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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

El relato narra el idilio entre Nébel y Lidia, una joven que conoce durante el carnaval en Concordia, donde se enamora perdidamente de ella. A pesar de la brevedad de su romance y la distancia que los separa, Nébel se siente profundamente atraído y decidido a luchar por su amor, enfrentándose a la desaprobación de su padre. La historia explora temas de amor juvenil, idealismo y las complicaciones que surgen de las relaciones familiares y sociales.

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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

El relato narra el idilio entre Nébel y Lidia, una joven que conoce durante el carnaval en Concordia, donde se enamora perdidamente de ella. A pesar de la brevedad de su romance y la distancia que los separa, Nébel se siente profundamente atraído y decidido a luchar por su amor, enfrentándose a la desaprobación de su padre. La historia explora temas de amor juvenil, idealismo y las complicaciones que surgen de las relaciones familiares y sociales.

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CUENTOS DE AMOR, DE

LOCURA Y DE MUERTE

Horacio Quiroga
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

UNA ESTACIÓN DE AMOR

PRIMAVERA

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya


al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al
carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el
coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:
–¿Quién es? No parece fea.
–¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor
Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...
Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era
una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil.
Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese
blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos.
Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas.
Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de
mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban
aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel
detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.
–¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el
almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban
hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al
galante muchacho.
Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y
aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos
personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron
atentamente al derrochador.
–Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.
–El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

madre de tu chica... Es cuñada del doctor.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran


francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el
deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial
condescendencia.
Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel
se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con
jovial condescendencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se
prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo
hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba
sobre la mano.
Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de
hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,
volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de
cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este
echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el
almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas
y jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda de los jazmines del
país. Nébel saltó con él sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un
tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el
entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó
atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.
–¡Pero loca! –le dijo la madre, señalándole el pecho–. ¡Ahí tienes uno!
El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido
del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo
casi fuera del coche.
Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía
su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su
conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía
quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego
de alma, sino de cuerpo. Y he aquí que desde el segundo día perdía toda
su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Qué encanto! –se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y


carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía
real y profundamente deslumbrado –y enamorado, desde luego.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba


mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con
que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo
de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con
que lo esperó –y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle
el ramo.
¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué
le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo
padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.
Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al
más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de
dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil
idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando
poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente.
La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último
vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.
Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada.
¿Iría él?
«¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle,
volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza
baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros
levantaban los suyos risueños a aquel idilio –y al vestido, corto aún, de la
tiernísima novia.

VERANO

[I]
El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el
primer momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse
poco ni mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un
relámpago de pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma el
último resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

de verla. Hasta que un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró


de nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

pueblo, esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,


erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la fila
de muchachos.
Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber
en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia casi
dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de
dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.
Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.
–Parece que no se acuerda más de ti –le dijo un amigo, que a su
lado había seguido el incidente.
–¡No mucho! –se sonrió él–. Y es lástima, porque la chica me
gustaba en realidad.
Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora
que había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que
creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum! –repetía sin
darse cuenta–. ¡Pum!
¡Todo ha concluido!
De golpe: ¿Y si no me hubieran visto?... ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro
se animó de nuevo, y acogió esta vaga probabilidad con profunda
convicción.
A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado; y acaso
la viera.
Fue allá. Una súbita carrera por el patio respondió al timbre, y Lidia,
para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta
vidriera. Vio a Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus brazos
la ligereza de su ropa, huyó más velozmente aún.
Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su
antiguo conocido con más viva complacencia con mayor complacencia
que cuatro meses atrás. Nébel no cabía en sí de gozo; y como la señora
no parecía inquietarse por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste
prefirió también un millón de veces tal presencia a la del abogado.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado


ardiente. Y como tenía dieciocho años, deseaba irse de una vez para
gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Tan pronto, ya! –le dijo la señora–. Espero que tendremos el gusto
de verlo otra vez... ¿No es verdad? ... ¿no es verdad?
–¡Oh, sí, señora!
–En casa todos tendríamos mucho placer... ¡Supongo que todos!
¿Quiere que consultemos? –se sonrió con maternal burla.
–¡Oh, con toda el alma! –repuso Nébel.
–¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.
Lidia llegó cuando él estaba ya de pie. Avanzó al encuentro de
Nébel, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de
violetas, con adorable torpeza.
–Si a usted no le molesta –prosiguió la madre–, podría venir
todos los lunes... ¿Qué le parece?
–¡Que es muy poco, señora! –repuso el muchacho–. Los viernes
también
¿Me permite?
La señora se echó a reír.
–¡Qué apurado! Yo no sé... Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?
La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí!
en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.
–Muy bien: entonces hasta el lunes,
Nébel. Nébel objetó:
–¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario...
–¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.
Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí
mismo y huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
proyectada al último cielo de la felicidad.

[II]

Durante dos meses, en todos los momentos en que se veían, en


todas las horas que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él,
romántico hasta sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

una simple garúa que agrisa

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y su


temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de ideal. Para ella,
Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había en su mutuo amor
más nube que la minoría de edad de Nébel. El muchacho, dejando de
lado estudios, carreras y demás superfluidades, quería casarse. Como
probado, no había sino dos cosas: que a él le era absolutamente imposible
vivir sin Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
Presentía –o más bien dicho, sentía– que iba a escollar rudamente.
Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año
que perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
terrible vigor. A fines de agosto habló un día definitivamente a su hijo:
–Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
cierto?
Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vio toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le
tembló un poco al contestar:
–Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que te hable
de eso.
–¡Bah! Como gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
–Sí.
–¿Y te reciben formalmente?
–Creo que sí...
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
–¡Está bueno! Muy bien!... Óyeme, porque tengo el deber de
mostrarte el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo
que puede pasar?
–¿Pasar?... ¿Qué?
–Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?
–¡Papá!
–¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! No pongas esa cara... No me refiero a tu...
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

novia.
Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de qué
viven?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...


–¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre
sino como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué
clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su cuñado, ¡pregunta!
–¡Sí! Ya sé que ha sido...
–Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!
–¡...!
–¡Sí, ya sé! ¡Tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
impulso más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes
llegar tarde... ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu
novia, creo, como te he dicho, que no está. Contaminada, aún por la
podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos y que antes se lo
llevará el diablo que consentir en ese matrimonio. Nada el diablo que
consentir en eso. Nada más te quería decirte.
El muchacho quería mucho a su padre, a pesar del a su padre, a
pesar del carácter de éste; salió lleno de rabia por no haber podido
desahogar su ira, tanto más violenta cuanto que él mismo la sabía
injusta. Hacía tiempo ya que no lo ignoraba. La madre de Lidia había sido
querida de Arrizabalaga en vida de su marido, y aun cuatro o cinco años
después. Se veían aún de tarde en tarde, pero el viejo libertino,
arrebujado ahora en su artritis de solterón enfermizo, distaba mucho de
ser respecto de su cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de
madre e hija, lo hacía por una especie de agradecimiento de ex amante,
y sobre una especie de compasión de ex amante, y sobre todo para
autorizar los chismes actuales que hinchaban su vanidad.
Nébel evocaba a la madre; y con un estremecimiento de muchacho
loco por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando
juntos y reclinados una «Illustration», había creído sentir sobre sus
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

nervios súbitamente tensos un hondo hálito de deseo que surgía del


cuerpo pleno que rozaba con él. Al levantar

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

los ojos, Nébel había visto la mirada de ella, mareada, posarse


pesadamente sobre la suya.
¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con raras
crisis explosivas; los nervios desordenados repiqueteaban hacia adentro
y de aquí la enfermiza tenacidad en un disparate y el súbito abandono de
una convicción; y en los pródromos de las crisis, la obstinación creciente,
convulsiva, edificándose con grandes bloques de absurdos. Abusaba de
la morfina por angustiosa necesidad y por elegancia. Tenía treinta y siete
años; era alta, con labios muy gruesos y encendidos que humedecía sin
cesar. Sin ser grandes, sus ojos lo parecían por el corte y por tener
pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego. Se
pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin
duda, su mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo
encanto; ahora la histeria había trabajado mucho su cuerpo –siendo,
desde luego, enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina
pasaba, sus ojos se empañaban, y de la comisura de los labios, del
párpado globoso, pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de
ello, la misma histeria que le deshacía los nervios era el alimento un
poco mágico que sostenía su tonicidad.
Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las burguesas
histéricas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz –esto es, para
proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.
Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
en lo más hondo de sus cuerdas de sus cuerdas de amante. ¿Cómo
había escapado Lidia? Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su
pasión de chica que surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes,
era, ya no prueba de pureza, sino escalón de noble gozo por el que Nébel
ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida, la flor
que pedía por él.
Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado.
Una tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
había sentido loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la halló
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la retuvo
contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro. Y el
muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

en sus manos inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan


fácil le habría sido manchar.
¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era
posible su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le
permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el
consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.
La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una
sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro suegro
de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de forzar a
la moral burguesa a doblar las rodillas ante la misma inconveniencia
que despreció.
Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con
alusiones a
«mi suegro».... «mi nueva familia»..., «la cuñada de mi hija». Nébel se
callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con más sombrío
fuego.
Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de
octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre
hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su
padre esa noche.
–Será difícil –dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le
cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.
–¡Ah! –exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio.
Otra pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
–Porque usted no hace un casamiento clandestino, ¿verdad?
–¡Oh! –se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree.
–¿Y entonces?
Nuevo silencio, cada vez más tempestuoso.
–¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
–¡No, no señora! –exclamó al fin Nébel, impaciente– Está en su
modo de ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere.
–¿Yo, querer? –se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

que le parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?


Este sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo
había emprendido las gestiones para prescindir de ella.
–Puedes hacer eso, y todo lo que te dé la gana. Pero mi
consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!
Después de tres días Nébel decidió concluir de una decidió aclarar
de una vez esa vez con ese estado de cosas, y aprovechó para ello un
momento en que Lidia no estaba.
–Hablé con mi padre –comenzó Nébel–, y me ha dicho que le será
completamente imposible asistir.
La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
fulgor, se estiraban hacia las sienes.
–¡Ah! ¿Y por qué?
–No sé –repuso con voz sorda Nébel.
–Es decir... que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí.
–¡No sé! –repitió él, obstinado a su vez.
–¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se
ha figurado? –añadió con voz ya alterada y los labios temblantes–.
¿Quién es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de
su familia.
–¡Qué es, no sé! –repuso con la voz precipitada a su vez–. Pero no
sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
–¿Qué? ¿Que se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
para
esto
!
Nébel se levantó:
–Usted no...
Pero ella se había levantado también.
–¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
fortuna,

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia irreprochable, sin
mancha, se llena la boca con eso! ¡Su familia!... ¡Dígale que le diga
cuántas paredes tenía que

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

saltar para ir a dormir con su mujer antes de casarse! ¡Sí, y me viene


con su familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que
lo pase bien!

[III]

Nébel vivió cuatro días en la más honda desesperación. ¿Qué podía


esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibió una
esquela:
«Octavio:
Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría
calmarla. María S. de Arrizabalaga»
Era una treta, no ofrecía duda. Pero si su Lidia en verdad...
Fue esa noche, y la madre lo recibió con una discreción que
asombró a Nébel: sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora
que pide disculpas.
–Si quiere verla...
Nébel entró con la madre, y vio a su amor adorado en la cama, el
rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los catorce años,
y las piernas recogidas.
Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran
algo: no hacían sino mirarse y sonreír.
De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre
surgió nítida: «Se va para que en el transporte de mi amor reconquistado
pierda la cabeza, y el matrimonio sea así forzoso». Pero en ese cuarto de
hora de goce final que le ofrecían adelantado a costa de un pagaré de
casamiento, el muchacho de dieciocho años sintió –como otra vez contra
la pared– el placer sin la más leve mancha, de un amor puro en toda su
aureola de poético idilio.
Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha recuperada en pos
del naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenía la


más fría decisión de apartar a la madre de su vida, una vez casados. El
recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama que se había
destendido una punta para él, encendía la

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

promesa de una voluptuosidad íntegra, a la que no había robado


prematuramente el más pequeño diamante.
A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el
zaguán oscuro. Después de largo rato la sirvienta entreabrió la ventana.
–¿Han salido? –preguntó él extrañado.
–No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir a bordo.
–¡Ah! –murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.
–¡El doctor? ¿Puedo hablar con él?
–No está; se ha ido al club después de comer.
Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos
con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! ¡Su felicidad, su dicha
reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía
que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre
habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía ya hacer más.
Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo el farol,
contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dio una vuelta manzana, y
tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca más!
Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fue a su casa y cargó
el revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a
un dibujante alemán que antes de suicidarse un día –Nébel era
adolescente– iría a verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una
viva amistad, cimentada sobre largas charlas filosóficas.
A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre
cuarto de aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.
–¿Es ahora? –le preguntó el paternal amigo, estrechándole con
fuerza la mano.
–¡Pst! ¡De todos modos!... –repuso el muchacho, mirando a otro lado.
El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de
amor.
–Vaya a su casa –concluyó–, y si a las once no ha cambiado de idea,
vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
quiera. ¿Me lo jura?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Se lo juro –contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con


grandes ganas de llorar.
En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:
«Idolatrado Octavio:
Mi desesperación no puede ser más grande. Pero mamá ha visto que si me
casaba con usted, me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como
ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca.
tu
Lidia»
–¡Ah, tenía que ser así! –clamó el muchacho, viendo al mismo
tiempo con espanto su rostro demudado en el espejo. ¡La madre era
quien había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había
podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo su
amor en la redacción–. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de qué
modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de mi alma!...
Temblando fue hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su
nueva promesa, y durante un larguísimo tiempo permaneció allí de pie,
limpiando obstinadamente con la uña una mancha del tambor.

OTOÑO

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tranvía


cuando el coche se detuvo un momento más del conveniente, y Nébel,
que leía, volvió al fin la cabeza.
Una mujer con lento y difícil paso avanzaba entre los asientos. Tras
una rápida ojeada a la incómoda persona, Nébel reanudó la lectura. La
dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a su vecino.
Nébel, aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada
sobre él, prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro
extrañado.
–Ya me parecía que era usted –exclamó la dama–, aunque dudaba

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

aún... No me recuerda, ¿no es cierto?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Sí –repuso Nébel abriendo los ojos– La señora de Arrizabalaga...


Ella vio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana
que trata aún de parecer bien a un muchacho.
De ella –cuando Nébel la conoció once años atrás–sólo quedaban los
ojos, aunque más hundidos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos
verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían
ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto a la
elegante mujer que un día hojeó la «Ilustration» a su lado.
–Sí estoy muy envejecida... y enferma, he tenido ya ataques a los
riñones... Y usted –añadió mirándolo con ternura–, ¡siempre igual!
Verdad es que no tiene treinta años aún... Lidia también está igual.
Nébel levantó los ojos:
–¿Soltera?
–Sí... ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese
gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?
–Con mucho gusto... –murmuró Nébel.
–Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para usted... En fin,
Boedo, 1483; departamento 14... Nuestra posición es tan mezquina...
–¡Oh! –protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.
Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso
cumplir su promesa. Fue allá –un miserable departamento de arrabal–. La
señora de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.
–¡Conque once años! –observó de nuevo la madre–. ¡Cómo pasa el
tiempo!
¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!
–Seguramente –sonrió Nébel, mirando a su rededor.
–¡Oh! ¡No estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta
su casa... Siempre oigo hablar de sus cañaverales... ¿Es ése su único
establecimiento?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Sí... En Entre Ríos también...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Qué feliz! Si pudiera uno... ¡Siempre deseando ir a pasar unos


meses en el campo, y siempre con el deseo!
Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este, con el corazón
apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en su alma.
–Y todo esto por falta de relaciones... ¡Es tan difícil tener un amigo en
esas condiciones!
El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.
Ella estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor
y una frescura de los catorce años no se vuelve a hallar más en la mujer
de veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en su cuello
mórbido, en la mansa tranquilidad de su mirada, y en todo lo indefinible
que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía guardar velado
para siempre el recuerdo de la Lidia que conoció.
Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de
personas maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre
reanudó:
–Sí, está un poco débil... Y cuando pienso que en el campo se
repondría enseguida... Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted?
Ya sabe que lo he querido como a un hijo... ¿No podríamos pasar una
temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!
–Soy casado –repuso Nébel.
La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
decepción fue sincera; pero enseguida cruzó sus manos cómicas:
–¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
sabe!... No sé lo que digo... ¿Y su señora vive con usted en el ingenio?
–Sí, generalmente... Ahora está en Europa.
–¡Qué desgracia! Es decir... ¡Octavio! –añadió abriendo los brazos
con lágrimas en los ojos–: A usted le puedo contar, usted ha sido
casi mi hijo...
¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya
con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre –concluyó con
una pastosa sonrisa y bajando la voz–: Usted conoce bien el corazón de

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Lidia, ¿no es cierto?


Esperó respuesta, pero Nébel permanecía callado.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar


cuando ha querido?
Ahora había reforzado su insinuación con una lenta con una leve
guiñada. Nébel valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber
caído antes. Era siempre la misma madre, pero ya envilecida por su
propia alma vieja, la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez
había sentido un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta
llena y ya estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se
echó en brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.
–¿No sabes, Lidia? –prorrumpió la madre alborozada, al volver su
hija–. Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento.
¿Qué te parece?
Lidia tuvo una fugitiva contracción de cejas y recuperó su serenidad.
–Muy bien mamá...
–¡Ah! ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos
casi de su familia...
Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con
dolorosa gravedad.
–¿Hace tiempo? –murmuró.
–Cuatro años –repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó
ánimo para mirarla.

INVIERNO

[I]
No hicieron el viaje juntos por un último escrúpulo de Nébel en una
línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron todos
en el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no
guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues –a más
de su propia frugalidad– su mujer se llevaba consigo toda la
servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa
como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la salud perdida.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía


vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y pesadísimo, y
en sus facies angustiosa la morfina, que había sacrificado cuatro horas
seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una corrida por dentro de
aquel cadáver viviente.
Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo
suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñón, íntimamente
atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino
precipitar.
Ya en el coche, no pudiendo resistir más, la dama había mirado a
Nébel con transida angustia:
–Si me permite, Octavio... ¡No puedo más! Lidia, ponte delante.
La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el
crujido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.
Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como una
máscara aquella cara agónica.
–Ahora estoy bien... ¡Qué dicha! Me siento bien.
–Debería dejar eso –dijo duramente Nébel, mirándola de costado–. Al
llegar, estará peor.
–¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.
Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al
caer la tarde, y a ejemplo de las fieras que empiezan a esa hora a afilar
las empiezan a esa hora a afilar las garras, el celo de varón comenzó a
relajarle la cintura en lasos escalofríos.
Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba
acostarse de una vez. No hubo tampoco medio de que tomara
exclusivamente leche.
–¡Huy! ¡Qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que
sacrifique los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?
Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo
al fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

suya enseguida.
Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto Lidia.
–¡Quién es! –sonó de pronto la voz azorada.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Soy yo –murmuró apenas Nébel.


Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de
nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo
fresco, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.
...
Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el
amor antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel
el santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no
haber robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con
radiante candor. Pensó en las palabras de Dostoyevsky, que hasta ese
momento no había comprendido:
«Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un
recuerdo puro». Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha,
pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora yacía allí,
enfangada hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta.
Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas.
Ella a su vez recordaría... Y las lágrimas de Lidia continuaban una tras
otra, regando, como una tumba, el abominable fin de su único sueño de
felicidad.

[II]

Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba


casi todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy
pocas veces solos; y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún
entonces largo tiempo callados.
Lidia misma tenía bastante qué hacer cuidando a su madre,
postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y
aun a trueque del peligro inmediato que ocasionara. Nébel pensó en
suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que, entrando

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

bruscamente en el comedor, sorprendió a Lidia que se bajaba


precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en
Nébel su mirada espantada.
–¿Hace mucho tiempo que usas eso? –le preguntó él al fin.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Sí –murmuró Lidia, doblando en una convulsión la


aguja. Nébel la miró aún y se encogió de hombros.
Sin embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una
frecuencia terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina
concluía de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
desgraciada, sustrayéndole la droga.
–¡Octavio! ¡Me va a matar! –clamó ella con ronca súplica–. ¡Mi hijo
Octavio!
¡No podría vivir un día!
–¡Es que no vivirá dos horas, si le dejo eso! –contestó Nébel.
–¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran a él inútilmente, y salió con
Lidia.
–¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
–Sí... Los médicos me habían
dicho... Él la miró fijamente.
–Es que está mucho peor de lo que imaginas. Lidia se puso
blanca, y mirando afuera ahogó un sollozo mordiéndose los labios.
–¿No hay médico aquí? –murmuró.
–Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y
Nébel abrió una carta.
–¿Noticias? –preguntó Lidia inquieta, levantando los ojos a él. Quieta
los ojos
a
él.
–Sí –repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
–¿Del médico? –volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
–No, de mi mujer –repuso él con la voz dura, sin levantar
los ojos. A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la
pieza de Nébel.
–¡Octavio! ¡Mamá se muere!...
Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez
cadaverizaba ya el

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por


entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:
–Pla... pla... pla...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Nébel vio enseguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío.


–¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto? –preguntó
–¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fue a
buscar a tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá! –cayó
sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.
Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al
rato los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes
manchas violetas.
A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel
esperó que Lidia concluyera de vestirse mientras los peones cargaban
las valijas en el carruaje.
–Toma esto –le dijo cuando ella estuvo a su lado, tendiéndole un
cheque de diez mil pesos.
Lidia se estremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
de lleno en los de Nébel. Pero él sostuvo la mirada.
–¡Tonta, pues! –repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel entonces se
inclinó sobre
ella
.
–Perdóname –le dijo–. No me juzgues peor de lo que soy.
En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del
vagón,
pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió la
mano, que Nébel retuvo un momento en silencio. Luego, sin soltarla,
recogió a Lidia de la cintura y la besó hondamente en la boca.
El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
se perdía. Pero Lidia no se asomó.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LA MUERTE DE ISOLDA

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de


ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la
cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.
Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez
por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos
que cualquiera.
Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que
en el rostro –aun bien hermoso–, reside en la perfecta solidaridad de
mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una
belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es
precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.
La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y
porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un
cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.
Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras
miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella
mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al
sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor
que haya tenido nunca.
Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en
mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.
Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante
su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra
vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba
hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes,
se saludaron.
Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un
hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de
treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.


–Se conocen –me dije– y no poco.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había


vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza
un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció
más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del
mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía
inmóviles.
Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero
antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella
también se había retirado.
–Final de idilio –me dije
melancólicamente. El no volvió más, y
el palco quedó vacío.
...
–Sí, se repiten –sacudió largo rato la cabeza–. Todas las situaciones
dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es
menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también,
lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión
que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto como usted a esa obra,
y acaso más... No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él
las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son
repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los
personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa...
Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que se
acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y... precisamente a
usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un
acto mío feliz...
¡Feliz!...
Óigame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no
vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
que era yo entonces –en lo bueno únicamente, por suerte–. Y segundo,
porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

después de lo que va a oír. Óigame:


La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio
hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella,
inmensamente a

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de
tensión, se enfrió.
Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo
donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a
veces muy lindas.
Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party
a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi
persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.
Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga
suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas
del téte–a–téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en
enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui
yo quien se exasperó.
Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con
Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el
amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no
iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.
La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir
con su hija a una esfera mucho más alta.
Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
mismo.
Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.
–¿Qué tienes? –me dijo.
–Nada –le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella
dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome
insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.
La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un
momento y desapareció.
Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó


la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Es evidente!... –murmuró.


–¿Qué? –le pregunté fríamente.
La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su
rostro se demudó:
–¡Que ya no me quieres! –articuló en una desesperada y lenta
oscilación de cabeza.
–Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo –respondí.
No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.
Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome
bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:
–¡Esteban!
–¿Qué? –torné a repetir.
Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el
sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento
después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.
Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud –no veía en ella más
que injusticia– acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso
cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté
con un violento chasquido de lengua.
–Yo creía que no íbamos a tener más escenas –le dije
paseándome. No me respondió, y agregué:
–Pero que sea ésta la última.
Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un
momento después:
–Como quieras.
Pero enseguida cayó sollozando sobre el sofá:
–¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!
–¡Nada! –le respondí–. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti...
Creo que estamos en el mismo caso ¡Estoy harto de estas cosas!
Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras.
Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Como quieras.
Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor
propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder.
–Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.
No comprendió, y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la
primera infamia: y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más
aún.
–¡Es claro! –apoyé brutalmente–. Porque de mí no has tenido queja
¿no? ...
¿no?
Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme
agradecida. Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y
mientras yo salía a buscar
mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se
desplomaban en la sala.
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí
intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio
encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo,
que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me
ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con la mujer
que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o
momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de
sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego, la inmensa
sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer
adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado, es la
más bella luz que pueda inundar un corazón de hombre.
¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo
que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la
merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que
hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la
irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.
Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala, y la vi echada

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sobre el sofá, sollozando el alma entera entre sus brazos.


¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo
amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta
casi, me detuve.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Inés! –dije.
Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su
alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía
mi amor –¡esa vez, sí, inmenso amor!
–No, no... –me respondió–. ¡Es demasiado tarde!
...
Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y
tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía
apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando
sobre el sofá...
–Me creerá –reanudó Padilla– si le digo que en mis insomnios de
soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida
de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna...
Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis
meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace un mes regresé,
bien tranquilizado ya, y en paz.
No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo
el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho
que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo
fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza que hay en mi
recuerdo.
Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el
teatro... Comprendí, al ver al opulento almacenero de su marido, que se
había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla
otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma,
dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido,
como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su
hermosura, su mirada –única entre todas las mujeres–, habían sido mías,
bien mías, porque me había sido entregada con adoración. También
apreciará usted esto algún día.
Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas
tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante,


encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto
no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de
Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese
tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta
hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana,
sobre nuestra felicidad yerta!
Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y
avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera,
como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...
Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi
sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.
Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
Como diez años antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida ahora en el diván
del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.
¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo.
¡Diez años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no Inés mía!
Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los
sollozos, la llamé:
–¡Inés!
Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como
entonces me respondió bajo sus brazos:
–No, no... ¡Es demasiado tarde!....

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

El SOLITARIO

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no


tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su
especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las
suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
comercial hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en
su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala
barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La
joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más
alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a
sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a
Kassim.
No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil –artista aún–
carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual,
mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos,
sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse
luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de
posición que podía haber sido su marido.
Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
deseaba una joya –¡y con cuánta pasión deseaba ella!– trabajaba él de
noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
chispas de brillante.
Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacer amar a la
esposa las tareas del artífice, siguiendo con artífice ardor las íntimas
delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida –debía
partir, no era para era para ella– caía más hondamente en la decepción
de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al
fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en cama, sin


querer escucharlo.
–Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti, –decía él al fin, tristemente.
Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente
en su banco.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a


consolarla.
¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara
más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su
mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.
–¡Y eres un hombre, tú! –murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
–No eres feliz conmigo, María –expresaba al rato.
–¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
contigo?... ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo! –concluía con
risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.
–Sí... No es una diadema sorprendente... ¿Cuándo la hiciste?
–Desde el martes –mirábala él con descolorida ternura–; mientras
dormías, de noche...
–¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!
Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim
montaba. Seguía el trabajo con loca hambre que concluyera de una vez,
y apenas aderezaba la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque
de sollozos:
–¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar
a su mujer! Y tú..., y tú... ¡Ni un miserable vestido que ponerme tengo!
Cuando se traspasa cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increíbles.
La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas,
Kassim notó la falta de un prendedor –cinco mil pesos en dos solitarios–.
Buscó en sus cajones de nuevo.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.


–Sí, lo he visto.
–¿Dónde está? –se volvió él extrañado.
–¡Aquí!

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el


prendedor puesto.
–Te queda muy bien –dijo Kassim al rato–.
Guardémoslo. María se rió.
–¡Oh, no! Es mío.
–¿Broma?...
–¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo tú duele pensar que podría ser
mío...!
Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
–Haces mal... Podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
–¡Oh! –Cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.
Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
de la cama y fue a guardarla en su taller bajo llave. Cuando volvió, su
mujer estaba sentada en el lecho.
–¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
–No mires así... Has sido imprudente, nada más.
–¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un
poco de halago, y quiere...! ¡Me llamas ladrona a mí, infame!
Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante
más admirable que hubiera pasado por sus manos.
–Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual. Su mujer no dijo
nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
–Un agua admirable... –prosiguió él–. Costará nueve o diez mil pesos.
–Un anillo... –murmuró María al fin.
–No, es de hombre... Un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez
veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el
espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Si quieres hacerlo después –se atrevió Kassim un día–. Es un


trabajo urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
–¡María, te pueden ver!
–¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado del cuello, rodó por el piso.
Kassim, lívido, lo recogió examinándolo y alzó luego desde el suelo
la mirada a su mujer.
–Y bueno: ¿Por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
–No –repuso Kassim. Y reanudó enseguida su tarea, aunque las
manos le temblaban hasta dar lástima.
Tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
plena crisis de nervios. Su cabellera se había soltado, y los ojos le salían
de las órbitas.
–¡Dame el brillante! –clamó–. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos!
¡Para mí!
¡Dámelo!
–María... –tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
–¡Ah! –rugió su mujer enloquecida–. ¡Tú eres el ladrón, miserable!
¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a
desquitar... cornudo!
¡Ajá! Mírame No se te ha ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! –y se llevó las dos
manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la
cama y cayó de pecho, alcanzando a cogerlo de un botín.
–¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es
mío, Kassim miserable!
Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
–Estás enferma, María. Después
hablaremos... Acuéstate.
–¡Mi brillante!
–Bueno, veremos si es posible... Acuéstate.
–¡Dámelo!
La crisis de nervios retornó.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían


una seguridad matemática, faltaban pocas faltaban pocas horas ya para
concluirlo.
María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.
–Es mentira, Kassim –le dijo.
–¡Oh! –repuso Kassim sonriendo–. No es nada.
–¡Te juro que es mentira! –insistió ella.
Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano, y se
levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos,
lo siguió con la vista.
–Y no me dice más que eso... –murmuró. Y con una honda náusea
por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.
No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su
marido continuaba trabajando. Una hora después Kassim oyó un alarido.
–¡Dámelo!
–Sí, es para ti; falta poco, María –repuso presuroso, levantándose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo.
A las dos de la madrugada Kassim pudo dar por terminada su tarea:
el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso
silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de
espaldas, en la blancura helada de su pecho y su camisón.
Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
camisón desprendido.
Su mujer no lo sintió.
No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una
dureza de piedra, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero
en el corazón de su mujer.
Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una lenta caída de
párpados.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Los dedos se arquearon, y nada más.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un


instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, se retiró cerrando tras de
sí la puerta sin hacer ruido.

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LOS BUQUES SUICIDANTES

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar
un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque
no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente
a favor de las corrientes o del viento; si tienen las velas desplegadas.
Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han
tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por
ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los
buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese
desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero
otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el
tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir
lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto
de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin
acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no
obteniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María
Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se
secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser
tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada
un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo
en perfecto orden. Y faltaban todos. ¿Qué pasó?
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente.
Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina,
perfectamente cierta, por otro lado.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje


susurrante, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
inquieto oído a la ronca voz de los marineros en proa. Una señora muy
joven y recién casada se atrevió:
–¿No serán águilas...?
El capitán se sonrió bondadosamente:
–¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la
tripulación? Todos se rieron, y la joven hizo lo
mismo, un poco cortada.
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos
curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero,
admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.
–¡Ah! ¡Si nos contara, señor! –suplicó la joven de las águilas.
–No tengo inconveniente –asintió el discreto individuo–. En dos
palabras: en los mares del norte, como el María Margarita del capitán,
encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo –viajábamos
también a vela–, nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono
que no engaña en un buque llamó nuestra atención, y disminuimos la
marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; a bordo no se
halló a nadie, todo estaba también en perfecto orden. Pero la última
anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no
sentimos mayor impresión. Aun nos reímos un poco de las famosas
desapariciones súbitas. Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo
para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos en conserva. Al anochecer
aquél nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero
no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y
los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido.
Ni un objeto fuera de su lugar. El mar estaba absolutamente terso en
toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra
gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo
fui con ellos. Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda, y a


la hora la mayoría cantaba ya.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las


velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso.
Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se
sentó en un cabo arrollado y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió
un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus
compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también,
y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el rollo,
avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir ruido, los otros dieron vuelta
la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. Pero enseguida parecieron
olvidarse del incidente, volviendo a la apatía común.
Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al
agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me
tocaban en el hombro.
–¿Qué hora es?
–Las cinco –respondí. El viejo marinero que me había hecho la
pregunta me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos. Miró largo
rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.
Los tres que quedaban, se acercaron rápidamente y observaron el
remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los
otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último de todos se
levantó, se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con
sueño aún, y se tiró al agua.
Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos
sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba
al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
recordaran algo, para olvidarse enseguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de
los demás buques. Esto es todo.
Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad.
–¿Y usted no sintió nada? –le preguntó mi ***

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

– Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada


más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es
éste: en vez de

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía,


como deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta,
acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado
ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella
guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Poco
después el narrador se retiraba a su camarote. El capitán lo siguió un
rato de reojo.
–¡Farsante! –murmuró.
–Al contrario –dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra–.
Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado
también al agua.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

A LA DERIVA

El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en


el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú
que arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de
sangre engrosaban dificultosamente, y sacó sangre el machete de la
cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro
mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las
vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y
durante un instante contemplo. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos
violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el
tobillo con su pañuelo, y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento,
y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como
relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un
trapiche. Los dos puntitos violetas desaparecían ahora en la monstruosa
hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder,
de tensa. El hombre quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un
ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo–. ¡Dame caña!
–¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer espantada.
–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie


lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la
carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y
llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento
parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió
a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del
Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre
seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú–Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez–, dirigió una mirada
al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el
pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes
manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no
podría jamás llegar él solo a Tacurú–Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su
compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el
hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta
arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
–¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo,
alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo
rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná
corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien
metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

negros bloques de basalto asciende el bosque, negro

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

también. Adelante, a los costados, detrás, siempre la eterna muralla


lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un
silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y
calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo
de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro,
enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía
apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta
inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y
aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en
Tacurú–Pucú.
El bienestar avanzaba y con él una somnolencia llena de recuerdos.
No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su
compadre Gaona en Tacurú–Pucú? Acaso viera también a su ex patrón,
míster Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya
entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular,
en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de
guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente,
girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El
hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto
en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.
¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso.
¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la
respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

El hombre estiró lentamente los dedos de la


mano. –Un jueves...
Y cesó de respirar.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LA INSOLACIÓN

El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto
y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte,
entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la
monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,
monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del
monte. Este cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de
la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en abra,
pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.
A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía,
adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo
la calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía
al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de
mejor compensado trabajo.
Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado
de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecían
inmóviles, pues aun no había moscas.
Old, que miraba hacía rato la vera del monte,
observó: –La mañana es fresca.
Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija,
parpadeando distraído. Después de un rato dijo:
–En aquel árbol hay dos halcones.
Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron
mirando por costumbre las cosas.
Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el
horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas
delanteras y al hacerlo sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse,
decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un
pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el dedo
enfermo.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–No podía caminar –exclamó, en conclusión.


–Old no comprendió a qué se refería, Milk agregó:
–Hay muchos piques.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después


rato de largo
:

–Hay muchos piques.


Uno y otro callaron de nuevo, convencidos.
El sol salió; y en el primer baño de su luz, las pavas del monte
lanzaron al
aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados
al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato
pestañeo. Poco a poco la pareja aumentó con la llegada de los otros
compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio superior
partido por un coatí, dejaba ver los dientes; e Isondú, de nombre
indígena. Los cinco fox–terriers, tendidos y beatos de bienestar,
durmieron.
Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del
bizarro rancho de dos pisos –el inferior de barro y el alto de madera, con
corredores y baranda de chalet–, habían sentido los pasos de su dueño
que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un
momento en la esquina del rancho y miró e1 sol, alto ya. Tenía aún la
mirada muerta y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky,
más prolongada que las habituales.
Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas,
meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros
conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Alejáronse con
lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto
abandonar aquél, por la sombra de los corredores.
El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco,
límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el
cielo en fusión, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en
costras blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día
anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó
y subió a dormir la siesta.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de


fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los
perros, muy amigos del cultivo desde el invierno pasado, cuando
aprendieron a disputar a los halcones

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo un
algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada.
Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente
de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida
exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza,
envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de sus
trabajos de chacra. Los perros cambiaban a cada rato de planta, en
procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los
obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.
Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda
que ni siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a
míster Jones sentado sobre un tronco, que lo miraba fijamente. Old se
puso en pie meneando el rabo. Los otros levantáronse también, pero
erizados.
–Es el patrón –dijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos.
–No, no es él –replicó Dick.
Los cuatro perros estaban apiñados gruñendo sordamente, sin
apartar los ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El
cachorro, incrédulo, fue a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
–No es él, es la Muerte.
El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.
–¿Es el patrón muerto? –preguntó ansiosamente.
Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en
actitud en actitud temerosa. Pero míster Jones se desvanecía ya en el
aire ondulante.
–Al oír ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir
nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la
chacra, y se doblaron de nuevo.
Los fox–terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún,
se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la
experiencia de sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece
antes.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón vivo? –preguntó.
–Porque no era él –le respondieron displicentes.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las


patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su
patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde.
Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma
de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del rancho, en
cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A
medianoche oyeron sus pasos, luego la caída de las botas en el piso de
tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces, sintieron más el próximo
cambio de dueño, y solos, al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar.
Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos, como
masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora de Prince
sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro
sólo podía ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad,
agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de
lamentos –bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a
perder–, continuaban llorando a lo alto su doméstica miseria.
A la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas
y las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba
satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien
rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas,
la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en
que ya al comprar la máquina había notado una falla, se rompió al
armarla. Mandó un peón al obraje próximo, recomendándole cuidara del
caballo, un buen animal pero asoleado. Alzó la cabeza al sol fundente de
mediodía, e insistió en que galopara ni un momento. Almorzó enseguida
y subió. Los perros, que en la mañana no habían dejado un segundo a su
patrón, se quedaron en los corredores.
La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno
estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra
blanquizca del patio deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse
en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los fox–
terriers.
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–No ha aparecido más –dijo Milk.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Old, al oír aparecido, levantó vivamente las orejas. Incitado por la


evocación, el cachorro se puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato
calló, entregándose con sus compañeros a su defensiva cacería de
moscas.
–No vino más –agregó Isondú.
–Había una lagartija bajo el raigón –recordó por primera vez Prince.
Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el
patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió
perezosamente con la vista, y saltó de golpe.
–¡Viene otra vez! –gritó.
Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el
peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la
Muerte que se acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja,
aparentemente indeciso sobre el rumbo que debía seguir. Al pasar frente
al rancho dio unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se desvaneció
progresivamente en la cruda luz.
Míster Jones bajó: no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje
de la carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A
pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora.
Apenas libre y concluida su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era
imposible contar los latidos, tembló agachando la cabeza, y cayó de
costado. Míster Jones mandó a la chacra, todavía de sombrero y
rebenque, al peón para no echarlo si continuaba oyendo sus jesuíticas
disculpas.
Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su
patrón, se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de
preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el
peón, cuando oyeron a míster Jones que le gritaba, pidiéndole el tornillo.
No había tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc.
Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y salió él mismo en busca
del utensilio.
Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

mal humor.
Los perros salieron con él, pero se detuvieron a la sombra del primer
algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas,
el ceño

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

contraído y atento, veían alejarse a su patrón. Al fin el temor a la soledad


pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.
Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde
luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a
su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal
del Saladito, que ha crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el
mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bóveda a la altura
del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La tarea de cruzarlo, seria
ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones lo atravesó, sin
embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por el barro
que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitratos.
Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer
quieto bajo ese sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante
que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el
sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se
sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca que no
permitía concluir la respiración.
Míster Jones adquirió el convencimiento de que había traspasado su
límite de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido
de las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le
empujaran el cráneo hacia arriba. Se marcaba mirando el pasto.
Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto volvió
en sí y se halló en distinto paraje: había caminado media cuadra sin
darse cuenta de nada. Miró atrás, y la cabeza se le fue en nuevo vértigo.
Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua
de fuera. A veces, asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo;
se sentaban precipitando su jadeo, para volver enseguida al tormento
del sol. Al fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.
Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el
alambrado de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba
hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su
patrón y confrontó.
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–¡La Muerte, la Muerte! –aulló.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que


míster Jones atravesaba el alambrado y, por un instante creyeron que se
iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con
sus ojos celestes, y marchó adelante.
– ¡Qué no camine ligero el patrón! –exclamó Prince.
–¡Va a tropezar con él! –aullaron todos.
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no
directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en
apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster
Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su
patrón continuaba caminando a igual paso, como un autómata, sin darse
cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y
corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se
produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron aprisa al rancho, pero fue
inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano
materno, fue allá desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en
cuatro días liquidó todo, volviéndose enseguida al sur. Los indios se
repartieron los perros, que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban
todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las
chacras ajenas.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

EL ALAMBRE DE PÚA

Durante quince días el caballo alazán había buscado en vano la


senda por donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable
cerco, de capuera – desmonte que ha rebrotado inextricable–, no
permitía paso ni aun a la cabeza del caballo. Evidentemente no era por
allí por donde el malacara pasaba.
El alazán recorría otra vez la chacra, trotando inquieto con la cabeza
alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los
relinchos vibrantes de su compañero con los suyos cortos y rápidos, en
que había una fraternal promesa de abundante comida. Lo más irritante
para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres veces en el día
para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un instante a su
compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja pastaba en
admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga a rastra, se
internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse cuenta de su
soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte inextricable.
Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara respondía a sus
desesperados relinchos, con un relinchillo a boca llena.
Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy
sencillamente: cruzando por frente al chircal, que desde el monte
avanzaba cincuenta metros en el campo, vio un vago sendero que lo
condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara,
deshojando árboles.
La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal,
había hallado la brecha abierta en el monte por un incienso
desarraigado. Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a
conocer perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo
camino que con el alazán habían formado a lo largo de la línea del
monte. Y aquí estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la
senda formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

caballos, de modo que el alazán, acostumbrado a recorrer éste de sur a


norte y jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.
En un instante el viejo caballo estuvo unido a su compañero, y
juntos entonces, sin más preocupación que la de despuntar
torpemente las palmeras

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

jóvenes, los dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que
sabían ya de memoria.
El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aun a
caballos. Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos
metros de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de
tabaco salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado
capueras hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en
media hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta
donde alcanza un pescuezo de caballo.
Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara
cruzaron la capuera hasta que un alambrado los detuvo.
–Un alambrado –dijo el alazán.
–Sí, alambrado –asintió el malacara. Y ambos, pasando la cabeza
sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía un
alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y una
plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los caballos
entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a la derecha.
Dos minutos después pasaban; un árbol, seco en pie por el fuego,
había caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en
que sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por
la escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.
–Es yerba –constató el malacara, con sus trémulos labios a medio
centímetro de las duras hojas. La decepción pudo haber sido grande;
mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a pasear. De
modo que cortando oblicuamente el yerbal prosiguieron su camino,
hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo con
tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera, abierta para
su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno camino real.
Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía
todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad
presente, había infinita distancia. Mas por infinita que fuera, los caballos
pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

perezosa atención los alrededores, quitáronse

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

mutuamente la caspa del pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su


aventura.
El día, en verdad, la favorecía. La bruma matinal de Misiones
acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente azul, el paisaje
brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma cuya cumbre ocupaban
en ese momento los dos caballos, el camino de tierra colorada cortaba el
pasto delante de ellos con precisión admirable, descendía al valle blanco
de espartillo helado, para tornar a subir hasta el monte lejano. El viento,
muy frío, cristalizaba aún más la claridad de la mañana de oro, y los
caballos, que sentían de frente el sol, casi horizontal todavía,
entrecerraban los ojos al dichoso deslumbramiento.
Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de
luz, hasta que al doblar una punta de monte vieron a orillas del camino
cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas en pleno
invierno...
Y con las narices dilatadas de gula, los caballos acercaron al
alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! Y entrarían ellos, los
caballos libres!
Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa
madrugada alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte,
ni desmonte, nada fuera obstáculo para ellos. Habían visto cosas
extraordinarias, salvado dificultades no creíbles, y se sentían gordos,
orgullosos y facultados para tomar la decisión más estrafalaria que
ocurrírseles pudiera.
En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas
detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la
tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban
inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.
–¿Por qué no entran? –preguntó el alazán a las vacas.
–Porque no se puede –le respondieron.
–Nosotros pasamos por todas partes –afirmó el alazán, altivo–.
Desde hace un mes pasamos por todas partes.
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Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido


sinceramente el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera
mirar a los intrusos.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Los caballos no pueden –dijo una vaquillona movediza–. Dicen eso


y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.
–Tienen soga –añadió una vieja madre sin volver la cabeza.
– ¡Yo no, yo no tengo soga! –respondió vivamente el alazán–. Yo vivía
en las capueras y pasaba.
–¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no
pueden. La vaquillona movediza intervino de nuevo:
–El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los
contiene. ¿Y entonces...? ¿Ustedes no pasan?
–No, no pasamos –repuso sencillamente el malacara, convencido por
la evidencia.
–¡Nosotras sí!
Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las
vacas, atrevidas y astutas, impertinentes invasoras de chacras y el
Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.
–Esta tranquera es mala –objetó la vieja madre.
–¡El sí! Corre los palos con los cuernos.
–¿Quién? –preguntó el alazán.
Todas las vacas, sorprendidas de esa ignorancia, volvieron la
cabeza al alazán.
–¡El toro, Barigüí! Él puede más que los alambrados malos.
–¿Alambrados...? ¿Pasa?
–¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.
Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a
que un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por
aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible
que puede hallar el deseo de pasar adelante.
De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso
llegaba el toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en
tranquila recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente
su inferioridad.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca,


intentó hacerla correr a un lado. Los caballos levantaron las orejas,
admirados, pero la tranca no corrió. Una tras otra, el toro probó sin
resultado su esfuerzo inteligente: el chacarero, dueño feliz de la
plantación de avena, había asegurado la tarde anterior los palos con
cuñas.
El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos
entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados
mugidos sibilantes.
Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En
determinado lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa
tendiéndolo violentamente hacia arriba con él testuz, y la enorme bestia
pasó arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y
las vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero
a las vacas falta evidentemente la decisión masculina de permitir en la
piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo retiraban
presto con mareante cabeceo.
Los caballos miraban siempre.
–No pasan –observó el malacara. No pasan,
–El toro pasó –dijo el alazán. Come mucho. Y la pareja se dirigía a su
vez a costear el alambrado por la fuerza de la costumbre, cuando un
mugido claro y berreante ahora, llegó hasta ellos: dentro del avenal el
toro, con cabriolas de falso ataque, bramaba ante el chacarero que con
un palo trataba de alcanzarlo.
–¡Añá...! Te voy a dar saltitos... –gritaba el hombre. Barigüí, siempre
danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes.
Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a
la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la decisión con la decisión
pesada y bruta de bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y
pasó, bajo un agudo violineo de alambre y grampas lanzadas a veinte
metros.
Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que saltaba
el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo cual los
compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido, retrocedieron por
el camino en dirección a su chacra.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del


hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro, siéndoles
dado así oír conversación.
Es evidente, por lo que de ella se desprende, que el hombre había
sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por inaccesibles
que hubieran estado dentro del monte; alambrados, por grande que
fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo arrolló el toro con
sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los vecinos estaban hartos
de la bestia y de su dueño, por los incesantes destrozos de aquélla. Pero
como los pobladores de la región difícilmente denuncian al Juzgado de
Paz perjuicios de animales, por duros que les sean, el toro proseguía
comiendo en todas partes menos en la chacra de su dueño, el cual, por
otro lado, parecía divertirse mucho con esto.
De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al
polaco cazurro.
–¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro!
Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!
El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con agudo y meloso falsete.
–¡Ah, toro malo! ¡Mi no puede! ¡Mi ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa!
¡Toro sigue vaca!
–¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!
–¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!
–¡Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!
–¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe...!
–¡Bueno! Vea, don Zaninski; yo no quiero cuestiones con vecinos,
pero tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el
alambrado del fondo: en el camino voy a poner alambre nuevo.
–¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!
–Es que ahora no va a pasar Por el camino.
–¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!
–No va a pasar.
–¿Qué pone?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Alambre de púa... Pero no va a pasar.


–¡No hace nada púa!
–Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a
lastimar.
El chacarero se fue. Es como lo anterior evidente que el maligno
polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si
cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado
infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:
–¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!
Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de
su chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí haba
cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio del
camino, mirando con solemne vaciedad de ideas desde hacía un cuarto
de hora, un punto fijo a la distancia. Detrás de él, las vacas dormitaban
al sol ya caliente, rumiando.
Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas
abrieron los ojos, despreciativas:
–Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.
–¡Barigüí sí pasó!
–A los caballos un solo hilo los contiene.
–Son flacos.
Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:
–Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más
aquí – añadió señalando con los belfos los alambres caídos, obra de
Barigüí.
–¡Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no
pasan.
–No va a pasar más. Lo dijo el hombre.
–Él comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.
El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más
afecto al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán
tuvieran fe en el alambrado que iba a construir el hombre.
La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo
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libre que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer,
olvidándose de las vacas.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Tarde ya, cuando el sol acababa de entrar, los dos caballos se


acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al
chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un
hombre rubio que, detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.
–Le digo que va a pasar –decía el pasajero.
–No pasará dos veces –replicaba el chacarero.
–¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a
pasar!
–No pasará dos veces –repetía obstinadamente el
otro. Los caballos siguieron, oyendo aún palabras
cortadas:
–...reír!
–...veremos.
Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote
inglés. El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no
conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.
–¡Curioso! –observó el malacara después de largo rato–. El caballo
va al trote, y el hombre al galope...
Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como
esa mañana. Sobre el frío cielo crepuscular, sus siluetas se destacaban
en negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán
detrás.
La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del sol,
adquiría a esa semisombra una transparencia casi fúnebre. El viento
había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en que el
termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado expandía su
penetrante humedad, que se condensaba en rastreante neblina en el
fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra ya enfriada, el
invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino costeaba el monte,
el ambiente, que se sentía de golpe más frío y húmedo, se tornaba
excesivamente pesado de perfume de azahar.
Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho,

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que hacía sonar el cajoncito de maíz, había oído su ansioso trémulo. El


viejo alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la
aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que pudiera
pasar.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa


neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez el
tabacal salvaje hollando con mudos pasos el pastizal helado, salvando la
tranquera abierta aún.
La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el
calor excesivo prometía para muy pronto cambio de tiempo. Después de
trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas en
el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y su paso:
querían ver cómo era el nuevo alambrado.
Pero su decepción, al llegar, fue grande. En los nuevos postes –
oscuros y torcidos– había dos simples alambres de púa, gruesos tal vez,
pero únicamente dos.
No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras de
monte había dado a los caballos cierta experiencia en cercados.
Observaron atentamente aquello, especialmente los postes.
–Son de madera de ley –observó el malacara.
–Sí, cernes quemados –comprobó el alazán.
Y tras otra larga mirada de examen, el malacara añadió:
–El hilo pasa por el medio, no hay
grampas... Y el alazán:
–Están muy cerca uno de otro de otro...
Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio,
aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del
cercado anterior, desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que el
hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al
terrible toro?
–El hombre dijo que no iba a pasar –se atrevió sin embargo el
malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz,
por lo cual sentíase más creyente.
Pero las vacas los habían oído.
–Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó
ya.

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–¿Pasó? ¿Por aquí? –preguntó descorazonado el malacara.


–Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.

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Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos


entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en los
cuernos, dejó en suspenso a los caballos.
–Los alambres están muy estirados –dijo el alazán después de largo
examen.
–Sí. Más estirados no se puede...
Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente
en cómo se podría pasar entre los dos hilos.
Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.
–Él pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.
–Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan –comprobó el alazán.
–¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!
Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún,
el toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente
al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los
caballos, inmóviles, alzaron las orejas.
–¡Come toda la avena! ¡Después pasa!
–Los hilos están muy estirados... –observó aún el malacara, tratando
siempre de precisar lo que sucedería si...
–¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre! –lanzó la
vaquilla locuaz.
En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia
el toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí muy
serio y con el ceño contraído.
El animal esperó que el hombre llegara frente a él, y entonces dio
principio a los mugidos de siempre, con fintas de cornadas. El hombre
avanzó más, el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y
arrasando la avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros
ya del camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y
se lanzó sobre el alambrado.
–¡Viene Barigüí! ¡La pasa todo! ¡Pasa alambre de púa! –alcanzaron a
clamar las vacas.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó el testuz y


hundió la cabeza entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de
alambre, un estridente chirrido se propagó de poste a poste hasta el
fondo, y el toro pasó.
Pero de su lomo y de su vientre, profundamente canalizados desde
el pecho a la grupa, llovía ríos de sangre. La bestia, presa de estupor,
quedó un instante atónita y temblando. Se alejó enseguida al paso,
inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se echó,
con un ronco suspiro.
A mediodía el polaco fue a buscar a su toro, y lloró en falsete ante el
chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar. Pero
su dueño, comprendiendo que le costaría mucho curarlo –si esto aún era
posible–, lo carneó esa tarde. Y el día siguiente tocóle en suerte al
malacara llevar a su casa en la maleta, dos kilos de carne de toro
muerto.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LOS MENSÚ

Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a


Posadas en el Silex con quince compañeros. Podeley, labrador de
madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluida, y con pasaje
gratis por lo gratis, por lo tanto. Cayé –mensualero– llegaba en iguales
condiciones, mas al año y medio, tiempo que había necesitado para
cancelar su cuenta.
Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos
tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos mensú
devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y Gólgota de sus
vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero volvían por fin, y el
hachazo aún doliente de la vida del obraje era apenas un roce de astilla
ante el rotundo goce que olfateaban allí.
De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria
de una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el
anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante,
espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de
profesión, ante las cuales los mensú sedientos lanzan su ¡ahijú! de
urgente locura.
Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada, y
rodeados de tres o cuatro amigas se hallaron en un momento ante la
cantidad suficiente de caña para colmar el hambre de eso de un mensú.
Un instante después estaban borrachos, y con nueva contrata
firmada. ¿En qué trabajo? ¿En dónde? No lo sabían, ni les importaba
tampoco. Sabían, sí, que tenían cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad
para llegar a mucho más en gastos. Babeantes de descanso y dicha
alcohólica, dóciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a vestirse.
Las avisadas doncellas condujéronlos a una tienda con la que tenían
relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al almacén de la
misma casa contratista. Pero en una u otro las muchachas renovaron el

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de peinetones,


ahorcáronse de cintas –robado todo ello con perfecta sangre fría al
hidalgo alcohol de su

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

compañero, pues lo único que un mensú realmente posee es un


desprendimiento brutal de su dinero.
Por su parte, Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y
aceites de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva,
mientras Podeley, más juicioso, optaba por un traje de paño.
Posiblemente pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un
montón de papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora
después lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas,
calzados de botas, poncho al hombro –y revólver 44 en el cinto, desde
luego–, repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre los
dientes, y dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo de color.
Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú,
arrastrando su coche mañana y tarde por las calles caldeadas, una
infección de tabaco y extractos de obraje.
La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en dinero
les hacía lanzar diez pesos por una botella de cerveza, para recibir en
cambio un peso y cuarenta centavos, que guardaban sin ojear siquiera.
Así, tras constantes derroches de nuevos adelantos–necesidad
irresistible de compensar con siete días de gran señor las miserias del
obraje–, los mensú volvieron a rea remontar el río en el Sílex. Cayé llevó
compañera, y los tres, borrachos como los demás peones, se instalaron
junto a la bodega, donde ya diez mulas se hacinaban en íntimo contacto
con baúles, atados, perros, mujeres y hombres.
Al día siguiente, ya despejadas las cabezas, Podeley y Cayé
examinaron sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde su
contrata. Cayé había recibido ciento veinte pesos en efecto, y treinta y
cinco en gasto; y Podeley, ciento treinta y setenta y cinco,
respectivamente.
Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto,
si un mensú no estuviera perfectamente curado de ello. No recordaban
106
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

haber gastado ni la quinta parte siquiera.


–¡Añá...! –murmuró Cayé–. No voy a cumplir nunca...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y desde ese momento adquirió sencillamente –como justo castigo


de su despilfarro– la idea de escaparse de allá.
La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
para él, que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley.
–Vos tenés suerte... –dijo–. Grande, tu anticipo...
–Vos traés compañera –objetó Podeley–. Eso te cuesta para tu
bolsillo...
Cayé miró a su mujer; y aunque la belleza y otras cualidades de
orden más moral pesan muy poco en la elección de un mensú, quedó
satisfecho. La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de
raso, falda verde y blusa amarilla; lucía en el cuello sucio un triple collar
de perlas: calzaba zapatos Luis XV, tenía las mejillas brutalmente
pintadas, y un desdeñoso cigarro de hoja bajo los párpados entornados.
Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44: ambas cosas eran
realmente lo único que valía de cuanto llevaba con él. Y aún el 44 corría
riesgo de naufragar tras el anticipo, por minúscula que fuera su tentación
de tallar.
Sobre un baúl de punta, en efecto, los mensú jugaban
concienzudamente al monte cuanto tenían. Cayé observó un rato
riéndose, como se ríen siempre los peones cuando están juntos, sea cual
fuera el motivo; y se aproximó al baúl, colocando a una carta cinco
cigarros.
Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero
suficiente para pagar el adelanto en el obraje y volverse en el mismo
vapor a Posadas, a derrochar un nuevo anticipo.
Perdió. Perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el
collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente recuperó
las botas, pero nada más, mientras la muchacha compensaba la
desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.
Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el collar en cuestión, y
una caja de jabones de olor que halló modo de jugar contra un machete
y media docena de medias, que ganó, quedando así satisfecho.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Por fin, quince días después, llegaron a destino. Los peones treparon
alegres la interminable cinta roja que escalaba la barranca, desde
cuya cima el Sílex

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

aparecía diminuto y hundido en el lúgubre río. Y con ahijús y terribles


invectivas en guaraní, los mensú despidieron al vapor que debía ahogar,
en una baldeada de tres horas, la nauseabunda atmósfera de desaseo,
pachulí y mulas enfermas, que durante cuatro días remontó con él. Para
Podeley, labrador de madera, cuyo diario podía subir a siete pesos, la
vida de obraje no era muy dura. Hecho a ella, domaba su aspiración
de estricta justicia en el cubicaje de la madera, compensando las rapiñas
rutinarias con ciertos privilegios de buen peón. Su nueva etapa comenzó
al día siguiente, una vez demarcada su zona de bosque. Construyó con
hojas de palmera su cobertizo –techo y pared sur, nada más–; dio
nombre de cama a ocho varas horizontales, y de un horcón colgó la
provista semanal. Recomenzó, automáticamente, sus días de obraje:
silenciosos mates al levantarse, de noche aún, que se sucedían sin
desprender la mano de la pava; la exploración en descubierta madera; el
desayuno a las ocho, –harina, charque y grasa–; el hacha luego, a busto
descubierto, cuyo sudor arrastraba tábanos, barigüís y mosquitos;
después el almuerzo –esta vez porotos y maíz flotando en la inevitable
grasa–,para concluir de noche, tras nueva lucha con las piezas de ocho
por treinta, con el yopará del mediodía.
Fuera de algún incidente con sus colegas labradores, que invadían
su jurisdicción; del hastío de los días de lluvia que lo relegan en cuclillas
frente a la pava, la tarea proseguía hasta el sábado de tarde. Lavaba
entonces su ropa, y el domingo iba al almacén a proveerse.
Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo
entre los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo
indígena la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba
entonces a ochenta centavos por kilo de galleta, y siete pesos por un
calzoncillo de lienzo. El mismo fatalismo que aceptaba esto con un ¡añá!
y una riente mirada a los demás compañeros, le dictaba, en elemental
desagravio, el deber de huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta
ambición no estaba en todos los pechos, todos los peones comprendían
esa mordedura de contra–justicia que iba, en caso de llegar, a clavar los
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

dientes en la entraña misma del patrón. Este, por su parte, llevaba la


lucha a su extremo final, vigilando día y noche a su gente, y en especial
los mensualeros.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, tumbando piezas


entre inacabable gritería, que subía de punto cuando las mulas,
impotentes para contener la alzaprima que bajaba de la altísima
barranca a toda velocidad, rodaban unas sobre otras dando tumbos,
vigas, animales, carretas, todo bien mezclado. Raramente se lastimaban
las mulas; pero la algazara era la misma.
Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de
revirados y yoparás, que el pregusto de la huida tornaba más indigestos,
deteníase aún por falta de revólver y, ciertamente, ante el winchester del
capataz.
¡Pero si tuviera un 44!...
La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada.
La compañera de Cayé, que desprovista ya de su lujoso atavío se
ganaba la vida lavando la ropa a los peones, cambió un día de domicilio.
Cayé la esperó dos noches; y a la tercera fue al rancho de su
reemplazante, donde propinó una soberbia paliza a la muchacha. Los dos
mensú quedaron solos charlando, amistosamente, resultas de lo cual
convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el seductor se instaló con la
pareja. Esto era económico y bastante juicioso. Pero como el mensú
parecía gustar realmente de la dama –cosa rara en el gremio–, Cayé
ofreciósela en venta por un revólver con balas, que él mismo sacaría del
almacén. No obstante esta sencillez, el trato estuvo a punto de
romperse, porque a última hora Cayé pidió que se agregara un metro de
tabaco en cuerda, lo que pareció excesivo al mensú. Concluyóse por fin
el mercado, y mientras el fresco matrimonio se instalaba en su rancho,
Cayé cargaba concienzudamente su 44 para dirigirse a concluir la tarde
lluviosa tomando mate con aquéllos.
El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con chubascos de cinco
minutos, se descomponía por fin en mal tiempo constante, cuya
humedad hinchaba el hombro de los mensú. Podeley, libre de esto hasta
entonces, sintióse un día con tal desgano al llegar a su viga, que se
detuvo, mirando a todas partes sin saber qué hacer. No tenía ánimo para
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

nada. Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió un ligero cosquilleo en


la espalda.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Podeley sabía muy bien qué significaba aquel desgano y aquel


hormigueo a flor de piel. Sentóse filosóficamente a tomar mate y media
hora después un hondo y largo escalofrío recorríale la espalda.
No había nada que hacer. El mensú se echó sobre las varas tiritando
de frío, doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes,
incontenibles, castañeteaban a más no poder.
Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el crepúsculo, tornó a
mediodía, y Podeley fue a la comisaría a pedir quinina. Tan claramente
se denunciaba el chucho en el aspecto del mensú, que el dependiente,
sin mirar casi al enfermo, bajó los paquetes de quinina. Podeley volcó
tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella, y cuando
regresaba al monte tropezó con el mayordomo.
–¡Vos también! –le dijo el mayordomo, mirándolo–. Y van cuatro. Los
otros no importa... poca cosa. Vos sos cumplidor... ¿Cómo está tu
cuenta?
–Falta poco... Pero no voy a poder hachear...
–¡Bah! Curate bien y no es nada... Hasta mañana.
–Hasta mañana –se alejó Podeley apresurando el paso, porque en
los talones acababa de sentir un leve cosquilleo.
El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley
desplomado en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca,
como si no pudiera alcanzar más allá de uno o dos metros.
El descanso absoluto a que se entregó por tres días –bálsamo
específico para el mensú, por lo inesperado–, no hizo sino convertirle en
un bulto castañeteante y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya
fiebre anterior había tenido honrado y periódico ritmo, no presagió nada
bueno para él de esa galopada de accesos, casi sin intermitencia. Hay
fiebre y fiebre. Si la quinina no había cortado a ras el segundo ataque,
era inútil que se quedara allá arriba, a morir hecho un ovillo en cualquier
recodo de picada. Y bajó de nuevo al almacén.
–¡Otra vez, vos! –lo recibió el mayordomo. Eso no anda bien... ¿No
tomaste quinina?
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Tomé... no me hallo con esta fiebre... No puedo con mi hacha. Si


querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane...
El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la
vida que quedaba en su peón.
–¿Cómo está tu cuenta? –preguntó otra vez.
–Debo veinte pesos todavía... El sábado
entregué... Me hallo enfermo grande...
–Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar.
Abajo... te podés morir. Curate aquí, y arreglás tu cuenta enseguida.
¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por
cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo
prefería hombre muerto a deudor lejano.
Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se
permite ante su patrón un mensú de talla.
–¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir! –replicó el
mayordomo–.
¡Pagá tu cuenta primero, y después hablaremos!
Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo del
desquite. Fue a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y ambos
decidieron escaparse el próximo domingo.
–¡Ahí tenés! –gritó el mayordomo a Podeley esa misma tarde al
cruzarse con él–. Anoche se han escapado tres... ¿Eso es lo que te gusta,
no? ¡Esos también eran cumplidores! ¡Como vos! ¡Pero antes vas a
reventar aquí, que salir de la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos
los que están oyendo! ¡Ya saben!
La decisión de huir y sus peligros –para los que el mensú necesita
todas sus fuerzas– es capaz de contener algo más que una fiebre
perniciosa. El domingo, por lo demás, había llegado; y con falsas
maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal o
cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cayé se encontraron de
pronto a mil metros de la comisaría.
Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada,

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

pues Podeley caminaba mal. Y aún así...


La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca:

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡A la cabeza! ¡A los dos!


Y un momento después desembocando de un codo de la picada
surgían corriendo el capataz y tres peones. La cacería comenzaba.
Cayé amartilló su revólver sin dejar de huir.
–¡Entregáte, añá! –gritóles el capataz desde atrás.
–Entremos en el monte –dijo Podeley–. Yo no tengo fuerza para
mi machete...
–¡Volvé o te tiro! –llegó otra voz.
–Cuando estén más cerca... –comenzó Cayé. Una bala de winchester
pasó silbando por la picada.
–¡Entrá! –gritó Cayé a su compañero. Y parapetándose tras un
árbol, descargó hacia los perseguidores cinco tiros de su revólver.
Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester
hacía saltar la corteza del árbol que ocultaba a Cayé.
–¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza...!
–¡Andá no más! –instó Cayé a Podeley–. Yo voy a...
Y tras nueva descarga entró a su vez en el monte. Los
perseguidores, detenidos un momento por las explosiones, lanzáronse
rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de winchester, el derrotero
probable de los fugitivos.
A cien metros de la picada, y siguiendo su misma línea, Cayé y
Podeley se alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los
perseguidores presumían esta maniobra; pero como dentro del monte el
que ataca tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una
bala en mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de
winchester y aullidos desafiantes. Por lo demás, los tiros errados hoy
habían hecho lindo blanco la noche del jueves...
El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley
se envolvió en el poncho, y recostado en la espalda de su compañero,
sufrió en dos terribles horas de chucho, el contragolpe de aquel esfuerzo.
Luego prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando
la noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Podeley encendió

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde, fuera de los


pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz, sin contar los
hombres.
El sol estaba muy alto ya cuando a la mañana siguiente encontraron
el riacho, primera y última esperanza de los escapados. Cayé cortó doce
tacuaras sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas fuerzas
fueron dedicadas a cortar los isipós, tuvo apenas tiempo de hacerlo
antes de arrollarse a tiritar.
Cayé, pues, construyó solo la jangada –diez tacuaras atadas
longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.
A los diez segundos de concluida se embarcaron. Y la jangadilla,
arrastrada a la deriva, entró en el Paraná.
Las noches son en esa época excesivamente frescas; y los dos
mensú, con los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al
otro. La corriente del Paraná, que llegaba cargado de inmensas lluvias,
retorcía la jangada en el borbollón de sus remolinos, y aflojaba
lentamente los nudos de isipó.
En todo el día siguiente comieron dos chipas, último resto de
provisión, que Podeley probó apenas. Las tacuaras taladradas por los
tambús se hundían. Y al caer la tarde, la jangada había descendido a una
cuarta del nivel del agua.
Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres murallones de
bosque, desierto del más remoto ¡ay!, los dos hombres, sumergidos
hasta la rodilla, derivaban girando sobre sí mismos, detenidos un
momento inmóviles ante un remolino, siguiendo de nuevo,
sosteniéndose apenas sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban
de sus pies, en una noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos
desesperados.
El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No lo
sabían... Un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmóviles,
tendidos de vientre.
Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A media


cuadra al sur, el riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando hubieran
recuperado las fuerzas. Pero éstas no volvían tan rápidamente como era
de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son tardos
fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

cerrada transformó al Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa


avenida. Todo imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando
agua, y apoyándose en el revólver para levantarse, apuntó a Cayé.
Volaba de fiebre.
–¡Pasá, añá!...
Cayé vio que poco podía esperar de aquel delirio, y se inclinó
disimuladamente para alcanzar a su compañero de un palo. Pero el otro
insistió:
–¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá
el río! Los dedos lívidos temblaban sobre
el gatillo.
Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente y desapareció tras el
pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.
Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero; pero Podeley yacía
de nuevo de costado, con las rodillas recogidas hasta el pecho, bajo la
lluvia incesante. Al aproximarse Cayé alzó la cabeza, y sin abrir el
enfermo los ojos, cegados por el agua, murmuró:
–Cayé, caray... Frío muy grande...
Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda
de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó
inmóvil para siempre en su tumba de agua.
Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la
lluvia, el superviviente agotó las raíces y gusanos posibles, perdió poco a
poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre,
con los ojos fijos en el Paraná.
El Sílex, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi
moribundo. Mas su felicidad transformóse en terror al darse cuenta, al
día siguiente, de que el vapor remontaba el río.
–¡Por favor te pido! –lloriqueó ante el capitán–. ¡No me bajés en
Puerto X!
¡Me van a matar!... ¡Te lo pido de veras!...
El Sílex volvió a Posadas, llevando con él al mensú, empapado

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

aún en pesadillas nocturnas.


Pero a los diez minutos de bajar a tierra estaba ya borracho con
nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LA GALLINA DEGOLLADA

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro


hijos idiotas del matrimonio Mazzini–Ferraz. Tenían la lengua entre los
labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el
cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba
su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al
fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa,
mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras,
imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su
inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo,
alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío
letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las
piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio
y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de
sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir
mucho más vital: un hijo:
¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración
de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin
ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles
de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce
meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció,
bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes
sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente
123
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención


profesional que está visiblemente buscando la causa del mal en las
enfermedades de los padres.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el


movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido
del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto
para siempre sobre las rodillas de su madre.
–¡Hijo, mi hijo querido! –sollozaba ésta, sobre aquella espantosa
ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
–A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá
mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más
allá.
–¡Sí!... ¡sí!... –asentía Mazzini.– Pero dígame: ¿Usted cree que es
herencia, que...?
–En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a
su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No
veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor
a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza
de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del
primogénito se repetian, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su
sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho
años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear
un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como
en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de dolorido amor,
un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso
de los dos mayores.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y


Berta gran compasión por sus cuatro hijos.
Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus
almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de
sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban
contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban
mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer,
o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces,
echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial.
Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener
nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora
descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente
otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado
a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos. Y como a más
del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
–Me parece –díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos– que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
–Es la primera vez –repuso al rato– que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
–De nuestros hijos, ¿me parece?
–Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? –alzó

126
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

ella Esta vez Mazzini se expresó claramente:


–¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

127
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Ah, no! –se sonrió Berta, muy pálida– ¡pero yo tampoco,


supongo!... ¡No faltaba más!... –murmuró.
–¿Qué, no faltaba más?
– ¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo
que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de un
momento con insultarla.
– ¡Dejemos! –articuló, secándose por fin las manos.
–Como quieras; pero si quieres decir...
–¡Berta!
–¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliaciones, sus almas se unían doble arrebato y locura
por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,
esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a
los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición
de su hija echaba ahora afuera, con el de terror de perderla, los rencores
de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se
vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido
el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona.
Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había
llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de
los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores


afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba,
con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el
día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado
de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle,
la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o
quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi
siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
–¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?...
–Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a
propósito. Ella se sonrió, desdeñosa:
–¡No, no te creo tanto!
–Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
–¡Qué! ¿qué dijiste?...
–¡Nada!
–¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero
cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
–¡Al fin! –murmuró con los dientes apretados.– ¡Al fin, víbora, has
dicho lo que querías!
–¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos! ¿Oyes?, ¡sanos! ¡Mi
padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo
el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
–¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la
meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la
ligera indigestión

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios


jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la
reconciliación Regó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los
agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió
sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran
culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una
palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas
tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo
que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo
con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de
conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras
ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a
otro, mirando estupefactos la operación. Rojo... rojo...
–¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas
de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa
horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor más
irritable era su humor con los monstruos.
–¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres
bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos
Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su
banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su


hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su
cuenta. Detenida al pie

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda.
Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió
entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar
vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
apoyaba la garganta sobre la cresta del cerro, entre sus manos tirantes.
Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse
más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la
pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron
miedo.
–¡Soltáme! ¡dejáme! –gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
–¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! –lloró imperiosamente. Trató
aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
–Mamá, ¡ay! Ma... –No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el
cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se
había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo
por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
–Me parece que te llama –le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un
momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su
sombrero, Mazzini avanzó en el patio:
–¡Bertita!
Nadie respondió.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Bertita! –alzó más la voz, ya alterada.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que


la espalda se le heló de horrible presentimiento.
–¡Mi hija, mi hija! –corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al
pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó
violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el
angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso,
conteniéndola:
–¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus
brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el


carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo
quería mucho, sin embargo, aunque a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba
una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una
hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses –se habían casado en abril–, vivieron una dicha
especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido
cielo de amor; más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
semblante de su marido la contenía siempre.
–La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La
blancura del patio silencioso –frisos, columnas y estatuas de mármol –
producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo
glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba
aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los
pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera
sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había
concluído, no obstante, por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y
aún vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que
se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin
una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le
pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió enseguida en
sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente, todo su
espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán.
Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma
atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
–No sé– le dijo a Jordán en la puerta de calle–.Tiene una gran
debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse
una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia
no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día
el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba.
Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación.
La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y
proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un
instante en cada extremo a mirar a su mujer.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro
lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos
fijos. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron
de sudor.
–¡Jordán! ¡Jordán!–clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la
alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido
de horror.
–¡Soy yo, Alicia, Soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y
después de largo rato de estupefacta confrontación, volvió en sí. Sonrió y
tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora
temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una
vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
absolutamente cómo.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,


pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en
silencio, y siguieron al comedor.
–Pst... – se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera
–. Es un caso inexplicable... Poco hay que hacer...
–¡Sólo eso me faltaba!– resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente
sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de
tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no
avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope
casi.
Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar
desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer
día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la
cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el
almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de
monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban
dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a
media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el
dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que
el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los
eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer
la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
–¡Señor! –llamó a Jordán en voz baja–. En el almohadón hay
manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había
dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
–Parecen picaduras –murmuró la sirvienta después de un rato de
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

inmóvil observación.
–Levántelo a la luz –le dijo Jordán.

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La sirvienta lo levantó; pero enseguida lo dejó caer, y se quedó


mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que
los cabellos se le erizaban.
–¿Qué hay? –murmuró con la voz ronca.
–Pesa mucho –articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y
sobre la mesa del comedor Jordán corto funda y envoltura de un tajo. Las
plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horro con toda la
boca abierta, levándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el
fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había
un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado
que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había
aplicado sigilosamente su boca –su trompa, mejor dicho– a las sienes de
aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su
desarrollo: pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue
vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo vaciado a
Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
almohadones de pluma.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

YAGUÍ

Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra –un sólido
bloque de mineral de hierro– y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el
sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco,
fenómeno éste que no seducía al fox–terrier. Allí abajo, sin embargo,
estaba la lagartija. El perro giró nuevamente alrededor, resopló en un
intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el bloque ardiente.
Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no impedía un sistemático
olfateo a ambos lados del sendero.
Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco
refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la
opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la
depresión de la atmósfera acompaña falta de aire, tornábase imposible
en un día de viento norte. Era éste otro flamante conocimiento del fox–
terrier, en quien luchaba aún la herencia del país templado –Buenos
Aires, patria de sus abuelos y suya–, donde sucede precisamente lo
contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó bajo un naranjo, en
pleno viento de fuego, pero que facilitaba inmensamente la respiración.
Y como los perros transpiran muy poco, Yaguaí apreciaba cuanto es
debido al viento evaporizador, sobre la lengua danzante puesta a su
paso.
El termómetro alcanzaba en ese momento a cuarenta grados. Pero
los fox– terriers de buena cuna son singularmente falaces en cuanto a
promesas de quietud se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la
meseta volcánica que la roja arena tornaba aún más caliente, había
lagartijas.
Con la boca ahora cerrada, Yaguaí traspuso el tejido de alambre y se
halló en pleno campo de caza. Desde setiembre no había logrado otra
ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro lagartijas de las
pocas que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fue entonces a

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

bañar.
A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del
bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales,
pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluido
un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos
metros de hondura, tendiéndose

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

en larga escarpa por un lado, a modo de tamajar. Su fuente, bien que


superficial, resistía a secas de dos meses, lo que es bien meritorio en
Misiones.
Allí se bañaba el fox–terrier, primero la lengua, después el vientre
sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía a la
casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su camino. Al caer el
sol, tornaba al pozo. De aquí que Yaguaí sufriera vagamente de pulgas,
y con bastante facilidad, el calor tropical para el que su raza no había
sido creada.
El instinto combativo del fox–terrier se manifestó normalmente
contra las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó
por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque a
todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los peones
que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la obstinación del
perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego; si bien la admiración
de aquéllos no pasaba del cuadro de caza.
–Eso –dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de cabeza–,
no sirve más que para bichitos...
El dueño de Yaguaí lo oyó:
–Tal vez –repuso–; pero ninguno de los famosos perros de ustedes
sería capaz de hacer lo que hace ése.
Los hombres se sonrieron sin contestar.
Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte y su
maravillosa aptitud para la caza a la carrera, que su fox–terrier ignoraba.
¿Enseñarle? Acaso; pero no tenía cómo hacerlo.
Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los
venados que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta,
porque aunque él tenía un buen perro, no podía sino a veces alcanzar a
los venados de un alcanzarlos de un palo...
Cooper prestó la escopeta, y aun propuso ir esa noche al rozado.
–No hay luna –objetó el peón.
–No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se


lanzó enseguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la


barrera de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los
dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna.
Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.
Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar
muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El perro
del peón halló una pista, muy lejos, que perdió enseguida. Una hora
después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa. La
prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper.
Se olvidó luego de ellos, mientras el fox–terrier continuaba cazando
ratas, algún lagarto o zorro en su cueva, y lagartijas.
Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes,
pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras en
lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El
termómetro se mantenía entre treinta y cinco y cuarenta, sin la más
remota esperanza de lluvia. Durante cuatro días el tiempo se cargó, con
asfixiante calma y aumentó de calor. Y cuando se perdió al fin la
esperanza de que el sur devolviera en torrentes de agua todo el viento
de fuego recibido un mes entero del norte, la gente se resignó a una
desastrosa sequía.
El fox–terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque
cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no respiran
bien, echados. Con la lengua afuera y los ojos entornados, asistió a la
muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La huerta se
perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una blancura
amarillenta, y a fines de noviembre sólo quedaban de él columnitas
truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca, heroica
entre todas, resistía bien.
El pozo del fox–terrier –agotada su fuente– perdió día a día su agua
verdosa, y ahora tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si
bien hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del
monte forzaba hasta el pozo.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo


aumentar poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a
quince al amanecer, llegaba a

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

cuarenta y uno a las dos de la tarde. La sequedad del aire llevaba a


beber al fox– terrier cada media hora, debiendo entonces luchar con las
avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de sed. Las gallinas,
con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la triple sombra de los
bananos, la glorieta y la enredadera de flor roja, sin atreverse a dar un
paso sobre la arena abrasada, y bajo un sol que mataba
instantáneamente a las hormigas rubias.
Alrededor, cuanto abarcaban los ojos del fox–terrier: los bloques de
hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de
calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de
la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su agua de cinc,
esperando la caída de la tarde para revivir. La atmósfera, entonces,
ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al horizonte en denso
vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río, sosteníase asfixiado en
perfecto círculo de sangre. Y mientras el viento cesaba por completo y,
en el aire aún abrasado, Yaguaí arrastraba por la meseta su diminuta
mancha blanca, las palmeras negras, recortándose inmóviles sobre el río
cuajado en rubí, infundían en el paisaje una sensación de lujoso y
sombrío oasis.
Los días se sucedían iguales. El pozo del fox–terrier se secó, y las
asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron
para él esa misma tarde.
Desde tiempo atrás el perrito blanco había sido muy solicitado por
un amigo de Cooper, hombre de selva, cuyos muchos ratos perdidos se
pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos para
esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatís, lo que envolviendo
una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también la
posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella
fundamentalmente al perro que no supo cogerlo.
Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox–terrier en un asunto
de irara, a la que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo
que un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

entre cruz y pescuezo no era un perro cualquiera por más corta que
tuviera la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le
prestara a Yaguaí.
–Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón –le decía.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Tiene tiempo –respondía Cooper.


Pero en esos días abrumadores –la visita de Fragoso habiendo
avivado el recuerdo del pedido–, Cooper le entregó su perro a fin de
que le enseñara a correr.
Yaguaí corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el
mismo Cooper.
Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado
en octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz
y porotos, totalmente perdida por la seca. Esto último, específico para el
cazador, tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en
cambio la nueva alimentación. Él, que en casa de Cooper coleaba ante la
mandioca simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba
por tres o cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la
cocinera, conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo
que come, para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros
habían pulido ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz
sancochado que les daban cada día.
Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta –maniobra
ésta que entraba en el sistema educacional del cazador–; pero el
hambre, que llevaba a aquéllos naturalmente al monte a rastrear para
comer, inmovilizaba al fox–terrier en el rancho, único lugar del mundo
donde podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán
siempre malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí
caza desde su creación por simple sport.
Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox–terrier. Pero siendo
Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus tres
perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores
tiempos para esa enseñanza.
Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse;
las últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano,
y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las
entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida el fox–terrier había adquirido
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

con pasmosa rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los


perros del país. Aprendió entonces a merodear de noche por los
ranchos vecinos, avanzando con cautela, las piernas

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

dobladas y elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata de


espartillo al menor rumor hostil. Aprendió a no ladrar por más furor o
miedo que tuviera, y a gruñir de un modo particularmente sordo cuando
el cuzco de un rancho defendía a éste del pillaje. Aprendió a visitar los
gallineros, a separar dos platos encimados con el hocico, y a llevarse en
la boca una lata con grasa a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal.
Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de
grasa, del hollín pegoteado de una olla y –alguna vez–, de la miel
recogida y guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia
necesaria para apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba,
siguiéndolo con los ojos, agachado entre el pasto. Y a fines de enero, de
la mirada encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y
provocador del fox–terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso, de
orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba
furtivamente por los caminos.
La sequía continuaba, entre tanto; el monte quedó poco a poco
desierto, pues los animales se concentraban en los hilos de agua que
habían sido grandes arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los
separaba del abrevadero de las bestias con éxito mediano, pues siendo
aquél muy frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor
tornábase desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y
con nuevos disgustos con el propietario de la tierra, no tenía humor para
cazar, ni aun por hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy
crítica, cuando una circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la
lamentable jauría.
Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con
él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura vegetal –
vaguísima, si se quiere–, pero que acusaba un poco de vida en aquel
infierno de calor y seca. En efecto, San Ignacio había sido menos
azotado, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se
sostenían en pie.
No comieron los perros ese día; pero al regresar jadeando detrás del
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

caballo, probaron en su memoria aquella sensación de frescura. Y a la


noche siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la
orilla del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico
trémulo a la otra costa. La luna

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

salía entonces, con su amarillenta luz de menguante. Los perros


avanzaron cautelosamente sobre el río a flor de piedra, saltando aquí,
nadando allá, en un paso que en agua normal no da fondo a tres metros.
Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el
maizal más cercano. Allí el fox–terrier vio cómo sus compañeros
quebraban los tallos con los dientes, devorando con secos mordiscos que
entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo él lo mismo; y
durante una hora, en el negro cementerio de árboles quemados, que la
fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron
de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente.
Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido
demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura
con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no lo sintieron
mucho.
Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, al fondo de la colonia.
El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra excelente; y aquellas
inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo con el machete,
debían de preparar magníficos rozados.
Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y
quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro
de lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó
plomo, y en las horas más calientes se trasparentaban en el horizonte
lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a treinta y nueve y el viento
norte soplando con furia trajeron al fin doce milímetros de agua, que
Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vio nacer, lo vio
crecer magníficamente hasta cinco centímetros. Pero nada más.
En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven
infinidad de roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se
desbandan y el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones. De
este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron
enseguida restregándose el hocico mordido. Fragoso mató esa misma
noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente él y sus compañeros


se internaban en el monte (aunque el fox–terrier no corría tras el rastro,
sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de urúes),
cuando Yaguaí se

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sorprendió del rodeo que efectuaban sus compañeros para no cruzar el


rozado. Yaguaí avanzó por él, no obstante; y un momento después lo
mordían en una pata, mientras rápidas sombras corrían a todos lados.
Yaguaí vio lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de
bosque tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y
duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre,
humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las
ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse en el
rancho, ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas
hambrientas que invadían literalmente la casa.
Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y
músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del
viejo combate con la irara: era la misma mordida la misma mordida
sobre la cruz; un golpe seco de mandíbula, y a otra rata.
Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y
con larga serie de juramentos en voz alta, dio su maizal por perdido.
¿Qué podía hacer Yaguaí solo? Fue al rozado, acariciando al fox–terrier, y
silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los
dientes de las ratas en el hocico, chillaban restregándolo a dos patas.
Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el primero
sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar burbujas
sanguinolentas por la nariz.
En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox–terrier
para salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las
martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la
plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de nueva
plantación, y Fragoso se vio forzado a ir a San Ignacio en busca de
trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no podía ya
entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues las últimas
aventuras, colocando al fox–terrier en su verdadero teatro de caza,
habían levantado muy alta la estima del cazador por el perrito blanco.
En el camino, el fox–terrier oyó, lejanas, las explosiones de los
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vio a la vera del bosque a
las vacas que soportando la nube de tábanos empujaban los catiguás
con el pecho, avanzando

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

montadas sobre el tronco arqueado hasta alcanzar las hojas. Vio las
rígidas tunas del monte tropical dobladas como velas; y sobre el
brumoso horizonte de las tardes de treinta y ocho a cuarenta grados,
volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.
Media hora después entraban en San Ignacio.
Siendo ya tarde para llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para
la mañana siguiente su visita. Los tres perros, aunque muertos de
hambre, no se aventuraron mucho a merodear en país desconocido, con
excepción de Yaguaí, al que el recuerdo bruscamente despierto de las
viejas carreras delante del caballo de Cooper, llevaba en línea recta a
casa de su amo.
Las circunstancias anormales por que pasaba el país con la sequía
de cuatro meses –y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–,
hacían que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de
abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En
pleno día, Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas,
arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el
ingenio de un poblador haragán llega hasta enseñar a sus cachorros esta
maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que
Cooper perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta
sobre todo ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la
lección era asimismo dura.
Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído
alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de
alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo
afuera vio una mancha blanca que avanzaba dentro del patio.
Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasantes del animal con las
patas traseras a la rastra, tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo
explicar. Llegó hasta el lugar, pero el perro había desaparecido ya, y
entró de nuevo en la casa.
–¿Qué fue, papá? –le preguntó desde la cama su hija– ¿Un perro?
–Sí –repuso Cooper colgando la escopeta–. Le tiré un poco de cerca...
158
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Grande el perro, papá?


–No, chico.
Pasó un momento.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Pobre Yaguaí! –prosiguió Julia– ¡Cómo estará!


Súbitamente, Cooper recordó la impresión sufrida al oír aullar al
perro: algo de su Yaguaí había allí... Pero pensando también en cuán
remota era esa probabilidad, se durmió tranquilo.
Fue a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper,
siguiendo el rastro de sangre, halló a su fox–terrier muerto al borde del
pozo del bananal.
De pésimo humor volvió a casa, y la primera pregunta de Julia fue
por el perro chico:–¿Murió, papá?
–Sí, allá en el pozo... Es Yaguaí.
Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados fue al pozo.
Julia, después de mirar un rato inmóvil, acercó despacio a sollozar junto
al pantalón de Cooper.
–¡Qué hiciste, papá!
–No sabía, chiquita... Apártate un momento.
En el bananal enterró a su perro; apisonó la tierra encima, y regresó
profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos que
lloraban despacio para chicos, que su padre no los sintiera.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LOS PESCADORES DE VIGAS

El motivo fue ciertos muebles de comedor que míster Hall no tenía


aún, y su fonógrafo le sirvió de anzuelo.
Candiyú lo vio en la oficina provisoria de la «Yerba Company»,
donde míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.
Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna,
contentándose con detener su caballo un poco al través ante el chorro de
luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés a la caída de la noche, en
mangas de camisa por el calor y con una botella de whisky al lado, es
cien veces más circunspecto que cualquier mestizo, míster Hall no
levantó la vista del disco. Con lo que vencido y conquistado, Candiyú
concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en cuyo umbral apoyó el
codo.
–Buenas noches, patrón. ¡Linda música!
–Sí, linda –repuso míster Hall.
–¡Linda! –repitió el otro– ¡Cuánto ruido!
–Sí, mucho ruido –asintió míster Hall, que hallaba sin duda
oportunas las observaciones de su visitante.
Candiyú proseguía entre tanto:
–¿Te costó mucho a usted, patrón?
–Costó... ¿Qué?
–Ese hablero... Los mozos que cantan.
La mirada turbia e inexpresiva de míster Hall se aclaró. El contador
comercial surgía.
–¡Oh, cuesta mucho...! ¿Usted quiere comprar?
–Si usted querés venderme... –contestó por decir algo Candiyú,
convencido de antemano de la imposibilidad de tal compra. Pero míster
Hall proseguía mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana
saltaba del disco a fuerza de marchas metálicas.
–Vendo barato a usted... ¡Cincuenta pesos!

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su


maquinista, alternativamente:
–¡Mucha plata! No tengo.
–¿Usted qué tiene, entonces?
El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.
–¿Dónde usted vive? –prosiguió míster Hall, evidentemente
decidido a desprenderse de su gramófono.
–En el puerto.
–¡Ah! Yo conozco usted... ¿Usted llama Candiyú?
–Me llama...
–¿Y usted pesca vigas?
–A veces; alguna viguita sin dueño...
–¡Vendo por vigas...! Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
¿Conviene? Candiyú se reía.
–No tengo ahora. Y esa... maquinaria, ¿tiene mucha delicadeza?
–No; botón acá, y botón allá... Yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?
–Alguna creciente... Ahora ha de venir una. ¿Y qué palo querés usted?
–Palo rosa. ¿Conviene?
–¡Hum...! No baja ese palo casi nunca... Mediante una creciente
grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.
–Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?
El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena
esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño
círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el whisky, el
ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un perro
gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el pescador de
vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual trabajo a cuenta de
una maquinita prodigiosamente ruidera.
Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.
Candiyú vive todavía en la costa del Paraná, desde hace treinta
años; y si su hígado es aún capaz de eliminar cualquier cosa después del
último ataque de la fiebre en diciembre pasado, debe vivir aún unos

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

meses más. Pasa ahora los días

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos,


lívidas zarpas veteadas de verde que penden inmensas de las muñecas,
como proyectadas en primer término de una fotografía, se mueven
monótonamente sin cesar, con temblor de loro implume.
Pero en aquel tiempo, Candiyú era otra cosa. Tenía En entonces por
oficio honorable el cuidado de un bananal ajeno, y, poco menos lícito, el
de pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente,
derivan vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una
jangada en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo
la soga que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado,
y pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea
blanquecina de una viga, destacándose en la punta de Itacurubí, lo
lanzaba en su canoa al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la
empresa no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje,
recostado o halando de una pieza de diez por cuarenta, vale cualquier
remolcador.
...
Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las
lluvias habían comenzado después de sesenta y cinco días de seca
absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del
obraje consistía en ese momento en siete mil vigas –bastante más que
una fortuna–. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no
estén en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía.
distaban muchísimas leguas de estar contentos.
De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el
encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas para movilizar; le
respondieron que con el dinero de la primera jangada a recibir, le
remitirían las mulas; y el encargado contestó que con esas mulas
anticipadas, les mandaría la primera jangada.
No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vio
el stock de madera en el campamento, sobre la barranca del
Ñacanguazú.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Cuánto? –preguntó Castelhum a su encargado.


–Treinticinco mil pesos –repuso éste.
Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la
estación impropia.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su


caballo, Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado.
Señalando luego el torrente con un movimiento del capuchón:
–¿Las aguas llegarán a cubrir el salto? –preguntó a su compañero.
–Si llueve mucho, sí.
–Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.
–Bien –dijo Castelhum–. Creo que vamos a salir bien. Óigame,
Fernández: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y
comience a arrimar todas las vigas, aquí a la barranca. El arroyo está
limpio, según me dijo. Mañana de mañana bajo a Posadas, y desde
entonces, con el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo.
¿Entiende? Una buena lluvia.
El mayordomo lo miró abriendo los ojos.
–La maroma va a ceder antes que lleguen mil vigas.
–Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos pesos. Volvamos y
hablaremos más largo.
Fernández se encogió de hombros, y silbó a los capataces.
En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los
peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo la cadena de
vigas, y el tumbaje de palos comenzó en el campamento. Castelhum
bajó a Posadas sobre un agua de inundación que iba corriendo siete
millas, y que al salir del Guayrá se había alzado siete metros la noche
anterior.
Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y
durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El
arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua roja. Los
peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la ropa
pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada esfuerzo
arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa viga
rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos los
peones lanzaban su ¡a... hijú! de triunfo.
Y luego, los esfuerzos malgastados en el barro líquido, la zafadura

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

de las palancas, las costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio


circunstante, se oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque
inmediato. Más sordo y más hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas
gotas, distanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. Pero el
tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. Se respiraba agua, y
apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia
recomenzó –la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El trabajo
urgía –los sueldos habían subido valientemente–, y mientras el
temporal siguió, los peones continuaron gritando, cayéndose y
tumbando bajo el agua helada.
En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los
primeros palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchos
más; hasta que al empuje incontenible de las vigas que llegaban como
catapultas contra la maroma, el cable cedió.
...
Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la
creciente actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el
día anterior – llevándose, por lo demás, su chalana–, sería más allá de
Posadas formidable inundación. Las maderas habían comenzado a
descender, cedros o poco menos, y el pescador reservaba
prudentemente sus fuerzas.
Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente
Candiyú tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra,
una verdadera tropa de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí.
Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.
Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de la
caza.
Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas
cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego,
arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos. Vacas y
mulas muertas, en compañía de buen lote de animales salvajes
ahogados, fusilados o con una flecha plantada aún en el vientre. Altos

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

conos de hormigas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal vez;


camalotes y espuma a discreción –sin contar, claro está, las víboras.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las


necesarias hasta llegar a su presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso al
vivo la veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo
derivar con ella oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los árboles,
pasaban sin cesar arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su presa, y
comenzó entonces la lucha muda y sin tregua, echando silenciosamente
el alma a cada palada.
Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso
suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de
atreverse con ella. Pero Candiyú unía a su gran aliento treinta años de
piraterías en río bajo o alto, y deseaba, además, ser dueño de un
gramófono.
La noche que caía ya le deparó incidentes a su plena satisfacción. El
río, a flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A
ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre
ahogado tropezó con la guabiroba; Candiyú se inclinó, y vio que tenía la
garganta abierta. Luego visitantes incómodos, víboras al asalto, las
mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores hasta
los camarotes.
El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero el
remero era arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el
ángulo de abordaje, y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde
de la canal, que rozaba los canteles del Teyucuaré. Durante diez minutos
el pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como
piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer nadie para salir de la canal en
una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba alcanzó por fin las
piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú quedaba la fuerza
suficiente –y nada más– para sujetar la soga y desplomarse de espaldas.
Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de
tablas, y veinte segundos después entregaba a Candiyú el gramófono,
incluso veinte discos.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor


que lanzó contra las vigas –y esto por bastante más de treinta días–
perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y visita a
míster Hall, admirará sinceramente los muebles del citado contador,
hechos de palo rosa.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LA MIEL SILVESTRE

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus
doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne,
dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte.
Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la
caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el
bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros
como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los
buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio
Verne–, sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más
formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello
arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública,
sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado
por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho
pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En
consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y
pastelitos, a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero
así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera
de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en
compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida
aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo
remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los
yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y


sucios contactos.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste


que contener el desenfado de su ahijado.
–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.
–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que
acababa de colgarse el winchester al hombro.
–¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
quieres... O mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un
peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del
bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto.
Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella
inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de
observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante
desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio
de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido,
Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco
singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado
por su padrino.
–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se
sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de
viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos
peones regaban el piso.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
–Nada... Cuidado con los pies... La corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan
velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras.
Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos,
alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en
174
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no


hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador.
Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa,
a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en
el

175
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o
grasa. Una vez devorado todo, se van.
No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el
obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la
corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de
una mordedura.
–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la
cabeza hacia su padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no
respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la
invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la
noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues
había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte
mucho más útil que el fusil.
Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho
menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y
cortarse las botas – todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la
impresión – exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la
bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un
animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo
zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco,
diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con
cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras del
tamaño de un huevo.
–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de
ser bolsitas de cera, llenas de miel
Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después
de un momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena
humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran


en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una enseguida, y oprimiéndole
el abdomen constató que no tenía aguijón.

177
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y


buenos animalitos!
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y
alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen.
Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría
transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente
a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales
o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo
áspero. ¡Más que perfume, en cambio!
Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían
útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante
sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el
agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca
inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado
hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de
Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más
que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había
mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el
suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
vaivén del paisaje.
–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer
de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las
piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
manos le hormigueaban.
–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente
Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si
tuviera hormigas... La corrección –concluyó.
178
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.


–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado!

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de


terror: no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y
el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir
allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió
todo medio de defensa.
–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no
puedo mover la mano...!
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de
garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
angustia cambió de forma.
–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...!
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él,
dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba
vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la
posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto
lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la
tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de
hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el
suelo, y el contador sintió por bajo del calzoncillo el río de hormigas
carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula
de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que
merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades
narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter
abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de
los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir
Benincasa.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

NUESTRO PRIMER CIGARRO

Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y


a mí, nuestra tía con su muerte.
Lucía volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa
noche, cuando nos acostábamos, oímos que Lucía decía a mamá:
–¡Qué extraño...! Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de nuestra tía, pues después
de un rato contestó:
–Es cierto... ¿No sientes nada?
–No... Sueño.
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos
cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Lucía tenía viruela,
y de cierta especie hemorrágica que había adquirido en Buenos Aires.
Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las
criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
pasen en su casa.
¡Esta vez nuestra tía –¡casualmente nuestra tía!– enferma de viruela! Yo,
chico feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y
el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento
a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia
casa; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de calle
a mirar, había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso
luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.
Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que
pudimos hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores.
Una hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al
lado de Lucía.
Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por
sus hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros,

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

convertidos en furiosos robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos


de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su
sombrío y húmedo sosiego. Naranjos

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

blanquecinos de diaspis; duraznos rajados en la horqueta; membrillos


con aspecto de mimbres; higueras rastreantes a fuerza de abandono,
aquello daba, en su tupida hojarasca que ahogaba los pasos, fuerte
sensación de paraíso terrenal.
Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos
robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de
familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de
comenzar nuestra exploración.
Pasábamos el día entero huroneando por la quinta, bien que las
higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo
también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un
viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce
metros sobre un fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los
culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester
explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos llevar
hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto tras un
macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se
enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética privó siempre en
nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una
gran lluvia, llenando a medias el pozo, nos proporcionara satisfacción
artística a la par que científica.
Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fue el
cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido
aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales,
varas oblicuas, varas atravesadas, varas dobladas hacia tierra.
Las hojas secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, que
llenaba el aire de polvo y briznas al menor contacto.
Aclaramos el secreto, sin embargo, y sentados con mi hermana en
la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la
semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa,
inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente
183
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano,


precisamente el que había venido con Lucía de Buenos Aires.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase


atribuido sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto
actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al
padrastrillo. –Te aseguro –decía él a mamá, señalándonos con el
mentón– que desearía
vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar
mucho trabajo. –¡Déjalos! –respondía mamá, cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del
plato.
A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de
cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril virtud,
esperamos el artefacto.
Este artefacto consistía en un pipa que yo había fabricado con un
trozo de caña, por depósito; una varilla de cortina, por boquilla; y por
cemento, masilla de un vidrio recién colocado. La pipa era perfecta:
grande, liviana y de varios colores.
En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con
religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro, y
sentándonos entonces con las rodillas altas encendí la pipa y aspiré.
María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se cubrían
de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa más abominable. Deglutí, sin
embargo, valerosamente la nauseosa saliva.
–¿Rico? –me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.
–Rico –le contesté pasándole la horrible máquina.
María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba
atentamente, noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de
labios, lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fue mayor que el
mío.
–Es rico –dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se
llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.
Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que
me había hecho alabarle la nauseabunda fogata.
–¡Psht! –dije bruscamente, prestando oído–. Me parece el gargantilla
del otro día... Debe de tener nido aquí...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y


los ojos escudriñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente de
ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel
honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del
tabaco sin que nuestro orgullo sufriera.
Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy
distinto resultado.
Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos
levantado ya la voz mucho más duramente de lo que podíamos
permitirle mi hermana y yo. Nos quejamos a mamá.
–¡Bah!, no hagan caso –nos respondió mamá, sin oírnos casi–. Él es
así.
–¡Es que nos va a pegar un día! –gimoteó María.
–Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho? –añadió
dirigiéndose
a
mí.
–Nada, mamá... ¡Pero yo no quiero que me toque! –objeté a
mi vez. En este momento entró nuestro tío.
–¡Ah! Aquí está el buena pieza de tu Eduardo... ¡Te va a sacar
canas este
hijo, ya verás!
–Se quejan de que quieres pegarles.
–¿Yo? –exclamó el padrastrillo midiéndome–. No lo he pensado aún.
Pero en cuanto me faltes al respeto...
–Y harás bien –asintió mamá.
–¡Yo no quiero que me toque! –repetí enfurruñado y rojo–. ¡El no es
papá!
–Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. En fin, ¡déjenme
tranquila! – concluyó apartándonos.
Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los ojos.
–¡Nadie me va a pegar a mí’ –asenté.
–¡No... Ni a mí tampoco! –apoyó ella, por la cuenta que le iba.
–¡Es un zonzo!

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana,


con furibunda risa y marcha triunfal:

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Tío Alfonso... es un zonzo! ¡Tío Alfonso... es un zonzo!


Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por
su mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia
del Cigarro Pateador, pero ya epíteto este a la mayor gloria de la mula
Maud.
El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un
cohete que rodeado de papel de fumar fue colocado en el atado de
cigarrillos que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a
la siesta.
Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara
excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había
bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío,
adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su cigarrillo.
Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni
aliento para contarlas. Sólo sé que el padrastrillo salió como una bomba
de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.
–¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se
van a acordar de mí!
–¡Alfonso!
–¿Qué? ¡No faltaba más que tú también...! ¡Si no sabes educar a tus
hijos, yo lo voy a hacer!
Al oír la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con
mi hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta
entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de
mamá. El padrastrillo me vio entonces y se lanzó sobre mí.
–¡Yo no hice nada! –grité.
–¡Espérate! –rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.
–¡Alfonso, déjalo!
–¡Después te lo dejaré!
–¡Yo no quiero que me toque!
–¡Vamos, Alfonso! Pareces una criatura!
Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que


estuvo a punto de

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

alcanzarme. Pero en ese instante yo salía como de una honda por la


puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi tío detrás.
En cinco segundos pasamos como una exhalación por los
durazneros, los naranjos y los perales, y fue en este momento cuando la
idea del pozo, y su piedra, surgió terriblemente nítida.
–¡No quiero que me toque! –grité aún.
–¡Espérate!
En ese instante llegamos al cañaveral.
–¡Me voy a tirar al pozo! –aullé para que mamá me oyera.
–¡Yo soy el que te va a tirar!
Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo
siempre, di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia,
y salté de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.
Tío desembocó enseguida, a tiempo que dejando de verme, sentía
allá en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se
aplastaba.
El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes sus
ojos dilatados, y se aproximó al pozo.
Trató de mirar adentro, pero los culantrillos se lo impidieron.
Entonces pareció reflexionar, y después de una lenta mirada al pozo y
sus alrededores, comenzó a buscarme.
Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío
Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo
con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias
subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer para
hallarme.
Descubrió enseguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con
admirable olfato; pero aparte de que la hojarasca diluviana me ocultaba
del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que no
buscaba bien, en consecuencia.
Fue pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo,
dando entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

El caso era bien

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

claro. ¿Con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había


suicidado para evitar que él me pegara?
Pasaron diez minutos.
–¡Alfonso! –sonó de pronto la voz de mamá en el patio.
–¿Mercedes? –respondió aquél tras una brusca sacudida.
Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo,
alterada.
–¿Y Eduardo? ¿Dónde está? –agregó avanzando.
–¡Aquí, conmigo! –contestó riendo–. Ya hemos hecho las paces.
Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca
que él pretendía ser beatífica sonrisa, todo fue bien.
–¿No le pegaste, no? –insistió aún mamá.
–No. ¡Si fue una broma!
Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para
el padrastrillo.
Celia, mi tía mayor, que había concluido de dormir la siesta, cruzó el
patio, y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después
Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.
–¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!
Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara.
¿Sacarme con vida aún...? El pozo tenía catorce metros sobre piedra
viva. Tal vez, quién sabe... Pero para ello sería preciso traer sogas,
hombres; y Mercedes...
–¡Pobre, pobre madre! –repetía mi tía.
Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad
corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los
entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota probabilidad
de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual, hiriendo mi
doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed de venganza.
Media hora después mamá volvió a preguntar por mí,
respondiéndole Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo
enseguida la seguridad de una catástrofe.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Eduardo, mi hijo! –clamó arrancándose de las manos de su


hermana que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.
–¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!
–¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Alfonso!
Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al
pozo. Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto
horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una
hora antes, y lanzó un espantoso alarido.
–¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso!
¡Me lo has muerto!
Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más
mínimo la desesperación de mamá, puesto que yo –motivo de aquella–
estaba en verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho
años con la emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas
semitrágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!
Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.
–¡Hum...! ¡Pegarme! –rezongaba yo, aún bajo la hojarasca.
Levantándome entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y
recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquél era el
momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.
El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y
resecar infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí,
solución Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera
vez. Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el caño
contraído y los dientes crispados sobre la boquilla.
Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el
cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos
de mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a
destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca,
aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo.
...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo


horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar
dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá
sacudiéndome.
–¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te
perdonaré el dolor que me has causado!
–¡Pero, vamos! –decíale mi tía mayor–. ¡No seas loca, Mercedes! ¡Ya
ves que no tiene nada!
–¡Ah! –repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso
suspiro–. ¡Sí, ya pasó...! Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse
hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío...!
El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de
desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo dejar para un momento de
mayor calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se
percataba de la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.
Abrí al fin los ojos, me sonreí, y volví a dormirme, esta vez honrada
y profundamente.
Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.
–¿Qué merecerías que te hiciera? –me dijo con sibilante rencor–. ¡Lo
que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que son
gracias!
Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago
continuaba todavía adherido a la garganta.
Sin embargo, le respondí:
–¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!
Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa,
¿expresan acaso desesperado valor?
Es posible que sí. De todos modos el padrastrillo, después de
mirarme fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la
sábana un poco caída.
–Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio –murmuró.
–Creo lo mismo –le

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

respondí. Y me dormí.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

LA MENINGITIS Y SU SOMBRA

No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de


Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
de todo esto.
He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las siete de la mañana,
recibo una tarjeta de Funes, que dice así:
Estimado amigo:
Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por
casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo
Luis María Funes.
Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
cierto que tiene dos hermanas bastante monas.
Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí
que una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el
doctor Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que con
Funes.
Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:
–Veamos, Durán: Usted comprende de sobra que no he venido a
verlo a esta hora para hablarle de pavadas, ¿no es cierto?
–Me parece que sí –no pude menos que responderle.
–Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré enseguida. ¿Me permite?
–Todo lo que quiera –le respondí francamente, aunque
poniéndome al mismo tiempo en guardia.
Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres
entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:
–¿Qué clase de inclinación siente usted hacia María Elvira Funes?
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
a un loco.
–¿María Elvira Funes? –repetí–. Ningún grado ni ninguna inclinación.
La conozco apenas. Y ahora...
–No, permítame –me interrumpió–. Le aseguro que es una cosa
bastante seria... ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay
nada entre ustedes dos?
–¡Pero está loco! –le dije al fin–. ¡Nada, absolutamente nada! Apenas
la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de haberme
visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres, en su propia
casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por décima vez,
inclinación particular hacia ella.
–Es raro, profundamente raro... –murmuró el hombre, mirándome
fijamente. Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente
que fuese –y lo era–
, pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.
–Creo que tengo ahora el
derecho... Pero me interrumpió
de nuevo:
–Sí, tiene derecho de sobra... ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
broma... La persona de quien hablamos está gravemente enferma,
casi a la muerte...
¿Entiende algo? –concluyó, mirándome bien a los ojos.
Yo hice lo mismo con él durante un rato.
–Ni una palabra –le contesté.
–Ni yo tampoco –apoyó, encogiéndose de hombros. Por eso le he
dicho que el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
allá? Es indispensable.
–Iré –le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un


idiota qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto


en mi vida. Metempsicosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse loco.
Véase:
Fui a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un
rato, esforzándonos como dos zonzos –puesto que comprendiéndolo así
evitábamos mirarnos– en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró
Ayestarain, y Luis María salió, dejándome sobre la mesa el paquete de
cigarrillos, pues se me habían concluido los míos. Mi ex condiscípulo me
contó entonces lo que en resumen es esto:
Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
María Elvira se había sentido mal. Cuestión de un baño demasiado frío
esa tarde, según opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la
noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la mañana siguiente,
mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a más no pedir.
Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
proyecciones psicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y
giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
pero que absorbe su vida entera.
–Es una obsesión –prosiguió Ayestarain–, una sencilla obsesión a
cuarenta y un grados. La enferma tiene constantemente fijos los ojos en
la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se resiente de esa
muda ansiedad que la está matando, y desde ayer hemos pensado con
mis colegas en calmar eso... No puede seguir así. ¿Y sabe usted –
concluyó– a quién nombra cuando el sopor la aplasta?
–No sé... –le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba
bruscamente de ritmo.
–A usted –me dijo, pidiéndome fuego.
Quedamos, bien se comprende, un rato
mudos.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿No entiende todavía? –dijo al fin.

201
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Ni una palabra... –murmuré aturdido, tan aturdido como puede


estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la
portezuela... Pero yo tenía ya casi treinta años, y pregunté al médico
qué explicación se podía dar de eso.
–¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere usted que se
sepa de eso? Ah, bueno... Si quiere una a toda costa, supóngase que en
una tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en
cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio todo
eso, tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
fondo, lo mismo da. Una planta magnífica...
¿Le basta eso? No podría decirle una palabra más. ¿Por qué usted,
precisamente, que apenas la conoce, y a quien la enferma no conoce
tampoco más, ha sido en su cerebro delirante la semilla privilegiada?
¿Qué quiere que se sepa de esto?
–Sin duda... –repuse a su mirada siempre interrogante, sintiéndome
al mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto
gratuito de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico,
después.
En ese momento entró Luis María.
–Mamá lo llama –dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una
sonrisa forzada:
–¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?... Sería cosa de volverse loco
con otra persona...
Esto de otra persona merece una explicación. Los Funes, y en
particular la familia de que comenzaba yo a formar tan ridícula parte,
tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
fortuna, que me parece lo más probable. Siendo así, se daban por
pasablemente satisfechos de que las fantasías amorosas del hermoso
retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero, en vez de
mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posición social.
Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía honor
202
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

el joven patricio.
–Es extraordinario... –recomenzó Luis María, haciendo correr con
disgusto los fósforos sobre la mesa.
Y un momento después, con una nueva sonrisa forzada:

203
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no?


Creo que vuelve Ayestarain...
En efecto, éste entraba.
–Empieza otra vez... –Sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis
María.
Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa forzada de esa
noche:
–¿Quiere que vayamos?
–Con mucho gusto –le dije. Y fuimos.
Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo,
todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía
haberlo esperado, fue la penumbra del dormitorio. La madre y la
hermana de pie me miraron fijamente, respondiendo con una corta
inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber pasar de allí. Ambas
me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa de
hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando, pero
éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué a la
cama.
Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos
que nos aman cuando uno se va acercando despacio a ellos. Pero la luz
de aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
acercaba, el mareado relampagueo de dicha –hasta el estrabismo–
cuando me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a treinta y siete
grados los volveré a hallar.
La enferma balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de
sus labios resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido
(¡qué iba a hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo
hacia mí. Su intención era tan inequívoca que le tomé la mano.
–Siéntese ahí –murmuró.
Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté.
Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más
extraña y disparatada:
Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía
204
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

una mano ardiendo en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el


lado opuesto, de pie, el médico. A los pies de la cama, sentado,
Luis María. Apoyadas en el

205
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

respaldo, en el fondo, la mamá y la hermana. Y todos sin hablar,


mirándonos a la enferma y a mía con el ceño fruncido.
¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un
momento en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos
de los míos y recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras
otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre mí,
confiada en profunda felicidad.
¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho
más. Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió
más entre la suya.
–Todavía no... –murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a
su cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo,
y otra vez los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando
tornaban a apartarse inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos o
tres veces miré exclusivamente al médico; pero éste bajó las pestañas,
indicándome que esperara. Y tuvo razón al fin, porque de pronto,
bruscamente, como un derrumbe de sueño, la enferma cerró los ojos y
se durmió.
Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón.
No era fácil decir algo –yo al menos. La madre, por fin, se dirigió a mí
con una triste y seca sonrisa:
–Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!
¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que les
parecía horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a ser para mí
en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre... Ayestarain, que
nos había dejado un instante, salió muy satisfecho del estado de la
enferma; descansaba con una placidez desconocida aún. La madre miró
a otro lado, y yo miré al médico. Podía irme, claro que sí, y me despedí.
He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi
habitual vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis María,
madre, hermanas y parientes colaterales. Porque si se concreta bien la
situación, ella da lo siguiente:
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Hay una joven de diecinueve años, muy bella sin duda alguna, que
apenas me conoce y a quien yo le soy profunda y totalmente indiferente.
Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
también –ingeniero, si se quiere–

207
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

que no recuerda haber pensado dos veces seguidas en la joven en


cuestión. Todo esto es razonable, inteligible y normal.
Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa
por el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el
delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus
amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.
¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación que haré
conocer al primero de esa bendita casa que llegue hasta mi puerta.
¡Sí, es claro! Como lo esperaba. Ayestarain estuvo este mediodía a
verme.
No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.
–¿Meningitis? –me dijo–. ¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía
eso, y anoche también... Hoy ya no tenemos idea de lo que será.
–Peor en fin –objeté–, siempre una enfermedad cerebral...
–Y medular, claro está... Con unas lesioncillas quién sabe dónde...
¿usted entiende algo de medicina?
–Muy vagamente...
–Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale...
Era un caso para marchar a todo escape a la muerte... Ahora hay
remisiones, tac–tac– tac, justas remisiones como un reloj
–Pero el delirio –insistí–, ¿existe siempre?
–¡Ya lo creo! Hay de todo allí... Y a propósito, esta noche lo
esperamos.
Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le
dije que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la
noche anterior, y que no pensaba ir más.
Ayestarain me miró fijamente:
–¿Por qué? ¿Qué le pasa?
–Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá... Dígame:
¿usted tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente
ridícula; sí o no?
–No se trata de eso...
–Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido... ¡Curioso
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

que no comprenda!

209
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Comprendo de sobra... Pero me parece algo así como..., no se


ofenda, cuestión de amor propio.
–¡Muy lindo! –salté–. ¡Amor propio! ¡Y ¡n se les ocurra otra cosa! ¡Les
parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que me
tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño
fruncido! Si a ustedes les parece una simple cuestión de amor propio,
arréglense entre ustedes. Yo tengo otras cosas que hacer.
Ayestarain comprendió, al parecer, la parte de verdad que había en
lo anterior, porque no insistió y hasta que se fue no volvimos a hablar del
asunto.
Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez
minutos acabo de recibir una esquela del médico, así concebida:
Amigo Durán:
Con todo su bagaje de rencores, nos es usted indispensable esta
noche. Supóngase una vez más que usted hace de cloral, veronal, el
hipnótico que menos le irrite los nervios, y véngase.
Dije un momento antes que lo malo era la precedente carta. Y tengo
razón, porque desde esta mañana no esperaba sino esta carta...
Durante siete noches consecutivas –de once a una de la mañana,
momento en que me remitía la fiebre, y con ella el delirio– he
permanecido al lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden
estarlo dos amantes. Me ha tendido a veces su mano como la primera
noche, y otras se ha preocupado de deletrear mi nombre, mirándome.
Sé a ciencia cierta, pues, que me ama profundamente en ese estado, no
ignorando tampoco que en sus momentos de lucidez no tiene la menor
preocupación por mi existencia, presente o futura. Esto crea así un caso
de psicología singular de que in novelista podría sacar algún partido. Por
lo que a mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha
tocado fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que
acaso no le he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien
que la primera noche yo no viera en su mirada sine el reflejo de mi
propia ridiculez de remedio inocuo. La segunda noche sentí menos mi
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y


sueño ese amor con la fiebre enlaza su cabeza a la mía.
¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no
sabe quién soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a cuarenta grados,
se pagan en el día, y mucho me temo que si hay una persona en el
mundo a la cual esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano
amor nocturno... Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el día
que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
más de mí.
Crueldad esta que apreciarán en toda su cálida simpatía los
hombres que están enamorados –de una sombra o no.
Ayestarain acaba de salir. Me, ha dicho que la enferma sigue mejor,
y que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la
presencia de María Elvira.
–Sí, compañero –me dice–. Libre de veladas ridículas, de amores
cerebrales y ceños fruncidos... ¿Se acuerda?
Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado
galeno se echa a reír y agrega:
–Le vamos a dar en cambio una compensación... Los Funes han
vivido estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe pues si
han olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a usted se refiere... Por
lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona, dicho sea
de paso, y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello...
¿Qué dice usted?
–Digo –le he respondido–, que casi estoy tentado de declinar el
honor que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa...
Ayestarain se echó a reír.
–¡No embrome!... Le repito que no sabía dónde tenían la cabeza...
–Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, ¿eh?
¡Para eso no se olvidaban de mí!
Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Sabe lo que pienso, compañero?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Diga.
–Que usted es el individuo más feliz de la tierra.
–¿Yo, feliz?...
–O más suertudo. ¿Entiende ahora? –Y quedó mirándome.
¡Hum! –me dije a mí mismo–: O yo soy un idiota, que es lo más
posible, o este galeno merece que lo abrace hasta romperle el
termómetro en el bolsillo. El maligno tipo sabe más de lo que parece, y
acaso, acaso... Pero vuelvo a lo de idiota, que es lo más seguro.
–¿Feliz?... –repetí sin embargo–. ¿Por el amor estrafalario que usted
ha inventado con su meningitis?
Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un
vago, vaguísimo dejo de amargura.
–Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo... –ha
murmurado, cogiéndome del brazo para salir.
En el camino –hemos ido al Aguila, a tomar el vermut– me ha
explicado bien claro tres cosas.
1º: que mi presencia al lado de la enferma era absolutamente
necesaria, dado el estado de profunda excitación–depresión, todo en
uno, de su delirio. 2º: que los Funes lo habían comprendido así, ni más ni
menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que pudiera
parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial de todo aquel
amor. 3º: que los Funes han confiado sencillamente en mi educación,
para que me dé cuenta –sumamente clara– del sentido terapéutico que
ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la enferma ante mí.
– Sobre todo lo último, ¿eh? –he agregado a guisa de comentario. El
objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que
María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?
–¡Claro! –Se ha encogido de hombros el médico–. Póngase usted en
el lugar de ellos...
Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola probabilidad de que
ella...

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida


alegre, si bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo.
Querría decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que la dama
hacía para tornarme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un
intruso a quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está
celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su
hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan bueno
que por primera vez después de quince días no hubo esa noche subida
seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de
Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante. ¿Se
comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de Dios,
la fiebre de cuarenta, ochenta, ciento veinte grados, cualquier fiebre,
cayera esta noche sobre su cabeza...
¡Y aquí!: Esta sola línea del bendito Ayestarain:
Delirio de nuevo. Venga enseguida.
Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
hombre discreto. Véase esto ahora:
Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la
primera vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó
los ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban
toda su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oír:
–Soy feliz. –Se sonrió.
Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra
vez.
–Y después... –murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
que tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
extravía la mirada en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus
ojos. Y esta vez oí bien claro, sentí claramente en mis oídos esta
pregunta:
–Y cuando sane y no tenga más delirio..., ¿me querrás todavía?
¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón!
¡Después!
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¡Cuando no tenga más delirio! ¿Pero estábamos todos locos en la casa, o


había allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi incesante angustia
del después?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¿Cómo es posible que ella dijera eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había
delirio o no? Luego mi María Elvira...
No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado
yo; apenas había murmurado ella con una sonrisa... Y se durmió.
De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos
de saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién de entre nosotros,
puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las cosas, para ser
claras, deben ser planteadas así: La enferma con delirio, que por una
aberración psicológica cualquiera, ama únicamente en su delirio, a X. Esto
por un lado. Por el otro, el mismo X, que desgraciadamente para él, no se
siente con fuerzas para concretarse a su papel medicamentoso. Y he
aquí que la enferma, con su meningitis y su inconsciencia –su
incontestable inconsciencia–, murmura a nuestro amigo:
–Y cuando no tenga más delirio... ¿me querrás todavía?
Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo.
Anoche, cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la
solución, que sería ésta: María Elvira, en su fiebre, soñaba que estaba
despierta. ¿A quién no ha sido dado soñar que está soñando? Ninguna
explicación más sencilla, claro está.
Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos
inmensos, que empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un
amor que no se puede mentir; cuando se ha visto a esos ojos recorrer
con dura extrañeza los rostros familiares, para caer en extática felicidad
ante uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ése, uno tiene el
derecho de soñar toda la noche con aquel amor –o seamos más
explícitos–: con María Elvira Funes.
¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces
soñar aún.
¿Fui yo o no, por Dios bendito, aquel a quien se le tendió la mano, y el
brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún los
rostros bien amados de la casa? ¿Fui yo o no el que apaciguó con sus

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de


amor de mi María Elvira?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Sí, fui yo. Pero eso está acabado, concluido, finalizado, muerto,
inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo...
Volví a verla veinte días después. Ya estaba sana, y cené con ellos.
Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos sentimentales de
la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que cooperé cuanto me
fue posible, pues en esos veinte días transcurridos no había sido mi
preocupación menor pensar en la discreción de que debía yo hacer gala
en esa primera entrevista.
Todo fue a pedir de boca, no obstante.
–Y usted –me dijo la madre sonriendo–, ¿ha descansado del todo de
las fatigas que le hemos dado?
–¡Oh, era muy poca cosa!... Y aún –concluí riendo también– estaría
dispuesto a soportarlas de nuevo...
María Elvira se sonrió a su vez.
–Usted sí; pero yo no; ¡le
aseguro! La madre la miró con
tristeza:
–¡Pobre mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
ocurrido... En fin –se volvió a mí con agrado–. Usted es ahora, podríamos
decir, de la casa, y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.
El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarillos.
–Fume, fume, y no haga caso.
–¡Pero Luis María! –le reprochó la madre, semiseria–. ¡Cualquiera
creería al oírte que le estamos diciendo mentiras a Durán!
–No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán
me entiende.
Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con
amabilidades más o menos sosas; pero no se lo agradecía en lo más
mínimo.
Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los
ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana. Había
esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una sombra, o

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo, pues el resto era
una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como de un capullo
taciturno, se había levantado aquella

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

espléndida figura fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me


miraba como a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un
segundo los ojos cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña.
Pero nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera
afectación de no mirarme, con lo que había yo contado como último
triunfo de mi juego. Era un sujeto –no digamos sujeto, sino ser–
absolutamente desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que
me hacía recordar, mientras la miraba, que una noche esos mismos ojos
ahora frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:
–¿Y cuando esté sana... me querrás todavía?
¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada
a fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral! Olvidarla...
Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que no podía hacer.
Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas
colocando a éste entre María Elvira y yo; podía así mirarla impunemente
so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi interlocutor.
Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más alto cabello de su
cabeza al tacón de sus zapatos, en un vivo deseo, y cómo al cruzar el
hall para ir adentro, cada golpe de su falda contra el charol iba
arrastrando mi alma como un papel.
Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente,
pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando
con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
sobre mis sienes:
–Y bien: ahora que me has visto de pie, ¿me quieres todavía?
¡Bah! Muerto, bien muerto me despedí y oprimí un instante aquella
mano fría, amable y rápida.
Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María
Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre; admito esto.
Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos
posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del
menor interés. De encantos –¡Dios me perdone!– todo lo que ella quiera.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte noches


seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

respecto no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de dicha


puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María Elvira se
precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he aquí todo.
En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy
bien. Pero que vaya yo a exigir el cumplimiento de un pagaré de amor
firmado sobre una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no.
Nueve de la mañana. No es hora sobremanera decente de
acostarse, pero así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo.
Luego al bar. Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.
Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María Elvira.
Y después de bailar, hablamos así:
–Estos puntitos en la pupila –me dijo, frente uno de otro en la
mesita del buffet–, no se han ido aún. No sé qué será... Antes de mi
enfermedad no los tenía. Precisamente nuestra vecina de mesa acababa
de hacerle notar ese detalle.
Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.
Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era
tarde.
–Sí –le dije, observando sus ojos–. Me acuerdo de que antes no los
tenía... Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reír:
–Es cierto; usted debe saberlo más que nadie.
¡Ah! ¡Qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
pecho!
¡Era posible hablar de eso, por fin!
–Eso creo –repuse–. Más que nadie, no sé... Pero sí; en el momento a
que se refiere, ¡más que nadie, con seguridad!
Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.
–¡Ah, sí! –se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya, alzándolos
a las parejas que pasaban a nuestro lado.
Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que
hablábamos, supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin volver a
mí los ojos, como si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en
223
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

sucesión de film, agregó un instante después:

224
CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Cuando era mi amor, al parecer.


–Perfectamente bien dicho –le dije–. Su amor, al
parecer. Ella me miró entonces de pleno.
–No...
Y se calló.
–¿No... qué? Concluya.
–¿Para qué? Es una zoncera.
–No importa: concluya.
Ella se echó a reír:
–¿Para qué? En fin... ¿No supondrá que no era al parecer?
–Eso es un insulto gratuito –le respondí–. Yo fui el primero en
comprobar la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor... al parecer.
–¡Y dale...! –murmuró. Pero a mi vez el demonio de la locura me
arrastró tras aquel ¡y dale! burlón, a una pregunta que nunca debiera
haber hecho.
–Óigame, María Elvira –me incliné–: ¿usted no recuerda nada, no es
cierto, nada de aquella ridícula historia?
Me miró muy seria, con altivez si se quiere, pero al mismo tiempo
con atención, como cuando nos disponemos a oír cosas que a pesar de
todo no nos disgustan.
–¿Qué historia? –dijo.
–La otra, cuando yo vivía a su lado... –le hice notar con suficiente
claridad.
–Nada... absolutamente nada.
–Veamos; míreme un instante...
–¡No, ni aunque lo mire...! –me lanzó en una carcajada.
–¡No, no es eso...! Usted me ha mirado demasiado antes para que
yo no sepa... Quería decirle esto: ¿No se acuerda usted de haberme
dicho algo... dos o tres palabras nada más... la última noche que tuvo
fiebre?
María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó luego,
más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo la cabeza:

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–No, no recuerdo...
–¡Ah! –me callé.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.


–¿Qué? –murmuró.
–¿Qué... qué? –repetí.
–¿Qué le dije?
–Tampoco me acuerdo ya...
–Sí, se acuerda... ¿Qué le dije?
–No sé, le aseguro...
–¡Sí, sabe...! ¿Qué le dije?
–¡Veamos! –me aproximé de nuevo a ella–. Si usted no recuerda
absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre,
¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?
El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo,
contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una
corta sacudida de hombros.
–Vamos –me dijo bruscamente–. Quiero bailar este vals.
–Es justo –me levanté–. El sueño de vals que bailábamos no tiene
nada de divertido.
No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar
con los ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.
–¿Qué sueño de vals desagradable para usted? –me dijo de pronto,
sin dejar de recorrer el salón con la vista.
–Un vals de delirio... No tiene nada que ver con esto. –Me encogí a
mi vez de hombros.
Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira
no respondió una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal
que buscaba. De modo que, deteniéndose, me dijo con una sonrisa
forzada –la ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella
historia:
–Si quiere, entonces, baile este vals con su amor...
–...al parecer. No agrego una palabra más –repuse, pasando la mano
por su cintura.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis


María están para mí llenos ahora de poético misterio! La madre es, desde
luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente. Su
hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se permite
pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está sentada de
espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e incapaces de apreciar
la dicha en que se ven envueltos.
En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como
quien quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?
Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces,
en su casa, desde luego, todos los miércoles.
Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa,
y flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros. Pero
cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.
¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un
mes una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.
Anoche, sin embargo, hemos tenido un momento de tregua. Era
miércoles. Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María
Elvira, lanzada hacia nosotros por sobre los hombros de cuádruple flirt
que la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación.
Hablamos de ella y, fugazmente, de la vieja historia. Un rato después
María Elvira se detenía ante nosotros.
–¿De que hablan?
–De muchas cosas; de usted en primer término –respondió el médico.
–Ah, ya me parecía... –y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
se sentó cruzada de piernas, con la cara sostenida en la mano.
– Sigan; ya escucho.
–Contaba a Durán –dijo Ayestarain– que casos como el que le ha
pasado a usted en su enfermedad son raros, pero hay algunos. Un autor
inglés, no recuerdo cuál, cita uno. Solamente que es más feliz que el
suyo.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Más feliz? ¿Y por qué?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En


cambio, en este caso, usted era únicamente quien amaba...
¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un
tanto tortuosa respecto de mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada. Algo
no obstante de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se levantó
riendo:
–Los dejo para que hagan las paces.
–¡Maldito bicho! –murmuré cuando se alejó.
–¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?
–Dígame, María Elvira –exclamé–. ¿Le ha hecho el amor a usted
alguna
vez
?
–¿Quién, Ayestarain?
–Sí, él.
Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:
–Sí –me contestó.
–¡Ah, ya me lo esperaba...! Por lo menos ése tiene suerte... –
murmuré, ya
amargado del todo.
–¿Por qué? –me preguntó.
Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a
otro lado.
Ella siguió mi vista. Pasó un momento.
–¿Por qué? –insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las
mujeres cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un papel –jamás
supe de dónde pudo salir– y me miraba, subiendo y bajando
imperceptiblemente las cejas.
–¿Por qué? –repuse al fin–. Porque él tiene por lo menos la suerte de
no haber servido de títere ridículo al lado de una cama, y puede hablar
seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

que digo... ¿Comprende ahora?


María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió
negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¿Es cierto o no? –insistí, pero ya con el corazón a loco


escape. Ella tornó a sacudir la cabeza:
–No, no es cierto...
–¡María Elvira! –llamó Angélica de lejos.
Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más
inoportuna. Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo
y pez fría tan fuera de propósito como aquella vez.
María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.
–Me voy –me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando
afrontaba un
flirt.
–¡Un solo momento! –le dije.
–¡Ni uno más! –me respondió alejándose ya y negando con la mano.
¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito
húmedo,
hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el sillón
contra la pared. Y estrellarme enseguida yo mismo contra un espejo, por
imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir, sobre todo.
¡Intuiciones viriles!
¡Psicologías de hombre corrido! ¡Y la primera coqueta cuya rodilla queda
marcada allí, se burla de todo eso con una frescura sin par!
No puedo más. La quiero como un loco, y no sé –lo que es más
amargo aún– si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño
demasiado, y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda
de blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que
personas de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era,
sin embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: La meningitis y su
sombra. Me desperté, y volví a soñar; el tal salón de baile estaba
frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco de
María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes, pero
tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre La meningitis y su
sombra.
¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más.
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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Me voy a Europa, a Norteamérica, a cualquier parte donde pueda


olvidarla.
¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre,
quemándome solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez
que nos sentimos juntos?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que les podrá hacer a mis
planos de máquinas esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental,
¡aunque no quiera!); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay
para qué divertir más a las María Elvira.
...
Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo
de anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día
que vi a María Elvira.
Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria
esperanza de suicida, fui la tarde anterior de mi salida a despedirme de
los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo –por
donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.
María Elvira estaba indispuesta –asunto de garganta o jaqueca– pero
visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando
músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo
tiempo de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los
labios pálidos, y los ojos hundidos de ojeras. Pero era ella siempre, más
hermosa aún para mí porque la perdía.
Le dije sencillamente que me iba, y le deseaba mucha
felicidad. Al principio no me comprendió.
–¿Se va? ¿Y adónde?
–A Norteamérica... Acabo de decírselo.
–¡Ah! –murmuró, marcando bien claramente la contracción de los
labios.
Pero enseguida me miró inquieta.
–¿Está enfermo?
–¡Pst...! No precisamente... No estoy bien.
–¡Ah! –murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los
vidrios abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.
Por lo demás, llovía en la calle y la antesala no estaba
clara. Se volvió a mí.
–¿Por qué se va? –me preguntó.

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

–¡Hum! –me sonreí–. Sería muy largo, infinitamente largo de


contar... En fin, me voy.
María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión preocupada y
atenta se tornó sombría. Concluyamos, me dije. Y adelántame:
–Bueno, María Elvira
Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda de jaqueca.
–Antes de irse –me dijo– ¿no me quiere decir por qué se va?
Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero
como en un relámpago la vi ante mí, como aquella noche, alejándose
riendo y negando con la mano: «no, ya estoy satisfecha...» ¡Ah, no, yo
también! ¡Con aquello tenía bastante!
–¡Me voy –le dije bien claro–, porque estoy hasta aquí de dolor,
ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?
Tenía aún su mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó
la música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
mesura, y me miró de nuevo, con esforzada y dolorosa sonrisa:
–¿Y si yo... le pidiera que no se fuera?
–¡Pero por Dios bendito! –exclamé. ¡No se da cuenta de que me está
matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
infelicidad!
¿Qué ganamos, que gana usted con estas cosas? ¡No, basta ya! ¿Sabe
usted – agregué adelantándome– lo que usted me dijo aquella última
noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?
Quedó inmóvil, toda ojos.
–Sí, dígame...
–¡Bueno! Usted me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, usted
me dijo bien claro esto: Y–cuan–do–no–ten–ga–más–de–li–rio, ¿me–que–rrás–
to–da–ví– a? Usted tenía delirio aún, ya lo sé... ¿Pero qué quiere que
haga yo ahora?
¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome vivo con su modo de ser,
porque la quiero como un idiota...? Esto es bien claro también ¿eh? ¡Ah!
¡Le aseguro que no es vida la que llevo! ¡No, no es vida!

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

Y apoyé la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que después de


lo que había dicho, mi vida se derrumbaba para siempre jamás.
Pero era menester concluir, y me volví: Ella estaba a mi lado, y en
sus ojos – como en un relámpago, de felicidad esta vez– vi en sus ojos
resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía
muerta ya.
–¡María Elvira! –grité, creo– ¡Mi amor querido! ¡Mi alma adorada!
Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluido, vencida,
entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho postura cómoda
a su cabeza.
Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido,
es bien posible, llorado, aullado de dolor; debo creerlo porque así lo he
escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más lejos
porque –y aquí está lo más gracioso de esta nuestra historia– ella está
aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la lapicera lo que escribo.
Ha protestado, bien se ve, ante no pocas observaciones mías; pero en
honor del arte literario en que nos hemos engolfado con tanta frescura,
se resigna como buena esposa. Por lo demás, ella cree conmigo que la
impresión general de la narración, reconstruida por etapas, es un reflejo
bastante acertado de lo que pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para
obra de un ingeniero, no está del todo mal.
En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la
última línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo
mal, sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable me
echa los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco
centímetros.
–¿Es verdad? –murmura, o arrulla, mejor dicho.
–¿Se puede poner arrulla? –le pregunto.
–¡Sí, y esto, y esto! –Y me da un beso.
¿Qué más puedo añadir?

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CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE Horacio Quiroga

INDICE

UNA ESTACIÓN DE AMOR............................................................................................................................2


PRIMAVERA....................................................................................................................................................2
VERANO...........................................................................................................................................................4
[I] 4
[II] 6
[III] 12
OTOÑO...........................................................................................................................................................14
INVIERNO......................................................................................................................................................17
[I] 17
[II] 19
LA MUERTE DE ISOLDA..............................................................................................................................22

EL SOLITARIO................................................................................................................................................29

LOS BUQUES SUICIDANTES........................................................................................................................35

A LA DERIVA...................................................................................................................................................39

LA INSOLACIÓN.............................................................................................................................................43

EL ALAMBRE DE PÚA...................................................................................................................................50

LOS MENSÚ......................................................................................................................................................61

LA GALLINA DEGOLLADA.........................................................................................................................71

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS...................................................................................................................79

YAGUÍ................................................................................................................................................................83

LOS PESCADORES DE VIGAS.....................................................................................................................93

LA MIEL SILVESTRE...................................................................................................................................100

NUESTRO PRIMER CIGARRO...................................................................................................................105

LA MENINGITIS Y SU SOMBRA...............................................................................................................114

237

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