Jack y las habichuelas mágicas
Había una vez un chico que se llamaba Jack y vivía con su madre. Como eran muy pobres, la madre lo envió a vender la única vaca que
tenían. En el camino hacia el mercado, Jack se encontró con un hombre que le ofreció cambiarle la vaca por unas habichuelas mágicas. La
madre se enteró del trato, se enojó muchísimo y tiró los porotos por la ventana. Al otro día, un árbol gigante había crecido en el jardín.
Entonces, Jack trepó al árbol, llegó a un maravilloso castillo y entró. De pronto, escuchó ruidos y, asustado, se escondió. Vio a un enorme
gigante sentado a la mesa. Sobre la mesa, había un arpa de oro y una gallina. —¡Un huevo! —gritó el gigante—. Y la gallina puso un huevo
de oro. Luego, el arpa comenzó a tocar y el gigante se quedó dormido. Jack tomó la gallina y el arpa, que empezó a gritar: —¡Ayuda, ayuda!
El gigante se despertó furioso y comenzó a perseguir a Jack. Jack bajaba a toda velocidad, mientras gritaba: —¡Madre, tráeme el hacha! En
cuanto puso un pie en el suelo, Jack cortó el árbol y el gigante, al caer del árbol, hizo un hoyo profundísimo y nunca pudo salir. Con el oro y
el arpa mágica, Jack y su madre vivieron felices para siempre. (Versión de un cuento tradicional inglés)
La princesa y el garbanzo
Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una princesa de verdad. Recorrió todo el mundo y
conoció a muchas supuestas princesas, pero siempre encontraba algún detalle que le parecía sospechoso. Y, cada vez,
decepcionado, regresaba a su castillo. Una tarde, estalló una terrible tempestad con truenos y relámpagos. De repente,
llamaron a la puerta y el anciano rey acudió a abrir. En la puerta, había una joven que dijo ser una princesa. ¡Pero en qué
estado estaba! El agua le chorreaba por el pelo y por el vestido, que parecía un trapo mojado; los zapatos, dos lagunas... Sin
embargo, ella insistía: Soy un princesa verdadera. "Pronto lo sabremos", pensó la reina, y, en secreto, se fue al dormitorio,
levantó la cama y puso un garbanzo entre el colchón y la tela metálica. Luego, amontonó encima veinte colchones, y encima
de estos, otros tantos edredones. Por la mañana, la reina y el príncipe le preguntaron qué tal había descansado. —¡Ay, muy
mal! —exclamó la princesa—. No pegué un ojo en toda la noche. ¡Había algo horrible y molesto debajo del colchón! Así, la
reina comprobó que se trataba de una princesa. Nadie puede ser tan sensible como una verdadera princesa. Entonces, el
príncipe, convencido de que era una princesa hecha y derecha, le ofreció matrimonio. Se casaron pocos días después, y el
garbanzo fue a parar al museo del castillo. Dicen que todavía está ahí. (Hans Christian Andersen , adaptación).
El huso, la lanzadera y la aguja
Hace muchísimos años, en una pequeña aldea, vivían una niña y su madrina en una cabaña muy pobre. Pasó el tiempo y,
cuando la niña cumplió quince años, la madrina enfermó gravemente. Antes de morir, la mujer la llamó a su lado, le tomó la
cara entre sus manos y le susurró: —Te dejo mi cabaña, que te protegerá del viento y la lluvia, y también mi huso, mi
lanzadera y mi aguja, que te servirán para ganarte el pan. Desde ese día, la joven vivió sola en la cabaña, trabajando con
mucha dedicación. Con el huso, formaba hebras de hilo o de lana, con la lanzadera tejía las telas en el telar y, con la aguja,
confeccionaba las prendas. Siempre tenía hilo para hacer telas, parecía que su provisión era inagotable. Apenas había
realizado una pieza de tela y cosido una camisa, se presentaba un cliente que le pagaba con generosidad. Por eso, nunca
pasaba hambre y, como era muy generosa, ayudaba a los más pobres de la aldea. Pocos años después, el hijo del rey comenzó
a recorrer el país para buscar una esposa. El problema era que el príncipe no quería casarse con una señorita rica, pero no
podía elegir una mujer pobre. Así que, antes de emprender el viaje, anunció: —Me voy a casar con la mujer que sea a la vez la
más pobre y la más rica. A llegar a la aldea, preguntó dónde vivía la joven más pobre y dónde vivía la más rica. Los aldeanos le
indicaron la casa más lujosa y la cabaña de la joven. Vestida con su mejor traje, la joven más rica estaba delante de la puerta
de su casa y, cuando pasó el príncipe, le hizo una profunda reverencia, pero él la miró sin decirle una palabra y siguió su
camino. A UN CUENTO MARAVILLOSO 10 Cuando el príncipe llegó a la cabaña de la joven, miró por la ventana hacia el interior
de una habitación que iluminaba un rayo de sol. La joven estaba sentada trabajando en sus costuras y, cada tanto, miraba un
poquito hacia la ventana, pero enseguida se ponía colorada y bajaba la vista. Cuando el príncipe se alejó, la joven siguió
hilando con el huso. De pronto, recordó una canción que le había enseñado su madrina y se puso a cantar: Corre huso, corre a
todo correr, mira que es mi esposo y debe volver. De repente, el huso se le escapó de las manos y salió de la cabaña volando.
A medida que el huso avanzaba, iba dejando un hilo de oro. Entonces, la joven tomó la lanzadera y se puso a tejer. Mientras
tanto, el huso llegó hasta el príncipe. —¿Qué es esto? —exclamó el príncipe—. Este huso quiere llevarme a alguna parte.
Montó su caballo y salió al galope tras el hilo de oro. En su cabaña, la joven continuaba trabajando y cantando: Corre,
lanzadera, corre tras él, tráeme a mi esposo, pronto, tráemelo. La lanzadera escapó de sus manos y, en el umbral de la cabaña,
comenzó a tejer la alfombra más hermosa que se haya visto jamás, con bordados de hojas, flores y pájaros con más de mil
colores. La muchacha tomó la aguja y entonó estos versos: Corre, aguja, corre a todo correr, prepáralo todo, que ya va a
volver. Y la aguja, con la rapidez del relámpago, puntada tras puntada, cubrió la mesa con el más exquisito mantel; las sillas,
con brillantes fundas de terciopelo verde; y las paredes, con adornos de seda. Cuando la aguja dio la última puntada, el
príncipe entró en la cabaña y vio a la joven vestida con su pobre traje en medio de tantas maravillas. —Tú eres la más pobre y
la más rica —exclamó el príncipe—. Ven conmigo, tú serás mi esposa. Unos días más tarde se celebró la boda con una fiesta
tan hermosa que la gente todavía hoy cuenta la historia. (Jacob y Wilhelm Grimm)