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Documento Final del Sínodo 2024

El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos enfatiza la importancia de una Iglesia sinodal basada en la comunión, participación y misión, guiada por el Espíritu Santo. Este proceso ha sido un viaje de escucha y discernimiento que busca implementar decisiones coherentes en las Iglesias locales, promoviendo la unidad y la renovación en el seguimiento de Jesucristo. Se reconoce que el camino sinodal no concluye con la Asamblea, sino que continúa en la vida de las comunidades eclesiales, fomentando un compromiso activo hacia la paz y la reconciliación.

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Documento Final del Sínodo 2024

El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos enfatiza la importancia de una Iglesia sinodal basada en la comunión, participación y misión, guiada por el Espíritu Santo. Este proceso ha sido un viaje de escucha y discernimiento que busca implementar decisiones coherentes en las Iglesias locales, promoviendo la unidad y la renovación en el seguimiento de Jesucristo. Se reconoce que el camino sinodal no concluye con la Asamblea, sino que continúa en la vida de las comunidades eclesiales, fomentando un compromiso activo hacia la paz y la reconciliación.

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FRANCISCO

XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA


DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

Por una Iglesia sinodal:


comunión, participación y misión

Documento final
Siglas

AA CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem (18 de


noviembre de 1965)
AG CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad gentes (7 de diciembre de 1965)
AL FRANCISCO, Exhortación apostólica. Amoris Laetitia (19 de marzo de 2016)
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae
CCEO Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium (18 de octubre de 1990)
CD CONCILIO VATICANO II, Decreto Christus Dominus (28 de octubre de 1965)
CIC Codex Iuris Canonici (25 de enero de 1983)
CTI COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La sinodalidad en la vida y en
la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018)
CV FRANCISCO, Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit (25 de marzo
de 2019)
DD FRANCISCO, Carta apostólica Desiderio desideravi (29 de junio de 2022)
DN FRANCISCO, Carta encíclica Dilexit nos (24 de octubre de 2024)
DEC XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS
OBISPOS, Documento de trabajo para la etapa continental (27 de octubre de
2022)
DV CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum (18 de
noviembre de 1965)
EC FRANCISCO, Constitución apostólica Episcopalis communio (15 de septiembre
de 2018)
EG FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de
2013)
EN S. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de
1975)
FT FRANCISCO, Carta encíclica Fratelli tutti (3 de octubre de 2020)
GS CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7 de
diciembre de 1965)
LG CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen gentium (21 de
noviembre 1964)
LS FRANCISCO, Encíclica Laudato sì (24 de mayo de 2015)
MC S. PABLO VI, Exhortación Apostólica Marialis cultus (2 de febrero de 1974)
NMI S. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Novo millennio ineuente (6 de
enero de 2001)
PE FRANCISCO, Constitución apostólica Praedicate Evangelium (19 de marzo de
2022)
SC CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium (4 de
diciembre de 1963)
SRS S. JUAN PABLO II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de
1987)
UR CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis redintegratio (21 de noviembre
de 1964)
UUS S. JUAN PABLO II, Carta encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995)

1
Nota de acompañamiento
del Santo Padre Francisco

En los diversos momentos del camino del Sínodo que inicié en octubre de 2021, hemos
estado a la escucha de lo que el Espíritu Santo dice a las Iglesias en este tiempo.

El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
recoge los frutos de un camino marcado por la escucha del Pueblo de Dios y por el
discernimiento de los pastores. Dejándose iluminar por el Espíritu Santo, toda la Iglesia ha sido
llamada a leer su propia experiencia y a identificar los pasos a dar para vivir la comunión,
realizar la participación y promover la misión que Jesucristo le confió. El proceso sinodal,
iniciado en las Iglesias locales, pasó después por las fases nacional y continental, hasta llegar a
la celebración de la Asamblea del Sínodo de los Obispos en las dos sesiones de octubre de 2023
y octubre de 2024. Ahora el camino continúa en las Iglesias locales y sus agrupaciones,
valorando y teniendo muy en cuenta el Documento final, que fue votado y aprobado por la
Asamblea en todas sus partes el 26 de octubre. Yo también lo aprobé y, firmándolo, encargué
su publicación, uniéndome al «nosotros» de la Asamblea que, a través del Documento final, se
dirige al santo Pueblo fiel de Dios.

Reconociendo el valor del camino sinodal realizado, entrego ahora a toda la Iglesia las
indicaciones contenidas en el Documento final, como restitución de lo que ha madurado en
estos años, a través de la escucha y el discernimiento, y como orientación autorizada para su
vida y misión.

El Documento final participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro (cf. EC 18 §
1; CCE 892) y pido que sea acogido como tal. Representa una forma de ejercicio de la
enseñanza auténtica del Obispo de Roma que presenta algunos rasgos novedosos pero que, en
realidad, corresponde a lo que tuve ocasión de precisar el 17 de octubre de 2015, cuando afirmé
que la sinodalidad es el marco interpretativo adecuado para comprender el ministerio
jerárquico.

Al aprobar el Documento el pasado 26 de octubre, dije que «no es estrictamente


normativo» y que «su aplicación necesitará diversas mediaciones». Esto no significa que no
comprometa desde ahora a las Iglesias a adoptar decisiones coherentes con lo que en él se
indica. Las Iglesias locales y las agrupaciones de Iglesias están llamadas ahora a implementar,
en los diversos contextos, las indicaciones autorizadas contenidas en el Documento, a través de
los procesos de discernimiento y de toma de decisiones previstos por el derecho y por el
Documento mismo. En el Saludo final añadí también que «se necesita tiempo, a fin de llegar a
opciones que impliquen a toda la Iglesia»: esto vale en particular para los temas confiados a los
diez Grupos de Estudio, a los que podrán añadirse otros, en vista de las decisiones necesarias.
La conclusión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos no pone fin al
proceso sinodal.

Retomo aquí con convicción lo que indiqué al final del articulado camino sinodal que
llevó a la promulgación de Amoris laetitia (19 de marzo de 2016): «no todas las discusiones
doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales.
Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide
que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas
consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad
completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo
2
y podamos ver todo con su mirada. Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones
más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales» (AL 3).

El Documento final contiene indicaciones que, a la luz de sus orientaciones


fundamentales, ya pueden ponerse en práctica en las Iglesias locales y en las agrupaciones de
Iglesias, teniendo en cuenta los diversos contextos, lo que ya se ha hecho y lo que aún queda
por hacer para aprender y desarrollar cada vez mejor el estilo propio de la Iglesia sinodal
misionera.

En muchos casos se trata de ejecutar eficazmente lo que ya está previsto en el derecho


vigente, tanto latino como oriental. En otros casos, se podrá proceder, a través de un
discernimiento sinodal y en el marco de las posibilidades indicadas por el Documento final, a
la activación creativa de nuevas formas de ministerialidad y de acción misionera,
experimentando y sometiendo las experiencias a verificación. En el informe previsto para la
visita ad limina, cada obispo se ocupará de comunicar qué opciones se han hecho en la Iglesia
local que le ha sido confiada en relación con lo indicado en el Documento final, qué dificultades
se han encontrado, cuáles han sido los frutos.

La tarea de acompañar la «fase de implementación» del camino sinodal, a partir de las


orientaciones ofrecidas por el Documento final, se confía a la Secretaría General del Sínodo
junto con los dicasterios de la Curia Romana (cf. EC 19-21).

El camino sinodal de la Iglesia católica, animado también por el deseo de proseguir el


camino hacia la unidad plena y visible de los cristianos, «necesita que las palabras compartidas
vayan acompañadas por hechos» (Saludo final, 26 de octubre de 2024). Que el Espíritu Santo,
don del Resucitado, sostenga y guíe a toda la Iglesia en este camino. Que Él, que es armonía,
siga rejuveneciendo a la Iglesia con la fuerza del Evangelio, la renueve y la conduzca a la unión
perfecta con su Esposo (cf. LG 4). Puesto que el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
«Ven» (cf. Ap 22,17).

24 de noviembre de 2024

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

Francisco

3
Introducción *

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto,
les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor (Jn 20,19-20).

1. Cada nuevo paso en la vida de la Iglesia es un regreso a la fuente, una experiencia


renovada del encuentro con el Resucitado que los discípulos experimentaron en el Cenáculo la
tarde de Pascua. Como ellos, también nosotros, participantes en esta Asamblea sinodal, nos
hemos sentido abrazados por su misericordia y conmovidos por su belleza. Viviendo la
conversación en el Espíritu, escuchándonos unos a otros, hemos percibido su presencia en
medio de nosotros: la presencia de Aquel que, donando el Espíritu Santo, sigue suscitando en
su Pueblo una unidad que es armonía de las diferencias.
2. Contemplando al Resucitado, recordamos que “fuimos bautizados en su muerte” (Rm
6,3). Hemos visto las marcas de sus heridas, transfiguradas por la vida nueva, pero grabadas
para siempre en su humanidad. Esas heridas siguen sangrando en el cuerpo de tantos hermanos
y hermanas, también a causa de nuestras culpas. Fijar la mirada en el Señor no nos aparta de
los dramas de la historia, sino que abre nuestros ojos para reconocer el sufrimiento que nos
rodea y nos penetra: los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, el llanto de las madres,
los sueños rotos de tantos jóvenes, los refugiados que afrontan viajes terribles, las víctimas del
cambio climático y de las injusticias sociales. Sus sufrimientos resonaron entre nosotros no sólo
a través de los medios de comunicación, sino también en las voces de muchos que estuvieron
personalmente implicados con sus familias y pueblos en estos trágicos acontecimientos. En los
días en que hemos estado reunidos en esta Asamblea, muchas, demasiadas guerras han seguido
causando muerte y destrucción, deseo de venganza y pérdida de conciencia. Nos unimos a los
reiterados llamamientos del Papa Francisco en favor de la paz, condenando la lógica de la
violencia, el odio y la venganza, y comprometiéndonos a promover la del diálogo, la fraternidad
y la reconciliación. Una paz auténtica y duradera es posible y juntos podemos construirla. “El
gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de
los pobres y de todos los afligidos” (GS 1) son, también gozo y tristeza de todos nosotros,
discípulos de Cristo.
3. Desde que el Santo Padre inauguró este Sínodo en 2021, nos hemos embarcado en un
viaje cuya riqueza y fecundidad vamos descubriendo cada vez más. Hemos estado a la escucha,
atentos a captar en las múltiples voces lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7). El camino
comenzó con la amplia consulta al Pueblo de Dios en nuestras diócesis y eparquías. Continuó
con etapas nacionales y continentales, en la circularidad de un diálogo constantemente
relanzado por la Secretaría General del Sínodo a través de documentos de síntesis y de trabajo.
La celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en sus dos
sesiones nos permite ahora entregar al Santo Padre y a todas las Iglesias el testimonio de lo

*
El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos fue aprobado durante la
17ª Congregación General, el 26 de octubre de 2024, con el voto favorable de más de dos tercios de los miembros
de la Asamblea presentes en la votación. Los resultados de la votación están disponibles en www.vatican.va. La
versión oficial del texto está en italiano. En la preparación de su publicación, se han introducido cambios de
redacción para garantizar la corrección y la fluidez lingüística, así como la exactitud de las citas.

4
vivido y el fruto de nuestro discernimiento, para un renovado impulso misionero. El camino ha
estado marcado en cada etapa por la sabiduría del “sentido de la fe” del Pueblo de Dios. Paso a
paso, hemos comprendido que en el corazón del Sínodo 2021-2024. Por una Iglesia sinodal:
comunión, participación, misión, hay una llamada a la alegría y a la renovación de la Iglesia en
el seguimiento del Señor, en el compromiso al servicio de su misión, en la búsqueda de los
modos para serle fiel.
4. Esta llamada se funda en la identidad bautismal común, se enraíza en la diversidad de
contextos en los que la Iglesia está presente y encuentra su unidad en el único Padre, el único
Señor y el único Espíritu. Interpela a todos los bautizados, sin excepción: “Todo el Pueblo de
Dios es sujeto del anuncio del Evangelio. En él, todo bautizado es convocado para ser
protagonista de la misión, porque todos somos discípulos misioneros” (CTI, n. 53). El camino
sinodal nos orienta así hacia una unidad plena y visible de los cristianos, como han atestiguado
con su presencia los delegados de las otras tradiciones cristianas. La unidad fermenta
silenciosamente en el seno de la Santa Iglesia de Dios: es una profecía de unidad para el mundo
entero.
5. Todo el camino sinodal, enraizado en la Tradición de la Iglesia, se ha desarrollado a la
luz del magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II ha sido, de hecho, como una semilla
sembrada en el campo del mundo y de la Iglesia. La vida cotidiana de los creyentes, la
experiencia de las Iglesias en todos los pueblos y culturas, los numerosos testimonios de
santidad, la reflexión de los teólogos fueron el terreno en el que germinó y creció. El Sínodo
2021-2024 sigue aprovechando la energía de esa semilla y desarrollando su potencial. En
efecto, el camino sinodal está poniendo en práctica lo que el Concilio enseñó sobre la Iglesia
como Misterio y Pueblo de Dios, llamada a la santidad a través de una conversión continua que
nace de la escucha del Evangelio. En este sentido, constituye un verdadero acto de una ulterior
recepción del Concilio, prolongando su inspiración y relanzando su fuerza profética para el
mundo de hoy.
6. No ocultamos que hemos experimentado en nosotros mismos el cansancio, la
resistencia al cambio y la tentación de hacer que nuestras ideas prevalezcan sobre la escucha de
la Palabra de Dios y la práctica del discernimiento. Sin embargo, la misericordia de Dios, Padre
lleno de ternura, nos permite cada vez purificar nuestros corazones y continuar nuestro camino.
Lo reconocimos al comenzar la Segunda Sesión con una vigilia penitencial, en la que pedimos
perdón por nuestros pecados, nos avergonzamos y elevamos nuestra intercesión por las víctimas
de los males del mundo. Llamamos a nuestros pecados por su nombre: contra la paz, contra la
creación, los pueblos indígenas, los migrantes, los menores, las mujeres, los pobres, la escucha,
y la comunión. Esto nos hizo darnos cuenta de que la sinodalidad exige arrepentimiento y
conversión. En la celebración del sacramento de la misericordia de Dios nos sentimos amados
incondicionalmente: la dureza de los corazones ha sido superada y nos abre a la comunión. Por
eso queremos ser una Iglesia misericordiosa, capaz de compartir con todos el perdón y la
reconciliación que vienen de Dios: pura gracia de la que no somos dueños, sino sólo testigos.
7. Del camino sinodal iniciado en 2021, ya hemos podido constatar los primeros frutos.
Los más sencillos, pero más preciosos están fermentando en la vida de las familias, parroquias,
asociaciones y movimientos, pequeñas comunidades cristianas, escuelas y comunidades
religiosas donde crece la práctica de la conversación en el Espíritu, el discernimiento

5
comunitario, el compartir los dones vocacionales y la corresponsabilidad en la misión. El
encuentro de los “Párrocos para el Sínodo” (Sacrofano [Roma], 28 de abril - 2 de mayo de
2024) ha permitido apreciar estas ricas experiencias y relanzar su camino. Estamos agradecidos
y contentos por la voz de tantas comunidades y fieles que viven la Iglesia como lugar de
acogida, esperanza y alegría.
8. La Primera Sesión de la Asamblea ha dado otros frutos. El Informe de Síntesis llamó
la atención sobre una serie de temas de gran relevancia para la vida de la Iglesia, que el Santo
Padre, al término de una consulta internacional, confió a Grupos de Estudio formados por
pastores y expertos de todos los continentes, llamados a trabajar con un método sinodal. Los
ámbitos de la vida y misión de la Iglesia que ya han comenzado a profundizar son los siguientes:
1. Algunos aspectos de las relaciones entre las Iglesias católicas orientales y la
Iglesia latina.
2. Escuchar el clamor de los pobres y de la tierra.
3. La misión en el ambiente digital.
4. La revisión de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis en perspectiva
sinodal misionera.
5. Algunas cuestiones teológicas y canónicas en torno a formas ministeriales
específicas.
6. La revisión, en una perspectiva sinodal y misionera, de los documentos que rigen
las relaciones entre obispos, religiosos y agregaciones eclesiales (asociaciones,
movimientos y nuevas comunidades).
7. Algunos aspectos de la figura y del ministerio del obispo (en particular: criterios
de selección de los candidatos al episcopado, función judicial del obispo,
naturaleza y desarrollo de las visitas ad limina apostolorum) en perspectiva
sinodal misionera.
8. El papel de los representantes pontificios en perspectiva sinodal misionera.
9. Criterios teológicos y metodologías sinodales para un discernimiento común de
cuestiones doctrinales, pastorales y éticas controvertidas.
10. La recepción de los frutos del camino ecuménico en el Pueblo de Dios.

A estos Grupos se añaden la Comisión Canónica al servicio de las necesarias innovaciones en


la normativa eclesiástica, activada de acuerdo con el Dicasterio para los Textos Legislativos, y
el discernimiento, confiado al Simposio de las Conferencias Episcopales de África y
Madagascar, sobre el acompañamiento pastoral de las personas en matrimonios polígamos. Los
trabajos de estos Grupos y Comisiones iniciaron la fase de implementación, enriquecieron los
trabajos de la Segunda Sesión y ayudarán al Santo Padre en sus opciones pastorales y de
gobierno.
9. El proceso sinodal no concluye con el final de la actual Asamblea del Sínodo de los
Obispos, sino que incluye la fase de implementación. Como miembros de la Asamblea,
sentimos que es nuestra tarea comprometernos en su animación como misioneros de la
sinodalidad dentro de las comunidades de las que procedemos. Pedimos a todas las Iglesias
locales que continúen su camino cotidiano con una metodología sinodal de consulta y
discernimiento, identificando caminos concretos e itinerarios formativos para realizar una
conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales (parroquias, institutos de vida
consagrada y sociedades de vida apostólica, asociaciones de fieles, diócesis, Conferencias
Episcopales, agrupaciones de Iglesias, etc.). También debería preverse una evaluación de los

6
progresos realizados en materia de sinodalidad y de participación de todos los bautizados en la
vida de la Iglesia. Sugerimos que las Conferencias Episcopales y los Sínodos de Iglesias sui
iuris dediquen personas y recursos para acompañar el camino de crecimiento como Iglesia
sinodal en misión y para mantenerse en contacto con la Secretaría General del Sínodo (cf. EC
19 § 1 y 2). Pedimos que no deje de vigilarse la calidad sinodal del método de trabajo de los
Grupos de Estudio.
10. Este Documento final, ofrecido al Santo Padre y a las Iglesias como fruto de la XVI
Asamblea General del Sínodo de los Obispos, valora todos los pasos realizados. Recoge algunas
convergencias importantes surgidas en la Primera Sesión, las aportaciones provenientes de las
Iglesias en los meses transcurridos entre la Primera y la Segunda Sesión, y lo que ha madurado
durante la Segunda Sesión, sobre todo a través de la conversación en el Espíritu.
11. El Documento final expresa la conciencia de que la llamada a la misión es
simultáneamente la llamada a la conversión de cada Iglesia local y de la Iglesia toda, en la
perspectiva indicada en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (cf. EG 30). El texto
consta de cinco partes. La primera, intitulada El corazón de la sinodalidad, esboza los
fundamentos teológicos y espirituales que iluminan y alimentan lo que viene a continuación.
Reafirma la comprensión compartida de la sinodalidad que surgió en la Primera Sesión y
desarrolla sus perspectivas espirituales y proféticas. La conversión de los sentimientos, las
imágenes y los pensamientos que habitan nuestros corazones avanza junto con la conversión de
la acción pastoral y misionera. La segunda parte, con el título, En la barca, juntos, está dedicada
a la conversión de las relaciones que construyen la comunidad cristiana y configuran la misión
en el entrelazamiento de vocaciones, carismas y ministerios. La tercera, “Echar la red”,
identifica tres prácticas íntimamente relacionadas: el discernimiento eclesial, los procesos
decisionales, y una cultura de la transparencia, la rendición de cuentasy la evaluación. También
con respecto a éstas se nos pide que iniciemos caminos de “transformación misionera”, para lo
cual urge una renovación de los órganos de participación. La cuarta parte, bajo el título Una
pesca abundante, delinea cómo sea posible cultivar de forma nueva el intercambio de dones y
el tejido de los vínculos que nos unen en la Iglesia, en un momento en que la experiencia de
estar arraigado en un lugar está cambiando profundamente. Sigue una quinta parte, “También
yo os envío”, que nos permite contemplar un paso indispensable que hay que dar: cuidar la
formación de todos, en el Pueblo de Dios, en la sinodalidad misionera.
12. La elaboración del Documento final se ha guiado por los relatos evangélicos de la
Resurrección. La carrera hacia el sepulcro en la madrugada de Pascua, la aparición del
Resucitado en el Cenáculo y en la orilla del lago inspiraron nuestro discernimiento y
alimentaron nuestro diálogo. Hemos invocado el don pascual del Espíritu Santo, pidiéndole que
nos enseñe lo que debemos hacer y nos muestre juntos el camino a seguir. Con este documento,
la Asamblea reconoce y testimonia que la sinodalidad, dimensión constitutiva de la Iglesia, ya
forma parte de la experiencia de muchas de nuestras comunidades. Al mismo tiempo, sugiere
caminos a seguir, prácticas a implementar, horizontes a explorar. El Santo Padre, que ha
convocado a la Iglesia en Sínodo, indicará a las Iglesias, confiadas al cuidado pastoral de los
obispos, cómo proseguir nuestro camino sostenidos por la esperanza “que no defrauda” (Rm
5,5).

7
Parte I - El corazón de la sinodalidad
Llamados por el Espíritu Santo a la conversión

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún
estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón
Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba (Jn 20,1-2)

13. En la mañana de Pascua encontramos a tres discípulos: María Magdalena, Simón


Pedro y el Discípulo a quien Jesús amaba. Cada uno de ellos busca al Señor a su manera; cada
uno tiene su propio papel en el amanecer de la esperanza. María Magdalena está impulsada por
un amor que la lleva primero al sepulcro. Advertidos por ella, Pedro y el Discípulo Amado se
dirigen hacia el sepulcro; el Discípulo Amado corre con la fuerza de la juventud, busca con la
mirada del que intuye primero, pero sabe ceder el paso al mayor que ha recibido el encargo de
guiar; Pedro, agobiado por haber negado al Señor, espera la cita con la misericordia de la que
será ministro en la Iglesia. María permanece en el huerto, oye que la llaman por su nombre,
reconoce al Señor que la envía a anunciar su resurrección a la comunidad de los discípulos. Por
eso la Iglesia la reconoce como Apóstol de los Apóstoles. Su mutua dependencia encarna el
corazón de la sinodalidad.
14. La Iglesia existe para testimoniar al mundo el acontecimiento decisivo de la historia:
la resurrección de Jesús. El Resucitado trae la paz al mundo y nos da el don de su Espíritu.
Cristo vivo es la fuente de la verdadera libertad, el fundamento de la esperanza que no defrauda,
la revelación del verdadero rostro de Dios y del destino último del hombre. Los Evangelios nos
dicen que, para entrar en la fe pascual y ser testigos de ella, es necesario reconocer el propio
vacío interior, las tinieblas del miedo, de la duda y del pecado. Pero quienes, en la oscuridad,
tienen el valor de salir y ponerse a buscar, descubren realmente que son buscados, llamados por
su nombre, perdonados y enviados junto a sus hermanos y hermanas.

La Iglesia Pueblo de Dios, sacramento de unidad


15. Del Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo brota la identidad
del Pueblo de Dios. Se realiza como llamada a la santidad y envío en misión para invitar a todos
los pueblos a acoger el don de la salvación (cf. Mt 28,18-19). Es, pues, del Bautismo, en el que
Cristo nos reviste de Sí mismo (cf. Ga 3,27) y nos hace renacer por el Espíritu (cf. Jn 3,5-6)
como hijos de Dios, de donde nace la Iglesia sinodal misionera. Toda la vida cristiana tiene su
fuente y su horizonte en el misterio de la Trinidad, que suscita en nosotros el dinamismo de la
fe, de la esperanza y de la caridad.
16. “Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente, como excluyendo
su mutua conexión, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera
con una vida santa” (LG 9). El Pueblo de Dios, en camino hacia el Reino, se alimenta
continuamente de la Eucaristía, fuente de comunión y de unidad: “Porque el pan es uno,
nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1
Cor 10,17). La Iglesia, alimentada por el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, se
constituye como su Cuerpo (cf. LG 7): “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un
miembro” (1 Cor 12,27). Vivificada por la gracia, ella es el Templo del Espíritu Santo (cf. LG

8
17): es Él, en efecto, quien la anima y construye, haciendo de todos nosotros las piedras vivas
de un edificio espiritual (cf. 1 Pe 2,5; LG 6).
17. El proceso sinodal nos ha hecho experimentar el “sabor espiritual” (EG 268) de ser
Pueblo de Dios, reunido de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones, viviendo en contextos
y culturas diferentes. Ese Pueblo, no es nunca la mera suma de los bautizados, sino el sujeto
comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión, todavía peregrino en el tiempo y ya en
comunión con la Iglesia del cielo. En los diversos contextos en los que están arraigadas cada
una de las Iglesias, el Pueblo de Dios anuncia y testimonia la Buena Nueva de la salvación;
viviendo en el mundo y para el mundo, camina junto a todos los pueblos de la tierra, dialoga
con sus religiones y culturas, reconociendo en ellas las semillas de la Palabra, avanzando hacia
el Reino. Incorporados a este Pueblo por la fe y el Bautismo, somos sostenidos y acompañados
por la Virgen María, “signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68), por los apóstoles, por
quienes han dado testimonio de su fe hasta dar la vida, por los santos de todo tiempo y lugar.
18. En el Pueblo santo de Dios, que es la Iglesia, la comunión de los fieles (communio
fidelium) es al mismo tiempo comunión de las Iglesias (communio Ecclesiarum), que se
manifiesta en la comunión de los obispos (communio episcoporum), en razón del antiquísimo
principio de que “el obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo” (S. Cipriano, Epístola
66, 8). Al servicio de esta comunión multiforme, el Señor puso al apóstol Pedro (cf. Mt 16,18)
y a sus sucesores. En virtud del ministerio petrino, el Obispo de Roma es “principio y
fundamento perpetuo y visible” (LG 23) de la unidad de la Iglesia.
19. “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres” (EG 197), los
marginados y excluidos, y por tanto también en el de la Iglesia. En ellos la comunidad cristiana
encuentra el rostro y la carne de Cristo, que, de rico que era, se hizo pobre por nosotros, para
que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). La opción preferencial por los
pobres está implícita en la fe cristológica. Los pobres tienen un conocimiento directo de Cristo
sufriente (cf. EG 198) que los convierte en heraldos de una salvación recibida como don y en
testigos de la alegría del Evangelio. La Iglesia está llamada a ser pobre con los pobres, que a
menudo son la mayoría de los fieles, y a escucharlos y considerarlos sujetos de evangelización,
aprendiendo juntos a reconocer los carismas que reciben del Espíritu.
20. “Cristo es la luz de los pueblos” (LG 1) y esta luz brilla en el rostro de la Iglesia,
aunque esté marcada por la fragilidad de la condición humana y la opacidad del pecado. Ella
recibe de Cristo el don y la responsabilidad de ser fermento eficaz de los vínculos, las relaciones
y la fraternidad de la familia humana (cf. AG 2-4), testimoniando en el mundo el sentido y la
meta de su camino (cf. GS 3 y 42). Asume hoy esta responsabilidad en un tiempo dominado
por la crisis de la participación —es decir, de sentirse parte y actores de un destino común— y
por una concepción individualista de la felicidad y de la salvación. Su vocación y su servicio
profético (LG 12) consisten en dar testimonio del proyecto de Dios de unir a sí a toda la
humanidad en libertad y comunión. La Iglesia, que es “el Reino de Cristo presente actualmente
en misterio” (LG 3) y “de este Reino constituye en la tierra la semilla y el principio” (LG 5),
camina, por tanto, junto con toda la humanidad, comprometiéndose con todas sus fuerzas por
la dignidad humana, el bien común, la justicia y la paz, y “anhela el Reino perfecto” (LG 5),
cuando Dios será “todo en todos” (1 Cor 15,28).

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Las raíces sacramentales del Pueblo de Dios
21. El camino sinodal de la Iglesia nos ha llevado a redescubrir que la variedad de
vocaciones, carismas y ministerios tiene una raíz: “todos hemos sido bautizados en un mismo
Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Cor 12,13). El bautismo es el fundamento de la vida
cristiana, porque introduce a todos en el don más grande: ser hijos de Dios, es decir, partícipes
de la relación de Jesús con el Padre en el Espíritu. No hay nada más alto que esta dignidad,
concedida por igual a toda persona, que nos hace revestirnos de Cristo e injertarnos en Él como
los sarmientos en la vid. En el nombre de “cristiano”, que tenemos el honor de llevar, está
contenida la gracia que fundamenta nuestra vida y nos hace caminar juntos como hermanos y
hermanas.
22. En virtud del Bautismo “el Pueblo santo de Dios participa del carácter profético de
Cristo, dando testimonio vivo de Él sobre todo con una vida de fe y amor” (LG 12). Gracias a
la unción del Espíritu Santo recibida en el Bautismo (cf. 1 Jn 2,20.27), todos los creyentes
poseen un instinto para la verdad del Evangelio, llamado sensus fidei. Consiste en una cierta
connaturalidad con las realidades divinas, basada en el hecho de que en el Espíritu Santo los
bautizados “son hechos partícipes de la naturaleza divina” (DV 2). De esta participación deriva
la aptitud para captar intuitivamente lo que es conforme a la verdad de la Revelación en la
comunión de la Iglesia. Por eso, la Iglesia está segura de que el santo Pueblo de Dios no puede
equivocarse al creer cuando la totalidad de los bautizados expresa su consenso universal en
materia de fe y de moral (cf. LG 12). El ejercicio del sensus fidei no debe confundirse con la
opinión pública. Está siempre unido al discernimiento de los pastores en los distintos niveles
de la vida eclesial, como muestra la articulación de las fases del proceso sinodal. Pretende
alcanzar ese consenso de los fieles (consensus fidelium) que constituye “un criterio seguro para
determinar si una doctrina o práctica particular pertenece a la fe apostólica” (Comisión
Teológica Internacional, El sensus fidei en la vida de la Iglesia, 2014, n. 3).
23. Por el Bautismo todos los cristianos participan del sensus fidei. Por tanto, además de
ser el principio de la sinodalidad, es también el fundamento del ecumenismo. “El camino de la
sinodalidad, que la Iglesia católica está siguiendo, es y debe ser ecuménico, así como el camino
ecuménico es sinodal” (Papa Francisco, Discurso a Su Santidad Mar Awa III, 19 de noviembre
de 2022). El ecumenismo es ante todo una cuestión de renovación espiritual. Exige procesos de
arrepentimiento y de sanación de la memoria, de las heridas del pasado, hasta la valentía de la
corrección fraterna en un espíritu de caridad evangélica. En la Asamblea resonaron testimonios
esclarecedores de cristianos de distintas tradiciones eclesiales que comparten la amistad, la
oración, la vida y el compromiso al servicio de los pobres, y el cuidado de la casa común. En
no pocas regiones del mundo existe, sobre todo, el ecumenismo de la sangre: cristianos de
distintas tradiciones que juntos dan su vida por la fe en Jesucristo. El testimonio de su martirio
es más elocuente que cualquier palabra: la unidad viene de la Cruz del Señor.
24. No es posible comprender plenamente el Bautismo sino dentro de la Iniciación
cristiana, es decir, el itinerario a través del cual el Señor, por el ministerio de la Iglesia y el don
del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y en la comunión trinitaria y eclesial. Este itinerario
conoce una importante variedad de formas, según la edad en la que se emprende, los diferentes
acentos propios de las tradiciones orientales y occidentales, y las especificidades de cada Iglesia
local. La iniciación nos pone en contacto con una gran variedad de vocaciones y ministerios

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eclesiales. En ellos se expresa el rostro misericordioso de una Iglesia que enseña a sus hijos a
caminar, caminando con ellos. Los escucha y, al mismo tiempo que responde a sus dudas e
interrogantes, se enriquece con la novedad que cada uno aporta, con su historia y su cultura. En
la práctica de esta acción pastoral, la comunidad cristiana experimenta, a menudo sin ser
plenamente consciente de ello, la primera forma de sinodalidad.
25. Dentro del itinerario de la iniciación cristiana, el sacramento de la Confirmación
enriquece la vida de los creyentes con una particular efusión del Espíritu con miras al
testimonio. El Espíritu que llenó a Jesús (cf. Lc 4,1), que lo ungió y lo envió a anunciar el
Evangelio (cf. Lc 4,18), es el mismo Espíritu que se derrama sobre los creyentes como sello de
pertenencia a Dios y como unción que santifica. Por eso la Confirmación, que hace presente la
gracia de Pentecostés en la vida del bautizado y de la comunidad, es un don de gran valor para
renovar el prodigio de una Iglesia movida por el fuego de la misión, que tiene el valor de salir
a los caminos del mundo y la capacidad de hacerse comprender por todos los pueblos y culturas.
Todos los creyentes están llamados a contribuir a este impulso, acogiendo los carismas que el
Espíritu distribuye abundantemente a cada uno y comprometiéndose a ponerlos al servicio del
Reino con humildad e ingenio creativo.
26. La celebración de la Eucaristía, especialmente el domingo, es la primera y
fundamental forma en la que el Pueblo santo de Dios se encuentra y reúne. Por medio de la
celebración eucarística, “se significa y se realiza la unidad de la Iglesia” (UR 2). En la
“participación plena, consciente y activa” (SC 14) de todos los fieles, en la presencia de los
diversos ministerios y en la presidencia del obispo o presbítero, se hace visible la comunidad
cristiana, en la que se realiza una corresponsabilidad diferenciada de todos para la misión. Por
eso la Iglesia, Cuerpo de Cristo, aprende de la Eucaristía a articular unidad y pluralidad: unidad
de la Iglesia y multiplicidad de asambleas eucarísticas; unidad del misterio sacramental y
variedad de tradiciones litúrgicas; unidad de la celebración y diversidad de vocaciones,
carismas y ministerios. Nada muestra mejor que la Eucaristía que la armonía creada por el
Espíritu no es uniformidad y que todo don eclesial está destinado a la edificación común. Cada
celebración de la Eucaristía es también expresión del deseo y de la llamada a la unidad de todos
los bautizados, que todavía no es plena y visible. Donde no es posible la celebración dominical
de la Eucaristía, la comunidad, deseándola, se reúne en torno a la celebración de la Palabra,
donde Cristo sigue estando presente.
27. Existe un estrecho vínculo entre synaxis y synodos, entre la asamblea eucarística y la
asamblea sinodal. Aunque bajo formas diferentes, en ambas se realiza la promesa de Jesús de
estar presente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Las asambleas
sinodales son acontecimientos que celebran la unión de Cristo con su Iglesia por la acción del
Espíritu. Es Él quien asegura la unidad del cuerpo eclesial de Cristo en la asamblea eucarística
como en la asamblea sinodal. La liturgia es una escucha de la Palabra de Dios y una respuesta
a su iniciativa de alianza. La asamblea sinodal es también una escucha de la misma Palabra,
que resuena tanto en los signos de los tiempos como en el corazón de los fieles, y una respuesta
de la asamblea que discierne la voluntad de Dios para ponerla en práctica. Profundizar el
vínculo entre liturgia y sinodalidad ayudará a todas las comunidades cristianas, en la
pluriformidad de sus culturas y tradiciones, a adoptar estilos celebrativos que manifiesten el
rostro de una Iglesia sinodal. Con este fin, solicitamos la creación de un Grupo de Estudio
específico, al que confiamos la reflexión sobre cómo hacer que las celebraciones litúrgicas sean
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más expresivas de la sinodalidad; también podría ocuparse de la predicación dentro de las
celebraciones litúrgicas y del desarrollo de una catequesis sobre la sinodalidad en clave
mistagógica.

Significado y dimensiones de la sinodalidad


28. Los términos “sinodalidad” y “sinodal” derivan de la antigua y constante práctica
eclesial de reunirse en sínodo. En las tradiciones de las Iglesias orientales y occidentales, la
palabra “sínodo” se refiere a instituciones y acontecimientos que han adoptado diferentes
formas a lo largo del tiempo, implicando una pluralidad de sujetos. En su variedad, todas estas
formas están unidas por el hecho de reunirse para dialogar, discernir y decidir. Gracias a la
experiencia de los últimos años, el significado de estos términos se ha comprendido mejor y se
ha vivido aún más. Se han asociado cada vez más al deseo de una Iglesia más cercana a las
personas y más relacional, que sea hogar y familia de Dios. A lo largo del proceso sinodal, ha
madurado una convergencia sobre el significado de la sinodalidad que subyace en este
Documento: la sinodalidad es el caminar juntos de los cristianos con Cristo y hacia el Reino de
Dios, en unión con toda la humanidad; orientada a la misión, implica reunirse en asamblea en
los diferentes niveles de la vida eclesial, la escucha recíproca, el diálogo, el discernimiento
comunitario, llegar a un consenso como expresión de la presencia de Cristo en el Espíritu, y la
toma de decisiones en una corresponsabilidad diferenciada. En esta línea entendemos mejor lo
que significa que la sinodalidad sea una dimensión constitutiva de la Iglesia (CTI, n. 1). En
términos simples y sintéticos, podemos decir que la sinodalidad es un camino de renovación
espiritual y de reforma estructural para hacer a la Iglesia más participativa y misionera, es decir,
para hacerla más capaz de caminar con cada hombre y mujer irradiando la luz de Cristo.
29. En la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y de la humanidad, vemos
resplandecer a plena luz los rasgos de una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa. Ella es,
en efecto, la figura de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide
y actúa. De ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios, la
obediencia a su Palabra, la capacidad de captar las necesidades de los pobres, la valentía de
ponerse en camino, el amor que ayuda, el canto de alabanza y la exultación en el Espíritu. Por
eso, como afirmaba san Pablo VI, “la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación
de la solicitud de María” (MC 28).
30. Más detalladamente, la sinodalidad designa tres aspectos distintos de la vida de la
Iglesia:
a) en primer lugar, se refiere al “estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia
expresando su naturaleza como el caminar juntos y el reunirse en asamblea del Pueblo de
Dios convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el
Evangelio. Debe expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar de la Iglesia.
Este modus vivendi et operandi se realiza mediante la escucha comunitaria de la Palabra
y la celebración de la Eucaristía, la fraternidad de la comunión y la corresponsabilidad y
participación de todo el Pueblo de Dios, en sus diferentes niveles y en la distinción de los
diversos ministerios y roles, en su vida y en su misión” (CTI, n. 70a).
b) en segundo lugar, “la sinodalidad designa entonces, en un sentido más específico y
determinado desde el punto de vista teológico y canónico, aquellas estructuras y procesos

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eclesiales en los que la naturaleza sinodal de la Iglesia se expresa a nivel institucional, de
modo análogo, en los diversos niveles de su realización: local, regional, universal. Tales
estructuras y procesos están al servicio del discernimiento autorizado de la Iglesia,
llamada a identificar la dirección a seguir en la escucha del Espíritu Santo” (CTI, n. 70b);
c) en tercer lugar, la sinodalidad designa “la realización puntual de aquellos eventos
sinodales en los que la Iglesia es convocada por la autoridad competente y según
procedimientos específicos determinados por la disciplina eclesiástica, implicando de
diferentes modos, a nivel local, regional y universal todo el Pueblo de Dios bajo la
presidencia de los obispos en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma,
para el discernimiento de su camino y de las cuestiones particulares, y para la toma de
decisiones y orientaciones en orden al cumplimiento de su misión evangelizadora” (CTI,
n. 70c).
31. En el contexto de la eclesiología conciliar del Pueblo de Dios, el concepto de
comunión expresa la sustancia profunda del misterio y de la misión de la Iglesia, que tiene en
la celebración de la Eucaristía su fuente y su culmen, es decir, la unión con Dios Trinidad y la
unidad entre las personas humanas que se realiza en Cristo por medio del Espíritu Santo. En
este contexto, la sinodalidad “indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et
operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en
el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus
miembros en su misión evangelizadora” (CTI, n. 6).
32. La sinodalidad no es un fin en sí misma, sino que apunta a la misión que Cristo ha
confiado a la Iglesia en el Espíritu. Evangelizar es “la misión esencial de la Iglesia [...] es la
gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad profunda” (EN 14). Estando cerca de
todos, sin diferencia de personas, predicando y enseñando, bautizando, celebrando la Eucaristía
y el sacramento de la Reconciliación, todas las Iglesias locales y la Iglesia entera responden
concretamente al mandato del Señor de anunciar el Evangelio a todas las naciones (cf. Mt
28,19-20; Mc 16,15-16). Valorando todos los carismas y ministerios, la sinodalidad permite al
Pueblo de Dios anunciar y testimoniar auténtica y eficazmente el Evangelio a las mujeres y a
los hombres de todo lugar y tiempo, haciéndose “sacramento visible” (LG 9) de la fraternidad
y unidad en Cristo querida por Dios. Sinodalidad y misión están íntimamente ligadas: la misión
ilumina la sinodalidad y la sinodalidad impulsa a la misión.
33. La autoridad de los pastores “es un don específico del Espíritu de Cristo Cabeza para
la edificación de todo el Cuerpo” (CTI, n. 67). Este don está vinculado al sacramento del Orden,
que configura a quienes lo reciben con Cristo Cabeza, Pastor y Siervo, y los pone al servicio
del Pueblo santo de Dios para salvaguardar la apostolicidad del anuncio y promover la
comunión eclesial a todos los niveles. La sinodalidad ofrece “el marco interpretativo más
adecuado para comprender el propio ministerio jerárquico” (Francisco, Discurso en
conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre
de 2015) y sitúa en la justa perspectiva el mandato que Cristo confía, en el Espíritu Santo, a los
pastores. Por ello, invita a toda la Iglesia, incluidos los que ejercen la autoridad, a la conversión
y a la reforma.

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Unidad como armonía
34. “La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones
interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la
propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con
los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental” (CV 53).
Una Iglesia sinodal se caracteriza por ser un espacio donde las relaciones pueden prosperar,
gracias al amor mutuo que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos
(cf. Jn 13,34-35). Dentro de culturas y sociedades cada vez más individualistas, la Iglesia,
“pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4), puede
dar testimonio de la fuerza de las relaciones fundadas en la Trinidad. Las diferencias de
vocación, edad, sexo, profesión, condición y pertenencia social, presentes en toda comunidad
cristiana, ofrecen a cada persona ese encuentro con la alteridad indispensable para la
maduración personal.
35. Es ante todo en el seno de la familia, que con el Concilio podría llamarse “Iglesia
doméstica” (LG 11), donde se experimenta la riqueza de las relaciones entre personas unidas
en su diversidad de carácter, sexo, edad y función. Por eso las familias son un lugar privilegiado
para aprender y experimentar las prácticas esenciales de una Iglesia sinodal. A pesar de las
fracturas y el sufrimiento que experimentan las familias, siguen siendo lugares donde
aprendemos a intercambiar el don del amor, la confianza, el perdón, la reconciliación y la
comprensión. Es en la familia donde aprendemos que tenemos la misma dignidad, que hemos
sido creados para la reciprocidad, que necesitamos ser escuchados y somos capaces de escuchar,
de discernir y decidir juntos, de aceptar y ejercer una autoridad animada por la caridad, de ser
corresponsables y rendir cuentas de nuestras acciones. “La familia humaniza a las personas
mediante la relación del 'nosotros' y, al mismo tiempo, promueve las legítimas diferencias de
cada uno” (Francisco, Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de
Ciencias Sociales, 29 de abril de 2022).
36. El proceso sinodal ha mostrado que el Espíritu Santo suscita constantemente una gran
variedad de carismas y ministerios en el Pueblo de Dios. “También en la constitución del cuerpo
de Cristo está vigente la diversidad de miembros y oficios. Uno solo es el Espíritu, que
distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de
ministerios (1 Cor 12,1-11)” (LG 7). Del mismo modo, surgió la aspiración de ampliar las
posibilidades de participación y ejercicio de la corresponsabilidad diferenciada de todos los
bautizados, hombres y mujeres. En este sentido, sin embargo, se expresó la tristeza por la falta
de participación de tantos miembros del Pueblo de Dios en este camino de renovación eclesial
y el cansancio generalizado para experimentar plenamente una sana relacionalidad entre
hombres y mujeres, entre generaciones y entre personas y grupos de diferentes identidades
culturales y condiciones sociales, especialmente los pobres y excluidos.
37. Además, el proceso sinodal ha puesto de relieve el patrimonio espiritual de las Iglesias
locales, en las cuales y a partir de las cuales existe la Iglesia católica, y la necesidad de articular
sus experiencias. En virtud de la catolicidad, “cada una de las partes colabora con sus dones
propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las
partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en
la unidad” (LG 13). El ministerio del Sucesor de Pedro “garantiza las diferencias legítimas y

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simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla” (ibid.; cf.
AG 22).
38. La Iglesia entera ha sido siempre una pluralidad de pueblos y lenguas, de Iglesias con
sus ritos, disciplinas y patrimonios teológicos y espirituales particulares, de vocaciones,
carismas y ministerios al servicio del bien común. La unidad de esta diversidad es realizada por
Cristo, piedra angular, y el Espíritu, maestro de armonía. Esta unidad en la diversidad está
designada precisamente por la catolicidad de la Iglesia. Signo de ello es la pluralidad de Iglesias
sui iuris, cuya riqueza ha puesto de relieve el proceso sinodal. La Asamblea pide que
continuemos por el camino del encuentro, de la comprensión mutua y del intercambio de dones
que alimentan la comunión de una Iglesia de Iglesias.
39. La renovación sinodal favorece la valoración de los contextos como el lugar donde se
hace presente y se realiza la llamada universal de Dios a formar parte de su Pueblo, de ese Reino
de Dios que es “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Rm 14,17). De este modo, las
diferentes culturas son capaces de acoger la unidad que subyace a su pluralidad y las abre a la
perspectiva del intercambio de dones. “La unidad de la Iglesia no es la uniformidad, sino la
integración orgánica de las legítimas diversidades” (NMI 46). La variedad de expresiones del
mensaje salvífico evita reducirlo a una comprensión única de la vida de la Iglesia y de las formas
teológicas, litúrgicas, pastorales y disciplinares en que se expresa.
40. La valoración de los contextos, culturas y diversidades, y de las relaciones entre ellos,
es clave para crecer como Iglesia sinodal misionera y caminar, bajo el impulso del Espíritu
Santo, hacia la unidad visible de los cristianos. Reafirmamos el compromiso de la Iglesia
católica de continuar e intensificar el camino ecuménico con los demás cristianos, en virtud de
nuestro Bautismo común y en respuesta a la llamada a vivir juntos la comunión y la unidad
entre los discípulos por la que Cristo oró en la Última Cena (cf. Jn 17,20-26). La Asamblea
saluda con alegría y gratitud el progreso de las relaciones ecuménicas en los últimos sesenta
años, los documentos de diálogo y las declaraciones que expresan la fe común. La participación
de los delegados fraternos enriqueció los trabajos de la Asamblea, y esperamos con interés los
próximos pasos en el camino hacia la plena comunión mediante la incorporación de los frutos
del camino ecuménico a las prácticas eclesiales.
41. En todas partes de la tierra, los cristianos conviven con personas que no están
bautizadas y sirven a Dios practicando una religión diferente. Por ellos rezamos solemnemente
en la liturgia del Viernes Santo, con ellos colaboramos y luchamos por construir un mundo
mejor, y junto con ellos imploramos al único Dios que libre al mundo de los males que lo
afligen. El diálogo, el encuentro y el intercambio de dones propios de una Iglesia sinodal están
llamados a abrirse a las relaciones con otras tradiciones religiosas, con el fin de “establecer la
amistad, la paz, la armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un
espíritu de verdad y amor” (Conferencia Episcopal Católica de la India, Respuesta de la Iglesia
en la India a los desafíos actuales, 9 de marzo de 2016, citado en FT 271). En algunas regiones,
los cristianos que se comprometen a construir relaciones fraternas con personas de otras
religiones sufren persecución. La Asamblea les anima a perseverar en sus esfuerzos con
esperanza.
42. La pluralidad de religiones y culturas, la variedad de tradiciones espirituales y
teológicas, la variedad de los dones del Espíritu y de las tareas de la comunidad, así como la

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diversidad de edad, sexo y pertenencia social dentro de la Iglesia, son una invitación a que cada
uno reconozca y asuma su propia parcialidad, renunciando a la pretensión de ser el centro y
abriéndose a acoger otras perspectivas. Cada uno es portador de una contribución peculiar e
indispensable para completar la obra común. La Iglesia sinodal puede describirse recurriendo a
la imagen de la orquesta: la variedad de instrumentos es necesaria para dar vida a la belleza y a
la armonía de la música, dentro de la cual la voz de cada uno mantiene sus propios rasgos
distintivos al servicio de la misión común. Así se manifiesta la armonía que el Espíritu obra en
la Iglesia, siendo él la armonía en persona (cf. S. Basilio, Sobre el Salmo 29.1; Sobre el Espíritu
Santo, XVI.38).

Espiritualidad sinodal
43. La sinodalidad es ante todo una disposición espiritual que impregna la vida cotidiana
de los bautizados y todos los aspectos de la misión de la Iglesia. Una espiritualidad sinodal
brota de la acción del Espíritu Santo y requiere escucha de la Palabra de Dios, la contemplación,
el silencio y la conversión del corazón. Como afirmó el Papa Francisco en el discurso de
apertura de esta Segunda Sesión, “el Espíritu Santo es un guía seguro, y nuestra primera tarea
es aprender a discernir su voz, porque Él habla en todos y en todas las cosas” (Intervención en
la Primera Congregación General de la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos, 2 de octubre de 2024). Una espiritualidad sinodal exige también
ascesis, humildad, paciencia y disponibilidad para perdonar y ser perdonado. Acoge con
gratitud y humildad la variedad de dones y tareas distribuidos por el Espíritu Santo para el
servicio del único Señor (cf. 1 Cor 12,4-5). Lo hace sin ambiciones ni envidias, ni deseos de
dominio o control, cultivando los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que “se despojó de sí
mismo asumiendo la condición de siervo” (Flp 2,7). Reconocemos el fruto cuando la vida
cotidiana de la Iglesia está marcada por la unidad y la armonía en la pluriformidad. Nadie puede
proceder solo en un camino de auténtica espiritualidad. Tenemos necesidad de apoyo,
incluyendo la formación y el acompañamiento espiritual, como individuos y como comunidad.
44. La renovación de la comunidad cristiana sólo es posible reconociendo la primacía de
la gracia. Si falta la profundidad espiritual personal y comunitaria, la sinodalidad se reduce a
un expediente organizativo. Estamos llamados no sólo a traducir los frutos de la experiencia
espiritual personal en procesos comunitarios, sino a tener la experiencia de, cómo la práctica
del mandamiento nuevo del amor recíproco es lugar y forma del encuentro con Dios. En este
sentido, la perspectiva sinodal, a la vez que se inspira en el rico patrimonio espiritual de la
Tradición, contribuye a renovar las formas: una oración abierta a la participación, un
discernimiento vivido juntos, una energía misionera que nace del compartir y se irradia como
servicio.
45. La conversación en el Espíritu es una herramienta que, aun con sus limitaciones,
resulta fructífera para permitir la escucha y el discernimiento de “lo que el Espíritu dice a las
Iglesias” (Ap 2,7). Su práctica ha provocado alegría, asombro y gratitud y se ha experimentado
como un camino de renovación que transforma a las personas, a los grupos y a la Iglesia. La
palabra “conversación” expresa algo más que un mero diálogo: entrelaza armoniosamente
pensamiento y sentimiento y genera un mundo de vida compartido. Por eso puede decirse que
en la conversación está en juego la conversión. Es un dato antropológico que se encuentra en
pueblos y culturas diferentes, unidos por la práctica de reunirse solidariamente para tratar y
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decidir sobre cuestiones vitales para la comunidad. La gracia lleva a término esta experiencia
humana: conversar “en el Espíritu” significa vivir la experiencia de compartir a la luz de la fe
y en la búsqueda del querer de Dios, en un clima evangélico en el que el Espíritu Santo puede
hacer oír Su voz inconfundible.
46. En todas las etapas del proceso sinodal, resonó la necesidad de sanación,
reconciliación y reconstrucción de la confianza dentro de la Iglesia, en particular tras
demasiados escándalos de abusos, y dentro de la sociedad. La Iglesia está llamada a poner en
el centro de su vida y de su acción el hecho de que, en Cristo, por el Bautismo, estamos
confiados los unos a los otros. Reconocer esta realidad profunda se convierte en un deber
sagrado que nos permite reconocer los errores y reconstruir la confianza. Recorrer este camino
es un acto de justicia, un compromiso misionero del Pueblo de Dios en nuestro mundo y un don
que debemos invocar desde lo alto. El deseo de seguir recorriendo este camino es el fruto de la
renovación sinodal.

La sinodalidad como profecía social


47. Practicado con humildad, el estilo sinodal puede hacer de la Iglesia una voz profética
en el mundo de hoy. “La Iglesia sinodal es como un estandarte alzado entre las naciones (cf. Is
11,12)” (Francisco, Discurso para la conmemoración del 50 aniversario de la constitución del
Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015). Vivimos en una época marcada por el aumento
de las desigualdades, la creciente desilusión con los modelos tradicionales de gobierno, el
desencanto con el funcionamiento de la democracia, las crecientes tendencias autocráticas y
dictatoriales, el dominio del modelo de mercado sin tener en cuenta la vulnerabilidad de las
personas y la creación, y la tentación de resolver los conflictos por la fuerza en lugar del diálogo.
Las prácticas auténticas de sinodalidad permiten a los cristianos desarrollar una cultura capaz
de profetizar críticamente frente al pensamiento dominante y ofrecer así una contribución
distintiva a la búsqueda de respuestas a muchos de los retos a los que se enfrentan las sociedades
contemporáneas y a la construcción del bien común.
48. El modo sinodal de vivir las relaciones es una forma de testimonio con relación a la
sociedad. Además, responde a la necesidad humana de ser acogido y sentirse reconocido dentro
de una comunidad concreta. Es un desafío al creciente aislamiento de las personas y al
individualismo cultural, que incluso la Iglesia ha absorbido con frecuencia, y nos llama al
cuidado recíproco, a la interdependencia y a la corresponsabilidad por el bien común.
Asimismo, desafía un exagerado comunitarismo social que asfixia a las personas y no les
permite ser sujetos de su propio desarrollo. La disponibilidad de escuchar a todos,
especialmente a los pobres, contrasta con un mundo en el que la concentración de poder deja
fuera a los pobres, a los marginados, a las minorías y a la tierra, nuestra casa común. Tanto la
sinodalidad como la ecología integral asumen la perspectiva de las relaciones e insisten en la
necesidad de cuidar los vínculos: por eso se corresponden y se integran en el modo de vivir la
misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

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