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Coment 17-7-08

En el Evangelio, Jesús se presenta como el descanso para el hombre, invitando a todos los cansados y agobiados a acercarse a Él para encontrar alivio. A través de su enseñanza, se revela que la verdadera plenitud y satisfacción se encuentran en la relación con Él, quien ofrece gracia y apoyo en lugar de exigencias insoportables. Al aprender de Jesús y cargar con su yugo, se transforma la búsqueda de felicidad en una experiencia de paz y propósito eterno.

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Coment 17-7-08

En el Evangelio, Jesús se presenta como el descanso para el hombre, invitando a todos los cansados y agobiados a acercarse a Él para encontrar alivio. A través de su enseñanza, se revela que la verdadera plenitud y satisfacción se encuentran en la relación con Él, quien ofrece gracia y apoyo en lugar de exigencias insoportables. Al aprender de Jesús y cargar con su yugo, se transforma la búsqueda de felicidad en una experiencia de paz y propósito eterno.

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En el Evangelio que escuchamos hoy Jesús se propone como descanso para el hombre.

Con razón escribió el P. Severiano del Páramo que “con que sólo se hubieran
conservado las palabras de Jesús que leemos en los tres últimos versículos de este
evangelio, merecería este evangelista el reconocimiento de toda la humanidad”. Ayer
veíamos cómo, antes de esta apertura que Jesús hace de su corazón, ofreciéndolo como
apoyadero para todos los hombres, hay otro dato que nos sorprendía: su acción de
gracias.

Después Jesús se nos mostraba como el camino que conduce al Padre y, ante el temor
que pueda suscitarse en nosotros por ponernos en manos de alguien que ha elegido el
camino de la sencillez para acercarse a nosotros, Jesús hace esta proclama
admirable:”Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. El
hombre, todo hombre, se cansa intentando satisfacer sus deseos de felicidad. Se cansan
los individuos y se agotan las sociedades en la búsqueda de una plenitud que no logran
alcanzar. El cansancio aparece como signo de una derrota que se transforma en
desesperanza. La juventud de las personas y de los pueblos conduce, por lo general, a un
agotamiento, porque el paraíso que se prometían alcanzar no llega, y cada día se hace
más costoso cargar con lo que se ha conseguido.

Jesús se propone a sí mismo como descanso para el hombre. Ello supone un dejarse
instruir por Él, y se traduce en realizar todas las cosas con Él y para Él. En Jesús, por su
condición divina y humana, todo el trabajo de su vida estaba íntimamente unido a la
plenitud de la eternidad. Cargar con su yugo, es decir, sujetarse a Él, comporta realizar
las tareas con valor eterno. Aprender de Él, de su corazón, implica la satisfacción por el
bien. Nada se pierde, ni deben realizarse sobreesfuerzos para mantener lo conseguido.
Como señala un autor anónimo de los primeros siglos: “No estamos nosotros para
auxiliar a la gracia, sino que la gracia se nos da para nuestro auxilio”.

Podemos también preguntarnos si la carga de Jesús es verdaderamente ligera. Mucha


gente no opina de esa manera y les parece que el Evangelio conlleva unas exigencias
insoportables para la mayoría de los hombres. Lo cierto es que Jesús une la carga que
nos ofrece al hecho de descansar en Él. Primero hay que acercarse al Señor y descubrir,
a su lado la belleza de todo lo que nos propone. Descubriremos, así mismo, que no sólo
pone ante nosotros un camino que debemos seguir, sino que Él nos ofrece la gracia para
que seamos capaces de Él. Antes que unos mandamientos lo que nos da es la gracia.

A su lado salimos del cansancio y agobio de buscar la felicidad con nuestras propias
fuerzas para acabar siempre insatisfechos. La plenitud que deseamos se encuentra en su
persona y, como dice san Pablo al darnos cuenta de eso todo nos parece basura a su
lado. El mismo Apóstol señalará que nada, ni la dificultad mayor, podrá separarnos del
amor de Jesucristo.

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