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CULTURA

El documento explora la relación entre el sentido común y la construcción discursiva de lo social, destacando cómo las interpretaciones y las luchas simbólicas moldean nuestra percepción de la realidad. Se analiza la importancia de la cultura y las instituciones en la formación de la ética objetiva, así como el impacto de la Revolución Industrial en la comunicación y la aparición de ideologías políticas contemporáneas. Finalmente, se critica la tendencia a relegar el sentido común a un pensamiento vulgar en favor de interpretaciones más 'científicas' y racionales de la realidad.

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El documento explora la relación entre el sentido común y la construcción discursiva de lo social, destacando cómo las interpretaciones y las luchas simbólicas moldean nuestra percepción de la realidad. Se analiza la importancia de la cultura y las instituciones en la formación de la ética objetiva, así como el impacto de la Revolución Industrial en la comunicación y la aparición de ideologías políticas contemporáneas. Finalmente, se critica la tendencia a relegar el sentido común a un pensamiento vulgar en favor de interpretaciones más 'científicas' y racionales de la realidad.

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El sentido común y la construcción

discursiva de lo social*

José Nun**

Quisiera hacer un señalamiento inicial: la amplitud del tema que me han


asignado lo torna inabordable en el espacio de tiempo disponible. Por eso, lo
que haré es limitarme a tratar ciertos aspectos teóricos de la cuestión que son
muy poco discutidos en estos ámbitos y cuya importancia espero poner en
evidencia.
Wittgenstein decía que lo maravillaba que una interpretación pudiera verse. Y,
en verdad, todo el tiempo estamos “viendo” interpretaciones. Un conservador, por
ejemplo, suele ver en un desocupado a un holgazán y un socialista, a alguien
que necesita ayuda y protección. En medio de la crisis de 2008, la revista
conservadora inglesa The Economist publicó un par de editoriales memorables
sosteniendo que no había que con- fundir entre intervencionismo y pragmatismo.
Para que se entienda mejor: que los gobiernos rescatasen a los bancos que
especularon vorazmente y a las empresas inmobiliarias que estafaron al público no
debería ser visto como intervencionismo (una mala cosa) sino como pragmatismo.
Dicho en otras palabras, una interpretación que tiene éxito y se generaliza
acaba siendo constitutiva de la realidad que uno ve y por eso es siempre
producto de una lucha. En este sentido, la presencia aquí de varios amigos
mexicanos
me lleva a formular una pregunta que marcha en la misma dirección.
¿Cómo pudo Hernán Cortés con tan solo unos doscientos hombres dominar
a un ejército azteca de ¿Veinte mil? La clave reside, precisamente, en la
manipulación simbólica. Hernán Cortés se dio cuenta de que los aztecas vivían
en la evocación del pasado y leían el presente en términos de lo ya ocurrido.
Promovió, entonces, que viesen en él a la largamente esperada reencarnación de
Quetzalcoatl. Lo consiguió, al punto de que los aztecas tardaron diez años en
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advertir su error y cuando lo hicieron ya era tarde. He ahí la cultura en acto, la
interpretación. Porque ¿a quién veían los aztecas cuando aparecía Hernán
Cortés? ¿A Hernán Cortes o a Quetzalcoatl? Por suerte para Hernán Cortés,
veían a Quetzalcoatl.
Solo que las interpretaciones requieren organización, premisas y estructuras que
les den sustento y las establezcan como válidas al tiempo que excluyen lecturas
alternativas. Seguramente, ustedes conocen el gran cuento de Borges, “Funes el
memorioso”. Como saben, se trata de un paisano que tuvo una muy mala
caída de su caballo, de resultas de la cual quedó gravemente lastimado, pero
adquirió la excepcional capacidad de recordarlo todo. Su memoria se había
vuelto fenomenal y registraba cualquier cosa que observaba, pero sería un error
suponer que esta es la clave de la historia. No, la clave debe buscarse allí
donde Borges dice que “el problema de Funes era que no podía pensar”. ¿Por
qué? Ya lo había explicado brillantemente William James, un autor frecuentado por
Borges y en quien no dudo que se inspiró: “El principal trabajo de la memoria es
olvidar”. Funes no lo podía hacer. Su mente absorbía todo, pero carecía de
principios de interpretación que le permitieran ordenar el material y prescindir de
lo irrelevante. O sea que su pobre cabeza albergaba un caos absolutamente
inmanejable. Pues bien, básicamente llamamos cultura al complejo conjunto de
interpretaciones que organizan en forma selectiva nuestro modo de darle
sentido al mundo.
Apelo en este punto a una contribución que hizo Hegel y que no ha sido
suficientemente valorada, por lo menos entre nosotros. En un texto muy
temprano, de 1804, Hegel critica a Kant porque su individualismo partía de la
idea de Moralität, de la moral como un deber ser. Y esto oscurece, dice Hegel, un
hecho previo: antes de referirse al individuo y a aquello que debe ser resulta
preciso comprender a la sociedad que habita y a aquello que es. Lo denomina
Sittlichkeit, un término difícil de traducir pero que generalmente se toma como
sinónimo de “espíritu objetivo” o “ética concreta”. Son las normas y los usos
establecidos, el sentido que nos transmiten las instituciones, las ideas
fundamentales vigentes acerca de lo que está bien y de lo que está mal, las

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interpretaciones específicas de la realidad propias de comunidades históricas
concretas. Nacemos en una familia, habitamos un barrio, vamos a una escuela,
tenemos amigos y, sobre todo, aprendemos un lenguaje. Se trata, nada más ni
nada menos, que de las reglas constitutivas tanto de nuestra individualidad
como de nuestra vida en común y, como en el caso de la gramática o de la
sintaxis, podemos no hallarnos en condiciones de enunciar esas reglas, pero
nos damos cuenta de inmediato cuando se las viola. Sin esto no resultaría
posible la convivencia.
La pregunta que se impone es qué pasa cuando las instituciones dicen una
cosa y hacen otra, cuando el lenguaje de las palabras se aleja cada vez más del
lenguaje de los hechos. Por ejemplo, ¿qué ocurre cuando los tribunales no
administran justicia o la escuela no educa o el gobierno no cumple las leyes? Es
aquí que Hegel avanza por primera vez su idea de la alienación. Es decir, la gente
no se siente contenida y acaba perdiendo confianza en sus semejantes y en la
sociedad. Da varios ejemplos de las salidas que se buscan en tales casos, que
podríamos multiplicar: el repliegue en comunidades mucho más pequeñas, en
sectas donde los individuos tratan de reconstruir su relación con los otros; la
búsqueda de refugio en las drogas; el recurso a la violencia; el encierro en un
individualismo egoísta; o el esfuerzo por tratar de cambiar las cosas. Lo cual
confirma que la ética objetiva es la que nos ayuda a vivir en sociedad,
naturalizando interpretaciones que es más fácil violar que transformar.
Pero, así como la pregunta central de la física moderna es cómo está
compuesta la materia, la nuestra es cuáles son los factores en los que se sustenta
esa ética objetiva, esa cultura. Voy a referirme entonces al que considero uno de los
principales, partiendo de una hipótesis que comenzó a gestarse hace más de 24
siglos. Pienso en Aristóteles, quien en el siglo IV antes de Cristo postuló la
existencia de un sexto sentido. Y este sex- to sentido es el sentido común, que nos
permite coordinar y articular las percepciones de los cinco sentidos clásicos. Por
ejemplo, yo reconozco inmediatamente al azúcar y sé que es blanco y dulce. Pero
también sé que lo blanco es diferente de lo dulce y que el azúcar es distinto a
la sal, que es blanca pero no es dulce. Resulta obvio, pero no lo es tanto que

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sean cosas que se saben sin pensarlas porque las organiza ese sexto sentido
que tomamos por dado.

Se trata de algo que vamos aprendiendo a medida que somos

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socializados. De ahí que Aristóteles diferenciara este sexto sentido del
pensamiento racional para ubicarlo en el campo de las sensaciones y que lo situara
más precisamente en el corazón. Así lo plantea en De anima, obra que se
volvió fundamental en la Alta Edad Media europea.
En el siglo XI, el sabio persa Avicena retoma la cuestión y corrige a
Aristóteles para postular que el sentido común no corresponde solo al campo
de las sensaciones, sino que articula a estas con la razón y por eso su lugar
reside en el cerebro. Esto se convierte, a su vez, en el saber convencional de la
gente culta durante todo el periodo escolástico. Por ejemplo, Santo Tomás habla
continuamente del sentido común y pro- cura integrar a Aristóteles y a Avicena.
Será recién en el siglo XVII que Descartes hará tambalear esta construcción. Para
poder pensar, argumenta, hay que hacer tabula rasa con todos los prejuicios de
evidencia, con todas las verdades que damos por descontadas. Y a partir de su
dualismo entre el cuerpo y el alma funda la primacía de la razón y reserva la idea
de sentido común, el bon sens, para las cosas menores, para los comportamientos
más habituales de la vida cotidiana.
Le va a corresponder al protestantismo rescatar la importancia del sentido
común, abandonando el supuesto universalismo del latín (al cual tenían acceso
muy pocos), haciendo que en las misas se emplease el idioma nacional y
reivindicando el valor de la vida ordinaria del pueblo. Por esta vía, alguien tan
intolerante como Lutero iba a ter- minar por franquearle el paso a la libertad,
confirmando que de estas contradicciones está empedrado el camino de la
historia. Después, en el siglo XVIII, se producen una serie de acontecimientos
que son centrales para lo que intento explicar. Así, aparece en 1776 La riqueza
de las naciones, de Adam Smith, y marca un hito fundamental. No
solo por su reivindicación del libre mercado sino porque es la primera vez
que se teoriza al trabajo como creador de la riqueza. Hasta mediados del
siglo XVIII, el trabajo estaba lejos de ser considerado una actividad valorable en sí
misma.

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Basta recordar que, cuando Dios expulsa del Paraíso a Adán y a Eva, el castigo
que les impone es que él se gane el pan con el sudor de su frente y que ella deba
parir con dolor, esto es, tenga que soportar los “trabajos” de parto. Ahora, en cambio,
el trabajo pasa a convertirse en el gran cimiento de la civilización moderna.
A la vez, conviene acordarse de que, hasta entonces, el trabajo se hacía
básica- mente en la casa. Sea en la mansión del amo donde habitaba el
trabajador, sea en la vivienda del artesano, sea en la cabaña del campesino. Pero
es en ese mismo siglo XVIII europeo que empieza a separarse la casa del lugar de
trabajo, un proceso decisivo que hace que las personas entren cada vez más en
contacto con otros. De manera concomitante, crecen notablemente las ciudades. De
nuevo, aumenta así la relación entre des- conocidos. Desde finales del siglo XVII
se habían anulado en Inglaterra algunas de las restricciones a la libre expresión.
Dentro de límites todavía estrechos, se podía hablar o escribir con mayor libertad.
Comienza a formarse así eso que Habermas ha denominado una esfera pública.
Es el contexto en el cual se produce el ascenso del Iluminismo y, con él, el privilegio
de la razón y el creciente desprecio de la gente culta hacia el sentido común
popular.
Estamos en el momento en el cual se genera la llamada opinión pública,
que es el espacio donde surgen las ideologías políticas. Para abreviar, usemos
nuevamente como ejemplo a Inglaterra, cuna de la revolución industrial. A
comienzos del siglo XIX aumentó rápidamente allí la población. Además, se
inauguró un largo período de paz y los soldados regresaban al país. La
expansión demográfica fue tal que solo se la pudo paliar gracias a los avances
económicos y a que por lo menos dos de cada tres adultos emigraban. En
cualquier caso, creció con gran rapidez la demanda de ropa. ¿Por qué lo
menciono? Porque esta demanda iba a incidir en la producción de un bien que
hasta entonces era muy escaso y caro. Hablo del papel.

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Hans Holbein el Joven pintó varios retratos de Erasmo de Rotterdam. Uno
de ellos describe con mucho detalle su estudio, que era a la vez el dormitorio y el
comedor de la familia. El cuadro es minucioso en su registro y, sin embargo, no
van a encontrar en él un cesto de papeles. Es que el papel no se tiraba.
Tampoco se acostumbraba hacer borradores y por eso una de las materias
esenciales que se enseñaba en las universidades era la mnemotecnia. Los
expertos y sabios de esa época poseían una memoria mucho más desarrollada
que la nuestra y aprendían sofisticados sistemas de almacenamiento mental de
datos. Vuelvo al papel. Se lo producía en base al lino, que ni abundaba ni era
barato. Todo esto cambia con la Revolución Industrial. Se maquinizan la producción
textil, el hilado y el tejido y se inventa la desmotadora de algodón en Estados
Unidos. Es una historia que seguramente muchos de ustedes conocen:
proliferan las telas de algodón a precios muy accesibles, que le permite
vestirse a una población que sigue aumentando. La consecuencia es el
incremento de los desperdicios de algodón, que van a ser utilizados para hacer
papel. Se inventan, en efecto, las máquinas de fabricar papel y de encuadernar
y, a la vez, se transforma la imprenta (que no había tenido innovaciones
desde el siglo XV) con la introducción de los tipos móviles y las rotativas. El
proceso es rápido, complejo y espectacular: la construcción de los ferrocarriles
y la creación del telégrafo, por ejemplo, revolucionan las comunicaciones al
tiempo que avanza la alfabetización. De este modo, los diarios, los libros, las
revistas, los folletos alcanzan una circulación que jamás habían conocido antes.
Más aún: quienes escriben deben adaptar su vocabulario y su estilo a las
nuevas condiciones porque ahora van a ser leídos por un público que ya no les
resulta familiar.

Es ese momento al que aludía, cuando aparecen las ideologías políticas


contemporáneas, tema en el cual deseo detenerme por un instante.

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Conviene enfatizar que tal aparición marcha de la mano con la emergencia de
las ciencias sociales. Las nuevas teorías sociales alimentan a los ideólogos y les
permiten basar entonces sus propuestas en diagnósticos de la realidad que se
quieren científicos. Esto es fundamental y ha sido muy bien estudiado. Fíjense
que en La ideología alema- na, por ejemplo, Marx y Engels casi no se ocupan de
desmitificar la religión; su principal interés radica en criticar las pretensiones
científicas de los proyectos de transformación de la sociedad con los cuales
compiten. Quiero subrayar con fuerza que, en mayor o menor medida, con más
o con menos consistencia y apelación a elementos afectivos, este doble
movimiento diagnóstico/proyecto sigue siendo hasta hoy característico de las
ideologías políticas. Otra cosa es lo ideológico, los intereses ocultos que el
observador pueda discernir en los argumentos o en las configuraciones sociales.
Aquí hablo del discurso ideológico mismo que, por un lado, pretende brindarnos
una interpretación racional de la realidad y, por el otro, nos propone un
programa de acción fundado en esa interpretación. De esta manera, se tiende a
relegar al sentido común como pensamiento vulgar, como aquello que debe ser
transformado, aun en el caso del dirigente

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populista que halaga al pueblo, pero se arroga el derecho de hablar por él, postulándose
típicamente como la voz de los sin voz.
Desde este punto de vista, Marx es un hijo de su tiempo cuando suscribe la idea
de que la teoría le puede llegar a las masas en el modo de la transparencia. Por eso,
cuan- do tanto él como Engels plantean la unidad de la teoría y de la práctica es
exactamente a esto que se están refiriendo. Para comprobarlo, vale la pena leer su
correspondencia. El primer periódico obrero ya había aparecido en Inglaterra en
1831 y fue seguido por otros en Francia, en Alemania y en Italia. Marx y Engels son
explícitos en su entusiasmo:” Por fin tenemos los instrumentos para esclarecerle a
los trabajadores su práctica, para explicarles cómo están siendo explotados y para
que lo entiendan”. Fíjense que Marx pondrá como condición para la traducción
de El Capital al francés que se publicase en forma de folletín de entrega
quincenal, tal como sucedió.
Y, en alguna medida, ocurrió lo que imaginaron. En Buenos Aires, a
comienzos del siglo XX, por ejemplo, era típico que los obreros anarquistas
llevaran al taller un periódico que compraban entre todos y uno de ellos lo leía
en voz alta mientras sus compañeros trabajaban o se tomaban un descanso.
Esta idea de que la teoría puede penetrar la cultura popular en el modo de la
transparencia fue tan potente que en el
¿Qué hacer? de Lenin, el trabajador que debe ser reclutado por el partido no es
el más combativo sino el más educado porque es quien va a estar en
condiciones de entender más rápidamente los principios teóricos en que se
sostendrá la revolución y lo podrá transmitir adecuadamente a sus
compañeros.
En este punto, quisiera incluir en mi exposición a un italiano de enorme
talento, que nació en Cerdeña, que vivió nada más que 46 años y que se
llamó Antonio
Gramsci. Entre los muchos méritos de su pensamiento, cuenta el de que
nadie puede convertirse en un gramsciano dogmático, salvo que no lo haya
entendido.

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Porque el suyo es un pensamiento que se sabe en transición, desgarrado,
original, recorrido por tensiones fuertes y a menudo contradictorias. Fue uno de
los fundadores del Partido Comunista Italiano y, desde luego, leyó a Marx,
pero bastante selectivamente. Para ilustrarlo, alcanza con señalar que
interpretó de manera distinta nada más y nada menos que la idea de
sociedad civil de Hegel. Para este, el concepto designaba a la economía, a la
justicia, a las cárceles, a las asociaciones. Marx lo identificó exclusiva- mente
con la economía; Gramsci, en vez, excluyó a la economía y se concentró en las
organizaciones. Se trata de perspectivas muy diversas elaboradas a partir de la
misma fuente. Por eso, una de las dos nociones de hegemonía que usa
Gramsci alude al equilibrio que se establece entre la sociedad civil y la sociedad
política o estado en sentido estrecho. Pero no me quiero desviar.
Pasa que Gramsci no solamente leyó a Marx, sino que fue muy influido por el
pensamiento de Benedetto Croce y, también, por lo que se ha dado en llamar “la
literatura de los Napolitanos”, el más importante de los cuales fue un autor del
siglo XVIII que se llamó Giambattista Vico. Vico es una pieza esencial en esta
breve reconstrucción por- que critica fuertemente a Descartes y rescata la
centralidad del sentido común frente a la razón que gobierna la ciencia
moderna. Para él, el sentido común es un tipo de pensamiento distinto al
racional, muy concreto y dinamizado por el ingenio y la imaginación. Es el que
cohesiona a las comunidades y a las naciones y alimenta su vida moral y política,
distinguiendo lo bueno de lo malo y lo correcto de lo incorrecto. Y su lugar

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de expresión por excelencia es el trabajo. Agrego que Gramsci recibe este
énfasis en el sentido común no solamente de Vico, sino también de un
ingeniero francés que se llamó Georges Sorel. Sorel teorizó, en efecto, sobre el
sentido común y lo juzgó funda- mental para la revolución: si no se movilizan el
sentido común popular y el principio de separación que le es propio, dice, no hay
revolución posible. Y uno de los principales recursos que postulaba para tratar de
transformar el sentido común era el mito. De ahí su conocido planteo de la huelga
general. La idea es que si un día todos los trabajado- res decidiesen dejar de
trabajar, la burguesía se derrumbaría. Contra lo que enseñan algunos malos
vulgarizadores, Sorel no imaginaba que esa huelga general llegaría alguna vez
a concretarse. No hablaba del futuro sino del presente. Era un mito dirigido a que
los trabajadores tomasen conciencia de su papel protagónico en el capitalismo.
Al mismo tiempo, Gramsci leía a Henri Bergson, otro anti cartesiano francés, y
sobre todo a alguien que ya mencioné. Me refiero a William James, el filósofo
pragmatista norteamericano de quien recibió la idea de que en una sociedad no
existen significados universales sino diversas provincias finitas de significado.
Claro que al incorporar a su análisis toda esta temática del sentido
común, de cómo la gente vive e interpreta su realidad cotidiana, Gramsci
enfrenta un problema pues debe reconocer que, como ya había dicho Sorel, el
sentido común es un magma donde se puede encontrar de todo. Más aun, el
propio Gramsci afirma que “es incoherente, es dogmático, se aferra a lo que sabe,
y por eso es conservador”. ¿Cómo transformarlo, entonces? La solución a la que
apela es poco convincente. Su empeño consiste en conciliar a Marx y su lógica
de la transparencia con la distinción entre niveles de razonamiento y en volver
plausible que la “filosofía superior” (son términos de Gramsci para eludir la
censura) se convierta en un discurso ideológico que logre penetrar el sentido
común popular, al que denomina “la filosofía de los no filósofos”. Según se
advierte, en su caso estamos ante una lógica de las diferencias y no de la
transparencia y el trabajo político debe encargarse de construir los puentes que
faciliten las transiciones entre los niveles.

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¿Por qué supone que podría llegar a tener éxito esta empresa? Porque el
sentido común popular (y esta es la respuesta) alberga siempre un núcleo de
buen sentido que proviene del lugar que ocupa el trabajador en el proceso de
producción, en tanto vendedor de fuerza de trabajo que es víctima de la
explotación capitalista. Conforme al programa gramsciano, el intelectual
orgánico de la clase obrera debe es- forzarse por hacer pie en ese núcleo de
buen sentido para expandirlo y dotarlo de los elementos que le brindan la
ideología y la filosofía superior, en un proceso siempre anclado en la práctica
concreta de sus protagonistas. La acción política debe preparar y promover así un
momento catártico en el que la idea soreliana de separación devenga un
sentimiento pleno de escisión y de ruptura.
Es un programa que ha fracasado, más allá de sus éxitos parciales en
determinados lugares y épocas históricas. En otras palabras, la hipótesis del núcleo
de buen sentido se ha revelado esencialista y, en términos generales, no se sostiene.
A pesar de lo cual vale la pena reflexionar sobre ella por lo menos por tres razones.
Una es que, como dije, da testimonio del esfuerzo de un gran pensador por
integrar dos tradiciones muy distintas. Por otra parte, actualiza el teorema de
Thomas en el sentido de que definir como real algo que no lo es, torna reales sus
consecuencias. Precisamente ese programa y su redefinición de la sociedad civil lo
llevaron a Gramsci a retomar una distinción que ya

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había esbozado Trotsky entre la revolución en Oriente y en Occidente. En un
país muy débilmente articulado como Rusia, con una tasa de alfabetismo de
apenas 5 o 6 % y con partidos y sindicatos casi inexistentes, tomar el Palacio de
Invierno era apoderarse del núcleo duro del sistema de dominación, centrado en el
aparato coercitivo del Esta- do a falta de una sociedad civil mínimamente abarcativa.
Allí pudo prosperar entonces una “guerra de movimiento”, condenada al desastre
en los países de Occidente donde una sociedad civil muy densa amortigua los
efectos de las crisis económicas y el aparato coercitivo dista de ser el único factor
importante de poder. En este caso, es necesario librar una “guerra de
posiciones” en el seno de las organizaciones de la sociedad civil a fin de ir
construyendo una voluntad nacional y popular que concite el apoyo de las
mayorías oprimidas. O sea que la consecuencia real a la que aludo fue un
diagnóstico certero de la no viabilidad de la estrategia soviética en los países
desarrollados.
Pero hay una tercera razón para la reflexión que propongo. Gramsci no
llegó a conocer los análisis fenomenológicos de las relaciones sociales de Alfred
Schutz ni, mucho menos, las contribuciones posteriores de la etnometodología.
Baste indicar que es Schutz quien introduce una diferencia crucial entre el
caudal de conocimientos de sentido común y las prácticas de razonamiento de
sentido común que movilizan partes de ese acervo según la cuestión de que
se trate. El caudal mismo es, en efecto, una sedimentación heterogénea,
incoherente y contradictoria de interpretaciones de la realidad, que contiene un
núcleo reducido de conocimientos que resultan claros y consistentes, rodeado
por zonas cuyos grados de vaguedad, de oscuridad y de ambigüedad se
incrementan a medida que se alejan de ese núcleo. De ahí que nada autorice a
identificar a priori tal núcleo con el buen sentido gramsciano, que cuando existe es
ubicado por las investigaciones sociológicas sobre la conciencia obrera en
áreas bastan-
te difusas y, en todo caso, suele consistir en una percepción no
necesariamente antagónica de la desigualdad. Perspectivas como esta (con su
examen de las tipificaciones dominantes, de la estructura variable de los sistemas

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de relevancia según el problema, de la distribución social del conocimiento, etc.)
sin duda hubieran enriquecido mucho los planteos de Gramsci y sus modos de
intervención en un campo cultural que el marxismo apenas había explorado. (Es de
estricta justicia decir que Trotsky constituyó una excepción, cuando en los primeros
años de la Unión Soviética, por ejemplo, realizó una encuesta entre los delegados de
los trabajadores intentando comprender qué sentidos les asignaban sus
representados a sus experiencias.) Cierro estas observaciones con dos
ejemplos simples pero ilustrativos. En el caudal de conocimientos de sentido
común se pueden encontrar aforismos discrepantes tales como “Al que
madruga, Dios lo ayuda” y “No por mucho madrugar se amanece más
temprano”. Sin embargo, las prácticas de razonamiento de sentido común
nunca apelarán a ambos a la vez, sino que, según la ocasión, aplicarán el que
corresponda. Mi segundo ejemplo concierne a la forma en que naturalmente
delimitamos los espacios de validez de estas prácticas. El astrónomo que, al
despertarse, se alegra porque el sol haya salido más temprano está usando un
lenguaje de sentido común que abandonará en cuanto llegue a su observa-
torio, donde sabe que es la tierra la que gira alrededor del sol y no a la
inversa.
Apuro el paso. Decía Samuel Johnson que la fuerza del hábito es muy débil
como para que nos demos cuenta de que existe, pero adquiere una gran
potencia cuando queremos cambiarlo. Por ejemplo, como ya dije, no hace
falta que conozcamos las

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reglas de la sintaxis para hablar un lenguaje y, sin embargo, advertimos de
inmediato cuando se las viola. Lo mismo pasa con las tipificaciones constitutivas de
la realidad de sentido común en la que estamos inmersos. Fíjense ustedes, por
ejemplo, que el cristianismo ha predicado siempre la igualdad de sus fieles. Pero
en el estado de Kerala, en la India, las iglesias cristianas aceptan la división por
castas porque de lo contrario no podrían funcionar. Otra mención: en Sudáfrica,
se acaban de cumplir dieciocho años del acceso de Mandela al poder y de la
liquidación del apartheid, o sea que ya hay jóvenes de esa edad que no conocieron
esta siniestra institución. A pesar de ello, la nación del arco iris que predicaba
Mandela con tanta fuerza está lejos de haberse concretado, como lo comprueba
cualquier blanco que entra a un bar de negros o cualquier negro que entra a
un bar de blancos.
Ya Francis Bacon enseñaba que la mente humana no debe equipararse a
una pizarra. En esta última, es posible escribir, borrar y escribir de nuevo. En
cambio, en la mente humana no hay forma de borrar. El único recurso es
escribir sobre lo ya escrito, que persistirá y, eventualmente, irá desapareciendo (o
no) con el tiempo. Estamos otra vez en el terreno complejo de las
sedimentaciones históricas de sentido. No lo señalo porque crea que los
proyectos de cambio están condenados al fracaso sino para poner en evidencia
la densidad del sentido común como cemento social y las dificultades que enfrentan
y deben resolver esos proyectos para disipar oscuridades e incongruencias. No
resulta casual el papel que en esto han desempeñado tanto elementos
objetivos como subjetivos.
Entre los primeros, cuentan sobre todo las grandes crisis y las guerras que
ponen en cuestión aquello que hasta entonces se tomaba por dado. Aunque
inclusive aquí corresponde una nota de cautela. Después de la Primera Guerra
Mundial, es verdad que avanzó el comunismo, pero también existió en muchos
lugares el deseo de regresar a un tipo de sociedad más o menos semejante a la
de 1914. No fue así luego de la Segunda Guerra Mundial pues no hay que
olvidar que el conflicto bélico fue precedido por la terrible depresión de la
década de 1930 y todas sus secuelas económicas, sociales y políticas.

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En cuanto a los elementos subjetivos, alcanza con citar el rol de los agitadores,
que ilumina parte de lo que llevo dicho. Recuerdo a un viejo agitador
comunista que me explicaba su función recurriendo a una analogía. Cito sus
palabras. “Imagínese un obrero que hace 20 años que está casado con la misma
mujer. Su matrimonio y sus costumbres están dominados por la rutina. Hasta que
un día abre su armario en la fábrica y encuentra una nota que le dice que la
esposa lo engaña. Esa noche, cuando vuelva a su casa, ya nada va a ser igual.
Si su mujer le ha cocinado el plato que le gusta, pensará que lo hizo por culpa; si
no, confirmará que él ha dejado de importarle. Agitar es desrutinizar, es hacer
que lo normalizado deje de serlo para abrirle paso a nuevas ideas, a nuevas formas
de mirar la realidad.”
Con lo cual vuelvo al comienzo de esta charla. Contra lo que ha sido
corriente, las políticas culturales no pueden limitarse a las “bellas artes”, por un
lado, y a ofrecerle “pan y circo” a los sectores populares, por el otro. Dije antes
que el marxismo le prestó una atención muy escasa al sentido común como
campo cultural. Lo mismo puede afirmarse de los gestores culturales en su
conjunto. No es bueno que así sea. Como ha sostenido con vigor Gadamer,
en el sentido común reside la potencialidad de un desarrollo de la democracia
en términos participativos y humanistas. Por eso recomendaba “modestia
epistemológica” a los especialistas, que deben saber que también sus
razonamientos están condicionados por una historia y un lenguaje particulares y
no se hallan nunca libres de “prejuicios”. Llevar la palabra, hacer asistencialismo o
distribuir entradas gratis para un espectáculo no es lo mismo que entablar un
diálogo auténtico y constructivo.
Es el tema que recorre la obra de Hannah Arendt: dadas ciertas
condiciones, cultivar el sentido común constituye la mejor manera de abrirle el
camino a una verdadera democracia y resulta indispensable para una vida
pública basada en el respeto al prójimo, que estimule tanto las relaciones
comunitarias como el desarrollo individual.

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Solo que, como he procurado poner de manifiesto, para que esto sea posible
hace falta conocer el terreno en el que se va a actuar, las gradaciones que le son
propias, sus áreas de luz, de penumbra y de oscuridad. Lo cual me lleva a mi último
punto: toda intervención cultural en el campo del sentido común (y me refiero al
sentido común popular) supone una toma de posiciones y es, por lo tanto,
siempre conflictiva.
La lucha de interpretaciones se vuelve aquí cualitativamente distinta a la que
pue- de existir en el espacio de las “bellas artes”. No concierne a los gustos
estéticos, sino que hace directamente a la política y a la moral. Quienes lo
entendieron rápidamente son los populismos de derecha de Europa y de
América del Norte que, en las últimas décadas, han venido explotando con éxito
los contenidos conservadores, xenófobos y anti-humanistas que también incluye
el caudal de conocimientos de sentido común. Baste recordar el discurso de
despedida del presidente Reagan, en 1989, cuando explicó que su “revolución” había
consistido en “el gran redescubrimiento de nuestros valores y de nuestro sentido
común”. Cuál es la medida en la que fenómenos análogos, con sus
características propias, se encuentran ahora en curso en nuestros países tendrá que

ser el objeto de otra charla. Para alguien que, como yo, desearía que el sentido
común popular se transformase en el cemento de un mundo más igualitario y
pluralista, sería suficiente haber conseguido dirigir hoy la atención de ustedes a
una esfera que las políticas culturales acostumbran tratar de soslayo.

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