Procacci Resumen
Procacci Resumen
Hasta las elecciones de septiembre de 1930, pocos fuera de Alemania y no todos dentro del
país conocían a Adolf Hitler, un excombatiente decorado de la Primera Guerra Mundial que
encontró en la política su realización, tras una juventud poco destacada en Viena. En 1920, se
trasladó a Múnich y se puso al frente de la Deutsche Arbeitspartei (DAP), un pequeño grupo
extremista de derecha fundado por Anton Drexler, renombrándolo como
Nationalsozialistische deutsche Arbeitspartei (NSDAP) y creando un programa que combinaba
elementos socialistas y nacionalistas. El programa incluía la nacionalización de empresas
monopolistas y la eliminación de la "esclavitud del interés", junto con la abrogación del
Tratado de Versalles y la formación de una "gran Alemania".
En 1923, Hitler, junto con el general Ludendorff, organizó el fallido Putsch de la cervecería en
Múnich, destinado a ser el inicio de una marcha sobre Berlín similar a la de Mussolini en Roma.
El golpe fracasó, y Hitler fue condenado a cinco años de prisión, aunque solo cumplió nueve
meses, durante los cuales escribió la primera parte de "Mein Kampf". Esta experiencia le
enseñó a utilizar la legalidad republicana para alcanzar el poder.
El NSDAP hubiera quedado como una reliquia de la posguerra si no fuera por la Gran
Depresión, que sumió a Alemania en una atmósfera de radicalización. La violencia política se
hizo común, y los nazis se beneficiaron de ella. En 1932, el gobierno de Brüning ilegalizó las
Sturmabteilungen (SA) nazis, pero su sucesor, Von Papen, revirtió esta medida, permitiendo
que la violencia se reanudara. En este contexto, el NSDAP atrajo a muchos descontentos de
diversos estratos sociales, incluyendo obreros, empleados, campesinos y trabajadores
independientes.
Hitler, un orador carismático, sabía cómo consolidar y capitalizar el apoyo emocional que
recibía. Utilizó técnicas de movilización tanto del movimiento obrero como del fascismo
italiano y el comunismo soviético, infiltrándose en asociaciones profesionales y recreativas. Las
SA, siempre presentes en desfiles y manifestaciones, inspiraban un sentimiento de seguridad y
de inevitable victoria. En 1932, cuando cinco nazis fueron condenados a muerte por asesinar a
un comunista, Hitler expresó su solidaridad con ellos, criticando a los jueces por su falta de
patriotismo.
En mayo de 1932, con la dimisión del gobierno de Brüning, la República de Weimar comenzó a
desmoronarse. Otro golpe fuerte fue la decisión de Von Papen en julio de desautorizar al
gobierno prusiano liderado por el socialdemócrata Otto Braun, haciendo que Prusia, símbolo
de la conservación, se convirtiera en el último bastión de la democracia. Entre julio de 1932 y
enero de 1933, Alemania experimentó una intensa actividad política, con dos elecciones y dos
gobiernos (Von Papen y Von Schleicher), reflejando que los mecanismos democráticos de
Weimar estaban colapsando.
Tras el incendio, Hindenburg, presionado por Hitler, firmó un decreto que suspendía derechos
y libertades constitucionales, instaurando la pena de muerte por delitos contra el estado. En
este ambiente de terror, las elecciones del 5 de marzo se llevaron a cabo, y aunque el NSDAP y
sus aliados lograron la mayoría absoluta con el 43,9% de los votos, no alcanzaron los dos
tercios necesarios para reformar la constitución y darle a Hitler poderes absolutos. Sin
embargo, mediante la anulación de los 81 diputados comunistas y la debilidad del Zentrum,
Hitler consiguió sus objetivos. El 23 de marzo, solo 94 de los 120 diputados del SPD se
opusieron a la medida que marcó el fin de la República de Weimar e inició la Gleichschaltung
nazi.
El régimen nazi también intentó unificar las iglesias protestantes en una Iglesia nacional, pero
al enfrentar resistencia, alentó el movimiento de los "creyentes en Dios" y las teorías
neopaganas de Alfred Rosenberg. Con la Iglesia católica, se firmó un tratado en julio de 1933
que prometía no interferir en la política a cambio de garantías de libertad de culto, pero estas
garantías fueron restringidas, lo que llevó al Papa Pío XI a protestar en la encíclica Mit
brennender Sorge en 1937.
El ejército, por su prestigio y fuerza, no pudo ser "sincronizado" como otras instituciones.
Aunque había simpatizantes del nazismo entre los jóvenes oficiales, los altos mandos
mantenían el principio de apoliticismo de la Wehrmacht. Sin embargo, la creciente intromisión
de las SA y las ambiciones políticas de su líder, Erich Röhm, preocupaban al ejército. En la
"Noche de los cuchillos largos" el 30 de junio de 1934, Hitler ordenó el asesinato de Röhm,
Strasser, y otros, incluyendo al general Schleicher, logrando eliminar la amenaza de las SA.
Tras la muerte de Hindenburg el 2 de agosto de 1934, Hitler unificó los cargos de canciller y
presidente, convirtiéndose en Führer y comandante en jefe de las fuerzas armadas , recibiendo
la lealtad de la Wehrmacht. A pesar de este compromiso, mantuvo y fortaleció a las SS.
El ascenso de Hitler coincidió con la recuperación económica tras la Gran Depresión. En enero
de 1933, el desempleo era alto, pero comenzó a disminuir a finales de año. El gobierno nazi
lanzó un plan de obras públicas, incluyendo una red de autopistas, para estimular la economía.
Excluyeron a las mujeres de la administración pública, devolviéndolas al rol de amas de casa, y
promulgaron leyes para frenar la migración urbana, aunque con poco éxito.
Hitler se rehusó a elegir entre "mantequilla y cañones", deseando ambos. Desde 1936, los
gastos en armamentos aumentaron drásticamente, pasando de cuatro mil millones de marcos
en 1934 a dieciocho mil millones en 1938. En octubre de 1936, se promulgó un plan cuatrienal
para la expansión económica orientada al rearme, dirigido por Göring con amplios poderes.
Schacht fue destituido en noviembre de 1937 de su cargo ministerial y posteriormente del
Reichsbank.
A pesar del aumento en el gasto militar, los trabajadores, especialmente los especializados,
siguieron recibiendo salarios adecuados, y en 1938, 180,000 de ellos disfrutaron de vacaciones
pagadas organizadas por la Kraft durch Freude, la organización recreativa del DAF. En 1937,
comenzó la producción del Volkswagen, y poseer un automóvil parecía un objetivo alcanzable
para muchos alemanes. El desempleo descendió a niveles insignificantes y, a pesar de los
prejuicios antifeministas del régimen, la ocupación femenina también aumentó. Esto llevó a un
incremento demográfico significativo en Alemania durante los años treinta, reflejando un
periodo de prosperidad relativa.
Sin embargo, Hitler y sus colaboradores sabían que esta política económica no era sostenible a
largo plazo debido a los límites de los recursos internos. La solución, en su opinión, se
encontraba en la política exterior. Planeaban transformar el Lebensraum económico (espacio
vital) en un Lebensraum político, expandiéndose hacia el este, más allá de los territorios
perdidos en Versalles. Esta idea se plasmó en un memorandum que Hitler redactó en el verano
de 1936, indicando la necesidad de desvincularse de las obligaciones y condicionamientos
internacionales para lograr esta expansión.
El primer paso hacia la consolidación del poder de Hitler fue abandonar la conferencia del
desarme y la Sociedad de Naciones (SDN), lo cual sometió a plebiscito, obteniendo una
mayoría aplastante. A pesar de esto, entre 1934 y 1935, no tomó otras acciones alarmantes
para la comunidad internacional. El tratado de no agresión con Polonia en enero de 1934
inquietó a Francia y la Unión Soviética, pero otros lo vieron como una pausa en la revisión de
las fronteras orientales. En julio de 1934, un intento de golpe de estado en Austria por
elementos pronazis preocupó a Italia, que movilizó tropas en la frontera, pero Hitler se
distanció de los hechos y retiró a su embajador de Viena.
En enero de 1935, se celebró un referéndum en el Sarre, una región católica y obrera, que
decidió con mayoría abrumadora anexarse al Reich. Desde 1935, con el desarrollo del nuevo
curso económico y el plan cuatrienal, la política exterior nazi se volvió más agresiva.
Una consecuencia notable del ascenso del nazismo fue la emigración masiva de políticos e
intelectuales de Alemania, desintegrando la comunidad científica europea. Entre los
emigrantes estaban figuras prominentes como los hermanos Mann, Albert Einstein, Walter
Gropius, y Bertolt Brecht. Políticos socialdemócratas reconstituyeron su partido en Praga y
figuras como Willy Münzenberg orquestaron campañas de solidaridad internacional, como la
defensa de Dimitrov, acusado injustamente de participar en el incendio del Reichstag.
Resumen
En el contexto de las negociaciones para formar su gobierno, Hitler logró superar la oposición
del líder de los populares Hugenberg y obtuvo la celebración de nuevas elecciones, confiando
en que su ascenso al poder tendría un efecto positivo. Estas elecciones se fijaron para el 5 de
marzo. Durante la campaña electoral, el 27 de febrero, el Reichstag fue destruido por un
incendio, un evento que Hitler utilizó para consolidar su poder.
El régimen nazi se caracterizó por una estructura burocrática compleja y a menudo conflictiva,
conocida como "policracia", que dificultaba la eficiencia del aparato productivo. A diferencia
de otras dictaduras, el Tercer Reich se legitimaba ideológicamente como una "unión popular"
de sangre alemana, excluyendo a opositores y judíos, quienes no gozaban de los mismos
derechos. Las leyes de Núremberg de 1935 formalizaron estas exclusiones y prohibiciones,
mientras que los campos de concentración ya estaban operativos.
El ascenso de Hitler coincidió con una mejora económica inicial tras la Gran Depresión. El
gobierno nazi implementó un amplio plan de obras públicas y excluyó a las mujeres del sector
público para reducir el desempleo. Sin embargo, la creciente demanda de materias primas y la
política agrícola ineficaz llevaron a un déficit en la balanza comercial. Schacht, nombrado
ministro de Economía, propuso un "Nuevo Plan" basado en el comercio de compensación y la
búsqueda de nuevos socios comerciales. La investigación de materiales sintéticos también fue
impulsada.
La política económica nazi, aunque inicialmente exitosa, no era sostenible a medio plazo
debido a las altas demandas de rearme. Hitler aumentó drásticamente el gasto militar a partir
de 1936, con el Plan Cuatrienal liderado por Göring. Schacht fue reemplazado debido a su
resistencia a estas presiones. Aunque los salarios y beneficios para los trabajadores
aumentaron, la ocupación femenina también creció, contradictoriamente a la ideología nazi.
La economía seguía siendo insostenible, y Hitler veía la expansión territorial como la solución a
largo plazo.
En 1945, Rudolf Diels, de la Gestapo, los denominó "campos de concentración salvajes" para
diferenciar aquellos creados por nazis radicales de los gestionados por la policía. Sin embargo,
muchos de estos campos, como el Columbia-Haus en Berlín, estaban en realidad bajo control
de la Gestapo, con las SS proporcionando los guardianes.
Los medios también propagaban la idea de que los campos eran necesarios para mantener la
ley y el orden, destacando su función educativa. Artículos periodísticos argumentaban que el
trabajo en los campos tenía un efecto pedagógico positivo para los prisioneros. Pese a algunas
críticas aisladas, como las del cardenal de Múnich, la mayoría de los alemanes no se opuso a
estos campos. A medida que el tiempo pasó, los nazis continuaron justificando su existencia,
alegando que brindaban a los reclusos la oportunidad de reflexionar sobre sus acciones.
La prensa también informó sobre otros campos similares en Alemania, como el de Heuberg en
Württemberg. Este campo fue inicialmente bien recibido por la población local, que esperaba
beneficios económicos, pero pronto se desilusionaron cuando estos no se materializaron. Los
medios describían estos campos como necesarios para reeducar a los comunistas y mantener
la seguridad del estado, a menudo subrayando el carácter pedagógico de las instituciones y
evitando cuestionar su legitimidad.
En el caso de Breitenau, establecido cerca de Kassel, los periódicos enfatizaban que los
prisioneros llevaban una vida bastante aceptable y eran sometidos a una "terapia de trabajo"
que los rehabilitaría. A pesar de admitir que a nadie le gustaba estar privado de libertad, los
reportajes aseguraban a los lectores que los prisioneros no vivían en condiciones inhumanas y
que la reclusión era necesaria para mantener el orden en Alemania.
La creación del campo de Oranienburg también fue ampliamente cubierta por la prensa. Los
reporteros comparaban el campo con un campamento de adiestramiento militar y aseguraban
que los prisioneros recibían buen trato, alimentación y realizaban ejercicios al aire libre. Los
artículos rechazaban las acusaciones de malos tratos como propaganda extranjera y
presentaban los campos como lugares donde los prisioneros eran reeducados y preparados
para ser ciudadanos útiles. Fotografías publicadas en medios como el Berliner Morgenpost
mostraban el campo como un lugar ordenado y pacífico, en contraste con las horribles
descripciones de la prensa extranjera.
Los reportajes subrayaban que los prisioneros debían permanecer en los campos hasta que
cambiaran de actitud y recobraran la libertad. Afirmaban que los campos eran necesarios para
mantener el orden y la seguridad del estado, y que la rutina diaria inculcaría disciplina y
obediencia en los internos. La prensa también reflejaba la ideología nazi, describiendo a los
prisioneros como elementos subversivos que debían ser controlados y rehabilitados para el
bienestar de la nación.
El texto destaca cómo la prensa regional y nacional publicó artículos que repetían los
comunicados oficiales, a menudo describiendo los campos como lugares necesarios para aliviar
el hacinamiento en prisiones y para la reeducación de los presos. En Breitenau, se enfatizaba la
utilidad del trabajo de los reclusos y su vida relativamente buena comparada con sus
condiciones anteriores. La narrativa oficial presentaba a los guardias nazis como educadores
que trataban humanamente a los prisioneros, contradiciendo las acusaciones de maltrato.
Las revistas ilustradas también jugaron un papel crucial en esta campaña propagandística.
Publicaban fotos de prisioneros realizando trabajos útiles, disfrutando de actividades de ocio y
recibiendo una buena alimentación, todo con el fin de presentar una imagen idílica de los
campos. Este tipo de cobertura mediática buscaba convencer al público de que los campos
eran necesarios y beneficiosos para la sociedad, y que los reclusos eran tratados
adecuadamente.
La prensa también refutó publicaciones extranjeras críticas, como el "Libro Pardo" sobre el
incendio del Reichstag y el terror nazi. El comandante del campo de Oranienburg, Werner
Schäfer, escribió refutaciones detalladas, apoyándose en reportajes y fotografías que
mostraban los campos como lugares ordenados y disciplinados, destinados a la reeducación de
los enemigos del estado.
En resumen, los medios de comunicación alemanes, junto con la propaganda oficial nazi,
trabajaron arduamente para construir una imagen positiva de los campos de concentración,
minimizando o negando las atrocidades cometidas y presentando estos lugares como
necesarios para la reeducación y rehabilitación de los enemigos del estado.
Detrás de las imágenes idealizadas y las disculpas propagandísticas de los nazis, los primeros
campos de concentración ocultaban un gran terror. Debido a la falta de archivos y a la
destrucción de documentos, los detalles exactos sobre los reclusos de estos primeros campos
son escasos. Sin embargo, estudios recientes identifican más de 160 lugares utilizados como
campos en 1933, incluyendo centros transitorios como escuelas, fábricas, castillos, fortalezas y
cárceles. Durante la primera oleada de detenciones en marzo y abril de 1933, se estima que
solo en Prusia se arrestaron alrededor de 25,000 personas, principalmente comunistas, y es
probable que otras tantas fueran detenidas en el resto de Alemania.
Los campos también alojaron mujeres, siendo el de Gotteszell (Baden) el primero, establecido
en marzo de 1933, con unas 50 internas en su mayoría comunistas. Otro campo en Moringen
(cerca de Gotinga) abrió en junio de 1933, albergando a 75 presas para el otoño. La prensa a
menudo destacaba las historias de mujeres liberadas tras breves períodos de encarcelamiento.
En el verano de 1933, hubo una nueva oleada de detenciones que incluyó a líderes de casi
todos los partidos políticos. Para el 31 de julio de 1933, aproximadamente 26,789 personas
estaban en reclusión cautelar bajo la Gestapo. En agosto de 1933, los reportajes indicaban que
los líderes de partidos de izquierdas serían mantenidos bajo vigilancia, mientras que los
obreros "seducidos" por el comunismo comenzaban a ser liberados, creando la impresión de
que los campos eran temporales. Sin embargo, las historias de prisioneros no comunistas eran
menos frecuentes en la prensa.
Las personas arrestadas eran enviadas a trabajar a los campos y luego liberadas, reemplazadas
por nuevos presos. Por ejemplo, en Dachau entre junio y diciembre de 1933, siempre había
alrededor de 3,800 reclusos, de los cuales se liberaban unos 2,000 cada mes y se detenía un
número similar. En 1933, aproximadamente 100,000 personas pasaron por los campos de
concentración, y se estima que entre 500 y 600 fueron asesinadas, sin contar a los que
recibieron palizas y fueron liberados. Solo en Prusia, cerca de 30,000 personas sufrieron
arrestos y malos tratos hasta finales de abril de 1933.
Después de 1933, los comunistas siguieron siendo el grupo mayoritario en los campos. Por
ejemplo, una lista del 10 de abril de 1934 muestra que, de las 2,405 personas internadas en los
campos de Baviera, 1,531 (62.5%) estaban acusadas de actividades comunistas. Además, 222
personas (9.1%) estaban acusadas de alta traición y 33 (1.3%) de traición menor. Otros 98
reclusos (4%) fueron acusados de actividades marxistas. Solo 24 militantes socialistas, menos
del 1% del total, también fueron encarcelados. Los judíos no eran mencionados en listas
separadas y no había muchos en los campos alemanes por esa época.
El fragmento titulado "¿El fin de los campos a la vista?" describe cómo la percepción pública de
los campos de concentración nazis fue influenciada por los medios de comunicación. La prensa
solía culpar a las víctimas, incluso justificando las muertes en los campos como actos de
defensa propia por parte de los guardias. Aunque algunos alemanes, especialmente socialistas
clandestinos, criticaban los campos y la Gestapo, muchos ciudadanos aceptaban o toleraban
estas instituciones, viendo los campos como necesarios para la reeducación y eliminación de
elementos indeseables de la sociedad.
El régimen nazi presentó los campos en la prensa con imágenes idílicas y descripciones
educativas, lo cual tenía diversos efectos en la población: desde aterrorizar a los opositores
hasta ganar apoyo entre los ciudadanos que deseaban orden y ley. Hubo un momento a finales
de 1933 en que se consideró cerrar los campos debido a la consolidación del poder nazi y la
disminución de enemigos, con liberaciones masivas anunciadas por Hermann Göring. Sin
embargo, estas medidas fueron más simbólicas que reales, y aunque el número de prisioneros
disminuyó notablemente en 1934, los campos no desaparecieron completamente.
A finales de 1934, el número de prisioneros en los campos era el más bajo registrado durante
el Tercer Reich, pero la existencia de los campos continuó, a pesar del aparente apoyo popular
hacia Hitler y la eliminación de la oposición organizada.
Eicke implementó una normativa estricta y un código de conducta para los guardianes,
consolidando Dachau como un modelo de brutalidad. Además, creó una estructura
administrativa detallada que incluía varias secciones, entre ellas, una junta directiva y un
departamento político. En 1936, con el apoyo de Hitler, se planificó una expansión de los
campos para cubrir toda Alemania y así gestionar eficazmente a los enemigos del estado.
La creación de nuevos campos también tuvo motivaciones económicas. Himmler y Oswald Pohl
aprovecharon la mano de obra barata de los prisioneros, fundando empresas como la Empresa
de Ladrillos y Sillares de Alemania (DEST) en 1938. Nuevos campos como Flossenbürg,
Buchenwald y Mauthausen se establecieron cerca de recursos naturales valiosos.
La propaganda nazi modificó la imagen pública de los campos, presentándolos como lugares
para internar a diversos tipos de criminales y marginales sociales. Se censuró la publicación de
noticias sobre la reclusión cautelar, permitiendo a la policía decidir cuándo se podían divulgar
ciertas informaciones. Un reportaje de 1936 en un periódico de las SS mostraba fotos de
presos trabajando, incluyendo imágenes de alcohólicos, delincuentes tatuados y judíos
acusados de deshonra racial, reforzando la percepción de que los campos eran necesarios para
la seguridad nacional.
Para noviembre de 1936, había 4,761 reclusos en los campos, mayormente por delitos
políticos, mientras que el resto eran considerados delincuentes profesionales y elementos
asociales.
El fragmento describe cómo los campos de concentración nazis, lejos de disolverse,
experimentaron una expansión en su función y misión a finales de 1936. Un reportaje
fotográfico publicado en una revista nazi mostraba imágenes de los campos que contrastaban
con las circuladas desde 1933. En estas nuevas imágenes, el campo aparecía limpio y
ordenado, con prisioneros desfilando como soldados y aparentemente disfrutando de recreo
en un entorno parecido a un parque. El reportaje también promovía la teoría nazi de la
criminalidad, asociando defectos raciales con la propensión al crimen y justificando así los
campos y otras medidas, como la esterilización de personas consideradas criminales
habituales.
Hitler, en un discurso en 1937, afirmó que los campos estaban destinados solo a aquellos cuya
actividad política encubría una actitud criminal confirmada por condenas previas. Rechazó las
críticas internacionales a los campos, afirmando que eran para proteger la revolución nazi de
los criminales asociados con Moscú. Himmler, en 1937, afirmó que el número de prisioneros
estaba aumentando y que los campos eran necesarios para detener a los militantes
comunistas y a los desechos de la sociedad. También mencionó la importancia del frente
interno en preparación para la guerra.
La propaganda nazi mostraba una imagen benigna de los campos justo cuando se preparaban
para expandirlos. Himmler autorizó a periodistas a visitar Sachsenhausen para mostrar la
realidad de los campos, buscando refutar las tergiversaciones propagadas sobre ellos. Esta
expansión y la justificación de los campos de concentración reflejan la creciente radicalización
y brutalidad del régimen nazi en ese período.
Himmler consideraba importante presentar una imagen pública positiva de los campos de
concentración. En marzo de 1938, se aprobó una lista de periodistas para visitar
Sachsenhausen y mostrar lo que sucedía en los campos, como una forma de refutar las
tergiversaciones propagadas sobre ellos. La anexión de Austria en marzo de 1938 planteó
dudas sobre si la visita de los periodistas se llevó a cabo. La preocupación por la faceta
publicitaria de los campos persistía.
Himmler defendió los campos de concentración como una medida para reducir la criminalidad
en Alemania, comparándolos con instituciones utilizadas por las democracias occidentales.
Atribuyó la disminución de la criminalidad en Alemania al "riguroso proceder" frente a los
delincuentes. Aunque destacó la importancia de eliminar a los peores elementos de la
sociedad, insistió en que la tarea principal de la policía era la educación positiva y obtener la
colaboración de las personas.
El campo de Flossenburg
La historia de los campos de concentración se retomará más adelante en el libro, pero en los
próximos capítulos se examinará cómo enfrentaron hombres y mujeres la maquinaria
represiva de la dictadura nazi.
Sombras de guerra
Conclusión
La segunda fase abarca desde el comienzo de la guerra hasta el inicio de la invasión en 1944.
Durante este período, la mayoría de la población alemana continuó respaldando firmemente al
régimen nazi, incluso después del intento de golpe de estado en julio de 1944. Hitler buscaba
establecer una dictadura autoritaria basada en un líder con apoyo popular, y estaba
obsesionado por la opinión pública y la reacción ciudadana. Los nazis lograron mantener un
fuerte respaldo sin recurrir ampliamente al terror, gracias a que muchos alemanes se
convencieron de las ventajas del régimen.
La fase final, desde la invasión en 1944 hasta la caída del régimen, mostró que la mayoría de
los alemanes respaldaron las campañas contra los "criminales políticos" y se mostraron a favor
de la existencia de los campos de concentración. La población no tuvo que enfrentarse
directamente a la represión del régimen en su mayoría, y su percepción de la faceta represiva
de la dictadura se formó a través de lo que se contaban entre ellos y de las noticias en la
prensa y la radio.
En resumen, la población alemana respaldó en gran medida a Hitler y la dictadura nazi debido
a una combinación de factores, incluyendo la promesa de estabilidad y prosperidad, el cultivo
de la opinión pública por parte de los nazis, y la percepción de la represión como un concepto
social más que una experiencia directa para la mayoría.
El fragmento "Conclusion" analiza cómo las actividades de la nueva policía y los campos de
concentración durante los años treinta contaron con el apoyo de todos los estratos sociales en
Alemania. Los campos fueron presentados como centros disciplinarios para criminales políticos
y asociales, promoviendo una "terapia de trabajo". Aunque generalmente se piensa en la
Gestapo y las SS al considerar las prácticas represivas del Tercer Reich, el papel de la policía
uniformada y la Kripo también fue relevante y contribuyó al respaldo popular a la dictadura.
El fragmento destaca cómo el régimen nazi ganó adeptos gracias a sus éxitos políticos iniciales,
como la creación de empleo, la construcción de autopistas, la promesa de un automóvil para
cada familia y vacaciones baratas, y eventos como las Olimpíadas. Estas acciones, ejecutadas
según las directrices del Ministerio de Instrucción Popular y Propaganda, permitieron al
régimen establecerse y florecer. Hitler fue reconocido en los años treinta por superar la Gran
Depresión y solucionar el desempleo masivo en Alemania, lo que le otorgó una imagen de líder
fuerte y estable.
La imagen de liderazgo fuerte de Hitler se vio respaldada por las acciones de Alemania en el
ámbito internacional, donde no dudó en imponer su criterio, lo que contrastaba con la
aparente debilidad de la democracia en Gran Bretaña y Francia. Estos países, al adoptar una
política de pacificación, contribuyeron involuntariamente a promover la imagen de Hitler como
un líder destacado en Alemania.
La segunda etapa de las relaciones entre el pueblo alemán y la dictadura nazi se inició con el
estallido de la guerra en 1939. El nacionalismo se convirtió en un factor importante y muchos
alemanes pusieron la patria por delante de cualquier otra consideración, lo que permitió a la
dictadura aprovechar la situación para avanzar en sus objetivos radicales y racistas. La guerra
revolucionó la revolución nazi, dando paso a la expansión del sistema de campos de
concentración, la persecución de los marginados sociales y el programa de "eutanasia", entre
otros cambios drásticos.
En resumen, el régimen nazi ganó adeptos gracias a sus acciones políticas iniciales y a la
imagen de liderazgo fuerte de Hitler. La mejora económica y las victorias políticas iniciales
permitieron al régimen establecerse y florecer, aunque a largo plazo se pagarían un precio muy
elevado por muchos de estos "logros".
La mayoría de la población alemana aceptó, en mayor o menor grado, las doctrinas racistas del
régimen nazi, como se evidencia en la colaboración en la aplicación de las medidas raciales y la
denuncia de supuestas infracciones de la normativa racista. La participación ciudadana en el
suministro de información a la policía o al partido fue una de las contribuciones más
importantes a la realización de la ideología nazi.
La invasión de la Unión Soviética aceleró actos sangrientos y creó el contexto para el
Holocausto. La guerra de exterminio en el este fue utilizada como pretexto para asesinatos
sistemáticos en masa, siendo el objetivo principal los judíos de la Europa del este. Además, la
guerra contra la Unión Soviética resultó en la muerte de aproximadamente veinticinco
millones de soviéticos, diecisiete millones de los cuales eran civiles.
Los efectos de la brutalidad del Holocausto y la guerra contra la Unión Soviética también
repercutieron en Alemania, evidenciados en el sistema de campos de concentración que
comenzaron a invadir el ámbito social del país en los años centrales de la guerra. Estos
campos, junto con los millones de trabajadores esclavos, confirmaron para muchos alemanes
las teorías nazis sobre la superioridad social y racial de su pueblo.
Se menciona que las representaciones de los campos y del terror tenían un efecto variado en
la población. Mientras que para algunos, especialmente aquellos que ya estaban en
desacuerdo con el régimen, las noticias sobre los campos eran aterradoras e intimidatorias,
para otros ciudadanos que anhelaban un retorno a una versión idealizada del orden
germánico, estas imágenes les permitieron asumir con más facilidad los aspectos más
aterradores del régimen nazi. La propaganda del régimen retrataba a los prisioneros de los
campos como "los otros", como comunistas, marginados sociales y judíos, mientras que los
buenos ciudadanos eran invitados a considerar los campos como instituciones educativas y
correctivas.
En cuanto a los eventos finales de la guerra, se describe cómo casi todas las ciudades y pueblos
de Alemania vivieron su propia versión del Apocalipsis durante los últimos seis meses de la
existencia del Tercer Reich. Se menciona que, aunque muchos alemanes tenían dudas sobre la
victoria y algunos esperaban un cambio milagroso en la situación, muchos seguían
combatiendo con determinación, especialmente contra los soviéticos, a quienes se había
demonizado durante mucho tiempo.
En resumen, el fragmento analiza la percepción de los campos de concentración en la sociedad
alemana, el embrutecimiento moral que experimentó la sociedad durante la época nazi y las
razones por las cuales muchos alemanes continuaron apoyando a Hitler hasta el final de la
guerra.