Fundamentos de la Ética Cristiana
Fundamentos de la Ética Cristiana
Presentado por:
Profesor:
ETICA PROFESIONAL
POPAYÁN
SEPTIEMBRE
2018
TABLA DE CONTENIDO
1. Introducción
2. Concepto
6. Principales representantes
7. Conclusiones
8. Bibliografía
INTRODUCCIÓN
También tratamos de identificar las relaciones que tiene la ética como parte de la
filosofía que trata de la moral y las obligaciones del hombre, que se entiende como
un conjunto de acciones conscientes dirigidas hacia un fin y la ética cristiana cuyo
fundamento está basado en la justicia y el amor de Dios.
En este trabajo también analizaremos lo que significa hablar de una “idea cristiana
del mundo”, teniendo en cuenta que el cristianismo tiene su propio punto de vista y
su idea relacionada con él.
CONCEPTO
¿QUE ES LA ETICA?
La Moral es el conjunto de normas y valores con los que una persona determina el
curso de sus acciones y decisiones.
El hombre no nace con unas leyes ya establecidas, sino que a medida que va
viviendo las va desarrollando mediante la capacidad de razonar y abstraer que
tiene y que lo capacita para prefijarse un fin determinado y tratar de hallar los
medios para conseguirlo. Sin embargo, el hombre no es un ser autónomo y
autosuficiente, puesto que es un ser creado, y por tanto, limitado. Nada hay
absoluto en el hombre, por lo que no tiene dentro de sí mismo la fuente de su
propia perfección y felicidad, depende existencialmente de su Creador, el cual ha
diseñado su meta y su camino. Y de Él le ha de venir, por tanto, toda la normativa
para su comportamiento ético.
La experiencia histórica y las enseñanzas de la Palabra de Dios nos evidencian
que no existe una Ética Natural o una Filosofía Moral capaz de regir el
comportamiento del hombre, caído por el pecado.
Respecto a la creación de Dios, como expresión ética y moral, podemos decir que
Dios establece en su creación su carácter y esencia como todopoderoso,
ordenador, arquitecto, entre otras perfecciones. Él tiene el derecho y la capacidad
de establecer normas de procedimiento, conducta y relación entre los seres
creados y sustentador de todo cuanto existe.
Dios es perfecto, justo, sabio misericordioso y fiel. Es por esta razón que al mirar
la hermosa creación vemos aspectos normativos de Dios en ella para la
humanidad, es posible reconocer la presencia de un ser sobrenatural, digno de
adoración y reverencia.
En este sentido, la creación es transmisora de ética, en cuanto revela y anuncia la
mano de un excelente diseñador.
c) El Espíritu Santo, por medio de la gracia para creer y seguir a quien nos
salvó.
Es otra fuente de ética Cristiana. Él obra en y por medio nuestro (Jn. 14:26; 16:12-
15). Nos ayuda a discernir lo que es la voluntad de Dios o no; a experimentar el
arrepentimiento cuando pecamos y a optar por Dios, frente a dos posibilidades.
Por medio de Él, comprendemos el valor de la sangre de Cristo derramada para
nuestro perdón y santidad (1 Jn. 1:7-9).
d) La iglesia, como organismo para vivir y convivir en los principios y valores del
evangelio.
La iglesia cristiana asegura, que ningún hombre, por el pecado, tiene la capacidad
de establecer las normas morales de su conducta. Por tanto, el hombre esta
inhabilitado para determinar lo bueno o malo.
Se considera a la iglesia como un medio de gracia, donde se vive y afirman los
valores morales del evangelio.
Son varias las formas como la iglesia cumple con su misión moral, una de ellas, es
mediante el amor fraternal y el acompañamiento espiritual a quien está en una
situación específica y busca refugio en ella.
Ética descriptiva
"La ética descriptiva pone de relieve lo que la mayoría de personas cree que es
correcto o incorrecto"; entonces, la ética es descriptiva en cuanto explica los
razonamientos creencias o argumentos que la gente presenta para considerar
cuándo un acto es correcto o cuándo incorrecto; las descripciones corresponden a
la psicología, sociología, historia y antropología de lo moral, pero la ética es
descriptiva en cuanto intenta dar razón de su objeto, para luego proceder a una
acción.
Ética normativa
Los católicos por otro lado, rechazan la doctrina de “Sola Scriptura” y no creen que
solo la Biblia sea suficiente. Ellos creen que ambas; la Biblia y la tradición del
sagrado catolicismo romano, son igualmente importantes para el cristiano. Muchas
doctrinas romanas católicas; tales como el purgatorio, rezar a los santos, venerar
a María, etc., tienen poca o ninguna base en la Escritura, y están basadas
únicamente en las tradiciones católicas romanas. Esencialmente la Iglesia Católica
Romana, niega la “Sola Scriptura” y su insistencia en que tanto la Biblia como su
“Sagrada Tradición” son iguales en autoridad, subestiman la suficiencia, autoridad
y unidad de la Biblia. La visión de la Escritura es una de las diferencias entre
católicos y protestantes.
Los católicos y protestantes también difieren en lo que significa ser justificado ante
Dios. Para el católico, la justificación involucra el ser hecho justo y santo. Ellos
creen que la fe en Cristo es solo el principio de la salvación, y que el individuo
debe construir sobre ello las buenas obras, porque “el hombre tiene que merecer
la gracia de la justificación de Dios y la salvación eterna.” Por otra parte, los
protestantes distinguen entre el hecho único de la justificación (cuando somos
declarados justos y santos por Dios, basados en nuestra fe en la expiación de
Cristo en la cruz), y la santificación (el proceso evolutivo de ser hechos justos que
continúa a través de nuestras vidas en la tierra.) Mientras que los protestantes
reconocen que las obras son importantes, ellos creen que son el resultado o el
fruto de la salvación, pero nunca la razón de ella. Los católicos mezclan la
justificación y la santificación juntas dentro del proceso evolutivo, el cual conduce
a la confusión acerca de cómo es uno salvado.
Una cuarta diferencia tiene que ver con lo que sucede después de que el hombre
muere. Mientras ambos creen que los incrédulos pasarán una eternidad en el
infierno, hay unas significativas e importantes diferencias sobre lo que sucede a
los creyentes. De sus tradiciones eclesiásticas y su dependencia de libros no-
canónigos, los católicos han desarrollado la doctrina del Purgatorio. El Purgatorio,
de acuerdo con la Enciclopedia Católica, es un “lugar o condición de castigo
temporal para aquellos que, dejando esta vida en gracia de Dios, están, no
enteramente libres de faltas veniales, o no han pagado totalmente la satisfacción
debida a sus transgresiones.” Por otra parte, los protestantes creen que a causa
de que somos justificados por la fe en Cristo solamente, y que la justicia de Cristo
es imputada a nosotros – cuando morimos, iremos directamente al Cielo para
estar en la presencia del Señor (2 Corintios 5:6-10 y Filipenses 1:23).
La quinta diferencia que se presenta es María tiene un papel diferente para los
católicos y para la mayoría de los Protestantes. Porque María es el instrumento a
través del cual Dios trajo a su Hijo al mundo, los católicos honran a María con los
títulos de “Madre de Dios” y “Madre de la Iglesia”. Los católicos la consideran un
ejemplo de fe y santidad. Según la tradición, María fue concebida y nació sin la
mancha del pecado original y permaneció sin pecado durante toda su vida.
Aunque los católicos tienen una devoción especial a María, no la adoran o alaban
como lo hacen con Dios y el Verbo Encarnado. Ellos oran a María—como rezan a
otros santos—pidiendo su intercesión o mediación por ellos ante su Hijo, con
quien ella está en perfecta comunión. Dicho de otra manera, piden a María que
ruegue por ellos de la misma manera que todos los cristianos se piden orar unos
por otros. Por diversas razones, aunque los protestantes pueden tener un alto
concepto de María, no la tienen en el mismo sentido. En general, no le rezan a
María ni la convierten en un punto focal de la obra artística o la iconografía de la
misma manera en que los católicos romanos lo hacen.
Existen más diferencias entre los católicos y protestantes, pero estas son las más
significativas, también hay semejanzas entre estas dos iglesias, se parece a la
manera de pensar de los judaizantes (judíos quienes decían que los cristianos
gentiles tenían que obedecer la ley del Antiguo Testamento para ser salvos)
acerca de quienes Pablo escribió en Gálatas; los católicos, al hacer obras
necesarias para que uno sea justificado por Dios, terminaron con un evangelio
completamente diferente. Las diferencias entre el Catolicismo y el Protestantismo
Evangélico son importantes y significativas.
PRINCIPALES REPRESENTANTES
SAN AGUSTÍN
BIOGRAFÍA
Aurelio Agustín nació el año 354 [Link] Tagaste, ciudad situada en la antigua
provincia romana de Numidia (conocida en la actualidad como Souk Ahras, en
Argelia). Hijo de Patricio, un pequeño propietario rural, y de la dulce y abnegada
cristiana Mónica luego santa, poseía un genio intuitivo y educó a su hijo en su
religión, aunque, ciertamente, no llegó a bautizarlo. El niño, según él mismo
cuenta en sus Confesiones, era irascible, soberbio y díscolo, nació en el seno de
la familia con una posición económica desahogada, aunque no exenta de
esporádicas dificultades económicas, lo que le permitió acceder a una buena
educación. Sus primeros estudios los realizará en Tagaste, continuándolos, el año
365, en la cercana ciudad de Madaura (aunque se verá obligado a interrumpirlos
el año 369 por dificultades económicas); a partir del año 370 estudiará en Cartago,
dedicándose principalmente a la retórica y a la filosofía, destacando de una
manera especial en retórica, y encontrando dificultades en el aprendizaje de la
lengua griega, que nunca llegó a dominar. Tardó en aplicarse a los estudios, pero
lo hizo al fin porque su deseo de saber era aún más fuerte que su amor por las
distracciones.
Pese a los esfuerzos de su madre, Mónica, que le había educado en el
cristianismo desde su más tierna infancia, Agustín llevará en Cartago una vida
disipada, muy alejada de las pretensiones de aquella, orientada hacia el disfrute
de todos los placeres sensibles. En esa época convivirá con una mujer con la que
mantendrá una relación apasionada y con la que tendrá un hijo, Adeodato ,en el
año 372. Su vida desordenada continúo y se incrementó con una afición
desmesurada por el teatro y otros espectáculos públicos y la comisión de algunos
robos; esta vida le hizo renegar de la religión de su madre. Su primera lectura de
las Escrituras le decepcionó y acentuó su desconfianza hacia una fe impuesta y no
fundada en la razón. Sus intereses le inclinaban hacia la filosofía, y en este
territorio
Sin embargo, el hecho fundamental en la vida de San Agustín de Hipona en estos
años es su adhesión al dogma maniqueo; su preocupación por el problema del
mal, que lo acompañaría toda su vida, fue determinante en su adhesión al
maniqueísmo, la religión de moda en aquella época. Los maniqueos presentaban
dos sustancias opuestas, una buena (la luz) y otra mala (las tinieblas), eternas e
irreductibles. Era preciso conocer el aspecto bueno y luminoso que cada hombre
posee y vivir de acuerdo con él para alcanzar la salvación.
A San Agustín le seducía este dualismo y la fácil explicación del mal y de las
pasiones que comportaba, pues ya por aquel entonces eran estos los temas
centrales de su pensamiento. La doctrina de Mani o Manes fundador del
maniqueísmo, se asentaba en un pesimismo radical aún más que el escepticismo,
pero denunciaba inequívocamente al monstruo de la materia tenebrosa enemiga
del espíritu, justamente aquella materia, "piélago de maldades", que Agustín
quería conjurar en sí mismo.
Dedicado a la difusión de esa doctrina, profesó la elocuencia en Cartago (374-
383), Roma (383) y Milán (384). Durante diez años, a partir del 374, vivió Agustín
esta amarga y loca religión. Fue colmado de atenciones por los altos cargos de la
jerarquía maniquea y no dudó en hacer proselitismo entre sus amigos. Se entregó
a los himnos ardientes, los ayunos y las variadas abstinencias y complementó
todas estas prácticas con estudios de astrología que le mantuvieron en la ilusión
de haber encontrado la buena senda. A partir del año 379, sin embargo, su
inteligencia empezó a ser más fuerte que el hechizo maniqueo. Se apartó de sus
correligionarios lentamente, primero en secreto y después denunciando sus
errores en público. La llama de amor al conocimiento que ardía en su interior le
alejó de las simplificaciones maniqueas como le había apartado del escepticismo
estéril.
En 384 encontramos a San Agustín de Hipona en Milán ejerciendo de profesor de
oratoria. Allí lee sin descanso a los clásicos, profundiza en los antiguos
pensadores y devora algunos textos de filosofía neoplatónica. La lectura de los
neoplatónicos, probablemente de Plotino, debilitó las convicciones maniqueístas
de San Agustín y modificó su concepción de la esencia divina y de la naturaleza
del mal; igualmente decisivo en la nueva orientación de su pensamiento serían los
sermones de San Ambrosio obispo de Milán, que partía de Plotino para demostrar
los dogmas y a quien San Agustín escuchaba con delectación, quedando
"maravillado, sin aliento, con el corazón ardiendo". A partir de la idea de que «Dios
es luz, sustancia espiritual de la que todo depende y que no depende de nada»,
San Agustín comprendió que las cosas, estando necesariamente subordinadas a
Dios, derivan todo su ser de Él, de manera que el mal sólo puede ser entendido
como pérdida de un bien, como ausencia o no-ser, en ningún caso como
sustancia.
Dos años después, la convicción de haber recibido una señal divina (relatada en el
libro octavo de las Confesiones) lo decidió a retirarse con su madre, su hijo y sus
discípulos a la casa de su amigo Verecundo, en Lombardía, donde San Agustín
escribió sus primeras obras. En 387 se hizo bautizar por San Ambrosio y se
consagró definitivamente al servicio de Dios. En Roma vivió un éxtasis compartido
con su madre, Mónica, que murió poco después.
En 388 regresó definitivamente a África. En el 391 fue ordenado sacerdote en
Hipona por el anciano obispo Valerio, quien le encomendó la misión de predicar
entre los fieles la palabra de Dios, tarea que San Agustín cumplió con fervor y le
valió gran renombre; al propio tiempo, sostenía enconado combate contra las
herejías y los cismas que amenazaban a la ortodoxia católica, reflejado en las
controversias que mantuvo con maniqueos, pelagianos, donatistas y paganos.
Tras la muerte de Valerio, hacia finales del 395, San Agustín fue nombrado obispo
de Hipona; desde este pequeño pueblo pescador proyectaría su pensamiento a
todo el mundo occidental. Sus antiguos correligionarios maniqueos, y también los
donatistas, los arrianos, los priscilianistas y otros muchos sectarios vieron
combatidos sus errores por el nuevo campeón de la Cristiandad. Dedicó
numerosos sermones a la instrucción de su pueblo, escribió sus célebres Cartas a
amigos, adversarios, extranjeros, fieles y paganos, y ejerció a la vez de pastor,
administrador, orador y juez. Al mismo tiempo elaboraba una ingente obra
filosófica, moral y dogmática; entre sus libros destacan los Soliloquios, las
Confesiones y La ciudad de Dios, extraordinarios testimonios de su fe y de su
sabiduría teológica.
Al caer Roma en manos de los godos de Alarico , se acusó al cristianismo de ser
responsable de las desgracias del imperio, lo que suscitó una encendida
respuesta de San Agustín, recogida en La ciudad de Dios, que contiene una
verdadera filosofía de la historia cristiana. Durante los últimos años de su vida
asistió a las invasiones bárbaras del norte de África (iniciadas en el 429), a las que
no escapó su ciudad episcopal. Al tercer mes del asedio de Hipona, cayó enfermo
y murió.
El cristianismo y la filosofía
La razón y la fe
No hay una distinción clara entre razón y fe en la obra de San Agustín, lo que
marcará el discurrir de todo su pensamiento. Existe una sola verdad, la revelada
por la religión, y la razón puede contribuir a conocerla mejor. "Cree para
comprender", nos dice, en una clara expresión de predominio de la fe; sin la
creencia en los dogmas de la fe no podremos llegar a comprender la verdad, Dios
y todo lo creado por Dios (la sabiduría de los antiguos no sería para él más que
ignorancia); "comprende para creer", en clara alusión al papel subsidiario, pero
necesario, de la razón como instrumento de aclaración de la fe: la fe puede y debe
apoyarse en el discurso racional ya que, correctamente utilizado, no puede estar
en desacuerdo con la fe, afianzando el valor de ésta. Esta vinculación profunda
entre la razón y la fe será una característica de la filosofía cristiana posterior hasta
la nueva interpretación de la relación entre ambas aportada por santo Tomás de
Aquino, y supone una clara dependencia de la filosofía respecto a la teología.
Conocimiento
San Agustín se ocupará del problema del conocimiento tratando de establecer las
condiciones en las que se puede dar el conocimiento de la verdad, según el ideal
cristiano de la búsqueda de Cristo y la sabiduría.
Para San Agustín, el conocimiento de la verdad ha de ser buscado no con fines
meramente académicos e intelectuales, sino porque aporta la verdadera felicidad y
beatitud. Solamente el sabio puede ser feliz.
Frente al escepticismo, que niega la posibilidad de alcanzar certeza alguna, San
Agustín replica afirmando la necesaria certeza de la propia no podemos dudar de
nuestra existencia, de que vivimos y entendemos.
En ese conocimiento cierto que tiene la mente de sí misma y por sí misma, en la
experiencia interior, asentará San Agustín la validez del conocimiento. Así, no
puedo dudar de la certeza de los principios del entendimiento, como el principio de
no contradicción; ni de la certeza de las verdades matemáticas. Tampoco puedo
dudar de la certeza de la realidad exterior, en la que vivo. No obstante la mente,
buscando la verdad en sí misma, se trascenderá a sí misma al encontrar en ella
las ideas, verdades inmutables que no pueden proceder de la experiencia.
Dios
La existencia de Dios, en cuanto tal no era ningún problema para Agustín, más
bien tendía a poner en duda la propia existencia antes que la de Dios.
Piensa que los hombres, salvo excepciones -"locura de pocos"- también tienen un
conocimiento de la existencia de Dios como autor del mundo.
Dios se muestra como existencia evidente ante la razón humana; basta una
sencilla reflexión para probarla y afirmarla con toda certeza. Conoce las pruebas
de la existencia de Dios: por los grados de ser, por la contingencia, por la
causalidad o finalidad.
Cuando el hombre ha alcanzado la verdad, ¿ha llegado también a Dios? Cuando
entendemos la noción de «verdad» como verdad suprema, entonces sí.
Por consiguiente, la demostración de la existencia de la certeza y de la verdad
coincide con la demostración de la existencia de Dios. Ésta era para san Agustín
una de las pruebas centrales de su existencia: las verdades eternas revelan su
fundamento, la Verdad misma, reflejando la necesidad e inmutabilidad de Dios.
San Agustín no se preocupa, sin embargo, de elaborar pruebas de la existencia de
Dios, aunque propone diversos argumentos que ponen de manifiesto su
existencia. Entre ellos se encuentran los que, a partir del orden observable en el
mundo, concluyen la existencia de un ser supremo ordenador; o los basados en el
consenso, que recalcan la universalidad de la creencia en dioses por parte de
todos los pueblos conocidos; una tercera prueba se halla en los diferentes grados
de bien, hasta llegar al bien supremo, que es Dios; y una última prueba que toma
en consideración el amor de Dios, que es lo único que colma de paz y felicidad al
corazón del hombre.
Dios está siempre presente en el pensamiento de Agustín. Su filosofía es una
teología, siendo Dios no sólo la verdad a la que aspira el conocimiento sino el fin
al que tiende la vida del hombre, que encuentra su razón de ser en la beatitud, en
la visión de Dios que alcanzarán los bienaventurados en la otra vida, para cuya
obtención será necesario el concurso de la gracia divina.
Por mucho que nos esforcemos, nuestras capacidades cognoscitivas siempre
serán deficientes para llegar hasta Dios. Todo lo que podamos decir de Él es
insuficiente, y solo sirve para barruntar algo de su existencia inefable. Dios es el
ser en sí mismo y la realidad suprema, principio y fuente de todos los seres. Estos
son mudables, mientras que Dios es inmutable. Es perfecto y se basta
absolutamente a sí mismo. Siendo la perfección absoluta, es también el sumo bien
(y amor). Es único. No hay más que un solo Dios presente en todas las cosas. Y
Dios también es la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es la verdad y la
fuente de toda verdad. Todas las cosas son y son verdaderas por el ser y la
verdad que reciben de Dios.
Respecto a la creación, es el resultado de un acto, libre y amoroso, de Dios. No
obstante, las esencias de todas las cosas creadas se encontraban
en la mente de Dios como ejemplares o modelos de las cosas, tanto de las
creadas en el momento original como de las que irían apareciendo con
posterioridad. Es el llamado ejemplarismo junto con la teoría de las razones
germinales de los estoicos. La creación del mundo acontece de una manera
simultánea. Dios no crea, sin embargo, la totalidad de las cosas posibles de una
manera ya actualizada, sino que introduce en lo creado las simientes o gérmenes
de todas las cosas posibles, que más adelante en el transcurso del tiempo se irán
desarrollando de forma gradual, en diversos modos y con la ayuda de distintas
circunstancias. Es decir, los seres materiales, que se componen de materia y
forma, no han sido todos creados en acto desde el principio. En el momento de la
creación Dios depositó en la materia una especie de semillas que, dadas las
circunstancias, darán lugar a la aparición de los nuevos seres. Dios crea, pues,
unos seres en acto y otros en potencia, por lo que todos los seres naturales
habrían sido creados desde el principio del mundo.
Respecto al problema de la existencia del mal en el mundo la solución se alejará
del platonismo, para quien el mal era asimilado a la ignorancia, tanto como del
maniqueísmo, para quien el mal era una cierta forma de ser que se oponía al bien;
para San Agustín el mal no es una forma de ser, sino su privación; no es algo
positivo, sino negativo: carencia de ser, no-ser. Además, el mal no puede venir de
Dios, ya que Dios es bueno. Para explicarlo, San Agustín distinguirá tres tipos de
mal:
El mal metafísico. Tiene que ver con la imperfección de las cosas creadas en
comparación con el Creador, que es el sumo bien. No es atribuible a Dios, ya que
necesariamente las cosas son prisioneras de su imperfección por el hecho de ser
creadas e inferiores a Dios.
El mal moral. Agustín explica el mal moral al introducirse el pecado como
consecuencia de nuestra libertad de elegir. De este pecado, fruto de la libertad,
solo es responsable el hombre y no Dios.
El mal físico. La experiencia del dolor y la muerte es inherente a la condición
humana y consecuencia del pecado original. Además, desconocemos la
perspectiva divina y que el sufrimiento constituye un elemento necesario para la
salvación como sucedió con la muerte de Jesús.
De esta manera, Agustín ofrecerá una explicación racional del mal en el mundo
como ausencia o privación de bien y, por tanto, sin que puedan ser atribuibles a
Dios.
El ser humano
San Agustín no plantea el problema del hombre y su naturaleza en abstracto,
como en la filosofía griega, sino en concreto, el problema del «yo», del hombre
como individuo irrepetible, como persona e individuo autónomo.
Para la filosofía griega el hombre es una realidad más en el mundo, y tiende a
tematizar al hombre como una cosa entre las cosas. Por el contrario, el
planteamiento de Agustín surge provocado por la experiencia del mal, que ya
había marcado el pensamiento de gnósticos y maniqueos. San Agustín, al
reflexionar sobre el hombre, se asombra de aquello que en el hombre no puede
comprenderse como parte del mundo. Y si algo no cabe comprenderse desde el
mundo es la experiencia del mal y del pecado.
Por eso, en las Confesiones, Agustín nos habla continuamente de sí mismo. Habla
de los lugares más recónditos de su ánimo y nos desvela las tensiones más
íntimas de su voluntad. Es precisamente en las tensiones y en los
desgarramientos más íntimos de su voluntad, enfrentada con la voluntad de Dios,
donde Agustín descubre el «yo», la interioridad, y la personalidad, como nadie
había hecho antes. La problemática religiosa, el enfrentarse la voluntad humana
con la voluntad divina al abrir el corazón humano al diálogo y la relación con Dios,
es lo que nos lleva al descubrimiento del yo como «persona», es decir, como
individuo absolutamente singular de la especie humana, en contraposición al
concepto filosófico de «naturaleza» que expresa lo común que hay en ellos.
Como vemos, la religión no es para Agustín un simple conjunto de creencias o de
normas, sino una relación interpersonal entre dos personas. De tal modo que Dios
no es algo externo que deba buscarse fuera, lejos o en una trascendencia, sino
más bien dentro. Lo importante no es lo que está fuera sino dentro, lo interior y el
alma, que es donde se produce el encuentro con Dios.
En realidad, para Agustín el hombre interior es imagen de Dios, pues Dios se
refleja en el alma y, por eso, se encuentra a Dios no al investigar sobre el mundo,
sino ahondando en el alma. «En el hombre interior habita la verdad», nos dice San
Agustín. Lo más importante es, sin duda, llegar a conocer y amar a Dios y al
prójimo por amor de Dios. Para ello hay que desprender el alma del apego a todas
las cosas de la tierra y elevarla a Dios, donde se halla su felicidad.
Así, el camino del conocimiento de sí mismo y la interioridad es el camino de la
sabiduría y del conocimiento de Dios. Solo así será el hombre capaz de elevarse
sobre las cosas, que solo le interesan para encontrar a Dios, a quien busca y
anhela por encima de todo.
Para San Agustín, el hombre ha sido creado por Dios como animal racional y
ocupa la cima del mundo sensible. El ser humano consta de dos substancias
distintas, cada una de ellas completa e independiente, el alma y el cuerpo, siendo
la primera superior en dignidad y ser al segundo. Pero, a diferencia de Platón, no
entiende San Agustín que el alma esté unida al cuerpo como consecuencia de un
castigo ni que el cuerpo sea su prisión.
El alma humana tiene su origen y ha sido creada por Dios. Ésta anima al cuerpo y
está unida a él por una inclinación natural. Es una sustancia espiritual, simple e
indivisible, que asume todas las funciones cognoscitivas de las que la más
importante será la realizada por la razón superior, ya que tiene como objeto la
sabiduría. Además de las funciones propias de la inteligencia le corresponden
también las de la memoria y la voluntad, adquiriendo ésta última un especial
protagonismo en su pensamiento, al ser considerada una función superior al
entendimiento.
El alma humana es imagen de Dios, y con sus tres facultades principales,
memoria, inteligencia y voluntad, también de la Trinidad. Dios se refleja de alguna
manera en todos los seres, pero de forma especial su imagen está en nuestra
alma, en lo más profundo de nuestro ser, por lo que el hombre puede elevarse al
conocimiento y cercanía de Dios descubriendo y contemplando dicha huella
divina.
El alma humana es también inmortal, pero a diferencia de lo que ocurría en el
platonismo no es eterna. Los argumentos para defender la inmortalidad proceden
del platonismo: siendo el alma de naturaleza simple no puede descomponerse, ya
que no tiene partes; por lo que ha de ser indestructible, inmortal.
El ser humano es criatura de Dios y, por tanto, bueno. Pero, sin embargo, todos
los hombres están manchados y heridos de alguna manera por el pecado original
cometido al inicio de los tiempos. El ser humano solo podrá salvarse por el
bautismo y la gracia, ya que ese pecado se transmite de padres a hijos. Así,
únicamente la gracia de Dios puede conducirnos hacia la vida. La gracia es la
intervención de Dios a favor del hombre por la cual el hombre puede hacer el bien,
es el hombre habitado por Dios.
Dios se inclina hacia el hombre para ofrecerle su gracia, y el hombre puede
acogerla orientando su voluntad hacia Dios. En esto consiste la conversión. La
auténtica conversión exige una actitud de fe que no se puede forzar.
El contexto histórico
Durante el siglo IV, con la crisis de las polis griegas y la expansión del Imperio de
Alejandro Magno, surgieron diferentes escuelas filosóficas que perduraron
prácticamente hasta la llegada de la Edad Media junto al pensamiento de Platón y
de Aristóteles.
Fueron escuelas que intentaron buscar la felicidad en un clima de cambio y
agitación. Los principales movimientos fueron el epicureísmo, el estoicismo y el
escepticismo. Asimismo, el pensamiento de Platón con algunas variaciones dio
lugar al neoplatonismo.
Ya a partir del siglo III comienza la gran expansión del que será un gran imperio en
toda Europa, el Imperio romano.
La labor filosófica de san Agustín se desarrolla durante el final del siglo IV d.C. y la
primera mitad del siglo V. Se trata de una época convulsa, marcada primero por la
definitiva división entre el Imperio Romano de Occidente y el de Oriente, a la
muerte del emperador Teodosio a finales del siglo IV, y el declive definitivo del
Imperio Romano de Occidente con su invasión por los bárbaros. Efectivamente,
los pueblos bárbaros se lanzaron a la conquista del imperio llegando el visigodo
Alarico hasta su capital, Roma, que saqueó en el 410. Las ciudades comenzarán
así, acompañando a Roma, una lenta decadencia que iniciará un periodo de
importancia del mundo rural que llegará a su apogeo con el feudalismo posterior.
Es pues una época marcada por una profunda crisis del mundo clásico y el inicio
de la Edad Media.
Entre estos elementos novedosos destaca sobre todo el triunfo definitivo de una
religión, el cristianismo. Fundada en el siglo I por Jesús de Nazareth y teorizada y
extendida por San Pablo, el cristianismo pasará en un periodo de cuatrocientos
años de ser una secta del judaísmo perseguida a religión principal del Imperio.
Primero, con el Edicto de Milán de Constantino en el año 313 se permitirá su culto,
y luego con el Edicto de Tesalónica a finales del siglo IV será nombrada religión
oficial del Imperio por Teodosio. Se abandona así la civilización clásica pagana,lo
que unido a la definitiva caída del Imperio Romano, tan solo cincuenta años
después de la muerte de San Agustín, dará pie a una nueva época histórica
dominada por el cristianismo En esta época, dentro del contexto filosófico, el
cristianismo se enfrentará al paganismo en una serie de luchas, saliendo triunfante
definitivamente la nueva religión tal y como demuestra el cierre de la Academia
platónica y de las escuelas griegas filosóficas a comienzos del siglo VI. Pero, este
mismo cristianismo no rechazará totalmente la filosofía clásica, sino que intentará,
a través de la Patrística, realizar una síntesis con la filosofía griega, como se ve en
el propio San Agustín, para dotar al cristianismo de una teoría propia,
fundamentando así también el dogma cristiano. Por tanto, se realizará una síntesis
entre la filosofía clásica griega y la religión cristiana. Es por ello también por lo que
comenzará la lucha contra las llamadas herejías. La Patrística asimismo realizará
una profunda reflexión sobre la relación entre la razón y la fe que irá desde la idea
de una sumisión absoluta de la razón ante la creencia, en Tertuliano, hasta una
relación de mutua dependencia entre ambas como defiende [Link]ín.
Dentro de las novedades que introduce el pensamiento cristiano hay que subrayar
algunas de gran importancia:
El ser humano como persona. El ser humano es la criatura hecha a imagen y
semejanza de Dios. Es creada por amor y en libertad. No hay determinismo, sino
que es dueño de su propio destino, optando por el bien o por el mal.
Interpretación lineal del tiempo. La visión circular propia de los griegos deja paso
a una visión lineal, con un principio y con un fin.
Libre albedrio
El santo afirma que el mal no puede tener un carácter ontológico, debido a que
Dios todo lo ha hecho y siendo Él infinitamente bueno y perfecto no pudo haber
hecho el mal, que es una imperfección, una privación de un bien debido y el
alejamiento de Dios. “El mal Es un defecto de integridad natural” ¿Por qué resulta
ser el hombre autor del mal si Dios es el autor del hombre? ¿Por qué no referir el
mal a Dios? La respuesta que da San Agustín es que el hombre tiene el libre
albedrío, una facultad que le permite escoger un bien o un mal revestido de bien,
es decir, siempre escoge un ‹‹bien›› ya que en sí esta facultad es buena, porque
fue otorgada por Dios y todo lo que Él da es bueno. Para poder entender mejor
esto, el obispo de Hipona hace una división de los bienes en tres: grandes,
pequeños y medianos. Los grandes son bienes que siempre lo son, por ejemplo:
las virtudes. Los pequeños son bienes del mundo sin los cuales no se puede vivir
rectamente. Y los bienes medios son las potencias del alma; son los que pueden
hacer alguna vez el mal; por lo que aquí podemos ubicar el libre albedrío, ya que
éste puede abusar de los bienes medios o pequeños, desordenando así la
naturaleza de las cosas.
Los bienes grandes, las virtudes, son los que ayudan al hombre a escoger mejor,
porque moderan el uso de los demás bienes. Este tipo de bienes nunca pueden
caer en el exceso, mientras que los otros dos si. “De las virtudes nadie usa mal, de
los demás bienes, es decir de los intermedios y de los inferiores pequeños,
cualquiera puede no solo usar bien, sino también abusar. Y de las virtudes nadie
abusa porque la función propia de la virtud es precisamente el hacer buen uso de
aquellas cosas de las cuales podemos abusar; pero nadie que usa bien abusa.
Siendo así que la causa del pecado (el mal) es el libre albedrío cuando es
motivado por la libídine (concupiscencia), ya que éste no puede actuar mal sin que
se le presente primero el posible bien. “La libídine consiste en el amor
desordenado de aquellas cosas que podemos perder contra nuestra propia
voluntad.”
Para que el hombre no se pierda con la libídine, San Agustín distingue dos tipos
de leyes que orientan al hombre. Una de ellas, ley eterna, le ayuda a encontrar la
voluntad de Dios, porque no está sujeta a la mutabilidad del mundo al buscar los
bienes últimos. Agustín llega a definir la ley eterna como “aquella ley en virtud de
la cual es justo que todas las cosas estén perfectamente ordenadas”.
La otra ley que menciona es llamada ley temporal. Esta ley varía dependiendo del
tiempo y el lugar (puede ser entendida como la constitución de cada pueblo en la
actualidad). Se vuelve justa para los hombres cuando está fundamentada en la ley
eterna.
San Agustín afirma que el hombre sabio es quien conoce el orden de las cosas y
por eso es el que mejor puede comportase. La inteligencia es un bien (aquí se
vuelve a recurrir al argumento de la bondad infinita de Dios por lo que toda su obra
también es buena) por lo que produce bienes. Esto es aceptado por Agustín y
Evodio: “Agustín: -Pero al menos admitirás sin distingos que la inteligencia es un
bien.
Evodio: Sí, y la considero un bien tan grande, que no sé que en el hombre pueda
haber otro mayor…”La inteligencia le permite conocer al hombre lo que es mejor
para él, se podría decir que le presenta la ley eterna. La razón tiene que llegar a
dominar todas las pasiones y puede hacerlo por ser más digna que ellas (al ser un
mayor bien). “Pues es claro que no hay buen orden allí donde lo más digno se
halla subordinado a lo menos digno”
Pero el hombre no nace siendo ni sabio ni necio, es decir, tiene que conocer,
escoger que quiere ser: sabio o necio. El hombre está en un punto intermedio
entre la insipiencia y la sabiduría, y el paso de una a otra no se da por ser sabio o
necio primero, sino más bien, explica el santo, que es como pasar del sueño a la
vigilia, no es lo mismo el dormir que el dormitar, siendo este el tránsito de uno a
otra.
La capacidad de conocer es con los que nace el hombre. “En el momento en el
que el hombre empieza a comprender el precepto, en ese mismo comienza a
poder pecar. De dos modos peca antes de llegar a ser sabio: o no disponiéndose
para comprender el precepto o no observándolo cuando lo ha comprendido.” Aquí
se puede apreciar una diferencia con el pensamiento socrático sobre la práctica
del bien, donde se planteaba que para obrar bien sólo era necesario conocerlo.
San Agustín es más agudo en su pensamiento en este aspecto. Él afirma que no
importa si uno ya conoce el bien, eso no es suficiente para un buen obrar, para
esto es necesario que uno quiera hacerlo, que ese bien mueva a la voluntad del
hombre. Es así que el sabio una vez siendo sabio puede dejar de serlo si permite
que sus pasiones lo dominen, si se entrega a los bienes terrenales, que son
mudables y no eternos
Agustín remarca el hecho de que el hombre no puede por sí mismo mantenerse
en el bien supremo, pues es débil, por eso tiene que recurrir a la ayuda divina.
Los bienes terrenales apresan a la voluntad del hombre, porque estos no
dependen de él, el medio influye mucho para esto. Por ejemplo: uno puede
escoger comprar un coche, pero que el coche termine en nuestras manos al final
del año no sólo depende de nosotros, sino también de que ningún ladronzuelo nos
los robe o algún borracho nos choque. Por otro lado lo bienes eternos son
totalmente dependientes del hombre, por ejemplo: Ser honesto, ser bueno, sólo
depende de uno, no del medio, porque no importando que las condiciones sean
adversas uno siempre va a poder escoger, por difícil que sea, seguir siendo
honrado o bueno.
En este punto sería prudente tomar la distinción que ve Juan Pegueroles en los
términos de “Libertas” y “liberum arbitrium” en su obra “El pensamiento filosófico
de San Agustín”. Pegueroles nota que cuando el filósofo africano se refiere a la
pura potencialidad y facultad de decidir le da el nombre de liberum arbitrium y
cuando hace referencia a la capacidad de estar en el bien, cuando Dios interviene
en el hombre con la ayuda de la gracia para que el hombre pueda realizar el bien,
Agustín nombra a la facultad Libertas. En palabras de Pegueroles: “El liberum
arbitrium es condición necesario y suficiente del pecado y condición necesaria
pero no suficiente de la salvación… Libertas es la ratificación consciente y
voluntaria del dinamismo natural, es la voluntad del fin, no sólo como Bien, sino
también como Verdad y Orden: Velle bene vivire.” (Pegueroles, Juan. “El
pensamiento filosófico de San Agustín” Editorial Labor, S. A. España 1972. pág.
135-136.)
Es así que una de las razones que da San Agustín para justificar que Dios le dio al
hombre el libre albedrío es para que pueda obrar bien, para que el hombre pueda
vivir rectamente y así se le pueda juzgar con justicia al final de su vida. “si el
hombre no estuviera dotado de voluntad libre, sería injusto el castigo e injusto
sería también el premio. Más por necesidad ha debido de haber justicia, así en
castigar como en premiar, porque éste es uno de los bienes que proceden de
Dios.”
A lo que se refiere el obispo de Hipona es que si el hombre estuviera determinado
a pecar, a equivocarse, si no tuviera la oportunidad de escoger hacer el bien, no
sería justo que se le castigara por hacer el mal, puesto que estaría dentro de su
naturaleza pecar, y así cuando pecara estaría cumpliendo con el orden que tiene
su naturaleza. Y como Dios es justísimo no podría condenarlo por seguir su propio
orden. Al darle la oportunidad de escoger salvarse, Dios le abre las puertas a la
libertad. El hombre puede escoger salvarse o condenarse, es decir, se hace
responsable de lo que hace. Permitiendo así que el bueno sea premiado y el malo
castigado.
Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios, obra escrita a raíz de la caída de Roma. Los paganos habían
culpado a los cristianos de tal desastre. San Agustín ensaya una explicación
histórica para tales hechos partiendo de la concepción de la historia como el
resultado de la lucha de dos ciudades: la ciudad de Dios, compuesta por cuantos
siguen su palabra y le aman, simbolizada por Jerusalén; y la terrenal, formada por
los que no creen y prefieren amarse a sí mismos, simbolizada por Babilonia. Esa
lucha continuará hasta el final de los tiempos, en que la ciudad de Dios triunfará
sobre la terrenal, apoyándose San Agustín en los textos sagrados del Apocalipsis
para defender su postura. Esto significará el triunfo del bien sobre el mal, de la luz
sobre las tinieblas y del reino de Dios sobre el de Satanás.
Agustín defenderá la prioridad y primacía de la Iglesia (poder espiritual) sobre los
poderes políticos (poder temporal). Asegurada esa dependencia, San Agustín
aceptará que la sociedad, aunque no sea un bien perfecto, es necesaria y natural
al individuo.
Finalmente, esta frase lapidaria: «mi peso reside en mi amor» resume el mensaje
agustiniano. El peso de su amor es el que le da consistencia al hombre, y su amor
es el que determina su destino terreno y ultraterreno.
SANTO TOMAS
BIOGRAFIA
Luego de una polémica actividad regresa a Nápoles el año 1272, con el encargo
de establecer una casa de estudios (studium generale), donde abandona
totalmente su actividad docente y de autor, encontrándose frecuentemente
arrebatado por experiencias místicas que le absorben por completo. Permanecerá
allí hasta 1274, muriendo en el transcurso del viaje iniciado ese año para dirigirse
de Nápoles a Lyon, donde iba a celebrarse un concilio convocado por el papa
Gregorio X.
La Edad Media
Tras la caída del Imperio Romano occidental, se produce una lenta y compleja
evolución durante los primeros siglos que, partiendo de las estructuras sociales,
políticas y económicas del Bajo Imperio Romano, conducirá a Europa hacia el
feudalismo. La práctica desaparición de la actividad comercial, que ya había
experimentado un grave retroceso en la última fase del imperio occidental antes
de su caída (actividad que se mantendría, sin embargo, en la parte oriental del
imperio) supone el cambio más significativo en la economía de los primeros siglos
de la Edad Media que, durante los siglos VIII a X, provocará la ruralización y el
empobrecimiento general de la población, así como su disminución y
reestructuración social y política bajo la forma del feudalismo que, con diferencias
entre unas y otras zonas de Europa, se consolidará entre los siglos X y XII. En
este cambio adquiere una especial relevancia el desarrollo del islamismo ya que, a
partir del siglo VIII, el control de las rutas comerciales del mediterráneo queda bajo
su hegemonía, lo que provocará el desplome de la actividad comercial de los
países cristianos, salvo contadas excepciones, con el consiguiente abandono de
las ciudades costeras y el repliegue de la población hacia zonas más protegidas y
fértiles del interior, reduciéndose la actividad económica a la propia de una
agricultura de subsistencia.
OBRAS
Santo Tomás escribe su obra entre 1252 y 1272. En esos veinte años desarrolla
una ingente actividad productiva cuya máxima expresión es la "Suma Teológica",
pero que está plagada de numerosas y pequeñas obras en forma de comentarios,
"cuestiones libres" y "cuestiones disputadas", fundamentalmente, en el más puro
estilo del tratamiento escolástico de los temas filosóficos y teológicos. A
continuación encontrarás un resumen de las principales obras de Sto. Tomás,
ordenadas cronológicamente.
CONCLUSIONES
1. La ética cristiana hace parte de la integridad humana y tiene que ver con lo
que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos; nuestro comportamiento
y nuestras acciones y decisiones en todo lo que es bueno y agradable a
Dios. Cuando conocemos más de la palabra de Dios, mayor es la
comprensión que llegamos a tener acerca de su voluntad, lo cual nos
instruye, autoriza y responsabiliza por el comportamiento, conducta,
costumbres y decisiones que tomamos.
BIBLIOGRAFÍA
Alister E. McGrath, Iustitia Dei: Una historia de la doctrina Cristiana de la
justificación, 3a ed., (Cambridge, UK: Cambridge University Press, 2005).
Cf. L. Rodríguez Duplá, "Ética cristiana y Etica racional", en: I. Murillo (ed),
Filosofía contemporánea y cristianismo (Madrid 1998).
ENLACES
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