previsto el tipo penal de la negación de la
verdad histórica o de la defensa ideológica de regímenes totalitarios, la legislación vigente
justifica los límites a la libertad de expresión invocando el mantenimiento de la seguridad
pública, la adopción de medidas necesarias para una sociedad democrática o el
impedimento del abuso de derecho.
Argumento 2:
El escenario del crimen
DIDIER DAENINCKX (novelista y guionista francés. Traducción de News Clips)
El negacionismo no es la expresión de una opinión, sino violencia contra las víctimas
Se sabe que los nazis pusieron tanta meticulosidad en exterminar a un pueblo, el pueblo
judío, como en borrar las huellas del genocidio: invención de un lenguaje que ocultaba la
realidad, destrucción de las cámaras de gas, trituración de los huesos de los difuntos,
dispersión de las cenizas, modificación del paisaje... La negación del crimen era la esencia
misma del proceso y, de este modo, el secreto que rodeaba a la Solución Final era una de
las condiciones para su ejecución.
Los negacionistas de hoy no hacen más que prolongar este dispositivo: negar para ejecutar
mejor. Han comprendido que el asesinato racial de masas arroja al nacionalsocialismo
fuera de las fronteras humanas y que la inhibición de la conciencia es el camino obligado
para la rehabilitación del nazismo.
David Irving fue uno de los artífices encarnizados de esta empresa de falsificación: sus
30 libros sobre la II Guerra Mundial, entre ellos La guerra de Hitler (1977), le valieron
el apoyo de multitud de grupos fascistas de todo el mundo. Una actividad editorial que
podría quedar resumida por una de sus más estruendosas declaraciones realizada en 1991,
en Canadá: "Murieron más mujeres en la parte trasera del coche de Edward Kennedy en
Chappaquiddick que en una cámara de gas de Auschwitz". Es una forma de decir que
nadie fue víctima de las cámaras de gas y que, por tanto, no existieron.
En Francia, los negacionistas han privilegiado el terreno del reconocimiento universitario,
infiltrándose en algunas facultades como las de Lyón, Nantes, Saint-Denis o Toulouse y
gangrenando algunos laboratorios del CNRS (Centro Nacional de Investigaciones
Científicas). Desde 1960, las asociaciones han podido apoyarse en una ley, la ley Gayssot,
que condena las afirmaciones dirigidas a negar la realidad del exterminio racial.
El principio sobre el que descansa esta ley es sencillo: el negacionismo no constituye la
expresión de una opinión, sino que constituye violencia, un ataque intolerable dirigido
contra las víctimas, los supervivientes, contra una comunidad. Este dispositivo considera
igualmente que el negacionismo es una de las formas modernas de antisemitismo y que
debe ser reprimido como un abuso racista de la libertad de expresión. Desde su
promulgación en 1990, esta ley ha sido combatida por la extrema derecha.
Quince años más tarde, resulta como mínimo paradójico ver a historiadores de renombre
presentar peticiones para abolir la ley Gayssot y las leyes de la misma naturaleza relativas
al genocidio de los armenios y a la esclavitud. Hay que precisar que no lo hacen en
nombre de la libertad de expresión reivindicada de forma perversa por los negadores, sino
porque se niegan a que se instaure una "Historia oficial" que ponga límites a la
investigación científica. Sin embargo, se puede comprobar que nunca ha habido tantas
publicaciones, coloquios, películas y debates sobre esta cuestión, y que a ningún
investigador se le ha puesto el más mínimo límite. Sólo los falsificadores han sido
sancionados. Los historiadores cumplen su misión, que consiste en decir lo que ha
ocurrido, en precisarlo incansablemente, y ello dentro de la mayor independencia. La ley
tiene una naturaleza distinta: tiene en cuenta sus trabajos para establecer las fronteras de
lo que es admisible en una sociedad humana y reprime los ataques contra la dignidad. Y
todo ello dentro de una orientación de universalidad: el genocidio de los judíos no sólo
concierne a los judíos; el genocidio de los armenios no sólo concierne a los armenios;
como tampoco el crimen contra la humanidad que representa la esclavitud concierne
únicamente a los negros. La ley me permite decir que nada que sea humano me es ajeno.
Hace cerca de 250 años, éste era ya un debate candente. En su Diccionario filosófico
portátil, Voltaire escribía sobre los judíos: "En ellos sólo hallarán un pueblo ignorante y
bárbaro que suma la avaricia más indigna a la superstición más detestable y el más
horrible odio hacia todos los pueblos que los toleran y enriquecen". Y añadía: "Sin
embargo, no hay que quemarlos". Fue respondido por un escrito anónimo titulado Cartas
de algunos judíos portugueses, alemanes y polacos al señor Voltaire. En él se puede leer
lo siguiente: "No basta con no quemar a la gente: se les quema con la pluma y este fuego
es todavía más cruel porque su efecto se transmite a las generaciones futuras". En efecto,
este fuego generacional ha pasado de mano en mano, hasta incendiar Auschwitz. Y si
unas leyes tratan de apagarlo en Alemania, en Austria, en Bélgica y en Francia, es
sencillamente porque vivimos en los escenarios del crimen.