La raza perdida
Robert E. Howard
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Coróme examinó lo que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el
lugar no le gustaba. Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus ramas taciturnas
bloqueando la luz del sol. El oscuro sendero entraba y salía entre ellos, a veces
rodeando el borde de un precipicio, donde Coróme podía contemplar las copas de
los arboles más abajo. Ocasionalmente, a través de un claro en el bosque, podía ver
a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las cordilleras mucho más
lejanas, al oeste, que constituían las montañas de Cornua-lles.
En esas montañas se suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel,
para caer sobre las víctimas que pudieran pasar por ese camino. Coróme aferró su
lanza y avivó la zancada. Su premura no se debía sólo a la amenaza de los
forajidos, sino también al hecho de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra
nativa. Había estado en una misión secreta entre los salvajes tribeños de Comish; y
aunque había tenido cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su
poco hospitalario país. Había sido un viaje largo y agotador, y aún tenía que
atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los alrededores. Sentía
nostalgia de los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus
ciervos huidizos y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde
el mar azul chapaleaba animadamente. El bosque que estaba cruzando parecía
deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco había visto señal alguna de
viviendas humanas.
Sus camaradas permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando
de su tosca hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse. Pero Coróme no estaba
contento. Por eso les había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.
Espléndida era la apostura de Coróme. Medía un metro ochenta de estatura, tenía
una constitución fuerte pero esbelta, y era, con sus ojos grises, un britano puro
aunque no un celta puro, ya que su larga cabellera amarilla revelaba, en él como en
toda su raza, un vestigio de belga.
Iba ataviado con pieles de ciervo hábilmente cosidas, pues los celtas no habían
desarrollado aún la áspera tela que más tarde crearían, y la mayoría de su raza
prefería el cuero de ciervo.
Iba armado con un gran arco de madera de tejo, hecho sin ningún arte especial pero
un arma eficiente; una espada de bronce, con una vaina de piel de gamo, una larga
daga de bronce y un escudo pequeño y redondo, ribeteado con una banda de
bronce y cubierto con duro cuero de búfalo. Un tosco yelmo de bronce cubría su
cabeza. En sus brazos y mejillas se distinguían borrosos emblemas pintados con
hierba pastel.
Su rostro lampiño pertenecía al tipo más elevado de britano, despejado, rectilíneo, la
bravia y práctica determinación del nórdico mezclándose con el indómito coraje y la
ensoñadora habilidad artística del celta.
Así marchaba Coróme por la senda del bosque, precavidamente, dispuesto a huir o
luchar, pero prefiriendo no tener que hacer ninguna de las dos cosas.
El camino se alejaba del barranco, desapareciendo alrededor de un gran árbol. Y
desde el otro lado del árbol Coróme oyó ruido de lucha. Deslizándose cautamente
hacia delante, y preguntándose si vería a alguno de los elfos y enanos que era fama
poblaban los bosques, atisbo alrededor del gran árbol.
A unos metros de distancia vio un extraño cuadro. Un gran lobo estaba apoyado en
un árbol, acorralado, y la sangre le brotaba de las heridas que tenía en el lomo;
frente a él, preparándose para saltar, el guerrero vio una gran pantera. Coróme se
preguntó por la causa de la batalla. Los señores del bosque no solían enfrentarse en
combate. Y le dejaban perplejo los rugidos del felino. Salvajes y sedientos de
sangre, contenían
con todo una extraña ñora de miedo; y la bestia parecía dudar ante el salto.
El porqué Cororuc escogió tomar partido por el lobo, ni él mismo podría decirlo. Sin
duda fue sólo la temeraria caballerosidad de su lado celta, una admiración ante la
impávida actitud del lobo contra su más poderoso enemigo. Sea lo que fuere,
Cororuc, olvidando significativamente su arco y eligiendo el curso de acción más
temerario, desenvainó la espada y saltó ante la pantera. Pero no tuvo oportunidad
de usarla. La pantera, cuyo valor parecía ya un tanto quebrantado, lanzó un
chirriante grito de sorpresa y desapareció entre los árboles con tanta rapidez que
Cororuc se preguntó si había visto realmente una pantera- Se volvió hacia el lobo,
preguntándose si éste saltaría sobre él. Le estaba mirando, medio encogido; se
aparró lentamente del árbol y, mirándole aún, retrocedió unos cuantos pasos, luego
se volvió y se marchó arrastrando extrañamente las paras. Mientras el guerrero le
contemplaba desvanecerse en el bosque, una misteriosa sensación le invadió; había
visto muchos lobos, les había dado caza y había sido cazado por ellos, pero nunca
antes había visto un lobo semejante.
Vaciló y luego marchó con cautela tras el animal, siguiendo las huellas claramente
marcadas en la blanda marga. No se dio prisa, contentándose meramente con
seguir el rastro. Después de una corta distancia, se detuvo en seco, y el vello de la
nuca se le erizó. Sólo había huellas de las patas traseras: el lobo andaba erguido.
Miró a su alrededor. No se oía nada; el bosque permanecía silencioso. Sintió el
impulso de dar la vuelta y poner todo el terreno posible entre él y el misterio, pero su
curiosidad celta no se lo permitía. Siguió el rastro. Y éste se desvaneció por
completo. Debajo de un gran árbol las huellas desaparecían. Cororuc sintió un sudor
frío en la frente. ¿Qué clase de lugar era aquel bosque? ¿Estaba siendo conducido a
la perdición y siendo eludido por algún monstruo inhumano y sobrenatural de los
bosques, que buscaba cogerle en una trampa? Retrocedió, la espada en alto; su
coraje le impedía correr, pero sentía grandes deseos de hacerlo. Y así regresó al
árbol donde había visto por primera vez al lobo. El sendero que había seguido se
alejaba del árbol en otra dirección y Cororuc lo tomó, casi corriendo en su prisa por
salir de la vecindad de un lobo que caminaba sobre dos patas y luego se desvanecía
en el aire.
El camino daba rodeos cada vez más tediosos, apareciendo y desapareciendo en
apenas una docena de pasos, pero bueno era para Coróme que así lo hiciera, pues
así pudo oír las voces de los hombres que venían por la senda antes de que ellos le
vieran. Se subió a un gran árbol que se extendía sobre el camino y se apretó contra
el gran tronco, a lo largo de una rama.
Tres hombres venían por la senda del bosque.
Uno era todo un hombretón, de más de un metro noventa de estatura, con una larga
barba roja y una espesa mata de pelo rojo. En contraste, sus ojos eran como
cuentas negras. Iba ataviado con pieles de ciervo, y armado con una gran espada.
De los otros dos, uno era un canalla larguirucho y de maligno aspecto, con un solo
ojo, y el otro un hombrecillo enjuto, cuyos ojillos bizqueaban espantosamente.
Coróme les conocía, por las descripciones hechas por los hombres de Cornish entre
maldiciones, y en su excitación para obtener una mejor visión del más malvado
asesino de Inglaterra resbaló de la rama del árbol y cayó al suelo justo entre ellos.
En un momento estuvo de pie, con la espada desenvainada. No podía esperar
piedad, pues sabía que el pelirrojo era Buruc el Cruel, el azote de Cornualles.
El jefe de los bandidos lanzó una terrible maldición y desenvainó de golpe su gran
espada. Evitó la furiosa estocada del britano con un ágil salto hacia atrás, y se inició
la batalla. Buruc se lanzó de cara contra el guerrero, luchando por abatirle de un solo
golpe, en tanto que el villano tuerto y larguirucho giraba a su alrededor, intentando
colocarse detrás de él. El más pequeño de los hombres se había retirado hacia el
borde del bosque. El sutil arte de la esgrima era desconocido para estos primeros
espadachines. Se trataba de cortar, acuchillar y apuñalar, poniendo todo el peso del
brazo detrás de cada golpe. Los terribles golpes que se estrellaban en su escudo
derribaron a Coro-ruc al suelo y el tuerto se precipitó a terminar con él. Cororuc giró
sobre sí mismo sin incorporarse, le cortó las piernas al bandido por detrás y le
apuñaló mientras caía, lanzándose después a un lado y levantándose, a tiempo de
evitar la espada de Buruc. Entonces, elevando su escudo para atrapar la espada del
bandido en mitad del aire, la desvió e hizo girar la suya con toda su fuerza. La
cabeza de Buruc voló de sus hombros.
Entonces Cororuc se dio la vuelta y vio al bandido enjuto
escabullirse en el bosque. Corrió tras él, pero el hombre había desaparecido entre
los arboles.
Sabía que era inútil intentar perseguirle, de modo que dio la vuelta y corrió por el
sendero. No sabía si había más bandidos en esa dirección, pero sabía que si
esperaba salir del bosque de algún modo, tendría que hacerlo rápidamente. Sin
duda el malhechor que había huido alertaría a los demás bandidos, y pronto estarían
registrando los bosques en su búsqueda.
Tras correr cieña distancia por el sendero, y no viendo señales de enemigo alguno,
se detuvo y trepó a las ramas superiores de un gran árbol que se alzaba por encima
de sus congéneres.
Por todos los lados parecía rodearle un océano de hojas. Hacia el oeste pudo ver las
colinas que había evitado. Hacia el norte, en la lejanía, se alzaban otras colinas.
Hacia el sur corría el bosque, como un mar ininterrumpido. Pero hacia el este, a lo
lejos, podía distinguir apenas la línea que marcaba el desvanecimiento del bosque
en las fértiles llanuras. Millas y millas más allá, no sabía cuántas; sin embargo,
significaban un viaje más agradable, aldeas de hombres, gente de su propia raza.
Se sorprendió de ser capaz de ver tan lejos, pero el árbol en que se hallaba era un
gigante entre los de su especie.
Antes de iniciar el descenso, observó las cercanías. Podía ver la línea débilmente
marcada del sendero que había estado siguiendo, rumbo hacia el este, y podía
distinguir otros senderos que llevaban a él o que se alejaban. Entonces un destello
atrajo su vista. Fijó la mirada en un claro a cierta distancia por el sendero y vio a un
grupo de hombres entrar y desvanecerse. Aquí y allá, en cada sendero, captó
atisbos de pertrechos que destellaban y la ondulación del follaje. Así pues, el villano
tuerto había alertado ya a los bandidos... Estaban por todos lados; se hallaba
virtualmente rodeado.
Unos gritos salvajes que llegaban de más allá del sendero le sobresaltaron. De
modo que ya habían tendido un cordón alrededor del lugar del combate y habían
descubierto su huida... Si no hubiera escapado con rapidez, le habrían atrapado. Se
hallaba fuera del cordón, pero los bandidos le rodeaban por todos lados. Se deslizó
velozmente del árbol y penetró en el bosque.
Entonces empezó la más emocionante cacería en que se hubiera embarcado
Cororuc, pues él era la presa y los cazadores eran hombres. Escurriéndose,
deslizándose de un arbusto a
otro y de árbol en árbol, ahora corriendo velozmente, ahora agazapado en la
espesura, Cororuc huyó, siempre hacia el este, no atreviéndose a retroceder para no
ser obligado a internarse de nuevo en el bosque. A veces se veía forzado a desviar
su camino; de hecho, muy raramente huyó en línea recta, aunque siempre se las
arreglaba para acercarse al este.
A veces se agazapaba entre los arbustos o se tendía sobre alguna rama frondosa, y
vio bandidos pasar tan cerca de él que podría haberles tocado. Una o dos veces le
vieron y escapó, saltando sobre troncos y arbustos, entrando y saliendo como una
flecha de entre los árboles; y siempre les eludió.
Fue en una de esas precipitadas escapatorias cuando se dio cuenta de que había
entrado en un desfiladero de pequeñas colinas, de las que no se había percatado, y
atisbando sobre su hombro, vio que sus perseguidores se habían detenido, aun
teniéndole a la vista. Sin pararse a reflexionar en cosa tan extraña, rodeó corriendo
un gran peñasco, sintió que su pie tropezaba con una enredadera u otra cosa, y
cayó cuan largo era. Al mismo tiempo, algo golpeó la cabeza del joven, dejándole
inconsciente.
Cuando Cororuc recobró el sentido, descubrió que se hallaba atado de pies y
manos. Estaba siendo transportado por un terreno lleno de baches. Contempló lo
que le rodeaba. Era llevado a hombros por unos hombres, pero unos hombres como
jamás había visto antes. El más alto apenas si llegaba al metro veinte, y eran de
complexión pequeña y tez muy morena. Tenían los ojos negros, y la mayoría de
ellos se inclinaban hacia delante, como a resultas de una vida pasada
agazapándose y escondiéndose, acechando furtivamente en todas direcciones. Iban
armados con pequeños arcos, flechas, lanzas y puñales, todos muy aguzados, pero
no de bronce toscamente trabajado sino de pedernal y obsidiana, de la más fina
hechura. Se vestían con pieles de conejo y otras bestezuelas magníficamente
cosidas, y una especie de tela áspera; y muchos estaban tatuados de la cabeza a
los pies con ocre y hierba pastel. Eran quizá una veintena en total. ¿Qué clase de
hombres eran? Cororuc nunca había visto otros iguales.
Descendían por un barranco, a ambos lados del cual se alzaban acantilados.
Llegaron fácilmente a lo que parecía una pared desnuda, donde el barranco
semejaba llegar a un abrupo final. Allí, a una palabra del que parecía hallarse al
mando, bajaron al britano y, agarrando un gran peñasco, lo corrieron a un lado.
Quedó al descubierto una pequeña caverna, que parecía desvanecerse en la tierra;
luego los extraños hombres cosieron de nuevo al britano y avanzaron.
El cabello de Cororuc se erizó ante la idea de ser llevado a aquella caverna de
lúgubre aspecto. ¿Qué clase de hombres eran? En toda Britania y Alba, en
Cornualles o en Irlanda, Cororuc nunca había visto hombres parecidos. Hombres
pequeños, casi enanos, que habitaban en la tierra. Un sudor frío apareció en la
frente del joven. Con seguridad eran los enanos malévolos de quienes la gente de
Cornish había hablado, que moraban en sus cavernas durante el día y salían por la
noche para robar y quemar las casas, ¡matando incluso si se presentaba la
oportunidad! Oiréis de ellos, incluso hoy, si viajáis a Cornualles.
Los hombres, o los elfos, si eso eran, le llevaron al interior de la caverna, mientras
otros entraban y colocaban de nuevo el peñasco en su sitio. Por un momento todo
fue oscuridad, y luego empezaron a brillar a lo lejos las antorchas. A un grito se
movieron hacia delante. Otros hombres de las cavernas avanzaron, portando
antorchas.
Cororuc miró a su alrededor. Las antorchas esparcían una vaga claridad sobre la
escena. A veces uno y otro muro de la caverna aparecía por un instante, y el britano
era confusamente consciente de que estaban cubiertas de pinturas, toscamente
ejecutadas, pero con cierta habilidad que su propia raza no podía igualar. Sin
embargo, el techo permanecía siempre invisible. Cororuc sabía que la caverna,
aparentemente pequeña, había dado paso a una cueva de sorprendente tamaño. El
extraño pueblo se movía a través de la vaga luz de las antorchas, yendo y viniendo,
silenciosamente, como sombras de un borroso pasado.
Sintió que se aflojaban las cuerdas o correas que mantenían sus pies atados. Le
pusieron en pie.
—Camina recto hacia delante —dijo una voz, hablando el lenguaje de su propia
raza, y sintió la punta de una lanza tocarle la nuca.
Y hacia delante caminó, sintiendo el roce de sus sandalias en e1 suelo de piedra de
la cueva, hasta que llegaron a un lugar onae el suelo se inclinaba hada arriba. La
cuesta era empinada, y la piedra tan resbaladiza que Cororuc no habría podido
subirla solo. Pero sus captores le empujaron y tiraron de él, y vio que largas cuerdas
de lianas colgaban de algún lugar en la cima.
Los hombres extraños las agarraron y, poniendo los pies contra la resbaladiza
pendiente, subieron velozmente. Cuando sus pies encontraron de nuevo terreno
llano, la cueva describió un giro y Cororuc penetró en una escena iluminada por el
fuego que le hizo boquear sorprendido.
La cueva desembocaba en una caverna tan vasta que era casi increíble. Los
potentes muros se alzaban hasta un gran techo abovedado que se desvanecía en la
oscuridad. El suelo estaba nivelado, y a través de él fluía un río, un río subterráneo.
Nacía bajo un muro para desvanecerse silenciosamente bajo el otro. Un arqueado
puente de piedra, aparentemente de origen natural, salvaba la corriente.
A lo largo de los muros de la gran caverna, que era aproximadamente circular, había
cuevas más pequeñas, y ante cada una de ellas ardía un fuego. Más arriba había
otras cuevas, dispuestas con regularidad, hilera sobre hilera. Con toda seguridad, tal
ciudad no podía haber sido construida por seres humanos.
Entrando y saliendo de las cuevas, por el suelo nivelado de la caverna principal, la
gente se afanaba en lo que parecían sus tareas cotidianas. Los hombres hablaban
en grupos y arreglaban armas; algunos pescaban en el río. Las mujeres alimentaban
los fuegos y preparaban vestidos. A juzgar por sus ocupaciones, podría haberse
tratado de cualquier aldea de Britania. Pero todo le pareció a Cororuc
extremadamente irreal; el lugar extraño, el pueblo pequeño y silencioso, ocupado en
sus tareas, el río fluyendo en silencio a través de todo.
Entonces vieron al prisionero y se agolparon a su alrededor. No hubo nada del
griterío, los malos tratos y las indignidades que los salvajes usualmente acumulan
sobre sus prisioneros mientras los hombrecillos se acercaban a Cororuc,
contemplándole silenciosamente con miradas lobunas y malévolas. A pesar suyo, el
guerrero se estremeció.
Pero sus captores se abrieron paso entre el gentío, conduciendo al britano delante
de ellos. Cerca de la orilla del río, se detuvieron y se apartaron de él.
Dos grandes hogueras saltaban y parpadeaban ante él, y había algo entre ellas.
Enfocó la mirada y distinguió por fin el objeto. Un gran sillón de piedra, como un
trono; y en él sen-
tadu un hombre de avanzada edad, con una larga barba blanca, silencioso, inmóvil,
pero con ojos negros que brillaban como los de un lobo.
El anciano iba ataviado con un ropaje largo y ondulante de una sola pieza. Una
mano parecida a una garra, de dedos huesudos y retorcidos, y uñas como las de un
halcón, descansaba en el asiento junto a él. La otra mano estaba escondida entre
las ropas.
La luz del fuego bailaba y parpadeaba; ora el viejo se destacaba claramente, con su
nariz ganchuda y semejante a un pico y su larga barba en vivido relieve, ora parecía
alejarse hasta ser invisible a la mirada del britano, excepto por sus ojos relucientes.
—¡Habla, britano! —Las palabras brotaron de repente, fuertes, claras, sin ninguna
señal de vejez—. ¡Habla! ¿Qué tienes que decir?
Coróme, cogido por sorpresa, tartamudeó y dijo:
—Yo..., yo... ¿Qué clase de pueblo sois? ¿Por qué me habéis tomado prisionero?
¿Sois elfos?
—Somos pictos —fue la austera réplica.
—¡Fictos!
Coróme había oído relatos sobre ese antiguo pueblo de los britanos gaélicos;
algunos decían que aún acechaban en las colinas de Siluria, pero...
—He luchado con los pictos en Caledonia —protestó el britano—; son bajos, pero
enormes y contrahechos. ¡No se parecen en nada a vosotros!
—No son pictos auténticos —se le replicó ásperamente—. Mira a tu alrededor,
britano. —Hizo un gesto con el brazo—. Estás viendo los restos de una raza que se
desvanece, una raza que en otros tiempos gobernó Inglaterra de un mar a otro.
El britano miró, asombrado.
—Escucha, britano —continuó la voz—. Escucha, bárbaro, mientras te cuento la
historia de la raza perdida.
La luz del fuego parpadeaba y danzaba, arrojando vagos reflejos en los imponentes
muros y en la rápida corriente.
La voz del anciano resonó a través de la enorme caverna. ^—Nuestro pueblo vino
del sur. Más allá de las islas, más "la del mar Interior. Más allá de las montañas
coronadas de nieve, donde algunos permanecieron, para contener a cualquier
enemigo que pudiera seguirnos. Bajamos a las fértiles llanuras. Nos esparcimos por
toda la tierra. Nos hicimos ricos
y prósperos. Entonces dos reyes se levantaron en el país, y el que venció expulsó al
vencido. Así pues, muchos de nosotros hicimos barcos y pusimos vela a los lejanos
acantilados que destellaban radiantes bajo el sol. Encontramos una tierra hermosa
con fértiles llanuras. Encontramos una ra2a de bárbaros pelirrojos, que moraban en
cuevas. Poderosos gigantes, de cuerpos grandes y mentes pequeñas.
»Construimos nuestras chozas con zarzales. Aramos el suelo. Despejamos el
bosque. Arrojamos a los gigantes pelirrojos de vuelta al bosque. Lejos y más lejos
les condujimos hasta que por fin huyeron a las montañas del oeste y a las montañas
del norte. Eramos ricos. Éramos prósperos.
»Entonces... —Su voz se llenó de rabia y odio, hasta que pareció reverberar a través
de la caverna—. Entonces llegaron los celtas. De las islas del oeste, vinieron en sus
toscos coráculos. Desembarcaron en el oeste, pero no estaban satisfechos con el
oeste. Avanzaron hacia el este y tomaron las fértiles llanuras. Luchamos. Ellos eran
muy fuertes. Eran feroces guerreros y estaban armados con bronce, mientras que
nosotros sólo teníamos armas de pedernal.
«Fuimos expulsados. Nos hicieron esclavos. Nos arrojaron al bosque. Algunos de
nosotros huimos hacia las montañas del oeste. Muchos huyeron a las montañas del
norte. Allí se mezclaron con los gigantes pelirrojos que habíamos expulsado tanto
tiempo atrás, y se convirtieron en una raza de enanos monstruosos, perdiendo todas
las artes de la paz y ganando sólo la habilidad de combatir.
»Pero algunos de nosotros juramos que nunca dejaríamos la tierra por la que
habíamos peleado. Mas los celtas nos empujaron. Eran muchos, y muchos vinieron.
Así que fuimos a las cavernas, a los barrancos, a las cuevas. Nosotros, que
habíamos morado siempre en chozas que dejaron entrar tanta luz, que siempre
habíamos arado el suelo, aprendimos a vivir como bestias, en cuevas donde jamás
había entrado la luz del sol. Algunas las encontramos, de las cuales ésta es la
mayor; algunas las hicimos.
»Tú, britano... —La voz se convirtió en un graznido y un largo brazo se tendió
acusatorio—. ¡Tú y tu raza habéis hecho de una nación libre y próspera una raza de
ratas! ¡Nosotros que nunca huimos, que morábamos al aire libre, bajo la luz del sol,
junto al mar, adonde venían los mercaderes, debemos huir como bestias acosadas y
enterrarnos como topos! Pero de no-
che... ¡Ah, entonces nos vengamos! ¡Entonces reptamos de nuestros escondites,
barrancos y cavernas, con antorcha y puñal! ¡Mira, britano!
Y siguiendo el gesto, Cororuc vio un poste circular de algún tipo de madera muy
dura, colocado en un agujero en el suelo de piedra, cerca de la orilla. Alrededor del
agujero, el suelo estaba calcinado como por antiguas hogueras.
Cororuc miró, sin entender. En realidad, poco entendía de todo lo sucedido. No
estaba seguro de que aquella gente fuera humana. Había oído hablar tanto de ellos
como del «pequeño pueblo»... Historias de sus actos, su odio por la raza del hombre
y su malicia volvieron a él como un torrente. Ignoraba que estaba contemplando uno
de los misterios de las eras. Que las historias que los viejos gaélicos contaban de los
pictos, ya deformadas, se harían aún más deformes de una era a otra, para resultar
en las historias de elfos, enanos, trolls y hadas, primero aceptadas y luego
rechazadas, en su totalidad, por la raza del hombre, al igual que los monstruos de
Neanderthal originaron las historias de duendes y ogros. Pero nada de eso sabía
Cororuc y nada le importaba, y el anciano estaba hablando de nuevo.
—Ahí, ahí, britano —exultaba, señalando el poste—, ¡ahí pagaras! Un escaso pago
por la deuda que tiene tu raza con la mía, pero hasta el límite de tu alcance.
La alegría del anciano habría sido demoniaca, de no ser por cierto elevado propósito
en su rostro. Era sincero. Creía que sólo estaba tomando su justa venganza; y se
asemejaba a algún gran patriota luchando por una causa poderosa y perdida.
—¡Pero yo soy britano! —tartamudeó Cororuc—. ¡No fue mi pueblo quien exilió a
vuestra raza! Eran gaélicos, de Irlanda. Soy un britano y mi raza llegó de la Galia
hace sólo cien años. Conquistamos a los gaélicos y los expulsamos a Erin, Gales y
Caledonia, igual que ellos expulsaron a vuestra raza.
—¡No importa! —El anciano jefe se había puesto en pie—. Un celta es un celta.
Britano o gaélico, no hay diferencia. Si no hubieran sido los gaélicos, habrían sido
los britanos. Cada celta que cae en nuestras manos debe pagar, sea guerrero o
mujer, niño o rey. Cogedle y atadle al poste.
En un instante Cororuc fue atado al poste, y vio con horror que los pictos
amontonaban leña junto a sus pies.
—Y cuando hayas ardido lo suficiente, britano —dijo el anciano—, esta daga que ha
bebido la sangre de un centenar de britanos saciará su sed en la tuya.
—¡Pero nunca le he hecho daño a un picto! —jadeó Coróme, luchando con sus
ataduras.
—Pagas no por lo que hiciste, sino por lo que ha hecho tu raza —respondió
secamente el anciano—. Bien recuerdo lo que hicieron los celtas cuando
desembarcaron por primera vez en Inglaterra..., los aullidos de los degollados, los
gritos de las muchachas violadas, el humo de las aldeas ardiendo, el saqueo...
Coróme sintió que se le erizaba el vello de la nuca. ¡Cuando los celtas
desembarcaron por primera vez en Inglaterra! ¡De eso hacía quinientos años!
Y su curiosidad celta no le permitió callarse, ni siquiera en el poste con los pictos
preparándose a encender la leña apilada a su alrededor.
—No puedes recordar eso. Fue hace eras. El anciano le miró sombríamente.
—Y yo tengo eras de edad. En mi juventud fui cazador de brujas, y una vieja me
maldijo mientras se retorcía en la estaca. Dijo que viviría hasta que el último niño de
la raza picta hubiera desaparecido. Que vería a la nación una vez poderosa hundirse
en el olvido, y entonces, sólo entonces, debería seguirla. Pues me impuso la
maldición de la vida eterna.
Su voz se alzó hasta llenar la caverna.
—Pero la maldición no era nada. La palabras no pueden hacer daño, no pueden
hacerle nada a un hombre. Vivo. He visto ir y venir a un centenar de generaciones, y
a otro centenar más. ¿Qué es el tiempo? El sol sale y se oculta, y otro día ha pasado
al olvido. Los hombres vigilan el sol y disponen sus vidas según él. A cada momento
se alian con el tiempo. Cuentan los minutos que les llevan a la carrera hacia la
eternidad. El hombre sobrevivió a los siglos cuando empezó a contar el tiempo. El
tiempo es obra del hombre. La eternidad es la obra de los dioses. En esta caverna
no existe el tiempo. No hay estrellas, no hay sol. Dentro está la eternidad, fuera está
el tiempo. No contamos el tiempo. Nada marca el paso de las horas. Los jóvenes
salen al exterior. Ven el sol, las estrellas. Cuentan el tiempo. Y pasan. Era un
hombre joven cuando entré en esta caverna. Nunca la he dejado. Tal como vosotros
contáis el tiempo, puedo haber estado aquí un millar de años; o una hora. Cuando
no está ceñida por el tiempo, el alma, la mente, llámalo como quieras, puede
conquistar al cuerpo. Y los hombres sabios de mi raza, en mi juventud, sabían más
de lo que el mundo exterior nunca aprenderá. Cuando siento que mi cuer-
po empieza a debilitarse, tomo la poción mágica que en todo el inundo sólo yo
conozco. No da la inmortalidad, eso es obra sólo de la mente; pero reconstruye el
cuerpo. La raza de los pictos se desvanece; desaparecen como la nieve en la
montaña. Y cuando el último se haya ido, esta daga me liberará del mundo.
Y con un brusco cambio de tono, añadió:
—¡Prended los haces de leña!
La mente de Coróme daba vueltas. No entendía en absoluto lo que acababa de oír.
Estaba seguro de que enloquecía, y lo que vio un minuto después se lo confirmó.
De entre el gentío surgió un lobo, ¡y supo que era el lobo que había salvado de la
pantera junto al barranco en el bosque!
Era extraño, lo lejano y antiguo que parecía... Sí, era el mismo lobo. Aquel mismo
paso extraño y como rastrero. Entonces la criatura se levantó y se llevó las patas
delanteras hacia la cabeza. ¿De qué horror sin nombre se trataba?
Luego la cabeza del lobo cayó hada atrás, revelando el rostro de un hombre. El
rostro de un picto; uno de los primeros «hombres-lobo». El hombre salió de la piel
del lobo y avanzó, diciendo algo. Un picto que empezaba a encender la leña junto a
los pies del britano apartó la antorcha y vaciló.
El lobo-picto dio un paso adelante y empezó a hablar con el jefe, usando el celta,
evidentemente en beneficio del prisionero. (Cororuc estaba sorprendido de oír a
tantos hablar su lengua, sin pararse a pensar en su comparativa simplicidad y en la
habilidad de los pictos.)
—¿Qué es esto? —preguntó el picto que había actuado como lobo—. ¡ Un hombre
que no debería va a ser quemado!
—¿Cómo? —exclamó con fiereza el anciano, aferrando su larga barba—. ¿Quién
eres tú para ir contra una costumbre antigua como las eras?
—Me encontré con una pantera —respondió el otro—, y este britano arriesgó su vida
para salvar la mía. ¿Mostrará ingratitud un picto?
Y mientras el anciano dudaba, evidentemente impulsado en un sentido por su
fanática sed de venganza, y en otro por su lgualmente feroz orgullo racial, el picto
prorrumpió en una salvaje andanada oratoria, en su propia lengua. Por fin, el viejo
asintió.
—Un picto siempre paga sus deudas —dijo con impresionante grandeza—. Un picto
nunca olvida. Desatadle. Ningún celta dirá jamás que un picto se mostró ingrato.
Coróme fue liberado, y mientras, aturdido, intentaba tartamudear su agradecimiento,
el jefe hizo un gesto desdeñoso.
—Un picto jamás olvida a un enemigo, y recuerda siempre un acto de amistad —
replicó.
—Ven —murmuró su amigo picto, tirando del brazo de Cororuc.
Le condujo a una cueva que se alejaba de la caverna principal. Mientras andaban,
Cororuc miró arras, y vio al anciano jefe sentado en su trono de piedra, los ojos
relucientes mientras parecía contemplar de nuevo las glorias perdidas de la
antigüedad; a cada lado las hogueras saltaban y parpadeaban. Una imagen de
grandeza, el rey de una raza perdida.
Más y más adelante condujo su guía a Cororuc. Y por fin salieron y el britano vio
sobre él las estrellas del cielo.
—Por ahí hay una aldea de tu tribu —dijo el picto, señalando—, donde serás
bienvenido hasta que desees reemprender tu viaje.
Y le hizo regalos al celta; le regaló vestimentas de tela y piel de ciervo finamente
trabajado, cinturones de cuentas, un magnífico arco de cuerno con flechas de punca
de obsidiana hábilmente trabajada. Le dio comida. Sus propias armas le fueron
devueltas.
—Un momento —dijo el britano, cuando el picto se dio la vuelta para marcharse—.
Seguí rus huellas en el bosque. Desaparecieron.
Había un interrogante en su voz.
El picto rió quedamente.
—Salté a las ramas del árbol. Si hubieras mirado hacia arriba, me habrías visto. Si
alguna vez deseas un amigo, lo encontrarás en Berula, jefe de los pictos albanos.
Se volvió y desapareció. Y Cororuc anduvo bajo la luz de la luna hacia la aldea celta.