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555 - Helene Gestern

Grégoire Coblence, un ebanista, descubre una partitura antigua escondida en el estuche de un violonchelo, lo que lo lleva a consultar a su socio, el lutier Albizon, y a la clavecinista Manig Terzian. La partitura podría ser una obra inédita de Domenico Scarlatti, lo que despierta su curiosidad y cambia sus vidas. La historia explora el misterio y la belleza de la música, así como el impacto emocional que puede tener en las personas.
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555 - Helene Gestern

Grégoire Coblence, un ebanista, descubre una partitura antigua escondida en el estuche de un violonchelo, lo que lo lleva a consultar a su socio, el lutier Albizon, y a la clavecinista Manig Terzian. La partitura podría ser una obra inédita de Domenico Scarlatti, lo que despierta su curiosidad y cambia sus vidas. La historia explora el misterio y la belleza de la música, así como el impacto emocional que puede tener en las personas.
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Al rasgar el forro del estuche de un violonchelo, Grégoire Coblence, ebanista,

descubre una partitura antigua. Intrigado por ese cuadernillo que alguien
decidió esconder, se lo enseña a su socio, el lutier Albizon. En busca de
respuestas, acuden juntos a visitar a la famosa clavecinista Manig Terzian,
que al momento se embarca en la interpretación de esta pieza, en la que cree
reconocer, emocionada, la fulgurante belleza de las obras del maestro al que
lleva más de cuarenta años dedicando su vida. ¿Será obra de Domenico
Scarlatti, el más ilustre de los compositores de clavecín? ¿Y si el napolitano
no hubiera compuesto 555 sonatas, sino 556? Podría encontrarse ante un
documento excepcional, una pieza inédita… Ninguno de ellos imagina que
esta partitura cambiará sus vidas para siempre.

Página 2
Hélène Gestern

555
ePub r1.0
Titivillus 01.10.2023

Página 3
Título original: 555
Hélène Gestern, 2022
Traducción: Celia García Abellán
Retoque de cubierta: Titivillus

Editor digital: Titivillus


r1.0 Muchas gracias a Koriel por el original
ePub base r2.1

Página 4
Para Cristina

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GRÉGOIRE COBLENCE, 1

C uando intenté despegar el terciopelo verde bosque, se oyó una leve


rasgadura. El forro estaba partido en dos, hasta la trama estaba
desgastada. Antes de quitarlo, tuve que retirar una a una las tachuelas que lo
sujetaban, y las cabezas, oxidadas, sucumbieron a la presión de los alicates. A
continuación, con un bisturí, seguí cortando, con cuidado de no dañar los
bordes a los que estaba unida la tela.
Al hacerlo, esta desprendió un ligero olor a polvo. Primera sorpresa: el
fondo del estuche se encontraba en perfecto estado. Era un delgado tablero de
madera de roble con las vetas muy marcadas (aunque solían usarse tableros de
abeto). No había rastro de moho ni de hongos. Segunda sorpresa: bajo el
terciopelo apareció un cuadernillo, doblado por la mitad.
Examiné el conjunto meticulosamente. El estuche debía de tener, como
mínimo, un siglo de antigüedad. Era una caja de madera con ángulos rectos
que carecía del sofisticado relleno acolchado o las formas redondeadas de los
estuches contemporáneos. Un grueso forro de terciopelo apolillado cubría
tanto el fondo como los lados. Con el paso del tiempo, el roce lo había
descolorido y había dibujado, como si de una calcomanía se tratase, el
contorno del violonchelo que había albergado.
Primero, con sumo cuidado, saqué el cuadernillo. Luego me fijé en el
fondo del estuche. Al pasar la mano por el lugar en el que había encontrado el
cuadernillo, descubrí una discreta hendidura: una especie de doble fondo, de
no más de dos centímetros de grosor, tallado con tanta diligencia que no se
advertía a simple vista. Si no hubiera sido porque el color de los bordes era
algo distinto, jamás lo habría notado.
Entre los jirones de tela, se percibían los restos de una vieja cremallera.
Supongo que allí habría estado oculto el cuadernillo todo este tiempo.
Podría haber parado en ese momento, y ciertamente tendría que haberlo
hecho. Debería haberme puesto a lijar, aspirar, limpiar y forrar la caja de
nuevo. Pero ahí estaba el cuadernillo, saliendo de las entrañas del estuche, y
me pudo la curiosidad. También me intrigaba el doble fondo que lo había

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ocultado: si volvía a poner aquellas páginas donde las había encontrado, el
nuevo forro las haría inaccesibles.
Al fin y al cabo, no pasaba nada si le echaba un vistazo a aquel
cuadernillo gris antes de devolvérselo a su propietario.
Lo que se había guardado o, mejor dicho, incrustado —a juzgar por el
pliegue del medio— era un pequeño folleto de cuatro páginas, encuadernado
en rústica. El verde de la tela no lo había manchado, pero la cartulina estaba
desvaída y en muy mal estado. Cuando lo abrí, varias motas de polvo
danzaron a la luz del sol.
De inmediato, reconocí las líneas que dominaban las páginas y las notas
que se pegaban a ellas en forma de zigzag. Era una partitura.
No es raro encontrar objetos en los estuches de los instrumentos, sobre
todo cuando son antiguos: una llave, un billete de metro, una foto desvaída…
Una vez incluso descubrí un segundo teléfono en el acolchado de un estuche,
que supuse que pertenecería a un marido o una mujer infiel, solo que, en esos
casos, suelen guardarse en un pliegue o en un bolsillo ad hoc, y no
disimulados en el doble fondo.
Era una partitura manuscrita.
¿Sabía el propietario del instrumento que se encontraba ahí? ¿De quién
era el violonchelo? No había etiquetas ni iniciales: tendría que preguntarle a
Giancarlo.
Dejé el cuadernillo a un lado y seguí retirando la tela, esta vez la de la
tapa. Labrada con una hermosa marquetería, con incrustaciones de nácar y
palisandro, tenía las aristas decoradas con motivos de latón y cuero repujado.
En el interior, a pesar del desgaste, el terciopelo estaba firmemente adherido:
un trabajo excepcional. Tardé más de dos horas en terminarlo.
Cuando levanté la vista, eran ya las doce y media de la mañana.
Fui a lavarme las manos, cubiertas de fibras verdes. En otra vida, habría
aprovechado ese momento para mirar el teléfono por si Flo me había dejado
un mensaje, pero hace mucho tiempo que me prohibí ese gesto porque seguir
esperando algo que no sucederá jamás es la mejor manera de volverse loco.

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GIANCARLO ALBIZON, 1

O í a Grégoire golpear el cristal. Era la una menos cuarto. Como iba con
algo de retraso, había pensado saltarme el almuerzo, pero mi amigo
volvió a llamar. Tenía un cuadernillo gris en una mano y lo señalaba con la
otra. Le hice un gesto indicándole que ya salía.
Cogí el abrigo y los guantes del perchero. Hacía mucho frío. A pesar de
los mitones y por más que la caldera del taller estuviera a pleno rendimiento,
tenía las yemas de los dedos entumecidas y agrietadas.
Nada más llegar al restaurante, Grégoire y yo nos sentamos en «nuestra»
mesa. Los olores que salían de la cocina nos acariciaron la nariz; el bullicio y
el calor me sentaban bien. Paulette nos ofreció el plato del día, un fricasé de
pollo. Fricasé, entonces. Su local, con platos suculentos y a buen precio, hacía
las veces de cantina para gran parte del barrio.
Grégoire dejó un cuadernillo polvoriento en la mesa.
—Mira.
Me puse las gafas para hojearlo. Una partitura, y no parecía muy nueva.
Repenticé los primeros compases: una sonata. Para clavecín, per
gravicembalo, ponía arriba a la izquierda.
—¿De dónde la has sacado?
—Del estuche del violonchelo, el del forro verde. ¿De quién es? —
preguntó Grégoire.
—De Marin Le Guern. ¿La has encontrado dentro, dices?
—Sí, escondida bajo el forro. Si no hubiera tenido que quitarlo, no me
habría dado cuenta de que estaba allí.
Escuchaba a Grégoire sin prestarle mucha atención. Los músicos meten de
todo en los estuches de sus instrumentos, así que ¿por qué no una partitura?
No me extrañó. Además, mi estómago empezó a rugir, espoleado por el olor
de las patatas fritas de la mesa de al lado. Eso me impacientó y me alteró,
aunque no tanto como la llamada de Budzynski de hacía unas horas.
Cuando Paulette llegó con los platos, aparté la partitura a un extremo de la
mesa. Con nuestro guiso de pollo con champiñones delante, Grégoire y yo

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nos pusimos al día: los pedidos del mes, las muestras de un proveedor de
madera esloveno que me había enseñado un compañero, el retraso en el pago
de una orquesta y un teatro, las cuotas de la seguridad social, que no paraban
de aumentar…
A decir verdad, era sobre todo yo quien hablaba. Grégoire nunca ha sido
muy hablador y, desde que Flo se marchó, ha ido a peor. El año pasado me
asustó: perdió mucho peso y se le quedó cara de acelga. Últimamente se le
veía mejor. Fue él quien volvió a sacar el tema de la partitura cuando nos
sirvieron los cafés.
—A saber cómo acabó ahí. Puede que sea valiosa.
Aparté la taza, retiré las migas de pan y cogí el cuadernillo. Escrita a
pluma, con una letra redonda, sin adornos ni florituras, la partitura era, sin
duda, una copia perfectamente legible. Sobre el primer pentagrama ponía
«Sonata del Sigr. D. S.». ¿De qué siglo sería? ¿Del XVII o el XVIII? Grégoire
llevaba razón: tal vez fuera una rareza. Ahora bien, si la obra tenía realmente
algún valor, ¿por qué la habría dejado allí Le Guern? ¿Acaso desconocía su
existencia? Recordé el día en que me trajo aquel hermoso estuche de madera,
de líneas rectas, tan de antaño, tan poco común hoy en día. Aquel no era el
estuche en el que llevaba su violonchelo a diario. Algo me había comentado
al respecto, aunque por desgracia no recordaba exactamente qué. Tan solo
sabía que tenía que ver con la compra del instrumento. No es cualquier
violonchelo: es un precioso Vuillaume de 1857 que ha pasado por múltiples
manos en estos ciento cincuenta años, aunque es posible que el estuche sí
haya sido suyo desde el principio.
Por otro lado, tampoco me cuadraba que se hubiera escondido una
partitura para clavecín en el estuche de un instrumento de cuerda. No tenía
ningún sentido.
¿Acaso Marin Le Guern nos había sometido a una prueba de mal gusto,
como quien deja el dinero a la vista de la señora de la limpieza? No me
hubiera esperado algo así de él, pero nunca se sabe cómo es la gente. Quizá lo
más conveniente fuera dejar el cuadernillo en el forro y no decir nada. A fin
de cuentas, soy lutier, no musicólogo. Bastantes asuntos he de atender ya.
Grégoire, con quien había compartido mis impresiones, estaba cada vez
más pensativo.
—¿No te apetece averiguar cómo suena?
—¿El qué?
—La sonata.

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A decir verdad, no. En tres días me llegaría el violín de Pierre Zamacoïs
para su revisión anual. Aquella pieza musical que había aparecido de la nada
no me interesaba lo más mínimo. Seguramente se tratara de la oscura obra de
un aficionado o de un compositor desconocido. Sonatas como esa se han
escrito miles. Reconozco que no soy muy objetivo…
No me gusta mucho el clavecín, de cuerdas pulsadas y sonoridad
punzante. Prefiero, con mucho, la complejidad del violonchelo, su amplitud y
sus potentes armónicos.
Grégoire, que no sabe leer música, debe de imaginarse que la obra es
extraordinaria. Así es mi compañero: un soñador, un entusiasta que siempre
ve la vida más bonita de lo que es.
—¿Cuándo viene el cliente a por el instrumento? —me preguntó.
—El próximo lunes.
—¿Y si intento que alguien interprete la partitura?
—¿Para qué? ¿Y quién?
—Me pica la curiosidad. Podría ser una gran obra.
—Te vas a complicar mucho para nada. Ponte un disco y ya está.
Cada vez me extrañaba más el interés que parecía despertar aquel asunto
en Grégoire. Entonces até cabos: sonata, clavecín, Romain, Flo. Me había
equivocado. No, todavía no había pasado página. Seguía ahondando en
aquella historia por otras vías, eso era todo. Al mismo tiempo, llevaba meses
sin mostrar interés por algo. Me supo mal haberle desanimado:
—¿Seguro que es buena idea? —le pregunté.
Me dedicó una mirada tierna y cansada. De nuevo, me sentí culpable y no
pude evitar preguntarme hasta qué punto era yo responsable de su dolor,
cuando nunca hice nada para evitar lo que había pasado. Más bien, al
contrario.
—Quién sabe, a lo mejor estamos ante una obra maestra —dijo.
Lo dudaba, pero asentí y pedimos la cuenta; cuenta que yo, cobardemente,
le dejé pagar.

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MANIG TERZIAN, 1

S i el lutier de mi pareja no hubiera insistido, jamás habría recibido a ese


tal Grégoire, pero es difícil negarle algo a un hombre de la talla de
Giancarlo Albizon. Quedé con ellos el domingo, entre la clase magistral de
París y el concierto de Berlín, aun sin saber bien de qué se trataba. Era algo
sobre una partitura desconocida que querían descifrar, como si yo no tuviera
otra cosa que hacer. Al final, el lutier me intrigó —y, sobre todo, a Madeleine
— y acepté.
A las seis en punto, sonó el timbre. Tanto a favor de mi invitado, que
llegó justo a la hora. No sé a quién esperaba ver tras la puerta, pero desde
luego no imaginaba a un tipo grande, de unos dos metros de altura, con una
frondosa melena y una barba de tres días. Creo que es ebanista, restaurador de
antigüedades, aunque por su aspecto habría dicho que trabajaba en una
empresa de mudanzas. Lo acompañaba Albizon. A él sí lo conocía en
persona, de cuando vino a examinar de urgencia el violonchelo de Madeleine.
No era muy alto, pero al lado de su compañero parecía un tapón. Los invité a
pasar. El ebanista me miró con extrañeza. Daba la impresión de no saber qué
hacer con su cuerpo. Tenía manos de estrangulador y ojos de cachorrito.
Los llevé directamente a la sala de música, dos habitaciones contiguas que
se convierten en una sola cuando se abre la puerta corredera. Sesenta metros
cuadrados, insonorizados, para ensayar. Un lujo inaudito en pleno centro de
París. Nos lo habíamos ganado. Lo único que Madeleine y yo dejábamos allí
eran nuestros instrumentos: mi clavecín, mi clavicordio, su violonchelo y,
desde hacía poco, el piano de cuarto de cola de Alice. Por la mañana, entre las
nueve y la una, el sol iluminaba la sala, a la que yo llamaba «la pequeña
cárcel». Aquí es donde mi compañera y yo nos turnamos para trabajar desde
hace treinta años. Sí, ser músico es enfrentarte al escenario, a los focos y al
público, pero antes que eso lo principal es sentarte con tu instrumento y tocar
durante horas, a diario, cada semana, y alimentar la ilusión de alcanzar, de vez
en cuando, una efímera perfección.

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A menudo me digo que no puedo más. Madeleine también. Aunque nos
separan diez años, a ambas se nos escapó nuestra juventud, nuestra vida. Poco
tiempo libre. Separaciones forzadas casi todas las semanas. Vacaciones con
cuentagotas y una vida entrecortada, marcada por la presión de los conciertos.
Nuestro mayor sacrificio han sido los hijos. Y eso que los queríamos,
tanto ella como yo. En los años ochenta, no se hablaba ni de inseminación ni
de leyes, pero teníamos amigos dispuestos a ayudarnos. Habría hecho esa
concesión sin dudarlo, por el bien de la causa. Pero —y aún no sé si debería
alegrarme o lamentarlo— ganó la lucidez. ¿De dónde habríamos sacado el
tiempo, la paciencia y la disponibilidad que requiere cuidar de un bebé con un
trabajo que nos absorbía y con las horas que pasábamos entre estaciones de
tren y aeropuertos? Por suerte, teníamos a Alice.
Hoy, mi compañera y yo estamos llegando a esa edad en la que la gente
quiere disfrutar de los años que le quedan en paz y hacer realidad sus sueños
antes de que sea tarde. Otros descansan y disfrutan de la vida en algún lugar
de Niza o de la costa de Bretaña. Sin embargo, Madeleine y yo continuamos
encontrándonos en hoteles o en París entre avión y avión. Cuando he tenido
que bajar el ritmo, ella siempre ha seguido al pie del cañón. En un año no
desayunamos juntas más de sesenta veces y tampoco son muchas las noches
que compartimos. Sin embargo, no podríamos vivir de otra manera.
Me di cuenta de que el lutier se dirigía a mí y que no le estaba
escuchando. Mientras yo soñaba despierta, Grégoire, el ebanista, había sacado
la famosa partitura de su bolsa.
A primera vista, me intrigó: formato de época, manuscrita. La habían
plegado a lo largo. El papel, en perfecto estado, era viejo, descolorido, suave
al tacto. Leí la dedicatoria y los primeros compases. Mi asombro se
transformó en perplejidad. Examiné la letra, sobria, una notación minimalista,
sin mucha ornamentación. ¿Podría ser? Cerré los ojos un instante para
intentar hacer memoria, pero solo había visto copias.
Cuando terminé, coloqué la partitura en el atril con la mayor delicadeza
posible. Los dos tipos que esperaban en mi salón no parecían comprender que
habían puesto en mis manos un original que databa de al menos tres o cuatro
siglos de antigüedad. Entonces sí que me picó la curiosidad.
Tras unos segundos de concentración, comencé a tocar la sonata. Lo supe
desde las primeras notas: nunca había escuchado esa pieza, ni grabada ni en
un concierto. No obstante, al leer los compases, sus ritmos y cadencias me
resultaron familiares. Reconocí la mezcla de euforia y angustia tan

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característica de la obra de un hombre al que he interpretado durante más de
cuatro décadas.
Era una pieza especialmente compleja: comenzaba con un tetracordio
descendente, tan típico de los ritmos de seguidilla, y continuaba con una
cascada de suites ascendentes, cada vez más rápidas, iluminadas por trinos.
Los arpegios que se multiplicaban al final me hicieron vacilar varias veces,
pero no me importó. En cuanto terminé, olvidándome de los dos hombres, no
pude evitar volver a empezar desde el principio. Estaba estupefacta.
Conseguir que una obra renazca siempre es un momento especial, pero
aquella… ¿Era realmente él, como me decía una fulgurante intuición, quien la
había escrito? ¿Cuándo había sonado por última vez? ¿Quizá en algún salón
español o portugués, ejecutada por su intérprete de la corte? ¿Se había tocado
en público? ¿O solo había cobrado vida en sus manos, las mismas que la
habían compuesto en secreto en un piso sevillano, en mitad de la noche, con
sus hijos sumidos en un profundo sueño? No tengo los conocimientos
técnicos de Sandro, pero ¿cómo descartar mi hipótesis? Cuando conseguí
apartar la vista de la partitura, vi que Madeleine estaba de pie en la puerta del
salón. La mirada triste del ebanista se había esfumado y ahora me
contemplaba como si fuera un fantasma. Por primera vez desde que había
entrado en el piso, abrió la boca:
—Recuerda a una sonata de Scarlatti, ¿no?

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 1

E n lugar de cruasanes y pan recién hecho, hay tostadas reblandecidas y


tortitas embadurnadas de mantequilla industrial. Sí, esto es Estados
Unidos, pero la universidad podría haber hecho un pequeño esfuerzo y
encontrarme algo mejor que estas ordinarias residencias para estudiantes de
doctorado y visiting fellows… Estoy en Cambridge, cerca de Boston, en
Harvard, para ser exactos, con el fin de impartir un seminario de quince días
en el Departamento de Musicología. Odio Estados Unidos, especialmente
desde que eligieron a ese imbécil como presidente. Odio sus aeropuertos, sus
enormes coches y su inglés mascado que hace que me duelan los oídos. Y,
para colmo, aborrezco la comida americana. Pero no podía negarme. Por un
lado, la universidad me paga una fortuna en comparación con mi miserable
salario en Francia y, por otro, la mitad de mis colegas de la Sorbona se
morirían por estar en mi lugar.
Aprovecharé mi estancia aquí para volver a Perm State. Tengo un par de
detalles que comprobar en sus archivos. Llevo varios años pidiendo una
reedición de mi libro de referencia, que está agotado, pero mi editor me da
largas. Como consecuencia, no he publicado nada notable desde mi último
tratado de análisis, hace tres años. Y como consecuencia de la consecuencia,
otro tipo, Baldassi, empieza a hacerme sombra.
Para convencer a Marcial de que es pertinente una edición revisada,
necesito nueva información. Pero, de momento, no he dado con nada jugoso,
así que, desesperado, he decidido retomar las obras inéditas, que abandoné
hace tiempo. En efecto, hay copias manuscritas de su música diseminadas por
varios países europeos, y yo, al igual que muchos de mis homólogos, estoy
seguro de que escribió más piezas para clavecín de las que se le atribuyen:
oficialmente, quinientas cincuenta y cinco.
Fue uno de mis doctorandos en la Sorbona quien levantó la liebre. Se fijó
en la mención a un organista veneciano que había conocido bien a Scarlatti en
vida en un tratado de Musicología publicado en 1842; se dice que ese
organista habló de él en sus memorias, que se conservan en forma de

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manuscrito. A pesar de haber investigado con ahínco cientos de catálogos, no
había encontrado rastro alguno de ellas en ninguna biblioteca. Y por una
buena razón: no reaparecieron hasta un año y medio después, en una subasta
que ganó Perm State.
Simon, mi doctorando, quiso venir a hacer comprobaciones sobre el
terreno. Pero, antes de financiarle una misión, prefiero averiguarlo yo mismo.
Solo falta que se me adelante un estudiante de posgrado.
El biógrafo, hasta que se demuestre lo contrario, soy yo.
Dicho esto, por mucho que me haya esforzado durante veinte años en
recopilar el menor rastro, tres siglos después, la vida de Scarlatti sigue siendo
un enigma para nosotros. Al final, se sabe muy poco de sus primeros
cincuenta años, desde su nacimiento en Nápoles en 1685. El hecho más
significativo fue su primer puesto como organista y compositor en la capilla
real de Nápoles en 1701, con tan solo dieciséis años. Al parecer, el hijo de
Alessandro había recibido buenas enseñanzas de su padre, el compositor, así
como de sus cuatro tíos y tías, que eran músicos o cantantes.
Durante sus primeros años, Domenico compuso exclusivamente por
encargo, en su mayoría óperas. Por desgracia, la mayor parte de la música
escrita en la primera etapa de su vida se ha perdido, y las huellas de su época
en Portugal, entre 1721 y 1729, desaparecieron tras el terremoto de 1755, que,
además de los conventos, destruyó las bibliotecas y los archivos de la capital
lusitana. He visitado Lisboa tres veces y he buscado en cualquier lugar
susceptible de conservar pruebas de la presencia del músico, en vano.
Completamente en vano.
El carácter nómada de Scarlatti tampoco me ha puesto las cosas fáciles.
No es que tuviera alma de viajero, pero, como todos aquellos que dependen
de los mecenas y de los reyes, se vio obligado a plegarse a sus deseos, por lo
que vivió primero en Nápoles, para instalarse después en Venecia y Roma
antes de unirse a la corte de la infanta Bárbara de Braganza, de la que fue
maestro de música. La siguió a España después de que ella contrajera
matrimonio con Fernando VI. Fue en este país, cuya cultura y tradiciones
adoptó, donde murió veintiocho años más tarde. También se ha extendido la
persistente leyenda de que hizo un viaje a Londres cuando tenía treinta y
cinco años, mas no existen pruebas de ello: a pesar de varias visitas a Oxford,
no he logrado averiguar nada al respecto.
Lo que sí se sabe con certeza es que, en el año de ese supuesto viaje a
través del Canal de la Mancha, se convirtió en el profesor particular de la
soberana portuguesa. Sus contemporáneos decían que era fea. De hecho, los

Página 15
retratos que se conservan de Bárbara de Braganza, a pesar del talento que
tenían los pintores para suavizar la realidad, son duros: representan a la
infanta gorda, con gruesos labios, una nariz bastante prominente y unos
rasgos adustos. No obstante, se trataba de una mujer extraordinariamente
culta, una música de gran talento.
Scarlatti tenía treinta y cinco años cuando entró a su servicio; setenta y
uno cuando murió. Me cuesta pensar que un hombre de la talla de Domenico
dedicara media vida a una corte real tan solo por el poder o el dinero. Siempre
he imaginado a Bárbara y a él concentrados en el clavecín, consumidos por
una pasión similar por la música: la que él escribía para ella, la que ella
tocaba para él.
Pero todavía me estremece el misterio que ciñe la parte más esencial de su
vida. A saber: cómo y por qué un músico tirando a convencional, sometido a
la vida de la corte y de sociedad, se convirtió, a los cincuenta años, en un
compositor genial y prolífico, capaz de publicar, en cinco cortos años, trece
volúmenes de música, cada uno de ellos con treinta sonatas, cada cual más
deslumbrante que la anterior. Juntos, esos trece volúmenes constituyen, y no
soy el único que lo piensa, uno de los monumentos más impresionantes que
ha producido la música occidental.

Página 16
JORIS DE JONGHE, 1

M e sobresalté cuando sonó el reloj. Seis toques. Cada vez es más


habitual que me quede dormido en mi escritorio a media tarde. Oigo
cerrarse la puerta de entrada: como siempre, Magda me habrá preparado algo
de comer y me lo habrá dejado en la encimera. Solo hay que recalentarlo,
pero no tengo hambre. En lugar de eso, me sirvo un vaso de oporto y me
siento junto al fuego. Este diciembre hace un frío glacial. La proximidad de
las fiestas lo vuelve aún más sombrío. Este año, igual que el anterior, mis
hijos no las pasarán conmigo en Brujas. Piet, que se resiste a viajar con la
pequeña, se quedará en Inglaterra, y Hannah vendrá un poco más tarde,
cuando tenga vacaciones.
Desde que su madre ya no está entre nosotros, sus visitas son más
espaciadas. Es normal: he sido un padre ausente. O no he estado lo
suficientemente presente como para afirmar que tengo una relación estrecha
con ellos, ni mucho menos para exigirles que me acompañen en mi vejez.
Invertí mucho tiempo en multiplicar el dinero que heredé, por un lado, y, por
otro, en gastarlo en una búsqueda incesante de piezas para mis colecciones.
Mi hijo y mi hija han crecido sin que me diera cuenta. Estudiaron en las
mejores universidades de Europa, lejos de Brujas. Ninguno de los dos
regresó.
Con razón o sin ella, en vida de Beatrix tuve la ilusión de haber cumplido
mi papel, siquiera un poco. Y quiero pensar que, para mi mujer, yo era algo
menos fantasmal, o eso espero, aunque hoy en día llegue a cuestionármelo.
Beatrix era mi pilar. Solo ella conocía mi faceta vulnerable. La protegía,
la respetaba. Lo amaba todo de ella: su sensibilidad, su belleza, su asombrosa
inteligencia. La mano firme pero cariñosa con la que gobernaba a nuestra
pequeña familia. Durante mis viajes, y Dios sabe que fueron cuantiosos,
siempre la tenía presente. Desde que se ha ido, mi vida se ha reducido a
cenizas. Leucemia, tres años de tratamiento, cinco meses de naufragio,
veinticuatro horas de agonía. Visito su tumba todas las semanas y le llevo
rosas blancas, sus favoritas. Nadie imagina la profundidad de mi dolor, ni

Página 17
siquiera mis hijos. Para el mundo sigo siendo el señor De Jonghe, el rico e
inflexible coleccionista cuyo nombre continúa haciendo temblar las casas de
subastas de Europa y América.
En el fondo, apenas habito mi propio pellejo: una funda agarrotada y vacía
que deambula ociosa del día a la noche en una casa desierta a orillas de un
canal por el que vagan en silencio patos y cisnes.
Intento encontrar consuelo en este mausoleo en el que se amontonan mis
colecciones de libros, cuadros y piezas artísticas, pero en realidad apenas
salgo de mi despacho, en cuyo sofá duermo, para disgusto de Magda. No
soporto la idea de entrar en la habitación que compartía con mi mujer, de dar
vueltas en la cama durante horas, allí donde he dormido abrazado a su cuerpo
cuarenta y cinco años; soy incapaz de mirar sus fotos, abrir su armario y oler
su perfume, todavía impregnado en sus vestidos y fulares.
En su tocador todo sigue tal cual lo dejó, hasta su cepillo del pelo. No
obstante, por mucho que me duela ver estos objetos, nunca me plantearía
deshacerme de ellos. No guardo estas reliquias por miedo al olvido. Al
contrario, la mayoría de las veces desearía no recordar.
Es en vano. El recuerdo de Beatrix se ha aferrado a mis entrañas, me
persigue durante el día, me acecha por las noches, me acompaña a cada paso
que doy. Cuando estaba conmigo, su presencia era evidente y nunca la
cuestioné. Desde que ya no está, me atormenta hasta el vértigo. Lamento el
tiempo perdido, las horas que no le dediqué. Su memoria camina a mi lado,
me escolta en mi travesía, como una sombra sutil, testaruda y persistente.
Cuando Magda no está, a veces incluso hablo con ella en voz alta.
La única costumbre que conservo es mi lección diaria de oscuridad: me
siento en penumbra, con una copa de oporto añejo hasta que me da vueltas la
cabeza, mientras Racha Arodaky o Manig Terzian hacen bailar bajo sus dedos
las sonatas de Scarlatti.
Beatrix y yo amábamos a estas intérpretes por encima de todo.
Beatrix y yo nos amábamos por encima de todo.

Página 18
Estoy aquí, detrás de vosotros.
No me veis, no me oís.
Ni siquiera sospecháis mi presencia.
Pero os estoy observando, como se observa un pececillo en
su pecera.
Dispongo de un amplio arsenal de trucos. Los suficientes
para teneros dando vueltas durante horas, días, semanas. A
todos y cada uno de vosotros.
La partida va a ser larga.
Tanto mejor.

Página 19
GRÉGOIRE COBLENCE, 2

A noche soñé con Florence. Han pasado casi dos semanas desde la última
vez. Me proporciona un respiro casi inesperado. Las fiestas navideñas
están a la vuelta de la esquina y hacen que aflore el viejo nubarrón de
pensamientos sombríos y angustias. Mi mujer se fue un 28 de diciembre, unos
días antes de las vacaciones de fin de año, que habíamos previsto pasar en
Gran Bretaña. Pasado mañana hará dos años.
Creo saber qué ha desencadenado estos recuerdos: la visita a Manig
Terzian. Todavía no me puedo creer que haya estado en casa de la
clavecinista, que haya visto su sala de ensayo y que haya tocado para
nosotros. Aún no sé cómo ha conseguido Gian que una profesional de su talla
nos recibiera tan rápidamente. También pienso en Romain, a quien habría ido
a ver a su casa con la partitura si siguiera en este mundo, pues con sus
gigantescas manos habría hecho maravillas con las pequeñas teclas de marfil.
Siempre me han fascinado los músicos. Sé que su técnica y virtuosismo
son fruto de horas de práctica y miles de ejercicios repetidos sin cesar; aun
así, para mí son magos, prestidigitadores. No hay vez que, al observar sus
dedos moverse por el teclado a una velocidad sobrenatural, no me sienta
como si estuviera presenciando un milagro.
Fue esta fascinación la que me impulsó a comprar el taller contiguo al de
Gian. No me quedó otra que endeudarme sobremanera, pero la idea de
conocer a los solistas y de trabajar en las óperas me resultaba irresistible. De
niño no tuve la oportunidad de aprender a tocar un instrumento; mis padres
prefirieron apuntarme a baloncesto. De todos modos, no creo que hubiera
destacado en la música. Eso sí, me apasiona escucharla. Eso fue lo que nos
unió a Flo y a mí, a pesar de nuestras diferencias: nuestro amor por la música.
La forma en la que Manig Terzian tocó esa sonata fue increíble. Me fijé
en sus manos, deformadas, con venas prominentes y manchas. La
clavecinista, a la que tan solo había visto en fotografías hasta ese momento,
debe de tener más de setenta años. A pesar de su edad, me pareció muy bella.
Nunca había visto esa partitura y, sin embargo, la tocó sobre la marcha como

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si la conociera hasta el menor detalle. Luego se disculpó por las notas que
falló. Yo ni siquiera me había dado cuenta. Hubo demasiadas emociones en
apenas tres minutos: admiración, alegría, tristeza, nostalgia. No podía dejar de
pensar en mi mujer, en las tardes en las que, con una copa de vino,
escuchábamos los discos de Manig Terzian sumergiéndonos de lleno en su
hechizo.
Era incapaz de apartar la mirada de sus nudosos dedos. Me preguntaba
cómo, simplemente presionando algunas cuerdas, se podía hacer resonar tanta
belleza. Una pregunta que me hacía cada vez que tenía el privilegio de ver a
Romain tocando su instrumento.
Cuando terminó la sonata, Manig Terzian suspiró. Se demoró un instante
y reposó las manos en el teclado. Supe que iba a empezar de nuevo. Al final
de la segunda ejecución, me entraron ganas de llorar. Cada segundo parecía
durar diez; quise que el tiempo se suspendiera entre sus dedos.
Muy a su pesar, la clavecinista se detuvo, como si le asombrara su propio
descubrimiento.
Parecía sorprendida cuando pronuncié el nombre de Scarlatti. Es normal.
No tengo aspecto de melómano. Tampoco lo tengo de ebanista, a decir
verdad. Pero este compositor y su repertorio, del que me enamoré la primera
vez que lo escuché, han formado parte de la vida de Flo y de la mía. Al menos
hasta que murió su hermano.
Desde entonces el silencio invadió nuestras vidas.
Quizá fue en aquel momento cuando mi mujer y yo empezamos a
hundirnos, aunque siempre es difícil precisar, una vez pasado el tiempo, el
punto de partida exacto de un naufragio.
Vuelvo al presente. Esta mañana estoy en mi taller y me espera una
apretada agenda, como me recuerdan el tablero de pedidos y el calendario
clavado en la pared. Lo más urgente es terminar la restauración del estuche de
violonchelo de Marin Le Guern. Antes de colocar el nuevo terciopelo, he
lijado las partes verdosas del fondo, que había limpiado a conciencia. He
tardado horas en fijar la tela, pero estoy bastante satisfecho con el resultado.
Me queda lo principal: limpiar el exterior, sustituir la marquetería y el nácar
deslustrado de la tapa, y dar dos capas de barniz. Es un objeto precioso,
fabricado por un ebanista con talento, y he puesto todo mi empeño en que
recuperara su esplendor.
Había dejado la partitura a un lado. Gian y yo habíamos acordado que se
la devolvería directamente a Marin Le Guern y le explicaría las circunstancias
en las que la había encontrado. Aun así, antes había querido saber. Creo que

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mi socio solo cedió a mi insistencia para complacerme. No le hacía mucha
gracia enseñarle la partitura a otra persona.
El mundo de los músicos es un pañuelo, y nuestra visita a Manig Terzian
puede volverse contra nosotros si alguien se entera. En consecuencia, Gian
confiscó el documento tan pronto como regresamos. De todos modos, lleva
unos días con un humor de perros.
Me arrepiento. Ojalá hubiera tenido tiempo de hacer una copia. No me
atreví. Si hubiera sido más espabilado, habría corrido a la copistería de aquí al
lado. Claro que Flo solía explicarme que los flashes y la iluminación artificial
de las máquinas no hacían buenas migas con los archivos antiguos. Justo
antes de salir hacia la casa de Manig Terzian, preso de un remordimiento
premonitorio, estuve tentado de sacarle una foto a la partitura. Pero después
del primer clic, la batería de la cámara que utilizaba para mi trabajo se había
rendido con un pitido. Era tarde para volver a conectarla o probar suerte con
mi teléfono; ya podía oír a mi compañero echando la llave a su puerta.
Ahora no me atrevo a pedirle a Gian la partitura. Y no me veo registrando
sus cosas cuando no esté. Además, la habrá guardado en la caja fuerte. Y
seguro que lleva razón cuando dice que es mejor devolverla y no
involucrarnos.
Mi socio no siempre ha sido tan prudente. Pero parece que ha aprendido
de sus errores. Menos mal.
Sea como sea, sepa o no que existe, el único propietario de la partitura es
Marin Le Guern. El músico es él. Y sabrá mejor que nosotros qué hacer con
esta rareza.

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GIANCARLO ALBIZON, 2

H e tardado unos instantes en identificar el rumor que llegaba a través de


la puerta. Grégoire había encendido la radio. France Musique, a juzgar
por las notas del piano y la modulación amortiguada de la voz del
presentador. Qué sorpresa. Desde que Flo se marchó, ha vivido en silencio.
Ese había sido uno de los síntomas más evidentes de su depresión. ¿Habrá
sido la visita a casa de Manig Terzian y escuchar esa sonata lo que ha
provocado este cambio? Me he fijado en lo conmovido que estaba en el salón
de la rue de Grenelle.
Me tomo el gesto como una buena señal. Ya iba siendo hora de que
volviera a la normalidad y que se sacara a Florence de la cabeza. Le va a
quitar un gran peso de encima.
Y a mí también.
Alejo ese pensamiento. Esta mañana estoy a punto de vivir uno de los
momentos más bonitos del año y nada debe estropearlo, pues, aunque cada
instrumento es especial, no todos los días se tiene un Cernaudi entre las
manos.
Hace ocho años que soy el lutier habitual de Pierre Zamacoïs. Lleva ocho
años viniendo a verme cada 17 de diciembre para que le revise el violín. La
primera vez que entró en mi taller, no daba crédito. Para mí, era un dios en la
tierra; su interpretación de los conciertos para violín de Mozart me había
acompañado durante toda mi adolescencia. Y ahora, de repente, como si nada,
el dios se presentaba ante mí en carne y hueso en la rue d’Hauteville.
Tartamudeé de la emoción.
Me explicó que su lutier se había ido de vacaciones y necesitaba que le
arreglara un arco. Charló conmigo, husmeó un poco y al final me preguntó si
podía quedarse unas horas. El arco era una mera excusa: quería ponerme a
prueba. Acepté, a pesar de la incomodidad que me generaba su presencia.
¿Quién podría decirle que no a Pierre Zamacoïs?
Un intérprete se fusiona con su instrumento. Es una relación tan física que
comprendo perfectamente el miedo que sienten cuando han de dejarlo en

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manos ajenas. Para algunos, separarse de él es casi tan doloroso como dejar a
su hijo al cuidado de alguien. Cuando se tiene un Cernaudi, quitarle los ojos
de encima durante veinticuatro horas debe de ser una tortura.
Mucho después supe que fue mi maestro, Samuel Behr, quien me envió a
Zamacoïs. Behr fue uno de los mejores lutieres de Francia, por no decir el
mejor, pero el párkinson se cebó con él. En nuestra profesión, no perdona.
Pese a todo, mi maestro nunca se quejó. Se dedicó a lo único que aún podía
hacer: organizar su sucesión.
Esta mañana, Pierre ha llegado sobre las diez. Hemos charlado unos
minutos y me ha preguntado por mi proyecto. Sabe que llevo mucho tiempo
dedicándome a algo que me ilusiona especialmente. Le he puesto al día y me
ha dado su opinión. Después, ha abierto el estuche del violín y me ha
detallado todas las heridas del instrumento antes de permitirme ponerme
manos a la obra.
He notado la alegría recorrer mi cuerpo al reencontrarme con el Cernaudi.
El instrumento tiene la pátina del tiempo y del uso, y sus laterales flameados
atrapan la luz con delicadeza. Lo he limpiado, reajustado, quitado algunas
asperezas del diapasón y comprobado la tensión de las cuerdas, las clavijas y
la inclinación del puente, que había cambiado el año anterior. La tapa
armónica y el fondo no mostraban signos de desprendimiento. El hombre que
había fabricado este violín era más que un lutier: era un artista, cuya
comprensión de la física del instrumento superaba la de todos sus
contemporáneos.
Cuando he dejado el banco de trabajo, Pierre llevaba ya un rato fuera y me
dolía la espalda de tanto inclinarme sobre el Cernaudi. Pero mis horas de
faena han valido la pena. He deslizado el arco por las cuerdas y el sonido es
puro y limpio. Mañana, gracias a los dedos de Zamacoïs, será celestial.
El timbre del teléfono me ha sacado de mi ensueño. Era Budzynski. Su
voz me ha rebajado los ánimos. El polaco está impacientándose. Me ha
advertido que, si no reúno la suma que le debo antes de final de mes, tendré
problemas.
Al instante, un sudor frío me recorre la espalda. Con gente como
Budzynski, las amenazas rara vez son palabras vacías. Y no tengo forma
alguna de recuperarme. Se me acabó la suerte. ¿De dónde voy a sacar el
dinero que me pide? Le debo tanto que hasta dejarme ver en las partidas de
póquer sería peligroso.
Pienso en la partitura que encontró Grégoire. Está ahí, en la esquina de mi
banco de trabajo. Le Guern tiene que venir a recoger su instrumento a

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principios de la próxima semana. Aprovecharé y se la devolveré entonces.
Recuerdo la mirada de Manig Terzian, su gesto pesaroso cuando nos entregó
la partitura. ¿Me he equivocado con su valor? ¿Es esta sonata, a la que yo, en
principio, no di gran valor, realmente obra de un célebre compositor?
Grégoire me ha dado la lata con el tema durante todo el camino de vuelta.
Me ha hablado de los ejemplares perdidos, de las partituras dispersas. Me ha
dicho que los especialistas en Scarlatti están convencidos de que su obra está
incompleta. Le brillaban los ojos de la emoción al mencionar la sonata 556.
Hacía tiempo que no lo oía pronunciar tantas palabras seguidas.
Vuelvo a meter el Cernaudi en su estuche y lo guardo en la caja fuerte. Es
demasiado pequeña, como un baúl. Debería ir pensando en cambiarla.
También tendría que limpiar, adquirir un segundo banco de trabajo y renovar
la instalación eléctrica. Pero perdí el dinero que había apartado para ello en
una mala noche. Y, desde entonces, no he conseguido levantar cabeza. Hay
días en los que me dan ganas de abofetearme. Por un momento, me planteo
dejar la partitura junto al Cernaudi, pero lo descarto. La coloco prudentemente
al lado del violonchelo de Marin Le Guern.
A veces me siento tentado de olvidar.
Ojalá no pensara en Budzynski. No. Ojalá no pensara en él.

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MANIG TERZIAN, 2

L levo desde la visita de aquellos dos hombres tocando la sonata una y


otra vez en mi cabeza. Lo que he conseguido memorizar, al menos.
Hasta he escrito los primeros compases. Fue un regalo… increíble, fascinante.
Con el paso de los días, mi convicción ha aumentado: de ser cierto, tuve en
mis manos una obra inédita que había escapado al inventario. Madeleine no lo
ve nada claro. Me recuerda que los epígonos e imitadores de Scarlatti —yo la
primera— no son pocos, precisamente, y que han conseguido engañar a más
de un experto. ¿Por qué no iba a ser yo la siguiente víctima? Sobre todo
cuando, como es mi caso, alguien está «cegado por el amor», añade. No deja
de chincharme con mi nueva obsesión. «¿Qué pasa? ¿Quieres una excusa para
grabarlo por tercera vez?». Le he sonreído. Llevamos cuarenta años juntas y
aún conserva intacto su sentido del humor.
Al final he optado por llamar a Sandro, mi amigo musicólogo. Le he
tocado todos los compases que recordaba por teléfono. Tampoco conocía la
pieza. Me ha dicho que le sería imposible pronunciarse tras escuchar un
fragmento tan breve. Necesitaría la partitura original para analizarla e intentar
datarla. Le he descrito el aspecto del documento que había visto, pero Sandro
tiene sus reservas. Aun cuando contáramos con el manuscrito, hay muchas
posibilidades de que fuera una copia o, incluso, una falsificación. Hasta la
fecha, no se conoce sonata alguna con la firma de Scarlatti. Además, sería
complicado identificar su letra con certeza: solo dejó algunas cartas y el
primer acto de una ópera. Sandro me ha prometido que lo hablará conmigo la
próxima vez que venga a París; de momento, prefiere no salir de Bolonia,
donde su madre acaba de ser hospitalizada de nuevo.
Incapaz de contenerme más, le he pedido a Madeleine el número de
teléfono de su lutier. Quería hablar con el carpintero que había encontrado la
partitura. Para mi sorpresa, Albizon me lo ha pasado directamente. Al parecer,
los dos hombres trabajan juntos. Nunca se me olvidará el apellido del gigante
rubio: Coblence[1], como la ciudad alemana.

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Esta vez he sido yo quien le ha pedido, tratando de disimular mi
impaciencia, que vuelva con la partitura después de las fiestas. Habría
programado la reunión antes, pero tengo un recital en Helsinki dentro de tres
días y prometí tocar en Tallin en un concierto de Navidad. Me lo pidió un
viejo amigo, un director de orquesta, imposible decirle que no. A nuestra
edad, el afecto de los demás nos permite seguir adelante, especialmente
cuando ha resistido al paso del tiempo. Coblence me ha dicho que, para
entonces, la partitura habría vuelto a manos de su propietario.
—¿De quién es?
Enseguida he notado que estaba incómodo.
—Eso tendría que preguntárselo al señor Albizon. Es de un cliente suyo.
—¿Podría hacerme una copia?
De nuevo, silencio.
—Lo intentaré.
Le he dado mi número de teléfono y he colgado, frustrada y disgustada.
He de admitir que mi relación con la música de Scarlatti es más una adicción
que un romance. Lleva acompañándome cincuenta y cinco años, y me temo
que así seguirá. Por supuesto, he interpretado a otros compositores a lo largo
de mi carrera, como Couperin, Bach, Rameau o Forqueray, por los que siento
un afecto muy íntimo. Pero imagino que un heroinómano, cuando recae tras
un periodo de abstinencia, debe de sentir una euforia similar a la que sentí yo
al repentizar la partitura que me trajeron aquellos dos hombres.
La primera vez que grabé a Scarlatti, tenía treinta y tres años. Sentí que mi
técnica estaba lo bastante depurada, que mi arte había madurado lo suficiente
como para embarcarme en aquella aventura. Había tocado en el escenario
todas y cada una de las sonatas, las quinientas cincuenta y cinco. Durante tres
años grabé casi doscientas cincuenta de ellas. Los críticos alabaron la
precisión, el brillo, los colores y la velocidad de mi interpretación. Y con
razón. Había intentado mostrar a un Scarlatti virtuoso y rápido, de forma que
pareciera, tal y como aseguran aquellos que lo vieron en su época, que en
cada pieza había mil demonios al teclado. Un Diapason D’Or, premios
internacionales, emisiones radiofónicas… fue entonces cuando mi carrera
despegó de verdad.
Para la segunda antología, la situación era bien distinta. Tenía cincuenta y
un años. Y acabábamos de descubrir que Madeleine padecía cáncer de mama.
Un tipo raro y agresivo. De repente me vi obligada a imaginar lo
inimaginable: la vida sin ella. Y me di cuenta de que era incapaz de hacerlo.

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En un arrebato de pánico, de orgullo y de sálvese quien pueda, traté de
conjurar el hechizo. Nuestra única esperanza estaba en manos de los médicos,
que habían propuesto un tratamiento experimental de resultado incierto. Hizo
que Madeleine se retorciera por el dolor y las náuseas. Decidí que grabaría
dos sonatas al día. Y que, si lo conseguía, ella mejoraría. Mi productor,
Gabriel, un hombre de lo más dulce y amable, movió cielo y tierra para
buscarme un patrocinador. Aún no sé cómo, pero, de alguna manera,
consiguió convencer a un armenio adinerado para que financiara una
grabación completa a través de su fundación y logró que una emisora de radio
nacional se interesara.
El propósito secreto de aquel proyecto era irracional, algo digno del
pensamiento mágico. Era plenamente consciente, pero me aferré a ello como
si de un salvavidas se tratara. Fue ese reto el que me dio, el que nos dio, más
bien, a Mado y a mí, fuerzas para superarlo. Fue ese reto el que me permitió
acallar la ansiedad que me atormentaba cada noche. Aunque han pasado más
de veinticinco años desde entonces, todavía tengo pesadillas cuando recuerdo
aquella época.
Cancelé todos mis conciertos para quedarme en París. Solo me alejaba de
Madeleine tres horas al día para ir al estudio. Hacíamos dos o tres tomas a lo
sumo: no tenía tiempo para más. En la mayoría de los casos, nos quedábamos
con la primera. En cuanto tocaba la última nota, me precipitaba en un taxi.
Ensayaba las sonatas del día a la mañana siguiente en casa y trabajaba sin
descanso los pasajes más técnicos mientras Madeleine dormía, abatida por la
quimioterapia.
Si no me hubiera impuesto ese maratón, esa disciplina que me permitía
mostrarle a mi pareja un semblante sereno cuando atravesaba el umbral de
nuestro piso, no sé cómo habría aguantado. Creo que la impotencia me habría
vuelto loca.
Y, aunque estoy convencida de que no hay ninguna relación entre el
cumplimiento de mi promesa y lo demás, Madeleine, contra todo pronóstico,
se recuperó. Tras varios años, los médicos declararon su curación definitiva.
Le dieron el alta un año después de terminar la quimioterapia. Grabé las
quinientas cincuenta y cinco sonatas, al completo. Durante los dos años
siguientes, las toqué en escenarios de todo el mundo. Había dejado atrás la
pirotecnia, los arpegios deflagrantes y los trinos demoniacos: buscaba el
sonido dentro del sonido, como hago siempre que una obra termina por
poseerme. Por las noches, en el escenario, tenía la impresión de estar
recreando tanto la música como el silencio, ese silencio que tan solo hacía

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inteligible cada acorde. Una parte de la crítica me desacreditó y lamentó que
no hubiera proseguido con mis primeras hazañas. La otra escribió palabras de
lo más conmovedoras, hablaba de transfiguración e incluso de trascendencia.
El público acudía a la cita: se mostraba tranquilo, ferviente y atento.
Varios oyentes se acercaban a hablar conmigo, o me escribían después, para
decirme que esa interpretación les había revelado una nueva dimensión de una
música que creían conocer bien.
A mí, esa experiencia me hizo ver, principalmente, lo mucho que me
importaba Madeleine. En una edad en la que los sentimientos tienden a
atenuarse, en la que el desgaste de la relación de pareja acecha, en la que la
tentación de tener una aventura, siempre presente en nuestras vidas nómadas,
aumenta, esa prueba concedió otra profundidad a aquello que nos unía. A mi
compañera le habían dicho que iba a morir, pero no se resignó. Yo también
resistí, lo mejor que pude, de la única manera que sabía.
Salimos juntas de aquel pozo de tinieblas. En lo peor de la prueba, cuando
el presente estaba lleno de espinas, cuando la decadencia del cuerpo y el
terror nos abrumaban, buscamos consuelo en una música escrita dos siglos y
medio atrás que rebosaba vitalidad, fuerza y una voluntad casi enajenada de
romper las reglas y los límites, de desafiar las posibilidades del oído y de la
interpretación humana.
Y, cuando por fin llegó el momento y la luz regresó a nuestras vidas,
aquella música sonó, tanto para Mado como para mí, a renacimiento.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 2

N ieva en Penn State. Desde la ventana de la biblioteca, veo caer los


copos, grandes y brillantes, en la noche. Una de las pocas cosas a
favor de los estadounidenses: aquí puedes trabajar hasta las dos de la mañana
en la sala de lectura si quieres. En París, los bibliotecarios de la facultad ya
están mirando el reloj a las seis menos cuarto… Dicho esto, por mucho que
me pase aquí todo el día y parte de mis noches, es una pérdida de tiempo
dejarme los ojos con estas viejas memorias venecianas. No he encontrado la
menor referencia a Scarlatti, a piezas inéditas o a lugares donde pudieran estar
depositadas.
Domenico alcanzó la cumbre de su carrera cuando nadie, quizá ni siquiera
él, lo esperaba. Había pasado su juventud entre composiciones operísticas
insulsas y piezas religiosas escritas por encargo, a la sombra de su padre.
Según algunos testigos de la época, sus óperas perdidas eran de una
mediocridad digna de olvidar. Y, cuando comenzó a publicar las sonatas,
vivía en Madrid con Bárbara de Braganza, a quien la muerte de su suegro,
dieciséis años después de haberse casado con Fernando en 1729, había
trocado en reina de España y de las Indias. La soberana quería tanto a su
maestro de música, cuyo gusto por el dispendio y el juego solo era
comparable con su talento, que les proporcionó una pensión a sus hijas y pagó
sus deudas.
No obstante, en la década de 1730, el marido de Bárbara de Braganza aún
no se había convertido en Femando VI. Condenada a vivir en un ambiente
cortesano enfermizo y mantenida por un suegro medio loco, la joven parecía
encontrar su único consuelo en la música. Para ella compuso Scarlatti sus
Essercizi, el nombre italiano que reciben las sonatas, con el fin de poner a
prueba el talento y la destreza de su alumna, cuya reputación como intérprete
traspasaba fronteras. Él nunca había tocado en público sus propias
composiciones. Y las primeras ediciones de las sonatas llevaban el escudo de
armas real, lo que significaba que eran para uso exclusivo de la reina.

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Me pongo las gafas y me estiro. Daría cualquier cosa por estar en mi casa
esta noche, en la rue Rémusat, y degustar una copa de Puligny-Montrachet en
lugar de tener que soportar la insípida cocina del restaurante del campus.
Dicho esto, pese a los adornos navideños que cuelgan sin gracia en los
pasillos, pese a los ridículos disfraces de algunos estudiantes, estoy a salvo de
las hordas de imbéciles que deben de estar abarrotando las calles de París en
este mismo instante para hacer sus compras. Hay pocas épocas del año que
odie tanto como esta. Y, por favor, que nadie me venga con recuerdos de
infancia.
A pesar de mi perseverancia, me enfrento todo el tiempo al deseo de
rendirme. Me imagino cerrando para siempre este manuscrito rebosante de
aburrimiento y adelantando el vuelo que me llevará de regreso. Podría estar
en mi casa pasado mañana.
Curiosamente, ha sido el correo electrónico de Manig Terzian que he
recibido cuando volvía de la residencia lo que ha reavivado mi interés. Vieja
bruja. Me escribe, como si nada, para hacerme algunas preguntas sobre el
inventario de Kirkpatrick. En particular, quiere saber si se han producido
nuevos hallazgos susceptibles de poner en duda el número de piezas
autentificadas. Por supuesto, no especifica por qué está tan interesada en el
tema de repente. Con la de años que lleva interpretándolo y grabándolo,
tiempo ha tenido para investigar…
Vaya humillación de Canossa… ¡tener que pedirle un favor a su peor
enemigo! Terzian me detesta tanto como yo a ella, sobre todo desde que
critiqué su interpretación de K365 en el simposio de Trieste. Una pena,
bueno, para ella, quiero decir. No soporto lo que hizo con su segunda obra
completa: le dio una lectura mística, extravagante y por completo fuera de
lugar. No comprendo cómo alguien puede atreverse a grabar semejante
disparate en un disco, y mucho menos que aún haya lerdos que se extasíen
con un fraude como aquel.
Le he respondido con la intención de tantear el terreno e indagar sobre sus
motivos. No ha soltado prenda. Tampoco cabía esperar más… Aun así, debe
de atravesarla una insoportable necesidad de saber para que haya terminado
recurriendo a mí. Solo puede tratarse de una cuestión para la que su querido
Sandro Baldassi no tenga respuesta, por ejemplo. Tampoco me extrañaría:
Ralph Kirkpatrick, el primer biógrafo de Scarlatti, murió en 1984 y, desde mi
tesis, yo soy la mayor autoridad en el tema.
¿Qué va a saber esa tortillera decrépita que yo no sepa?

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Supongamos que Terzian sí que conoce algo nuevo. Sea lo que sea, no me
llevará mucho tiempo descubrirlo. No soy un recién llegado a este mundo:
soy catedrático de Música Barroca en la Sorbona, profesor visitante en
Harvard, miembro honorario del Instituto Universitario de Francia y aparte de
perspicacia, tengo contactos y poder. Hay mucha gente en deuda conmigo y
más gente aún que espera obtener algo de mí. Llevo veinticinco años
dedicándome a analizar la obra de Scarlatti, su técnica y las sutilezas de su
escritura musical, y a investigar su vida. Por lo tanto, no me es ajeno nada de
lo que concierne a su vida o a su arte.
En definitiva, si Terzian sabe algo, terminaré descubriéndolo.

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JORIS DE JONGHE, 2

L a mayoría de las veces, cuando suena el teléfono, no me molesto en


cogerlo, pero dos llamadas seguidas de Philip Kerk solo pueden
significar muy buenas o muy malas noticias. Y Kerk no es el tipo de persona
que deja mensajes.
Lo he llamado después de mi segunda copa de oporto. Esta noche, el
alcohol ha vuelto a hacer las veces de cena. Como siempre, mi interlocutor ha
ido directo al grano.
—Uno de mis informantes ha recibido una llamada de Luzin-Farge. —El
nombre me resultaba familiar. Kerk continúa—: Rodolphe Luzin-Farge,
clavecinista, doctor en Musicología, profesor de la Sorbona. Especialista en
música francesa e italiana de los siglos XVII y XVIII. Autor de varias obras de
referencia, entre las cuales se encuentra una biografía de Scarlatti publicada
en 2009. —Ya me acuerdo. La biografía… Un regalo de Beatrix. Recuerdo el
color de la portada e incluso la foto del autor en la contracubierta. Se me
había olvidado su nombre, nada más. De paso, admiro la legendaria
meticulosidad de Kerk. Lo conocía y era perfectamente capaz de haberse
leído el libro de principio a fin—. Quería saber si se ha puesto a la venta
alguna partitura desconocida. Alguna obra inédita.
—¿Inédita?
—Ajá.
—¿Y hay algo?
—No he encontrado nada. Ni por los canales oficiales ni por los otros,
pero, si le ha llamado, debe de haber algo. ¿Quieres que investigue?
—Por supuesto.
—¿Alguna restricción?
—Ninguna.
—¿Y en cuanto a la fuente?
—Tampoco, siempre que seas discreto.
—Te llamaré.

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Ha colgado sin despedirse. Me gusta esta economía del lenguaje. Philip
Kerk lleva veinticinco años trabajando para mí, quince de ellos con
exclusividad. Es mi informante. Su excelente red, que encarece sus servicios a
niveles desorbitados, le da acceso a todo tipo de canales, algunos oficiales,
otros secretos. Por ello, nada se roba, se vende, se compra ni se intercambia
en el mercado del arte europeo sin que él se entere. Al principio, Kerk se
contentaba con seguir las pistas y lograr que los vendedores se dirigieran a
mí. Los intermediarios que, con buen tino, ha ido colocando a mi alrededor
me han ahorrado muchos disgustos.
En vista de que mi fortuna atrae a embaucadores, siempre ha de investigar
a fondo: junto con su equipo, es el encargado de alejar a los impostores, de
desvelar las estafas y de organizar las transacciones. Tras más de dos décadas
trabajando para mí, sabe bien lo que me gusta. De ahí su llamada de esta
noche.
Lo que no sabe es que yo ya no siento ningún placer con estas búsquedas.
Tengo dos partituras de Scarlatti aquí, en Brujas. No son originales, por
desgracia, sino copias manuscritas, tal vez realizadas en vida, hacia mediados
del siglo XVIII. La mayoría está en manos de museos, universidades e
institutos de musicología, pero con paciencia, mucho dinero y ayuda del de
arriba, como suele decirse, en ciertas ocasiones se consigue que algunos
objetos cambien de manos. No es el caso. Kerk me habla de partituras
inéditas. Sonatas desconocidas, quizá. Por un momento, sueño despierto. Si
mi mujer siguiera con vida, podría haber mandado buscar esas obras, pedido a
algún experto como Luzin-Farge que las autentificara y, luego, contratado a
un músico de mi elección para que las grabara. Tal vez, incluso, podría haber
instado a la fundación a que organizara un concierto y, por una noche,
concederme una gran interpretación.
Le habría dado una sorpresa a Beatrix.
Tras su muerte, se confirmó lo que ya suponía. No le interesaban los
regalos, la ropa ni las joyas con las que la había cubierto. Tardé más de dos
años en atreverme a abrir los cuadernillos que ella utilizaba como diario.
Nunca me habría permitido tal cosa estando ella viva, aunque no me lo
prohibió expresamente. Mi mujer relataba nuestros viajes: primero con los
niños, luego nosotros dos solos. Las ciudades por las que pasábamos, los
mapas, las entradas de conciertos y exposiciones, hasta los billetes de barco y
de metro. Todo lo guardaba con sumo cuidado junto a las fotografías que
pegaba en las páginas. Le dedicaba una atención casi sagrada al menor
momento compartido con su familia a través de aquellas imágenes banales y,

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sin embargo, únicas. Hannah contemplando el mar por primera vez en
Ostende. Piet, con cuatro o cinco años, en el zoo de Amberes, junto a una
jirafa. A su lado, era diminuto.
Rara vez me adentro en esas páginas. Solo cuando la ausencia de mi
esposa me pesa en exceso, como hoy.
La lectura de algunas de las notas, escritas a modo de leyenda, me rompe
el corazón, como siempre. «Jardines de la Villa Médici. Joris relajado, Piet y
Hannah adorables». «Traviata espléndida en la Arena de Verona. Joris está
cansado, pero feliz. Hice bien en insistir».
Aquello era lo que de verdad le importaba: nuestra felicidad, nuestro
equilibrio, sus hijos y su marido, los lazos que había logrado tejer entre
nosotros, a pesar de mis ausencias.
Las fotos que tengo a mano en mi despacho son como el mausoleo de los
recuerdos perdidos. Incapaz de seguir contemplándolos esta noche, antes de
cerrar el cuadernillo, paso la mano por el óvalo de la cara de Beatrix, que
posaba conmigo ante la catedral de Helsinki. Y vuelvo a sumergirme en mis
recuerdos hasta que el reloj da las ocho y me arranca de allí. Estaba pensando
en esas partituras, ocultas quizá en algún sitio. Fantasear con el último regalo
que podría haberle hecho a mi mujer, unos minutos de música inédita, me ha
hecho olvidar, por un instante, que está muerta.
Recordar esto me deja helado. ¿Qué queda de nosotros cuando nos
vamos? A pesar de mis visitas regulares al templo, no soy creyente. Sin
embargo, cada vez me invade más a menudo la duda de si existe una
comunión de espíritus capaz de acabar con la desaparición del cuerpo, si el de
Beatrix está en algún lugar, si abismarme en la búsqueda de lo que tanto
amábamos nos mantendrá unidos, así en la tierra como en el cielo.

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Las primeras señales de revuelo no han tardado en aparecer,
¿Adónde llevarán?
Mi plan se basa en una apuesta, casi en un acto de fe: la
previsibilidad de los seres.
Llevo meses madurándolo.
Hasta ahora, no he dudado de mi táctica.
Solo espero que aquellos a quienes voy a desafiar no me
decepcionen.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 3

S upe de inmediato que algo no iba bien por cómo vi a Gian en el umbral
de la puerta. Estaba apoyado contra el marco, con el teléfono en la mano
y mirando al frente, distraído. Un cigarrillo se consumía entre sus dedos. Eso
tampoco era buena señal. Apresuré el paso.
—¿Qué sucede?
—Han entrado a robarme —dijo Giancarlo.
«Robarme», no «robamos». Pienso en mi taller, en la puerta de acceso, en
los dos valiosos sillones en los que tenía que trabajar. Me los habían traído el
día anterior y para el caballero de Nantes que me los había confiado eran su
bien más preciado.
—A ti no te han quitado nada —añadió Giancarlo, como si me hubiera
leído el pensamiento.
—¿Y a ti?
—Dos instrumentos como mínimo, tal vez tres. No puedo volver a entrar,
estoy esperando a la policía.
El humo del cigarrillo se mezclaba con mi respiración y se condensaba
formando vaho en el frío aire de enero. Le ofrecí entrar en mi taller y
prepararle un café para que entrara en calor.
—No, prefiero quedarme aquí.
Como no me veía capaz de dejarle solo, esperé en la acera con él.
Giancarlo es de los mejores lutieres de Europa. Restaura violines y arcos
antiguos, quizá demasiado antiguos.
A veces lo llaman de urgencia para que repare un instrumento en Berlín o
en Cracovia. Lo conocí hace unos diez años en un festival de música barroca.
Por supuesto, fue Flo quien me animó a ir. Puesto que prefiero la música a las
multitudes, pasé la mayor parte del tiempo en el parque, entre concierto y
concierto. Soñaba despierto o leía tumbado en la hierba, fumando. Un día, un
hombre bajito, adusto y nervioso, al que ya había visto varias veces charlar
con los músicos, me pidió fuego. Intercambiamos algunas palabras. Era

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Giancarlo. Durante el festival, cogió la costumbre de saludarnos a Flo y a mí
cuando se cruzaba con nosotros.
La noche de clausura, la terraza del restaurante estaba abarrotada. En
nuestra mesa había una silla libre, así que, al ver que aquel hombre moreno
buscaba sitio, Flo lo invitó a que se sentara con nosotros.
¿Fueron el aperitivo anaranjado que irradiaba un tenue fulgor a la luz del
sol poniente, el fin del festival y su ambiente a un tiempo alegre y
melancólico? Nuestro compañero de velada parecía menos tenso que en
anteriores ocasiones. Hablamos de nuestros trabajos: él, lutier, se encargaba
del mantenimiento de los instrumentos del festival. Este verano lluvioso e
inestable lo había puesto a prueba (ahora comprendía mejor su nerviosismo).
Florence, conservadora en la Biblioteca Nacional. Yo, ebanista.
Me di cuenta de que Giancarlo (su nombre de pila) había tratado de
aguzar el oído en medio del barullo cuando mencioné que estaba
especializado en la restauración de objetos antiguos. Andaba buscando a
alguien que restaurara el estuche de un contrabajo cuyo forro estaba muy
ajado. ¿Formaba aquello parte del ámbito de mi trabajo? ¿Me interesaba?
Fui a recoger el maletín en cuanto regresamos a París. El lutier tenía uno
de esos talleres que apenas quedan en la capital. Un local enorme, alargado,
con vistas a un patio lleno de hiedra. Un remanso de paz, pensé al entrar. El
olor a madera, que me era bastante familiar, se mezclaba con una nota más
astringente: la del barniz de los instrumentos que estaban secándose. Había
pocas herramientas mecánicas; aquel trabajo era, sobre todo, manual. Salvo
por algunos detalles, aquel taller parecía de dos siglos atrás. Gian me mostró
el instrumento en el que estaba trabajando, una mandolina de una preciosa
madera clara. Disfruté de la sensación de tiempo suspendido y del silencio
pleno y apacible que infundían los instrumentos en reposo antes de llevarme
el estuche.
Aquellos escasos minutos, aparentemente banales, se grabaron en mi
memoria. El mundo de los músicos me impresionaba mucho. La visión de los
violines, laúdes y violonchelos de brillo cobrizo me fascinó. ¿Fueron mis
ganas de volver a ese lugar lo que me hizo ponerle tanto mimo a aquel
encargo? Escogí un terciopelo de un hermoso color ciruela que hacía juego
con la solemnidad que transmitía la madera oscura de aquel estuche. Reparé
los rasguños y le devolví el brillo a la madera con una pátina discreta.
El lutier lo agradeció y el cliente, también. Se corrió la voz. Así fue como
Gian y yo comenzamos a colaborar. En muchos aspectos, teníamos
habilidades similares, aunque los objetos que pasaban por nuestras manos

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fueran bastante dispares. Entre los encargos del Mobilier National, donde
trabajé varios años antes de hacerlo por mi cuenta, las salas de ventas y mis
antiguos profesores de la Escuela Boulle, había conseguido labrarme un
nombre en aquel mundillo.
No obstante, gracias a Gian, accedí a otro mundo: el de los músicos, las
orquestas y los fabricantes de instrumentos. Una oportunidad única que me
dio el privilegio de escuchar a los artistas mientras ensayaban, de conseguir
entradas para sus conciertos e incluso de charlar con algunos de ellos, a pesar
de mi manifiesta timidez. Restauré estuches, atriles, muebles de salas de
conciertos y antiguas cajas de resonancia de clavecín; para las orquestas hice
accesorios ad hoc, taburetes y cuñas para instrumentos e, incluso, en una
ocasión, fabriqué una batuta de director con una hermosa vara de madera
amarilla.
Cuando el taller contiguo al suyo quedó libre (la pintora lituana que lo
ocupaba se esfumó de la noche a la mañana), Giancarlo me llamó por
teléfono. Me propuso organizar una visita. Flo me acompañó. Aquel local era
más grande, bonito y luminoso que el mío. Y la proximidad nos ahorraría
desplazamientos para llevar y traer las tablas o para transportar los estuches
de los chelos y los contrabajos. Lo malo es que tendría que endeudarme, y no
poco. El propietario, que se moría de ganas de deshacerse por fin de él, lo
había puesto en venta.
Estaba asustado, pero mi mujer, que siempre había sido más atrevida que
yo, me animó.
La verdad es que, de los dos, Flo era la valiente.

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GIANCARLO ALBIZON, 3

N ada más abrir la puerta, lo supe. Desde fuera, con las persianas
bajadas, no se veía nada, pero por dentro… El taller estaba hecho un
auténtico desastre, con los estuches abiertos y las herramientas desperdigadas
por el suelo. A simple vista, no parecía que los instrumentos estuvieran
dañados, todo un milagro, aunque algunos los habían cambiado de sitio o
manipulado… No quiero ni pensar en el poco tacto que habrían tenido los
ladrones al manejar estas maravillas con sus sucias manos. Me tocaría
hacerlos sonar uno a uno para averiguarlo.
El Cernaudi seguía en la caja fuerte; eso fue lo primero que comprobé. Si
le hubiera pasado algo, no lo habría soportado. Pierre Zamacoïs me habría
matado. O quizá le hubiera tomado la delantera y me hubiera arrojado al
Sena. Tenía la boca más seca que el cartón y noté que un sudor frío me
recorría la espalda. Cuando me di cuenta de que faltaban dos violines, entre
ellos el de un joven cliente a quien su conservatorio había galardonado con el
primer premio, supe que no me quedaba más remedio que informar a la
policía. De lo contrario, el seguro se negaría a pagar nada. Me dio un vuelco
el corazón.
Me calmé. Dejé de temblar. Y marqué en mi teléfono el 17. Desde la
comisaría local me preguntaron si los ladrones seguían por la zona y si me
habían agredido o herido. Debieron de notar mi inquietud. Prometieron enviar
a alguien lo antes posible. Me pidieron que, mientras tanto, saliera del taller y
no tocara nada más.
Antes de hacerlo, completamente destrozado, cogí un cigarrillo de una
cajetilla que había en un cajón. Apestaba a polvo y a tabaco seco. La semana
siguiente habría hecho ocho meses. Una pena. Me temblaban tanto las manos
que apenas podía acercar la llama del mechero a la punta del cigarrillo.
Desprendía un olor insoportable y sentí que tenía papel de lija en los
pulmones. Qué asco. Pese a las náuseas, le di una segunda calada. Si se corría
la voz del robo, mi reputación se vería perjudicada: sería el lutier que tenía un
taller al que se podía entrar como si nada y robar instrumentos valiosísimos.

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No entiendo cómo consiguieron abrir la puerta: contaba con una cerradura
de seguridad de cinco puntos y llave de seguridad sin posibilidad de
duplicación. Debió de ser alguien bien informado, con acceso a mis
pertenencias y que supiera, además, que justo estaba trabajando en la revisión
del Cernaudi. Primero pensé en Budzynski, pero lo único que conoce de mí es
mi número de teléfono: es un idiota, un inculto, un usurero de poca monta que
ni siquiera se hace una idea de cómo es un instrumento musical, mucho
menos un Cernaudi.
Luego valoré la posibilidad de que fuera un competidor. Una hipótesis
ridícula. Los lutieres no son mafiosos. No se dedican a robarse los unos a los
otros. ¿Un artista descontento, tal vez? Sin embargo, nunca he estropeado un
instrumento. Además, a ningún músico, por mucho que sea de esos neuróticos
o temperamentales que pierden los papeles si ven el menor rasguño en la caja
de resonancia o si notan que una clavija se les resiste demasiado, se le
ocurriría cometer semejante sacrilegio.
Veo a Grégoire enfilar la calle. Va envuelto en su plumas y camina
lentamente, con los hombros caídos. Acaba de cumplir cuarenta y dos años,
pero cualquiera le echaría diez más. Ha cambiado mucho en los últimos
meses. Cuando llega, le explico lo que ha ocurrido. Se queda lívido. Lo
entiendo: no soy el único que tiene objetos de valor en el inmueble. Le
aseguro que he echado un vistazo rápido a través de la puerta que comunica
ambos talleres y que todo estaba en orden en el suyo. Son menos cuarto. Aun
así, en lugar de ir a comprobar que no le han quitado nada o de intentar entrar
en calor mientras espera a la policía, Grégoire se queda conmigo, de pie,
afuera. Él es así: empático, amable, fiel. A veces demasiado, tal vez.

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MANIG TERZIAN, 3

E sta mañana he terminado mi calentamiento con la K61. He tocado esta


sonata cientos, quizá miles, de veces. Sin embargo, para mí, es
probablemente la más bella y lograda de las obras de Scarlatti: una fuga de
subida lenta, inquietante, silenciosa pero, por eso mismo, implacable, que
comienza en aguas tranquilas y termina con una gran marejada. Qué más dará
si el fluido desarrollo de sus escalas ascendentes y su maraña de variaciones
ponen a prueba mis ancianas manos. Esta sonata es un torbellino emocional
que mezcla exultación, apaciguamiento y euforia. La alegría que en ella se
expresa está poblada de tinieblas. Solo Dios sabe de qué clase de dolores se
nutrió el compositor para conseguir la riqueza y la luz que hacen vibrar su
música.
Por los pocos hechos que conocemos de la vida de Scarlatti, sabemos que
perdió a una esposa, Catalina, y vio morir a varios de sus hijos. Pasó la mitad
de su vida en el exilio, a la sombra de los poderosos, lejos de su patria
napolitana, en una época de inquisición macabra y de piedad obligatoria.
A veces, cuando estaba lejos de París y de Madeleine durante mis
interminables giras por Asia, me preguntaba si había sufrido y hasta qué
punto. ¿Soñaba con el agua de los canales venecianos en unas calles en las
que ya no oía la dulzura del habla napolitana, sino el siseo del portugués o las
ásperas consonantes del español?
Retomo el final de la pieza, justo por donde acabo de destrozar un
compás. Maldita artritis. Siento las notas y vuelvo a adentrarme en el ritmo,
aunque puede que, más bien, sea el ritmo el que me encuentre. Mis dedos se
liberan y me olvido del dolor. Me siento una con el instrumento.
Me pregunto qué caprichos del destino, que echaron a mis abuelos de
Estambul de la peor de las maneras, me han traído tanta suerte. Primero, un
profesor de mi Liceo, en Marsella, se fijó en mí. Luego, conseguí aprobar el
examen de ingreso al conservatorio de Niza. En aquella época el clavecín no
era un instrumento muy popular en Francia. Después de dos años en el curso
de piano, me inscribí, llevada por la curiosidad, en la primera clase que

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acababa de abrirse, bajo la dirección de Huguette Grémy-Chauliac. Descubrí
el repertorio y jamás he dejado este instrumento.
Aprender música es duro y exigente. Como todo el mundo, tuve mis
dudas, mis momentos de desánimo, mis ganas de tirarlo todo por la borda.
Después de Niza, me fui a París para seguir formándome con Marcelle de
Lacour.
Más adelante, gracias a una beca, pasé dos años en Alemania, en el
conservatorio de Berlín. Viví en habitaciones incómodas, pasé épocas de más
y menos hambre, consumía mis días trabajando en técnicas, movimientos,
digitaciones y partituras. Mucha soledad, lejos de mi familia, mucha culpa al
pensar en los grandes sacrificios económicos que les había impuesto para
llegar hasta allí. Algunas de mis antiguas compañeras de instituto ya tenían
trabajo. Eran enfermeras, profesoras, contables… La mayoría estaban
casadas. Varias tenían hijos. Y yo por aquel entonces ya sabía que, al menos
en ese aspecto, decepcionaría sobremanera a mis padres el día que reuniera el
valor de contarles la verdad.
No obstante, no me centraba en las dificultades. Estaba convencida de que
todos los años de trabajo, de pruebas de acceso y de presión eran el precio que
debía pagar para estar a la altura del trascendental encuentro que había tenido
en Niza con la música de un hombre fallecido dos siglos antes. Fue un
flechazo; no me cabe la menor duda. Recuerdo como si fuera ayer el día en
que entré en aquella sala, bañada por la luz otoñal que se colaba por los
grandes ventanales y con olor a cera, en la que me senté a repentizar la
primera sonata, aquella que Kirkpatrick había numerado como K1.
Scarlatti, desde el primer momento, me habló en el lenguaje de la amistad,
la connivencia y el fervor. Fue un flechazo tan brutal que, con cada nueva
sonata, sentía una suerte de iluminación, un hilo dorado que nos unía a través
del tiempo. A Huguette Grémy-Chauliac le divertían en secreto mi
entusiasmo y mi proselitismo. Pero fue ella quien me empujó a enfrentarme a
la tecnicidad de las obras más complejas. Recuerdo haberle confesado que
lamentaba que «solo» hubiera quinientas cincuenta y cinco sonatas y que
temía el día en el que tocara la última. Tuvo el detalle de no sonreír. De
hecho, cuando terminó el curso, había conseguido ejecutar a la primera
lectura todas y cada una de ellas al menos una vez. Fue con la K416, aquella
que mi profesor de París me había aconsejado no escoger por su endiablada
celeridad, con la que gané el concurso de Brujas.
¿Por qué yo y no otra persona? ¿Qué me ha dado la fuerza y la
perseverancia necesarias para descifrar estas piezas, una tras otra, sin que la

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alegría se agote jamás, sabiendo que algunas de ellas llevan a los intérpretes
hasta los límites de lo posible en un teclado? La obra de Scarlatti ha
vertebrado mi vida. Como intérprete y como mujer. Al igual que la de Bach,
me ha enseñado el poder enigmático y extraordinario de la música.
Hoy es, junto a Madeleine, mi patria interior.
Por supuesto, no es la primera vez que oigo hablar de sonatas inéditas, ni
mucho menos. Cualquiera que se haya interesado por él lo sabe. Forma parte,
incluso, de su leyenda dorada. No obstante, esa perspectiva abstracta, un tanto
fantasiosa, se avivaba en mí de vez en cuando tras mis conversaciones con
Sandro Baldassi, cuando iba a Bolonia. Se empecinaba en buscar aquellas
obras en todas las bibliotecas de Europa, lo mismo que aquel tipo horrible de
la Sorbona, Luzin-Farge. Me dejé llevar por mi afán por saber y cometí un
gran error al escribirle. No debí hacerlo, pero en aquel momento no tuve el
valor de molestar a Sandro: estaba cuidando de su madre enferma.
Ahora estoy convencida de que es muy probable que haya tenido una de
sus obras en mis manos. Este pensamiento me conmueve y me atormenta a
partes iguales. Nunca debí dejar que aquellos dos hombres se fueran con la
partitura sin intentar averiguar más cosas sobre su origen. Nunca debí dejar
que se fueran, a secas.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 3

E mpiezo a plantearme si la vieja Terzian no estará tendiéndome una


trampa. Resulta de lo más extraño que me haya enviado ese correo
electrónico. Tal vez no haya digerido mi maniobra de hace dos años y su
mensaje solo tenga un propósito: hacerme dudar. Quién sabe si no actúa
instigada por Baldassi, mi adversario en Bolonia… Menudo farsante,
Baldassi: siempre que si chiarissima por aquí, que si maestra Terzian por allá.
Es tan miserable que le creo capaz de enviarme pistas falsas con tal de
hacerme perder el tiempo a mí y ganarlo él para su propia investigación.
En Perm State, pasé dos días más enfrascado en el manuscrito italiano.
Las memorias que estaba descifrando, en medio de una maraña de crónicas de
Venecia sin interés alguno, eran obra de un oscuro suborganista que había
causado estragos en Venecia y en Nápoles, la ciudad natal de Scarlatti. Según
contaba el autor, a sus oídos llegó que el compositor había enviado algo a un
organista angloirlandés, Thomas Roseingrave. De la amistad que lo unió a
Scarlatti todavía queda algún rastro: gracias a Burney, un melómano de la
época que había narrado sus viajes por el continente, se sabía que el joven
organista llegó a Europa con una beca de la catedral de San Pablo y lo
invitaron a una velada en la que le pidieron que interpretara algunas obras.
También a Scarlatti lo invitaron a ponerse tras el teclado. Según el relato de
Burney, al verlo tocar, Roseingrave tuvo la sensación de que «había diez mil
demonios tocando el instrumento». La historia (o leyenda) también añade que
el joven inglés, que no tenía precisamente nervios de acero, estuvo un mes sin
tocar instrumento alguno tras aquella impresionante muestra de virtuosismo.
Roseingrave fue amigo de Scarlatti toda la vida. Lo acompañó por Italia
durante su estancia en Europa. Se desconoce si Domenico viajó en realidad a
Londres, pero sí hay pruebas de que fue Roseingrave quien hizo que se
representara una de las óperas de Scarlatti en la capital inglesa. También se
sabe que fue él quien estuvo detrás de la primera publicación de los Essercizi
en Londres, donde tuvieron un éxito rotundo. No obstante, el pobre chico
perdió la cordura cuando lo rechazó la mujer a la que amaba.

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A partir de ese punto el manuscrito veneciano me aportó información que
ya no esperaba. Su autor, un tal Galeazzi, dejó constancia de que un duque
lombardo que visitaba la corte española había conocido a Scarlatti y había
compartido varias botellas de vino con él. En aquel momento, el músico
napolitano mencionó el triste episodio y le hizo la siguiente confesión:
Quando aveva saputo l’afflizione dell’illustrissimo amico Roseingrave, per
confortarlo gli aveva offerto alcuni pezzi per clavicembalo. En otras palabras,
cuando se enteró del sufrimiento de su amigo Roseingrave, el compositor
italiano le regaló algunas piezas para clavicémbalo con la intención de
consolarlo.
En vista del estado mental del inglés, que, en sus últimos días, no
soportaba siquiera ver un instrumento, cabe imaginar que se guardara el
regalo para sí mismo. O incluso que nunca las interpretara. Ahora bien, si es
así, ¿cómo es posible que la partitura haya salido a la luz dos siglos después?
¿Y por qué nos hemos enterado ahora?
Me quité las gafas y bostecé con discreción, lo que me valió una mirada
de desdén por parte de una alumna. Una rubia bajita, bastante guapa, con
grandes pechos y unas enormes gafas que le cubrían gran parte de la cara.
Tenía unos brazos delgados y musculados, como de deportista. Otra niña de
papá que ha entrado en la universidad por su desempeño en voleibol o en
remo. Durante unos segundos, me quedé mirando su piel, tersa y firme, antes
de sacarme aquel pensamiento de la cabeza. En Estados Unidos, si no quieres
meterte en problemas, mejor no tocar a las alumnas. Ahora solo tengo una
aspiración: volver a París y retomar la pista de Roseingrave.

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JORIS DE JONGHE, 3

P hilip Kerk ha hecho un gran trabajo. Ha descubierto a un tipo


interesante: un lutier parisino que lleva días llamando por teléfono a sus
homólogos y a las casas de subastas debido al robo de algunos instrumentos
en su taller. A varios de sus interlocutores les ha mencionado una vieja
partitura de una sonata para clavecín. Parece un profesional reputado. Kerk
me facilitará su historial completo. No sería raro que empezara por él.
Ayer me llevaron a Amberes. Por primera vez en meses, hice algunas
compras en la ciudad. Últimamente dirijo mis negocios por teléfono o por
internet. Para los asuntos de mayor calado, mis contactos se desplazan hasta
Brujas y los recibo en mi despacho. La época en la que iba de un avión o un
tren a otro queda ya tan lejana que apenas parece real.
¿Fue a causa de la calle, el bullicio o las luces que anunciaban que la
Navidad está al caer? No lo sé, pero me mareé con tanto barullo, tanta música
proveniente de los altavoces y tanta gente. De repente, solo podía pensar en
una cosa: apartarme de la masa de curiosos que se agolpaban frente a los
escaparates iluminados. A dos calles de allí, me refugié en casa de un
anticuario que conozco, Serge Ryngaert. Antes solíamos hacer negocios
juntos. Se alegró de volver a verme «después de tanto tiempo».
El té chino que acostumbra a ofrecerme en su trastienda estaba tan
delicioso como siempre.
Le comenté lo de la partitura. Él me aseguró que era la primera vez que
oía hablar del tema. Justo después, añadió que no tardaría mucho en jubilarse,
algo que a él no le genera tristeza alguna; a mí, sí. Le tengo mucho aprecio. A
pesar de las grandes sumas de dinero que he desembolsado en su tienda,
Ryngaert es una de las pocas personas que no se siente obligado a adularme.
Por costumbre, más que por gusto, le compré algunos libros, entre ellos un
ejemplar numerado de Brujas la muerta, de Rodenbach. El anticuario me
había dejado a solas un rato para rebuscar en una de sus estanterías. Volvió

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con varios CD de estuches descoloridos, algunos de los cuales tenían más de
treinta años.
—Te los había apartado por si volvías.
Eran grabaciones de clavecín de compositores franceses: Couperin,
Rameau, Balbastre. El anticuario conocía bien mis gustos, más por nuestras
charlas que por mis compras. Le pregunté cuánto le debía.
—Nada en absoluto, señor De Jonghe. Es mi regalo de despedida.
Cuando salí, me obligué a recorrer la calle de arriba abajo. Entré en una
tienda gourmet y compré Jote gras, un oporto de veinte años, colines y queso
francés: el tipo de caprichos que a Beatrix le encantaban. No tengo hambre,
pero a Magda le alegrará ver que finjo celebrar la Navidad. Luego, a pesar de
las colas, seguí con las compras: regalos para mis hijos y mis nietos. Le
pediré a Jens, mi asistente, que se los envíe.
En vida de Beatrix, ni siquiera lo habría pensado. Era ella quien se
encargaba de la Navidad, de las celebraciones en familia.
Observé a las jóvenes dependientas que envolvían con sumo cuidado
aquellos coloridos paquetes. Mientras, las luces parpadeaban en los
escaparates. La sensación de ahogo que había tenido al principio se
desvaneció y me dejé llevar por el alegre ajetreo que reinaba en el ambiente.
Antes de volver, hice una última parada en el Café Impérial. El té de
Ryngaert… Además, necesitaba aliviar mis piernas cansadas. Aquellos días
en los que caminaba durante horas sin sentir la fatiga por las calles de
Ámsterdam o París han quedado atrás. Aunque el local estaba abarrotado, el
maitre me reconoció y me buscó inmediatamente una mesa. Quizá recordaba
las propinas que le dejaba cuando venía a cenar aquí con Beatrix.
Tras el frío del exterior, agradecí el calor que reinaba en el café. La
algarabía de las conversaciones llenaba la sala mientras la dulzura del
Sauternes recorría mis venas. Sentado junto a la ventana, abrí los estuches de
los discos y hojeé sus cuadernillos. Verlos avivó mi memoria. A mi mente
acudieron melodías, imágenes de viajes, de auditorios. El Concertgebouw, la
sala Pleyel, el Barbican Hall, el frío y hermoso Harpa de Reikiavik, las
diminutas iglesias que dominan pequeños pueblos alemanes, italianos o
españoles en pleno verano. Y Beatrix, siempre cercana en la luz del atardecer,
con su perfil recortado a contraluz y con las notas casi imperceptibles de su
perfume embriagándome cuando nos sentábamos uno junto al otro y
esperábamos a que llegaran los artistas.
En ese momento, decidí, como suelo hacer, no deshacerme del recuerdo
de mi mujer. Aunque sé que esta noche, cuando regrese a nuestra casa vacía,

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lo pagaré caro.
He vuelto agotado de mi expedición, pero tenía que hacerlo. Era como un
ensayo general, ya que, por primera vez en meses, estoy a punto de abandonar
estas cuatro paredes, tras las que he estado refugiándome cuatro años, para
emprender un viaje.

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Ahora comprendo mejor a los ajedrecistas.
En cuanto se desplaza un peón, un movimiento lleva a otro.
Con cada uno, se tiene que hacer un nuevo cálculo.
Hay que evaluar los peligros a los que uno se expone.
Anticipar la reacción del adversario. Es una operación
agotadora que genera mucha adrenalina.
Corrí un gran riesgo con el allanamiento. No suelo
adentrarme en casas ajenas para robar.
El corazón se me acelera cuando pienso en lo que he hecho.
Imagino la cara que habrá puesto al entrar al taller esta mañana.
¿Cómo se habrá sentido?
Los dos violines están ahí, en un rincón, junto a la partitura.
Me los traje con todo el cuidado que pude.
Ahora trato de convencerme de que ha valido la pena.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 4

L as fiestas de fin de año han terminado, por fin. Menos mal. Las del año
pasado me dejaron muy mal sabor de boca. De las de hace dos años,
mejor no hablar. Acepté la invitación de mi prima en Navidad. En
Nochevieja, fui a beber una copa de champán con los compañeros de la
Escuela Boulle. No obstante, la mayor parte de mis vacaciones las pasé en el
taller, restaurando un sillón que encontré en el mercadillo de Montreuil. Será
mi sillón de lectura.
Desde que Flo se marchó, paso aquí algunas noches, sobre todo en verano.
Me preparo una sopa de sobre y leo periódicos o novelas policíacas durante
un par de horas, a veces más. Tras una larga jornada, la lectura me sienta bien.
La mayoría de las veces acabo dolorido o cansado por haber estado mucho
rato encorvado en mi banco de trabajo o en cuclillas junto a algún mueble.
Hace tres meses, llegaron unos nuevos inquilinos a la segunda planta del
edificio de enfrente. Hasta bien entrada la noche, veo una lámpara encendida
o el parpadeo del halo azul del televisor. Imagino a la familia que vive allí, su
existencia tranquila, las horas de descanso después de cenar, cuando los niños
están ya en la cama. No sé por qué, ese pensamiento me reconforta.
La verdad es que prefiero pasar parte de la noche en el taller antes que
volver a casa. Algunas mañanas, si no he logrado conciliar el sueño, vengo de
madrugada. Me ocurre mucho últimamente. Sobre todo desde que decidí dejar
de tomar pastillas para dormir. Y el resto de medicamentos también, todo sea
dicho. Detestaba la neblina química que creaban entre la realidad y yo. Y ya
me duele menos. Eso sí, todavía no he reunido el valor suficiente para vender
el piso que heredé de mis padres, en el que vivía con Florence. Ojalá lo tenga
algún día.
En el fondo, durante mucho tiempo quise convencerme de que volvería,
que estaría de nuevo a mi lado. Pero los mensajes que, tras la separación, me
dejaba de vez en cuando los sustituye ahora el silencio, un silencio que dura
ya más de un año. Desde que se fue a Miami, para ser exactos. Como si, al

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marcharse de Francia, también lo hubiera dejado todo atrás: personas y
recuerdos.
A veces, en mis peores momentos, me atormenta la idea de que podría
morir sin que yo me enterara. Sin embargo, ya no me quedan fuerzas para
llamar por teléfono a sus amigos y familiares para preguntar cómo está. Al
principio lo hacía. Pero Colette, su madre, me dice que no llama a menudo,
que solo regresó el Día de Todos los Santos y que no tardó en volver a coger
un avión. Se quedó muy poco tiempo, demasiado poco como para ponerse en
contacto conmigo, me asegura mi exsuegra, como excusándola. ¿Será verdad?
Lo único que me tranquiliza es la tumba de su hermano en el cementerio del
Père Lachaise. Flo solía llevarle rosas blancas. Yo voy dos veces al año,
después de visitar la de mis padres. Este año, en noviembre, me encontré allí
un ramo de flores.
Me fijo en el manojo de llaves que cuelga de la cerradura. No tengo
miedo, pero ahora prefiero cerrarme con llave por las noches. En cierto modo,
estoy alerta. Aunque el robo se produjo hace más de seis semanas, la policía
aún no ha descubierto quién entró en la lutería de Gian. Me libré por los
pelos, pues los ladrones no intentaron forzar la puerta que comunica ambos
talleres. La hice yo mismo y, gracias al trampantojo que le pintó una de las
exnovias de Gian, es casi invisible. Dudo mucho que los policías la hubieran
visto si no se la hubiera señalado.
En cambio, para mi compañero, la historia es bien distinta. Que a un lutier
de su reputación le desaparezcan dos instrumentos es una catástrofe. La
noticia ha corrido como la pólvora por todo París. Gian tiene muy mala cara y
sus ojeras son cada vez más profundas. Ha tenido que ir a comisaría varias
veces y ahora está peleándose con los del seguro. El perito pone en duda que
se haya cometido un robo.
Debo admitir —aunque me sepa mal decirlo— que yo también albergo
mis dudas. Me da la sensación de que los ladrones entraron con demasiada
facilidad.
Temo que mi compañero vuelva a tener problemas de dinero. Ya es una
broma recurrente entre nosotros que Gian nació para ser heredero, no
artesano. Entre los coches caros y las escapadas de fin de semana con sus
novias —que no le duran mucho—, suele vivir por encima de sus
posibilidades. Hace dos años, el póquer estuvo a punto de sumirle en la
miseria para siempre. Aún me pregunto si de verdad ha dejado el juego. Pero
de ahí a simular un robo para salir del aprieto hay un trecho.

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Lo de que es una broma es una verdad a medias. Han sido dos las
ocasiones en las que me planteé muy seriamente disolver nuestra asociación.
Me inquietaba que sus payasadas pusieran en peligro nuestro capital. Pero,
cada vez, Flo me convencía de que no lo hiciera, me decía que llevaba las de
perder. Con un préstamo a las espaldas, no me quedaba mucho margen de
maniobra. Mi mujer tenía razón, como siempre.
Hasta ahora, Gian ha conseguido salir a flote y, cuando le toca
devolverme dinero —pues tiene la decencia de no tocar las cuentas de la
empresa—, nunca se olvida de los intereses. Es un lutier tan prestigioso que
con la venta de un par de violines le basta para salir adelante varios meses. Y,
lo más importante, dispone de contratos fijos con orquestas y festivales, de los
cuales yo soy el primer beneficiado. Mi último gran encargo surgió gracias a
él y, con esos ingresos, sobreviví un año y medio.
Este año por fin me quitaré la losa del banco: será un gran desahogo.
Mientras, la vida de mi compañero es un auténtico torbellino. Me resulta
inevitable preguntarme qué podría hacer por él, aparte de prestarle un dinero
que no tengo.
Lo de la partitura tampoco ayuda. No la había metido en la caja fuerte y
desapareció con el resto del botín. Cuando le pregunté si se lo había
comentado a Marin Le Guern al devolverle el violonchelo, lo noté incómodo.
Me daba largas. Creo que no se lo ha dicho, confiando en que no supiera nada
de ella.
No me parece bien, claro está, pero he preferido no entrometerme.
Yo tampoco estoy libre de culpa en este asunto.

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GIANCARLO ALBIZON, 4

E stoy de mierda hasta las orejas. La compañía de seguros sospecha que


intento estafarles para sacarles dinero. Los policías a los que acudí para
poner la denuncia han vuelto a convocarme. Si indagan en mis cuentas, adiós
muy buenas: llevo meses en números rojos. Y Budzynski sigue
hostigándome. Me ha dejado un nuevo mensaje: «Sé dónde vives». No, no es
broma. Para colmo, con todo esto del robo, le he dedicado tanto tiempo al
papeleo y a las citas que me he retrasado con los encargos.
A tomar por saco, pues. A falta de una solución mejor, he vuelto a las
andadas para recuperarme. Cada noche, clavado a la mesa, juego durante
horas con la esperanza de que llegue una victoria que me saque del atolladero.
Pero nada. Lo único que he conseguido es empeorar mi ya de por sí
desastrosa situación. Regreso a casa endeudado y exhausto, falto de dinero y
de horas de sueño. Y no puedo pedirle nada a Grégoire, ya le debo mucho. La
semana pasada estaba casi convencido de vender la famosa partitura. Podría
haber sacado unos cuantos miles de euros por ella, lo suficiente para calmar a
Budzynski. Pero también ha desaparecido. Marin Le Guern no me ha llamado
preguntando por ella, así que supongo que no sabía de su existencia.
Cuando vino a recoger su violonchelo, el taller estaba más o menos en
orden. Me había pasado todo el fin de semana barriendo, ordenando y
camuflando los estragos. No podía permitirme que nadie notara que había
sufrido un robo, aunque ya corrieran rumores. Son varios los clientes que me
han llamado para preguntarme por el tema. Le Guern no hizo ningún
comentario: no sé si estaba al tanto. Puse su instrumento encima de mi banco
de trabajo. Resplandecía suavemente a la pálida luz de diciembre. Le enseñé
las reparaciones.
En aquella ocasión había sustituido el puente, pues las muescas se habían
desgastado por el roce de la cuerda; una operación delicada que afecta a todo
el equilibrio del instrumento. A veces basta con colocar un poco de madera de
arce o de marfil allá donde esté más deteriorado para rectificar la posición,
pero con la fuerza de una mano como la de Le Guern, la madera, que es muy

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antigua, habría acabado venciéndose. El solista admiró la restauración del
estuche («felicite al artesano de mi parte») y se dispuso a tocar unos
compases. El sonido rico, potente y vibrante del violonchelo invadió el taller.
Pasamos la siguiente hora haciendo ajustes milimétricos. La física de los
instrumentos no entraña misterio alguno para un lutier, pero es su intérprete
quien, gracias a una íntima conexión con el suyo, sabe de su potencial y de la
perfección que es capaz de alcanzar.
Aproveché que Le Guern estaba satisfecho con el resultado para tantear el
terreno. ¿Sabía de dónde provenía el instrumento? ¿Y el estuche, con aquella
marquetería tan antigua? Me dijo que venía con el chelo. Era un objeto
precioso, pero, a decir verdad, nunca lo había utilizado: era demasiado viejo,
pesado y engorroso. No obstante, tras ver el trabajo de Grégoire, decidió
restaurarlo. En cuanto al instrumento en sí, se lo había comprado a un alemán
que lo había heredado de su abuelo. Él no era músico y le daba pena dejar que
un instrumento como aquel cogiera polvo en una caja fuerte.
—No se lo vendería Armin Drechsler, ¿verdad? Reparé uno de los
violines de su colección hace tiempo.
A veces hay que mentir para descubrir la verdad: nunca falla. Le Guern
había caído en la trampa.
—No, se llama Wolfgang Löhn. Es arquitecto en Frankfurt.
En ese momento no tenía ni idea de qué hacer con aquel dato, pero me
esforcé por recordarlo. Hoy he vuelto a pensar en ello. Cualquier pista
susceptible de llevarme hasta la partitura y hasta los ladrones me es útil. Al
fin y al cabo, en mi situación, conseguir dar con la partitura y con los dos
violines que me robaron puede ser una de las últimas vías que me queden para
salvar mi taller, y mi pellejo, incluso.
Para mi conciencia, en cambio, ya no hay salvación posible.

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MANIG TERZIAN, 4

E stuve semanas sin saber nada del carpintero. Me preguntaba si vendría


cuando yo regresara de Tallin. A pesar del viaje y del concierto, había
tenido presente la sonata todo el tiempo. Por fin apareció, a finales de mes.
Me cuesta expresar el alivio que sentí cuando sonó el timbre el día y la hora
que acordamos que volveríamos a vernos. En aquella ocasión fue Alice, mi
sobrina nieta, quien lo recibió y lo acompañó hasta donde yo estaba. El
gigante rubio compareció en la puerta, tan puntual y tan torpe como la última
vez. Y hecho un flan.
—Prefiero decírselo cuanto antes: no tengo la partitura —soltó mientras
me daba la mano.
Me embargó una gran decepción. Le ofrecí una taza de té, fuimos a la
cocina y se arrellanó, todo lo grande que era, en el banco. Necesitaba saber
por qué había acudido con las manos vacías.
—¿No ha hecho ninguna copia? —le pregunté con el silbido de la tetera
de fondo.
—No me ha dado tiempo.
—¿Y no podría ir a hacer una y volver con ella?
Fui muy sarcástica y me supo mal. A fin de cuentas, no tenía por qué
hacerme ningún favor, menos aún cuando aquello parecía causarle tanto
malestar. Coblence tragó saliva.
—Ya no tenemos la partitura.
Herví las hojas de té, serví dos tazas y le di una.
—¿La han devuelto?
—Sí.
Mientras lo servía, advertí que contemplaba los dibujos de la vajilla de
porcelana para esquivar mi mirada. No me estaba diciendo la verdad.
—Bueno, no pasa nada, hablaré con Marin Le Guern. El estuche era suyo,
¿no?
Se puso rojo como un tomate.
—No es tan sencillo…

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—¿Por qué? ¿No es de Le Guern, entonces?
—Yo… No puedo decírselo, lo siento.
Toda la historia olía a chamusquina. Me pregunté si el patético de Luzin-
Farge estaría metido en el ajo. He tenido tiempo más que suficiente para
arrepentirme de haber mandado aquel correo electrónico: aunque fuera de
forma muy vaga, me vi obligada a mencionar a Scarlatti. Lo que había
olvidado es que aquel biógrafo, tan oportunista como fanático, era capaz de
cualquier cosa cuando se trataba del compositor. A veces daba la impresión
de que la vida y la obra de Scarlatti le pertenecían por completo, de que solo
él tenía legitimidad para hablar de ambas. De pronto, reparé en otra cuestión:
¿y si los dos, el lutier y el carpintero, hubieran vendido la partitura a espaldas
de su dueño? Debía cerciorarme.
—Le pediré a mi pareja que llame al señor Le Guern. Ella lo conoce bien,
seguro que averigua algo.
Mi visitante, para quien todo aquello estaba siendo una tortura, murmuró:
—No lo haga, por favor.
—¿Por qué no, señor Coblence?
Suspiró.
—Porque… nos han robado la partitura.
Justo en ese momento, Alice decidió irrumpir en la cocina.
—Conque tú eres el tipo de la partitura misteriosa —le soltó al carpintero.
El gigante rubio, que no sabía dónde meterse del bochorno, volvió a
refugiarse en su taza de té, fascinado de repente por su contenido. Casi me dio
pena. Menos mal que Alice siempre habla por los codos y no se percató del
apuro de Coblence.
—Mi tía abuela me contó vuestra visita. La conmovió mucho.
—Alice… —la llamé al orden.
—Pero si es verdad… Llevas semanas dándonos la tabarra con tu sonata
—señaló burlonamente mientras se partía un trozo de bizcocho de limón.
—Disculpe a mi sobrina nieta —le dije al carpintero—, le encanta
exagerar.
Él trató de recuperar la compostura. Con las mejillas aún ruborizadas,
respondió casi en un susurro:
—Comprendo que le haya emocionado la sonata. A mí…
Le tembló la voz y dejó la frase en el aire. Además de sonrojarse, se
turbaba como una colegiala. Magnánima, le pregunté:
—¿Le gusta Scarlatti?
—A mi mujer le encantaba.

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¿Por qué lo ha dicho en pasado? ¿Será un divorciado, un viudo quizá? Era
joven, pero estas cosas no tienen edad. Cogió su bolsa.
—Aun así, conseguí imprimir la primera página.
Me asaltó una alegría mezclada con exasperación. ¿No podía haber
empezado por ahí? Solo vería el comienzo, pero mejor eso que nada. Él, Alice
y yo pasamos a la sala de música. Allí me tomé mi tiempo para releer la
partitura antes de interpretarla. La había memorizado casi a la perfección.
Respiré hondo y toqué, lentamente, un compás tras otro, en aquella noche de
invierno que ya se había extendido sobre París. La frustración de no poder
tocarla entera era insoportable.
Alice, que se había quedado de pie, dejó a un lado el bizcocho. Después
nos contaría que Coblence había escuchado la pieza con las manos
entrelazadas en su regazo y los ojos cerrados, como si estuviera rezando.
Dejé morir la última nota haciendo un gran esfuerzo para no volver a tocar
una y otra vez aquellos compases, cuya poderosa alegría penetraba en lo más
profundo de cada uno de nosotros.
A Coblence se le notaba en la cara lo emocionado que estaba.
—¿Me puede dejar esta página?
—Por supuesto.
Lo noté indeciso e incómodo.
—Señor Coblence, ¿algo más?
—Sí… Tengo que confesarle algo.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 4

M e pasé el vuelo de regreso rodeado de un grupo de adolescentes


franceses. Sobreexcitados, los chavales hablaban a gritos de un
asiento a otro e intentaban enviarse mensajes pese a que sus monitores se lo
habían prohibido. Tuvo que intervenir un azafato para que se calmaran. Al
cabo de unas horas, tras haber devorado la comida del avión y los dulces con
los que se cebaban desde el despegue, se quedaron dormidos con sus
carísimos auriculares incrustados en las orejas. Sé que decir esto es muy
socorrido, más aún teniendo cierta edad, pero los jóvenes de hoy en día son
unos inútiles de primera. Hasta mis alumnos de tercer curso se las apañan
para escribir con el móvil en mis clases magistrales. Estaba tan irritado
cuando llegué al control de pasaportes que podría haberle soltado una
bofetada a cualquiera de los mequetrefes que empezaban a revolucionarse de
nuevo delante de mí. Me conformé con darle un empujón a uno y aproveché
para adelantarlos.
Al llegar a casa, tras un baño y un tentempié, me senté en mi despacho.
En Francia, era la una del mediodía. Apenas había dormido en el avión, pero
no me apetecía echarme una siesta: me podían las ganas de releer las notas
sobre Roseingrave que tomé cuando estaba trabajando en mi tesis. Cuando
salí del aeropuerto, me sorprendió encontrarme la ciudad cubierta con una
capa de nieve de diez centímetros. Aquel algodón blanco no tardaría en
convertirse en un fango gris. No obstante, por el momento, la nieve estaba
allí, amortiguando los sonidos de la calle y encapotando el cielo. En el taxi,
recordé pasajes de mi infancia. Las vacaciones de Navidad que pasaba en
Cantal, en casa de la madre de mi padrastro. Nunca supe con certeza si
aquella mujer me quería o me odiaba. Retrocedí cuarenta años atrás en el
tiempo y me abrumaron el olor del establo, el calor de los animales, el barro
pegado a las suelas de los zapatos y el aroma a sopa que provenía de aquella
cocina tan mal iluminada y, a la vez, tan acogedora en invierno. Un recuerdo
de lo más extraño. Normalmente, hago todo lo que está en mi mano con tal de
borrar aquella época de mi memoria.

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Una vez en mi despacho, me puse a trabajar. En teoría, el orden
meticuloso con el que conservo los miles de documentos y archivos que he
recopilado en los últimos treinta años me permite localizar lo que sea en un
tiempo récord. De nuevo, mi sistema obra milagros: en unos pocos segundos,
encuentro una carpeta roja descolorida por los bordes, ROSEINGRAVE. Vuelvo a
leer, en diagonal, la vida de este músico inglés que se formó en Irlanda, en el
Trinity College, y a cuyo talento solo le hacía sombra su locura. Cuando aún
daba conciertos, se decía que era capaz de abandonar la sala corriendo si
alguien del público estornudaba.
Sin embargo, es a él a quien se le debe la primera edición pública de las
sonatas, a partir de la cual pude retomar las investigaciones de Ralph
Kirkpatrick. La publicación se preparó y salió a la luz en 1739. Por aquel
entonces Roseingrave estaba al cargo del órgano de San Jorge y llegó a
organizar una suscripción en la que participaron grandes músicos ingleses de
la época. El organista no escatimó en superlativos. Dedicó un párrafo entero a
alabar la delicadeza de esa música worthy the attention of the curious. El
editor, que contaba con la fama del angloirlandés para vender con mayor
facilidad la colección, le pidió a Roseingrave que añadiera una obra de su
cosecha. La selección se completó con una sonata para clavecín del padre de
Scarlatti, el gran Alessandro. Desde el punto de vista publicitario, era una
buena estrategia.
Dejo mis notas a un lado. El problema con Scarlatti es que las copias
manuscritas de sus obras están desperdigadas por todas partes. En cuanto se
recopilaron las piezas para clavecín en volúmenes, se multiplicaron las
versiones no originales. Hubo una edición, encuadernada con las armas de
España y Portugal, que se llevó a Italia para Farinelli. Otra, casi completa, que
probablemente se hizo en España, se conserva en Palma. Hay otras antologías
diseminadas por Münster, Viena, Londres, Coimbra… Los devotos, fieles
admiradores y aduladores de Scarlatti, le tenían un fervor tal a su música que
eran capaces de caligrafiar decenas de partituras, como un tal Fortunato
Santini, sacerdote, compositor y coleccionista, que dedicó a eso gran parte de
su vida.
Por desgracia, ninguna de estas recopilaciones es simétrica. O bien faltan
obras, o bien hay sonatas adicionales y opus extras cuyo origen es imposible
de certificar. También hay fantasmas: tras muchos años de búsqueda,
conseguí localizar el misterioso manuscrito de las Veintiséis sonatas inéditas,
transcritas por Granados. Después de él, nadie fue capaz de seguirles el rastro
durante décadas. Descubrí obras de Scarlatti reescritas en estilo romántico,

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una obra de Albero y una sonata que, pese a que se le atribuya, no está claro
que sea suya. ¿Quién la escribiría? ¿Scarlatti, el propio Granados o tal vez
Pedrell, el editor de las obras? A este último tradicionalmente se lo ha
considerado como el padre de la musicología española, pero tenía fama de no
ser muy claro con sus fuentes.
Eso sin contar con los impostores que quisieron imitar el estilo de
Scarlatti y hacer pasar el resultado por originales. Fueron legión.
Intentar certificar la autenticidad de algo en estas condiciones es como
caminar por arenas movedizas: es imposible tener la más mínima certeza en
medio de esta miríada de copias, ediciones retocadas e imitaciones, tanto
brillantes como burdas, dispersas en colecciones de segunda o tercera mano.
Para realizar un estudio exhaustivo habría que recorrer una a una las
bibliotecas musicales de Europa con el fin de cotejar todas las ediciones.
Emprendí esa tarea titánica varios años, antes de delegarla en mis estudiantes
de doctorado. Por último, habría que someter cada obra a un análisis
musicológico exhaustivo que tuviera en cuenta la génesis de las obras
publicadas, la evolución de los procesos de escritura, la recurrencia de los
motivos y el uso de ornamentos, por no hablar de que sería necesario contar
con codicólogos que examinaran el papel y la tinta empleados.
Soy una persona tenaz. Terca, incluso, dirían mis detractores. No obstante,
con el paso del tiempo, y tras varias grandes decepciones, no me queda otra
que admitir que esta empresa es como intentar vaciar el océano con una
cucharilla. Para llevarla a cabo, necesitaría una subvención de varios millones
de euros, como las que conceden a los programas de investigación europeos.
Llevo años dándole vueltas. Tal vez sea el momento de presentar una
solicitud.
Empiezan a cerrárseme los ojos por el cansancio y el desfase horario. Pero
no quiero parar, todavía no. Me dirijo a la cocina para prepararme un café. La
señora Da Costa ha venido a limpiar durante mi ausencia; la encimera y el
fregadero están relucientes. De todas formas, desde que nos divorciamos,
Deborah ya no está aquí para hacer comentarios sobre el azúcar o las
cucharillas que voy dejando por ahí. Cojo la taza, vuelvo a mi escritorio y
dedico varios minutos a abrir mi pila de correo: facturas y publicidad. Hojeo
los catálogos que recibo de varias casas de subastas. Al llegar a la página
veinte del de Christie’s, doy un Respingo: dos lotes de cartas de Roseingrave
se pondrán a la venta el 21 de febrero, dentro de seis semanas.
Me paro a pensar. Que este nombre esté en el catálogo no es una
casualidad. No puede serlo. Mi instinto nunca falla. Alguien ha tenido acceso,

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durante las últimas semanas, a un archivo relacionado con Scarlatti. Quizá
este archivo contuviera algo más que cartas. Es posible que también hubiera
una o varias partituras inéditas. Y tal vez estén a punto de salir a la luz, a
menos que alguien ya se haya hecho con ellas y las haya puesto en circulación
bajo mano para azuzar a los codiciosos.
Miro las cantidades anunciadas: son demasiado altas como para pujar con
el dinero del que dispongo. Y apenas queda tiempo para persuadir a Harvard.
Tendré que apañármelas para averiguar quién es el comprador, convencerlo si
es un particular.
Mi impaciencia y mi frustración van en aumento. Pero no soy de los que
se rinden, y menos con Baldassi pisándome los talones. El cansancio se ha
esfumado de un plumazo. Abro el correo electrónico y redacto un mensaje
para el di rector del Departamento de Musicología de Harvard.

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JORIS DE JONGHE, 4

E l punto débil. Una vez detectado, te permite tener a cualquiera en la


palma de la mano. Mi poder reside en no permitir que nadie conozca el
mío. Sin embargo, por lo que respecta al de los demás, gracias a Kerk, soy
imbatible. Por eso estaba tan confiado cuando hice que me llevaran a ver al
lutier del distrito X de París. La llovizna que caía sobre la ciudad derretía los
restos de nieve, mezclados con sal, mientras una tenue luz se abría paso en el
cielo nublado. Un sombrío día de febrero.
Una placa con la inscripción en cursiva, EBÉLUTH, LUTERÍA Y RESTAURACIÓN
DE ANTIGÜEDADES, me confirmó que había llegado. Empujé la pesada puerta de
madera, me choqué, sin querer, con una mujer que salía en ese instante y
franqueé el porche. En comparación con el frío que hacía fuera, el taller del
artesano, situado al final del patio, con su escaparate y sus tenues luces,
parecía cálido y acogedor. En el local contiguo, un hombre rubio y con barba
cargaba con varios tableros. Era capaz de cogerlos de tres en tres, como si
fueran una simple ramita. Supuse que sería el restaurador de antigüedades.
Antes de entrar en el taller del lutier, lo observé a través del escaparate.
Concentrado ante su banco de trabajo, desbastaba con una gubia una madera
con ángulos intrincados. Aún joven —Kerk me había dicho que tenía cuarenta
y seis años—, su rostro de rasgos finos estaba coronado por una enmarañada
masa de pelo negro. Se le veía completamente absorto en su tarea. Di un par
de golpecitos en el cristal e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada. El
hombre dejó su herramienta, me hizo un gesto y cogió su llavero. Qué raro
que un artesano se cierre con llave. ¿Sería por el valor de los instrumentos? O
tal vez la información de Kerk fuera realmente buena…
El taller olía a madera, a cola y a barniz. Un aroma penetrante pero no
desagradable. Ya había pulido mi estrategia mucho antes de llegar. Quería
aprovechar mi viaje a París para comprarle un violín a mi nieto, como regalo
por haber logrado acceder al grado superior en el conservatorio de Lausana.
No era del todo mentira: el hijo mayor de Hannah estaba aprendiendo a tocar

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el violín. Embauqué al lutier sin problema y me hizo un par de preguntas
sobre la edad, la altura y el nivel del niño cuyas respuestas improvisé sobre la
marcha.
Mientras tanto, lo observaba. No tenía buen aspecto. Mal afeitado y con
las ojeras muy marcadas, se lo notaba cansado. A pesar de sus esfuerzos por
ser amable, era evidente que estaba nervioso y que mi visita le había
importunado.
Al final, me decidí por el modelo más caro para ganarme su confianza.
Escogí un estuche precioso con un tapizado de color azul regio. Para mí, unos
pocos miles de euros no son nada. Creía que me echaría una mirada suspicaz
cuando le di aquel fajo de billetes de cien euros —no quería levantar
sospechas pagándole con billetes más grandes—, pero se limitó a meterlo en
un cajón a toda prisa, con cierto alivio. Entre tanto, seguí con la conversación.
Le hablé de los instrumentos, de mi pasión por la música y de mis
colecciones. Él me escuchaba a medias hasta que dije:
—Me interesan mucho las partituras antiguas.
Albizon, que estaba dándole una última pasada a un estuche para lustrarlo,
paró en seco. Apenas un segundo, lo suficiente para saber que había dado en
el clavo. Bajó la vista y simuló que continuaba puliendo la madera. Era el
momento idóneo para sacar partido de mi ventaja.
—Me han contado que a usted también.
Levantó la cabeza.
—¿Que a mí también qué?
—Que a usted también le interesan las partituras antiguas.
El lutier me dedicó una mirada inquisitiva. Dejé que el silencio se
prolongara y que aumentara así su preocupación.
—Por casualidad no tendrá ninguna en venta, ¿verdad?
Dejó el paño a un lado y me escrutó con insistencia.
—No, ¿por qué lo pregunta?
—Ya se lo he dicho, soy coleccionista.
Echó un vistazo rápido a un paquete de cigarrillos que había en una balda
del banco de trabajo. Se moría por una dosis de nicotina. Para ser jugador de
póquer, era bastante transparente. Proseguí.
—Me llamo Joris de Jonghe, vivo en Brujas y tengo una fundación de
mecenazgo que apoya a ciertos artistas. Podrá comprobarlo más adelante,
pero antes hablemos de usted, señor Albizon.
—¿De mí?
Palideció.

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—De usted, Giancarlo Albizon, de cuarenta y seis años, lutier de
profesión. De padre veneciano y madre francesa. Goza de una gran reputación
en toda Europa. Fue alumno de Samuel Behr, trabaja con los más grandes y se
le confían instrumentos históricos para su restauración. Es un afamado
constructor de instrumentos y son varios los solistas de renombre que le
encargaron que creara su primer violín cuando empezaron su carrera. Lleva
trabajando aquí desde 2005, con Grégoire Coblence como socio. Es soltero,
sin hijos, aunque a menudo se lo ve en muy buena compañía.
El lutier se puso lívido.
—¿Quién le ha informado?
—Eso es lo de menos. También me han dicho que tiene deudas por culpa
del juego. Creo que eran… ¿sesenta mil? ¿Sesenta y cinco mil? Ese dato no
me ha quedado muy claro, he de admitirlo.
El lutier trató en vano de disimular su miedo. Con la voz quebrada por la
angustia, me preguntó:
—¿Qué quiere de mí?
—Tiene en su poder algo que me interesa. Y estoy dispuesto a ofrecerle
una suma de dinero que podría poner fin a todos sus problemas. Su colega
polaco, ¿cómo se llamaba? Budzynski, ¿verdad?, tiene cara de pocos
amigos…
Albizon se dejó caer en el taburete y se pasó la mano por sus ásperas
mejillas. El sudor se le acumulaba en la frente. Me miró, aterrado, y me
preguntó:
—¿Se puede saber quién es usted?
—Ya se lo he dicho, un coleccionista. Además de su única posibilidad de
librarse del berenjenal en el que se ha metido. Bueno, ¿y la partitura?
—Ya no la tengo —susurró.
—¿Cómo dice?
—Ya no tengo la partitura.
Me pilló por sorpresa. Kerk no me había preparado para esta eventualidad.
Alcé la voz a propósito.
—¿Y qué ha hecho con ella?
Nada le obligaba a responderme. En su lugar, yo no lo habría hecho. Pero
el miedo y los nervios lo consumían, y eso lo convertía en presa fácil.
—Me han robado. Se llevaron dos instrumentos y la partitura.
Reflexioné. Aquel hombrecillo era el único hilo del que se podía tirar.
Tenía que sonsacarle toda la información posible antes de marcharme.
—¿Quién más sabe de la existencia de la partitura?

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—Nadie.
—¿Está usted seguro? A lo mejor esto le ayuda a hacer memoria.
Saqué sin inmutarme un fajo de billetes de mi cartera. Mil euros. Los ojos
del lutier le traicionaron: dudó. Sonreí y saqué otro fajo. Entonces dijo:
—Mi socio, Grégoire. Y una clavecinista.
—¿Cómo se llama?
—Manig Terzian.
Mira tú por dónde.
—¿Ha hecho copias?
—No, solo le enseñamos la partitura y luego la trajimos de vuelta al taller.
Tuve que pensar muy rápido. Si se había corrido la voz, ya no estaba solo
en esta empresa.
Al principio, me sentí muy contrariado, pero a los pocos segundos, ante la
perspectiva de un nuevo desafío, se me pasó. Enfrentarme a un adversario
invisible era mucho más interesante que entrar en una lutería y salir con la
partitura en la mano a cambio de unos pocos billetes. Cuento con recursos
casi ilimitados y una paciencia a prueba de bombas: rara vez fracaso en
conseguir lo que quiero. ¿Quién sabe? Quizá este contratiempo haga la caza
mucho más estimulante. Mientras tanto, este lutier podría seguir siéndome
útil. Los hombres en apuros suelen ser extremadamente dóciles.
—¿Sabe qué, señor Albizon? Usted y yo vamos a hacer un trato.

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He dejado de bajar al taller estos días. Tal vez, después de
todo, debería haberles dejado la partitura. A última hora, temí
que aquello les permitiera llegar hasta mí.
Es posible que, por culpa de este detalle, haya mandado al
traste meses de preparación. Pero, en mi plan inicial, no
contemplé que un mentiroso patológico se comportara como un
hombre honesto.
Aún me queda el plan B, que es más realista. En el fondo, lo
supe desde el principio. Hice mis prospecciones y detecté un
objetivo. Jugué la carta de la ingenuidad, conseguí que aflorara
en el comerciante la codicia, tal y como yo quería. Todo saldrá
bien.
Me va a ser imposible vigilar a las marionetas. Van a dar
pasos que no había previsto. Pero, mientras no dejen de
moverse, no me preocupa.
Y, en vista de la avidez de ambos bandos, están a punto de
aprender una lección que no olvidarán.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 5

D esde hace unos días, vuelvo a escuchar música: la radio, algunos valses
de Chopin interpretados por Anne Queffélec… La sonata, sin
embargo, tendrá que esperar. No sé de dónde saqué el valor para confesarle a
Manig Terzian que había encendido a escondidas la grabadora de mi teléfono
durante nuestra visita a la rue de Grenelle. No lo pensé dos veces: cuando me
di cuenta de que la clavecinista tocaría de nuevo la partitura, metí la mano en
el bolsillo.
Le juré, y es cierto, que no tenía pensado hacer nada con la grabación. Por
supuesto, ni la difundiría ni vendería esos tres sublimes minutos, al contrario
de lo que ella sospechaba. No obstante, si yo estuviera en su lugar, ¿no me
haría la misma pregunta? Lo único que deseaba era volver a escuchar la
sonata de vez en cuando, en la intimidad de mi taller. La idea de no poder
volver a escuchar esa maravilla en mucho tiempo, o quizá nunca más, una vez
que devolviéramos la partitura, se me hacía insoportable.
Eso fue lo que traté de transmitirle a la señora Terzian, aunque expresado
con palabras torpes. Cuando llegó el momento de la confesión, me sentí como
un niño que había cometido un error colosal. No, peor aún: como un
mentiroso repulsivo que había traicionado la confianza de una gran intérprete.
Las mejillas se me encendieron de vergüenza. No obstante, si me decidí a
contárselo, pese al miedo que me infundía imaginar cómo se lo tomaría, fue
por la decepción que hallé en sus ojos cuando le dije que ya no teníamos la
partitura. Su frustración o incluso su pena al verse obligada a parar cuando
llegó al final de la primera página. Sus manos, suspendidas en el aire, me
recordaron a dos pájaros indefensos. No me sentía con derecho a ocultarle que
todavía quedaba algo de la sonata.
Al final de mi perorata, la clavecinista me fulminó con la mirada. Creo
que estaba muy enfadada conmigo. Y, al mismo tiempo, aliviada por que la
música no se hubiera perdido. En un tono de voz que me dio ganas de que se
me tragara la tierra allí mismo, me preguntó si podía quedarse con mi teléfono

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hasta el día siguiente para transcribir la obra. Le escribí el pin en una nota
adhesiva. Era lo menos que podía hacer.
Regresé a casa temblando por dentro. No me sentía orgulloso, pero me
había quitado un peso de encima. Como decía mi madre: «Error confesado,
mitad perdonado». Hizo bien en meterme aquel refrán en la cabeza. Además,
volver a escuchar los primeros compases de la sonata me infundió un arrojo
inesperado: me dio valor para rebuscar en las cajas de discos que Florence
había dejado en el piso.
Una por una, fui desempolvando las grabaciones de Duphly, Balbastre y
Royer. Las obras completas de Scarlatti interpretadas por Manig Terzian. Qué
sensación tan extraña al sacar la funda de su sarcófago de cartón. Aquella
mujer de cincuenta años y pelo oscuro que sonreía en la foto, con su perfil
orlado por la luz, parecía la hermana pequeña de la clavecinista a la que había
visitado apenas dos horas antes. Pero las finas facciones, hoy surcadas por las
arrugas, y el brillo de sus ojos siguen intactos.
Flo y yo habíamos acordado que se quedaría la mitad de los discos y las
grabaciones de Romain tras nuestra ruptura.
Me aseguró durante meses que se pasaría por el piso e incluso
concertamos día y hora varias veces, pero siempre lo cancelaba en el último
momento, como si la idea de volver a la casa donde habíamos vivido juntos se
le hiciera insoportable, a no ser que lo que le resultara insoportable fuera
recuperar las cosas de Romain. Recuerdo nuestro último año juntos, la
frecuencia, cada vez menor, con la que hacíamos el amor, su silencio por las
noches, cuando volvíamos a vernos para cenar. Sus lágrimas cada noche,
cuando creía que yo ya estaba dormido. Dos años después, aún no sé qué la
llevó a marcharse.
Flo hablaba del deterioro de la pareja y de lo que sentía. De la crisis por la
que estaba pasando. Imaginé que estaría viéndose con otro hombre, pero me
aseguró que no era así.
Mis sentimientos por ella nunca se debilitaron. Ni un ápice.
Cuando la conocí, en la fiesta de cumpleaños de un viejo amigo mío de la
Escuela Boulle, acababa de abrir mi primer taller. Tardé un año en pedir el
préstamo y crear mi empresa tras la repentina muerte de mis padres. No tenía
tiempo para escarceos. De todas formas, nunca se me había dado bien ligar. Y
la idea de apuntarme a páginas web de citas, como hacía todo el mundo, me
repelía. Soy muy tímido con las mujeres, mucho más que para cualquier otra
cosa. Las citas rápidas y las copas en los bares no son lo mío.

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Me quedé, como siempre, plantado en un rincón del salón, preguntándome
qué narices hacía yo allí. De repente, vi a una joven bailando, desenfrenada,
con un vestido rojo ceñido que resaltaba su esbelto cuerpo. Se movía con tal
libertad y energía que era incapaz de dejar de mirarla. Era, simplemente,
preciosa.
Al cabo de una hora, cuando salí al balcón a fumar, una voz me llamó y
me preguntó si me quedaba algún cigarrillo. Era la mujer del vestido rojo. Mi
cajetilla estaba vacía, así que le ofrecí el que acababa de encender. Lo cogió,
dio una larga calada y me lo devolvió, a punto de apagarse por el viento frío.
Al ver cómo se movía en mitad de la sala, la había etiquetado de
juerguista. Pensé que tendría un trabajo a la moda, que sería encargada de
prensa para la tele o estilista. Me quedé estupefacto cuando me dijo que
trabajaba en una biblioteca, y no una cualquiera, como descubriría a
continuación. Más adelante entendería que aquella fachada exuberante y las
fiestas en las que bebía y bailaba en exceso eran su válvula de escape. En
ellas Florence era capaz de olvidar la pesada carga que llevaban sobre los
hombros su madre y ella.
No obstante, lo que recuerdo de aquella noche es, sobre todo, su humor y
su desparpajo. La inteligencia que brillaba en esos ojos azul grisáceo. Su
compañía, que duró apenas diez minutos, bastó para darle a aquella fiesta tan
aburrida un soplo de aire fresco. Creo que mi amor por ella nació justo
entonces, en aquel balcón, con la algarabía de borrachos y la música tecno de
fondo.
La verdadera estupefacción llegó cuando descubrí que me correspondía.
Nos casamos un año después. Fue Romain, que apenas tenía catorce años,
quien llevó a su hermana al altar.
No sé qué clase de marido fui. Uno muy centrado en el trabajo, eso
seguro. Pero Flo también lo estaba en el suyo. Nos ganábamos la vida
decentemente (al menos cuando mi socio estaba tranquilito) y compartíamos
algunas aficiones placenteras. Viajes al País Vasco, Irlanda o Hungría que me
permitieron adentrarme en los desvanes de leñadores y carpinteros. Fines de
semana en Normandía con Gian y su novia de turno. Visitas de vez en cuando
a algún restaurante y dos o tres conciertos al mes, sin excepción. Cada dos
domingos, mi mujer iba al centro psiquiátrico de Val-d’Oise y yo la
acompañaba. Visitaba a su hermano, durante sus periodos de internamiento.
No logramos tener hijos. Podríamos haber insistido, pues, según los
médicos, ni Flo ni yo estábamos aquejados de ningún trastorno. Someternos a
un tratamiento de fertilidad o iniciar un procedimiento de adopción, ¿por qué

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no? Pero pronto me di cuenta, sin necesidad de consultar a ningún psicólogo,
de que la enfermedad de Romain no nos lo permitía. El hermano de Flo la
necesitaba sobremanera.
Mi mujer tenía once años cuando nació aquel chiquitín con problemas.
Toda la familia se quedó prendada de aquel bebé risueño y adorable. Lo
mimó hasta el extremo. Flo pasó parte de su adolescencia dándole cariño,
especialmente tras la muerte de su padre como consecuencia de un cáncer
fulminante cuando Romain tenía solo cuatro años. Jean-Yves Desbarèdes fue
uno de los compositores de mayor renombre de Francia y, pese a todo, un
padre tierno que pasaba tiempo con su familia. Por lo que me contó mi
suegra, Colette, su pérdida fue un trauma para toda la familia. Con tan solo
quince años, Flo dejó de ser una hermana mayor para convertirse en un padre
sustituto. Una segunda madre, por decirlo así.
Romain… A veces su cara se me aparece en sueños. Cuando se ahorcó,
algo se rompió en mi mujer. Siguió con su rutina diaria, se levantaba y se iba
a trabajar, pero ya no estaba ahí. Aunque intenté apoyarla, reconfortarla,
desgraciadamente, en aquella época, me veía obligado a pasar varios días a la
semana en Angers, en una obra. Y sé, por haber vivido lo mismo, que el
consuelo de los demás sirve de poco en tales circunstancias. Flo se encerraba
en su dolor. Por no hablar de Colette… Mi suegra había perdido a su marido
y, luego, a su hijo de la peor de las maneras. No quise presionar a ninguna de
las dos para que se enfrentaran a eso que llaman «las fases del duelo». Por
favor. Bastante tenían con la culpa que, pese a no corresponderles, cargaban.
Al cabo de seis meses, la tristeza que había atormentado a mi mujer
desapareció, pero entonces llegaron los cambios de humor. Al principio le
echaba la culpa al tratamiento antidepresivo que le había prescrito nuestro
médico. Flo pasaba de la risa al llanto, se enfadaba a la primera de cambio, se
iba por las noches y volvía tarde a casa. No entraba en detalles cuando le
preguntaba a qué dedicaba su tiempo, solo decía que había ido a pasear junto
al Sena. No me enorgullece, pero una noche la seguí. Comprobé que no
mentía. Cuando le sugerí que fuéramos a pasar el fin de semana con Gian a
Cabourg o que nos escapáramos unos días a la casa de campo de su madre en
Le Vésinet, negó con la cabeza, apesadumbrada.
Me planteé todas las posibilidades. Drogas, alcohol, incluso una aventura
con otro hombre. Aunque no me habría sentado bien, desde luego, tras una
tragedia semejante, no tuve el valor de acusar de nada a mi mujer. Recordé
cómo me encontraba yo tras el accidente de mis padres, la tentación de
dejarme llevar algunas noches, cuando el dolor me superaba. Y eso que ni mi

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padre ni mi madre se habían suicidado… Al final se lo comenté a Flo, pero
me juró que estaba equivocado.
Cuando se marchó, cosa que decidió en menos de cuarenta y ocho horas,
intenté explicarle que estaba dispuesto a olvidar cualquier cosa que hubiera
pasado. No le haría ninguna pregunta.
Ella me contestó que me lo agradecía de todo corazón, pero que se sentía
incapaz de seguir así.

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GIANCARLO ALBIZON, 5

C uando no era más que un joven aprendiz, solíamos hablar de los


grandes violines que soñábamos con restaurar: Stradivarius,
Guamerius, Amati, Cernaudi. Un día, a mi maestro, Samuel Behr, le llegó un
Stradivarius. Su propietario, uno de los mejores solistas del mundo, se había
caído al salir al escenario; y con él, el violín. Toda una tragedia. Cuando vino
a recogerlo y tocó los primeros compases de un concierto para violín de
Mozart ante nosotros, me quedé de piedra. Era la primera vez que escuchaba
música en un estado tan puro. El intérprete miró a Samuel con la misma
admiración y el mismo alivio con los que un paciente al que le han dicho que
su enfermedad es terminal mira al cirujano que ha obrado el milagro de
curarlo.
Aquel fue el día en el que decidí consagrar mi vida a esta profesión.
Quería convertirme, con el tiempo, en uno de los mejores. Me movía la
esperanza de volver a escuchar aquel sonido tan sublime, aunque solo fuera
una vez más. Soñaba con que un intérprete me mirara con la misma gratitud,
el mismo fervor y la misma fascinación. Sé que suena narcisista, pero me las
apañé para conseguirlo. Y cada vez que Pierre Zamacoïs toca delante de mí,
me pregunto cómo se me ha ido todo tanto de las manos y por qué no me he
centrado en lo único que se me da realmente bien.
Ya es tarde para hacerme preguntas existenciales.
Ahora he de asumir las consecuencias.
A pesar del frío húmedo, salgo y me enciendo un cigarrillo. Grégoire, que
me ha visto por la ventana del taller, me saluda. Me fuerzo a devolverle el
saludo y me alejo unos pasos. Me tiemblan las manos. Mucho café, pocas
horas de sueño. Si sigo así, meteré la pata y saldrá dañado algún instrumento.
La angustia me atenaza solo de pensarlo. Necesito respirar e intentar
tranquilizarme.
Desde que el holandés —¿o era belga?— se presentó en mi taller, tengo la
sensación de estar en una mala película. Cuando entró, no me despertó ningún
recelo. Alto, pelo blanco, unos setenta años y con clase. Rico, a juzgar por el

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abrigo de vicuña, la corbata de seda y los zapatos de piel italiana. Se presentó
como un cliente extranjero que venía por una recomendación, lo cual no es
raro. Me creí lo que me contó, que quería comprarle un instrumento a su
nieto.
Hasta que no comenzó a hablar de partituras antiguas no me percaté de
que no había venido por los violines. No tengo ni idea de quién es ese tipo ni
de dónde ha salido, pero lo sabía todo de mí. Cuando se marchó, lo busqué en
internet y encontré dos o tres menciones a un «J. De Jonghe» relacionadas
con colecciones u objetos de arte. También existe una fundación, «J. & B. De
Jonghe». Sin embargo, no aparece en ninguna parte ni su profesión ni dónde
trabaja. No es común que alguien sea tan discreto hoy en día. Resulta de lo
más sospechoso: en estos tiempos, todo el mundo tiene una cuenta en tres o
cuatro redes sociales como mínimo. ¿Quién será ese hombre? ¿Un estafador?
¿Un mecenas del mundo del arte? ¿Estará compinchado con Budzynski y por
eso sabía su nombre?
Durante unos minutos, valoré la posibilidad de encontrarme ante un
mitómano. Pero no me pareció verosímil que un mitómano se hubiera
informado de esa manera y estuviera dispuesto a gastarse varios miles de
euros en efectivo en un violín. La presencia de aquel hombre transformó mi
taller, aquel apacible lugar en el que el violonchelo con fondo de abeto al que
le había arreglado unas deformaciones se secaba encima de mi banco de
trabajo, en una pesadilla. Una lenta e insoportable pesadilla. Aquel elegante
anciano, que vestía un traje de tres piezas, que hablaba con voz pausada y que
sacó unos billetes doblados a la perfección me infundió más miedo que mis
acreedores.
El acuerdo que propuso De Jonghe era bien simple: yo recuperaba la
partitura y él condonaría mi deuda con los polacos. Una locura, pero dicho así
parecía bastante sencillo… Por eso, desde hace tres días, en lugar de ir a
jugar, me paso las noches al acecho en internet. El curioso estuche es mi
único punto de partida. Por su ornamentación ha de ser, sí o sí, obra de un
artesano. Si lo cotejo con la información que me facilitó Le Guern, quizá
consiga averiguar por qué manos pasó este violonchelo en el siglo XX. Y
entender cómo llegó la partitura hasta ahí y quién me la ha robado.
Por desgracia, las referencias de obras más interesantes con las que me he
topado en la red se encuentran en el Departamento de Música de la Biblioteca
Nacional. Para acceder a sus libros, se necesita un carné y una autorización
especial, y carezco de ambos.

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Si Flo aún estuviera aquí, le habría pedido que me echara un cable y me
orientara un poco. Pero Flo ya no trabaja allí.
Lo absurdo y lo amargo de esta situación me deja con muy mal sabor de
boca.

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MANIG TERZIAN, 5

H e terminado mi sesión de ejercicios con la maravilla. La K556, como


pienso llamarla a partir de ahora para mis adentros. Ya me la sé de
memoria, pero no me canso de ella, ni mucho menos. Me pasé un día entero
transcribiéndola, tratando de recordar las anotaciones que aparecían en la
partitura original, que no eran muchas. Creo que he conseguido reconstituirla
por completo. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en mi pequeño
fetiche, y estoy aprovechando estos últimos días en París para perfeccionar su
ejecución. Madeleine da un concierto con la Filarmónica de Viena y no
volverá hasta el domingo. Yo saldré el lunes para Estocolmo.
No he vuelto a saber nada ni del lutier ni de su amigo Coblence, y me
pregunto adónde habrá ido a parar la partitura. A veces me asalta la impresión
de que no fue más que un espejismo, que nunca la he tenido realmente en mis
manos. Alice, muy amable, me escaneó la página que me trajo Coblence y se
la envié a mi amigo Sandro por correo electrónico, pero dudo que el pobre
pueda o tenga ganas de responderme en estas circunstancias.
Ya son las once y media. Apenas me queda tiempo para cocinarle algo a
mi sobrina nieta, que vendrá a comer cuando salga de clase. Aunque bueno,
«cocinar» no sé si es la palabra; no es mi fuerte. A Madeleine se le da de
maravilla. Además, si preparo una ensalada, el agua fría me trae devuelta los
dolores en las articulaciones que había conseguido mitigar al tocar.
Alice terminará este año el grado superior en el Conservatorio Nacional
Superior de Música de París. Le hemos alquilado el ático que hay encima de
nuestro piso y le hemos regalado un piano. La pobre no aguantaba más vivir
con su madre. En su piso, para ser exactos. Maria no ha parado de dar tumbos
desde que abrió una sucursal de su gabinete en Nueva York. En cuanto madre
e hija se cruzan, llueven los reproches. La mujer de mi sobrino —bueno,
medio sobrino, más bien— me odia por haberle inoculado a su hija el virus de
la música. Habría preferido que Alice se dedicara al derecho mercantil, como
ella, o, en última instancia, a la medicina. No entiende que es un crimen
desaprovechar un don como el de su hija.

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Cuando Alice era pequeña y venía a nuestra casa, la sentaba en mi regazo.
Ponía sus manitas sobre las mías, abría bien los ojos y se quedaba fascinada
mientras yo tocaba con ella vivacissimo las desenfrenadas partituras de
Pancrace Royer.
Era una niña divertida y encantadora, pero increíblemente cabezota:
imposible que diera su brazo a torcer si quería algo. Efusiva y reflexiva a la
vez. Bach, por ejemplo, la sumía en tal desconcierto que un día hasta
conseguí frenar una de sus rabietas tocando El clave bien temperado.
Esa tirana en miniatura, capaz de acometer una huelga de hambre si se le
negaba un helado o un gofre, pasaba tardes enteras junto al clavecín jugando
con sus Legos, sin hacer un ruido, los días en los que Madeleine y yo la
cuidábamos. Me llevo fatal con sus padres: siempre les ha molestado que mi
pareja sea una mujer. Claro que si había que endosarle la niña a alguien
durante el día porque tenían audiencias o procesos judiciales, tanto el uno
como la otra lo obviaban sin más.
La presencia de la pequeña nunca supuso una carga, ni siquiera cuando
Mado y yo andábamos desbordadas, al contrario. Con la edad que tenía
entonces, lo normal habría sido que se impacientara y se pusiera a patalear a
la primera de cambio, pero Alice podía quedarse una hora sin moverse en la
sala Pleyel. Incluso de adolescente, punki y rebelde, vino conmigo a escuchar
a Maurizio Pollini y a Martha Argerich y salió de la sala con lágrimas en los
ojos de la emoción. Me reprocho que mis viajes no me hayan permitido
dedicarle más tiempo, aunque fue suficiente para enseñarle algunas cosas. Me
llena de orgullo que haya decidido ser instrumentista. Una vez tuve incluso el
placer de dirigir una clase magistral en la que se había inscrito. Ella respetó
las normas y mostró una disciplina impecable hablándome de usted y
dirigiéndose a mí como «señora Terzian».
Siempre me ha gustado la enseñanza. Si el ritmo que cogió mi carrera no
me hubiera impedido ocupar un puesto fijo, no me habría importado que fuera
mi actividad principal. Hace seis o siete años, cuando decidí aminorar la
marcha, acepté impartir una clase semestral en el Conservatorio Nacional
Superior de Música. Así fue durante tres años: cuarto curso, especialización
en clavecín. Me encantaba dedicarles tiempo a aquellos jóvenes de talento
incipiente. Algunos eran más tímidos y otros más arrogantes, pero de vez en
cuando, en contadas ocasiones, adivinaba en ellos el temperamento de un
futuro gran intérprete. Aunque yo hubiera pasado por lo mismo, la abnegación
con la que aquellos estudiantes sacrificaban su adolescencia y sus primeros
años de vida adulta por su instrumento me despertaba una gran admiración.

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En esa etapa, en el fondo, ya no teníamos mucho más que enseñarles en lo
que a técnica se refiere. Ya la habían perfeccionado y pulido tras años de
escalas y ejercicios. A los veintitrés o veinticuatro años, lo que necesitan es
que les ayudemos a encontrar el camino que los lleve hasta la melodía. Que
les permitamos que, al tocar, plasmen sus sueños, sus amores, sus penas. Es
fundamental que aprendan a tocar con sus defectos, sus afectos, sus heridas y
con todo lo que les fascina, además de con sus manos, que tantas horas de
práctica han vivido. El proceso es largo, perturbador, agonizante, como un
abismo al que hay que asomarse sin tropezar. Pero, si no se hace el esfuerzo
de mostrar las emociones propias en el escenario, si no se trabaja en escuchar
primero la música que se lleva dentro, esa que exige sangre, sudor, lágrimas y
luz, y que bebe de nuestras entrañas, es imposible llegar lejos en el plano
artístico. Lo que me correspondió explicarles a esos jóvenes músicos, después
de tantísimos años de exámenes, evaluaciones y pruebas de acceso en los que
se les pedía, ante todo, que se comportaran como atletas frente al teclado, fue
que debían ser humildes y desnudarse ante la música; que el precio que
debían pagar era una gran dosis de impudor, exorbitante a veces, pero que no
tenían elección.
Para algunos, mi discurso supuso una conmoción.
Les dije que encarar una nueva partitura es como sumergirse en agua fría.
No os enfrentéis a ella, no la temáis, por exigente que sea su ejecución.
Apoyaos en sus escollos; ellos os guiarán. Confiad en ella, pues os empujará
hasta vuestros límites y os demostrará que sois capaces de superarlos. No hay
que tenerle miedo, aunque parezca tan inexpugnable como el Himalaya.
Siempre devuelve el esfuerzo multiplicado por cien si estáis dispuestos a
comprender sus entresijos.
El dolor que siento en las articulaciones me saca de mi recuerdo. Intento
mitigarlo dejando las manos largo rato bajo el chorro de agua caliente.
Después, escurro la ensalada y me seco con cuidado antes de poner las palmas
en el radiador unos instantes. Observo la hinchazón de las falanges, la
curvatura cada vez más acentuada de mi dedo meñique. Me pregunto cuánto
tiempo más podré hacer como si nada.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 5

C on la excusa de padecer una gripe, cancelé mis clases y tomé el primer


Eurostar a Londres. Que les den a las clases del máster: de nuevo, me
llevaré una reprimenda del decano y, de nuevo, no pasará nada. Harvard me
dio permiso in extremis para representarlos en la venta de Roseingrave y salí
hacia allí dispuesto a ganar la puja. Cuanto más tiempo pasa, más convencido
estoy de que, si consigo hacerme con alguna obra que me falte, será en
Londres. ¿Acaso no se había convertido la capital inglesa en el epicentro del
culto a Scarlatti en Europa? Algunos habían llegado a hablar de «secta» para
referirse al círculo de sus devotos británicos.
Nada más llegar a la estación de Saint Paneras, me subí a un taxi y me fui
a Christie’s a toda prisa. Quería ver el lote de cartas antes de la subasta. Como
de costumbre, las habían dispuesto unas encima de otras, dándoles una
curiosa apariencia de milhojas, por lo que solo eran legibles las de arriba. Pedí
que abrieran la vitrina, pero el empleado de la casa de subastas se negó en
redondo. Cuanto más insistía, más se enfadaba. Otro inglés testarudo y
cuadriculado. Da igual, lo compraría a ciegas: al fin y al cabo, son dólares de
Harvard, no míos.
El lote de Roseingrave estaba tardando mucho en ponerse a la venta. ¿O
sería yo, que me moría de ganas de que llegara el momento? Se me estaba
acabando la paciencia. Me coloqué a un lado para abarcar toda la habitación
con la mirada. Solo uso esta técnica de vez en cuando, pero no me desagrada
el ambiente que se respira en las salas de subasta: sosegado al principio, se
torna más y más acalorado a medida que se presentan los lotes. La codicia que
se respira, la decepción, el suspense cuando la puja va en aumento y
solamente los más tenaces siguen adelante. Se lanzan las cifras a la cara, sin
mirarse, como si se declararan la guerra. Algunos se aburren entre lote y lote
y escriben correos electrónicos. Otros están pendientes del teléfono para pujar
en representación de otra persona, como yo mismo haré más tarde.
Por fin llegó el turno de las cartas que me habían traído hasta aquí. El
subastador detalló el contenido: un lote de doce cartas y otro, de dieciocho,

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todas ellas enviadas por el compositor Thomas Roseingrave, así como varios
documentos de su archivo personal, entre los que destaca una copia
manuscrita de su testamento. No sé si fue fruto del despiste o de la torpeza,
pero se tomó una bendición: ambos lotes se habían presentado tras una puja
muy reñida de una serie de cartas manuscritas de Purcell. La tensión había
disminuido y ahora eran las quejas, el barullo y la cháchara los que reinaban
en el ambiente. Varios compradores habían abandonado la sala,
decepcionados después de haber perdido la única pieza que les interesaba. A
pesar de que el precio de salida era un poco elevado, la venta de Roseingrave
tenía buena pinta.
Pero nada salió según lo previsto. Al principio, cinco o seis personas
comenzamos a disputarnos las cartas con bastante indolencia. Conocía a uno
de los compradores, Graham Beecham Baker, uno de los conservadores del
Departamento de Musicología de Oxford. Con cada nueva puja, parecía dar
un respingo en su asiento. Me centré en él. Sin duda por eso al principio no
reparé en aquel hombre discreto de unos cincuenta años vestido de negro de la
cabeza a los pies. Tenía un aspecto tan poco reseñable que apenas sabría
describir cómo era, pero sí recuerdo el pausado tono de su voz al anunciar las
cifras. Las pujas incrementaban muy poco a poco: cien, doscientos euros.
Estaba concentrado en mi teléfono, en las sumas que iban sucediéndose, en la
voz de mi interlocutor estadounidense, que cuando se las transmitía respondía
Okay o Go on.
En un momento dado, que me pilló por sorpresa, el hombre de negro y yo
nos quedamos solos en la puja. El cincuentón no traslucía ninguna emoción.
Pero, con cada nueva oferta, levantaba la mano con la regularidad de un
metrónomo. Aunque no le vi ningún teléfono ni ningún auricular, ni tampoco
intercambió miradas con nadie de la sala, estoy convencido de que actuaba
siguiendo órdenes.
El subastador se volvía hacia mí con esa calma tan característica de los
británicos. E, inexorablemente, el hombre de negro levantaba la mano sin
mirarme siquiera. El partido de tenis duró unos minutos, hasta que mi
interlocutor pronunció una frase que me cayó como un jarro de agua fría: Too
expensive. Let it go. Aun así, propuse una suma más alta. En el mejor de los
casos, Harvard acabaría pagando; en el peor, sería una puja descabellada.
Pero el hombre de negro abrió la boca y dio una última cifra muy superior a la
mía. Going one, going twice. Golpeó con el martillo. Sold.
El hombre de negro se levantó, se metió el catálogo en el bolsillo y
desapareció antes de que pudiera interceptarlo.

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Estaba muy contrariado. Había depositado grandes esperanzas en la
lectura de aquella correspondencia. Lo peor no solo fue que me hubieran
batido, sino que me marchaba sin conocer la identidad del comprador. La
única lección que podía sacar de mi fracaso: que alguien hubiera
desembolsado sin pestañear semejante suma de dinero por un músico inglés
medio olvidado confirmaba que Scarlatti era un tema candente. Algo está
pasando estos días. Ahora me queda averiguar de qué se trata.

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JORIS DE JONGHE, 5

E l lutier aún no me ha devuelto la llamada, pero sí me ha enviado dos


mensajes, como muestra de su buena fe. No sé si será verdad, pero me
ha dicho que está investigando a fondo el origen del estuche en el que su
socio encontró la partitura. Se trata de un modelo fabricado en el siglo XIX por
un artesano de Franconia y se hizo popular gracias a aquel ingenioso
mecanismo que luego copiarían en varios países europeos. La idea era
sencilla: tallar un doble fondo o, incluso, una trampilla, y ocultarla bajo el
forro. Una suerte de cremallera estratégicamente situada en la tela permitía
acceder a él. Algunos músicos lo utilizaban para pasar a escondidas impresos,
folletos anarquistas e incluso, durante la Segunda Guerra Mundial, oro y
joyas. Andando el tiempo, ese sistema se hizo tan conocido que ya no
resultaba útil y dejó de manufacturarse. El último fabricante falleció y se llevó
con él su arte. El lutier también me ha dicho que ha averiguado quiénes eran
los antiguos propietarios del instrumento. Me promete más información el fin
de semana. Mientras tanto, he mandado a Kerk para que calme a su acreedor.
No querría que ese polaco violento me desgraciara a mi preciado informador
antes de tiempo.
Cuando fui a ver a Albizon a su taller, me habló de una clavecinista que
había visto la partitura. Incluso la había tocado para él. El corazón me dio un
vuelco cuando oí su nombre. Nunca pensé que el destino la pondría en mi
camino, más allá de haber disfrutado de sus discos y de un concierto al que
asistí con mi mujer en Londres veinte años atrás.
Como era de esperar, resulta muy difícil contactar con Manig Terzian.
Bueno, a Kerk no le ha costado encontrar su dirección y su correo, pero
dirigirme a ella directamente levantaría sospechas. Seas o no un aficionado
pudiente, es imposible presentarse así como así en casa de una intérprete de
su categoría. Por eso, he decidido comunicarme con ella a través de su
discográfica. Técnicamente, soy un mecenas, el presidente de una fundación
(esto es cierto) que quiere producir un proyecto artístico en el que me gustaría

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que participara (esto no lo es tanto). Los artistas suelen ser vanidosos, les
encanta sentirse requeridos. Espero que ella no sea la excepción a la regla.
Mi tercer objetivo es el musicólogo parisino Luzin-Farge, pero a este lo
dejaré a su aire un poco más.
Una vez dispuestas todas mis trampas, podría haber vuelto a Brujas para
reencontrarme con la calma que reina en mi casa, a orillas del canal, y con la
belleza de mis enseres familiares. Reencontrarme, también, con mi soledad.
Quizá fuera esta perspectiva la que me ha llevado, en el último minuto, a
cambiar de opinión y prolongar mi estancia en París.
Cuando estaba esperando el tren en la estación de Bruselas, pensé que
volver aquí sería un suplicio. Lo ha sido. Pero rememorar aquellos años, que
tan felices fueron, me brinda un consuelo inesperado. Vuelvo sobre mis pasos
por las rutas que hice con mi mujer. Le encantaba callejear. En los días en los
que hace mal tiempo, a pesar del frío, salgo a pasear bajo la tenue luz de
febrero. El jardín de las Tullerías, el parque Monceau, el Museo de la
Orangerie, los muelles del Sena… Seguí hasta Notre-Dame, ahora desprovista
de su aguja y aprisionada en una coraza de andamios. A Beatrix le habría
horrorizado este incendio. Al menos se ahorró semejante espectáculo. A
menudo, cuando veo en las noticias las catástrofes que se suceden en el
mundo día tras día, me digo que ella no ha tenido que presenciarlas, pero eso
tampoco me consuela.
Mi mujer veneraba esta ciudad. Cuando los niños abandonaron el nido,
tomó por costumbre organizar viajes aprovechando conciertos y exposiciones.
Podría haberle encomendado las tareas a mi ayudante, pero Beatrix insistía en
comprar ella misma las entradas, en escoger los intérpretes, los hoteles, los
restaurantes… Yo la seguía con los ojos cerrados, pues sabía que acertaría de
lleno.
Con los niños era igual, también se ocupaba de todo. Sé perfectamente
que el afecto que, por su parte, Piet y Hannah muestran con sus hijos se lo
deben a mi mujer, no a mí. No es que fuera un padre frío o indiferente, en
absoluto. Quiero a mis hijos. Es solo que he invertido gran parte de mi vida en
encarnizadas e interminables búsquedas, movido por la sed de poseer las
piezas que codiciaba. Una sed que, nada más conquistar el manuscrito o el
cuadro, volvía a aflorar por otro objeto, de otra forma, y me alejaba de ellos.
Mi mujer se quedaba allí, a orillas del canal, esperándome y velando por
nuestros hijos.
No me percaté, o lo hice demasiado tarde, de hasta qué punto había dejado
de lado Beatrix sus propios deseos para mantener este equilibrio. Mientras yo

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perseguía un cuadro en Nueva York o una porcelana poco común en China,
mi mujer llevaba a Hannah a su clase de baile y a Piet al logopeda. Siempre di
por sentadas la buena cara con la que afrontaba mis numerosas ausencias y la
ternura con la que me recibía a mi regreso.
En realidad, era un privilegio que se renovaba un día tras otro.
¿Era mi mujer feliz conmigo? ¿Acaso yo, aquel joven enamorado e
impulsivo que al pedirle matrimonio la arrancó de sus estudios de Historia del
Arte, su gran pasión, había sabido cumplir sus sueños? No me hice esa
pregunta hasta que no cumplí sesenta y un años. Solo sé que el día en que
volvimos a casa del hospital después de conocer su diagnóstico, no le solté la
mano en todo el trayecto en taxi. Y que, cuando mis dedos tuvieron que
separarse de los suyos en la clínica Sankta Margareta, tras decidir juntos que
había llegado el momento de que la morfina dejara de mitigar el dolor que la
torturaba sin descanso, lamenté no poder adentrarme en el vacío a su lado.

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He retomado mi puesto de observación. Vigilo las entradas
y salidas del taller. He aprovechado mi última visita para echar
un vistazo al correo, ya que los papeles están esparcidos por
ahí, a la vista, cerca del ordenador. Lo de siempre: un montón
de facturas sin pagar y un saldo bancario desastroso.
Una tarjeta de visita, JORIS DE JONGHE. Mecenas y
coleccionista, según internet. Me siento ante el ordenador y
reviso los correos electrónicos. Interesante. Termino con los
mensajes de texto. En uno de ellos veo el nombre de Manig
Terzian. Increíble. Justo cuando pensaba que había metido la
pata al llevarme la partitura, la mecánica parece haberse puesto
en marcha a una velocidad que supera todas mis expectativas.
Esto debería hacérseme muy largo, pero sucede lo contrario.
Todas las mañanas, al amanecer, bajo a la primera panadería
abierta (a menudo mi única salida del día) para comprar algo de
comida. Luego subo y me preparo café y unas tostadas. Me
siento, miro y tomo notas. También leo mucho: periódicos,
poemas, ensayos… A veces una única frase me acompaña hasta
la noche.
Por la tarde duermo para recuperarme de mis expediciones
nocturnas.
Pensaba que sentiría miedo, tristeza o alivio. De momento,
no es así.
Ahora no soy más que una ballesta apuntando a un blanco.
Lo único que importa es la promesa que hice, el objetivo que
me fijé. Aquel hacia el que todos se dirigen, sin saberlo, al
mismo tiempo.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 6

E sta mañana he recibido una postal de Miami. Mi mujer —exmujer,


mejor dicho, aunque todavía me cuesta llamarla así— la envió a
mediados de enero, pero el sobre, repleto de sellos e inscripciones, ha tardado
más de un mes en llegar hasta la rue d’Hauteville. En lugar de una estampa de
la playa, Flo escogió un cuadro de Maurice Denis, un pintor que descubrí con
ella durante unas vacaciones en el sur de Francia. En el reverso aparece el
título de la exposición de Montpellier que habíamos visitado juntos. Parece
que, a pesar de todo, Flo sí se ha llevado consigo algunos recuerdos.
No cuenta gran cosa. Parece que el Lab of Humanities, donde trabaja, le
ha renovado el contrato. Ha conseguido un año más de permiso en la
Biblioteca Nacional. Espera que me encuentre bien y me desea un feliz año
nuevo.
Florence ha escogido unas palabras amables, cautas y neutras, pero, en
una posdata, me pide perdón una vez más por la brusquedad de su partida.
Su carta me conmueve. Ya no es la emoción que me embargaba los
primeros días, cuando recibía uno de sus extraños mensajes de texto o un
correo electrónico sobre la renta o el IBI. Entonces el corazón se me aceleraba
con tan solo ver su nombre. En aquel momento, me aferraba a cualquier
ínfima señal para convencerme de que aún tenía posibilidades de recuperarla.
Su posdata me devuelve a mi tristeza e incomprensión iniciales. Y la
sensación de pérdida y de absurdo que creía haber dejado atrás me invade de
nuevo.
Esta mañana, al menos, la contrarresta una calma ambivalente. Parece que
mi mujer no se ha olvidado del todo de mí, que todavía piensa en mí, a miles
de kilómetros de distancia. ¿Por qué ha renunciado a nuestra relación, después
de los doce años que compartimos? ¿A qué se debe este distanciamiento y
este silencio profundos? Sigo sin comprenderlo. Estas preguntas sin respuesta
me han consumido durante meses, casi han acabado conmigo…
Dejo la postal en el banco de trabajo. De pronto, de la nada, noto que la
ira me posee. Flo se ha ido, pues muy bien. Pero que me deje en paz de una

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vez por todas, que no me cuente cómo le va por la Costa Este.
Un golpe seco me saca de mis pensamientos. Tardo unos segundos en
darme cuenta de quién se trata. Es Alice, la nieta de la señora Terzian, o
sobrina nieta, ya no me acuerdo bien. La conocí en mi primera visita a la rue
de Grenelle. ¿Qué hace aquí?
Según abro la puerta, entra corriendo al taller, no sin antes limpiarse la
nieve de las botas en el felpudo. Con ella se cuela una corriente de aire gélido.
Tiene las mejillas enrojecidas por el frío y su abrigo está cubierto de copos.
Pienso, demasiado tarde, que debería haberle pedido que me lo diera, pero la
he dejado plantada en medio del taller con las manos metidas en los bolsillos.
Antes de que me dé tiempo a preguntarle por qué ha venido, me suelta:
—Conque esta es tu guarida.
Me molesta esa cercanía: que yo haya estado una hora en casa de su
abuela no quiere decir que seamos amigos. Además, detesto que la gente se
presente sin avisar. Durante unos instantes, veo el taller con sus ojos: la
madera secándose, los tablones puestos en vertical a lo largo de las paredes,
los que hay en unas barras metálicas situadas en lo alto, las varillas de las que
penden rollos de tela de todos los colores. El viejo mostrador de mercería que
compré, provisto de decenas de cajones en los que guardo botones, festones y
brocados; el banco de trabajo atestado de martillos de tapicero, gubias y
mazos. Y, presidiendo el taller, la silla que estoy restaurando. Un trozo de
toile de Jouy, sujeto con alfileres de tapicero, cuelga de uno de los costados y
le da al asiento un aspecto frágil. Me aclaro la garganta.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Vengo de parte de mi tía abuela. Me ha pedido que te traiga esto.
Me entrega un sobre de papel kraft doblado varias veces que contiene un
objeto rectangular. Ya sé lo que es. Me pregunto si Manig Terzian le habrá
contado a Alice mis hazañas. Casi me sonrojo de nuevo cuando deja el sobre
en el banco de trabajo.
—¿No lo abres?
Trato de disimular mi vergüenza.
—Luego.
Creía que se daría media vuelta, pero no parece dispuesta a irse. Se apoya
en el banco de trabajo.
—Oye, Manig se preguntaba si se sabe algo más de la partitura.
—No, lo siento.
Le he respondido con un tono más seco de lo que pretendía. La postal de
Flo me ha alterado y querría que se marchara. Me recompongo. Ya que se ha

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tomado la molestia devenir hasta aquí para darme mi teléfono, no voy a pagar
con ella mi mal humor. Para enmendar mi error, le ofrezco una taza de té.
Siempre tengo un poco en el termo. Alice acepta enseguida y, motu propio, se
sienta en el único taburete libre del taller.
Cuando coge la taza, reparo en lo bonitas que son sus manos: finas,
grandes y fuertes.
—Por cierto, pasado mañana daré un concierto con algunos compañeros
en el Conservatorio. ¿Quieres venir?
Se saca un folleto del bolsillo. Bach, Chopin, Brahms. Me cuesta hacerme
a la idea de salir, pero más me cuesta volver a mi piso vacío. Justo en ese
momento, el sonido de un violín se cuela por la puerta que une ambos talleres.
Otro sofista que viene a recoger su querido instrumento… No puedo evitar
prestarle atención. Alice tampoco. No sé quién toca, pero la melodía es
magnífica. Escuchamos en silencio, hasta el final. Mi visita sonríe, encantada.
Tiene una sonrisa preciosa, franca y radiante.
—¡Qué suerte tienes!
—No ocurre todos los días. Además, con tu tía abuela, tú debes de estar
acostumbrada…
—En realidad, Manig no es mi tía abuela. Es la hermana de la madre de la
primera mujer de mi padre. A mí me tuvo con su segunda esposa.
No he entendido nada. Vuelve a sonreír.
—En fin, da igual. De todos modos, tampoco es que vea mucho a mi
familia materna.
—Tus padres deben de estar muy orgullosos de ti.
La sonrisa de Alice desaparece de un plumazo.
—Lo dudo mucho. Pero, de nuevo, da lo mismo. Entonces, ¿es un sí?
¿Cuento contigo para el concierto?
La miro: es encantadora, con su pelo castaño, cortado a lo chico, unos
ojos color avellana con tonos verdes y una cara de lo más expresiva.
Transmite alegría de vivir, entusiasmo y naturalidad. Quizá eso —o la postal
de esta mañana— es lo que me ha hecho decidirme.
—De acuerdo, allí estaré.

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GIANCARLO ALBIZON, 6

E staba sentado junto al banco de trabajo cuando, a eso de las doce menos
cuarto, vi a una mujer salir del taller de Grégoire. Era una chica
bastante joven que llevaba una raída trenca con capucha. No se parecía a sus
clientes habituales. Esperé a que dejara atrás el porche para asomarme por la
puerta que une nuestros talleres. Grégoire estaba cortando una plancha con
una sierra de cinta. Como había mucho ruido, le hice el gesto de comer.
Asintió. Menos mal. Necesito hablar con él.
Llevo más de una semana dándole vueltas al problema. No tengo a nadie
más a quien recurrir.
De nuevo, voy a utilizarlo. Voy a aprovecharme de su bondad y a contarle
la verdad a medias, lo que me conviene. Me repugna la forma en la que trato a
este hombre que, además de mi socio, es, sobre todo, mi amigo. ¿Sigo siendo
amigo suyo? ¿Puedo usar aún esa palabra para referirme a él después de
engañarlo tantas veces?
Cuando nos sentamos a la mesa, Greg parece ensimismado. Me cuenta
que esta mañana ha recibido una postal que Florence le ha enviado desde
Miami. Por lo visto, no tiene planes de volver… No digo nada al respecto. Su
marcha le hizo tanto daño que quizá ese distanciamiento sea lo mejor para él.
Antes de que su esposa lo dejara, no sabía hasta qué punto la quería.
Desde fuera, su relación era muy tranquila, de lo más normal. Eso sí, no
pegaban nada. Ella siempre tenía varios proyectos en marcha y organizaba
vacaciones, salidas… Él era taciturno, tímido y hogareño. Necesitaba darle un
empujoncito para animarle. Debo admitir que a menudo me preguntaba qué
hacía una chica tan resuelta como ella con un hombre tan introvertido como
él. Claro que Greg estaba permanentemente al pie del cañón, sobre todo
cuando a su cuñado se le iba la cabeza, lo cual ocurría cada vez con más
frecuencia. Flo y él me parecían más bien amigos. Se los veía muy unidos,
con mucha complicidad pero sin pasión. Llevaban varios años casados cuando
los conocí. No tuvieron hijos. Ninguno de los dos me contó nunca por qué.

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Sin embargo, cuando Flo se marchó, quedó claro que Grégoire era incapaz
de vivir sin ella. Estaba enamorado hasta los huesos de su mujer. Pasó meses
esperando, día tras día y noche tras noche, que volviera.
Me dolió mucho verlo así. De verdad.
Con mi plato de parmentier de pato delante, comienzo a explicarle mi
plan: Grégoire se irá a Alemania este fin de semana para reunirse con
Wolfgang Löhn, el arquitecto cuyo abuelo fue dueño del violonchelo, a quien
ya he avisado. Una vez allí, mi amigo examinará todo lo relacionado con el
instrumento: fotos, facturas de venta, cartas, lo que sea… Es nuestra única
conexión con la partitura. Me da igual que sea auténtica o no, que tenga algún
valor o no. Lo único que me importa es averiguar quién me la ha robado y a
qué precio puedo venderle los datos que recopile al belga.
Nos recuerdo, hace dos meses, a mi compañero y a mí sentados a esta
misma mesa, y recuerdo mi gesto para apartar aquel cuadernillo gris, y eso
que el lutier soy yo.
Recuerdo también que no tenía claro si meterlo en la caja fuerte para
asegurarme de devolvérselo a Le Guern. Qué imbécil fui. Si lo hubiera
guardado, todos mis problemas habrían quedado atrás.
Tal y como suponía, Grégoire saltó.
—Pero ¿qué clase de plan es ese?
—Fuiste a Alemán en el instituto, ¿no?
—¡Tres años, si acaso! ¡Se me ha olvidado todo! Además, yo no pinto
nada ahí. ¿Por qué no vas tú?
—No puedo. Estaré en Breda a partir del viernes. Tengo que ir al festival
que organiza Zamacoïs. Me lo pidió él mismo.
—¡Pues ve después del viaje!
—Es urgente, Grégoire. Y mucho.
—¿En qué narices te has metido?
Murmuro un par de frases sobre mis problemas económicos. La mirada de
mi compañero está llena de reproches.
—No me digas que has vuelto a jugar…
—Greg, te juro que ya lo he dejado, pero tengo que indemnizar a dos
clientes y la compañía de seguros se niega a pagar nada hasta que lleven a
cabo una contraperitación. Estos dos últimos meses no he facturado una
mierda.
—¿Y qué pinta la partitura en eso?
—He conocido a un coleccionista que está dispuesto a comprármela a
muy buen precio.

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Grégoire casi se atraganta.
—¿Qué coleccionista ni qué coleccionista? ¿Estás loco o qué? Te
recuerdo que la partitura no es nuestra: la encontramos en el estuche de
violonchelo de Le Guern.
Me lo veía venir. Grégoire el puro, el honrado, el recto. El coleccionista
de medallitas, el que siempre lleva al día sus cuentas, el que paga las multas y
declara hasta el último céntimo. Le hago un gesto para que baje la voz. Yo
también modero mi tono.
—Escucha, Le Guern no nos ha pedido la partitura. No sabe ni que existe.
¿Qué más da si la vendo?
Greg deja el tenedor.
—Lo siento, pero me niego a ser cómplice de esto. Es un robo, puro y
duro.
Cuando se pone a pontificar me saca de quicio.
—¡Ya lo eres, que lo sepas! Tú tampoco has dicho nada al respecto.
¿Acaso le pediste permiso a alguien cuando quisiste ir a casa de Terzian a que
tocara la sonata?
Mi socio frunce el ceño.
—No, pero debería haberlo hecho.
Saco mi teléfono.
—Pues, si tanto te arrepientes, llama tú a Le Guern. Cuéntaselo todo, ya
que le tienes tanto aprecio. A ver cómo le explicas que te has acordado de este
asunto justo ahora.
Con cada palabra que le decía, más me odiaba a mí mismo, pero no me
quedaba otra. Mi amigo no se inmutó. Después de un minuto eterno, me dijo:
—¿No se te había ocurrido la posibilidad de que ese fuera el motivo del
robo?
—¿La partitura?
Por supuesto que sí. Y, si esa hipótesis era acertada, más a mi favor para
seguirle la pista. Tal vez esto me lleve hasta los instrumentos robados.
Grégoire añade:
—Si es así, estás tratando con gente muy bien informada.
Parece preocupado.
—Yo que tú iría a la policía. No somos detectives.
—La policía sospecha que he montado una estafa. ¿Qué crees que me van
a decir si les hablo de una partitura misteriosa que no les había mencionado
hasta ahora?
Grégoire aún no lo tiene claro, así que juego mi última carta:

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—Greg, si no reúno el dinero pronto, me quedaré en bancarrota y me veré
obligado a cerrar el taller. Ayúdame, por favor te lo pido. ¿No te das cuenta
de que nos conviene a los dos?
Mi amigo aparta la mirada para observar lo que ocurre en la calle. Sé que
está extremadamente incómodo y no tengo claro si dirá que sí o que no.
Me arriesgo.
—Además, seguro que te mueres de ganas de volver a escuchar la sonata,
¿verdad?

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MANIG TERZIAN, 6

N o me habría perdido el concierto de Alice por nada del mundo. Por eso
no me quedó otra que rechazar el Auditorio Nacional de Música de
Madrid, pero uno de los privilegios que te da la vejez —alguno tenía que
haber— es aprender a dejar de decir que sí a todo para complacer a los demás.
La madre de mi sobrina nieta no vino: eso sería demasiado pedir. Sin
embargo, me llevé una sorpresa cuando vi a Coblence entre el público antes
de ocupar su butaca en una de las filas del fondo. Ese chico, a pesar de sus
hechuras de armario ropero, siempre pretende pasar desapercibido.
Me pregunté por qué habría venido hasta que vi que Alice se asomaba a
un lado del escenario y lo saludaba. Menuda granuja, mi sobrina nieta. Me
fijé en cómo se lo comía con los ojos cuando vino a mi casa, pero jamás
hubiera imaginado que tendría el descaro de invitarlo al concierto. Entonces
comprendí a qué venían tantas preguntas sobre él y su amigo, el lutier, y por
qué había insistido tanto en llevarle ella el teléfono.
El concierto fue un éxito. Alice falló algunas notas en el Liszt —normal
—, pero su Chopin fue soberbio, no abusó del rubato, como hace otras veces.
Su interpretación del minueto de Händel, que habíamos preparado juntas,
emocionó a todo el público. Me fijé en sus manos: la agilidad del meñique, la
flexión de la muñeca, la fluidez de los movimientos de sus músculos…
Aquello era un espectáculo en sí mismo. Sus compañeros también
interpretaron bien sus partes, sobre todo Hamza, el chelista. Ya ha estado en
casa. Siempre mira a Madeleine como si fuera una diosa en la tierra. El joven
tocó una suite para violonchelo de Bach a modo de bis. Resultaba muy bello
empuñando su instrumento.
Su perfil recortado por la luz me recordó a otro rostro: el de un chico que
había conocido en una de mis clases magistrales en el Conservatorio Nacional
Superior de Música. Tenía unos rasgos sumamente expresivos y unas manos
interminables, tanto que pensé que tal vez padeciera el síndrome de Marfan,
pero él me sacó de mi error. En cuanto lo escuché tocar las primeras notas,
supe que estaba ante un talento extraordinario. Su inteligencia musical no solo

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era superior a la de sus compañeros, sino que superaba la de la mayoría de los
músicos veteranos. Parecía gozar de una relación instintiva e innata con la
partitura, como si se fuera creando entre sus dedos conforme la tocaba con
una pureza inigualable. Para alcanzar ese nivel tan pronto, debió de dejarse la
piel practicando.
Cuando se llega adonde yo estoy, lo raro no es ya conocer a alguien que te
iguale, sino a alguien que, a pesar de su falta de experiencia, está destinado a
superarte. A mí me ocurrió con él. Era capaz de dotar a cada pieza de una
intensidad emocional estremecedora, incluso con obras ligeras de Couperin o
de Duphly. Y adaptaba el clavecín a los clásicos del pop estadounidense en un
abrir y cerrar de ojos. Toda la clase estaba impresionada con él.
Recuerdo que charlamos una tarde, después de clase. A diferencia de lo
que suelo aconsejar, le sugerí que intentara refrenar un poco sus emociones,
que procurara mantenerlas a raya para que no acapararan su interpretación,
pero era, a todas luces, incapaz de hacer tal cosa. La clase de composición en
la que se había inscrito podría haber sido una válvula de escape, pero la
abandonó, desesperado por la imposibilidad de alcanzar la perfección de los
maestros que veneraba. Su mirada me recordaba al mar de Bretaña: unas
veces de un límpido verde grisáceo; otras, de un tono ensombrecido por culpa
de las marejadas que se abrían paso en su interior. Volví a verlo al año
siguiente: en octubre desapareció varias semanas y regresó después de las
vacaciones, con unos misteriosos kilos de más que perdió rápidamente.
Recuperó su nivel en tiempo récord. Creo que estaba enfermo.
Cada semana, tenía la esperanza de encontrármelo por los pasillos.
Pasado cierto tiempo, no lo vi más. Me dijeron que se había derrumbado,
que había dejado el Conservatorio. Me enteré de que tuvo un incidente en una
prueba de acceso. Después fui yo quien se marchó. Nunca más volví a
toparme con su nombre en el programa de ningún concierto. Es una pena.
Siempre que me encuentro con un joven músico que toca con elegancia o con
un intérprete que consigue que entre sus dedos la partitura centellee con el
ímpetu de unos fuegos artificiales, me acuerdo de ese chico.
Tras el concierto, Alice se reunió con nosotras y trajo consigo a Coblence.
Yo estaba molesta. No me gustó nada, pero ni un pelo, que me engañara así,
aunque, sin saberlo, me hizo un gran favor… El carpintero se miraba
fijamente los zapatos. Le habría encantado salir corriendo de allí. En su lugar,
yo lo habría hecho. Así, Mado y yo podríamos haberle dado la enhorabuena a
mi sobrina nieta por el concierto a solas.

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Creía que Alice tan solo había pasado a saludarnos antes de ir en busca de
sus compañeros y esfumarse, pero no: insistió en acompañarnos al
restaurante. Y se empecinó de tal forma en que el carpintero se uniera a
nosotras que me faltó valor para decirle que no.
Ya sentados a la mesa, pedimos champán y brindamos por los éxitos de
mi nieta. Coblence no era muy hablador, pero, en el fondo, tampoco era un
comensal desagradable. En absoluto. Tenía un conocimiento sorprendente del
repertorio para clavecín, muy superior al del común de los mortales. Para ser
un carpintero —«ebanista», me corrigió con mucho tacto— que nunca había
estudiado música, tal y como nos comentó, era muy extraño. Ante la
avalancha de preguntas de mi nieta, nos explicó que, desde que terminó su
formación, siempre escuchaba emisoras de música clásica mientras trabajaba.
Así se había forjado su cultura musical. Su mujer, una gran melómana cuyo
hermano era músico, había refinado su educación. Además, llevaba ocho años
siendo socio de un lutier. Mencionó, sonrojándose, mis grabaciones de
Scarlatti y expresó gran admiración por mi trabajo. Aunque todavía no me
fiaba del todo de él, he de admitir que me sentí muy halagada.
Inevitablemente, la cuestión de la partitura surgió de nuevo en la
conversación.
—¿La ha encontrado? —le pregunté.
—No, pero mi amigo tiene una pista sobre su dueño. Iré a Alemania para
conocerlo.
—¿Y qué va a buscar por allí? ¿O es alto secreto? —le inquirió Alice.
La vergüenza volvió a aflorar en el rostro de Coblence.
—No lo sé bien… Mi socio cree que quizá quien le robó buscaba la
partitura. Piensa que, si consigue averiguar su procedencia, podrá seguir el
rastro de los instrumentos que le han quitado. No tiene gran cosa, por eso está
tirando de todos los hilos posibles.
—¿Marin Le Guern está al corriente? —le preguntó entonces Mado.
Coblence suspiró profundamente.
—No, pero Gian cree que Le Guern no sabía que esa antigua partitura
estaba escondida en su estuche.
—¿Se lo vais a contar?
Coblence parecía angustiado. Comenzó a sonrojarse de nuevo.
—¿Qué puedo decir? En ese punto no estamos de acuerdo. Digamos que,
por el momento, mi socio se niega a hacerlo.
—Pero usted sí podría hablar con Le Guern —dijo Mado.
Otro suspiro.

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—Gian ha tenido tantos problemas desde el robo que no quiero echar más
leña al fuego. Por eso he accedido a emprender el viaje a Alemania. Aunque,
y que esto quede entre nosotros, no sé qué voy a decir una vez llegue allí.
Además, mi alemán es nefasto.
No le hizo falta más. Alice no tardó un segundo en reaccionar.
—¡Yo hablo alemán! Podría acompañarte.
De hecho, su padre es alemán. Durante los diez años que estuvo casado
con la madre de Alice, seguro que al menos tuvo tiempo de enseñarle algo a
su hija. Los ojos de Coblence se encontraron con los míos. Vi un atisbo de
pánico. Un tanto a su favor: el carpintero —perdón, el ebanista— no quería
que pareciera que aprovechaba la situación para coquetear con mi sobrina
nieta. Madeleine intervino.
—Alice, bastante tiene ya Grégoire con el viaje. No creo que quiera que le
importune nadie.
Mi sobrina nieta se dirigió a Coblence de nuevo.
—¡Si no seré ninguna molestia! Haré de intérprete, nada más. Lo
prometo.
Otro intercambio de miradas. Saltaba a la vista que Alice se había
encaprichado de ese hombre, a pesar de —o quizá por— su diferencia de
edad. Y la conozco lo suficiente como para saber que, una vez que se le mete
algo en la cabeza, es imposible sacárselo.
Sin embargo, él parece indiferente a cualquier intento de seducción.
Camina rodeado de un halo de tristeza que arrastra como una larga capa.
Además, las cosas como son: Alice tiene veinticinco años y siempre ha hecho
lo que le ha venido en gana. Dos ancianas como Mado y yo no podemos
decirle lo que tiene que hacer.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 6

M oví cielo y tierra para averiguar el nombre del comprador de la casa


de subastas, en vano. No hubo manera de que me revelaran ese dato.
Al día siguiente y al otro, regresé a la sala con la esperanza de ver de nuevo a
aquel hombre de negro, pero no apareció. No obstante, en lugar de
desmotivarme, el chasco que me llevé por no haber ganado la puja me
espoleó. Así pues, antes de volver a París —total, qué más dará una falta más
— decidí poner rumbo a Oxford, ya que la biblioteca Bodleiana posee una
colección de Roseingrave. Hacía más de diez años que no consultaba aquel
archivo. ¿Quién sabe? Tal vez se me escapara algo.
Volver a esa ciudad de ladrillos rojos me trajo recuerdos. No soy muy
nostálgico, pero fue allí donde conocí a Deb, mi segunda esposa. Acudió a mí
en busca de consejo tras un seminario que había impartido y no me resultó
difícil convencer a esa preciosa joven de que fuéramos a tomar una copa y,
luego, a cenar juntos. «La Sorbona» y «París» son dos palabras mágicas para
cualquier estudiante de musicología. Deborah era encantadora, culta y
ambiciosa. Acabé enamorándome y casándome con ella. Me dejó hace dos
años. El divorcio me salió caro, pero el alivio que sentí no tiene precio. Ya no
podía soportar más a aquella Barbie celosa y posesiva que controlaba mi
teléfono y los cargos de mi tarjeta de crédito. Por no hablar de su capricho de
tener hijos. Me daba la matraca con el tema día sí y día también. ¿Un bebé?
¿En serio?
Y, por favor, que nadie me venga con las leccioncitas morales sobre las
investigadoras que me dan su número y a las que de vez en cuando me llevo a
un hotel unas horas. Si se les prolonga el contrato o se publican sus artículos
en las mejores revistas es gracias a mí. Ellas me utilizan a mí y yo a ellas. Es
un acuerdo, no hay sentimientos de por medio por ninguna de las dos partes.
Pero Deb nunca fue capaz de comprenderlo.
Tras un largo tira y afloja en la recepción de la biblioteca Bodleiana,
conseguí que me dieran un carné de lector temporal. Me asignaron un asiento
y me instalé allí de inmediato. Dispongo de tres medias jornadas, ni una más,

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ya que tengo otra cita en París a finales de semana a la que no quiero faltar.
Hojeo documentos que ya leí hace varias décadas con la sensación de que el
tiempo se detiene. Vuelvo a tener veinticinco años y estoy trabajando en el
inicio de mi tesis, en los momentos que saco de vacaciones y puentes. Todo
eso fue antes de recibir la beca estadounidense, cuando no me quedó más
remedio que echar mano de mis escasos ahorros e ir de un albergue juvenil a
otro por toda Europa para conseguir acceder a las bibliotecas y archivos que
necesitaba consultar. Más de una vez he pasado el día con tan solo un café
con leche y dos cruasanes en el cuerpo.
Partituras, cartas, recibos de deudas pagadas… Lo único que han añadido
al archivo oxoniense de Roseingrave desde mi última visita es un libro de
apuntes técnicos sobre el arte del contrapunto y algunas cartas. Van dirigidas
a un amigo músico, pero no tienen mucho interés. El organista se limita a
desvariar sobre el amor que ha perdido, la mujer a la que se había prometido y
a la que sus padres terminaron rechazando. El pobre parece completamente
ido. En la última carta, comenta que acaba de terminar una larga y minuciosa
labor de copia de piezas musicales que pronto le enviará, pero, por desgracia,
nunca menciona el nombre del amigo. Se refiere a él como My dear o My
dearest friend.
Continúo con mi hipótesis. Roseingrave sufre una neurosis en su última
etapa y ya no puede tocar, pero sigue obsesionado con la música de Scarlatti,
así que, llevado por su fanatismo, copia sus partituras. Entre ellas
seguramente esté la obra, o las obras, si es que hay varias, que su amigo
italiano le regaló para tratar de apaciguar su dolor. De alguna forma, la copia
acaba en manos del destinatario de la carta, cuya identidad se desconoce. Esa
es la pista que he de seguir.
Sentado a esta mesa de madera maciza, envuelto en olor a cera y a cuero
viejo, siento la chispa de la adrenalina y el gusanillo de la investigación, que
comienza a cobrar forma. Sensaciones que tenía olvidadas y que me hacen
feliz. Algo se despierta dentro de mí, algo mucho más antiguo, un recuerdo
anterior a las oposiciones, a la tesis, a esta carrera desenfrenada. Aquello que
sentí cuando, siendo un joven estudiante de conservatorio, me quedaba hasta
las tantas despierto para interpretar sus sonatas al clavecín que me permitían
usar una o dos horas.
Como intérprete, siempre fui mediocre. Yo, al menos, lo admito. No
obstante, nunca ignoré que, detrás de esta música se ocultaba un enigma, un
código, un misterio, una composición artística tan novedosa que dinamitaba

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todas las reglas de escritura de su época. Quería ser el primero, la persona
capaz de explicar con total certeza la génesis de ese prodigio caído del cielo.
Isabelle, mi primera esposa, acostumbraba a decirme entre risas, que, con
el tiempo, se acabaron tomando más y más agrias, que yo era un místico y no
lo sabía. Es cierto que, durante casi dos décadas, el deseo de descubrir los
secretos que entrañan esas sonatas me ha obsesionado por completo. Por eso
escogí ser musicólogo o, mejor dicho, por eso reuní las fuerzas suficientes
como para convertirme en el musicólogo que soy.

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JORIS DE JONGHE, 6

T res semanas después de ponerme en contacto con él, concerté una cita
con el profesor parisino en el hotel Plaza Athénée. Tenía que llegar a
tiempo. Como esperaba, aceptó sin vacilar. En este momento hay dos grandes
especialistas que se disputan el conocimiento sobre la vida de Scarlatti: un
italiano que se apellida Baldassi y este francés. Aún no he conseguido
contactar con el italiano. Según le dijo la secretaria de la facultad a Kerk, se
ha ausentado por motivos familiares. No pasa nada, comenzaré por el otro.
Por lo que respecta a este, el famoso biógrafo Luzin-Farge, la
investigación preliminar de mi informador me había dado una idea del tipo de
personaje al que me iba a enfrentar. Tenía curiosidad por conocerlo y
formarme mi propia opinión. Escogí un lugar para nuestro encuentro con el
que sabía que acertaría, dada su vanidad, y que me permitía hacerle ver lo rico
que soy. A veces tengo la cruel impresión de ser un entomólogo a punto de
atrapar un nuevo espécimen, pinzas en mano.
No me decepcionó: llevaba un traje elegante, un chaleco de Arnys y unos
zapatos de piel. Su cabellera entrecana, retirada hacia atrás con esmero,
parece el objeto de todas sus atenciones. Me fijé en su manera de acercarse,
tan seguro de sí mismo ataviado con aquella ropa elegante: pretendía infundir
una imagen de confianza y poder, algo que solo hacen aquellos que lo tienen a
medias. El fallo era, por tanto, evidente: su pelo engominado, sus manos
cuidadas —sin alianza—, sus gafas de marca, su refinada bufanda… Todos
los accesorios que uno necesita para disfrazarse de viejo seductor.
Por la forma en que me tendió la mano, con altivez, y ese ápice de
condescendencia que detecté cuando me miró a los ojos, supe por qué ángulo
atacar.
—Le advierto que solo dispongo de una hora para reunirme con usted —
dijo Luzin-Farge.
Me divirtió su comentario. Al igual que los demás, me dedicaría todo el
tiempo que yo quisiera. Me lo imaginé tecleando mi nombre en internet,
leyendo lo poco que había permitido que se filtrara y aceptando la cita que le

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había propuesto, atraído por el halo de misterio y dinero. Aun así, en su caso,
tenía claro que no bastarían unos pocos miles de euros para conseguir que
colaborara. A él le mueve otra cosa.
Afortunadamente, gracias a Kerk, contaba con una valiosa moneda de
cambio.
Apareció el camarero y nos agasajó con una bandeja repleta de panecillos,
pequeñas piezas de bollería y bizcochos. Sin pensárselo dos veces, mi
invitado pidió, además, fruta fresca, un revuelto y salmón ahumado. Parecía
decidido a disfrutar de la ocasión. Con él, también tenía preparada mi
introducción.
—Señor Luzin-Farge, gracias por venir. Me han dicho que es usted el
mayor especialista en Scarlatti.
Su rostro se tensó para tratar de ocultar la satisfacción que le produjo
escuchar mi comentario.
—¿En qué puedo ayudarle?
—He leído su ensayo sobre él. Es admirable.
—Gracias.
—Qué pena que su editor no haya hecho que traduzcan su libro al inglés.
El otro, el de… ¿Cómo se llamaba? Baldas… sí, eso. El de Baldassi es tan
inferior al suyo…
Noté un destello de contrariedad en su mirada, que enmascaró con
destreza. Mientras esperaba el salmón ahumado, el musicólogo dio un sorbo
al café y escogió con gran atención un pastelito de la bandeja que teníamos
delante.
Admiraba su autocontrol. Finalmente, respondió:
—Baldassi es un presuntuoso. No tengo tiempo que perder con gente
como él. ¿Por qué quería reunirse conmigo?
—Quería hablarle de una partitura.
—Adelante.
—Una partitura manuscrita.
—¿De quién?
—Me han dicho que podría tratarse de una sonata de Scarlatti.
Mi interlocutor seguía sin inmutarse. Todo un logro, considerando lo que
sé sobre su vida y su obra. Lo miré mientras masticaba un pequeño cruasán
con parsimonia. Con cada segundo que pasaba, se iba ganando más y más mi
respeto.
—¿Dónde se ha encontrado?
—Eso no puedo decírselo. Al menos, de momento.

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Si sabía algo, continuaba sin delatarse. Tras coger un trozo de bizcocho de
fruta confitada, contestó.
—Como sabrá, las partituras supuestamente originales de Scarlatti son
como las lluvias de abril: vienen, van, aparecen, desaparecen… Tendría que
ver el original para darle mi opinión.
—Por lo pronto, eso no es posible.
El hombre engulló su bizcocho y miró el reloj con ostentación.
—Así que me ha hecho venir hasta aquí para hablarme de una partitura de
Scarlatti que ha salido de la nada, pero no puede mostrármela ni darme
ningún dato más. ¿Qué es esto? ¿Una cámara oculta?
El revuelto y el salmón llegaron en el momento justo para engatusarlo.
Luzin-Farge, que apenas le había dado las gracias al camarero, empezó por el
revuelto. Era altivo pero codicioso. Un punto a mi favor. Yo bajé la mirada y
fingí que me avergonzaba, como si me hubiera sabido mal haberle causado
molestias para nada. Simulé que reflexionaba.
—Resulta que compré un lote de cartas que salió a la venta en Christie’s
la semana pasada. Las escribió Thomas Roseingrave, un músico inglés. Junto
con las cartas, venía también una copia de su testamento. Pensé que le
interesaría echarles un vistazo.
Se hizo un leve silencio. Era mi turno de saborear un cruasán. El
musicólogo me sostuvo la mirada mientras degustaba su salmón. Comenzó a
mostrarse menos indiferente.
—¿Qué quiere a cambio?
Me lo había imaginado menos brusco, más florentino, pero su
pragmatismo coincidía con mis intereses, así que le dije:
—La primicia de sus hallazgos sobre Scarlatti.
Luzin-Farge cruzó las piernas sin ningún cuidado y se retrepó en el
mullido sillón de terciopelo. Entrelazó los dedos y se relamió con cierto aire
de escepticismo, como si dudara en concederme ese favor.
—¿Y por qué iba yo a aceptar?
Llegó el momento de jugar todas mis cartas.
—Porque tengo en mi poder documentos que le interesan mucho más de
lo que está dispuesto a admitir. Porque poseo acciones en Harper & Collins y
una gran amistad con un brillante agente literario británico. Porque mi
financiación para su investigación será ilimitada.
Luzin-Farge guardó silencio. Decidí arrinconarlo.
—Me han dicho que ya hace años que no publica nada novedoso. Un poco
de publicidad en torno a una partitura inédita, más aún si pudiera decir que la

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encontró usted mismo, conseguiría que su reputación volviera a ser lo que era,
¿no es así?
Pensé que mi discurso lo desarmaría. Que, como mínimo, le heriría el
orgullo. Estaba seguro de ello. Pero, a diferencia del lutier, no mostró ni un
ápice de miedo ni de sorpresa. Incluso se permitió el lujo de conservar
durante unos segundos la mueca socarrona que siempre le acompañaba.
Debería ser él, y no el lutier, quien se dedicara a jugar al póquer.
Mientras lo observaba, maticé la opinión que me había formado de él. Era
engreído, sí, pero también tenía agallas. Al final, aquel francés, con esa
mezcla tan peculiar de arrogancia y frialdad, empezaba a gustarme. Por la
manera en que engullía el desayuno y por cómo iba directo al grano, supe que
en aquel hombre residía una voluntad amarga, imponente.
La reconozco, porque yo también soy así. O, mejor dicho, lo era, en
tiempos pasados. Y, en la pequeña tropa de sabuesos de Scarlatti que estoy
reuniendo, intuyo que este no será el menos eficaz.

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Abandoné el inmueble unos días. Necesitaba aire, agua,
árboles. Respirar. Y no quería arriesgarme a encontrarme con
quien no debía.
Una vez allí, me pregunté si volvería a la rue d’Hauteville.
No me puedo creer que haya puesto en marcha este proceso. A
veces pienso que, en cualquier momento, me despertaré, que es
todo una pesadilla, fruto de una imaginación enfermiza.
Pero basta con acariciar ciertos pensamientos y ciertos
recuerdos para que la ira resurja, intacta. Es esta ira la que me
da fuerzas para reanudar mi misión, para encerrarme, para
espiaros y para seguir cada paso que dais.
Consagré mi primera incursión nocturna al ordenador del
taller. Un historial de internet siempre resulta de lo más útil.
Vaya, parece que ha dejado atrás el póquer en línea, que ha
investigado sobre estuches de violonchelo y que ha invertido
mucho tiempo en ello. Encuentro, también, una visita a una
página web de viajes, para comprar un billete París - Berlín.
Parecen tan desconcertados como los gatos cuando tienen su
presa a sus espaldas y se empecinan en buscarla donde ya no
está.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 7

¿ Q uién me iba a decir a mí, hace quince días, que cogería un vuelo con
una estudiante a la que apenas conozco para reunirme con un
arquitecto berlinés al que no conozco de nada? Llevo dos años viviendo tan
aislado que la mera idea de pasar un día entero con alguien me agota. Sin
embargo, aquí estoy, en una puerta de embarque del aeropuerto Charles de
Gaulle, contando los minutos que faltan para nuestro vuelo retrasado y
escuchando a Alice, que parece no haberse percatado en absoluto de mi
silencio y parlotea sin parar. Me habla del Conservatorio, de sus amigos, de
su vida de joven concertista. Ha llegado el momento de dar sus primeros
pasos, de participar en sus primeros concursos internacionales, pero no es
nada fácil ser una intérprete debutante en un mercado copado. Pienso en
Romain, el hermano de mi mujer, que también se vio obligado a pasar las de
Caín. Y en cómo acabó.
Por suerte, Alice parece más fuerte.
Hace mal tiempo. A pesar de que el vuelo es corto, nos da tiempo a sentir
las turbulencias. Con lo a gusto que estaría yo a estas horas en mi taller,
restaurando un mueble o tomando una taza de té caliente. Maldigo a Gian,
maldigo mi flaqueza y mi incapacidad innata para decir que no. Pero, sobre
todo, maldigo a Alice y su insistencia embaucadora.
Por otro lado, le debía una a mi compañero. Cuando Flo se marchó y yo
toqué fondo, fue él quien me hizo reaccionar y me obligó a pedir cita con un
médico. Me convenció de que volviera a trabajar y me arrastró
cotidianamente a Paulette’s para forzarme a comer caliente al menos una vez
al día. Hizo todo lo que pudo para buscarme pedidos y obras en las que
trabajar. Sin su ayuda y si nuestros talleres no estuvieran uno junto al otro, me
habría ido a pique.
Ahora me toca a mí poner mi granito de arena, aunque confieso que mis
dudas sobre lo que realmente pasó en su taller aún no se han disipado.
En efecto, cuando veo a Gian en el patio hablando por teléfono y
encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior, me pregunto si de verdad

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me lo ha contado todo. Desde el robo, está hecho un trapo, parece un zombi.
Aun cuando debería concentrarse en recuperar los instrumentos que le han
quitado, está obsesionado con la partitura. Lo que menos me gusta, no
obstante, es que quiera actuar a espaldas de Le Guern, su propietario. Al fin y
al cabo, nunca ha sido nuestra.
Este cúmulo de motivos a favor y en contra explica por qué esta mañana,
mientras los vehículos de limpieza urbana barrían las aceras de París, fui a
buscar a Alice a casa de su tía abuela. Me había dicho que tocara el timbre
pese a la hora temprana, pero no esperaba encontrarme frente a frente con la
señora Terzian, todavía en bata. Me sentí intimidado, como cada vez que la
veo en persona: me costaba creer que estaba en la cocina de esta virtuosa
clavecinista, a las seis menos cuarto de la mañana, tomándome el café que
acababa de servirme. No pareció que me guardara —demasiado— rencor por
la grabación clandestina. Aprovechando que Alice iba a por su abrigo, saqué
el tema.
—Siento mucho lo que hice, señora Terzian. Le juro que no tenía malas
intenciones.
—Hablemos claro.
Dirigió la mirada en dirección al pasillo de la entrada, desde donde
resonaban los pasos de Alice. Me miró.
—Ya se habrá dado cuenta de que mi sobrina nieta tiende a encariñarse
con facilidad y de que tiene veinte años menos que usted. Por favor, lleve
cuidado.
El comentario fue tan directo que debería haberme ofendido, pero
entiendo que Manig Terzian no es de las que se anda por las ramas. No supe
qué contestar y me quedé allí, con la nariz en la taza, esperando a Alice.
Eso sí, podría haber tranquilizado a su tía abuela. Ya no siento nada por
nadie. La marcha de Flo me ha causado un naufragio emocional, una caída en
picado en un abismo de abandono. Mis amigos más comprensivos dicen que
me vi superado, que se me juntó el luto por la pérdida de mis padres con el de
la pérdida del hermano de mi mujer: que debería haber ido a un psicólogo.
Para los demás, este sufrimiento desmesurado roza ya lo ridículo.
Pero, desde entonces, las mujeres me imponen. Y el donjuanismo de Gian,
del que antes me burlaba, ahora me repugna. No comprendo cómo alguien
puede jugar con los sentimientos de los demás, dejarlos de lado tan fácilmente
y herir a la gente sin pensárselo dos veces.
A mediodía, Alice y yo pisamos por fin suelo berlinés. Nos tocó esperar,
volver a hacer cola en la ventanilla de pasaportes y coger un autobús para

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llegar al centro de la ciudad. Alice aprovechó cada segundo del vuelo para
bombardearme a preguntas: mi edad, mis estudios, la ciudad en la que me
crie, mis compositores favoritos… Incluso me preguntó si tenía hijos. Es peor
que la Gestapo. En un momento dado, soltó:
—La tía Manig cree que eres viudo.
Le respondí de mal humor.
—Pues tu tía se equivoca.
—Entonces…, ¿divorciado?
Empezaba a cansarme. Suspiré.
—Vivo la mar de bien solo. ¿Alguna otra pregunta?
Alice se retrepó en su asiento, se enfurruñó y se hizo la dormida hasta que
llegamos.
Después de un rápido almuerzo en una taberna, un taxi nos dejó delante
del edificio en el que íbamos a reunirnos: DIPL.-ING STEFAN LÖHN ARCHITEKT. El
estudio del arquitecto era su mejor reclamo: una armoniosa combinación de
cristal, acero y cemento pulido. Tuvimos que esperar quince minutos mientras
nos tomábamos una taza de aguachirle alemán: yo habría preferido un café
expreso doble. Después, un asistente nos condujo al despacho de Löhn. Me
había levantado muy temprano y me costaba mantenerme despierto.
El hombre que nos recibió tenía entre cincuenta y sesenta años. Era casi
tan alto como yo, pero mucho más delgado; vestía de negro y llevaba gafas de
diseño. Alice nos presentó en alemán. Supuse que estaba explicando el
motivo de la reunión que Gian había organizado. Me había dicho la verdad:
era totalmente bilingüe, tanto que, al escucharla, me dio la impresión de
descubrir a una perfecta desconocida a mi lado.
Habló rápido y no fui capaz de comprender gran cosa de lo que decía,
pero vi que el rostro de aquel hombre se tensaba y dejaba entrever cada vez
más su escepticismo. Alice pronunció una frase en la que reconocí la palabra
Klavier y le mostró un vídeo de ella tocando en el móvil. A partir de ese
momento, Löhn se mostró algo menos receloso, pero seguía teniendo sus
dudas. Gracias a los fragmentos que Alice me iba traduciendo sobre la
marcha, entendí que el abuelo del arquitecto, Wolfgang, le había comprado el
violonchelo a un famoso intérprete de su época. Pillé su nombre al vuelo:
Amos Blok.
«¿Cuándo fue eso?», pregunté a Alice, que lo tradujo. El arquitecto habló
largo y tendido. Alice hizo otra pregunta y, de repente, nuestro interlocutor
pareció contrariado. La conversación se tensó sin que yo pudiera comprender
por qué. Reconocí las palabras Jud y Juden, que el arquitecto repitió varias

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veces. Así pues, Blok era judío. ¿Habíamos tocado un tema sensible? Después
de unas frases, creí oír «Terezín» varias veces. Terezín… Conocía aquel
nombre por una novela alemana que me había dejado Flo. Era el nombre de
un campo de concentración de la República Checa. Allí se juntó a varios
artistas y se les permitió tocar y trabajar con el único propósito de burlar a la
Cruz Roja. Hasta compusieron una ópera. Luego, los enviaron a la muerte en
otros campos de concentración. ¿Habían deportado allí al músico? Después el
tono se suavizó y Löhn hizo una llamada telefónica.
Alice no cedió ante la irritación del arquitecto. Además de su fluidez con
el idioma, admiré la calma y la firmeza con la que llevaba la conversación.
Aquella chica que, en el avión, me había causado la impresión de ser una
joven habladora y atolondrada, en este contexto se mostraba hábil y
persuasiva, tan decidida y concentrada como cuando interpretaba obras de
Liszt o Chopin.
Al cabo de una hora, la entrevista terminó. Nuestro anfitrión se mostraba
menos frío que cuando llegamos: hacia el final, hablaba con muchos gestos y
parecía insistir a Alice en algo, para convencerla. Antes de irnos, escribió una
dirección en un trozo de papel y nos lo dio.
Ya en la calle, me moría de curiosidad. Quería sentarme en un café y dejar
que Alice me contara la conversación con pelos y señales, pero se ve que no
teníamos tiempo.
—Grégoire, rápido, vamos a alquilar un coche. Si nos ponemos en marcha
ahora, llegaremos a Erlangen esta misma noche.
—¿Dónde está Erlangen?
—Cerca de Núremberg.
—¿Y qué vamos a hacer allí?
—La hermana del señor Löhn vive allí. Mañana por la mañana estamos
citados con ella. Tiene algo que enseñarnos.

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GIANCARLO ALBIZON, 7

A quí todo es espantoso: la ciudad, la sala de conciertos, el hotel e


incluso el clima. Estoy en la habitación de mi hotel, en Breda,
esperando la llamada de Grégoire. Observo la lluvia a través de la ventana. El
mal tiempo que tenemos desde que llegué hace que los instrumentos se
desafinen. Y el director de orquesta, un tipo temperamental, ha pasado parte
de la tarde abroncando a los músicos. Como resultado, Zamacoïs, molesto, ha
roto una cuerda en mitad del ensayo y, al final, lo ha pagado conmigo.
A pesar de este ambiente, una parte de mí se alegra de encontrarse lejos de
París, de Budzynski, del belga y de mis problemas. La otra anda preocupada:
Grégoire no está y, aunque he mandado cambiar las cerraduras, me pregunto
si mi taller recibirá una nueva visita en mi ausencia. Esta vez, he tomado
precauciones: he metido todos los instrumentos que no me pertenecen en la
caja fuerte y he dejado el violín en el que estoy trabajando en casa de un
colega de confianza. No tiene valor de mercado. Aún no. Pero confío en que
la capa de barniz y el secado den sus frutos.
Pensar en ello me consuela. Tras cuatro años trabajando en ese nuevo
prototipo, al fin siento que no estoy lejos del éxito. Hace unos años, Grégoire
trajo un montón de madera de abeto de Hungría que no tenía muy buen
aspecto. Esos viejos tableros, que llevaban veinte años secándose en un
granero cerca del lago Balatón, resultaron ser de una calidad excepcional. La
madera de la tapa armónica es vibrante y, gracias a una ligera modificación de
la forma de las efes, he logrado recuperar parte del sonido que reverbera del
fondo. Hasta Pierre, que lo probó cuando vino a recoger el Cernaudi, parecía
impresionado. Me animó a terminarlo cuanto antes.
Pero, para acabar este proyecto, necesitaría volver a contar con tiempo,
dinero y tranquilidad.
Me faltan los tres.
A las ocho, Grégoire llama por fin. Me hace un confuso resumen de lo
que le ha traducido la estudiante con la que se ha ido, la nieta o la prima
segunda de Manig Terzian, yo qué sé. En su momento, el chelo perteneció a

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Amos Blok. Grégoire me pregunta si me suena. Por supuesto que sí. Blok es
menos conocido que algunos de sus homólogos. El pobre no tuvo tiempo de
dejar muchas grabaciones, pero, según los pocos archivos sonoros que han
conservado la memoria de su forma de tocar, era un intérprete excepcional, de
la talla de Casals, de Navarra o de Piatigorsky.
Grégoire me dice que Wolfgang Löhn, el abuelo del hombre que le vendió
el instrumento a Marin Le Guern, se lo había comprado directamente a Blok
en 1938.
—¿Y a qué se dedicaba Wolfgang Löhn?
—Era banquero.
—¿Y por qué iba a comprar un banquero un instrumento tan valioso? ¿Era
músico?
—Según su nieto, no. En cualquier caso, no era para tocarlo. Te contaré
más cosas cuando vuelva. Ahora nos vamos a Erlangen.
—¿Dónde está eso?
—Cerca de Núremberg, en el sur de Alemania.
—¿Y qué pintáis allí? El arquitecto vive en Berlín, ¿no?
—Seguimos otra pista. La hermana de Löhn nos recibirá mañana. Parece
que conserva los documentos de la venta. ¿Tú qué tal estás? ¿Todo bien por
Breda?
—Bah.
Le resumí la situación en pocas palabras y colgamos.
La intensidad de la lluvia se había duplicado. Las ráfagas de agua,
arrastradas por el viento, golpeaban las ventanas de la habitación. Subí la
calefacción para tratar de caldear el ambiente, apenas templado. Era la hora
de cenar, pero no tenía hambre. Me senté en la cama con las piernas cruzadas
y abrí la carpeta que contenía los documentos de internet sobre estuches con
marquetería que había impreso. Mientras los hojeaba, tuve un ligero atisbo de
esperanza: el primer fabricante de esos estuches tan particulares, Markus
Appenzzell, era de Núremberg, no muy lejos de adonde se dirigía Grégoire.
Mejor aún: la biografía de Amos Blok, que era sorprendentemente extensa en
el artículo que tiene en Wikipedia, revelaba que se había casado con una
mujer nacida en Franconia.
Leí el resto, que ya conocía a grandes rasgos. Blok nació en 1895. Había
luchado en la guerra de 1914, en primera línea, como soldado de infantería.
Se lo conocía porque fabricó un violonchelo improvisado con tablas
recicladas —en una foto aparece sentado detrás de una caja de jabón provista
de cuerdas— y organizaba conciertos en el frente para sus camaradas.

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Milagrosamente, salió ileso de aquellos cuatro años de carnicería. Nada más
desmovilizarlo, se unió a la Filarmónica de Berlín, en la que fue una de las
más brillantes promesas, antes de reincorporarse a la Orquesta Nacional de
Santa Cecilia y, más adelante, regresar a Alemania para iniciar su carrera de
solista.
Él y su esposa Cordelia tuvieron tres hijos: Catarina, Georg y Mina. Pero,
a partir de 1936, una sombra se cernió sobre esta familia, como sobre tantas
otras. Aunque a Blok al principio le protegió su fama, vivió situaciones
desagradables, le cancelaron compromisos y sufrió humillaciones. Se percató
de que comenzaban a cumplirse los malos presagios. Por precaución, su
familia y él pusieron rumbo a Francia a través de Suiza en 1938. Un amigo de
Honegger, al que conocía bien, le prestó una casa en el departamento de Oise.
En 1939, gracias a su fama, al músico le encomendaron durante unos meses
algunas clases en el Conservatorio Americano de Fontainebleau. Sustituyó a
los profesores a los que habían llamado a filas. Llegado a ese punto, debería
haber pasado a la clandestinidad. Pero se negó a renunciar a su nombre y
olvidó mandar hacer certificados de bautismo falsos para sus hijos, como le
había aconsejado Nadia Boulanger.
La promulgación de las primeras leyes antisemitas había hecho mella en
sus escasos recursos. La prefectura se interesó por su caso. Solo entonces
aceptó esconderse. Se hizo llamar Armand Blanche y lo contrataron como
jardinero en el departamento de Loir-et-Cher. Conoció de primera mano el
encubrimiento, los expedientes, el miedo. Si había conseguido sobrevivir
había sido gracias a la generosidad de sus amigos músicos. Finalmente, su
familia y él fueron detenidos en marzo de 1942, cerca de Châtellerault,
cuando intentaban cruzar la línea de demarcación. Su nacionalidad alemana
no lo salvó, al contrario: lo acusaron de espionaje y lo mandaron a Drancy. A
ojos de los nazis, era otro judío menos.
En la página se dice que se envió a toda la familia a Compiègne y luego a
Terezín antes de que al músico y a su esposa los trasladaran a Auschwitz. No
se menciona a ningún superviviente.

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MANIG TERZIAN, 7

A lice ha vuelto de Alemania con los nervios a flor de piel. No sé si por


jugar a los detectives o por haber pasado los dos últimos días en
compañía de su querido ebanista. En cualquier caso, el viaje le ha dejado
huella. Me ha contado todo su periplo, me ha hablado de Berlín, del coche
alquilado, de los cuatrocientos kilómetros hacia el sur para acudir a una cita
con la hermana del hombre con quien se habían reunido. Con lo intrépida que
es mi sobrina nieta, sé que habrá disfrutado mucho con estos imprevistos.
Aunque por el momento no se puede establecer ningún vínculo con la
partitura, Coblence y ella han reconstruido parte del itinerario del
instrumento. O, para ser más exactos, del estuche del instrumento en el que
iba metida la partitura. Alice me contó la reunión con el arquitecto alemán:
una conversación complicada. Al principio, el hombre creyó que estaban
acusando a su abuelo de haber aprovechado la ola antisemita que recorría
Alemania para expoliar a un gran músico judío. Las escrituras de venta que
tenía su hermana demostraban que no era así: Wolfgang Löhn no solo le había
comprado su instrumento a Amos Blok de forma legal, sino que había pagado
varias veces su valor.
Los dos hombres se conocían. La hipótesis más probable es que el
banquero se quedara temporalmente el instrumento durante el exilio de la
familia. La escritura de venta habría sido una excusa para darle a Blok una
gran suma de dinero con la que financiar su huida de Alemania. Varias cartas
fundamentaban esta idea: después de la guerra, Lohn se pasó más de un año
tratando de localizar a la familia Blok a través de la Cruz Roja y de las
oficinas de deportación. Tras conocer la noticia de su muerte, le encargó en
balde a su notario que emprendiera la búsqueda de sus descendientes. Su nieta
había llevado un registro de importantes donaciones realizadas entre 1946 y
1960 a diversas organizaciones de apoyo a los huérfanos judíos.
Pero si había un argumento de peso a su favor era que el banquero nunca
intentó vender aquel instrumento al que no daba ningún uso. Como si no
hubiera perdido la esperanza de volver a ver a su amigo o de dar con uno de

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los suyos. Así el violonchelo permaneció en la familia Löhn durante tres
generaciones.
Pensaba que no volvería a ver a Coblence en una temporada, pero mi
sobrina se apresuró en traducir los documentos y los empleó como excusa
para invitar al ebanista a cenar… en nuestra casa. Qué lista. Nos está usando a
Mado y a mí de carabinas.
—Alice, estás exagerando.
—Pero, tía Manig, ¡si te adora!
—No me vengas con esas… Más bien eres tú la que lo adora a él, ¿no?
Mi sobrina nieta hizo una mueca medio de risa, medio de vergüenza. Me
recordó a la cara que ponía de niña, cuando estaba a punto de confesarnos su
última trastada. Por un momento, no supe si continuar: no tengo por qué
meterme en sus líos y amoríos. Con su edad, mis padres ya me asediaban
bastante a preguntas sobre con quién salía —¡si ellos supieran!— y no quiero
cometer el mismo error.
Sin embargo, no pude evitar añadir:
—Lleva cuidado, cariño.
—¿Y eso a qué viene?
—Me da que tu Grégoire no está muy disponible que digamos…
—Te equivocas. Su esposa se ha ido. Vive solo.
—Puede que esté solo en casa, pero no en su mente.
—¿Cómo lo sabes?
Me reí.
—Hazle caso a tu vieja y sabia tía abuela.
Bromeé para ocultar mi preocupación. Ese hombre le saca, como poco,
quince años a Alice. Podría pasar por alto ese detalle si no fuera porque aún
lleva puesta su alianza: mala señal para un divorciado. No obstante, lo que
más me asusta es esa melancolía a la que no da la impresión de querer poner
remedio. Suficiente como para hacer sufrir a mi sobrina nieta si acaba
enzarzándose en esta historia, cosa que, por desgracia, parece bastante
dispuesta a hacer.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 7

E l belga, que me citó en el Plaza, a pesar de sus aires patricios y su


adulación inicial, no se anduvo por las ramas. El trato que me ha
propuesto es bastante claro: lo que sé por la partitura. Podría haberme
ofendido, pero preferí seguirle el juego. No sé quién es este hombre, ni si es
tan rico como parece, ni por qué compró la colección de Roseingrave. No
importa: lo principal es que me haya buscado a mí en lugar de a Baldassi. Y,
sobre todo, que cumpla su palabra: nunca estamos a salvo de un mentiroso o
un estafador. Por el momento, espero al mensajero que me prometió: en unos
minutos sabré si su propuesta era o no un engaño.
Mientras tanto, redacto un correo electrónico para Martial, mi editor. Le
explico que estoy a punto de encontrar una, quizá varias, sonatas inéditas y le
pido que esté preparado para lanzar una reedición de la biografía. Estoy
exagerando un poco, por supuesto, pero a veces hay que forzar un poco el
destino si uno quiere abrirse camino en el mundo.
Muchos de los que me conocen creen que para mí todo ha sido coser y
cantar gracias a mi apellido compuesto, mi trabajo en la Sorbona, mis trajes a
medida y mi vivienda en el distrito XVI. Ya, claro… Mi madre era limpiadora
y mi padre, que era electricista, murió del cáncer que le causó el amianto
porque su jefe lo hizo trabajar durante veinte años en edificios contaminados.
Farge es el apellido de mi padrastro. Me adoptó no porque él quisiera: fue mi
madre quien insistió. La pobre mujer quería protegerme.
Estudié en el conservatorio de Ruan. Conseguí acabar la carrera gracias a
una serie de trabajillos, cada cual más horrible —y más duro— que el
anterior. Y, para colmo, en contra de la opinión de Farge, que pensaba que la
música clásica era «para maricones». Durante mi primer año de
conservatorio, jamás me remangué, ni siquiera en primavera, porque no
quería que nadie advirtiera las quemaduras que me había hecho con aceite
hirviendo en el restaurante de comida rápida en el que servía hamburguesas

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cada noche. Treinta años después, en cualquier restaurante, el olor a patatas
fritas sigue revolviéndome las tripas.
Podría haberme rendido, haber buscado un trabajo de verdad y dejar atrás
aquella vida de muerto de hambre. Pero escuchar, aprender y analizar
secuencias de notas fue mi única fuente de alegría durante la adolescencia,
una adolescencia que transcurrió en un piso de alquiler social de tres
habitaciones en Le Petit-Quevilly con mi padrastro, su televisión a todo
volumen y el bebé que mi madre y él habían decidido tener a toda prisa.
Mi madre estaba muy orgullosa de que aprendiera música. «Buena
música», como ella decía. Solía dar la lata a los vecinos con mis proezas. Se
desvivió para que yo pudiera seguir estudiando.
Dicen que los años de estudiante son los más felices de la vida. Yo guardo
recuerdos atroces de los míos. La condescendencia, los pérfidos comentarios
a mis espaldas… Yo era ese al que nunca invitaban a las fiestas porque iba
mal vestido, el que veía las óperas de pie en el gallinero. A partir del segundo
año me gané la vida o, mejor dicho, sobreviví dando clases de solfeo a niños
ricos. Y las oposiciones para profesor agregado en musicología, que aprobé a
los veintitrés años, las preparé mientras trabajaba como vigilante nocturno en
un hotel.
Durante aquellos años interminables, nunca me quejé. Me tragué mi rabia
y mi cansando. Observé. Me empapé de todo. Asimilé los códigos. Aprendí a
distinguir entre cuchillos de carne y de pescado, y cucharillas de café o de
pomelo en casa de los padres del único alumno que me invitó a comer con su
familia. Soporté los comentarios de los profesores sin inmutarme. Me
mostraba dócil, incluso servil, si las circunstancias que lo exigían. Aun así, en
lo más profundo de mi ser, siempre me acompañaba el miedo a cometer un
error, a dar un paso en falso.
En cuanto a mis «compañeros», me blindé contra su desprecio. También a
ellos los observé. Se creían muy listos. Algunos pensaban que serían grandes
artistas, el futuro Scott Ross o la futura Blandine Verlet. Sin embargo, la
mayoría se quedó estancada toda su vida en conservatorios provinciales.
A diferencia de ellos, yo no me engañaba a mí mismo. Era un
instrumentista mediano, por no decir mediocre, pero mi comprensión de la
música superaba la suya con creces. Memoricé cientos, si no miles, de
partituras, puse en palabras algunas reglas de la escritura musical antes de
descubrir su explicación teórica en clase. Contaba con una excepcional
facultad para aprender, para hacer esquemas, para conectar conceptos y
explicarlos. Era capaz de situar una obra aislada en su contexto y distinguir en

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ella las influencias que la atravesaban, detectaba incluso las nuevas. Mi
profesor de análisis musical me tenía mucho cariño y me prestó libros en
varias ocasiones. Él me espoleaba para hacer una tesis.
Fui el primero de mi clase en ser profesor agregado de Musicología.
Aquellos que se habían reído de mis jerséis baratos durante la preparación
estaban verdes de envidia. Mi primer trabajo, para las prácticas, fue en un
instituto del distrito V. Por aquel entonces conocí a Isabelle y conseguí
convencer a Étienne Leduc de que fuera mi tutor de tesis: el profesor más
duro de la Sorbona, pero también el mejor. Tenía unas aptitudes
interpersonales extraordinarias. Al año siguiente, me destinaron a Meudon.
Mi vida era como una carrera de obstáculos: me levantaba a las cinco, cogía
el tren, pasaba el día dándoles clase a chavales inquietos, el noventa y cinco
por ciento de los cuales solo escuchaba música rap, volvía a subirme a un tren
y corregía exámenes. Por la noche, caía rendido sobre mis libros. Leduc me
hizo trabajar mucho, pero me ayudó a conseguir una beca Fullbright. Me casé
con Isabelle y nos fuimos a Estados Unidos.
Enterré definitivamente al viejo Rodolphe, aquel tipo paleto de Le Petit-
Quevilly que llevaba zapatos de saldo. Cuando regresé de Estados Unidos,
hablaba inglés con fluidez, vestía con traje y corbata y sabía cómo
comportarme en una cena. Defendí mi tesis con honores, delante de mi madre,
que se vistió con sus mejores galas para la ocasión —Farge se quedó en casa
—, y conseguí un trabajo como profesor titular universitario en Estrasburgo.
Para mí, era solo un paso más: me había prometido a mí mismo que
conseguiría ser catedrático antes de los cuarenta. Un empeño que me costó mi
primer matrimonio. Por otro lado, a los treinta y cinco ya contaba con tantas
publicaciones como otros compañeros que me sacaban quince años.
La publicación de mi ensayo sobre Scarlatti me brindó reconocimiento a
escala internacional. Un año después, conseguí mi primer contrato de profesor
visitante en Chicago, sin perder de vista mi objetivo. En Estrasburgo, estuve
presente en todas las comisiones y en todas las reuniones, a pesar de que los
intereses comunitarios me importan un bledo. Adulé a quien tuve que adular,
me acerqué a quien tuve que acercarme y conspiré contra quien tenía que
conspirar. Cuando me aburría, o me hartaba, de los interminables juegos de
estrategia, pensaba en mi padre, con su máscara de oxígeno, muriendo de
insuficiencia respiratoria. O en mi madre, que se casó con un hombre al que
no amaba por miedo a no llegar a fin de mes; todo para acabar sucumbiendo
con sesenta y cuatro años a un infarto en las escaleras de nuestra vivienda de
alquiler social, pues el ascensor llevaba dos años estropeado.

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No es solo que tuviera claro que ese no sería mi destino, sino que estaba
dispuesto a borrar hasta el último rastro de todo aquello.
Cuando, a los de treinta y nueve años y cuatro meses, me escogieron para
la cátedra de Música Barroca en la Sorbona, mi sed de venganza se calmó al
fin. Esa vez, era yo quien estaba allí. Pero, tras la alegría y el alivio, me
invadió una especie de vértigo. Temía que la victoria hubiera apagado el
deseo, que mi gusto por el análisis, por la música, por su música, no hubiera
sobrevivido a los años de batalla.
El milagro es que recuperé la pasión.
La vida que llevo ahora, consagrada única y exclusivamente a mi
investigación musicológica, sin esposa, hijo, gato ni perro que la entorpezcan,
es tal y como la deseaba.
En definitiva, sí, fui duro y codicioso, lo admito. Pero he de reconocer
que, hasta la fecha, no me ha ido nada mal.

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JORIS DE JONGHE, 7

C erca de Beaubourg, un cartel anunciaba una exposición retrospectiva de


Hodler. Ahora mismo se puede ver en Ginebra. Cuento con un cuadro
de este pintor en mi colección. Está colgado en nuestra habitación, esa en la
que me niego a dormir desde que murió Beatrix. Me había acostumbrado a la
presencia de esa pintura y ya no la veía cuando la tenía delante. Hoy, en pleno
París, a pesar de que hace más de treinta meses que no me he parado a
observarla, vuelve a mí con una precisión estremecedora.
El cuadro que escogió mi mujer representa un lago suizo bañado en
verdes y azules, al pie de una cordillera. A pesar de la armonía de los colores
glaciares, el lienzo, con esa simetría que tanto fascinaba a Beatrix, reflejaba la
violenta belleza de la naturaleza. La imagen del cartel mostraba a un hombre
solitario, bastón en mano, caminando por un bosque. Parecía absorto en sus
pensamientos. Perfecta representación de aquello en lo que me he convertido,
me dije… Descubrí a Hodler y a muchos otros artistas gracias a mi mujer. Fue
ella quien completó mi educación estética, quien me enseñó que tener tanto
dinero no sirve de nada si no se es capaz de amar lo bello. La fundación fue
idea suya. Y, sin ella, me habría perdido a la mayoría de los pintores,
compositores y fotógrafos a los que luego seguí la pista en busca de sus joyas.
En cierto modo, Beatrix alimentó, sin saberlo, mi gusanillo coleccionista.
En Ginebra vive mi hija Hannah. Podría hacerle una visita. Al fin y al
cabo, se acerca el fin de semana y Suiza está a tan solo unas horas en tren
desde París. Por teléfono, parece perpleja. Está de guardia la noche del
viernes al sábado. Pese a ello, me asegura que puedo ir sin problema.
Antes, nunca se me habrían ocurrido este tipo de ideas. Era Beatrix quien
tomaba la iniciativa; desde que murió, no he organizado un reencuentro con
mis hijos ni una sola vez. Me gustaría verlos más, pero no quiero que parezca
que estoy mendigando sus visitas, especialmente las de Piet, quien, desde que
murió su madre, está resentido conmigo, no sé muy bien por qué.
Reconozcámoslo, siempre he sido demasiado distante con mis hijos como
para pretender ser un padre afectuoso ahora.

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Unas horas después de hablar con Hannah, comienzo a arrepentirme de mi
propuesta. Seguro que mi presencia le supondrá una molestia y le robará el
poco tiempo libre del que dispone. Pero cancelar a estas alturas solo
empeoraría las cosas.
Al cabo de dos días, mi yerno viene a recogerme a la estación de
Cornavin. Este chico, que es abogado, es prácticamente un desconocido para
mí, aunque se casó con mi hija hace casi quince años. A él también parece
sorprenderle mi visita. Durante la comida, mis nietos, Franz y Mona, apenas
abren la boca, intimidados por mi presencia. Como no sabía lo que les
gustaría, les he traído unos regalos muy caros, que apenas se atreven a abrir al
terminar el postre. También he traído el violín. Se lo doy disimuladamente a
mi hija, para que se lo regale a mi nieto en una ocasión especial. Propongo
llevar a los niños al parque o al zoo por la tarde. Una suerte de recelo se
apodera de la mesa. Sería la primera vez que estaría a solas con ellos. Mi hija
me pregunta si no me resultaría «muy pesado» hacerme cargo de esos dos
diablillos: una forma educada de hacerme saber que no me cree capaz de
hacerlo. Tiene razón: uno no se convierte en abuelo en una tarde.
Amablemente, Alois, mi yerno, sugiere una alternativa: organizar una
travesía por el lago al día siguiente y una excursión «a Francia», a Thonon-
les-Bains. Tenían previsto ir cuando hiciera mejor tiempo y por fin ha llegado
el momento. Esta noche invitaré a la familia a cenar a orillas del lago Lemán;
recuerdo un maravilloso restaurante en el que estuve con Beatrix un otoño. Le
envío un mensaje a Jens para que nos reserve una mesa allí. Mis nietos,
emocionados por la excursión y por el viaje en barco del día siguiente, se van
a sus habitaciones, discutiendo lo que cenarán.
Pensaba ir solo a la exposición de Hodler, pero, aunque Hannah está
agotada tras su noche de guardia, insiste en acompañarme. Hacía años que no
pasaba un rato a solas con ella. Nuestra conversación es torpe. Pese a ello,
ambos hacemos un esfuerzo. Me pregunta qué venta o transacción me ha
traído hasta Ginebra. Le digo que ninguna, que solo quería verla. Percibo que
no me cree, pero su madre la educó bien, así que no dice nada. Le pregunto
por su trabajo. Me responde que nada nuevo, que siguen con los problemas de
siempre de cualquier hospital público: recortes presupuestarios y ritmos
infernales. Suiza no es una excepción. Ella me devuelve la pregunta.
—Y tú ¿cómo estás?
—Echo de menos a tu madre.
Parece desconcertada. Aminora la marcha. La capa de hielo que hacía tan
laborioso nuestro paseo por el museo se agrieta de repente. Nos detenemos

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ante el cuadro que representa al caminante del bosque.
—Es uno de los pintores de tu colección, ¿no? —me pregunta.
—Uno de los favoritos de tu madre. Quería volver a ver sus cuadros.
Fantaseo con estar aquí con Beatrix. Mi esposa se habría detenido ante el
lienzo y lo habría contemplado largo rato. Al cabo de un momento, le habría
dado un toquecito en el hombro para continuar con la visita. Pero habría
hecho lo mismo con el siguiente cuadro. En situaciones como esta, me siento
incapaz de asimilar lo injusta que ha sido su muerte.
Hannah y yo terminamos la visita en un silencio cómplice, inusual, como
si la mera mención de Beatrix hubiera reducido la distancia entre nosotros. Al
salir, la invito a tomar un café: otra cosa que no tengo la costumbre de hacer,
pero quiero prolongar este raro instante en el que, por una vez, no estoy
pensando en el próximo tren, en la siguiente llamada telefónica o en otra
venta pendiente de cerrar. Le pregunto por los niños, por cómo les va en el
colegio y cuáles son sus aficiones. Crecen demasiado rápido, para su gusto.
Le pregunto si sabe algo de su hermano.
—Sigue con sus investigaciones. Emma se queja de que no lo ve nunca.
—Debería reducir el ritmo. Si no, un día se arrepentirá. —Mi hija levanta
una ceja. Probablemente piensa que no me corresponde a mí dar lecciones
sobre ese tema. Tiene razón, así que añado—: Por desgracia, sé bien de lo que
hablo. Si pudiera volver atrás…
No se me da muy bien entonar el mea culpa, pero se lo debo.
—¿También vas a visitar a Piet? —me pregunta.
—No sé yo si tiene muchas ganas de verme.
Seamos sinceros: la relación con mi hijo pasa de una cortesía gélida a una
indiferencia hostil. Hannah me mira. Detecto un destello de dolor en su
mirada.
—Piénsatelo bien, papá. Nosotros también te echamos de menos.

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Ambos talleres están vacíos. La primera tarde esperé a que
anocheciera para dar una vuelta por el patio. Los carteles en los
escaparates dicen que estarán cerrados hasta principios de la
semana que viene.
Esto no me gusta. En el tablero de pedidos de la ebanistería
no constaba viaje ni trabajo alguno en otra provincia.
¿Se han ido por la partitura?
Una ansiedad difusa se apodera de mí. Pensé que Giancarlo
se encargaría a solas de este asunto, que se las apañaría por su
cuenta, sin arrastrar a nadie. Pero, con él, nunca se está a salvo
de una desagradable sorpresa.
Quizá me equivoque. Es posible que se hayan ausentado por
otro motivo.
Por primera vez, tengo la angustiosa sensación de que el
juego se me ha ido de las manos.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 8

A lice ha insistido tanto en que vaya a cenar a la rue de Grenelle que he


accedido. En algún momento, eso sí, tendré que aprender a que decir
que no… Me ha prometido que, cuando vaya, los documentos estarán
traducidos y que habrá resumido la información que Giancarlo parece
necesitar desesperadamente. Mi socio sigue en los Países Bajos. Saber que no
está en el taller de al lado me genera una sensación de vacío.
Me fijo en la lámpara del segundo piso del edificio de enfrente. Su luz es
tenue. Me gustaría quedarme aquí, en el taller. Solo de pensarlo, la velada de
esta noche en casa de Manig Terzian me agota. Me veré obligado a hablar con
tres mujeres que, cada una a su manera, me dan miedo. Me agotan también las
insinuaciones, cada vez menos discretas, de Alice. Antes de salir del taller,
me cercioro de cerrar bien la puerta que lo conecta con el de mi socio y
coloco la barra de hierro en las piezas metálicas que acabo de añadir. Tengo el
tiempo justo para ir a casa, darme una ducha, ponerme una camisa y coger
una chaqueta.
En el ascensor del edificio de la rue de Grenelle, en el que apenas quepo
porque es muy estrecho, me topo con mi reflejo: un tipo emperifollado y
ridículo. Al mirar el ramo que he comprado en el último minuto en una
floristería, reparo en las manchas de pegamento y polvo incrustadas en las
yemas de mis dedos. Como siempre, se han resistido al jabón y al cepillo de
uñas.
La pareja de la señora Terzian me abre la puerta y me invita a entrar en el
salón. Empiezo a conocerme la casa… En cuanto a Alice, a punto está de
tirárseme al cuello. Está preciosa: lleva un vestido negro que resalta su figura,
el pelo de punta y me mira con sus radiantes ojos color avellana. Me
incomoda su cercanía, su carácter dominante y su perfume, que tengo clavado
en la nariz. Pero, sobre todo, lo que me incomoda es que salta a la vista que se
está enamorando de mí.
Una fugaz mirada de su tía abuela me demuestra que no soy el único que
ha reparado en ello.

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Ya sentados a la mesa, hablamos de la partitura. Especulamos sin frenos:
la pareja de la señora Terzian cree que el chelista Amos Blok, cuya biografía
conoce perfectamente, era el propietario de esta rara partitura y que la
escondió en el estuche para conservarla a salvo hasta el fin la guerra. Ha oído
hablar de otros casos similares, de intérpretes que utilizaban sus estuches o
incluso sus instrumentos como cajas fuertes personales. Reconozco que la
hipótesis es plausible. La señora Terzian nos cuenta que un amigo musicólogo
le habló una vez de la partitura original de una ópera de Scarlatti que se
encontró en una antigua librería de Roma en la década de 1910.
Ahora bien, Giancarlo me dijo que a Blok lo contrataron en una orquesta
de Roma. ¿Y si el chelista había tenido un golpe de suerte similar quince o
veinte años después? Era posible, si los documentos de Scarlatti circulaban
por tiendas de antigüedades y viejas librerías de Roma… Sé por experiencia
que la gente no siempre vacía sus muebles antes de ponerlos a la venta.
Mientras hablamos, me fijo en la pareja de la señora Terzian. Se llama
Madeleine. Envidio su complicidad, la forma en la que se hablan. Pese a estar
en una edad en la que tantas parejas, tras décadas compartidas, se vuelven
incapaces de intercambiar palabra alguna o de disimular la exasperación que
se inspiran mutuamente, el cariño entre estas dos mujeres sigue intacto.
Reparo en que nunca viviré algo así con Flo. No envejeceremos juntos.
Esta idea siempre me hace sufrir.
La señora Terzian vuelve a preguntarme acerca de mi afición por la
música. Advierto que le genera cierta curiosidad que me guste el clavecín. Al
final, le explico que Florence era hija de Jean-Yves Desbarèdes y, de paso, les
hablo de Romain. Hace más de tres años que murió, pero su recuerdo aún me
resulta doloroso. Al igual que a Flo y a Colette, mi suegra, me horroriza la
idea de que alguien tan encantador, con tanto talento, pudiera quitarse la vida.
Cuando escucha su nombre, a la clavecinista se le escapa una exclamación de
sorpresa. Me cuenta que el hermano de mi mujer fue alumno suyo durante
unos meses en el Conservatorio Nacional Superior de Música.
Al principio me llama la atención la coincidencia, antes de percatarme de
que es un encuentro de lo más lógico. Al fin y al cabo, Romain estaba
considerado uno de los jóvenes intérpretes más prometedores de su
generación, ¿no?
Manig guarda un recuerdo indeleble de Romain. No me extraña. Me
pregunta qué ha sido de él.
Un desagradable silencio invade la estancia. ¿Qué le digo? Cuando le
cuento que ha fallecido, sin revelarle cómo, descubro en sus ojos una tristeza

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insondable. Me dice que nunca había tenido a un alumno con un don como el
suyo, tan brillante. Sabía que tenía problemas de salud, pero no de qué tipo.
No me extraña que no notara nada. Durante mucho tiempo, la enfermedad
no hizo mella en Romain. En cualquier caso, no afectó a su belleza. Y, menos
aún, disminuyó su sensibilidad al tocar. Atravesó su primera fase maníaca
tinos meses antes de que Flo y yo nos casáramos. Por aquel entonces
estudiaba en el Conservatorio y era incapaz de separarse de sus partituras.
Fueron varias las veces que despertó a su madre tocando Les Barricades
mystérieuses o El clave bien temperado a las tres de la mañana en el piano
eléctrico. Después, se abismaba en episodios depresivos. Se negaba a
levantarse, a ducharse o incluso a comer. Nos costó dos años que aceptara ver
a un psiquiatra y que le dieran un diagnóstico. Colette, mi suegra, hizo todo lo
posible para que siguiera su tratamiento, pero no fue suficiente.
Desde fuera, tal y como yo lo veía cuando lo conocí, era un joven virtuoso
a la par que encantador. No obstante, las apariencias engañaban: a Romain le
costaba tomarse la medicación. A veces la policía lo recogía cuando
deambulaba por las calles. Una noche se lo encontraron completamente
desnudo tras irrumpir en el Jardin des Plantes de París. En otra ocasión, llamó
a la puerta de una comisaría y pidió reunirse con el presidente de la
República. Son incontables las noches en las que Florence y yo acudimos a
recogerlo aquí o allá a las tres de la mañana para llevarlo a nuestra casa. A
pesar de mi corpulencia, me costaba controlarlo. Luego, en la cocina, hablaba
sin parar, con los ojos brillantes, mientras mi mujer y yo nos quedábamos
dormidos.
Cuando las crisis comenzaron a suponer un peligro para su integridad
física, Colette y Florence, con el corazón en un puño, decidieron
hospitalizarlo. Romain engordó siete u ocho kilos por la medicación y pasaba
gran parte del tiempo en el jardín, hasta en invierno. No se lo veía triste en
aquel lugar tan siniestro. Lo recuerdo sonriendo y moviendo los dedos en el
aire cuando lo visitábamos. A pesar del tratamiento, su cerebro seguía
obsesionado con la música.
Lo más sorprendente fue ver la resiliencia que demostró al perder sus
kilos de más y retomar los ensayos, los conciertos y el Conservatorio nada
más salir del hospital. A pesar de sus periodos de internamiento, solo necesitó
un año más para completar sus estudios de Musicología y ganó el Primer
Premio de Clavecín en el Conservatorio Nacional Superior de Música. Ni mi
suegra ni Florence perdieron jamás la esperanza de que, algún día, se
recuperara por completo. Eran las enfermeras de Romain, al tiempo que sus

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confidentes y —por desgracia para ellas— sus representantes. Consideraban
que, de momento, era demasiado inestable como para dejarlo en manos de un
agente.
Los profesores de mi cuñado no dejaban de insistir en que lo inscribieran
en los concursos internacionales: Brujas, Praga, Leipzig, Colonia. Sabían, no
obstante, que aquello no le haría ningún bien. Un día, Romain no pudo
aguantar la presión por más tiempo. Se derrumbó por completo, se levantó en
medio de una audición y abandonó el escenario tras soltar una diatriba
delirante. Se tragó una caja entera de somníferos de camino a casa, solo para
«poder dormir». Hubo que hospitalizarlo de nuevo para apagar aquel fuego.
Desde entonces, vivió recluido en casa de su madre, con su piano eléctrico
y un clavicordio que tocaba por placer. Obsesionado con la música de
Scarlatti, la tocaba una y otra vez. También componía pequeñas piezas tristes
que me recordaban a Satie.
De aquel periodo dejó grabaciones y documentos guardados en su
ordenador y en CD. Flo no ha podido volver a escucharlos. Yo sí, sin que ella
lo supiera. Romain tenía un talento y una sensibilidad increíbles. Escucharlo
tocar siempre me estremece.
Tras su muerte, mi mujer enmarcó la foto del viaje que había hecho con su
hermano a Venecia el otoño anterior, con la autorización de los médicos. La
colgó en el despacho. Él y Flo se parecían muchísimo pese a llevarse once
años. Aún puedo ver la radiante sonrisa de Romain con el canal y el vaporetto
de fondo: era imposible vislumbrar lo que le consumía por dentro.
A su funeral acudieron pocos de sus antiguos compañeros de
conservatorio y aún menos profesores. ¿Los habían avisado? A juzgar por la
reacción de la señora Terzian, tal vez no… Durante la ceremonia, Flo hizo
todo lo posible por brindarle apoyo a su madre, que lloraba desconsolada
mientras veíamos, en silencio y bajo la lluvia, cómo bajaban el ataúd. Un
pastor, amigo de Colette, aceptó darle su bendición, casi a escondidas, ya que
el cura se había negado a celebrar la ceremonia.
En el cementerio, ante aquel escaso cortejo, me embargó la terrible
sensación de que Romain llevaba años muerto. A pesar de tener un don que
todos, sin excepción, elogiaban, y a pesar también de la avidez con la que se
habían disputado su talento, el mundo lo había castigado con un olvido
implacable desde el momento en el que decidió bajarse del escenario.
Me partía el corazón.

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GIANCARLO ALBIZON, 8

R egresé de Breda el viernes por la noche y fui corriendo al taller el


sábado por la mañana. Había decidido no salir de allí en todo el fin de
semana. Cerraría la puerta con llave, apagaría el teléfono y desconectaría el
ordenador que se supone que uso para llevar las cuentas, pero que en realidad
me sirve principalmente para jugar al póquer en línea. Estaba dispuesto a
meterlo en la caja fuerte si hacía falta: lo que fuera con tal de no volver a caer
en el abismo de las deudas como un descerebrado.
No recuerdo cuando perdí el control. No sé decir en qué momento pasé de
apostar por diversión una o dos veces al mes, cuando tenía suerte, a la
miserable dependencia que me ataba a jugar cuatro veces a la semana. He
perdido mucho después de haber ganado mucho. Y, cuando la banda de
polacos con la que jugaba se ofreció a prestarme dinero, acepté. Craso error.
En el patio, una masa gris me recibe en el felpudo. Una rata muerta. Me
dan arcadas cuando me fijo en el hocico levantado del animal. Un mensaje de
Budzynski, probablemente.
Las llamadas telefónicas se habían espaciado de un tiempo a esta parte y
tenía la sensación de que la soga se iba aflojando. Pero qué va. Ese cabrón
solo me había dado un respiro para, luego, apretarla de nuevo.
Me sobrepongo al asco, cojo el felpudo por los extremos y lo lanzo todo al
contenedor de basura. Echo un vistazo a mi alrededor en el patio. Tengo la
sensación de que me están observando, pero no hay nadie por allí.
Me encierro en el taller y bajo las persianas. Si no termino ya mismo el
violín que me ha encargado la joven solista que ha descubierto Zamacoïs, el
banco se me echará encima incluso antes que los polacos. Una vez más, me
pongo de fottuto coglione para arriba. Por el póquer, por la partitura, por los
embustes. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo, pero ya es tarde.
El teléfono suena y, como siempre últimamente, doy un respingo. En la
pantalla aparece un nombre: ÉLODIE. La había olvidado por completo. Otra

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que se había quedado prendada… Claro que este tipo de problemas me los
busco yo solito.
No puedo evitar que me gusten las mujeres. Seducirlas, complacerlas,
conquistarlas… Cuando se me mete una en la cabeza, soy incapaz de dejar de
pensar en ella. No paro hasta conseguir que se meta en mi cama. Entonces me
entusiasmo: comienzo a soñar en voz alta con la boda, el piso que
compartiremos, el bebé que tendremos… Como si esa imagen se alzara ante
mis ojos. Unas semanas después, la llama se apaga. En ese momento, lo único
que me corre prisa es librarme de la chica.
Sé que ellas lo pasan mal. Yo, no: solo tengo remordimientos por haberles
hecho daño. Aun así, se me olvida al cabo de unas pocas semanas, en cuanto
encuentro a otra. Luego, me como la cabeza. Sí que vuelvo, de vez en cuando,
con las que están más enganchadas a mí. Grégoire siempre me dice que soy
un enfermo mental, que lo del harén únicamente les funciona a los sultanes.
No le falta razón.
Nada más hay una mujer con la que de verdad me arrepiento de haber
actuado así. No, hablemos claro: con ella la cagué a lo grande, y lo pagó caro.
Solo de pensarlo, me siento fatal. Con ella, todo era distinto. Nuevo.
Emocionante. Una especie de reto. Tras la sorpresa o, mejor dicho, el estupor
de haberme salido con la mía, continué. Todo era precario, inestable. El amor
pendía de un hilo. Quería pensar que correr riesgos le daba sabor a la
aventura.
Hasta que, sin haber entendido nada, de buenas a primeras me encontré
enamorado, atado, encadenado. Aquel sentimiento que no había visto venir
me asustaba. Entré en barrena: le propuse que nos marcháramos, que
tuviéramos un hijo. Esa vez estaba decidido a hacerlo. A mis cuarenta años,
había pasado gran parte de mi tiempo trabajando, apostando y acumulando
deudas y amantes. Pero había acabado solo, sin pareja, sin un hijo al que
enseñarle mi oficio. Quería fundar una familia, vivir con ella. Sentar cabeza.
Al principio, me rechazaba con una sonrisa. Con el paso de los meses, sin
embargo, vi que ya no se negaba como antes. Estaba comenzando a ceder.
Nos pusimos a hacer planes. Elaboramos una lista de ciudades, cuanto más
lejos, mejor, de ciudades en las que empezar de cero juntos. No todo sería
bonito, desde luego —prefería no pensar en ello de momento—, y tendríamos
que romper algunos lazos, pero daba igual. La haría feliz de verdad,
conseguiría que olvidara sus tormentos. Por primera vez en mucho tiempo,
contemplé la posibilidad de tener «algo más».

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Una noche, recibí un mensaje de una ex, Sonia. Y luego de otra. Antiguas
amantes que querían «volver a verme». Sabía perfectamente lo que
significaba eso. La tentación resurgió. ¿Sería capaz de contentarme con una
sola mujer?
¿No se convertiría aquella relación en una cárcel de felicidad? Con ella, lo
de compaginar relaciones quedaba descartado. Y eso me daba miedo.
Quise demostrarme a mí mismo que era libre una última vez. Durante las
vacaciones, aproveché su ausencia para verme con Sonia. Luego, con Irene.
Luego, con Maria Magdalena. Me pasó lo mismo que con el juego. Quería
parar, pero no podía. Acabé convenciéndome de que me había equivocado de
camino, de que mis historias de mudanzas juntos y de hijos eran una
gilipollez como una catedral.
Estaba perdido, no sabía cómo dar marcha atrás. No tuve el valor de
enfrentarme al llanto, a los reproches. Solo vi una escapatoria: escribirle una
noche y contarle lo que había estado haciendo unas horas antes. Le expliqué
que eso era lo que necesitaba, amores ligeros y aventuras efímeras; que
nuestra relación había sido un paréntesis maravilloso al que debía poner fin
porque no sabría continuar así. Le deseé que encontrara la felicidad con un
hombre más estable que yo.
Cada vez que pienso en ese mensaje, me invade la vergüenza.
Después, desaparecí. Bloqueé sus llamadas y me aseguré de no volver a
verla. Una vez me la crucé por la calle: me cambié de acera y agaché la
cabeza. Pensaba en ella todo el tiempo, pero la idea de que me amara se me
hacía insoportable.
Sí, quizá fuera entonces cuando el juego se convirtió en mi droga.
El dolor llegó después, mucho después, cuando su ausencia y la necesidad
que tenía de ella resurgieron con tanta fuerza que me abatieron. Le escribí y le
mandé varios mensajes de texto. Le pedí perdón. Le hablé de lo que habíamos
vivido juntos, de nuestra complicidad. Quería empezar de nuevo, asumir mis
responsabilidades, esta vez de verdad. Fui sincero. Había querido que se
marchara, pero ahora que la había expulsado de mi vida, su imagen me
perseguía.
Nunca me respondió.
Creo que ella se salvaguardó de mis palabras, de mis promesas, de la
persona insignificante que yo era.
Con toda la razón.
Un día, recibí una carta por correo en la que me decía que los tipos como
yo merecían, en el mejor de los casos, compasión. Y que ella por mí no sentía

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ni siquiera un ápice de eso.
Me aseguró que nunca más volvería a escuchar su voz.
Cumplió su palabra.

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MANIG TERZIAN, 8

P ara nuestra sesión de esta mañana, he escogido la transcripción de la


tercera de las sonatas de Scarlatti, según la clasificación de Ralph
Kirkpatrick. Hice que Alice la interpretara varias veces al clavecín para que se
familiarizara con la posición de los dedos, más cerrada en comparación con el
piano. K3 es una, pieza que engaña por su lentitud, brillante y muy técnica,
que en algunos momentos requiere que los dedos de la mano derecha y de la
izquierda estén casi superpuestos. Alice va superando uno tras otro los
compases y los trinos, al tiempo que confiere a la música un ritmo poderoso y
metódico. Más adelante, emprendemos la K141: quiero que trabaje el cruce
de manos, un ejercicio al que están más que acostumbrados los clavecinistas.
La pieza, con sus grandes arpegios, es infernalmente rápida, de esas que
pronto no podré seguir tocando. Aunque se equivoque, veo una vez más que
mi sobrina nieta siempre saca lo mejor de sí misma ante la adversidad. Sus
dedos parecen rebotar solos en el teclado, percutiéndolo con un equilibrio
perfecto de fuerza y sutileza.
La técnica de Alice se refina día tras día. Toca con un ímpetu vivaz, una
potencia de percusión que logra activar en una fracción de segundo. Al mismo
tiempo, tiene la capacidad de ralentizar el sonido, de permitir que se exprese
en sus distintas tonalidades. Alice posee una sensibilidad a los matices que ni
los mejores clavecinistas de la escuela rusa alcanzarían, ni siquiera no cejando
en su empeño en diez años. Alice aún es joven, pero el desamor de sus padres
ha hecho mella en ella. Le han legado el sufrimiento, la herida, la carencia
que brinda a todo artista la fuerza necesaria para ejercer su descabellada y
magnífica vocación. Mientras tanto, su energía, su vitalidad y su staccato
impecable, que perfeccionamos juntas durante horas, se amoldan de forma
admirable a estas sonatas.
No quise verlo durante mucho tiempo porque sentía que estaba demasiado
implicada, que no era objetiva, pero cada vez es más evidente que tiene
madera para ser una gran intérprete. Madeleine ya me lo había dicho. Y otros
también. Es hora de que ponga en marcha la carrera de mi sobrina nieta,

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aunque creo que es perfectamente capaz de labrarse un futuro sin mi ayuda.
Claro que si puedo ahorrarle algunas etapas… Por eso, cuando Gabriel, mi
productor desde hace cuatro décadas, me llamó para hablar de una reunión
con un «mecenas», cuyo nombre desconocía, no dudé en contarle mi
proyecto. Sueño con que Alice grabe su primer disco.
A mi viejo amigo le gustó mucho la idea, aunque rápidamente lo noté
incómodo, tenía sus reservas. Él lo habría hecho encantado, me dijo, pero el
mercado discográfico clásico es como es… Sé que fue sincero: aquellos días
de gloria son cosa del pasado. Hoy por hoy, dar a conocer a una intérprete
joven conlleva enfrentarse a una gran carrera de obstáculos o, mejor dicho,
aplicar estrategias en páginas web y redes que no alcanzo a comprender. En
mi época, la radio y los escenarios bastaban para hacerse un nombre.
Por otro lado, Gabriel querría que grabara un disco de aniversario por mi
septuagésimo séptimo cumpleaños. Al menos, me dije con cierta amargura,
tendrá la certeza de que esos se venderán. El problema es que dudo de si
estaré a la altura de sus ambiciones.
En el caso de Alice, me habló de plataformas, de vídeos en internet, de
financiación por micromecenazgo y de una larga lista de sistemas que admitió
saber utilizar solo a medias en comparación con sus homólogos más jóvenes,
algo que me dejó perpleja. Le comenté lo de la visita de Grégoire y lo de la
partitura. Le cambió la voz de inmediato.
—¿Crees que la sonata era auténtica?
—No lo sé. En cualquier caso, es una maravilla.
—Si fuera una pieza inédita, sería otro cantar para Alice. Nos daría mucha
visibilidad.
La excitación era palpable en su voz. Su comentario me hizo lamentar,
una vez más, haber dejado que Grégoire se fuera con la partitura original tras
su primera visita. Tal y como está, mi transcripción no puede autentificarse de
ninguna de las maneras. Y dudo mucho que el abogado de la discográfica nos
permita grabar a ciegas una pieza de autor y procedencia desconocidos.
Me temo que he dejado escapar nuestra oportunidad.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 8

E l belga cumplió su palabra: un tipo vestido de negro, con un casco de


moto, vino a entregarme en mano los originales de la correspondencia
de Roseingrave. Me abalancé sobre las cartas, que iban dirigidas a un amigo.
¿Sería el mismo que el de las epístolas de la biblioteca Bodleiana? De nuevo,
los My dearest friend y aquellas formulaciones vagas que no permitían
identificación alguna. El inglés habla, una y otra vez, de la joven a la que
perdió. El organista enloqueció de dolor cuando el padre de ella se opuso a su
matrimonio. En interminables párrafos, abre su corazón y la describe, sus
ojos, azules como la laguna de Venecia, y sus gestos, de una elegancia divina.
Alude, también, al torrente de lágrimas que brotan de sus ojos día y noche.
Imposible extraer algo de este batiburrillo sentimental.
La copia del testamento, en cambio, sí me proporcionó información útil.
Roseingrave, que murió —cómo no— soltero y sin hijos, repartió sus libros y
partituras entre sus dos mejores amigos. Uno se llamaba James Willoughby, y
el otro, Edmund Wallace. Es muy probable que uno de ellos fuera el
destinatario de aquellas cartas rebosantes de lamentos. Al primero sí lo
conozco, un compositor de óperas y un antiguo condiscípulo de Roseingrave
en el Trinity College. Del otro, en cambio, no tengo ningún dato, así que, por
el momento, he de contentarme con las migajas que encuentro por internet. El
apellido es común, pero, al cotejarlo con las fechas, veo que podría tratarse de
un diplomático que vivió en Roma durante mucho tiempo.
Si aquella partitura existió, es muy probable que acabara en manos de
alguno de ellos tras la muerte de Roseingrave. Pero ¿de cuál?, ¿de
Willoughby o de Wallace? La balanza se inclina a favor del músico, pero
tampoco podía excluir a Wallace, el diplomático. Mañana iré a la Biblioteca
Nacional, a ver qué encuentro. Después, no descarto hacer un viaje a Roma.
El belga me ha abierto un crédito ilimitado y pienso exprimirlo al máximo.
Me apetece mucho porque estoy hasta la coronilla de París, de su mal tiempo
y de este fastidio de cursos en medio de una primavera que parece no llegar
nunca.

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Me he enfrascado en la lectura y no me he dado cuenta del paso de las
horas. Mi estómago me recuerda que ya es tarde, casi las nueve de la noche.
Como la nevera está vacía, pido sushi. Mientras espero al repartidor, tecleo el
nombre de Baldassi en internet, cosa que hago todos los meses: es mi pequeña
obsesión. El mes pasado, apareció un nuevo artículo suyo en Acta
Musicologica. El último no tenía ni un año. Mal que me pese, ese italianucho
sabe moverse. A su edad, yo aún no había alcanzado semejante notoriedad.
Contando sus publicaciones de los últimos tres años, tiene tres más que yo en
su haber: una en inglés, otra en francés y, la última, en italiano.
El motor de búsqueda muestra su foto en la parte superior de los
resultados, lo que me permite constatar que no ha cambiado mucho desde que
lo vi por primera vez. En aquel entonces, ya me había escrito varias veces
para pedirme que nos viéramos. Mis negativas no le desanimaron. Al final, le
concedí un cuarto de hora en una cafetería de la plaza de la Sorbona para
librarme de él. El tipo era guapete y elegante. Llevaba las gafas de sol a modo
de diadema y una chaqueta de lino abierta con una camisa blanca. Sus
mocasines de ante olían a zapatería de lujo. Más adelante me enteré de que
era hijo de un fabricante de coches. A pesar de dárselas de modesto y de los
egregio professore con los que me adulaba cada dos por tres, lo calé
enseguida. Me hablaba de sus solicitudes para becas de colaboración, de
proyectos de investigación conjuntos… Proyectos de investigación conjuntos:
a punto estuve de atragantarme al oírlo. Un listillo, doctor desde hace cuatro
días, que ni siquiera era profesor titular en una universidad casi desconocida
de algún lugar remoto de Italia. ¿De verdad pensaba que le iba a poner en
bandeja quince años de experiencia? Le dije que no en menos de diez
minutos.
Después, leí sus artículos. El chico no era tonto y trabajaba mucho, eso no
se podía negar, pero, en mi opinión, le quedaba bastante camino por recorrer.
Reconozco que quizá subestimé un poco su capacidad de progreso.
Sin embargo, estoy seguro de que si consiguió que tradujeran al inglés su
puñetera ensayo sobre Scarlatti fue por hacerle la pelota a Terzian y no por su
rigor científico. Me llevé un gran disgusto cuando vi que sus simposios
bienales gozaban de tanta popularidad como los míos. En 2015, Baldassi
incluso se permitió el lujo de desestimar mi propuesta sobre la notación de los
ornamentos, con el pretexto de que duplicaba la de una japonesa. Me vengué
dos años después, en Trieste, echando por tierra su ponencia. Aproveché para
dar mi opinión sobre algunos y, en especial, algunas intérpretes, en presencia

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de la principal implicada. Nadie volvió a dirigirme la palabra hasta el final de
la conferencia, pero yo ya me había anotado un tanto.
Hay quien cree que la rivalidad entre los dos más grandes especialistas en
Scarlatti es perjudicial para la ciencia de la musicología. Me da igual lo que
digan a mis espaldas. Baldassi ha escogido interpretar al bueno, al colega
simpático, generoso y desinteresado, frente al villano egoísta de la Sorbona.
Eso no quita que, por mucho talento que tenga, no sea más que un trepa. Ha
hecho algunas síntesis bastante buenas y algunos hallazgos menores. Sabe
venderse bien a los comités de evaluación de las revistas. Pero, si lo que
quiere es hacer verdaderos descubrimientos y ganar renombre con ellos, solo
ha de seguir mis pasos: matarse a estudiar, conseguir becas internacionales,
acceder a una buena universidad y buscar en el lugar adecuado. Quedarse
estancado como ron paleto en las profundidades de Emilia-Romaña no le va a
llevar a ninguna parte.
Es lo que trato de transmitir a mis estudiantes de posgrado durante mis
clases: todo eso de la solidaridad y la benevolencia no son más que sandeces
que se han puesto de moda. Cuando te enfrentas a una partitura, a un jurado, a
un público, estás solo ante el teclado. Completamente solo. Cada promoción,
los conservatorios lanzan al mercado ejércitos enteros de intérpretes con
talento. Son carne fresca y sobrentrenada que sabe sacarle un gran partido a
sus diez dedos. Lo que marca la diferencia es la ambición, la determinación y
la bravura que cada uno de ellos tenga para coger impulso al entrar a un
escenario. Aunque, para ello, cuando el objetivo lo requiera, haya que apartar
algún obstáculo o, si fuera necesario, aceptar mancharse las manos.

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JORIS DE JONGHE, 8

P or el momento, no he conseguido averiguar lo suficiente sobre la


clavecinista como para saber qué teclas tocar. Setenta y seis años,
pronto cumplirá setenta y siete. Su situación económica es de lo más holgada,
tiene rango de chevalier en la Orden de las Artes y las Letras, además de ser
hija predilecta de la ciudad de Ereván. Ha sido galardonada con varios
premios de gran renombre, entre los que se cuentan tres Diapason d’Or, y es
doctora honoris causa por las universidades de Leipzig y Tallin. Ha grabado
dos antologías de obras para clavecín de Scarlatti, una de ellas integral. Desde
hace casi cuarenta años, vive sin ocultarse con una chelista diez años menor,
Madeleine Rozelieures. Sin hijos. A menudo, se la ve con una joven familiar
suya, Alice Lung, que vive en el sexto piso de su edificio y estudia piano en el
Conservatorio Nacional Superior de Música de París. Ni deudas, ni
alcoholismo, ni drogas, ni escándalos bajo la alfombra, ni disputas con su
discográfica. Tampoco se le conocen relaciones sentimentales previas. Al
parecer, la temen por su rigor, pero los directores de festivales la aprecian
mucho porque siempre cumple.
Su carrera no ha conocido baches, aparte de dos años, a principios de los
noventa, en los que no dio conciertos y que invirtió en grabar las obras
completas. Es conocida por el público general, lo cual es raro para una
clavecinista. En eso, Gabriel Quaranta, su productor, que más o menos le hace
las veces de representante —bueno, agente, como decimos hoy en día— ha
tenido mucho que ver. También pedí que lo investigaran a él: contratos
regulares, ni una sola anomalía contable ni fiscal, ningún acoso ni escándalo
sexual. El volumen de negocio de la discográfica de Terzian se va reduciendo
poco a poco cada año, pero no tienen deudas —todavía— ni parece que haya
una posible quiebra a la vista. Tampoco puedo atacar por ahí.
Me intriga que la biografía de esta mujer sea tan plana: nadie es perfecto.
Terzian debe de tener, sí o sí, un talón de Aquiles, y haré lo que sea necesario
para dar con él. Observo que, desde hace tres años, cada vez da menos
conciertos. Me pregunto si será por la edad o por algún tipo de enfermedad.

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Kerk ha estado vigilándola los últimos días y está siguiendo la pista de una
consulta médica a la que acudió en el hospital de la Pitié-Salpêtrière. Aún no
sabe de qué especialidad se trata. ¿Está enferma? ¿De qué?
A falta de un hilo claro del que tirar, solo queda esperar que sea narcisista.
O vanidosa. O ambas. Es un rasgo común en los artistas: les gusta que los
admiren, pero les gusta aún más que se lo hagan saber.
Me aseguro de llegar unos minutos antes a la oficina de su productor.
Manig Terzian no es la clase de persona a la que puedas hacer esperar, ni
siquiera llamándote Joris de Jonghe. Mientras aguardo, una secretaria entrada
en años me ofrece un café. Aprovecho para echarle un vistazo al lugar:
bonito, vetusto, con un parqué en espiga que cruje al pisarlo y ventanas
cruzadas. Ni lujo ni ostentación: esta discográfica tuvo sus días de gloria, pero
ahora se enfrenta, como todas, a un mercado que se ha vuelto arriesgado por
la era digital.
Cuando Manig Terzian llega, con Quaranta detrás, me sorprende verla tan
encogida, tan frágil. Me la había imaginado más alta. Aunque me tiende la
mano con seguridad, reprime una mueca de dolor cuando la aprieto con
demasiada fuerza.
Comenzamos con las cortesías habituales: hablo de mi fundación, su
funcionamiento y sus objetivos. Es un discurso cuidado: una sagaz mezcla de
adulación y declaración de intenciones filantrópicas. Explico que me gusta
acompañar a ciertos artistas e insisto en que me haría especialmente feliz que
la señora Terzian aceptara trabajar conmigo. Estoy contemplando emprender
un gran proyecto sobre Domenico Scarlatti y ella es su intérprete más
distinguida…
Tras este preámbulo, ni la clavecinista ni su productor dejan ver la menor
reacción. Tengo ante mí a dos perros viejos y mis elogios no les causan efecto
alguno. Al contrario, siento que desconfían de mí. Puedo llegar a entenderlos:
en los tiempos que corren, no es frecuente que un mecenas aparezca de la
nada para financiar un disco. Terzian se limita a echarse más azúcar en el té.
Supongo que está esperando a que continúe. Es el momento de lanzar un
globo sonda. Prosigo articulando claramente cada palabra.
—Además, por lo que tengo entendido, ha aparecido una partitura de
Scarlatti. Creo que usted está al tanto. Podría, por decirlo de algún modo…
ofrecerle la posibilidad de grabarla.
El ambiente cambia de un plumazo. Manig Terzian cruza una mirada con
su agente que no consigo descifrar. Se gira hacia mí:
—¿Y quién le ha dicho eso?

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—Rara vez revelo mis fuentes.
Parece decidida a no dejarse perturbar. ¿Será completamente inmune a
ciertas formas de ambición? Estoy ofreciéndole una producción en bandeja de
plata. Comprendo, en este instante, que me va a costar mucho más engañar a
esta mujer que al musicólogo. La clavecinista vuelve a tomar la palabra.
—Señor De Jonghe, permítame una pregunta. ¿A qué ha venido usted
aquí?
—Me gustaría animarla a volver a grabar un disco.
—No le necesito en absoluto para tomar esa decisión. Ya tengo un
productor y está aquí presente.
—Cierto, pero ¿puede permitírselo?
Quaranta se estremece. Ella, en cambio, permanece impasible.
—Todo depende del proyecto. No estamos hablando de una tercera
grabación integral del repertorio de Scarlatti, ¿verdad?
—¿Por qué no?
Esboza una sonrisa irónica.
—Me temo que, de ser así, le decepcionaría.
Entonces reparo en sus manos, que sujetan una taza de té. Están hinchadas
por la artritis, igual que las de mi mujer unos meses antes de fallecer. Es
imposible que eso no incida en el rendimiento de una artista de su nivel. Mi
mirada no pasa desapercibida a Manig Terzian, que me dirige la suya, con
unos profundos y hermosos ojos grises. Ni sombra de escrúpulo.
—¿Qué propone exactamente?
—Un estuche con tres o cuatro discos. Usted escogería las obras que más
le gusten. Sería una suerte de antología personal.
—Mi testamento, querrá decir. Con la sonata inédita, por supuesto.
«La sonata inédita». Ni se ha molestado en disimular. ¿Quiere hacerme
entender que la partitura obra en su poder? El lutier me dijo que habían ido a
verla con el cuadernillo, pero en ningún caso que se lo habían dejado. Terzian
se ha marcado un tanto. Por una vez, pese a lo versado que estoy en el arte de
la negociación, me pongo nervioso. Me noto intranquilo, entusiasmado. Hacía
mucho que no me sentía así.
La clavecinista no me ha permitido formularle más preguntas. Ha querido
saber cuánto tiempo me quedaré en París. Luego me ha pedido que le diera
unos días para pensarlo y le he dado mi tarjeta.
No he insistido. En mi vida anterior, habría puesto en práctica sin dudarlo
un arsenal de trucos: mostrar signos de impaciencia —fingida—, alegar que
voy a marcharme pronto o amenazarla veladamente con la posibilidad de

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cancelar el proyecto. Sin embargo, en su caso, dudo mucho que esas
estratagemas hubieran servido de algo.
La verdad es que, desde que Beatrix no está, empiezo a aprender el arte de
la paciencia. Esta improbable cruzada en busca de una partitura fantasma me
permite matar el tiempo —¿cuánto me quedará?— que aún me separa de mi
esposa. No tengo motivos para apresurar las cosas.

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El día anterior me fue imposible llevar a cabo mi inspección
por culpa de un tipo que merodeaba por el patio. Subí las
escaleras lo más rápido que pude y lo observé desde el segundo
piso. Era alto, corpulento y llevaba capucha. Tenía algo en la
mano, una palanca o similar. Se detuvo un buen rato ante el
felpudo hasta que una pareja que regresaba de una fiesta lo
interrumpió al encender la luz.
El tipo se escondió en un rincón y esperó hasta que la luz
volvió a apagarse para desaparecer.
¿Vino a por la partitura? Esa sí que seria buena.
Fue él quien me dio la idea de dejarle un regalito que me
encontré tras el cubo de basura del patio. Fue un gesto teatral e
inútil. Y hasta peligroso, porque podría haber llamado la
atención. Pero no conseguí resistirme. Una rata: justo lo que es
él.
Eso sí, ya no ha habido más llamadas telefónicas anónimas.
Ya no soporto oír su voz ronca y verlo salir del taller corriendo
mientras se enciende un cigarrillo.
Hasta ahora, había actuado con la certeza de que el fin
justifica los medios. Ya no lo tengo tan claro.
La piedra que he lanzado al charco ha creado una onda, pero
esta es confusa, desordenada, ilegible. Me da miedo que esto se
extienda demasiado, que acabe perjudicando a aquellos a
quienes no querría hacer daño por nada del mundo.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 9

C ada vez amanece más temprano, signo inequívoco de que pronto


acabará el mal tiempo. Mientras sale el sol, me tomo un té en el patio
interior escuchando los primeros trinos de los pájaros. Esta será mi tercera
primavera sin Flo. Me invade una ola de tristeza. No comprendo cómo el
tiempo puede seguir pasando así, completamente indiferente a mi dolor. No
comprendo por qué mi mujer me dejó y desapareció de mi vida, y ahora se
contenta con enviarme vagas postales, como si los doce años que estuvimos
casados no hubieran existido. Todavía me pregunto qué hice para que
decidiera marcharse tan lejos. Quizá debería plantearme qué no hice.
Esta mañana he venido temprano para terminar de montar el escritorio de
Pierre Zamacoïs. Es el cliente más importante de Gian y quiero que quede
perfecto. He escogido una preciosa madera de cerezo con tonos asalmonados.
He terminado el lijado a mano. He comprobado que las piezas encajen al
milímetro: sin clavos ni pegamento, a la vieja usanza. Miro hacia el segundo
piso y veo que una tenue luz se filtra a través de las cortinas. La ventana de la
cocina está abierta. La familia ya debe de estar en marcha, preparándose para
ir al trabajo o vistiendo a los niños para llevarlos al colegio enseguida. A
veces observo a la gente que sale del edificio con la esperanza de identificar
quién vive allí. ¿Será esa mujer que va con un niño pequeño? ¿O ese hombre
de traje y corbata, con esa barba desfasada de hipster? Así estoy, aferrándome
a la presencia de perfectos desconocidos para consolarme con la permanencia
de los seres y las cosas.
Me suena el teléfono. Son las siete y media de la mañana, ¿quién será?
¿Un cliente con prisa? ¿Gian? Ni una cosa ni la otra: es Manig Terzian y no
parece muy contenta. Me pregunta que a quién le he revelado lo de la
partitura, que quién está al tanto. Me quedo atónito: no se lo he contado a
nadie. Al fin y al cabo, ¿a quién se lo iba a decir? Trato de defender, como
puedo, mi inocencia. Tengo la sensación de que me cree. Me pregunta si he
oído hablar de un tal Joris de Jonghe. No me suena de nada. Y Gian, ¿lo

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conoce? Molesto por el interrogatorio, le respondo que no tengo ni idea. No
estoy al corriente de todo lo que hace mi socio. Ni de con quién habla.
Mientras cuelgo pienso que, por desgracia, cada vez me oculta más cosas.
Gian ya no es el mismo. Llega tarde, se queda hasta las tantas y sus horarios
son de lo más anárquicos. Cuando estoy por aquí y recibe ciertas llamadas, se
aleja. Sé que tiene problemas con la compañía de seguros, pero no creo que
sea su asegurador el que lo traiga tan de cabeza. Ni quien envía a los hombres
de negro, que parecen tan interesados en la lutería como yo en las carreras de
coches. El otro día, cuando llegué al amanecer, me encontré con uno de ellos
merodeando por el patio y me dio la impresión de que estaba allí por nosotros.
Nada más verme, se marchó a toda prisa.
La llamada de la señora Terzian me deja una sensación desagradable.
Hasta entonces no me había parado a pensarlo así, en frío, pero sé que, a pesar
de sus negativas, Gian me oculta algo. Algo serio, tal vez ilegal, a juzgar por
cómo me rehúye cada vez que le hago preguntas.
A medida que pasan los días, mis sospechas se tornan más inquietantes.
Después de todo, es él quien dice que le robaron la partitura junto con los
instrumentos, pero no tengo prueba alguna de ello. ¿Y si la dejó en prenda en
las manos equivocadas y ahora está intentando recuperarla? ¿Por cuenta de
quién es esta investigación en Alemania?
En vista de cómo se están desarrollando los acontecimientos, yo tampoco
le he confesado nada ni de la copia de la primera página ni de mi grabación
clandestina. Y, menos aún, de la transcripción que hizo Manig Terzian. Más
de una vez, sin embargo, he sentido ganas de compartirlo. Al final, no he
dicho ni una sola palabra al respecto. Este asunto me huele muy mal. Prefiero,
no sé por qué, mantener a la clavecinista y a Alice a salvo de los chanchullos
de mi socio.
En cuanto se me ha cruzado por la cabeza esta palabra, «chanchullos», me
he sentido mal. Gian no es un mal tipo. Tan solo es increíblemente propenso a
meterse en líos gracias a su característica mezcla de imprudencia y mala
suerte. El resultado: un sinfín de aventuras con diversas chicas —no han sido
pocas las veces que me he encontrado a alguna llorando frente al taller—, un
escaparate que una noche le rompió una ex llena de rabia y, sobre todo, un
grave problema con el juego. Pero, desde que se ha unido a un grupo de
terapia, parece que ha logrado recuperar las riendas de su vida. En lugar de
pasar las noches jugando, Gian se ha metido de lleno a investigar y a trabajar
como un loco en su prototipo. ¿Qué ha pasado?

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El teléfono vuelve a sonar. Más que un taller, esto asemeja una centralita.
Esta vez es Alice: parece que la familia Terzian me persigue esta mañana.
Molesto, descuelgo el teléfono. Quiere invitarme de nuevo a un concierto que
dará su tía abuela dentro de quince días. Ella —por supuesto— tiene unos
asientos buenísimos en la platea. La perspectiva del concierto es tentadora; la
de pasar otra tarde con Alice y, quizá, con su tía, que acaba de darme un tirón
de orejas, no tanto. La compañía de esa chica no es desagradable, pero su
insistencia me incomoda. Por mucho que le diga que no sé si estaré en París
esos días —una mentira en toda regla—, da por sentado que voy a ir. La
verdad es que, desde que volvimos de Erlangen, no deja de buscar la menor
excusa para mandarme un mensaje o llamarme. No consigo pararle los pies.
Se lo comenté por encima a Gian y me dijo que era un idiota, que, a una
mujer tan joven, guapa y con tanto talento, no se la rechaza. «Una música,
además. ¿Qué más quieres?». Cree que debería sentirme afortunado por
haberla conocido, sobre todo con la vida de ermitaño que llevo. Y que ya va
siendo hora de que, por muy duro que me resulte, «pase página» tras la
marcha de Flo.
En cuanto hay una mujer cerca, él no se lo piensa: va a por ella. Ese nunca
ha sido mi estilo.
Aun así, no va del todo desencaminado: Alice es un encanto. Siempre
desbordante de entusiasmo, le apasionan sus estudios, la gente que conoce, las
películas que ve… Rompe el estereotipo del artista martirizado. Claro que,
cuando la escucho tocar, puedo entrever que no todo es lo que parece. La
relación con su madre, a la que apenas menciona, debe de ser terrible. Y
nunca me ha hablado de su padre. Ninguno de los dos acude nunca a sus
conciertos. ¿Es eso lo que la hace tan conmovedora al interpretar obras de
Brahms o de Chopin? Vuelvo a pensar en Romain. Aunque sus
personalidades sean polos opuestos, tal vez entren dentro de una misma
ecuación, tal vez tengan los mismos elementos: un sufrimiento silencioso, una
forma de tocar extraordinaria.
Lo que más me impresiona de Alice es su capacidad de trabajo. A su lado,
me siento como un niño que se pasa el día jugando con un mecano. Ella habla
todo lo que yo callo, hasta el punto de agotarme a veces, lo cual, sumado a los
veinte años que nos separan, me da aún más ganas de huir.
Sin embargo, no es esa la raíz del problema. Aunque fuera capaz de hacer
caso omiso a la idea de que es una chica demasiado brillante para estar con un
tipo como yo, la perspectiva de albergar sentimientos por ella me asusta. Eso
sí, me asusta todavía más provocarlos. Desde que se marchó Flo, me he

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vuelto muy huraño: me he atrincherado en mi guarida y me encuentro a gusto
en ella. No quiero volver a sufrir lo que sufrí cuando perdí a mi esposa. Por
no hablar de que no tengo ganas de «pasar página», como dice Gian.
En el fondo, y a pesar de la ardua batalla que estoy librando contra mis
ilusiones, una parte de mí sigue pensando que Florence regresará.
Y ese día quiero estar libre, completamente libre, para ella.

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GIANCARLO ALBIZON, 9

G régoire se huele algo. Mientras nos tomábamos un sándwich a toda


prisa en su taller, me preguntó si conocía a un tal De Jonghe. Al
parecer fue Manig Terzian, a la que no para de visitar últimamente, quien le
habló de él por teléfono. Contemplé la posibilidad de decirle la verdad, pero
la descarté: prefiero mantenerlo al margen de mis pactos con el diablo. Ahora
el belga me da miedo, incluso más que Budzynski. Como una araña, ha tejido
una red y me ha atrapado en ella. No sé hasta dónde está dispuesto a llegar
para alcanzar sus fines. Y, si encuentra la partitura antes que yo, ¿dónde
quedarán las recompensas que me prometió?
De momento, ha cumplido su palabra. Hace tres días, un hombre bajito
vestido de negro y con un rostro de lo más anodino vino a traerme un sobre.
En su interior, había lo suficiente como para calmar al polaco y que dejaran
de llegarme ratas muertas. Por mi parte, volví a llamar a Le Guern, con el
pretexto de preguntarle si estaba satisfecho con la revisión. Se deshizo en
halagos con el nuevo puente. No mencionó nada más, y eso refuerza lo que ya
intuía: desconoce la existencia de la partitura.
Es posible que haya estado ahí todo el tiempo, guardada en el doble
fondo, sin que la familia del banquero que compró el instrumento lo supiera.
Quizá fue Amos Blok, el dueño del violonchelo, quien la ocultó en el
forro. Tal vez conociera su valor, la dejara deliberadamente bien escondida en
Alemania y se hubiera hecho la promesa de tocarla llegado el momento. Pero
no tuvo tiempo…
Sentado junto al banco de trabajo, me devano los sesos tratando de idear
un plan, el que sea, para conseguir esas cuatro páginas de música. No se me
ocurre nada. Tras decenas de llamadas a casas de subastas y a corredores, sé
de sobra que no voy a sacar nada en claro de ahí. Debería investigar en los
mercados paralelos y en los canales alternativos, pero dudo que me digan
nada. Hace dos años, denuncié a la policía a un tipo que vino a endosarme un
violín robado. No soy un santo, ni mucho menos, pero tengo un código ético,
y dio la casualidad de que conocía el instrumento y a su propietaria.

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No me arrepiento. Pero después de aquello, si alguien averigua algo, no
será a mí a quien se lo cuente.
En cuanto a la pista de Löhn que seguía Grégoire, parece que nos ha
llevado a un punto muerto. Para ir más allá, sería necesario recurrir a un
archivero, un genealogista, alguien que conozca la historia de la lutería mejor
que yo. Y no tengo ninguno a mano, claro está.
Intento, por enésima vez, concentrarme en mi trabajo. Esta mañana,
termino el último lijado de mi prototipo. Incluso al natural, sin el barniz, es
extraordinario. Me permito contemplarlo durante unos segundos. A fuerza de
investigar, de hacer borrón y cuenta nueva mil veces, de prueba y error, he
conseguido crear un mecanismo de sonido de alta precisión: superficies
sensibles, un puente flexible y maravillosamente móvil que he ampliado a la
décima de milímetro por las orejas, y unas efes que he tallado durante horas
para conseguir una calidad de sonido sin igual. En los agudos, el sonido es
claro y puro, sin chirridos ni silbidos. En los graves, contesta con cuerpo, con
fuerza, con un sonido aterciopelado, tal y como había soñado. Es un
instrumento que hará fulgurar tanto a Mozart como a Shostakovich.
Ahora solo me queda barnizarlo y secarlo. Pierre Zamacoïs tocará en la
sala Pleyel en unas semanas y me ha propuesto hacer una prueba allí, cuando
esté Vacía. La consagración para un lutier.
Si no me empeñara en echar a perder absolutamente todo con tanto
ahínco, podría haber sido un hombre feliz.

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MANIG TERZIAN, 9

L a lluvia me sorprende al salir del hospital. Antes de llegar al metro, ya


me ha empapado el abrigo. Tras el sol, que ha brillado temprano esta
mañana, el contraste me pesa. Me invade un súbito deseo de que acabe el mal
tiempo y llegue al fin la primavera. ¿Cuántos años más se me brindará la
oportunidad de presenciar ese renacer? Esta estación es tristísima, y la
humedad gélida que trae con ella somete mis manos a una dura prueba.
Precisamente por ellas quería acudir al doctor Hoppenot. El concierto es
dentro de tres días y me gustaría saber a qué atenerme. En la sala de espera,
pienso en el hombre que conocí en la discográfica con Gabriel. No consigo
hacerme una idea de lo que quiere. Otro más que va tras esa partitura que
parece tener a todo el mundo en vilo. Empiezo a preocuparme. ¿Qué bomba
de relojería me trajeron Grégoire Coblence y su socio a casa? ¿Acaso la oferta
de mecenazgo de De Jonghe era tan solo una excusa para sonsacarme
información? Le he pedido a Alice que investigue su fundación en internet.
La organización existe, aunque se centra fundamentalmente en la pintura. Sin
embargo, mi instinto me dice que no me fíe.
Miro mi reloj. El reumatólogo llega tarde; a pesar de todo, espero estar en
casa para comer. No es que le oculte a Madeleine mis citas con el médico,
pero suelo arreglármelas para ir al hospital de la Pitié-Salpêtrière cuando ella
no está. No quiero que vea la cara con la que vuelvo de las consultas.
Conozco a Hoppenot desde hace casi treinta años y confío plenamente en su
diagnóstico. Trata a gente como yo, a músicos. Sabe lo frágiles que somos.
Nunca me ha mentido.
Me lo ha dicho bien claro: no hay nada que hacer. Mi edad y la artritis
avanzan a la par. Es un mecanismo inexorable. Me dice que le parece
extraordinario que conserve tantas habilidades y que, sin mis ejercicios
diarios, la enfermedad estaría en una fase mucho más avanzada. Rememoro
las manos de mi abuela Anahid, la costurera. De niña, me impresionaban
mucho sus articulaciones deformadas. Acabó por no poder enhebrar una
aguja.

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Yo no estoy en ese punto, para nada, aunque la curvatura del dedo
meñique es cada vez más pronunciada y las articulaciones se me inflaman al
menor cambio de temperatura. A veces me cuesta alcanzar las notas al final
de la octava. Afortunadamente, la estrechez del teclado del clavecín no me
exige tanto como lo haría la amplitud del piano. Aún puedo contrarrestarlo.
Hoppenot y yo hemos probado soluciones alternativas. Nunca me promete
ningún milagro, pero a veces me alivian. Fue él quien me dio la dirección de
la joven acupunturista vietnamita a la que acudo antes de cada concierto. He
quedado con ella mañana. Con sus agujas, May Phuong consigue mitigarme
el dolor mejor que los medicamentos. Hoy el reumatólogo me ha hablado de
un tratamiento termal, de barro caliente y microcinesiterapia. ¿Por qué no?
Estoy dispuesta a lo que sea con tal de ganar unos años más.
Al principio me aterrorizaba lo que me estaba pasando. La idea de no
volver a tocar me parecía peor que morir: era morir. Luego me repuse.
Madeleine sí que había estado cerca de la muerte, la de verdad. Yo tan solo
padecía unos leves dolores en las falanges, es bien distinto. Comprendí, poco
a poco, que no me quedaría más remedio que aprender a sobrellevar mis
nuevas limitaciones. Además de comprenderlo, tuve que aceptarlo. Y
empezar a tocar piezas menos técnicas, más sencillas. Renunciar al poder de
deslumbrar y conservar solo el de emocionar.
Hace poco, he tomado otra decisión que había estado posponiendo durante
años, pero debo hacerlo antes de que sea tarde, cuando ya no tenga fuerzas.
He retomado el piano.
Digo «he retomado» porque me formé en este instrumento, lo estudié
durante años. Sé tocarlo, en el sentido de que sé colocar los dedos en el
teclado e interpretar una partitura correctamente. Pero explorar la modulación
de este sonido, tan distinto a la severa iridiscencia de las cuerdas pulsadas,
sigue siendo en gran medida un terreno desconocido para mí. Se me presentó
una oportunidad el año pasado, cuando se puso a la venta un precioso Pleyel
de segunda mano, un piano de cuarto de cola negro. Lo compré y lo coloqué
en el salón. Ya iba siendo hora de que Alice tuviera un instrumento a su
altura.
Decir que ha hecho buen uso del regalo es quedarse corta. Se sienta frente
a él varias veces a la semana, sin mostrar temor alguno. Despliega la partitura,
ajusta el taburete e inmediatamente se pone a tocar. A veces, cuando aborda
obras de Rajmáninov o de Liszt, lo aporrea. El afinador ya ha pasado varias
veces por aquí, pero no ha hecho comentario alguno al respecto, de momento.
La relación de Alice con la música aún está verde, es física. La afronta como

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un desafío, como una lucha. Es una fase por la que tiene que pasar para
encontrar su estilo. Cuando abre la tapa del instrumento, al que ha apodado
«Rufus» en honor a un cantante pop que le gusta, es como si se reencontrara
con un viejo amigo, de esos a los que no dudas en colmar de cariño.
A mí, este minotauro me causa pavor: demasiada fuerza, demasiada
potencia. Tengo que aprender a domesticarlo. Para ayudarme, Alice toca
conmigo piezas lentas de Philip Glass y Saint-Saëns algunos domingos. Ella
entiende lo que me pasa. Y le agradezco que me acompañe, en todos los
sentidos de la palabra.
Hace poco, cedí ante su insistencia. Acepté interpretar para ella una
transcripción para piano de las sonatas de Scarlatti. En el pasado me había
negado a hacerlo tantas veces que Madeleine se burlaba porque parecía una
fobia o, incluso, una superstición. Pero para mí, tocar aquellas melodías con
tantas capas, tan sutiles, tan perfectamente diseñadas para aprovechar todo el
potencial técnico y sonoro del clavecín en otro instrumento roza la herejía.
Recuerdo bien mi decepción al intentarlo hace más de cincuenta años en el
conservatorio de Niza.
Pero Alice, con su empecinamiento habitual, consiguió que diera mi brazo
a torcer. Compró algunas transcripciones y otras las hizo ella misma. Me
ablandó el corazón cuando me dijo que necesitaba escuchar cómo tocaba a
Scarlatti en el piano para conseguir progresar. ¿Sería verdad? Un domingo,
cuando la escuché interpretar para mí la K466, me puse a pensar. El rubato
esbozaba otra temporalidad, matices inusuales, delicados, líricos. De entre los
dedos de mi sobrina nieta, nació un Scarlatti sumamente melancólico que me
recordaba un poco a Satie.
No quise que Alice lo notara, pero aquella sesión me turbó. Me pregunté
si obstinarme en la negativa, aun fundamentada en el más racional de los
motivos, me habría privado de un mayor conocimiento de su música. Si no
serían sus obras lo suficientemente innovadoras, flexibles y complejas en su
escritura para transcender la barrera del instrumento. ¿Quién sabe? Tal vez
era la ocasión para revelar una nueva dimensión de su música.
Estoy decidida. Y he escogido la K213 para estrenarme. No tiene una
idiosincrasia muy marcada: se prestará bien, espero, a este experimento.
Esta mañana, he esperado a estar sola para tocar. Aunque me la sé de
memoria, he releído la partitura dos veces antes de comenzar. He intentado
imaginar otras sendas, otros claros, en medio de ese torrente de notas. Como
recorrer un bosque por veredas que desconozco.

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Al colocar las manos en el teclado del Pleyel, experimento una extraña
sensación, hermosa y dolorosa a la par. La impresión de cometer un sacrilegio
y el júbilo de una primera vez. Puede que esta enfermedad me haya brindado
al menos algo positivo, al fin y al cabo: quizá me haya concedido, a mis casi
setenta y siete años, una nueva forma de llegar a él.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 9

N o pagué esta butaca de buen grado —era demasiado cara para mi gusto
—, pero visto el revuelo que se ha armado en nuestro microcosmos en
los últimos días, tenía que acudir. Si alguien está al corriente de este asunto,
se encontrará en esta sala. ¿Quién sabe? Quizá ciertas miradas o
conversaciones me ayuden a extraer algún dato nuevo. Mientras tanto,
observo llenarse la platea. La sala ya está repleta, aun cuando queda media
hora para que empiece el concierto. Es todo un acontecimiento. Terzian
llevaba más de tres años sin tocar en Francia. Descubro rostros conocidos: el
crítico Christian Nauple, el director de orquesta Stephan Harper o la chelista
estrella Leonora Pkhaladzé. También Julien Houlgatte, clavecinista en auge y
antiguo alumno de Terzian. Incluso vislumbro a un presentador de programas
de contenido cultural de la tele, de esos que te suenan, aunque no sepas decir
quiénes son; en fin, famosos sin importancia.
A pesar de sus setenta y siete primaveras —lo he buscado en internet—, la
vieja Terzian conserva su poder de convocatoria. Reparo en dos compañeros
de la Sorbona que se acercan a las primeras filas. Uno de ellos me saluda con
la mano, pero me hago el sueco. Ni rastro de Baldassi. Increíble que el
italianucho se vaya a perder una oportunidad como esta para hacerle la pelota
a su querida Maestra. Durante unos segundos, una pareja que va a ocupar sus
asientos estorba mi campo de visión. Una joven morena y un tipo enorme que,
intentando no pisarme, acaba haciéndolo. Suspiro ostensiblemente.
Entonces veo pasar un rostro que tardo unos segundos en identificar: es
De Jonghe, el belga para el que estoy investigando. Mi curiosidad se dispara
de inmediato. ¿Qué hace aquí? ¿Conoce a Terzian? ¿De qué? Le sigue de
cerca Baldassi, que, muy sofocado, baja a toda prisa por el pasillo central. El
italiano lleva un esmoquin, una camisa blanca inmaculada y una pajarita del
mismo color, todo ello acompañado por una barba de tres días. El verdadero
espectáculo está en la sala.
Se me pasa una idea por la cabeza: ¿y si están todos compinchados? ¿Y si
es Terzian, y no Baldassi, la que lleva la batuta en todo esto de la partitura?

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Al fin y al cabo, no le importó sembrar la confusión entre el público cuando
grabó las obras por segunda vez. Entre las dos sonatas de Scarlatti que a
diario interpretaba para la radio, incluyó una obra propia. Lo reconoció más
adelante, pero se negó a decir de cuál de ellas se trataba. En aquel momento,
era demasiado joven y apenas le presté atención a aquel pequeño ardid
publicitario: no la merecía. Desde entonces, he intentado conseguir una copia
de la grabación, aunque nunca he logrado acceder a sus archivos pese a
contactar una y otra vez con France Musique. Seguro que les obligaron a
ocultar aquella treta.
Todo el mundo parece haber olvidado lo de la falsa sonata, pero la
conclusión que de ello se saca es evidente: Terzian es técnicamente capaz de
escribir una pieza a la manera de Scarlatti. Recuerdo que, por aquel entonces,
engañó a varios estudiosos, y no poco importantes.
Sin embargo, eso fue hace treinta años, en un momento en el que
necesitaba que se hablara de su grabación completa. ¿Qué sentido tendría
hoy? Su carrera ha llegado al cénit, su porvenir ha quedado en el pasado y, si
estuviera falta de dinero —que lo dudo mucho, visto el precio al que se
venden sus entradas—, le bastaría con dar un par de conciertos más.
Por otro lado, me imagino a Baldassi sugiriéndole la idea. Lo bien que se
lo habrían pasado juntos montando aquel engaño. ¿Querrían hacerme pagar
mi encarnizada intervención en Trieste? ¿Y qué pinta el belga en todo esto?
¿Cuál es su papel? ¿Será un cómplice? ¿Un figurante? En ese caso, ¿qué hay
de la correspondencia de Roseingrave que me mandó y que es real? ¿Es parte
de la trama? Mi indignación crece al imaginar que esta banda de estafadores
haya podido manipularme.
Deb me habría dicho que estoy paranoico, pero sé muy bien que el mundo
académico se nutre de esta clase de engaños e intrigas. Hasta los paranoicos
tienen enemigos.
Al mismo tiempo, el hecho de que ya me huela sus conexiones, que tan
poco se han molestado en ocultar esta noche —los muy idiotas—, me da un
punto de ventaja sobre ellos. En estas condiciones, tendré que reconsiderar
seriamente mi lealtad a mi actual «jefe».
Ocho y media. La sala está hasta arriba. Las conversaciones, que van in
crescendo, acaban convirtiéndose en un barullo digno de la Torre de Babel.
Esta noche hay de todo: japoneses, ingleses, estudiantes apelotonados en el
gallinero y burguesas acicaladas con collares de perlas. Si no me falla la
memoria, Terzian no debería tardar mucho en aparecer: es muy puntual. De

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hecho, a las ocho horas y treinta minutos exactos, suena el timbre. Un
escalofrío de emoción recorre los pasillos cuando se apagan las luces.
Unos instantes después, sale al escenario en medio de un aplauso
ensordecedor. Me sumo sin muchas ganas. Lleva un vestido negro, un bolero
verde oscuro y unos zapatos de tacón bajo. Los zapatos de tacón vertiginoso
ya son cosa del pasado… Estoy en la cuarta fila, lo bastante cerca como para
constatar que no ha rejuvenecido. Eso no impide que el hombre y la mujer
que me pisaron al entrar comiencen a aplaudir como auténticos fanáticos. A
estos imbéciles solo les falta ponerse a gritar su nombre como en un concierto
de rock. Y, al igual que ellos, mucha gente. La mitad de la sala está llena de
admiradores que contemplan a su ídolo como si fuera una deidad. Cuando se
hace el silencio, Terzian se sienta sin mirarnos. Ajusta el taburete, toca el
teclado y abre sus partituras. Son gestos automatizados, inútiles, de los que se
hacen para controlar los nervios. Los repite dos o tres veces.
Esta noche se toma su tiempo, por decirlo suavemente.
Por fin, comienza.

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JORIS DE JONGHE, 9

V einte minutos de aplausos. Tres bises, una ovación en pie. El público


no la dejaba irse. El recital que Manig Terzian nos ha ofrecido esta
noche es uno de los momentos más extraordinarios que he vivido en una sala
de conciertos. En realidad, de los más extraordinarios de mi vida,
directamente.
Cuando salió al escenario, me preocupé por ella. Creo que no fui el único.
Recordé sus dedos deformados alrededor de la taza en el despacho de su
productor. Se la veía diminuta, muy frágil, empequeñecida por el gran
escenario y por los focos. Una delicada anciana, a pesar del vestido de gala y
el maquillaje para las grandes ocasiones.
No obstante, en cuanto se sentó y tocó la primera nota, mis miedos se
esfumaron. Su dominio del teclado permanecía intacto, magistral. Había
escogido piezas de tempo lento para empezar, Couperin, Balbastre,
Frescobaldi. Siguió con una sonata de Bach. Tocó con una intensidad
soberbia, como si desnudara su alma en cada intervalo. Luego enlazó otras
melodías que yo no conocía, transcripciones del repertorio para piano e
incluso para otros instrumentos. Alguien le susurró a su acompañante,
estupefacto: «Astor Piazzolla». Alternaba piezas lentas con composiciones
virtuosas, cada vez más rápidas. La primera parte del recital terminó con el
fandango de Soler, con el que tuvo al público hipnotizado durante once
minutos.
Reservó a Scarlatti para la segunda parte. Seis sonatas interpretadas con
una delicadeza y una maestría que dejaron al público sin aliento. Ya no tenía
la brillante celeridad de la primera antología ni la melancolía de la segunda:
ahora Terzian interpretaba sus obras con una plenitud sobria, decidida,
consumada. Le dio la vuelta a la música por completo; era capaz de ver a
través de ella, como si de agua cristalina se tratara. Sus manos nudosas y su
silueta marcada por el paso de los años parecían magnetizadas por el teclado.
Pensé en la sucesión de intérpretes que había conseguido mantener vivo
su esplendor a través del tiempo, en los contados volúmenes manuscritos que

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podrían haber sido destruidos decenas de veces, pero que, gracias a que hubo
quien los copió con fervor, habían escapado a las garras del olvido y se habían
reinventado generación tras generación. En esas obras que, casi tres siglos
después de su creación, seguían teniendo la capacidad de reunir, tal y como
había ocurrido esa noche, a personas aparentemente sin nada en común: edad,
estatus social, formación, color de piel… Pensé en el mundo, en cómo está
ahora mismo, en la furia y el odio que invaden todos los rincones del planeta,
en la gente que muere, aquí por las armas, allá sumidos en la angustia de la
hambruna y del exilio. Esa noche, sin embargo, una pequeña fracción de la
humanidad se había reunido, al abrigo de las notas, para reconciliarse,
refugiarse en la alegría de una comunión musical.
El final dejó a todo el mundo sin aliento, no tanto por el virtuosismo de
Manig Terzian como por la sutileza de la que hizo gala al interpretar las obras
del programa que había elaborado. Consiguió dotar a las piezas rápidas y
ligeras de una suerte de sosiego meditativo, de una profundidad delicada y
conmovedora. El oro y la miel brotaron de sus dedos. Pensé tanto en Beatrix,
en el concierto de Londres al que asistimos veinte años antes, que en un
momento dado sentí que mi mujer estaba allí conmigo en la sala. Le di la
mano, noté su calor. Sabía que era presa de una ilusión, pero no me importó:
fui feliz, como no lo había sido ni un solo segundo desde el día de su muerte.
Ojalá ese instante, que anuló mi pena igual que las drogas borran el dolor,
durara para siempre.
Para concluir el recital, varios artistas se unieron a Manig Terzian. Una
anciana y bella chelista (¿su pareja?), un joven laudista y un bajo alemán que
interpretó unas cantatas de Händel. Cuando, al retirar los técnicos el clavecín,
reapareció un piano en el escenario, un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
El público observó, incrédulo, a la intérprete dirigirse hacia el instrumento.
Junto a ella, se acercó al piano una mujer alta y delgada con el pelo corto.
Se hizo un denso silencio en la sala Pleyel. Todo el mundo contuvo la
respiración.
Las dos mujeres intercambiaron una breve mirada. No sé quién de las dos
tocó la primera nota. Juntas, interpretaron el minueto de Händel, la K366 de
Scarlatti y una sonata que nunca había escuchado. Se iban alternando. Al tono
nervioso de una respondía la maestría luminosa de la otra.
Este concierto no ha sido uno más de su dilatada carrera. He comprendido
que lo que esta noche nos ofrecía Manig Terzian era su testamento musical, el
de una artista en el cénit de su talento que ha querido celebrar este momento,

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quizá el único antes de su declive, con sus seres queridos, como la entrega del
testigo a la siguiente generación.
Entonces, cuando creíamos que el concierto había terminado, tras diez
minutos de llamadas a escena infructuosas, volvió al clavecín para interpretar,
esta vez sola, la última pieza que había tocado con la joven. Fueron tres
minutos de pura belleza, de elegancia suspendida en el aire, uno de esos
instantes magnéticos que fulminan la distancia entre la música, la intérprete y
su público. Como un inmenso cuerpo, la sala absorbió los compases y se dejó
atrapar, enardecer y embelesar por esta nueva energía que parecía escribirse
gracias a los dedos de Manig Terzian. Tras la última nota, hubo un segundo
de silencio, un aroma a eternidad, antes de que estallara un clamor entusiasta
que precedió a un aplauso atronador.
Cuando terminó este último bis, Manig tenía las mejillas húmedas. No
estoy acostumbrado a dejarme llevar en público, pero esta mujer me había
recordado que, a pesar de los golpes que la vida nos inflige, todavía puede, sin
previo aviso, inundarnos de alegría siempre que estemos dispuestos a
recibirla.

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Estaba en la sala.
Me pregunté cómo me sentiría al estar allí. Me daban miedo
los recuerdos.
La pena que despertarían en mí los rostros que volvería a
ver.
Me daba miedo escuchar la música.
La verdad es que no sentí nada.
Nada.

Esperé hasta el final que tocara la sonata.


Y lo hizo.
A partir de mañana, quienes aún no lo sabían, estarán en
ascuas. Llenos de codicia, de frustración y de deseo.
Y yo todavía tengo algo con qué decepcionarlos. Y mucho.

Debería haberme alegrado.


Debería sentir satisfacción, alivio, calma.
Pero nada.
Solo un pensamiento: quien escribió esa obra nunca llegó a
escuchar a la gente aplaudir su talento en una sala de conciertos.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 10

H e examinado con lupa esta mesa de Louis Majorelle durante unos


quince minutos. Está decorada con una finura extraordinaria: juncos
con motivos japoneses e incrustaciones negras y beige que, al verlas, uno se
pregunta cómo fue capaz el artista de engastarlas sin que se rompieran, pues a
veces no miden más de un milímetro. En algunas zonas, la madera está sucia
e incluso quemada allá donde se colocaron tazas de té demasiado calientes y
velas. Un recuerdo de la época en la que estos muebles formaban parte de la
decoración cotidiana. Hoy en día, el más pequeño cuesta miles de euros. En
circunstancias normales, habría fotografiado la mesa desde todos los ángulos
antes de comenzar la restauración, feliz de que un mueble tan único hubiera
llegado a mi taller. En lugar de eso, me he preparado un té y he dejado que
mis pensamientos vagaran libremente.
El concierto de ayer fue abrumador. Alice no me había dicho nada de la
sorpresa que me tenía preparada. En el entreacto, me susurró «Hasta luego»,
se escabulló y no volvió. Menudo cambio cuando reapareció en el escenario.
La espigada figura que entró, con su vestido de terciopelo negro, tenía poco
que ver con la estudiante que me acompañó a Alemania o incluso con la joven
concertista que tocó delante de los padres de sus compañeros en el
conservatorio. A los veinticinco años, Alice se presentó ante una sala
abarrotada de un público que no había acudido por ella. Se disponía a tocar
junto a una de las mejores clavecinistas del mundo. Se me aceleró el corazón.
En ese instante, creo que yo estaba más nervioso que ella.
Alice, sin embargo, no se azoró. Era una maravilla ver tocar juntas a
aquella tía abuela y a su sobrina nieta a la luz de los proyectores, que
avivaban sus respectivos cabellos, blancos y castaños, a punto de rozarse.
Hubo réplicas, picados; la energía de Alice respondía a la sobresaliente fuerza
de Manig. Detrás de su interpretación y su complicidad, era como si se
desafiaran animándose mutuamente a dar lo mejor de sí mismas.
Manig tocó la sonata como bis final. El adusto señor sentado delante de
mí sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó los ojos. Me tranquilizó

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comprobar que no era el único con ganas de llorar.
El público se negaba a abandonar la sala. Seguían pidiendo más. Los
aplausos se prolongaron durante varios minutos aun después de que
encendieran las luces.
Pasé más de media hora esperando a Alice a la salida del teatro. No tenía
mensajes. Estaba a punto de irme a casa cuando me alcanzó en el pasillo.
Insistió en arrastrarme a una recepción: la pareja de la señora Terzian y sus
amigos le habían organizado una fiesta de cumpleaños. Ya sabía lo que
vendría a continuación: ojos de cachorrillo, los ruegos, los «Grégoire, venga,
por favor…». Decidí darme por vencido de antemano y nos subimos en un
taxi. Bajo el abrigo, Alice aún llevaba puesto el vestido con el que había
subido al escenario.
Manig se nos unió en un restaurante que habían cerrado para la ocasión.
Llegó entre vítores, con aspecto de estar cansada pero feliz. Éramos un
centenar de personas y en la sala se hablaban cuatro o cinco lenguas distintas.
La clavecinista parecía abrumada al ver que tantos amigos, tanta gente,
hubieran ido hasta allí por ella.
Madeleine me recibió con dos besos y Manig hizo lo mismo cuando me
vio. Según parece, ya ha olvidado la llamada furibunda de hace unos días. Me
daba la impresión, no cómoda precisamente, de que me habían adoptado muy
rápido en una familia que yo no había escogido.
Allí había gente a la que nunca pensé que me acercaría tanto: solistas
famosos, un gran director de orquesta y un par de escritores. También,
muchos armenios que conversaban en su extraño idioma, silbante y áspero.
Un hombre con esmoquin, que hablaba con marcado acento italiano, le
explicaba a otro que ese día Manig celebraba su setenta y siete cumpleaños.
Bebí champán, yo, que nunca bebo, bailé con Alice —seguro que hice el
ridículo—, volví a beber champán, hablé durante unos instantes —o, mejor
dicho, escuché, ya que mi timidez me tenía petrificado— con una pianista
libanesa a la que admiraba desde hacía años. Me acometió la extraña
sensación de que todo esto le estaba ocurriendo a otra persona, no a mí.
Alice revoloteaba a mi alrededor y me arrastraba de grupo en grupo,
presentándome a todos como si fuera su novio. Me dejé llevar. El ambiente
era distendido y unas cuantas copas bastaron para emborracharme. Intenté
recordar la última vez que me había divertido de verdad en una fiesta: hacía
años. Fue con Flo.
Alice y yo fuimos de los últimos en irnos. El último metro había pasado
hacía rato, así que insistí en acompañarla a casa en taxi.

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Dentro del vehículo, a la altura de la puerta de su edificio, quiso besarme.
Era previsible. Lo que no me esperaba es que yo seguiría pensando en ello a
la mañana siguiente.
Salgo de mi ensoñación cuando llaman a la puerta que une ambos talleres.
A estas horas, o Gian tiene un problema o quiere un café. ¿Quizá ambas
cosas?

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GIANCARLO ALBIZON, 10

T ras dudar un poco, llamo a la puerta. Grégoire ha llegado esta mañana a


las nueve. No suele llegar a esa hora. Se lo ve contento. Eso tampoco es
propio de él. Mientras me prepara un expreso, me cuenta que ayer fue al
concierto con Alice, la estudiante; de musicología que lo persigue; que
también subió al escenario y tocó con su tía abuela; que estuvo magnífica,
extraordinaria, admirable. La voz de mi socio, su mirada, su forma de
pronunciar ese nombre… Los había visto varias veces en el taller y el otro
día, en el descanso para el almuerzo, comieron juntos en el patio. ¿Y si Greg
se está enamorando? Un rayo de esperanza en mi tormenta. Ojalá la vida
arregle al menos eso…
Me bebo el café que me ofrece. Me sabe algo amargo, pero hoy en día
todo me lo parece. Intento adoptar un tono relajado antes de formular mi
pregunta.
—¿Entraste ayer en mi taller?
Parece extrañado.
—No, ¿por qué?
—Creo que tuve visita.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No lo sé.
—Te preocupas sin motivo. Cambiaste las cerraduras.
—Ya lo sé, pero aún me quedan dudas. A lo mejor deberías cambiar las
tuyas.
—¿Para qué? No se llevaron nada de aquí y pongo la barra de hierro todas
las noches. —Grégoire me mira con atención, preocupado. Añade—: ¿No me
vas a decir qué está pasando?
Suspiro. Por un momento, me entran ganas de hacer lo que me sugiere.
Ojalá pudiera soltar la carga que llevo encima, toda, y liberarme por fin, pero
es imposible, de modo que miento, de nuevo, aunque tratando de no alejarme
mucho de la verdad, como hago siempre que quiero salirme con la mía.

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—Es por todo esto del robo. El dueño de uno de los violines está
haciéndome la vida imposible. Y también está el asunto de la partitura. Si al
menos tuviera una pista, si se me hubiera ocurrido hacer una copia… —Mi
compañero parece incómodo de repente. Le pregunto—: ¿Terzian no te ha
dicho nada? ¿No ha escuchado ni un rumor siquiera? ¿No ha conseguido dar
con ninguna versión de la partitura en ninguna parte?
—No me ha dicho nada.
Parece dudar. Lo conozco: no sabe mentir.
—¿Hay algo que deba saber?
Mi compañero echa balones fuera.
—De todas formas, si hubiéramos encontrado la partitura, se la habrías
dado a Marin Le Guern, ¿no?
Ya estamos otra vez. No tengo ganas de volver a hablar de este tema.
—Greg, sabes que necesito encontrar esa partitura. Es vital, ¿queda claro?
Frunce el ceño.
—Pues no, no me queda nada claro. ¿Por qué estás tan obsesionado con
ella? ¿Por qué me mandaste a Alemania para hacerle preguntas a gente que ni
conoces? Lo que debería preocuparte son los instrumentos que te han robado.
Me cuesta contener el miedo y la frustración que llevan semanas
corroyéndome.
—¡Porque me estoy jugando el cuello!
Grégoire abre los ojos como platos.
—¿El cuello? ¿Por cuatro páginas de nada que ni siquiera han
autentificado? Gian, ¿en qué narices te has metido esta vez?
Estoy hecho un manojo de nervios. Debería controlarme y no responder,
pero me agota que mi socio me hable como si tuviera cuatro años.
—¿Que en qué me he metido? Tú seguro que en nada, como te pasas la
vida enclaustrado en el taller…
Grégoire frunce el ceño de nuevo.
—Estás exagerando.
—¡Para nada! No sales, no quieres ver mundo, dices que no a todo… Y,
cuando por fin una buena chica se interesa por ti, te pones quisquilloso.
¡Llevas dos años cobijándote en tu depresión, dos años haciéndote el caite
bastonato porque te dejó tu mujer! ¿No crees que ya está bien?
Grégoire me mira afligido, como si estuviera viendo a un enfermo o a un
loco. Con delicadeza, me pregunta:
—Has vuelto a jugar, ¿verdad?
Me saca de quicio su tono paternalista.

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—No.
—¿Seguro?
Estoy tan agobiado que soy incapaz de contenerme.
—¡Déjate de lecciones morales!
Grégoire se queda atónito.
—Yale, Gian, tranquilo…
Me encantaría calmarme. Ojalá pudiera, pero esto ha sido la gota que ha
colmado el vaso.
—¡No, Greg, estoy de todo menos tranquilo! ¡Estoy hasta las narices de
que me juzgues, de cómo llevas las cuentas, de tu certeza de obrar bien en
todo momento! ¡Estoy harto de tus comentarios sobre mis gastos y mi vida en
general! ¡Te pasas el día controlándolo todo y dándome la tabarra con temas
de facturas o impuestos! ¡Te crees don perfecto! ¡Si eras así con Flo, no me
extraña que te dejara!
Se hace un silencio sepulcral en el taller. En estos diez años, Grégoire y
yo hemos discutido muchas veces, pero nunca nos habíamos enzarzado de
esta manera. Menos aún con este tema. ¿Cómo he podido soltarle semejantes
burradas? ¿Con qué derecho?
Estoy horrorizado, como si me hubiera poseído un demonio. Comprendo,
desde lo más profundo de mi ira, que Greg está pagando los platos rotos de
mis remordimientos y de mi frustración. Es injusto y repugnante a partes
iguales.
Tal y como ha venido, la rabia me abandona. Estoy agotado.
—Lo siento. No quería decir eso.
Mi amigo —¿cuánto más aguantará siéndolo?— está lívido. En su mirada
atónita veo reflejado aquello en lo que me he convertido: un perro rabioso que
muerde a todo el que se le acerca. Un gilipollas de primer nivel. He visto esa
mirada antes, en otros ojos. No puedo olvidarlo. Ese desprecio, esa forma de
ver a través de mí como si fuera transparente… Todavía sueño con ello por
las noches.
Ahora mismo, lo que me gustaría es desaparecer de la faz de la tierra. Me
encantaría huir y dejar los problemas atrás, pero no es tan fácil. Eso quise
creer con las chicas y así acabó todo.
Debo dinero, mucho dinero. Estoy desesperado. No puedo decir nada. Ni
siquiera puedo dejar tranquilo al hombre al que acabo de insultar como si
fuera un mindundi. Este mal trago me toca pasarlo a mí hasta sus últimas
consecuencias.

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—Greg, te lo suplico. Si sabes algo de la partitura, lo que sea, necesito
que me lo digas.

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MANIG TERZIAN, 10

N o he oído a Mado salir de casa. Debe de estar ya de camino a Tokio.


En una nota encima de la mesa de la cocina me desea buena suerte
para mi «cita». ¿Qué cita? De pronto me acuerdo: el belga. Le dije que viniera
a última hora de la mañana. Me recorre un escalofrío. ¿Primero me traicionan
las manos y ahora la cabeza? Dos tazas de té, una ducha caliente y una hora
de ejercicios me calman la ansiedad. Prefiero culpar de mi olvido al cansancio
que arrastro estos últimos días. Dios sabe que han sido muchas emociones.
Mientras termino de peinarme, me vienen a la mente imágenes del
concierto. Aquel hombre tan extraño, De Jonghe, mandó que me trajeran al
camerino un ramo de rosas amarillas enorme: ¿cómo supo que son mis
preferidas? Lo vi en la sala, al asomarme por la cortina. Estaba sentado en la
tercera fila, justo delante de Alice y Grégoire, entre muchísimas caras
conocidas. Eso sí, en aquel momento, no pensé en él. Ni en él, ni en el resto,
ni en nadie, vaya: solo pensaba en la música.
Me entró un pánico escénico terrible. Me dije que había pecado de
orgullosa y me martiricé por haber elegido un programa tan complejo. Era
demasiado ambicioso, considerando mis nuevas limitaciones. ¿Conseguiría
interpretar las obras más rápidas? Al final, el entusiasmo del público, casi
palpable, me impulsó. Logró liberar mis dedos de la artrosis y sumergirme en
ese estado que amo por encima de todo: cuando soy una con el instrumento y
me dejo llevar por la pureza de la música. Ese instante en el que siento que he
encontrado mi sitio en el puzle en movimiento que es el universo. Mi mayor
recompensa aquella noche fue tocar para y junto a la gente a la que quiero:
Madeleine, con la que casi nunca aparezco en público; Ludwig, que había
venido desde Dresde para cantar a Handel; Federico y su «laúd mágico»…
Nos sumimos en una alegría profunda, mística y orgánica. Pusimos en común
nuestros años de práctica, nuestra sabiduría y la experiencia acumulada. Y así,
al compás, creamos belleza en el escenario.
No obstante, quien más me impresionó fue Alice. A pesar de la presión
que llevaba a sus espaldas, no mostró ni una pizca de miedo, no se permitió

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dudar ni un segundo. Irradiaba aún más audacia y más seguridad en sí misma
que ante Rufus en nuestra sala de música. ¿La enardecería que entre el
público se encontrara el hombre al que intenta seducir? Sea como fuere,
cuando la escuché tocar, aprecié —y lo digo con el corazón algo roto— que
estaba preparada para valerse por sí misma; que tendría que hacerme a la idea
de que, muy pronto, al igual que yo a su edad, se iría a Moscú, a Londres o a
Berlín para perfeccionar sus habilidades con nuevos maestros y competir en
concursos internacionales; que, dentro de poco, sería ella, y no yo, la que
recibiría flores, aplausos y vítores. Esta vez, sola.
Lo único que espero es que la música, a pesar de su nivel de exigencia, la
haga sentirse realizada y la colme de felicidad, como a Mado y a mí.
El timbre me saca de mi ensoñación. Mi visita es puntual. Mientras sube
en el ascensor, me pregunto por dónde irán los tiros en esta ocasión. Quería
quedar a solas con él, sin Gabriel, porque no me gustó nada lo que insinuó
este supuesto mecenas en nuestra reunión anterior. Y, por muy filántropo que
sea, no pienso establecer una relación profesional con un hombre del que no
me fío. Claro que tampoco quiero arrancar el trigo con la cizaña: me vendría
muy bien conseguir financiación para lo que tengo en mente.
Saludo al belga en el rellano. Su apretón de manos es firme y breve, más
suave que la última vez. Me doy cuenta de que va vestido de negro de pies a
cabeza, con traje, corbata y sombrero. El hombre que tanto respeto me
infundió en nuestro primer encuentro esta mañana se presenta como una
figura adusta, casi raquítica. Una vez en el piso, lo invito a pasar a la sala de
música. Observa los instrumentos, alaba mi clavecín y se fija de inmediato en
que tiene la caja de resonancia pintada. Me dedica unas palabras, que suenan
sinceras, sobre el concierto: según él, estuve «excepcional».
—Gracias, señor De Jonghe. ¿Le parece bien si vamos al grano?
—¿Cómo dice?
—Quiero saber cuáles son sus intenciones. Sus verdaderas intenciones.
Se muestra sorprendido, pero sospecho que está más que acostumbrado a
dar la impresión que más le convenga. Me responde:
—Ya se lo dije: es usted una de las mejores clavecinistas de nuestro
tiempo y me encantaría contribuir a la grabación de las obras que usted
escoja.
—Bueno, disculpe que le sea tan franca, pero no soy una joven artista que
necesite el apoyo de su fundación. Tampoco soy una vieja gloria olvidada. No
de momento, al menos. —No contesta, así que continúo—: Usted lo sabe tan

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bien como yo. Creo que tampoco es casualidad que aprovechara nuestro
encuentro para mencionar cierta partitura…
Nuestras miradas se cruzan. Ni hostiles ni amables. El belga deja de fingir
asombro. Me está evaluando. Desde la última reunión, he tenido tiempo
suficiente para pensar en la insinuación que hizo en el despacho de Gabriel.
Solo se me ocurre una explicación. Prosigo:
—¿Tiene la partitura?
—No.
—De modo que recurre al engaño para descubrir verdades… ¿La
propuesta de grabar un disco no fue más que una excusa para intentar
sonsacarme información?
Hace una mueca de aflicción.
—Siento una admiración sincera por su talento, señora Terzian.
—Digamos que así es. Con todo, no me cabe duda de que ese no es el
único motivo por el que me buscó.
Silencio de nuevo.
—Señor De Jonghe, estoy dispuesta a contarle lo que sé sobre esa sonata
y las circunstancias en las que tuve conocimiento de ella, pero solo si usted es
sincero conmigo. ¿Por qué ha acudido a mí y no a otro?
El hombre dirige hacia mí sus ojos oscuros y brillantes. No está
acostumbrado a que le hablen así. Antes de responder, ha de sopesar los pros
y los contras. Yo, pese a mi aparente bravuconería, no las tengo todas
conmigo. Al fin y al cabo, no sé bien a quién me enfrento. Durante irnos
segundos que se me hacen eternos, mi interlocutor permanece callado. Pienso
que se levantará y se irá, que he perdido esta oportunidad. De acuerdo. Es
mejor no relacionarse con quien no es trigo limpio. No pienso vender la
carrera de Alice por unas migajas. Contemplo, sumergida en el silencio de la
habitación insonorizada, la luz del sol de primavera bailar sobre el piano y el
atril de Madeleine, donde sigue apoyada la partitura que ensayó antes de irse.
Por fin, mi visita se aclara la garganta.
—Estuve casado cuarenta y seis años con una mujer que se llamaba
Beatrix.
Hace una pausa.
—Scarlatti era su pasión. Le encantaba, por encima de todo, oírla tocar.
Entiendo, sin que mi interlocutor tenga que decirlo, que su mujer ha
muerto y pienso en aquel nefasto año en el que estuve a punto de perder a
Madeleine. El belga continúa.

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—En cuanto oí hablar de la partitura, quise saber más. Hice algunas
gestiones. Me alegró tener… algo que buscar, digamos. Fui a ver al lutier que
la encontró. Me habló de usted y me dijo que se la había enseñado.
Silencio de nuevo.
—Creo que fue la obra que tocó usted al final de su concierto y me
gustaría escucharla de nuevo. Quisiera que volviera a interpretarla, en
recuerdo de mi difunta esposa. Estoy dispuesto a financiarle un disco, o
varios, o lo que usted quiera, si acepta mi petición.
Miro a este hombre, que debe de ser algo más joven que yo. Su rostro,
inmóvil, está ahora tan desnudo y tan extenuado que tengo la certeza de que
ha dejado de lado los juegos. El mecenas omnipotente escondía a un viudo
desamparado. Un hombre que se aferra a la existencia de una pieza musical
de tres minutos para encontrar algo que le ayude a sobrellevar cada nuevo día
que pasa sin su mujer.
Fiel a mi palabra, le cuento la visita de los dos hombres, la investigación
de Grégoire y Alice, la historia de Amos Blok. Mi propio arrepentimiento,
durante semanas, por haber dejado escapar esa pieza que tuve la oportunidad
de leer. Entonces, ante su mirada atónita, me siento al clavecín.

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JORIS DE JONGHE, 10

E stoy acostumbrado a ser yo quien lleve la voz cantante, pero, por


primera vez en mucho tiempo, Manig Terzian logró pillarme
desprevenido. Nunca hubiera imaginado que esta mujer, que parece frágil
como la porcelana, conseguiría atravesar mi coraza tan rápido. Desde el
principio me exigió la verdad y me la ofreció como moneda de cambio para
contarme lo que sabe. Frente a un contrincante ordinario, este tipo de trato o
me habría hecho gracia o me habría molestado. Tal vez incluso habría sentido
un placer malicioso al intentar engañar a la persona que me hablara en esos
términos.
Ahora bien, esta no es una mujer cualquiera.
También es posible que la edad, el dolor y la ausencia de Beatrix hayan
debilitado mi carácter. En todo caso, ante la mirada de la clavecinista, tan
gris, tan clara, tan inflexible que me ha recordado a la de mi madre, decidí
bajar la guardia. ¿Acaso tenía algún motivo para ocultar la verdadera razón de
mi visita?
Pronuncié el nombre de mi esposa. Le confesé lo que la música
significaba para nosotros y cómo había estado buscando durante semanas esa
partitura para Beatrix, en su memoria. Temía que pensara que estoy loco, así
que no me atreví a contarle lo que me sucedió en el concierto, la ilusión de
haber sentido la presencia de mi mujer a mi lado. Manig Terzian me escuchó
atentamente. No hizo ningún comentario.
Fiel a su promesa, me contó su versión de la historia, aunque, en el fondo,
ya lo sabía prácticamente todo.
Entonces, sin que yo se lo pidiera, se sentó al clavecín y tocó la sonata.
Después se ofreció a interpretar otras piezas. Incrédulo, nombré tres, las
favoritas de Beatrix. Las tocó para mí. Para mi mujer y para mí, pensé.
Bañados por la luz de la mañana que entraba en su sala de música, Terzian
demostró tanto fervor, virtuosismo y maestría como los que desplegó en el
escenario de la sala Pleyel unos días antes. Para terminar, a petición mía, tocó
la sonata inédita por última vez.

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Cuando llegó el momento de despedirnos, no supe qué decir. No encontré
palabras suficientes para agradecerle la generosidad que me brindó sin que
entendiera bien por qué. No acostumbro a estar en deuda con nadie… Sin
embargo, estoy convencido de que no lo hizo con idea de obtener algo a
cambio, que no le importan ni el disco ni mi dinero o, más bien, que este
proyecto, que al principio no fue más que una excusa para acercarme a ella
pero que va cobrando forma en mi mente, no es lo que la motivó a hacerlo.
Creo que tocó para hacerme feliz. Para darme consuelo.
Precisamente por su capacidad de dar sin esperar nada a cambio estoy en
deuda con ella.
Al día siguiente la llamé. Quería invitarla a comer el domingo para
agradecérselo. Había escogido un restaurante al que solíamos ir Beatrix y yo.
Tuve que insistir mucho —apenas salía, alegó—, pero acabó aceptando.
Llegamos casi a la vez, yo a pie y ella en taxi. Los camareros se dirigían a
ella con deferencia: posiblemente creyeran que era mi nueva compañera. A
ninguno de los dos nos importaba. Ya en el postre, pedí una copa de champán
en su honor —vi de cerca sus manos afectadas por la artritis cuando levantó la
copa para brindar— y le pregunté qué podía hacer por ella.
—No necesito nada. Vivo con una mujer maravillosa y tengo la suerte de
seguir tocando a pesar de mi edad.
«Vivo con una mujer maravillosa». Aun sabiéndolo, unos años antes me
habría escandalizado tal confesión. Hoy en día, me inclino más por no juzgar.
Mis ojos se detuvieron en sus manos, muy a mi pesar. Se dio cuenta.
—No se preocupe, me las apaño. Y tengo un excelente reumatólogo.
—Conque no hay ningún deseo que pueda concederle… Es una pena.
Se quedó pensando.
—Sí, hay algo que puede hacer por mí.
—Dígame.
—Me gustaría echarle una mano a mi sobrina nieta. Con su carrera, me
refiero.
—¿Es la joven que interpretó a Scarlatti con usted en el concierto?
—La misma. ¿Qué le pareció?
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Por favor, sea sincero. Sin palabrería.
—No hay motivos para no serlo: tiene un enorme talento.
Una sonrisa iluminó el rostro de la clavecinista.
—Me alegra oírlo decir eso. Se llama Alice y la creo capaz de llegar muy
lejos. Nunca he visto a alguien trabajar con tanto tesón. Fue ella quien me

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convenció para tocar las sonatas al piano.
—Hizo bien.
Me quedé en silencio.
—¿Qué tal si brindamos por Alice? Y por la grabación de Scarlatti que
podrían hacer juntas. Me encantaría.
Los ojos grises de Manig Terzian se encontraron con los míos.
Transmitían felicidad y algo de inquietud.
—Nada me haría más feliz, pero creo que mi sobrina nieta se merece su
propio debut.
—Una cosa no quita la otra, señora Terzian.
—¿Lo dice en serio?
—Yo pongo el dinero, y ustedes dos, el talento. Créame, es un trato justo.
Al salir del restaurante, le paré un taxi. Nos despedimos con un apretón de
manos para cerrar el acuerdo. La hora que pasamos en la rue de Grenelle, en
su sala de música, no se me iba de la cabeza, al igual que el momento en el
que sentí la presencia de Beatrix a mi lado. Manig Terzian no tenía ni idea del
regalo que me había hecho.
Ya en mi suite, enciendo el teléfono, que ha estado apagado toda la
mañana. Un mensaje del lutier: «Tengo algo para usted». Estoy seguro de que
ese algo es la partitura de la sonata que Manig Terzian me tocó hace tres días.
¿Por qué ha tardado tanto tiempo en decírmelo? ¿Querrá subir la apuesta?
Por la clavecinista pagaré lo que haga falta. Ha jugado limpio y se lo
debo. Con el lutier, es otro cantar. Pocos son los que intentan engañarme y no
terminan arrepintiéndose. Pronto lo entenderá.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 10

P asé la noche en un duermevela, con alguna que otra pesadilla. Tardé una
eternidad en conciliar el sueño, que interrumpió de inmediato una
llamada telefónica de Martial, mi editor, que me sacó de la cama para saber
cómo iba mi investigación sobre la sonata desconocida. El día empezó fatal.
Desde la noche del concierto, no pienso en otra cosa: la obra que Terzian
interpretó al final, con bis incluido, por supuesto. No estaba en el programa.
Lo supe desde que tocó las primeras notas. Me concentré con todas mis
fuerzas y traté de analizar la composición a medida que la escuchaba. Podría
haber sido suya. No veo por qué no. A diferencia de las demás, tenía una
estructura inesperada, no del todo binaria. A mitad de la sonata, se esbozaba
una improvisación a partir del motivo inicial. Lo que nunca falta son esa
cesura fundamental entre la apertura alegre y el final melancólico, las
disonancias, el carácter rápido y obsesivo de los compases, el cambio
constante entre la mano izquierda y la derecha, el ascenso y los fuegos
artificiales de los ornamentos.
Sin la partitura, es imposible estar seguro al cien por cien, pero si Terzian
y su amiguito de Bolonia han sido capaces de orquestar una mentira de tales
proporciones, son más hábiles de lo que pensaba. De ser así, casi convendría
en que gozan de gran talento.
Al salir de la sala Pleyel aquella noche, me entraron ganas de gritar de
rabia. Habría dado cualquier cosa por tener en mis manos la partitura para
poder tocarla, analizarla y comprobar su autenticidad.
Al día siguiente, escribí a Terzian para pedirle más información. No
contestó.
Buena respuesta.
Por tanto, no había avanzado nada y me vi obligado a admitirlo ante
Martial. En tales circunstancias, prefirió posponer la reimpresión. Intenté
convencerlo diciéndole que revisaría el libro por completo y lo ampliaría con
mis diez años de investigaciones. Fue inquebrantable. Y, cuando intenté dar
un nuevo envite, me paró los pies.

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—Rodolphe, no es usted el único autor de mi catálogo. Tengo ya dos
excelentes manuscritos en espera para septiembre. Vuelva a llamarme cuando
de verdad haya dado con algo nuevo.
Me hervía la sangre. Mientras me afeitaba, pensaba en lo que podría
haberle contestado, en los argumentos que podría haber esgrimido. Me hice
un corte en la barbilla, así que me tocó cambiarme de camisa en el último
momento y retrasarme todavía más a la cita con el director de mi
departamento.
Había pedido verlo por un proyecto de investigación europeo. Dicha
solicitud de financiación era de tal magnitud que, si la consiguiera, me
permitiría contratar a cuatro asistentes y pagar todas las estancias en
bibliotecas que quisiera. Y lo más importante: me libraría de las puñeteras
clases durante cinco años.
Para eso, no obstante, necesitaba el consentimiento de Belkacem.
Mi director es un tipo grande, con hechuras de jugador de rugby. Se
especializó en música andalusí. Por lo que sé, es muy bueno en su campo.
Lleva aquí dos años y tenemos una relación neutra. Digamos que él me deja
en paz a mí y viceversa.
Todavía sin aliento tras la carrera, llamo a la puerta y entro en su
despacho. Está ocupado con el correo electrónico. Le echa un vistazo rápido a
su reloj.
—Siéntese. ¿Un café?
Le digo que no. Quiero ir al grano, pero él se sirve una taza y hace que me
arrepienta de mi decisión. Mientras el expreso cae con exasperante lentitud, le
pregunto:
—¿Ha leído mi proyecto?
—Ajá. Muy bien construido.
No hay ni un ápice de entusiasmo en su voz. Vuelve a sentarse frente a
mí, taza en mano.
—Debo informarle de que otro miembro del departamento desearía
solicitar esa misma subvención.
—Y, ¿entonces?
Belkacem arqueó una ceja.
—Sabe tan bien como yo que el departamento no puede apoyar dos
candidaturas a la vez.
—¿Quién es?
—Karen Salgado.

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—¿Salgado? —No me lo puedo creer—. ¡Si es una principiante! ¡Le saco
quince años de experiencia!
—Eso no se lo discuto, pero Karen está muy implicada en la gestión del
departamento. Es una candidata prometedora y ya le han concedido una beca
nacional. Sabe tan bien como yo que uno de nuestros cometidos es apoyar a
los jóvenes talentos.
Suspiro.
—Marwán, seamos serios. Tengo diez veces más posibilidades de
conseguir la subvención que ella.
—Eso no lo sabe, Rodolphe.
Su tono se ha vuelto más seco. ¿Soy yo o Belkacem está cuestionando mis
capacidades? Normalmente, cuando negocio, pongo todo mi empeño en
controlar mi estado de ánimo, pero he dormido fatal y la conversación con
Martial me ha alterado.
—¿Va a favorecerla porque está en la junta directiva o solo porque es una
mujer?
Belkacem no se inmuta. De un solo trago, se acaba el café.
—Rodolphe, dejemos eso a un lado y hablemos con franqueza. Usted ha
desviado el presupuesto de su equipo para sus estancias en Estados Unidos y
encima le negó un billete de tren a Lyon a un estudiante de doctorado que no
tiene un duro. Solo acude a una de cada cinco reuniones porque siempre está
fuera. Trata mal a las secretarias y huye de las responsabilidades
administrativas. Ha llegado a mis oídos que ha faltado a tres de sus
seminarios este año y he constatado que sus doctorandos nunca consiguen
ponerse en contacto con usted cuando le necesitan. Así pues, aunque pudiera
obtener la subvención con total seguridad, no sé si haría bien en apoyarlo.
Sinceramente, no lo veo.
Noto que mi ira crece.
—Por si no lo recuerda, soy profesor asociado en Harvard. ¡Es imposible
estar en todas partes!
—Nadie lo obliga a acumular trabajos. Por cierto, ya que hablamos de su
puesto en Harvard… En teoría, los salarios complementarios que se reciben
en el extranjero han de devolverse al departamento, y no recuerdo haber visto
ese dinero por ninguna parte…
Esta vez, el tono es gélido.
—No hay ley alguna que me obligue a hacerlo, y usted lo sabe bien.
Belkacem suspira.

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—Cierto, pero hay que tener un mínimo de ética. En tal caso, al menos
podría abstenerse de recurrir a nuestro presupuesto para sus gastos.
Me quedo de piedra. ¿A esto hemos llegado? ¿Le van a pedir los tiques de
gastos a un investigador de mi rango? Belkacem quiere hacer cuentas, ¿no?
Bueno, pues contemos.
—Sabe que, de todos, yo soy el que más publica, ¿verdad? Sin mí, sus
estadísticas se van al traste.
El director esboza una sonrisa, aunque su mirada sigue siendo fría como el
hielo.
—¿Qué quiere decir, Rodolphe? ¿Está pensando en dejarnos?
Me arrepiento al instante de mis palabras. A Belkacem no parece
importarle lo más mínimo mi amenaza y yo necesito su firma a toda costa. Me
he jugado el todo por el todo y he usado mi última bala. Esa que me hubiera
gustado guardar en la recámara.
—Voy tras una pista magnífica. Si consigo llegar hasta el final, no se
imagina lo beneficiado que saldría el departamento.
—¿Sobre qué?
—Una sonata inédita de Scarlatti.
—No lo mencionó en el correo.
—Es un asunto muy reciente.
—Deduzco que aún no la ha encontrado.
—Tengo pruebas de que existe. Voy a conocer al dueño de la partitura.
Estoy planeando ir a Roma para hacer comprobaciones.
Llegados a este punto, diría cualquier cosa para convencerlo. A lo lejos, el
reloj de la basílica de Notre-Dame-des-Victoires da las doce del mediodía.
Belkacem parece reflexionar. Consulta su reloj, señal de que la entrevista ha
finalizado.
—Le deseo buena suerte, Rodolphe, de corazón. Mientras, no cuente
conmigo para financiar su viaje a Roma. Por el momento, Karen es nuestra
única candidata.

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Sentí un gran vacío tras el concierto.
Dejé de bajar al taller, de leer los correos electrónicos, de
fisgonear.
Sé que, por fuerza, habrá un revuelo.
Pero ya no me despierta ningún interés.

Me quedo en la cama, en la penumbra, gran parte de la jornada.


¿Será de tanto saltarme las comidas? A veces tengo la sensación
de que el suelo cede bajo mis pies.
Me gustaría disfrutar del sol en el patio y sentir su calor en
mi piel, como la chica que vino el otro día. Estaba sentada junto
a Grégoire, hombro con hombro.
Cuando se fue, lo abrazó y le dio un beso.

Este mediodía, me he reencontrado con la persona con quien


quedé el otro día. Él también estuvo en la sala durante el
concierto. Él también la escuchó.
Le pregunté qué le había parecido. Me dijo que le hizo bien
escuchar la sonata interpretada de esa forma.
Me preguntó qué iba a pasar ahora. Le revelé la última parte
del plan, la que le concierne. Le pareció bien.

El día que recuperé la partitura, pensé que lo había echado todo


a perder, pero este gesto tan arriesgado resultó ser una idea
genial.
Ahora mismo, hay copias circulando, por supuesto, pero
nunca verán el original.
Estarán, como lo hemos estado nosotros, y como aún lo
estamos, atrapados en la incertidumbre para siempre. En esa
incertidumbre que corroe, que daña, que destruye.
Empate.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 11

E n el segundo piso ahora hay un cartel de se alquila. Aunque sea


absurdo, me ha dado un vuelco el corazón, porque significa que los
inquilinos se marchan. Todavía no sé quiénes son, pero me había
acostumbrado a su presencia, a la luz tenue que se filtraba a través de las
cortinas, como si fueran amigos desconocidos.
Al ver el letrero de la agencia inmobiliaria, me invade un deseo
inesperado de mudarme, de abandonar nuestro piso, el de mis padres, que
llevan veinte años muertos, y el de mi mujer, que se ha marchado. ¿Y si me
mudo a otro lugar? ¿A algún sitio más cerca del taller? ¿A otro distrito, quizá?
Al distrito VII, por ejemplo… De repente, me entran ganas de volcar la mesa y
me cuesta dilucidar los motivos.
Uno es la discusión con mi socio. Gian y yo llevamos diez días sin
dirigirnos la palabra. Esta vez ha ido demasiado lejos. Algo se ha roto. Desde
aquella horrible mañana, no he podido dejar de rumiar sus palabras. He
comprendido que es probable que llevara guardándose mucho tiempo lo que
me echó en cara aquel día. Creo que lo que más daño me hizo fue eso: la
profundidad de su desprecio. ¿Desde cuándo tiene esa opinión tan nefasta de
mí?
Aunque ha intentado hablar conmigo varias veces después, lo he mandado
a paseo. Hará falta algo más que una disculpa y unas cuantas comidas en
Paulette’s para borrar lo ocurrido. Sí, soy amable, pero también puedo ser
rencoroso, y me cuesta aceptar lo que me dijo sobre Flo. Sus palabras me
queman cuando pienso en ellas: me dio donde más me duele. Dentro de mí,
una vocecita desagradable me susurra que quizá tenga razón, que le he estado
buscando tres pies al gato imaginando que mi mujer tenía un amante o que se
había dado a la bebida.
Tal vez Florence me dejó porque, simplemente, se moría de aburrimiento.
No soy un tipo interesante, lo sé de sobra. Nunca se me ha dado bien salir,
divertirme. Quedarte huérfano de padre y madre con veinticinco años te hace

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madurar rápido, te mete plomo en la cabeza, te guste o no. Así que sí, pago
mis impuestos, tengo un abogado, un contable y conservo todos los puntos del
carné de conducir. Reconozco que mi miedo al cambio roza lo patológico,
aunque hiciera muchas concesiones por mi mujer. Me resisto a correr riesgos
porque sé que la vida es precaria, que es susceptible de detenerse en un cruce
por culpa de un borracho idiota que conduce demasiado rápido. Me aferró a
mis rutinas y a mis hábitos como si fueran salvavidas. Para mí, lo nuevo es
sinónimo de amenaza, de imprevistos, de una posible catástrofe. Supongo
que, en espíritu, soy mucho más viejo que Manig Terzian. Tal vez Flo no
podía soportarlo más.
Cuando Gian comenzó a gritarme, me quedé tan pasmado que no supe
contestarle. Siempre se me ocurren las respuestas demasiado tarde: aquel día
fue el que más me dolió ser así. Lleve o no razón mi socio, yo también tenía
reproches: su secretismo, sus artimañas, sus barrabasadas con la
contabilidad… Son ya diez años yendo tras él para arreglar las cosas. Diez
años en los que, algunos meses, me he recortado el sueldo para abonar
nuestras cuotas, porque en muchas ocasiones él ha preferido centrarse en sus
conquistas en lugar de perseguir a los clientes que no le habían pagado, pero,
como detesto las discusiones y los conflictos, lo he dejado pasar. Flo solía
reprochármelo: «Estás permitiendo que se te suba a la chepa». Con esas
palabras.
¿Fue mi flaqueza la que me llevó a imprimirle la primera página de la
partitura que había fotografiado, pese al rapapolvo? Y yo sintiéndome
culpable por habérselo ocultado… ¿O fue precisamente para librarme de él,
para no volver a verlo, para que se fuera a tomar por saco con su partitura y
me dejara en paz de una vez por todas?
Por cierto, yo tenía razón: Gian estaba planeando hacer algo a espaldas de
Marin Le Guern. En lugar de marcharse después de haberme abroncado de
aquella manera, me habló de un belga que le había ofrecido una gran suma de
dinero a cambio del documento; una historia de pago de deudas, casi como si
fuera un sicario. En esa ocasión se dirigió a mí con una voz apagada, al borde
de las lágrimas, como alguien que no puede más. Aunque parecía sincero, ya
me es imposible confiar en él. Soy incapaz de creerme sus lamentables
explicaciones ni sus medias verdades. Por otro lado, tanto si dice la verdad
como si no, no quiero saber nada de sus chanchullos. Si la página que ha
conseguido sacarme va a librarlo de una paliza o de que quemen nuestros
locales, estupendo. Que le vaya bien.

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Como no puedo sacarme ese horrible momento de la cabeza, intento
concentrarme en la suavidad de la madera. La rutina del trabajo siempre me
ha consolado en las malas rachas, siempre ha sido mi terapia. Le aplico una
nueva capa de pátina a la mesa de Louis Majorelle: cera, aguarrás, aceite de
linaza, agua destilada y otros ingredientes de mi cosecha. He adaptado una
receta que me dio Gian hace mucho tiempo. Los hiñeres son muy recelosos de
su barniz y suelen mantener la composición en secreto. El suyo obra
auténticos milagros en maderas antiguas: elimina los malos barnices, pero
respeta las marcas de envejecimiento genuinas. No hay nada peor ni más
vulgar para una pieza restaurada que aparentar ser nueva cuando no lo es.
La ansiedad vuelve con fuerza. ¿Cómo vamos a seguir trabajando juntos
después de algo así? Y, sobre todo, ¿por qué Gian siempre termina metiendo
la pata cuando tiene algo bueno entre manos?
Respiro profundamente y trato de ahuyentar estas incertidumbres
recurrentes. El sol se cuela en el taller y hace que las motas de polvo brillen
en el aire. Es una bonita mañana de primavera y, esta tarde, he quedado con
Alice. A finales de semana, pondré rumbo a Mende, donde restauraré un
retablo de madera tallada, una verdadera joya.
Mientras tanto, paso el paño haciendo círculos concéntricos y me deleito
en la delicadeza de las incrustaciones y filigranas, las cañas doblegadas a
orillas del lago, esas líneas de ébano que parecen dibujadas con un pincel.
Imagino al artesano que fabricó la mesa en el silencio de su taller, en Nancy,
hace ya un siglo, entre el serrín, el olor de las raras esencias y el trozo de
madera negra que había sumergido de antemano en agua para comprobar su
autenticidad. Nunca seré capaz de crear una obra maestra de este calibre, pero
me basta con acompañar estas piezas a través del tiempo, reparar los estragos
del té derramado y de los trasteros, del moho y del abandono. Soy el hombre
en la sombra, el sanador invisible: el único papel en el que me siento cómodo.

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GIANCARLO ALBIZON, 11

P ierre Zamacoïs llegó con cara de haber pasado muy mala noche. Ayer le
ocurrió un incidente insólito en artistas de su nivel. Estaba terminando
de interpretar La muerte y la doncella y puso tanto tesón en la última nota que
se le encajó el arco en las cuerdas. Culminó Schubert con una estridencia y,
aunque el público quedó encantado, él no lo estaba en absoluto. Llevaba la
derrota en la mirada y supe que no había pegado ojo. Me contó que necesitó
hacer fuerza en el escenario para separar el arco de las cuerdas. Temía haber
malogrado el violín.
Examinamos el Cernaudi. La tapa armónica tenía algún rasguño en la
zona del impacto y habrá que cambiar una de las cuerdas, quizá dos.
Zamacoïs creía que el puente se había combado por el impacto. A simple
Arista no lo parecía, pero él tiene oído absoluto: si percibe el más sutil
cambio, es que algo pasa. Comencé cerrando la grieta, a falta de ponerle unas
gotas de barniz. Después le hicimos una revisión general. Trabajé con sumo
cuidado, bajo lupa, con la sensación de ser un cirujano en la sala de
operaciones. En efecto, el puente estaba intacto, solo se había desplazado un
poco hacia atrás. Lo único que se había visto afectado era la tapa armónica,
aunque el arañazo era superficial. Le pedí que me dejara el violín un día para
llevar a cabo las reparaciones. Un día de respiro en medio de este caos. Un día
de atención desmedida, de analizar cada detalle, que me permitiría olvidar los
problemas que me llovían de todos lados.
Pasamos la mañana del día siguiente haciendo y rehaciendo ajustes
minuciosos. Sinceramente, el Cernaudi ha aguantado bien. Un instrumento de
este calibre puede mostrarse sensible a la menor variación meteorológica o
higrométrica y, sin embargo, ser en extremo robusto en lo que a mecánica se
refiere. De hecho, es lo que explica su longevidad. Zamacoïs me observó
revisar cada centímetro del violín, al igual que haría un estudiante que, en sus
prácticas de medicina, examina en urgencias el cuerpo de un niño tras una
caída, supongo.

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Tras las pruebas y los ajustes, el violinista se tranquilizó. El Cernaudi
volvía a ser, según dijo, «el de antes». Le ofrecí un café y lo agradeció. Mi
prototipo, sin tratar aún —pienso barnizarlo esta semana—, yacía en el banco
de trabajo. Antes de irse, Zamacoïs me preguntó si podía tocar «un par de
cosas» para probarlo. Desde luego no fueron «un par de cosas» sin más: tocó
un tango argentino, una obra de Sarasate y una danza húngara de Brahms.
Creo que fue su forma de darme las gracias. Miré cómo se dejaba la piel con
una sonrisa en los labios. Tocaba con el alivio que llega tras una gran
angustia, liberado, como un atleta vencedor que da una vuelta al estadio por
placer.
Así supe, sin haberlo planeado, que mi prototipo era todo un éxito. Mejor
aún: supe que era perfecto, que superaba todas mis expectativas. El violín
subía y bajaba las escalas sin esfuerzo, con una sonoridad límpida, brillante y
etérea en los agudos, pero mostrando una gran fuerza en los registros más
bajos y vibrando sin la tragedia ni la gravedad que estorba en algunos
instrumentos. Un pequeño matiz que había buscado durante cientos de horas y
que le daba un color único a su sonido. Ahí lo tuve claro: había fabricado un
instrumento a la altura de mis anhelos, poderoso y sutil, sensible sin ser
caprichoso, brioso sin ser rebelde.
Observé cómo las cuerdas se tensaban bajo los dedos de Pierre y cómo la
tabla armónica ondulaba imperceptiblemente. Sentía que al violín le
complacía obedecer, que respondía a sus impulsos en una fracción de segundo
desplegando las distintas facetas de su sonido según se lo requería su
intérprete, como si solo anhelara que lo llevaran una y otra vez al límite. Su
paleta de matices era impresionante, más amplia que la de cualquier otro
instrumento que haya creado en toda mi carrera. Cuando reparé en que lo
había conseguido, me invadió un torrente de alegría y orgullo desmedido.
Pierre dejó el instrumento con suavidad. Confirmó mi veredicto. Me dijo
que, si me pusiera a fabricar violines así, podría encontrarme diez
compradores en los siguientes quince minutos. Ya solo para el prototipo, me
mencionó un par de nombres, y no eran cualesquiera. El último fue el suyo.
Un cumplido que me llegó al corazón. Conozco bien a Zamacoïs, que posee el
exigente orgullo de los grandes solistas, lo suficiente para saber que no es de
los que dedican elogios vacíos.
Cuando se marchó, me quedé fuera fumando. Saboreando mi alegría.
¿Cuánto tiempo hacía que no me sentía libre de tener la soga al cuello?
Saludé a Grégoire de lejos, a través de la ventana. No me contestó. Su silueta
indiferente ensombreció mi buen humor. Evito pensar en lo que pasó entre

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nosotros. Me avergüenzo profundamente… Si hay una persona en la faz de la
Tierra que no tiene ningún derecho a echarle un sermón, ese soy yo. Merezco
que me dé una paliza, o tres incluso. Lo preferiría, de hecho, a la indiferencia
gélida y la indignación muda.
No tengo excusa, simplemente me sacó de mis casillas descubrir que,
durante semanas, tuvo guardada sin decir palabra una página de la partitura
con la que podría haber pagado mis deudas. Grégoire es así. Cree que vela por
los demás, como un buen boy scout, pero no comprende nada de lo que ocurre
a su alrededor. Llevo jugando al póquer como un loco un año y sigue
convencido de que lo he dejado. Hace tres, su mujer se derrumbó ante sus
ojos, con una depresión atroz, mientras él restauraba armarios antiguos en
Angers. En aquel momento, cuando se lo mencioné, pareció sorprenderle. «Es
normal que esté deprimida, está en pleno duelo». En pleno duelo, dice…
Florence se sentía responsable de la muerte de su hermano. Necesitaba
desesperadamente que alguien le dijera lo contrario. Él ni siquiera se había
percatado…
Mi euforia de antes ya está cediendo el paso a la angustia. Mis obsesiones
reaparecen. Esta mañana, al llegar; he vuelto a tener la impresión de que
alguien había entrado en el taller por la noche, pero la cerradura estaba
intacta. Como Pierre se ha presentado en la puerta enseguida, no me ha dado
tiempo a comprobar si ciertos objetos, que había colocado deliberadamente en
lugares estratégicos, se habían movido. ¿Acaso ha entrado Grégoire a
rebuscar entre mis cosas? ¿O me estoy volviendo paranoico?
Tengo motivos para desconfiar. Budzynski ha empezado a acosarme de
nuevo y el belga ya no quiere pagar. Pensé que conseguiría sacarle una buena
suma con una copia de la primera página de la partitura, pero se rio en mi cara
y me dijo que no valía nada.
A esto me habían llevado los tejemanejes de Grégoire. Cuando aún
podíamos sacar algo por la copia, ingenió no sé qué con Terzian. Y ahora ya
es tarde. El dinero se me ha escapado de las manos cuando más lo necesitaba.
Me encendí un cigarrillo con la colilla del anterior. Mi socio está lijando una
mesa. Con el fulgor del sol, el serrín dibuja un halo dorado a su alrededor.
Durante unos segundos, lo maldigo.
Respiro profundamente, exhalando el humo. Estoy enfocando mal el
problema. No es con Grégoire con quien tengo que ensañarme. Buscar
culpables no me llevará a ninguna parte. Recuerdo la reacción de Pierre, lo
que me ha dicho antes. Si logro venderle el prototipo a uno de los nombres
que ha mencionado, si consigo pedidos y fabricar más instrumentos de ese

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calibre, aún me queda una posibilidad, por pequeña que sea, de hacer las
cosas bien. Dejaría atrás el juego, las deudas, las chicas y las tonterías.
Pondría mi vida en orden y regresaría al grupo de apoyo. Me sinceraría con
Grégoire, le contaría todo lo que ha pasado y asumiría mi responsabilidad.
En resumen, quiero hacer lo que sea necesario para intentar volver a ser
un tipo decente porque, tal y como soy ahora, ya no me aguanto.

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MANIG TERZIAN, 11

A lice viene todas las mañanas a trabajar en lo que ella llama nuestro
«programa común»[2]. Esta hija de los 2000 no comprende por qué me
hace gracia esa expresión. Después, se aplica en el suyo. Su selección es de lo
más ecléctica: un Étude pour l’independance des doigts, de Saint-Saëns; la
Suite bergamasque, de Debussy; el minueto de Handel; una pieza de Janacek
y, por supuesto, tres sonatas de Scarlatti. Que haya elegido la K426 revela un
lado romántico que no le conocía. ¿Amor? Verla tan entusiasmada con el
proyecto de grabación me asusta. Le digo que al menos espere a firmar el
contrato. A veces me parece que todo este asunto del mecenas caído del cielo
que quiere producimos sin reparar en gastos es demasiado bueno para ser
verdad.
Al mismo tiempo, escuché lo que me contó sobre su vida. Nuestras
miradas se cruzaron cuando mencionó el nombre de su mujer. En eso no
estaba mintiendo. A ese hombre le atraviesa un dolor que no sanará. Descuidó
a su mujer en vida y ahora, cuando ya es tarde, se arrepiente. Lo observé en el
restaurante. Hizo un esfuerzo por ser cortés, por cultivar la conversación, la
de un burgués ilustrado y apasionado de la música. Eso sí, para desesperación
del chef, apenas tocó su plato y pronunció el nombre de su mujer diez veces
en dos horas. En algunos momentos, daba la impresión de que ya solo estaba
esperando el final, enclaustrado en su resignación. En otros, cuando hablaba
de sus viajes, de sus transacciones y de su colección, recuperaba el vigor.
Además, me invitó a ir a Brujas con Madeleine para admirar sus cuadros.
Tengo la impresión de que su fundación, las ventas y sus negocios son la
fachada que lo mantiene en pie.
Cuando vino a la rue de Grenelle, toqué la sonata para él. Incluso me
ofrecí a hacerle una copia de la transcripción. Se negó alegando que prefería
disfrutarla en un disco, tocada por mí. Madeleine me dijo después que había
sido muy imprudente, pero fue lo que me nació. ¿Qué sentido tiene la música
si no se comparte? No conozco nada que iguale su capacidad para expresar

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nuestro dolor en un lenguaje soportable. Ese hombre devastado lo sabía tan
bien como yo.
Lo que nos diferencia, simplemente, es que yo estoy convencida de que
tal privilegio no puede ponerse en venta ni negociarse.
Queda por ver si, una vez satisfecho su deseo de escuchar la sonata, al
regresar a Bélgica se olvidará de sus promesas y del proyecto del disco. No
sería el primero. El mundo de la música está repleto de pactos rotos, de
compromisos incumplidos, de acuerdos que se entablan y, luego, se lamentan.
Alice es todavía demasiado joven para saberlo.
Ahora mismo, está en el séptimo cielo. Comprendí por qué el otro día en
el momento en que, al final de las escaleras, me topé con Grégoire cuando
salía a comprarle unos cruasanes a Mado, que había vuelto de Tokio el día
anterior. Eran las siete de la mañana y parecía consternado, como si fuera a
denunciarlo por corrupción de menores. Trato de cumplir la promesa que me
hice de no entrometerme en la vida amorosa de Alice. Con todo, me
encantaría charlar un poco con Grégoire… Su relación me preocupa: él, un
divorciado tímido y desconfiado, y Alice, que, pese a lo lanzada que pueda
parecer, está tan necesitada de amor y tiene tales arrebatos que acabará por
asustarlo. Son perfectamente capaces de romperse el corazón el uno al otro.
Estaba guardando las partituras en su sitio cuando ha sonado el teléfono.
Es mi amigo Sandro, con el que no había vuelto hablar desde la noche del
concierto. Me emocionó tanto que hiciera ese viaje de ida y vuelta hasta París,
dadas sus circunstancias… Me alegra que me llame, aunque sospecho que no
es para darme buenas noticias. De hecho, su madre murió hace diez días, de
cáncer de páncreas.
—Y ¿tú cómo estás?
Su voz sigue siendo vigorosa, a pesar de lo que ha ocurrido. Una pizca de
acento italiano resplandece en su francés, deliciosamente barroco.
—Estoy triste, pero tuvimos suerte con los médicos. Fueron… amables.
Se marchó muy tranquila.
—No debe de haber sido nada fácil.
—Es lo que ella quería. Sufrir así no es humano. Pero es duro para las
niñas. Adoraban a su nonna. ¿Y usted, Manig? Come sta?
Nunca he conseguido que Sandro me tutee. Le hago un resumen de los
últimos avances del caso Scarlatti y me dice:
—Hasta ayer no pude echarle un vistazo a la partitura. Entiendo que aún
no tiene el original, ¿verdad?
—Exacto. ¿Cuál es tu veredicto?

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—No estoy seguro de que la sonata sea suya, si le soy sincero, aunque
tampoco podría afirmar lo contrario.
La decepción me abruma. Me había acostumbrado a considerar aquella
sonata, que debo de haber tocado unas sesenta veces desde que llegó a mí,
como parte de su repertorio. Le pregunto:
—¿Por qué lo dices?
—Pues, en primer lugar, por la escritura… come si dice… ¿manuscrita? Si
la partitura fuera de su época, habría tachones, notas con formas algo
extrañas… Esta es demasiado perfecta. Como si fuera un dibujo.
—¿Sería obra de un copista muy meticuloso?
—Ma necesitaría el original para analizarlo, investigar las fechas, la tinta
y el papel.
—Entonces, ¿de qué crees que se trata? ¿De una partitura manuscrita falsa
de una verdadera sonata de Scarlatti?
—O de una partitura falsa de una sonata falsa de Scarlatti. Hice un
pequeño análisis de la escritura musical y he descubierto algunos detalles
extraños, ¿se los explico?
Sandro comienza una larga explicación en la que escudriña cada acorde,
cada compás, cada ornamento. Según él, la estructura presenta una ligera
irregularidad.
—Escuche la primera parte. Introduce tres motivos distintos. A
continuación, se lanza a una larga improvisación en la segunda mitad a partir
de un motivo de la primera. Luego, cierra con un bucle.
—¿Y?
—Normalmente, Scarlatti habría compuesto dos partes con dos motivos
distintos. En cierto sentido, esta sonata es más audaz de lo que Scarlatti se
atrevió a ser.
—De acuerdo, Sandro, dices que hay una anomalía, pero quizá
experimentó. Pudo tantear esta construcción y, luego, abandonarla. Si destaca
en su repertorio tal vez sea porque la escribió en otro momento de su vida,
quizá cuando era más joven… O más viejo.
—Podría hacer comparaciones estadísticas y llevar a cabo más análisis.
Me interesa, aunque me llevará su tiempo, pero no es solo eso. No, lo que me
chirría es… la verosimilitud.
—¿Cómo? A mí me ha dado la impresión de que sonaba bien.
—Sí, sí, Maestra. Lleva usted razón. Justo ese es el problema. Es
demasiado correcta.
—¿Qué quieres decir?

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—¿Cuánto dura la sonata? ¿Tres minutos? ¿Tres y medio? Hay de todo: el
tetracordio descendente, los arpegios, los cruces de manos, las disonancias,
los efectos de guitarra, el pequeño glissando al final… Es demasiado y
transcurre muy rápido, como para ver si lograba meterlo todo. ¿Se ha fijado
en la amplitud?
—¡Sí, sí! Mi meñique le tiene mucha inquina.
—No es frecuente que utilice tantas octavas, en eso estamos de acuerdo,
¿no?
—En la K333 sí las usa.
—De acuerdo, pero no es lo habitual. Mire, si yo quisiera imitarlo,
compondría algo más sencillo, menos técnico, como hizo usted, una sonata
corta en modo mayor con dos partes bien diferenciadas, muchos ornamentos y
variaciones repartidas por la composición.
Todo lo que dice mi amigo es indiscutible. Y explica por qué la sonata era
tan difícil de interpretar: brinda una suerte de resumen de las dificultades
técnicas de la escritura de Scarlatti, de las que te destrozan los dedos si te
pasas mañanas enteras tocando. Sandro percibió mi decepción y me preguntó:
—¿Qué opina usted, Maestra? Que es un… ¿pastiche?
—Mira, si es ese el caso, quien lo hizo es un auténtico genio. —
Reflexiono durante un segundo—. Sandro, uno no escribe una pieza tan
espléndida para engañar al mundo y nada más, ¿no te parece?
—Cierto. La sonata es magnífica. Saltaba a la vista cuando la tocó en el
escenario.
—En tu opinión, ¿qué conclusiones debemos sacar?
—Que, si no es suya, la escribió un gran compositor que conocía la obra
de Scarlatti al dedillo y dominaba la escritura para clavecín. Un músico de
alto nivel. Un virtuoso, diría yo.
—¿Se te ocurre alguien?
—Sí, varios compositores de su época… Carlos de Seixas, Blasco de
Nebra… O Sebastián de Albero. Albero vivía en Madrid y sabemos que él
copiaba las sonatas. Luego está Soler, por supuesto. Conocía de memoria el
repertorio de Scarlatti.
—¿Es posible que la escribieran para alguna especie de reto entre
compositores, por ejemplo? ¿O para un homenaje?
—Si fuera un homenaje, la habrían firmado. Si no, ¿qué sentido tiene? Y,
si hubiera sido un reto, nos constarían más pistas; la gente habría hablado de
ello. Quizá sea obra de Granados, ¿recuerda la historia sobre las sonatas que
arregló?

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—No mucho.
—Dijo que había encontrado un manuscrito, pero nunca se descubrió cuál.
Y, en su edición, con Pedrell, nadie supo de dónde provenía la última obra.
Eran… due imbroglioni, esos dos. Tal vez Granados sí encontró algunos
manuscritos y coló, entre ellos, una sonata propia. Eso se le daba bien.
—Ajá… Y, hoy en día, ¿quién sería capaz de hacer algo así?
—Luzin-Farge. Conoce la escritura de Domenico como nadie, aun cuando
sea un clavecinista pésimo. Por otro lado, ¿lo ve capaz de componer una pieza
tan… commovente?
—¡No, ni de lejos! ¿Y qué me dices de los más jóvenes, como
Steenbergue o Houlgatte? También son muy buenos.
—Es cierto, pero permítame que le dé la vuelta a su pregunta: ¿por qué
harían tal cosa?
—Para que sus carreras alcen el vuelo. Difunden la sonata de forma
anónima, hacen que se descubra el engaño y, luego, revelan la verdad. Lo
«petarían», como dice Alice.
—Eso requeriría muchas agallas. En nuestra época, es usted la única que
ha acometido algo similar, pero todo el mundo sospechó que tramaba algo y
tuvo que admitirlo. Dicho esto, pese a todo, consiguió engañar a algunos con
su sonata, chiarissima. —Escucho en su voz cómo sonríe. Continúa—:
Podrían haber subido la música directamente a YouTube, ¿no le parece?
—Sí, es una posibilidad, como dices… aunque supongo que antes
necesitarían algún aval.
—Una cauzione?
—Alguna garantía, si lo prefieres.
—¿Y usted sería dicha garantía? Pero ¿cómo sabían que le llegaría la
sonata?
—No tengo ni idea… Tal vez pensaron que, si se la enseñaban a alguien,
acabaría llegando a mis oídos… Sandro, ¿y si lo han hecho por dinero?
—No lo he descartado. Un músico en apuros económicos podría hacer
una muy buena falsificación para intentar venderla.
—De momento, todo encaja.
—Pero, entonces, ¿por qué iban a esconderla en un viejo estuche de
violonchelo en lugar de llevarla directamente a un vendedor o a una casa de
subastas? ¡Sería una estupidez! ¿Y si el ebanista hubiera tirado el cuaderno?
—Grégoire no habría hecho algo así…
—Pero ¿quién lo iba a saber? Era imposible prever que vendría a pedirle
consejo, ¡si ni siquiera la conocía! De todos modos, estamos hablando de

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Scarlatti, Maestra, no de Mozart ni de Bach. Aunque usted y yo sabemos que
es injusto, no mueve el mismo dinero.
No, desde luego que no. Por mucho que mi amigo y yo nos empeñemos,
ninguna teoría se sostiene del todo. Hago un último intento.
—Pongamos que no es por dinero, sino para intentar engañar a los
especialistas, a gente como tú y como yo. Estaba claro que, tarde o temprano,
nos llegaría el rumor.
—¿Alguien que quisiera tomarnos el pelo? Sí, possibile, aunque ¿para
qué? Y, de nuevo, ¿cómo iban a saber que la partitura acabaría en sus manos?
—Tras un silencio, Sandro continúa—: ¿Confía en el ragazzo que se la trajo?
¿Cómo se llama?
Me siembra la duda.
—Albizon. Es uno de los mejores lutieres de Francia.
A Sandro se le nota en la voz que le ha hecho gracia.
—Anda, un apellido veneciano. Ándese con ojo, Manig, los italianos son
todos unos granujas.
Pienso en Grégoire, a quien le pedí dos o tres veces que me contara cómo
había encontrado el cuaderno disimulado bajo el forro. Recuerdo que su socio
quería evitar a toda costa que Marin Le Guern se enterara, cuando debería
haber sido el primero en saberlo. Me detengo en la relación entre el ebanista y
mi sobrina nieta… ¿Acaso era fruto de la casualidad? O, peor aún, ¿era
Grégoire una simple herramienta en un complot para engañarme a mí o a
otros? ¿A De Jonghe, por ejemplo?
La idea me paraliza. Durante un instante, siento verdadero pavor al pensar
en que puedan haberme manipulado y que Alice haya pagado el pato. Pero me
recompongo. He visto a Grégoire ruborizarse en mi cocina a la más mínima
intriga. Con él, estoy tranquila. Además, he sido testigo de que ha hecho todo
lo posible para disuadir a Alice. En cualquier caso, dudo que este restaurador
de muebles tan tímido que, por lo que me cuenta mi nieta, se pasa los días
encerrado en su taller y que, para colmo, no sabe leer ni una sola nota
musical, nos sorprenda ahora a todos convirtiéndose en un deux ex machina
con un plan descabellado para perjudicar vete a saber a quién. Ni él ni su
amigo me han pedido nunca dinero. Y, si Grégoire hubiera querido ponerme
un cebo ocultándome la sonata después de habérmela enseñado, ¿por qué
confesar lo de la grabación más adelante?
En cambio, no pongo la mano en el fuego por su socio. Un lutier de gran
talento, afirma Madeleine. Pero sí que tiene aspecto de ser ligeramente
imbroglione, como diría Sandro. Moraleja: más me vale estar en guardia.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 11

L a Ciudad Eterna va camino de convertirse en la Ruina Eterna. Hace dos


años de mi última visita a Roma. Me llaman la atención la suciedad, el
ruido y la contaminación. Bajo la lluvia, que no ha parado de caer desde mi
llegada, el ajetreo habitual de la ciudad me causa una sensación de histeria
confusa y gris. Voy esquivando los coches que se saltan los semáforos, las
motocicletas, las mujeres que caminan encaramadas a sus zapatos de tacón
por las aceras resbaladizas. El deterioro del patrimonio salta a la vista.
Nunca me he sentido cómodo en Italia, con sus ciudades superpobladas,
su bullicio, su anarquía y su forma desordenada de mezclar lo antiguo y lo
moderno, por no hablar de la mugre que invade el sur, nunca lo
suficientemente encubierta por el acicalado estuco del norte. No me inspira
confianza alguna. Prefiero Inglaterra, con sus colleges estrictos y su ladrillo
rojo, o las facultades alemanas de piedra blanca bien escuadrada. Allí, al
menos, sabes a qué atenerte.
Nada más acabar mi último seminario en el máster, me fui al aeropuerto y
puse rumbo a la capital italiana. Son las vacaciones de Pascua, así que tengo
dos semanas para completar mi cometido. He reservado un buen hotel, de un
nivel más aceptable que los que suele proporcionar la universidad. Al fin y al
cabo, paga el belga. Ante un plato de mafaldine alie vongole y una botella de
chianti, hago balance de la situación sin quitarle el ojo de encima, con
disimulo, a una chica morena que está sola. Gracias a los centros de archivos
a los que tengo acceso, a los directorios diplomáticos y a varias páginas webs
sobre genealogía, pude rastrear a Willoughby y a Wallace desde París. El
primero, salvo para un breve viaje a Francia, nunca había abandonado su isla
natal. El segundo, que tuvo cinco hijos, ocupó un puesto en Austria y otro en
Bohemia, antes de ir a Italia. Al igual que Roseingrave, se quedó más
adelante en Dublin, con su madre irlandesa. Dato curioso de un dignatario de
un país anglicano: se crio en la religión católica. Es posible que a ello se deba
su última misión diplomática en Roma. Su obituario decía que había muerto
en Italia.

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Uno de sus nietos, Jonas, había redactado un fascículo biográfico que
figuraba en los fondos de la Biblioteca Nacional de Roma. Fui a leer una
copia microfilmada. Cuarenta páginas manuscritas en un inglés pomposo e
indigesto, que tenían tanto de hagiografía como de ajuste de cuentas y de las
que se extraía que el abuelo había sido un buen padre, un buen marido, un
brillante embajador y un hombre piadoso que tenía estrechos vínculos con las
autoridades políticas locales y con los dignatarios del Vaticano. De sus siete
hijos, tres murieron a muy temprana edad. A lo largo de su vida, este
bibliófilo había reunido una colección de varios miles de volúmenes.
Según el nieto, sus dos hijos mayores tenían menos virtudes. Durante los
últimos años de vida de Edmund, en los que las fuerzas le fallaban por culpa
de la enfermedad, ejercieron un implacable control sobre su hermano y su
hermana: rompieron el compromiso de Eulalia y la obligaron a ingresar en un
convento, y forzaron a Oliver, que deseaba acometer una carrera como
organista, a estudiar teología. Cuando Wallace murió, sus dos hijos, uno
abogado, y el otro, sacerdote, trataron de impugnar —en vano— las
condiciones del testamento. Este legaba toda la colección de libros de
Edmund a la Biblioteca Apostólica Vaticana. En su fascículo, Jonas explicó
que su padre, Oliver, había sido completamente expoliado y recibió una parte
irrisoria en comparación con la de sus hermanos. Y, como se atrevió a
protestar, el sacerdote y el abogado lo acusaron de robar valiosos volúmenes
que, según parece, contenían partituras manuscritas de Vivaldi, Soler y
Scarlatti.
Ante el oprobio, a Oliver no le quedó más remedio que abandonar Roma.
El resto del documento era un alegato para tratar de restituir el honor
perdido del hermano mártir. Según su hijo, se vio condenado a subsistir dando
clases de latín y de solfeo a los hijos de buenas familias napolitanas, mientras
que sus hermanos y sus hijos, legítimos o no, vivían a lo grande en Roma. El
manuscrito daba incluso el nombre de la calle a la que se había mudado la
familia del abogado: strada de’ Serpenti.
Fui a dar un paseo por esa calle. El nombre era lo único que conservaba
de aquella época, a juzgar por los modernos edificios que la bordeaban. Tenía
dos opciones para seguir el rastro de Wallace: consultar los fondos de la
Biblioteca Apostólica Vaticana o comprobar en el registro de la propiedad
quién había sido el propietario de los edificios de la strada de’ Serpenti,
aunque dudaba mucho que aquella casa siguiera en pie. Opté por consultar el
registro de la propiedad. La mala administración de los italianos no es solo
una leyenda. El funcionario con el que traté, un hombre canoso y con mucho

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trabajo, se mostró abrumado por mi petición. No paraba de repetir: non è
possibile, non è possibile.
Al tercer día, harto de que le estorbara en su despacho, se resignó y sacó a
saber de qué sótano un registro con los bordes comidos por el moho. Me dijo
que la casa del signor Wallace, en el número 4, cambió de manos en 1759 —
dos años después de la muerte de Scarlatti— y se la quedó un comerciante de
telas, Matteo Gherardi. El inmueble perteneció a su familia hasta finales del
siglo XIX y, a principios del siglo XX, se quedó sin herederos. La Casa
Gherardi se compró por una miseria unos cuantos años antes de la Primera
Guerra Mundial y terminó siendo demolida para construir la vivienda de un
hombre enriquecido por la industria automovilística. A algunos las guerras les
vienen bien.
Una segunda visita a la calle, para dar con el número 4, me confirmó que
el edificio original ya no existía y que lo habían reemplazado por un edificio
de poca altura y bastante mal gusto.
Incluso cotejando estos datos con la información que me proporcionó el
belga —la presencia en Italia de un chelista alemán, Amos Blok, que pudo
haber tenido la partitura en sus manos en torno a los años treinta—, no
conseguía avanzar. A lo sumo, podría tratar de formular una hipótesis. En
1920 se encontró una ópera de Scarlatti en una antigua librería romana. Tal
vez ese manuscrito, en algún momento, formara parte del patrimonio de
Wallace. Quizá el diplomático, conocido por su pasión por el coleccionismo,
tuviera en su poder otras obras inéditas que se dispersaron en la misma época
y el mismo lugar. La primera parte de mi hipótesis se confirmó unos días más
tarde, después de haber examinado —en vano— el inventario del Vaticano y
haber regresado a la Biblioteca Nacional. La ópera que se recuperó y de la
cual yo solo había visto la microficha cuando escribí la biografía se
conservaba en esta biblioteca. Volví a hablar con el conservador, volví a
insistir y volví a lograr un nuevo triunfo: en la portada del documento
original, que abrió ante mí con las manos enguantadas, había un sello que
desciframos gracias a una lupa.
Alrededor de un pretencioso escudo que apestaba a falsa nobleza, se podía
leer un nombre grabado en letras redondas: FAMIGLIA GHERARDI.

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JORIS DE JONGHE, 11

N o respondí a las numerosas llamadas del lutier. No creo que consiga


nada de este ladrón de poca monta. La cara que se le quedó,
completamente desencajada, cuando me negué a comprarle la copia de la
partitura que me trajo a mi hotel no tuvo desperdicio. Albizon es, a buen
seguro, un excelente lutier, pero muy poco avispado. Al ver que no cogía el
teléfono, a la desesperada, comenzó a bombardearme con mensajes de texto.
He leído el último, que recibí anoche mientras me tomaba un café. Al fin
y al cabo, no pierdo nada por comprobar lo que dice. Me distraigo dando un
paseo por el distrito X a primera hora. Tras el ajetreo de los últimos días, el
concierto, la mañana en casa de Manig Terzian, una semana de trabajo con
Jens y varias comidas de negocios, vuelvo a encontrarme ocioso. No he
reunido el valor suficiente como para ir a ver a mi hijo Piet a Londres, como
hice con Hannah. A pesar de lo que me dijo su hermana, sigo convencido de
que no haría más que importunarle.
Un fuerte olor a barniz se apoderó de mis fosas nasales al abrir la puerta
del taller. Albizon me había visto llegar; andaba limpiando sus pinceles en el
fregadero. Había un hermoso violín nuevo secándose en el banco de trabajo.
Aunque no soy ningún experto, su forma asimétrica me llamó la atención: era
distinto de los instrumentos corrientes. Admiré las vetas de la madera, visibles
aún bajo el fino barniz. Era tan lisa y el filete estaba tan meticulosamente
incrustado en ella que parecía hecho a máquina. La confección de una pieza
así no era obra de un artesano cualquiera, sino de un artista. Debió de llevarle
cientos de horas de trabajo. Me pregunté cómo un hombre con tanto talento
podía meterse en unas deudas de juego semejantes, pero cada uno a lo suyo.
El rostro del lutier tenía los rasgos aún más marcados que en mi anterior
visita. No parecía haber dormido mucho las últimas semanas. Se secó las
manos y, sin más preámbulos, hizo que me sentara delante de la pantalla de su
ordenador. Abrió un mensaje. Remitente: «Scarlatti_555». El texto tenía tres

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líneas: «Tengo lo que buscas. Nos vemos en el Parque Montsouris mañana
por la tarde, a las cinco, al final del estanque». Sin firma, por supuesto.
El lutier afirmó no tener ni idea de quién podía haberle mandado aquello.
Estuve haciéndole preguntas durante un cuarto de hora, pero el miedo que
rezumaba cada poro de su piel me hace pensar que de verdad no sabe nada
más. En cualquier caso, está acorralado y dudo mucho que haya inventado
una historia tan complicada cuando le hace tanta falta mi dinero. Cree que su
prestamista, el polaco, no está metido en esto, lo que corrobora lo que me dijo
Kerk: la mafia de Europa del Este a la que pertenece su acreedor ajusta sus
cuentas a golpe de vara de hierro, no con sofisticados chantajes con partituras
antiguas de por medio.
En cambio, es evidente que alguien persigue a este lutier, alguien que lo
conoce lo bastante bien para tratar de perjudicarlo, con una sofisticación que
casi despierta mi admiración. Había algo, no obstante, que seguía
resultándome confuso.
—¿Por qué me enseña esto, señor Albizon?
—Porque considera que no he sido sincero con usted y se equivoca.
—Debe admitir que, con su historial, hay motivos para desconfiar.
Me miró, preocupado. ¿Podría estar ocultando secretos aún más
vergonzosos que los que descubrió Kerk? Se pasó la mano por la cara sin
afeitar.
—Mi compañero no me había hablado de la copia de la primera página de
la partitura, se lo juro. De haberlo sabido, se lo hubiera contado de inmediato.
—¿Qué quiere?
—Me puse en contacto con una biblioteca italiana y les hablé de la
partitura. Me hicieron una oferta, pero, si recupero el documento esta tarde,
tendrá usted prioridad sobre ellos.
—¿Cuánto?
Pronunció la cifra que, supuestamente, le propuso la biblioteca. En ese
momento, el lutier podría haber sido el emblema de la sinceridad, pero era
indiscutible que se estaba marcando un farol. Deleitado por su maniobra, fingí
sorprenderme. No me cabía duda de que no se había puesto en contacto con
nadie y de que la cifra que me dio era simplemente la cantidad que necesitaba
para pagar a sus acreedores.
—Bueno, antes de comprar cualquier cosa, necesitaría que un musicólogo
especializado en Scarlatti autentificara el documento. —Suspiré—. Por
desgracia, el que conozco está ahora en Roma.

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El lutier palideció un poco. Desde luego, no me desagradó verlo lidiar con
sus fabulaciones, pero creo que no me mintió con lo de la cita. Estaba muerto
de miedo y buscaba apoyos, los que fueran. En el fondo, en este asunto, soy
de los pocos que tiene.
El mensaje que ha recibido me intriga. Si el ladrón no es una invención
suya, me despierta cierta curiosidad conocer la identidad de «Scarlatti_555».
Querría hablar un poco con él. Más aún si ello me permite ver el original de la
partitura que todo el mundo anda buscando. De hecho, podría encargarle el
peritaje a Luzin-Farge para recuperar mis fondos: el tipo me supone muchos
gastos y hasta ahora no me ha aportado nada en concreto. Lo único que ha
logrado sacar de su estancia en Roma, por el momento, es que puede haber
existido una partitura manuscrita en Italia y que el famoso Amos Blok podría
habérsela llevado a algún lugar de Europa durante los años treinta.
En su descarga, el profesor parece furioso por no haber conseguido llegar
a nada. Va a quedarse allí para continuar indagando. Supongo que a él
tampoco le conviene un fracaso así. Es una cuestión de orgullo.
Siento que mi instinto cazador, esa sensación casi olvidada, se despierta:
una punzada en la boca del estómago, alimentada por la avaricia y la
impaciencia. Miro mi reloj. Faltan menos de doce horas para la cita. En un
lapso de tiempo tan corto, a Kerk no le será posible descubrir la identidad de
«Scarlatti_555», a menos que mi informante, que tiene contactos en París,
suba al tren de alta velocidad al mediodía, vaya al lugar de la cita esta tarde y
siga al lutier durante la transacción.
No solo tendré una oportunidad de hacerme con lo que me interesa, sino
que, sobre todo, sabré quién mueve los hilos de esta historia. Y, si por
casualidad consigo la partitura, ya sé a quién se la regalaré.

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Cuando crucé la puerta que separa ambos talleres, supe que me
aproximaba a un punto de no retorno.
Después de eso, ya no podría hablar de perdón ni de
inocencia.

Se acabó el creer que valgo más que ellos.

He preparado, trazado y pulido este plan hasta el último detalle.


Llevo meses dándole vueltas, como una obsesión.
Escribí la partitura de mi venganza.
Solo tenía una pequeña posibilidad de alcanzar mi
propósito.
Y, sin embargo, ha seguido su curso, caprichoso,
sorprendente, inesperado.
Hasta el éxito.

No obstante, no me ha brindado placer alguno llevarlo a cabo.


Ahora me aterran las consecuencias.

Pero tenía una promesa que cumplir.


Miro los dos cuadernos, bien colocados en una estantería.
Miro los violines.
Un paso más y estaré en paz.

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GIANCARLO ALBIZON, 12

T ras pasar veinte minutos en el parque, supe que algo iba mal. Por
mucho que mirara cada rostro, cada viandante, nadie parecía prestarme
atención. Escrutaba la pantalla del móvil cada treinta segundos, pero ni un
solo mensaje de «Scarlatti_555». Sin embargo, a juzgar por cómo me había
estado manipulando desde el principio, quien me escribía tenía claro su
objetivo. Si guardaba silencio, es que había un problema. Al cabo de una
hora, no me quedó otra que afrontar los hechos: el remitente del mensaje no
iba a venir. ¿Por qué me había arrastrado hasta aquí si no pretendía acudir a la
cita? De repente, el miedo me retorció las entrañas: Grégoire estaba
trabajando en Lozère y no había nadie en los talleres.
Salí corriendo del parque y subí por la avenue Reille. Me sonaba que
había taxis al lado de la estación de Glacière. Aunque después de recorrer
unos cien metros me ardían los pulmones —maldito tabaco—, seguí adelante.
Sentía que me movía a cámara lenta, como en una pesadilla. Al doblar la
esquina, reparé en que un tipo me pisaba los talones, pero no me importó. Me
subí al primer taxi disponible y le grité la dirección al conductor. Comencé a
plantearme las peores hipótesis. Durante semanas, alguien había entrado y
salido libremente de mi taller. De pronto comprendí cómo lo hacía y me
pregunté cómo no se me había ocurrido antes.
En el patio, un rayo de sol se reflejaba en nuestra placa. El cielo estaba en
calma, la puerta del taller seguía cerrada y las persianas, bajadas, exactamente
como las había dejado antes de irme. Me había agobiado por nada. Aún sin
aliento por la carrera, saqué el llavero del bolsillo. Me costaba contener el
temblor de mis manos.
Cuando la puerta se abrió, tuve la aterradora impresión de estar reviviendo
la escena de diciembre, pero al revés. Encima del banco de trabajo había dos
estuches abiertos, los de los dos instrumentos que me robaron antes de
Navidad. Los instrumentos estaban perfectamente colocados en sus estuches
de terciopelo. Debería haberme alegrado. Sin embargo, me asedió el pánico.
¿Quién los había puesto allí? ¿Cómo? ¿Por qué los había devuelto ahora? ¿Y

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mi violín? ¿Dónde estaba? Después de pensármelo mucho, no me quedó más
remedio que dejarlo fuera de la caja fuerte antes de salir, pues el barniz aún
estaba húmedo y no permitía manipularlo.
Al principio pensé que el ladrón me lo había robado.
Entonces noté que un trozo de madera se partía bajo mis pies.
Mi prototipo yacía en el suelo, al otro lado del banco de trabajo.
Bueno, lo que quedaba de él.
Las herramientas seguían en el suelo, abandonadas junto a los restos. Del
violín no quedaba nada. Las cuerdas estaban cortadas; la tabla armónica,
destripada, y las efes, laceradas. El mango se había llevado tal golpe contra
los largueros del banco de trabajo que se había separado del instrumento. El
fondo se había desprendido de los aros y se había llevado dos tajos. Solo el
alma, unida al fondo, seguía en pie.
Al principio no sentí nada: la ausencia de dolor que sobreviene tras una
conmoción. Extrañamente, lo que me vino a la cabeza fueron las imágenes de
mi madre. Mi última visita a la funeraria. Momentos blancos, inertes, irreales.
Miré las piezas rotas en el suelo, los cientos de horas de esfuerzo invertidas en
cada una de ellas. Aún percibía el olor del barniz, ácido y penetrante.
Hasta que el dolor me embistió como una gran ola. Tomó impulso antes
de romperse contra mí. Ese violín era mi obra maestra, la culminación de años
de trabajo, el sueño de mi vida. Mi última oportunidad para salir del
atolladero, para redimirme, para hacer borrón y cuenta nueva, alejarme de
deudas y mentiras.
Alguien había entrado en mi taller y pisoteado aquel objeto único con una
brutalidad bárbara. Se había esmerado en hacerlo polvo.
Y, junto con mi prototipo, mis últimas esperanzas quedaron hechas
añicos.
Recordé a Pierre Zamacoïs tocando en mi taller unos días antes, recordé
escuchar el brillo de aquel sonido tan melodioso, tan pleno, tan puro. Un
sonido imposible de recrear de forma exacta. Acababa de perder el grial, el
cénit que un artesano solo aspira alcanzar una o dos veces en su vida. A partir
de ahora, el luto por la pérdida de una perfección que, en un momento de
orgullo quizá, creí acariciar, me acompañaría toda la vida.
Nunca más volvería a reunir la energía suficiente para crear un violín
semejante.
Me desplomé en el suelo, junto a los restos. Con la cabeza entre las
manos, rompí a llorar. Mi vida se había convertido en una red de mentiras. Mi
bajeza la había destruido. Llevaba preguntándome, desde el día del robo,

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quién estaría tan enfadado conmigo. Una o dos veces había aflorado en mí la
duda, pero la había reprimido. Me parecía tan irracional, tan improbable…
Creo, sobre todo, que quería olvidar, pasar página, jugar a la pizarra mágica
con mis propios remordimientos.
Aquella noche, frente a los vestigios de mi instrumento, comprendí que
semejante carnicería no podía ser sino el resultado de un odio absoluto. Y
solo había una persona en la tierra que tuviera motivos para aborrecerme
hasta ese punto.
No había sido Budzynski ni su banda de cretinos del póquer. Tampoco el
perista que denuncié a la policía. Ni el novio celoso de una aventura de una
noche. Ni siquiera el belga, a quien le doy exactamente igual. No, la que tiene
verdaderos motivos para destruirme es aquella a la que hice promesas, a la
que traje de nuevo a la superficie cuando sintió que se hundía, antes de
borrarla del mapa en un instante de pánico.
Porque soy egoísta, porque tenía miedo. Pero, también, porque no me
había dado una segunda oportunidad.
Pagándome con la misma moneda, aquella noche lo único que me dejó,
como yo hice con ella entonces, fueron los ojos para llorar.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 12

A hora, cuando pienso en Alice, me siento feliz y emocionado. Y, al


mismo tiempo, acongojado.
Ha pasado lo que tenía que pasar.
También tengo miedo. Miedo de que, cuando el encandilamiento de los
primeros momentos se disipe, me deje plantado, como Flo, con la diferencia
de que ella lo hará mucho más rápido que mi esposa. Al lado de los músicos
de su edad, esos jóvenes brillantes, talentosos y divertidos con los que
comparte sueños y ambiciones, yo me quedo a la altura del betún. Entonces
recuerdo la advertencia de Manig antes de viajar a Berlín. Aunque fue Alice
quien se lanzó sobre mí y quien me arrastró a su cama, soy incapaz de
soslayar la impresión de haberme aprovechado de la situación.
No soy como Gian. No quiero una relación efímera que dure apenas unas
semanas o unos meses, una vez que deje de ser una novedad. Sé que hoy en
día los sentimientos no están muy de moda, pero quiero que esto dure. Quiero
un futuro. Sé que, si me encariño con Alice —aunque el daño ya está hecho,
¿no?— y me deja, sufriré como un loco. La marcha de Flo me enseñó hasta
dónde era capaz de llegar en ese sentido.
En cualquier caso, frente a una chica de veinticinco años a punto de
emprender una carrera internacional y que, a todas luces, no quiere ni Dios ni
amo —y no la culpo—, sé que no tengo muchas posibilidades.
Acabé contándole mis dudas a su tía abuela. Manig Terzian es la última
persona del mundo a quien me imaginaba que haría esta clase de
confidencias, pero fue ella quien me tendió la mano, con un mensaje en el
contestador: «¿Le apetece venir a tomar un café el domingo a eso de las
tres?». Supongo que es el resultado de nuestro encuentro en la escalera hacía
dos madrugadas.
Cuando llamé al timbre de la rue de Grenelle, no las tenía todas conmigo.
Me sentía como si fuera a una entrevista de trabajo o como si me hubieran
llamado al despacho del director.

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Manig había preparado el café sin decir palabra. A lo lejos, se oían los
acentos apagados del chelo de su compañera. Pensaba que me echaría un
rapapolvo, que me tomaría por un tipo sin escrúpulos, un manipulador o un
interesado. Que, en todo caso, seguramente prefiriera un novio distinto para
su sobrina nieta.
Me equivocaba. O, mejor dicho, ella me ha sacado de mi error. Dice que,
en un mundo de artistas codiciosos y a menudo brutales, un mundo que,
contrariamente a las apariencias, no está «poblado solo por gente amable», mi
madurez y mi calma pueden venirle bien a Alice, compensar el carácter
efervescente de su sobrina nieta.
No estoy acostumbrado a abrirme con nadie y, a falta de una hermana o
una madre con la que compartir lo que me atormenta —imposible acudir a
Gian estos días—, en vano le he dicho a la señora Terzian que hice lo posible
por resistirme. Después, todo fue muy rápido: mi miedo a que solo fuera algo
pasajero, a equivocarme, y la sensación de no encajar con Alice por mi edad,
mi carácter y mi trabajo. Desde que me separé, no soy más que un joven viejo
que no es ni guapo ni rico, que pasa las horas metido en su taller, con sus
clavos de tapicería, sus garlopas y sus planchas.
—No idealice nuestra profesión, Grégoire. Y no devalúe la suya. Si
supiera cómo la dependencia narcisista y los celos corroen a ciertas parejas de
músicos…
—Pero usted y Madeleine…
—Madeleine es una persona excepcional. Conocerla ha sido la mayor
suerte de mi vida.
La conversación volvió a Alice. Manig me habló de su infancia: la marcha
de su padre, la renuncia de su madre. Sentí que intentaba advertirme sin
traicionar la intimidad de su sobrina nieta. Lo poco que me contó confirmó lo
que había conjeturado. Tras la determinación de la joven pianista que tan
decidida me había llevado a su cama, se escondía una inmensa fragilidad.
Después de acostarnos, me asombró encontrarme con una Alice tan afectuosa,
tan ávida de muestras de cariño; una Alice que, desde entonces, me escribía
mañana y tarde sin cesar para saber cuándo y a qué hora volveríamos a
vernos. La había apenado que me fuera a Lozère, pese a que solo me
ausentaría unos días. Vi aflorar en ella un gran miedo al abandono que se
tomaba excesivo, casi invasivo. Como si se resarciera de una vieja herida que
hacía que buscara constantemente, bien tras el piano, bien en los brazos de un
hombre, una señal que la hiciera sentirse valorada.

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Manig me aseguró que no está enfadada conmigo. Sabe que su sobrina
nieta es muy obstinada; que, si se fija en alguien, nada ni nadie logra pararle
los pies. Me asegura que, si me ha escogido, he de aceptar que tiene sus
motivos y dejar de hacerme preguntas. Añade que solo yo puedo saber lo que
estoy dispuesto a vivir con ella y, del mismo modo, lo que estoy dispuesto a
sufrir. Lo único que me pide es que no mienta a Alice acerca de lo que siento,
sea lo que sea. Mientras me sirve otra taza de café, me dirige una breve
mirada.
—No es fácil vivir llevando a dos mujeres en el corazón, ¿verdad?
Silencio.
—Puede hacer daño. Y no solo a usted.
La advertencia fue amable pero clara.
Dejé escapar un suspiro. Podría, y tal vez debería, haber saltado y haberle
dicho a Manig Terzian que se metiera en sus asuntos, que nos dejara en paz a
Alice y a mí. En cambio, me quedé allí sentado y me percaté demasiado tarde
de que estaba jugueteando con mi alianza sin darme cuenta.
No fue agradable escuchar sus palabras, pero sé, y ella sabe que lo sé, que
lleva razón. Por mucho que me duela admitirlo, Gian también lo sabe cuando
me dice que me regodeo en mi pena. Flo me dejó hace dos años. Ya no
regresará. Era la mujer de mi vida, pero quizá nunca sepa por qué se marchó.
Tengo que renunciar a buscar esa respuesta. Durante mucho tiempo me he
devanado los sesos intentando entenderlo, he sacrificado el presente, he
preferido marchitarme en mi taller en lugar de hacer frente a la vida y a los
demás.
Se hizo el silencio en la sala de música. Estaba pensando qué decir cuando
la figura de Madeleine se asomó por la puerta de la cocina.
—¿Os puedo molestar?
—No molestas en absoluto —respondió Manig.
—Estáis muy serios —dijo sirviéndose una taza de café.
Manig esbozó una sonrisa.
—Normal, estábamos hablando de amor.

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 12

O dio fracasar, pero, tras estos diez días en Roma, he de admitir mi


derrota. Abandono Italia y sus bibliotecas con más conjeturas que
certezas. Sí, a Roseingrave le entregaron una o más sonatas de Scarlatti y es
muy probable que Edmund Wallace las heredara. Es posible que sus
codiciosos hijos, en desacuerdo con el testamento, hubieran retirado de la
donación a la Biblioteca Apostólica Vaticana los volúmenes que contenían las
partituras y las hubieran conservado. Quizá también, como afirma el nieto,
deliberadamente acusaron de robo a su hijo menor para cubrir sus huellas.
No obstante, si lo que querían era obtener beneficios, ¿por qué no las
vendieron?
¿Actuó uno de los hermanos sin el conocimiento del otro? Según el relato
del nieto, el hermano mayor, el abogado, murió a los treinta años en un
accidente de caza. ¿Fue él quien escondió los volúmenes sin decírselo al otro,
el sacerdote, y se llevó el secreto a la tumba?
En cualquier caso, es concebible que estas páginas de música
permanecieran entre las paredes de la casa del número 4 de la strada de’
Serpenti hasta que la extinción de la familia Gherardi conllevara la
liquidación de la propiedad. La venta del inmueble podría haber propiciado la
reaparición de las partituras manuscritas. El nuevo comprador, el fabricante
de automóviles, tal vez se deshiciera de los montones de papeles viejos que
abarrotarían la biblioteca sin mirarlos siquiera. En estas circunstancias, no
cabe descartar que el o los volúmenes manuscritos acabaran en una tienda de
antigüedades entre un amasijo de libros y otras reliquias.
Y, si Amos Blok, el músico alemán, se hubiera topado con ellos, habría
tenido la oportunidad de comprarlos y llevárselos a Alemania. Al fin y al
cabo, llevaba dos años en Italia: dispuso de tiempo de sobra para curiosear en
los puestos de los anticuarios e, incluso, para hacerse con una ganga por unas
pocas liras ante las narices de un vendedor ignorante.
El problema es que la secuencia de múltiples «si», «quizá» y «tal vez»
que hacen falta para que se dé este supuesto es vertiginosa. Por no hablar,

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desde luego, de que no tengo ni una sola prueba.
Lo único que he conseguido demostrar con certeza es que Blok estuvo
inscrito tanto en la Biblioteca Apostólica Vaticana como en la Biblioteca
Nacional durante los años que vivió en Italia, pero eso no demuestra ni mucho
menos que tuviera conocimiento alguno sobre la partitura o sobre su valor.
Mis «descubrimientos», que apenas merecen llamarse así, son en realidad
un revoltijo de conjeturas. Ningún historiador que se precie estaría satisfecho
con ellos. A fortiori, no convencerán a Martial, mi editor. A diferencia del
belga, él no es de los que compran a ciegas. Por mucho que consiguiera
vendérsela, esta historia italiana no nos dice nada sobre la suerte de la
partitura, ni siquiera si existió; pues, si me paro a pensarlo, nadie la ha visto
jamás. Solo tengo la palabra del belga, que ahora sé que es amigo de Terzian.
Eso me basta para desconfiar más de él que de la peste y del cólera juntos.
Lo único que me inquieta, que me inquieta de verdad, es la sonata que
escuché en la sala Pleyel. Corresponde punto por punto con el arte de las
composiciones de Domenico. Tan fluida, tan brillante y compleja, con sus
toques de originalidad y locura, que estoy prácticamente seguro de que es
auténtica. Aun así, para comprobarlo necesitaría escucharla varias veces y,
sobre todo, examinar el original.
Mientras tanto, no pienso poner mi reputación en juego por un manuscrito
fantasma. Sería un suicidio intelectual.
Por supuesto, el tiempo pasa y Baldassi seguirá ganando la partida con sus
publicaciones en Acta Musicologica. Y mi propia trayectoria se estancará.
Belkacem no me apoyará de cara a la subvención europea. Tendré que
continuar preparando mis seminarios semanales, que tanto tiempo me quitan,
y perdiendo un mes cada semestre corrigiendo trabajos de estudiantes
mediocres, en lugar de invertir el tiempo en las bibliotecas. Pero ¿qué otra
cosa puedo hacer?
Odio los callejones sin salida y, sin embargo, lo mire por donde lo mire,
estoy en uno.
En la habitación del hotel, ocioso y descontento, daba vueltas a la
situación una y otra vez, a la espera del vuelo de regreso.
La última noche, decidí abordar a la morena que había visto en la trattoria
a principios de semana. Había cenado allí varias veces, sola o con amigos.
Esa tarde había vuelto y se había sentado en la terraza a tomar un spritz. Era
una mujer hermosa, de entre treinta y cuarenta años, con la elegancia
característica de las italianas: tez morena, tacones altos y un vestido negro que
se ceñía a sus pechos y sus nalgas. Un poco entrada en carnes, pero no me

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disgustaba: odio a las anoréxicas y Deb me sacaba de quicio cuando se ponía
a contar cada caloría que ingería. La italiana llevaba la melena, de un tono
negro casi azulado, sujeta con unas gafas de sol. Estaba escribiendo en su
teléfono, como para matar el tiempo. Tal vez pudiera intentarlo.
Me levanté y le ofrecí una copa. Mi italiano era perfecto, acababa de
ducharme y había ido a la barbería por la mañana. Me sentía seguro de mí
mismo, con mis zapatos de cuero suave y mi camisa verde lima, comprada el
día anterior en una tienda de la via Condotti. Quería olvidarme de mis
problemas por una noche. La mujer levantó la vista de su pantalla, me miró
sin emoción alguna, como si fuera un mueble, y me soltó: No grazie. Añadió
vagamente que estaba esperando a unas amigas.
De hecho, pronto se le unieron dos chicas. Se sentaron junto a ella
armando escándalo, inmersas en una maraña de bolsos y teléfonos móviles.
La chica de pelo oscuro hizo un leve gesto en mi dirección, que me señalaba
sin lugar a dudas, y sus amigas comenzaron a reírse.
De repente, me sentí viejo.
Viejo, ridículo y humillado.

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MANIG TERZIAN, 12

C uando Joris de Jonghe me preguntó dónde quería grabar, respondí sin


pensarlo: «Assas». Una semana más tarde, me llamaba su asistente: en
seis semanas dispondría del clavecín, durante el tiempo que quisiera. Suponía
que mi mecenas belga era pudiente, pero no hasta ese punto. También me
hizo saber que estaba siguiendo una pista, relativa a la partitura, sin
desvelarme nada más.
Me gustaría saber de dónde saca la información. Aunque, pensándolo
bien, casi prefiero no hacer preguntas.
El castillo de Assas posee uno de los más bellos clavecines del siglo XVIII
que se conservan. Aquí grabé el último volumen de las obras completas: solo
uno, pues no era el momento de abandonar París más de unos días. Me llevé a
Madeleine conmigo. Recuerdo que, a pesar de su estado, el sol y el aire
primaveral le hicieron bien. Una tarde, nos sentamos en el jardín a beber un
mosto. Había llovido el día anterior y el viento hacía danzar en silencio las
ramas de los árboles. El aire estaba impregnado de un aroma a tierra húmeda
y a bosque. Mado se quitó el turbante. Estaba calva, estaba preciosa.
Entonces, al observar su perfil, a pesar de su rostro pálido y sus ennegrecidas
ojeras, tuve la certeza de que viviría. Las últimas dieciocho sonatas que grabé
conservaron, creo, ciertas trazas de la alegría que me recorrió en aquel
instante.
Treinta años después, valoro infinitamente el privilegio que se me ha
concedido. Treinta años de amor, música y felicidad arrancados a la suerte
que condenaba a la mujer a la que amo. Por eso quise, sin esperar a junio,
regresar a este lugar tan querido. Ha sido Alice quien me ha traído aquí, yo no
habría tenido fuerzas para hacer una ruta tan larga. Se pasó casi todo el
trayecto hablándome de Grégoire. Nunca la había visto tan enamorada. La
verdad es que ha escogido a un hombre que no es su tipo, como diría Proust,
pero, por el momento, parece que les funciona.

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La propietaria nos recibió, nos ofreció un oporto y nos acompañó al salón
verde. Me propuso tocar una hora o dos, si así lo deseaba.
Volví a encontrarme con la luz atenuada por los postigos de madera, el
crujido del parqué y aquella particular resonancia, amortiguada por las hileras
de volúmenes y el artesonado. Y, sobre todo, con el instrumento, cobijado en
un rincón en su caja de color verde pálido, como un gato en su cesta. Toqué la
sonata con este clavecín francés de sonido puro, preciso y brillante. Sonó de
maravilla. Alice, sentada en un rincón con la dueña, no dijo nada, pero percibí
en su rostro y en su quietud que escuchaba en cuerpo y alma.
La semana pasada acompañé a mi sobrina nieta al estudio donde va a
grabar. Disfruté del reencuentro con aquel olor, miscelánea de aire cerrado,
plástico caliente, madera vieja y café. Lleva siendo así desde que lo conozco.
Para mí, es sinónimo de horas de trabajo, de camaradería con los técnicos, de
ensayos y de la satisfacción desmesurada que se siente cuando al fin se
alcanza la certeza de tener la toma buena. Para mi sobrina nieta, es su estreno.
Con ella, he redescubierto los placeres de los que creía haberme cansado: los
ensayos, la preparación del programa, el libreto, la elección de la carátula…
Todo aquello que sirve de preludio para el día del lanzamiento, para ese
momento en el que esperamos, con cierta intranquilidad, las llamadas de los
programadores musicales y los locutores de radio, las primeras escuchas y las
primeras críticas.
No creo en la posteridad del ser. La gloria y la fama son puerilidades de
los adultos. Creerse inmortal por haber grabado unos cuantos discos es una
sandez y una prueba más de la vanidad humana. En cambio, sé que la música
y su memoria sonora, tal y como se transmitía en las nanas, los cantos y los
rituales antes de que se comenzara a plasmar en cilindros de cera hace ciento
veinte años, no tiene edad. Yo misma, de joven, escuché con gran devoción
las viejas grabaciones de Wanda Landowska o los discos de Cortot cuando
cruzó el Canal de la Mancha en los años treinta para grabar a Chopin en
Abbey Road. El sonido es apagado, crepitante y remoto, y, sin embargo, lo
que nos llega en esos viejos discos es un fragmento de tiempo puro, la
quintaesencia del talento de Chopin.
Eso es lo que me gustaría dejar cuando me vaya: la quintaesencia del
talento de Scarlatti. Ojalá que su música, del mismo modo que ha iluminado
mi vida, entre en todos los corazones e ilumine las horas y los días de quienes
la escuchen.

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JORIS DE JONGHE, 12

C uando vuelvo, un garito blanco muy maltrecho, con el pelo riñoso y el


hocico sudo, me sorprende en la escalinata de casa. Maúlla sin cesar,
desesperado. Debe de tener un par de semanas a lo sumo. Magda, que me abre
la puerta, me confiesa que ha cogido la costumbre de venir a mendigar
comida. Conociéndola, es muy probable que le haya dado algo.
Mi ama de llaves ha aprovechado mi ausencia para hacer una limpieza a
fondo. Las ventanas y los postigos del segundo piso están abiertos de par en
par y la luz dibuja grandes rectángulos en el parqué recién encerado. ¿Ha
llegado, por fin, una nueva estación tras semanas de lluvia? La casa parece
menos angosta y triste que cuando me fui.
Recorro las habitaciones una tras otra. Magda ha colocado flores en mi
despacho y en el salón. Una pila de correo, perfectamente ordenada, me
esperaba junto a varios catálogos. Kerk me había enviado el recibo de sus
honorarios, probablemente uno de los más elevados desde que empezamos a
trabajar juntos, pero no me arrepiento.
Consigo cruzar el umbral de nuestra habitación y mirar el cuadro de
Hodler. Ahora, cuando lo veo, también pienso en Hannah y en nuestra
conversación en la cafetería del museo. Me gustaría visitarla más a menudo,
recibir a mis nietos en casa. Podría mandar que pintaran y amueblaran una
habitación de la planta baja para que se sentaran a leer, a verla televisión o a
jugar. Tal vez regresar les haga recordar los momentos que compartieron aquí
con su abuela. Si Beatrix siguiera aquí, estoy seguro de que ya lo habría
hecho.
Antes de marcharme de París, volví a ver al agente de Manig Terzian.
Como el castillo en el que va a grabar está alquilado, la discográfica trabaja
mientras tanto en la campaña de promoción. Su productor aún no lo tenía
claro: ¿debía incluir la sonata? ¿Atribuírsela a Scarlatti o dejar abierta su
autoría? ¿Usarla como reclamo? Por teléfono, la señora Terzian me contó la
conversación con uno de sus amigos, el musicólogo italiano. Él piensa que
podría tratarse de un engaño y que la grabación de la sonata sería susceptible

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de desembocar en un escándalo o, incluso, una demanda. Por su parte, el
francés, Luzin-Farge, que aún no ha encontrado prueba alguna, apuesta por su
autenticidad. Regresó de Roma con un montón de historias y suposiciones,
nada tangible. Ahora quiere que le financie un viaje a Madrid.
En cualquier caso, tanto para él como para el lutier se acabó la buena vida.
No deben confundir mi determinación con ingenuidad.
Sin embargo, no he perdido del todo la esperanza de conseguir el
manuscrito. Kerk ha oído hablar de un librero al que una mujer le había
ofrecido una vieja partitura. ¿Fue ella quien robó al lutier? ¿O es cómplice del
ladrón? No dejó su nombre, pero, al parecer, se hacía demasiado la cándida
como para estar siendo sincera. El librero ha prometido que, si vuelve,
averiguará su identidad y le comprará la partitura. Le he dicho que se la
pagaré y le he prometido una buena comisión si me guarda el documento.
No vamos a sacar nada más del lutier. Consiguió zafarse de Kerk, que no
es poco, pero nadie acudió a la cita del parque. Aunque al principio creía que
me había tomado el pelo, más tarde Kerk me informó de que, en su ausencia,
le destruyeron el hermoso violín que había visto encima de su banco de
trabajo. A mí, que tan pocas cosas me conmueven, me entristeció descubrir
que aquel magnífico instrumento estaba ahora despedazado. Está claro que
tenía algún que otro enemigo, pero probablemente se lo habrá buscado él
solo.
Manig Terzian y su sobrina nieta estarán en el estudio hasta el final de la
primavera. Hablamos del programa de los discos por teléfono. La clavecinista
me propuso participar en la composición de la antología. Me sentí muy
honrado.

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Puse un diamante en el barro.
Vi cómo os lanzabais a por él.
Quería recordaros que el mal que se ha hecho no puede
quedar impune para siempre.
Quería poner en marcha la maquinaria y ver cómo salía
cada uno de su apuro.
Los inocentes debían quedarse a salvo; los cobardes, recibir
su merecido.
Se restablecerá una nueva justicia allí donde la de los
hombres no tenía posibilidad alguna de imponerse.
Jamás imaginé que me mancharía tanto las manos.
Tanto que me empujaría a cometer algo irreparable.
Tanto, en definitiva, que la trampa acabaría capturándome a
mí.

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GRÉGOIRE COBLENCE, 13

E l vídeo que me envió Gian me llegó al teléfono. No sé por qué, al


principio pensé que era spam, pero llevaba el nombre de este remitente,
«Scarlatti_555».
Lo reproduje.
La escena se había filmado en una casa, frente a una chimenea. La cámara
era fija; la iluminación, pobre, y el encuadre, chapucero. Vi las llamas
consumiendo la madera acompañadas por el crepitar de los troncos, que
lanzaban chispas al aire. Durante casi diez segundos nada más aparte de eso:
imágenes de madera quemándose.
Empezaba a preguntarme por qué había recibido ese vídeo cuando una
mano apareció en el cuadro. Sostenía un cuadernillo fino y grisáceo.
De inmediato, comprendí lo que estaba a punto de ocurrir.
La mano —la otra quedaba fuera de cuadro— comenzó a arrancar
páginas. Agarró la esquina superior derecha y tiró lentamente hasta desgajar
la hoja de su soporte. Luego la echó a las llamas. Repitió el proceso hasta que
no quedaron más hojas y, a continuación, quemó la cubierta.
Me hubiera gustado entrar en el vídeo, evitar la masacre. Me sentí
impotente. No me quedaba otra que observar, consternado e incrédulo, cómo
la partitura original de una sonata excepcional se convertía en cenizas.
Volví a reproducir el vídeo, como quien, al rascarse, se abre de nuevo la
herida. El sudor me cubrió la frente y las palmas de las manos.
Reconocí la chimenea, el lugar, la casa.
Reconocí el anillo de Claddagh.
Reconocí la mano.

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GIANCARLO ALBIZON, 13

N ada más percibir la cara de Grégoire, supe que él también lo había


visto.
La mía debía de estar igual de desencajada. Tenía el ordenador encendido,
con el último fotograma en la pantalla. El vídeo me había llegado cuando
estaba a punto de irme. Lo mandaba «Scarlatti_555».
Era la primera vez en tres semanas que mi socio entraba en mi taller.
Estaba más blanco que la pared. Observó los instrumentos y los restos del
prototipo amontonados en una esquina del banco de trabajo. Todavía no he
tenido el valor de deshacerme de ellos.
No dijo nada.
La barba incipiente hacía que me picara el mentón. Llevaba cuarenta y
ocho horas sin ducharme, sin afeitarme y sin dormir. Había llegado al final
del camino, al final de la mentira.
El vídeo fue el golpe de gracia. El último clavo de mi ataúd. Lo reproduje
una y otra vez. Me quedé hipnotizado por las llamas que devoraban el papel.
Una metáfora perfecta de mi vida, de los demonios que habían consumido mi
existencia. Viniendo de una persona cuya inteligencia conocía, me dolía
mucho.
Ella me conoce a la perfección. Me ha manipulado desde el principio. Ha
jugado con mis nervios, con mis debilidades, con mi avidez. Me ha
convertido en su marioneta. Me ha llevado exactamente por donde quería.
Una tras otra, he caído en todas sus trampas. Podría admirarla por ello.
Lo único que me sorprende es su ira. Pensaba que ya lo habría dejado
atrás. Nunca habría imaginado que su rabia siguiera intacta, hasta el punto de
empujarla a destruir lo que más apreciaba. Tampoco pensé que implicaría a
Grégoire en su trama.
Hay algo en su ensañamiento que se me escapa.
¿Estaba Grégoire al corriente? No ha dicho ni una palabra desde que ha
llegado. Lo conozco como la palma de mi mano y sé que es incapaz de fingir.

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Aun así, es verdad que hizo una copia de la partitura a mis espaldas. ¿Acaso
eran cómplices?
Mi mundo se tambalea.
Podría acusarla, poner una denuncia, pero ¿de qué serviría? Aparte del
fragmento de un vídeo en el que se ve a alguien quemar hojas de una
partitura, no tengo prueba alguna. Ha devuelto los instrumentos robados, lo
que me deja en una posición indefendible ante la policía y la compañía de
seguros. Y, en cuanto a la partitura, siempre cabe argumentar que la hice yo.
Resta el prototipo. Lo ha destrozado.
Ahora bien, ninguna denuncia me restituirá mi violín.
Contemplo el taller. He pasado aquí veinte años de mi vida. Podría haber
hecho grandes cosas en este lugar si hubiera contado con los medios
necesarios.
Me encuentro con la mirada de Grégoire, sentado frente a mí, que me
sondea en silencio.
Voy a marcharme. Venderé, pagaré mis deudas. Dejaré atrás el juego, a
los polacos y cuatro años de mentiras. Volveré al lugar donde nací, Venecia,
aunque ya no tenga vínculos allí. O a Roma. O a Padua o a Bérgamo o a
cualquier otro lugar. Todavía no sé cómo me ganaré la vida. La idea de tocar
cualquier forma o trozo de madera me resulta, por el momento, insoportable.
Y, sin embargo, no sé hacer otra cosa.
Estoy destrozado. A la vez, hacía mucho tiempo que no me sentía tan
sereno.
Antes de irme, debo saldar una última deuda. Una que no se liquidará con
dinero.
Miro a mi socio. El corazón me va a mil por hora.
«Grégoire, necesito hablar contigo».

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RODOLPHE LUZIN-FARGE, 13

E l correo electrónico de Joris de Jonghe decía: «No busque más». Iba


acompañado de un enlace.
Hice clic en él.
Se veía una mano arrojando una partitura al fuego.
Una partitura que parecía antigua.
No tenía la menor idea del qué, el quién ni el cómo. Llamé a De Jonghe,
pero no lo cogió.
Vi el vídeo tres veces más. Sabía de qué partitura se trataba.
Había dos opciones: o bien era auténtica, y entonces me pregunto qué
clase de enfermo mental cometería un crimen semejante; o bien, como
sospechaba desde la noche del concierto, había sido víctima de un engaño, un
asqueroso ardid organizado por el belga, Terzian y probablemente Baldassi,
para vengarse por mi comportamiento en Trieste.
Reproduje de nuevo el vídeo haciendo pausas y capturas de pantalla. Tan
solo se podrían recuperar unos pocos compases, nada más. No sacaría nada de
provecho. Estaba furioso.
Apagué el ordenador y me serví un whisky. Luego, otro. Me los bebí de un
trago. No sé qué era peor, la rabia o la frustración. Había querido creer en la
sonata inédita, en el libro y en el proyecto europeo. Ahora el castillo de naipes
se había derrumbado.
Necesitaba esos proyectos para seguir compitiendo y, también, porque la
soledad que me invade cada vez más a menudo ha empezado a exigirme
antídotos mucho más potentes que relaciones de una noche, una botella de
Puligny-Montrachet o quince días en Harvard dando un curso.
Cansado de recorrer la habitación de un lado a otro, me desplomo en la
butaca. Contemplo mi escritorio y mis estanterías. Ante mis ojos desfilan
miles de libros y artículos acumulados en carpetas de colores; el lomo de tela
roja, algo descolorido, de los ejemplares que me quedan de mi biografía; mis
diplomas y mi doctorado honoris causa colgados en la pared. Todo lo que he
construido mes a mes, año a año, a fuerza de trabajar sin descanso.

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Respiro profundamente. Vuelvo a ver las caras de Baldassi y de Terzian la
noche del concierto.
Querían alterarme, ridiculizarme, que siguiera pistas falsas para hacerme
perder el tiempo. Ahora estarán esperando que me derrumbe.
No me conocen. Un pedazo de papel quemado no basta para detenerme.
Haré que quienes hayan organizado este humillante embuste se
arrepientan.
Me dan lo mismo Belkacem, mis estudiantes de doctorado quejicas o
Karen Salgado. Me dan igual esa vieja clavecinista y ese investigador que tan
listo se cree.
El mes que viene iré a Madrid. Accederé a un fondo que aún no he
explorado, en un convento. Volveré a Leipzig, a Londres y también a Dublin
para indagar en la vida de Roseingrave. Quizá el rastro no se haya borrado.
Quedan bibliotecas, estantes y manuscritos por recorrer, pistas que
encontrar y volúmenes de música a los que acceder. Quedan financiaciones a
las que puedo aspirar, y que me concederán.
Y, sobre todo, queda su música. Y la esperanza de que todavía no haya
revelado todos sus secretos.
Me tomaré el tiempo necesario, pero encontraré la sonata quinientos
cincuenta y seis.

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MANIG TERZIAN, 13

L a tableta de Alice interrumpió con una campanita nuestro coñac de la


tarde, uno de los pequeños rituales que compartimos Mado y yo. Mi
sobrina nieta la miró y sonrió. Sería su querido Grégoire. Entonces tocó la
pantalla y su sonrisa se congeló.
—¿Qué pasa? Alice no dijo nada, pero reparé en la leve oscilación de sus
pupilas, como si siguieran una imagen en movimiento. Me tendió el aparato.
—Mira.
Madeleine me pasó las gafas y Alice volvió a darle al enlace que acababa
de recibir. Una escena curiosa, que parecía la secuencia mal encuadrada de un
cortometraje mediocre. Se veía una mano rasgando un cuaderno. Luego
arrojaba las páginas, una a una, a una chimenea encendida, donde se
consumían.
Le pregunté a mi sobrina si podía pausar el vídeo y ampliar las cuartillas.
Con dos toques, Alice congeló la imagen y usó el zoom para enfocar una de
las páginas, justo antes de que ardiera.
Los pocos compases que logré descifrar no dejaban ninguna duda. Era la
partitura que había tocado en mi sala de música.
Me quedé sin palabras.
—¿Quién te ha enviado esto?
—Grégoire. Dice que cree saber quién está detrás de todo.
Lo primero que pensé fue que acabábamos de perder cualquier posibilidad
de autentificar la sonata. Ahora ya no hay manera de averiguar quién la
escribió en realidad, si él o cualquier otra persona. Por razones legales, no
podré permitirme, en el disco, el golpe de efecto que di en el escenario
desafiando las recomendaciones del abogado de Gabriel.
Con todo, lo que más me inquietaba era la increíble violencia de aquel
gesto: no le veía el sentido.
El formidable reclamo publicitario que representaba la sonata inédita
acababa de derrumbarse o, más bien, de convertirse en cenizas ante nuestros
ojos.

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Sorprendentemente, no me asusté. Anteayer conversé con Joris de Jonghe
por teléfono sobre la grabación del disco. Estoy convencida de que cumplirá
su palabra. Lo mismo da que él sea el único que cuente con una obra
adicional en su copia del disco.
Madeleine me miraba de reojo.
—¿Estás bien?
Era difícil contestar a aquella pregunta. Me había entusiasmado pensando
que sería la primera en grabar la sonata quinientos cincuenta y seis de
Scarlatti. Estaba orgullosa de que Alice la tocara al piano e ilusionada por
compartir con ella esa creación.
Comprender que ya no sería posible me produjo un doloroso vacío.
No obstante, en este momento, casi siento lástima por el falsario o el
chiflado que ha acometido semejante empresa. Hay que estar completamente
trastornado para llevar a cabo un destrozo de tal magnitud.
Durante un segundo, la decepción me quema, al igual que las llamas han
hecho con la partitura.
Pero todo pasará.
Todo pasará porque lo esencial, la música, está a salvo. Qué más da quién
haya escrito esa obra, si le impulsaban buenas o malas intenciones, si se
compuso hace tres siglos o el año pasado. No importa. Al menos he tenido la
oportunidad de cruzármela en mi camino. De leerla, tocarla, interiorizarla y
hacerla mía.
Y, sobre todo, de compartirla.
He podido trabajarla mano a mano con Alice y ver a mi sobrina nieta
crecer de la noche a la mañana y dar sus primeros pasos en un gran escenario.
He conocido a un mecenas que quizá desempeñe un papel decisivo en su
futura carrera. Y, por unos instantes, he logrado solazar a un hombre
inconsolable.
Pero, además, gracias a esta sonata inédita, he recuperado la confianza en
mis viejas manos, cansadas pero fieles, y comprobado que siguen dispuestas a
tocar una y otra vez, mientras tenga fuerzas, el repertorio más bello del
mundo.

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JORIS DE JONGHE, 13

« C reo que debería verlo». Junto con estas palabras, la sobrina nieta de
la señora Terzian envió a mi teléfono un breve vídeo. La
clavecinista me dice que lo ha recibido sin más explicaciones. Lo vi sentado a
mi escritorio ante un sándwich, del que me había dejado más de la mitad por
falta de apetito. Mostraba la mano de una mujer lanzando una partitura al
fuego. La partitura, supongo.
Debe de haber una explicación.
Y pienso dar con ella.
Mientras tanto, el manuscrito ya no existe.
He conocido la decepción: apuestas perdidas, objetos que se escapan,
oportunidades desaprovechadas, despechos, remordimientos…
Esta vez es distinto.
Alguien ha urdido un complot tremendamente sofisticado que ha
culminado en esta siniestra puesta en escena. Ha destruido, a sangre fría, un
documento que quizá tuviera un valor incalculable.
He pensado en el lutier, pero, en vista de su expresión y por lo que Kerk
me cuenta de sus movimientos, concluyo que no es obra suya. No es ni tan
inteligente para instigar todo lo que ha ocurrido, ni tan paciente para amañar
un juego tan complejo. Si hubiera tenido la partitura en su poder, me la habría
vendido a toda prisa para deshacerse del polaco, y punto.
Su socio, un tipo gris y sin carácter, tampoco parece de los que traman
esta clase de tretas. Está, claro, el musicólogo parisino: ese, sin duda, sería
capaz de vender a su padre y a su madre con tal de que hablen de él, pero es
de lo más narcisista y se cree demasiado importante como para arriesgar su
reputación por un bulo.
Queda Manig Terzian: sigue siendo la mejor candidata, pues ya escribió
una sonata falsa en el pasado. Pero ¿qué sacaría de algo así? No podía
sospechar que le pediría a Kerk que la investigara ni que me interesaría por
esta obra musical. Además, ahora que el proyecto discográfico de su sobrina
nieta, su ojito derecho, está a punto de echar a andar, ¿por qué prepararía este

Página 217
montaje macabro que podría ponerlo todo en entredicho? Es más, ¿por qué
me informaría de ello? No tiene ningún sentido.
A pesar de lo tarde que es, la he llamado. La clavecinista está perpleja y
soliviantada. No comprende cómo alguien ha sido capaz de algo así.
Curiosamente, parece más afectada por tener que quedarse con la duda de si
la sonata era o no de Domenico que por la destrucción del propio manuscrito.
Le digo que carece de importancia, que lo que cuenta es haber salvado esa
magnífica obra del olvido.
Me ha sacado el asunto de las cuestiones legales, pero he querido
apaciguarla enseguida. Vamos a grabar la sonata, producir el estuche de CD y
el álbum debut de Alice. Siempre cumplo mis promesas.
Me sorprendería mucho que el instigador de este complot quisiera
llevamos a los tribunales. Esta historia ha sido rara desde el principio: una
partitura milagrosa aparece en el taller de un lutier endeudado hasta el cuello
y luego desaparece en un misterioso robo. Gente que miente más que habla.
La extraña sensación de que, durante meses, cada uno de nosotros ha
invertido la mayor parte de su tiempo yendo tras algo que casi nadie ha visto
y a lo que, sin embargo, algunos de nosotros, por diferentes motivos, le hemos
dado un valor desmesurado.
Recuerdo aquella novela francesa de historias entrelazadas que tanto
gustaba a Beatrix. Una noche me leyó un capítulo, quizá para hacer una
velada burla sobre mis obsesiones. Contaba la historia de un farmacéutico de
lo más pudiente, soltero y ocioso que coleccionaba objetos únicos y al que
engatusaban con la venta del cáliz en el que supuestamente José de Arimatea
recogió la sangre de Cristo. Al final de una historia llena de giros —con un
ensamblaje de tramas del que no capté todos los detalles—, el farmacéutico
descubría que le habían estafado dos ladrones de guante blanco.
No obstante, el verdadero final, unas páginas más adelante, era mucho
más inesperado. El final del capítulo sugería que, en realidad, el farmacéutico
había visto venir el engaño desde el principio y que, para él, caer en las
trampas tendidas por los ladrones había sido un pasatiempo que aliviaba su
aburrimiento.
Tal vez, en el fondo, yo, al igual que aquel hombre, me he dejado engañar.
Si me paro a pensarlo, ¿qué importancia tienen las pocas decenas de miles de
euros que he perdido en esta aventura comparadas con todo lo que me han
aportado las últimas semanas? He salido de Brujas tras cuatro años de
reclusión. He visitado a mi hija y he pasado un día con dos de mis nietos. He
escuchado un concierto extraordinario, quizá uno de los más hermosos de mi

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vida, que me devolvió a Beatrix durante unos instantes de transfiguración. Y
he sentido, por primera vez desde que murió mi esposa, ganas de vivir.
Al pasear por las calles de París que tantas veces habíamos recorrido
juntos me reencontré con los recuerdos, los de antes de las perfusiones, del
sufrimiento y del final. Reviví aquellos instantes, escasísimos, en los que le
dediqué la atención que merecía y que tenía la delicadeza de no pedirme
nunca.
Al final, poco importa si la sonata que Manig Terzian tocó para mí era o
no de Domenico Scarlatti. Esa obra se encuentra ahora atesorada en un rincón
de mi mente, indisociable del éxtasis que me concedió, de aquel momento de
reencuentro con Beatrix, con mi Beatrix, que regresó de los infiernos, como
una Eurídice que hubiera vencido las sombras para acudir a consolarme.
A mi lado, el gatito se estira. Se había quedado dormido después de haber
estado un buen rato correteando. Cuando Magda me preguntó si quería que lo
llevara a un refugio, le pedí que, en su lugar, lo llevara al veterinario para que
examinara al maltrecho pequeñín. Sé perfectamente que los animales y las
colecciones no se llevan muy bien, pero he convencido a Piet y a su mujer
para que vengan a pasar unos días aquí con Charlotte, mi otra nieta. Espero
que esta cálida bola de pelo, que alegra mis tardes con sus juegos y sus
ronroneos, logre que quiera volver a ver a su abuelo.
En espera de su llegada, que será mañana, la luz de la primavera entra en
mi salón a través de las ventanas abiertas, como cada día, mientras los cisnes
y los patos surcan sigilosamente el canal. Escucharé la antología de nuevo y
haré una lista de las obras preferidas de Beatrix.
El cofre de CD irá dedicado a ella.

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Grégoire:
Sé que te sorprenderá mucho esta carta. Cuando la leas, ya
estaré en el avión. Hubiera preferido explicártelo en persona,
pero me faltó valor para hablar contigo cuando aún había
tiempo.
Y ahora ya es tarde.
Pero te debo la verdad.
Habrás visto el vídeo. Lo habrás entendido. Estarás
preguntándote qué motivos me han llevado a actuar así. Cómo
se convierte alguien en un ser maquiavélico, manipulador, que
disfruta sembrando el mal y el caos a su alrededor.
No lo he hecho de buen grado. Y ten esto por seguro: nunca
he querido hacerte daño. Si en toda esta historia hay un
inocente, solo uno, eres tú.
Desde que me fui, no he pasado ningún día sin arrepentirme
de mi forma de actuar. Podría añadir «amargamente», pero se
quedaría corto. Lo cierto es que no me perdono lo que te he
hecho. Pero, por muchas vueltas que le diera a la situación en
mi cabeza, no vi otra salida.
Si te lo hubiera contado todo en aquel momento, te habría
partido el corazón y, para colmo, te habría destrozado la vida.
Quería evitarlo a toda costa.
Lo último que pretendía era herirte.
Por eso decidí alejarme, sin dar explicaciones.
Tardé meses en admitir que me había equivocado, que
dejarte con preguntas sin respuesta seguramente fuera mucho
más demoledor que una confesión, por doloroso que resultara
escucharla.
Sin embargo, ¿qué habrías hecho si te hubiera revelado la
verdad?
En Miami, tuve tiempo para recapacitar, para intentar
entender lo que había provocado este naufragio.

Página 220
Para mí, comenzó con la muerte de Romain. No superé el
impacto del suicidio de mi hermano.
Nunca imaginé que sería capaz de llegar tan lejos. Incluso
cuando estaba en sus peores momentos. Pensaba que su vida
sería así, una mezcla de épocas triunfales y periodos horrendos,
como las de todas las personas bipolares. Creía que, con el
tratamiento adecuado y con gente cariñosa a su alrededor, como
mamá, tú, yo o sus profesores, saldría adelante.
Nuestra madre, Colette —como la llamaba mi hermano—,
estaba segura de que la música acabaría curándolo o que, al
menos, le daría fuerzas para enfrentarse a su enfermedad. Casi
logró convencerme. Los momentos en los que Romain tocaba
en casa eran los únicos en los que parecía sereno, libre de sus
tormentos y obsesiones.
Por eso lo animamos a trabajar tanto. Hubo muchos que
dijeron después que Colette se había equivocado, que la había
cegado su orgullo maternal; que ella, la viuda del gran Jean-
Yves Desbarèdes, la pianista de carrera interrumpida, había
buscado el éxito a través de los demás. Se la culpó, entre líneas,
de haber llevado a su hijo al límite por haberlo presionado
tanto.
Eso no es cierto, en absoluto. Mamá lo hizo porque Romain
estaba sufriendo y la música era lo único que parecía aportarle
algo de equilibrio. Las clases lo obligaban a salir y a ver a sus
amigos, las audiciones le procuraban un objetivo y lo forzaban
a mantenerse a flote, incluso durante las hospitalizaciones.
Y, si hay que buscar culpables, que me tiren una piedra a mí
también. No me quedé atrás animando a mi hermano a seguir
ese rumbo. Me fascinaba ver cómo su vida se fundía con la
música. Todo su ser pensaba, respiraba y se organizaba para
tocar. No lo imaginaba haciendo otra cosa.
Estudiar, tocar y componer hacían salir a Romain de sus
tinieblas, así que hicimos lo posible para que continuara. Él nos
dio a entender que su pasión le hacía feliz, igual que había
hecho feliz a papá, pero la realidad era bien distinta.
Ya sabes el resto.
Dos meses después de su funeral, uno de los alumnos del
Conservatorio Nacional Superior de Música llamó a mamá.

Página 221
Quería saber si podía recuperar alguna de las partituras de
Scarlatti. Romain y él habían estado trabajando en ellas juntos.
Dado que mi hermano era reservado, nos sorprendió descubrir
que había tenido un amigo tan cercano.
Fui yo quien entró a la habitación de Romain a buscar las
partituras. Colette se había mudado a nuestra casa de Le
Vésinet. Se sentía incapaz de volver a poner un pie en ese piso
y, mucho menos, en esa habitación.
Yo no estaba allí cuando ocurrió. No volví a ver a mi
hermano hasta la morgue. Tenía la cara hinchada y amoratada,
se le habían reventado los vasos sanguíneos. Ignoraba quién era
aquel desconocido que, tendido en una mesa, parecía doblarle la
edad.
Cuando abrí la puerta de su dormitorio, me entraron
náuseas. Hacía años que no pisaba aquella habitación a la que
mi hermano acabó prohibiéndonos entrar. Un hedor repugnante
había impregnado las paredes, una mezcla de olor a cerrado y
podredumbre. El desorden era absoluto, parecía la chabola de
un indigente. El clavecín, que encargamos con la herencia de mi
padre, estaba oculto por una montaña de partituras. Entre la
ropa sucia, había notas manuscritas, libros y cuadernos. Los
discos, fuera de sus fundas, se amontonaban precariamente
entre tazas de café vacías y vasos opacos por la suciedad. Me
pregunté cómo pudo haber respirado y dormido mi hermano en
aquella leonera.
Los bomberos tuvieron que tirar la puerta abajo cuando
llegaron y empujaron algunas cosas atropelladamente. Los
papeles del suelo tenían dibujadas las huellas de sus botas.
No pude evitar dirigir la mirada hacia la viga. La policía
había retirado la cuerda. Aun así, busque rastros, arañazos en la
madera. Imaginaba a mi hermano suspendido en el vacío. La
idea me resultaba intolerable.
El espectáculo de aquel abandono, de aquella inmundicia,
me rompió el corazón. ¿Qué le había pasado a Romain? Con lo
meticuloso y cuidadoso que era… Quería volver a cerrar la
puerta para olvidar la angustiosa visión, pero le había hecho una
promesa a su amigo.

Página 222
Fui al baño a por unos guantes de goma y me enfrenté a
aquel descomunal caos. Tardé tres horas en recoger y juntar la
mayor parte de los papeles, partituras y cuadernos
desperdigados por la habitación. Lo puse todo en bolsas de
basura grandes y las metí en el coche.
Mientras cerraba la puerta, me prometí a mí misma que
volvería y la ordenaría. No podía permitir que mi madre, que
quería vender el piso, se encargara sola de aquel desastre.
Conocí a Géraud, el amigo de mi hermano, en una cafetería. En
el último segundo, mi madre decidió no acompañarme.
«Todavía es pronto», me dijo justo cuando salíamos, a pesar de
que se había puesto la chaqueta y llevaba el bolso en la mano.
Solo habían pasado seis meses: aún tenía la herida en carne
viva.
Entré a la cafetería y Géraud ya estaba allí. Cuando se
levantó, recordé haberlo visto en el funeral. Era un joven
pálido, alto y muy flaco. Sumamente guapo. Sus dedos, largos y
blancos, jugueteaban con una cucharilla. Al verme, pareció
impresionado. Según dijo, Romain y yo nos parecemos mucho.
Me senté y comenzamos a hablar. Le pregunté si
comprendía lo que había hecho mi hermano. Por qué así, por
qué en ese momento, justo cuando parecía que se encontraba
mejor. Le conté nuestro viaje a Italia, las temporadas felices y
los planes. Géraud esquivaba mis preguntas. Me dijo que
Romain «no se encontraba bien» las semanas anteriores a su
muerte, que sentía «mucha presión». El chico parecía incómodo
y tuve que insistir para que prosiguiera. De mala gana, me
relató dos incidentes con varios profesores. El personal docente,
sobre todo el tutor de mi hermano, lo llevó al límite.
—De hecho, Romain no podía más con la música.
—¿Cómo que no podía más?
Géraud me dirigió una mirada triste.
—Él no quería que os enterarais.
Me quedé atónita.
Casi tuve que ponerme de rodillas para que el joven, cada
vez más reticente, se explicara, pero yo necesitaba saberlo.
Aunque Géraud hizo lo posible por suavizar la violencia de
sus palabras, la verdad era insoportable. Romain se estaba

Página 223
planteando dejarlo todo. Ya no aguantaba más las clases, los
ejercicios, las horas y horas de ensayo para preparar los
conciertos. Lo único que quería era tocar y componer tranquilo,
a solas, en algún lugar de Bretaña o en su habitación, en París.
Pero allí estaban los concursos, los recitales obligatorios y
la presión de comenzar una carrera en un mundo de jóvenes
ambiciosos en constante competencia. Cuanto más avanzaba,
más sentía que le arrebataban la —vida; que, en el fondo, solo
podía encontrar la serenidad en el hospital, en aquellos
momentos en los que, en el jardín, se ponía a componer música
en su cabeza.
Estaba abatida.
—¿Por qué no nos lo dijo?
—Creo que quería ser digno de su padre, de su memoria.
Y…
—¿Y qué?
Géraud bajó la mirada.
—No quería decepcionaros.
Cuando escuché aquellas palabras, sentí un puñetazo en el
estómago. Siempre me había jactado de conocer como la palma
de mi mano a Romain, mi hermano pequeño, al que cogí en mis
brazos cuando era un bebé, al que había enseñado a hablar, a
chapotear en el mar, a montar en bici, y que se dormía a mi lado
viendo sus dibujos animados mientras yo repasaba mis apuntes
de Griego. Y, pese a todo, no supe ver su angustia.
¿No supe o no quise?
En aquella ruidosa cafetería anónima, descubrí que mi
madre y yo lo habíamos hecho todo mal, del revés, que le
habíamos hundido en la miseria en lugar de sacarlo a flote. Me
consternó.
Después de un momento que se me hizo eterno, Géraud me
pidió permiso para abrir las partituras. Las acarició con una
devoción casi religiosa. Se me pasó por la cabeza la idea de que
tal vez aquel magnífico joven hubiera sido algo más que un
compañero para mi hermano. Visto lo visto, no me sorprendería
no haberme percatado de ello tampoco. Cuando nos
marchamos, le pedí su número de teléfono. Me aferraba a
cualquier hilo que pudiera conectarme con Romain y ayudarme

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a entender por qué se había ahorcado dos meses después de
aquel viaje a Venecia en el que lo había notado más sosegado,
más feliz de lo que había sido en mucho tiempo.
Por las noches, después del trabajo, examinaba los papeles
que había encontrado en su habitación. Te hice creer que era un
fondo que me había confiado la biblioteca… Aquella lectura se
convirtió en una droga, en una pasión enfermiza.
De entre aquellas notas desordenadas, desenterré una libreta
con la tapa llena de garabatos. Su diario. Necesité tiempo para
atreverme a abrirlo. Después de mi conversación con Géraud,
era consciente de que me atormentaría, pero fue peor de lo que
nunca hubiera imaginado.
Sí, mi hermano era bipolar. Pero no estaba loco. Al
contrario, en algunas épocas, su lucidez era implacable. Una
vez que salía de sus episodios depresivos, anotaba las
consecuencias de las últimas crisis y los tratamientos. Los kilos
de más, los dedos ingobernables, la somnolencia y las lagunas
de memoria cuando empezaba a tocar de nuevo. El esfuerzo
sobrehumano de volver a retener las partituras que los
ansiolíticos habían borrado. Otros sufrimientos, más íntimos,
que jamás habría supuesto.
A medida que pasaba las páginas, las notas eran cada vez
más difíciles de descifrar. Hasta su caligrafía se deterioraba,
señal de que estaba entrando en una fase maníaca, como si fuera
incapaz de seguirle el ritmo a su mente a la hora de escribir.
Frases a veces deslumbrantes, otras sin sentido, notas sobre
técnicas de interpretación, aforismos misteriosos y poéticos
intercalados con comentarios acerca de sus ensayos y su
relación con la música. «Scarlatti me ha abierto un mundo», se
leía en el encabezado de una hoja que, por lo demás, había
dejado en blanco. En sus periodos más prósperos, Romain
hablaba de su relación espiritual, casi mística, con el clavecín:
buscaba el sonido perfecto, invocaba a Pitágoras y las
matemáticas. Cuando empezó a trabajar con Géraud en las
obras de Scarlatti, escribió la palabra «deflagración». Relataba
los ensayos, su sensación de progresar con pasos de gigante en
su comprensión «suprasensible» de la música de Domenico.
Quería hacerse «amigo íntimo» de cada una de las sonatas y

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«adentrarse en su sonoridad» para «alcanzar su esencia».
Hablaba de fusión, de arrebato, de requerimiento amoroso.
Por lo visto, aquella época fue la más feliz de su vida.
Entonces comprendí por qué Géraud me había pedido las
partituras.
Romain escribió unos meses después que había «descifrado
el enigma». Había empezado a escribir la sonata quinientos
cincuenta y seis. Debía condensar e ilustrar los fundamentos de
la escritura musical de Scarlatti y revelar, a su vez, su absoluta
modernidad. La tocaría en el escenario, «como un humilde
servidor», y su contribución volvería a arrojar luz sobre la obra
de un genio más grande que Mozart y Bach juntos. Faltan
muchas fechas en el diario, pero esta exaltación, este periodo
fulgurante y fecundo, en líneas generales coincidió con el viaje
a Venecia, aquellos días en los que, si bien no me dijo nada,
eran evidentes sus ganas de comer, pasear e ir a museos, y que
me hizo pensar que tal vez se encontrara fuera de peligro.
De hecho, seguía los pasos de Scarlatti. Caminaba por la
ciudad de los canales imaginando cómo sería cuando él vivió
allí.
El regreso a París frenó su ímpetu. En su diario contaba que
uno de los profesores le había inscrito en el concurso de Brujas,
pero él ya no quería presentarse. Se negó a volver a los ensayos.
Quería quedarse a solas con Scarlatti para escribir y reescribir
sin parar la sonata perfecta. Al parecer, tuvo un grave altercado
con su mentor, al que veía como su guía espiritual. Este, para
que cediera, evocó la memoria de nuestro padre, lo que afectó
profundamente a mi hermano.
Romain escribió que levantarse de la cama era un calvario,
que el olor de las paredes del Conservatorio Nacional Superior
de Música le producía náuseas, que ya no aguantaba más ni a
los profesores ni sus «métodos nazis», que a algunos —y a
algunas— estudiantes les habría encantado que perdiera del
todo la cabeza para enfrentarse a un contrincante menos.
«Menos mal que tengo a Géraud».
Una noche, fue a un concierto de Jean Rondeau con su
amigo. Abandonó la sala porque le acometió la impresión de
que cada nota le golpeaba directamente en los nervios. La

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música solo puede existir en la inmensidad del silencio interior,
escribió entonces, no en los absurdos rituales que impone un
escenario.
Sus últimas semanas habían sido un suplicio
ininterrumpido. Aunque había encontrado la «clave» de la
sonata en Italia, aquella revelación se esfumó al volver a París y
ya no se sentía capaz de traducirla a notas. Su aflicción, su
miedo a no estar a la altura de las circunstancias, las llamadas
de su profesor acerca del concurso y la sensación de estar en un
callejón sin salida lo ahogaban. Acabó cediendo y firmando el
formulario de inscripción de Brujas para que lo dejaran en paz.
Ya no sabía cómo huir de aquella trampa.
Romain presintió lo que iba a ocurrir. Escribió que era un
impostor, que se derrumbaría en el escenario. «No soporto esta
vida, pero es la única que tengo». A su diario le confió su
miedo a decepcionar a Colette, nuestra madre. A preocuparme.
«Quiero poner fin a todo esto, pero no sé cómo decírselo. Han
hecho muchos sacrificios por mí».
En cuanto leí esa frase, se apoderó de mí la angustia.
Aquella noche, durante la cena, me notaste ausente. En
realidad, estaba consternada. Debería haberte revelado lo que
había leído. Quizá habrías dado con las palabras adecuadas para
ayudarme a procesarlo y hacerme llevaderos aquellos
pensamientos que me habían quemado como si fueran gotas de
ácido, pero estaba en estado de shock. Fui incapaz de hablarlo,
ni contigo ni con mamá. Especialmente con ella. Ni siquiera
habría podido contárselo a un psicólogo. Me hubiera gustado
dar marcha atrás, sacar a mi hermano del conservatorio,
mudarnos junto al mar que tanto amaba y devolverle la vida.
Por la noche, después del trabajo, visitaba su tumba para
hablar con él. Lo demás, trabajar, comer, ir al cine o hacer el
amor contigo, se me hizo insoportable.
Reparaste en que no estaba bien. Lo achacaste al duelo.
Estabas inmerso en tu trabajo y tus pedidos. Acababas de
conseguir un encargo importante en un museo de Angers, de los
que no se rechazan. Te preocupaba ausentarte, pero te convencí
para que aceptaras. Prefería estar sola con mi dolor y mi culpa.
Llegabas tarde a casa y dormías fuera dos o tres veces por

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semana. Supuso un gran alivio para mí: podía llorar a mi antojo
sin esconderme.
Por lo demás, fuiste tan amable y taciturno como siempre.
Te apasionaban tus restauraciones, tus tratados de ebanistería
antigua y querías creer que las heridas de mamá y mías sanarían
con el tiempo, igual que te ocurrió a ti con la muerte de tus
padres. Pero no era lo mismo. No podías comprender lo que me
consumía.
En medio de esta catástrofe, tu bondad no era suficiente.
Una tarde pasé a buscarte al taller. Había salido de la
biblioteca media hora antes de lo previsto. Quería proponerte
que fuéramos a tomar una copa; me invadió una súbita
necesidad de alcohol. Habías salido a hacer un recado y me
recibió Gian. Me ofreció un café y me preguntó si iba todo bien.
Le dije que sí. Me hizo notar que no lo parecía.
Tampoco a él era capaz de contárselo.
Sugirió que te esperara allí y siguió con lo que estaba
haciendo. Lo observé, sentada en un rincón, mientras encolaba
piezas de madera. Trabajaba en un nuevo violín y estaba
preparando el fondo.
Aquel día recibí mi primera clase de lutería. Por extraño que
parezca, me sentó bien quedarme en un rincón viéndolo trajinar.
Me encantaba el ambiente, el sonido de las cuerdas y los arcos
colgados en la pared. Me recordaba a mi padre.
Me acostumbré a ir de vez en cuando, los días que
trabajabas en Angers. Me sentaba, Gian me preparaba un café o
me servía un vaso de amaretto. Observaba sus manos mientras
cortaba, tallaba o pulía la madera, veía los duros rectángulos de
pícea transformarse en gráciles curvas entre sus dedos. Aquel
espectáculo, el olor de la madera y el silencio conseguían
calmarme.
Giancarlo trabajaba con una serenidad que contrastaba con
su nerviosismo habitual. Cada uno de sus movimientos estaba
medido con compás. Tenía las manos estropeadas, pero no de la
misma forma que las tuyas. A su manera, también era un artista.
De vez en cuando, me contaba cosas de su infancia en Venecia,
de la que nunca nos había hablado, de su hermana, que murió
joven; de lo que aprendió con su maestro, Samuel Behr, un

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segundo padre para él. Con el suyo, con el de verdad, «no tuvo
mucha suerte», me dijo. Me habló del prototipo de violín que
soñaba con crear algún día, un instrumento con un increíble
sonido que todo el mundo diferenciaría. Hasta llegó a
enseñarme los bocetos.
Una noche de las que dormías en Angers, me quedé hasta la
hora de cerrar. Supongo que tendría un semblante muy abatido,
porque Gian me propuso que comiéramos algo juntos. Fuimos a
su casa y preparó pasta al pesto. Bebimos vino italiano, mucho.
Demasiado, sin duda.
Cuando llevé los platos de vuelta a la diminuta cocina,
nuestras manos casi se rozaron.
Aquella noche no pude más. Me dio una borrachera triste y
rompí a llorar. Gian me abrazó.
No recuerdo qué gesto llevó al siguiente.
Debería haber terminado ahí. Un error cometido en un mal
día, en un mal momento, bajo los efectos del alcohol. Acostarse
con el mejor amigo de tu marido es una equivocación
imperdonable, pero no era la primera a la que le pasaba. Cogí
un taxi y me fui a casa. Era evidente que, al día siguiente,
Giancarlo y yo le daríamos carpetazo al asunto.
Cuando llegué a casa, me di un baño y me tomé una pastilla
para dormir. Me abismé en un sueño profundo.
Al día siguiente, cuando desperté, me encontré un mensaje
de texto en el que me preguntaba cómo estaba. Tendría que
haber sentido vergüenza, culpa o asco. Sin embargo, por
primera vez en semanas, me sentí mejor. Le envié una respuesta
cortés y neutral, pero en el transcurso de los días hubo otros
mensajes, frases y gestos. Y acabé volviendo al taller.
Lo que debería haber sido un desliz de una noche acabó
convirtiéndose en una aventura. Y, luego, en una relación. Una
vez a la semana, cuando te marchabas a Angers, quedaba con
Gian en el taller. Cenábamos en su casa y hacíamos el amor.
Regresaba a casa, esperaba a que volvieras al día siguiente por
la noche y fin. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo.
Sin esas pocas horas de olvido en sus brazos, no hubiera
aguantado. No sé qué sentía exactamente por Gian, ni siquiera
me lo planteé. La culpabilidad me oprimía tanto cuando

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pensaba en Romain que no cabía en mí ni un gramo más de
vergüenza.
Gian fue amable conmigo. Cariñoso, incluso. Me llamaba
bellísima, mía ragazza. Me hacía cumplidos sobre mi ropa o mi
perfume. A veces, en instantes efímeros, volvía a sentir ganas
de arreglarme para él, de gustarle. No te lo tomes a mal,
Grégoire, pero contigo podría haberme pasado el día en pijama
y no te habrías dado ni cuenta. A veces me veía como uno más
de tus queridos muebles.
Los meses pasaron. Gian y yo nos acostumbramos el uno al
otro. Cuando estabas aquí la semana entera, lo pasaba mal por
no poder verlo. A veces, por las tardes, quedábamos en un
hotel. Era peligroso, agotador, pero emocionante también.
Conforme íbamos hablando, descubríamos más y más cosas que
teníamos en común. Conocía el trabajo de mi padre. Él también
había perdido a una hermana. Cuando hablábamos del tema, me
daba la impresión de que me entendía.
Durante aquella semana en la que estuviste fuera cuatro
días, dormí con él por primera vez. Y me gustó.
Me desubicó que me hablara del futuro. Siempre lo había
visto como un donjuán, un hombre de relaciones fugaces. Ya
me sorprendía que lo nuestro aún no hubiera acabado: nunca
imaginé que tendríamos una relación tan larga. Entonces, de
repente, todo me pareció muy serio. Intenté dar tiempo al
tiempo, pero me estaba enamorando. Eso sí, sabía que esta
historia estaba condenada al fracaso. No me atrevía ni a
imaginar siquiera qué pasaría si algún día te enterabas.
Nunca se puso sobre la mesa que te dejara. Se lo dije a Gian
desde el principio. Sin embargo, cuando pensaba en que lo mío
con Gian pudiese tener un final, me invadía una gran tristeza.
Estaba completamente perdida. No tenía a nadie con quien
hablarlo: mis amigos más cercanos también eran los tuyos.
Decidí romper con él, pero, cuando llegó el momento, me
faltó valor. Gian parecía muy enamorado. Hablaba de renunciar
al taller, de dejar París, de irnos a Italia y comenzar una nueva
vida juntos.
Quería que estuviera con él y me lo hizo saber de mil
maneras. Creo que me enganché a su amor por mí. En sus

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brazos me sentía hermosa, perdonada, repuesta. Dejaba de ser la
mujer cegada que había dejado que su hermano se hundiera.
Una noche en que me preocupé porque no me bajaba la regla,
me abrazó y me susurró al oído que quizá fuera una buena
noticia… Hacía ya años que tú y yo no hablábamos del tema…
La idea de dar a luz, cuando siempre me había creído incapaz
de hacerlo y a una edad en la que pronto mi cuerpo no me lo
permitiría, me conmocionó.
Fue entonces cuando comenzaste a hacerte preguntas y,
también, a planteármelas. Con tacto, pues nunca has sido un
celoso patológico. Te rehuía, te mentía. Durante mis noches de
insomnio, escuchaba la voz de Gian hablando de tener un bebé,
de irnos, de una nueva vida. Cada vez sentía más premura, más
urgencia, más angustia. La razón me dictaba que dejara de lado
aquella locura, pero quería creer en ella con cada fibra de mi
ser, tal vez por pura necesidad de aferrarme a algo.
Y el sol e Italia parecían estar bien lejos del cementerio del
Père Lachaise.
De pronto, un domingo, sin yo entender por qué, Gian me
envió un correo electrónico. Decía que se había visto con una
antigua amante durante el fin de semana y se había dado cuenta
de que íbamos por mal camino. Más valdría que no volviéramos
a vernos. Me pidió que lo perdonara, que sería más feliz sin él,
contigo, etcétera.
Sentí que me precipitaba al vacío.
Luego, se negó a coger mis llamadas. Cuando por fin
contestó, tras cinco días de eterno silencio, su voz era ligera,
casi alegre. Me dijo que nos habíamos equivocado; que nuestra
«aventura», así la llamó, había terminado; que ese final nos
haría bien a todos, a mí, a ti y a él. Me pidió que no lo llamara
más, «hasta que se calmaran las aguas».
Justo cuando comenzaba a creérmelo, su abandono me
devastó. Su brutalidad, sobre todo. Como si sus palabras, sus
promesas, no hubieran existido jamás. Yo era una página que
había que pasar, sin reparos ni remordimientos. Estuve semanas
y meses torturándome, tratando de comprender por qué se
comportaba así. Echando la vista atrás, creo que no había un
porqué. No es hombre de una sola mujer, y punto.

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Cuando leas esto, pensarás que me lo tenía merecido. Y es
verdad.
En cualquier caso, no albergues la menor duda: no tienes
nada que reprocharte. La falla que se había abierto entre
nosotros es la que afecta a la mayoría de las parejas, las que
trabajan demasiado, a las que nunca les pasa nada, a quienes el
desgaste del día a día va calando sin hacer ruido. Podríamos
haber seguido así durante años, por costumbre o por inercia.
Pero, tras la muerte de Romain, tras la lectura de su diario, no
aguantaba más. Sentía que me hundía en un pozo negro, que me
quedaba atrapada en un oscuro callejón sin salida.
No quise traicionarte. De hecho, no quise nada de lo que
ocurrió. Simplemente, Gian estaba allí, me contaba sus
anécdotas de lutier, me hablaba de sus años en Italia, me reveló
su deseo de crear un violín único. Él apenas conocía a Romain
y no tenía nada que ver con mi dolor. Aludía al futuro cuando
yo no veía más que un presente desesperanzador. Era como un
soplo de aire fresco. Me refugié en sus brazos para olvidar, para
respirar, solo un poco. Y, cuando me dejó, me ahogué, incluso
más que antes.
El domingo después de la ruptura, mientras te veía preparar
el té, fui consciente de que no podía quedarme. Vivir en medio
de vosotros dos fingiendo delante de ti resultaba ya
sobrehumano. Ocultar una nueva pena era superior a mis
fuerzas. Me imaginaba las próximas veladas de pizza con Gian,
que sin duda llegarían, los fines de semana en los que
presumiría de su nueva conquista. El espejismo se iba disipando
y me vi allí, frente a ti, como lo que era: alguien que llevaba
meses mintiéndote y en quien seguías confiando. Era
insoportable.
Hacer las maletas y marcharme sin explicación fue
imperdonable, pero si te lo hubiera explicado, te habría
destrozado. Te conozco, Grégoire. No habrías ido a partirle la
cara a Giancarlo ni a pedirle que se fuera del taller y de nuestras
vidas. Habrías buscado otro local, aunque para ello te hubieras
endeudado diez o quince años más. Además de a tu mejor
amigo, habrías aceptado perder a parte de tu clientela. Y eso

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que en la rue d’Hauteville solo te quedaban por pagar dos años
de préstamo…
Habrías hecho lo imposible por perdonarme, habrías
insistido en sacrificar lo que fuera, como siempre, y nada te
habría disuadido.
Yo no quería bondad ni perdón. No merecía tu indulgencia.
De todas formas, algo se había roto y lo único que sentía por ti
era un cariño pasado, lejano. Ya no soportaba que me tocaras.
¿Cómo íbamos a volver a empezar en esas condiciones?
Después de irme, estuve viviendo con mi madre, en la casa
de Le Vésinet. Le dolió mucho que nos separáramos, pero
tampoco a ella podía contarle la verdad. Fui a vaciar y limpiar
la habitación de Romain en París y ordené las cosas que
quedaban. No tenía nada más que hacer cuando dejé la
Biblioteca Nacional. Bajo un montón de ropa, en un cuaderno
de música, encontré las partituras de aquello que mi hermano
había llamado «La sonata absoluta».
Había unas diez o doce versiones.
Llamé a Géraud. Él estaba al tanto del proyecto, pero jamás
había visto el resultado.
Accedió a tocar para mí la última versión de la sonata, que
interpretó al clavecín con el que estudiaba. Recuerdo que los
postigos estaban cerrados, hacía buen tiempo y la temperatura
era demasiado agradable para el mes de abril. La sonata era
magnífica. No sabía decir si desgarradora, alegre o ambas.
Rompí a llorar cuando terminó de tocarla.
Géraud también lloraba, aunque es probable que lo hiciera
por otros motivos. Me confirmó que esta obra era muy superior
a una simple imitación. Mi hermano había estudiado a fondo las
composiciones de Scarlatti y había examinado sus estructuras,
sus colores y sus ritmos hasta tal punto que había adquirido un
conocimiento casi trascendental de la música del italiano. Había
escrito siguiendo los pasos del compositor no como un epígono
ni como un plagiador, sino como gran amante, como máximo
exégeta, como hijo espiritual. Una impregnación que se
acercaba mucho a la locura.
La partitura era su testamento.

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Dos días después, un anuncio circuló en la red de la
biblioteca. Un contrato de un año en Miami. El centro de
investigación de la Universidad de Florida buscaba un experto
que clasificara y autentificara manuscritos musicales. El
anuncio apareció dos veces. Lo leí con detenimiento una tarde
en Le Vésinet y me dije: «¿Por qué no?». Sabía leer música,
gracias a mi padre, y mi experiencia en el Departamento de
Manuscritos junto con mi formación como documentalista,
adquirida en la vieja tradición de las bibliotecas europeas, quizá
les resultara de interés.
Y, sobre todo, Miami estaba a miles de kilómetros.
Después de tres entrevistas por Skype, en las que la decana
parecía casi decepcionada porque no le discutí mi sueldo con
más énfasis, y un viaje de ida y vuelta para conocer al equipo,
conseguí el trabajo. Solo me quedaba pedir un permiso sin
sueldo. Aún tenía mis dudas, por mi madre, pero fue Giancarlo
quien hizo que me decidiera a dar el paso.
Después de tres meses de silencio, me envió un mensaje.
Según él, había entrado en «pánico». Se arrepentía. Quería
verme, que volviéramos a hablar.
¿Hablar? ¿Para decir qué? Un hombre que era capaz de
prometer la luna para luego romper en un abrir y cerrar de ojos
era un peligro público, y punto.
Dormía en el piso de mi madre, que iba vaciando día a día.
Colette nunca regresaría a él. Cuando me llamabas, para
cuestiones de facturas o de impuestos pendientes, percibía el
sufrimiento en tu voz. Me avergonzaba. Las pocas comidas que
compartimos fueron tan arduas que comprendí que era
imposible empezar de cero. Tú esperabas la reconciliación y te
agarrabas a cualquier indicio que apuntara a ella. Parecías
aferrarte a esa expectativa. Y yo ya no tenía nada que darte. Ni
a ti ni a nadie. La confianza, la dignidad, la fidelidad eran ahora
palabras vacías y yo anhelaba la paz, lejos, muy lejos del
fantasma de mi hermano ahorcado, de ti, de tu socio y de mi
culpabilidad.
Volar a Estados Unidos fue una liberación. Sin embargo,
soy consciente de que solo estaba huyendo y dejando atrás la
tierra que yo misma había quemado.

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No voy a contarte mi vida en Miami. No voy a hablarte de
la comida, ni del clima, ni de las preguntas que me hicieron los
de inmigración, ni de los compañeros que intercalaban
«manuscrito», «carrera» y «playa» en una misma frase. Nada de
aquello me resultaba familiar. La temperatura era agradable,
como si el invierno no existiera en ese lado del mundo. Desde
mi despacho, veía palmeras e hibiscos en flor. Nunca me había
sentido tan sola. No «socializaba» con mis compañeros, como
dicen los estadounidenses. Casi nada, o nada en absoluto. Me
mataba a trabajar y me dejaban en paz.
Cuando volvía a casa, bastante tarde, veía la televisión
francesa o inglesa en el canal europeo. En Francia nevaba;
nosotros estábamos a veintiséis grados. El mundo al revés.
Tú aún me escribías de vez en cuando. Yo te contestaba con
unas pocas líneas, lo más neutrales posible. Aunque no eran
esas las que me hubiera gustado enviarte, ¿qué sentido tenía
aprisionarte en una relación que ya no existía?
Sugerí que nos divorciáramos y te negaste.
No he insistido.
En cuanto a los últimos mensajes de Gian, los eliminé sin
leerlos.
En pocas ocasiones he sido tan infeliz como este año, pero
esos meses de aislamiento y de trabajo me han sentado bien.
Mejor que las mentiras y el dolor diario de la traición.
Una noche, viendo la tele, di con un documental de la BBC.
Narraba la historia de la falsificación de un manuscrito de
Shakespeare que había conseguido engañar hasta a los
conservadores de la Biblioteca Británica. En aquel momento,
me limité a admirar la hazaña, pero, unos días después, de
camino a la biblioteca, volví a pensar en ello. De ahí surgió la
idea. Creo que tenía demasiada culpa, rabia y amargura dentro
de mí: me sentía como una olla a presión que llevara meses
buscando una válvula de escape.
Soy consciente de que tengo mi parte de responsabilidad en
la muerte de Romain. Oh, mucha. No pretendo eludirla. Pero ¿y
los demás? ¿Dónde estaban los agentes, los programadores
musicales, los organizadores de concursos, los maestros que se
deshacían en elogios con mi hermano y acosaban a mi madre

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con correos electrónicos cuando aún estaba vivo? Después de
que se ahorcara, tan solo dos de sus profesores del
Conservatorio Nacional Superior de Música se molestaron en
enviar una carta sincera a Colette. Los demás, los que lo
perseguían día y noche, se contentaron con una tarjeta de
pésame. Algunos. Otros, nada en absoluto.
¿Cuántos fueron al funeral? Recibimos una corona de flores
de parte de la dirección del Conservatorio, A NUESTRO ANTIGUO
ALUMNO Y COMPAÑERO. Eso sí, salvo el antiguo jefe de
departamento, pocos acudieron, y el famoso mentor que había
obligado a Romain a presentarse al concurso de Brujas
desapareció tras la ceremonia.
Géraud fue el único que se molestó en hablar con mi madre
y conmigo.
No debería sorprenderme. Las enfermedades mentales
ahuyentan a la gente; el suicidio, aún más. Cuando estaba vivo,
cuando bailaba al son que le tocaban, en todos los sentidos,
Romain valía su peso en oro. Pero de nada sirvió que nuestra
madre hubiera informado al equipo docente de la enfermedad
de su hijo y de su vulnerabilidad. Apostaron por mi hermano
como si fuera un caballo de carreras, y el corcel, agotado, había
decepcionado a los corredores de apuestas.
Ellos debían de saber que también tenían su parte de culpa
en este drama, aunque no mostraran el más mínimo
arrepentimiento. Y nadie fue nunca a pedirles explicaciones.
Seguirían coleccionando medallas y honores. Seguirían
exprimiendo a otros jóvenes intérpretes hasta la última gota.
Era una injusticia repugnante.
El tiempo, en lugar de apaciguar mi ira, la atizó. Soñaba con
una venganza de la que no se libraría nadie. Una venganza
servida en plato frío, pero ejemplar, que les diera donde más
duele y que salpicara a todo el mundo, sin excepción. A los
maestros de Romain, a los especialistas en el pobre Scarlatti, a
los que opinaban de él y a quienes interpretaban sus obras.
Toda la secta recibiría su merecido.
Ahora sé que, en aquel momento, yo no estaba del todo
bien, que debería haberle confiado mis sueños de venganza a un

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psiquiatra. Pero ya no tenía a nadie a mi lado que pudiera
devolverme a la razón.
A menudo, soñaba con un plan. Al principio era muy vago,
pero se fue tornando más preciso. Tal vez no me habría lanzado
así si mi trabajo consistiera en examinar tratados teológicos
medievales, pero no había día que no pasara por mis manos una
partitura contemporánea de Scarlatti. Resultaba inevitable
pensar en ello.
De entrada, idear una estrategia constituía un pasatiempo,
una escapatoria, apenas una abstracción, una fantasía que me
hacía sentir bien.
No sé cuándo di el paso, en qué momento convertí aquella
proyección delirante en una realidad. Quizá cuando recibí la
carta de Gian. Una carta escrita a mano que había enviado a la
biblioteca a mi nombre. A saber cómo había conseguido la
dirección de mi trabajo. Volvía a la carga: que romper conmigo
había sido el mayor error de su vida, que no podía pasar página,
que querría dar marcha atrás. Me suplicaba que nos diera una
«segunda oportunidad». Se ofreció a venir a Miami.
Leí sus palabras, atónita. Para mí, las de un perfecto egoísta
que buscaba, más que nada, redimirse ante sí mismo y que
insistía, desde París, en exigirme una prórroga.
Tiré su carta.
A partir de entonces, el plan se convirtió en proyecto.
Gian también recibiría su merecido. Pero no por la misma
razón.
Lo usaría de correa de transmisión: el primer eslabón del
engaño. Con su talento innato para meterse en líos, estaba
segura de que involucrarlo sería la parte más sencilla de mi
empresa.
Ahí sí que estaba decidida, pero aún quedaba un largo
camino por recorrer: para lograr mis objetivos, necesitaría
material y un cómplice.
El material lo robé del almacén. Uno siempre imagina que
esos lugares son espacios ordenados en los que cada libro está
perfectamente localizado. En realidad, una biblioteca es un
cuerpo móvil, en constante movimiento, en el que los libros
navegan, dan vueltas, se hunden y reaparecen. Por no hablar de

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los fantasmas, de los que se pierden en una estantería y se
encontrarán diez años después, ni de las obras que se pulverizan
cuando se abren por primera vez en dos siglos.
En los almacenes, donde entran y salen las obras recién
llegadas y las que están en proceso de restauración, se
encuentra de todo. Y tenía la suerte de trabajar en una colección
que aún no se había inventariado. Solo necesitaba localizar un
libro de música o una colección de partituras con las últimas
páginas en blanco. Después de tres semanas, me topé con una
verdadera joya. Me quedaba escoger el día y la hora oportunos
para llevar a cabo el robo. El escamoteo, doce páginas en
blanco y el cartón de la encuadernación, era insignificante.
Nadie lo notaría.
Desde el punto de vista deontológico, era otro cantar. Si me
hubieran pillado infraganti, no solo me habrían despedido en el
acto, también podría haber perdido mi trabajo en la Biblioteca
Nacional. No se mutilan documentos de hace tres siglos sin
consecuencias; claro que, tras la muerte de Romain, mi rectitud
había desaparecido: ya no creía en las reglas, ni en el orden, ni
en la justicia.
Me faltaba un cómplice. Esperé a mi regreso a Francia,
donde estaría una semana por Navidad. No quería que mi madre
pasara sola las vacaciones. Me costó decidirme a contárselo a
Géraud. Temía que pensara que estaba loca. Pero tampoco para
él la muerte de Romain era un asunto cerrado. Recordé las
duras y amargas palabras que dedicó a los profesores y al
mundo de la música. Estaba convencido de que eran ellos
quienes habían llevado a Romain al límite.
Quedé con él. Había decidido poner mis cartas sobre la
mesa, sin importar el riesgo. En el peor de los casos, Géraud se
negaría a ayudarme y yo trataría de hacer por mi cuenta lo que
tenía en mente. En la École Nationale des Chartes, había
aprendido a transcribir el siríaco y el arameo y, gracias a mi
padre, sé escribir música. Copiar la partitura de Romain, a pesar
de sus numerosas anotaciones, no supondría un obstáculo
insalvable.
Y, si no lo conseguía, abandonaría el enrevesado plan y
volvería a la realidad.

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El joven clavecinista escuchó la exposición de mi estrategia.
No le oculté los riesgos.
Aceptó de inmediato.
Le había dicho lo culpable que me sentía por la muerte de
Romain. Me cortó en seco: «Sí, pero tú le querías». Él tampoco
podía aceptar que alguien con un talento que debería abrir todas
las puertas del mundo acabara con una soga al cuello a los
veintiséis años. Vi que estaba, al igual que yo, atormentado por
el remordimiento y la impotencia.
Le di a Géraud el cuaderno de música de Romain y las hojas
que había robado. En Miami saqué algunas fotos de partituras
del siglo XVIII para ayudarle a perfeccionar la imitación. Dijo
que se pondría en contacto conmigo.
Aproveché los días que quedaban antes de mi regreso para
contactar con agentes inmobiliarios. Siempre ha habido mucha
rotación en esa zona, así que tenía posibilidades. El resto del
tiempo lo pasé con mi madre, en Le Vésinet. Cumplí mi
promesa: ni te llamé ni te escribí. Seguía convencida de que
estabas mejor sin mí. En cualquier caso, ya no había nada que
hacer.
Colette había envejecido mucho. Quería que regresara a
Francia. Aún abrigaba la esperanza de que volviera a vivir
contigo. Me hubiera gustado poder explicarle por qué no era
posible, pero ya tenía bastante. Me acusó de estar huyendo del
dolor por la muerte de Romain. Desde que un abogado la
disuadió de demandar al Conservatorio —según él, no tenía
posibilidad alguna—, se había encerrado en su desconsuelo.
Lloró mientras me acompañaba al aeropuerto.
Al cabo de un mes, recibí las fotos de las primeras pruebas
de Géraud. El resultado era sorprendente. Había estudiado la
letra de los copistas del siglo XVIII y había asimilado sus formas
a la perfección. Me escribió diciendo que se alegraba de poder
ayudar. Le di el visto bueno para que comenzara a copiar la
sonata de Romain en el papel de aquella época. Teníamos
suficiente como para hacer dos copias. Cuando recibí las fotos
dos meses después, constaté que ni un falsificador profesional
habría conseguido un resultado mejor.
Le ofrecí dinero, pero lo rechazó.

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Lo único que me pidió fue que le prometiera que seguiría
adelante con el plan hasta el final.
Imprimí las imágenes de la copia y las metí en un sobre.
Nunca lo abrí, pero ahí estaban, como un recordatorio
constante, una amenaza radiactiva. A veces pensaba que debería
haberlo parado. Había trazado un plan disparatado para
liberarme de mi ira, pero del dicho al hecho… Sopesé, por
enésima vez, los riesgos, las incógnitas y las incertidumbres.
Había tantos que el fracaso estaba prácticamente garantizado.
Sin embargo, algunos días me entraban ganas de coger el
primer avión para dar comienzo a la partida.
Cuando, tres meses después, la agencia me dejó un mensaje
diciéndome que había un piso disponible en el número 10, lo
interpreté como una señal. Estaba en el segundo bloque, en la
parte trasera, en la segunda planta. Desde allí arriba, acecharía
la entrada a tu taller y al de Giancarlo. A distancia, hice una
transferencia con la fianza y tres meses de alquiler por
adelantado. Ironías del destino, lo pagué con la herencia que
había recibido tras la muerte de Romain.
Cuando me fui, insististe en que me quedara con las llaves
de nuestro piso. Por si acaso, decías. En ese llavero, tenía
también una copia de las del taller que nunca te devolví. Iban a
serme muy útiles, aunque no como habrías imaginado.
Te hice creer que había prolongado mi estancia en Florida,
pero era mentira. Rechacé el contrato de tres años que me
ofrecieron y volví en otoño, casi tres años después de la muerte
de Romain.
Lo primero que hice fue visitar su tumba en el Père
Lachaise. Lo segundo, ir a la agencia a recoger las llaves del
piso. Lo tercero, ir al taller de Gian.
Cuando estaba en Miami, los fines de semana solía ir a
pasear por el Parque Nacional de los Everglades o por Cayo
Hueso. La naturaleza allí es exuberante; no te haces a la idea de
cuánto. Me sentaba en la playa y contemplaba las olas, a la
gente en pantalones cortos y a las chicas en patines. Me sentía
lejos de todo. Pensaba en Bretaña, en las vacaciones en familia,
cuando nuestro padre aún vivía. A menudo me entraban ganas

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de dejarme de planes y partituras, de firmar el contrato y
sumergirme en aquella vida de exilio, olvido y sol.
Pero estaban mi madre, Géraud y mi promesa. Había
involucrado demasiado al amigo de mi hermano como para
echarme atrás ahora.
La sonata era el denominador común. Era el cebo perfecto.
Al haber estado tan cerca de unos y de otros, me encontraba en
condiciones de medir el poder de sus egos y sus aspiraciones.
Suscitaría en ellos una codicia desmesurada y luego una
decepción en consonancia con las esperanzas que yo misma
habría motivado. Quería que sintieran un arrepentimiento
insoportable. Una frustración que no los abandonara, que los
persiguiera durante años. En realidad, quería que sufrieran lo
mismo que sufrimos mi madre y yo. Ahora veo que la culpa,
además de cegarme, me desbordó, y acabé derramándola sobre
los demás, como una presa que suelta agua después de una
fuerte lluvia.
Al principio, pensé en dejar la sonata falsificada en una
tienda de música de segunda mano, entre las viejas partituras de
papá. Fingiría habérmela encontrado en un desván. Géraud me
había hablado de fórums de internet y de grupos en línea:
bastaría con iniciar un rumor y difundir la información en el
lugar idóneo. También se me ocurrió contactar con algún
profesor del Conservatorio o de la universidad, pero lo descarté
porque, de hacerlo, mi identidad quedaría al descubierto.
Involucrar a Gian fue más complejo. Al mismo tiempo, si
salía bien, le daría una gran credibilidad a mi plan. Es, como
suele decirse, un pez gordo en el mundo de la lutería: se fiarían
de él.
Para ello, la partitura tenía que llegar a sus manos. La mejor
solución era que pasara por un intermediario del que nunca
desconfiaría: tú.
Que vuestros talleres fueran contiguos me puso las cosas
muy fáciles.
Escondería la partitura en algún atril o tras algún forro. La
mitad de los miembros de la Orchestre National d’Île-de-France
pasaban por vuestros talleres. Si la encontrabas —y me

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aseguraría de que lo hicieras—, se la enseñarías a Gian. Sabía
que tu honestidad no te permitiría actuar de otro modo.
Lamento haberte utilizado, Grégoire. Nunca debí haberlo
hecho, pero estaba tan obcecada que perdí el sentido de la
realidad. Quise convencerme de que no tendría ninguna
consecuencia para ti. Quise pensar que le devolverías aquel
objeto a tu socio y que no oirías hablar más del tema.
Me lo estaba jugando todo a una carta. Tal vez Gian
intentaría devolver la partitura al dueño. Tal vez este diría que
la partitura no le pertenecía. En tal caso, la partitura se quedaría
cogiendo polvo durante meses o años en el fondo del taller. O
quizá Gian la guardaría para sí e investigaría quién era el
verdadero propietario. Se la enseñaría a alguien y alguno de
esos musicólogos pedantes o algún profesor del Conservatorio
mordería el anzuelo. O, por último —la hipótesis, para mí, más
plausible—, intentaría venderla… Siempre debía dinero; era un
caso perdido. Solía pedirte cien euros o buscaba liquidez como
fuera. Y ahora un documento raro, puede que de gran valor, iba
a caerle del cielo, de la nada.
Conociéndolo, apostaba diez a uno a que intentaría sacarle
provecho.
En cualquier caso, se produciría un revuelo. La falsificación
de Géraud era de tal calidad —el papel daba el pego; la tinta,
aunque la escogimos con gran esmero, era otro cantar— que
estaba destinada a causar un gran impacto en cuanto saliera a la
luz. Y, cuando se destapara el engaño, la comunidad musical al
completo descubriría que Gian era un fraude. Todo encajaba a
la perfección, porque eso es exactamente lo que él era.
Desde luego, mi plan adolecía de la fragilidad de un castillo
de naipes. ¿Cómo iba a saber yo si actuarían según lo que había
vaticinado? Visto desde fuera, un engranaje tan dudoso estaba
condenado al fracaso; aunque, si uno se paraba a pensarlo, el
margen de error no era tan grande cuando se conoce a los
protagonistas. El truco estaba en esperar el momento oportuno.
En el peor de los casos, recurriría al plan B.
Cuando me instalé en la rue d’Hauteville —Géraud me
ayudó a traer una silla, una mesa y un colchón—, comencé a ir
a escondidas a tu taller por la noche. Dios, qué duro fue volver

Página 242
a ese lugar. Al principio, me daba miedo cruzarme contigo en el
patio o que me reconocieras… Aguardaba a que te fueras, pero
a veces me quedaba dormida porque trabajabas hasta
medianoche. Me sentía fatal por ti: no había nadie esperándote.
Durante mis visitas nocturnas, echaba un vistazo a los
objetos en los que te afanabas. Una vez creí haberme topado
con una oportunidad: un precioso estuche de atril de madera;
pero, por desgracia, ya habías comenzado a restaurarlo. Para
aliviar mi aburrimiento, entré por la puerta que unía ambos
talleres —la llave estaba donde siempre— y me puse a
fisgonear entre los papeles de Gian, sus facturas y extractos
bancarios. Todo estaba, como de costumbre, desperdigado por
su escritorio. No me equivocaba: acumulaba deudas. Estaba
segura de que había vuelto a jugar.
El tejemaneje duró varias semanas. A veces me despertaba
en plena noche, sudando y asustada por mi propia deriva. ¿Qué
sentido tenía todo aquello? ¿Qué estaba haciendo instalada
frente al taller de mi marido sin que él lo supiera? Sentía que
me encontraba en una pesadilla absurda que yo misma había
guionizado. Me imaginaba que llamaba a la puerta de tu taller,
que te decía que había vuelto a casa y que ponía fin a, este
delirio.
Entonces todo regresaba como un torrente. El recuerdo del
rostro amoratado de Romain en la morgue, mi madre rota de
dolor, las manos temblorosas de Géraud. Gian y sus promesas,
su impunidad, todo. La ira y la insoportable impotencia que no
me habían abandonado desde que leí el diario de mi hermano
embistieron de nuevo. Esta vez, con más fuerza si cabe,
potenciadas por la certeza de que había ido demasiado lejos
para echarme atrás.
Aún no había encontrado el escondite adecuado. Empezaba
a desesperarme. Me estaba planteando activar el plan B y llevar
la segunda partitura a una librería cuando una tarde vi un viejo
estuche de madera en un rincón de tu taller. Un estuche de
violonchelo, enorme, de forma cuadrada, insólita. Parecía muy
antiguo y la tapa estaba ornamentada con nácar. Gian había
escrito en un post-it: «Le Guern: cambiar puente + restaurar
estuche. G.».

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Lo abrí. Estaba vacío. La tela que cubría el fondo estaba
desgastada, deshilachada y se había rasgado unos diez
centímetros. La acaricié y cedió a mis dedos. Había conseguido
dar con el escondite perfecto. El estuche parecía tan antiguo que
el subterfugio sería aún más convincente.
Deslizar la partitura bajo la tela fue un juego de niños. El
fondo se ensanchaba, no me costó ningún esfuerzo introducir el
cuadernillo. Sabía que te lo encontrarías cuando cambiaras el
forro.
Al cerrar la puerta, sentí emoción y miedo a partes iguales.
Tras varias semanas de intentos fallidos, la suerte al fin me
había sonreído. Ojalá hubiera podido estar allí al día siguiente
para saber si el plan había funcionado. Al mismo tiempo, tenía
la inquietante sensación de no ser yo quien tomaba aquellas
decisiones, de que mis paseos nocturnos formaban parte de una
pesadilla a la que aún estaba a tiempo de ponerle fin.
Me colé en vuestros talleres casi todas las noches aquella
semana. Me esmeré en no tocar nada. La primera noche me di
cuenta de que habías retirado el viejo terciopelo del estuche y
de que la partitura había desaparecido: un punto para mí.
No la vi durante varios días. Luego, reapareció en el taller
de Gian, encima del estuche del violonchelo, como si fuera a
devolvérsela a su dueño. Me llevé un chasco, pero me dije a mí
misma que algo habría tramado durante ese tiempo. A lo mejor
Gian había hecho una copia.
Mientras volvía al piso, me puse a especular. ¿Y si no había
hecho una copia? ¿Y si le era indiferente? ¿Y si el dueño del
violonchelo no le daba ninguna importancia? ¿Acaso todo este
esfuerzo y estos meses de preparación habían sido en vano? En
cuanto a la partitura, aún me quedaba una carta, pero ¿y Gian?
Fui consciente de que llevaba clavado tan dentro el deseo de
vengarme de él como el de hacer justicia a Romain. El
resentimiento y el dolor resurgieron de inmediato: el pozo
negro al que caí cuando me dejó, sus promesas, mi espanto
cuando reparé en lo ingenua que había sido… Y, sobre todo, la
rabia que me dieron sus conatos de reconquista, que no me
habían dejado espacio para volver a levantarme. Para intentarlo,
no me quedó otra que huir de mi propia vida.

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Sin pensármelo dos veces, aprovechando que el edificio
entero aún dormía, bajé las escaleras de nuevo. Robé dos
instrumentos y me los llevé a mi apartamento de un dormitorio.
En el taller, diseminé varias herramientas y papeles, y
desperdigué algunos instrumentos en el suelo para simular un
robo.
En el último momento, vacilé. ¿Debía dejar allí la partitura?
El robo me ubicaba en una categoría bien distinta. Ya no
estábamos hablando de una estafa, sino de hurto y receptación,
delitos sancionables con penas de cárcel. Pensaba devolver los
instrumentos, por supuesto, pero más adelante, cuando Gian se
viera sobrepasado por la angustia y las dudas. De repente, temí
que encontraran mis huellas dactilares en el papel o, peor aún,
las de Géraud. Me dio miedo que, de algún modo, consiguieran
llegar hasta nosotros a través de él. Me dejé llevar por el pánico
y arramplé también con la partitura.
A la mañana siguiente, me fui de París diez días, a casa de
mi madre, en Le Vésinet. Le había hecho creer que había
retomado mi trabajo en la biblioteca a tiempo parcial. Cuando
se suponía que iba a trabajar, me subía al metro, paseaba por las
calles, entraba en cafés y buscaba librerías especializadas en
música. Me corté y teñí el pelo y me compré unas gafas
oscuras. Salvo cuando acudía a la calle d’Hauteville, nunca
tenía miedo: nadie esperaba verme, nadie me reconoció.
Después de mucho buscar, encontré una librería
especializada en música antigua. La mejor de París, según había
leído en internet. Su catálogo incluía documentos antiguos y
manuscritos. Con el pretexto de ir a vender la casa familiar, fui
a ofrecerle algunas partituras, las que mi padre utilizó durante
sus estudios. El librero las examinó amablemente. Entonces le
mostré la que Géraud había copiado. Jugué la carta de la clienta
ingenua e indecisa, reacia a desprenderse de un objeto cuyo
precio desconocía. Cuando tuvo la copia delante, el rostro del
hombre cambió casi imperceptiblemente. Me pidió permiso
para observarla más de cerca.
Después de examinarla, dijo que aquel documento anónimo
no tenía gran valor, que era una copia banal y sin firmar. Me

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ofreció una suma irrisoria por ella y yo fingí pensármelo. Le
aseguré que hablaría con mi marido al respecto y que volvería.
Por su mirada, supe que había picado.
En Le Vésinet, los fines de semana eran monótonos:
partidas de Scrabble con mamá, lectura y algunos paseos. Una
especie de encierro sin encanto en el que pensé mucho en ti. Me
aliviaba estar allí y no en la rue d’Hauteville. Sin embargo,
regresé. Veía tus idas y venidas. Te veía vivir. Llegabas al taller
al amanecer y te marchabas por la noche. Tu soledad me
entristecía. Hubo momentos en los que pensé que, de no ser por
la aventura con Gian, podríamos haber empezado de cero;
otros, que me engañaba a mí misma. Nuestro matrimonio se
había malogrado, se había roto en mil pedazos tras la muerte de
Romain. Te había hecho un daño infinito al abandonarte. Lo
mejor que podía hacer por ti era dejarte en paz y no envenenarte
con mis remordimientos, como Gian me había envenenado a mí
con los suyos.
Antes de irme de Miami, le di la postal metida en un sobre a
un compañero para que la enviara cuando llegara la hora. Era
parte del plan. Si tú supieras cuánto tiempo me costó escribir
aquellas pocas líneas… ¿Qué palabras escoger para hacerte el
menor daño posible?
Verte, aunque fuera de lejos, me obligó a hacerme algunas
preguntas. ¿Y si te explicara, al menos en parte, por qué me fui?
¿Te habría ayudado? ¿Aún estaba a tiempo? Te juro que,
mientras te miraba por la ventana, me planteé mil veces bajar y
dar unos toques al cristal. Te confesaría que había tenido una
aventura con otro hombre, sin mencionar a Gian. Te hablaría
del diario de Romain y del sentimiento de culpa. Te contaría
que me derrumbé, que ya no soportaba mentirte y que por eso
hui. Te merecías saber que no era cosa tuya. Comencé a buscar
el momento idóneo para hacerlo: ¿una noche, cuando Gian se
hubiera marchado? ¿O mejor llamarte y pedirte que quedáramos
un domingo? ¿Y si mi visita reabría viejas heridas? La duda me
paralizó.
Gian había vuelto a fumar. Lo veía salir cada dos por tres al
patio para encenderse un cigarrillo. Su silueta despertaba en mí,
por mucho que quisiera negármelo, sentimientos muy distintos:

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odio, emoción —aunque me lo prohibiese— y, sobre todo, una
enorme inquietud, un agujero negro en las entrañas. Las
semanas que siguieron a la ruptura tornaban como una gran ola
de ansiedad; los motivos por los que acabé en sus brazos,
también. Todo me llevaba, inexorablemente, a la muerte de mi
hermano.
Durante sus descansos, le veía comprobar constantemente el
móvil. Una noche, cuando me colé de nuevo en su taller, abrí su
portátil. Llevaba tres años sin molestarse en cambiar de
contraseña.
Accedí a sus listas de clientes y a sus correos electrónicos.
Hasta a sus mensajes de texto. Aparecían nombres de chicas a
diestro y siniestro. Eso tampoco había cambiado. Después de
mí, fueron Marie, Samira, Irène, Sibylle, Élodie e Iréne de
nuevo. Habría más, seguro. Como había presagiado, Gian había
vuelto al juego. Recibía mensajes con amenazas de un tal
Budzynski. Cogí el hábito de leer su correo. Banco, seguros,
clientes: la desaparición de los violines le había causado
bastantes estragos. Y, para colmo, ahora sus acreedores le
acechaban.
No me consoló nada enterarme. Al contrario, me pregunté
en qué me había convertido la vida, cómo había acabado
revisándole el correo a las dos de la mañana, con la esperanza
de hacerle daño, a un hombre al que una vez quise. A veces me
asqueaba; otras, me convencía de que era una especie de
defensora de la justicia, de las que castiga a los mentirosos y a
los impostores. Una noche, me topé con un mensaje firmado
por un tal De Jonghe. Hablaba de una «partitura». ¿Se había
quedado mi plan en agua de borrajas, tal y como temía? Otro
mensaje, esta vez tuyo, mencionaba tina reunión con «Manig
Terzian». Se me aceleró el corazón. Esa mujer, a la que tanto
había admirado como intérprete, fue una de las profesoras de
Romain y él la consideraba un modelo. También ella había
guardado silencio tras su muerte. ¿Cómo conseguiste dar con
ella? ¿Le hablaste de la partitura? Para que una música de su
talla aceptara reunirse con vosotros, teníais que haberle contado
algo…
No había previsto algo así. Era completamente inesperado.

Página 247
El plan improbable que había urdido un año antes, a siete
mil kilómetros de distancia, por fin se había puesto en marcha.
Sin embargo, no sentí el placer esperado. Al contrario. En
mis pesadillas, me veía esposada y sentada frente a un juez,
preguntándome si, en el fondo, no era eso lo que quería: recibir
un castigo definitivo. Sobre todo, me preocupaba que estuvieras
implicado en las negociaciones. Jamás hubiera imaginado que
te involucrarías en este asunto.
Todavía estaba a tiempo de detener este desmadre:
devolvería los instrumentos, cancelaría el contrato de alquiler y
quemaría las dos partituras falsas.
Pero, entonces, ¿qué quedaría de mi hermano? Esta sonata,
que llevaba reproduciéndose una y otra vez en mi cabeza desde
que Géraud la había tocado para mí, era su parte más sensible.
Puso en ella todo su empeño, hasta extinguirse. Pensar que, más
allá de la muerte, Romain continuaba siendo el maestro de
ceremonias y que su música seguía viva me procuraba un
insólito apaciguamiento.
Cuando, la noche del concierto, Manig Terzian tocó la
sonata, presencié la reacción del público, conmovido y
entusiasmado. Mi hermano era un intérprete excepcional, pero
también un magnífico compositor. Fui consciente de ello en
aquel preciso instante. Pensé en mi padre, en lo orgulloso que
habría estado. Algún día le pediría a Géraud que leyera el resto
de las partituras y revelaría quién era el verdadero autor de
aquella obra. Quiero que el mundo conozca su nombre, Romain
Desbarèdes, y que escuche la belleza de su melodía, de esa
canción que se había visto ahogada por la ambición y la
presión.
Me quedaba Gian… Quería hacerlo sufrir un poco más.
Indagando en su ordenador, leí los mensajes de las otras chicas
que habían corrido la misma suerte que yo. Primero, la
avalancha de palabras tiernas, las promesas y, luego, el silencio.
Decían que no entendían nada, pasaban por todas las fases,
desde la desilusión hasta el resentimiento. Una de ellas, Élodie,
lo había pasado especialmente mal. Me reconocí en cada
palabra que había escrito.

Página 248
Calculé las fechas: cuando Gian me mandó aquella carta a
Florida en la que proponía visitarme y en la que me juraba su
amor, se estaba viendo con una tal Nora. Qué asco.
A ti también ha estado engañándote durante años. También
contigo se ha comportado como un egoísta y un irresponsable:
un parásito que confía en que le sacarás de cada atolladero, que
acudirás a su rescate siempre que cometa una estupidez. Si me
hubiera dado cuenta antes, jamás te habría animado a asociarte
con él.
Caí muy bajo cuando destrocé el prototipo que acababa de
terminar. Fue un acto degradante y me arrepentiré durante
mucho tiempo. Pero quería que su creador supiera lo que se
siente cuando uno cree que ha alcanzado la felicidad y le quitan
la venda de los ojos. Quería que le atormentaran la pérdida y la
incomprensión igual que me asediaron a mí tras nuestra ruptura,
tras la muerte de mi hermano.
Lo sé: se me cruzaron los cables.
Y ¿qué pintabas tú en todo esto?
No creas que no le he dado vueltas. Cuanto más tiempo
pasaba observándote desde el piso de enfrente, más me
percataba de lo brutal que había sido mi marcha. No podía
seguir dejándote en la ignorancia. Estaba decidida a hablar
contigo.
Pero, una mañana, observando casi por inercia tus idas y
venidas, vi a una joven dirigirse a tu taller. Reconocí su figura y
su pelo corto: fue ella quien acompañó en el escenario a Manig
Terzian en el concierto. Recordaba su nombre, Alice, por los
mensajes de Gian, en los que se hablaba de un viaje que ibais a
hacer o que habíais hecho juntos.
Salisteis hacia mediodía y os comisteis un sándwich en el
patio. Os observaba por la ventana. Antes de irse, te abrazó y te
dio un beso. Parecía un beso de verdad, casi el de una
enamorada. Me embargó una sensación extraña, un desgarro
ínfimo, un breve vértigo. Nuestro matrimonio acababa de morir
definitivamente, ante mis ojos, en ese preciso instante.
Al mismo tiempo, quise pensar que, si mi venganza al
menos había propiciado que conocieras a una mujer, había
servido de algo.

Página 249
Para saldar las cuentas, por tanto, envié el vídeo. Que Gian
piense lo que quiera. Díselo, si quieres. Aunque dudo que
necesite una explicación.
He de confesarte una última cosa. Imaginar una venganza
procura un gran alivio; llevarla a cabo resulta sórdido. Las
heridas que infliges no reparan las que has recibido. No
volvería a hacerlo. He perdido más de lo que he ganado. Para
Romain no cambiará nada. No importa lo que sientan, tanto
unos como otros, al ver arder el manuscrito de la partitura. Eso
no me devolverá a mi hermano.
Algún día tendré que enfrentarme a mi propia culpa, a
aquella que intenté ocultar, que me poseyó por completo y me
llevó a la obsesión con los preparativos de este plan.
¿Y mientras? Me vuelvo a marchar. Otro puesto temporal,
casi tan lejos como el de Estados Unidos. Me permitirá
posponer mi regreso a Francia un año más, pero al final
volveré, por mi madre. Y, si me descubren, si me toca
responder de las consecuencias de mis actos ante la ley, no
escaparé. En mi caso existen lo que creo que llaman
«circunstancias atenuantes». Solo te voy a pedir una cosa: no
delates nunca a Géraud. Se ha limitado a secundar un plan que
no era el suyo.
¿Recuerdas lo que escribía Scarlatti en el prefacio de sus
sonatas?
Vive felice.
Me encantaría que fueras feliz, Grégoire. Y, si la felicidad,
ya se llame Alice o de cualquier otra forma, se presenta ante ti,
por favor, no la rechaces.
Espero que algún día, si así lo deseas, volvamos a vernos y
a hablar cara a cara, como un hombre y una mujer que se han
querido mucho y que han compartido mucho antes de que la
vida los separara.
Por ahora, solo quiero silencio. Nada más que silencio.

Un abrazo,
Flo

Página 250
NOTA

Este libro es una ficción. Parte de los elementos biográficos


—reales— sobre la vida de Scarlatti pueden encontrarse en la
obra de referencia de Ralph Kirkpatrick. Scarlatti sí conoció al
músico inglés Thomas Roseingrave, pero la relación epistolar
entre ambos y la partitura que se le entrega a Roseingrave, así
como sus cartas y su testamento, son pura invención, al igual
que la existencia de Amos Blok y su historia.
Ralph Kirkpatrick, intérprete y autor del catálogo revisado
de la obra de Scarlatti, estaba convencido de que, a pesar de su
colosal trabajo, no se había inventariado la totalidad de las
sonatas debido a la multiplicación de las copias y a su
dispersión. El trabajo de Águeda Pedrero Encabo ha permitido
desde entonces la autentificación de varias sonatas inéditas.
También hay varias sonatas «falsas» de Scarlatti. Una de ellas
compuesta por Scott Ross para su grabación completa de las
sonatas en los años 1985 y 1986. Se emitió en France Musique
el 1 de abril de 1985, bajo el título Pieza en do mayor del
manuscrito de Assas, publicada por Pesci.

Página 251
Gracias a mi amiga, cómplice y compañera Caroline Lunoir,
con quien compartí el nacimiento y las vicisitudes de este
proyecto.
A mi colega Elsa Chaarani por las traducciones al italiano y
a mi egregia Eva Büchi por el egregio professore.
A los que acompañan mis años, mis horas y mis días:
Martha Argerich, Racha Arodaky, Alfred Cortot, Célimène
Daudet, Lily Kraus, Katia y Marielle Labèque, Yvonne
Lefébure, Vikingur Olafson, Olga Pashchenko, Maurizio
Pollini, Anne Queffélec, Jean Rondeau, Christophe Rousset,
Justin Taylor, Alexandre Tharaud, Blandine Verlet y Paolo
Zanzu (por nombrar algunos).
A Scott Ross: la enfermedad se lo ha llevado, pero la
música que nos dejó, con su fuerza, su alegría y su luz, es
inmortal.
A Serge T., que me hizo escuchar a Scarlatti por primera
vez hace más de treinta años.
Por último, gracias a mi amiga Cristina Diego Pacheco, a la
que tanto debe este libro, que ha bebido de nuestras
conversaciones, de sus explicaciones, de la información que
encontró para mí y de su íntimo conocimiento de la música.
Vive felice.

Página 252
HÉLÈNE GESTERN (Nancy, Francia, 1971) vive y trabaja en Nancy.
También es profesora-investigadora en la Universidad, donde está adscrita a
un laboratorio especializado en el estudio del léxico.
Su primera novela, Ellos en la foto / Eux sur la photo (2011), narra la
investigación de dos personajes en busca de la historia de sus padres, a partir
de unas fotografías. Recibió numerosos premios y fue un gran éxito entre los
lectores. Interesada en la historia de la fotografía y la escritura autobiográfica,
estos temas han articulado siempre su obra.
Otras obras son: Le Chat (2013), La Part du feu (2013), Portrait d’après
blessure (2014), El olor del bosque / L’Odeur de la forêt (2016), Un vertige
(2017), L’Eau qui dort (2018), Armen (2020), 555 (2022).

Página 253
Notas

Página 254
[1]Hace referencia a Coblenza, una ciudad del centro de Alemania. (N. de la
T.) <<

Página 255
[2] Referencia al Programme Commun, un programa de reformas que
firmaron, en 1972, los líderes del Partido Sodalista, del Partido Comunista y
del Partido Radical de izquierda franceses. (N. de la T.) <<

Página 256

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