Secuencia Didáctica.
“El narrador de historias”
Grado: 6to A Y B
Docentes: Mainetti Débora, Veronica Castro
Materia: prácticas del lenguaje
Fecha:
ACTIVIDADES
Actividad 1
En esta oportunidad se comenzará con la lectura de un cuento. La docente les preguntará
antes de mostrarles la tapa de este si conocen al siguiente autor: Saki.
Los estudiantes darán sus respuestas oralmente, y luego les mostrará lo siguiente que
aparece antes de finalizar la lectura del libro. Los estudiantes tendrán su ejemplar en
formato papel o bien la docente les brindará el cuento, ya que en el mismo se encuentran
dos: El narrador de historias y Tobermory, pero en esta oportunidad sólo vamos a leer el
primero: El narrador de historias.
Hector Hugh Munro, conocido por el pseudónimo literario de Saki, fue un famoso escritor,
novelista y dramaturgo británico. Nació en Birmania el 18 de diciembre de 1870 y falleció el
14 de noviembre de 1916. Sus agudos y, en ocasiones, macabros
cuentos recrearon irónicamente la sociedad y la cultura victoriana en la que vivió.
Luego de mencionar esto, mediante el uso de las tablets o notebooks que disponga la
institución educativa se les pedirá que busquen más información acerca de la biografía del
autor. Además, se les pedirá que anoten en sus carpetas acerca de él y que pongan de
referencia otras obras literarias suyas. Luego compartirán entre todos lo investigado.
La docente les pedirá que completen una ficha bibliográfica sobre lo que van a leer.
Nombre de cuento:
Autor:
Ilustraciones:
Año de edición:
Una vez completado se compartirá entre todos los estudiantes para corroborar que todos
los alumnos tengan la misma información.
Actividad 2
En este encuentro se comenzará con la lectura del cuento: El narrador de historias, de Saki.
La docente se dispondrá amablemente, a mostrarles la tapa del cuento, les volverá a
advertir que en la tapa aparecen dos nombres, pero solo van a trabajar con el mencionado
anteriormente.
Se observará con todo el alumnado la tapa del mismo, y los estudiantes tendrán un
ejemplar cada uno, para visualizar la tapa individualmente.
Al observarla se les preguntará lo siguiente:
¿Qué les parece la tapa?
¿Sobre qué creen que se tratará el cuento El narrador de historias?
¿Por qué el autor quiso poner dos cuentos en un libro?
Los estudiantes a raíz de estas preguntas debatirán oralmente entre todos, de esta manera
se abrirán muchas respuestas acerca de los interrogantes antes mencionados.
Luego, se comenzará con la lectura del cuento.
EL NARRADOR DE CUENTOS
Era una tarde calurosa y el vagón del tren, como era de suponer, estaba sofocante, y la
siguiente parada, Templecombe, quedaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del
vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía
de los niños ocupaba un asiento en una esquina, y en el asiento de enfrente estaba sentado un
solterón que no formaba parte de aquel grupo. Pero las niñas pequeñas y el niño pequeño
decididamente ocupaban la totalidad del compartimento. Tanto la tía como los niños
conversaban con un ritmo pausado pero persistente, que hacía recordar el sonido de una mosca
doméstica que se niega a ser desalentada. Casi todas las frases de la tía parecían empezar por
“No, no lo hagas", y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con “¿Por qué?”. El
solterón no decía nada en voz alta.
—No, no lo hagas, Cyril, no —exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los almohadones
del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe—. Ven a mirar por la ventanilla —
agregó.
El sobrinito se acercó a regañadientes a la ventanilla.
—¿Por qué están sacando esas ovejas del campo? —preguntó.
—Supongo que las llevan a otra pradera en la que habrá más pasto —respondió la tía
débilmente.
—Pero en ese campo hay montones de pasto —protestó el niño—, lo único que hay es pasto.
Tía, en esa pradera hay montones de pasto.
—Quizás el pasto del otro campo es mejor —sugirió ilusoriamente la tía.
—¿Por qué es mejor? —fue la inevitable y rápida pregunta.
—¡Oh! ¡Miren esas vacas! —exclamó la tía.
En casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren había vacas o toros, pero la mujer
lo dijo como si estuviera descubriendo una rareza.
—¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? —insistió Cyril.
El ceño fruncido del solterón estaba comenzando a tomar mal aspecto. La tía decidió para sus
adentros que se trataba de un hombre duro y antipático. Le fue completamente imposible
llegar a una decisión satisfactoria sobre el pasto del otro campo.
La niña más pequeña cambió de tema comenzando a recitar “En el camino hacia Mandalay”.
Solo sabía ese primer verso, pero puso su limitado conocimiento al servicio de la mejor
interpretación. Repetía esa línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy
audible; el solterón tuvo la sensación de que alguien habría apostado a que ella no sería capaz
de repetir ese verso en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que hubiese
realizado esa apuesta, corría serio peligro de perderla.
—Acérquense acá para escuchar un cuento —dijo la tía después de que el solterón la había
mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.
Los niños se acercaron con indiferencia al rincón ocupado por la tía. Evidentemente, según la
opinión de los niños, su reputación como narradora de historias dejaba mucho que desear.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas
y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia
de interés, acerca de una niña que era buena y se hacía amiga de todo el mundo gracias a su
bondad y que finalmente era rescatada del ataque de un toro furioso por una serie de personas
que admiraban sus cualidades morales.
—¿Y si ella no hubiese sido buena no la habrían salvado? —quiso saber la mayor de las niñas
pequeñas.
Esa era exactamente la pregunta que el solterón hubiera querido formular.
—Bueno, sí —admitió la tía débilmente—, pero no creo que hubieran corrido en su ayuda con
tanta rapidez si no la hubiesen admirado tanto.
—Es la historia más estúpida que he oído en mi vida —dijo con total convicción la mayor de las
niñas pequeñas.
—Era tan estúpida que yo dejé de escuchar después de las primeras frases —dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había
recomenzado a murmurar la repetición de su verso favorito.
—Usted no parece ser una narradora de cuentos muy exitosa —dijo repentinamente el solterón
desde su rincón.
La tía se puso de inmediato a la defensiva ante ese ataque inesperado.
—Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar —dijo fríamente.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo el solterón.
—A lo mejor a usted le gustaría contarles un cuento —fue la réplica mordaz de la tía.
—Cuéntenos un cuento —rogó la mayor de las niñas pequeñas.
—Había una vez —comenzó diciendo el solterón—, una niña pequeña llamada Berta que era
extraordinariamente buena.
El interés que se había despertado en los niños inmediatamente comenzó a debilitarse; todas
las historias eran horriblemente parecidas, sea quien fuere quien las contase.
—Hacía todo lo que le indicaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía los
budines de leche como si fueran tartas de mermelada, aprendía perfectamente sus lecciones y
era sumamente amable.
—¿Era linda? —preguntó la mayor de las niñas pequeñas.
—No tan linda como ustedes —respondió el solterón—, pero era espantosamente buena.
Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra “espantosa” en
conexión con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en el
cuento un hálito de verdad que brillaba por su ausencia en las historias sobre la vida infantil
que narraba la tía.
—Era tan buena —continuó el solterón— que ganó varias medallas por su bondad y siempre las
llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una
tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y tintineaban las unas
contra las otras cuando la niña caminaba. Ningún otro niño de la ciudad tenía tres medallas, de
manera que todo el mundo sabía que ella debía de ser una niña extraordinariamente buena.
—Espantosamente buena —citó Cyril.
—Todo el mundo hablaba de su bondad, de modo que el príncipe de aquel país se enteró y dijo
que ya que ella era tan buena, le permitiría caminar una vez por semana por su parque, que
quedaba justo en las afueras de la ciudad. Era un parque muy hermoso al que no se permitía
entrar a los niños, de modo que fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.
—¿Había alguna oveja en el parque? —preguntó Cyril.
—No —dijo el solterón—, no había ovejas.
—¿Por qué no había ovejas? —fue la inevitable pregunta que surgió de esa respuesta.
La tía se permitió esbozar una sonrisa que prácticamente era una mueca burlona.
—En el parque no había ovejas —dijo el solterón—, porque la madre del príncipe había soñado
una vez que su hijo sería asesinado por una oveja o bien por un reloj de pared que se le caería
en la cabeza. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su
palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
—¿Y al príncipe lo mató una oveja o un reloj? —preguntó Cyril.
—Todavía está vivo, así que no podemos saber si el sueño se hará realidad —dijo el solterón
despreocupadamente–. De todos modos, no había ovejas en el parque, pero sí había muchos
chanchitos corriendo por todas partes.
—¿Y de qué color eran?
—Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con
manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
El narrador de cuentos hizo una pausa para que los niños crearan en su imaginación una idea
completa de los tesoros del parque; después prosiguió:
—A Berta le dio mucha pena que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con
lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del bondadoso príncipe y estaba
decidida a mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había
flores para arrancar.
—¿Por qué no había flores?
—Porque los cerdos se las habían comido todas –contestó rápidamente el solterón–. Los
jardineros le habían dicho al príncipe que no era posible tener chanchitos y flores a la vez, así
que decidió tener chanchitos en lugar de flores.
Se produjo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; tanta gente
habría decidido lo contrario…
—En el parque había muchas otras cosas maravillosas. Había estanques con peces dorados,
azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes en cualquier
momento, y pájaros que cantaban todas las melodías populares de moda. Berta caminaba de
aquí para allá, disfrutando inmensamente, y pensó: “Si no fuera tan extraordinariamente
buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que se
puede ver en él”, y mientras caminaba, sus tres medallas chocaban unas contra otras
recordándole lo buena que era. Justo en ese momento, un enorme lobo comenzó a merodear
por el parque para ver si podía atrapar algún chanchito gordo para su cena.
—¿De qué color era el lobo? —preguntaron los niños, cuyo interés se había intensificado
inmediatamente.
—Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido
que brillaban con indescriptible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su
delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se divisaba desde una gran
distancia. Berta vio al lobo que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran
permitido entrar en el parque. Corrió tan rápido como pudo, y el lobo la persiguió dando
enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en el
más tupido de los arbustos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le
colgaba de la boca y sus pálidos ojos grises brillaban de furia. Berta estaba terriblemente
asustada y pensó: “Si no hubiese sido tan extraordinariamente buena, en este momento estaría
sana y salva en la ciudad”. Sin embargo, el perfume de los mirtos era tan fuerte que el lobo no
podía descubrir por el olfato el lugar donde Berta se escondía, y los arbustos eran tan tupidos
que podía haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin llegar a descubrirla, así
que pensó que lo mejor que podía hacer era alejarse y, en cambio, buscar un chanchito. Berta
temblaba tanto al ver que el lobo la rondaba y husmeaba tan cerca de ella, que la medalla de la
obediencia chocó con las medallas de la buena conducta y de la puntualidad. El lobo estaba a
punto de alejarse cuando oyó el sonido que producían los metales que se entrechocaban y se
detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba muy cerca del lugar en que él
se hallaba. Se lanzó dentro del arbusto a toda velocidad, con los pálidos ojos grises brillando
ferozmente y con expresión de triunfo, y arrastró a Berta fuera de los arbustos para devorarla
hasta el último bocado. Todo lo que quedó de la niña fueron sus zapatos, algunos pedazos de
ropa y las tres medallas de la bondad.
—¿Y no mató a ninguno de los chanchitos?
—No, todos escaparon.
—El cuento empezó mal —dijo la más pequeña de las niñas pequeñas—, pero tuvo un final
hermoso.
—Es el cuento más hermoso que he escuchado en toda mi vida —dijo la mayor de las niñas
pequeñas, muy decidida.
—Es el único cuento hermoso que he oído en mi vida —dijo Cyril.
La tía disentía con esas opiniones y expresó su desacuerdo.
—¡Es un cuento de lo más impropio para niños pequeños! Usted ha socavado el efecto de años
de cuidadosa enseñanza.
—De todos modos —dijo el solterón tomando sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren
—, conseguí que se quedaran tranquilos durante diez minutos, que es más que lo que usted fue
capaz de hacer.
“¡Pobre mujer! —pensó el solterón mientras caminaba por el andén de la estación de
Templecombe—. ¡Durante los próximos seis meses, esos niños la van a mortificar en público
pidiéndole que les cuente un cuento impropio!”.
Saki, “El narrador de cuentos”, en Cuentos increíbles, Buenos Aires, Crea, 1980.
Finalizada la lectura de este, se les preguntará:
¿Qué les pareció el cuento?
Deberán responder oralmente.
Para finalizar les pedirá también que anoten en sus carpetas sobre qué se trató y que les
pareció.
Actividad 3
En este encuentro, la docente propondrá lo siguiente:
Después de haber leído el cuento, se inicia el espacio de intercambio. ¿Cómo comenzar? Se
puede proponer que reconstruyan la historia principal (la de la tía, sus sobrinos y el
soltero en viaje hacia Templecombe). A continuación, se puede centrar el intercambio en los
dos relatos enmarcados dentro de la historia principal y en algunas expresiones ocurrentes.
El cuento comienza situando el tiempo y el espacio donde va a transcurrir la historia: “Era
una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada,
Templecombe, estaba casi a una hora de distancia”, y termina
cuando, pasado ese tiempo, el tren llega a la estación y los pasajeros se preparan para
bajar. Durante este breve período, la tía y el soltero cuentan sus historias. ¿Cuál de ellas les
gustó
más? ¿Por qué? ¿Y a las niñas y el niño del cuento?
Les pedirá que coloquen el tiempo y espacio donde transcurre la historia en la carpeta:
Espacio donde transcurre la historia:
Lugar donde transcurre la historia:
Luego que respondan las preguntas de manera escrita en sus carpetas. Para luego debatir
oralmente sobre las mismas.
Me llamó mucho la atención el modo en que se presenta a las niñas y el niño. Volvamos a
leer esa parte: “Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más
pequeña y un niño también pequeño” y unas pocas líneas más abajo: “las niñas pequeñas y
el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento”. ¿Qué les sugiere esa
repetición de la palabra “pequeña”, “pequeño”?
Nuevamente, les pedirá que respondan las preguntas de manera escrita en sus carpetas.
Para luego debatir oralmente sobre las mismas.
Actividad 4
En esta oportunidad la docente comenzará con otro interrogante y les preguntará qué tipo
de narrador presenta esta historia.
Tres narradores en un tren
A partir de este eje de análisis, es posible invitar a reflexionar a las y los estudiantes sobre el
narrador de la historia marco (el narrador principal), los narradores de las historias
enmarcadas (la tía y el soltero) y lo que piensan unos de otros.
Los estudiantes darán sus respuestas oralmente acerca de la pregunta sobre qué tipo de
narrador es.
La docente dirá que es un narrador omnisciente.
Y les explicará:
Narrador omnisciente
Es aquel que conoce todos los detalles de la historia y de cómo transcurre, incluso de lo
que va a pasar. Sabe lo que piensa cada uno de los personajes. Es el que más puede
profundizar en los aspectos psicológicos de cada uno de ellos.
La figura del narrador es quizá una de las más importantes dentro de una novela, ya que
es el encargado de contar los hechos y sucesos que tienen lugar a lo largo de la historia.
El narrador es la pieza que une el relato que el autor quiere transmitirnos a nosotros, los
lectores; es decir, el escritor se sirve de este particular personaje para contarnos una
historia que, en muchas ocasiones, percibimos con las mismas sensaciones y opiniones
que el propio personaje.
Principales características del narrador omnisciente
El narrador omnisciente se caracteriza, fundamentalmente, porque conoce a la
perfección el desarrollo y el posterior desenlace de la historia; es decir, posee el don de
la ubicuidad, lo que le permite saber a ciencia cierta todo lo que ha ocurrido en el
pasado y todo lo que está por suceder en el futuro.
Posee todos los detalles sobre los acontecimientos que se narran y relata las
actuaciones y sucesos que les ocurren a los personajes siempre empleando la tercera
persona del singular o del plural.
El narrador omnisciente habla en tercera persona y, por este motivo, no forma parte
directa de la trama. Puede explicarnos los sentimientos, pensamientos y emociones de
los personajes porque conoce absolutamente todo lo que ocurre en la novela o relato.
Si bien este cuento tiene un narrador omnisciente –que no es un personaje–, a mí me da la
sensación de que toma partido.
Por ejemplo, cuando dice que la historia de la tía es “una historia poco animada y con una
deplorable carencia de interés”. ¿A ustedes les pareció que hay alguna otra parte en la que
se note esta antipatía del narrador por la tía?
Para ello volveremos a leer el fragmento referido a la historia de la tía:
Actividad 5
Se seguirá en este encuentro hablando del narrador mediante las siguientes intervenciones.
La historia que les relata la tía a los niños dentro del vagón aparece contada por el narrador
principal, no por ella. A ustedes, ¿qué les hizo dar cuenta? Además, está resumida en un
párrafo, sin ningún detalle. ¿Por qué será que la cuenta el
narrador, de una manera tan breve, y no aparece el relato en voz de la tía?
Ahora, vuelvan a leer la historia del soltero y fíjense si también la cuenta el narrador
principal. ¿Qué pasa allí con la extensión?
¿Cuánto espacio ocupa dentro del cuento?
Se podría pensar que el narrador le da la voz al soltero porque “está de su lado” y porque lo
considera un gran contador de historias. ¿Encontraron alguna parte del cuento en la que se
vea que el hombre es bueno contando historias?
¿Y la tía? ¿Qué piensa sobre el soltero? Busquemos algunas expresiones que muestren lo
que piensa sobre él y veamos si su mirada se mantiene igual a lo largo de todo el relato o va
cambiando.
Mediante estas intervenciones se podrá trabajar oralmente, con la participación de todo el
grupo y luego individualmente escribiendo las respuestas a las preguntas en sus carpetas.
La docente les dirá que presten atención al siguiente fragmento que leerá:
Una vez leído, les preguntará ¿Por qué se considera que los niños también son narradores?
Los estudiantes con esta pregunta darán su punto de vista sobre estos pequeños narradores
que aparecen en la escena del cuento.
Actividad 6
Un cuento, muchas historias.
El cuento “El narrador de historias” de Saki contiene varias historias y personajes.
Para conocerlos mejor, los estudiantes van a releer algunas partes e intercambiar ideas con
los compañeros y las compañeras dentro del aula.
Para leer y comentar.
1. Relee “El narrador de historias”.
Como es un cuento con varios personajes, podes pedirle a un compañero o una compañera
que lea las partes de alguno de ellos.
2. Piensa o comenta estos interrogantes con compañeras y compañeros.
a. ¿Por qué la tía decide contar una historia a las niñas y al niño?
b. ¿Cómo empezaban casi todos los comentarios de la tía y cómo los de las niñas
y el niño? Relee la página 3.
La historia de la tía.
Para releer y escribir con el libro en la mano.
3. ¿Quiénes viajaban en el vagón del tren?
4. ¿Sobre qué trata la historia que cuenta la tía?
Para releer y leer en voz alta.
5. ¿Qué opinan las niñas y el niño sobre la historia que cuenta la tía?
Busca en el cuento la parte en la que expresan su opinión y, si te animas, léela en voz alta
con el tono que ellos pondrían.
La historia del solterón.
Para comentar grupalmente.
6. Comenta estas ideas sobre el cuento con tus compañeros. Piensa o comenta estos
interrogantes con compañeras y compañeros.
a. ¿Por qué el “solterón” decide contar una historia a las niñas y al niño? relee la página 8
del cuento.
b. ¿Notas algo “extraño” en la historia del solterón?
Para releer y escribir con el libro en la mano.
7. ¿Sobre qué trata la historia del solterón?
8. ¿Qué opinan los niños sobre la historia que cuenta el solterón?
Para releer y leer en voz alta.
9. Busca en el cuento la parte en la que las niñas y el niño expresan su opinión y escríbelas
en la carpeta.
Para volver a escuchar y pensar sobre la producción.
10. Escucha la lectura que hiciste en la consigna 5. ¿Se nota en los tonos de tu lectura lo que
piensan los chicos de cada historia?
Actividad 7
¿Una, dos, tres historias?
Van a conocer más profundamente las distintas historias del cuento y sus personajes.
Historias infinitas.
Para releer y escribir con el libro en la mano.
1. relee “El narrador de historias” de Saki.
2. Completa este cuadro sobre las historias que se narran en el cuento.
1. En este cuento hay dos historias, ¿cuáles son? Transcribí los comienzos de cada una.
2. En un momento del cuento el narrador dice: “todas las historias eran horriblemente
parecidas”, ¿a qué se refiere con esta afirmación? Podría decirse que hay un “estereotipo”
de cuento infantil. ¿Qué estereotipo de cuento infantil se deja entrever en esta afirmación?
3. Al llegar a su casa la tía escribe una carta a una amiga contándole lo que sucedió en el
viaje y su opinión con respecto al solterón y su cuento. Imagina esa carta y escribilla.
ACTIVIDAD 1:
ACTIVIDAD 2:
EL NARRADOR DE CUENTOS
Era una tarde calurosa y el vagón del tren, como era de suponer, estaba sofocante, y la
siguiente parada, Templecombe, quedaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes
del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también
pequeño. Una tía de los niños ocupaba un asiento en una esquina, y en el asiento de
enfrente estaba sentado un solterón que no formaba parte de aquel grupo. Pero las
niñas pequeñas y el niño pequeño decididamente ocupaban la totalidad del
compartimento. Tanto la tía como los niños conversaban con un ritmo pausado pero
persistente, que hacía recordar el sonido de una mosca doméstica que se niega a ser
desalentada. Casi todas las frases de la tía parecían empezar por “No, no lo hagas", y
casi todos los comentarios de los niños comenzaban con “¿Por qué?”. El solterón no
decía nada en voz alta.
—No, no lo hagas, Cyril, no —exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los
almohadones del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe—. Ven a mirar
por la ventanilla —agregó.
El sobrinito se acercó a regañadientes a la ventanilla.
—¿Por qué están sacando esas ovejas del campo? —preguntó.
—Supongo que las llevan a otra pradera en la que habrá más pasto —respondió la tía
débilmente.
—Pero en ese campo hay montones de pasto —protestó el niño—, lo único que hay es
pasto. Tía, en esa pradera hay montones de pasto.
—Quizás el pasto del otro campo es mejor —sugirió ilusoriamente la tía.
—¿Por qué es mejor? —fue la inevitable y rápida pregunta.
—¡Oh! ¡Miren esas vacas! —exclamó la tía.
En casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren había vacas o toros, pero la
mujer lo dijo como si estuviera descubriendo una rareza.
—¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? —insistió Cyril.
El ceño fruncido del solterón estaba comenzando a tomar mal aspecto. La tía decidió
para sus adentros que se trataba de un hombre duro y antipático. Le fue completamente
imposible llegar a una decisión satisfactoria sobre el pasto del otro campo.
La niña más pequeña cambió de tema comenzando a recitar “En el camino hacia
Mandalay”. Solo sabía ese primer verso, pero puso su limitado conocimiento al servicio
de la mejor interpretación. Repetía esa línea una y otra vez con una voz soñadora, pero
decidida y muy audible; el solterón tuvo la sensación de que alguien habría apostado a
que ella no sería capaz de repetir ese verso en voz alta dos mil veces seguidas y sin
detenerse. Quienquiera que hubiese realizado esa apuesta, corría serio peligro de
perderla.
—Acérquense acá para escuchar un cuento —dijo la tía después de que el solterón la
había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.
Los niños se acercaron con indiferencia al rincón ocupado por la tía. Evidentemente,
según la opinión de los niños, su reputación como narradora de historias dejaba mucho
que desear.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas
malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con
una deplorable carencia de interés, acerca de una niña que era buena y se hacía amiga
de todo el mundo gracias a su bondad y que finalmente era rescatada del ataque de un
toro furioso por una serie de personas que admiraban sus cualidades morales.
—¿Y si ella no hubiese sido buena no la habrían salvado? —quiso saber la mayor de las
niñas pequeñas.
Esa era exactamente la pregunta que el solterón hubiera querido formular.
—Bueno, sí —admitió la tía débilmente—, pero no creo que hubieran corrido en su
ayuda con tanta rapidez si no la hubiesen admirado tanto.
—Es la historia más estúpida que he oído en mi vida —dijo con total convicción la mayor
de las niñas pequeñas.
—Era tan estúpida que yo dejé de escuchar después de las primeras frases —dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que
había recomenzado a murmurar la repetición de su verso favorito.
—Usted no parece ser una narradora de cuentos muy exitosa —dijo repentinamente el
solterón desde su rincón.
La tía se puso de inmediato a la defensiva ante ese ataque inesperado.
—Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar —dijo
fríamente.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo el solterón.
—A lo mejor a usted le gustaría contarles un cuento —fue la réplica mordaz de la tía.
—Cuéntenos un cuento —rogó la mayor de las niñas pequeñas.
—Había una vez —comenzó diciendo el solterón—, una niña pequeña llamada Berta que
era extraordinariamente buena.
El interés que se había despertado en los niños inmediatamente comenzó a debilitarse;
todas las historias eran horriblemente parecidas, sea quien fuere quien las contase.
—Hacía todo lo que le indicaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia,
comía los budines de leche como si fueran tartas de mermelada, aprendía
perfectamente sus lecciones y era sumamente amable.
—¿Era linda? —preguntó la mayor de las niñas pequeñas.
—No tan linda como ustedes —respondió el solterón—, pero era espantosamente
buena.
Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra “espantosa” en
conexión con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en
el cuento un hálito de verdad que brillaba por su ausencia en las historias sobre la vida
infantil que narraba la tía.
—Era tan buena —continuó el solterón— que ganó varias medallas por su bondad y
siempre las llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por
puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y
tintineaban las unas contra las otras cuando la niña caminaba. Ningún otro niño de la
ciudad tenía tres medallas, de manera que todo el mundo sabía que ella debía de ser
una niña extraordinariamente buena.
—Espantosamente buena —citó Cyril.
—Todo el mundo hablaba de su bondad, de modo que el príncipe de aquel país se
enteró y dijo que ya que ella era tan buena, le permitiría caminar una vez por semana
por su parque, que quedaba justo en las afueras de la ciudad. Era un parque muy
hermoso al que no se permitía entrar a los niños, de modo que fue un gran honor para
Berta tener permiso para poder entrar.
—¿Había alguna oveja en el parque? —preguntó Cyril.
—No —dijo el solterón—, no había ovejas.
—¿Por qué no había ovejas? —fue la inevitable pregunta que surgió de esa respuesta.
La tía se permitió esbozar una sonrisa que prácticamente era una mueca burlona.
—En el parque no había ovejas —dijo el solterón—, porque la madre del príncipe había
soñado una vez que su hijo sería asesinado por una oveja o bien por un reloj de pared
que se le caería en la cabeza. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni
relojes de pared en su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
—¿Y al príncipe lo mató una oveja o un reloj? —preguntó Cyril.
—Todavía está vivo, así que no podemos saber si el sueño se hará realidad —dijo el
solterón despreocupadamente–. De todos modos, no había ovejas en el parque, pero sí
había muchos chanchitos corriendo por todas partes.
—¿Y de qué color eran?
—Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con
manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
El narrador de cuentos hizo una pausa para que los niños crearan en su imaginación una
idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:
—A Berta le dio mucha pena que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus
tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del bondadoso
príncipe y estaba decidida a mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió
tonta al ver que no había flores para arrancar.
—¿Por qué no había flores?
—Porque los cerdos se las habían comido todas –contestó rápidamente el solterón–. Los
jardineros le habían dicho al príncipe que no era posible tener chanchitos y flores a la
vez, así que decidió tener chanchitos en lugar de flores.
Se produjo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; tanta
gente habría decidido lo contrario…
—En el parque había muchas otras cosas maravillosas. Había estanques con peces
dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes en
cualquier momento, y pájaros que cantaban todas las melodías populares de moda.
Berta caminaba de aquí para allá, disfrutando inmensamente, y pensó: “Si no fuera tan
extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y
disfrutar de todo lo que se puede ver en él”, y mientras caminaba, sus tres medallas
chocaban unas contra otras recordándole lo buena que era. Justo en ese momento, un
enorme lobo comenzó a merodear por el parque para ver si podía atrapar algún
chanchito gordo para su cena.
—¿De qué color era el lobo? —preguntaron los niños, cuyo interés se había intensificado
inmediatamente.
—Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris
pálido que brillaban con indescriptible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a
Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se divisaba desde
una gran distancia. Berta vio al lobo que se dirigía hacia ella y empezó a desear que
nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió tan rápido como pudo, y el lobo
la persiguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de
mirto y se escondió en el más tupido de los arbustos. El lobo se acercó olfateando entre
las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus pálidos ojos grises brillaban de
furia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: “Si no hubiese sido tan
extraordinariamente buena, en este momento estaría sana y salva en la ciudad”. Sin
embargo, el perfume de los mirtos era tan fuerte que el lobo no podía descubrir por el
olfato el lugar donde Berta se escondía, y los arbustos eran tan tupidos que podía haber
estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin llegar a descubrirla, así que
pensó que lo mejor que podía hacer era alejarse y, en cambio, buscar un chanchito.
Berta temblaba tanto al ver que el lobo la rondaba y husmeaba tan cerca de ella, que la
medalla de la obediencia chocó con las medallas de la buena conducta y de la
puntualidad. El lobo estaba a punto de alejarse cuando oyó el sonido que producían los
metales que se entrechocaban y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un
arbusto que estaba muy cerca del lugar en que él se hallaba. Se lanzó dentro del arbusto
a toda velocidad, con los pálidos ojos grises brillando ferozmente y con expresión de
triunfo, y arrastró a Berta fuera de los arbustos para devorarla hasta el último bocado.
Todo lo que quedó de la niña fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres
medallas de la bondad.
—¿Y no mató a ninguno de los chanchitos?
—No, todos escaparon.
—El cuento empezó mal —dijo la más pequeña de las niñas pequeñas—, pero tuvo un
final hermoso.
—Es el cuento más hermoso que he escuchado en toda mi vida —dijo la mayor de las
niñas pequeñas, muy decidida.
—Es el único cuento hermoso que he oído en mi vida —dijo Cyril.
La tía disentía con esas opiniones y expresó su desacuerdo.
—¡Es un cuento de lo más impropio para niños pequeños! Usted ha socavado el efecto
de años de cuidadosa enseñanza.
—De todos modos —dijo el solterón tomando sus pertenencias y dispuesto a abandonar
el tren—, conseguí que se quedaran tranquilos durante diez minutos, que es más que lo
que usted fue capaz de hacer.
“¡Pobre mujer! —pensó el solterón mientras caminaba por el andén de la estación de
Templecombe—. ¡Durante los próximos seis meses, esos niños la van a mortificar en
público pidiéndole que les cuente un cuento impropio!”.
Saki, “El narrador de cuentos”, en Cuentos increíbles, Buenos Aires, Crea, 1980.
ACTIVIDAD 4:
Narrador omnisciente
Es aquel que conoce todos los detalles de la historia y de cómo transcurre, incluso de lo
que va a pasar. Sabe lo que piensa cada uno de los personajes. Es el que más puede
profundizar en los aspectos psicológicos de cada uno de ellos.
La figura del narrador es quizá una de las más importantes dentro de una novela, ya que
es el encargado de contar los hechos y sucesos que tienen lugar a lo largo de la historia.
El narrador es la pieza que une el relato que el autor quiere transmitirnos a nosotros, los
lectores; es decir, el escritor se sirve de este particular personaje para contarnos una
historia que, en muchas ocasiones, percibimos con las mismas sensaciones y opiniones
que el propio personaje.
Principales características del narrador omnisciente
El narrador omnisciente se caracteriza, fundamentalmente, porque conoce a la
perfección el desarrollo y el posterior desenlace de la historia; es decir, posee el don de
la ubicuidad, lo que le permite saber a ciencia cierta todo lo que ha ocurrido en el
pasado y todo lo que está por suceder en el futuro.
Posee todos los detalles sobre los acontecimientos que se narran y relata las
actuaciones y sucesos que les ocurren a los personajes siempre empleando la tercera
persona del singular o del plural.
El narrador omnisciente habla en tercera persona y, por este motivo, no forma parte
directa de la trama. Puede explicarnos los sentimientos, pensamientos y emociones de
los personajes porque conoce absolutamente todo lo que ocurre en la novela o relato.
ACTIVIDAD 5:
ACTIVIDAD 7: