Las cinco Conferencias generales del
Episcopado Latinoamericano
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Las cinco Conferencias generales del Episcopado Latinoamericano
Índice
Introducción
1 Conferencia de Río
2 Conferencia de Medellín
3 Conferencia de Puebla
4 Conferencia de Santo Domingo
5 Conferencia de Aparecida
Conclusión
Referencia
Introducción
La Iglesia católica de América Latina conoció una evolución importante desde la fundación del
Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), dejando progresivamente de ser “Iglesia espejo”
para tornarse “Iglesia fuente”, como lo decía Henrique Cláudio de Lima Vaz al hablar de Brasil,
pero que se puede aplicar a todo el continente (. VAZ, 1968, p. 17-22). En este proceso fueran
fundamentales las conferencias del episcopado de la región. Al comienzo, en la conferencia de
Río de Janeiro, en 1965, la preocupación era más bien la del centro romano, pero, a partir de
Medellín, en 1968, hubo un verdadero giro, que no sólo ha afectado el catolicismo
latinoamericano y caribeño, pero también, sobre todo con el pontificado de Francisco, el
conjunto de la Iglesia católica. El presente texto propone una síntesis de los principales ejes de
cada una de las cinco conferencias[1].
1 Conferencia de Río
La primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano fue convocada por Pío XII y
tuvo lugar en Río, en 1955. Así lo expresa él mismo:
Nos ha parecido oportuno, recogiendo además el voto que Nos presentó el
Episcopado de la América Latina, que la Jerarquía Latinoamericana se reuniera
para proceder al estudio a fondo de los problemas y de los medios más aptos para
resolverlos con esa prontitud y plenitud que las necesidades exigen (PIO XII, 1955).
Lo más notable de ella fue sin duda el acuerdo de crear el Consejo Episcopal Latinoamericano
(CELAM): “La Conferencia General del Episcopado Latinoamericano por unanimidad ha
aprobado pedir, y atentamente pide a la Santa Sede Apostólica, la creación de un Consejo
Episcopal Latinoamericano” (DR 97). La misión que le dan es preparar las Conferencias
Generales del Episcopado y sobre todo el ejercicio de la pastoral orgánica a través de cinco
subsecretariados (DR 97)[2].
Pero también hay que destacar que los obispos, aleccionados por los más carismáticos,
realmente se encontraron como obispos de la Patria Grande y debatieron los temas.
Ahora bien, la limitación mayor fue que tanto el presidente de la Conferencia como su
ayudante fueron italianos elegidos por el papa, que también dio el tono, el enfoque y la
temática. La carta que les envió antes de las sesiones fue casi literalmente la guía para la
Declaración inicial y para las Conclusiones. Así lo reconocen ellos mismos: “las
importantísimas Letras Apostólicas ‘Ad Ecclesiam Christi’ (que) constituyeron para nosotros la
‘Magna Charta’ en los trabajos y en las conclusiones de la Conferencia” (DR, Declaración).
Ahora bien, esto no hay que verlo como una injerencia porque los obispos estaban de acuerdo
en que ellos eran, digamos, los brazos del papa.
Las necesidades, según el papa y los obispos, eran ante todo las de la institución eclesiástica.
Así lo atestiguan en la Declaración y lo repetirán en el documento conclusivo: “la Conferencia
ha tenido como objeto central de su labor el problema fundamental que aflige a nuestras
naciones, a saber: la escasez de sacerdotes”. Lo califican como “la necesidad más apremiante
de América Latina”. Por eso la insistencia en la promoción de vocaciones y en su preparación
en los seminarios, así como de modo más general la instrucción religiosa. No se puede
encarecer más el valor de la doctrina cristina:
La Santa Iglesia, por disposición de Dios, es la depositaria de la doctrina cristiana
que, fundándose en los principios eternos e indestructibles de la verdad divina, da
la solución de todos aquellos problemas que tocan directa o indirectamente la vida
espiritual y moral del hombre, para que éste realice plenamente su condición de
hijo de Dios y se haga digno de las promesas del Cielo (DR, Declaración).
Este valor de la doctrina y de la institución eclesiástica, que es su depositaria, es tan grande
que al recomendar lo que llaman las Sagradas Letras, insisten en que hay que hacerlo
“poniendo de relieve los textos más importantes y fundamentales, como los relativos al
Primado de Pedro, a la infalibilidad del Magisterio Eclesiástico, al valor de la Tradición etc.”
(DR 72). Como se ve, la Biblia y sobre todo los Evangelios no son la narración de un
acontecimiento salvador, proclamado para que nos integremos a él, sino un repertorio de
textos que ratifican la sacralidad y autoridad de la institución eclesiástica.
Desde esta absolutización de la institución eclesiástica, el Papa y luego los obispos se refieren a
los enemigos. Citemos al Papa:
Muchos son, desgraciadamente, los asaltos de astutos enemigos y para rechazarlos
es necesaria enérgica vigilancia: como las insidias masónicas, la propaganda
protestante, las diversas formas del laicismo, de superstición y de espiritismo que,
cuanto más grave es la ignorancia de las cosas divinas y más adormecida la vida
cristiana, tanto más fácilmente se difunden, ocupando el lugar de la verdadera Fe y
satisfaciendo engañosamente las ansias del pueblo sediento de Dios. A ellas se
añaden las perversas doctrinas de los que, bajo el falso pretexto de justicia social y
de mejorar las condiciones de vida de las clases más humildes, tienden a arrancar
del alma el inestimable tesoro de la religión (PIO XII, 1955).
Por eso, para vencerlos, insisten tanto en la difusión de la doctrina y de la moral católicas.
Teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes, animan a los seglares que “militan en una u otra
organización de apostolado, con plena sumisión a las directivas y disposiciones de los
Romanos Pontífices y de la Sagrada Jerarquía” (PIO XII, 1955). Les reconocen que
el apostolado, aun siendo misión propia del sacerdote, no es exclusiva de él, sino
que también les compete a ellos, por su mismo carácter de cristianos, siempre bajo
la obediencia de los Obispos y de los Párrocos y dentro de las formas y oficios que no
son privativos del ministerio sacerdotal (DR 43).
Su contenido es absolutamente eclesiocéntrico:
además de un esfuerzo continuo por conservar y defender íntegramente la fe
católica, debe ser un apostolado misionero de conquista para la dilatación del reino
de Cristo en todos los sectores y ambientes, y particularmente allí donde no pueda
llegar la acción directa del sacerdote (DR 46).
Sin embargo, queremos destacar que, a pesar de tanta mediatización, reconocen lo que luego
insistirá el Vaticano II: que la misión les compete a ellos como cristianos, es decir, por el
bautismo.
La problemática social es enfatizada por el papa por su íntima relación con la vida religiosa:
“el campo social: tema éste que si en todos los pueblos es merecedor de la mayor
consideración, en las Naciones Latinoamericanas ofrece motivos particulares para reclamar la
solicitud pastoral de la Sagrada Jerarquía, ya que se trata de cuestión íntimamente ligada con
la vida religiosa” (PIO XII, 1955). Los obispos en la misma onda insistirán en que el discípulo de
Cristo debe verla como un deber moral. La situación es vista fundamentalmente como
subdesarrollo: “muchos de sus habitantes – especialmente entre los trabajadores del campo y
de la ciudad – viven todavía en una situación angustiosa” (DR, Declaración). Por eso la
elevación de las clases necesitadas acontecerá con el progreso y colaborar a él es para el
cristiano un deber moral:
El pensamiento cristiano, según las enseñanzas pontificias, contempla como
elemento importantísimo la elevación de las clases necesitadas, cuya realización
enérgica y generosa aparece a todo discípulo de Cristo, no solamente como un
progreso temporal, sino como el cumplimiento de un deber moral (DR, Declaración).
Esta elevación, tratándose del indígena, es pasar de la barbarie a la civilización: “una labor
perseverante para que el ‘indio’ se incorpore con honor en el seno de la verdadera
civilización” (DR, Declaración). Como se ve, identifican la cultura occidental con la cultura y
consiguientemente las culturas indígenas como barbarie.
Concretando un poco más, se refieren a la justicia social, que entraña llegar a la armonía entre
el capital y el trabajo: “solucionar estos problemas, buscando, sobre todo, establecer la
armonía cristiana entre el capital y el trabajo” (DR 80). La acción de la Iglesia tendría que
orientarse fundamentalmente en impregnar el mundo económico de su doctrina y el espíritu
de armonía que la anima: “se requiere la presencia activa de la Iglesia, a fin de influir en el
mundo económico-social, orientándolo con la luz de su doctrina y animándolo con su espíritu”
(DR, Declaración).
Siguiendo al Papa se refieren específicamente a “la asistencia espiritual a los emigrados” (PIO
XII, 1955).
No hay alusión a las causas de esta situación de falta de lo esencial para las mayorías ni, claro
está, ninguna denuncia. Parecería que la difusión de la doctrina cristiana y el cumplimiento
del deber moral serían suficientes para lograr un desarrollo que solucionará básicamente el
problema. Por eso Fernando Torres Londoño, después de un análisis acucioso en el que señala
todo lo positivo, concluye que esta primera Conferencia
por su espíritu, por la temática que trató y las conclusiones a las que llegó, se sitúa
en la misma trayectoria del Concilio Plenario Latinoamericano de 1899”. “La
Primera Conferencia muestra una Iglesia que todavía se piensa y se concibe en
función de ella misma y de sus estructuras clericales (LONDOÑO, 1995).
2 Conferencia de Medellín
Para entender Medellín es necesario comprender su modo de producción. De buenas a
primeras parecería que recluirse en un seminario en el centro de un bosque no ayudaría a
hacerse cargo de la realidad, pero lo que pasó fue que el aislamiento provocó que el grupo
aconteciera como tal: que los obispos, los peritos y los observadores se compenetraran en las
eucaristías y en las conferencias iniciales y en los grupos de trabajo y en el compartir de las
comidas y el descanso, de manera que todos se dejaran ganar por el tema y lo enfocaran desde
un mismo espíritu, de tal modo que las diferencias, en la mayor parte de los casos, llegaron a
ser internas y todos se abocaron a contribuir desde lo mejor de cada uno a la elaboración
conjunta. “A lo largo de 2 semanas unos 250 participantes en la asamblea, cardenales, obispos,
observadores, religiosos y laicos hombres y mujeres compartirán todo, el trabajo, la mesa y la
liturgia” (SCATENA, 2019, p. 14). Por eso, fuera de dos capítulos (el de pastoral popular y el de
élites), el resto posee una unidad orgánica muy difícil de alcanzar en documentos elaborados
en grupo. Por eso “en esa experiencia, se impuso a la memoria de muchos de los protagonistas,
la idea de una efusión palpable del Espíritu de Pentecostés, como dijo después el argentino
Pironio” (SCATENA, 2019, p. 12) o como ponderó el cardenal Landázuri en su discurso de
clausura:
El nuevo Pentecostés del que varias veces hemos hablado con ocasión de esta
reunión es la gran idea, el gran acontecimiento. La conciencia profética que en estos
días despertó y se vivificó es la nueva luz para la iglesia, el nuevo Pentecostés para
la Patria Grande. Un nuevo Pentecostés que se dio en el momento mismo en que la
iglesia latinoamericana decidió mirar a la cara la nueva realidad latinoamericana
en vez de mirarse a sí misma (SCATENA, 2019, p. 27-28).
En efecto, el título de la Conferencia fue: “La Iglesia en la actual transformación de América
Latina a la luz del concilio”, o sea que el tema no fue ella misma sino América Latina. La Iglesia
fue el sujeto que discernía, interna, ciertamente al tema, y los obispos fueron capaces de
interpretar proféticamente la transformación que se estaba operando, tanto en lo social, lo
económico y lo político, como en lo antropológico, tanto en las élites desarrollistas, como en los
profesionales solidarios y en el pueblo; y puesto que la miraban desde Jesús de Nazaret, la
miraron, no desde arriba sino desde el pueblo, desde su inserción solidaria en él y por eso
desde la elección de un modo de vida atenido a lo indispensable. Esta perspectiva fue tan
decisiva que la opción por los pobres fue un eje trasversal y la perspectiva para ver y juzgar la
realidad y la acción de la Iglesia y sobre todo que incluyó considerar a los pobres como sujetos
en la sociedad (DM 2,27) y en la Iglesia y hacerse ellos cercanos a los pobres y hasta cierto
punto pobres (DM 14: La pobreza de la Iglesia).
La metodología de Medellín es ver, juzgar y actuar; pero teniendo presente la interacción de
las tres fases. Quienes redactaron los documentos ya estaban en una acción pastoral. A ella
llegaron por una visión y toma de posición cristianas, y es desde ahí desde donde contemplan
la situación. Este es el punto de partida de los inspiradores de los documentos de Medellín.
Ellos los relanzan sobre la Iglesia y la opinión pública de una manera más objetivada:
comenzando con la visión de la realidad, iluminándola con la revelación cristiana y
proponiendo los compromisos que se derivan de la conciencia de lo que Dios nos exige para
responder a esta situación. Es claro que los que no comparten la opción, tampoco compartirán
su visión del continente, aunque no rechacen los datos.
Los documentos ven la situación de América Latina a través de indicadores que la describen y
de vectores que indican sus líneas de fuerza. Los indicadores componen una situación de
subdesarrollo. Los vectores de las fuerzas sociales más organizadas van en dos direcciones:
hacia una modernización desarrollista y hacia una revolución estructural. Pero, sin coincidir
con ninguna de ellas, está la toma de conciencia y la movilización de las masas populares hacia
mejores condiciones de vida, hacia la superación de opresiones injustas y hacia una mayor
personalización y socialización.
Los documentos incluyen cuatro diagnósticos generales del estado de América Latina y de su
dinámica que caracterizan certeramente lo más decisivo del cuadro latinoamericano. También
contienen una tipología de los actores sociales organizados (DM 7,5-8). Además, desglosan la
situación de la familia (DM 3,1-3), de la educación (DM 4,2-6), de la juventud (DM 5,1-3.9) y del
impacto de los medios