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Romance Bajo la Lluvia de París**
Lucía llegó a París con el corazón hecho pedazos. Había decidido hacer ese viaje sola, como un acto de
despedida: de su antigua vida, de un amor que la había dejado vacía y de sí misma tal como era antes de
perderse. Llevaba semanas planificándolo. Había reservado una habitación en un pequeño hotel en el
Barrio Latino, lejos de los turistas, buscando algo más real, más íntimo.
Era una tarde gris de otoño cuando su historia comenzó. Caminaba distraída por la estación de metro de
Châtelet, cuando chocó con un joven que sostenía un estuche de violín. Ambos tropezaron, y él cayó de
rodillas tratando de evitar que su instrumento se dañara.
—¡Perdón! —exclamó ella, ayudándolo a levantarse—. No lo vi venir.
Él levantó la mirada. Tenía los ojos color avellana y una sonrisa desordenada.
—No pasa nada. Estoy acostumbrado a los tropiezos —respondió en un francés con acento italiano.
Ella sonrió por cortesía, y siguió su camino. No sabía que ese cruce casual marcaría un antes y un
después.
Días después, mientras paseaba por los muelles del Sena, lo volvió a ver. Estaba tocando una melodía
dulce y melancólica frente a Notre-Dame. Lucía se detuvo. Esa vez, lo escuchó con atención. El violín
lloraba con dulzura. Al terminar, él la reconoció y se acercó.
—Tú eres la chica del metro, ¿no?
Lucía asintió, sonrojada. Se presentó. Él se llamaba Marc, era músico callejero, aunque también
componía en sus noches solitarias. Le ofreció un café. Ella aceptó.
Ese primer encuentro se convirtió en muchos. Pasearon por Montmartre, compartieron croissants en
Rue Cler, se perdieron entre los puestos de libros antiguos. Cada conversación con él era una ventana
abierta al alma. Lucía, que había olvidado cómo reír sin miedo, volvió a hacerlo.
Marc le mostró una ciudad diferente: no la de los turistas, sino la de los poetas, los soñadores, los
amantes secretos. Le enseñó rincones escondidos donde se besaban los silencios. Lucía, en cambio, le
compartió sus textos, sus cicatrices, y su miedo a volver a confiar.
Un día, en medio de la lluvia, caminaron sin paraguas por el Jardín de Luxemburgo. Él sacó su violín y
tocó para ella, empapado, bajo un castaño. Lucía no pudo contener las lágrimas. No sabía si era la
música, la lluvia o la sensación de que su alma volvía a latir.
Pero el viaje tenía fecha de regreso. Su boleto de vuelta era en dos días. Ella lo sabía. Él también.
La noche anterior a su partida, Lucía fue al Pont des Arts. Esperaba encontrarlo allí, tocando como
siempre. No estaba. Desilusionada, dio media vuelta. Pero entonces, lo vio llegar corriendo, sin aliento,
con una carta en la mano. Se la entregó.
*"No me dejes ser solo una página más. Si te vas, París dejará de tener sentido. Quédate. Inventa
conmigo la historia que aún no hemos escrito."*
Lucía leyó las palabras con el corazón en la garganta. Llovía de nuevo. No dijo nada. Solo lo abrazó con
fuerza.
Canceló su vuelo.
Desde entonces, vive en París. Escribe novelas que nacen de las calles que ahora recorre junto a Marc. Él
sigue tocando en las plazas, aunque ahora sus melodías tienen otro ritmo.
Lucía entendió que a veces el amor no se planea, se tropieza. Y que, bajo la lluvia de París, cualquier
alma puede volver a florecer.
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2. Bajo la Lluvia de París — Parte II: Las Notas del Silencio
Lucía y Marc vivían en un pequeño apartamento cerca del canal Saint-Martin. Él tocaba en cafés
bohemios. Ella escribía. Vivían una vida sencilla pero llena de arte. Sin embargo, todo cambió cuando
Marc empezó a perder la audición.
Primero fueron los agudos. Luego, los acordes comenzaron a sonarle lejanos. Lucía notó que ya no
afinaba igual. Los médicos confirmaron su temor: una degeneración auditiva progresiva. Pronto, dejaría
de oír.
Marc cayó en una profunda tristeza. Intentó dejar la música, pero Lucía no lo permitió. Redescubrieron
juntos otro tipo de lenguaje: el de las vibraciones, el tacto, la memoria. Ella comenzó a leerle en voz alta
mientras él tocaba con los ojos cerrados, guiado por su respiración.
París los observaba. En la plaza donde se conocieron, Marc tocó su última melodía audible. La gente se
detuvo. Lucía lo acompañó recitando un poema que había escrito para él:
“Tú oyes con las manos,
yo hablo con los ojos.
Y en la ausencia del sonido,
nos encontramos aún más.”
Decidieron crear juntos una escuela de arte para personas con discapacidad. Música para sentir, palabras
para ver, amor para vivir.
Un día, ella encontró una nota en el violín de Marc:
“El silencio ya no me duele. Porque en ti, encontré la melodía eterna.”
Y bajo la lluvia, como aquella primera vez, París volvió a verlos bailar sin música, pero con el corazón
latiendo en compás.