EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN EL RENACIMIENTO
MAQUIAVELO (1469-1527)
Nicolás Maquiavelo es el representante más importante del pensamiento político
renacentista. Vive en una Italia de grandes conmociones políticas: las ciudades italianas
luchan entre ellas y contra el papado al tiempo que sufren la intromisión de Francia y
Aragón. En este ambiente tan conflictivo, Maquiavelo añora el antiguo esplendor romano y
sueña con conseguir una comunidad política italiana que pueda recuperarlo. De acuerdo
con las ideas políticas que impregnaban el ambiente del Renacimiento, considera que,
para lograrlo, es necesario volver a los principios que había seguido el pueblo italiano en
sus orígenes. Y le parece imprescindible determinar con exactitud las condiciones a
través de las cuales se tiene que realizar ese retorno, partiendo del análisis de la situación
de su época.
Maquiavelo se atiene, por consiguiente, a las circunstancias históricas de su tiempo,
adoptando una consideración realista a la que se ha dado el nombre de “realismo
político”.
Sostiene que el príncipe, si quiere gobernar adecuadamente, tiene que presuponer que
los seres a los que gobierna se van a comportar siempre con maldad y que le van a tratar
de engañar en la primera ocasión que puedan. Él, sin embargo, no debe apartarse del
bien, pero, para alcanzarlo, tiene que emplear el mal si es necesario.
El realismo político que sostiene le induce a considerar que la actividad política es
autónoma y debe llevarse a cabo de acuerdo con sus propias reglas. No necesita,
pues, atenerse a normas exteriores que la justifiquen, sino que ella sola tiene que fijar sus
propios limites. La exigencia de conseguir una convivencia ordenada y libre justifica la
actividad política que se propone como meta alcanzar el éxito con unos determinados
medios, aunque estos no sean agradables, ni siquiera buenos fuera del ámbito de su
eficacia. La naturaleza del poder político y de los medios para conseguirlo y conservarlo
exigen una observación atenta de la situación y un conocimiento de la experiencia y las
prácticas políticas.
El realismo político de Maquiavelo se apoya, en el fondo, en una concepción pesimista del
ser humano.
La naturaleza humana está corrompida y los seres humanos buscan satisfacer sus
pasiones a toda costa. Hay que tenerlos, por tanto, a raya. Tan solo con la fuerza y la
coacción es posible mantener el orden en la sociedad.
En este contexto, el príncipe tiene que ser hábil y astuto y no sentir escrúpulos morales.
Se servirá de la violencia cuando sea necesaria y ha de saber halagar al pueblo para
poder manejarlo mejor. El príncipe está, pues, más allá del bien y del mal y deja la moral
relegada al ámbito privado.
EL CONTRACTUALISMO
A partir del Renacimiento, la mayoría de los teóricos de los siglos XVII y XVIII sostienen
que el poder es del pueblo y que el pueblo es el único soberano, Son varios los
factores que pueden explicar por qué en el mundo moderno resurge esta idea que ya
había conformado la política ateniense en el siglo V a. C.
En primer lugar, la nueva concepción del ser humano que comienza a gestarse a partir
del Renacimiento y se caracteriza por confiar en todo lo humano. por valorar todas sus
posibilidades, especialmente las de su razón. Es lo que se conoce con el nombre de
humanismo. Si en el mundo medieval Dios era el centro alrededor del cual giraba todo el
universo, a partir del siglo XVI fue el ser humano el que comenzó a convertirse en el
protagonista, a ocupar ese lugar central. Consecuentemente, ya no se podía basar el
orden político en Dios, como había ocurrido durante la Edad Media o como estaba
ocurriendo en las monarquías absolutas.
Si el ser humano había comenzado a ocupar el lugar de Dios a la hora de decidir cómo
tenía que vivir, tenía también que ser él quien fundamentara el poder.
Como lo más valioso que poseía era su racionalidad, sobre ella se trató de asentar el
ámbito político. La ley se convirtió, poco a poco, en expresión de la racionalidad humana.
La “nueva ciencia”, con su visión heliocéntrica del universo que sustituyó al geocentrismo,
el descubrimiento de nuevos mundos y nuevos mercados que impulsaron la economía de
forma desconocida hasta entonces, y también la quiebra de la unidad de la Iglesia por la
aparición de la Reforma protestante. tuvieron mucho que ver con la aparición de esta
nueva visión del ser humano en el Renacimiento.
Pero, sobre todo, fue la irrupción de la burguesía en la vida política la que influyó en el
resurgir de la idea de que el pueblo es el único soberano. Los burgueses que se habían
ido haciendo en los siglos anteriores con el poder económico, y que, poco a poco, habían
ido adquiriendo un gran prestigio social, lucharon en los siglos XVII y XVIII por obtener
también el poder político con el fin de crear las condiciones que permitieran un mayor
desarrollo de la economía. Por eso defendieron que eran ellos, el pueblo, los ciudadanos,
los que tenían que elegir a los que iban a dictar las leyes y a los que se tenían que
encargar de llevarlas a la práctica.
Para explicar que el poder se encuentra en el pueblo y que la autoridad lo recibe de él,
recurrieron a las llamadas teorías contractualistas. Con ellas pretendían explicar no solo
que la autoridad recibe del pueblo el poder para dar normas y hacerlas cumplir, sino
también la orientación y el sentido que deben poseer esas normas, así como los límites
dentro de los que se tienen que mantener tanto las normas como la autoridad.
En las teorías contractualistas, el ser humano vive en sociedad por decisión propia. Forma
sociedad con los demás porque le resulta más beneficioso unirse con sus semejantes que
vivir aislado.
Y la decisión de vivir en sociedad la formaliza mediante “un pacto”, un “contrato”, el
contrato social, en el que se establecen las reglas que regulan la posterior vida en
sociedad.
¿Significa esto que, para los contractualistas, el ser humano no es social por naturaleza?
En absoluto. Que sitúen en un pacto el nacimiento de la sociedad no quiere decir que
piensen que el ser humano se puede realizar como tal al margen de los demás. Se trata
de un «artificio», de una «ficción» que les permite explicar con más claridad que tanto el
poder que posee la autoridad como la orientación que se ha de seguir al ejercerlo
provienen del pueblo, de los que realizan el contrato.
Antes de vivir en sociedad, afirman estos pensadores, los seres humanos vivían aislados,
vivían en lo que llaman «estado de naturaleza».
¿Significa que, para ellos, históricamente, ha habido un momento en el que el ser humano
no ha vivido en sociedad? Tampoco. Jean-Jacques Rousseau, al hablar del estado de
naturaleza, dice: «Es un estado que ya no existe, que quizás nunca haya existido.... pero
del que es necesario hacernos ideas adecuadas para juzgar bien acerca de nuestro
estado presente». Kant, de manera más clara, afirma que tanto el «estado de naturaleza»
como el «contrato social» son «ficciones metodológicas».
Lo que pretenden al hablar del estado de naturaleza es justificar las reglas de convivencia
que se van a aprobar luego en el contrato y, por lo mismo, las reglas conforme a las que
proponen que los seres humanos vayan a vivir en sociedad. En el estado de naturaleza, la
vida de los seres humanos presenta ventajas, aspectos beneficiosos, y, también,
problemas. Como el pacto se hace para que lo beneficioso siga existiendo y
desaparezcan los problemas, dependiendo de cuáles sean unos y otros, así serán la
reglas que se establezcan en el pacto, que siempre será, además, un pacto fruto de una
decisión racional. Hablar de un estado de naturaleza, del que se pasa a la vida en
sociedad mediante el contrato social, no es sino un «artificio», un «constructo», una
«ficción metodológica» que se utiliza para poder explicar de forma convincente un
determinado modo de entender cómo debe vivir el ser humano en sociedad y, de esta
manera, como señala el texto de Rousseau, poder juzgar «bien acerca de cómo se vive
en el presente».
Lo que hacen los contractualistas con sus teorías es descomponer el Estado y
«reconstruirlo» a partir de los individuos, para, mediante ese proceso, explicar que el
poder de la autoridad proviene del pueblo se lo conceden al hacer el pacto social, y en
esto están de acuerdo todos ellos y justificar las reglas conforme a las que piensan que
tienen que vivir los humanos en la sociedad política -en estas reglas difieren unos de
otros-.
Frente a la tesis de la sociabilidad natural de los humanos, que domina la cultura
occidental prácticamente hasta el siglo XVIII, el contractualismo defiende que la sociedad,
el estado civil se construyó por medio de un pacto, de un “contrato” entre individuos,
superando así el estado de naturaleza en el que se encontraban.
LOS ANTECEDENTES
Hugo Grocio, influido por las investigaciones de la escuela de Salamanca
particularmente, por las ideas del fraile dominico español Francisco de Vitoria,
catedrático en la Universidad de Salamanca sobre el derecho internacional y la guerra
justa, es heredero de las ideas que ya durante la segunda mitad del siglo XVI planteaban
que el Estado se basa en un contrato. Es, sin lugar a dudas, uno de los teóricos más
importantes para la fundamentación del derecho natural.
Grocio entiende que las formas elementales de asociación el matrimonio y la familia que
produce son fruto del contrato, de un consenso que mantiene unida a la sociedad. Tal
consenso es extensible, además, para el establecimiento del poder del Estado, esto es,
de la soberanía. Y esta puede ser de distintos tipos.
Influido por las teorías de Grocio, Samuel von Pufendorf, ya en el siglo XVI, parte de un
supuesto estado de naturaleza y de la necesidad de hacer un doble contrato para dar
lugar al Estado.
El estado de naturaleza no es un estado de guerra como sostenía Thomas Hobbes, sino
de paz: el ser humano natural es pacifico, pero no inocente a causa del pecado original y
es débil, de manera que necesita la protección y la disciplina del Estado.
El Estado es una persona moral compuesta de la suma de las voluntades individuales que
lo constituyen y se forma a través de un doble contrato: uno social y otro político.
El primer contrato, el social, es anterior al político y da origen a la sociedad civil. El
segundo contrato, el político, es un pacto de sumisión que establece aquellas condiciones
necesarias para regular las funciones y el poder del gobernante.
El contrato político está en el origen de los deberes en los dos sentidos: el deber de los
ciudadanos de obedecer al Estado y el deber del gobernante de proporcionar seguridad y
bienestar a los ciudadanos aunque es el gobernante quien determina en qué consiste ese
bienestar-.
Muchas de estas ideas influirán en el contractualismo de Rousseau.
HOBBES (1588-1679)
Este filósofo inglés justificó el poder absoluto de los reyes desde un punto de vista
estrictamente filosófico utilizando para ello la teoría del pacto social.
Inmerso en las luchas entre la monarquía inglesa y los partidarios del Parlamento, tomó
partido por el poder absoluto del soberano y se convirtió así en el teórico por excelencia
del absolutismo político. Trabajó, también, en muchos otros ámbitos del conocimiento:
física, ética, historia, teología, etc
Hobbes posee una concepción materialista de la realidad y en su obra más importante,
Leviatan -un artificio mental que imagina cómo seria la vida de los seres humanos antes
de la aparición de la sociedad, reconstruye el paso de un supuesto estado de naturaleza
al estado de sociedad mediante un pacto que justificaría el poder absoluto del Estado.
El estado de naturaleza
En el estado de naturaleza -situación teórica, no histórica, cada ser humano es dueño
absoluto de sí mismo e independiente totalmente. Todos los humanos están dominados
por el principio de conservación, son egoístas, y luchan por su supervivencia, aunque
para lograrla tengan que pasar por encima de los demás. En esta lucha, al no existir
ningún poder superior al que los individuos poseen sobre sí mismos, cada uno de ellos se
convierte en un lobo para los demás homo homini lupus. Como consecuencia, se produce
una situación de «guerra de todos contra todos» en la que triunfa solo el más fuerte. Esta
ley del más fuerte rige la vida de los humanos en el estado de naturaleza.
El pacto social
Inmersos en este estado de guerra de todos contra todos, advierten que, a no ser que
consigan una situación de paz, orden y cooperación, corren el peligro de perecer.
El egoísmo natural empuja a los individuos a proteger su seguridad mediante un pacto
que consiste en la cesión de todo el poder y la libertad del individuo a un soberano-
individual o colectivo- a cambio de que este mantenga la paz.
Los individuos renuncian a su libertad a cambio de seguridad. El pacto social es, pues,
fruto de una decisión racional en virtud de la cual los individuos renuncian voluntariamente
a muchos de sus derechos, trasfiriéndolos a una autoridad soberana a cambio de que
esta les proporciones la situación de paz, orden y cooperación que necesitan. El soberano
recibe un poder absoluto, detenta todos los derechos naturales y está por encima los
demás individuos. Si es necesario para mantener el orden social, el soberano gobernará
mediante el terror y la violencia.
Además, sostiene que esta renuncia de los derechos de los individuos en favor del
soberano es irrevocable una vez se ha realizado, y que este tiene que ejercer el poder de
forma absoluta, puesto que los hombres no cambian por el hecho de vivir en sociedad y
siguen siendo egoístas. El pacto es irrevocable: entregado todo el poder, también se ha
entregado la capacidad de romperlo. Pero el estado de naturaleza sigue latente en todas
las sociedades humanas de manera que, si se llega a romper el pacto, caerían de nuevo
en el estado de guerra permanente.
Con la firma del pacto, se instaura la sociedad civil-el Estado, el soberano, el
reconocimiento de una autoridad máxima, que sustituye el derecho natural de todos a
todo por la ley que pone límites a ese derecho natural. Puede entenderse como una
justificación del absolutismo-del poder absoluto del Estado-.
LOCKE (1632-1704)
John Locke participa activamente en las luchas políticas de su tiempo entre absolutistas y
liberales y es considerado el padre del liberalismo político. En su Tratado sobre el
gobierno civil, comienza atacando las ideas absolutistas que defendían el derecho divino
de los reyes, expuestas en aquel entonces por Robert Filmer. Alega que no hay ninguna
prueba de que Adán hubiera recibido de Dios la autoridad real y que es igualmente
fantástico que la sucesión de reyes pueda llegar a nuestros días.
Si el absolutismo monárquico de Filmer suponía que los seres humanos no son libres por
naturaleza, Locke afirma que los seres humanos son libres e iguales en el estado de
naturaleza y deben, por tanto, amarse entre ellos.
El estado de naturaleza
Locke parte, como Hobbes, del estado natural. Pero, al contrario que este, para quien el
estado natural es un estado de violencia y lucha de todos contra todos, Locke cree que el
estado natural está regido por la ley moral natural-ley de naturaleza, que descubre la
razón humana.
Los seres humanos viven juntos y gozan del derecho a la vida, la libertad y la posesión de
sus bienes. Admite, pues, la existencia de derechos naturales anteriores a la
constitución de la sociedad.
De los derechos naturales le preocupa, en especial, el derecho de propiedad. Para
conservar su vida, el ser humano necesita de los bienes materiales que Dios ha puesto a
su disposición en la tierra. El medio para apropiarse de tales bienes es el trabajo. Cuando
alguien mezcla su trabajo con las cosas materiales, las hace suyas y, por tanto, se las
apropia. Si bien el agua de la fuente es de todos, nadie pone en duda que el agua del
jarro es de quien la recogió», afirma Locke. No pretende, ciertamente, que se puedan
acumular propiedades sin límite, ya que presupone un estado de cosas en el que haya
tierra para todos, como en la América de su época.
El pacto social
Ocurre, sin embargo, que la vida del ser humano en el estado natural está sometida a
fuertes necesidades que le impulsan a vivir en sociedad. Hay. pues, en el estado
natural, una exigencia de vida social para mejor preservar las libertades y los derechos y,
en especial, para proteger la propiedad individual.
Además, en el estado de naturaleza, cada individuo tiene el derecho a castigar como crea
conveniente a aquellos que, incumpliendo la «ley de naturaleza», lesionen sus derechos,
lo que provoca una cierta inseguridad, pues no todos son iguales a la hora de imponer y
aplicar castigos. La vida social tiene la posibilidad de acabar con esa inseguridad si los
seres humanos renuncian a ese derecho.
El paso del estado natural al estado civil y, por lo tanto, la constitución de la
sociedad precisa, con todo, del consentimiento de los seres humanos que
participan en ella. Los seres humanos son libres, iguales e independientes por
naturaleza y, como la constitución de la sociedad necesita la renuncia a algunos derechos
individuales, es necesario su consentimiento, consentimiento que se produce al realizar el
pacto social. Esta renuncia es limitada. El ser humano no renuncia de ninguna manera a
su libertad para convertirse en siervo. La renuncia alcanza únicamente a cuanto es
necesario para el mejor disfrute de sus derechos. En concreto, los derechos a los que
renuncia el ser humano están relacionados con el castigo que podría aplicar a aquellos
que infringieran la «ley de naturaleza». Renuncia, pues, al poder legislativo y al judicial, es
decir, al derecho a elaborar las leyes necesarias para organizar la vida en sociedad y a
tomar parte directa en la resolución de los conflictos; estos dos poderes los deja en
manos de la mayoría.
Con este reconocimiento de los derechos naturales, Locke ataca a la monarquía absoluta,
que no respeta los derechos naturales del individuo. También considera que no es
conveniente que las personas que hacen las leyes las ejecuten, pues podrían adaptarlas
a sus conveniencias y no al bien común. Propone, por ello, una división de poderes en
poder legislativo y ejecutivo. Habla de un tercer poder, el federativo, que se ocupa de las
relaciones con los demás Estados y tiene capacidad para hacer la guerra y firmar tratados
y alianzas. Aunque es un poder diferente, suele estar en las mismas manos que el
ejecutivo.
Locke cree que el poder supremo es el legislativo. Pero no lo considera un poder
absoluto. El pueblo que lo ha delegado puede anularlo si se dan actos contrarios al fin que
se le ha asignado. Y, para ser legítimo, tiene que cumplir toda una serie de condiciones.
Debe gobernar por leyes promulgadas y que busquen el bien del pueblo y no debe
establecer impuestos sin consentimiento del mismo. Por consiguiente, en determinadas
condiciones, la rebelión puede estar justificada, por ejemplo, frente a la actuación
arbitraria de un poder tiránico.
ROUSSEAU
Nace en Ginebra. Su madre fallece días después del parto y su padre tiene que exiliarse
cuando Rousseau tiene diez años. Su infancia transcurre, en su mayor parte, en casa de
sus tios. Comienza trabajando como ayudante de relojero y grabador y, en 1745, se
traslada a Paris, donde asiste a tertulias de «filosofía ilustrada» y escribe articulos sobre
música francesa con el apoyo de los enciclopedistas. Esa situación cambia cuando
publica Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), donde defiende razonadamente
que las artes y las ciencias han corrompido las costumbres de los seres humanos. Su
obra más conocida es El contrato social (1762).
Para Jean-Jacques Rousseau, el ser humano es bueno, y la sociedad, mala. Además,
frente a los ilustrados, piensa que la civilización no humaniza al ser humano, sino que lo
corrompe. En la civilización, la libertad se hace esclavitud, el individuo desaparece en el
conglomerado social, las ciencias y las artes son los poderes dominantes, y la naturaleza
humana es ignorada.
¿Por que vive entonces en sociedad? Por necesidad. El ser humano necesita vivir en
sociedad, tiene necesidad de intercambios y de relaciones sociales: aislado..., no podria
ser sino miserable».
El estado de naturaleza
Es verdad que Rousseau habla de un estado de naturaleza en el que el ser humano no
vive en sociedad, pero señala que ese estado no ha existido jamás, pues supone vivir sin
lazos sociales o abocado a necesidades inmediatas-como animal de instintos y no como
ser libre-.
El ser humano primitivo que vive en el estado de naturaleza es bondadoso y lleva una
vida pacífica, libre y solitaria.
El pacto social
Pero tiene dificultades para subsistir en ese estado, y por eso decide unirse a otros seres
humanos y vivir en sociedad. Los humanos se dan cuenta de que juntos pueden
conseguir más cosas que aislados y constituyen la sociedad política, fundada sobre un
pacto o contrato entre todos, a fin de eliminar peligros y tensiones. El ser humano se
somete a este pacto libremente y con él pretende fundamentar la convivencia por
medio de la ley.
Pero la vida en sociedad, que le permite subsistir más fácilmente, es, al mismo tiempo,
el origen de todos los males que padece el ser humano. La vida en sociedad, sobre
todo en la sociedad moderna competitiva, trata desigualmente a los seres humanos:
concede a unos más oportunidades que a otros y crea envidias y rencores. En este nuevo
estado, el ser humano abandona su primitiva condición y se vuelve malo y desconfiado.
La vida en la sociedad corrompe al ser humano, especialmente por la instauración de la
propiedad privada y por la transformación del poder legítimo en poder arbitrario.
La voluntad general, resultado del contrato social
La solución a esta situación no se encuentra, sin embargo, en una vuelta al estado de
naturaleza como si el progreso consistiera en un retorno a los orígenes. Hay que recodar,
además, que tal estado, como él mismo señala quizás nunca haya existidos, Como dice
en El contrato social, la solución radica en encontrar una forma de asociación que
defienda y proteja con toda la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado y
por la cual, cada uno, uniéndose a todos, no obedezca más que a sí mismo y
permanezca, de este modo. libre como antes.
Se trata de transformar la sociedad elaborando, para organizar la convivencia, leyes
justas y legitimas, basadas en el consenso de la mayoría; se trata de transformar la
sociedad instaurando un Estado que sea la expresión de la voluntad general en
busca del bien común. Esta voluntad quiere el interés de todos: por ello, cuando se
obedece, la libertad del que obedece no sufre merma alguna. El Estado, así entendido,
permite a los individuos disfrutar de la posibilidad de una forma superior de libertad. Al
obedecer la voluntad general, cada individuo se obedece a sí mismo, por lo que los seres
humanos siendo ciudadanos pueden disfrutar de la libertad como lo hacían en el estado
de naturaleza.
La nueva sociedad es soberana y está regida por la voluntad general que tiende siempre
al bien, y no es la simple suma de voluntades particulares. De ella pro-ceden las leyes. El
Gobierno ocupa un lugar intermedio entre los ciudadanos y el cuerpo político soberano y
se ocupa de la ejecución de las leyes.
Los Gobiernos tienden, sin embargo, a degenerar, a anteponer su voluntad a la voluntad
general, pero el verdadero soberano es el pueblo: «Los gobernantes no son los amos del
pueblo, sino sus empleados, y el pueblo puede nombrarlos y destituirlos cuando guste.
Los asuntos comunes deben resolverse en la «asamblea pública, formalmente
constituida, y en la que cada individuo se exprese de forma libre. Solo así se puede
alcanzar la voluntad general.
Indiscutiblemente, el concepto de voluntad general del que habla Rousseau es abstracto y
difícil de interpretar. Jürgen Habermas sugiere entenderlo como justicia y moralidad
alcanzadas a partir del procedimiento de su elaboración, a partir del consenso
deliberativo, realizado en condiciones ideales, en el que tiene su origen. Por el contrato,
cada ciudadano se convierte en ciudadano o parte indivisible del todo. De este modo, se
establece una comunidad ético-politica y, como consecuencia de este paso, del estado de
naturaleza al estado civil, el ser humano, dialogando en condiciones de igualdad, puede
llegar a acuerdos racionales que sustituyen el instinto por la justicia y la moralidad.
LA CRÍTICA AL CONTRACTUALISMO DE HUME
La política es, para Hume, la ciencia que estudia a los seres humanos unidos en
sociedad, relacionados y dependientes unos de otros, y la considera una ciencia en la que
se pueden establecer máximas generales, hipótesis y predicciones, aunque no posea
nunca la certeza de la matemática, pues en la política se trabaja con ideas y en la
matemática con hechos.
La sociedad nace porque es útil a los seres humanos. Al vivir juntos, aumentan la fuerza,
la habilidad y la seguridad. El núcleo inicial de la sociedad es la familia. Desde niño, el ser
humano descubre las ventajas de vivir en sociedad, pues en ella unos seres humanos
ayudan y protegen a otros. La necesidad de conseguir y asegurar bienes externos
favorece más adelante la transición hacia sociedades más amplias.
La utilidad es, por tanto, el móvil que hace surgir la sociedad. De todas maneras, no hay
que imaginarse al ser humano primitivo consciente de estas ventajas. Hume no tiene
muy clara la idea de un primitivo estado de naturaleza en el que los seres humanos
visieran solitarios, ya enfrentados y en guerra continua, como pretendía Hobbes ya
pacíficos y poseídos de buenos sentimientos, como quería Rousses. Considera esa idea
como una mera ficción útil para explicar cómo se organiza la sociedad. Más que la
reflexión teórica, es la necesidad que los seres humanos sienten lo que los lleva a
vivir juntos.
Tampoco cree en un posible contrato social. Los contratos y las promesas no tienen
ningún poder vinculante fuera de la sociedad y, por ello, valen de poco antes de que la
sociedad exista. Admite, de todas maneras, que puede haber un contrato implícito como
ocurre cuando dos seres humanos reman juntos, aunque no haya mediado entre ellos
acuerdo alguno, lo hacen en virtud de un cierto pactos. Lo que conduce a la constitución
de la sociedad es, pues, algo más sentido que pensado.
En un estado posterior, la sociedad necesita organizarse políticamente. La justicia natural
no es suficiente para mantener el orden y reprimir los enfrentamientos y los crímenes.
Aparecen, por eso, los Gobiernos que, si al principio tienen como objetivo principal
mantener la justicia, más adelante elaboran y llevan a la práctica diversos proyectos
necesarios para el bienestar de las sociedades.
Hume considera que pueden existir sociedades sin Gobierno y cree que, de hecho,
primitivamente, fue así. Todavía hoy, afirma, se puede comprobar la existencia de
sociedades sin Gobierno entre las tribus indias de América.
La necesidad de un gobierno surge del aumento de las riquezas y de las guerras y los
enfrentamientos con otros pueblos. Los jefes surgidos de estas campañas conservan algo
de su autoridad después de las mismas, que, si al principio solo les permite intervenir en
casos aislados, más delante, se hace permanente. Esta autoridad se acepta por lo útil que
resulta para la sociedad, por lo que Hume considera que, en alguna medida, se puede
hablar de un contrato implícito.
Se obedecen las leyes por interés y utilidad. La sociedad proporciona una seguridad y una
protección de la que no se goza siendo completamente independiente. En esto coinciden,
por tanto, la política y la moral.