Annotation
LA PERLA apareció sorprendentemente, causando un gran escándalo,
en julio de 1879 en Londres, proclamándose a sí misma como la única
revista erótica para todos los gustos. Floreció en el mercado Underground
hasta diciembre de 1880, cuando desapareció tan misteriosamente como
había aparecido. Los dieciocho números incluyeron, además de muchas
anécdotas, cuentos, chistes y chascarrillos, seis novelas completas, en forma
serializada, que pronto pasaron a formar parte de las obras maestras de la
literatura erótica. A pesar de la persecución a que se vio sometida, nunca la
justicia victoriana y mojigata pudo averiguar ni el editor, ni los autores, ni la
imprenta que le daba el ser. Al cabo de casi cien años ve la luz en España,
pues EDICIONES POLEN cree que sus méritos aún siguen vivos y deben
ser conocidos. Nuestra edición, además de reproducir todos los textos
básicos del original en edición íntegra y de respetar su carácter serializado,
va ilustrada por unas 30 láminas en cada número, realizadas por los grandes
maestros del arte erótico de todos los tiempos, que sin duda alguna realzarán
la importancia y diversión que esta publicación contiene. Si el tiempo lo
permite esperamos editar LA PERLA quincenalmente en formato de libro,
pues no hay duda de que su contenido merece el formato perdurable de éste
y no el carácter volátil de la revista.
La perla
LA PERLA. Publicación completa en 18 números.
QUINCENAL. Número 1.
© de la presente edición para todos los países de habla hispana:
Ediciones POLEN. Madrid. España.
Primera edición: Mz-18.
ISBN: 84-85423-01-1. Primer tomo.
ISBN: 84-85423-00-3 (o. c.).
Depósito legal: M. —8. 666-1978.
Printed in Spain. Impreso en Industrias FELMAR.
Magnolias, 49. Madrid-29.
Montaje gráfico y portada: Estudio Polen.
Distribuye: ATRIL distribuciones, S. A.
UNA EXCUSA POR NUESTRO
NOMBRE
Tras decidir publicar esta revista, el editor se devanó los sesos buscando
un nombre adecuado para bautizar la publicación. Los amigos en general son
bastante inútiles en una emergencia de este tipo; me sugirieron todo tipo de
nombres imposibles, de los cuales entresaco los siguientes como ejemplo:
"Hechos y Fantasías", "Las Calentorras", "El Círculo circular", "Las
Maldiciones mensuales", "Para el diablo y los placeres" y "El fantasma del
castillo". Los dos primeros ejercieron una gran atención sobre mí, pero al
final, nuestras propias ideas dieron con el modesto y pequeño de "La Perla",
como el más adecuado, especialmente en la confianza de que cuando caiga
bajo las narices de los cerdos morales e hipócritas de este mundo no puedan
aplastarla con sus patas y quieran matar al editor, sino más bien les deseo
que, gracias al nombre y sigilosamente, varios de ellos se vuelvan
suscriptores de la revista.
A gente tan dispuesta a enseñar sus lacras al mundo, para animarles les
digo que con tal de que guarden las apariencias yendo a la iglesia a menudo,
dando limosnas para obras de caridad y siempre apareciendo como
profundamente interesados en la filantropía moral, se asegurarán un carácter
altamente respetable y muy moral, y además, si son lo bastante inteligentes
como para nunca ser descubiertos, podrán sub rosa estudiar y gozar de la
filosofía de la vida, hasta el final de sus días, y ganarán un epitafio santo y
glorioso sobre su tumba, cuando por fin el diablo se los joda a todos.
EL EDITOR INGLES DE "LA PERLA"
BAJO LAS SOMBRAS O LA
DIVERSIÓN ENTRE LAS BOBAS
El alegre mes de mayo siempre ha sido famoso por la propicia
influencia que ejerce sobre los voluptuosos sentidos del sexo bello. Os
contaré dos o tres incidentes que me pasaron en mayo de 1878, cuando fui a
visitar a mis primas de Sussex, o como familiarmente las llamo, las bobas,
por la diversión que en diversos momentos siempre me proporcionaron.
La casa de mi tío es una hermosa residencia campestre que domina
grandes terrenos de su propiedad y está rodeada de pequeños campos
dedicados a la siembra y el pastoreo, entrecruzados de muchos e interesantes
matorrales y a través de los cuales pasan veredas y sendas umbrosas, donde
es muy probable que uno no se encuentre con nadie más en todo un mes. No
voy a preocupar a mis lectores con el nombre del sitio, ya que pudiese
ocurrir que les diese por ir de caza por su cuenta. Bien, para continuar diré
que mis primas eran Annie, Sophie y Polly, además de su hermano Frank,
quien, con diecinueve años, era el mayor. Las chicas tenían dieciocho,
dieciséis y quince años, respectivamente. Después de la comida, tras nuestro
primer día allí, nuestros padres se quedaron dormidos en las butacas
mientras que nosotros, chicos y chicas (yo tenía la misma edad que Frank),
nos fuimos dando un paseo por el campo.
En particular me emparejé con mi prima Annie —hermosa rubia
desarrollada, de profundos ojos azules, labios rojos sensuales y un tremendo
pecho suspirante, que a mí me recordaba a un perfecto volcán lleno de
deseos apagados—. Frank era un tipo muy indolente, a quien le encantaba
fumar, y siempre esperaba que sus hermanas, que le adoraban, se sentaran
junto a él, leyéndole alguna novela que estuviera de moda o le contasen sus
secretos amorosos, etcétera. Con mucho, esta diversión era demasiado mansa
para mí, y como hacía tres años que no visitaba el lugar, le pedí a Annie que
me enseñase cómo había mejorado el campo antes de que pasáramos a tomar
el té, diciéndole a Frank chungonamente:
—Supongo que sigues tan haragán como siempre y preferirás que tu
hermana me enseñe los alrededores. ¿Me equivoco?
—Soy demasiado cómodo; haragán es una palabra que no me gusta,
Walter, pero en realidad sucede que Sophie me está leyendo un libro
terriblemente interesante y no puedo apartarme de ella —respondió,
añadiendo—: Además, Annie es tan buena como yo, o quizás hasta esté
mejor cualificada que yo para enseñarte el campo. Yo nunca noto ningún
cambio.
—Vamos, Annie —le dije—, tomándola de la mano, Frank debe estar
enamorado.
—No, segura estoy de que nunca piensa en mujeres, salvo en sus
hermanas fue la respuesta.
Entonces nos hallamos lejos de donde pudieran oírnos, en un paseo
umbroso, por lo tanto me tomé algunas libertades.
—Mas sin duda, prima, tú debes estar enamorada si él no lo está. Lo sé
por tus líquidos ojos y por tu pecho suspirante.
Un sonrojo escarlata le cubrió las mejillas ante mi alusión a sus formas
tan bien modeladas, pero sin duda alguna ello también le gustó, y lejos de
sentirse ofendida me contestó juguetonamente:
—¡Oh, Walter! Debería darle vergüenza al señor.
En este momento estábamos a una buena distancia de la casa. Un
cómodo banco se hallaba cerca, así que enlazándola por el talle le besé los
labios encendidos a la sonrojada muchacha y atrayéndola hacía mí le dije:
—Bien, Annie querida, soy tu primo y viejo compañero de juegos; no
he podido aguantarme de besar tus preciosos labios, cosa que siempre hacía
abiertamente cuando éramos niños; ahora tendrás que confesármelo todo
antes de que nos marchemos.
—Pero si nada tengo que confesar.
—¿Nunca piensas en el amor, Annie? Mírame a la cara y dime si ese
sentimiento es extraño a tu pecho-y rodeándole el cuello con uno de mis
brazos dejé que la mano reposara en una de aquellas tetonas anhelantes de su
pecho.
Me miró, más sonrojada que nunca antes, mientras sus oscuros ojos me
miraban, en una valiente búsqueda de lo que yo quería decirle. Pero en vez
de responder a esta llamada en silencio le respondí besándola ardientemente
y chupándole la fragancia de su dulce aliento hasta que la sentí temblando de
emoción.
Empezaba el crepúsculo, mientras mis manos acariciaban la carne
blanca y firme de su hermoso cuello, aproximándose poco a poco a las
suspirantes tetas. Por fin le susurré:
—¡Qué hermoso y encantador busto te ha crecido desde que te vi la
última vez, querida Annie! No te importa que tu primo se tome estas
libertades, como antes, cuando éramos unos chiquillos, ¿no es verdad?
Además, ¿qué daño le hacemos a los demás?
Parecía que el fuego la consumía, y un temblor de emoción nos
atravesó a los dos, y en varios momentos recostose sobre mí en silencio, con
una mano apoyada en una de mis caderas. La polla estaba despierta y lista
para entrar en batalla, pero de pronto se incorporó diciendo:
—No debemos detenernos en este sitio, caminemos, de lo contrario los
demás sospecharán algo raro.
—¿Cuándo podremos estar solos, querida? Tenemos que prepararlo
antes de que volvamos a casa —le respondí rápidamente.
Me fue imposible mantenerla sentada en el banco más tiempo, pero
mientras caminábamos, murmurando, díjome:
—Mañana por la mañana podríamos salir a dar un paseo antes de la
comida. Frank suele dormir, y mis hermanas se ocupan de la casa esta
semana. La próxima me tocará a mí hacer las tartas y pasteles.
Le di otro achuchón y un beso y le respondí:
—¡Qué maravilla de paseo será, qué chica tan encantadora y
comprensible eres, Annie!
—Te advierto que espero que te comportes mejor mañana; menos besos
o no te llevaré a dar otro paseo. Ya hemos llegado.
La mañana siguiente era cálida y preciosa. Tan pronto como
terminamos el desayuno iniciamos la marcha, después de que su padre nos
recordara que no olvidásemos estar de vuelta para la comida. Gradualmente
fui llevando a mi prima hacia el tema que me interesaba, hasta que la
conversación se volvió tan extremadamente cálida que su sangre encendida
le subió al rostro en oleadas encarnadas que denotaban su vergüenza.
—Vaya hombre tan grosero que te has vuelto, Walter, desde que
estuviste aquí la última vez. No puedo evitar el sonrojarme dada la forma en
que habías —exclamó por fin.
—Annie, querida mía, ¿qué puede ser más agradable que hablar de
diversiones con las chicas bonitas, de la belleza de sus piernas y de sus
senos, de todo lo que forma parte de ellas? ¡Cómo me gustaría verte las
pantorrillas, en especial después de las ojeadas que les he echado a tus
tobillos!
Y tras decir esto la arrastré bajo un árbol umbroso, cerca de la cancela
que daba a la pradera, y por la fuerza arrojé a la chica, que medio se resistía,
sobre la hierba y sentándome al lado la besé apasionadamente, mientras le
susurraba:
¡Oh, Annie! No vale la pena vivir si nos negamos la dulzura del amor.
Nuestros labios se encontraron furiosamente en un ardiente abrazo, pero
de pronto, soltándose y bajando la vista, y llena totalmente de vergüenza, me
espetó:
—¿Qué quieres? ¿Qué quieres decir con todo eso, Walter?
—¡Ah, prima! ¿Cómo puedes ser tan inocente, querida? Palpa aquí el
dardo del amor, todo impaciente por penetrar en tu acogedora gruta entre tus
piernas —le dije en un murmullo, cogiéndole la mano y colocándosela sobre
mi polla, que de golpe me había sacado de los molestos pantalones—.
¡Cómo suspiras! Cógemela bien con la mano, querida. Pero, ¿es posible que
no sepas para qué sirve?
Su cara estaba enrojecida hasta la raíz del pelo, mientras su mano me
cogía el nabo, y sus ojos parecían saltársele de terror ante la temible
aparición de Juan Polla, por lo que, aprovechándome de su confesión muda,
mi propia mano, deslizándose bajo sus faldas, pronto tomó posesión de su
cono, y a pesar de la contracción nerviosa de sus caderas, mi dedo índice
empezó a buscarle el virginal clítoris.
—¡Ah, oh! ¡Walter, no! ¿Qué quieres hacerme?
—Todo es amor, querida mía; abre tus piernas un poco más y verás qué
placer te harán experimentar mis dedos —y de nuevo la encendí con
renovados besos lujuriosos, metiéndole la morada punta de mi lengua entre
sus labios.
—¡Oh, oh! Me harás daño —parecía más bien suspirar que hablar, a
medida que sus piernas relajábanse un poco de su contracción espasmódica.
Seguía con los labios pegados a los suyos. Nuestros brazos, hasta
entonces sueltos, habíanse enredado apretadamente alrededor de nuestros
cuellos; su mano me agarraba desesperadamente el nabo, casi como si
tuvieran aquellos dedos convulsiones, mientras mis dedos ocupábanse de su
clítoris y de su coñito. El único sonido que se oía era aquel que recordaba
una mezcla de besos y suspiros, hasta que de pronto sentí cómo su raja se
inundaba con su corrida cremosa y cálida, y mi propia leche saltaba
juguetona sobre su mano y vestido en encantadora conjunción.
Al ratito, mientras poco a poco recuperábamos nuestra compostura, le
expliqué que el éxtasis fundiente que había sentido sólo era un ligero
recuerdo del gozo que yo podía proporcionarle si le metía la polla en el
coño. Mi elocuencia persuasiva y la calidez de su deseo pronto vencieron
todos los temores y escrúpulos doncelliles; luego, y por temor a estropearle
el vestido, o que se ensuciaran con las manchas verdes de la hierba mis
pantalones color claro, la persuadí para que se quedase de pie junto a la
cancela y me permitiese penetrarla por detrás. Escondió el rostro entre las
manos apoyadas en la parte superior de la cancela, a medida que lentamente
elevábale el vestido. ¡Cuántas glorias se me revelaron a la vista! En un
instante se me endureció la polla como nunca antes a la vista de un culo tan
delicioso, tan hermosamente liberado de la blancura de sus pequeños
calzones, al quitárselos y exponer la carne. Podía ver los labios de su coñito
protuberante, deliciosamente peludo, con un vello suave y rubiáceo; sus
encantadoras piernas, sus calzones, medias, bonitas botas, que hacían un
conjunto total tan excitante que mientras lo describo siento cómo se me
hincha la polla en la bragueta. Era la vista más encantadora que imaginarse
pueda. Me arrodillé y le besé las nalgas, y todo lo que podía alcanzar con la
lengua, todo fue mío. Me puse de pie y me preparé para tomar posesión del
asiento del amor, cuando, ¡ay!, oí un grito súbito de Annie y vi cómo volvían
a su sitio todas sus ropas. Todos mis preparativos rodaron en un instante por
el suelo; un toro, inesperadamente, había aparecido en el lado opuesto de la
cancela y asustado a mi amor al acercarle de golpe el frío y mojado morro a
la frente. Aún hoy día es demasiado impertinente esta escena para seguirla
contando.
(Continuará en el próximo número.)
SUEÑO MUSICAL
Os contaré un sueño extraño que tuve anteanoche. Creí que estaba
sentada en un banco verde y un hombre sentado junto a mí; empezó a
besarme y a hablar, pero nada más pasó. Bien; después de un rato se levantó
y se marchó. Entonces, junto a mí, mientras seguía sentada, vi la polla más
grande que imaginarse pueda. Por lo menos medía medio metro de larga y
era tan gorda como mi pantorrilla; tenía cuatro cojones en vez de dos y
disminuía de tamaño hacia el extremo. Me dije: Voy a cogerla y a sentirla.
Eran carne y sangre cálidas, y me dije: ¿Por qué habrá dejado el hombre su
polla tras de sí? ¡Qué lástima! ¡Y es tan hermosa! ¿Qué podrá hacer si no la
tiene? Así que volví a decirme: Me pregunto si se correrá si la chupo. Así
que empecé a chuparla, pero era tan grande y gorda que hizo que me doliera
la boca. Luego me dije: No importa, me la restregaré en el coño, Por lo tanto
me levanté y me la puse bajo la falda y la acaricié con mis muslos de forma
tan estrecha que sentía cómo me llenaba. Cuando me iba a marchar me
encontré con el hombre, que volvía; vino hacia mí y me dijo: "¿Ha visto mi
trompeta?" "¿Su trompeta? Supongo que se referirá a su nabo", le respondí.
Me dijo: "¡Oh, mujer descarada y mentirosa, es mi mejor trompeta!" "Bien
—le dije yo—, si esto es una trompeta, entonces una trompeta es una polla y
una polla una trompeta. " Y se la enseñé para que la viese.
Entonces me la arrancó de la mano y me dijo: "Ahora le enseñaré si es
una trompeta o un carajo. " Y empezó a soplarla hasta que me desperté, y me
quedé sin polla y sin trompeta.
LADY POKINGHAM O TODAS HACEN
ESO
Relato de sus aventuras lujuriosas antes y después de su matrimonio con
Lord Crim-Con
INTRODUCCIÓN
Al lector.
Muy pocas excusas son necesarias para imprimir esta narración
tremendamente erótica y chispeante de una joven y noble dama, pues sus
aventuras, de ello estoy seguro, proporcionarán tanto placer o más a todo
aquel amante de lecturas voluptuosas como su manuscrito, en principio, se lo
dio a este humilde servidor.
La protagonista de estas memorias fue uno de los seres más
encantadores e inteligentes de su sexo, dotada de tal sensibilidad
exquisitamente nerviosa, además de una singular y cálida constitución, que
fue incapaz de resistir las influencias seductoras de ¡a más fina creación de
Dios; pues Dios creó al hombre según su propia imagen, y al macho y a la
hembra así los creó El, y su primer mandato fue: "Sed fieles y multiplicaos y
poblad la Tierra" (véase Génesis, I).
El instinto natural de los antiguos instiló en sus mentes la idea de que el
copular era la forma más directa y aceptable de adoración que el macho y la
hembra podían ofrecer a sus deidades, y tengo la seguridad de que aquellos
de mis lectores que no sean cristianos hipócritas estarán de acuerdo conmigo
en que no hay ningún pecado mortal en ventear los instintos naturales y que
se debe gozar al máximo de todas esas deliciosas sensaciones con las que un
Creador tan generoso nos ha dotado.
¡Pobre chica la de mi historia! Muchos años no vivió y sí gozó
completamente los breves años de su vida de mariposa. ¿Quién puede pensar
que obró malvadamente?
Las anotaciones de donde compilé esta narración fueron confiadas a
una devota servidora, quien, tras la prematura y súbita muerte de aquélla,
cuando sólo contaba veintitrés años de vida, entró en mi servicio.
Como autor creo que la crudeza de mi estilo posiblemente ofenda a
algunos, pero espero que mi deseo de ofrecer un gran placer excuse mis
defectos.
EL AUTOR
Mi querido Walter:
¡Cuánto te quiero!, pero nunca lo sabrás hasta que haya muerto. Poco
piensas, mientras me paseas en mi silla de inválida, cómo tus delicadas
atenciones han ganado el corazón de una tísica al borde de la tumba. ¡Cómo
me gustaría chupar los dulces del amor de tus labios, acariciar y frotar tu
inmensa polla y sentir sus cosquilleantes movimientos dentro de mí. Pero
esos gozos me están vedados: la más mínima excitación sería mi muerte, y
no puedo por menos que suspirar cuando miro tu encantadora cara y admiro
las perfectas proporciones de mi amante, como queda en evidencia por ese
gigantesco paquete de llaves o de otra cosa que siempre pareces llevar en el
bolsillo. En realidad, parece que eres dueño de la mayor de las llaves, cuyos
ardientes empujones abrirían la cerradura más virginal.
Éste es un extraño capricho mío: el escribir para tu atenta lectura un
breve relato de algunas de mis aventuras; pero el único placer que me queda
es complacerme en ensoñaciones del pasado y que me parezca que de nuevo
siento las cosquilleantes emociones de los gozos voluptuosos, que ahora se
me niegan. Espero que la narración de mis escapadas y locuras pueda
ofrecerte un ligero placer que se sume al recuerdo perdurable que confío
tengas de mí en los años venideros. Una cosa te pido, querido Walter: que
creas que gozas de Beatrice Pokingham cuando estés en los brazos de
cualquier futura enamorada tuya. Este es un placer que a menudo he
practicado cuando, en medio del coito, he aumentado mi gozo y dejado
correr locamente a mi fantasía al imaginarme que estaba en los brazos de
alguien que en particular antes había deseado, pero con quien nunca llegué a
gozarme. Conmigo muere mi heredad, por lo que no tengo razón para hacer
testamento, pero encontrarán varios billetes por unos cuantos cientos de
libras esterlinas junto a esta descripción de mis memorias, que es todo lo que
he podido ahorrar. También encontrarán un rizo de fino pelo negro que me
he cortado de la abundante cabellera de mi coño. Otros amigos recibirán los
admirados rizos de mi cabeza, pero para ti quiero que sean de la sagrada
cueva del amor.
No recuerdo nada de mi padre, el marqués de Pokingham, pues tengo
mis dudas sobre si en realidad tengo el derecho al honor de llamarle padre
mío, ya que era un hombre viejo y gastado, y en papeles y cartas que se
pasaban privadamente entre él y mi madre sé que sospechaba que debía a su
guapo lacayo la preciosa niña que mi madre le ofreció como hija suya. Como
dice en una nota: "Lo hubiera perdonado todo si los frutos de tus jodiendas
con James hubieran sido un hijo y heredero, para que así mi odiado sobrino
no tuviera ninguna posibilidad de heredar mis tierras y título; por ello quiero
dejar que James cultive de nuevo tu coño para ver si obtienes otra cosecha
que quizás me ofrezca algo más acorde con mis deseos. " El pobre viejo
murió poco después de escribir esta nota, y mi madre, que me transmitió esta
terrible tisis, también me dejó huérfana de corta edad, con una herencia de
20.000 libras y un título aristocrático que dicha cantidad, inadecuadamente,
no podía apoyar.
Mis tutores fueron muy ahorrativos y útiles, pues me mandaron al
colegio cuando cumplí ocho años y sólo gastaron unas 150 libras en él y
otros gastos, hasta que pensaron que había llegado el momento de
presentarme al mundo, por lo cual mucho me beneficié de los intereses
acumulados sobre mi dinero.
Los primeros cuatro años de mi vida escolar pasaron sin nada notable, y
durante ese tiempo sólo me vi en un duro aprieto, que te contaré, y que me
hizo probar por vez primera lo que es una buena vara de abedul.
Miss Birch era una maestra bastante indulgente y sólo recurría a los
castigos personales cuando había ofensas muy serias, que ella consideraba
podrían afectar materialmente el carácter futuro de sus pupilas, a menos que
se cortasen de raíz desde el primer brote. Tenía unos siete años de edad
cuando de pronto me surgió el capricho de hacer dibujos en mi pizarra en la
escuela. Una de nuestras gobernantas, Miss Pennington, era una solterona
bastante fea, de unos treinta y cinco años, que particularmente me inspiró
mis habilidades como caricaturista. Los dibujos pasaban de una a otra de
nosotras, ocasionando muchas risas y el no prestar atención a las lecciones.
Yo me sentía muy importante por mis dibujos, y aunque me habían avisado y
castigado con copias, éstas no surtieron ningún efecto en mi picara tarea,
hasta que una tarde, en que Miss Birch se durmió y la vieja Penn estaba
ocupada con una clase, con una súbita inspiración, me sentí obligada a
dibujar dos bocetos muy groseros: uno mostraba a una chica haciendo caca
en su cuarto, pero el otro tenía a la misma muchacha agachada en medio del
campo, meando. A la primera compañera que se lo enseñé casi revienta de
risa, pero otras dos chicas se sintieron tan ansiosas por ver la causa de su
alegría que asomaron sus caras entre los hombros de la primera y miraron a
la pizarra, cuando, aun antes de que pudiese borrar dichos dibujos, la vieja
Penn llegó como un águila y en triunfo se lo llevó a Miss Birch, que molesta
se despertó por la sonrisa burlona que la otra no pudo reprimir al ver por
primera vez las caricaturas indecentes.
—Señorita, deberá pagar por esto. Señorita Pennington —dijo Miss
Birch, que últimamente estaba muy preocupada por estos dibujos atrevidos
—, sin duda alguna estos bocetos son obscenos y si ella sigue dibujando así
pasará de un tema a otro peor. Dígale a Susan que me traiga la vara de
abedul. Tengo que castigarla mientras estoy que me hierve la sangre, ya que
soy demasiado suave y puedo perdonarla.
Me tiré al suelo de rodillas e imploré merced, prometiendo que "nunca,
nunca más haría cosa semejante".
—Debería haber pensado en las consecuencias antes de ponerse a pintar
esas cosas sucias. Sólo la idea de que una de mis señoritas sea capaz de tal
cosa me horroriza. Estos pensamientos lascivos no pueden enraizar en su
mente ni un instante, siempre que pueda yo alejarlos.
Miss Pennington, con una sonrisita de satisfacción, me tomó por los
puños, al tiempo que Susan, sirvienta corpulenta y bastante fuerte, de unos
veinte años, hacía su entrada con lo que me pareció un buen ramo de
temibles varas de abedul, atado perfectamente con una cinta de terciopelo
rojo.
—Bien, Lady Beatrice Pokingham —dijo Miss Birch—, arrodíllese,
confiese su falta y bese la vara. Y tomó de las manos de Susan el ramo, que
lo extendió hasta mi cara, como una reina haría con su cetro a un vasallo
suplicante.
Ansiosa de acabar lo antes posible con lo inevitable y de que mi castigo
fuera muy ligero, me arrodillé y con verdaderas lágrimas de penitencia le
rogué fuera tan benigna como su sentido de la justicia le dictara, ya que yo
sabía que bien me merecía lo que estaba dispuesta a infligirme, y que no
volvería a insultar otra vez a Miss Pennington y que sentía mucho el haberla
caricaturizado. Luego besé la vara y me resigné a mi destino.
—¡Ah, Miss Birch! Hay que ver con qué rapidez la vista de la vara hace
que todas se arrepientan —dijo maliciosamente Miss Pennington.
—Bien, comprendo todo eso, Miss Pennington, pero hay que atemperar
la justicia con la merced. Ahora, artista atrevida, súbase el vestido por detrás
y exponga sus nalgas al castigo justamente merecido.
Con manos temblorosas me elevé la falda y luego me ordenó que me
abriera también los calzones. Una vez hube hecho esto, me elevaron el
vestido y las sayas hasta los hombros; luego me acostaron en un pupitre.
Susan estaba de pie enfrente de mí, cogiéndome por las manos, mientras que
la vieja Pen y la gobernanta francesa, que acababa de entrar en el aula, me
sostenían por las piernas, de tal forma que estaba abierta y no podía
moverme; igual a un águila con las alas extendidas.
Miss Birch, mientras miraba alrededor y agitaba la vara, dijo:
—Bien, que para todas vosotras, jovencitas, estos azotes sean de aviso.
Lady Beatrice merece esta vergüenza degradante por sus indecentes dibujos,
que debería también llamar obscenos. Dígame, dígame, jovencita atrevida,
buscapleitos, ¿lo volverá a hacer otra vez? Tome, tome, tome, y espero que
pronto le haga bien. ¡Ah! Tiene que gritar, pero no se preocupe, todavía tiene
que recibir más.
El ramo de varas de abedul pareció romperme el culo desnudo con una
fuerza terrible; estalló la tierna piel y parecía lista a seguir estallando con
cada nuevo azote.
—¡Ah, ah, ah! ¡Oh, cielos! Tened misericordia, Madame! ¡Oh! No lo
volveré a hacer en mi vida. ¡Ah! No puedo soportarlo más.
Grité, pataleando y forcejeando bajo cada azote, de tal modo que al
principio casi no podían mantenerme quieta, pero pronto caí exhausta por
mis propios esfuerzos.
—¿Como verá, sólo una poquito le hará bien, niña malcriada. Si no os
meto en cintura ahora, todo el colegio terminaría desmoralizándose. ¡Ah, ah!
Las nalgas se le están llenando de cardenales, pero aún no he acabado —dijo
cada vez con más furia.
Sólo entonces pude verle el rostro, que solía siempre estar pálido, pero
ahora florecía y enrojecía lleno de excitación, y sus ojos brillaban con una
animación llena de deseo.
—¡Ah! —continuó—. Jovencitas, temedle a mi vara cuando haga uso
de ella. ¿Le gusta, Lady Beatrice? ¡Que todos sepamos cuánto le gusta! —y
siguió azotándome el culo y las caderas deliberadamente.
—¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Es horrible! Me moriré si no tiene misericordia,
Miss Birch. ¡Oh, Dios mío! Me siento más que castigada de sobra. Me está
cortando en pedazos; la vara es como un hierro candente, me queman los
azotes.
Después sentí como si todo acabase y fuera a morir pronto. A mis gritos
les sucedieron sollozos, aullidos inaudibles y luego un llanto histérico que
gradualmente fue apagándose y apagándose. Hasta que al final debo de
haberme desmayado, ya que no recuerdo nada hasta que me encontré en la
cama y desperté con mi pobre culo muy hinchado y lleno de ampollas.
Pasaron casi quince días antes de que hubieran desaparecido todas las
señales de tan severos azotes.
Después de cumplir los doce años me pasaron junto a las chicas
grandes, y tuve la suerte de tener por compañera de habitación una persona
muy alegre, a la que llamaré Alice Marchmont. Era hermosa, rubia, con una
figura llenita, grandes ojos sensuales y una carne tan firme y lisa como el
mármol. Me pareció que le gusté mucho, y la segunda noche que dormimos
juntas en nuestro pequeñito dormitorio me besó y acarició tan amorosamente
que al principio me sentí algo confusa. Y a medida que se tomaba mayores
libertades conmigo mi corazón parecía que vibraba, y aunque la luz estaba
apagada, sentí cómo el rostro se me sonrojaba mientras me besaba en la boca
ardientemente y los tanteos buceadores de sus manos, en mis partes más
privadas, me hacían temblar completamente.
—Cómo tiemblas, querida Beatrice —me dijo—. ¿Qué temes? Tú
también me puedes tocar por todas partes; es muy agradable. Méteme la
lengua en la boca, pues te inducirá al amor, y quiero amarte, querida.
¿Dónde tienes las manos? Ven, pónmelas aquí. ¿No sientes cómo me
empieza a crecer el pelo en el coñito? A ti te crecerá pronto. Frótame los
dedos en la raja, ahí mismo.
Así me inició en el arte de la frotación y la tortilla de la manera más
tierna y sensible. Como podrás imaginarte, fui una pupila muy buena, a
pesar de mi juventud. Sus toqueteos me encendían la sangre, y la forma en
que me chupaba la lengua parecía llena de delicias. "¡Ah! ¡Oh! Frótame más
fuerte, más fuerte y más rápido", me decía sin resuello, mientras estiraba sus
caderas con una especie de temblor espasmódico y me sentía los dedos
mojados con algo caliente y cremoso. Durante un instante me cubría de
besos y luego se quedaba muy quieta.
—¿Qué te pasa, Alice? Vaya lo extraña que eres, y me has mojado los
dedos. ¡Eres una asquerosa, me has meado! —le susurré, riéndome—.
Venga, hazme cosquillas con los dedos. Está empezando a gustarme.
—Y así será, querida, dentro de poco, y me querrás por haberte
enseñado un juego tan bonito —me contestó, renovando sus frotes, que me
dan gran placer, aunque apenas sabía lo que estaba haciendo cuando la
sensación más lujuriosa del mundo me llenó. Le rogué que me metiera más
los dedos. ¡Oh, oh! ¡Qué maravilla! ¡Más, más! ¡Más de prisa! Y casi me
desmayé del placer cuando por primera vez hizo que me corriera.
A la noche siguiente repetimos nuestras diversiones lascivas, y Alice
sacó una cosa que parecía una salchicha, hecha de piel suave de cabrito y
llena como de cosas que la hacían parecer muy dura. Luego me pidió que se
la metiera y una vez dentro que la sacara y metiera varias veces, mientras
ella me frotaba como antes, haciendo que estuviera encima de ella, con la
lengua entre sus labios. Era delicioso. No puedo expresar el éxtasis que mis
movimientos con el aparato parecían producirle y llevarla al sumo placer. En
un instante estuvo a punto de gritar, y me agarró el cuerpo, apretándolo
fuertemente contra el de ella, exclamando: "¡Ah! ¡Oh! Querido muchacho,
me estás matando de placer", mientras se corría con extraordinaria profusión
sobre mi mano juguetona. Tan pronto como recuperó un poco la serenidad le
pregunté qué quería decir al llamarme "querido muchacho".
—¡Ah, Beatrice! Tengo mucho sueño ahora, pero mañana por la noche
te contaré mi vida y te explicaré cómo mi coñito está tan capacitado para que
le metas una cosa así, mientras que el tuyo, de momento, no puede. Te
enseñaré un poco más de la filosofía de la vida, querida amiga; ahora dame
un beso y vámonos a dormir.
LA HISTORIA DE ALICE
MARCHMONT
Como podrás imaginarte, estaba ansiosa porque llegara el nuevo día.
Tan pronto nos hallamos en nuestro dormitorio exclamé:
—Ahora, Alice, date prisa y métete en la cama; estoy muy impaciente
por conocer tu vida.
—La conocerás, querida, y también a mis dedos, si quieres, pero deja
que me desnude cómodamente. No puedo meterme en la cama así, primero
debo inspeccionar si han crecido los palitos de mi coño. ¿Qué crees de ellos,
Beatrice? Quítame el ropón, quiero que comparemos nuestros coñitos —me
dijo quitándose toda la ropa y observándose en el espejo su hermoso cuerpo
desnudo.
Pronto estuve al lado de ella, desnuda igualmente.
—Qué hermosa rajita saliente tienes, Beatrice —me dijo tocándome el
coño—. Haremos un hermoso contraste: el mío es ligeramente rubio y el
tuyo será moreno. Mira, ya mis pelos tienen casi tres centímetros de largo.
Se complació haciéndome cosas excitantes, hasta que me hartó la
paciencia y poniéndome el camisón de noche salté a la cama, diciéndole que
creía que todo era una mentira sobre eso de contarme su vida y que no
dejaría que me amase de nuevo hasta que satisfaciera mi curiosidad.
—Vaya malas maneras: dudar de mi palabra —gritó mientras me seguía
a la cama y tomándome por sorpresa me desnudó el culo y me pegó un
pequeño tortazo; luego riendo continuó—: Ahí tienes, por dudar de la
palabra de la joven dama. Ahora te contaré mi vida, aunque bien debiera
hacerte esperar hasta mañana.
Después de un corto silencio, y tras acomodarnos en la cama, comenzó:
—Hubo una vez una niña, de nombre Alice, que tenía unos diez años de
edad y cuyos padres eran muy ricos y vivían en una hermosa casa, rodeada
de preciosos jardines y de un bellísimo parque. Ella tenía un hermano de
unos trece años, o sea, que era dos años mayor que ella, pero su madre tanto
la quería, pues era la única hija, que nunca la perdía de vista, a menos que
William, el mayordomo, estuviera a su cuidado mientras la niña saltaba por
el parque y el jardín.
William era un hombre bien parecido, de unos treinta años, y estaba con
la familia desde que era muchacho. Bien, Alice, a quien le gustaba mucho
William, a menudo se le sentaba en las rodillas, mientras él descansaba bajo
un árbol, o en un banco del jardín, donde él le leía a la niña cuentos de
hadas. Su intimidad era tan grande que cuando estaban solos, ella le llamaba
"querido Willie" y le trataba como a su igual. Alice era una niña muy
inquisitiva, y a menudo le sacaba los colores a William, cuando
curiosamente le preguntaba cosas sobre historia natural, por qué el gallo era
tan salvaje con la gallina, saltándole a la espalda, y por qué le picaba la
cabeza con su pico afilado, etcétera, etcétera.
—¿Querida niña —él le contestaba—, no soy ni gallina ni gallo, ¿cómo
voy a saberlo entonces? ¡No hagas preguntas tontas!
Pero Miss Alice no se conformaba con tan poco y le respondía:
—¡Ah!, Willie, tú sí lo sabes y no quieres decírmelo; insisto, pues
quiero saber...
Pero sus esfuerzos por adquirir conocimiento nunca daban frutos.
Esta situación siguió durante cierto tiempo, hasta que la niña estaba a
punto de cumplir sus doce años. Entonces una circunstancia, de la cual
nunca se había dado cuenta antes, levantó su curiosidad. Sucedió que
William, pretendiendo atender sus deberes, a menudo se encerraba en la
despensa, desde las siete a las ocho de la mañana, cada día, antes del
desayuno. Si Alice se aventuraba a tocar en la puerta, ésta tenía el cerrojo
echado por dentro y no podía entrar; la cerradura era tan estrecha que era
inútil intentar espiar, pero se le ocurrió a la niñita que quizás podría echar
una ojeada a sitio tan misterioso si podía llegar hasta un pasillo que pasaba
por encima de la despensa, y hacia el cual ella sabía que había acceso a
través de una puerta de cristal, que ahora nadie usaba, y que estaba cerrada
por ambos extremos. Este pasillo estaba iluminado desde fuera por una
pequeña ventana que quedaba como a un metro del suelo y atrancada en su
interior por un simple gancho.
Pronto Alice, montada en un taburete, vio que podía abrirla fácilmente
si rompía uno de los cristales, cosa que hizo, y después esperó hasta la
mañana siguiente, cuando llena de confianza se dispuso a averiguar qué era
lo que ocupaba tanto a Willie. También tenía la seguridad de que podría
entrar y salir por la ventana sin ser observaba por nadie, ya que un arbusto
bastante espeso cubría su visión.
Al levantarse a la mañana siguiente le dijo a su camarera que "iba a
disfrutar del aire en el jardín antes de desayunar", y luego se apresuró hacia
el sitio de observación. Se arrastró por la ventana, sin importarle ni la
suciedad ni el polvo; se quitó las botas tan pronto se encontró en el pasillo
abandonado y silenciosamente trepó hasta la ventana de cristal, pero para
pesar suyo se dio cuenta de que los cristales estaban tan sucios que era casi
imposible espiar; sin embargo, tuvo mucha suerte al hallar un gran ojo de
cerradura totalmente limpio, así como dos o tres rendijas en la madera, por
lo cual podía observar la mayor parte del cilio, que estaba lleno de luz
gracias a una ventana que tenía en el techo. William no estaba allí, pero
pronto hizo su aparición, trayendo un gran cesto de platos que habían sido
usados el día anterior. Durante unos minutos estuvo muy ocupado anotando
cosas en el libro de la despensa, y contando tenedores, cuchillos, etc., que
tomó de un cajón. Justamente entonces, Lucy, una de las criadas más guapas
al servicio de la casa, morena, de unos dieciocho años, entró en la habitación
sin ninguna ceremonia y le dijo:
—¿Aquí tienes varios platos del aparador. ¿Dónde tienes los ojos,
William, que no recoges todas las cosas que debieras?
Los ojos de William se iluminaron de gusto, mientras la abrazaba por la
cintura:
—¿Por qué? Te los dejo a ti, pues sé que los traerás —luego,
mostrándole el libro, le dijo—: ¿Qué crees de esa posición? ¿Te gustaría?
Aunque encantada, la muchacha enrojeció hasta la punta del cabello,
mientras miraba la foto. El libro cayó al suelo y William la empujó
arrodillándola a la altura de sus rodillas y trató de que le metiera la mano en
los pantalones.
—¡Ah! ¡No! ¡No! —exclamó en voz baja-Ya sabes que hoy no puedo;
quizás mañana, pero hoy tiene que portarse bien, señor. No me enseñes el
capullo de esa forma. Bien, bien, te la menearé; pero luego me voy —
respondió, metiéndole la mano en el regazo.
Sin que Alice pudiera ver lo que hacía, en uno o dos segundos se puso
en pie, y a pesar de los esfuerzos de William por detenerla, escapó de la
despensa. William, evidentemente en un gran estado de excitación, sentose
en un sofá, murmurando:
—¡Zorra! ¡Vaya diablesa! No puedo aguantarme; pero mañana ya estará
bien.
Alice, que con toda intención observaba cuanto ocurría, se sintió
sorprendida al verle los pantalones desabotonados, mientras de su interior
sobresalía una cosa grande, gorda y carnosa, que parecía como de hierro
rígido, con una cabeza colorada como el rubí. William se la agarró con una
mano, en apariencia, para colocársela en el pernil, pero pareció dudar y
terminó cerrando su mano derecha sobre aquella cosa dura, que movió arriba
y abajo.
—¡Ah! ¡Qué bobo soy dejándome excitar de esta manera! Oh, oh, no
puedo aguantarme, tengo que correrme.
Pareció suspirar hondamente a medida que la mano aumentaba su
rápido movimiento. Enrojeció el rostro y sus ojos parecieron listos a
saltársele de la cara, y en unos pocos instantes algo saltó de la cosa dura, que
le cayó en las manos y piernas, y hasta casi un metro sobre el suelo. Esto
pareció acabar con su éxtasis. Se hundió medio dormido en el sofá unos
pocos minutos; luego, levantándose, se secó las manos con una toalla, limpió
todas las gotas de leche que habían caído por todas partes, y salió de la
despensa.
Alice se sentía toda ardiente por lo que había visto, aunque entreveía
que sólo había develado una parte del misterio, y se prometió a sí misma que
al otro día estaría allí para ver lo que William y Lucy hacían juntos. William,
como siempre, la llevó a dar su paseo, le leyó como de costumbre, hasta que
ella se le sentó en las rodillas, y Alice se preguntó dónde se habría ocultado
aquella cosa grande y gorda que viera por la mañana. Con la mayor
inocencia posible, sus manos le tocaron donde ella esperaba palpar el
monstruo, pero sólo sintió una cosa que le recordó como un racimo blando
que llevase en el bolsillo.
Llegó la mañana siguiente y Alice hallose en su puesto de vigilancia
tras la puerta de cristal abandonada. Pronto vio a William traer los platos,
que puso a un lado. Parecía lleno de impaciencia porque llegara Lucy.
—¡Ah! —murmuró—. Estoy tan caliente como un toro, cuando pienso
en ese coño tan cachondo.
Pero pronto callaron sus pensamientos al aparecer Lucy, que
cuidadosamente pasó el pestillo de la puerta. Luego, corriendo hacia sus
brazos, le cubrió de besos, exclamando en voz baja:
—¡Ah! ¡Cómo te he echado de menos esos tres o cuatro días! Vaya
porquería que nos tocó a las mujeres: tener que dejar de joder, con lo que nos
gusta, una vez todos los meses.
Mientras, sus manos, nerviosamente, desabotonaban los pantalones de
William y palpaban su pollón dispuesto a todo.
—¡Se ve que tienes ganas de verdad, Lucy! —murmuró William,
mientras ella casi le ahogaba a besos—. No lo vayas a echar a perder todo
con tu impaciencia. Debo darte mi beso primero.
Con maneras gentiles la reclinó en el sofá y le levantó la ropa hasta que
Alice pudo ver un espléndido par de muslos blancos y carnosos, pero lo que
más le llamó la atención fueron los salientes y lujuriosos labios del coño de
Lucy, de un color bermellón encendido y ligeramente abiertos, invitando de
la manera más llamativa, mientras sus piernas se abrían cada vez más. Aquel
coño estaba cubierto profusamente de un hermoso y rizado pelo negro.
En un instante, el mayordomo se puso de rodillas y pegó los labios a la
raja, chupándola y besándola furiosamente, para el deleite infinito de la
muchacha, que suspirada y sonreía llena de placer, hasta que William
tampoco pudo aguantarse más tiempo, y poniéndose en pie entre los muslos
de Lucy, hizo que su polla entrase a la carga, y ante la sorpresa de Alice,
aquélla entró directamente en la ansiosa raja, hasta que se perdió en el
vientre de la chica; quietos se quedaron unos instantes, gozando de la
conjunción de sus personas, hasta que Lucy elevó la pelvis y el mayordomo
respondió con un empujón; luego, comenzaron la lucha más excitante que
imaginarse pueda. Alice podía ver cómo el miembro masculino entraba y
salía de la cueva, brillando de lubricidad, mientras los labios del coño
parecían tratar de atraparlo cada vez que aquél se retiraba, como si temiesen
perder un delicioso palo azucarado; pero esto no duró mucho, sus
movimientos se hicieron cada vez más furiosos, hasta que al final ambos
parecieron sentir como un abrazo espasmódico, ya que ambos cayeron casi
desmayados en brazos uno del otro y Alice vio una gran cantidad de un
líquido cremoso que salía de la raja de Lucy, mientras ambos descansaban en
una especie de letargo gozoso, tras la batalla amorosa. William fue el
primero en romper el silencio:
—Lucy, vendrás mañana, ¿no? Ya sabes que esa vieja espía, Mary,
volverá dentro de un día o dos de sus vacaciones, y entonces no tendremos la
oportunidad tan a menudo.
—¡Ah!, bastardo, no me importa que nos cojan. Quiero más ahora
mismo —dijo, apretándole con sus brazos y pegándose a sus labios, mientras
le enlazaba con sus hermosas piernas por las nalgas e iniciaba de nuevo la
conjunción con rápida elevación de su culo; en efecto, él también valía
mucho como hombre y el peso de su cuerpo parecía una pluma ante tal
excitación amorosa.
Las excusas y ruegos del mayordomo por temor, en caso de que le
echasen de menos, no sirvieron de nada; con buenas mañas ella le manejaba
y pronto estuvo tan furiosamente excitado como ella, y con gran profusión
de suspiros, expresiones de gozo, y de cariño, etcétera, pronto cayeron de
nuevo en un estado de olvido voluptuoso. Sin embargo, William estaba
demasiado nervioso y asustado como para dejarla descansar mucho tiempo;
sacó la polla de su acogedor coño, lleno de brillo y pegajoso de los
mezclados jugos de su amor, pero qué contraste ofrecía con su anterior
apariencia, mientras Alice ahora lo miraba tan reducido de tamaño y ya
dejando caer su fiero capullo.
Lucy saltó y arreglose las ropas, pero al arrodillarse en el suelo ante su
amante, le cogió el fláccido pene y le dio la chupada más increíble, que
ocasionó un gran deleite a William, cuyo rostro volvió a enrojecer de deseo,
y tan pronto como Lucy terminó su tarea con beso tan chupante, Alice vio
que la cosa de nuevo estaba dura y lista para renovar sus gozos. Lucy,
riendo, díjole:
—Bien, muchacho, ahora te dejo así. Piensa en mí hasta mañana; no he
podido aguantarme de darle una buena chupada a nabo tan rico, después del
placer tan exquisito que me ha proporcionado. Es como subir al cielo por un
rato.
Con un último beso en los labios se separaron y William de nuevo cerró
la puerta, mientras Alice se retiraba y se preparaba para el desayuno. Era una
estupenda mañana de mayo, y pronto, tras el desayuno, Alice, con William
como guardián, salió a dar un paseo por el parque. Su sangre hervía y
ansiaba experimentar el gozo que, estaba segura, Lucy había probado. Se
recostaron junto al lago y le pidió a William que le diera una vuelta en bote;
éste abrió la casa de los botes, y la colocó en una falúa hermosa, ancha y
cómoda, bien amueblada con suaves asientos y cojines.
—Qué agradable estar aquí, bajo la sombra —dijo Alice—. Entra en el
bote, Willie; nos quedaremos sentados aquí un ratito y me leerás antes de
que demos el paseo.
—Como usted guste, Miss Alice —le respondió con deferencia sincera,
entrando en el bote y sentándose en el banco de remos.
—Ah, me duele un poco la cabeza, ¿puedo sentarme en tu regazo? —
díjole Alice, soltándose el pelo y estirándose sobre los cojines—. ¿Por qué
estás tan estirado esta mañana, William? Sabes que no me gusta que me
llamen Miss, eso guárdatelo para Lucy —luego, al notar su confusión,
agregó—: Puede sonrojarse, señor; podría hacer que te hundieras en tus
zapatos si sólo supieras todo lo que he visto que ha pasado entre tú y Miss
Lucy.
Alice reclinó la cabeza de manera lánguida en su regazo, mirándole y
gozando con la confusión que le había causado. Después, a propósito, dejó
caer una mano en el paquete que parecía llevar en el bolsillo, como si
buscara donde apoyarse, y continuó:
—¿Crees, Willie, que alguna vez llegaré a tener piernas tan bonitas
como las de Lucy? ¿No cree que pronto tendré que llevar vestidos largos,
señor? Me estoy volviendo bastante atrevida al enseñar tanto mis tobillos.
El mayordomo tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para recobrar
la compostura; el vivido recuerdo del episodio lujurioso que había vivido
con Lucy antes del desayuno era tan reciente que las alusiones de Alice
sobre ella y la suave mano femenina que descansaba en sus partes —aunque
sobre ella pensaba que era tan inocente como una cordera— hizo que
surgiera en él un deje de deseo de su sangre afiebrada, que trató de contener
hasta lo imposible, pero poco a poco el indomable miembro empezó a
crecer, hasta que tuvo la seguridad de que ella lo palpaba bajo su mano. Con
esfuerzo, ligeramente se movió hacia un lado, para que ella quitase la mano
y ésta rodase hacia una de sus caderas, mientras le contestaba tan serio como
le era posible, pues tenía la seguridad de que Alice nada sabía:
—Usted se burla de mí esta mañana. ¿No quiere que le lea, Alice?
Alice, excitada y con un singular sonrojo en el rostro le dijo:
—Oh, pícaro hombre, ahora me dirás lo que quiero saber. ¿De dónde
vienen los niños? ¿Qué es eso que dicen los doctores y las enfermeras de que
vienen de París? ¿Acaso una mujer no tiene un montón de pelos rizados al
final del vientre? Yo sé que Lucy lo tiene. Y os he visto besarla, señor.
(Continuará en el próximo número.)
HISTORIA MORAL
Un caballero, al que benditamente Dios le dio una esposa hermosísima
y muy callada, se sentía muy desgraciado y desilusionado tras los resultados
de sus esfuerzos para ser padre. Mas al volver a casa de la ciudad un día,
cuando nadie le esperaba, cogió al vicario de la parroquia que en aquel
momento le chupaba el coño a su cónyuge: "¡Ah! ¡Ah! —exclamó indignado
—, ahora veo por qué nunca tendré descendencia; por la noche yo me corro
y por la mañana vienes tú y, encima de darle por culo a mi mujer, me chupas
todos los hijos."
LA CONFESION DE MISS COOTE O
LAS VOLUPTUOSAS EXPERIENCIAS
DE UNA SOLTERONA
(En una colección de cartas dirigidas a una amiga)
CARTA I
Querida amiga:
Sé que hace tiempo te tengo prometido el relato de mi afición por la
vara, que, en mi estimación, es una de las instituciones más voluptuosas y
deliciosas de la vida privada, en especial para una solterona, supuestamente
muy seria, como tu estimada amiga. Las promesas hay que cumplirlas y el
relato escribirlo; si no, cómo voy a esperar que de nuevo pruebes mi verde
bastoncillo. El escribir, y en especial, un tipo de confesión de mi debilidad
lasciva, es una tarea muy desagradable, ya que me siento tan avergonzada al
poner estas cosas por escrito como cuando la gobernanta de mi abuelo
desnudó por primera vez mi culito sonrojado, para el atrevido ataque de
aquél. Mi único consuelo al empezar es la esperanza de que me iré
calentando de acuerdo al tema, a medida que éste progrese, dada mi meta de
describir para tu satisfacción, algunos de los episodios lujuriosos de mi
niñez.
Como bien sabes, mi abuelo fue el conocido general destacado en la
India, Sir Eyre Coote, casi tan conocido por sus fracasos como soldado,
como por sus servicios a la corona. Era un obseso del orden y nada podía
causarle mayor placer como una buena oportunidad para emplear el potro de
tortura, pero de eso nada te diré, ya que sucedió bastante antes de mi
nacimiento. Mi primer recuerdo suyo es después de que sucediese el ya
mencionado fracaso militar, cuando ya se había retirado de la vida activa con
bastante desgracia, por cierto. Cuando tenía unos doce años, mis padres
murieron y como el viejo general no tenía ningún pariente de quien
ocuparse, tomó a su cargo toda mi educación, y a su muerte me dejó en
herencia como sola heredera, una pensión de unas 30.000 libras esterlinas al
año.
Vivía en una tranquila casa de campo, a unas veinte millas de Londres,
donde pasé los primeros meses de mi vida de huérfana, con sólo su
gobernanta, Mrs. Mansell, y dos sirvientas, Jane y Jemima. El viejo general
estaba en Holanda buscando, según supe más tarde, ediciones originales
sobre las prácticas de Cornelio Hadrien, obra curiosa sobre la flagelación de
penitentes religiosos, escrita por su padre confesor.
Cuando volvió estábamos en mitad del verano y pronto me di cuenta de
que la libertad de que había gozado se vería bastante recortada. Dio órdenes
para que no cortara las flores ni los frutos del jardín, así como que me
impartiría diariamente una lección él mismo. Al principio eran
tolerablemente sencillas, pero gradualmente aumentaron en dificultad, y
ahora, después de varios años, es cuando puedo comprender llanamente sus
tácticas de cordero y lobo, por medio de las cuales yo terminaría cayendo
bajo su disgusto, en apariencia, justamente asumido.
Lo que me daba mucho placer entonces era su decidida objeción al luto,
o a cualquier cosa que fuese sombría en mi vestido. Decía:
—A tus padres ya les has mostrado bastante respeto vistiendo de negro
durante meses, y ahora debes vestir como es propio de una señorita de futuro
inmejorable.
Aunque casi nunca nadie venía a visitarnos, y cuando eso sucedía
siempre era algún viejo militar conocido suyo, yo poseía montones de
vestidos nuevos y elegantes, así como ropa interior, toda llena de encajes
finísimos, etcétera, y no debe olvidar un par de ligas bellísimas, con
bordados dorados, que insistía en que llevara siempre encima, y
obligándome a dejarle ponérmelas, sin reparar en mi confuso sonrojo,
mientras pretendía arreglarme los calzones y faldas después, al tiempo que
meramente observaba:
—Qué tipo tan bonito vas a tener, si por casualidad alguien tiene que
desnudarte para castigarte.
Pronto mis lecciones se volvieron más difíciles y difíciles, hasta tal
punto que casi no podía estudiarlas. Un día me reconvino:
—¡Oh, Rosa, Rosa! ¿Por qué no tratas de ser mejor chica? ¡No quiero
castigarte!
—Pero, abuelo, ¿cómo quieres que aprenda tanto francés, con lo
horrible que es, cada día sin parar? Tengo la seguridad de que nadie puede
hacer tal cosa.
—Cállate, Miss Pert. Yo soy mejor juez que no una mocosa como tú.
—Pero, querido abuelo, bien sabes cuánto te quiero y que hago todo lo
que puedo por complacerte.
—Bien, prueba tu amor y diligencia en el futuro, o tus posaderas
probarán lo que es el abedul. Yo ya estoy listo para ello —me respondió
duramente.
Pasó otra semana, durante la cual no pude evitar el observar un fuego
chispeante y singular en sus ojos, siempre que aparecía en traje de noche
para la cena (siempre cenábamos en silencio, pero vestidos de etiqueta), y
llegó a sugerirme que debía llevar un pequeño ramo de flores entre los
pechos, para que contrastasen con mi cutis.
Pero el clímax se acercaba. No escaparía mucho tiempo a él; de nuevo
me dijo que había cometido una falta y me dio lo que, seriamente, llamó mi
última oportunidad. Mis ojos se llenaron de lágrimas y temblé al ver su vieja
y severa cara, pues sabía que cualquier protesta por mi parte sería inútil.
La perspectiva del castigo me puso muy nerviosa. Sólo con mucha
dificultad podía atender mis lecciones, y al segundo día me deshice
completamente en llanto.
—¡Oh! ¡No! ¿A esto hemos llegado, Rosie? —dijo el viejo general—.
No hay nada que hacer. Tienes que ser castigada.
Tocando la campana para llamar a Mrs. Mansell, le dijo que tuviera
listo el cuarto de los castigos y a todas las sirvientas, para cuando él las
necesitase, ya que sentía decirle que "Rosa es tan haragana, y cada día va de
mal en peor con sus lecciones, que ahora tendría que meterla severamente en
un puño o si no sería una malcriada toda la vida.
—Bien, mala chica —me dijo, mientras la gobernanta se retiraba-Vete a
tu habitación y reflexiona sobre tu haraganería y por qué te ha llevado al
sitio donde ahora te encuentras.
Llena de indignación, confusión y vergüenza, corrí a mi cuarto. Cerré la
puerta con el pestillo, determinada como estaba a que tendrían que echar la
puerta abajo antes de que me prestase a ser expuesta públicamente ante dos
criadas. Me tiré en la cama y di rienda suelta a mis lágrimas, por lo menos
durante dos horas, pues esperaba a cada momento la temida llamada del
instrumento de castigo del viejo, como él mismo lo llamada, pero nadie me
molestó y por fin llegué a la conclusión de que sólo era un plan para
asustarme, así me fui sumiendo en un reconfortante sueño. Una voz tras la
puerta me despertó, y reconocí que era la de Jane, que me decía:
—Miss Rosa, Miss Rosa, llegará tarde a la cena.
—No cenaré, Jane; si es que me van a castigar. Vete, déjame sola —le
susurré por el ojo de la cerradura.
—¡Oh! Miss Rosie, el general ha pasado toda la tarde en el jardín y está
de bastante buen humor; quizás se haya olvidado de todo, no le ponga
furioso por no querer cenar; déjeme entrar, rápido.
Cautamente quité el pestillo y la dejé que me ayudara a vestirme.
—Alégrese, Miss Rosie; no parezca aburrida, baje como si nada
hubiese pasado, es muy probable que todo lo haya olvidado; tiene corta la
memoria, en especial si se pone entre los pechos este pequeño ramillete de
flores para agradarle, ya que nunca lo ha hecho desde que le dijo que
contrastaría con su cutis.
Así animada, hallé a mi abuelo con buen apetito, y como si su
"amargura hubiese desaparecido", casi ignorando que poco después sería
destrozada en pedacitos.
Muy agradablemente pasó la cena, pues mi abuelo solía hacer de ella un
gran alboroto, tomando varios vasos de vino. En medio de los postres
pareció observarme con un interés singular, y por fin pareció darse cuenta
del pequeño ramo de rosas blancas y damasquinas que llevaba. Dijo:
—¿Eso está muy bien, Rosa; veo que has llevado a cabo mi sugerencia
del ramillete por fin; mejora mucho tu apariencia, pero nada comparable a lo
que mi abedul te hará en tus picaras posaderas, que pronto se parecerán a
hermosos melocotones, y éste es el momento —dijo, llamando con la
campana.
Casi desmayada y como sin creerle, corrí a la puerta, pero justo a
tiempo para caer en los brazos de la fuerte Jemima.
—Ahora hacia el instrumento del castigo; adelante, Jemima, con la
culpable; bien cogida la tienes. Mrs. Mansell y Jane, venid —¿dijo mientras
éstas aparecían al fondo.
La resistencia fue inútil. Pronto me llevaron a un cuarto de desahogo
que nunca había entrado; tenía muy pocos muebles, salvo una alfombra y
una silla muy cómoda, pero de las paredes colgaban varios atados de varas, y
en una esquina había una cosa que recordaba una escalera, pero cubierta con
bayeta roja, que tenía seis anillos, dos en el medio, dos en la parte inferior y
dos en la superior.
—Amarradla al caballo y preparaos para el castigo —dijo el general,
mientras se sentaba en la silla y miraba toda la operación con deleite.
—Venga, Rosa, no ocasione molestias y no haga que su abuelo se
enfurezca más —dijo Mrs. Mansell, soltándome el corpiño—. Quítese el
vestido, mientras las chicas ponen a! caballo en medio del cuarto.
—¡Oh! ¡No! ¡No! No dejaré que me latiguen —grité—. ¡Oh! ¡Señor!
¡Oh! ¡Abuelo! Ten misericordia —dije, arrojándome de rodillas ante el viejo.
—Vamos, vamos, de nada vale ahora ser buena, Rosa; es por tu propio
bien. Dejémonos de tonterías. Mrs. Mansell, adelante con su deber, y
acabemos con asunto tan doloroso. No llevaría mi sangre si no es capaz de
mostrar su valentía cuando llegue el momento.
Las tres mujeres trataron de subirme, pero pataleé, arañé, y mordí todo
lo que me rodeaba, y en uno o dos momentos estuve a punto de vencerlas
con mi furia, pero mi fuerza pronto se debilitó y Jemima, escocida por una
mordida, me llevó en triunfo vengativo hacia el espantoso aparato. Tan
rápido como el pensamiento, ataron mis pies y manos a los anillos superiores
e inferiores. El caballo, al abrirse hasta el piso, hizo que mis piernas
quedaran bien abiertas al atarme los tobillos a los aros.
Podía oír a Sir Eyre cloqueando de deleite, mientras exclamaba:
—¡Dios mío! Es una zorra, pero hay que librarla de lo malo. Es una
Coote de cuerpo entero. ¡Bravo, Rosie! Bien, acabad de prepararla, ¡pronto!
Me sometí con honda desesperanza, mientras mi vestido destrozado y
mi ropa interior era atada alrededor de mis hombros; mas cuando empezaron
a quitarme los calzones, mi furia estalló de nuevo, y volviendo la cabeza, vi
al viejo, su severo rostro brillante de animado placer, moviendo en su mano
derecha un ramito de varas de abedul. La sangre me hervía y el culo me
temblaba, anticipándose a los azotes, en especial cuando Jemima tiró de mis
calzones hasta casi mis rodillas y me dio un agudo tortazo en las nalgas,
como para anticiparme lo que me esperaba. Entonces grité claramente:
—¿Debes ser una bestia vieja y cruel si permites que así me traten.
—¡Sin duda, una vieja bestia! —me respondió el viejo, saltando de
pasión?. Ahora veremos qué opinas tú; quizás quieras excusarte dentro de
poco tiempo.
Vi cómo avanzaba.
—¡Oh! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Señor, no quise decir tal cosa!
Ellas me han hecho mucho daño, no pude evitar decir tal cosa.
—Éste es un caso realmente serio —dijo, dirigiéndose, por lo visto, a
las demás—. Es haragana, violenta y mala, y hasta me insulta; a mí, a su
tutor de sangre, en vez de tratarme con el respeto que me debe. No hay otra
alternativa, el único remedio, a pesar de lo doloroso que sea la escena para
nosotros, es infligirle el castigo, el llevarlo a cabo, pues es cuestión de deber,
si no la muchacha será una piltrafa. Nunca ha sabido lo que es obedecer de
verdad en toda su vida.
—¡Oh! Abuelo, castígame de cualquier otra forma, pero no de ésta. ¡Sé
que no podré soportarlo; es demasiado cruel! —gimoteé entre las lágrimas.
—Niña, esas lágrimas de cocodrilo no me afectan; tienes que sentir lo
que es el escozor. Si te soltasen ahora, te reirías de todos nosotros, y sería
peor que antes. Jane, póngase a un lado, no perdamos más tiempo.
Y así diciendo, dejó que la vara bailase en el aire, hasta que sonó su
golpe. Supongo que era una forma de que nadie se le interpusiera, ya que no
me tocó; en efecto, hasta este momento, me había tratado como trata un gato
al pobre ratón que sabe que no podrá escapar, y que puede devorarlo en
cualquier momento.
Pude ver lágrimas en los ojos de Jane, pero Jemima tenía una sonrisa
maligna en su rostro, y Mrs. Mansell parecía muy seria. Pero no quedaba
tiempo para reflexiones; al momento siguiente sentí un golpe escociente,
pero no muy fuerte, en las caderas, luego otro, y otro, en una sucesión
bastante rápida, pero no lo bastante rápida como para que yo pensase que
quizás, después de todo, no eran tan malos como temiera, por lo tanto,
apretando los dientes sin decir palabra, me decidí a no dejar escapar ni la
más leve indicación de mis sentimientos, hasta donde me fuera posible. Todo
esto y muchas cosas más me cruzaron por la mente antes de que hubiese
recibido seis azotes. El culo todo me temblaba y me parecía que la sangre
corría como un rayo por las venas con cada nuevo azote. Sentía que mi cara
sufría tanto como mis nalgas.
—Bien, coño haragán —dijo el general—, ¿empiezas a sentir los frutos
de tu conducta? ¿Volverás a llamarme vieja bestia? —y con cada nueva frase
me impartía un nuevo latigazo.
Mi valentía aún sostenía mi resolución de no gritar, pero esto sólo
parecía enfurecerle más.
—¡Por el diablo que eres testaruda y fuerte! —continuó—. Tenemos
que domarte. No creas que voy a ser dominado por una mierda como tú.
Toma más y más y más.
Y me latigaba con creciente energía, concluyendo con un terrible golpe
que me arrancó la piel, tensa y restallante. Creí que otro golpe semejante
haría que me manase la sangre, pero de pronto se detuvo en su furia, como si
le faltase el aire, pero, como ahora sé bien, sólo lo hizo para prolongar su
propio placer exquisito.
Pensando que todo había acabado, le rogué que me dejase marchar,
pero para tristeza mía pronto me di cuenta que me había equivocado.
—Aún no, aún no, mala chica; no has recibido aún ni la mitad de tu
castigo por todos tus mordiscos, arañazos y atrevimientos —exclamó Sir
Eyre.
De nuevo la odiada vara silbó en el aire y me cortó la carne magullada,
tanto en el culo como en las caderas, escociéndome y llevándome a la
agonía, pero él parecía tener cuidado para no derramar sangre; sin embargo,
no tenía escapatoria, sólo era su deliberado plan de ataque, como para no
agotar demasiado pronto a su víctima.
—Muerde, araña y lucha contra mis órdenes de nuevo; vamos, a que no
te atreves. Miss Rosie, ya sabes lo que he de esperar de ti la próxima vez. No
mereces misericordia, tu haraganería era bastante mala, pero tu conducta tan
necia es aún peor; creo que hubieras sido capaz de matar a alguien con tu
furia. Venga, muerde, araña, lucha, ¡eh! Muerde, ¿por qué no lo haces?
Así hablaba el viejo, calentándose cada vez más en su ataque, mientras
mi sangre corría por mis pobres caderas.
Cada nuevo azote era una agonía espantosa, y debí de haberme
desmayado, pero su forma de hablar actuaba en mí como si fuese cordial,
además del dolor que sentía, una calidez y excitación muy agradable,
imposible de describir, me fue llenando, cosa que sin duda tú, querida amiga,
debes de haber sentido cuando estabas bajo mi disciplina.
Pero toda mi fortaleza no pudo suprimir más tiempo mis suspiros y
gritos, y por fin creí morir bajo la tortura, a pesar de la exquisita sensación
que con ella se mezclaba, y a pesar de mis ayes y gritos tensos, no volví a
pedir misericordia. Mis solos pensamientos se ocupaban del deseo de
vengarme, de cómo me gustaría latigar y cortar en pedazos a todos,
especialmente al general y a Jemima, y hasta a la pobre y llorosa Jane. Sir
Eyre parecía olvidar su edad y seguía su labor tremendamente excitado.
—¡Condenada! ¿No vas a pedir misericordia? ¿No te excusarás tú,
putita de barrios? —silbaba entre los dientes—: Eres más fuerte y obstinada
que toda la familia junta, una verdadera astilla de tal palo. Pero no soportaría
que esta diabla me pegase, Mrs. Mansell, eso sí que no podría aguantarlo.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! —gritó, y por fin el viejo asqueroso dejó caer
la vara de su mano, mientras se hundía exhausto en la silla.
—Mrs. Mansell —resolló—, dele una buena azotaina, una media
docena más, con una vara nueva, para ver si acabamos con ella, y que sepa
de una vez que aunque ella puede agotar a un viejo, siempre habrá otros
brazos fuertes que le administren justicia a culo tan atrevido.
La gobernanta, obedeciendo a su mandado, tomó una vara nueva de
abedul y me golpeó deliberadamente, contando uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis (sus golpes eran fuertes, pero parecíame que no escocían tanto como los
del viejo).
—Ya está —y me dijo—: Miss Rosa, podía haber puesto más empeño
en esta labor, pero le tengo lástima, pues es la primera vez.
Casi muerta, y terriblemente herida, pero también victoriosa, tuvieron
que llevarme a mi habitación. Pero ¿qué victoria? Toda destrozada y
sangrante como estaba, y además con la certeza do que el viejo general
renovaría su ataque tan pronto como tuviera la más rápida oportunidad.
La pobre Jane sonrió y lloró sobre mis nalgas laceradas, mientras me
lavaba con árnica y agua fría; parecía estar acostumbrada a estos asuntos,
pues cuando iba a retirarse a descansar conmigo (pues hice que durmiéramos
juntas) le pregunté si a menudo había atendido y curado culos sangrantes
anteriormente.
—Sí, Miss Rosie, pero debe guardarme el secreto y hacer como si nada
supiera. Hasta a mí misma me han fatigado, pero no de tal forma como a
usted, aunque siempre es cruel. A todas nos gusta después de la primera o
segunda vez, en especial si no nos hacen sangrar mucho. La próxima vez
deberá pedir misericordia a viva voz, ya que esto complace al viejo, y así no
se pondrá tan furioso. Está tan mal y cansado después de la tunda que le dio
que Mrs. Mansell iba a mandar a buscar al médico, pero Jemima dijo que
unos cuantos azotes le mejorarían y le descargarían de sangre la cabeza; así
que se los han proporcionado, hasta que volvió en sí y rogó que lo liberasen.
Además, como de verdad da gusto que lo azoten a uno, es cuando encima el
viejo se saca la polla y quiere jodienda, entonces sí que de verdad es
estupendo, pero ya lo probará con el tiempo. Ya verá qué clase de nabo se
gasta el tío.
Así terminó mi primera lección. En otras cartas te contaré cómo me fue
con Jane, cómo continué mi lucha con el general, mis aventuras en la escuela
de Mrs. Flaybum, mi propia disciplina desde que me dejaste sola y lo rico
que es joder y ser azotada al mismo tiempo.
Con todo mi cariño, querida Nellie,
Tu amiga afectuosa,
ROSA BELUNI A COOTE
(Continuará en el próximo número.)
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27/03/2011
Table of Contents
La perla
UNA EXCUSA POR NUESTRO NOMBRE
BAJO LAS SOMBRAS O LA DIVERSIÓN ENTRE LAS BOBAS
SUEÑO MUSICAL
LADY POKINGHAM O TODAS HACEN ESO
LA HISTORIA DE ALICE MARCHMONT
HISTORIA MORAL
LA CONFESION DE MISS COOTE O LAS VOLUPTUOSAS
EXPERIENCIAS DE UNA SOLTERONA