“La mujer” (1932)
1 La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará.
Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El
sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un
rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la
carretera. Debe hacer muchos siglos de su muerte. La
desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y
picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni
picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían
de lejos: sudaban, hedían. De tarde, el acero blanco se
volvía rojo; entonces en los ojo de los hombres que
desenterraban la carretera se agitaba una hoguera
pequeñita, detrás de las pupilas. La muerta atravesaba
sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella.
Después aquel polvo murió también y se posó en la piel
gris. A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la
vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies
están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces
coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos,
embutidos en el acero blanco. También hay bohíos, casi
todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados
de blanco y no se ven bajo el sol. Solo se destaca el techo
grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las canas
dieron estas techumbres por las que nunca rueda el agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí,
desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un
punto negro, después, como una piedra que hubieran
dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la
brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan
solo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de
bronce, pequeñín, los ojos llenos de luz, y se agarraba a la
madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto
iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo
menos de aquella criatura desnuda y gritona. La casa
estaba allí cerca, pero no podía verse. A medida que se
avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en
medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico2 se
dijo: Un becerro, sin duda, estropeado por auto. Tendió la
vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con
pajonales, como si fuera esa colina solo un montoncito de
arena apilada por los vientos. El cauce de un río; la fauces
secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se
resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero
transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves
rapaces. Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó
distintamente los gritos del niño. El marido le había
pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como
horno, la persiguió, tirándola de los cabellos y
machacándole la cabeza a puñetazos. — ¡Hija de mala
madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una
perra, desvergonzada! — Pero si nadie pasó, Chepe:3
nadie pasó—quería ella explicar. — ¿Qué no? ¡Ahora
verás! Y volvía a golpearla. 1 Cuentos dominicanos; letra
grande. 3ra edición. Madrid: Editorial Popular , 2013: 12-
17. 2 Quico es el apodo de Enrique o de Francisco. 3
Chepe es un apodo de José. 2 El niño se agarraba a las
piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía
evitarlo. Él veía a la mujer sangrando por la nariz. La
sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar,
de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía
sangrando. Todo fue porque la mujer no vendió la leche
de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas,
cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se
había cortado la leche, la verdad es que la bebió el niño.
Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera
hambre tanto tiempo. Le dijo después que se marchara.
— ¡Te mataré si vuelves a esta casa! La mujer estaba
tirada en el piso de tierra: sangraba mucho y nada oía.
Chepe, frenético, la arrastraba hasta la carretera. Y se
quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero casi
toda la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta
el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa
listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.
— ¡Te dije que no quería verte más aquí, condenada!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco
transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era
estopa y las córneas estaban rojas. Quico le llamó la
atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su
víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló
la lucha entre los dos hombres. El niño pequeñín,
pequeñín, comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en
la falda de su mamá. La lucha era silenciosa. No decían
palabra. Solo se oían los gritos del muchacho y las pisadas
violentas. La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe:
tenía los dedos engarfiados en el pescuezo del marido.
Este comenzó por cerrar los ojos; abría lo boca y le subía
la sangre al rostro. Ella no supo qué sucedió, pero cerca,
junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava
rugosa,4 casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza
brutal. La alzó. Sonó el golpe. Quico soltó el pescuezo del
otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos
con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer
esfuerzo. La tierra del piso absorbía aquella sangre tan
roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella. La
mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el
pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía
flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía.
Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta,
solo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie,
la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y
cactos, embutidos en el acero.