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Misterio en la Casa de los Susurros**
En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, se alzaba una mansión
cubierta por la niebla y la maleza. Nadie del pueblo cercano se atrevía a acercarse.
Decían que quien pasaba una noche allí, no volvía a ser el mismo. Otros afirmaban
que las paredes susurraban nombres al caer la noche.
Camila, una joven periodista de investigación, escuchó hablar de la casa durante
una entrevista en la región. Movida por la curiosidad —y por el deseo de hacer un
reportaje impactante—, decidió explorarla. Llegó al atardecer, con su linterna, su
grabadora y una mochila con provisiones. Al cruzar la verja oxidada, un viento
helado la envolvió. Un cuervo graznó desde el tejado, como si quisiera advertirle
de algo.
La puerta principal crujió al abrirse. Dentro, el aire estaba cargado de polvo y algo
más… algo intangible, como una energía pesada que oprimía el pecho. Los
muebles estaban cubiertos con sábanas. El papel tapiz se despegaba de las
paredes. A pesar del abandono, todo parecía intacto. Eso le pareció extraño.
Mientras exploraba el comedor, encontró una nota en el suelo, escrita con tinta
negra y temblorosa:
*"Salva a los niños antes de la luna llena. Aún puedes oír sus voces."*
Sintió un escalofrío. ¿Niños? ¿Quién la había escrito? Revisó su grabadora.
Aunque la había dejado encendida desde que entró, se habían registrado voces
que ella no recordaba haber oído: risas infantiles, pasos, suspiros...
Continuó su recorrido, subiendo las escaleras con cautela. En el segundo piso, una
puerta se cerró sola con fuerza. Corrió hacia ella. Dentro, había una habitación
infantil intacta, como si alguien acabara de salir. Juguetes de madera, dibujos
pegados en la pared y una muñeca de porcelana con los ojos rotos. En la pared,
escrito con tiza: *“Nos quedamos aquí para siempre”*.
Camila bajó al sótano. Al mover una estantería, descubrió una puerta secreta. Con
esfuerzo, la abrió. Detrás, un pasillo estrecho la condujo a una sala oculta llena de
retratos. Todos eran de niños. Algunos con fechas debajo. Todos habían
desaparecido entre 1890 y 1920. En el centro de la sala, había un altar. Sobre él,
un libro de rituales antiguos y una pluma aún húmeda con tinta roja.
Al revisar el libro, descubrió que el antiguo dueño de la casa, el Doctor Elías
Valmor, había sido expulsado de la comunidad científica por prácticas ocultistas.
Se obsesionó con alcanzar la inmortalidad usando la energía vital de niños. Las
desapariciones nunca se resolvieron. El caso fue cerrado por falta de pruebas.
De pronto, las velas encendidas en la sala se apagaron. Camila sintió un aliento
frío en su nuca. Corrió, tropezó, y logró salir del sótano con el diario entre las
manos. No miró atrás. Al llegar al pueblo, entregó las pruebas a las autoridades.
Su reportaje fue publicado a nivel nacional. La policía reabrió los casos y descubrió
restos en el terreno que confirmaban su historia. La Casa de los Susurros fue
sellada y declarada sitio maldito.
Camila jamás volvió al bosque. Pero cada noche, al cerrar los ojos, escucha
aquellos susurros lejanos que aún le repiten su nombre.
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## **1. Misterio en la Casa de los Susurros — Parte II: El Legado de Valmor**
Camila pensó que todo había terminado. Su reportaje sobre la Casa de los
Susurros había sacudido al país. Las autoridades cerraron el lugar, lo sellaron y
colocaron guardias para evitar nuevos ingresos. Sin embargo, cada noche, al
dormir, Camila soñaba con niños llorando. A veces, los veía en su departamento:
sombras pequeñas, paradas junto a su cama.
Todo empeoró cuando recibió un paquete sin remitente. Dentro, había una pluma
negra, un relicario con forma de ojo y un mensaje escrito a mano:
*“Aún no has salvado a todos.”*
La curiosidad la llevó a investigar más. Buscó descendientes del Doctor Elías
Valmor. Descubrió que uno de sus herederos seguía vivo, bajo una identidad falsa,
viviendo en un sanatorio psiquiátrico en las afueras de Lyon.
Viajó allí y encontró a un hombre de unos 70 años, con mirada perdida y voz
quebrada. A través de dibujos, le confesó que la casa no era solo un lugar, sino un
**nexo entre dos mundos**: el real y el espiritual. Elías Valmor no murió… su
alma fue absorbida por la casa. Él vivía a través de los susurros, alimentándose del
miedo de quienes entraban.
—La casa sigue llamando. Quiere algo de ti —le dijo, antes de arrancarse los ojos
con una cuchara de plástico.
Horrorizada, Camila volvió al bosque. Esta vez entró con un grupo de expertos en
fenómenos paranormales. En el sótano, encontraron una nueva puerta, que antes
no estaba. Al cruzarla, todo cambió. Ya no era una mansión abandonada: era un
palacio en ruinas con escaleras infinitas, relojes que iban hacia atrás, y sombras
que murmuraban su nombre.
El diario que llevaba en la mochila comenzó a escribirse solo:
*“Camila es la nueva guardiana. Camila escuchará. Camila jamás saldrá…”*
Pero no se rindió. Invocó los nombres de los niños desaparecidos. Gritó uno por
uno, llamándolos. Las sombras se agitaron, y uno a uno, los espíritus comenzaron
a liberarse. El rostro de Valmor apareció entre las paredes, gritando de furia.
Con un amuleto de protección, Camila se enfrentó a él. Fue absorbida, pero en el
proceso, selló la conexión con el otro mundo. Los susurros cesaron.
Días después, encontraron su grabadora tirada frente a la puerta. Solo una frase
quedó registrada:
*"Estoy aquí, pero ahora los cuido. No dejes que nadie entre otra vez."*
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