0% encontró este documento útil (0 votos)
168 vistas15 páginas

Retiro de Confirmación

El retiro de papás y padrinos para la Primera Comunión y Confirmación en la Parroquia de Santa María de Guadalupe incluye oraciones, temas sobre la Eucaristía, el compromiso de los padres y padrinos, y la importancia de vivir la fe en familia. Se enfatiza la responsabilidad de los padres en la educación cristiana de sus hijos y la necesidad de un testimonio auténtico en la transmisión de la fe. Además, se aborda el significado del sacramento de la Confirmación y la motivación necesaria para que los jóvenes se comprometan con su fe.

Cargado por

Rafael Dorantes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
168 vistas15 páginas

Retiro de Confirmación

El retiro de papás y padrinos para la Primera Comunión y Confirmación en la Parroquia de Santa María de Guadalupe incluye oraciones, temas sobre la Eucaristía, el compromiso de los padres y padrinos, y la importancia de vivir la fe en familia. Se enfatiza la responsabilidad de los padres en la educación cristiana de sus hijos y la necesidad de un testimonio auténtico en la transmisión de la fe. Además, se aborda el significado del sacramento de la Confirmación y la motivación necesaria para que los jóvenes se comprometan con su fe.

Cargado por

Rafael Dorantes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

PARROQUIA DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE, LLANO GRANDE

ESQUEMA DEL RETIRO DE PAPÁS Y PADRINOS

RETIRO DE PAPAS Y PADRINOS PRIMERA COMUNIÓN

9:00 -9:30 INGRESO (papas, padrinos. Llegar desayunados)


9:30-10:00 Oración Padre, Hijo, Espíritu Santo.
10:00-11:00 TEMA #1 EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
11:00-11:15 Momento de alabanza
11:15-12:45 TEMA #2 COMPROMISO DE PAPAS Y PADRINOS
12:15-12:30 Momento de alabanza
12:30-13:30 TEMA #3 UNA VIDA AL ESTILO DE LA EUCARISTÍA (PAN Y
VINO)
13:30-14:30 Receso COMIDA (cantos, alabanzas, chistes, etc.)
14:30-14:45 Momento de alabanza
14:45-16:30 Momento de oración al Santísimo
16:30:17:30 Avisos Padre

10:00-11:00 TEMA #1 EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA


¿cómo vivo la Eucaristía?
¿vivo de la Eucaristía?
¿me lleva a salir de mí mismo y del anonimato?
¿Cómo voy a guiar a mi hijo/ahijado a que tenga AMOR por la eucaristía?
¿Cuál es mi sentir al poder comulgar en Misa?
La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la
cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo
lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. "Eucaristía"
significa, ante todo, acción de gracias.
A este sacramento se le denomina de muchas maneras dada su riqueza infinita. La
palabra Eucaristía quiere decir acción de gracias, es uno de los nombres más
antiguos y correcto porque en esta celebración damos gracias al Padre, por medio
de su Hijo, Jesucristo, en el Espíritu y recuerda las bendiciones judías que hacen
referencia a la creación, la redención y la santificación. (Cfr. Lc. 22, 19)
La Iglesia siempre ha sido fiel a la orden de Nuestro Señor. Los primeros cristianos
se reunían en las sinagogas, donde leían unas Lecturas del Antiguo Testamento y
luego se daba lugar a lo que llamaban “fracción del pan”, cuando fueron expulsados
de las sinagogas, seguían reuniéndose en algún lugar una vez a la semana para
distribuir el pan, cumpliendo así el mandato que Cristo les dejó a los Apóstoles
*(Explicar la importancia de MISA)

11:15-12:45 TEMA #2 COMPROMISO DE PAPAS Y PADRINOS


PAPÁS
Los padres de familia son los primeros y principales responsables de "formar a sus
hijos en la fe y en la práctica de la vida cristiana, mediante la palabra y el ejemplo"
(CDC 774.2), y es tarea de ambos "alimentar la vida que Dios les ha confiado" (CIC
1251); en este sentido se podría decir que la celebración de los sacramentos tiene
una dimensión marcadamente familiar, y es que la familia es la comunidad
privilegiada para la transmisión y la educación de la fe (CT 62).

Los papás deben facilitar el "despertar religioso" de sus hijos, iniciarlos en la oración
personal y comunitaria, educarlos en la conciencia moral, acompañarlos en el
desarrollo del sentido del amor humano, del trabajo, de la convivencia y del
compromiso en el mundo, dentro de una perspectiva cristiana. Los papás, más que
transmitir contenidos, introducen a sus hijos, y en especial a los más pequeños, en
un ambiente de vida propio de una familia cristiana.

PADRINO/MADRINA
Es conveniente que se escoja como padrino de la confirmación a quien asumió
esa responsabilidad en el bautismo del adolescente que se confirmará (CDC
893.2;CIC 1311).
El padrino o madrina comparten responsablemente con los papás todos los
compromisos y exigencias que de la Confirmación surgen (CDC 774.2),
especialmente, son invitados a preocuparse y actuar, junto con los papás, por la
educación cristiana de su ahijado. Pueden verse obligados, en ciertos casos, a
reemplazar a los papás en esta tarea. Ocupan un lugar importante en el espíritu y
ambiente familiar.

Tristemente, los padrinos o madrinas han perdido mucho del sentido de ser
representantes de la comunidad cristiana que garantizan, junto con los papás, la
educación e iniciación progresiva del ahijado en la vivencia de la fe dentro de la
comunidad eclesial. Con frecuencia notamos que se da más importancia al
"compadre" o la "comadre" por las relaciones, apoyo económico o influencia que al
mismo ahijado en la tarea de educarlo cristianamente.

De ahí que la Iglesia pide ciertas cualidades o características para que alguien
pueda ser invitado de padrino o madrina. Cualidades que se pueden sintetizar asi:

Ser elegido por los papás del niño, a quienes faltando éstos ocupan su lugar (CDC
874.1).

Debe tener la suficiente madurez para cumplir esta responsabilidad (CDC 874.2).

Ser católico y haber recibido los tres sacramentos de iniciación cristiana:


Bautismo, Confirmación y Eucaristía (CDC 874.3).

No estar impedido por el derecho canónico para cumplir con esta obligación
(CDC 874.4).

No ser el papá o la mamá de quien se confirmará (ver CDC 874.5).

Ser invitado a ser padrino de alguien, además de ser motivo de alegría implica un
replantear la manera como asumo en la vida diaria mi fe, un hacer una pausa en el
camino, para avanzar con nuevos bríos decididamente hacia la construcción del
Reino de Dios en nuestro tiempo y lugar.
COMPROMISO
Para los niños, la Primera Comunión es uno de los Sacramentos de Iniciación
Cristiana y un momento importante en su vida, pues reciben por primera vez
el cuerpo y la sangre de Cristo; con ello, la familia, principalmente los papás,
adquieren cuatro compromisos de fe, por lo tanto, este Sacramento va más allá de
un evento social.
ACOMPAÑAMIENTO EN FAMILIA: La primera comunión es un compromiso de
acompañamiento en el camino de la fe para los padres y toda la familia, no sólo es
un acto social, es una celebración de fe, en la que se festeja la comunión con Cristo.
No sólo es llevarlos al catecismo, sino orientarlos, platicar y leer con ellos la Biblia,
responder sus dudas sobre el camino de la fe y el sacramento que recibirá
“La Primera Comunión es ante todo una fiesta en la que celebramos que
Jesús quiso quedarse siempre a nuestro lado y que nunca se separará de
nosotros. Es una fiesta que ha sido posible gracias a nuestros padres,
nuestros abuelos, nuestras familias y a las comunidades que nos han
ayudado a crecer en la fe” (PAPA FRANCISCO)
LA EUCARISTÍA: La familia se ha comprometido desde el Bautismo a acompañar
al pequeño a crecer en su vida de fe, responder sus dudas, orar juntos, acudir a
Misa, leer los Evangelios, dar gracias por los alimentos, así como continuar con los
sacramentos de la Confesión y la Eucaristía.
Es común escuchar que muchos adultos no han recibido la Comunión desde hace
más de 20 años, cuando hicieron su Primera Comunión. “La celebración de este
sacramento no culmina, pues es un compromiso vitalicio que adquieren los padres
y los niños con Cristo porque es a través de la Eucaristía donde se refuerza la fe”
“Hacer la Primera Comunión significa querer estar cada día más unidos a
Jesús, crecer en amistad con Él y que otros también puedan disfrutar de la
alegría que nos quiere regalar. Recordad que este es el sacramento de la
Primera Comunión y no de la última, acuérdense de que Jesús los espera
siempre”. PAPA FRANCISCO
Los Sacramentos no son un requisito, son las herramientas necesarias para
encontrarse con Dios a lo largo del camino de la vida y no perderse.
TESTIMONIO: Compartir con amor el orgullo de ser cristianos y tener a Dios al
centro de la familia, es un gran ejemplo que los padres deben de dar a sus hijos,
pues esto los motivará a vivir así en su vida cotidiana.
“La fe no es sólo recitar el ‘Credo’, sino que se expresa en
él. Transmitir la fe no quiere decir ‘dar información’ sino ‘fundar un corazón
en la fe de Jesucristo’, la cual no puede realizarse mecánicamente, es
transmitir lo que nosotros hemos recibido. Y este es el desafío para un
cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe. También es el desafío de la
Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz hijos en la fe”. PAPA FRANCISCO

12:30-13:30 TEMA #3 UNA VIDA AL ESTILO DE LA EUCARISTÍA (PAN Y VINO)


Hacer un estilo de vida, en el cual tener siempre presente la eucaristía como
sacrificio perfecto en el cual se obtiene la salvación, e imitando el momento de la
entrega de los dones para el sacrificio, ofrecer nuestras vidas para el servicio de
Dios.
Entregado: (momento en que se le entrega el pan y el vino al sacerdote) dar la vida
a Dios como una ofrenda agradable para hacerse presente
Tomado: (el sacerdote recibe el pan y el vino para el sacrificio) Dios no rechaza lo
más sagrado que Él creo la vida de cada uno de nosotros
Bendecido/Consagrado: (momento de la consagración) Una vez que le
pertenecemos a Dios, nos podemos dar cuenta de que ya no podemos callar eso
que tenemos.
Fraccionado: (el sacerdote fracciona el pan, para poder compartir con los demás)
es necesario ser roto para poder ser entregado a los demás
Compartido: (momento que el sacerdote da la eucaristía) dar un servicio a Dios una
vez que le pertenecemos y somos
*Fracción del pan porque este rito fue el que utilizó Jesús cuando bendecía y
distribuía el pan, sobre todo en la Última Cena.
Los discípulos de Emaús lo reconocieron después de la resurrección por este gesto
y los primeros cristianos llamaron de esta manera a sus asambleas eucarísticas.
(Cfr. Mt. 26, 25; Lc. 24, 13-35; Hech. 2, 42-46).
“Tú eres mi amado. La vida espiritual en un mundo secular” Henri J. M. Nouwen

RETIRO DE PAPAS Y PADRINOS CONFIRMACIÓN


9:00 -9:30 INGRESO (papas, padrinos. Llegar desayunados)
9:30-10:00 Oración Padre, Hijo, Espíritu Santo.
10:00-11:00 TEMA #1 ¿PARA QUÉ LA CONFIRMACIÓN?
11:00-11:15 Momento de alabanza
11:15-12:45 TEMA #2 ESPÍRITU SANTO, HIJO, PADRE (TRINIDAD
MISERICORDIOSA)
12:15-12:30 Momento de alabanza
12:30-13:30 TEMA #3 ¿QUÉ SIGUE? RESPUESTA AL LLAMADO.
13:30-14:30 Receso COMIDA (cantos, alabanzas, chistes, etc.)
14:30-14:45 Momento de alabanza
14:45-16:30 Momento de oración al Santísimo
16:30:17:30 Avisos Padre

10:00-11:00 TEMA #1 ¿PARA QUÉ LA CONFIRMACIÓN?


“Algunas indicaciones
Todavía son muchos los adolescentes y jóvenes que se disponen a recibir el sacramento
de la Confirmación, aunque su número va decreciendo poco a poco. Como suele ocurrir,
cuando las cosas van bien nadie se hace las grandes preguntas, pero cuando la situación
se vuelve más crítica surgen aquellas preguntas que tratan de justificar una determinada
acción. Es en la actualidad el caso de la acción pastoral en torno al sacramento de la
Confirmación, en esa etapa tan decisiva y cambiante como es la adolescencia.
¿Para qué recibir la Confirmación? Es la pregunta que nos gustaría que muchos se
plantearan, porque ella da lugar a las motivaciones para descubrir el significado y alcance
de este sacramento. La respuesta a esta pregunta es lo que habrá que trabajar a lo largo
del proceso con los adolescentes, y desde el primer momento. Ellos viven desde lo
concreto y pueden dejar implícito lo que debe ser una realidad más explícita, pues, hoy
más que en otras épocas, no les basta con seguir una costumbre, sino que necesitan
descubrir los motivos para una determinada decisión. Y más cuando hoy, para muchos
adolescentes, decidirse a recibir el sacramento de la Confirmación y participar en la
catequesis constituye, en muchos casos, ir contracorriente de la opinión de sus amigos y
su ambiente.
Sin embargo, y a pesar de todo, somos quienes proponemos a los adolescentes la
Confirmación, quienes también deberemos contestarnos a la gran cuestión de ¿para
qué?. Personalmente, la realidad de la acción pastoral me ha llevado a hacerme esta
pregunta. A nadie se le ocultan los múltiples esfuerzos que se realizan en torno a la
celebración del sacramento de la Confirmación, y los resultados tan escasos que se
obtienen. ¡Cuántas preguntas surgen a lo largo del camino de formación cristiana con los
adolescentes y jóvenes! ¡Cuántas veces, el día de la celebración de la Confirmación se
vive como una gran fiesta y al mismo tiempo como un gran descanso! Hay que reconocer
que el esfuerzo del camino llega a ocultar la perspectiva de futuro. Y lamentablemente, la
verdad es que los hechos nos dan la razón: con la Confirmación todo termina. Los
jóvenes marchan. De ahí la pregunta que constantemente resuena en el interior de
catequistas, sacerdotes y, como no, del propio Obispo: ¿vale la pena continuar?.
Motivar a los adolescentes a recibir la Confirmación pasa necesariamente por la
motivación de quienes los acompañan y educan en la fe. Para ello es necesario recordar
que la fe siempre ha de proponerse. Se trata de seguir los pasos de Jesús, que
precisamente en la parábola del sembrador nos mostró la magnanimidad con que hay que
llevar adelante la gran tarea de la siembra de la vida cristiana. Por otra parte, tampoco
debemos olvidar que es la misma comunidad cristiana que acogió a los niños en su seno
el día de su Bautismo, la que tiene la responsabilidad de continuar proponiéndoles su
crecimiento en la fe. Pero hay más, los cristianos adultos y, de forma particular, quienes
tenemos la responsabilidad de transmitir la fe, no podemos olvidar que en ello va nuestro
mismo futuro y el de la humanidad. Cabe recordar la llamada del Concilio Vaticano II a
trabajar con los jóvenes, a proponerles la fe, a acompañarlos para que puedan libremente
participar en la construcción de nuestro mundo, como seguidores de Jesucristo. En
efecto, “podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos
de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para
vivir y para esperar” (Gs, 31,3). Y ¿qué mayor razón para vivir y esperar que ser
cristianos?
En la hora presente la cuestión más decisiva para motivar a los adolescentes no tiene
aspecto de una técnica, de un medio, sino que depende más radicalmente que nunca del
propio testimonio de quien hace la propuesta y del camino a recorrer. Todos sabemos del
bajo tono vital con que muchos educadores afrontan este quehacer en una sociedad
plural, en la que la transmisión de la fe ha dejado de ser algo espontáneo, una herencia
que se va pasando de unos a otros sin más esfuerzo. Hoy todo se cuestiona, y esto hace
que la propuesta de la fe deba asumir interrogantes, cuestiones, tanto personales como
ambientales. Cierto que todavía nos encontramos con muchos jóvenes que se disponen a
recibir la Confirmación desde actitudes pasivas, marcados por el peso de la familia o de la
costumbre, aunque también van apareciendo otros que lo hacen desde una actitud de
búsqueda de algo que dé calor a sus vidas. En todos hay que trabajar esta cuestión:
¿para qué te confirmas?

Una nueva oportunidad para llegar a ser cristiano


Todos deberíamos recordar que no nacemos cristianos. Llegamos a serlo por la acción de
Dios en nosotros, unida a nuestra respuesta personal. Es una cuestión de relación, de
encuentro y de respuesta. Una realidad que hoy hay que valorar de una forma nueva,
pues vivimos en una cultura que sitúa al hombre en el centro de todo. Esta visión del
hombre puede hacernos creer que el ser cristiano dependería fundamentalmente de
nuestra respuesta, de nuestros esfuerzos, de nuestra capacidad de compromiso. Sin
embargo no es así. Se sitúa más en la perspectiva de la amistad, del encuentro entre
personas, de la admiración que provoca el otro en nosotros. Benedicto XVI nos lo ha
señalado: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por
el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas est, n.1). Esta es una realidad que
no podemos olvidar, pues nos habla de un plus que no nace simplemente de nuestra
inteligencia ni de nuestra voluntad. Hay algo que nos supera y que únicamente puede ser
recibido como don. Como escribe Simone Weil, “los bienes más preciosos no deben ser
buscados, sino esperados. Pues el hombre no puede encontrarlos por sus propias
fuerzas” (La espera de Dios, p.77). Así acontece con todas las grandes experiencias
humanas y así acontece con la experiencia de la fe.
En este sentido, entrar en el camino que lleva a celebrar el sacramento de la
Confirmación, dejarse confirmar por el Espíritu Santo, constituye una nueva oportunidad
para crecer en la fe, pues se podría decir que, ahora, el rostro de Cristo queda más
plenamente manifiesto en nuestra propia vida. Se trata de habitar en la certeza de nuestra
sintonía con el camino de vida que Jesús nos propone, porque Él mismo está con
nosotros y nos muestra el camino de la felicidad. En este sentido, tienen gran actualidad
estas palabras de Benedicto XVI dirigidas a los jóvenes en su viaje apostólico a Chequia:
“Queridos amigos, no es difícil constatar que en cada joven existe una aspiración a la
felicidad, a veces mezclada con un sentimiento de inquietud; una aspiración que, sin
embargo, la actual sociedad de consumo explota frecuentemente de forma falsa y
alienante. Es necesario, en cambio, valorar seriamente el anhelo de felicidad que exige
una respuesta verdadera y exhaustiva. A vuestra edad se hacen las primeras grandes
elecciones, capaces de orientar la vida hacia el bien o hacia el mal. Desgraciadamente no
son pocos los coetáneos vuestros que se dejan atraer por espejismos ilusorios de
paraísos artificiales para encontrarse después en una triste soledad… el Señor sale al
encuentro de cada uno de vosotros. Llama a la puerta de vuestra libertad y pide que lo
acojáis como amigo. Desea haceros felices, llenaros de humanidad y de dignidad. La fe
cristiana es esto: el encuentro con Cristo. Persona viva que da a la vida un nuevo
horizonte y así la dirección decisiva. Y cuando el corazón de un joven se abre a sus
proyectos divinos, no le cuesta demasiado reconocer y seguir su voz. De hecho, el Señor
llama a cada uno por su nombre y a cada uno desea confiar una misión específica en la
Iglesia y en la sociedad”.
En esta línea, proponer a alguien prepararse y recibir el sacramento de la Confirmación es
invitarle a entrar en la aventura de su yo más íntimo, de su esfuerzo por configurar su vida
y afrontar la cuestión de su sentido, de los motivos para vivir y amar. Un cristiano no es
simplemente alguien que tiene noticias sobre Jesús, o que simplemente quiere ser buena
persona. Un cristiano es alguien sabe de Jesús, que le conoce de modo tal que desea
identificarse con su camino. Y no sólo eso, sino que intenta tomar decisiones desde
aquellos valores que Jesús propone. Por ello se pregunta “¿qué haría Jesús en esta
situación?; ¿responderá mi decisión a lo que Él quiere?; ¿podré presentárselo como un
regalo que se ofrece a un amigo?”. Son cuestiones que llevan a hacer de la experiencia
de la fe algo interior, no simplemente un ritual que se cumple pero que no toca el corazón.
Si esto es así es porque el sacramento de la Confirmación pone ante nuestra mirada la
acción del Espíritu Santo en la vida de la comunidad eclesial y también en cada uno de
nosotros. El Apóstol San Pablo nos recordaba que “nadie puede decir que Jesús es el
Señor si no es por el Espíritu” (1Co 13,3). Sí, la Confirmación nos introduce en esta gran
realidad, pues actualiza, aquí y ahora, el gran acontecimiento de Pentecostés, en el que la
Pascua de Jesús adquiere toda su resonancia y visibilidad a través del testimonio de los
apóstoles. La Confirmación es crecimiento en el camino cristiano que empezó con el
Bautismo; es manifestación de la acción del Espíritu Santo, con sus dones y llamadas,
para que nuestras vidas se parezcan más a Jesucristo y entremos más a fondo en la vida
y misión de la Iglesia, que continúa hoy su obra entre nosotros.

Un encuentro que transforma


¿Para qué confirmarse? Para llevar a plenitud el Bautismo y, así, ser realmente testigos
de Jesucristo en nuestro mundo. Se trata de recibir más plenamente al Espíritu Santo,
don gratuito de Dios, que quiere unirnos así a su vida misma, transformarnos con su
presencia y hacernos libres para poder caminar siguiendo a Jesús. El don que Dios
concede en la Confirmación es el Espíritu Santo, que es don de Dios Amor, que libera y
recrea nuestra libertad. “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3,17).
Qué alegría saber que esta es la posibilidad que el Espíritu genera en nosotros: ser
realmente libres. A veces escuchamos que la fe cristiana quiere recortar nuestra libertad,
nuestros deseos más profundos de felicidad. Nada más alejado de la realidad de la fe. La
Iglesia, cuando en la fiesta de Pentecostés habla del Espíritu Santo, dice: “mira el vacío
del hombre / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías su
aliento”(secuencia del día de Pentecostés). Así, el sacramento de la Confirmación
perfecciona el don del Espíritu Santo recibido en el Bautismo y hace capaz, a quien lo
recibe, de dar testimonio de Cristo. Es decir, hace más plenamente cristiano, pues el
Espíritu Santo nos lleva a crecer, a parecernos más a Jesucristo. Porque, como ya he
dicho, para llegar a ser cristiano no basta con saber cosas de Jesús, es preciso entrar en
contacto con Él, es necesario dejarse alcanzar por Aquel que lo hace presente hoy entre
nosotros, el Espíritu.

Vivir más unidos a todos los cristianos


La comunidad cristiana tiene una vocación maternal. Quiere transmitir la vida cristiana.
Por ello, a los recién nacidos que sus padres presentan, los incorpora a la vida cristiana
con el sacramento del Bautismo. Es un gran don que la Iglesia realiza en el deseo de que
sean cristianos. Por ello no deja de proponer a los adolescentes un nuevo sacramento, la
Confirmación, para que se fortalezca la semilla de la vida cristiana sembrada en el
Bautismo, y, así, participen más plenamente de la vida de la comunidad cristiana, que es
la familia de Dios. Y, a partir de ahí, se dispongan a mostrar con palabras y obras la
esperanza que les guía..”1

11:15-12:45 TEMA #2 ESPÍRITU SANTO, HIJO, PADRE (TRINIDAD


MISERICORDIOSA)

Padre
Ese es nuestro Padre, amoroso y con entrañas de Madre. “¿Acaso una madre olvida
o deja de amar a su propio hijo? Pues, aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Is
49,15). Es el Padre el que sostiene, besa y reconforta. Un Padre que sale al
encuentro del horizonte todas las tardes para ver venir a su hijo. Escudriña la lejanía
esperando ver un atisbo de su hijo. Es un Padre con un amor activo, que sale al
encuentro, que no se queda apoltronado en su trono de majestad (que bien podría
hacerlo), sino que se mueve y sale de sí.
El amor de Dios es implacable, es decir, intenso, constante, sin límite, sin mengue
alguno. Nos es tan difícil creernos esto… Estamos tan acostumbrados a darnos
parcial e inconstantemente que un amor implacable y sin condiciones nos es
extremadamente incomprensible e inmediatamente lo sumimos en la categoría del
enigma. Es verdad, decimos: «es un misterio, es un misterio…», pero en realidad lo
colocamos en la categoría del enigma. Es cierto, es un misterio, pero si de verdad
nos creyésemos que es un misterio nos dejaríamos empapar por él; nos
sumergiríamos en él y nos dejaríamos transformar por ese amor implacablemente
misericordioso. Sí, es verdad: Dios nada más que sabe contar hasta uno, y ese uno
eres tú, soy yo…

1
Mons. Javier Salinas “¿para qué recibir la confirmación? Y después, ¿qué? Enero 2010
Uno descubre que el poder de Dios Todopoderoso no es el poder de la magia, sino
el poder del amor. Dios ama incondicionalmente y, gracias a su amor, uno aprende
a amarse a sí mismo incondicionalmente. ¡Es curioso!, se necesita todo el amor
infinito e incondicional y misericordioso de Dios para poder amarse uno a sí mismo.
¡Ojalá se nos grabase de una vez por todas que la perfección de Dios y, por lo tanto,
nuestra perfección, no es la impecabilidad sino la misericordia!
Hijo
¿El hijo arrodillado ante el hombre, besándole los pies? Pero cómo puede nadie
esperar que esta sea la actitud de todo un Dios. Y me vienen aquellas palabras de
Jesús: “no he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). ¿Dios arrodillado ante
el hombre? ¡Pero qué barbaridad es esta!
Uno recuerda cuando Jesús en la última cena se levanta para lavar los pies a sus
apóstoles y Pedro se niega a ello. Lavar los pies era propio de esclavos. Lo inaudito
del gesto es que, en una sociedad como la de Jesús, donde el honor era un bien
escaso y cada quien se relacionaba en función de su honor, Jesús decide
públicamente perderlo. ¡La locura! Todo el mundo trata de adquirirlo y Jesús decide
perderlo públicamente. Por eso Pedro se escandaliza. El Maestro se pone el sayal
de esclavo y se arrodilla. Pablo, en su carta a los de Filipos nos dice que el Mesías
Jesús se anonadó a sí mismo: “se vació de sí y tomó la condición de esclavo” (Flp
2, 7).
Espíritu Santo
El Espíritu Santo, por fin, es la Persona que está al norte de la imagen. Está arriba,
dominando la escena, bañándola con su luz y su fuego. Se ve la sensación de
movimiento, de dinamismo, no es un Espíritu estático. Todo tiene sentido y se
ilumina con el Espíritu Santo y sin Él el icono no es más que una apabullante
mentira. Pero resulta que Él está ahí. Él es el medio, el que hace posible adentrarse
en el misterio del amor misericordioso e incondicional. Él, entre paloma y fuego,
está, además de dar luz a la escena, invitándonos a penetrarla. Es un dedo, el dedo
de la diestra del Padre que apunta a una dirección. Es como si nos dijera: “Si te
centras en lo que te señalo serás mío y yo seré tuyo”.
Él nos da el prisma exacto para interpretar el misterio de Dios y el nuestro propio.
Ese prisma con el cual podemos interpretar las realidades divinas y humanas, es Él
mismo. Sin Él, toda la realidad se distorsiona y carece de sentido; se hace borrosa
e incomprensible para el ser humano y se vuelve tosca y áspera.
El Reinado del Espíritu Santo en nosotros, en el mundo, consiste en fijarse y vivir la
realidad que Él señala; y Él está señalando al centro mismo de la Trinidad.

12:30-13:30 TEMA #3 ¿QUÉ SIGUE? RESPUESTA AL LLAMADO.


Un don que merece una respuesta
No es posible entender la lógica del regalo si éste no suscita una respuesta. Un regalo sin
acogida no ha cumplido su misión. El don de la vida cristiana espera una respuesta. Y el
sacramento de la Confirmación es, precisamente, expresión de la acción gratuita de Dios,
de su voluntad de incorporarnos a su vida misma. De ahí que este sacramento nos
introduzca más plenamente en la vida del Espíritu. De ahí también el valor de la respuesta
de fe, de la acogida, de nuestro “amén”. Pero no podemos olvidar que quien la suscita es
Dios mismo y, por tanto, que lo primero es el don, el regalo de su amor. Por ello no queda
claro cuando la Confirmación se presenta sólo como una acción nuestra. A veces se dice:
“la Confirmación es la celebración de mi decisión libre y personal de querer vivir como
cristiano. Nadie la puede tomar por mí”. O también “la confirmación te ofrece ahora la
oportunidad para que definas tu actitud ante esa fe que han tratado de transmitirte”. Cierto
que la fe, el don de Dios, suscita una respuesta. Si nadie lo acoge quedaría sin producir
su fruto, sin mostrar su fuerza salvadora. Pero no podemos olvidar qué es lo primero,
quién va delante, quién sostiene e impulsa. Siempre es Dios el fundamento y la meta;
siempre es Él quien toma la iniciativa; siempre será, para cada uno de nosotros, un don,
un regalo, una gracia que está llamada a generar nueva vida y, por tanto, necesita
también de nuestra respuesta. Por esto, en el sacramento de la Confirmación, a través de
los ritos de la celebración expresamos este dejarnos tocar por la acción de Dios mismo,
por el Espíritu Santo que actúa en nosotros.
En este sentido, quiero recordar uno de los ritos que ponen de manifiesto esta realidad y
que ayudan a comprender que en la Confirmación es el Espíritu quien nos introduce en el
camino de Jesús y en el de su Iglesia. Se trata de aquel momento en el que, quien va a
ser confirmado, se acerca al Obispo o a su representante, y éste unge su frente con el
Santo Crisma haciendo la señal de la Cruz al tiempo que dice: “por esta señal, recibe el
don del Espíritu Santo”. Mediante este rito se nos dice que por el Espíritu Dios acoge al
hombre en plenitud. La vida entera del cristiano está sostenida y debe seguir sostenida en
el futuro por la acción del Espíritu. Por eso, en esta celebración sacramental, nuestra vida
se pone bajo la dirección del Espíritu. Así, la Confirmación, en su relación con el
Bautismo, es promesa, invocación y ratificación de la presencia del Espíritu en la vida
entera del confirmando. Por otra parte, este rito de la signación expresa, desde la
perspectiva del que lo recibe, su disposición a dejarse dirigir por el Espíritu de Dios. De
esta manera se podría decir que la Confirmación es la gran declaración de disponibilidad
para dejarse guiar por el Espíritu. Como dice el Apóstol San Pablo, “los que se dejan
llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Ser confirmado es
manifestar públicamente que se está dispuesto a dejarse afectar y dirigir por el Espíritu de
Dios, de una forma siempre nueva, por su acción, sus dones, sus llamadas, y así asumir
mejor la misión de ser cristianos en medio de nuestro mundo.

Siempre en camino
Volvemos a la pregunta ¿para qué confirmarse?. Para fortalecer el don del Bautismo que
nos hace cristianos. Es una llamada, de nuevo, a ponerse en camino. Para ello hay que
disponerse, hay que dedicar tiempo y hacernos sensibles a este gran don que el Señor
nos hace. De ahí el gran valor del tiempo de formación, para conocer y amar a Jesús,
camino, verdad y vida. Sí, se trata de acoger su palabra, seguir sus pasos, dejarse
transformar por Él. No se trata sólo de saber cosas sobre Jesús sino de participar en su
vida misma. Jesús no nos deja solos. Él mismo nos prometió que vendría a habitar en
nuestra vida, que nos enviaría al Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida. El día de
Pentecostés se cumplió esta promesa. Desde entonces Jesús actúa en la Iglesia a través
del Espíritu. No estamos solos en nuestro caminar. El Espíritu Santo nos da la vida nueva
de Jesús, nos hace comprender mejor lo que Él nos dijo, nos da fuerza para seguirle y
llevar la luz de su Evangelio a todos, nos reúne en una sola fraternidad: la Iglesia.
Quien ha empezado a crecer en la amistad con Jesús tiene la posibilidad de dejarse
transformar por Él, de sellar esta amistad. Se encuentras con Cristo en sus sacramentos,
signos eficaces de su amor, que ha confiado a su Iglesia. Desde el día del Bautismo
participa de la vida nueva de Jesús. Es un nuevo nacimiento. Ahora, será fortalecido por
el sacramento de la Confirmación y recibirá la Eucaristía, el Pan de la vida eterna. Será
más semejante a Jesucristo, quedará más unido a todos los cristianos, tendrá la misión de
ser instrumento de su amor en medio de nuestro mundo. Será más plenamente cristiano.
El tiempo de formación es una gran oportunidad para disponerse a la celebración en la
que la Iglesia nos acogerá más plenamente, y en la que se realizará un nuevo
Pentecostés. Entonces, conducido por el Espíritu, reconocemos que Jesús es el Señor,
que con Él empieza un mundo nuevo: Dios es nuestro Padre; todos los hombres somos
hermanos.

Y después, ¿qué? Algunas propuestas


Tenemos que reconocer que somos demasiado dados a la “cuenta de resultados”. En
realidad, un sembrador siempre siembra, lo cual no significa que no prevea cómo seguirá
su tarea, pero confía el crecimiento de su acción a Alguien más grande. Desde esta
actitud que libera y esponja el ánimo, pero que únicamente se puede sostener desde la
confianza en la acción del Espíritu, podemos abordar una cuestión también decisiva en
todo esto: y después de la Confirmación, ¿qué?. En primer lugar, deberíamos
preguntarnos si en el camino de preparación hemos propuesto la Confirmación como un
fin en sí mismo o como un momento intenso de encuentro con el Señor. Porque de esto
dependen muchas cosas. Si todo consiste en ser confirmado, con ello también termina la
propuesta. Pero si la Confirmación es el sacramento que fortalece, que hace crecer el don
del Bautismo, entonces todo cambia. Lo importante es ser cristiano y tratar de cultivar
esta realidad que nunca termina, pues siempre estamos en camino para que se cumpla
en nosotros el nuevo nacimiento que alcanzará su plenitud en “los cielos nuevos y la tierra
nueva”. Mientras tanto, la Confirmación ha puesto de relieve el hecho de que no podemos
hacer nada sin la acción del Espíritu en nosotros y sin nuestro sí decidido a su acción. Por
ello, “la preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a
una unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su
acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades
apostólicas de la vida cristiana” (CIC, 1309).
En esta línea, en el rito de la Confirmación hay un momento en el que expresamos este
compromiso: nuestro “sí” al “Sí” del Espíritu en nosotros. El joven, con su sí se hace cargo
de la misión de Jesús continuada por la comunidad cristiana. De hecho, la catequesis que
prepara la Confirmación, ha de suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de
Jesucristo, así como la participación en su misión. Recibir la marca del don del Espíritu
lleva al testimonio y a la misión. En realidad, el confirmado sabe que la fe es un talento
que hay que negociar, una experiencia que hay que contagiar a otros con el testimonio
coherente de todo su ser y con la palabra, con la audacia de proponer a otros la buena
nueva. Su sí, su amén, manifiesta la docilidad al Espíritu en el pensar y decidir el futuro
según el plan de Dios; no sólo según las propias aspiraciones y actitudes; no sólo en los
tiempos puestos a disposición sino, sobre todo, en sintonía con el designio de Dios, que
tiene para cada uno una llamada propia y espera una respuesta para que seamos
trabajadores de su Reino.

Pastoral juvenil en y desde la comunidad


Pero seamos realistas. Nada de esto puede hacerse sin una experiencia eclesial viva,
subrayando que es en la comunidad cristiana, donde nos ayudamos unos a otros a crecer
en la fe. Por ello la respuesta a la pregunta “después de la Confirmación, ¿qué?”, ha de
realizarse en el marco de una pastoral de jóvenes, en la que ya se está y en la que se
vive, tanto la formación cristiana como la celebración de la fe. En realidad, no podríamos
ser cristianos sin la Iglesia, sin la comunidad. Y, por tanto, no hay futuro para la
Confirmación sin un vínculo fuerte con la comunidad cristiana. Ciertamente, este vínculo
se puede realizar de muchas maneras, pero existen algunas que son radicalmente
importantes.
La primera debe ser entrar más a fondo en la vida de la comunidad cristiana,
especialmente en la celebración de la Eucaristía, que es el manantial de donde obtiene
sus energías, y es también la meta, la cima, de los múltiples esfuerzos que desarrollan
todos sus miembros en la familia, en el trabajo, en la amistad, en el logro del bien común.
La Confirmación, precisamente en la medida que nos marca con el don del Espíritu, nos
hace más parecidos a Jesucristo y, por ello, nos capacita internamente de una forma más
plena para poder unirnos en la ofrenda y acción de gracias al Padre en unión con
Jesucristo. La Confirmación nos lleva a la Eucaristía, en la que actualizamos en nuestro
caminar el encuentro con el Señor y, desde Él y con Él, el encuentro con todos los
hermanos. La Eucaristía es el sacramento signo e instrumento de unidad y de paz. Y, por
tanto, participando en ella recibimos nuevas energías para continuar el camino, pues nos
encontramos con Jesús Resucitado, que nos ofrece su gracia, su luz, su amor y, sobre
todo, la fuerza del Espíritu Santo.
La Eucaristía hace la comunidad, como también la comunidad hace la Eucaristía. En
nuestro caso es preciso aproximar esta realidad a la vida de los adolescentes y jóvenes. Y
para ello es necesario encontrar ámbitos cercanos que orienten hacia la comunidad
cristiana, pero que sean a la vez como un instrumento que ayude a vivir aquella
experiencia que configura toda vida humana según el Evangelio: dar y recibir. Es en el
grupo, en la pequeña comunidad, donde los jóvenes pueden encontrar una mediación que
les ayude a configurarse con sus iguales y, al mismo tiempo, a introducirse en la gran
comunidad eclesial. Sabemos que en esta etapa de la vida los jóvenes han dejado el
ámbito familiar como referente fundamental y han entrado en un ámbito social en el que
los amigos, el grupo, constituyen el punto de referencia, la realidad con la que
identificarse para sentirse cómodos consigo mismos y orientarse en la vida. Esto plantea
la gran cuestión del trabajo con ellos, de la pastoral de jóvenes. Se puede afirmar que
parte de la falta de frutos en la pastoral de la Confirmación nace de su aislamiento de la
vida comunitaria de la Iglesia, que se realiza en esta etapa de la vida a través de los
grupos, asociaciones y movimientos de jóvenes. En este sentido, hay que valorar todas
las formas de convocatoria de los jóvenes como camino para llegar a una propuesta de la
fe. Así como el hombre es camino para encontrar a Dios, también la amistad de los
jóvenes entre sí es camino para cultivar la amistad con Cristo.
La necesaria atención personal
Por otra parte, no podemos olvidar que en el camino de crecimiento de la fe es la
experiencia de la relación personal, de la amistad, lo que resulta decisivo. Hoy, las
dificultades que plantea la pastoral de jóvenes están en un ambiente que hace difícil vivir
como cristianos, que lleva, querámoslo o no, a vivir contracorriente. Pero también están
en la debilidad de los educadores, de los que acompañan, porque ellos no siempre
aciertan a desarrollar una presencia entre los jóvenes que ayude a éstos a crecer. La
Iglesia siempre ha considerado a los jóvenes como una gran esperanza para su futuro,
pero también como un gran desafío.
Sin embargo, en el momento presente no podemos dejar de constatar el crecimiento de
una desconfianza hacia la Iglesia en el corazón de los jóvenes. Es precisa una nueva
aproximación que les lleve a sentirse miembros de esta gran familia, aceptándoles a ellos
y proponiéndoles metas que les impulsen a crecer. Urge cultivar en todo educador la
voluntad decidida de estar con los jóvenes, y, además de amarlos, demostrárselo en
ciertos momentos. Al respecto, en el Jubileo de los jóvenes del año 2000, Juan Pablo II
nos sitúa en la perspectiva adecuada: “A veces, cuando se mira a los jóvenes, con los
problemas y las fragilidades que les caracterizan en la sociedad contemporánea, hay una
tendencia al pesimismo. Es como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera “sorprendido”,
transmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo
profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores que tienen su plenitud
en Cristo. ¿No es tal vez Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda
del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad
auténtica? Si a los jóvenes se les presenta Cristo con su verdadero rostro, ellos lo
experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje,
incluso si es exigente y marcado por la Cruz” (NMI, 9).

Vivir el Evangelio en el corazón de la vida


Si la Confirmación es un sacramento por el que se va completando nuestra iniciación
cristiana, es decir, que nos hace más plenamente cristianos, no podemos pensarla sin
una continuidad. Más cuando quienes han sido confirmados están todavía en una etapa
de su vida en la que tienen que tomar decisiones y responder, de una forma realista, a los
deseos de felicidad que hay en su corazón, y apartar los miedos y debilidades que
oscurecen el futuro y que llevan a muchos a vivir únicamente el instante, cosa que
muchas veces lleva al fracaso y al dolor, tanto para ellos como para las personas que les
quieren. Precisamente el participar de un grupo, de un movimiento, ayuda a los jóvenes a
crecer en amistad mutua, a compartir ideales, a soñar; porque sin estos sueños de un
mundo nuevo, diferente, quedamos reducidos únicamente al consumo, al placer
inmediato, a lo que en realidad no ayuda a crecer sino que satisface por un instante.
Educar el deseo de plenitud que hay en el corazón de todo joven es una de las exigencias
fundamentales de la hora presente, educar su afectividad para que realmente su amor no
sea algo inmediato y mecánico sino un proyecto a largo plazo, una voluntad que implica
también el olvido de uno mismo porque quiere el bien del otro. Para ello es esencial este
ámbito de vida que es el grupo de jóvenes, y es primordial que alguien les acompañe.

Hacia una cultura vocacional


Será necesario continuar el camino para llegar a comprender el valor salvador de la fe,
para descubrir que ésta nos lleva a un nuevo estilo de vida. Aquí está el tema
fundamental a desarrollar en el trabajo de continuidad. Se trata de mostrar las
consecuencias humanizadoras del Evangelio, de descubrir que los seguidores de Cristo
tenemos una misión que cumplir en nuestro mundo. Los cristianos estamos llamados a
dar a nuestro mundo un espíritu de dignidad, de aquella que se muestra en una valoración
del ser humano en todas sus dimensiones, desde su nacimiento hasta la muerte. Será la
mejor respuesta a quienes piensan o enseñan que Dios es una palabra vacía, una ilusión.
Se trata de ayudar a los jóvenes a descubrir el valor de su vida, de su misión en la
sociedad. Quien se dejar conducir por el Espíritu descubre su propia responsabilidad, la
cual le lleva a tomarse en serio la vida cotidiana, pues de él depende que este mundo
tenga más vida, que sea un poco más fraterno, un poco más libre, más religioso, más
feliz. El Espíritu nos llama a colaborar con Él para construir la ciudad de los hombres, para
que ya, aquí, crezca “la tierra nueva y los cielos nuevos”.
Se trata de ir asumiendo la vida misma de la Iglesia, pues para que nazca un mundo
mejor es necesario que la Iglesia sea cada vez más la gran familia de los seguidores de
Cristo. De esta manera, quienes la contemplen, sentirán ganas de alabar a Dios. “Es
necesario que, viéndola orar, el mundo sienta ganas de orar. Que viéndola respetar a los
demás, principalmente a los más pobres, el mundo tenga ganas de respetarlos. Que
escuchándola cantar, el mundo sienta ganas de cantar. Esto no será posible sin ti. Mi
Iglesia necesita de ti, de tu juventud, para llegar a ser aquello que yo quiero que sea. Yo,
este Jesús que conoces y con quien te has comprometido, te convoco”. Y en esta Iglesia
cada uno puede aportar su colaboración. Hay sitio para todos. Aunque también es
necesario descubrir el propio lugar. Lo importante es no ser sordo a la llamada del Señor
y a las necesidades de nuestros hermanos. Esta es una cuestión a cultivar, y tiene un
nombre propio: desarrollar entre los jóvenes una verdadera cultura de la vocación.
Ante el miedo a desarrollar los propios dones, urge pedir al Espíritu la audacia de cultivar
lo que Él ha sembrado en nosotros para el bien de nuestros hermanos. “¡Trabájalos!. Ten
confianza en mí. Ten confianza en estos dones que vienen de mí. Descúbrelos. No tengas
miedo. Arriésgate. Crea. Inventa. Mi Padre no es Dios de muertos, sino de vivos. Vive,
vive intensamente según el dinamismo de mi Espíritu. Para dar alegría a los que viven
contigo. Para tu alegría y tu gozo. Para gozo de mi Padre, que ama de tal manera la vida
de sus hijos que ha querido que sea eterna”

También podría gustarte