Monigote carbón
Laura Devetach
Micael, el monigote, despertó una mañanita celeste dibujado sobre la pared. El
sol al hacerle cosquillas, lo hizo reír a carcajadas, porque Micael era alegre y
saltarín como una pelotita. Lástima que su destino fuera estar siempre
estampado con carbón en esa aburrida pared.
Primero se divirtió mucho mirando pasar a la gente. Los chicos blancos de la
escuela, la abuelita de la gran bolsa del mercado, Pepa —la sirvienta— que
siempre soñaba con un novio, la mujer gris que iba lagañosamente a la iglesia
todas las mañanas.
Mucha gente había reparado en él, "¡qué gracioso monigote!" —decían—,
"pero..." —y aquí venía la gran pena de Micael—, "pero lástima que le falte un
ojo".
Así era. El pobre Micael se enteró que no era un monigote completo con cabeza, ojos, nariz y un pequeño
pitito guardado. Supo con pena que le faltaba un ojo. Se puso a soñar con otro ojo, redondo, nuevito, que
descansara junto al que ya tenía como si fuera un agujerito hecho por el dedo de un niño.
"Ah—pensaba—, ¡si alguien me dibujara otro ojito, un puntito tan solo, un redondito negro dentro de la
cara!"
Pero a nadie se le ocurría tal cosa. Micael vivía sin amigos. A veces se le posaban las moscas encima,
para tomar sol; pero las moscas eran tontas, y cuando él les hablaba se limitaban a tantearlo con sus
trompas para ver si era comestible.
"¡Tontas!" —les gritaba Micael—. "¿Dónde vieron que los monigotes se coman?"
Las hormigas eran aún peores porque a veces querían morderle sus bracitos de carbón. Y los pajaritos...
¡Oh los pajaritos!, ellos vivían en otro mundo, balanceándose en el aire, felices, y poco caso hacían de un
pobre monigote de carbón.
Pero cierto día llegó Roque masticando una sabrosa caña de azúcar. Masticaba y escupía. Masticaba y
escupía "¡chuf! ¡chuf!" contra la pared, y Micael recibió sobre su único ojo un salivazo dulzón y fibroso.
Se enojó un poco Micael. Luego se puso bien derechito, como el policía de puños blancos que movía los
brazos en la esquina. Quizás Roque se fijase en él.
Y así fue. El niño siguió con la yema del dedo todo el dibujo de Micael, los bracitos, las piernitas flacas, el
gran cuerpo redondo, y sonrió con la boca llena de caña. Micael sintió las mismas cosquillas que le hacía
el sol y se puso a reír.
"¡Qué lindo sos! —le dijo el niño—, te haría el ojo que te falta, así, al lado del otro".
Micael dio un respingo.
"También te haría un sombrero negro de pirata con una calavera y dos huesos cruzados. Serías el Gran
Pirata Negro Rey del Caribe y de los Mares Universales".
La emoción del monigote no tenía límites. " ¡Qué honor ser un señor tan importante! ¿En qué trabajarían
los piratas? ¡Y qué nombre tan largo tenía ese señor Caribe Universales!"
"Te haría también —continuó Roque siempre con su flauta de caña pegajosa— un trabuco y una espada
en cada mano, y unas botas y al lado un barco lleno de oro".
" ¡Señor, con lo lindo que sería tener zapatos nuevos, y un barco!", Micael estaba loco de alegría, pero casi
se cayó de la pared cuando Roque sentenció: "Lástima que no tenga carbón ni tiza, ni siquiera un
cascote". Con el dedo mojado escribió un invisible "roque" al lado de Micael y se fue silbando una mezcla
de "arroz con leche" y "Mambrú".
Micael lloró mucho ese día. Las lágrimas resbalaban de su ojo al suelo ¡plic! ¡plic! y formaron un charquito
tan grande que un perrito que andaba por allí buscando dónde hacer pis, creyó que le habían ganado el
lugar.
¡También! Pero Micael pensó que las cosas no podrían quedar así.
Tanto y tanto hizo, que se desprendió de la pared y cuando Roque pasó por allí camino a la escuela, se
deslizó entre sus útiles y con mucho cuidado se acomodó lo más bien en el cuaderno del niño. Se estiró en
una hoja blanquita y suave, debajo de un problema.
"¿Qué es esto Roque?", rugió la maestra cuando corregía los debe-res, y con un enorme lápiz rojo trazó
una cruz sobre Micael. El monigote la miró con odio. Estaba preso. La cruz le pasaba justo por sobre la
pancita. Roque tenía los ojos redondeados por el estupor.
"Señorita... yo... no sé... no lo hice..."
"¿Y encima mentiras? Te quedarás después de clase".
Y el pobre Roque, cabizbajo, escribió debajo de Micael, cuarenta veces, "no debo hacer monigotes en el
cuaderno".
"Por tu culpa —le decía lloroso a Micael—. ¿Por qué tenías que venir a mi cuaderno? Mirá vos, con lo
lindo que estaba, ahora la maestra me lo rayó. Yo no digo que vos no seas lindo pero... ¡Miró, por, tu
culpa!"
Micael estaba muy triste, no sabía cómo consolar a Roque; ya no pensaba en su ojo ni en su sombrero de
Caribe Universales. Sólo quería hacer algo para que Roque no estuviese triste.
Por eso, ya en casa del niño, y mientras éste tomaba su sopa fría y reprochada, saltó hasta la cabecera de
la cama. "Adornaré su pared", se dijo muy contento, palmoteando de alegría. Pero al rato Roque lloraba en
su cama con algunas marcas coloradas en la colita.
"¿Qué diablos querés monigote?' , le gritó. "¿Ves lo que me hacés?"
Y se durmió apenado mientras Micael se rascaba la cabeza tratando de entender las cosas.
A la mañana siguiente, para pasar inadvertido, saltó hasta un papelito arrugado que llevaba el niño en el
bolsillo del guardapolvo. Roque tomó papeles y colores y se fue hacia una plaza alegre como una calesita.
Había un concurso de dibujo. Pero Roque estaba triste y sólo hacía rayitas en el suelo con la punta del
dedo.
Micael, de un salto, se estampó en la hermosa hoja blanca que yacía sobre el pasto. Cuando Roque lo vio
se puso un poco más contento. Después tomó su lápiz y le dibujó un ojito negro, pícaro, redondito, un gran
sombrero, un trabuco, botas, un velero maravilloso; luego pintó todo con los colores más hermosos: con
sol, con naranjada, con briznas de pasto y caramelos de frutilla.
Ahora Micael está en el cuarto de Roque. Al pie de la hoja, casi junto al hermoso marco que la rodea dice:
"Gran Pirata Negro Rey del Caribe y de los Mares Universales —Primer Premio".