Tesis1062 160718
Tesis1062 160718
TESIS DOCTORAL:
ORDENANZAS MUNICIPALES Y
SANCIONES: RESERVA DE LEY Y
REPRESENTACIÓN POLÍTICA
Dirigida por:
Prof. Dr. D. Javier García Roca
Prof. Dr. D. Alfredo Allué Buiza
ÍNDICE
Página
Abreviaturas empleadas………………………………………………………. 6
1
3.2.2. La eficacia proyectiva o mediata del valor superior
“pluralismo político”……………………………………………….. 74
2
2.6. La prohibición de aplicación directa de la ley básica de
régimen local…………………………………………………………….. 177
3
urgentes……………………………………………………………. 239
4
2.4.3. La responsabilidad de los menores……………………… 308
CONCLUSIONES..……………………………………………………………. 310
5
ABREVIATURAS EMPLEADAS
6
LOREG Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral
General
LrBRL Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases de Régimen
Local
OCDE Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos
RAP Revista de Administración Pública
RarAP Revista Aragonesa de Administración Pública
RBEL Real Decreto 1732/1986, de 13 de junio, Reglamento de Bienes
de las Entidades Locales
RDUMA Revista de Derecho Urbanístico y del Medio Ambiente
REAL Revista de Estudios de Administración Local
REALA Revista de Estudios de la Administración Local y Autonómica
REDA Revista Española de Derecho Administrativo
REDC Revista Española de Derecho Constitucional
REP Revista de Estudios Políticos
RGDC Revista General de Derecho Constitucional
ROF Real Decreto 2568/1986, de 28 de noviembre, Reglamento de
Organización, Funcionamiento y Régimen Jurídico de las
Entidades Locales
STC Sentencia del Tribunal Constitucional
STEDH Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos
STS Sentencia del Tribunal Supremo
STSJ Sentencia de Tribunal Superior de Justicia
TUEL Testo Unico degli Enti Locali, aprobado por Decreto Legislativo n.
267/2000, de 18 de agosto
TRRL Real Decreto Legislativo 781/1986, de 28 de noviembre, Texto
Refundido de las disposiciones vigentes en materia de régimen
local
7
CAPÍTULO PRIMERO
INTRODUCCIÓN
1
Vid. Nieto, Alejandro, Derecho Administrativo sancionador, 4ª ed., Tecnos, Madrid, 2005, pp.
320-321. No obstante, poco tiempo después de aprobarse la ley básica local, con relación al
art. 4.1.f) de la LrBRL, Fanlo Loras ya puso de relieve que el reconocimiento de esa potestad
no significaba una habilitación genérica y por si misma suficiente que tuviese virtualidad en
cualquier supuesto, siendo necesaria una habilitación legal específica en la legislación sectorial
estatal o autonómica, vid. “Las prerrogativas locales”, en Santiago Muñoz Machado (Dir.),
Tratado de Derecho Municipal, Madrid, Civitas, 1988, p. 520. Tema recurrente en la
jurisprudencia sobre la materia, como se tendrá ocasión de comprobar más adelante.
2
Así, Velasco Múrias, Luis Fernando, “La potestad sancionadora de la Administración Local”,
VVAA, Ponències del Seminari de Dret Local. Cinquena edició del Seminari (Curs 92-93),
Ajuntament de Barcelona, Barcelona, 1994, pp. 314-315.
8
bienintencionada declaración, lo cierto es que la misma mereció el reproche de
la doctrina por desconocer, lisa y llanamente, la numerosa doctrina
constitucional sobre la potestad sancionadora de la Administración Pública que
se había ido elaborando desde 19813.
De este modo, los hechos pusieron de relieve que la realidad era algo
más compleja y que los citados preceptos de la ley básica local y del texto
refundido de régimen local no eran fundamento legal suficiente para justificar la
tipificación de infracciones y sanciones por ordenanza municipal, puesto que de
los mismos no se extrae ningún criterio material que oriente la tipificación de
ilícitos administrativos y no se gradúan las sanciones en función de la
antijuridicidad de las mismas. De manera que la potestad sancionadora local
afrontó, en situación de notable desventaja, los embates derivados de una
concepción hipergarantista de la reserva de ley derivada de la doctrina del
Tribunal Constitucional y de la regulación de la Ley 30/1992, de Régimen
Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo
Común, que ignoraba por completo la existencia de ordenanzas que tipifican
infracciones y establecen las correspondientes sanciones4.
3
La afirmación de la Exposición de Motivos aludida en el texto fue calificada como
“despropósito” por Leopoldo Tolivar Alas en su trabajo, “Las sanciones administrativas y la
despenalización de faltas contra el régimen de poblaciones”, REALA, n. 242, 1989, p. 271 y ss.
4
En este sentido, Baena del Alcázar, Mariano, La potestad sancionadora de los entes locales,
IVAP/Fundación Democracia y Gobierno Local, Oñati, 2011, p. 68 y ss. Desde otro
planteamiento, a efectos de “no sobrevalorar ni ampliar el supuesto problema”, se ha señalado
que, en realidad, de lo que se trataba era que las ordenanzas municipales no podían tipificar
infracciones ni sanciones, así, Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel; Alarcón
Sotomayor, Lucía, “Título XI. Tipificación de las infracciones y sanciones por las Entidades
Locales en determinadas materias”, en Manuel Rebollo Puig (Dir.) y Manuel Izquierdo Carrasco
(Coord.), Comentarios a la Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local, Tomo IV, tirant lo
blanch, Valencia, 2006, pp 3686-3689.
5
Por ello no han faltado las propuestas de constitutione ferenda encaminadas a reformar el art.
25.1 CE con el fin de incluir una referencia a las normas locales en la noción de “legislación”,
vid. Sánchez Goyanes, Enrique, La potestad normativa del municipio español (ordenanzas,
reglamentos, planes urbanísticos, bandos), El Consultor, Madrid, 2000, pp. 277 y ss. A nuestro
9
el reconocimiento expreso del principio de tipicidad de las sanciones
administrativas, como, sobre todo, a partir de la entrada en vigor de la Ley
30/1992, de 26 de noviembre, en cuanto que esta norma establece una
regulación positiva del ejercicio de la potestad sancionadora por parte de las
Administraciones Públicas de acuerdo con los principios de legalidad,
retroactividad, tipicidad, responsabilidad, proporcionalidad, prescripción y
concurrencia de sanciones. De todos ellos, el que mayores problemas ha
planteado en el ámbito local es el de tipicidad6, porque interpretado literalmente
no se cumple en la esfera de la Administración Local. Ello es así porque de
modo habitual y constante, sin perjuicio, claro es, de su regulación detallada en
la legislación sectorial estatal o autonómica, la determinación de las
infracciones y la graduación de sanciones aparece contenida, como regla
general, en ordenanzas que carecen del rango de ley exigido por la Ley de
Procedimiento Administrativo para la determinación de las infracciones y la
delimitación de las correspondientes sanciones. En otras palabras, el art. 129.1
de la Ley de 26 de noviembre de 1992, precepto básico de aplicación a todas
las Administraciones Públicas hasta su modificación por la Ley 57/2003, de 16
de diciembre, de medidas para la modernización del gobierno local, al
proclamar que sólo constituyen infracciones administrativas las vulneraciones
del ordenamiento jurídico previstas como tales infracciones por una Ley,
excluye la posibilidad de la existencia de infracciones y sanciones
administrativas establecidas en ordenanzas locales sin que una Ley previa las
haya determinado.
modo de ver, quizás no haga falta llegar a una operación tan compleja y de hondo calado,
pudiendo resolverse esta cuestión a través de una interpretación constitucionalmente
adecuada.
6
Como señaló en fecha temprana Sanz Rubiales, no es tanto la configuración del principio de
legalidad sancionadora sino la del principio de tipicidad la que ha provocado las discrepancias
doctrinales sobre la admisión de su aplicación a las entidades locales, en “Principio de
legalidad y potestad sancionadora en la Administración Local”, REALA, n. 264, 1994, p. 672.
10
lógica de la subsidiariedad7, provoca que se generen expectativas de actuación
municipal que exceden de los márgenes competenciales que tienen legalmente
atribuidos. De ahí que, en no pocas ocasiones, las materias acotadas por
límites competenciales predeterminados por las leyes se vean desbordadas por
la realidad, traduciéndose en la existencia de una permanente tensión que
alcanza dos manifestaciones: de una parte, entre la atribución competencial y
las demandas y necesidades reales de los ciudadanos y, de otra, entre esta
misma ciudadanía y las instancias locales que se ven, no sin cierto carácter
conminatorio, obligadas a satisfacer demandas respecto de las cuales no
tienen atribuciones competenciales claras y precisas ex lege. Con el añadido
en este último caso que en los sistemas democráticos la reducción de
eventuales prestaciones de índole social implica, lisa y llanamente, la
imposibilidad para el proponente de continuar en el poder8.
Aunque suene a tópico ajado por el uso, no deja de ser cierto que
diariamente los ciudadanos se dirigen a su respectivo Ayuntamiento en busca
de solución a problemas de naturaleza diferente que les depara la vida
cotidiana. Los ejemplos son variados, por lo que nos ceñiremos a enunciar
sucintamente dos. El primero de ellos es el derecho al ocio de los vecinos que
7
Entre la abundante bibliografía sobre el principio de subsidiariedad y el gobierno local pueden
verse los trabajos de Luciano Parejo Alfonso, “El principio de subsidiariedad en la
jurisprudencia comunitario-europea” y de Juan Martín Queralt, “El papel del Gobierno Local en
el marco del Estado descentralizado. La aplicación efectiva del principio de subsidiariedad”,
incluidos en el volumen colectivo Informe Pi i Sunyer sobre el desarrollo autonómico y la
incorporación de los principios de la Unión Europea, Fundació Carles Pi i Sunyer d’estudis
autonómics i locals, Barcelona, 2003, pp. 33-46 y 107-134, respectivamente.
8
Así, Linde Paniagua, Enrique, “Presupuestos constitucionales de la intervención de la
Administración en la sociedad”, en el volumen por él coordinado, Parte Especial del Derecho
Administrativo, Colex, Madrid, 2007, p. 119.
11
se ve directamente afectado por las inmisiones acústicas. Como es notorio, el
ejercicio de este derecho presenta un doble contenido: de una parte, posee una
dimensión estática9 que, en último extremo, se conecta con el libre desarrollo
de la personalidad y el derecho a la intimidad personal y familiar10. Mientras
que, de otra parte, el derecho al ocio presenta una dimensión dinámica,
respecto de la que los poderes públicos tienen el deber de facilitar su adecuada
utilización (art. 43.3. CE) y que, precisamente, entra en colisión con su aspecto
estático cuando en los espacios abiertos y zonas residenciales de las ciudades
de toda la geografía española se concentran grupos de jóvenes para consumir
bebidas alcohólicas, charlar en animada conversación y disfrutar del solaz del
fin de semana. Actividad que, en definitiva, representa la dimensión dinámica
del derecho al ocio de un amplio sector de la sociedad que entra en conflicto
con el aspecto estático del derecho al ocio de los vecinos de las zonas
afectadas. Hasta la entrada en vigor de la Ley 37/2003, de 17 de noviembre,
del Ruido, a salvo de las previsiones que sobre la materia habían dictado
algunas Comunidades Autónomas, cuando los vecinos acudían a sus
respectivos Ayuntamientos en busca de soluciones –normalmente la
prohibición de tales concentraciones o, al menos, su restricción horaria- la
respuesta que recibían era la mera inactividad municipal fundada en la
apelación al principio de legalidad y la imposibilidad práctica de tipificar
infracciones y determinar sanciones ante la ausencia de una previa norma legal
habilitante11.
9
Con ironía se ha dicho que el ocio consiste en “la actividad de sentarse, fumar o tejer, soñar
despierto por casa ocupado en fruslerías, no hacer nada en concreto y, sobre todo dormir”,
Allué Buiza, Alfredo, “El derecho al ocio y el artículo 24 de la Declaración Universal de
Derechos Humanos”, en [Link], La Declaración Universal de Derechos Humanos en su 50
aniversario, Bosch, Barcelona, 1999, p. 237.
10
Derechos objeto de especial protección tanto en nuestra Constitución –art. 18.1-, como en el
el Convenio Europeo de Derechos Humanos –art.8.1-.
11
Con relación a la situación anterior a la Ley del Ruido de 2003, véase Guillén López, Enrique;
Martín Morales, Ricardo; Requeno López, Tomás, El Régimen Constitucional de «La Movida»,
Grupo Editorial Universitario, Granada, 2001, 218 pp.
12
Entre otros, Bello Paredes, Santiago, “La reserva de ley en el ámbito sancionador local,
¿estamos ante el comienzo del fin de una larga disputa?” REAL, n. 286-287, 2001, pp. 281-
303; Lasagabaster Herrarte, Iñaki, “La potestad reglamentaria, en especial la local, y la reserva
del art. 25 CE en materia sancionadora (Nota a la STC 132/2001, de 8 de junio), RVAP, n. 62,
12
Madrid, resolvió un recurso de amparo planteado contra una Sentencia del
Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n. 6 de Madrid que confirmaba un
Decreto del Ayuntamiento de Madrid, por el que se imponía al demandante de
amparo la sanción de suspensión temporal por tres meses de la licencia de
auto-taxi de la que era titular. El origen de la sanción municipal radicaba en que
el titular de la licencia había sido descubierto, en un control rutinario de la
Policía Local en el Aeropuerto de Barajas, en posesión de un talonario de
cincuenta recibos no oficiales en el interior de su vehículo mientras prestaba
servicio ordinario. Esta fue la primera ocasión en la que el Tribunal
Constitucional entraba a conocer de un recurso de amparo que versaba sobre
un aspecto medular de la actuación de los municipios españoles: la imposición
de una sanción tipificada como infracción en una ordenanza municipal. La
argumentación del Alto Tribunal es conocida, y a ella nos referiremos más
adelante, por lo que basta señalar ahora que al no existir una norma de rango
legal que proporcionase suficiente cobertura legal a la regulación en la
ordenanza de la infracción y de las sanciones correspondientes, durante esa
«vacación legislativa» proliferaron la anulación de sanciones municipales a los
taxistas madrileños por violación del art. 25.1 CE13.
2002, pp. 275-291; y Orduña Prada, Enrique, “Ordenanza local y potestad sancionadora: la
sorprendente concisión de la STC 132/2001, de 8 de junio”, REAL, n. 286-287, 2001, pp. 363-
384.
13
A pesar de que el magistrado Garrido Falla, en el voto particular discrepante que emitió a ese
fallo, se consolaba con el hecho de que durante la «vacación legislativa» los posibles
infractores no sabían que todo les estaba permitido, lo cierto es que el TC y el TS anularon
desde esa fecha un número importante de sanciones municipales impuestas a taxistas
madrileños por violación del art. 25.1 CE. Vid., las SSTC 161/2003, de 15 de septiembre,
193/2003, de 27 de octubre y 232/2006, de 17 de julio; y las SSTS de 6 de junio de 2003, Ar.
6857 (Baena del Alcázar), de 9 de junio de 2003, Ar. 5422 (Fernández Montalvo), de 10 de
junio de 2003, Ar. 5628 y 5629 (Martí García) y 5655 (Xiol Ríos) y de 27 de enero de 2004, Ar.
248 (Martí García). En igual sentido y sobre la misma actividad, la STSJ de Madrid de 13 de
julio de 2004, RJCA 2004/998 (López de Hontanar).
13
con carácter general de la suficiente cobertura legal a la regulación de
infracciones y sanciones previstas en ordenanzas. Para ello, la ley básica de
régimen local acude a la determinación material de los criterios mínimos de
antijuridicidad, categoría formulada por el Tribunal Constitucional en su fallo de
8 de junio de 2001, como elementos mínimos que, al menos, han de
contenerse en una Ley para satisfacer el principio de reserva legal en cuanto a
la potestad sancionadora local. De este modo, como ha señalado Baena del
Alcázar, el legislador aceptó la propuesta de un sector doctrinal que planteaba
la elaboración de una ley específica sobre la potestad sancionadora en la parte
no cubierta de las ordenanzas municipales por leyes sectoriales14.
14
Vid. Baena del Alcázar, Mariano, La potestad sancionadora de los entes locales, op. cit., p.
84 con cita del profesor García de Enterría. En parecidos términos, con anterioridad, debe
verse también la propuesta coincidente de Domínguez Vila, Antonio, Constitución y Derecho
Sancionador Administrativo, Marcial Pons, Madrid, 1997, pp. 278-287 y, en particular, pp. 286-
287.
15
En este sentido pueden verse los trabajos de Arnaldo Alcubilla, Enrique, “Autonomía y
modernización del Gobierno local”, La Ley, n. 5908, pp. 4-5; Ballesteros, Ángel, “Comentarios
al Proyecto de Ley de Medidas para la Modernización del Gobierno Local”, en Modernización
del Gobierno Local (Comentarios a la Ley 57/2003, de 16 de diciembre), El Consultor, Madrid,
2004, p. 342; y Domingo Zaballos, Manuel J., “Consideraciones sobre la Ley 57/2003, de 16 de
diciembre, de Medidas para la Modernización del Gobierno Local”, Actualidad Jurídica
Aranzadi, n. 610, 2004, p. 2.
16
Por la autoridad de la que procede, refleja bien esta afirmación las siguientes palabras de
Alejandro Nieto: «[…] se ha sanado a los ayuntamientos de la esquizofrenia en que vivían
puesto que se veían forzados a simultanear un ejercicio muy activo de sus facultades
sancionadoras pero bajo una constante amenaza de anulación de las sanciones que imponían
cuando el infractor, sin molestarse en negar los hechos, invocaba ante los tribunales la
violación de la reserva legal. La liberación de tal amenaza no impide desconocer que el futuro
no ha de ser, al menos al principio, nada pacífico debido en gran parte a la pésima redacción
del texto», en, Derecho Administrativo Sancionador, 4ª ed., op. cit. p. 344.
14
de esta afirmación se vislumbra un horizonte inmediato en el que no
escasearán una amplia gama de problemas vinculados con la relación entre la
legislación sectorial y la norma básica local que, en un sentido contrario al
pretendido por la Ley de Medidas para la Modernización del Gobierno Local,
mucho nos tememos que tendrá como consecuencia la futura práctica
aplicación meramente residual del nuevo Título XI de la Ley básica local, tal y
como se tratará de razonar más adelante.
17
Como ha puesto de relieve Bueno Armijo, la cobertura legal de la Ley 57/2003, de 16 de
diciembre, está sujeta a dos límites de los que se ocupó la temprana Sentencia de la Audiencia
Nacional de 25 de abril de 2004 –Ar. 1076-. Por una parte, la cobertura legal no se extiende a
las ordenanzas dictadas con anterioridad a la entrada en vigor de la citada ley 57/2003; y, por
otra parte, no puede entenderse como una habilitación genérica y suficiente para cubrir las
exigencias derivadas del principio de legalidad en todos los casos, vid. “Capítulo IV. El principio
de legalidad sancionadora (I): la reserva de ley”, en Manuel Rebollo Puig et alii, Derecho
Administrativo Sancionador, Lex Nova, Valladolid, 2010, pp. 149-150.
15
cobertura legal suficiente a la tipificación de ordenanzas municipales a pesar de
que no existe legislación sectorial al respecto.18
18
Orduña Prada, Enrique, “Potestad normativa y potestad sancionadora. La tipificación de
infracciones y sanciones en las normas locales”, en Valentín Merino Estrada (coord.), La
potestad normativa local: autoorganización, servicios públicos, tributos, sanciones y relaciones
sociales, CEMCI, Granada, 2008, pp. 206-208.
19
Con relación al primero de los artículos anulados vid. las SSTSJ de Madrid de 9 de febrero
de 2005, RJCA 2005/144, F.D. 7 (Canabal Conejos), de 10 de febrero de 2005, RJCA
2005/212, F.D. 7 (López Candela), de 15 de febrero de 2005, JUR 2005/93980, F.D. 7
(Canabal Conejos), de 5 de abril de 2005, RJCA 2005/240, F.D. 7 (López de Hontanar
Sánchez), de 5 de mayo de 2005, JUR 2005/163819, F.D. 7 (López de Hontanar Sánchez), de
5 de mayo de 2005, JUR 2005/157083, F.D. 7 (Rodríguez Martí) y de 6 de mayo de 2005,
RJCA 2005/329, F.D.7 (Canabal Conejos). En cuanto al segundo de los preceptos, véanse las
SSTSJ de Madrid de 21 de junio de 2005, de 13 de octubre de 2005, RJCA 2006/299, F.D. 7
(Canabal Conejos) y de 16 de marzo de 2006, JUR 2007/168896, F.D. 7 (González de Lara
Mingo).
16
200720, que anula los preceptos de una Ordenanza reguladora de la aplicación
de estiércol, purines y fangos de depuración, aprobada después de la entrada
en vigor de la Ley 57/2003, de 16 de diciembre, que definen las conductas que
constituyen infracciones y la clasificación en muy graves, graves y leves, así
como la clasificación de las sanciones, al carecer de cobertura legal, tanto en la
legislación sectorial aplicable, como en el reiterado Título XI de la ley básica de
régimen local.
Pero hay más, si hasta ahora nos hemos referido a una realidad
desconcertante desde la perspectiva del alcance del poder de ordenanza
municipal sancionador, no podemos obviar una circunstancia relevante que se
infiere, asimismo, de la realidad. En las últimas décadas, derivada de la
concepción unitaria del ius puniendi del Estado, por los poderes públicos –y no
cabe duda que los Ayuntamientos lo son- se ha extendido la creencia de que al
ampliar las conductas infractoras y la determinación de las correspondientes
sanciones estas medidas acrecientan la eficacia de la acción administrativa y
su poder intimidatorio21. Los ejemplos son variados: escupir y tirar chicles en la
vía pública, sentarse de manera incorrecta en bancos públicos, etc. Se trata de
ejemplos extremos e “imaginativos” de tipificación de infracciones
administrativas, pero sirven para poner de relieve que una hiperinflación
normativa de tipos de ilícito administrativo no es la solución más adecuada para
una mayor eficacia administrativa. En otras palabras, una política represiva
administrativa eficaz no se alcanza con la panacea de la extensión de tipos de
ilícito22.
20
STSJ de Cataluña, de 20 de julio de 2007, JUR 2007/336396, F.D. 6 (Martín Coscolla). En
sentido similar, STSJ de Andalucía, de 31 de marzo de 2008, JUR2008/582, F.D. 11 (Martín
Morales).
21
Sobre ello, en extenso, véanse los trabajos de Beltrán de Felipe, Miguel, “Realidad y
constitucionalidad en el Derecho Administrativo Sancionador” publicados en la Revista Jurídica
de Castilla-La Mancha, la primera parte en el n. 39, diciembre 2005, pp. 57-105 y, la segunda,
en el n. 40, mayo 2006, pp. 9-71.
22
En este aspecto, por todos, Nieto, Alejandro, Derecho Administrativo Sancionador, 3ª ed.,
2002, pp. 29 y ss. [4ª ed., 2005, pp. 32 y ss.]; y Beltrán de Felipe, Miguel, “Realidad y
constitucionalidad en el Derecho Administrativo Sancionador (I)”, op. cit., pp. 60 y ss.
17
2. Aproximación metodológica y concreción del objeto de estudio
18
evidente utilidad en la construcción constitucional del gobierno local, como se
tratará de argumentar en su momento.
23
Cfr. Velasco Caballero, Francisco, Derecho local. sistema de fuentes, op. cit., p. 269.
19
como veremos, dificultan una correcta interpretación de las prescripciones
contempladas en los arts. 139 a 141 LrBRL.
20
Como puede apreciarse, el objeto de estudio descrito conduce
inmediatamente a las nociones de reserva de ley y principio de legalidad,
principios distintos aunque estrechamente relacionados entre sí24. Si bien no
existe dificultad alguna en afirmar que la reserva de ley implica que
determinadas materias únicamente pueden regularse mediante ese tipo
específico de norma25, no es claro el alcance que deba tener esa reserva.
Como es notorio, no existe una coincidencia doctrinal sobre la extensión de la
reserva de ley, pudiendo acantonarse las concepciones sobre la misma en dos
perspectivas frontalmente opuestas: de una parte, la que defiende una reserva
general de ley26, vinculada a la propiedad y a la libertad de los ciudadanos, que
implica la imposibilidad de dictar reglamentos independientes más allá de los
referidos a los ámbitos de la propia organización y de las relaciones de sujeción
especial y, de otra parte, la concepción que postula la existencia, no de una
reserva general sino, por el contrario, de concretas y específicas reservas a la
ley derivadas directamente de la Constitución27, que, a nuestro modo de ver,
parece la tesis constitucionalmente adecuada.
24
Específicamente para la reserva de ley en materia sancionadora, Rebollo Puig, Manuel,
“Artículo 129. Principio de tipicidad”, en Miguel Sánchez Morón y Nicolás Maurandi Guillén
(dirs.), Comentarios a la Ley 30/1992, Lex Nova/Thomson Reuters, Valladolid, 2013, págs. 775-
781; y González Tobarra, Pedro y Jiménez Corbajo, José Ramón, “El principio de legalidad: los
principios de reserva de ley, irretroactividad y tipicidad”, en Joaquín de Fuentes-Bardají (dir.),
Manual de Derecho Administrativo Sancionador, I, 2ª ed., Ministerio de
Justicia/Aranzadi/Thomson Reuters, Navarra, 2009, pp. 105-108.
25
Vid., por todos, Garrorena Morales, Ángel, El lugar de la Ley en la Constitución Española,
CEC, Madrid, 1990, 143 pp.
26
Vid. García de Enterría, Eduardo y Fernández Rodríguez, Tomás Ramón, Curso de Derecho
Administrativo, I, 13ª ed., Thomson/Civitas, Madrid, 2006, pp. 240-251.
27
Vid. de Otto, Ignacio, Derecho Constitucional. Sistema de fuentes, Ariel, Barcelona, 1995, pp.
155-157.
28
Vid. de Otto, Ignacio, Derecho Constitucional…, op. cit., pp. 157-160. y los conocidos reparos
a esta concepción que formuló en su momento Francisco Rubio Llorente en “El principio de
legalidad”, REDC, n. 39, 1993, pp. 12 y ss.
21
indica a todos los poderes públicos que su actividad tiene que ajustarse a tal
clase de normas.
29
Para el ámbito local, resulta indispensable Velasco Caballero, Francisco, Derecho local.
Sistema de fuentes, Marcial Pons, Madrid, 2009, pp. 253-280.
22
Finalmente, resta por señalar que al margen del posible cuestionamiento
de la existencia de una dogmática jurídico-pública unitaria y su eventual
sustitución por una serie de “dogmáticas específicas” relativas, singularmente,
a cada uno de los sectores de actuación de los poderes públicos30, aún puede
sostenerse que mantiene su vigencia la canónica concepción que considera al
Derecho Público como un Derecho integrador del constitucional y del
administrativo, en cuanto elementos indisociables del mismo Derecho del
Estado31. Partiendo de esta premisa, no cabe duda que los aspectos
abordados en este trabajo –principio democrático, pluralismo político, principio
de legalidad, autonomía local, etc.- encuentran una ubicación natural en el
seno del Derecho Público.
30
Sobre las diferentes tendencias, en fecha reciente, véase Carro Fernández-Valmayor, José
Luis, “Reflexiones sobre las transformaciones actuales del Derecho Público, en especial del
Derecho administrativo”, RAP, n. 193, 2014, pp. 15-24.
31
Cfr. García de Enterría, Eduardo y Fernández Rodríguez, Tomás Ramón, Curso de Derecho
Administrativo, I, op. cit., p. 45.
32
El profesor Aragón Reyes, tras analizar con detalle la polémica sobre la contraposición entre
la Constitución como norma abierta –democracia procedimental- y la Constitución como
sistema de valores –democracia material-, concluye llamando la atención sobre la imposibilidad
de negar por entero ambas teorías, al basarse las dos en el mismo fundamento: el objeto de la
Constitución es la garantía de la libertad; de modo que el debate sobre los valores
constitucionales tendrá lugar en el ámbito de la interpretación constitucional, no pudiendo
trasladarse al concepto de Constitución, en Constitución y control del poder. Introducción a una
teoría constitucional del control, Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1995, pp. 42-60.
23
democracia mediante el reconocimiento expreso de normas materiales como,
por ejemplo, las que consagran derechos fundamentales como es el caso,
específicamente en lo que ahora interesa, del relativo a la participación directa
e indirecta en los asuntos públicos –art. 23 CE-. En definitiva, la dimensión del
principio democrático a la que se va aludir aquí es la que lo concibe como
principio fundamental que se proyecta sobre el poder constituido, esto es,
sobre el Estado como organización del poder político33.
33
Vid. Aragón Reyes, Manuel, “Artículo 1”, en Casas Baamonde, María Emilia y Rodríguez-
Piñero y Bravo-Ferrer, Miguel, Comentarios a la Constitución Española. XX Aniversario,
Fundación Wolters Kluwer, Madrd, 2009, p. 27.
34
Sobre el sistema de elección de los cargos representativos locales desde el
constitucionalismo doceañista hasta los albores del régimen constitucional de 1978, por todos,
Belda Pérez-Pedrero, Enrique, Los representantes locales en España, CEPC, Madrid, 2000,
pp. 27-65.
35
Con relación a esta prohibición y su configuración como presupuesto de la disolución de los
órganos de gobierno de las corporaciones locales en la legislación histórica de Derecho Local,
vid. Calonge Velázquez, Antonio y Orduña Prada, Enrique, La disolución de los Ayuntamientos,
tirant lo blanch, Valencia, 2013, pp. 43-45, 51, 55-56, 61-63 y 73-75.
24
como ha indicado Gallego Anabitarte, a “una decisión política, lúcida,
consciente y querida del partido moderado” dirigida contra el proceso
democrático iniciado en las Cortes de Cádiz36.
La lectura conjunta y sistemática de los arts. 1.1, 23, 137, 140 y 141 de
la Constitución orientan esa función transformadora de la organización local
desde el momento en que la democracia se concibe como una forma de
organización de los poderes públicos dirigida a alcanzar, ejercer y legitimar el
poder político desde la voluntad del pueblo. De modo que, si se asume esta
perspectiva, puede sostenerse inicialmente que el principio democrático
transforma la naturaleza de la autonomía local37 o, como recoge con nitidez la
Exposición de Motivos de la Ley reguladora de las Bases de Régimen Local, la
autonomía local ha de situarse a la luz de ese principio y en la perspectiva de
los principios nucleares que la Constitución contiene para la total estructuración
del Estado38.
36
Cfr. Gallego Anabitarte, Alfredo, “Notas histórico-jurídicas sobre régimen local español
(intento de revisión)”, Actas del II Symposium. Historia de la Administración, IEA, Madrid, 1971,
p. 539 (cursiva en el original).
37
Vid. García Roca, Javier, “El concepto actual de autonomía local según el bloque de la
constitucionalidad”, en Luis López Guerra (Coord.), Estudios de Derecho Constitucional.
Homenaje al Profesor Dr. D. Joaquín García Morillo, tirant lo blanch, Valencia, 2001, p. 669;
recogido también en el n. 282 de la REALA (2000).
38
El párrafo completo en el que se encuentra la aseveración vertida en el texto afirma que:
«[…] el sentido de la autonomía local no puede prescindir de esa referencia fundamentadora de
nuestro orden constitucional en que España, designándose así misma como sujeto real y
protagonista de su historia, se constituye en Estado social y democrático de derecho;
anticipando así la formalización de ese dato en la fórmula concisa de residenciar toda
soberanía en el pueblo español. La autonomía local ha de situarse, pues, a la luz de ese
principio y en la perspectiva de los principios nucleares que la Constitución contiene para la
total estructuración del Estado». De modo que para el legislador de 1985 la autonomía local
debe interpretarse de acuerdo con el principio democrático y en la perspectiva de las notas
definitorias de Estado Social y de Derecho que se concretan en el art. 1.1 CE.
39
Vid. Aguiar de Luque, Luis, “Comunicación”, en Joaquín García Morillo, La configuración
constitucional de la autonomía local, Marcial Pons, Madrid, 1998, pp. 100-101. No obstante no
compartimos la consecuencia que este autor (siguiendo a Luciano Parejo en La garantía
institucional de la autonomía local, IEAL, Madrid, 1981, pp.148-151) deduce del binomio
principio democrático-entidades locales, cuando sostiene que el principio de autonomía local
puede ser considerado como uno de los cauces institucionales del derecho fundamental de
25
que se puede sostener que el propio texto constitucional inviste a los
municipios “de uno de los valores superiores del ordenamiento constitucional,
el de ser expresiones del pluralismo político y manifestaciones del principio
democrático en lo referente a los órganos de gobierno de la colectividad”41. Con
ello, se pretende poner de relieve la posición central que ocupa el principio
democrático en el tratamiento, desde una perspectiva constitucional, del
gobierno local que supera la extendida y arraigada concepción Kelseniana de
descentralización, que la hacía compatible tanto con la democracia como con la
autocracia42. Así, en la experiencia histórica española se ha entendido inviable
un sistema democrático sin un sistema descentralizado, poniendo de relieve
que, si bien se puede reconocer cierta autonomía a las instancias locales, la
ausencia de una auténtica representación democrática en las mismas las
conduce a la mera descentralización administrativa de funciones por los entes
territoriales superiores, obviando cualquier posibilidad de autogobierno43.
participación política, de modo que las injerencias en las competencias municipales por el
legislador puedan ser consideradas violaciones del art. 23 CE. La autonomía local no se regula
en la Constitución como un derecho fundamental y, por ello, la posición jurídica de las
Entidades Locales dotadas de autonomía constitucionalmente garantizada no es la misma que
la del titular de un derecho constitucional, sino una situación de carácter estatutario que deberá
ser completada por el legislador infraconstitucional. Sobre esta cuestión, vid. Sánchez Morón,
Miguel, La autonomía local. Antecedentes históricos y significado constitucional, Civitas/UCM,
Madrid, 1990, pp. 166-170.
40
Vid. García Fernández, Javier, “Derecho Constitucional y entidades locales. Sistema de
fuentes y autonomía como fundamentos constitucionales básicos del derecho local”,
Parlamento y Constitución, n. 6, 2002, pp. 21-22.
41
Cfr. García Morillo, Joaquín, La configuración constitucional de la autonomía local, Marcial
Pons, Madrid, 1998, p. 35.
42
Vid. Kelsen, Hans, Teoría General del Derecho y del Estado, Universidad Nacional
Autónoma de México, 1995, pp. 369-370.
43
El ejemplo más claro de lo apuntado es el Estatuto Municipal de Calvo Sotelo de 1924 que,
a pesar de basarse en las nociones de autonomía municipal y en amplios criterios
descentralizadores, fracasó rotundamente al no ponerse en práctica en ningún momento los
artículos relativos a la constitución y designación democrática de Alcaldes y Ayuntamientos. Al
respecto, entre otros, Martín-Retortillo, Sebastián y Argullol, Enrique, Descentralización
administrativa y organización política, I, Alfaguara, Madrid, 1973, pp. 360-365; y Orduña
Rebollo, Enrique, Municipios y Provincias. Historia de la organización territorial española,
FEMP-INAP-CEPC, Madrid, 2004, pp. 537-547.
44
Vid. Bandrés Sánchez-Cruzat, José Manuel, “Comunicación”, en: Joaquín García Morillo, La
configuración constitucional…, op. cit., p. 80.
26
afirmarse entonces, cuenta con una legitimación democrática propia, derivada
directamente de la Norma Fundamental, que va referida a intereses distintos de
los de las instancias territoriales superiores y que tiene su correlativo reflejo en
la actuación normadora de los mismos. En el bien entendido supuesto de que
esos intereses a que nos estamos refiriendo no tienen por que coincidir, en
todos y cada uno de los casos, con los de las instancias territoriales superiores
-Estado y Comunidades Autónomas-. Si partimos de la premisa de que la
“política” consiste en la decisión de adoptar ciertos medios para lograr ciertos
resultados, fines, propósitos, bienes o intereses45, no cabe duda que, a través
de la intermediación del principio representativo, es posible discernir que los
mencionados intereses se materializan en un doble plano: de una parte, y a
través del pluralismo como valor superior del ordenamiento jurídico, las
técnicas/intereses de gobierno que aplica el municipio pueden responder a
principios políticos diferentes de los propios del Gobierno estatal o
autonómico46. Y de otra parte, la aseveración de la existencia de una serie de
intereses locales propios –arts. 1 y 137 CE-, en ningún caso puede confundirse
con la creencia de la pervivencia de unos intereses que por su naturaleza
intrínseca sean de índole local, al contrario, implica la concurrencia en el seno
de las comunidades locales de una serie de intereses en relación con la
realización del interés público general47.
45
Una interpretación en tal sentido en Dahl, Robert A., Democracy and its critics, Yale
University, 1989, p. 99.
46
Vid. García Fernández, Javier, “La autonomía del Derecho Político municipal. Fundamentos
dogmáticos en la Constitución Española”, en [Link], Organización Territorial del Estado
(Administración Local), vol. II, Instituto de Estudios Fiscales, Madrid, 1985, p. 1422.
47
Vid. Parejo Alfonso, Luciano, Derecho básico de la Administración Local, Ariel, Barcelona,
1988, p. 138.
48
Sobre ello, con detalle, Aragón Reyes, Manuel, Constitución y Democracia, Tecnos, Madrid,
1989, p. 15.
27
consagración constitucional de aquél incide de manera directa tanto en la
estructura constitucional del gobierno local, como en el desarrollo
infraconstitucional del mismo. De este modo, es posible sostener que el
Derecho Constitucional es un Derecho integrado por reglas y principios,
identificándose estos últimos con las propias normas constitucionales, a las que
les corresponde un papel constitutivo del orden jurídico.49 Ahora bien, el
problema que se plantea, y en el que vamos a centrar nuestra atención, estriba
en determinar en sus estrictos términos las consecuencias que una
interpretación conjunta de los principios democrático y de autonomía local
proporcionan para el desarrollo del gobierno local, pues una hermenéutica
extensiva del principio democrático exacerbaría los posibles resultados,
llegando a conclusiones erróneas y distorsionadoras de la realidad.
49
Cfr. Zagrebelsky, Gustavo, El derecho dúctil. Ley, derechos, justicia, 3ª ed., Trotta, Madrid,
1999, pp. 109-110.
50
Entre otros, Carro Fernández-Valmayor, José Luis, “Sobre la potestad sancionadora
municipal”, Cuadernos de Derecho Local, n. 6, Fundación Democracia y Gobierno Local, 2004,
p.135, recogido posteriormente en el volumen colectivo dirigido por José Luis Carro, La
modernización del gobierno local. Estudios sobre la Ley 57/2003, de 16 de diciembre, de
medidas para la modernización del gobierno local, Atelier, Barcelona, 2005, p. 155, por donde
se citará desde ahora.
51
Nieto, Alejandro, Derecho Administrativo Sancionador, Tecnos, Madrid, 1993, con ediciones
sucesivas en los años, 1994, 2002, 2005 y 2012; y Parejo Alfonso, Luciano, La potestad
normativa local, Marcial Pons, Madrid, 1998, 115 pp.
28
propugnando un debilitamiento de la misma cuando entran en juego el principio
de autonomía local y el democrático52. Ahora bien, como es notorio, esta tesis
no es unánime y parte de la doctrina se ha esforzado en argumentar las
deficiencias de acudir a los principios mencionados, precisamente, a la hora de
analizar el debilitamiento de la reserva de ley en materia sancionadora local53 .
52
Entre ellos, García Morillo, Joaquín, La configuración constitucional…, op. cit. pp. 31-32 y 46-
49; García Roca, Javier, “El concepto actual…,”, op. cit., pp. 678 y ss; Galán Galán, Alfredo,
“Posiciò de les ordenances en el sistema de fonts”, en Tomàs Font i Llovet (coord.), Dret local.
Ordenances, activitats i serveis públics, Marcial Pons, Barcelona, 1997, pp. 53-97; ibidem, La
potestad normativa autónoma local, Atelier, Barcelona, 2001, 331 pp; Sánchez Goyanes,
Enrique, La potestad normativa del municipio español, [Link].; Blasco Díaz, José Luis,
Ordenanza municipal y ley, Marcial Pons, Madrid, 2001, pp. 65 y ss.; Ortega, Luis, “La potestad
normativa local”, en Tomàs Font i Llovet (dir), Anuario del Gobierno Local 2001, Institut de Dret
Públic/Marcial Pons, Madrid, 2001, pp. 39-54; Bello Paredes, Santiago A., Las ordenanzas
locales en el vigente Derecho español. Alcance y articulación con la normativa estatal y
autonómica, INAP, Madrid, 2002, pp. 159 y ss; Cuchillo Foix, Montserrat, “Gobierno local,
Administración local y potestad normativa de los entes locales”, Derecho Privado y
Constitución, n. 17, 2003, pp. 169 y ss.; Muñoz Machado, Santiago, Tratado de Derecho
Administrativo y Derecho Público General, II, Iustel Madrid, 2006, pp. 1020 y ss.; Toscano Gil,
Francisco, Autonomía y potestad normativa local, Comares, Sevilla, 2006, pp. 155 y ss; Embid
Irujo, Antonio, La potestad reglamentaria de las entidades locales, op. cit. pp. 105 y ss; y,
finalmente, Ortega Bernardo, Julia, Derechos fundamentales y ordenanzas locales, Marcial
Pons, Madrid, 2014, pp. 47 y ss.
53
Desde esta perspectiva, entre otros, Cano Campos, Tomás, Los Ayuntamientos y el Tráfico,
Iustel, Madrid, 2006, pp. 123 y ss; Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel; Alarcón
Sotomayor, Lucía, “Titulo XI. Tipificación de las infracciones…”, op. cit., pp. 3689 y ss.
29
Comenzando por el primero de ellos, hay que partir de la premisa que la
denominada “reserva de procedimiento” se emplea para definir el concepto de
Ley. Desde esta perspectiva, la distinción entre las nociones de Ley formal y
Ley material, como criterio para elaborar un concepto de Ley, ha devenido
ineficaz en la actualidad, en la medida que esa distinción arranca de los
planteamientos teóricos del liberalismo, el monismo y el dualismo
parlamentario. La Ley ha dejado de ser la expresión de un poder soberano, y
su posición sólo puede analizarse a partir del principio democrático que implica,
de un lado, su subordinación a la Constitución, en cuanto norma suprema, y de
otro, la sitúa en una posición de jerarquía normativa sobre las demás fuentes al
emanar del órgano representativo fundamental como son las Cortes Generales.
54
Entre otros, Álvarez Conde, Enrique, Curso de Derecho Constitucional, Vol. I, 5ª ed., Tecnos,
Madrid, 2006, p. 249.
55
Tal y como señala Aragón Reyes, «la reserva a la ley de determinadas materias no significa
sólo la reserva al órgano más (directamente) democrático, sino también el órgano que por
contener la representación de la pluralidad de opciones políticas permite que todos ellos (y no
sólo la opción mayoritaria) participen en la elaboración de la norma. Esto es, significa, sobre
todo, la reserva a un determinado tipo de procedimiento de emanación normativa (el
procedimiento legislativo parlamentario), dotado de las características de contraste, publicidad
y libre deliberación que le son propios […]», en Constitución y Democracia, op. cit., p. 126.
56
Así, Sarmiento Ramírez-Escudero, Daniel y Moral Soriano, Leonor, “Ordenanzas locales,
reserva de ley y reservas democráticas. A propósito de la Sentencia del Tribunal Superior de
Justicia de Madrid de 28 de mayo de 2003”, Cuadernos de Derecho Local, n. 3, 2003, p. 128.
30
El segundo de los argumentos señalados va referido a la equiparación
material, que no formal, del Pleno-Asamblea local con las Asambleas
representativas de las instancias territoriales superiores. Argumento que tiene
su base en la distribución intraorgánica de funciones derivada del art. 140 CE al
deslindar dos órganos, uno colegiado con vocación deliberante –el Pleno-
Asamblea Local-, y otro unipersonal con vocación de órgano ejecutivo –el
Alcalde-. La reiterada equiparación material se justifica en la circunstancia de
que todos los órganos representativos enumerados comparten unos rasgos
básicos, singularmente en lo que se refiere a las funciones que tienen
encomendadas, su posición en el sistema institucional que responde a la
división de funciones ejecutivas y normativas y, por último, a la legitimación
democrática de todas ellas57 .
57
Como estimo, han razonado bien Alfredo Galán en La potestad normativa autónoma local,
op. cit. pp. 203 y ss; y Luciano Parejo en La potestad normativa local, op. cit., pp. 67-80;
ibidem, Organización y poder de organización. Las potestades organizatoria y reglamentaria
del complejo orgánico-funcional Gobierno y Administración, Iustel, Madrid, 2009, pp. 239-244.
No pueden olvidarse, sin embargo, las observaciones críticas formuladas a esta premisa por
Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel, “Artículo 84”, en Manuel Rebollo Puig (Dir.)
y Manuel Izquierdo Carrasco (Coord.), Comentarios a la Ley Reguladora de las Bases del
Régimen Local, Tomo II, tirant lo blanch, Valencia, 2006, pp. 2183-2189.
58
Al respecto, Díez-Picazo, Luis María, “Concepto de Ley y tipos de Leyes. (¿Existe una
noción unitaria de Ley en la Constitución Española?)”, REDC, n. 24, 1988, pp. 47-93; y García
Roca, Javier, “La “decostruzione” della legge del Parlamento”, en Giancarlo Rolla ed Eleonora
Ceccherini, Profili di Diritto Parlamentare in Italia e in Spagna, G. Giappichelli Editore, Milano,
1997, pp. 127-180.
59
La noción de primariedad de la ley, expresión vinculada a la idea de rango de ley, esto es el
grado que ocupa en la estructura jerárquica del ordenamiento, elaborada por Gustavo
Zagrebelsky en Diritto costituzionale (II sistema delle fonti del diritto), Turín, 1987, pp. 153-156,
31
para exteriorizar decisiones estrictamente políticas, es decir, se concretaría en
«la libertad en cuanto al fin, que ha de ser fijado según criterios de oportunidad
política». Por ello, si tomamos en consideración el hilo conductor existente
entre las nociones de autonomía, función de gobierno local y competencias
locales, no parece desacertado sostener que las normas locales poseen la nota
de la primariedad en sentido material en los términos acabados de exponer.
ha sido difundida entre nosotros por Luis María Díez-Picazo en “Concepto de Ley y tipos de
Leyes…”, op. cit. pp. 71-76.
32
predispuestos por el legislador con anterioridad, sino que consistiría en
“adoptar decisiones de fondo dentro del posible diseño de actuación fijado por
la Ley”, en la medida en que las Corporaciones Locales están legitimadas
constitucionalmente para elaborar genuinas políticas propias60.
60
Como razonó en fecha temprana entre nosotros Díez-Picazo, Luis María, “Concepto de Ley y
tipos de Leyes…”, op. cit. pp. 64-65; Ibidem. “Forza di legge e principio di autonomia”, en
Giancarlo Rolla ed Eleonora Ceccherini (ed), Profili di Diritto Parlamentare in Italia e in Spagna,
G. Giappichelli Editore, Torino, 1997, pp. 218-219. Por ello, puede llegar a sostenerse que,
desde la perspectiva de la atribución de competencias a los municipios, la Ley no se configure
como un límite a la ordenanza, si no, más bien, como el instrumento a través del cual se
delimita el ámbito normativo y de actuación municipal. Sobre ello Manuel Zafra Víctor,
“Reflexiones sobre el gobierno local”, en Tomàs Font (dir.), Anuario del Gobierno Local 2004,
Institut de Dret Públic/Fundación Democracia y Gobierno Local, Barcelona, 2005, p. 99.
61
Todo ello sin perjuicio de que a través del método comparado se hayan incorporado, en
ocasiones con espíritu crítico y en otras miméticamente y de forma acrítica, principios e
instituciones procedentes de otros ordenamientos. Así, Pegoraro, Lucio, “Las funciones
subsidiarias de la comparación en el estudio de los ordenamientos federales y del gobierno
local”, REP, n. 117, 2002, pp. 35-48.
33
país62. Y esta circunstancia ha de tenerse presente también, como resulta
evidente, cuando se afronta el análisis de los principios y categorías que
conforman el denominado, tradicionalmente, como régimen local o, en la
acepción que, parece haber arraigado con intensidad en la actualidad, del
gobierno local63. El anterior aserto se hace evidente, con mayor motivo, cuando
de la autonomía local se trata. En efecto, si la autonomía local garantiza la
preservación de la institución municipal en términos que la hagan
recognoscibles “para la imagen que de la misma tiene la conciencia social en
cada tiempo y lugar”64, la necesidad de introducir un criterio sociológico en la
interpretación constitucional se hace evidente65.
62
Como sugiere Troncoso Reigada, Antonio, en “La Autonomía Local: garantía institucional,
desarrollo político y dificultades prácticas”, en Luis López Guerra (Coord.), Estudios de Derecho
Constitucional. Homenaje al Profesor Dr. D. Joaquín García Morillo, tirant lo blanch, Valencia,
2001, pp. 599-608.
63
Sin perjuicio de que el legislador de la reforma local de 2013 ha hecho hincapié en la
vertiente más vinculada con la “Administración” local que con el referido “gobierno” local.
64
Cfr. STC 32/1981, de 28 de julio, caso Diputaciones Catalanas, F.J. 3, reiterado en fallos
posteriores.
65
En términos similares, García Roca, Javier, “El concepto actual de autonomía local…”, op.
cit., p. 643.
66
Recuérdese la utilización anfibológica del término “Estado” en la Constitución resaltada por el
Tribunal Constitucional en el F.J. 5 de la STC 32/1981, de 28 de julio, cuando pone de
manifiesto que uno de sus significados designa a “la totalidad de la organización jurídico-
política de la nación española, incluidas las organizaciones propias de las nacionalidades y
regiones que la integran y la de otros entes territoriales dotados de un grado inferior de
autonomía”.
34
embargo, a nuestro modo de ver, este argumento no resulta suficiente para
invalidar a radice las posibles consecuencias que puedan deducirse de las
categorías generales señaladas. La razón principal de ello estriba en que la
autonomía que se predica en el art. 137 CE, respecto de los municipios y
provincias, se lleva a cabo con un carácter general, referido a la institución en
cuanto tal, y no con relación a clases concretas de municipios dependiendo de
su mayor o menor extensión, población, etc. En otras palabras, la autonomía
local constitucionalmente garantizada no presupone la preexistencia de un
derecho subjetivo, individualizado en cada municipio o provincia, que impida
una reforma territorial de la Administración Local67, no existiendo, en suma, un
derecho de los municipios existentes a su pervivencia68. Tal y como ha
afirmado el Tribunal Constitucional ni “aún en el supuesto extremo de la
supresión de municipios, la garantía institucional de la autonomía local
constituye un obstáculo insalvable, por cuanto dicha garantía sólo se extiende a
la existencia misma de esa autonomía y, por tanto, de las corporaciones
gestoras de la misma, pero no, obviamente, al mantenimiento de un
determinado statu quo organizativo” [STC 214/1989, de 21 de diciembre, F.J.
13 c)].
67
En todo caso lo que si existiría sería un derecho de municipios y provincias a no ser
suprimidos más que de acuerdo con los requisitos procedimentales constitucional o legalmente
previstos. Con relación a esta perspectiva objetiva de la autonomía local, véanse Sánchez
Morón, Miguel, La autonomía local…, op. cit., pp. 163-166; y Parejo Alfonso, Luciano, Derecho
básico…, op. cit., 62 y 109. Asimismo, desde una planteamiento subjetivo de la autonomía local
se induce la misma conclusión, al respecto, Velasco Caballero, Francisco, Derecho local.
Sistema de fuentes, op. cit., pp. 54-59.
68
En otro sentido, Rebollo Puig ha sostenido en recientes trabajos que la autonomía local si
entraña algunos límites para llevar a cabo la fusión generalizada de municipios, de manera que
una norma que suprimiese municipios dotados de la suficiente capacidad para alcanzar el
cumplimiento de valores y principios constitucionales –Estado social, eficiencia, eficacia, etc.-
devendría inconstitucional, configurándose dicha autonomía, en realidad, como garantía de que
la potestad de supresión no se utilice innecesaria, desproporcionada ni arbitrariamente, vid. “La
supresión de los pequeños municipios; régimen alternativas, ventajas e inconvenientes”,
REALA, n. 308, 2008, pp. 173-175 y 181-186; “La crisis económica y la oportunidad de reducir
el número de municipios”, en Luis Cosculluela Montaner y Luis Medina Alcoz (dirs.), Crisis
Económica y Reforma del Régimen Local, Civitas/Thomson Reuter, Madrid, 2012, pp. 209-212;
y “Reforma de las estructuras municipales: Régimen jurídico y posibilidades. Especial
referencia a la legislación aragonesa”, en José María Gimeno Feliu (Coord.), La organización
local. Nuevos modelos, Civitas/Thomson, Madrid, 2011, pp. 45-48.
35
Ahora bien, desde las críticas formuladas a finales del siglo XVIII por los
ilustrados a la caótica organización territorial española hasta nuestros días69, el
denominado mapa municipal, planta territorial o estructura municipal es
una materia recurrente en el debate académico que, por el contrario, ha tenido
una escasa percepción en el debate político hasta fecha muy reciente. Los
datos son de sobra conocidos: el 85% de los municipios españoles no alcanza
una cifra superior a 5.000 habitantes y, de ellos, el 60% no sobrepasa el millar,
concentrándose el mayor número de población en apenas seis municipios, que
representan un 0,07% del total. Y las diferencias entre Comunidades
Autónomas son obvias, no es lo mismo Castilla y León, con 9 provincias y
2.247 municipios, de los que 2.000 tienen población inferior a 5.000 habitantes,
que la Región de Murcia, que cuenta con 45 municipios, de los que 9 están por
debajo de la cifra de población referenciada.
69
Sobre el particular, resulta ilustrativo Arroyal, León de, Cartas político-económicas al Conde
de Lerena, estudio preliminar de Antonio Elorza, Editorial Ciencia Nueva, Madrid, 1968, pp. 196
y ss.
70
Vid. Vandelli, Luciano, El poder local. Su origen en la Francia revolucionaria y su futuro en la
Europa de las regiones, MAP, Madrid, 1992, pp. 178-193.
71
Hay una evidente interrelación entre la tesis de mantener el número de municipios basada en
el principio democrático y el recurso a fórmulas cooperativas o mancomunadas para
desempeñar las tareas asignadas, sobre el particular, vid. Castells Arteche, José Manuel, “El
municipio en la autonomía política”, DA, n. 182, 1979, pp. 460-463, para quien «Las medidas
de cirugía municipal como solución al desmesurado número de municipios y a la falta de
recursos en que se debaten la mayoría de ellos choca directamente con esa revitalización del
municipio como estructura de participación y de audiencia popular»; Ibidem, “Nueva
problemática de las alteraciones territoriales municipales”, RAP, n. 100-102, 1983, pp. 2159-
2186.
36
mediante el fomento de las fusiones72. Pero lo cierto es que la atribución al
Estado de la regulación básica de su propia estructura, como resultado del
juego de los arts. 137, 140 y 149.1.18ª CE, en que se traducen las medidas de
fomento para la fusión de municipios contempladas en el art. 13.3 de la Ley de
Bases de Régimen Local han quedado inéditas después de casi tres décadas
de vigencia de la Ley básica local 73.
72
Al respecto, en extenso, vid. Sosa Wagner, Francisco y de Miguel García, Pedro, Creación,
supresión y alteración de términos municipales, IEAL, Madrid, 1987, 142 pp; Sosa Wagner,
Francisco, “Creación y supresión de municipios y alteración de sus términos”, en Javier García
Roca (Coord.), Derecho Público de Castilla y León, INAP/Junta de Castilla y León/Universidad
de Valladolid, Valladolid, 1999, pp. 281-301; ibídem, “Creación, fusión y supresión de
municipios. El ejemplo alemán y la necesidad de un nuevo mapa municipal en el marco de las
competencias de las comunidades autónomas”, en Román Rodríguez González (dir.),
Reformar la Administración Territorial. Municipios eficientes y viables, Netbiblo, La Coruña,
2009, pp. 67-95; Martínez López-Muñiz, José Luis, “Municipio rural. Problemas y posibles
medidas correctoras” en [Link], Municipio Rural. Desarrollo Local, Edic. Ciudad Argentina,
Buenos Aires/Madrid, 2002, pp. 105-114; y Rodríguez, Román, Territorio y gobierno local en
España. Un planteamiento de reestructuración por fusión como realidad necesaria,
Thomson/Civitas, Madrid, 2005, 162 pp.
73
A pesar de que en la STC 214/1989, de 21 de diciembre, caso LBRL, se contiene una
importante declaración sobre los destinatarios últimos de las medidas de fomento previstas en
el art. 13.3 LrBRL al señalar que «ese fomento estatal, si en verdad aspira a ser efectivo, no
será impensable, sino todo lo contrario, que se dirija a las propias Comunidades Autónomas,
que retienen la competencia plena y efectiva para materializar esas alteraciones territoriales.
No son sólo, pues, los municipios los teóricos destinatarios de la acción de fomento, sino que
también pudieran serlo las propias Comunidades Autónomas, con lo que, en tal caso, con
mayor evidencia aún si cabe, se aprecia la falta de fundamento de la alegada invasión del
ámbito competencial comunitario, al identificar indebidamente «fomento» con actividad
administrativa de estricta sujeción, e, implícitamente, con actividad proyectada o dirigida en
exclusiva a las entidades municipales» -F.J. 9- [la cursiva es nuestra].
74
Informe sobre la revisió del model d’organització territorial de Catalunya, Barcelona 2000, en
especial pp. 17-29, ([Link] (visitado
el 15 agosto de 2011).
37
atribuidas en esta materia. A lo sumo, se ha acudido al expediente del
denominado principio de diferenciación, incorporado al ordenamiento a
través de las reformas estatutarias de segundo ciclo, como respuesta a la
inquebrantable defensa de la planta municipal actual, graduando las
competencias, funciones, servicios y organización municipales de acuerdo con
tramos escalonados de población75. Novedad estatutaria que, por lo demás,
nada tiene que ver con una eventual reducción del número de municipios sino
que, por el contrario, obedece a la lógica de las Comunidades Autónomas de
responder al régimen uniforme con el que se adjetiva a la Ley básica de
régimen local76.
75
Las opciones empleadas por los legisladores estatutarios han sido diferentes, así, el art. 75.8
de la Ley Orgánica 1/2007, de 28 de febrero, de reforma del Estatuto de las Illes Balears remite
a una Ley de régimen local, que ha de tener en cuenta necesariamente las «diferentes
características demográficas, geográficas, organizativas, de dimensión y capacidad de gestión»
de los municipios. Por su parte, el art. 70 de la Ley Orgánica 1/2006, de 10 de abril, de
Reforma de la Ley Orgánica 5/1982, de 1 de julio, de Estatuto de Autonomía de la Comunidad
Valenciana, añade un nuevo artículo, el 64, en el que se incorpora el principio de diferenciación
respecto a la distribución de responsabilidades administrativas entre las distintas
administraciones locales. En igual sentido que en el caso anterior se manifiesta el art. 84.3 de
la Ley Orgánica 6/2006, de 19 de julio, de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña,
cuyo art. 88, bajo la rúbrica de «principio de diferenciación», extiende tal principio a las leyes
que afecten al régimen jurídico, orgánico, funcional, competencial y financiero municipal, que
han de tener en cuenta necesariamente «las diferentes características demográficas,
geográficas, funcionales, organizativas, de dimensión y de capacidad de gestión» municipal.
76
Sobre este principio resultan imprescindibles los trabajos de Tomàs Font i Llovet publicados
en el Anuario de Gobierno Local y que, con algunas revisiones, ahora se encuentran
recopilados en el volumen Gobierno local y Estado autonómico, Fundación Democracia y
Gobierno Local, Barcelona, 2008, en especial, pp. 48-53, 89-96 y 215-217; así como Ortega
Álvarez, Luis, “Diferenciación frente a uniformidad en la organización territorial local”, en Tomàs
Font (dir), Anuario del Gobierno Local 1999/2000, Institut de Dret Públic/Marcial Pons, Madrid,
2000, en especial, pp. 82-93.
77
Para esos momentos iniciales del debate, Velasco Caballero, Francisco, “La planta local en
España: criterios para la toma de decisiones”, Anuario de Derecho Municipal, n. 4, 2011, pp.
26-28.
38
sucedieron en cascada, tanto análisis y estudios de instituciones públicas y
privadas sobre el coste y viabilidad de las Administraciones públicas actuales,
como adhesiones y expresos pronunciamientos de los partidos políticos
favorables a la drástica reducción del número de municipios78, que culminaron
en las propuestas electorales con las que concurrieron las formaciones
políticas a las elecciones generales de noviembre de 201179. Toma de
conciencia por la clase política española de esta cuestión que, sin perjuicio de
otras posibles motivaciones, no cabe duda que se ha visto condicionada por el
hecho de las medidas adoptadas en tal sentido en el bienio 2010-2012 por
Grecia, Irlanda, Portugal e Italia, impelidos a llevar a cabo reformas
estructurales a fin de reducir la deuda y el déficit públicos80.
78
Véanse, entre otros, los diarios La Razón de 29 de mayo de 2010 en que se da cuenta de la
defensa de Mariano Rajoy Brey, Presidente del PP, de la reducción de Ayuntamientos y El
Mundo de 8 de junio de 2010 en que, el entonces Vicesecretario General del PSOE, José
Blanco se muestra favorable a la supresión de las Diputaciones provinciales. Apenas un año
después de estas declaraciones el candidato socialista a las elecciones generales de 2011,
Alfredo Pérez Rubalcaba, insistía en la profunda revisión del papel de las diputaciones
propugnando su supresión, El Mundo de 17 de agosto de 2011, mientras que la posición del
Partido Popular se matizaba notablemente, a través de su presidente, al descartar la
posibilidad de fusionar municipios pequeños y optar por la prestación común de servicios, El
Mundo de 15 de agosto de 2011. Por su parte UPyD presentó el 7 de junio de 2011, con motivo
del Debate de Política General en torno al Estado de la Nación, una propuesta de resolución
dirigida a “instar al Gobierno a adoptar las medidas legales precisas para la modernización de
la Administración local española mediante la fusión de los municipios de reducido tamaño y la
supresión de las Diputaciones Provinciales”.
79
Al respecto, deben verse los trabajos de Sánchez, Navarro, Ángel, “Las propuestas de
reforma del régimen local en los programas electorales de los partidos políticos”, en Luis
Cosculluela Montaner y Luis Medina Alcoz, Crisis económica y reforma del Régimen Local,
Civitas/Thomson, Navarra, 2012, pp. 75-97; y Bernadí i Gil, Xavier y Galán Galán, Alfredo, El
debate actual sobre las diputaciones provinciales: un análisis de las últimas propuestas
electorales, Fundación Democracia y Gobierno Local, 2012, 85 pp.
80
Un análisis de la perspectiva comparada sobre la reforma de la planta local puede verse en
la quinta parte del volumen colectivo dirigido por Luis Cosculluela Montaner y Luis Medina
Alcoz, Crisis económica y reforma del Régimen Local, Civitas/Thomson, Navarra, 2012, con
trabajos sobre Italia, de D. Borgonova Re; Portugal, de M. Almeida Cerrada; Alemania, de J.
Ortega Bernardo; Inglaterra, de M. Hernando Rydings; e Irlanda, de R. Moreno Fuentes.
Asimismo, se han ocupado de esta perspectiva comparada los trabajos de López Ramón,
Fernando, “Políticas ante la fragmentación del mapa municipal”, en José María Gimeno Feliu
(Coord), La organización local nuevos modelos, Civitas/Thomson, Madrid, 2011, pp. 67-112; y
Díez Sastre, Silvia, “Planta local y régimen municipal”, en Francisco Velasco (coord.),
Gobiernos locales en Estados federales y descentralizados: Alemania, Italia y Reino Unido,
Institut d’Estudis Autonòmics, Barcelona, 2010, pp. 553-560.
81
Existe una práctica unanimidad en la doctrina en calificar de error la conexión entre reforma
del régimen local y crisis económica debido tanto a que los problemas de índole económica
que arrastra el modelo local son preexistentes a la actual crisis económica, como a la escasa
39
es asumida inicialmente por el Gobierno de la Nación como uno de los
compromisos a cumplir con la Unión Europea. El Programa Nacional de
Reformas del Reino de España 2012 tras aseverar que, como consecuencia
del modelo competencial local, algunas entidades locales se enfrentan a un
problema estructural de financiación, potenciado por la crisis económica,
derivando en elevadas tasas de morosidad que afectan gravemente a la
liquidez e incluso viabilidad de las pequeñas y medianas empresas del tejido
productivo, plantea como objetivo la delimitación de las competencias de la
Administración local a través, entre otras, de una medida consistente en la
estratificación de competencias por tramos de población, “lo que facilitará la
agrupación de municipios, de modo que sólo tengan esta consideración los que
alcancen un umbral determinado de población”82. En este documento, en
realidad, no se concreta el alcance, procedimiento, metodología y competencia
para llevar a cabo la agrupación de municipios. Tan solo parece deducirse que
el legislador básico, en función del título competencial 149.1.18ª CE en relación
con el art. 137 CE, definirá en una norma con rango de ley qué ha de
entenderse por “municipio” basándose en un criterio poblacional que el mismo
ha de fijar.
incidencia de las cifras del sector público local en el conjunto de la economía. Así, Embid Irujo,
Antonio, “Crisis económica y reforma local”, en Luis Cosculluela Montaner y Luis Medina Alcoz,
Crisis económica y reforma del Régimen Local, Civitas/Thomson, Navarra, 2012, p. 54; Almeida
Cerrada, Marcos, “La reforma de la planta, estructura competencial, organización y articulación
de la Administración local”, en Juan José Díez Sánchez (coord.), La planta del Gobierno Local.
Actas del VIII Congreso de la Asociación Española de Profesores de Derecho Administrativo,
Fundación democracia y Gobierno Local, Madrid, 2013, p. 63.
82
Disponible en el sitio [Link]
8280-1AE0EDC539CE/202008/[Link], la referencia en p. 95. (visitado el 30 de
diciembre de 2012). Medida, a juicio de Quintana López, poco reflexiva dada la incidencia
meramente anecdótica que este tipo de actuaciones podía llegar a tener para contribuir a
resolver los graves problemas de la economía española, vid. “Debate previo a la reforma de la
legislación del Estado de régimen local”, en el volumen dirigido por el propio autor mencionado,
La reforma del régimen local. Comentario a la Ley 27/2013, de 27 de diciembre, de
Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, tirant lo blanch, Valencia, 2014, pp.
27-28.
83
Así, Cosculluela Montaner ha planteado que la Ley básica local debería fijar en 5.000
habitantes el número mínimo de habitantes de un municipio, e imponer la fusión obligatoria de
los municipios con menor número de habitantes, de suerte que los municipios fusionados
alcanzaran la citada cifra global, en “Reforma de la Administración local. Una oportunidad de
modificar la planta municipal que no puede perderse”, REDA, n. 157, 2013, pp. 14-15.
40
de 25 de abril, reinterpretando de nuevo el art. 13.3 LrBRL84, el Alto Tribunal
formula la premisa de que, sin perjuicio de la competencia exclusiva que el art.
148.1.3ª CE atribuye a las Comunidades Autónomas en cuanto a la alteración
de términos municipales, forma parte de la competencia estatal la regulación
del elemento territorial y su relación con el resto de los elementos que
componen la estructura municipal [población y organización] para configurar un
modelo municipal común, de modo que,
84
Como se recordará, dicho precepto de la ley básica local fue objeto de controversia
competencial resuelta por la STC 214/1989, de 21 de diciembre. Con ocasión del recurso de
inconstitucionalidad planteado por el Parlamento de Cataluña contra la LMMGL este precepto
vuelve a ser impugnado, a pesar de que no había sido modificado por la citada norma estatal,
extemporaneidad que es resuelta por el TC acudiendo a la doctrina de que el recurso de
inconstitucionalidad es abstracto, dirigido a la depuración del ordenamiento y que con el mismo
se defiende el interés general y la supremacía de la Constitución sin que, por ello mismo,
resulte aplicable la fuerza de cosa juzgada de las sentencias desestimatorias que impone el art.
38.2 LOTC [F.J. 5B)]
85
Además de la escasa incidencia directa sobre la planta municipal de una medida como la
contenida en el nuevo art. 13.4 de la LrBRL, suscita no pocas dudas que el Estado pueda
incidir sobre las competencias autonómicas en materia de “creación y supresión de municipios”
como, estimo, ha razonado correctamente con sólidos argumentos Velasco Caballero,
Francisco, en, “Títulos competenciales y garantía constitucional de la autonomía local en la Ley
de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local”, en Santamaría Pastor, Juan
Alfonso (Coord.), La reforma de 2013 del régimen local español, Fundación Democracia y
Gobierno Local, Madrid, 2014, pp. 113-120. También cuestiona esta medida desde las
perspectivas práctica y competencial, Rivero Ysern, José Luis, en “La crisis económica y la
reforma del régimen jurídico de la administración local”, en Juan Antonio Carrillo Donaire y Pilar
41
Programa Nacional de Reformas requiere de algún período de reflexión para
responder, al menos, a algunos interrogantes: cuál ha de ser el umbral mínimo
de población a considerar para el reconocimiento de la condición de municipio;
la pertinencia de valorar otros criterios, además del poblacional, como el
geográfico, el presupuestario, los factores territoriales, etc; o el papel que han
de desempeñar las Comunidades Autónomas en la definición de los anteriores
criterios y, en definitiva, en la ejecución de la nueva división municipal
resultante86, pues no en vano, son ellas quienes tienen atribuidos los títulos
competenciales en materia de alteración de términos municipales y de
ordenación del territorio87.
42
racionalidad de la estructura territorial. Pero para ello antes debe superarse el
historicismo identitario que impregna cualquier cambio en ese sentido. Y es que
más que de un problema técnico-jurídico o de orden constitucional, se trata de
una compleja cuestión de índole social y política, que requiere de la necesaria
madurez para enfrentarse a la realidad. De hecho, la posible solución no es
sencilla porque, como ha señalado Sosa Wagner, la posibilidad de que la
autonomía local pueda desplegar todos sus efectos jurídicos y constitucionales
sólo se hará efectiva cuando los municipios alcancen un tamaño y dimensión
poblacional adecuado, sobre todo teniendo en cuenta el proceso de integración
europea en el que estamos inmersos 89.
89
En El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España, 2ª ed.,
Trotta, Madrid, 2006, pp. 213-214.
43
frente a los ciudadanos, pues “participar en todo es no tener competencia en
nada”90. Una concepción que, quizás, se aleja de un modelo de gobierno local
verdaderamente representativo.
90
Cfr. García Roca, Javier, “Un bloque constitucional local conforme al principio de
subsidiariedad (Un desarrollo constitucional pendiente)”, REALA, n. 294-295, 2004, p. 18. El
profesor Parada Vázquez, con un tono no exento de ironía, ha formulado sólidos reparos a
alguna de estas reflexiones teóricas y manifestaciones prácticas promovidas desde las
instituciones públicas en diferentes trabajos, vid. “La segunda descentralización. Del Estado
autonómico al municipal”, en Ramón Parada Vázquez y Ángel Fuentetaja (dirs.), Reforma y
retos de la Administración Local, Marcial Pons, Madrid, 2007, pp. 15-80, reproducido también
en el n. 172 de la RAP (2007) y, más extensamente, La segunda descentralización: del Estado
autonómico al municipal, Civitas, Madrid, 2007, 162 pp. En concreto, las críticas vertidas
inciden sobre una panoplia de aspectos, entre los que destacan lo que el autor denomina como
federalismo municipal, la dogmática jurídica del soberanismo municipal, el principio de
subsidiariedad, la inexistencia de controles sobre los gobiernos locales y la inoperancia de los
controles judiciales o, finalmente, la parlamentarización del gobierno local.
91
Mutación que han descrito con detalle Luciano Parejo en “Algunas reflexiones sobre el
impacto de la ley 27/2013, de 27 de diciembre, sobre el modelo de autogobierno municipal”,
Cuadernos de Derecho Local, n. 34, 2014, pp. 11-14, así como Tomàs Font i Llovet y Alfredo
Galán Galán en “La reordenación de las competencias municipales: ¿una mutación
constitucional?”, Anuario del Gobierno Local 2013, Fundación Democracia y Gobierno
Local/Institut de Dret Public, Barcelona, 2014, pp. 18-21.
44
de Administraciones Públicas una Comisión al efecto de elaborar un
denominado Libro blanco para la reforma del gobierno local92, que sirviera de
base para la confección de un futuro texto de Ley estatal sobre régimen local,
iniciativa que se tradujo en un borrador de Ley Básica del Gobierno y la
Administración Local que no llegó a tramitarse en las Cortes Generales93 .
92
Vid. ORDEN APU/2648/2004, de 27 de julio, por la que se constituye la Comisión para la
elaboración de Libro Blanco sobre la reforma del Gobierno Local en España, BOE núm. 187, de
4 de agosto. Sus resultados aparecen recogidos en Libro blanco sobre la reforma del gobierno
local en España, Ministerio de Administraciones Públicas, Madrid, 2005, 115 pp.
93
Sobre este nonato proyecto de Ley, por todos, pueden verse los trabajos de Luciano Parejo
Alfonso y Luis Ortega Álvarez, “Las perspectivas del nuevo régimen local” y “El sistema
competencial propuesto en el Anteproyecto de ley básica del Gobierno y de la Administración
Local”, respectivamente, publicados en el volumen dirigido por Ramón Parada Vázquez y Ángel
Fuentetaja Pastor, Reforma y retos de la Administración Local, Marcial Pons, Madrid, 2007, pp.
93-114 y 115-134.
94
Vid. Parejo Alfonso, Luciano, “Las perspectivas del nuevo régimen local”, op. cit., pp. 86-87.
95
Paquete legislativo cuya norma de cabecera es el art. 135 CE y la Ley Orgánica 2/2012, de
27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera.
45
lo cual merece la pena apuntar alguna observación preliminar sobre algún
aspecto que incide en el entendimiento que se ha tenido del gobierno local, al
menos desde 1985. A alguno de los aspectos contemplados en la Ley de
racionalización y sostenibilidad de la administración local nos referiremos más
adelante, motivo por el que, en este momento, basta detener nuestra atención
en la propuesta de reforma constitucional elaborada por el supremo órgano
consultivo del Gobierno.
96
El Gobierno había solicitado el informe al Consejo de Estado por acuerdo del Consejo de
Ministros de 4 de marzo de 2005. El acuerdo aparece recogido en Rubio Llorente, Francisco y
Álvarez Junco, José (eds.), El informe del Consejo de Estado sobre la reforma constitucional.
Texto del informe y debates académicos, Consejo de Estado/CEPC, Madrid, 2006, pp. 31-49.
Sobre el proceso de elaboración del Informe, véase Bilbao Ubillos, Juan María, “El Informe del
Consejo de Estado sobre la reforma de la Constitución”, RGDC, n. 1, 2006, pp. 12-19.
97
De acuerdo con lo cual el art. 137 tendría la siguiente redacción: “España se organiza
territorialmente en municipios, provincias, Comunidades Autónomas y Ciudades Autónomas.
Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses”, en:
El informe del Consejo de Estado sobre la reforma constitucional, op. cit., p. 145.
98
“Artículo 143.
46
embargo, a juicio del Consejo de Estado «adolece de defectos patentes»,
específicamente, porque en primer lugar sitúa en el mismo plano a todas las
entidades territoriales, sin tomar en consideración la diferente naturaleza de la
autonomía de las Comunidades Autónomas y las ciudades autónomas por una
parte y la que se predica de los municipios y provincias por otra, y en segundo
término porque la existencia de las Comunidades Autónomas aparece
disociada de las nacionalidades y regiones.
Estos son, por lo tanto, los motivos por los que el superior órgano
consultivo propone una segunda posible redacción del art. 137 CE que varía
notablemente su contenido –solución B-, como sigue:
47
modo telegráfico, vamos a detener nuestra atención: la remisión a la técnica de
los intereses respectivos, la graduación del alcance de la autonomía de
Comunidades Autónomas y entidades locales y, finalmente, la técnica de la
garantía institucional de la autonomía local.
Comenzando por el primero de ellos, hay que hacer notar que la noción
de los “intereses respectivos” de cada una de las entidades territoriales
aludidas en el art. 137 CE interpretado como un reenvío a la Ley, en el sentido
manejado por el Tribunal Constitucional y asumido acríticamente por el
Consejo de Estado, devalúa notoriamente su virtualidad hermenéutica para una
interpretación constitucional que podría fundarse sobre principios como los de
proporcionalidad y subsidiariedad. De este modo, late una interpretación
ciertamente centralista de las relaciones entre entes territoriales que, en vez de
configurarse de abajo hacia arriba como demanda la lógica de la subsidiariedad
ínsita en la naturaleza de cualquier sistema descentralizado al modo federal, se
configura desde arriba hacia abajo101.
101
Cfr. García Roca, Javier, “La división territorial del poder del Estado y la garantía
constitucional de la autonomía local”, en Casas Baamonde, María Emilia y Rodríguez-Piñero y
Bravo-Ferrer, Miguel, Comentarios a la Constitución Española. XX Aniversario, Fundación
Wolters Kluwer, Madrid, 2009, pp. 2074-2077. En realidad, la noción de “intereses respectivos”
empleada en el art. 137 CE ya era fuertemente criticada en Italia cuando se importa a España,
al respecto resulta imprescindible Barbera, Augusto, Regioni e interesse nazionale, Giuffrè
Editore, Milano, 1974, pp.1-331.
102
Vid. Kelsen, Hans, Teoría General del Derecho…, op. cit., pp. 374 y ss.
103
Vid. Sosa Wagner, Francisco, “La autonomía local”, en Sebastián Martín-Retortillo (coord.),
Estudios sobre la Constitución Española. Homenaje al profesor Eduardo García de Enterría, IV,
Civitas, Madrid, 1991, p. 3211; Parejo Alfonso, Luciano, Derecho básico…, op. cit, p. 112;
ibidem: “La autonomía local en la Constitución española”, en Santiago Muñoz Machado (Dir),
Tratado de Derecho Municipal, I, 3ª ed., Iustel, Madrid, 2011, pp. 110-115; y Carro Fernández-
Valmayor, José Luis, “El debate sobre la autonomía municipal”, en Francisco Sosa Wagner
48
locales, a pesar de carecer de potestad legislativa según la clásica
construcción dogmática italiana, se ve reforzada por la intermediación del
principio representativo104, tal y como ha reconocido la jurisprudencia
constitucional más reciente105.
(coord.), El Derecho Administrativo en el umbral del siglo XXI. Homenaje al Profesor Dr. D.
Ramón Martín Mateo, Tomo I, tirant lo blanch, Valencia, 2000, p. 549; recogido también en el n.
147 de la RAP (1998).
104
Sobre ello, Salazar Benítez, Octavio, El sistema de gobierno municipal, CEPC, Madrid,
2007, pp. 49-60; y Velasco Caballero, Francisco, “Municipios”, en Manuel Aragón Reyes (dir.),
Temas Básicos de Derecho Constitucional, 2ª ed., Tomo II, Thomson Reuters/Civitas, Madrid,
2011, p. 631. Otra perspectiva, de acuerdo con la cual la intermediación del principio
democrático en el autogobierno de los municipios no altera su naturaleza administrativa, de
manera que los órganos de gobierno y administración son meros órganos administrativos, en
Rebollo Puig, Manuel, “Municipio, Ayuntamiento y Concejo Abierto”, en Casas Baamonde,
María Emilia y Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer, Miguel, Comentarios a la Constitución
Española. XX Aniversario, Fundación Wolters Kluwer, Madrid, 2009, p. 2119; ibidem, “Artículo
4”, en la obra por él dirigida, Comentarios a la Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local,
Tomo I, tirant lo blanch, Valencia, 2007, pp. 127-128.
105
Cfr. las SSTC 134/2011, de 20 de julio, F.J. 14.a); 132/2012, de 19 de junio, F.J. 3;
103/2013, de 25 de abril, F.J. 6; y 153/2014, de 25 de septiembre, F.J. 3.
106
Vid. Sosa Wagner, Francisco, “La autonomía local”, [Link]., p. 3211. Como ha indicado
Cuchillo Foix, la diferencia entre ambos niveles de gobierno no reside en la naturaleza política
de las Comunidades Autónomas frente a administrativa de los gobiernos locales, sino en el
dato de que las autonomía de las primeras es de carácter dispositivo y “se institucionaliza
únicamente en el supuesto de que la colectividad respectiva así lo decida (arts. 144 y ss. CE) y
se concreta en un reparto competencial, también dispositivo por parte de la colectividad
autonómica, que la Constitución se limita a establecer y a proteger (arts. 148 y 149 CE) y que
implica el reconocimiento de potestades legislativas en sentido estricto”, en “Gobierno local,
Administración local…”, op. cit. pp. 179-180.
49
específica107, queda fuera de toda duda que los equipos de gobierno municipal
adoptan decisiones basadas en orientaciones políticas, elegidas entre una
variedad posible de ellas, para resolver problemas concretos108.
50
ha dado lugar a un modelo asimétrico en el que, salvo las lógicas excepciones,
respecto de una misma materia las leyes de unas Comunidades Autónomas
atribuyen a los municipios competencias sustantivas, mientras que otras leyes
regionales, respecto de la misma materia, dotan de contenido sustantivo a la
noción de autonomía local con el expediente de que los municipios participen
en órganos colegiados de escasa utilidad práctica, cuando no se configuran
como competencias lo que en realidad son obligaciones para los municipios.
Con esta propuesta, en suma, mucho nos tememos que vuelve a tomar
carta de naturaleza con mayor fuerza la idea de la desconstitucionalización de
la autonomía local.110 Desde una perspectiva literal, con la modificación del
contenido del art. 137 CE propuesta por el Consejo de Estado, puede
sostenerse que municipios y provincias no gozarían ya de autonomía
constitucional para la gestión de sus respectivos intereses, por el contrario, es
110
Como es sabido, Parejo Alfonso ha sostenido que la entrega al legislador ordinario de la
definición del estatuto de la Administración Local no implica su desconstitucionalización, debido
a que el art. 137 CE prefigura un modelo de Estado basado en la regla de los respectivos
intereses, vid. “La autonomía local. Contenido constitucional y configuración legal básica”, en
Cuadernos de Derecho Judicial. Administración Autonómica, CGPJ, Madrid, 1992, p. 198.
Ahora bien, a nuestro modo de ver, con la redacción del art. 137 CE propuesta por el Consejo
de Estado no parece ya tan evidente que se pueda formular con toda su amplitud dicha
aseveración.
51
una Ley la que, en condicional, asegurará esa autonomía para la gestión de
sus intereses. Desde luego, no se puede pasar por alto que la propuesta del
Consejo de Estado tiene un alcance limitado por el objeto de la petición
gubernamental, circunscrito a la inclusión de la denominación de las
Comunidades Autónomas. Ahora bien, ante una eventual reforma
constitucional, dada la insuficiencia de la regulación del Gobierno y la
Administración Local en nuestra Norma Fundamental, si podría valorarse incluir
algún punto que aclarase aspectos no resueltos, como puede ser el rango de la
Ley que ha de asegurar la autonomía local para la gestión de sus intereses, así
como los elementos constructivos y definidores que hayan de contenerse en la
misma –organización, régimen jurídico de las competencias y recursos
financieros-111.
111
Entre las propuestas más recientes en este sentido, puede verse Álvarez García, Vicente,
“Las reglas constitucionales sobre la interiorización del régimen local en los estatutos de
autonomía de segunda generación y la problemática naturaleza jurídica de la ley reguladora de
las bases de régimen local”, REDC, n. 99, 2013, pp. 89-97.
52
CAPÍTULO SEGUNDO
EL PRINCIPIO DEMOCRÁTICO REPRESENTATIVO Y SU PROYECCIÓN
SOBRE LAS ORDENANZAS LOCALES
53
político” para fundamentar por si sólo la inconstitucionalidad de una norma
reguladora de los aspectos institucionales de los gobiernos locales112. En otros
términos, trataremos de determinar su utilidad a efectos de preservar la
garantía del principio democrático en la regulación de los gobiernos locales –
eficacia prescriptiva-; y, por otra parte, desde una perspectiva inductiva,
abordaremos la utilidad que proporciona al legislador infraconstitucional el
art.1.1 CE y el valor superior “pluralismo político” en un doble plano: primero, a
través del análisis abstracto de la obligada vinculación de la ley básica local al
sentido fijado por el expresado valor en lo que hace al diseño institucional del
gobierno local en su conjunto; y, segundo, mediante el examen de las notas
estructurales del procedimiento de elaboración de ordenanzas y reglamentos
que preordenan el diseño de tal procedimiento de elaboración mediante la
predeterminación de su contenido desde la propia Constitución –eficacia
proyectiva-.
112
El Tribunal Constitucional ha admitido la inconstitucionalidad por infracción directa,
precisamente, del valor superior “pluralismo político”, como señalan Freixes San Juan, Teresa y
Remotti Carbonell, José Carlos, “Los valores y principios en la interpretación constitucional”,
REDC, n. 35, 1992, p. 106; y Santamaría Ibeas, J. Javier, Los valores superiores en la
jurisprudencia del Tribunal Constitucional, Universidad de Burgos/Ed. Dykinson, Madrid, 1997,
p. 167.
113
En sentido similar, Delgado del Rincón, Luis, E, “Autonomía local, sistema político y forma
de gobierno local”, en Francisco Javier Matía Portilla (dir.), Pluralidad territorial, nuevos
derechos y garantías, Comares, Granada, 2012, p. 260.
54
vinculadas al art. 1 CE114. La primera de ellas consiste en que dicha comunidad
adquiere una legitimidad propia, complementaria del principio de soberanía del
art. 1.2 CE fundada en los valores superiores del art. 1.1. Es decir, la unidad
proclamada en el art. 2, con relación al pluralismo territorial del art. 137 CE,
resulta compatible con la posibilidad de que los vecinos, el pueblo municipal,
como electores de los órganos de los gobiernos locales por mandato del art.
140 CE, puedan otorgar legitimidad a tales órganos para el ejercicio de los
respectivos intereses115. De este modo, difícilmente resulta convincente la tesis
de que en el ámbito municipal no está en juego conformar instituciones que
tienen potestades atribuidas directamente por la Constitución y los Estatutos de
Autonomía ligadas a la titularidad del pueblo español de su soberanía116, por el
contrario, en un modelo de Estado de tres términos las elecciones municipales
conforman instituciones vinculadas a la soberanía –que no soberanas- como
las demás estatales y autonómicas117.
114
García Fernández, Javier, “La autonomía del derecho político municipal. Fundamentos
dogmáticos en la Constitución Española”, en [Link], Organización Territorial del Estado
(Administración Local), vol. II, IEF, Madrid, 1985, pp. 1421-1422.
115
Parejo Alfonso, Luciano, La potestad normativa local, Marcial Pons, Madrid, 1998, pp. 71-72.
116
Posición mantenida por nuestro Tribunal Constitucional en la Declaración 1/1992, de 9 de
julio, a propósito de la adecuación del art. 13 2 de la Constitución al Tratado de Maastricht y al
reconocimiento de sufragio pasivo a determinados extranjeros en las elecciones municipales,
cuando sostiene que los órganos representativos locales no “ostentan potestades atribuidas
directamente por la Constitución y los Estatutos de Autonomía y ligadas a la titularidad por el
pueblo español de la soberanía” –F.J. 3C)-.
117
Cfr. Allué Buiza, Alfredo, “Multiculturalismo y derechos políticos de los extranjeros en
Europa. El caso español”, en Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez
(dirs.), Los derechos humanos, sesenta años después, Universidad de Valladolid, Valladolid,
2009, pp. 99-100. Con anterioridad, sobre la noción de soberanía y su incidencia en el ámbito
municipal resulta imprescindible Pubusa, Andrea, Sovranità popolare e autonomie locali
nell’ordinamento costituzionale italiano, Giuffrè Editore, Milano, 1983, 400 pp.
55
Aceptar las dos consecuencias vinculadas con el art. 1.1 CE acabadas
de reseñar implica predicar la capacidad de los órganos representativos
locales, articulados a través de los partidos políticos, para llevar a cabo una
actuación mediadora, de elección de opciones y selección de prioridades,
respecto del contenido material que tengan, constitucional y legalmente,
atribuidos. Ahora bien, resulta necesario precisar que el carácter democrático
representativo del Pleno aparece íntimamente ligado a la configuración de la
autonomía local no exclusivamente como de naturaleza burocrático-
administrativa, sino también como principio en el que concurre una decidida
vocación política118, de ahí que el art. 140 CE distinga entre Gobierno y
Administración municipal.
118
Sobre ello, en extenso, Octavio Salazar Benítez, El sistema de gobierno municipal, CEPC,
Madrid, 2007, pp. 49-60.
119
García Fernández, Javier, “Autonomía municipal y acción de gobierno local”, en [Link],
Informe sobre el Gobierno Local, MAP/Fundación Carles Pi i Sunyer, Madrid, 1992, pp. 352-
353; García Roca, Javier, “El concepto actual de autonomía local según el bloque de la
constitucionalidad”, op. cit., p. 50; y Salazar Benítez, Octavio, El sistema de gobierno municipal,
op. cit., p. 58.
120
Así, Sánchez Morón, Miguel, “El sistema político local: fórmulas de gobierno y participación
ciudadana”, en [Link], Informe sobre el Gobierno Local, MAP/Fundación Carles Pi i Sunyer,
Madrid, 1992, p. 294.
56
que incorpora la representación política democrática de la comunidad vecinal,
al tiempo que sirve de instrumento “de participación política y vertebración
democrática en el seno de la estructura básica del Estado”121.
121
Cfr. Loperena Rota, Demetrio, “El Pleno del Ayuntamiento”, DA, n. 228, 1991, p. 86.
122
STC 32/1985, de 6 de marzo, F.J. 2.
123
Giannini, Massimo Severo, voz “Autonomia”, en Enciclopedia del Diritto, IV, Giuffrè Editore,
1959, pp. 364-366.
124
Entre otras, SSTC 4/1981, de 2 de febrero, F.J. 3 y 193/1987, de 9 de diciembre, caso
Secretario de la Diputación de León, F.J. 4.
125
Según recoge Joaquín García Morillo en La configuración constitucional de la autonomía
local, Marcial Pons, Madrid, 1998, p. 44, que toma la expresión de Stewart. Posteriormente,
John Stewart, en The nature of british local government, Mac Millan Press Ltd., London, 2000,
57
tanto de dar respuesta a las diferentes necesidades urbanas, sociales,
económicas, culturales, etc., de las distintas colectividades, como a realizar
legítimas aspiraciones diferentes. Se trata, por tanto, de un poder para
establecer unas concretas y específicas orientaciones de carácter político,
social, económico y cultural elegidas entre una amplia variedad posible de
ellas, que corresponde llevar a cabo a los equipos de gobierno municipal, con
el único límite de que se trate de asuntos del ámbito material de su
competencia126.
pp. 1-2, explicita algo más la citada noción al partir de la definición de gobierno local formulada
por Hosluck, que entendía que debe haber un poder definido de hacer cosas de una manera
diferente de cómo lo hacen en otras áreas o zonas dentro del mismo área nacional o estatal; de
modo que si un ente local tiene el poder para gobernar de manera diferente que otros entes
locales allí tenemos gobierno local, vid. E. G. Hosluck, Local Government in England,
Cambridge University Press, 1936, p. 6.
126
Sánchez Morón, Miguel, La autonomía local. Antecedentes históricos y significado
constitucional, Civitas/UCM, Madrid, 1990, p 176.
127
Queda, por razones obvias, fuera de nuestro alcance la Monarquía Parlamentaria como
forma política del Estado español.
128
Cfr. Lucas Verdú, Pablo, “Artículo 1º. Estado Social y Democrático de Derecho”, en Oscar
Alzaga (Dir), Comentarios a la Constitución Española de 1978, Tomo I, Cortes
Generales/Edersa, Madrid, 1996, p. 98 [cursiva en el original]
129
Lucas Verdú, Pablo, ibidem, pp. 100-101.
58
Con ello se pretende poner de relieve que el art. 1 CE ejerce una
función de permanente refundación del Estado porque lucha por su
mantenimiento y perfeccionamiento. Esto es, las cláusulas caracterizadoras del
Estado, el elenco de los valores superiores, etc., no tienen un carácter estático
que se agota por su reconocimiento en la norma fundamental en el momento
constituyente sino que, por el contrario, el precepto “se inserta en el texto
constitucional en cuanto norma de apertura de un proceso combativo que
impregna sus valores superiores a todo el ordenamiento de modo continuo”130.
De ahí que la permanente refundación del Estado implica una indefinida
prolongación del consenso básico en el momento constituyente –en el que se
asumen aspiraciones, metas ideales, contenidos espirituales sociales
considerados comunes, etc- en el orden constituido131.
130
Cfr. Lucas Verdú, Pablo, ibidem, p. 103.
131
Conclusión, entre otras, que alcanza Luciano Parejo Alfonso tras analizar el proceso de
elaboración del art. 1.1 CE en el debate parlamentario del texto constitucional, vid.
“Constitución y valores del ordenamiento”, en Sebastián Martín-Retortillo (Coord.), Estudios
sobre la Constitución Española. Homenaje al Profesor Eduardo García de Enterría, Tomo I,
Civitas, Madrid, 1991, p. 45. Incidiendo en el dinamismo del artículo 1 CE, Lucas Verdú afirma
que tal carácter no se limita al momento de la transición de un régimen político autoritario a otro
democrático, pues “el dinamismo constitucional es permanente. Continúa mediante la
legislación orgánica (especie de derecho Constitucional secundario). Sigue mediante la
aprobación de otras disposiciones ordinarias no orgánicas y a través de la interpretación y
aplicación de la normativa constitucional”, ibidem, p. 152.
59
en el denominado período “constituyente implícito”132 aparecen ya decisiones
gubernativas que condicionan la cualidad democrático-representativa de la
institución local en la futura Constitución: como consecuencia de la
promulgación de la Ley para la Reforma Política en 1977, la Ley 39/1978, de 17
de julio, reguló un procedimiento electoral local similar en todos sus términos al
de cualquier sistema democrático de nuestro entorno cultural133. Y, en segundo
término, en el momento constituido, porque ese carácter dinámico de la
norma de apertura constitucional no se agota en su mera formulación, sino que
se extiende tanto a otros preceptos de sus partes dogmática y orgánica como a
todo el ordenamiento de desarrollo infraconstitucional del gobierno local y sus
modificaciones, para alcanzar la sociedad democrática avanzada a la que se
refiere el Preámbulo Constitucional.
132
Francisco Rubio Llorente ha distinguido entre el proceso “constituyente explícito”, que lleva
a la redacción y aprobación formal de la Constitución, y el proceso “constituyente implícito”, en
el que se producen decisiones que condicionan la estructura territorial del poder, la relación
entre órganos del Estado y el sistema de derechos fundamentales, en “El proceso
constituyente en España”, La forma del poder. Estudios sobre la Constitución, 3ª ed., Vol. I,
CEPC, Madrid, 2012, pp. 31-35.
133
Además de la trascendencia del principio democrático representativo en el momento
constituyente, lo cierto es que su combinación con el principio de autonomía tendrá importantes
consecuencias nada más aprobarse la Constitución: tras la entrada en vigor del Real Decreto
1710/1979, de 16, de junio, y más en profundidad, tras la aprobación de la Ley 40/1981, de 28
de octubre, se suprimieron el grueso de autorizaciones y controles que gravitaban sobre los
procedimientos locales, haciendo desaparecer las facultades suspensivas de los Gobernadores
Civiles. Sobre el particular, vid. Cosculluela Montaner, Luis y Orduña Rebollo, Enrique, “Estudio
Preliminar”, en, Legislación de Administración Local (1975-1985), MAP/INAP, Madrid, 1990, pp.
XIX-XLVIII. Por lo demás, este tema de la exención de controles de mera oportunidad política
por las instancias territoriales superiores se convertirá en la clave del arco de la construcción
del contenido de la autonomía local. Al respecto, resultan imprescindibles, Fanlo Loras,
Antonio, Fundamentos constitucionales de la autonomía local, CEC, Madrid, 1990, pp. 351-496;
y Giménez i Corrons, Eva, Los controles administrativos sobre los entes locales, Marcial
Pons/Institut d’Estudis Autonómics, Madrid, 2001, pp. 116-222.
60
discrepancias para considerar al “pluralismo político” como un auténtico valor
superior del ordenamiento134. Por ello, primero detendremos nuestra atención
en determinar cuál es la eficacia de los valores superiores y, a continuación,
nos centraremos en el examen del valor “pluralismo político” y su posible
utilidad en la configuración infraconstitucional del gobierno local.
134
Muy crítico con los valores superiores en general, y con el pluralismo en particular, se
manifiesta Rubio Llorente a pesar de que, como el mismo reconoce, en su tarea como Juez
Constitucional haya apelado a aquél en su argumentación –v. gr. SSTC 32/1985, de 6 de
marzo, caso Comisiones Informativas y 119/1990, de 21 de junio, caso acatamiento de la
Constitución-. En palabras del citado profesor, “Los valores que de verdad consagra nuestra
Constitución, y afortunadamente consagra todos los que de verdad importan, son en definitiva
los protegidos por los derechos que en ella se garantizan y los que se deducen de las
instituciones que en ella se instauran. Sin duda figuran entre ellos la libertad, la igualdad, la
justicia y, con sus peculiaridades, el pluralismo, pero no porque en el artículo primero se ordene
al Estado propugnarlos en abstracto, sino porque las normas que organizan el poder y lo
limitan están orientadas hacía su realización, y limitan en alguna medida los diversos modos de
entenderlos y hacerlos realidad”, vid: “Prólogo”, en Derechos fundamentales y principios
constitucionales. (Doctrina jurisprudencial), Ariel, Barcelona, 1995, pp. XII-XIII.
135
Vid. Garrorena Morales, Ángel, “Valores superiores y principios constitucionales”, en [Link],
Estudios de Derecho Público. Homenaje a Juan José Ruiz-Rico, vol I, Tecnos, Madrid, 1997,
pp. 35 y ss.
61
crea una norma con proyección de valor136, produciendo el efecto de vincularlo
a orientar su legislación en el sentido que fijan los valores superiores137. De
otra parte, para el supuesto de normas ya existentes, la eficacia proyectiva de
los valores superiores obliga al aplicador, a los jueces y a los restantes
operadores jurídicos a interpretar las normas de acuerdo con los mismos. La
eficacia en este caso ya no incide en el proceso de creación de normas,
función constitucionalmente vedada para el juez y los demás intérpretes138,
sino para interpretar las normas infraconstitucionales de acuerdo con el
contenido material que incorporan los valores superiores139.
136
Vid. Aragón Reyes, Manuel, Constitución y Democracia, op. cit., p. 92.
137
Vid. Garrorena Morales, Ángel, “Valores superiores y principios constitucionales”, op. cit., p.
36.
138
Pues éstos, sólo pueden anudar el valor a una norma para interpretarla que le viene dada y
ellos mismos no pueden crear, como ha destacado Aragón Reyes en Constitución y
Democracia, op. cit., p. 92.
139
Baldasarre, Antonio, “Costituzione e teoria dei valori”, en Politica del diritto, fasc. 4, 1991, pp.
639 y ss.; y Modugno, Franco, “Interpretazione costituzionale e intrepretazione per valori”,
[Link] (última visita, 15 de julio de 2011)
140
Así, Parejo Alfonso, Luciano, “Constitución y valores del ordenamiento”, op. cit., p. 128; y, en
fecha reciente, reiterando la naturaleza jurídica de los valores, véase del mismo autor su
trabajo “Valores superiores”, en Manuel Aragón Reyes (dir.), Temas básicos de Derecho
Constitucional, Tomo I, 2ª ed., Civitas/Thomson Reuters, Madrid, 2011, pp. 52-53. En igual
sentido, a efectos de dilucidar la posible distinción entre “valores” y “principios jurídicos”,
Beladiez Rojo, Margarita, Los principios jurídicos, 2ª ed., Civitas, Madrid, 2010, pp. 194-195.
141
Habrá que convenir que el carácter de normas jurídicas de todos los preceptos
constitucionales es una cuestión diferente a que se pueda formular una distinta tipología de
normas constitucionales, entre las que se distinguen los derechos fundamentales, las garantías
institucionales, los mandatos al legislador y los principios fundamentales y fines del Estado,
como propone Rubio Llorente, Francisco, en “La Constitución como fuente del derecho”, La
forma del poder. Estudios sobre la Constitución, 3ª ed., I, CEPC, Madrid, 2012, pp. 91-99.
62
configuran como reglas prescriptivas, en el sentido de que son “vinculantes,
obligatorias, eficaces y expresivas de un contenido material”142. A partir de esta
aseveración, cabe sostener que los valores superiores del ordenamiento
jurídico son verdaderas normas jurídicas –“normas sobre normas”-143, y
poseen una eficacia directa, inmediata o de primer grado, en los procesos en
los que se juzga la inconstitucionalidad de otros preceptos jurídicos144, esto es,
eficacia directa o primaria que supone el empleo de los diferentes valores
superiores para resolver conflictos constitucionales sin la intermediación de
otras normas145.
142
Cfr. Freixes San Juan, Teresa y Remotti Carbonell, José Carlos, “Los valores y principios en
la interpretación constitucional”, op. cit., p. 100.
143
Se trataría, tal y como ha estudiado Peces-Barba, que sigue en este extremo a Bobbio, de
metanormas materiales válidas tanto para la interpretación como para la creación de otras
normas bien sea en el caso de lagunas, bien en el de otras perspectivas de ampliación o de
nueva regulación de supuestos no regulados hasta entonces por el Derecho, vid. Los valores
superiores, Tecnos, Madrid, 1984, pp. 99-100.
144
Garrorena Morales, Ángel, “Valores superiores y principios constitucionales”, op. cit., p. 37.
145
Nuestro Tribunal Constitucional ha destacado que las normas constitucionales y
parlamentarias que regulan la elaboración de leyes tienen carácter instrumental respecto del
valor superior pluralismo político, de modo que “la inobservancia de los preceptos que regulan
el procedimiento legislativo podría viciar de inconstitucionalidad la ley cuando esa
inobservancia altere de modo sustancial el proceso de formación de voluntad en el seno de las
Cámaras”, SSTC 99/1987, de 11 de junio, caso Ley de reforma de la función pública, F.J. 1.b);
97/2002, de 25 de abril, caso Reserva natural de Ibiza, F.J. 2; 103/2008, de 11 de septiembre,
F.J. 5; 136/2011, de 13 de septiembre, caso Ley de Medidas I, F.J. 10; 176/2011, de 8 de
noviembre, caso Ley de Medidas II, F.J. 4; 238/2012, de 13 de diciembre, caso modificación
LOPJ, F.J. 2.a); y 132/2013, de 5 de junio, F.J. 3, caso Ley de Medidas de Canarias.
Añadiendo a continuación que no resulta suficiente la concurrencia de cualquier vicio o
inobservancia de los previstos en las normas que regulan el procedimiento parlamentario para
declarar la inconstitucionalidad de la norma o disposición, resultando indispensable, por el
contrario, que el vicio o inobservancia afecte “esencialmente al proceso de formación de la
voluntad de los parlamentarios, de modo que sólo los vicios o defectos más graves provocan
un déficit democrático en el proceso de elaboración de la norma que podría conducir a su
declaración de inconstitucionalidad” –SSTC 136/2011, FJ 10; 176/2011, FJ. 4; 209/2012, de 14
de noviembre, caso Ley de Medidas III, F.J. 4.c); 238/2012, de 13 de diciembre, F.J. 2.a);
36/2013, de 14 de febrero, F.J. 4, caso Ley de Medidas IV, entre otras-.
146
Cfr. Freixes San Juan, Teresa y Remotti Carbonell, José Carlos, “Los valores y principios en
la interpretación constitucional”, op. cit., p. 104.
63
Así, para los ciudadanos se traduce en un “deber general negativo de
abstenerse de cualquier actuación que vulnere la Constitución”, sin perjuicio de
los supuestos en que la misma establece deberes positivos; mientras que, para
los poderes públicos –Estado, Comunidades Autónomas y Gobiernos Locales-
se concreta en un “deber general positivo de realizar sus funciones de acuerdo
con la Constitución” (STC 101/1983, de 18 de noviembre, caso acatamiento de
la Constitución).147 Y más explícitamente, para el caso de los Ayuntamientos,
en su condición de poderes públicos, a éstos les corresponde promover las
condiciones que hagan real la igualdad, remover los obstáculos que la impidan
o dificulten, y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida
política, económica, cultural y social, a tenor de los artículos 1.1 y 9.2 CE148.
147
Cfr. Leguina Villa, Jesús, “Principios Generales del Derecho y Constitución”, RAP, n. 114,
1987, p. 19.
148
Como ha tenido ocasión de afirmar el Tribunal Supremo, vid. la STS de 13 de septiembre
de 2002, Ar. 10198, F.D. 5 (F. Martín González). En este caso, ante la pretensión de una
asociación de mujeres de participar en la Fiesta del Alarde en condiciones de igualdad respecto
de los varones, incorporándose a las compañías y unidades de paisano que correspondían a
sus respectivos barrios, uno de los argumentos esgrimidos en el proceso a quo por el
Ayuntamiento de Hondarribia para desestimar la pretensión fue, precisamente, que el Alarde no
era un evento organizado y gestionado por la Corporación municipal, indicando que no existía
vinculación suficiente entre el Ayuntamiento y la celebración del Alarde y, por consiguiente, que
no podía considerarse competente a la Administración municipal o al Alcalde-Presidente como
representante de la Corporación. Argumentos descartados de plano por el Tribunal Supremo.
Sobre ello pueden verse los trabajos de Fernando Rey Martínez, “El Alarde de Irún y la
prohibición constitucional de discriminación por razón de sexo” y de Juan María Bilbao Ubillos,
“Prohibición de discriminación y autonomía privada” recogidos en el volumen Los Alardes: una
perspectiva jurídica. Libertad e igualdad en las relaciones entre particulares, Casino de Irún,
Irún, 2000, pp. 87-95 y 99-120.
149
Cfr. Freixes San Juan, Teresa y Remotti Carbonell, José Carlos, “Los valores y principios en
la interpretación constitucional”, op. cit., p. 105.
64
Finalmente, la tercera característica se refiere a que los valores
superiores se configuran como presupuestos hermenéuticos valiosos para el
juez que habrá de examinar si el contenido material de las normas
infraconstitucionales responde, es coherente, con el contenido de los mismos.
Esto es, orientan la interpretación de las normas de modo armónico con el
contenido del texto constitucional150.
De este modo, Lucas Verdú, al examinar el valor del que nos venimos
ocupando, ha llamado la atención sobre la naturaleza valorativa del pluralismo
150
Tal y como sostiene el Magistrado Jiménez de Parga en su voto particular a la STC
290/2000, de 30 de noviembre, caso LORTAD, al que se adhiere Mendizábal Allende. Más
explícitamente, la STS de 4 de marzo de 1999, Ar. 2727 (Eladio Escusol Barra) afirma que, «la
Constitución incorpora una serie de valores esenciales que, informan todo el ordenamiento
jurídico para que éste pueda ser interpretado conforme a aquélla […]» (F.D. 4).
151
Cfr. Garrorena Morales, Ángel, El Estado Español como Estado Social y Democrático de
Derecho, Tecnos, Madrid, (reimpresión) 1992, p. 142.
152
Como muy pronto puso de relieve Luciano Parejo Alfonso en Estado Social y Administración
Pública. Los postulados constitucionales de la Administración Pública, Civitas, Madrid, 1983,
pp. 65 y ss.
65
al identificarlo como un postulado de la cultura política occidental153, pues a
través de aquél se funcionaliza la libertad. El pluralismo incorpora elementos
como el diálogo, la tolerancia, el respeto a las opiniones contrarias y a las
minorías que hacen del mismo un elemento valioso de la cultura política
occidental154. Principios que guardan una estrecha conexión y aparecen
íntimamente ligados al libre desarrollo de la persona mediante su inserción en
grupos intermedios creados entre el individuo y el Estado.
66
municipios, provincias y Comunidades Autónomas, con un régimen jurídico
propio y prever la posibilidad de crear agrupaciones de municipios distintas de
las provincias y circunscripciones territoriales propias mediante la agrupación
de municipios limítrofes, en los arts. 141.3 y 152.3 CE, respectivamente-. Por
ello, a pesar de las observaciones críticas que han podido formularse sobre su
condición o no de valor superior del ordenamiento jurídico157, lo cierto es que a
partir de esa dimensión normativa del “pluralismo” se puede alcanzar a
comprender que éste se configura como una dimensión del principio
democrático, pero también como un elemento constitutivo del propio orden
constitucional en su conjunto.
157
Como se recordará, las objeciones formuladas pasan por considerar exclusivamente como
valores superiores a la “libertad” y a la “igualdad”. En este sentido, cabe recordar cómo Antonio
Torres del Moral sostiene que la “libertad” es el único valor superior, mientras que los restantes
enumerados en el art. 1.1 CE son meras derivaciones de aquélla y, específicamente, el
pluralismo político se trata de un principio político estructural a través del cual se realiza el valor
“libertad”, en Principios de Derecho Constitucional Español, vol. I, 3ª ed., Servicio de
Publicaciones de la Facultad de Derecho, Universidad Complutense, Madrid, 1992, pp. 50-51.
También como un principio estructural lo concibe Antonio Hernández Gil, aunque con un
significado distinto, dado que, a su juicio, el “pluralismo político” posee un valor hermenéutico
que lo configura como el prisma desde el que han de contemplarse los restantes valores
superiores, vid. “Sistema de valores en la Constitución”, en Antonio López Pina (ed.), La
Constitución de la Monarquía Parlamentaria, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1983, p.
119. Por su parte, Peces-Barba entiende que el “pluralismo” es un valor comprendido en el más
amplio concepto de “libertad”, pero que el constituyente ha querido subrayar dotándolo de
autonomía como reacción al régimen autoritario y de partido único preconstitucional en Los
valores superiores, op. cit., p. 163. Finalmente, el profesor Aragón Reyes considera que los
valores en sentido estricto no pueden ser mas que “materiales”, es decir, fines en si mismos y
no medios para otro fin, de donde razona que sólo son auténticos valores la “libertad” y la
“igualdad”, mientras que el “pluralismo político”, sería una mera situación que se hace posible o
efectiva por la realización de aquéllos. No obstante, el propio autor matiza a continuación su
aseveración cuando señala en nota a pie de página que si se admite que el pluralismo es un
valor, habrá de entenderse como valor procedimental y no como valor material, en Constitución
y Democracia, op. cit., pp. 99-100.
158
En virtud del cual, la propia Constitución ordena un sistema que favorece la plasmación del
mismo a través de, entre otras previsiones, la alternancia en la ocupación del poder, vid.,
Canosa Usera, Raúl, Interpretación constitucional y fórmula política, CEC, Madrid, 1988, p.
159.
67
ellos159. En este sentido, no compartimos el aserto de acuerdo con el cual el
valor superior “pluralismo político” no es algo que pueda propugnarse, sino que
se trata de un aspecto de la realidad político-institucional que tiene como
función garantizar un haz de derechos de libertad, de modo que una vez
asegurados estos derechos, “la obligación del Estado respecto al pluralismo
político se ha agotado y no hay nada que propugnar”160. En páginas
precedentes ya hemos hecho constar que la ubicación sistemática del art. 1.1
CE en una norma de apertura constitucional implica, entre otras cuestiones,
que al referido precepto le corresponde una función de permanente refundación
del Estado, que se extiende al ordenamiento infraconstitucional en su conjunto
con carácter expansivo, excluyendo una pretendida naturaleza estática del
mismo, en virtud de la cual con su mera formulación en el momento
constituyente se agotarían las consecuencias que se derivan de su contenido.
159
Garrorena Morales, Ángel, “Valores superiores y principios constitucionales”, op. cit., p. 31.
160
Cfr. Basile, Silvio, “Los «valores superiores», los principios fundamentales y los derechos y
libertades públicas”, en Alberto Predieri y Eduardo García de Enterría (dirs), La Constitución
Española de 1978. Estudio sistemático, 2ª ed., Civitas, Madrid, 1984, p. 272.
161
La distinción entre valores superiores “fuertes” y “débiles” corresponde al profesor Prieto
Sanchís, Luis, en “Los valores superiores del ordenamiento jurídico y el Tribunal
Constitucional”, Revista del Poder Judicial, n. 11, 1984, pp. 83-90; también, en el mismo
sentido, Santamaría Ibeas, J. Javier, Los valores superiores en la jurisprudencia del Tribunal
Constitucional, op. cit., pp. 145-146 y 357-359.
68
en el que opera con total virtualidad la doble eficacia, prescriptiva y proyectiva,
de los valores superiores. De manera que el análisis de esta doble eficacia nos
permitirá determinar la utilidad que tiene para la institución de los gobiernos
locales la configuración del Estado como democrático, que propugna como uno
de sus valores superiores el “pluralismo político”.
162
Conceptualización que lleva a cabo el Tribunal, entre otras, en la STC 42/2014, de 25 de
marzo, caso declaración de soberanía de Cataluña, F.J. 4.a).
163
Santamaría Ibeas, J. Javier, Los valores superiores…, p. 370.
69
del cual se les excluía de la participación en cuatro de las cinco Comisiones
Informativas que se habían formalizado tras la celebración de las elecciones
locales y la constitución de la Corporación local. El Tribunal Constitucional
considera, en primer término, que el pluralismo político consagrado en el art.
1.1 CE es aplicable a la relación representativa y, en segundo término, que las
comisiones informativas municipales, en cuanto “meras divisiones internas del
Pleno”, se trata de órganos representativos, de manera que su composición
debe estar regida por los criterios que se emplean para el resto de órganos
representativos municipales –cabalmente el Pleno-, pues lo contrario
significaría la vulneración de los derechos de las minorías. Como sigue,
“Es claro, en efecto, que la inclusión del pluralismo político como un valor
jurídico fundamental (art. 1.1 CE) y la consagración constitucional de los partidos
políticos como expresión de tal pluralismo, cauces para la formación y manifestación de
la voluntad popular e instrumentos fundamentales para la participación política de los
ciudadanos (art. 6), dotan de relevancia jurídica (y no solo política) a la adscripción
política de los representantes y que, en consecuencia, esa adscripción no puede ser
ignorada, ni por las normas infraconstitucionales que regulen la estructura interna del
órgano en el que tales representantes se integran, ni por el órgano mismo, en las
decisiones que adopte en ejercicio de la facultad de organización que es consecuencia
de su autonomía. Estas decisiones que son, por definición, decisiones de la mayoría,
no pueden ignorar lo que en este momento, sin mayor precisión, podemos llamar
164
derechos de las minorías” .
164
Y continúa el F.J. 2 de la Sentencia, “Siendo ello así, la composición no proporcional de las
Comisiones Informativas resulta constitucionalmente inaceptable porque éstas son órganos
sólo en sentido impropio y en realidad meras divisiones internas del Pleno Municipal, carentes
de competencias decisorias propias y cuya función se reduce a preparar las decisiones de
aquél, estudiando e informando previamente los asuntos sobre los que debe resolver. En
cuanto partes del Pleno deben reproducir, en cuanto sea posible, la estructura política de éste,
pues, de otro modo, en efecto, no sólo se eliminaría toda participación de los Concejales de la
minoría en un estadio importante del proceso de decisión (y sólo un formalismo que prescinda
absolutamente de la realidad puede ignorar la trascendencia que en este proceso tiene la fase
de estudio y elaboración de propuestas), sino que se hurtaría a la minoría incluso la posibilidad
de participar con plena eficacia en el estadio final de la decisión, privándola del tiempo
necesario para el estudio en detalle de los asuntos, o de la documentación que ello requiere, o
de ambas cosas”.
165
Santamaría Ibeas, J. Javier, Los valores superiores…, op. cit., p. 372.
70
han de tener participación proporcional de todas las opciones políticas que
representen a los titulares del derecho de participación en las funciones y los
cargos públicos, sin que quepa la posibilidad de alterar esta regla ni siquiera en
base a la amplia libertad de que puede disponer el legislador conforme a la
Constitución. Y, de otra parte, establece, pro futuro, que los partidos políticos
son las organizaciones que permiten concretar y hacer efectivo el pluralismo
político.
166
Y en igual sentido las SSTC 20/2011, de 14 de marzo, caso concejales no adscritos de
Majadahonda I, [Link]. 5 y 6 y 129/2011, de 18 de julio, caso concejales no adscritos de
Majadahonda II, F.J. 2.
71
ii) La garantía de la consecución de una determinada mayoría como
fórmula para la integración de voluntades concurrentes. Con carácter general,
el Tribunal Constitucional ha sostenido que el principio democrático consagrado
en el art. 1.1 CE impone que la formación de la voluntad en los órganos
representativos se articule a través de un procedimiento en el que opera el
principio mayoritario y, por lo tanto, la consecución de una determinada
mayoría como fórmula para la integración de voluntades concurrentes167.
Avanzando un paso más, tomando como criterio de referencia el principio
democrático de la organización local, el Tribunal ha anulado los preceptos de
una Ley autonómica que exigía unas mayorías distintas de las previstas en la
LrBRL para la elección de representantes municipales en Cajas de Ahorro168 y
para el cambio de denominación de capitalidad del municipio169. En todos los
pronunciamientos sobre este especifico aspecto del diseño institucional de los
gobiernos locales, a excepción de la STC 66/2011, de 16 de mayo, que
resuelve un recurso de amparo, la ratio decidendi que lleva al Tribunal a
declarar el carácter básico del régimen del quórum y mayorías necesarias para
la adopción de acuerdos de órganos colegiados superiores es, precisamente,
que la determinación del régimen de mayorías necesarias para la adopción de
acuerdos es un aspecto esencial del modelo de autonomía local que define un
especifico modelo de democracia local.
167
Entre las más recientes, vid. las SSTC 136/2011, de 13 de septiembre, F.J. 5, 176/2011, de
8 de noviembre, F.J. 2.c), 209/2012, de 14 de noviembre, F.J. 2; y 129/2013, de 4 de junio, F.J.
10.
168
SSTC 33/1993, de 1 de febrero, caso Ley Catalana de Cajas de Ahorro, F.J. 3; y 121/2012,
de 5 de junio, caso Ley Asturiana de Cajas de Ahorro, F.J. 8.
169
SSTC 331/1993, de 12 de noviembre, caso Ley Catalana de régimen local, F.J. 4.A);
66/2011, de 16 de mayo, caso alteración de la capitalidad de San Juan de la Rambla, F.J. 3; y
159/2012, de 17 de septiembre, caso Ley de régimen jurídico de las Administraciones Públicas
de Canarias, F.J. 3.
72
De manera que,
73
3.2.2. La eficacia proyectiva o mediata del valor superior “pluralismo
político”
Toda vez que se ha señalado la anterior premisa, cabe señalar que una
de las características más notables de la Constitución Española de 1978
consiste en la consagración de un modelo de distribución territorial del poder
público –arts. 1, 2 y 137- que prefigura lo que se ha venido en denominar como
un modelo de Estado de tres términos171. De modo que el planteamiento
rígidamente monista del Estado se ve superado172 desde el momento en que
en el Estado constitucional el centro de imputación de intereses no radica ya,
de manera exclusiva, en el ámbito estatal sino que se desplaza al autonómico y
al local, entes infraestatales dotados de autonomía para “la gestión de sus
respectivos intereses” -art. 137 CE-.
171
Sobre ello, García Roca, Javier, “Sobre el Estado de tres términos y la dimensión de
hermenéutica constitucional que introduce el nuevo conflicto en defensa de la autonomía local:
temores y círculo de ansiedades”, en [Link]., El desarrollo del Gobierno Local (Una
aproximación doctrinal), INAP, Madrid, 1999, pp. 59 y ss.
172
Como es notorio, esta tesis sostiene la estatalidad del derecho negando que otras
manifestaciones de la vida social organizada diferente al Estado puedan encontrarse entre
aquel ordenamiento, cfr. Rolla, Giancarlo, Manuale di Diritto Pubblico, III edizione, G.
Giappichelli editore, Milano, 1998, p. 18. Por lo demás, como es notorio, la teoría del
reconocimiento de una pluralidad de ordenamientos jurídicos frente a la estatalidad del derecho
fue formulada originariamente en 1918 por Santi Romano en su trabajo El Ordenamiento
Jurídico, en el que desarrolla el principio de la pluralidad de los ordenamientos jurídicos
partiendo de la constatación de la crisis del Estado liberal y, en particular, de sus fundamentos
ideológicos.
74
El principio constitucional de autonomía se traduce en que cada uno de
los entes territoriales posee un ordenamiento jurídico propio, incardinado en el
ordenamiento jurídico total, respecto al ámbito material de competencias que
tenga constitucional o legalmente atribuido. En este sentido se ha manifestado
el Tribunal Constitucional con relación al reparto competencial en materia de
organización municipal, al afirmar que, “el orden constitucional de distribución
de competencias se funda en el reconocimiento de tres ámbitos normativos
correspondientes a la legislación básica del Estado (art. 149.1.18º de la
Constitución), la legislación de desarrollo de las Comunidades Autónomas
según los respectivos Estatutos y la potestad reglamentaria de los
municipios.”173
173
STC 214/1989, de 21 de diciembre, F.J. 3.
75
orientar la labor del legislador y procurar un parámetro de control de
constitucionalidad de las leyes174.
“[…] puede «a priori» contener, de un lado, tanto los rasgos definitorios de la autonomía
local, concreción directa de los arts. 137, 140 y 141 CE, como, de otro, la regulación
legal del funcionamiento, la articulación o la planta orgánica (entre otras cosas) de los
entes locales. Sólo aquellos extremos de la LBRL que puedan ser cabalmente
enraizados de forma directa en los arts. 137, 140 y 141 CE, de cuyo contenido no
representen más que exteriorizaciones o manifestaciones, forman parte del contenido de
la autonomía constitucionalmente garantizada, mientras que los que se refieran a
174
En extenso, vid. García Roca, Javier, “Un bloque constitucional conforme al principio de
subsidiariedad (Un desarrollo constitucional pendiente)”, op. cit., p. 33 y García Fernández,
Javier, “Derecho Constitucional y entidades locales. Sistema de fuentes y autonomía como
fundamentos constitucionales básicos del derecho local”, op. cit., pp. 1 y ss.
175
El origen de esta noción se encuentra en el art. 28 LOTC y en la construcción dogmática
elaborada con relación a las Comunidades Autónomas, extensamente tratada por la doctrina.
Con relación al ámbito local, resulta indispensable el trabajo de Ana María de la Vega, La
autonomía municipal y el bloque constitucional local, UCM-Edic. Ciudad Argentina, Madrid,
2006, 415 pp, así como García Roca, Javier, “Un bloque constitucional conforme al principio de
subsidiariedad (Un desarrollo constitucional pendiente)”, op. cit., pp. 13 y ss. En contra de esta
tesis, entre otros, Sanz Rubiales, Íñigo, El contencioso interadministrativo (Litigios entre
Administraciones Públicas Territoriales), Marcial Pons, Madrid, 1993, pp. 100-101; y Velasco
Caballero, Francisco, Derecho local. sistema de fuentes, op. cit. pp. 169-174.
76
aspectos secundarios o no expresivos de ese núcleo esencial en el que consiste la
garantía institucional, que son mayoría en el seno de la LBRL y que se incardinan desde
el punto de vista competencial, en el art. 149.1.18ª CE, tienen una distinta naturaleza
176
desde el punto de vista constitucional y ordinamental” .
176
Cfr. STC 159/2001, de 5 de julio, caso Leyes de Urbanismo de Cataluña, F.J. 4.
177
Cfr. las SSTC 240/2006, de 20 de julio, caso aprobación de planes urbanísticos de Ceuta,
F.J. 8. y 95/2014, de 12 de junio, caso parque natural de Laguna Negra, F.J. 5.
178
Como han puesto de relieve Velasco Caballero, Francisco, “La autonomía municipal”, en
Casas Baamonde, María Emilia y Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer, Miguel, Comentarios a la
Constitución Española. XX Aniversario, Fundación Wolters Kluwer, Madrid, 2009, p. 2115; y
Parejo Alfonso, Luciano, “Autonomía Local, Régimen Local Básico y Reformas Estatutarias”,
REALA, n. 309, 2009, pp. 48-50. Muy crítico con la argumentación de la sentencia de 20 de
julio de 2006 se muestra García Roca en sus trabajos “La primera sentencia constitucional
sobre el conflicto en defensa de la autonomía local (STC 240/2006): una ocasión perdida”,
Cuadernos de Derecho Local, n. 13, 2007, pp. 14-23 y “La división territorial del poder del
Estado y la garantía constitucional de la autonomía local”, en Casas Baamonde, María Emilia y
Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer, Miguel, Comentarios a la Constitución Española. XX
Aniversario, Fundación Wolters Kluwer, Madrid, 2009, pp. 2081-2082.
179
Tal y como insiste el Tribunal Constitucional, el valor superior pluralismo político permite
contemplar en el marco de la Constitución diversas soluciones legales, SSTC 6/1984, de 24 de
enero, F.J. 5º.D y 217/1992, de 1 de diciembre, F.J. 6º. Pero el ámbito de actuación legislativa,
no obstante, se ve limitado por el necesario respeto al contenido esencial de las normas en que
tiene su reflejo la democracia procedimental y material, pudiendo afirmarse que bajo la noción
de pluralismo no cabe cualquier innovación legislativa si no respeta dicho contenido esencial.
180
A nuestro modo de ver, este es el sentido en el que se manifiesta el Fundamento Jurídico 5
de la STC 48/2003, de 12 de marzo, caso Ley de Partidos, cuando afirma que, «En la medida
en que el Estado democrático constituido en el art. 1.1 CE ha de basarse necesariamente en el
valor del pluralismo, del que los partidos son expresión principalísima mediante la configuración
de una verdadera voluntad popular llamada a traducirse en voluntad general, es evidente que
la apertura del ordenamiento a cuantas opciones políticas puedan y quieran nacer y articularse
en la realidad social constituye un valor que sólo cabe proteger y propiciar» (la cursiva es
nuestra).
77
de municipios y provincias –art. 137 CE-; de la atribución del Gobierno y
Administración municipal a los Ayuntamientos –art. 140 CE- y autónoma
provincial a las Diputaciones u otras Corporaciones de carácter representativo
–art. 141.2 CE-; o, por último, de la expresa reserva constitucional a que sean
Concejales, elegidos a través de un procedimiento democrático, quienes
integren los Ayuntamientos a los que se les encomienda el gobierno y
administración municipal.
181
En el primer caso ha sido la Defensora del Pueblo quien ha promovido el correspondiente
recurso de inconstitucionalidad, admitido a trámite mediante providencia de 8 de abril de 2014 -
BOE núm. 91, de 15 de abril-. En el segundo caso, del rosario de recursos de
inconstitucionalidad planteados contra la reforma de la normativa básica local han incluido a la
reiterada Disposición adicional decimosexta de la LrBRL los procesos planteados por el
Gobierno de Cataluña, el Consejo de Gobierno y el Parlamento de Andalucía, el Gobierno de
Canarias, el Parlamento de Navarra y, finalmente, el instado por los Grupos Parlamentarios
Socialista, IU, ICV-EUIA, CHA, La Izquierda Plural, Unión Progreso y Democracia y Mixto, tal y
como se deriva de las providencias de admisión a trámite de 27 de mayo de 2014, publicadas
todas ellas en el BOE núm. 132, de 31 de mayo de 2014. Asimismo, también figura entre los
preceptos recurridos la Disposición de referencia en el conflicto en defensa de la autonomía
local n. 4292-2014, interpuesto contra la LRSAL según se desprende de la providencia de
admisión a trámite del conflicto del Tribunal Constitucional de 9 de septiembre de 2014 –BOE,
n. 223, de 13 de septiembre-.
78
noviembre, de medidas urgentes para la adaptación del derecho español a la
normativa de la Unión Europea en materia de supervisión y solvencia de
entidades financieras, prevé en su apartado primero la ampliación en un mes
del plazo para que los municipios que no lo hubiesen hecho puedan solicitar al
Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas acogerse a alguna o varias
de las medidas previstas en el art. 22 del Real Decreto-ley 8/2013, de 28 de
junio, de medidas urgentes contra la morosidad de las Administraciones
Públicas y de apoyo a entidades locales con problemas financieros. Para el
cumplimiento de este fin, en los apartados segundo y tercero de la reiterada
Disposición adicional tercera se contemplan una serie de reglas
procedimentales de acuerdo con las cuales si en una primera votación en el
pleno no se alcanza la mayoría necesaria para presentar la solicitud para
aprobar el plan de ajuste o algunas de las medidas incluidas en el mismo
contempladas en el Real Decreto-ley 8/2013, de 28 de junio, la competencia
para su aprobación se asume por la Junta de Gobierno Local. Asimismo, para
el caso de que se trate de municipios en que no exista Junta de Gobierno
Local, la aprobación de tales medidas, cuando concurra el mismo presupuesto
de hecho en el pleno, corresponderá al Alcalde182.
182
El tenor literal de los apartados 2 y 3 de la Disposición adicional tercera es el siguiente: “2.
Cuando siendo competencia del Pleno de la Corporación Local éste no alcanzara, en una
primera votación, la mayoría necesaria para presentar la solicitud de acogerse a determinadas
medidas, aprobar el plan de ajuste o aprobar alguna de las medidas incluidas en dicho plan de
ajuste a las que se refiere el Real Decreto-ley 8/2013, de 28 de junio, la Junta de Gobierno
Local asumirá esta competencia. La Junta de Gobierno Local dará cuenta al Pleno, en la
primera sesión que se celebre con posterioridad a la presentación de la mencionada solicitud,
de la aprobación del plan de ajuste o de alguna de las medidas en él incluidas. 3. En los casos
en que no exista junta de Gobierno Local, por concurrir las circunstancias a las que se refiere el
artículo 20.1 de la Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases del Régimen Local, las
decisiones mencionadas en el apartado anterior corresponderán al Alcalde”.
79
democrático decisiones, que incorporan fines políticos propios, reflejo del
principio de pluralismo político y del ámbito de poder atribuido en virtud de la
autonomía local garantizada en el art. 137 CE”183, rechazando una propuesta
de adopción de un acuerdo para acogerse a una medida de naturaleza
económico-financiera es un obstáculo que hay que eliminar al poner en peligro
el cumplimiento del principio de estabilidad presupuestaria. El fin, una vez más,
no justifica los medios, sobre todo si tenemos en cuenta “que un elemento
basilar del principio democrático es el proceso de construcción de las
decisiones y la democracia tiene importancia como procedimiento y no sólo
como resultado”184. Con esta medida se está obviando por el legislador la
dimensión del valor superior “pluralismo político” como técnica que debe
emplearse en un sistema democrático para garantizar la presencia de las
minorías en los procesos de toma de decisiones en el seno de los órganos
representativos de las entidades locales. La proposición normativa de
referencia causa perplejidad por la simplicidad de su contenido: en caso de que
en una votación no se alcance la mayoría requerida para acogerse a las
medidas de índole económico financiera, se sustrae del pleno esa competencia
y se traslada a la Junta de Gobierno Local, órgano de naturaleza ejecutiva que
no se integra de acuerdo con los principios de representatividad y
proporcionalidad del pleno, sino por el alcalde y un número de concejales
nombrados y separados libremente por éste.
183
Como explícitamente se advierte en el F.J. 9 de la STC 161/2013, de 26 de septiembre,
caso ley de modernización del gobierno local III.
184
Como ha considerado el Tribunal Constitucional en el F.J. 4.a) de su Sentencia 42/2014, de
25 de marzo.
185
Disposición incluida en el texto legal a través de la enmienda n. 420 presentada por el
Grupo Parlamentario Popular en la tramitación en la Cámara Baja, “[a] fin de solventar
determinadas incidencias que se pueden producir en el funcionamiento ordinario de una
corporación local”. Se trata de una lacónica justificación que no acredita en modo alguno las
razones que motivan la enmienda, hurtando a la minoría, de este modo, conocer y valorar los
80
básica local la regla de que cuando el pleno de la Corporación local no alcance
en primera votación la mayoría necesaria para la adopción de acuerdos
prevista en la propia LrBRL –mayoría simple, si nos atenemos a su art. 47-, la
Junta de Gobierno Local tendrá competencia para aprobar el presupuesto,
planes económico-financieros, planes de saneamiento y, finalmente, la entrada
en los mecanismos extraordinarios de financiación186.
motivos que hacen necesario la inclusión de una medida tan lesiva para el principio
democrático de la organización local. Vid. BOCG. Congreso de los Diputados, Serie A Núm.
58-2, de 30 de octubre de 2013, pp. 292-293.
186
La nueva Disposición adicional decimosexta de la LrBRL dispone que, “1.
Excepcionalmente, cuando el Pleno de la Corporación Local no alcanzara, en una primera
votación, la mayoría necesaria para la adopción de acuerdos prevista en esta Ley, la Junta de
Gobierno Local tendrá competencia para aprobar: a) El presupuesto del ejercicio inmediato
siguiente, siempre que previamente exista un presupuesto prorrogado, b) Los planes
económico-financieros, los planes de reequilibrio y los planes de ajuste a los que se refiere la
Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, c) Los planes de saneamiento de la Corporación Local o
los planes de reducción de deudas, d) La entrada de la Corporación Local en los mecanismos
extraordinarios de financiación vigentes a los que se refiere la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de
abril y, en particular, el acceso a las medidas extraordinarias de apoyo a la liquidez previstas en
el Real Decreto-ley 8/2013, de 28 de junio, de medidas urgentes contra la morosidad de las
administraciones públicas y de apoyo a entidades locales con problemas financieros. 2. La
Junta de Gobierno Local dará cuenta al Pleno en la primera sesión que se celebre con
posterioridad a la adopción de los acuerdos mencionados en el apartado anterior, los cuales
serán objeto de publicación de conformidad con las normas generales que les resulten de
aplicación”.
187
Recuérdese que a tenor del art. 23.4 de la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de
estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera, la aprobación de los planes económico-
financieros corresponde al Pleno de la Corporación local. Previsión que, desde la óptica del
sistema de fuentes del derecho no tiene encaje alguno con la atribución a la Junta de Gobierno
Local de tal función por el apartado 1.b) de la Disposición adicional decimosexta de la LrBRL.
81
representación democrática local. Aunque pueda resultar sorprendente, la
voluntad mayoritaria de los cargos representativos locales, que representan no
lo olvidemos a una gran parte del electorado, se califica de “interferencia” para
lo que se considera prioritario en las dos normas reseñadas que no es otra
cosa que el correcto funcionamiento financiero de los municipios españoles188.
188
Cfr. Galán Galán, Alfredo y Panadés Jordà, Pau, “La aprobación de los presupuestos
municipales sin participación ciudadana: de la cuestión de confianza a la atribución de la
competencia a la junta de gobierno”, Cuadernos de Derecho Local, n. 36, 2014, p. 66.
189
Una interpretación en el sentido indicada es la que sostienen los municipios recurrentes en
el conflicto en defensa de la autonomía local planteado contra la LRSAL, tal y como se recoge
en el Dictamen del Consejo de Estado núm. 338/2014, de 22 de mayo, p. 82.
82
y cada una de las manifestaciones del orden jurídico190. Por el contrario, lo que
se plantea es que el principio democrático en su condición de valor superior del
ordenamiento jurídico reflejado en el art. 1.1 CE tiene diferentes
manifestaciones a lo largo de todo el texto constitucional en lo que atañe al
diseño democrático institucional de los gobiernos locales: el derecho
fundamental a participar en los asuntos públicos –art. 23-, el principio de una
administración municipal democrática –art. 140-, siendo susceptible de
fundamentar por sí sólo la inconstitucionalidad de una norma, como sucede en
los dos casos descritos.
83
producto normativo por él elaborado. La primera de ellas es que existe una
legitimación formal de quien ostenta la potestad normadora, por cuanto el
sistema democrático se organiza conforme al principio de la mayor
participación y codecisión posible de todos los ciudadanos. La segunda
consecuencia radica en que se produce una legitimación material del órgano
productor de tales normas, en la medida que presupone la actuación
mediadora de las mismas entre los intereses reales de los individuos dirigida
hacia el bien común193. Finalmente, la tercera consecuencia estriba en que las
normas elaboradas por ese órgano están dotadas de un plus de legitimidad
democrática al converger en su proceso de elaboración tanto los destinatarios
de las mismas, como la actividad de quienes las elaboran formalmente
mediante su elección directa o indirecta. Esto es, se produce la concurrencia de
los dos factores más importantes de la legitimación democrática, de una parte,
la representación y, de otra, la participación194.
193
Werner Maihofer, al examinar el principio de legitimidad, en el marco de la noción
“democracia en libertad” que deriva del concepto “orden fundamental libre y democrático”
referido en la Ley Fundamental Alemana, ha puesto de relieve la necesidad de que para que
sea posible una legitimación racional del gobierno de hombres sobre y para hombres es
necesaria no sólo la máxima participación de todos los ciudadanos en el proceso de
elaboración legislativa –legitimidad formal- si no también la mediación legisladora entre
intereses reales de los individuos hacía el bien común –legitimidad material-, en “Principios de
una democracia en libertad”, en Benda, et alii., Manual de Derecho Constitucional, Marcial
Pons/IVAP, Madrid, 1997, pp. 226 y ss.
194
Combinación en la que Parejo identifica la cualidad distintiva de la autonomía local dentro de
la estructura territorial del Estado, vid. “Comunicación”, en, Joaquín García Morillo, La
configuración constitucional de la autonomía local, [Link]., p. 64.
84
Esto es, el municipio, como instancia de poder público democrático, es
capaz el mismo de transformar las decisiones políticas en decisiones jurídicas:
bien a través de normas –de autoorganización y de ordenación social-, bien por
medio de actos administrativos195. De ahí, que se pueda concluir sosteniendo
que las normas locales obedecen al fenómeno de la autodisposición de las
colectividades locales, en el sentido de que existe una coincidencia entre los
autores de la norma con los destinatarios de la misma, motivo por el que
estamos en presencia de un fenómeno de autorregulación de la convivencia
por los propios destinatarios de la norma196.
195
Por los motivos expuestos no compartimos la afirmación formulada por Salazar Benítez
cuando sostiene que la “eficacia” se convierte en el principal criterio legitimador del gobierno
local en virtud del principio de inmediatez que caracteriza las decisiones políticas locales y la
cercanía entre actores políticos y ciudadanos, en El sistema de gobierno municipal, [Link]., p.
22. Los principios democrático y de eficacia se mueven en planos diferentes y obedecen a
naturalezas distintas: el primero de ellos se inserta en una norma de apertura constitucional y
adjetiva al modelo de Estado –art. 1.1 CE-, mientras que el segundo es un principio general de
actuación de las Administraciones Públicas –art. 103.1 CE-, incluida la local, que se reitera en
los arts. 2.1 y 6.1 de la propia LrBRL. Sobre este último principio, Fernández Farreres, Germán,
“La potestad local de autoorganización: contenido y límites”, en Santiago Muñoz Machado
(Dir.), Tratado de Derecho Municipal, III, 3ª ed., Iustel, Madrid, pp. 1477-1480.
196
Cfr. Galán Galán, Alfredo, La potestad normativa autónoma local, [Link]., p. 202; y Parejo
Alfonso, Luciano, La potestad normativa local, op. cit., p. 125.
197
En las páginas que siguen a continuación nos vamos a centrar en el análisis del
procedimiento de elaboración de “ordenanzas” y “reglamentos” municipales en cuanto que
ambas son expresión de la categoría genérica de las “normas locales”, sin perjuicio de la
pacífica distinción doctrinal entre ambas figuras en función de su valor ad extra y ad intra de la
organización municipal, entre otros, vid. Parejo Alfonso, Luciano, la potestad normativa local,
op. cit., p. 42; y Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel, “Artículo 84”, en Manuel
Rebollo Puig (Dir.) y Manuel Izquierdo Carrasco (Coord.), Comentarios a la Ley Reguladora de
las Bases del Régimen Local, Tomo II, tirant lo blanch, Valencia, 2006, p. 2161.
85
- (2) los debates plenarios sobre los proyectos de reglamentos y
ordenanzas han de regirse por los principios de discusión y publicidad;
198
Sobre el régimen jurídico del procedimiento de elaboración de las ordenanzas locales desde
la perspectiva anotada, por todos, Toscano Gil, Francisco, Autonomía y potestad normativa
local, op. cit., pp. 89-102; y Salazar Benítez, Octavio, El sistema de gobierno municipal, op. cit.,
pp. 218-227.
199
En términos similares a los previstos por la legislación básica estatal se manifiestan las
Leyes autonómicas sobre régimen local cuando regulan el procedimiento de elaboración de las
ordenanzas locales. Así, por ejemplo, el art. 325 de la Ley Foral 6/1990, de 2 de julio, de
Administración Local enumera iguales requisitos que los establecidos en el art. 49 LrBRL.
200
Cfr. STS de 23 de octubre de 2002, Ar. 9393, F.D.1º (Soto Vázquez, Bando para regular la
carga y descarga, circulación y estacionamiento de vehículos pesados y de mercancías).
86
concurre un principio constitucional –como es el de la publicidad de todas las
normas, art. 9.3 CE-.
201
Como ponen de relieve diferentes iniciativas legislativas estatales y autonómicas, que traen
causa de directrices, resoluciones, etc., de la OCDE y de la Unión Europea. Con relación a las
primeras, son buena prueba de ello las previsiones que se contemplan en los arts. 4 a 7 de la
Ley 2/2011, de 4 de marzo, de Economía Sostenible, integrados en el Capítulo I “Mejora de la
calidad de la regulación”, del Título I, rubricado “Mejora del entorno económico”, dedicados a
regular con carácter básico, ex art. 149.1.18ª CE, una panoplia de principios aplicables a las
iniciativas normativas de todas las Administraciones Públicas. En la doctrina, pueden verse, por
todos, los siguientes trabajos de Oriol Mir Puigpelat, “Procedimiento de elaboración de
reglamentos y Better Regulation”, en Joaquín Tornos Mas (Coord.), Comentarios a la Ley
26/2010, de 3 de agosto, de Régimen Jurídico y de Procedimiento de las Administraciones
Públicas de Cataluña, Iustel, Madrid, 2012, pp. 501-543; y “La codificación del procedimiento
administrativo en la Unión administrativa Europea”, en Francisco Velasco Caballero y Jens-
Peter Schneider (coords.), La unión administrativa europea, Marcial Pons, Madrid, 2008, pp.
51-85. En fecha reciente, Julia Ortega ha razonado, estimo que con argumentos bien fundados,
la necesidad de incluir nuevos trámites en el procedimiento del que venimos tratando para
permitir poner de manifiesto la justificación o motivación del contenido de la norma local a
efectos de cohonestar la congruencia y proporcionalidad de las medias que en ellas se adoptan
con los fines de interés general cuya satisfacción se invoca por las propias normas, facilitando
con ello su control jurisdiccional, en Derechos fundamentales y ordenanzas municipales,
Marcial Pons, Madrid, 2014, pp. 164-165.
202
Como ha observado Bello Paredes, los principios de necesidad, proporcionalidad, seguridad
jurídica, transparencia, accesibilidad, simplicidad y eficacia aludidos en el art. 4 de la ley de
Economía Sostenible gozan de la condición de principios generales del derecho, mientras que
los instrumentos de adaptación al nuevo marco normativo contenidos en los arts. 5 a 7 de la
citada Ley de 4 de marzo de 2011 operan como “guías orientativas” de la voluntad de las
Administraciones Públicas por alcanzar el cumplimiento de aquellos principios, no derivándose
consecuencia jurídica alguna de su incumplimiento, en “Dimensión jurídica de los principios
87
derivan directamente de la Constitución, careciendo el legislador ordinario de
cualquier margen de maniobra para decidir acerca de su inserción o no en el
diseño legal del procedimiento de elaboración de ordenanzas y reglamentos
locales. Lo que ahora se trata de poner de relieve es, en primer lugar, el hecho
de que el legislador infraconstiucional está vinculado por la eficacia proyectiva
del valor superior “pluralismo político”, dado que al abordar el diseño sustantivo
del procedimiento de elaboración de reglamentos y ordenanzas locales está
vinculado para orientarlo en el sentido fijado en dicho valor. Mientras que, en
segundo término y en lógica consecuencia con la anterior premisa, en caso de
que el legislador se haya desvinculado del sentido determinado por el valor
superior “pluralismo político”, de acuerdo con la eficacia prescriptiva del mismo,
en su condición de norma jurídica puede servir de canon de constitucionalidad
para enjuiciar el diseño legal del procedimiento de elaboración de ordenanzas y
reglamentos locales declarando su inconstitucionalidad en caso de que alguno
de los cuatro elementos señalados no figuren en el mismo.
rectores”, en la obra colectiva dirigida por el propio autor, Comentarios a la Ley de Economía
Sostenible, La Ley, Madrid, 2011, pp. 11-13.
203
Sobre los modelos procedimentales específicos de Barcelona y Madrid véase Galán Galán,
Alfredo, La Carta Municipal de Barcelona y el ordenamiento local. El régimen especial del
municipio de Barcelona, Marcial Pons/Fundaciò Carles Pi i Sunyer d’estudis autonomics i
88
en cuenta la condición de la ley básica local de norma sobre la producción
jurídica en este aspecto concreto204.
locals, Madrid, 2001, pp. 113-210; Galán Galán, Alfredo y Vilalta Reixach, Marc, “La potestad
normativa municipal en la Carta de Barcelona”, en Tomás Font i Llovet y Rafael Jiménez
Asensio (Coords.), La «Carta Municipal» de Barcelona. Diez estudios, Marcial Pons/Fundació
Carles Pi i Sunyer d’estudis autonomics i locals, Madrid, 2007, pp. 101-140; Arroyo Jiménez,
Luis, “Régimen jurídico, procedimiento y servicios públicos”, en Luciano Parejo Alfonso, Juan
Bravo Rivera, Cayetano Prieto Romero (coords.), Estudios sobre la Ley de Capitalidad y de
Régimen Especial de Madrid, Bosch, Barcelona, 2006, pp. 252-282; y Fernández-Miranda,
Jorge, El régimen especial de Madrid como gran ciudad y capital del Estado, Iustel, Madrid,
2007, pp. 196-210
204
En cuanto que los arts. 47.2, 49, 70.2 y 70 bis.2 de la LrBRL se trata de normas que
disciplinan el efecto jurídico consistente en la producción de disposiciones o normas y que se
refleja sobre las situaciones jurídicas creadas, modificadas o extinguidas por las normas
creadas, modificadas o derogadas en aplicación de ellas. Vid. en extenso, Pizzorusso,
Alessandro, Lecciones de Derecho Constitucional, II, CEC, Madrid, 1984, pp. 143-149; Ibidem,
“Las fuentes del derecho en el ordenamiento jurídico Italiano”, Revista del Centro de Estudios
Constitucionales, n. 3, 1989, pp. 270-271.
205
Así, entre otros, García de Enterría, Eduardo, “Introducción: un punto de vista sobre la
nueva Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento
Administrativo Común de 1992”, en Jesús Leguina Villa y Miguel Sánchez Morón (dirs.), La
nueva Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento
Administrativo Común, Tecnos, Madrid, 1993, p. 13; Cosculluela Montaner, Luis, “La posición
ordinamental de la Ley 30/1992 y los principios y efectos de la misma”, Comentario sistemático
a la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento
Administrativo Común, Carperi, Madrid, 1993, p. 39; Ponce Solé, Juli, Deber de buena
administración y derecho al procedimiento administrativo debido, Lex Nova, Valladolid, 2001,
pp. 550-582; y Bermejo Latre, José Luis, “Procedimiento administrativo común y elaboración de
disposiciones administrativas”, REDA, n. 124, 2004, pp. 611-632.
206
Ponce Solé, Juli, Deber de buena administración y derecho al procedimiento…, op. cit., pp.
558 y ss.
89
La segunda posibilidad, más favorable a la institución de los gobiernos
locales, consistiría en regular tales principios y derechos procedimentales en la
ley básica local en función del doble título competencial derivado del art.
149.1.18ª CE en materia de “procedimiento administrativo común” y de
“régimen local”. A pesar de que no existe referencia alguna al “régimen local”
en el art. 149 CE, lo cierto es que el Tribunal Constitucional ha considerado que
dicha materia se incardina en la noción de “bases del régimen jurídico de las
Administraciones públicas” prevista en la regla 18ª del aludido art. 149.1 CE207.
De modo que en el caso que nos ocupa, dado que “el régimen jurídico de las
administraciones locales” se trata de una materia con perfiles propios que
proporciona al legislador estatal potestad para fijar «unos principios o bases
relativos a los aspectos institucionales (organizativos y funcionales),
encontrando cobertura a esa encomienda estatal en el concepto mismo de
“bases del régimen jurídico de las Administraciones Públicas”, por cuanto dicha
expresión engloba a las Administraciones Locales»208, no hay problema alguno
de índole competencial para que el legislador estatal de régimen local diseñe el
procedimiento de elaboración de normas locales.
207
Doctrina reiterada, entre otras, en las SSTC 25/1983, de 7 de abril, F.J. 4; 214/1989, de 21
de diciembre, F.J. 1; 81/2012, de 18 de abril, F.J. 3.
208
Cfr., entre otras, las SSTC 25/1983, de 7 de abril, F.J. 4; 76/1983, F.J. 38; 99/1987, de 11 de
junio, F.J.2.b; 214/1989, de 21 de diciembre, F.J. 1.
90
aplicable a todas las administraciones públicas, incluida la local209. Dado el
período de sesiones que resta para finalizar la legislatura, el futuro de esta
iniciativa legislativa gubernamental resulta, quizás, algo incierto, sin perjuicio de
lo cual, y a pesar de que nos encontramos en una fase seminal del texto
normativo en cuya tramitación habrán de incorporarse nuevos contenidos,
matizarse otros e incluso suprimirse algunos de ellos, quizás merece la pena
reseñar, aún de manera sucinta, algunas de las previsiones que contempla que
guardan una relación más estrecha con el procedimiento de elaboración de
normas por las entidades locales. En particular, las características generales de
la iniciativa gubernativa que aquí importan pueden sistematizarse como sigue:
209
Se cita por la versión de 16 de enero de 2015, insertada en el Portal de la Transparencia
[Link]
DNs%90%8C%8An%87%A2%7F%8B%99tn%86ul%A3%93 (página visitada el 1 de marzo de
2015).
210
Significativamente a través de las Leyes 17/2009, de 23 de noviembre, sobre el libre acceso
a las actividades de servicios y su ejercicio; 2/2011, de 4 de marzo, de Economía Sostenible y,
por último, 20/2013, de 9 de diciembre, de garantía para la unidad de mercado.
211
En su versión de 9 de enero de 2015, pp. 45-46, disponible en el Portal de la Transparencia
[Link]
91
garantizar a todos los ciudadanos su derecho de audiencia en la elaboración de
la norma, de acuerdo con lo previsto en el artículo 105 a) CE, con
independencia de la Administración Pública que la impulse. Ello permitirá
asegurar, de acuerdo con lo previsto en el artículo 149.1.1ª CE, garantizar las
condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el
ejercicio de sus derechos constitucionales, así como la igualdad de derechos y
obligaciones que tienen los españoles en cualquier parte del territorio nacional
(artículo 139 CE)”.
92
esfera de los derechos e intereses de los ciudadanos –como puede ser el caso
del procedimiento de elaboración de normas reglamentarias- el propio Tribunal
ha considerado, precisamente con relación al alcance de la materia
“procedimiento administrativo común”, que «el Estado al establecer el común
denominador normativo que encierran las bases, y a partir del cual cada
Comunidad Autónoma con competencias de desarrollo legislativo puede
regular la materia con arreglo a sus peculiaridades e intereses […], no puede
hacerlo con un grado tal de detalle y de forma tan acabada o completa que
prácticamente impida la adopción por parte de las Comunidades Autónomas de
políticas propias en la materia mediante el ejercicio de sus competencias de
desarrollo legislativo. Como se afirma, entre otras, en la STC 147/1991 […] “en
principio, debe entenderse que excede de lo básico toda aquella ordenación
que, por su minuciosidad y detalle, no deja espacio alguno a la competencia
autonómica de desarrollo legislativo, produciéndose en tal caso, por regla
general, un resultado de vulneración competencial que priva a lo presentado
como básico de su condición de tal.” (fundamento jurídico 5º.)»213 -F.J. 3-.
213
Cfr. la STC 50/1999, de 6 de abril, caso Ley de procedimiento administrativo, F.J. 3.
93
iniciativa; la descripción detallada de los apartados que ha de contar la
Memoria de Análisis de Impacto Normativo, etc.
94
desproporcionadas a la actividad económica –art. 158-. La dificultad en este
caso estriba en que no se define qué ha de entenderse por “principios de
buena regulación”, debiendo acudir los gobiernos locales directamente a las
fuentes sobre la materia elaboradas por la UE y la OCDE.
218
Entendemos que de cada una de los niveles de gobierno –estatal, autonómico y local-, en la
medida en que, de una parte, las “bases” han agotado ya todo el espacio normativo, no siendo
posible entender que puedan definirse más detalladamente en una norma reglamentaria estatal
y, de otra parte, por cuanto las competencias de que son titulares las Comunidades Autónomas
en esta materia son de naturaleza legislativa y no de mera ejecución.
95
vi) en cuanto a la extensión de la potestad reglamentaria, el apartado
2 del artículo 155 del Anteproyecto contempla una serie de límites a la misma.
En efecto, tomando como punto de partida la relación trabada entre normas
intraordinamentales, se proclama que, sin perjuicio de las funciones de
desarrollo o colaboración con la ley, los reglamentos “no podrán tipificar delitos,
faltas o infracciones administrativas, establecer penas o sanciones, así como
tributos, exacciones parafiscales u otras cargas o prestaciones personales o
patrimoniales de carácter público”. Esta redacción tiene su origen,
prácticamente literal, en el art. 23.2 de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del
Gobierno, que ahora muta su naturaleza y se convierte en un precepto básico
de aplicación a todas las administraciones públicas. Esta afirmación, no
obstante, tiene que matizarse necesariamente con relación a los gobiernos
locales y el ejercicio de la potestad sancionadora. Más adelante nos
detendremos con mayor detalle en este concreto aspecto219, por lo que basta
ahora con advertir que en el Anteproyecto se mantiene la dualidad de modelos
de tipificación de infracciones y determinación de sanciones según la instancia
territorial de que se trate, en la medida en que cuando se trate de gobiernos
locales cede el sistema previsto en la Ley de procedimiento administrativo y se
aplica el modelo de tipificación establecido en el Título XI de la LrBRL por
cuanto a él se remiten los arts. 68.1 –principio de legalidad- y 70.1 –principio de
tipicidad- del reiterado Anteproyecto, que reproducen el contenido de los arts.
127.1 y 129.1 de la LRJ-PAC.
219
Como se verá con detalle en el Capítulo IV, 2, 2.1.
96
Autónomas y Gobiernos locales de la obligación ya prevista en el ámbito estatal
de elaborar una Memoria del Análisis de Impacto Normativo, describiendo su
contenido exhaustivamente-. Finalmente, cabe concluir advirtiendo que las
reglas generales sobre las mayorías precisas para aprobar los diferentes tipos
normativos locales -reglamentos orgánicos, reglamentos, ordenanzas,
presupuestos, planes urbanísticos- aludidas en el art. 47 de la LrBRL se
mantienen inalteradas, así como las especialidades contempladas en el art. 69
de la misma Ley sobre la publicación en el boletín oficial correspondiente y su
entrada en vigor.
220
Cfr., entre otras, las SSTC 169/2009, de 9 de julio, caso diputados provinciales no adscritos,
F.J. 3; y 30/2012, de 1 de marzo, caso diputados provinciales no adscritos, F.J. 4.
221
La doctrina mayoritaria se ha inclinado por entender que se trata de asociaciones
voluntarias de concejales con el fin de canalizar a través de ellas el ejercicio de derechos de
sus integrantes, entre otros, vid. Belda Pérez-Pedrero, Enrique, Los representantes locales en
97
la atención sobre las funciones que los mismos cumplen en el seno de la
Asamblea Local para, a continuación, delimitar el contenido material mínimo
que ha de corresponder a aquéllos en el procedimiento normativo de
referencia. De modo que, sin perjuicio de cuál sea su caracterización jurídica –
órgano de los partidos, de la Corporación o Asociación voluntaria- habrá que
convenir como punto de partida que los grupos políticos locales son un reflejo
de las distintas corrientes de opinión, programas e ideologías latentes en la
comunidad local que, tras celebrarse los correspondientes procesos
electorales, tienen su reflejo en el Ayuntamiento. Es decir, la interconexión
entre representación y gobierno exige, como elemento del concepto dogmático-
jurídico de la técnica de gobierno municipal, organizar unas estructuras
políticas en el seno de la Corporación222, a través de las cuales se puedan
manifestar dichas corrientes, programas e ideologías.
“Es claro, en efecto, que la inclusión del pluralismo político como un valor jurídico
fundamental (art.1.1 CE) y la consagración constitucional de los partidos políticos como
expresión de tal pluralismo, cauces para la formación y manifestación de la voluntad
popular e instrumentos fundamentales para la participación política de los ciudadanos
(art. 6), dotan de relevancia jurídica (y no sólo política) a la adscripción política de los
representantes y que, en consecuencia, esa adscripción no puede ser ignorada, ni por
las normas infraconstitucionales que regulen la estructura interna del órgano en el que
España, CEPC, Madrid, 2000, pp. 487-494; Morell Ocaña, Luis, El régimen local español,
Civitas, Madrid, 1988, pp. 515-520; y Salazar Benítez, Octavio, El sistema de gobierno
municipal, op. cit., p. 180. Por su parte, Antonio Calonge Velázquez ha defendido que se trata
de una categoría única que no encuentra acomodo en las diferentes concepciones
tradicionales en “Los grupos políticos municipales”, REAL, n. 292-293, 2003, pp. 130-131.
222
García Fernández, Javier, “La autonomía del derecho político municipal. Fundamentos
dogmáticos en la Constitución Española”, op. cit., p. 1423. Expresa bien esta idea la STSJ de
Castilla y León núm. 421/2005, de 17 de marzo, cuando sostiene que «los miembros de un
grupo se unen por razón de la identidad de sus posiciones ideológicas, de actuación política o
de intereses comunes y es el medio o cauce para que los representantes populares que forman
las respectivas Corporaciones participen en la actividad decisoria de éstas» (F.D. 4).
98
tales representantes se integran, ni por el órgano mismo, en las decisiones que adopte
223
en ejercicio de la facultad de organización que es consecuencia de su autonomía.”
223
Cfr. SSTC 32/1985, de 6 de marzo, F.J. 2; 93/1998, de 4 de mayo, F.J. 3; 9/2012, de 18 de
enero, F.J 3, caso regulación de concejales no adscritos en la LrBRL; y 246/2012, de 20 de
diciembre, F.J. 5, caso regulación de concejales no adscritos en ley autonómica.
224
La redacción originaria de la LrBRL nada decía sobre la constitución de los grupos políticos
a efectos de su actuación corporativa –art. 73-, limitándose a señalar genéricamente el art. 20.3
que «todos los grupos políticos integrantes de la Corporación tendrán derecho a participar,
mediante la presencia de concejales pertenecientes a los mismos, en los órganos
complementarios del Ayuntamiento que tengan por función el estudio, informe o consulta de os
asuntos que hayan de ser sometidos a la decisión del Pleno».
225
La Ley 11/1999, de 21 de abril, añadió un nuevo apartado al art. 73 LrBRL, el tercero, en
virtud del cual «a efectos de su actuación corporativa, los miembros de las Corporaciones
locales se constituirán en grupos políticos, en la forma y con las obligaciones que se
establezcan».
226
La Ley 57/2003, de 16 de diciembre, modificó el art. 73.3 LrBRL, manteniendo la
obligatoriedad de la constitución de grupos políticos a efectos de la actuación corporativa de los
ediles, «con excepción de aquellos que no se integren en el grupo político que constituya la
formación electoral por la que fueron elegidos o que abandonen su grupo de procedencia que
tendrán la consideración de miembros no adscritos».
99
los grupos políticos, así como el desarrollo de las efectivas funciones que les
corresponde en el seno de la estructura de la organización local227.
227
En este sentido se manifiesta la STS de 15 de septiembre de 1995, Ar. 6701 (Rodríguez-
Zapata Pérez), cuando sostiene que “la constitución de un grupo mixto, como Grupo Político en
el Pleno de la Corporación, no puede ser aprobado, en el caso, como acto administrativo
singular del Pleno, en cuanto dicha decisión afecta a la Corporación en su propio ser y a la
esencia de su organización y funcionamiento en forma tal que no puede ser dejado a la
voluntad ordenada de un acto singular del Ente sino a la voluntad ordenante de una norma de
organización, sin perjuicio de que la norma provenga del mismo Ayuntamiento en Pleno que la
ha de acatar” (F.D. 4). Se trataría, en suma, de una reserva a favor del Reglamento Orgánico
para regular la constitución del Grupo Mixto Municipal. No obstante, esta doctrina ha sido
revisada por las SSTS de 26 de septiembre de 2002, Ar.9113, F.D.4 y 21 de marzo de 2006,
Ar. 1843, F.D. 5 (Maurandi Guillén). El Tribunal Constitucional, por su parte, parece respaldar la
intermediación de la norma de autoorganización local como instrumento idóneo del desarrollo
de las funciones de los grupos políticos cuando en la STC 169/2009, de 9 de julio, plantea que
para evitar el riesgo de sobrerrepresentación de las minorías “ya sea a través de las normas
que regulan la organización y funcionamiento de la corporación, o del propio acuerdo a través
del cual se materialice lo dispuesto en el art. 73.3 LBRL, habrán de adoptarse las disposiciones
organizativas que procedan, de cara a garantizar que el derecho de los concejales no adscritos
a participar en las deliberaciones y a votar en las comisiones informativas no altere la citada
exigencia de proporcionalidad” –F.J. 4-.
228
Morell Ocaña, Luis, El régimen local español, [Link]., p. 520. Funciones a partir de las que el
autor sostiene la naturaleza de los grupos políticos locales como asociaciones de concejales.
100
órganos que tienen encomendado el dictamen de los anteproyectos de
ordenanzas y reglamentos. En este momento dicha participación se configura
como un derecho del grupo, que se fundamenta en el fin de facilitar a sus
componentes el conocimiento y reflexión sobre las materias en que han de
intervenir con posterioridad con carácter decisorio en un segundo momento,
como es el correspondiente debate en el pleno local. Es en esa primera fase,
en suma, en la que los diferentes grupos van formando su voluntad sobre el
proyecto de que se trate, que será manifestada y debatida formalmente en un
segundo momento en el pleno corporativo, operando, la reiterada participación
de los grupos municipales como una garantía de las minorías. Recuérdese, a
estos efectos229, cómo el Tribunal Constitucional ha deducido del art. 1.1 CE
que éste posee una dimensión como técnica específica para utilizarse en un
sistema democrático con el objeto de asegurar la presencia de las minorías en
los órganos representativos locales a fin de garantizar el ejercicio de sus
derechos de participación política.
229
Vid supra Capítulo [Link].2.1
101
como los Reglamentos de las Asambleas Legislativas de las Comunidades
Autónomas prevén diferentes fases e instrumentos que facilitan el debate, el
encuentro, la discusión, el conocimiento de las diferentes posturas de todos los
grupos políticos con relación al texto legislativo correspondiente, etc. De este
modo, participación de las minorías y discusión y publicidad se configuran
como las notas determinantes del procedimiento parlamentario, condicionantes
que no aparecen en el procedimiento gubernativo de elaboración de las normas
de rango infralegal tanto del Estado como de las Comunidades Autónomas230.
230
Tal y como se infiere de las normas sobre competencia y procedimiento contempladas en
los artículos 23 y 24 de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, de organización, competencia y
funcionamiento del Gobierno.
231
Como sostiene una parte importante de la doctrina. Entre otros, Galán Galán, Alfredo, La
potestad normativa autónoma local, op. cit., p. 201; y Ortega Álvarez, Luis, “La potestad
normativa local”, en Tomás Font (dir), Anuario del Gobierno Local 2001, Marcial Pons, Madrid,
2001, p. 44.
232
Vid. infra Capítulo [Link].3.
233
Desde la perspectiva procedimental de elaboración de las normas locales niega esta
posibilidad Gabriel Doménech Pascual al comentar la conocida STS de 29 de septiembre de
2003, en “La tipificación de infracciones y sanciones por los entes locales”, Revista General de
Derecho Administrativo, n. 6, 2004, Iustel, Madrid
102
Cuando se alude a la nota de publicidad en el ámbito de la elaboración
de normas, resulta evidente que se está haciendo mención a que tal actividad
normadora, desarrollada en el seno del órgano de representación democrática
correspondiente es, si se nos permite la tautología, pública. Así se desprende
con claridad del tenor literal del art. 80 CE en orden a las sesiones plenarias
de las Cámaras legislativas. Principio general de publicidad que se ve limitado
exclusivamente cuando concurra el acuerdo en contrario de la mayoría
absoluta de Diputados o Senadores o lo determine el Reglamento de la
Cámara respectiva234.
234
Entre los supuestos en que es posible que las sesiones plenarias del Congreso carezcan de
la nota de la publicidad pueden señalarse las siguientes: cuando se traten cuestiones
concernientes al decoro de la Cámara o de sus miembros, o de la suspensión de un diputado,
o se debatan propuestas, dictámenes, informes o conclusiones elaboradas en el seno de la
Comisión del Estatuto de los Diputados, esto es, las referentes a incompatibilidades y
suplicatorios (apartados 1 y 2 del art. 63 del Reglamento del Congreso). En el Senado, por su
parte, podrán carecer del carácter de públicas las sesiones en las que el Pleno es informado de
un dictamen sobre un suplicatorio o cuando se debata la privación de la asignación de un
senador por inasistencia (apartados 3 y 2 del art. 23 del Reglamento del Senado,
respectivamente).
235
A pesar de que nuestro análisis se limita a la publicidad en el seno del pleno de los
Ayuntamientos, la previsión contenida en el reiterado precepto de la ley básica de régimen local
parece consagrar la regla general de la publicidad de las sesiones plenarias de cualesquiera
entidades locales constitucionalmente necesarias: municipios, provincias e islas, tal y como
parece deducirse de su inserción en el Capítulo IV –“Información y participación ciudadanas”-,
del Título V, rubricado “Disposiciones comunes a las Entidades locales”.
236
Vid. García Martínez, Mª Asunción, El procedimiento legislativo, Congreso de los Diputados,
Madrid, 1987, pp. 51-56.
103
En su formulación y exigencia preliminar, el principio general de que las
sesiones plenarias de los órganos representativos titulares de potestad
normadora sean públicas, concurre en las tres instancias de poder público
territorial. Pero ese principio general, no agota su virtualidad con su mera
formulación formal traduciéndose en el ámbito municipal en diferentes
consecuencias, entre las que cabe señalar las siguientes: primera, como regla
general y con los límites antes señalados, las sesiones plenarias municipales
están abiertas a los vecinos que, incluso, pueden llegar a tomar la palabra bien
directamente, bien a través de su inserción en Asociaciones de vecinos;237
segunda, los plenos de los Ayuntamientos están abiertos, además de a los
ciudadanos, a los medios de comunicación social -Emisoras de Radio,
Televisiones, periódicos, etc.-, que cumplen una función de primer orden, al ser
los instrumentos indispensables para que puedan llegar a los vecinos las
distintas posiciones, argumentaciones y propuestas de los diferentes grupos
políticos municipales; tercero, y último, a través de las sesiones públicas
plenarias y de la labor de los medios de comunicación, la nota de la publicidad
cumple una función instrumental, característica de los regímenes democráticos
contemporáneos calificados como regímenes de opinión pública, en el sentido
de que los vecinos adquieren conocimiento de las posiciones minoritarias, las
posturas críticas y las propuestas alternativas que se debaten en los
Ayuntamientos.
237
En el primer supuesto, en su condición de miembros de la Asamblea Vecinal en el régimen
del Concejo Abierto y, en el segundo caso, de acuerdo con la previsión contenida en el art.
228.1 del ROF. En este artículo se regula la eventual intervención de las Asociaciones de
vecinos en el Pleno municipal, a través de un único representante, y previa petición y
autorización del Alcalde, con anterioridad a la lectura, debate y votación de una propuesta de
un asunto del orden del día en cuya tramitación administrativa hubiesen actuado como
interesadas. Por lo demás, la asistencia de vecinos a las sesiones plenarias es una práctica
constante y habitual en los municipios españoles, no sujeta a autorización alguna al contrario
de lo que ocurre en las Asambleas legislativas de las Comunidades Autónomas. En efecto, en
todos los Reglamentos de los Parlamentos autonómicos, con idéntico tenor literal, se prevé
expresamente la restricción en cuanto a la presencia de público, al limitar el acceso a las
sesiones plenarias a los Diputados, miembros del Consejo de Gobierno, a los funcionarios del
Parlamento en el ejercicio de su cargo, eventualmente a los Senadores designados por la
Comunidad Autónoma y a quienes estén expresamente autorizados por el Presidente de la
Cámara (arts. 56.3 de Andalucía, 67.3 de Aragón, 51.3 de Cataluña, 64.3 de Navarra, 52.3 de
Valencia, 48.3 del País Vasco, etc.).
104
normativa municipal. En este sentido, un gráfico ejemplo de ello es la
tramitación en algunos municipios de las ordenanzas de convivencia
ciudadana, en los que al socaire de la defensa de las libertades cívicas se
constituyeron asociaciones específicas en contra del sentido de tales normas:
la “Red ciudadana contra la Ordenanza incívica del Ayuntamiento de
Zaragoza”, la “Plataforma contra el civismo” en el caso de la ciudad de
Barcelona o, por último, el “Foro contra la ordenanza de convivencia
ciudadana” de Aldea Moret238, entre otros.
238
Como veremos más adelante, en el Capítulo Sexto.
239
Empleo el término “debate” en un sentido anticuado, tal y como indica Ronald Dworkin, para
referirme a la actividad que las personas que comparten una base común integrada por ciertos
principios políticos muy básicos llevan a cabo cuando argumentan acerca de qué políticas
concretas reflejan mejor esos principios compartidos, en La democracia posible, Paidos,
Barcelona, 2008, p. 19.
240
El diálogo y la contradicción se han configurado tradicionalmente como manifestaciones de
la denominada “democracia de consenso” y de la “democracia de oposición”, respectivamente,
que obedecen a lógicas diferentes y, en principio, antitéticas. La crítica fundamental que se
formula a la democracia de consenso estriba en que el permanente recurso al acuerdo
parlamentario difumina, hasta la extenuación, la distinción entre las diferentes representaciones
parlamentarias, abocando hacía una uniformidad no deseada. Frente a ello, se opone el
modelo de democracia de oposición, de inspiración británica, en el que el principio mayoritario
despliega toda su potencialidad: el grupo mayoritario impone su criterio sin necesidad de acudir
al acuerdo con los grupos minoritarios, en la medida en que se encuentra legitimado por los
resultados electorales, actuando como criterio corrector el principio de alternancia.
105
parlamentarismo racionalizado, en cuanto técnica de la más genérica
racionalización del poder241, la defensa de un texto legislativo por parte del
portavoz de la mayoría gubernamental y la subsiguiente defensa de la
argumentación de las minorías, no pretenden alcanzar las adhesiones de unos
y otros; por el contrario, persiguen las adhesiones de la opinión pública a las
respectivas posiciones. Esto es, con la argumentación gubernamental no se
persigue tanto una variación de la voluntad de la minoría, como que la opinión
pública tenga conocimiento de las razones y motivaciones que configuran el
sustrato del texto presentado. Y de igual modo, la argumentación de la minoría
cumple la función de ofrecer a la ciudadanía bases suficientes para que
conozca los motivos que la inducen a rechazar el texto presentado por la
mayoría, y a que tengan acceso a su propia argumentación.
241
Como argumentó en su momento Boris Mirkine-Guetzévitch, Modernas tendencias del
Derecho Constitucional, Reus, Madrid, 2011, pp. 27-85 [original de 1931]
106
bicameral, en el que el trámite legislativo en el Senado implica una segunda
vuelta de conversaciones entre los grupos parlamentarios242 .
242
Ahora bien, tanto el diálogo como su finalidad, el consenso, sólo puede tener un
reconocimiento de validez, en términos constitucionales, si el mismo se lleva a cabo entre los
partidos políticos presentes en las Cámaras Legislativas, en las Asambleas Autonómicas y en
los Plenos municipales, por expreso mandato del art. 6 CE, tal y como ha puesto de manifiesto
Francisco Sosa Wagner en “El Estado se desarma”, estudio introductorio a la obra de Thomas
Darnstädt, La trampa del consenso, Trotta, Madrid, 2005, p. 35.
243
Sobre el posible contenido del Reglamento Orgánico en materia de procedimiento de
elaboración de ordenanzas, éste será prácticamente inexistente si se entiende que el mismo es
un procedimiento administrativo, al no configurarse como normas de organización y
funcionamiento stricto sensu, si no como normas comunes de procedimiento. No obstante, a
través de la regulación del denominado Estatuto del vecino, en el que se regulan los derechos
y deberes de los vecinos y sus formas de participación en la vida local, pueden incorporarse
mecanismos de intervención ciudadana en el procedimiento de elaboración de ordenanzas.
Sobre esta materia resulta útil Galán Galán, Alfredo, El Reglamento Orgánico Local, INAP,
Madrid, 2004, pp. 47-54 y la bibliografía que allí se cita.
244
A pesar de que el art. 49 LrBRL sólo se refiere a la aprobación de ordenanzas, el
procedimiento para su modificación ha de seguir iguales trámites según se desprende del art.
56 del TRRL como se ha encargado de precisar la STS de de 24 de febrero de 1999, Ar.
1387, (Soto Vázquez), F.D. 2.
107
informes necesarios, etc. Es en estos momentos, previa su aprobación inicial,
cuando los diferentes grupos políticos tienen conocimiento del texto propuesto
por el equipo de gobierno, momento, por lo demás, en el que comienzan a
plantearse tanto alternativas al proyecto gubernamental, como negociaciones y
contactos entre los diferentes grupos políticos municipales. Con ello, se
pretende poner de relieve que el pleno municipal no es un mero órgano de
refrendo de proyectos y propuestas del equipo de gobierno. Por el contrario,
puede sostenerse que se configura como un órgano en el que las minorías
tienen conocimiento del texto presentado por la mayoría y pueden formular las
objeciones que estimen pertinentes.
245
Cfr. Kelsen, Hans, Esencia y valor de la democracia, 2ª ed., Edit. Labor, Barcelona, 1934,
pp. 81-82.
246
Cfr. Dahl, Robert A., On Democracy, Yale University Press, New Haven & London, 1998, pp.
50-51.
108
en los procesos de toma de decisiones públicas. Llevados a posiciones
maximalistas, se podría concluir afirmando que sin mecanismos de
participación no existe la posibilidad de generar una cultura democrática, de
manera que sin ésta podría llegar a desaparecer la democracia.
247
Entre otros, Embid Irujo, Antonio, “Ordenanzas y Reglamentos Municipales”, en Santiago
Muñoz Machado (Dir), Tratado de Derecho Municipal, 3ª ed., Iustel, Madrid, 2011, pp. 730-733;
Fanlo Loras, Antonio, voz “Ordenanza Local”, en Enciclopedia Jurídica Básica, Tomo III,
Civitas, Madrid, 1995, p. 4652; y Vallina Velarde, Vicente de la, voz “Ordenanzas Locales”, en
Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, Tomo XVIII, Barcelona, 1986, p. 539.
248
Cfr. Parada Vázquez, Ramón y Bacigalupo Saggese, Mariano, “Artículo 105. Audiencia del
ciudadano en procedimientos administrativos y acceso de los ciudadanos a los archivos y
registros administrativos”, en Oscar Alzaga (dir), Comentarios a la Constitución Española de
1978, Tomo VIII, Edersa/Cortes Generales, Madrid, 1998, pp. 525-534. Véase, asimismo,
Castellà Andreu, Josep Mª, Los Derechos Constitucionales de Participación Política en la
Administración Pública, CEDECS, Barcelona, 2001, pp. 211 y ss.; específicamente para el
109
Como es notorio, la noción de garantía constitucional, en sus términos
más genéricos, fue formulada por Mortati como cualquier mecanismo
institucional o jurisdiccional encaminado a la tutela o defensa del concreto
derecho, bien o institución específicamente protegida por la Constitución249.
Mientras que, desde una perspectiva más estricta o restringida, con su empleo
se está haciendo referencia a todos los mecanismos jurídicos de seguridad que
el ordenamiento constitucional preordena a los fines de salvaguardar y
defender la integridad de los valores y principios normativos que la misma
contempla250. Específicamente, desde una perspectiva axiológica, la finalidad
de la garantía constitucional consiste en asegurar, entonces, un conjunto de
valores –en nuestro caso el “pluralismo político”- que “interesan
constitucionalmente en la medida en que realizan la integración de los
individuos y de los grupos sociales en la convivencia política”251. Desde esta
premisa, por lo tanto, puede sostenerse que el derecho a participar en el
procedimiento de elaboración de disposiciones de carácter general tiene su
fundamento en la propia Constitución y resulta de aplicación directa, no
obstante figurar en el reiterado art. 105.a) CE una expresa reserva de Ley252,
configurándose en lo que ahora importa como una manifestación del principio
democrático, sin perjuicio de otras posibles funciones instrumentales que
puede cumplir.253 Por ello, al margen de otros planteamientos que puedan
110
deducirse, la expresada reserva legal ha de entenderse en un doble sentido,
que incide sobre el sistema de fuentes y la distribución constitucional de
competencias, respectivamente.
254
Vid. Otto y Pardo, Ignacio de, Derecho Constitucional. Sistema de fuentes, op. cit., p. 229.
255
Sobre esta posibilidad se plantean idénticos problemas que en el caso examinado en el
epígrafe IV.2 de este mismo Capítulo, relativo al posible contenido del reglamento orgánico en
materia de procedimiento de elaboración de ordenanzas y reglamentos locales, véase la nota
número 108. Específicamente para la participación ciudadana, Juli Ponce Solé ha puesto de
relieve que del art. 69.2 de la LrBRL es posible regular una institución procedimental como la
participación directamente por la entidad local en virtud de la potestad de autoorganización,
siempre que se respeten la regulación básica estatal y la autonómica de desarrollo, en Deber
de buena administración y derecho al procedimiento administrativo debido, Lex Nova,
Valladolid, 2001, pp. 580-581.
111
El segundo sentido en que ha de entenderse la referida reserva de Ley
consiste, a nuestro modo de ver, en que, dados tanto el sistema constitucional
de distribución de competencias ex art. 149.1.18ª CE como la circunstancia de
que el art. 105.a) CE resulta de aplicación a todos los poderes públicos, la
concreta determinación de, al menos, cuándo y cómo se ha de ejercitar el
derecho de referencia corresponde determinarla al legislador básico estatal.
256
Y añade Jiménez Asensio, «si se camina claramente hacia un modelo de “forma
parlamentaria de gobierno municipal”, no se entiende por qué se inserta en medio del proceso
de elaboración de la norma una serie de mecanismos de participación ciudadana, cuando es
obvio que los representantes municipales ya han realizado todo el proceso deliberativo y
alcanzado una posición de síntesis (o, en su caso, una discrepancia evidente sobre su
contenido: lo cual puede ser más grave pues puede azuzar “una contestación demagógica del
proyecto de ordenanza” utilizando para ese fin el manido instrumento de la “participación
ciudadana”)», en “Potestad normativa municipal y convivencia ciudadana”, en Tomàs Font i
Llovet (Dir.), Anuario del Gobierno Local 2005, Institut de Dret Públic/Fundación Democracia y
Gobierno Local, Barcelona, 2006, p. 44. [la cursiva en el original]. En igual sentido, Salazar
Benítez, Octavio, El sistema de gobierno municipal, op. cit., p. 222.
257
El apartado 3.a) del art. 48 de la Ley 22/2006, de 4 de julio inserta el trámite de participación
ciudadana antes de que la comisión correspondiente y el Pleno debatan el texto del proyecto
de norma de que se trate, mientras que para las proposiciones, según el apartado 4.a), dicha
intervención se ordena después de que la comisión haya dictaminado el texto. En el caso del
112
En cuanto al segundo de los elementos que corresponde determinar al
legislador básico estatal –es decir, cómo se ha de ejercitar el derecho de
participación en el procedimiento de referencia-, una vez llevada a cabo la
aprobación inicial por el Pleno municipal, el vigente art. 49.b) LrBRL ordena la
intervención de los ciudadanos a través de dos mecanismos: la información
pública y la audiencia a los interesados, todo ello por el plazo de treinta días,
con la finalidad de que presenten las reclamaciones y sugerencias que estimen
pertinentes.
borrador de la Ley estatal, los apartados 3 y 4 del art. 32 regulaban la intervención ciudadana
en iguales términos que los acabados de exponer.
113
mismas258. En el primer caso son los ciudadanos considerados
individualmente, mientras que en el segundo lo son tales ciudadanos
considerados en su conjunto, organizados a través de asociaciones u
organizaciones representativas de intereses. Ahora bien, esta dualidad de
destinatarios ha sido reconducida a la unidad por el Tribunal Supremo. Esto es,
la información pública y la audiencia a los interesados previstas en el art. 49.b)
LrBRL constituyen un trámite único, que obliga tanto a la publicación del
acuerdo de apertura del trámite de información pública y audiencia a los
interesados, como a efectuar una notificación individual en los casos en que
existan afectados o interesados que estén claramente determinados y resulten
conocidos por la Administración que promueve el proyecto de ordenanza259.
4.4. Publicación
258
Castellà Andreu, Josep Mª, Los Derechos Constitucionales de Participación Política en la
Administración Pública, op. cit., pp. 480-484 y 487-491.
259
Cfr. STS de 14 de junio de 1994, Ar. 4597, (Rodríguez-Zapata), F.D. 7. Sobre ello Ibáñez
Macías, Antonio, El derecho constitucional a participar y la participación ciudadana local, grupo
difusión, Madrid, 2007, p. 300; y Arroyo Jiménez, Luis, “Régimen jurídico, procedimiento y
servicios públicos”, op. cit., pp. 265-266.
260
Cfr. Biglino Campos, Paloma, voz “Publicidad de las normas”, en Manuel Aragón Reyes
(Dir.), Temas Básicos de Derecho Constitucional, 2ª ed., Tomo I, Thomson Reuters/Civitas,
Madrid, 2011, p. 346.
114
De esta afirmación preliminar se desprenden, al menos, dos cuestiones
sobre las que merece la pena detener la atención. La primera de ellas consiste
en que, por expreso mandato constitucional, corresponde al legislador ordinario
determinar dónde han de publicarse las normas emanadas de los diferentes
poderes públicos territoriales titulares de tal facultad. En otras palabras, y
referido al supuesto de las ordenanzas, el legislador ordinario no puede
inhibirse de desarrollar esa obligación constitucional y debe identificar el
instrumento a través del cual se ha de dar publicidad a las normas locales. Con
ello se quiere poner de manifiesto tanto que una Ley que no determinase dicho
instrumento violentaría el principio de publicidad consagrado en el art. 9.3 CE,
como que en el reiterado instrumento deben concurrir las notas de certeza y
previsibilidad que hagan a los ciudadanos identificarlo fácilmente261.
115
reprobables y los efectos que se derivarían en caso de que ejerciesen las
mismas.
263
Cfr. STC 233/1999, de diciembre, caso LHL, F.J.8.
264
La casuística es generosa, así en cuanto a las ordenanzas fiscales, entre los fallos más
recientes pueden verse las SSTS de 11 de junio de 2001, Ar. 7239 (Gota Losada), de 2 de
marzo de 2002, Ar. 2037 (Mateo Díaz) y de 27 de junio de 2006, Ar. 6111 (Frías Ponce).
265
La doctrina ha criticado la redacción del principio de legalidad penal en el art. 7 del CEDH
por cuanto pervierte el componente político-democrático del principio de legalidad penal, en la
medida en que supone la quiebra de la exigencia de reserva absoluta de Ley en sentido formal
al prever que la jurisprudencia, la costumbre y los principios generales del Derecho pueden ser
fuente del Derecho Penal en sentido objetivo, siendo sustituido por la noción de previsibilidad.
Sobre esta cuestión, por todos Huerta Tocildo, Susana, “El contenido debilitado del principio
Europeo de legalidad penal”, en, Javier García Roca y Pablo Santolaya (Coords.), La Europa
de los derechos. El Convenio Europeo de Derechos Humanos, 3ª ed., CEPC, Madrid, 2014 pp.
399-427.
116
en los asuntos Oliveira c. Holanda y Landvreugd c. Holanda, ambos de 4 de
junio de 2002, el Tribunal de Estrasburgo examina, entre otras cuestiones, los
principios de accesibilidad y previsibilidad con relación a la imposición por el
Burgomaestre de Ámsterdam de unas órdenes de restricción de la libertad de
circulación para transitar por zonas acotadas del centro de la ciudad durante
catorce días, como consecuencia del incumplimiento de la prohibición de
consumo o posesión de drogas duras en la citada zona.
266
Este artículo establece que,
«1. Toda persona que se encuentre legalmente en el territorio de un Estado tiene derecho a
circular libremente por él (…).
2. (…)
3. El ejercicio de estos derechos no podrá ser objeto de otras restricciones que aquellas que,
previstas por la Ley, constituyan medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la
seguridad nacional, la seguridad pública, el mantenimiento del orden público, la prevención del
delito, la protección de la salud o de la moral o la protección de los derechos y libertades de
terceros.
4. Los derechos reconocidos en el párrafo 1 podrán igualmente, en ciertas zonas
determinadas, ser objeto de restricciones, que, previstas por la Ley, estén justificadas por el
interés público en una sociedad democrática».
117
demandantes podían prever la posibilidad de imposición de las órdenes de
prohibición de catorce días, máxime teniendo en cuenta que, en los dos
supuestos, los demandantes ya habían sido sancionados con órdenes de
prohibición de acceso a la zona en cuestión por haber consumido drogas y la
policía les había advertido, tanto de palabra como por escrito, de las posibles
consecuencias -44-.
267
Asunto Rotaru c. Rumania, de 4 de mayo de 2000.
268
Entendida en el sentido de que una norma es “previsible” si está formulada con la suficiente
precisión como para que una persona, si es necesario con la ayuda apropiada, ajuste su
conducta a ella -52-, y en igual sentido, Malone c. Reino Unido, de 2 de agosto de 1984 -67- y
Amann c. Suiza, de 16 de febrero de 2000 -56-.
118
será el legislador básico estatal de régimen local quien determine dónde han
de publicarse las normas locales a fin de garantizar los principios de legalidad y
de seguridad jurídica contemplados en el art. 9.3 CE y, en consecuencia con
ello, dotar de contenido sustantivo a los principios de accesibilidad y
porevisibilidad que forman parte del contenido de la seguridad jurídica.
119
CAPÍTULO TERCERO
LA HERMENÉUTICA CONSTITUCIONAL SOBRE EL PRINCIPIO DE
LEGALIDAD SANCIONADORA Y LAS ORDENANZAS LOCALES
269
Vid. Lasagabaster Herrarte, Iñaki, “La potestad reglamentaria, en especial la local, y la
reserva del art. 25 CE en materia sancionadora. (Nota a la STC 132/2001, de 8 de junio)”,
RVAP, n. 62, 2002, p. 275.
270
Por ejemplo, las SSTS de 25 de mayo de 2004, Ar. 4036 (Martí García), de 20 de
diciembre de 2007, Ar. 4087 (Martínez Micó) y de 30 de enero de 2008, Ar. 1934 (Martínez-
Vares García), entre otras. Sobre la Sentencia de 29 de septiembre de 2003, véanse Pulido
Quecedo, Manuel, “Un nuevo enfoque jurisprudencial del TS sobre Ordenanzas locales a la luz
del principio de autonomía local (El caso de la Ordenanza Municipal de Zaragoza sobre
contenedores)”, repertorio de Jurisprudencia Aranzadi, VII, 2003, pp. 327 y ss; Toscano Gil,
Francisco, “La recepción por el Tribunal Supremo de la doctrina de la vinculación negativa de la
Ordenanza Local al principio de legalidad sancionadora”, Revista Andaluza de Administración
Pública, n. 54, 2004, pp. 163-191; y Bueno Armijo, Antonio Mª, “Capítulo IV. El principio de
legalidad sancionadora (I): la reserva de ley”, en Manuel Rebollo Puig et alii, Derecho
Administrativo Sancionador, Lex Nova, Valladolid, 2010, pp. 145-146.
120
municipales. Esta circunstancia justifica que nos detengamos, aún de modo
sucinto, en el examen de la hermenéutica que el TC ha elaborado con relación
al art. 25.1 CE y las ordenanzas municipales. Así, partiendo de la STC
132/2001 nos centraremos en primer lugar en el examen de dos cuestiones
centrales en el debate en torno a esa relación, de una parte, los requisitos
necesarios que han de concurrir en la flexibilización de la reserva de ley así
como los motivos para no excluir la exigencia de ley –apartado 1- y, de otra
parte, y en lógica consecuencia con la anterior determinación constitucional,
cuál ha de ser el contenido que ha de figurar en una norma con rango legal al
efecto de cumplir con el principio de reserva de ley sancionadora, esto es, los
denominados “criterios mínimos de antijuridicidad” –apartado 2-. A
continuación, analizaremos la trascendencia del principio de seguridad jurídica
como expresión del contenido de la garantía material de la reserva de ley,
incorporado a la interpretación constitucional por las SSTC 161/2003 y
193/2003 –apartado 3-. Y, en último extremo, nos referiremos al supuesto
concreto de las sanciones acústicas, en el que el TC, en una primera
resolución, STC 16/2004, abandona la doctrina fijada en anteriores
pronunciamientos para retornar a ella en un fallo muy próximo en el tiempo,
STC 25/2004 -apartado 4-.
121
infracciones y sanciones a través de normas locales271. En primer término, para
que se pueda llevar a cabo la aludida flexibilización han de tratarse de materias
reservadas a la ley en las que esté presente el interés local. Noción esta del
interés local que, si bien tiene un expreso reflejo en el Derecho positivo interno
en el art. 2.1 LrBRL, no se corresponde exactamente, en toda su extensión y
efectos, con la más amplia expresión de “asuntos públicos” empleada por el art.
3.1 CEAL, norma que también forma parte de nuestro ordenamiento jurídico.
En qué se traducen dichos intereses locales no es algo claro y determinado con
carácter general, puesto que son muy escasas aquellas materias que pueden
atribuirse exclusivamente al interés local pero, a la inversa, son también
escasas las materias en las que no entra en juego dicho interés,
correspondiendo al legislador determinar cuáles son estos intereses, su
definición y la precisión de su alcance atribuyendo a la entidad local las
competencias que precise para su gestión272. Cada vez se hace más difícil, en
suma, construir la noción de “interés local” con relación a una materia o grupo
de materias compartimentadas y estancas sin tener en cuenta la concurrencia
de los intereses de los demás niveles de gobierno, así como también los
intereses de los ciudadanos273.
122
de disposiciones normativas como los Decretos de Alcaldía, o las disposiciones
generales que carecen de tal rango como los Bandos. Con ello, el Tribunal
formula una importante consideración sobre la naturaleza de la ordenanza,
pues ésta se vincula directamente, desde una perspectiva exclusivamente
formal, con una reserva en cuanto a su procedimiento de elaboración y a la
naturaleza democrático-representativa del órgano del que emana, con
independencia de cuál haya de ser su contenido material, en términos muy
similares, por no decir casi idénticos, a los que tradicionalmente se han
predicado del concepto formal de Ley274.
274
En este sentido, la STS de 5 de junio de 1998, Ar. 5657 (García-Ramos Iturralde) considera
que la calificación como infracción muy grave de ejercer una actividad sin licencia municipal,
contemplada en una ordenanza de establecimientos de concurrencia pública, no conculca la
garantía formal de la reserva de Ley por “la naturaleza eminentemente normativa” de aquélla
(F.D. 2). Subyace en este planteamiento, a nuestro entender, una cierta identificación entre ley
formal y ordenanza.
275
Al respecto, Díez-Picazo, Luis María, “Los criterios de representación proporcional del art.
68.3 de la Constitución: su alcance y proyección a efectos distintos de la elección para el
Congreso de los Diputados”, en Estudios sobre la Constitución Española. Homenaje al profesor
Eduardo García de Enterría, Tomo III, Civitas, Madrid, 1991, pp. 2061-2065.
276
Concepción plasmada en la jurisprudencia constitucional a partir de la STC 163/1991, de 18
de julio. Sobre la evolución de esta jurisprudencia y su directa incidencia en la configuración de
las Diputaciones, en extenso, Garrido López, Carlos, “El Diputado provincial como
representante”, REDC, n. 60, 2000, pp. 124-128.
123
política que los ciudadanos crean277. En definitiva, en este concreto aspecto, no
parece que exista problema alguno en asimilar el alcance y naturaleza de las
ordenanzas municipales a las provinciales, sobre todo si se tiene en cuenta que
su procedimiento de elaboración es idéntico y que los sujetos que intervienen
en el mismo gozan de la condición de cargos públicos representativos.
Cuestión diferente es, como veremos más adelante, que el ámbito material al
que pueden ir referidas las ordenanzas provinciales es más limitado que las
municipales debido, fundamentalmente, al distinto nivel de atribución material
de competencia a provincias y municipios278.
“Esta flexibilidad no sirve, con todo, para excluir de forma tajante a la exigencia
de ley. Y ello porque la mera atribución por ley de competencias a los Municipios –
conforme a la exigencia del art. 25.2 LBRL- no contiene en sí la autorización para que
cada municipio tipifique por completo y según su propio criterio las infracciones y
sanciones administrativas en aquellas materias atribuidas a su competencia. No hay
correspondencia, por tanto, entre la facultad de regulación de un ámbito material de
interés local y el poder para establecer cuándo y cómo el incumplimiento de una
obligación impuesta por ordenanza Municipal puede o debe ser castigada. La
flexibilidad alcanza al punto de no ser exigible una definición de cada tipo de ilícito y
sanción en la ley, pero no permite la inhibición del legislador” -F.J.6-.
277
Cfr. García Roca, Javier, Cargos públicos representativos. Un estudio del artículo 23.2 de la
Constitución, Aranzadi, Pamplona, 1999, pp. 48-50.
278
Diferencia que se ha resuelto a favor del municipio, en consideración a su condición de
entidad local nuclear de la entera organización territorial del Estado y sin perjuicio de las
complejas facultades de coordinación, en cuanto a su efectividad práctica, de determinados
servicios públicos municipales que se atribuyen a las Diputaciones provinciales en el nuevo art.
26.2 de la LrBRL, tras la modificación operada en la misma por la Ley de racionalización y
sostenibilidad de la administración local. Con relación a este concreto aspecto, puede verse
Jiménez Asensio, Rafael, “La posición institucional de las diputaciones provinciales a partir de
la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local”, Diario de Derecho
Municipal, Iustel, enero de 2014; Salvador Crespo, Mayte, “Las competencias de las
diputaciones provinciales en la Ley 27/2013, de 27 de diciembre, de racionalización y
sostenibilidad de la Administración Local”, Cuadernos de Derecho Local, n. 34, 2014, pp. 133-
144; y González Iglesias, Miguel Ángel, “Las provincias tras la modificación de la ley de bases
de régimen local efectuada por la ley de racionalización y sostenibilidad de la administración
local”, en Tomás Quintana López (Dir.), La reforma del régimen local. Comentario a la Ley
27/2013, de 27 de diciembre, de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local,
tirant lo blanch, Valencia, 2014, pp. 277-284.
124
En este concreto extremo, el Tribunal Constitucional disocia la relación
entre atribución de competencias a los municipios, las potestades normativa y
sancionadora de las que son titulares los entes locales y la facultad para
tipificar infracciones y sanciones, certificándose la asimetría existente entre las
competencias atribuidas a las entidades locales y la potestad sancionadora
para hacerlas valer mediante la coacción279. Pero hay más, según esta
aseveración, el Alto Tribunal viene a cerrar el paso a la posible existencia de
eventuales Reglamentos independientes en el ámbito local,280 y hace suya la
corriente jurisprudencial del Tribunal Supremo que ya había puesto de
manifiesto la disociación entre las categorías citadas al objeto de entender
vulnerado el art. 25.1 CE por la tipificación de infracciones y sanciones
contempladas en ordenanzas municipales. En efecto, no son escasos los
supuestos en los que el Tribunal Supremo, al examinar la eventual cobertura o
habilitación legal de tipificaciones contempladas en ordenanzas municipales, ha
considerado que la exigencia de ley en materia de sanciones administrativas no
puede suplirse o sustituirse con genéricas referencias a las competencias
municipales previstas en los artículos 25 y 26 de la LrBRL o en “las
competencias” reglamentarias de las entidades locales281.
279
Cfr. Sanz Gandásegui, Francisco, “El ejercicio de la potestad sancionadora por la
Administración Local”, en Joaquín de Fuentes-Bardají (dir.), Manual de Derecho Administrativo
Sancionador, I, Ministerio de Justicia/Aranzadi/Thomson Reuters, Navarra, 2009, p. 664.
280
Vid. Hernández González, Francisco L, “La reserva de ley en materia sancionadora.
Avances, retrocesos y contradicciones de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional”, RAP, n.
166, 2005, en nota número 37, p. 189 y, en extenso, Dios Sanz, Juan de, “Los reglamentos
independientes en el ámbito municipal”, REALA, n. 276, 1998, pp. 63 y ss.
281
Así, entre otras, las SSTS de 29 de mayo de 1998, Ar. 5457 (Martín González) y de 26 de
marzo de 2001, Ar. 6608 (Fernández Montalvo). En esta última se afirma que si bien la
potestad sancionadora de los entes locales es inherente a su propia configuración histórica
como Administración territorial, en el ámbito del Derecho Administrativo Sancionador son
elementos integrantes de la garantía que proporciona la Constitución la diferencia entre
atribución de potestad, tipificación de infracciones y tipificación de sanciones. Por ello, no basta
la atribución de competencia, siendo necesaria la tipificación de infracciones y sanciones en
una ley. No obstante lo anterior, existe otra corriente jurisprudencial según la cual la regulación
de infracciones en ordenanzas municipales encuentra respaldo legal en la atribución
competencial a los municipios prevista en el art. 25.2 LrBRL, v. gr. SSTS de 15 de junio de
1992, Ar. 5378 (Escusol Barra); de 16 de julio de 1998, Ar. 8381 (Gota Losada); y de 25 de
mayo de 2004, Ar. 4036 (Martí García), entre otras.
125
conductas prohibidas pero, en ningún caso, llegar a establecer sanciones ante
su eventual incumplimiento al carecer éstas de anclaje en una norma con rango
de ley. Esta paradoja, que bordea el absurdo, se muestra en toda su extensión
en la STS de 4 de febrero de 2002282 en la que se declaran disconformes con
el art. 25.1 CE las sanciones impuestas a unos ciudadanos que habían sido
sorprendidos en repetidas ocasiones colocando carteles en las marquesinas
de las paradas de autobús y en columnas publicitarias. Conductas definidas
como prohibidas en la correspondiente ordenanza -fijación de carteles, la
realización de pintadas y las demás actuaciones contrarias a la limpieza viaria
por lo que se refiere a los edificios e instalaciones públicos y privados- a las
que anuda la correspondiente sanción. Al no encontrar una clara habilitación
legal de las sanciones impuestas283, el Tribunal Supremo anula tanto las multas
pecuniarias impuestas por el Ayuntamiento, como el precepto de la ordenanza
en el que se preveían las sanciones, pero no así la descripción de las
conductas antijurídicas.
282
Ar. 2911 (Baena del Alcázar)
283
El Ayuntamiento había alegado que el fundamento legal de la regulación de las sanciones
previstas en la ordenanza se encontraba en la Ley 42/1975, de 19 de noviembre, sobre
Residuos Sólidos Urbanos. Pero lo cierto es que en la misma no se tipificaban infracciones,
remitiéndose la tipificación de sanciones a una norma reglamentaria que nunca se aprobó, ni
por el Estado, ni por la Comunidad Autónoma una vez transferida la competencia material.
126
Autónoma se habían preocupado de regular en una Ley las infracciones y
sanciones correspondientes284.
284
Como ha observado Juan Mª Pemán Gavín, tras la aprobación de la Constitución en 1978,
“la renovación del régimen local preconstitucional no se había traducido en una ampliación de
las potestades disponibles por los municipios, sino que más bien se había producido un efecto
reductor de las mismas. El poder sancionador atribuido a las autoridades municipales quedaba
limitado a los supuestos en los que su utilización encuentra un asidero suficiente en una norma
con rango de ley que especificara las infracciones y sus correspondientes sanciones”, en
“Ordenanzas municipales y convivencia ciudadana. Reflexiones a propósito de la Ordenanza
de civismo de Barcelona”, REALA, n. 305, 2007, p. 23.
285
Ar. 6487, Baena del Alcázar.
286
Una crítica de esta doctrina la formulan Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel;
Alarcón Sotomayor, Lucía, “Título XI. Tipificación de las infracciones y sanciones por las
Entidades Locales…”, op. cit., pp. 3724-3733.
127
25.1 CE, cuando la tipificación de infracciones y sanciones se lleva a cabo por
los entes locales287. Así, en cuanto a la tipificación de las infracciones
señala que:
287
A pesar de que se trata de “una arriesgada indicación en abstracto de qué es lo que debe
decir el legislador”, según Tomàs Font i Llovet, “La diversificación de la potestad normativa: la
autonomía municipal y la autonomía corporativa”, Derecho Privado y Constitución, n. 17, 2003,
p. 259. Cuestión, en definitiva, que se incardina en el espinoso ámbito del self restraint del
Tribunal Constitucional, dirigida a evitar posibles extralimitaciones del juez constitucional
invadiendo la actuación del legislador. Entre nosotros, ya en fecha temprana, debe verse Lucas
Murillo, Pablo, “El examen de la constitucionalidad de las leyes y la soberanía parlamentaria”,
REP, n. 7, 1979, pp. 197-225.
128
ha optado porque en la legislación sectorial se determinen unos criterios de
antijuridicidad respecto de la materia específica que disciplina la ley de que se
trate –v. gr. el art. 28 de la Ley 37/2003, de 17 de noviembre, del Ruido-.
Mientras que, por otra parte, con carácter general ha sistematizado unos
criterios mínimos de antijuridicidad de las infracciones en el art. 140 LrBRL.
129
criterios lo suficientemente abstractos que no describan conductas concretas
pero que, al mismo tiempo, revistan un cierto grado de especificidad para
entender satisfecha la reserva de Ley. Como puede apreciarse, estamos ante
una tarea en exceso compleja, que requiere para su plasmación efectiva un
difícil equilibrio terminológico y conceptual. De este modo, con carácter
preliminar, se puede entender que se trata de la enumeración de los bienes
jurídicos que se pretende proteger, así como las prohibiciones y deberes de los
mismos que pueden tipificarse como infracción289.
“[…] del art. 25.1 CE deriva la exigencia, al menos, de que la ley reguladora de
cada materia establezca las clases de sanciones que pueden establecer las
ordenanzas municipales; tampoco se exige aquí que la ley establezca una clase
específica de sanción para cada grupo de ilícitos, sino una relación de las posibles
sanciones que cada Ordenanza Municipal puede predeterminar en función de la
gravedad de los ilícitos administrativos que ella misma tipifica” -F.J. 6-.
289
Cfr. Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel; Alarcón Sotomayor, Lucía, “Título
XI. Tipificación de las infracciones y sanciones por las Entidades Locales…”, op. cit., p. 3714.
290
Vid. Hernández López, Francisco L, “La reserva de Ley en materia sancionadora…”, op. cit.,
p. 189.
130
gravedad de los ilícitos administrativos que ella misma tipifica”, establecerá
dicha correlación.
“[S]ólo así puede conocer el ciudadano en virtud de qué concretas normas con
rango legal se le sanciona, sin que esté excluido, (…), que una norma de rango
reglamentario desarrolle o concrete el precepto o los preceptos legales a cuya
identificación directa o razonablemente sencilla el sancionado tiene un derecho que se
291
deriva del art. 25 CE.”
291
Cfr., el F.J 3 de las SSTC 161/2003, de 15 de septiembre y 193/2003, de 27 de octubre.
292
En los dos supuestos que motivaron los recursos constitucionales, las resoluciones
administrativas sancionadoras sólo fundamentaron la sanción en una ordenanza de 1980, que
regulaba tanto la infracción constatada, como la sanción a ella vinculada, “sin que, de forma
implícita fuera posible identificar con la mínima seguridad razonable qué preceptos legales
proporcionaban cobertura a los de rango reglamentario aplicados”; de modo que, continúa el
TC, “Fueron los órganos judiciales (…) los que por primera vez llevaron a cabo el proceso de
131
Esta interpretación de las consecuencias de la vinculación entre el
derecho fundamental a la legalidad sancionadora con el principio de seguridad
jurídica la ha explicitado con mayor detalle el propio Tribunal en las SSTC
218/2005, de 12 de septiembre y 199/2014, de 15 de diciembre, al configurarla
como una garantía más que incorpora el principio de tipicidad. Así, a juicio del
TC en la primera de las sentencias aludidas, este principio “exige no sólo que el
tipo infractor, las sanciones y la relación entre infracciones y sanciones estén
suficientemente predeterminadas, sino que impone la obligación de motivar en
cada acto sancionador concreto en qué norma se ha efectuado dicha
predeterminación y, en el supuesto de que dicha norma tenga rango
reglamentario, cuál es la cobertura legal de la misma” -F.J. 3-.
132
sobre todo, la hermenéutica que sobre dicha cuestión fijó el propio Tribunal
Constitucional en su fallo de 8 de junio de 2001. Conviene, pues, que nos
detengamos en procurar razonar esta aseveración, para lo que resulta
necesario en primer lugar partir de la configuración constitucional del genérico
deber de motivar las resoluciones sancionadoras para, a continuación, centrar
nuestra atención en la propia garantía material que incorpora el derecho
fundamental consagrado en el art. 25.1 CE.
resulta ininteligible en los términos en que fue notificada y carente de cobertura legal, lo que en
suma determina la vulneración del art. 25.1 CE”.
294
Cfr. STC 7/1998, de 13 de enero, caso sanción a funcionaria local, F.J. 6.
295
Ibidem.
133
porque ésta fuese insuficiente o porque los hechos no estuviesen probados y
descritos, sino porque la mención al fundamento legal de la misma se
encontraba exclusivamente en una ordenanza municipal norma que,
evidentemente, carece de ese rango normativo296. En definitiva, con ello se
extiende el ámbito de la garantía material del art. 25.1 CE y aquí existe un
problema con los municipios en el que vamos a detener nuestra atención a
continuación.
296
A nuestro modo de ver, y a los efectos que interesan ahora aquí, el supuesto de la STC
218/2005, aunque con una matriz común, es distinto de los resueltos por las resoluciones de 15
de septiembre y 27 de octubre de 2003. En éstas, la vulneración del art. 25.1 CE se cifra en
que las resoluciones sancionadoras sólo citaban como fundamento legal de las mismas a la
correspondiente ordenanza municipal. Mientras que en aquélla, el Ayuntamiento había
subsumido la conducta de la infractora en el art. 79.b) de la Ley General Tributaria, mientras
que la sentencia recurrida en amparo sustentaba y proporcionaba cobertura a la sanción
impuesta por aquél en un artículo distinto al aplicado en la resolución administrativa
sancionadora –art. 79.a) de la Ley General Tributaria-. Y es precisamente esta actuación
judicial la que el TC declara contraria a la garantía material del art. 25.1 CE -F.J. 4-. Criterio que
es abandonado en la STC 113/2008, de 29 de septiembre, en que el Tribunal no aprecia
vulneración del art. 25.1 CE en el hecho de que la resolución sancionadora aluda a un artículo
específico y al anexo de una ordenanza municipal de tráfico –F.J. 5-.
297
Sobre ello, por todos, Mestre Delgado, Juan Francisco, “La configuración constitucional de
la potestad sancionadora en la Administración Pública”, en Sebastián Martín-Retortillo (coord.),
Estudios sobre la Constitución Española. Homenaje al profesor Eduardo García de Enterría,
Tomo III, Civitas, Madrid, 1991, pp. 2502 y ss.; ibidem, “Los principios de la potestad
sancionadora”, en: Jesús Leguina y Miguel Sánchez Morón (dirs.), La nueva Ley de Régimen
Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, Tecnos,
Madrid, 1993, pp. 368 y ss.
134
infracciones y sanciones justificándose, en último extremo, en la seguridad
jurídica, y cuya exigencia presenta implicaciones tanto en la fase de
elaboración de las normas como en el momento aplicativo del ejercicio de la
potestad sancionadora298. En palabras del Tribunal Constitucional, dicha
garantía material tiene “alcance absoluto, tanto por lo que se refiere al ámbito
estrictamente penal como al de las sanciones administrativas”, de modo que,
prosigue el Tribunal, “refleja la especial trascendencia del principio de
seguridad en dichos ámbitos limitativos de la libertad individual (…)”299.
298
González Tobarra, Pedro y Jiménez Corbajo, José Ramón, “El principio de legalidad: los
principios de reserva de ley, irretroactividad y tipicidad”, en Joaquín de Fuentes-Bardají (dir.),
Manual de Derecho Administrativo Sancionador, I, 2ª ed., Ministerio de
Justicia/Aranzadi/Thomson Reuters, Navarra, 2009, p. 139.
299
Cfr. STC 42/1987, de 7 de abril, F.J. 2.
300
Cfr. SSTC 46/1990, de 15 de marzo, F.J. 7; 36/1991, de 14 de febrero, F.J. 5; y 37/2012, de
19 de marzo, F.J. 8, entre otras.
301
Cfr. Pérez Luño, Antonio Enrique, La seguridad jurídica, 2ª ed., Ariel, Barcelona, 1994, pp.
29 y ss.
135
En primer lugar, desde un punto de vista formal, parece claro que la
perspectiva objetiva de la seguridad jurídica, vinculada al cumplimiento de
unas mínimas exigencias para crear Derecho, no concurre en el ámbito de la
garantía material de la reserva de ley cuando de las sanciones administrativas
tipificadas en ordenanzas se trata. En otros términos, la garantía material del
principio de legalidad es absoluta en orden, precisamente, a la creación del
Derecho tipificador: tarea que sólo puede llevar a cabo una norma con rango de
Ley, tanto en el ámbito penal como en el administrativo, y no una ordenanza
municipal. Ahora bien, como sabemos, esta situación ha variado a partir de la
reiterada STC 132/2001, en la medida en que las exigencias indispensables
para la creación de Derecho, en este caso sancionador, se han visto
notablemente atenuadas en el ámbito de la tipificación a través de ordenanzas,
pues ya no se requiere la definición de tipos concretos o tipos genéricos, sino,
tan sólo la fijación legal de unos criterios generales que orienten y condicionen
la valoración de los plenos municipales al efecto de establecer los tipos
concretos de infracción en las correspondientes ordenanzas.
302
Cfr. Valencia Mattín, Germán, “Derecho Administrativo Sancionador y Principio de
Legalidad”, en, [Link]., El Principio de Legalidad. Actas de las V Jornadas de la Asociación de
Letrados del Tribunal Constitucional, CEPC/TC, Madrid, 2000, p. 109 y nota número 168.
136
de una interpretación conjunta de las previsiones contempladas en un
bloque normativo constituido por una ley y la correspondiente ordenanza.
137
los tipos de infracción y de las sanciones, así como la relación entre ambas, se
lleva a cabo en toda su extensión en una ordenanza, las nociones de certeza y
taxatividad vinculadas con la seguridad jurídica se encontrarán en dicha clase
de norma y no en una ley.
307
Situación que, por lo demás, guarda una íntima relación con la posible vulneración del art.
25.1 CE en el momento aplicativo al emplear técnicas interpretativas para la subsunción de la
conducta en el tipo de infracción. Así, el Tribunal Constitucional ha señalado que la vertiente
subjetiva de la seguridad jurídica conlleva evitar dictar resoluciones que impidan a los
ciudadanos “programar sus comportamientos sin temor a posibles condenas”, fijando como
canon de constitucionalidad que “no sólo vulneran el principio de legalidad las resoluciones
sancionadoras que se sustenten en una subsunción de los hechos ajena al significado posible
de los términos de la norma aplicada, sino que también son constitucionalmente rechazables
aquellas aplicaciones que por su soporte metodológico, una argumentación ilógica o
indiscutiblemente extravagante o axiológico, una base valorativa ajena a los criterios que
informan nuestro ordenamiento constitucional, conduzcan a soluciones esencialmente
opuestas a la orientación material y, por ello, imprevisibles para sus destinatarios” –SSTC
111/2004, de 12 de julio, F.J. 3 y 54/2008, de 14 de abril, F.J. 4-.
308
Tal y como advirtió el Alto Tribunal en uno de sus primeros pronunciamientos, los principios
enumerados en el art. 9.3 CE no son compartimentos estancos, sino que cada uno de ellos
cobra valor en función de los demás, concluyendo que la seguridad jurídica «es suma de
certeza y legalidad, jerarquía y publicidad normativa, irretroactividad de lo no favorable,
interdicción de la arbitrariedad, […]», STC 27/1981, de 20 de julio, caso modificaciones
tributarias, F.J. 10.
309
Cfr. STC 179/1989, de 2 de noviembre, F.J. 2. A pesar de que el propio Tribunal ha
declarado la necesidad de que la norma tipificada exige como condición de validez la previa
publicación oficial de la misma –ATC 59/2004, de 24 de febrero-, lo cierto es que no exige la
publicidad de la norma tipificadora cuando la norma o mandato en ella contenida es claro,
taxativo y pesa sobre el obligado por ese mandato un deber específico de conocer la misma –
SSTC 219/1989, de 21 de diciembre y 131/2003, de 30 de junio-.
138
publicación de las normas se cumplen dos requisitos básicos insertos en el
principio de seguridad jurídica, como son la accesibilidad y la previsibilidad.
Requisitos que, a nuestro modo de ver, se cumplen con toda su extensión en el
supuesto de las ordenanzas, tal y como hemos intentado razonar en otra parte
de este trabajo.
310
Así, Fernández Montalvo, Rafael, “El principio de reserva de ley en materia de competencia
local. En especial el ejercicio de la potestad sancionadora”, en Juan Pedro Quintana Carretero
(Dir.), Globalización y principio de autonomía local, Consejo General del Poder Judicial, Madrid,
2008, p. 609; Toscano Gil, Francisco, “La recepción por el Tribunal Supremo de la doctrina de
la vinculación negativa de la Ordenanza Local…”, op. cit., pp. 163-191; y Velasco Caballero,
Francisco y Díaz Sastre, Silvia, “Ordenanzas municipales y reserva de ley”, Cuadernos de
Derecho Local, n. 5, 2004, pp. 50-62. Una sistematización de la evolución jurisprudencial en la
materia en Bueno Armijo, Antonio Mª, “Capítulo IV. El principio de legalidad sancionadora (I): la
reserva de ley”, op. cit., pp. 140 y ss; y Ortuño Rodríguez, Alicia Esther, “La potestad
sancionadora de las entidades locales. Especial referencia a las ordenanzas cívicas”,
Cuadernos de Derecho Local, n. 20, 2009, pp. 30-35.
139
Nuestro Alto Tribunal vuelve sobre la materia que nos ocupa en dos
fallos próximos en el tiempo pero distantes en cuanto al sentido de los mismos.
Así, las SSTC 16/2004, de 23 de febrero y 25/2004, de 26 de febrero, dictadas
por las Salas Primera y Segunda respectivamente, versan sobre unos hechos
prácticamente idénticos –la imposición de sanciones por inmisiones acústicas a
establecimientos de ocio- pero llegan a soluciones diametralmente opuestas en
sus fallos.
311
Una observación crítica a esta búsqueda de cobertura legal en una norma preconstitucional,
en Rebollo Puig, Manuel; Izquierdo Carrasco, Manuel; Alarcón Sotomayor, Lucía, “Título XI.
Tipificación de las infracciones y sanciones por las Entidades Locales…”, op. cit., p. 3721-3714.
140
sensibilidad medioambiental del ponente frente a la contaminación acústica ha
pesado más en el fallo final312.
Y esta duda adquiere mayor firmeza tras la lectura del Voto Particular
que acompaña a esta Sentencia en el que tres Magistrados, de los seis que
conforman la Sala Primera del Alto Tribunal, manifiestan su disentimiento del
sentir mayoritario en tres aspectos vinculados directamente con la presunta
norma legal de cobertura: i) que la Ley de Protección del Ambiente Atmosférico
no comprendía el ruido en su ámbito de aplicación, circunstancia que se
reconocía en su Exposición de Motivos, y que se ha visto confirmada por la
vigente Ley 37/2003, de 17 de noviembre, del Ruido;313 ii) en la consideración
de que el ruido no puede ser calificado como “materias” o “formas de energía”,
por más que sus ondas se expandan en el aire, que son los elementos que el
art. 1.2 de la Ley de 1972 emplea para definir la contaminación atmosférica;314
y iii) que el art. 12 de la reiterada Ley de Protección del Ambiente Atmosférico
contiene única y exclusivamente una graduación o escala de multas
312
A este respecto parece oportuno traer a colación que el Magistrado Jiménez de Parga fue el
ponente de la STC 119/2001, de 24 de mayo, de cita reiterada en la propia STC 16/2004, y a la
que formuló un Voto concurrente en el que plasmaba su concepción subjetiva del medio
ambiente en los siguientes términos: “en el curso del siempre enriquecedor debate plenario, no
sólo se ha edulcorado el contenido ambiental de los derechos fundamentales, sino que se ha
abandonado toda mención a esa vertiente subjetiva del art. 45.1 CE. Sigo entendiendo, dicho
sea esto con el máximo respeto al parecer mayoritario, que resulta conveniente reivindicar este
contenido o componente subjetivo del art. 45.1 CE […]”. Por lo demás, como es de sobra
conocido, esta Sentencia fue la primera ocasión en la que el Alto Tribunal conoció de un
recurso de amparo frente a inmisiones acústicas fundado en la violación de los derechos
fundamentales a la integridad física, la intimidad personal y familiar y la inviolabilidad
domiciliaria y su fallo desestimatorio fue el origen de la STEDH de 16 de noviembre de 2004,
asunto Moreno Gómez c. España que confirma la jurisprudencia anterior relativa a la violación
del derecho a la intimidad personal y familiar y a la inviolabilidad del domicilio por ruidos
procedentes del exterior –SSTEDH de 21 de febrero de 1990, asunto Powell y Rayner c.
Reino Unido; de 9 de diciembre de 1994, asunto López Ostra c. España; de 19 de febrero de
1998, asunto Guerra y otros c. Italia; y de 2 de octubre de 2001, asunto Hatton y otros c.
Reino Unido-.
313
Cuya Exposición de Motivos señala expresamente que, “el ruido carecía hasta esta Ley de
una norma general reguladora de ámbito estatal, y su tratamiento normativo se desdoblaba, a
grandes rasgos, entre las previsiones de la normativa civil en cuanto a relaciones de vecindad y
causación de perjuicios, la normativa sobre limitación del ruido en el ambiente de trabajo, las
disposiciones técnicas para la homologación de productos y las ordenanzas municipales que
conciernen al bienestar ciudadano o al planeamiento urbanístico”.
314
El art. 1.2 de la Ley 28/1972, define la contaminación atmosférica como “la presencia en el
aire de materias o formas de energía que impliquen riesgo, daño o molestia grave para las
personas y bienes de cualquier naturaleza”.
141
pecuniarias según el foco emisor contaminante de que se trate, vinculado, en
todo caso, con la contaminación por combustibles o carburantes315.
315
El art. 12.1.a) de la Ley 38/1972, gradúa la cuantía de las multas pecuniarias de acuerdo
con la siguiente escala: hasta 5.000 pesetas si se trata de vehículos a motor; hasta 25.000 en
el caso de generadores de calor, y, por último, hasta 500.000 pesetas cuando se trate de los
demás focos emisores contaminantes a la atmósfera.
142
CAPÍTULO CUARTO
LUCES Y SOMBRAS EN LA REGULACIÓN DEL TÍTULO XI DE LA LEY DE
BASES DE RÉGIMEN LOCAL
143
articulado. En efecto, la parte expositiva de dicha norma reglamentaria llama la
atención de que, a pesar de que en el ámbito local las ordenanzas son el
instrumento adecuado, dentro del marco de sus competencias, para establecer
una tipificación de infracciones y sanciones por parte de las entidades locales,
es “preferible mantener el referente básico del principio de legalidad”, de modo
que las prescripciones sancionadoras de las ordenanzas contemplen y adapten
las previsiones contenidas en las correspondientes leyes.
144
la Ley Orgánica 1/1992, de 21 de febrero, sobre protección de la Seguridad
Ciudadana, en virtud del cual se habilita a los Plenos de los Ayuntamientos
para especificar en sus respectivas ordenanzas los tipos que corresponden a
las infracciones cuya sanción se atribuye en el citado artículo a la competencia
de los alcaldes, siempre dentro de la naturaleza y los límites prefijados por el
art. 129.3 LRJ-PAC320. Con esta medida se pretendía dar respuesta a la
reivindicación manifestada por la Federación Española de Municipios y
Provincias, tendente a facultar a los Ayuntamientos para dictar reglamentos
para el ejercicio de competencias en materia de prevención y mantenimiento de
la seguridad ciudadana, incluyendo la potestad sancionadora de los alcaldes,
“con la correspondiente cobertura legal, dado que las infracciones a
ordenanzas y bandos son contestados por falta de respaldo de ley”321.
320
Vid. Calonge Velázquez, Antonio; Allué Buiza, Alfredo; González del Teso, Teodosio, El
Pacto Local de 1999. Medidas para el desarrollo del Gobierno Local, Comares, Granada, 2000,
p. 190.
321
Demanda que aparece en el punto IX, relativo a la Protección Ciudadana, de las “Bases
para el Pacto Local”. Documento aprobado por la Comisión Ejecutiva de la Federación
Española de Municipios y Provincias, el 24 de septiembre de 1996. Por su parte, en la
propuesta del Gobierno de la Nación de 29 de julio de 1997, denominada “Bases para la
negociación del acuerdo sobre desarrollo del Gobierno Local”, entre otras iniciativas en materia
de Seguridad Ciudadana se proponía: “Precisar los tipos sancionadores previstos en la Ley
Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, cuya amplitud y generalidad vienen
planteando dificultades dadas las limitaciones de la potestad reglamentaria en el ámbito
sancionador administrativo”. Ambos documentos están recogidos en el volumen El Pacto Local.
Medidas para el desarrollo del Gobierno Local, MAP/FEMP, Madrid, 1999, pp. 67 y 99,
respectivamente.
322
Como ha observado Antonio Fanlo Loras, en “Modificación de la Ley de Bases de Régimen
Local en cuanto al funcionamiento de los Entes Locales”, en [Link], El desarrollo del Gobierno
Local (Una aproximación doctrinal), MAP/INAP, Madrid, 1999, p. 137.
145
El punto de inflexión de la situación descrita en los párrafos precedentes
se produce con la STC 132/2001, de 8 de junio, cuya parte dispositiva se
entendió bien pronto que podía servir como el presupuesto para la elaboración
de una norma estatal que permitiese flexibilizar el rígido principio de reserva de
Ley del artículo 25.1 CE y de los correspondientes principios de legalidad y
tipicidad establecidos en los artículos 127.1 y 129.1 LRJ-PAC323. Circunstancia
a la que ya se habían enfrentado las Comunidades Autónomas con desigual
fortuna y planteamientos dispares324, e incluso el legislador estatal como
acabamos de reseñar.
323
En este sentido, vid. Velasco Múrias, Luis Fernando, “La organización, funcionamiento y
régimen jurídico de las Entidades Locales. Estado de la cuestión en la actualidad”, Revista de
Estudios Locales (CUNAL), número extraordinario, julio 2002, p. 40.
324
Vid. Carro Fernández-Valmayor, José Luis, “La potestad sancionadora municipal”, en
Santiago Muñoz Machado (dir.), Tratado de Derecho Municipal, II, 3ª ed., Iustel, Madrid, 2011,
p. 1292.
146
excesivamente imprecisa, que no se adapta los criterios de flexibilización de la
reserva de ley derivados de la STC 132/2001, de 8 de junio325.
325
Vid. Ortuño Rodríguez, Alicia Esther, en “La potestad sancionadora de las entidades locales.
Especial referencia a las ordenanzas cívicas”, Cuadernos de Derecho Local, n. 20, 2009, pp.
40-41.
326
Precepto a tenor del cual “[l]as ordenanzas deben tipificar exactamente las obligaciones
cuyo incumplimiento sea objeto de sanción. Esta tipificación debe limitarse a las materias en
las que el Ayuntamiento tiene competencia de acuerdo con la presente Carta o la
correspondiente Ley sectorial”.
327
En extenso, sobre el art. 197 de la Ley de Aragón, vid. Domper Ferrando, Javier, “Capítulo
décimo. Actividades, obras públicas locales y contratación”, en Antonio Fanlo Loras (Dir),
Estudio sistemático de la Ley de Administración Local de Aragón, Cortes de Aragón, Zaragoza,
2000, pp. 294-301.
147
La ocasión propicia para llevar a efecto tal flexibilización del principio de
reserva de ley la proporciona la Ley 57/2003, de 16 de diciembre, cuando
adiciona al texto de la LrBRL un nuevo Título, el XI, en el que se contiene una
regulación genérica de infracciones y sanciones con la finalidad de
proporcionar cobertura legal suficiente a las infracciones y sanciones reguladas
en ordenanzas locales cuando no existe una habilitación legal específica.
“[…] no podía demorarse por más tiempo la necesidad de colmar la laguna legal que
existe en materia de potestad sancionadora municipal en aquellas esferas en las que no
encuentren apoyatura en la legislación sectorial, estableciendo criterios de tipificación de
infracciones y las correspondientes escalas de sanciones para que las funciones de esta
naturaleza se desarrollen adecuadamente, de acuerdo con las exigencias del principio
de legalidad adaptadas a las singularidades locales, y siempre en defensa de la
convivencia ciudadana en los asuntos de interés local y de los servicios y el patrimonio
municipal, conforme a la doctrina establecida en la Sentencia del Tribunal Constitucional
132/2001, de 8 de junio. Esta regulación se completa con la necesaria modificación de
los artículos 127.1 y 129.1 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico
de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común”.
148
patrimonio municipal”, es decir, a las reguladas y tipificadas en las
tradicionalmente denominadas “Ordenanzas de Policía y Buen Gobierno”328.
328
Embid Irujo, Antonio, La potestad reglamentaria de las entidades locales, Iustel, Madrid,
2010, p. 66.
329
Boletín Oficial de las Cortes Generales, n. 157-1, de 13 de junio de 2003.
330
Boletín Oficial del Estado, n. 301, de 17 de diciembre de 2003.
331
Vid. Pemán Gavín, Juan, “La regulación de la potestad sancionadora de la Administración
en la Ley 30/1992, de 26 de noviembre: notas sobre su tramitación parlamentaria”, RAP, n.
132, 1993, pp. 377-415. A pesar de que alguna de las cuestiones más controvertidas en el
149
anodino debate pueden encontrarse en que se trataba de un Proyecto de Ley
excesivamente consensuado por los dos grupos parlamentarios mayoritarios;
que el debate de la Ley se centró en el régimen orgánico-funcional de los
denominados municipios de gran población, obviando cualquier otra cuestión;
que el Título XI regula una materia excesivamente compleja y técnica y, por
último, pero no por ello menos importante, que la regulación de cualquier tipo
de régimen sancionador encuentra sedicentes reticencias en el subconsciente
del legislador332.
150
En este sentido, habrá que convenir que, tal y como se viene insistiendo
de manera reiterada desde 1978, las entidades locales, y específicamente los
municipios, aparecen como el primer escalón en las relaciones entre la
Administración y los ciudadanos, tanto en su vertiente positiva –prestación de
servicios, actividad de fomento, etc.-, como negativa –por ejemplo, imposición
de deberes, obligaciones y cargas-, incidiendo en la esfera de los ciudadanos
en aspectos tan dispares como la moralidad pública, la tenencia de animales, la
mendicidad, la venta ambulante o, sin agotar las posibilidades, la pacífica
convivencia vecinal; materias, todas ellas, de naturaleza estrictamente
municipal, que han sido reguladas en las tradicionales Ordenanzas de Policía y
Buen Gobierno. Y va a ser, precisamente, en la vertiente negativa en donde, en
no pocas ocasiones, el incumplimiento de obligaciones, deberes o
prohibiciones impuestas por los municipios quedan impunes por falta de
tipificación legal previa334. No obstante, cabe señalar que si bien es cierto ese
desconocimiento del legislador que se traduce en la omisión de tipificaciones
legales previas, no es menos cierto que una ley estatal o autonómica no puede
descender al detalle ni contener una regulación agotadora de una materia.
Piénsese, por ejemplo, en el caso extremo de las ordenanzas municipales que
regulan prohibiciones de tender ropa en la Plaza Mayor de un municipio, ¿debe
ser regulada esta cuestión por ley, tipificando los tipos de ilícito y las sanciones
que a ellos les corresponden?. Mucho nos tememos que la respuesta ha de ser
negativa335. De ahí que, en principio, pueda fundamentarse el recurso a una
cláusula general por el legislador, que aspira a proporcionar cobertura legal
suficiente a una amplia gama de sectores de actividad municipal que no
encuentran un claro acomodo en una ley. Otra cosa es, como veremos con
cierto detalle más adelante, si la pretendida generalidad de la redacción de los
arts. 139 a 141 de la LrBRL es capaz de proveer esa cobertura a la totalidad de
la actividad municipal.
334
Así, Blasco Díaz, José Luis, en Ordenanza Municipal y Ley, Marcial Pons, Madrid, 2001, p.
184, ha puesto de relieve que el desconocimiento del legislador de la conflictividad de las
relaciones vecinales es la causa del vacío legislativo en orden a esa tipificación previa.
335
Sin perjuicio de lo cual éste no resulta ser el criterio que han seguido algunos legisladores
autonómicos, como se verá con algún detalle en el Capítulo VI,2,2.3.
151
A lo largo de la tramitación del texto del Proyecto de Ley en el Congreso
de los Diputados sólo se plantearon dos enmiendas en esta materia, que
fueron rechazadas por la mayoría parlamentaria. La primera de ellas, de
naturaleza estrictamente técnica, se formuló por el Grupo Parlamentario Mixto y
proponía suprimir todas las rúbricas de los artículos del Título XI, “puesto que
ningún artículo de la Ley lo tiene”336.
“1. Salvo previsión legal distinta, las multas por infracción de Ordenanzas
locales deberán respetar las siguientes cuantías:
-Infracciones muy graves: hasta 3.000 euros.
-Infracciones graves: hasta 1.500 euros.
-Infracciones leves: hasta 750 euros.
2. Las sanciones pecuniarias expresadas en el punto anterior, podrán ser
complementadas por otras medidas de carácter sancionador como la prohibición de
uso o acceso a bienes e instalaciones, la pérdida temporal o definitiva de la
autorización que permite el ejercicio de una actividad o el cierre de instalaciones y
servicios.
336
Enmienda n. 50 formulada por el Sr. Saura Laporta por el Grupo Parlamentario Mixto.
BOCG. Congreso de los Diputados, n. 147-9, de 18 de septiembre de 2003.
337
La alteración en la numeración del articulado del reiterado proyecto de Ley se produjo tras
la aceptación de diferentes enmiendas y del Dictamen de la Comisión de Régimen de las
Administraciones Públicas visto el Informe de la ponencia, cuya aprobación final fue avocada
por el Pleno del Congreso el 10 de septiembre de 2003. BOCG. Congreso de los Diputados, VII
Legislatura, 7 de octubre de 2003.
338
Enmienda n. 141, BOCG. Congreso de los Diputados, n. 157-9, de 18 de septiembre de
2003.
152
Del tenor literal de la enmienda transcrita y de la intervención del
diputado Erkoreka Gervasio en la Comisión de Régimen de las
Administraciones Públicas celebrada el 30 de septiembre de 2003339, parece
deducirse, en principio, que el fundamento de la misma responde a un doble
propósito. En primer lugar, se persigue habilitar a los ayuntamientos para que
en sus ordenanzas puedan imponer, además de las posibles tradicionales
sanciones pecuniarias administrativas en forma de multas, otras medidas de
carácter sancionador, como las citadas prohibición de uso o acceso a bienes o
instalaciones, la pérdida temporal o definitiva de la autorización que permite el
ejercicio de una actividad o el cierre de instalaciones y servicios –apartado 2-.
Y, en segundo término, se pretende incorporar la posibilidad de imponer al
autor de una conducta infractora la obligación de reponer y restaurar los bienes
afectados por ésta –apartado 3-.
339
Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados. Comisiones, n. 825 de 2003.
340
Vid. infra Capítulo IV,4,4.1.
153
“El Título XI viene a tratar un aspecto ineludible del régimen jurídico de las entidades
locales al regular la tipificación de las infracciones y sanciones por las entidades locales
en determinadas materias, ya que no podía demorarse por más tiempo la laguna legal
que existe en materia de potestad sancionadora municipal en aquellas facetas que no
encuentran apoyatura en la legislación sectorial. Como [Link] saben, uno de los
problemas jurídicos a los que se enfrentan las entidades locales a la hora de ejercer
sus competencias es la exigencia del principio de legalidad en materia sancionadora,
que se ha venido interpretando de manera muy estricta por el legislador y a partir de
341
esa legislación por la jurisprudencia” .
154
que incide directamente en el funcionamiento y eficacia real de la actividad
municipal. Principios, por lo demás, que invoca de manera recurrente el
legislador español cada vez que se embarca en la reforma del régimen local y
de los que son buen exponente las modificaciones de los años 1999 y 2003.
155
El citado precepto se configura como una cláusula general de
habilitación343 para que las entidades locales puedan establecer infracciones y
sanciones en sus respectivas ordenanzas. No obstante lo anterior, el contenido
del artículo presenta diferentes especialidades que deben ser objeto de alguna
matización y que, de acuerdo con la lógica y estructura interna del mismo, se
concretan en seis proposiciones normativas de distinto alcance y naturaleza: la
determinación de la técnica empleada por el legislador estatal para
sustantivizar el mandato de tipificación (2.1); qué clase de entes locales son los
titulares de la potestad para fijar en sus ordenanzas tipos de infracciones e
imponer sanciones en los supuestos contemplados en el propio art. 139 (2.2);
la delimitación material del ámbito en el que se habilita la tipificación local (2.3);
el carácter facultativo de la tipificación (2.4); la subsidiariedad de la ordenación
local (2.5); y, por último, la prohibición de aplicar directamente la LrBRL y el
problema de la indeterminación de los deberes que han de figurar en la
correspondiente ordenanza (2.6), a las que dedicamos las páginas que siguen
a continuación.
343
Cfr. Carro Fernández-Valmayor, José Luis, “Sobre la potestad sancionadora municipal”, op.
cit., p. 166; ibidem “La potestad sancionadora municipal”, op. cit., p. 1302; y Doménech
Pascual, Gabriel, “La tipificación de infracciones y sanciones por las entidades locales”, op. cit.
En otro sentido, Rebollo, Carrasco y Alarcón han cuestionado que el Título XI de la LrBRL
contenga una habilitación general para cualquier ordenanza municipal, resaltando el carácter
de legislación sectorial que cumpliría dicho Título respecto de algunos bienes jurídicos y
ordenanzas, en “Título XI. Tipificación de las infracciones y sanciones por las Entidades
Locales”, op. cit., pp. 3737-3738, 3745-3746.
344
Vid. los comentarios a los artículos 127 y 129 LRJ-PAC de González Navarro, Francisco en
Jesús González Pérez y Francisco González Navarro, Comentario a la Ley de Régimen
Jurídico de las Administraciones Públicas y Procedimiento Administrativo Común (Ley 30/1992,
de 26 de noviembre), II, 3ª ed., Civitas, Madrid, 2004, pp. 2746-2747 y 2809 y ss; ibidem:
Procedimiento Administrativo Local, II, Iustel, Madrid, 2005, pp. 592 y ss; y Nieto, Alejandro,
Derecho Administrativo Sancionador, 5ª ed., op. cit., pp. 227-234.
156
colaborar en ultimar aquello que la ley ha esbozado simplemente345. A partir de
este presupuesto, en esta específica modalidad de colaboración reglamentaria
es posible distinguir dos elementos: de una parte, la propia ley de remisión y,
de otra, el reglamento al que se remite; así el nexo de la relación entre ambas
normas viene determinado por las cláusulas de remisión suficientes que han
de estar previstas en la ley incompleta346, proporcionando un único bloque
normativo.
345
Vid. Nieto, Alejandro, Derecho Administrativo Sancionador, 5ª ed., op. cit., p. 227; y en igual
sentido, González Navarro, Francisco, Procedimiento Administrativo Local, op. cit., pp. 592-
593; Gómez Tomillo, Manuel y Sanz Rubiales, Iñigo, Derecho Administrativo Sancionador.
Parte General, 2ª ed., Aranzadi/Thomson Reuters, Cizur Menor, 2010, pp.143 y ss.
346
De ahí que Nieto llame la atención sobre la trascendencia de estas cláusulas en los
siguientes términos: “La ley puede renunciar a describir totalmente el tipo; pero en tal caso ha
de dar instrucciones suficientes al Ejecutivo para que complete su labor. O, dicho en otras
palabras, el reglamento tiene que saber a qué atenerse y ha de obrar siempre de acuerdo con
las instrucciones de la ley porque, de no ser así, se produciría una invasión del Ejecutivo en la
esfera del legislativo, que ni siquiera este puede autorizar. Todo lo cual se traduce no en una
prohibición de las leyes en blanco sino en la prohibición de las cláusulas de remisión en blanco
o incompletas y más todavía, en la ausencia de tales cláusulas.” [cursiva en el original], en
Derecho Administrativo Sancionador, 5ª ed., op. cit., p. 229.
347
En este sentido, Rebollo Puig, Manuel, “Artículo 129. Principio de tipicidad”, en Miguel
Sánchez Morón y Nicolás Maurandi Guillén (dirs.), Comentarios a la Ley 30/1992, Lex
Nova/Thomson Reuters, Valladolid, 2013, p. 780.
157
De acuerdo con esta técnica, apenas esbozada aquí en sus notas más
elementales, el legislador estatal ha cumplido con ella de manera canónica en
el art. 139 de la LrBRL:348 de una parte, se prevé una habilitación para que
sean las ordenanzas las normas idóneas para completar la ley remitente, “[…]
los entes locales podrán,[…], establecer los tipos de las infracciones e imponer
sanciones por el incumplimiento de deberes, prohibiciones o limitaciones
contenidos en las correspondientes ordenanzas,[…]”; y, de otra parte, enumera
una serie de criterios materiales mínimos que vinculan a las ordenanzas
posteriores, que éstas habrán de desarrollar sin alterar su sentido, “[…] de
acuerdo con los criterios establecidos en los artículos siguientes”, en este caso
los arts. 140 y 141 LrBRL.
158
expresamente que la nueva regulación introducida a través del Título XI “se
completa con la necesaria modificación de los arts. 127.1 y 129.1 de la Ley
30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones
Públicas y del Procedimiento Administrativo Común”.