PARTE I
Educación y presencia:
De la soledad al encuentro
"Cuando alguien vive a la orilla del mar acaba por
no darse cuenta del murmullo de las olas a su
espalda. El hábito es una especie de sueño, acom
pañado del oscuro deseo de no ver nada más, de
no oír nada más, disminuyendo las tensiones de la
vida. Diariamente llamado a responder a múlti
ples necesidades de gran número de jóvenes, el
educador ya no interpreta correctamente los com
portamientos que cambian con el estado de ánimo
y las horas del día."
PIERRE VOIRIN
Introducción
El trabajo educativo es y siempre será una fuente
inagotable de aprendizaje; sólo es necesario querer
aprender.
El automatismo y la rutina hacen que experien
cias valiosas se pierdan por falca de sensibilidad, inte
rés y sutileza del educador para captarlas y hacer de
ellas la materia de su crecimiento, como persona, co
mo profesional y como ciudadano. Cuando la expe
riencia del día a día es valorizada, la rutina se trans
forma en aventura, y la relación educador-educando
se ofrece como un espacio de desarrollo personal y
social de sus protagonistas.
Tener una relación significativa con adolescentes
en dificultades es algo que, a partir de una consistente
disposición interior, puede ser aprendido. Ese apren
dizaje nace del entendimiento y del entrenamiento.
Esta introducción al trabajo socioeducativo junto a
adolescentes en dificultades procura articular esas dos
dimensiones del aprendizaje de modo de propiciar
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
que, al final, cada participante realmente incorpore
nuevas maneras de entender y actuar.
El educador que actúa junto a los jóvenes en difi
cultades, se sitúa al final de una corriente de omisio
nes y transgresiones. Sobre su trabajo recaen las fallas
de la familia, de la sociedad y del Estado. Con fre
cuencia, su actuación es la ülcima línea de defensa
personal y social de su educando. Pero el educador no
puede refugiarse en la señalización pura y simple del
carácter disfuncional de los mecanismos impersonales
de la ley, de las instirnciones y de la sociedad respecto
de las exigencias del proceso educativo. A él le corres
ponde, por imposición de su conciencia ética y políti
ca, el deber de perseguir la eficacia en la acción, no
limitándose a los momentos del testimonio y de la
denuncia.
Un primer paso en este sentido es reconocer los
requisitos intrínsecos de la acción educativa. El
segundo paso es empeñarse, de manera sistemática,
en incorporarlos a su modo de comprender y de
acrnar frente a situaciones que varían de un momento
a otro, de educando en educando, de situación en
situación.
Capacidades como aprender de los propios erro
res, aceptar al otro como es e interesarse por las
potencialidades y límites de cada joven son requisitos
más importantes que el coraje, el heroísmo y el celo
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PEDAGOGÍA DE LA PRESENCIA
extremo, que parecen ser la marca de educadores
tenidos a veces como personas fuera de lo común. Lo
que se requiere, entonces, son educadores capaces de
actuar de forma excepcional frente a las situaciones
más difíciles.
En verdad, el desempeño que debemos esperar
de un educador emocional y técnicamente preparado
es que él use el sentido común para evitar situaciones
que generen movilizaciones extremas de habilidades y
sentimientos. Para eso se hace necesario un esfuerzo
consciente y sincero de apegarse a lo cotidiano de
forma atenta, creativa y metódica.
Reflexionar sobre los acontecimientos comunes
del día a día nos parece el mejor de los caminos.
Cuando incorporamos este tipo de acritud y a no
somos víctimas del tedio y el aburrimiento, porque
podemos continuamente hacer descubrimientos sobre
nuestros educandos y sobre nosotros mismos. Sin eso,
nos condenamos a la rutina, a la auto-complacencia y
al desinterés.
En la acción educativa, la línea que separa el
éxito del fracaso es fina, casi imperceptible, y tiende a
dislocarse con las oscilaciones de las realidades inter
nas y externas del educador y del educando. Las limi
taciones existen en cualquier aspecto de la relación
entre quien ayuda y quien es ayudado. Algunas son
superables, otras nos invitan a convivir con ellas,
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
aprendiendo a conocerlas y a neutralizar o revenir sus
impactos sobre el proceso de cambio y crecimiento en
el cual, por opción y deber, estamos siempre empeña
dos.
Este libro se dirige a codos aquellos educadores
interesados en mejorar su desempeño, a través de la
adquisición de nuevas motivaciones, de nuevas visio
nes, de nuevas estructuras de comprensión, y de nue
vos valores, hábitos y actitudes frente a sí mismos, a
sus educandos y a todo lo que se relacione con sus
trabajos.
Pierre Voirin nos lleva a aprender la dimensión de
la presencia en el proceso pedagógico en coda su com
plejidad e integridad, y teniendo en cuenta todas sus
implicaciones. Esta introducción al trabajo socioedu
cativo junco al adolescente en dificultades pretende
ser, como ya se señaló, un pequeño paso en la direc
ción del esfuerzo requerido para mejorar las formas de
atención directa de los jóvenes en circunstancias espe
cialmente difíciles y, en especial, de los adolescentes a
quienes se atribuya autoría de un acto infractor.
En esta Pedagogía de la presencia están presentes
las ideas básicas defendidas por Pierre Voirin en La
educación de los jóvenes diflciles,2 una obra que refleja
2 Voirin, Pierre. Educaráo de jovms [Link], Lisboa, Familia 2000,
1972.
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PEDA GOGIA DE LA PRESENCIA
la experiencia de roda una vida dedicada a esa moda
lidad de trabajo social y educativo, ya sea como edu
cador de base, o bien como docente en la formación
de otros educadores.
ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
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1. Presencia: una necesidad básica
Es creciente, entre nosotros, el número de ado
lescentes que necesitan de una efectiva ayuda personal
y social para la superación de los obstáculos que
impiden su pleno desarrollo como personas y como
ciudadanos. El primer paso, y el decisivo para vencer
las dificultades personales es la reconciliación del
joven consigo mismo y con los otros: ésta es una con
dición necesaria para el cambio en su forma de inser
ción en la sociedad. No se trata, por lo tanto, de reso
cializar (expresión vacía de significado pedagógico)
sino de ofrecer al joven una posibilidad de socializa
ción que le permita concretar un camino más digno y
humano para la vida. Sólo así él podrá desarrollar las
promesas (las posibílidades) traídas consigo al nacer.
Las omisiones y transgresiones que violentan la
integridad del adolescente y desvían el curso de su
evolución personal y social se expresan en las más
diversas formas de conducta divergentes o incluso
antagónicas respecto de la moralidad y la legalidad de
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
la sociedad que lo marginó. Esa conducta, más que
como una amenaza a la que es necesario reprimir,
segregar y extirpar a cualquier precio -como parece
ser la comprensión prevaleciente hoy en Brasil-, debe
ser vista y sentida como un modo peculiar de reivin
dicar una respuesta más humana a los impasses y difi
cultades que inviabilizan y ahogan su existencia.
Cuando esos pedidos de auxilio se enfrentan con
la indiferencia, la ignorancia y los juicios preconcebi
dos, el adolescente se encierra en un mundo propio,
un mundo que se desarrolla bajo el signo de un luto
interior que es el resulcado de las pérdidas y los daños
infringidos a su persona. A esca altura pocos serán
capaces de oír y de entender sus pedidos de auxilio; el
mundo del adolescente se coma limitado y denso, y
su experiencia es cada vez más difícil de ser penetra
da, comprendida y aceptada. Debido a la contigüidad
que la profesión les impone a los educadores, trabaja
dores sociales y psicólogos, ellos deberían ser las per
sonas más apeas para recoger y responder de forma
constructiva esos llamados. Extrañamente, sin embar
go, esto difícilmente sucede.
Cuando la vida cotidiana se transforma en ruti
na, la inteligencia y la sensibilidad se cierran para lo
inédito y específico de cada caso, de cada situación.
El manco disimulador de la "familiaridad" va poco a
poco cubriendo e igualando personas y circunstancias
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PEDAGOGÍA DE LA PRESENCIA
en un encasillamiento cuyas respuestas son las actitu
des estudiadas, las frases hechas, los encaminamientos
aucomatizados por el hábito.
Este mecanismo (en el fondo todos nosotros lo
percibimos) es la manera encontrada por el educa
dor para ausentarse de la exposición directa a esos
impactos, de la agitación e intensidad de esas seña
les, de la diversidad de esos pedidos de auxilio, así
como de la precariedad de medios, recursos y alter
nativas puestos a su alcance para hacer frente a una
realidad tan dramática.
Muchos de nosotros racionalizamos esa accicud
de ausencia programada, refugiándonos en la coarta
da estructural; así se pospone enfrentar, de modo más
humano y consecuente, esta gestión hastá que se den
los cambios estructurales, cambios que nadie sabe
cuándo ocurrirán, si es que ocurrirán. Ninguna ley,
ningún método o técnica, ningún recurso logístico,
ningún dispositivo político-institucional puede reem
plazar la frescura y la inmediatez de la presencia soli
daria, abierta y constructiva del educador ante al edu
cando.
Hacerse presente en la vida del educando es el
dato fundamental de la acción educativa dirigida al
adolescente en situación de dificultad personal y
social. La presencia es el concepto central, el instru
mento clave y el objetivo mayor de esca pedagogía.
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
Ella es la fuerza que late en el corazón de aquella
"ciencia ardua y sutil" a la que hombres como Anto
nio Makarenko3 dedicaron enreramente sus vidas.
3 Antonio :\fakarcnko, educador soviético que en los años veinte y
trcinra trabajó con jóvenes delincuentes, obteniendo resultados q ue impre
sionaron al mundo de su tiem po y que repercuten hasta hoy entre los edu
cadores que actúan en esta área.
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2. Aprender a hacerse presente
La capacidad de hacerse presente en forma cons
tructiva en la realidad del educando no es, como
muchos prefieren pensar, un don, una característica
personal intransferible de ciertos individuos, algo
profundo e incomunicable. Por el contrario, ésta es
una aptitud posible de ser aprendida, mientras exista,
por parre de quien se propone aprender, la disposi
ción interior (apertura, sensibilidad, compromiso)
para ello. En efecco, la presencia no es algo que se
pueda aprender sólo en el nivel de la mera exteriori
dad.
Ese aprendizaje es una tarea de alto nivel de exi
gencia, que requiere la implicación entera del educa
dor en el acto de educar. Sin ese compromiso, su es
tar-junco-al-educando no pasará de un rico despojado
de signincación más profunda, y se reducirá a la mera
obligación funcional o a una forma cualquiera de
tolerancia y condescendenóa, para coexistir más o
menos pacíficamente con los impasses y dificultades
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
cotidianos de los jóvenes, pero sin empeñarse, en
forma realmente efectiva, en una acción eficaz.
Por orro lado, es importante desracar que, sirua
do en el polo direcrivo de la relación, el educador no
puede entregarse a ella en una forma ilimitada, irres
tricra, incondicional e irreflexiva, como alguna veces
suele ocurrir. Con frecuencia, esa manera extrema de
testimoniar solidaridad y compromiso tiene conse
cuencias imprevisibles y dañinas, tanto para el educa
dor, como para el educando. Práctica en su esencia
limitada, como afirma Paulo Freire, la educación solo
es eficaz en la medida en que reconoce y respeta sus
límites y ejercita sus posibilidades.
En el caso de la relación educador-educando, esta
manera de entender y actuar implica la adopción de
una estricta disciplina de contención y despojo que
corresponde, en el plano conceptual, a una dialéctica
proximidad-distanciamiento. Por la proximidad, el
educador se acerca al máximo al educando mientras
busca identificarse con su problemática en forma cor
dial, empática y significativa, dentro de una relación
de calidad.
Mediante el distanciamiento, el educador se
aparta en el plano de la crítica para percibir, desde el
punto de vista de la totalidad del proceso, cómo sus
actos se enlazan en la concatenación de los aconteci
mientos que configuran el desarrollo de la acción
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PEDAGOGÍA DE LA PRESENCIA
educativa. Esta postura exige de quien educa una
clara noción del proceso y una inteligencia ágil para
capear el instante, lo que implica la necesidad de
combinar de forma sensata una buena dosis de senti
do práctico con una vena teórica apreciable.
Anee las manifestaciones inquietantes del edu
cando -impulsos agresivos, actitudes intempestivas,
inhibiciones, intolerancia a cualquier cipo de norma,
apatía, cinismo, alienación e indiferencia-, el educa
dor debe situarse en un ángulo que le permita ver,
además de los aspectos negativos, el pedido de auxilio
de alguien que, de forma confusa, se busca y experi
menta consigo frente a un mundo, a sus ojos, cada
vez más hostil e ininteligible.
Hay que estar acento, sin embargo, para el uso
que el educando puede hacer de los "buenos senti
mientos" y las "buenas intenciones" de un educador
insuficientemente familiarizado con situaciones de este
cipc o que se dejó llevar demasiado por las emociones,
esto es, por la dimensión afectiva de la relación. El
"juego" que se establece en esos casos -manipulacio
nes, chantaje afectivo, apego desmesurado, dependen
cia inoportuna- puede echar a perder todo el proceso
si el educador no se muestra capaz de evitar, o al
menos impedir, que escas tendencias ganen cuerpo en
la relación.
Hacerse presente, de forma constructiva, en la
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ANTONIO CARLOS GOMES DA COSTA
vida de un adolescente en situación de dificultad per
sonal y social es, entonces, la primera y la más pri
mordial de las tareas de un educador que aspire a asu
mir un papel realmente emancipador en la existencia
de sus educandos. Hay que destacar que se trata de
una aptitud que puede ser aprendida en forma con
ceptual solo parcialmente; "saber hecho de experien
cias", la presencia es una habilidad que se adquiere
fundamentalmente con el ejercicio del trabajo social y
educativo. No obstante, sin una base conceptual sóli
da y articulada se hace mucho más difícil para el edu
cador proceder a la lectura, la organización y el domi
nio de su aprendizaje práctico.
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6. Conocer el proceso
La pedagogía moderna, en todas sus modalida
des, comienza por una apertura y una integración de
los datos provenientes de la psicología, la sociología,
la antropología, la psicología social, las ciencias médi
cas y el derecho. Ya pasó el tiempo en que se podía
negar la importancia de una buena cultura científica
para actuar en este dominio.
Es falso afirmar que la práctica por sí sola confie
re al educador los elementos necesarios para el pleno
dominio de su oficio. Sin la teoría, la práctica será
siempre limitada. Quien es negligente en el estudio,
cuando posee medios de realizarlo, es un pretencioso
o está inconsciente de la importancia real de su traba
jo. Afirmar esto, sin embargo, no implica negar que
solo la experiencia es capaz de integrar y validar aque
llo que fue estudiado, en la medida en que codo pasa
por el tamiz de la eficacia en la acción. Más impor
tante que un conjunto de cabezas llenas de informa
ción es que el educador adquiera las actitudes y habi-
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ANTONIO CARLOS GOMES DA COSTA
lidades que favorezcan y comen viable su actuación
junco al educando.
La actitud científica anee un adolescente en difi
cultades no consiste en caracterizar su problema o su
inadaptación y rotularlo de esta o aquella manera:
deficiente, epiléptico, hiperaccivo, infractor, sin vi
vienda, abandonado, carente, etc. Estos son aspectos
que se pueden encontrar en millares de otras perso
nas. Hay que captar lo específico, el aspecto indivi
dualizado de un caso. Un problema, por más grave
que sea, nunca es la totalidad de un ser humano.
Habrá siempre, además de la dificultad específica,
otras dimensiones para trabajar.
Es una obligación del educador adquirir una
información correcta sobre los diversos tipos de difi
cultades que afectan a los jóvenes y, cuando sienta
que es necesario, debe encaminarlos hacia tratamien
tos específicos en los ámbitos de la medicina, de la
psicología y aun de la psiquiatría. Ninguna medida
de este tipo, sin embargo, lo liberará del deber de
intentar una aproximación más concreta hacia el ado
lescente, para ver en él lo que hay de más personal y
lo que se encuentra más allá de su problema; este
hallazgo puede ser la base sobre la cual se asiente la
búsqueda de una solución para sus dificultades. En
este momento es preciso comprender al educando
considerado en sí mismo, y no en relación con las
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PEDAGOGÍA DE LA PRESENCIA
normas y parrones que haya, por ventura, transgredi
do. Situarlo en una historia singular, única, que es la
suya, permitirá, entonces, retiraralo del rótulo, de la
categoría que amenazaba aprisionarlo.
A través de la observación atenta y metódica de
los comportamientos propios del joven se intentará
reconocer, entre las ganancias y pérdidas de su vida,
aquello a lo que él le da más importancia, atención,
valor. En fin, será necesario descubrir en este adoles
cente aptitudes y capacidades que solo un balance cri
terioso y sensible permitirá despenar y desarrollar.
Ú nicamence así, él encontrará el camino para sí mis
mo y para los otros. Y éste es el sentido y el objetivo
mayor de la presencia constructiva y emancipadora
del educador en la vida del educando.
Existir, para el adolescente, no es un problema
metafísico: es disponer de algunos bienes (materiales
y no materiales) esenciales. El primero de ellos es
tener valor para alguien, ser acompañado, aceptado,
estimado en un universo que le es panicular, donde
pueda desarrollar las capacidades aún no (o insufi
cientemente) manifiestas de su persona.
El pan, aun abundante, es amargo para quien lo
come en la soledad o en el anonimato colectivo de
una atención masiva y embrutecedora. El precepto
evangélico "No sólo de pan vive el hombre" asume
aquí un valor humano de relevancia y precisión irre-
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ANTONIO CARLOS COMES DA COSTA
furables; es a través de presencias humanas solidarias
y atemas a su alrededor, que el adolescente en dificul
tades recibe la prueba, para sí mismo, de su valor y de
su unidad. La conciencia de estar en el mundo ya es,
entonces, conciencia de aceptación, de abrigo, de per
tenencia, de integración, de comodidad. Vivir, ahora,
es estar JUnto.
Los lazos que se desarrollan sólo son verdaderos,
y contribuyen construcrivamente para el existir, cuan
do �on fruto de un dar y de un recibir, de un liberar y
de un restringir considerados libremente.
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