0% encontró este documento útil (0 votos)
38 vistas6 páginas

La Ventana Abierta. Saki

En 'La ventana abierta', Framton Nuttel visita a la tía de una joven llamada Vera, quien le cuenta sobre la trágica desaparición del marido y los hermanos de su tía durante una cacería. La tía, sin saber la verdad, espera su regreso y mantiene la ventana abierta para que entren. Al final, cuando los hombres regresan, Framton, aterrorizado por la historia, huye despavorido, mientras Vera inventa una excusa para su comportamiento.

Cargado por

claudiaramz14270
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
38 vistas6 páginas

La Ventana Abierta. Saki

En 'La ventana abierta', Framton Nuttel visita a la tía de una joven llamada Vera, quien le cuenta sobre la trágica desaparición del marido y los hermanos de su tía durante una cacería. La tía, sin saber la verdad, espera su regreso y mantiene la ventana abierta para que entren. Al final, cuando los hombres regresan, Framton, aterrorizado por la historia, huye despavorido, mientras Vera inventa una excusa para su comportamiento.

Cargado por

claudiaramz14270
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La ventana abierta

Mi tía no tardará en bajar, míster Nuttel —dijo una damita de quince años,
muy segura de sí misma—. Entretanto, tendrá usted que conformarse con
mi compañía.

Framton Nuttel trató de decir algo que resultara halagador para la sobrina
del momento sin menoscabo de la tía próxima a aparecer. En su fuero
íntimo, dudó más que nunca de que aquellas visitas de cumplido a una
serie de personas completamente desconocidas le ayudaran mucho en la
cura de nervios a que estaba sometido.

«Sé lo que va a pasar —había dicho su hermana mientras Framton se


disponía a emigrar a aquel retiro rural—. Te enterrarás allí, sin hablar con
nadie, y tus nervios empeorarán, en vez de mejorar. Te daré unas cartas
de presentación para todas las personas que conozco allí. Algunas de
ellas, por lo que puedo recordar, eran encantadoras.»

Framton se preguntó si mistress Sappleton, la dama a la cual iba a


presentar una de las cartas de su hermana, pertenecía a aquella última
categoría.

—¿Conoce usted a mucha gente de por aquí? —preguntó la sobrina,


cuando consideró que ya habían tenido una suficiente comunicación
silenciosa.

—No conozco a nadie —confesó Framton—. Mi hermana pasó una


temporada aquí, hace unos años, y me ha dado unas cartas de
presentación para varias personas.

Hizo la última afirmación en tono de evidente pesar.

—Entonces, ¿no sabe usted prácticamente nada acerca de mi tía? —


inquirió la curiosa damita.

—Sólo su nombre y dirección —admitió el visitante.

Se estaba preguntando si mistress Sappleton era casada o viuda. En la


estancia había algo indefinible que sugería una presencia masculina.
—Su gran tragedia ocurrió hace tres años —dijo la chiquilla—. Debió de
ser en la época en que su hermana estuvo aquí.

—¿Su tragedia? —preguntó Framton.

En aquel apacible rincón, las tragedias parecían fuera de lugar.

—Tal vez se haya preguntado usted por qué tenemos esa ventana abierta
de par en par en una tarde de octubre —dijo la sobrina, señalando hacia
un amplio ventanal que se abría al jardín.

—Hace bastante calor para esta época del año —dijo Framton—. Pero,
¿qué tiene que ver esa ventana con la tragedia?

—A través de esa ventana, hace tres años, salieron a cazar el marido de


mi tía y sus dos hermanos, más jóvenes que ella. Nunca regresaron.
Mientras cruzaban el pantano, dirigiéndose a su puesto de acecho favorito,
se hundieron en las aguas fangosas. El verano había sido
desacostumbradamente húmedo, y algunos lugares que otros años podían
cruzarse sin peligro, cedían repentinamente sin previo aviso. Los
cadáveres no pudieron ser localizados. Eso fue lo más espantoso de todo.
La pobre tía cree que su marido y sus hermanos regresarán algún día,
acompañados por el perrito de aguas que se perdió con ellos, y que
entrarán por esa ventana tal como tenían por costumbre hacer. Por eso la
ventana no se cierra nunca. ¡Pobre tía! A menudo me cuenta cómo se
marcharon, su marido con su impermeable blanco doblado sobre el brazo,
y Ronnie, el menor de los hermanos, cantando: «Bertie, ¿por qué saltas?»,
como hacía siempre para fastidiarla, porque ella decía que la canción le
atacaba los nervios. A veces, ¿sabes?, en los atardeceres tranquilos como
éste, tengo la horrible sensación de que de un momento a otro aparecerán
a través de esa ventana…

La chiquilla se interrumpió con un repentino estremecimiento. Framton se


sintió muy aliviado al ver aparecer a la tía, la cual se disculpó por haberle
hecho esperar.

—Confío en que Vera le habrá entretenido —dijo mistress Sappleton.

—Me ha contado cosas muy interesantes —dijo Framton.

—Espero que no le importará que la ventana esté abierta —dijo mistress


Sappleton vivamente—. Mi marido y mis hermanos no tardarán en
regresar de una cacería, y tienen la costumbre de entrar por la ventana.
Han ido al pantano, de modo que dejarán mis pobres alfombras hechas un
asco. ¡Qué le vamos a hacer! Bueno, ¿lo pasa usted bien aquí, míster
Nuttel?

Mistress Sappleton continuó hablando alegremente de la caza y de lo que


escaseaban las aves acuáticas últimamente. Para Framton, aquella
conversación resultaba horrible. Hizo un esfuerzo tan desesperado como
inútil para desviar la conversación hacia un tema menos lúgubre; se daba
cuenta de que su anfitriona sólo le dedicaba una parte de su atención, y de
que los ojos de mistress Sappleton se volvían continuamente hacia la
ventana abierta y el jardín que se extendía más allá.

—Los médicos estuvieron de acuerdo en recomendarme un absoluto


descanso, diciéndome que procurara evitar toda excitación mental y toda
clase de ejercicio físico violento —anunció Framton, el cual alimentaba la
ilusión, bastante extendida, de que los desconocidos y los conocidos
casuales están hambrientos de detalles acerca de las enfermedades del
prójimo, de su causa y de su proceso curativo—. En lo que no se
mostraron de acuerdo fue en la cuestión de la dieta —continuó.

—¿No? —inquirió mistress Sappleton, reprimiendo a duras penas un


bostezo.

Luego, sus ojos se iluminaron súbitamente con una expresión


interesada…, aunque no por lo que Framton estaba diciendo.

—¡Por fin! ¡Ahí están! —exclamó—. ¡Llegan a tiempo para el té! ¡Y vienen
cubiertos de barro hasta los ojos!

Framton se estremeció ligeramente y se volvió hacia la sobrina para


expresarle silenciosamente su comprensión. La chiquilla miraba fijamente
a través de la ventana abierta con una expresión de asombrado horror.
Poseído de un súbito e inexplicable temor, Framton se volvió en su asiento
y miró en la misma dirección.

A la macilenta luz del crepúsculo, tres figuras avanzaban a través del


jardín en dirección a la ventana; las tres llevaban una escopeta debajo del
brazo, y una de ellas lucía un impermeable blanco que se había echado
por encima de los hombros. Iban acompañadas por un perrito de aguas.
Avanzaban en silencio hacia la casa, y de repente una voz juvenil empezó
a cantar: «Bertie, ¿por qué saltas?»
Framton empuñó salvajemente su sombrero y su bastón; cruzó
precipitadamente el vestíbulo, echó a correr por el caminito de grava, y al
llegar a la carretera estuvo a punto de chocar contra un ciclista, el cual
tuvo que echarse a la cuneta para evitar la aparatosa colisión.

—¡Hola, querida! —dijo el hombre del impermeable blanco, entrando a


través de la ventana—. Nos hemos cubierto de barro, pero ya está casi
seco. ¿Quién era ese tipo que ha salido corriendo como alma que lleva el
diablo cuando nosotros llegábamos?

—Un hombre muy raro, un tal míster Nuttel —dijo mistress Sappleton—.
Sólo sabía hablar de sus enfermedades, y en cuanto os ha visto llegar ha
salido huyendo, sin despedirse ni disculparse. Como si hubiera visto a un
fantasma.

—Supongo que ha sido por el perro —dijo la sobrina tranquilamente—. Me


estuvo contando que los perros le inspiran terror. En cierta ocasión se vio
obligado a refugiarse en un cementerio, situado a orillas del Ganges, para
escapar a la persecución de dos perros vagabundos. Pero los perros le
siguieron hasta el interior del recinto, y tuvo que pasar la noche en una
tumba recién excavada, con los dos animales gruñendo y babeando
encima de su cabeza. Una cosa así es capaz de destrozarle los nervios a
cualquiera.

Las fábulas improvisadas eran su especialidad.


 Autor: Saki (Hector Hugh Munro)
 Título: La ventana abierta
 Título Original: The Open Window
 Publicado en: The Westminster Gazette, 18 de noviembre de 1911

También podría gustarte