Capítulo 5: Exploraciones en los Andes
El amanecer llegó temprano en las montañas, iluminando las cumbres nevadas que se alzaban
como guardianes silenciosos del mundo ancestral. La expedición de Alfredo Méndez había
comenzado, y con ella, una travesía que los llevaría más allá de los límites de lo conocido.
Mientras el sol acariciaba las primeras laderas de los Andes, el equipo se preparaba para
adentrarse en un terreno que, aunque hermoso, era tan peligroso como misterioso.
La caminata hacia el área indicada en el mapa había comenzado con relativa calma. El aire
fresco y puro de la montaña los rodeaba, pero a medida que ascendían, las primeras señales de
la naturaleza salvaje y agreste de la región se hicieron evidentes. Los senderos eran angostos,
con empinadas pendientes y rocas que parecían desmoronarse con el menor movimiento. A lo
lejos, el rugido de los ríos y el crujir de los árboles proporcionaban una música de fondo a su
avance.
Marcos, que estaba acostumbrado a la logística de las expediciones, llevaba un ritmo
constante. A su lado, Isabel caminaba con paso firme, su conocimiento sobre la geografía y la
historia de los Andes la hacía sentir como en casa, aunque la importancia de esta exploración la
mantenía en un estado de alerta constante.
—El mapa nos lleva a esta zona, pero algo no me encaja —comentó Isabel mientras avanzaban
—. Según las leyendas locales, las entradas hacia los "Apu" o los portales no suelen estar en las
rutas más transitadas. Los Incas eran muy cuidadosos con los lugares sagrados, y rara vez los
marcaban en mapas convencionales.
—Entonces, ¿cómo lo sabremos? —preguntó Alfredo, mirando a su alrededor con la misma
incertidumbre que sentía. A pesar de sus años de investigación, la sensación de estar buscando
algo invisible siempre lo acompañaba.
—Probablemente... por lo que encontremos —respondió Isabel con un dejo de duda. Sus ojos
recorrían la ladera con una mezcla de fascinación y cautela.
Después de varias horas de ascenso, el equipo comenzó a notar algo inusual. Entre las rocas,
parcialmente cubiertos por la vegetación densa, comenzaron a encontrar fragmentos de
artefactos que no encajaban con el paisaje circundante. El primero fue un fragmento de piedra
pulida, con extraños símbolos tallados en su superficie, que resplandeció a la luz del sol.
Mariana, la ingeniera, fue la primera en acercarse a inspeccionarlo. Tomó el fragmento en sus
manos y lo examinó con detenimiento.
—Esto no parece ser de aquí. Es demasiado refinado para ser una roca de la región —dijo, con
voz cautelosa—. La piedra tiene signos de haber sido trabajada por una civilización avanzada.
Isabel se agachó junto a Mariana, reconociendo inmediatamente los símbolos.
—Este tipo de trabajo es muy parecido a los que se encuentran en los sitios arqueológicos de
Sumeria y Egipto. Pero... ¿qué tiene que ver esto con los Andes?
Alfredo se acercó a observar el fragmento y su mente comenzó a trabajar rápidamente. Había
visto símbolos similares en los textos sumerios, aquellos que hablaban de la "red de
civilizaciones" conectadas a través de un conocimiento compartido. ¿Qué significaba esto?
¿Acaso estos artefactos sugerían que las culturas antiguas habían estado más interconectadas
de lo que se pensaba?
—Esto es una pista. Un vínculo entre los pueblos que creíamos tan distantes en el tiempo y el
espacio —comentó Alfredo, pensativo—. Esto no es solo un hallazgo, es un testimonio de que
las conexiones entre estas civilizaciones realmente existieron.
El equipo continuó su recorrido, encontrando más fragmentos: pequeños amuletos de piedra
con inscripciones que parecían ser una mezcla de jeroglíficos egipcios y cuneiformes sumerios,
fragmentos de cerámica que mostraban imágenes de seres humanoides con formas similares a
las representaciones de dioses incas, y, lo más intrigante de todo, una piedra triangular que
parecía ser un mapa estelar, como los que se utilizaban en las antiguas culturas
mesoamericanas.
Marcos, que había estado registrando todo, no pudo evitar lanzar un comentario.
—Esto es increíble. Es como si cada pieza de artefacto nos estuviera diciendo que estas culturas
compartían más que solo conocimientos astronómicos. ¿Qué estamos buscando aquí?
Isabel, observando un conjunto de cerámica que representaba figuras humanas rodeadas de
círculos, como si estuvieran conectadas por alguna clase de energía, comentó:
—Tal vez estamos buscando una evidencia de esa "red" que mencionaba el texto sumerio.
Estos símbolos podrían ser como las conexiones entre nodos en una red de conocimiento.
Pero, ¿por qué aquí, en medio de los Andes?
El equipo continuó su ascenso, ahora con una sensación de creciente anticipación. A medida
que avanzaban, el terreno se volvía más árido y escarpado. Las señales de artefactos
continuaban apareciendo, como si el paisaje mismo estuviera invitándolos a descubrir lo que
aún permanecía oculto.
Después de varias horas de caminata, llegaron a un pequeño valle donde el suelo estaba
cubierto por una capa de hierba tupida. En el centro, rodeada de enormes piedras, había una
extraña estructura en forma de círculo, con una abertura en su centro que parecía dar paso a
una cavidad subterránea. La estructura no parecía natural; las piedras estaban dispuestas con
una precisión tal que parecía casi imposible que la erosión hubiera causado tal formación.
Carlos Rivas, el geólogo, se acercó primero, tocando las rocas con las manos.
—Esto no es algo que la naturaleza haya formado. Aquí ha habido intervención humana. —Su
tono era grave y sus ojos mostraban la misma intriga que Alfredo sentía en ese momento.
—¿Qué es esto? —preguntó Ramón, el antropólogo, observando la estructura con
detenimiento. Sus ojos recorrían las piedras con la misma admiración que un niño ante un
objeto fascinante.
Alfredo se acercó y, con cautela, observó el círculo. Algo en él le resultaba familiar, pero no
podía identificar exactamente qué. Fue cuando se acercó más a la abertura en el centro de la
estructura que vio algo que lo dejó helado: una serie de inscripciones que se alineaban con los
símbolos que había visto en los fragmentos de cerámica y piedra que habían encontrado más
temprano. Los mismos símbolos que habían aparecido en el texto sumerio. El círculo parecía
ser una especie de mapa cósmico, y en su interior, se veía claramente una representación de
las constelaciones.
—Es un portal —susurró Alfredo, su voz apenas audible.
Isabel, que lo había estado observando con atención, asintió lentamente.
—Parece que hemos encontrado lo que estábamos buscando. Pero, ¿qué significa todo esto?
¿Un portal hacia dónde?
Alfredo miró el círculo una vez más. Sabía que la respuesta estaba justo frente a ellos, pero aún
no podía comprender completamente su significado. Había encontrado la entrada a algo
mucho más grande de lo que imaginaba, y el verdadero desafío ahora comenzaba: descifrar el
propósito de ese portal, y lo que los esperaba más allá de él.
—Lo sabremos pronto —dijo, con voz firme—. El portal está aquí, y nosotros estamos listos
para atravesarlo.
El equipo, con una mezcla de asombro y cautela, se preparó para dar el siguiente paso. Sabían
que lo que iban a descubrir alteraría el curso de la historia. Y con cada paso que daban, los
hilos del tiempo se comenzaban a entrelazar más y más, llevándolos hacia un destino que aún
no podían comprender, pero que estaban dispuestos a afrontar.