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La vida de un chico que en una villa nació, y fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la
humilde expresión, pasar la adversidad y jugar al fútbol para ganarse la vida
Elías nació en la Villa 22, rodeado de pasillos estrechos, techos de chapa y paredes grafiteadas
con nombres de vecinos caídos. Su madre, costurera; su padre, ausente. Desde pequeño,
aprendió a esquivar piedras, esquinas peligrosas y promesas vacías. Pero también aprendió a
amar la pelota, ese objeto mágico que transformaba el barro en gloria.
Jugaba descalzo, con botellas aplastadas o pelotas cosidas con hilo y amor. En cada partido de
potrero, dejaba el alma. Soñaba con la camiseta de la selección, con una casa sin goteras y con
comprarle una cocina nueva a su vieja.
Un día, un ojeador lo vio jugando en una plaza. Quiso llevarlo a una prueba. Su madre lloró,
pero lo dejó ir. Viajaron en colectivo, comieron pan con manteca y durmieron en una pensión.
Pero Elías jugó como si fuera el último día de su vida. Y quedó.
A los 18 debutó en primera. A los 20 estaba en Europa. Pero nunca dejó la villa. Construyó un
centro deportivo, becas para chicos, y cada vez que metía un gol, besaba el cielo por los que no
llegaron.
"Nací en la villa y no me da vergüenza. Porque ahí aprendí lo que vale luchar", decía en cada
entrevista. Elías no solo jugaba fútbol. Jugaba por todos los que aún esperan su oportunidad.