Capítulo 9: La Amenaza del Pasado
El aire en la cueva ya no estaba cargado solo de misterio y revelación, sino de una creciente
tensión. Alfredo y su equipo aún estaban asimilando las visiones que habían presenciado, la
magnitud del conocimiento que acababan de desvelar. La esfera de cristal, ahora apaciguada,
reposaba en sus manos, pero el resplandor que había iluminado las paredes de la cueva
parecía haber dejado una marca indeleble en el ambiente. Cada rincón de la cueva vibraba con
una energía palpable, como si los secretos descubiertos aún se resistieran a desvanecerse por
completo.
Sin embargo, esa sensación de calma solo duró unos momentos.
El sonido de unos pasos apresurados, eco de botas sobre piedras mojadas, interrumpió el
silencio de la cueva. Alfredo levantó la cabeza, su corazón dio un vuelco. No estaba seguro de si
su mente aún estaba asimilando las visiones, o si realmente había oído algo. Pero el crujido de
piedras y el murmullo de voces pronto le confirmó que no estaba equivocado.
—¡Están aquí! —dijo Isabel, su voz bajo y tensa.
Mariana y Ramón, que se encontraban más cerca de la entrada, intercambiaron una mirada
alarmada. Alfredo instintivamente guardó la esfera bajo su abrigo, no sin antes echar un vistazo
a su alrededor. ¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Cuánto habían visto? Un escalofrío recorrió su
espalda mientras sus sentidos se ponían alerta. No podía ser una coincidencia. Alguien los
había seguido.
Las voces se hicieron más claras. Un grupo de hombres se acercaba rápidamente, sus pasos
resonando en las profundidades de la cueva. Alfredo sintió un nudo en el estómago. Sabía lo
que eso significaba.
—¿Quiénes son? —preguntó Ramón, mirando a Alfredo con una mezcla de incertidumbre y
miedo.
Alfredo no respondió de inmediato. La única respuesta que tenía era una certeza aterradora:
buscadores de tesoros. No podían ser otra cosa. Alguien había rastreado su expedición, había
seguido las pistas, y ahora se acercaban con la intención de apropiarse del descubrimiento. Sin
embargo, lo que más le preocupaba no era solo el robo del artefacto, sino lo que estas
personas pudieran hacer para desenterrar los secretos que acababan de liberar. No sabían lo
que estaban tocando. No sabían lo que realmente implicaba la esfera.
—Tenemos que actuar rápido —dijo Alfredo, su voz firme. Miró rápidamente a su equipo—.
Necesitamos salir de aquí antes de que se acerquen más. Tomen lo que puedan y salgamos.
Mariana, siempre pragmática, rápidamente verificó su equipo y comenzó a organizar los
materiales de expedición. Isabel se acercó a Alfredo con una expresión decidida.
—¿Qué vamos a hacer con la esfera? —preguntó, mirando el pequeño resplandor tenue que
aún emitía bajo su abrigo.
Alfredo dudó por un momento. No podía simplemente dejarla atrás. Sabía que, si caía en
manos equivocadas, la esfera podría ser utilizada de maneras que cambiarían el curso de la
historia, pero no podía arriesgarse a ser atrapado en la cueva. La situación era peligrosa.
—La llevaremos con nosotros —respondió, apretando el artefacto bajo su abrigo—. No
podemos permitir que caiga en manos de gente que no sabe lo que tiene entre manos.
El sonido de las voces se hizo más cercano. Alfredo podía distinguir ahora las conversaciones
agitadas, las voces de hombres que discutían y reían con entusiasmo mientras se acercaban.
No podían tardar mucho más.
De repente, las luces de las linternas de los buscadores de tesoros brillaron a lo lejos,
iluminando las paredes de la cueva. Alfredo sintió que su corazón latía con fuerza. A través de
una grieta en las rocas, pudo ver las siluetas de los intrusos, armados con herramientas y
linternas, avanzando hacia ellos. No había tiempo que perder.
—¡Rápido, salgan de aquí! —ordenó Alfredo con firmeza.
El equipo se movilizó rápidamente, siguiendo el sendero de regreso a la salida de la cueva.
Alfredo encabezó la marcha, asegurándose de que cada uno de los miembros del equipo
estuviera en movimiento. El tiempo era su enemigo, y no podían perder ni un segundo más.
Pero no iban a salir sin enfrentarse a lo que los esperaba.
Al poco de avanzar, un grito rompió el silencio de la cueva: un hombre apareció de las sombras,
bloqueando el camino de salida. Era uno de los buscadores de tesoros. Con una linterna en una
mano y una pistola en la otra, el hombre los miraba fijamente, su rostro tenso y calculador.
—No se muevan —dijo, apuntando con la pistola—. Sé lo que tienen. La esfera es mía ahora.
Alfredo sintió un torrente de adrenalina mientras su mente calculaba las opciones. No podía
dejar que se apoderaran de la esfera, no de esa manera. El peligro de que todo lo que habían
descubierto quedara en manos de estos hombres era inimaginable.
—Esto no es lo que creen —dijo Alfredo, tratando de calmar la situación, aunque su voz estaba
llena de determinación—. No tienen idea de lo que están manejando. La esfera es mucho más
que un simple tesoro. Si la usan mal, podrían desencadenar algo mucho más peligroso de lo
que podrían manejar.
El hombre sonrió, sin convicción. Sabía que Alfredo estaba tratando de ganar tiempo. Con un
movimiento rápido, la pistola se mantuvo firme, apuntando directamente a él.
—Cállate. Lo único que importa aquí es que esa esfera tiene un valor incalculable. Y ahora, es
nuestra.
Pero en ese momento, un estruendo resonó detrás del grupo, y Alfredo sintió el suelo temblar.
Los demás buscadores de tesoros se acercaban rápidamente. No había tiempo para más
palabras. La situación se estaba volviendo crítica.
Sin pensarlo más, Alfredo actuó. Usó su conocimiento del terreno para maniobrar
rápidamente. Con un gesto, indicó a su equipo que tomaran la salida más estrecha, un
pequeño pasaje por donde solo podrían pasar uno a uno. Mientras tanto, Alfredo usó su
cuerpo para cubrir la retirada de los demás. Con una velocidad sorprendente, saltó hacia el
lado, aprovechando la oscuridad de la cueva para perderse de la vista del buscador.
Los disparos comenzaron a sonar, pero Alfredo ya se había deslizado hacia la oscuridad. El
equipo, ahora en una carrera contrarreloj, siguió el plan. La tensión era palpable, pero cada
uno sabía que no podían fallar. La esfera debía mantenerse a salvo. La humanidad no estaba
lista para lo que podría ocurrir si estos hombres la obtenían.
Mientras el equipo avanzaba por la salida, Alfredo escuchó a lo lejos un segundo disparo. Un
eco distante, que parecía marcar el comienzo de una persecución peligrosa.
Pero no había vuelta atrás. Sabían que, ahora más que nunca, la historia del pasado y el futuro
dependía de ellos.
Fin del capítulo.