Rumbo al mar el ibro: Viaje al otro mundo (1973).
José Alcántara Almánzar
Las aguas del Ozama me han traído hasta aquí. Este viaje no es el resultado de un acto volitivo;
tampoco la forma en que lo he realizado. Mi recorrido sobre las aguas turbias del río se ha visto
obstaculizado por varios hechos imprevistos. Caí al agua aventado por una fuerza enorme en una
parte fangosa y fría del río y eso me impidió moverme de inmediato. Allí estuve clavado, mientras
se inundaba mi interior, hasta que una corriente me impulsó con tanto brío que logró sacarme del
lodo. En esa orilla cenagosa en que me encontraba, casi totalmente metido en el lodo, no tuve
ningún percance, nada me molestó durante esos interminables minutos, pero hubiera sido
preferible quedarme allí, al amparo de los médanos.
Continué con rapidez por la parda superficie del río. Mi forzosa salida se produjo en una
indeterminada hora. Venía acompañado de troncos, hojas podridas, cartones deteriorados,
pedazos inservibles de madera y restos de basura que lograron flotar fácilmente y seguían mi ruta:
latas de jugo oxidadas, botellas de ron vacías, papel periódico, cáscaras de plátano y no sé cuántas
cosas más. No era buena compañía, pero habíamos partido juntos y yo no podía evitarlo. Ahora
estoy aquí, en el acantilado, quieto, bajo el sol radiante de mayo, un día en que las gaviotas
sobrevuelan cerca de la playa y más allá, en las proximidades de Sans Susi, las golondrinas están
anunciando que los aguaceros van a seguir esta tarde. Antes de llegar al pie de este acantilado y
que la furia de las olas me arrojara sobre la playa obligándome a permanecer en espera de que
otras olas me ayudaran a salir del fangal, un aceite negruzco me pringó el cuerpo a medida que me
alejaba del puente. Ese aceite es tal vez un residuo de los cargueros (por cierto que no vi ninguno)
que vienen al puerto. Del muelle salía una humareda que se intensificaba de cuando en cuando al
menor golpe de viento. Pude notar que los depósitos habían sido destruidos casi por completo y
que mucha mercancía estaba definitivamente arruinada. No se veía trabajando a la muchedumbre
de siempre, a pesar de ser día laborable. Hoy es lunes y el muelle no tiene actividad. Bueno, eso
mismo le pasa al resto de la ciudad, paralizada involuntariamente desde hace algunas semanas.
Pues cuando llegué al muelle, tropecé con unos maderos y no pude reanudar inmediatamente mi
ruta hacia el mar. Un soldado que hacía ronda por los alrededores, fatigado por la espera enojosa
que no acaba nunca, me vio. Desconfiado, cuidándose de no ser visto, ocultándose tras una
maquinaria aún en pie, estuvo observándome un momento, tratando de descubrir mi identidad.
Imposible. Imposible como en todos los casos hasta el presente: nadie ha podido ayudarme o
identificarme. Repuesto de la sorpresa, quiso darme una manito para que saliera del agua. Se
agachó, tomó la carabina por la culata y trató inútilmente de sacarme de entre los maderos y
llevarme a tierra. Él estaba muy cerca del agua, expuesto al peligro de los ojos enemigos,
queriendo ofrecer socorro a una yola a la deriva. Buscó entonces un pedazo de metal entre un
montón de chatarra. Trató de nuevo, esta vez con más éxito. Logró agarrar parte de mis sogas y
casi logra acercarme a la orilla si la punta del fleje no hubiera cedido a la resistencia que opuse sin
proponérmelo. Por poco cae al agua. Tuvo que ocultarse de nuevo porque comenzaron a
dispararle desde el otro lado del río. Así pasaron algunos minutos en que intentaba venir en mi
rescate y tenía que volver reptando a su escondite, perseguido por las balas. En esos minutos
vinieron a molestarme decenas de peces que trataron de comerme boca, pies y manos. ¿Por qué
no iban a la basura que estaba todavía atrapada junto a mí en los maderos? Me pude dar cuenta
de que sólo comían de ella los peces más pequeños y que los grandes preferían morderme las
extremidades. Fue bastante desagradable y al mismo tiempo cosquilleante, pero por suerte
aquella tortura no duró mucho. Para aumentar la soledad y el tedio del soldado que no dejaba de
mirarme desoladamente desde la humareda del muelle, sin poder salir de su escondite, otro golpe
de agua favoreció que yo siguiera desplazándome en una superficie ahora más clara y menos
lodosa. El agua se hacía cada vez más tibia porque sin duda la proximidad del mar le calentaba las
entrañas a la ría. Al llegar a la confluencia, yo, que había estado viajando de cara al cielo pálido de
la aurora fui zarandeado por el remolino que me atrapó y que en1112.0seguida dispersó con
bravura a mis acompañantes, dejándome completamente solo. Fueron vueltas horribles que me
recordaron la primera vez que traté de nadar: tragar agua, sentir un zumbido en los oídos, un
golpe insoportable en el estómago y la sensación de que todo el mundo está al revés. Así
abandoné el muelle, ante el silencio indiferente del Alcázar de don Diego, es decir, de sus muros
posteriores.
Después me enfrenté al mar y sus peligros. La agitación de las aguas impidió que los tiburones se
me acercaran al principio, pero no bien llegué a un punto muerto de la corriente, vinieron
presurosos en mi búsqueda. Unos cuantos cortes me dejaron las extremidades convertidas en
muñones. No sangré mucho. Unas horas antes de que me arrojaran a la corriente del río había
perdido casi toda la sangre, tendido en el piso de la improvisada celda. Por eso tal vez los
tiburones me dejaron avanzar navegando mar afuera, sin tocarme otra vez. Por ahora les bastaba
con lo que habían conseguido. Las olas, que en perenne lucha con el rompeolas semidestruido
fuerzan por quedar completamente libres, me han hecho encallar al pie de este acantilado, sobre
la arena mojada que ya comienza a calentarse. He permanecido quieto, sin el más ligero
movimiento durante media hora. Una miríada de moscas golosas que sin duda proviene de los
humeantes basureros de la ciudad ha percibido el olor de mi carne y no cesa de posarse en mi
cuerpo. Me tocan, me lamen, se lanzan contra mi carne húmeda, hacen toda clase de alocados
vuelos y sonidos, bailotean como si festejaran el festín, parecen alejarse, zumban, vuelven. Es
horrible. Un hombre no vale nada cuando no goza ni siquiera del respeto de las moscas. Con ellas
han venido también, primero un niño, luego dos más y ahora ya hay ocho o diez personas que
imagino señalándome, llevándose las manos a la boca con claras muestras de pavor.
—“¡Un cadáver, no tiene manos ni pies!”.
—“¡Tiene los brazos amarrados a la espalda!”.
—“¡Qué horror!”
—“¡Se parece al que vimos en el rompeolas anteayer!”.
Yo voy sintiéndome incómodo, porque no me gustan las comparaciones ni me siento halagado
cuando se me toma como espectáculo público. Siempre he sido un tipo serio. Aparte de las
moscas que son un verdadero fastidio, ahora está toda esa gente tratando de ver quién soy y
queriendo identificarme (porque no pueden ver mi cara: estoy tendido de bruces y sólo puedo oír
sus voces, cada instante más cercanas).
—“¡Busquen una soga, vamos a subirlo!”.
Quisiera saber lo que pasará después que lleguen aquí y vean mi cara y sepan por fin quién soy.
Agradezco a las olas que no puedan hacerlo: ya lo único que deseo es estar solo.
—“¡Dame la soga, rápido!”.
Las olas están llegando con más fuerza, casi me arrastran, siento que la arena va deshaciéndose
bajo mis piernas. Las moscas se espantan asustadas cuando la espuma salada me salpica. Oigo
gritos distintos a los de hace un momento y pienso que han llegado a un punto que les obliga a
detener el descenso: si caen sería fatal, las rocas aquí abajo son filosas.
—“¡Sujétame bien… No, así no… Así!”.
Las olas me llevan, primero las piernas y el tronco, después el tórax y la cabeza. Los gritos crecen.
—“¡HAY UN HUECO AQUÍ ABAAAJOOO, NO PUEDO
SEGUIIIR!”.
Mi improvisado salvador está tan cerca que puedo sentir su respiración. Si tuviera más
imaginación y menos miedo podría llegar fácilmente. No lo hará. No le teme a la altura sino a mí.
No veo su cara pero puedo adivinar su expresión, una cara donde saltan unos ojos aterrorizados.
Siento de nuevo los gritos, el hombre parece que sube. Aspaviento general.
—“¡Necesito más ayuda!”.
Otros han sido más inteligentes. Un grupo de chiquillos baja ahora a la playita. Sólo tienen que
salvar un trecho de agua furiosa y podrán rescatarme entonces. Una ola gigante me separa
considerablemente de la ribera, voy alejándome acunado por el graznido de las gaviotas
hambrientas que empiezan a acercarse, atraídas por mi cuerpo. Comienzo a desplazarme en la
superficie nuevamente. Los gritos me siguen por el rompeolas semidestruido. Se detienen allí; no
pueden continuar. He salvado algunos cientos de metros, los disparos del lado enemigo
comienzan de nuevo y las voces se desvanecen de golpe: todo el mundo busca refugio.
Estoy en alta mar. Mi cuerpo es ahora una yola de pescadores que navega sin tripulación.
JoSé Nació en Santo Domingo, República Dominicana, en alcÁntara1946. Es educador, sociólogo y
escritor. Es un acucioso almÁnzarinvestigador literario. Desde 1996 es el Director del Departamento
Cultural del Banco Central de la República
Dominicana. Varios cuentos suyos, tanto en español como traducidos al inglés, alemán e italiano, figuran en
antologías publicadas en Santo Domingo, Puerto Rico, España, Estados Unidos, Alemania, Italia, Bulgaria e
Islandia. Fue Jurado de Cuento del Concurso Casa de las Américas, La Habana, Cuba (2003). En el año 2009
recibió el Premio Nacional de Literatura, el galardón más alto de las letras dominicanas que se otorga a la
obra de toda una vida de consagración a las letras. Ha publicado: Antología de la literatura dominicana
(1972); Viaje al otro mundo (1973); Callejón sin salida (1975); Testimonios y profanaciones (1978); Estudios
de poesía dominicana (1979); Imágenes de Héctor Incháustegui Cabral (1980); Las máscaras de la seducción
(1983), Premio Anual de Cuento; Narrativa y sociedad en Hispanoamérica (1984); La carne estremecida
(1989), Premio Anual de Cuento; Los escritores dominicanos y la cultura (1990); El sabor de lo prohibido.
Antología personal de cuentos (1993); Dos siglos de literatura dominicana. Siglos XIX y XX. Poesía y prosa (en
colaboración con Manuel Rueda, 1996); Panorama sociocultural de la República Dominicana (en español,
inglés y francés, 1997); La aventura interior (1997); Antología mayor de la literatura dominicana. (Siglos XIX
y XX). Poesía y prosa (en colaboración con Manuel Rueda, 2000 y 2001); Huella y memoria. E. León Jimenes:
Un siglo en el camino nacional (1903-2003), en colaboración con Ida Hernández Caamaño (2003), Pedro
Henríquez Ureña. Antología mínima (2004), y Presagios de la noche (antología de cuentos, 2005); Catálogo
OLIMPIADA
INTERNA DE
LECTURA
Y
ESCRITURA
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