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Entre Relojes

La novela 'Entre Relojes' de Camila Silva explora la conexión entre el tiempo y el amor, a través de la historia de una protagonista que enfrenta su dolor y recuerdos en un mundo marcado por la soledad y la búsqueda de significado. A través de una prosa poética y reflexiva, se invita al lector a sumergirse en las complejidades de las relaciones humanas y la lucha interna de la protagonista con su pasado. La narrativa se entrelaza con la figura de la luna como símbolo de esperanza y sanación en medio de la oscuridad.

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Entre Relojes

La novela 'Entre Relojes' de Camila Silva explora la conexión entre el tiempo y el amor, a través de la historia de una protagonista que enfrenta su dolor y recuerdos en un mundo marcado por la soledad y la búsqueda de significado. A través de una prosa poética y reflexiva, se invita al lector a sumergirse en las complejidades de las relaciones humanas y la lucha interna de la protagonista con su pasado. La narrativa se entrelaza con la figura de la luna como símbolo de esperanza y sanación en medio de la oscuridad.

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ENTRE RELOJES

El tiempo separa mundos.


El amor, los une.

Camila Silva
PRÓLOGO
Conocí a Cami en un Taller de Novela que
impartí hace un año. Pero ella dice que me
conocía desde que tenía diez años cuando
me leyó por vez primera. Esa es la magia de
los libros, que une generaciones y que nos
encuentra hoy de adultas compartiendo la
misma pasión.
Y no solo la descubrí como ese ser
maravilloso que es, humano, sensible y
reflexivo, sino también como una autora
que nos invita a redescubrir la vida.
Lo hace a través de una prosa rica, plagada
de sueños, que deambula por el espacio
cotidiano, el de todos los días, el del café con
leche en la mañana, pero también por el otro,
en la dimensión que va más allá de lo que
sabemos de esta existencia y de este plano.
En esta, su primera novela, Cami nos hará
sumergirnos y bucear entre relojes, entre
tiempos, entre lo onírico y lo real. Como
lectores, nos empujará al abismo, nos
lanzará y nos dejará caer…
Y volar.
Cecilia Curbelo
1

Es lunes por la tarde, aunque el aire huele


a domingo. Un miserable y aplastante domingo.
El reloj recién gritó las seis, y en mis ojos
vidriosos se reproduce el amarillo fulgurante
de las pastillas que tengo enfrente, mientras
me pregunto cuántas bastarían para dejar de
escuchar el agobiante e incesante tic-tac del
reloj.
Hubo un tiempo en que ese mismo canto
me resultaba amigable, incluso bailaba a su
ritmo. Era cuando los lunes eran lunes, y los
domingos, domingos. El sol siempre entraba
por la ventana a pintarme las mejillas de un
dorado esperanzador. Pero era antes. Cuando
mis dudas rondaban sobre el cielo; no alrede-
dor de calmantes, y me preguntaba cuántas
estrellas bastarían para iluminar cada alma,
así como conmigo, bastaba solo una; la de mi
alma gemela.
Eran tiempos de gloria, de paz y abun-
dancia, en particular si el polvo se acumulaba
en nuestra billetera, y no teníamos la más
remota posibilidad de ser cegados por el brillo
que nos llevaría a la perdición. Éramos
nosotros, y el universo. El vasto y misterioso
universo. Tan grande y tan pequeño, jugando
a través del viento y las sombras que arrojaba
la luz de la luna, sembrando la ilusión de la
eternidad.
Hoy, la única luz que recibo, o estoy
dispuesta a aceptar, es la de mi mejor y única
compañía; el celular. Esa que congela mi cara
con su tono frío, y como un sello contundente
marca las ojeras que visto día a día, tras un
largo insomnio.
¿Cinco? ¿Seis? ¿Veintiséis? ¿Cuántas? Mi
vida se redujo a un número exacto de
pelotitas amarillas, que intento sea par, pues
el TOC es más fuerte que yo. Obsesiva
empedernida. Y no vaya a ser que entre ellas
se cuele una verde, odio el verde. Odio su
orgullo de vestir tantas hectáreas de pradera
él solo, y fingir la suerte al encontrar un trébol
de cuatro hojas.
Pero en el amarillo encontré refugio, segu-
ridad, comodidad. Es él quien a veces logra
liberarme de las voces taladrantes de mi
cabeza, que me repiten al oído, una y otra
vez, que mis manos fueron las culpables de
que el corazón de mi compañero de vida, se
convirtiera en piedra.
¿Realmente fue así? No lo recuerdo. Ya no
sé si confiar en mi memoria, en las noticias
de los jueves, o en el anillo bañado en rojo
que descansa en mi mesa de luz.
Inalterable, acusatorio.

Una ráfaga de viento otoñal irrumpe en la


habitación, cortando en tajadas mis pensa-
mientos. Me acerco a cerrar la ventana, y
siento que algo me llama. No con palabras,
sino con otro lenguaje que no logro descifrar.
Y allá arriba, sonriéndome, cómplice, se
encuentra la luna. Quiere pedirme prestada
el alma por una noche, para curar las heridas
que todo el amarillo del mundo no podría
zurcir. Mi compañera, mi aliada. Se guarda
mis victorias, mis deseos y mis culpas. No
pide nada a cambio, pero está. A veces se
funde con alguna nube, o se tiñe del color del
cielo. Pero cuando vuelve, renace, radiante.
Desde pequeña he mostrado gran admira-
ción por el astro de la noche. Una bola de luz
que, a diferencia del sol, no ciega; invita a
observar. Entre el negro abrasador de una
noche silenciosa, allí se encuentra. Cautelosa,
misteriosa. No intenta destacar; únicamente
brindar el brillo necesario, para iluminar las
ideas de un alma perdida como la mía.
Si la luna hablara, me contaría secretos.
Los tuyos, los nuestros, los de su cielo infinito.
Quiero creer que se los guarda porque tiene
una razón contundente, quizá mantener el
equilibrio de las cosas, para perpetuar mi
olvido y con él lo que queda de mi cordura al
pensar en lo que no recuerdo. En eso que
me obliga a estar permanentemente en
vela, para poder atestiguar cómo cada célula
de mi cuerpo se retuerce un poco más tras
cada noche insomne.
Lo que ella calla, las estrellas revelan, con
su incesante resplandor. Muy pocos, sin
embargo, saben hablar su idioma. Debo
aprender a hacerlo, si quiero descubrir la
verdad.
A veces me pregunto si no sería más
sencillo si me explicaran lo que sucedió. Pero
los médicos insisten en que es mejor para
mi recuperación que haga mi propio proceso,
y no lo fuerce, pues podría arrepentirme.
Además, los verdaderos testigos dicen
haberse esfumado.
— ¿Otra vez mirando la luna?
—Ah, hola, Kati. Se me pasó la hora.
Mientras cierro cuidadosamente la
ventana oxidada pienso en lo afortunada
que soy, de que todavía me dirija la palabra.
Desde el incidente, nuestro vínculo subsiste
gracias a mi enfermedad, entre doctores,
pastillas amarillas y galletas de avena.
Cada lunes por la noche se reescribe la
misma historia, una y otra vez: se entromete
en mis pensamientos, sueños y diálogos con
la oscuridad, después de entrar sin siquiera
tocar la puerta. Luego, tras lanzarme como un
dardo su mirada acusatoria, me ordena que
cierre la ventana, que “hace frío”, que “te vas
a resfriar”. Me lo dice siempre, aunque haga
veinticinco grados. Yo obedezco, no quiero
discutir. No quiero someter a un cruce de
vocablos el destino de nuestra amistad, que a
esta altura ya pende de un hilo. Y yo la quiero,
la necesito. Ella es todo lo que me queda.
Con un chirrido se corta la comunicación,
como si fuera que una tijera especialmente
afilada desgarrara el cable de un antiguo
teléfono, cuyo único deseo, era vincular dos
viejas amigas.
Que “si tomé las pastillas”, que “cómo
estuvo mi día”. Mi respuesta es siempre la
misma, automática y aburrida: que bien, lo
de siempre, repartiendo miradas entre el
celular y el techo.
—Bueno, cualquier cosa me llamás.
Y tras depositar un plato de galletas en la
mesa, tan rápido como si le estuvieran
quemando la mano –aunque el calor ya se ha
desvanecido-, se despide de un portazo. El
mismo portazo con el mismo tono de todos los
lunes desde hace un mes.
Esa fría y abismal distancia entre sus ojos
y los míos no existía antes. Cuando uno es
joven, lleno de vitalidad, esperanzas y
sueños, tiende a estar inmerso en redes de
relaciones que entretejen su propio ser. Es
parte de uno, y todos conforman una sólida
-y frágil- unidad. Es inimaginable siquiera
pensar en la posibilidad de que esa
aparente estable red de historias, reviente
en un punto en tensión.
Esos puntos, los que tienden a romperse,
son los que más hay que cuidar. Pero también
son los más difíciles de detectar.
Las tardes solían ser amargas por el mate
y dulces, por el prometedor futuro que de a poco
se delineaba bajo nuestras ilusas cabelleras
veinteañeras. Pulmones desgastados de risas.
Té humeante y fórmulas matemáticas; muchas
más de las que mi memoria me permite
contar.
Katia llegó a mi vida con mi primer año de
facultad. Cada una cargando con su pasado
doloroso, encontró refugio en la otra. Un
hombro amigo en quien apoyarse cuando la
vida estrujara, o simplemente para compartir
el cansancio de noches de estudio en la
biblioteca de la Facultad de Química de la
UdelaR.
Esos años nos permitieron forjar un vínculo
que creímos indestructible. Y luego, con el
título en mano, considerándonos práctica-
mente familia, seguimos compartiendo
nuestra profesión en la misma empresa
que se había vuelto el principal objetivo
durante los últimos años de la carrera.
Yo siempre fui la simpática, desestructurada.
La que se preocupaba solo un poco, lo
suficiente. Lo moderadamente aceptable como
para contrarrestar los clásicos y descon-
trolados nervios de Katia previos a cada
examen. Hacíamos un buen equipo,
demasiado perfecto para el intenso y fugaz
año que llevábamos conociéndonos.
Dicen que lo que surge rápido, también se
desvanece antes de tiempo, convirtiendo en
cenizas cualquier indicio de lo que alguna
vez, intentó ser genuino.
3

Tomo un sorbo de mi café, ya frío de la


desazón. Olvidé que estaba ahí desde esta
tarde. El viento juguetea entre las lavandas de
la ventana y da golpecitos al descuidado
cristal, acentuando las cicatrices de un tiempo
sin mantenimiento.
Es que de eso se encargaba él, de evitar
que la casa dejara traslucir su verdadera
edad. Es una de esas ventanas hasta un
techo alto, y de puertas dobles. Cuando
alguien entraba, le daba la bienvenida con su
perfume a jazmín, que todo invitado señalaba
como característico. Atravesaba con su
potencia delicada hasta al alma más
inexpresiva, y la convertía en flor.
Eso, mezclado con el aroma particular de
cada historia que descansaba en estanterías
de madera de pino. ¡Ah, el olor a pino!, ya
lo había olvidado. Pero persiste aun la
memoria de su penetrante frescor, que man-
tenía encendidas las ganas de zambullirse en
ese montón de libros y perderse en algún
mundo lejano.
Y como si algo le hiciera falta a esta casa
idílica, cada viernes por la tarde se percibía el
rumor de un pan de banana crujiendo en el
horno. El más delicioso del barrio, y del
mundo. Quizá sería porque los horneaba mi
marido, o porque se empeñaba tanto en cada
asunto en que se envolvía, que le dedicaba
hasta la última gota de su sincera alegría.
Inclusive el paladar más insulso daría cuenta
de ello.
Qué tiempos aquellos. Tan cercanos pero
tan inalcanzables. Pasados. Perdidos. Ahora
viven únicamente en la memoria medicada.
Las historias con esencia a pino se rindieron
ante el desamor de sus fervientes lectores. Al
olor a jazmín lo mató su falta de visitas y
halagos y, por lo tanto, narices que satisfacer.
Ahora descansa triste, inerte, en el rincón del
patio donde fue plantado, un tiempo atrás.
El recuerdo de nuestro amor no parece
alcanzarle para subsistir, aunque en mi caso,
es su inercia la que empuja a mi corazón a
seguir latiendo.
Late más despacio, rezagado y sin
ganas. Pero late. En mis ojeras marchitas,
en las venas que ramifican el mapa de mi piel
transparente. En mis ojos caídos al vacío por
la incertidumbre. Por la falta de amor de mi
esposo ausente. La escasez de su tacto y su
mirada azulada me retuerce y comprime como
a un trapo húmedo hasta dejarme hecha un
bollito en el suelo, donde mis uñas amorfas
agregan más surcos en mis pantorrillas.
Cierro los ojos y siento que puedo palpar el
momento en que lo vi por primera vez.
No era más que un día normal, calmo,
iluminado solamente por las intermitentes
luces de una calle que llevaba años sin ser
mantenida. Y de los vehículos. Esas latas
que, como zombis, se cruzaban, iban y
venían al son de la rutina de un jueves por la
noche. Yo caminaba de la facultad a mi casa.
Hacía frío, y nadie parecía percatarse
de lo desnuda que estaba la ciudad, tan
descuidada, tan sola. Tantos allí, y nadie para
brindarle abrigo.
Una multitud encadenada a la imagen,
aparentemente hipnótica, de un celular.
Y entre ring tones apurados, bocinas
chillonas y luces que cegaban, se escribía
una historia, de la que nadie participaba, a
menos que fuera a través de una pantalla, y
como protagonista.
La ciudad agonizante se movía ausente.
Seguía los pasos de unos pies que apenas se
arrastraban a lo largo del pavimento, con el
único anhelo de llevar a sus dueños a casa, y
encender la televisión.
Cualquier grito de cuerpos contaminados
de rutinas vacías y pantallas sería en vano,
nada que la voz fuerte y potente de una mente
aun más contaminada no pudiera acallar.
Fue así, entre luces y sombras, que lo
encontré. Lo único vivo que allí habitaba. A
pesar de ser uno más del montón, tenía una
chispa que saltaba sin permiso al mundo
exterior. Se colaba entre tanto caos, y
lograba sobrevivir.
El resto no quería mirar. Veían, pero no
miraban. Y yo miré.
Me encontré a mí misma en esos ojos
vidriosos de un ser casi tan consumido por la
vida misma, pero que se resistía a iniciar su
metamorfosis a robot del siglo XXI.
Él también me encontró, y no a través de
una cámara. Al igual que yo, se vio reflejado
en una mirada ajena. Lo sentí. Su chispa me
acarició y se hizo más fuerte cuando se dio
cuenta, que la mía también estaba presente.
Que yo, de hecho, sí estaba.
Pero la fugacidad del momento me arrebató
las palabras para describir más; lo único que
me permite contar, es que me salvó. Mi mirada
ya no era la misma, desde que descubrió a
otra de su misma especie, rondando en una
avenida de luces intermitentes, un jueves por
la noche.
Se percató de que no estaba sola, allá
afuera había más. Pero estaban camufladas
por los colores múltiples de anuncios
publicitarios.
Juraría que vi una pequeña llama
encenderse, que daba un poco de calor a la
ciudad, entonces no tan congelada.
Y estaba en lo cierto. Pues ya fuera por
azar o por una obra del destino, al día
siguiente Katia me lo presentó como su
hermano mayor.

Supongo que es un denominador común a


los seres humanos tener un pasado que nos
gustaría borrar. Hojas escritas de una historia
con la que ya no congeniamos. Antes de Katia
y en particular de Ramiro, no se me había
hecho posible experimentar el amor como
lo muestran en las películas. El amor
desenfrenado de quien tiene agallas para
experimentarlo. El que supe saborear, con él.
Pero que ahora yace inerte en donde van los
cuentos rotos.
Aunque la idea de un romance de ese
calibre no nació con mi esposo, sino que ya
había comenzado mucho antes, cuando tenía
alrededor de ocho años.
Soñaba con princesas y con las falacias
irrisorias que nos hacían creer antes de que
nuestra edad rozara la adolescencia.
Incluso durante ella también.
Siempre tuve una gran imaginación, y la
utilizaba a mi favor. Cerraba los ojos y
visualizaba que estaba en un castillo en el
medio del bosque, junto a un arroyo mágico
con peces parlantes. Yo era la reina, vestía
siempre un vestido rosa, para variar, y en mi
cabello llevaba una corona que había hecho
de palitos y flores silvestres.
Pero luego abría los ojos y el mundo se
oscurecía. Mi mundo se oscurecía, se disolvía
en forma de brillantina y volaba por la
ventana. Lejos, a otro lugar, donde otro niño
fuera capaz de sostener por un rato más la
fantasía.
O a otra niña que supiera honrar su
vestimenta idílica. Yo soñaba con vestidos, sí,
y con coronas de verdad, pero eso no
mutilaba mi voz, y tenía la costumbre de
prestársela a los que no tenían una propia,
para hacerle frente a las injusticias. Las
aborrecía, así como aborrezco el verde. Eso
descolocaba a quienes fuera que incumbiera
mi crianza. “Tan pequeña, y con ideas
absurdas de igualdad y respeto” oí decir una
vez, cuando intenté defender a un niño cuyo
sobrepeso era considerado motivo de burla.
Era frecuente que se hicieran audibles las
discusiones de mis tutores de turno, unos de
los tantos que se hicieron pasar por mis
progenitores durante varios años de mi vida.
Pues yo sabía que mis verdaderos padres ya
se habían despedido tiempo antes, cuando
tenía cinco años.

Recién habían comenzado las vacaciones,


y para honrarlas nos dirigíamos a algún
destino turístico. Mamá hacía sonar los
clásicos de siempre en la radio, esos que
tanto amaba; Yellow Submarine, de Los
Beatles, Hotel California, de Eagles, mientras
dejaba fluir su voz. No puedo decir que
cantaba porque sería una ofensa a esos
íconos del rock setentero, pero a esa altura ya
se había auto convencido de que formaba
parte de esas instituciones, así que los demás
le seguíamos la corriente.
De vez en cuando esas melodías se
alternaban con eminencias locales como
Zitarrosa, así papá también era feliz y hacía
bailar el volante al son de sus canciones.
Y yo, en mi mundo de arcoíris de colores.
Aunque había notado una minúscula
mancha gris en una de sus franjas. El clima
sobre esas cuatro ruedas parecía perfecto.
Notas musicales se cruzaban con risas
pícaras, y pensamientos positivos daban el
toque a ese viaje eterno, pero acogedor.
¿Qué podría arruinar esa perfecta fusión
de buenas vibras que se había generado? Un
pequeño detalle; que este mundo no es
perfecto, aunque yo no lo sabía.
Y se dio el primer paso hacia la locura.
Me dispuse a observar a lo lejos. Noté un
punto minúsculo que se hacía más grande
cada vez. Se acercaba a la velocidad de la
luz. Vi negro.
De repente un rojo vivo azotaba mis
pupilas… un calor insoportable. Veía borroso…
una lluvia grisácea mojarme. A varios metros,
una chatarra, en llamas.
Mi papá, irreconocible, parecía estar parado
en el mismo infierno. Nadie escuchaba sus
lamentos de desesperación. Pero al menos,
mostraba señales de vida. Al menos por unas
horas.
Luego vi las manos de mamá. Esas manos
tiernas que me acariciaban y despedían cada
noche. Ahora estiradas a lo largo del
pavimento, teñidas de rojo, inmóviles.
Las mismas que, como de costumbre, se
habían despedido la noche anterior, y que ya
no lo harían más.

Los tres años que siguieron los pasé con


mi abuela, la única familia que me quedaba,
aunque su salud luego del accidente se
deterioró con avidez, y se despidió también
cuando yo tenía ocho.
Mi adolescencia consistiría en recorrer
distintas casas de acogida hasta que alguna
finalmente me recibiera como suya.
Eso jamás ocurrió.
Nunca encajé, mi rebeldía me lo impedía.
Es que ya lo dije; siempre detesté las
injusticias. Detestaba cómo los niños con
complejo de superioridad se aprovechaban
de los inofensivos, o de quienes no cumplían
con los estereotipos a tan temprana edad.
Alguien debía hacerles frente.
Fue entonces que al cumplir dieciocho y al
fin libre para tomar las riendas sobre mi vida,
trabajé un tiempo en un restaurante, de
mesera, alquilando una pensión de mala
muerte en la periferia de la ciudad.
También contaba con la herencia de mis
padres a la que siendo mayor de edad podía
acceder, aunque no me daba para cubrir el
mes.
Mientras tanto, lenta pero persistente-
mente, hacía la carrera de Química
Farmacéutica. Tanta inestabilidad en mi
vida necesitaba algún tipo de seguridad, y
la ciencia me la proveía. Por lo menos era
consciente de que el objeto de estudio era el
universo tangible, observable. Fabuloso,
repleto de misterios y sin embargo, ninguno
que no fuera posible develar.
La química como forma de ver el mundo, de
entenderlo. Un mundo tan irracional a veces.
Pues esta ciencia explica su comportamiento.
Lo hace menos incoherente, más real.

Mi cuerpo está pidiendo a gritos cambiar


del café al té de tilo; el cosquilleo apareció.
Ese de cuando tus venas están saturadas de
cafeína y no la pueden transportar más.
Abandono mi posición fetal y la tensión en
mis pantorrillas para lavar una taza y poder
servirme, pues aun descansan allí, tatuadas
con los restos de café. Es que este día fue
agotador. Demasiados pensamientos que
ordenar. No tuve tiempo ni de mirarme al
espejo.
Quizá si le doy lugar a la tila de entrar
en mi organismo, lograré conciliar el sueño.
No pego un ojo desde hace… ya perdí la
noción de cuánto. La noche me la pasé
perdida entre las manchas de humedad del
techo. Mente en blanco. Ni un solo indicio
de cansancio, tal vez obedeciendo a la
sobre estimulación de varios litros de esa
bebida energizante.
Durante el día traté de unir cabos sueltos.
Recordar una pizca siquiera, de la escena
que mi mente adormecida se niega a revelar.
Pero cada vez que lo intento, llego siempre
al mismo lugar; al mismo conjunto de
recuerdos idílicos, ahora hechos trizas. A
la serenidad de aquellos tiempos, cuando
todavía ningún anillo tenía una cáscara de
sangre.
6

La radio, tan vieja como la casa, articulaba


Antes, de Drexler.
“Antes de mí tú no eras tú
Antes de ti yo no era yo”
La radio de voz rasposa pero con ímpetu
de sostener la canción.
Uno de los pocos objetos que no yacía
entre otros, amasijados sin orden aparente,
en una de las tantas cajas que, por el
momento, hacía de mueble en el nuevo
hogar.
Rayos de sol lograban filtrarse entre las
persianas recién colocadas. Una leve caricia
revolucionó mi espina dorsal, en toda su
extensión.
Aun al descubierto, tras el intercambio
corporal de la noche anterior. Luego me besó
en el hombro.
—Voy a preparar el desayuno. —Palabras
que emitió, para interrumpir la canción.
—No te vayas, Rami. Quedate un rato más
—demandé, manteniendo los ojos cerrados y
la voz afónica de las mañanas.
—Ya es tarde, Lina. Hay mucho que hacer.
— ¡Pero es domingo! —exclamé, un poco
más despierta.
—Exacto, nuestro primer domingo acá.
Mañana ya comienza la semana y quiero
dejar la casa en condiciones. —Ramiro y su
enérgica voluntad. Nunca entendí de dónde la
sacaba.
Tras un suspiro de rendición, me
entregué durante unos minutos a Drexler y
su encanto. Volví a cerrar los ojos.
“Después de todo
Lo que quiero es decir
Que no entiendo cómo podía vivir antes…”
Qué curioso. Yo tampoco podía recordar
cómo era antes. Antes de él. Es increíble que
haya personas que, sin ser consciente de su
existencia, lleguen un día para dar vuelta el
mundo, mi mundo, y lograr que recordar cómo
era no tenerlas se haga imposible.
No contar con él en mi vida me parecía
imposible. Impensable. Un sinsentido.
Me preguntaba cuántas almas habría allá
afuera. Cuántas, cuyo pasaje por la Tierra me
resultaba indiferente, y que un buen día se les
ocurriría aparecer ante mí para pautar un
nuevo comienzo. Uno que implicaría el olvido
de que antes sí había habido una historia, una
muy importante, pero que elegiríamos obviar.
La radio decidió silenciar el ambiente, y lo
vi como una oportunidad para darme una
ducha.
Me miré en el espejo. ¿Pero, quién
era esa chica? Desarreglada, desprolija.
Despreocupada. Pero afortunada. Hacía
mucho tiempo que no experimentaba ese
sentimiento.
Mi adolescencia se había caracterizado
por una desconformidad permanente con mi
cuerpo. La supuesta etapa más feliz de la
vida, no me había regalado más que
inseguridades.
Pero más de una década después podía
decir que las había dejado atrás, o me
gustaba creer que así era. Me había
esforzado por cambiar mi cuerpo, por
convertirlo en lo que no era. Fui a un
nutricionista, me dijo que no hacía falta hacer
dieta. Quise hacer dieta igualmente.
Practiqué deporte, mucho deporte. Me
obsesioné por perder kilos. Pero con cada
uno de ellos, se desvanecía también mi
cordura.
Agradecía que hubiera sido tan solo una
etapa. Por suerte, con treinta años no es más
que anécdota, pues a veces no son
pasajeras, y hasta quitan abruptamente la
respiración. Resultando en un cuerpo esbelto
y pálido, marchito.
Era como el de una de mis mamás
adoptivas, a quien la carencia de nutrientes
en su constitución esquelética y su repulsión
a la comida condujo al más allá, justo ante mis
ojos. Los de una niña que ya había visto
muerte antes; la muerte pasó muchas veces.
Pero su insistente recurrencia no la volvía
menos impactante. De lo contrario, con cada
pasaje desarmaba un poco más mi juicio.
En razón de esquivar esos desoladores
recuerdos, que ya no me pertenecían, me
dediqué a observar los rasgos que tanto
cautivaban a la persona con quien recién
comenzaba mi vida de casada; ojos color
pradera -irónico, odio el verde- enmarcados
por largas pestañas y cejas bien definidas
por su meticuloso cuidado. Sobre mis
hombros caían mechones castaños oscuros,
medio ondulados medio lacios. Indecisos
como su portadora, libriana de corazón.
Mientras me lavaba los dientes, observaba
los anteojos cautelosamente ubicados a un
lado del lavatorio, junto con otros elementos
personales de mi esposo. Esas gafas que
comunicaban su mirada índiga y la mía,
cuando no, se los quitaba para dejar de ver
con los ojos y ver con el alma, como unas
horas antes.
Luego de escurrir su perfume de mi cuerpo
y dejarlo ir con cada gota de agua, con el pelo
húmedo me envolví en una bata y regresé a
la habitación.
— ¿Me traes mis lentes por favor?
Fui atravesada por el exquisito aroma de mi
desayuno favorito en el mundo: panqueques
con dulce de leche y frutillas encima. Y un
café negro, claro. Era un buen día.
Lector entusiasta de todo lo que tenía
letras, Ramiro yacía cómodamente con su
libro de turno. A un lado de la bandeja de
comida, que además contenía un pequeño
ramo de jazmín del país.
La radio sustituyó la melodía anterior con
una canción irreconocible para mis oídos, por
lo que se volvió un balbuceo, pero seguía
expulsando con delicadeza sus notas al aire,
con el volumen más bajo.
Espié por la rendija de la puerta que daba
al estar y estaba entreabierta, y divisé, entre
el desorden de la mudanza, algo peculiar.
—¿Qué hace una planta de jazmín
en el living? —pregunté sorprendida, aunque
con alegría.
— Me había olvidado de contártelo. Matías,
el del estudio, se va a mudar y me la regaló.
Él no se la podía llevar porque la casa nueva
no tiene patio, y como sabe que me encantan
las plantas, me la ofreció. Puedo intentar
plantarla en el jardín, y si le gusta el lugar,
debajo podemos armar un rincón con un deck
y otras flores —dijo, tras despegar los ojos
de El Código Da Vinci.
Entusiasmada, le dediqué mi atención a su
comentario.
—¡Me encanta la idea! Amo el olor a
jazmín. Bueno… eso ya lo sabés. Esbozó una
tierna sonrisa acompañada de una mueca,
afirmando mi comentario.
—Mañana mismo voy a empezar a quitar
los escombros y limpiar ese desastre.
Del otro lado de la ventana batiente
característica de estas construcciones, la
naturaleza salvaje y descuidada aguardaba
ser atendida, entre una pila de materiales;
restos del pequeño galpón que antes se
erguía allí, en el futuro rincón del jazmín.
Nuestro, futuro rincón.
—¿Sabés qué simboliza esta flor? —cues-
tionó, levantándola y analizándola. Luego me
observó a mí, esperando una respuesta.
—No, ni idea. Pero lo importante es que es
linda y que el aroma que tiene es riquísimo.
Ya me conocés, no creo en esas cosas.
Me corrió el cabello que todavía escurría y
estorbaba en mi cara, y me colocó la flor tras
la oreja, para luego acotar:
—En India se cree que simboliza la
esperanza y la espiritualidad.
Se dio cuenta que no lograba convencerme,
por lo que agregó:
—Y en occidente, el cariño, el amor
eterno… y la sensualidad. —Acarició mi mejilla.
Sonreí.
—Bueno, me convenciste.

Parece que la tila nocturna surtió efecto,


se apoderó de mi flujo sanguíneo y no dio
lugar a ninguna visita en mis sueños. Me
tumbó completamente, y hoy me pesan
menos los pies. Me pesa menos la falta de
Ramiro.
Aprovecho este gramo de liviandad para
ducharme después de varios días. Ya había
olvidado lo energizante que puede ser el
agua.
Luego, con una nueva piel, considero
oportuno desafiar mi estancamiento un poco
más y salir a la calle por primera vez en
semanas. Y en un intento por no desmerecer
este avance y aprovechar la inercia, decido
dirigirme al hospital psiquiátrico. Ese que
tantos tormentos plantó en mi interior cuando
tuve la desdicha de ser víctima de su
degradante sistema.
Nunca pensé que volvería voluntaria-
mente. Bueno, hace cinco días considerar la
posibilidad de bañarme me resultaba
imposible. Y acá estoy, con ropa limpia,
destilando olor a champú por las calles.
Todavía no me siento capacitada para
manejar, así que decido ir caminando. El
viejo y confiable Chevrolet Prisma seguirá
aguardando al abrigo de la cochera para
cuando esté lista.
Las bocinas me atormentan con su
estruendoso grito. El murmullo de la gente se
siente como un agudo alfiler penetrando mi
consciencia. Y las risas de los niños
estremecen la razón. Supongo que el encierro
aprovechó mi descuido para ponerse a
trabajar, debilitando mi tolerancia a la ciudad.
Mitigando mi paciencia con la vida.
Pero debo ser valiente. Por una vez, debo
hacerme cargo de mi destino. Y solo
escapando de las garras de mi mente lo
podré hacer.
En el camino me desvío unas cuadras para
pasar por la panadería de Rita. Quizá unos
ricos bizcochos es justo lo que necesito para
enfrentar esta peculiar mañana de otoño.
Estoy nerviosa, no me voy a engañar. No
con frecuencia una decide darse un paseo por
su viejo calabozo. Los gritos, las voces: de
afuera, de adentro. Las rejas cerrándose. El
desgarrador sonido a aislamiento; a una
sierra que corta las alas de un ave que cada
día, pierde más esperanza.
No a menudo la salida es una opción. Yo
tuve suerte. La puerta amarilla que antecede
el pequeño pero acogedor local contagia a
las hojas que descansan a sus pies, y las
tiñe de su color radiante.
Una campana anuncia mi imprevisible
llegada, a la sorprendida pero alegre señora.
Su buen humor de estas horas es un misterio
para mí.
— ¡Lina, querida! ¿Estoy soñando? ¿A qué
se debe tan inesperada visita? —por su
mirada de compasión deduzco que le
preocupan mis ojeras.
Desde que vivimos en este barrio, Rita se
ha vuelto nuestra fuente principal de gustos.
Esos que te regalás cuando hay un evento
que festejar o cuando simplemente tenés un
mal día… Los días malos han abundado
estos últimos meses, por lo que mi paseo por
la panadería se hizo cada vez más recurrente,
después de que me fue permitido volver a
casa.
—Buenos días, Rita. Ojalá fuera un sueño.
Solo estoy de paso, me dirijo al hospital.
—¡Pero niña! ¿Has recaído de nuevo? Te
noto más delgada, no me digas que…
—No, tranquila. Tengo mis días, pero
hoy no es uno de ellos. En realidad voy a
saludar a Daniel. Creo que podría ayudarme
a recordar.
—Ah, ese pobre desgraciado. Me pregunto
cómo estará…
—Sí, yo también. No lo veo desde que me
fui. Me siento mal por no haber ido antes, pero
hago lo que puedo. Debía permitirme estar
lejos de ese lugar un tiempo…
—Claro que sí —suspira—. ¿No has tenido
más controles? Pensé que eran cada
semana.
—No desde que nos vimos hace quince
días. Ese fue el último.
—Bueno, manteneme al tanto, sabés que
podés contar conmigo. Es bravo cuando se
enferma la cabeza. Mi madre sufría depresión
y…
—Por cierto —la interrumpo—. Tus
manjares eran los que me daban energías
para volver allí. —Sonrío—. Y acá me tenés,
de vuelta. La parada obligada antes de ir
a Clutter.
La charla comienza a ponerme incómoda.
No me gusta hablar de mi estado a menos
que sea conmigo misma, pues no lo tengo
que contar en voz alta.
—Me agrada oír eso —dice, mientras me
regala una mueca compasiva—. En estos
días te llevo algo rico y nos reímos un rato.
Rita mantiene su esporádica costumbre de
aparecer de sorpresa en mi puerta para aliviar
mis penas con un brownie o una de sus
famosas tartas. Yo la invito a entrar, para
hacer por un rato más amena mi soledad, y lo
pasamos entre charlas superfluas y chistes
malos. De esos que me hacen olvidar por un
momento, el desorden astronómico que llevo
dentro.
—Eso me gustaría.
—En fin… ¿Qué te sirvo?
—Media docena de bizcochos dulces, por
favor.
—Perfecto… acá están, ¡que los disfrutes!
— ¡Gracias, Rita!
Me apuro a salir.
Ah, Rita. Un verdadero personaje. Pero no
tiene límites verbales. Y yo debo apurar el
paso si pretendo llegar a mi destino sin antes
cambiar de opinión.

En el horizonte acaparado por una bruma


mañanera se comienza a delinear su fría
silueta. A cada paso, la respiración se vuelve
más y más agitada. La bruma comienza a
invadir mi vista y a nublar mi juicio y… no. No
dejaré que me afecte.
Decidida atravieso como una lanza las
Puertas impenetrablemente opacas del
Hospital Psiquiátrico de Clutter.
Nada parece haber mutado en este
lugar, excepto por la nueva funcionaria que
me recibe.
—Buenos días. Vengo a visitar a Daniel
Altergo.
— ¿Su nombre?
—Lina Lost
Con la tarjeta de visitante colgando del
cuello, ingreso. El blanco apagado de un
revoque sin cuidar es interceptado por
lúgubres manchas de humedad.
Un ambiente sofocante penetra mi intelecto,
sensible de tantos medicamentos.
En lo profundo sé bien la razón de mi
inquietud. Sorprendentemente, no es el temor
a destapar viejas heridas. Es la incertidumbre
de ver cuál de ellos me espera al final del
pasillo. El suicida, el testigo, el paranoico… o
mi amigo.
Me consta la vida dura que ha tenido
Dani, entre tantos centros distintos,
alternados con ocasionales estadías en su
casa, y tratamientos que no soy capaz de
mencionar. Pero el verdadero límite fue
intentar quitarse la vida, un tiempo antes de
conocernos. Cuando yo ingresé al hospital y
un día de casualidad nos encontramos en
el patio común, pues estábamos en distin-
tos pabellones, al instante reconocimos
en el otro el dolor inconmensurable que
componía nuestras células. Y aunque eso
es usual en un hospital psiquiátrico, por
cierto motivo que desconozco, congeniamos
al instante. Quizá entre tanto sufrimiento
vislumbré en él y él en mí, una gota de
esperanza.
Recuerdo el día que me mostró el diario en
el que solía escribir, y que llevaba siempre
consigo. Uno diría que aquella caligrafía
excéntrica delinearía más dudas en cualquier
lector ajeno a su dueño, pero en mí, apaciguó
más de una interrogante:
“Ha pasado mucho tiempo desde que
decidí interpretar este papel. Claro que a
esta altura, acostumbrado a darle vida, puede
que lo confunda con alguien que no soy.
Pero no olvido por qué lo creé en primera
instancia; para sobrellevar aquello que tan
duro me resulta recordar.
Los gritos insisten en desgarrar mi mente.
Eso cuando no se alternan con los de la
caldera, que siempre descuido cuando pongo
a hervir, y termina tragándose el agua y
empañando el ambiente… como aquel espejo.
El que me acechó con su mirada acusatoria,
distorsionada por el vapor característico de
una ducha caliente, y dramática.
Tengo miedo. Desde el suceso mi noción
del tiempo se paralizó, como lo estuvo mi
mirada en el agua teñida de rojo que me
llegaba al cuello.
Es que fui cómplice, querido diario. Una
jugada macabra de la vida me posicionó en el
lugar incorrecto, en un momento inoportuno.
Simplemente, mala suerte.
A veces el teléfono queda afónico de
tanto gritar y yo no sé si responder, pues
quizá es la policía. Aunque luego lo pienso
mejor y puede que me agrade la idea de
formar parte del periódico local, en la columna
de los viernes, esa de los más buscados.
Pero nunca alcanzo a tomar la decisión,
porque siempre se termina entrometiendo la
idea de afeitarme, y lucho contra ella, ya que
la última vez dicho acto rutinario se convirtió
en una batalla campal.
En aquel instante de debilidad, las cuchillas
casi logran su cometido.
Por eso te digo, diario, que hay una razón
contundente para interpretar
este nuevo personaje. No es tan débil como
aquel que solía ser.
…¿Pero si el loco me encuentra? ¿Si esta
vez logra doblegarme?
Siento que la máscara se rompe y no la
puedo sostener más.
No soporto el silencio. Es hora de hablar…”

Cuando llego a la sala de visitas respiro


hondo. Una… dos… tres veces. Tomo coraje.
Personas armando puzles, ancianos
jugando a la lotería.
Un grito.
Pies que se arrastran rendidos, exhaustos.
Miradas perdidas. Desconectadas.
“¡Déjenme llamar a mi madre, ella me va a
llevar a casa!” suplica una señora de unos
noventa y pico.
Y allá, en la esquina, a media luz, se
encuentra él. Viajando en alguna nota musical
que desprende su radio, tan vieja como sus
alpargatas, a esta altura fundidas con sus
pies.
—¿Lina?
Su voz ronca acaricia mis oídos con
su sonido áspero pero reconfortante. Sus
ojos, enmarcados por unas gruesas cejas
blanquecinas, inspiran confusión. Pero su
color celeste cielo deja traslucir la felicidad de
verme.
Puedo apreciar el esbozo de una sutil
sonrisa. Es él. Hoy es un buen día.

—¡Te afeitaste! —exclamo, entusiasmada.


—No me queda nada mal, ¿eh?
—Estoy orgullosa de vos, Dani.
Los bizcochos, aun calientes, le regalan su
dulce aroma a la brisa que gentilmente
atraviesa la conversación. Hemos salido al
jardín en busca de tranquilidad.
—Sí, he estado haciendo ciertos avances
desde que te fuiste. No te voy a aburrir con
eso.
—No me aburrís, al contrario. Me hace
bien verte y más aun, escucharte.
Tras responderme con una sonrisa
auténtica y como si todavía no quisiera
revelar el secreto de su bienestar, prosigue:
— ¿Qué te trae por acá?
—Mi mente se niega a despertar.
—Eso no es nada raro, ya lo sabés —dice,
mientras elige qué bizcocho ingerir.
—Sí, pero… quiero desenredar mis ideas.
No logro conciliar el sueño, Dani. Desde hace
mucho tiempo. Cada día me siento más
alejada de mí misma y…
Me interrumpe:
—Querida, he aprendido en estos últimos
meses que pensar de más, está de más. Las
respuestas están ahí, solo tenés que
aprender a verlas. Y no va a ser posible, a
menos que aprendas a salir del torbellino
mental que creaste para defenderte.
Trago rápidamente para poder contestar.
— ¿Defenderme?
—De la verdad.
El fresno que nos abriga con su sombra
desprende de a poco las hojas que ya no le
pertenecen, y las sopla entre nosotros.
—¿Me decís que en realidad soy yo quien
no quiere recordar? ¿Que estoy saboteando
mi propia búsqueda? —pregunto, inquieta.
Daniel suspira.
—Es extraño cómo funciona el cerebro.
A veces, inventamos mecanismos para
bloquear experiencias traumáticas —expone,
y levanta una mano antes de que pueda
responderle—. Esto no lo digo yo, ¿eh? Lo
dicen los especialistas. Quizá, en realidad, no
queremos saber la verdad. Además, no
sabríamos en qué verdad confiar, porque hay
muchas. —Se desprende cierto tono de
sabiduría de esos labios agrietados por el sol.
No es el Dani que yo recordaba.
—¿Así que a vos te ha hecho bien este
calabozo? ¡Mirá el filósofo en que te
convertiste! —le digo, reconozco que con un
dejo de sarcasmo.
—¡No, querida! —Exclama entre risas—.
Aunque sí confieso que ha sido de ayuda para
descubrir lo esencial. Al no poder buscar
confort o alivio afuera, me vi obligado a
buscarlo acá —dice al tocarse el pecho—.
Aprendí a descubrirme, a quererme. A
querernos. A todos. La soledad despierta los
peores monstruos. O los mejores. Depende
de qué estés dispuesto a ver.
—Eso es muy positivo, y me alegro que
funcione para vos. De verdad, me enorgullece
que hayas podido lidiar con… ellos. Pero no
veo cómo esto puede ayudarme a recuperar
recuerdos perdidos.
—¡Pero si no están perdidos, Lina! No hay
nada que buscar, solo hay que…
—Aprender a ver, lo sé. Descubrir a los
mejores monstruos…
Destapa una risa de ternura.
—Computadoras, celulares, publicidades.
Son muchas las distracciones. Imágenes,
impuestas todas. Por doquier.
Da un mordisco a un bizcocho de crema y,
al ver que aún me cuesta entenderlo, agrega:
—A veces, la vista ciega. Hay que cerrar los
ojos para ver.
10

Al salir del hospital decidí tomarme un


respiro. Pasé el resto del día girando en mi
propia tormenta.
Un cielo desbordado de nubes grises cubre
hasta el alma más dichosa. Un algodón sucio,
dispuesto a ensuciar.
Las hojas rojas dan vueltas, nerviosas,
mientras pierden lentamente su intenso
pigmento.
En una roca amorfa se posa el cuerpo
desanimado de un pájaro de cuello verde.
Porque a su alma parece habérsela robado el
sol, quien tras desteñir su color estridente y
convertirlo en gris, se escondió, cobarde,
entre las nubes.
Es mucha información para procesar, si bien
la razón de la visita no está satisfecha. Fui en
busca de respuestas, y solo se figuran más
preguntas, innecesarias, pero insistentes.
Ahora mi cabeza tiene un poco menos de
espacio para integrar viejos olvidos.
Aunque esa última frase sí tuvo cierta
resonancia entre tanta confusión. “Cerrar los
ojos para ver”. Qué pavada.
Aun así, hace reaparecer como una mano
que se retuerce en el medio de un oscuro mar,
implorando ayuda para no ahogarse, una
cosa que escuché. Un texto escrito por una
bailarina, reflejando lo que sentía al bailar. En
aquel momento había resultado a mis
simples oídos un montón de incoherencias.
Pero ahora no estoy tan segura.

HILOS

Movimiento. Contacto.
Todavía la siento en mi piel, a la esencia de
la madera. Escala mis piernas, recorre todo
mi cuerpo.
Mis tímpanos todavía escuchan el ritmo de
las almas comunicándose, contándose secre-
tos. Así, dejan espacio en su interior para que
entre la música, hecha de hilos de seda.
Esos hilos, avisan que ya no son dos; es
una. Es un alma la que se despliega y acaricia
esas tablas. A veces, hasta se funde con
ellas.
Mis ojos también lo saben. En ellos se
quedaron grabados esos hilos, de los más
variados colores, tensándose, estirándose,
enredándose. Desatándose. Dibujando
tapices.
Atando corazones.
Y luego, silencio. El sonido del silencio.
Ese, es el que deja al descubierto la
respiración agitada, agotada.
En ese instante hasta las miradas suenan.
El poder de su eco ensordecedor estremece
hasta el más lejano rincón del teatro.
Todos lo saben. Allí, la magia se crea.
Movimiento. Calor. Resistencia.
Los hilos, ahora serpentinas, envuelven el
momento, y lo atan en un recuerdo.
El olor a madera compuesta de historias.
Allí, se desliza la seda. La seda de los que
alguna vez, dejaron hilos. El aroma es de
ellos, que tejen las mismas tablas.
Generaciones bailando, años de escucha,
de conexión. De zurcir viejas heridas, y
convertirlas en luz.
Para entender esta historia, ni siquiera
hace falta ver. Cierro los ojos, así lo siento
mejor. Es la brisa fresca que desprende un
montón de seda, indefinida, amorfa, tan
frágilmente indestructible.
Hace volar mi pelo. Desprende mis pies de
las tablas, y les avisa que se dejen llevar, que
el límite, es el cielo.
Un escalofrío revitalizador baña mi piel
ante ese recuerdo.
De eso se trata, de sentir. Ojalá pueda volver
a experimentar tan básica pero escondida
reacción.
…El olor a madera compuesta de historias…
Y me vino a la mente mi querida estantería
de pino, que descansa inanimada en el living
apagado.
Cerrar los ojos para ver.
¿Será que es así, al cerrarlos, que se
experimenta esa sensación de infinitud que
ahí habla? ¿Lograré conocerla? Estoy
desconcertada.
La envidio, la verdad. Por sentir tan
inmensamente.
Creo que me ahogo. Necesito un cambio
de escenario que destape mis venas
comprimidas por el encierro y las ayude a fluir
otra vez. Necesito respirar. Aire, sal, vida.
Está claro a dónde me tengo que dirigir. Al
lugar que siempre calma mis temores y los
diluye en el viento. El sitio que queda tan solo
a unos pasos de mi hogar pero que llevo
evitando todo este tiempo, quizá por el
extraño arraigo que tenía a mi locura.
Enfilo hacia la playa.
Ya estoy cerca, el murmullo del mar me lo dice.
No sé qué hace que me descalce.
Pronto, arena abrazando mis pies; tímidos,
indefensos, al hundirse en semejante
superficie inestable.
El aire salado envuelve como una manta
espesa y pesada mi tez blanca. Tan delicada
que siento cómo cada grano de sal se
desintegra al rozarme.
Se oyen los suspiros de las olas al acariciar
la orilla. Y como hechas de papel, las alas de
unas gaviotas curiosas se deslizan entre los
tonos ahora rojizos de un cielo especialmente
calmo.
Diviso a unos metros unos rizos descoloridos
por los años rebotando en el viento.
A un lado, el humo amargo de un mate
recién hecho se mezcla con la sal del
ambiente.
A medida que la distancia se reduce, voy
distinguiendo ciertos rasgos que comprenden
a aquella mujer: una sonrisa benévola y
genuina acentúa pliegues dibujados por el
tiempo. Y los ojos.
El infinito mismo y la eternidad se
adueñaron de esos ojos oscuros como la
noche. Una noche que, como en sus días de
pocas nubes, posee un brillo propio que
irradian las estrellas.
Una mirada cargada de paz, luz y amor.
A su lado se erige un cartel escrito a tiza,
cuyos trazos imperfectos revelan un pulso
avejentado, destilando con esas cuatro
palabras una ternura desbordante:
Escucho historias de amor
Un mimo al alma de la chica de corazón
roto y memoria degradada.

En el horizonte se recorta una pequeña


figura que revolotea vitalmente. Riéndose de
los últimos rayos naranjas de un sol travieso,
que resbalan en sus sedosas plumas, un
cuello verde resalta por su estruendoso color
a esperanza.

11

En otro reloj (1)

Las nuevas venecianas deslizan la luz


dorada, pero con un tinte de verde, hacia el
interior del estudio. Mientras tanto, afuera, un
pájaro de canto sereno anuncia los últimos
retazos de otra jornada gloriosa.
Sobre la mesa, marcadores verdes, ama-
rillos, naranjas y rojos. Así, en ese orden.
Dispuestos junto a una pila de carpetas
blancas inmaculadas. Exactamente alineadas.
Laptop en su estuche, planos cuidadosa-
mente enrollados. Está listo para cerrar el día.
Luces apagadas, papeles azarosamente
depositados en la papelera. Así, sin más. A
veces prefiere doblarlos cumpliendo con las
leyes de proporción áurea.
Al llegar a su pequeño pero pulcro
apartamento deja sus pertenencias, a su
criterio, sobre la mesa de cristal que diseñó.
Pasó un año entero, solo dibujándola.
Exactamente a las 19:30 se dispone, como
todos los cronometrados días, a tomar su
bebida favorita: un Martini seco con dos
aceitunas. Frescas, claro. Algo extraño,
considerando que recién ingresa en la
década de los treinta.
Le resulta curioso cómo el cielo se
contagia del color olivo, dentro de los límites
del marco de la ventana.
Aromas florales provenientes de un balcón
ajeno, enmascarados por el alcohol. Cinco
pisos más abajo, en la vereda, unas
carcajadas bañan el barrio de buen humor.
Pero el sonido de sus dedos tecleando el
celular es demasiado fuerte como para
oírlas, y dejarse llevar por su naturaleza
descontracturada.
Es que si se distrae un segundo, corre el
riesgo de dejar ir un posible [Link] unos
meses trasladó su vida, deseos y objetivos, al
otro lado del país. Para la pequeña superficie
de Uruguay, el mercado varía bastante de
norte a sur.
Abrió su nuevo estudio con varios colegas,
y ya les llegan decenas de mensajes por
día, en respuesta a las publicidades de su
página web y sus posteos de Instagram.
Todo está en la imagen.
Una buena imagen, atrae buenos
clientes. Y rápido. Eso es fundamental.
El tiempo corre; para triunfar, hay que
correr con él.
Si quieren establecer su firma en poco
tiempo, y competir con las ya establecidas,
deben jugar rápido. Acaparar la atención.
Olvidó si en el pasado ha diseñado por
satisfacción. Quizá en la universidad, no lo
recuerda bien. Como decía su padre, “ha
corrido mucha agua bajo el puente”.
El reloj no se entrega al disfrute. Apura,
aprieta. No tiene consideración.
Y si te atrapa despistado en un descanso,
te pisa los talones.

12

—Sabía que no te ibas a rendir, Lina


—comenta Roma, con una dulzura
inexplicable, sin quitarle la vista al mar.
Ni siquiera me atrevo a preguntarle cómo
sabe mi nombre. Tan solo presiento que debo
confiar. Como si ya la conociera de antes.
—¿Rendirme?
—En vos.

Añade, serena:
—Te estás haciendo preguntas, pero no las
oportunas para la ocasión. —Lo único que
intento averiguar es qué ocurrió con mi
marido, aunque eso no haga que su muerte
duela menos. Pero quizá pueda calmar esta
culpa repulsiva que siento y no sé por qué.
—Sufriste una pérdida mucho más fuerte,
antes de no verlo más a él. —Pero…
—Cuando abandonaste el estar completa,
por ser tan solo una parte de algo más, te
perdiste.
— ¿“Algo más”…?
—De una unión, de una pareja.

La mujer de cabello esponjoso y sonrisa


de estrella inspira tranquila, inmutable.
Cierra los ojos y aspira esencias que la
playa tiene para ofrecerle.
De repente, dirige su mirada hacia mí,
intentando atravesarme.
Y en una última declaración, recita
lo que me desarmaría completamente:
—“Y ahora
te miro
fijo
a los ojos
y no estás.”

13

Intento hablar pero me es imposible. Esas


palabras robaron cualquier frase que pudiera
haber salido de mi boca. Siento cómo mis
cuerdas vocales se retuercen y se esconden,
para evitar una respuesta que no esté a la
altura.
—No es una frase mía. Buscala. Buscá a
Cecilia Borac, la autora —dice, alejándose,
bordeando el agua con sus pies descalzos.
Procuro seguir su trayecto con la mirada,
pero cuando reacciono, ya desapareció.
Trepada en una nube de incertidumbre y
duda, emprendo, como puedo, el camino a
casa.
Creía que perder a mi esposo me había
afectado, pero la idea de además perderme a
mí misma, me hace pedazos.
Si no me apresuro a comenzar a juntar, de
a uno, esos trozos de mi ser, y armar el puzle,
no habrá esperanza.
El dolor de su ausencia me está comiendo
por dentro. No me deja respirar. Por más
contradictorio que suene, constituye una
presencia en sí mismo. Una presencia
perpetua, como la tinta vitalicia de un tatuaje
que recuerda, eternamente, la marca que deja.
Y mi alma desorientada, desbordada de
incertidumbre y duda, busca, incansable,
brazos en que aterrizar.
Cada tanto, distraída en otros planes, me
susurra que aún está ahí, debajo de una
gruesa capa de piel… o de protección.
¿Protección de qué? De la vida, claro. De
sus insistentes golpes, e interminables
guerras. Guerras perdidas; corazas ganadas.
Ausencias acumuladas en forma de historias,
escritas con pluma invisible. Que solo
aceptando su pérdida, se pueden leer.
Me sigue, incansable, su sombra.
Proyectada en lo que alguna vez fue, pero no
será. Todo lo que no ocurrirá bajo el aroma del
jazmín. Todo el cariño que no me va a
poder dar, cuando más requiera un abrazo.
La necesidad de tenerlo cerca estruja
mis entrañas, y me hace sentir chiquita,
indefensa, desprotegida.
Un temblor eléctrico arrasa mis venas y me
incita a buscar más abrigo. Estiro el saco que
llevo puesto para sosegar este glaciar que
llevo dentro, este abismo sin fin. Me abrazo
con fuerza y observo como mis uñas –o lo
que queda de ellas- exprimen la tela. Estiro el
saco un poco más. Pero no logro abrigar este
dolor.
Aun así, tras su transparencia desoladora,
en su falta se refleja aquello que vino y se fue.
Pero quizá, incluso, en lo que tal vez vuelva.
La luna me lo dijo. Que su luz toma
diversas formas, según quién la mire, y desde
dónde. Que no solo recorre este mundo. Y
que si me atrevo a escuchar, tal vez, tendrá
mensajes de otros rincones.
14

Diez de la mañana. Estoy atónita.


Ya comenzaba a desconocer lo que se
sentía mantener un sueño profundo durante
tantas horas.
La resaca de las brasas que por primera
vez en meses dieron vida a la estufa a leña,
salpican sus gotas de fuego.
Afuera, el murmullo de las hojas secas
revoloteando en la brisa fresca anuncia el fin
del otoño.
No salgo del asombro. Y quedo completa-
mente boquiabierta cuando, al abrir los ojos,
observo el amarillo, ahora no tan potente, de
la pastilla que descansa, confundida, en la
mesa de luz.
Las palabras de Roma me desarticularon
de tal forma, que me olvidé por completo que
para poder darme el lujo de dormir, debo
ingerir químicos.
Decido que no necesito el café de buenos
días. Estoy lo suficientemente satisfecha con
este extraño descanso como para seguir
alimentando mi cuerpo con tal amargura.
Jugo de naranja, una manzana y galletas
de avena que se mantienen crujientes.
Sin quitarme el pijama, me abrigo con mi
viejo y querido saco de lana, ese que me tejió
mi abuela antes de dejarme, para cuando
creciera.
Coloco un mantel en el deck de madera
junto al pasto, ahora un poco más verde, y
dispongo el desayuno sobre él. A un lado, la
computadora.
El jardín dormido está tan tranquilo como
yo. El único y sutil movimiento que se percibe
es el de las pequeñas pero veloces alas de
un picaflor madrugador, que aprovecha el
despiste de las flores para pedir prestado su
delicioso elixir. Nunca recibo visitas así. Es
vigorizador.

“Y ahora fe miro
fijo
a los ojos
y no estás.”

Las teclas de mi Asus relativamente nueva


tiritan conmigo al digitar esas palabras.
Cecilia Borac, escritora, psicóloga,
especialista en acoso escolar, dice Google.
Y autora de ese escalofriante cúmulo de
palabras que sin anestesia se abrió paso en
mis ideas.
Al parecer, es un texto más de su libro
titulado Confesiones de tu alma. Me tomo
unos minutos para leer un artículo
publicado hace unas semanas, donde contó
su historia:
“(…) Fueron años muy duros. Cada día
llegaba con el uniforme del colegio empapado
en lágrimas. Entraba despacio para que nadie
lo notara, y corría a ponerme ropa seca y
ocultar los machucones.
Claro que la mentira no se consolidaba solo
con un poco de rubor; lo fundamental era la
sonrisa forzada pero necesaria con la que yo
misma me obligaba a disfrazarme. Esa copia
pirata. Necesaria porque, de lo contrario, si
salía a la luz la gran farsa, en el colegio
intentarían contrarrestar mi declaración con
marcas que ya no me fuera posible ocultar.
Aunque cualquiera que hubiera prestado la
suficiente atención, hubiera notado la pérdida
de brillo en mis ojos.
De esa forma escribía. Escribía aquello que
no podía decir en voz alta. Mi diario era donde
escupía el dolor, y él lo sellaba entre sus
páginas amarillas y la tinta corrida por la
angustia. Allí se escabullía cada secreto que
se había forjado durante todos esos años de
ojos apagados.
Con mi trazo aniñado diseñaba un futuro sin
maquillaje y sonrisas de plástico. Imaginaba
el día en que lo que plasmaba allí quedaría
archivado, como una experiencia más.
Pero con el tiempo me di cuenta que ahí
estaba la clave, justamente. Tenía la
herramienta más poderosa a mi disposición.
Solo debía cambiar el enfoque.
Todo estaba en el papel. Fui testigo de
cómo el arte de hecho sí mueve montañas.
Incluso las más altas.
Mis compañeros solían molestarme por,
entre otras cosas absurdas, mi adicción
a la escritura, a la expresión material del
pensamiento. Era irónico, la verdad, que justo
eso fuera mi boleto de salida.
Ahora, con mi interior a prueba de ruidos,
me dedico a ayudar a aquellos que transcurren
situaciones similares, a vislumbrar el poder
que tienen en sus manos. Ver el arte como
escapatoria. Como el arma más poderosa.
Una vez que nos permitimos verlo, no hay
vuelta atrás (…)”
15

Un pasado enredado entre bullying,


maquillaje y un diario confidente. Ahora, se
dedica a ayudar a otros. Es fascinante.
Pero también escribe libros que se podrían
categorizar como de poesía, o “simples
reflexiones”, según las llama ella. Aunque de
simples no tienen nada. Son tan simples
como un tornado que sin piedad arrasa con
lo que sea que se le cruce por delante.
Investigo en qué tiendas se pueden
conseguir, y sorprendentemente hay una
cerca de casa.
Recojo rápido el despliegue, cambio mi
vestimenta de entrecasa por una más
adecuada para recorrer las calles, e inicio mi
camino.
Algunas casas todavía duermen, honrando
el comienzo del fin de semana. Los árboles
susurran que siguen vivos, a través del
tímido movimiento de sus escasas hojas.
Niños riendo a carcajadas en bicicletas,
ancianos disfrutando su paseo matutino.
Carcajadas que ahora incorporo como una
melodía, y no como un tormento. Siempre
me gustó eso de este barrio; su ambiente
familiar, tranquilo. Además que se mantiene
dentro del presupuesto, claro. Recuerdo la
conversación con Ramiro cuando le planteé
mudarnos para acá:
— ¿En serio? ¿A ese barrio aburrido?
Sus prejuicios me daban ternura.
—La vida que construiremos allí, entre
libros y canciones, como acordamos que
queríamos, no será aburrida, ni buena, ni
mala. Será nuestra.
Cada vez que acudo a ese recuerdo me
duele el pecho. “Algo nuestro”. ¿Y ahora que
él no está? ¿De quién es? ¿Qué queda?
En cuanto me enfrento a la puerta que
parece salida de un cuento fantástico entro,
sin dudarlo, en busca de ese bendito libro.
Aroma a historias. Aun vivas. Aun latiendo.
Cómo extraño que impregnen mi hogar…
—¿En qué puedo ayudarla?
Me toma desprevenida. Estaba sumergida
en mi memoria.
—Hola, disculpe. Estoy buscando el libro
Confesiones de tu alma, de Cecilia Borac.
—Ah… Un alma valiente. Sí, lo tenemos. Y
allá, desde un rincón, me llama. Como si
supiera que he venido por él. Solitario, se
imprime sobre una mesa pequeña, de
madera de pino. Pareciera que alguien lo ha
estado leyendo, y en un apuro, escapando de
lo que allí está escrito, lo ha dejado, tirado,
entre otros universos.

16

—Lina, por el amor de Dios, ¡Un día! ¡Te


pido un día de paz! —perfora mi tímpano, a
través del teléfono.
Es que sufrí una recaída. No sabía a quién
más llamar.
—Perdón, Kati… sé que es tu día libre pero…
—Ese es tu problema. Lo sabés, pero lo
ignorás —suspira para poder seguir—. ¡Lo
peor es que no te das cuenta de lo egoísta
que te volviste!
— ¿Egoísta? ¡Perdí a mi esposo!
— ¡Y yo a mi hermano! ¡Mi única familia!
Intento disimular el llanto con un suspiro, y
contesto:
—¿Cómo que tu única familia? ¡Yo sigo acá!
La comunicación se quiebra junto a su voz.
— ¿En serio? ¿Seguís acá? Porque la Lina
que yo conocía no subsistía gracias a esos
degradantes químicos.
Por unos segundos, el silencio se apodera
de la línea.
Yo no hablo más. No puedo. Si abro
la boca, las palabras se atragantarán
con el agua de mi alma. Mi alma llora,
descontroladamente, aunque el llanto no se
retransmita en la distancia.
Pero Katia sí parece poder hacerlo. Sus
palabras, en lugar de atascarse, encuentran
la forma de salir torrencialmente y conmo-
cionar la línea.
—Te ahogás en tu propia miseria, y tragás
a los demás contigo. No entendés que no sos
la única implicada en este desastre. Por
alguna razón, te podés dar el lujo de poner
tu vida en pausa mientras los demás te
la solucionan. Mientras doy lo que está a mi
alcance para apoyarte, e intento seguir con la
mía. —El tormento en su voz me da a
entender que también quiere llorar, pero lo
retiene, testaruda, y prosigue: —Yo trato
de distraerme, voy al cine una vez por
semana, que hoy ya no va a ser posible por tu
intromisión. Me uní a un equipo de handball,
ya sabés lo que me gusta y lo bien que me
hace. Después llego a casa y grito, me hundo
en la cama y lloro hasta dormirme. Pero al
otro día me levanto y sigo. Sigo porque mi
vida no terminó cuando lo hizo la de Ramiro.
El punto es que busco alternativas, intento
salir adelante. Vos deberías hacer lo mismo.
Una vez que cesa la verborragia, el agua que
tenía retenida encuentra la forma de salir.
Pero antes de desmoronarse por completo,
declara:
—No doy más, Lina. No doy más.
Entonces corta, de forma rotunda. Mi
teléfono está exhausto por la intensidad de la
conversación. Yo también lo estoy.
De ojos hinchados y estrujando el celular
en mis manos, como si eso ayudara a
descargar la ira en él, observo el plato de
galletas de avena que me trajo mi amiga
hace unos días. El mismo snack que me
acompañó los meses que estuve internada,
y que lo sigue haciendo. Aunque tengo el
presentimiento, de que no lo hará más.

17

Mi cabeza es una batalla campal de


emociones adversas. No sé a cuál de ellas
prestarle atención.
Claro que entiendo, aunque duela, lo que
se dijo en esa llamada. Reconozco que
quizá sí he sido un poco egoísta. Pero no sé
ser de otra manera ahora mismo.
Observo, del otro lado del estar, silenciosa
y triste, la biblioteca. No me he acercado a ella
en mucho tiempo, pero no es necesario
hacerlo cuando los retazos de sus libros
permanecen en mi memoria. En este
momento soy capaz de evocar uno en
particular, con el que resueno:

MARCHITAR(SE)

Es lo que hacen las flores. Traidores,


engañosos seres. Con sus delicadas hojas,
de vez en cuando salpicadas por un rocío
pasajero, insinúan su posible fin, desgarre.
Tan débiles.
Pero los colores. Sus brillantes colores, y
su belleza exorbitante hacen creer en su
infinitud, que van a prevalecer para las futuras
generaciones, manteniendo en sus pétalos
vivas a las miradas brillantes de sus
antepasados.
Lamentablemente, todo lo que brilla es
porque ha visto, o verá, la oscuridad. Y se
encargará de apagar consigo a aquellos que
se atrevan a ser testigos de su lento deterioro.
Las flores son así.
Y yo soy una.

No sé quién soy. No sé quién ser con los


demás. No sé qué hacer para alivianar el peso
que siento. El peso de la vida. ¿Cómo se
aliviana la vida?
Las pastillas.
Amarillas, seductoras…
No, Lina, no.
Mejor una galleta. Sí, mejor.
La mastico sin ganas. ¿Cómo podría
tenerlas? Se me cerró el corazón.
Pero en el medio de la psicosis, mi memoria
me pega una bofetada para reanimarme, con
un recuerdo dulce, y así sentirle el gusto a las
galletas.
Rememoro la primera vez que las probé:
—No sé por qué desperdicias el tiempo
estudiando química, la verdad. Estás
privando al mundo de este pedazo de
paraíso.
—No seas boba —respondió Katia, entre
risas—. Le estoy haciendo al mundo un favor
más grande al evitar que vos hagas explotar
el laboratorio con tus inventos raros.
Risas. Ahogadas en el humo de una jarra
de té.
Adquieren consistencia, en mi piel erizada.
Es curioso cómo el pasado es capaz de
revivir en forma de sensaciones.
Para recordarme que estoy viva.

18
En otro reloj (2)

19:50. Ya debe irse si quiere llegar a tiempo


a su visita nocturna con Roma.
La conoció hace un par de días, pero siente
que únicamente cosas buenas pueden surgir,
de arriesgarse a frecuentarla.
Ha comenzado una transformación,
definitivamente, en algún rincón de su ser.
En su primer encuentro se la cruzó de
repente, durante un paseo poco común por
la playa, para distraer su mente por un
momento, de su ritmo galopante.
Calma, meditaba a la orilla del agua. La
espuma se derretía al impactar con su piel
bronceada, y sus ojos se dirigían al infinito.
—¿Por qué la prisa? —Las palabras
parecían robarse el viento. Cuando sonaban,
solo ellas se escuchaban, en medio de un
silencio reblandecedor.
Él detuvo su caminata, para dedicarle
su atención: —¿Prisa? No estoy corriendo
—contestó, a la defensiva.
—Lo que las palabras no revelan, tu mirada
me cuenta. Y la prisa es de tu mente, que tu
cuerpo, en el intento por esconderla, la hace
más evidente.


—Es que nunca paran —se excusó el
joven, al cabo de unos segundos. Los
suficientes para reajustar las tuercas de su
cabeza.
— ¿Qué cosa?
—Los relojes, de girar.
La noche brillaba, resplandeciente.
Estática, pero en constante movimiento. No
corría. Iba justo a tiempo.
—Tu alma duerme. Despertá.
Luego se fue.
Hoy la luna es más azul de lo habitual, el
cielo más verde, y la anciana lo mira de una
forma particular. Él siente que sus ojos de
águila lo atraviesan. Unos ojos negros, como
muchos. Y, sin embargo, únicos en su especie.
—Despeiná esa rigidez, no has entendido
el concepto de perfección. No es sino el
equilibrio entre el caos y el orden. Equilibrio,
de eso se trata —pronuncia la señora—. La
naturaleza es perfecta, y no está ordenada
por color.
Aquellas palabras logran retumbar en su
pecho de metal.
¿Acaso había yo malinterpretado su
existencia entera? Su organizada rutina le
ha permitido lograr sus objetivos, y la
minuciosidad extrema con que ejecuta cada
tarea le vale de herramienta para ordenar
las ideas. Porque, ¿quién puede pensar con
claridad cuando adentro hay un vendaval?
Además, hoy en día, la vida debe estar
milimétricamente pensada, si se quiere evitar
desastres.
Fechas, horarios, límites.
Los persistentes límites que excusan el paso
del tiempo y recuerdan, que a cada inquie-
tante movimiento de unas filosas agujas, más
cerca se encuentran. Allí, al final, con su
rostro macabro, esperando al acecho.
No puede más. Irá a dormir. Le duele la
cabeza y mañana le espera un largo día en el
estudio.
A jugar carreras, contra un macabro reloj.

19

Desde la mesa ratona de la inerte sala de


estar, me observa. El libro de Cecilia Borac
me observa. Aguarda, paciente, la atención
de su nueva dueña.
No es por desinterés que escasea el tacto.
Claro que no. No me he olvidado que allí
reposa desde hace varios días, con su
intimidante presencia.
La cuestión es que no he contado con
las agallas suficientes para abrirlo, porque
una cosa es segura: allí las palabras juegan,
entre las lágrimas de un lector emocionado.
Me di cuenta en el instante en que me llamó
desde aquel rincón inhóspito de la librería.
Esas mismas palabras podrían terminar
de desarmarme… o devolverme la vida.
Supongo que es tiempo de averiguarlo.
Mientras me acerco, una sensación de
abatimiento se ata en mi garganta. Extraño
a Ramiro. Más de lo que me creo capaz de
soportar.
Ahora enfrentada al libro, deposito el mate,
aun caliente, y el termo ya deshidratado, a un
costado.
Finalmente lo abro, y se despliegan ante mí
las siguientes palabras:
“Este libro es un poco diferente. Tú no
leerás a él; él te leerá a ti.
Deja que te encuentre. Abre tu alma.
Las palabras justas para ti tendrá, si te
atreves a confiar.
Ciérralo de vuelta, y vuelve a abrirlo en
donde tu corazón se encuentra.”
Cierro los ojos y lo abro en una página
cualquiera. O cualquier página exacta.
“Que el eco de tu recuerdo se convierta en
voz y me diga al oído que seguís ahí.”
No, no puede ser cierto.
Que el libro lea tus sentimientos, qué ton-
tería. Tiene que ser una mera coincidencia.
Cierro los ojos nuevamente. Lo abro en
otra página.
“La vida pasa
y tú te quedas
eternamente
en mi memoria.”
De inmediato, la voz de Daniel se desliza
dentro de mi cabeza. “Cerrar los ojos para ver”
Sonrío.
Luego, no puedo evitar romper en llanto.
Allí están, las palabras, revolcándose en el
charco de angustia.
Y al mismo tiempo, me consuelan en abrazo.
La diferencia es que para mí, la vida no
pasa. O así es como lo siento. Me encuentro
ahogada en un eterno suplicio. Sin poder
nadar y naufragar en alguna isla paradisíaca,
donde las penas no sean más que anécdotas.
Él sigue ahí, eso es un hecho. Mientras
mi mente lo dibuje, allí permanecerá.
La cuestión es esa, de hecho. Si algo me da la
espalda en estos momentos, es mi memoria.
El único recuerdo persistente es él, con su
pelo castaño claro y lentes de sabelotodo.
Pero yo… no recuerdo quién era, antes de él.
Roma me lo advirtió, pero recién ahora creo
empezar a entenderlo. Recuerdo un catorce
de febrero. Habíamos estado planeando por
días qué hacer en esa fecha tan promovida. A
Ramiro se le complicaron unos asuntos en el
trabajo, y se vio obligado a cancelar los
planes. Para compensarme, me mandó un
ramo de flores. Dentro, una tarjeta que decía:

“Para mi otra mitad.


Perdoname.
Te amo.”

Me hierve la sangre de incomprensión.


¿Mitad? ¿En serio?
Roma tenía razón. Me perdí a mi misma,
mucho antes de perderlo a él. Debí haberlo
previsto en ese momento de debilidad, en que
esa frase tan absurda me pareció afectuosa.
Las convicciones que aseguraba tener se
derrumban, de a una, como un dominó sin fin.
Mi pasado e inseguridades me habían
anestesiado a tal punto de creer que me
faltaba una parte, y que debía ir en busca de
ella. Claro que a ellos se les suma el conjunto
de creencias de una sociedad retrógrada,
que alimenta ese sentimiento. Olvidé que, en
realidad, ya estaba completa.
O quizá nunca lo supe, y eso es un
problema. Porque si no recuerdo un período
en que fuera consciente de mi completitud,
entonces… Si somos nuestra memoria
¿Quién soy realmente?
Si hurgo en mi cabeza, lo único que
encuentro son vivencias en que mi
comportamiento se regía por la mirada de
Ramiro. Sus deseos, sus convicciones.
La verdadera pregunta es, ¿quién soy
ahora, cuando él no me mira?

20

Hoy revivo una escena ilustre de esa


época, en la que a mi silueta la moldeaban
sus aspiraciones.
El cielo había olvidado sus estrellas,
pero nosotros teníamos las nuestras.
En donde iría el jazmín, habíamos colocado
una guirnalda de luces que hacía visible el
nuevo jardín, con la tierra revuelta esperando
las flores que plantaría Ramiro el siguiente
día. Y también las velas, alumbrando el cariño.
Sentados sobre una manta en el deck
recién colocado, el vino, los rostros parcial-
mente iluminados, la música.
El amor y el enredo de quien quiere
perpetuar la magia por siempre.
—Vamos a tener que cubrir ese agujero
pronto —mencioné, observando el hueco en
la pared en donde irían grandes ventanales.
Ventanales en “ele” que cerrarían la cocina y
el living; en aquella época, en forma de
galería, parte del escenario silvestre.
—Sí, mañana van a venir a colocarlos.
Pero, ¿No te gusta cómo está así?
—¿Gustarme? ¿Por qué me agradaría
tener un hueco del tamaño de las deudas en
la pared de mi casa?
—Le da un toque diferente, único.
—Sí, único va a ser cuando terminen
los muebles estropeados si empieza a llover.
Reímos.
—Quizá podríamos acostumbrarnos. Un
hogar sin límites, literalmente. ¿Estamos
afuera o adentro? No lo sabemos, tampoco
interesa.
—Estás creativo, ¿eh?
—¡Desestructurate! ¿No es lindo pensar
en las posibilidades? —preguntó, con el
brillo turquesa de sus ojos y haciendo un
gesto con las manos—. A veces creo que
deberíamos ir más allá de lo que la sociedad
o la cultura nos han metido acá. —Y se toca
la cabeza—. ¿Y qué si quiero que mi casa no
tenga paredes? Para crear muros están los
otros, los que creen en las fronteras.
Me reí tiernamente, negando con la
cabeza.
—Ya empezó a hacerte efecto el vino.
—Si es el vino el que habla, que se
exprese, tiene mucho para decir. Hay que
dejarlo. La esperanza está en las nuevas
generaciones, quizá sean menos cuadradas.
Quizá no conozcan los límites. Quizá el cielo
sea una posibilidad y no algo inalcanzable. Tal
vez, incluso, puedan creer.
—¿En qué?
—En sí mismos, en los otros, en la vida. En
la magia de poder creer, y crear lo
impensable. Un poco menos de guerra; un
poco más de paz. ¿No sería lindo, verlos
crecer? ¿Verlos crear ese mundo impoluto?
Casi escupí el vino, no me lo vi venir.
— ¿Hijos? Pensé que habíamos acordado
no tenerlos.
— ¿No te gustaría reconsiderarlo?
—Tal vez, no sé… pensé que ya había
quedado sellado ese asunto… ya veo que no.
Seguro hasta tenés pensado cuántos.
—Claro que sí, cuatro.
—¡¿Cuatro?! —Despedí una carcajada—
¿Te paso la posta y los tenés vos?
—Trato hecho. —Sonreímos. Me dio un
beso. Luego tomó la guitarra.
—¿Qué canción toco? —preguntó.
Nos miramos.
—Drexler —dijimos, al unísono.
—¿La edad del cielo?
Sonreí.
—“Todo está en calma”.

21

Se ha vuelto costumbre los atardeceres de


charlas místicas y lecciones profundas, con el
sonido marítimo de fondo.
Al anochecer, Roma suele aparecer
bordeando la costa, rozando sus huellas
con la vestimenta amorfa color perla que
acostumbra a llevar, entre tanto observa un
astro de la suerte rasgar el firmamento.
Aunque ella asegura, que la suerte no existe.
La caracteriza una calma inexplicable y una
ternura celestial. Su cabellera desteñida juega
a mezclarse con el viento, y volverse parte de
él. A veces, incluso se entinta de su color.
A cada visita, noto una minúscula pérdida
de opacidad en sus ojos, volviéndose más
transparentes. Como si en el intento por
desvelar eso que llevan escondiendo mucho
tiempo, comenzaran a dejarse atravesar.
A medida que me acerco a la playa siento
cómo la sal cruje bajo mis pies. Al
enfrentarme a ella, diviso una especie de
pequeña colina de arena, que no deja ver más
allá de sí. Encima, a lo lejos, un hilo de plata.
En ocasiones incluso se ve un conjunto de
puntos luminosos que se deslizan sobre él, a
un ritmo propio, en un tiempo aparte.
Cuando subo la duna y al fin logro apreciar
a Roma, noto que esta vez le pareció divertido
modificar la rutina.
Allí se encuentra su piel agrietada,
confundida entre las sombras que producen
los desniveles de una superficie irregular.
Entregada al universo, descansa tranquila al
borde de la marea, pero no llega a mojarla.
Me acerco despacio, pues está con los
ojos cerrados y no quiero asustarla. ¿Se habrá
dormido? ¿Recordará que hoy la visito?
Me agacho lentamente y me acuesto a su
lado. La arena está más suave que nunca. Me
ruega, que la deje acariciar mi piel. En lo alto,
un niño parece haber estado jugando con
pintura blanca, salpicándola inocentemente
en el papel negro.
El viento cesa su silbido, para dar lugar a su
voz. Su voz angelical, que insinúa haber reco-
rrido todos los planetas, y vuelto para sanar.
—“Sos todo aquello
por lo que todavía
en la noche
las estrellas brillan.”
—… ¿Otra frase de Cecilia?
—Así que has estado investigando —dice,
con picardía.
—El libro es muy curioso.
—¿En qué sentido? —pregunta, sin dejar de
apreciar un instante del esplendor de la noche.
—La forma como está escrito. “Te dirá dónde
se encuentra tu alma”… No es que no le crea,
¿Eh? Ya me lo ha demostrado más de una vez.
Sonríe.
—No es para nada curioso. Es… como debe
ser. Los libros siempre dirán sobre ti lo que
necesites ver, aunque a veces lo disfracen.
Este, tan solo lo hace más evidente.
— ¿Cómo es eso? —indago, confundida.
—Los libros siempre encuentran la manera
de elegirte a vos. Ellos saben lo que necesitás
escuchar. Tu alma, por su parte, responde a
ello. Por eso tu inquietud en averiguar de
dónde provenían semejantes palabras,
cuando te las recité por primera vez.
—¿Y vos cómo sabías lo que yo necesitaba
escuchar?
—“Escuché a diario tus susurros.
Ahora el mundo grita
y no escucho”
—…
— ¿No has llegado a esa parte?
—Tal vez mi alma no me lo ha querido
mostrar.
Nos echamos a reír, a la par.
—Aprendés rápido.
Inspira un poco de mar, y prosigue:
—Tenés que aprender a escuchar nueva-
mente. Y a ver… bueno, la vista está un tanto
sobrevalorada. Te acostumbraste a un sonido,
hasta que se volvió familiar, tu hogar… El sitio
cómodo a donde regresar. Pero dejame
decirte, que tu único hogar, sos vos.
—¿Y por eso no escucho los gritos del
mundo?
—Algo así. Lo evidente es lo que mejor
se camufla, entre tus inseguridades o
miedos. Cuando logres advertir lo que el
mundo tiene para decirte, te preguntarás por
qué no lo habías oído antes, si tan alto
lo pronunciaba. De repente se asoma una
tortuga bebé entre el agua espumosa, que
borra sus diminutas huellas.
—Vos sos esa tortuga. Bueno, todos lo somos.
—¿Cómo?
—Por determinado motivo tuvo que sepa-
rarse de su familia para enfrentar al mundo
ella sola. Lo que consideraba su hogar, seguro
y cómodo, ya no es más que un recuerdo.
Aquello de lo que se sentía parte, la obligó a
ir en busca de su vida.
—Aprender a quererse, encontrar su
corazón.
—Exacto.
—Pero… ¿no deberíamos ayudarla a salir
del agua siquiera? Le está costando…
—Tranquila. Está haciendo lo que debe
hacer. Y sabe muy bien a dónde se dirige,
lo descubrió más rápido que muchos de
nosotros.
Por un rato, el silencio reina el lugar. Yo
pierdo mi vista hacia arriba. No hay límites.
Las fronteras no existen.
Juego a esquivar estrellas, pero siempre
hay otra, incrustada en la bóveda oscura.
Para mi sorpresa, la luna se ausenta. Solo
ella sabe a dónde habrá ido. Quizá hoy reina
en otro mundo.
Pero la luz… la luz no escasea. Tintineante,
potente, tenue, en sus formas más variadas.
Como brillantina se pegotea en ese cielo, y en
todo aquel que la mire a los ojos.
—Esperá —digo de repente. Algo todavía
no me cierra—. Son muy lindas estas charlas,
y las estrellas y los secretos de la existencia.
Pero… ¿No se supone que vos escuchás
historias de amor?
No puede evitar largar una carcajada.
—Ay, querida. Cuánto camino por recorrer.
¡El amor a uno mismo es el más esencial y
básico!

22

Está atardeciendo y la luna comienza a


delinearse, tímida, en un rincón del vasto cielo
invernal. Tras pasarme el día enroscada en
elucubraciones, decidí que me haría bien una
caminata por el barrio.
Los últimos rayos de sol, cuya potencia no
alcanza para abrigar espíritus frágiles como el
mío, se desintegran gradualmente, como
granos de sal al fundirse en el mar abierto.
A su vez dedican una reverencia al astro
de la noche, que moderadamente va tomando
fuerza, y baña las casas con su resplandor
tenue; que unos tildan de fantasmagórico
y otros, aseguran que es tranquilizador.
El barrio se muestra en pausa. Los vecinos
están adentro, al resguardo del clima feroz,
refugiados tras una manta o el calor que
desprenden unos leños.
Observo, a través de las escasas venta-
nas encendidas, el ambiente acogedor que
allí se gesta. Abuelos jugando a las cartas con
los nietos, entre risas pícaras y trampillas.
Padres preparando la cena, niños haciendo
los deberes.
En otra ventana, dos muchachas acurru-
cadas en un sillón, descansando entre
miradas tiernas, y festejos silenciosos por
su reciente amor. Han aprendido a quererse
y a querer lo que muchos consideran distinto
o fuera de lo común, mientras tejen nuevas
creencias y se deshacen de las ya
caducadas.
Logro conseguir algo de calor al atestiguar,
a lo lejos, en un horizonte recortado por
bosques sobrevivientes a la desforestación,
un cielo prendido fuego. Parece desprender
llamas, que impactan en las latas rodantes
carentes de corazón, que pasean por la costa.
Llamas de esperanza. Aparecen cada vez
que el frío está a punto de arrebatar mi último
aliento. Son probables fugitivos del otro
hemisferio, donde se esconden los días
buenos. Un recordatorio de que están en
camino; cada vez más cerca de cruzar la línea
divisoria, y reaparecer más radiantes que
nunca.
Tomo una decisión sin pensar. De golpe y
porque la vida me lo pide, o yo se lo pido a la
vida. Saco el celular de mi bolsillo, y empiezo
a redactar.
Del otro lado de la ciudad, Katia enciende los
motores de su escarabajo nuevo, adquirido
como forma de tapar sus ansiedades con olor
a plástico sin uso, y enfila por la autopista,
luego de otro día en el laboratorio.
Su jornada no fue más interesante de lo
usual. Ahora, en retrospectiva, se ríe de la
joven que en una ocasión tuvo la brillante y
boba idea de que ser química le traería una
vida fascinante y llena de descubrimientos.
Es irónico cómo las ilusiones moldearon su
presente en aquel momento, y constituyeron
el motor de todas sus motivaciones.
La vibración del celular la dirige de vuelta a
la ruta. Echa un vistazo. Un mensaje de Lina.
Suspira.
De seguro se le han acabado los
medicamentos. O quizá, en un intento por
recuperar la atención, le reclama la visita
que no le brindó la semana anterior. Es que
no tuvo tiempo de hornear galletas, ni las
energías para ver una vez más el dolor que
atraviesa su cara de lamento constante.
«Piensa que no tengo una vida. Que solo
estoy para ella. Que no tengo nada más de
qué ocuparme. Siempre me debo ocupar de
todo.»
«Estoy harta.»
Y cuando la presión sanguínea ya está por
llegar al tope, del enojo, del cansancio, o de
una mezcla de ambos, luego de diversas
suposiciones, se digna finalmente a leer el
mensaje.
Estaciona a un lado, prende las balizas y
toma el celular.
No es lo que esperaba.
La tensión comienza a bajar paulatina-
mente. Los dígitos en ese globo de diálogo le
transmiten tranquilidad. Y vergüenza, por
haber juzgado el contacto de su vieja amiga.
“¡Kati! ¿Cómo te sentís para tomar unos
mates? Venite cuando salgas del lab, que
tengo la estufa prendida y unas tortas fritas”
Es como si fuera una persona distinta. No
recuerda haber leído algo así, proveniente de
ella, en mucho tiempo. Últimamente se
reporta tan solo con pedidos de ayuda o
lamentos de una vida de sufrimiento.
Aprovechará la oportunidad. Siente curio-
sidad sobre su repentino cambio de humor.
“Voy en camino.”

23

Suena el timbre y corro hacia la puerta.


Me parece ver, en una maceta, el brote de
una flor de dondiego, aunque no recuerdo
haberla plantado.
—Vení, pasá, que recién hice el mate.
El living sigue sin poder recuperar su color,
pero el fulgor del fuego tiñe el ambiente con
un cálido tono cobrizo.
—Así que has estado leyendo —afirma
Katia, al ver que sobre la mesa descansa el
libro con notas adhesivas incrustadas.
—Bueno… sí, digamos que sí. Lo descubrí
recientemente, pero me estoy dando el
tiempo para procesarlo. A ese hay que
integrarlo con cuidado o te da un choque
emocional.
—¿“Choque emocional”? —Pregunta,
riéndose—. Nunca te había oído usar
palabras así.
Esbozo una sonrisa.
—Estoy aprendiendo a usar palabras
nuevas, porque las viejas ya me están
resultando vacías.
En la mesa, unas tortas fritas humeantes y
un aroma amargo nos invitan a sentarnos.
—Se te ha dado la cocina, también. Ya veo.
—Son solo arranques. A veces quiero darme
un gustito y mimarme un poco. Además…
¡sino tengo que esperar a que me traigas tus
galletas para deleitar mi paladar! —exclamo,
sonriente.
—Sí… ya sé que no vine la semana pasada.
Perdón por eso. He estado con mucho trabajo y
como no llamaste, supuse que estabas bien…
—Estoy mejor, de hecho. Es más, no te
preocupes por seguir trayéndome los medica-
mentos, o por chequearme cada semana.
Creo que desde ahora de eso me ocupo yo.
Cada declaración parece sorprenderla
un poco más. Lo dilucido por su expresión
confusa, pero calma.
Nos pasamos la noche entera despiertas,
entre cuentos y destellos de unas velas que
se consumían palabra a palabra, confesión
tras confesión. Recordamos viejos momentos
y comenzamos a coser heridas. Despacio,
con amor y paciencia. Despertamos del
extravío la época dorada, en que ella, Ramiro
y yo, reíamos a carcajadas y desafiábamos
la aventura, creyéndonos invencibles.
Lloramos, también. Por su hermano y mi
esposo. Regamos la idea del irrisorio mundo
que dejó, uno en el que es solo recuerdo.
Porque él cumplió cada rol lo mejor que pudo,
y brindó a nuestras vidas la luz que no éramos
capaces de producir. Toda la luz que se
llevó, cuando se fue. Ahora rascamos en
cada rincón, con la esperanza de que se haya
olvidado algún haz.
Hasta nos permitimos ver una película,
entre tanta emoción acumulada. Me dejó
pensativa. Se llama Belleza inesperada…
algo que jamás debemos olvidar, aun en
momentos de sumo dolor. Es con Will Smith,
actorazo. Siempre amé sus películas.
En esta, el personaje le escribe a cosas,
no a personas. Cartas que se dirigen al
Tiempo, al Amor y a la Muerte. Pavada de
destinatarios. El poder que tienen sobre uno
es inexplicable. Les diría tanto…
Para empezar, les preguntaría la razón
de su insistencia por controlar mi vida, y
entrometerse en mis planes.
Aunque eso no sea posible, sin adentrarme
en los misterios del universo me conformo
con lidiar con mis vínculos terrenales.
Creo que comienzo a recuperar a mi
amiga, o a una parte de ella.

24

Y la parte que yo perdí y que aun no


encuentro, busca la forma de hacerse
presente, a través del pasado.
Era pleno febrero, y el día se prestaba para
absorber su textura. El cielo llevaba puesto el
color de su mirada. Las nubes escribían
canciones, la brisa jugaba a ser una cinta, que
envolvía nuestra piel y la enlazaba, la hacía una.
Cuando llegamos, el mar se desdoblaba
como papel de aluminio, al que le habían
aplicado acuarelas en tonos azules. Calmo,
se regocijaba ante la playa desocupada.
Éramos los únicos en ella, y nos recibió con
agrado.
Hacía calor. El sol marcaba su presencia
en lo alto, pero su tacto era suave, para nada
arrollador. No necesitamos colocar una som-
brilla, pues su caricia nos invitaba a dejarnos
tocar. Aunque fueran las cuatro de la tarde.
Extendimos un pareo gigante en la arena,
y la acondicionamos a nuestros cuerpos.
Esta se acomodaba también a la escena,
como harina salada, si es que eso existe. Y si
no, la naturaleza la acababa de inventar.
Salpicados en el extenso paisaje, se
erguían las ruinas de castillos de arena,
cedidos a la inmensidad por almas a las
que no les costaba el desapego.
Me acerqué al agua para refrescarme,
y apenas alcanzó mis pies sentí cómo
desnudaba los poros saturados de la semana,
y se llevaba la tensión para diluirla en la
marea. Luego me di un chapuzón, un tanto
más liviana, entre pescaditos de colores. Los
colores más intensos que había visto.
—Está hermosa el agua —proclamé, al
volver.
—Sí, parece que sí. En un rato me voy a
meter.
—Mirá, te traje esto. —Le extendí una
cuchareta, desmesuradamente blanca—. Está
un poco rota, pero igual me llamó la atención.
—Es muy bonita. A mí lo que me gusta de
ella es, precisamente, su desgaste. Las cosas
rotas son las más hermosas, significa que han
vivido.
Me agradaba esa idea. La belleza de las
cosas rotas. Especialmente porque si no
fuera así, no existirían las personas bellas.
Ramiro aspiraba profundo las fragancias
exóticas del lugar. Tomó la cuchareta y la
interpuso entre su rostro y el sol.
—Observá —dijo, entrecerrando un ojo—,
si mirás por acá, si acotás la vista dentro de
esta pequeña ranura, parecerá que el cielo
cambia de color. Supongo que se debe a que
no tenés el resplandor general del sol, sino
que dejás pasar un único haz de luz. Eso
cambia la percepción de lo que ves; los
colores incluidos.
Me generaba dulzura cuando sacaba su
lado nerd y llevaba el diseño, su profesión, a
las cuestiones cotidianas, las más simples.
Las únicas que importan de verdad.
—Tenés razón. Nunca lo había visto así.
Comencé a jugar con la arena y la tomé en
mis manos, haciendo que se escurriera entre
mis dedos, como una lluvia moderada. Me
cautivaba lo bien que se sentía. Era como si
en el contacto, purificara.
—Es increíble que esto sea capaz de medir
el tiempo —agregué, sin despegar los ojos de
ella, hipnotizada por su encanto.
—Sí, la verdad que sí. Aunque simple-
mente depende de la cantidad y frecuencia
con que se manejan sus granos. Es cuestión
de perspectiva.
Sus palabras me dejaron pensativa. El
tiempo como una cuestión de perspectiva. Me
estallaban las ideas de siquiera considerarlo.
Aunque hay asuntos que solo con el tiempo,
se hacen evidentes.

25

Ya es la segunda ocasión en dos semanas


que vuelvo a este lugar del horror, al Hospital
de Clutter. Un nuevo y extraño récord, para
alguien a quien ya le fue concedida su
libertad. Pero que a su vez, se sigue sintiendo
un prisionero.
Hoy se muestra más sombrío que nunca, lo
que no creía posible. Como si su presencia
intimidante estuviera allí adrede, listo para
comenzar el rodaje de una película de terror.
Recorta bruscamente un cielo uniformemente
nublado con su filoso y descuidado revoque.
No es el convencimiento de superar el
trauma lo que me motiva a volver a mi celda,
sino el intento de ayudar a una persona
querida, a escapar de las rejas de su mente
inestable. Y un poco también, la actitud
desafiante de enfrentar mis miedos.
El estómago se me retuerce, intoxicado por
la neblina de esta mañana cruel. Y no, todavía
no ingresé al edificio.
Inspiro todo el aire que puedo, para que al
exhalar se vaya con él lo que hace que en este
momento, mis piernas no dejen de temblar.
Y como en una especie de ritual y un
sentimiento de deja vú, cierro los ojos para
tomar coraje.
Finalmente atravieso la puerta al
mismísimo infierno. Abro los ojos. No es tan
malo como esperaba… campo visual y
auditivo despejado.
Por ahora, nadie se ahoga en llanto o en
súplicas de desesperación. A lo lejos, hacia la
zona de las habitaciones… silencio.
Pero mis piernas siguen temblando.
A continuación, lo mismo de siempre.
Me acerco al mostrador, cuya madera
parece haber sido atacada por termitas
hambrientas. Al parecer, los pacientes no son
los únicos que pasan necesidades. Detrás de
él, la misma mujer de la otra vez. Ahora, con
el bosquejo de unos labios intentando sonreír.
Escalofriantes, malignos. Con la misma
desconcertante amabilidad pregunta mi
nombre y el motivo de mi visita.
—Lina Lost, vine la semana pasada.
Quiero ver a Daniel Altergo.
—Déjeme ver si está habilitado para recibir
visitas.
Sus largas y desprolijas uñas arañando las
teclas de una computadora al borde del
colapso hacen saltar entre mis recuerdos
el momento de mi ingreso acá, hace ocho
meses. Todavía estremecedor.
Tan vívido como si hubiera ocurrido ayer.
Aunque borroso y con fragmentos dejados
en el olvido, seguramente para mi beneficio,
el momento se delinea intacto, inamovible, en
un rincón de mi memoria:
Entré por mis propios medios, como
cualquier persona. Ya estaba comenzando
a aceptar la situación; que no estaba en mis
cabales, nadie lo podía negar. No era yo.
O quizá, era esa parte de mí tan oscura,
que no había querido ver a los ojos.
El Hospital de Clutter contaba con ciertas
buenas reseñas, y era el lugar donde mi
psiquiatra había recomendado “recuperar la
cordura”, y lo cito.
Lo que no mencionó en ninguna instancia,
fue que luego de poner un pie dentro, por
decisión propia o recomendación profesional,
ya era presa de su degradante sistema. No
había escapatoria. Estaba sentenciada.
Conocía la clínica por comentarios y por
fotos de su exterior. Pero no investigué su
funcionamiento. Grave error.
La cuestión es, que cuando entró en mis
venas la verdadera esencia del lugar, y voces
roncas me advertían de su dolor, quise irme,
pero no me lo permitieron. Dos enfermeros
musculosos me tomaron de los brazos. Les
dije que me lastimaban, pero parecían no
querer escuchar.
La sangre no llegaba a mis manos, se
cortaba mi circulación.
Me caí.
Advertí que me arrastraban.
El único sonido que se filtraba en mis oídos
sordos era el de mis botas blancas; a esa
altura grises del polvo. Como el chirrido de
una tiza contra un pizarrón. De esos viejos,
descuidados. Rayaban el piso humedecido de
lejía. El piso desgastado por el producto, y por
otros cuerpos.
Creí sentir cómo una aguja atravesaba mi
piel, capa por capa. O quizá era el miedo de
percibir una aguja atravesando mi piel. No
estaba segura, a ese punto muchas de mis
facultades se encontraban paralizadas, o
confundidas.
Comencé a marearme. Veía doble.
Luego triple.
Luego… la oscuridad.

26

—Señora… ¡Señora! —exclama la


administrativa, chasqueando sus dedos para
llamar mi atención, de forma impertinente.
Me cuesta unos segundos reaccionar y
reencausar en el motivo de mi visita.
—Sí, sí… Disculpe…
Me duele la cabeza.
—Puede pasar a visitar a Daniel… pero debo
advertirle que no está en sus mejores días.
Lo que me faltaba.
—Tómeselo con calma —añade—. Y
ante cualquier inconveniente, acuda a uno de
los enfermeros. Siempre hay alguien cerca.
—Está bien —contesto, con un tono que
intentó ser amigable.
No, está mal, está todo mal.
—Él la acompañará —dice, señalando a
otro funcionario.
Al llegar a la sala común, esa que se volvió
nuestro lugar de encuentro mientras estuve
acá, se me estremece el alma.
—Daniel, tenés visita —modula el señor,
fingiendo interés, y se retira. Para mi sorpresa,
es el único ser que habita el espacio, en un
rincón, arrodillado, mirando hacia una pared.
Huele a… no soy capaz de distinguirlo.
¿Desinfectante, quizá? Desinfectante mez-
clado con un atroz olor a humedad.
Está oscuro. La precaria luz que entra
por la única ventana de la habitación aporta
tan solo la suficiente como para discernir sus
rasgos. Ya está anocheciendo.
Se da la vuelta para mirarme. Creo distinguir
cortes en sus mejillas. Prefiero no preguntar.
—¿Cómo estás? —indago finalmente, para
romper el silencio, aunque aterrada de la
respuesta.
—He estado mejor, la verdad. Pero me
alegra volver a verte en tan pocos días
—modula.
Examino en silencio y con detenimiento las
palabras que emitiré. Su estado me hace
dudar de si realmente es lo mejor divulgarle
mis descubrimientos. Pero con la esperanza
de que él también se beneficie de ellos, hablo:
—Estuve vislumbrando ciertos temas, y
quería compartirlos contigo. Me escruta
intrigado.
Saco el libro de mi cartera, con las manos
temblorosas.
—Abrilo, sin mirar, en una página
cualquiera —le digo.
—Pero, qué…
—Confiá en mí.

“Cuando la lucha termine
y la niebla se disipe
tu corazón agradecido
le cantará al sol.”
Sus ojos clavan la vista en el papel.
De repente, su mirada muta. Se torna más
oscura que la habitación. Parece enojado. Pero
no es el Daniel que me encontré cuando
llegué.
Es el otro.
Estaba aguardando bajo la superficie,
esperando la oportunidad de detectarlo
vulnerable para salir. Y su puerta de escape
fue ese texto.
No quiere detener la lucha. Quiere conti-
nuarla hasta el final. Destruir los escasos
fragmentos que quedan de su noble corazón,
y apoderarse de su piel.
No debí haber venido. Lo que creí que
ayudaría, lo acercó un paso más hacia su
completa desaparición. Debí retirarme al
momento en que la enfermera me advirtió
de su inestabilidad.
Ya no hay vuelta atrás.
Se abalanza sobre mí.
Vocifera frases que no entiendo.
Intenta hacerme daño con una hoja de
afeitar, que solo él sabe cómo ha podido tener
bajo custodia, pues se supone que el paciente
debe renunciar a los objetos filosos.
No tengo más remedio. Pido ayuda. Mi grito
hace saltar la pintura andrajosa de las pared.
—¡Ayuda! ¡Enfermero!
Llega enseguida con unos cuantos
refuerzos más. Lo toman a la fuerza, y se lo
llevan de arrastro.
Mientras tanto, flashes de aquel primer día
que estuve acá.
Como en una película, se interponen con la
realidad.
Llanto, ahora mío, se suma a la escena.
Impotencia.
Furia.
El otro Daniel se aleja entre risotadas
tenebrosas y frases sin sentido, hasta que
pronuncia algo que logra captar mi atención:
—¡Y vos, ¿ya encontraste el reloj o seguís
dando vueltas en sus agujas, con la memoria
apagada?!
Tardo unos segundos en moverme.
Cuando reacciono, salgo corriendo. Ni
siquiera regreso mi tarjeta de visitante.
Aunque ya es de noche, me voy
caminando. No lo pienso. Solo lo hago.
Escucho algo detrás de mí. Son pasos. Me
pisa los talones, su desgarrador significado.
En un poste, observo una foto mía que dice
“DESAPARECIDA”. Observo de vuelta. No
soy yo.
Apuro el paso.
No quiero mirar hacia atrás.
Corro.
Rápido.
Más rápido.
“Una más” pensé.

Mientras tanto, en otra esquina del planeta,


manos cobardes le quitan el brillo a una joven
de ojos violetas, arañando su libertad.
27

En otro reloj (3)


El pan de banana está listo. Hacía mucho
no ponía en práctica sus habilidades
culinarias, pero hoy sintió una importante
necesidad de saciar su paladar con azúcar.
Corta unas rebanadas, se sirve un café con
exceso de espuma, y sale al balcón.
La tensión del día lentamente baja su
pulso. Al resguardo de su hogar, tanta
precisión comienza a perder sentido.
Unas nubes verdes tormentosas se han
adueñado de la noche. Consigo se llevaron
las estrellas, pero dejan al descubierto
porciones de una luna triste, melancólica.
Una luna azul que todo lo ve y lo escucha.
¿Será un testigo, o un espejo de quien la mire?
Recuerda el fragmento de un texto que
encontró por ahí, de autor desconocido:
“El latido de una noche sin estrellas
retumba en los rincones. Una luna solitaria
pasea en el abismo, buscando a quien se
llevó la luz.
Abrí los ojos, despertá tu alma dormida, que
en un sueño le robó a la luna su compañía”.
Quizá es él, que en el intento por abrigar su
corazón de plástico, encontró en esas
estrellas un calor vigorizante, y dejó a la luna
deambulando, sola, en medio de la oscuridad.
“Alma dormida”… lo mismo que le dijo
Roma unos días atrás. ¿Qué quiere decir,
exactamente?
Hace un par de semanas, un cliente llegó
con un pedido un tanto peculiar. Quería una
“silla para meditar”. Es posible que en
respuesta a la cara de desconcierto total
del diseñador, se justificara: “En ocasiones
es necesario tomarse el tiempo para
despertar. Y para ello necesito una forma que
facilite el viaje…"
Despertar… ¿de qué?
El sujeto está dedicando muchas horas,
junto a su equipo, a investigar cómo llevar
adelante semejante proyecto, ajeno a su
conocimiento.
Una particularidad que llamó su atención,
fue que se refirió a la silla no como un mero
objeto inerte e intrascendente, sino como
forma. Forma que da vida. Que sirve como
medio, para un fin.
Su vida entera, incluso luego de recibirse
de diseñador industrial, ha concebido la
apariencia como un tema superfluo. Irónico,
proviniendo de un profesional que se dedica
a ello, pero eligió la carrera por otros motivos,
que ahora no cree recordar.
La belleza, lo externo que se percibe, es
mucho más que una cuestión de marketing.
Estamos permanentemente recibiendo seña-
les de ella relacionada a temas banales.
En la vorágine del tiempo, uno no se
detiene a observar.
Busca lo rápido, lo inmediato.
A la gente se le olvida que el exterior, es en
realidad reflejo de lo que yace en lo
profundo. Y que la forma es el nexo entre
lo mundano y lo divino.
Si se presta la suficiente atención, se
descubrirá que esa forma cuenta historias.
Ahora lo entiende.
Despertar, del mundo. De distracciones.
De su insistencia incansable, de no mirar
hacia adentro.

28

Entreabro los ojos y enfoco una luminaria


que me resulta familiar. Estoy en el living de
mi casa, en el piso glacial. Me duele mucho la
cabeza.
Solo recuerdo haber llegado anoche con el
corazón a punto de salirse de mi pecho, cerrar
la puerta y… negro.
Debí haberme desmayado.
Ojalá el día de ayer se presentara ante
mí como un vívido sueño desagradable,
nada más. Y no como una imagen que
cuando intenta asomar por un rincón de mi
cabeza, trae consigo los aromas, las voces,
los ruidos.
La respiración convulsa.
Me dirijo a la cocina para prepararme un té,
y mientras se esparce el contenido del saquito
sabor limón, volviéndose parte del agua, solo
puedo pensar en una cosa: el reloj.
Otra vez mi pecho comienza a subir sus
pulsaciones.
Tomo un sorbo.
¿Qué intentaba decirme? hay un motivo
detrás de un corazón que palpita fuerte, y
cada vez que pienso en lo que dijo Daniel, el
ritmo se acelera. Por momentos incluso logro
involucrar a mi cabeza en el drama, porque
me siento mareada.
Es cierto que no puedo confiar a ciegas en
lo que haya podido o querido decir él ayer, los
hechos lo demostraron. Pero algo no encaja,
y me está comiendo por dentro. Tiene que
haber más detrás de su divague.
Quizá no sabía lo que decía, y era uno
más de sus sinsentidos, provocados por la
convivencia mortal de dos individuos en un
único cuerpo, y una posible mezcolanza del
presente con su pasado como relojero.
O quizá… quizá nunca había estado tan
cuerdo.
Entre deducciones me doy cuenta de que
no he tomado la píldora amarilla. Tal vez es
esa la razón de mis piernas tambaleantes o
de los chuchos de frío que llegan de repente.
Voy al cuarto directo hacia los comprimidos, y
cuando voy a tomar uno, me congelo.
Justo al lado, intentando colarse entre ellos,
se encuentra el redondo y opaco, marmolado
con rojo, anillo de bodas. El corazón retoma
su ritmo impaciente. La misma sensación de
cuando rememoro las palabras de Daniel.
Siempre está allí, descansando junto a mí,
noche tras noche, vela tras vela. No sé por
qué nunca lo limpié, o por qué insistí en
dejarlo a la vista.
Una advertencia, tal vez. ¿De qué?
Entonces recuerdo.
Bocinas.
Escucho bocinas. El agua moja desconsi-
deradamente mi ropa descubierta; antes
violeta, ahora negra.
La noche y el caos.
La calle infernal.
El anillo intentaba alejarse dando círculos;
hacia el otro lado, un reloj hecho pedazos.
Se había detenido.

29

Pero sin previo aviso, entre las sombras


reaparece una caricia, para apaciguar la
tensión; la nostalgia en forma de luz. Una luz
que ya se apagó. Cuando ese mismo anillo
era insignia de nuestro amor, y no de su
destrucción.
Me aferro a ella, como al último rayo de sol
que escapa el horizonte, al anochecer.
Llegué, cerré la puerta, dejé las llaves, me
saqué la campera. El calor se sentía en el
aire.
Penumbra.
¿Velas?
Iluminándote parcialmente, junto a una copa
de vino y el compás de Asilo. Drexler, debí
haberlo supuesto.
Me tomaste de la mano, me invitaste a
acompañarte, al abrigo de la media luz. Me
preguntaste sobre mi día, pero yo ya me
había olvidado. No me acordaba de cómo me
había ido, ni cómo había vuelto. Solo sabía
que en ese momento, justo en ese instante te
grababas en mi retina, cada mirada, cada
suspiro.
“…Dame una noche de asilo en tu
regazo…”
Bailaba mi vestido rojo, el que me regalaste
en mi cumpleaños. Primero volando entre el
deseo, y luego derritiéndose en el suelo. El
aroma a vino desató tu corbata, haciéndote
ignorar por qué te la habías puesto.
“…Esta noche, por ejemplo, dejemos al
mundo afuera…”
Nosotros, tejiendo la eternidad, haciendo
realidad fantasías. Aprendiendo a querer,
olvidando el ayer.
Un espejo capturaba el encuentro.
Desvestía las almas. Reflejo disfrazado de
colores; los tuyos, los míos. Esos que
aparecen cuando desbordan el cuerpo.
“…Abre tus brazos, ciérralos conmigo
dentro…”
Te miré y no existían palabras. Te miré y me
pregunté cómo era factible, que nadie hubiera
amado nunca tanto como para poner en
palabras lo que sentía. Lo que sentía
refugiada en tu piel sudorosa y escuchando tu
corazón que bombeando al máximo volumen,
intentaba decirme que también me quería,
como a nadie en el mundo.
El sudor se desprendía en forma de tinta, y
escribía una canción sin letra.
Como el lenguaje no estaba a la altura
busqué en el tacto la posibilidad de
descubrirte aún más, si eso era viable.
Recorrí cada centímetro, puse a prueba cada
nervio, estudié la reacción a cada estímulo,
hasta que llegué a tu sonrisa. Genuina,
presente. Aparecía entre la textura suave de
esos labios que tanto conocía, y que siempre
quería conocer mejor.
Pero luego tus ojos me encontraron, y me
desorienté. Por sus galaxias y sus estrellas,
cada una de ellas, que daban brillo y eran la
fuente de tus ojos de mar, y de la alianza que
vestía mi mano; dorada, impoluta. Entre el
vapor y el movimiento, tintineaban y se
reflejaban en mi piel, también húmeda.
Fue así que recorriste mi alma, la tomaste
prestada. Como si fuera un lienzo acariciaste
mi espalda, dibujaste planetas, imprimiste
tu huella. Investigaste mis poros, uno por
uno. El pelo también. Morocho, largo. Se
enredaba en los pensamientos. No podía
pensar. Únicamente podía mirarte sin
comentar nada, porque ya lo dije; no existían
palabras.
Y me alegro, porque si hubiesen existido,
no hubieras sido permeable a mi tacto, no
hubieras conocido mi textura. No habrían
brotado llamas donde antes solo había carne.
Y los misterios que escondía tu cuerpo y que
ese día desentrañé un poco más, los tendrías
que haber cedido a un par de frías letras, que
creen saber de magia.

30

Perdí la noción de cuánto rato mi vista ha


estado clavada en un punto fijo. No hay nada
especial allí, solo es el lugar aleatorio que
enfoqué cuando empecé a recordar, y me
paralicé.
Ahora comienzo a preguntarme si evocar
con exactitud lo ocurrido aquel diez de
diciembre de 2017 es verdaderamente lo que
quiero, o lo que es más conveniente. Los
vagos retazos que comienzan a develarse,
son más escalofriantes que gratos.
Pero dudo que haya vuelta atrás. Me
conozco lo suficiente, o quiero creer que lo
hago, como para querer convencerme de
que mañana amanecerá y seguiré siendo
la misma chica anestesiada que habita mi
cuerpo desde hace varios meses.
No, no hay vuelta atrás. Ahora debo seguir
despertando fragmentos de una vida lejana,
unir cabos sueltos, construir memoria en el
olvido. Aunque no puedo evitar preguntarme
si al revelar ese rollo, lo que allí veré será
algo genuino, o un juego macabro de mi
imaginación.
Porque no hay manera de estar
completamente segura, de que lo que revivo,
es efectivamente lo que ocurrió. Es lo que
tiene el pasado; como no existe, le podemos
dar la forma que queramos, para que cierre la
ecuación del presente.
Me dispongo a buscar el reloj; el único
testigo del crimen que podría darme otra pista.
Necesito una prueba física que justifique las
imágenes que se presentan ante mí, o las
palabras de un loco en una crisis psicótica.
Daniel… me dolió muchísimo verlo así. En
un limitado período de tiempo se había
convertido en una persona muy especial, que
intentó calmar con la dulzura de su verdadero
ser, el dolor del espíritu hecho pedazos de
una completa extraña. Aunque yo juraría,
que sus rasgos me eran familiares, que ya
los había visto antes.
Busco en cada cajón, debajo de la cama,
en el gabinete del baño, detrás de los sillones,
entre los libros. Pasan los minutos, las horas.
Sigo buscando. Sigo sin encontrar esperanza.
Me rindo. ¿Lo hago? Por ahora, estoy
exhausta. El dolor de cabeza sigue sin
dejarme en paz, y el té… bueno, el té ya
desprendió todo el calor que poseían sus
moléculas, dejándome con una taza con agua
saborizada fría.
Chequeo la hora en mi celular: 15:30. No
he almorzado, y claro que tampoco preví la
comida. Esto de jugar al detective me quita
muchas horas del día como para continuar
con la rutina con normalidad.
Decido ir a lo de Rita a ver si le queda algo
con que satisfacer mi estómago hambriento.
Unas medialunas bastarán para recobrar
energías y seguir con mi búsqueda.
Al abrir la puerta, el aire antártico atraviesa
mi piel con violencia. Parece enojado. El
invierno ya está aquí, y no parece haber
llegado con buenas intenciones. Los pocos
sectores de mi piel que se exponen a él se
retuercen con vigor, y como un trozo de hielo
al que le echan agua caliente, comienzan a
quebrarse.
El cielo intenta compensar la ferocidad del
clima con su radiante azul, mientras deja al
descubierto un sol a quien el mismo frío
parece haberle quitado calor.
Lo que separa mi casa del pequeño
negocio son tan solo unas cuadras, pero
yendo al ritmo de unos pies gélidos, la vida
parece ir en cámara lenta.
Finalmente me enfrento a la puerta y entro
con rapidez. Localizo a una Rita acalorada,
corriendo de acá para allá.
—¿Pero no tenés frío, mujer? —cuestiono,
mientras froto mis manos para incorporar la
calidez de este ambiente tan acogedor.
—¡Hola, Lina! —saluda, risueña—. El
invierno les ha despertado el apetito a todos.
¡No doy abasto!
—¡Ya veo! Es bueno tener la mente
ocupada en estas fechas.
No sé si me habrá escuchado. Amasa y
amasa, apurada, salpicando partículas de
harina por doquier, cubriendo el espacio con
su blancura.
—Mi intención no es distraerte, Rita… pero,
¿me decís si te quedan medialunas de jamón
y queso?
—¡Ah, sí, querida! Disculpame… Acá
están, recién salidas del horno. ¿Cuántas
querés?
—Dame tres, y uno de esos alfajores de
maicena también. Tienen una excelente pinta.
Pago y me despido: —¡que tengas un buen
día! —Luego me entrego al cruel exterior.
Nunca la había visto tan atareada. Al menos
a ella, el frío ha brindado dicha.
El aroma paradisíaco que desprende la
bolsa de papel abre aún más mi apetito, y las
medialunas recién hechas cediendo su calor
a mis manos vuelven más amena la vuelta a
casa.
El bolsillo de mi campera comienza a vibrar.
Es Katia.
Antes de emitir ninguna oración, por el
teléfono percibo su estado de nerviosismo.
Ruidos de papeles hacen interferencia con la
comunicación escasa de palabras.
—Lina, descubrí algo. Necesito hablar
contigo.
31

“Lina, descubrí algo…”


“Lina…”
Tiemblan mis manos al compás del
desastre. Tiembla mi existencia. Su voz… se
inyecta en mi dolor.
“Necesito hablar…”
Ácido en los pulmones.
“…contigo.”
Solo atiné a salir, tomé el auto por primera
vez, pues por primera vez la ocasión lo
amerita. Manejé como pude hasta donde
trabaja Katia, donde hasta hace poco,
también trabajaba yo… y que después de
tanto me recibe prendido en llamas.
Macabra. Una vez más, la vida y sus
jugadas.
Percibo en mi mano cómo se deposita,
delicado y letal, el polvo.
—¡Señora, no puede acercarse! ¡La zona
está restringida!
Arde.
Mis piernas no responden, me caigo.
A veces me pregunto en qué juego está
envuelta la vida, y cuál de sus peones soy. El
corazón me palpita desesperado, intentando
inexorablemente salir de mi pecho, para
aterrizar en el asfalto, y cesar su pesar.
A este juego no lo quiero jugar más. Mi piel,
que empezaba a recuperar su consistencia,
ya no sirve de armadura. Tanto esfuerzo,
lucha continua. ¿Para qué? En cualquier
momento se volverá tan permeable, que
absorberá las cenizas de este incendio, des-
granando lo que queda, lo poco que queda,
de eso que tanto esmero pone en proteger.
Eso que ahora no es mucho, y lo poco que es,
perece indefenso en un rincón sin luz.
Siento que me ahogo.
Hoy, mis ojos son testigo de cómo la fe se
convierte en trizas. El rojo acaricia la barbarie.
La vida quema. Brasas suplican, dejar de
arder.
Eco en mi cabeza.
La niebla no deja ver.
El piso hecho lava. El piso… del mismo
infierno.
Penetra el calor por cada poro, se abre
espacio en cada célula.
Quema.
Llamas por doquier. El rojo está enojado.
Estruendos. El edificio grita agonía. Estalla
de ira.
No la ubico.
¡¿Dónde está?!
Siento que no puedo.
Entonces la veo.
—¡Katia!
Rendida en una camilla, piel de ceniza,
cabeza sangrando. Mascarilla de por medio…
Arde.
Me abro paso entre bomberos y otras
víctimas. Por fin la alcanzo. Alcanzo su
mano… hierve, entre el gris.
—Señora… no se acerque —creo oír decir
a un hombre de blanco.
—Soy su familia.
—No la toque.
—Pero… ¡¿Va a estar bien?!
—Haremos lo que podamos.

32

Las llamas. El fuego. El rojo… ya lo he visto


antes.
—Más cuatro. Cambio de color a rojo.
El famoso destructor de relaciones. Una
carta, definiendo el curso del destino.
—Arrancamos con fuerza, veo —respondí.
Su fama la precedía, llegó a abrirse el paso.
Rasgar una zanja en donde antes existía
armonía, y otras cartas aburridas, de relleno.
Lo leía en sus ojos, llenos de intriga y
de deseo de victoria. Nadie, absolutamente
nadie se compenetraba más en el juego del
Uno que Ramiro. Cada vez que planteaba
desempolvar las cartas, la mesa ratona
automáticamente se convertía en el escenario
de una batalla campal.
—Espero que no creas que me siento
compasivo hoy.
—Nunca, cariño.
Intentamos contener la risa, pero hacía
demasiadas cosquillas. Esta quería
desesperadamente sumarse al ambiente,
y logró salir de ambos; pícara, intranquila.
Afuera, la lluvia se oía refrescante y feroz.
En el intento por diluir el calor agobiante que
venía azotando a la zona esos días, regalaba
sus gotas frescas a quien quisiera un respiro.
Igualmente, el sol se las arreglaba para
atravesar las nubes con sus débiles rayos,
que aterrizaban en la mesa de ese living
todavía vivo. Con seguridad, luego desataría
un arcoíris. Demasiado idílico para perdurar.
—¿Te has fijado en el estado de cuenta
últimamente? —cuestioné.
—No intentes distraerme, estoy en medio
de una jugada maestra.
—Hoy estaba revisando gastos —insistí—, y
me encontré con una sospechosa cantidad
de dinero, transferida a tu nombre, ayer.
—Debe haber sido un cliente con el pago
atrasado.
— ¿Cliente? ¿Has visto la suma? ¿Acaso
estás trabajando para la reina de Inglaterra?
—Cambio de color a azul.
Las nubes parecían haber adquirido
densidad de un momento a otro, renegando al
sol de su presencia parcial. La habitación
tenía un tinte más lóbrego, y el azul de la carta
se empañaba con la humedad, mostrándose
más oscura de lo habitual.
—Necesito explicaciones…
—Lina… —tomó una bocanada de aire
antes de proseguir—, no te lo había contado
porque no era nada seguro, pero hace
meses que estoy trabajando en un proyecto
nuevo para una empresa muy importante, y
acaba de concretarse.
—¿Qué empresa, si se puede saber?
Colocó un tres amarillo sobre un tres azul.
Evadiendo una respuesta a mi pregunta,
pero desviando la atención con una precisión
excepcional sin despegar por un instante los
ojos de sus cartas, respondió:
—Sobre eso… tiene su base en Estados
Unidos —hace una pausa para pensar con
qué carta subyugarme—. Me requieren en
Nueva York en dos semanas.
—¡¿Nueva York?! —exclamé, sin poder
distinguir el sentimiento que suscitó mi tono
elevado—. ¿Y ahora me lo decís?
Silencio.
Había deslizado una granada dentro de la
conversación, y ahora eludía las conse-
cuencias mientras hacía eco en las paredes
de mi cabeza. Aunque últimamente no se
mostraba muy comunicativo, y escaseaban
las palabras donde comenzaba a sospechar,
se gestaban secretos.
Traté volver al juego. Después intentaría
sacarle más información… aunque sin éxito.
Robé una carta.
—No tengo amarillo —anuncié, procurando
mantener la calma.
De fondo se distinguía el monólogo de la
televisión, modulando noticias al aire. Voz
áspera, rasposa.
... ¡Fix me!, el invento que estabas
esperando. Ahora, tu reloj no solo te dirá la
hora. También te recordará que la belleza no
es cosa sencilla. El tic- tac que por fin logrará
que te quieras a ti mismo, y que te quieran
los demás…”
—¡UNO! —pregonó Ramiro.
Truenos. Mi corazón se aceleró.
Bañaron la habitación en una estela de luz,
para luego sumirla en una penumbra abismal.
Se había hecho la noche, y recién eran las
tres de la tarde.
Justo cuando había parado la oreja para
escuchar tales barbaridades, mi marido
apagó la tele.
—Qué loco está el mundo. No deja de
sorprender.
—Sí… no deja de sorprender… —vociferó,
esbozando una sonrisa que no supe descifrar.
Arrojó su última carta, la estampó sobre la
mesa. Nada más ni nada menos que un “más
dos” amarillo, potente, destructivo. Me
sobresalté.
– ¡Gané!

33

Ya han pasado diez días desde el desastre


y los minutos parecen retroceder en lugar
de avanzar. La espera es denigrante, se ríe
en mis narices, amenazando con su posible
eternidad.
Cables, sábanas pálidas como aquel que
cubren, comida deshidratada. Una persona,
cuya vida depende de esos cables,
enredados, salvajes, inertes. Conectados a
otro ser inerte, que supervisa su corazón.
Su piel fue afortunada de escapar de las
brasas, y conserva su tinte color canela
característico, aunque cada día se destiñe
más. Pero su cabeza no tuvo la misma suerte,
y fue golpeada con vehemencia con algún
elemento que, entregado a las lenguas de
fuego, se desprendió y aterrizó sobre su
cabellera. “Traumatismo encefalocraneano
con pérdida de conocimiento y hematoma
extradural” son las palabras de los médicos
que, tras la operación correspondiente,
esperan también con expectativa su
despertar, a pesar de que no se animan a
afirmar que eso suceda, o en cuánto tiempo.
Las mismas enfermeras de siempre, yendo
y viniendo. Viniendo siempre con la misma
frase: “¿Por qué no vas a casa? Deberías
descansar.” Y con las reducidas energías que
me quedan, disminuyendo cada vez que me
lo dicen, respondo lo mismo; que no la voy a
abandonar, que soy su única familia. Que no
me lo perdonaría si al dejarla sola ocurriera
algo que me hiciera lamentar no haber
estado. Que me necesita.
Alguien, me necesita, en mucho tiempo. No
soy yo la que depende de otra persona, ya no.
Bueno, al menos por ahora.
No quiero dar lástima. Quizá les preocupan
mis ojeras que junto al cansancio brotan bajo
mi mirada apagada. En la habitación de al
lado hay una señora que se pasa hablando
sola; ella sí le conversa a los cables, mientras
yo intento no mirarlos. Me da mucha pena su
soledad. A veces canta en medio de la noche,
reafirmando con cada nota desafinada la
negrura que se escurre de mis ojos.
Enseguida pienso en Roma. Pienso en la
playa y en lo bien que me haría su compañía
en estos momentos. Podría decirse que la
única razón por la que me encuentro cerca de
estar en mis cabales, es ella. Entonces en
cierta forma, sí, dependo de otro para ser la
que creo que soy. O ser alguien, siquiera.
Es desconcertante. A la vez que aprendo a
incorporar la pérdida, e incorporarme a mí,
completa, con lo que conlleva, la incorporo a
ella, su voz y su presencia. A tal punto de no
poder lograr lo primero sin contemplar su cara
y perderme en sus ojos, mientras me habla de
tortugas y revela los secretos del universo.
Necesito verla. Lo necesito ahora mismo.
Necesito que su voz se mezcle con el aire
mundano y me cante una canción esperan-
zadora, de esas que dicen que todo estará
bien. Y yo lo creeré.
—Perdón, Kati. Pero para poder cuidarte
tengo que hacer esto. Vuelvo en una hora.
Le doy un beso en su mano rendida.
Recojo mis pertenencias, aviso en
enfermería, pido que me informen al instante
sobre cualquier novedad, y me voy a la playa.
El querido y viejo Chevrolet tiene sus
años, pero no los suficientes como para
abandonarme en estas circunstancias.
Acelero lo más que puedo y reconozco, que
yo estoy tan acelerada como él.
Comienzo a temblar, a pensar en Katia y
en lo que significa la idea de perderla a
ella también. En Ramiro y en todo lo que ha
sucedido en los últimos meses, asemejado a
cualquier historia, menos a la realidad. Mi
realidad. ¿Será así a partir de ahora? ¿Luchar
con fantasmas y conmigo misma, mientras
pretendo que la vida sigue? ¿Que sigue entre
fantasmas y luchas?
Una insistente bocina me devuelve a la vía.
Abro la gaveta en busca de ibuprofeno u otro
calmante que detenga este dolor
insoportable. No es la cabeza, tampoco el
estómago. ¿Qué es?
La vida.
No encuentro pastillas, pero tampoco
importa, porque ya llegué.
Me bajo rápido, corro. Me olvido de trancar
el auto. ¿Tranqué el auto?
Me descalzo, me entrego a la arena.
Húmeda por la lluvia.
No la veo. ¡¿Por qué no la veo?! Estoy en
el lugar de siempre, a la hora de siempre. No
hay rastro de su cartel, o de su presencia. No
estuvo acá hoy.
Me caigo de rodillas, me rindo ante la marea.
Comienzo a llorar. Ayudo a mojar aún más
la arena, como si no se hubiera hidratado lo
suficiente. Siento que sin Roma no puedo.
Pero creo que debería. ¿Acaso ya es tarde?
Cayó mi bolso y con él, el libro. El de Cecilia.
Lo abro, desconsolada. En busca… ¿De
qué? Respuestas, canciones, algo.
Mi piel se eriza al instante, al tocar las
palabras allí escritas, dedicadas a sanar:
ES TEMPRANO

Ahí está. ¿La ves? Allá arriba, en el cielo.


Justo ahí, la estrella que más brilla.
No dejes que se escape. Andá, atrapala.
Pedí un deseo, volá.
Saltá, lo más alto que puedas. Así, quizá,
puedas sentir su calor.
Invitala a jugar, a fundir su brillo con el barro
de tus zapatos.
Dejá, que el barro brille.
Que lo moldee, que lo convierta en flor.
Esa flor, ponela en tu oreja, combina con tu
pelo ondulado.
Luego, que el agua de lluvia llene a esa flor
de colores, y que estos a su vez tiñan cada
fibra de esa melena. De rojo, o amarillo. De
todos. Por qué no.
Que los colores recorran tu cara, aun lisa,
y pinten una acuarela.
Que cada gota de agua te haga sentir un
poco más viva. A veces, un poco es mucho.
Ese mucho, puede convertirse en río, que en
el horizonte, converge con un cielo estrellado.
Sí, ahora hay más estrellas, reflejadas en el
río.
Se miran entre sí; se dan cuenta que no
hay una igual a la otra, son únicas. Como
aquella luz que te animaste a atrapar: el
cielo aun no conocía la expresión de tu cara,
que con los ojos cerrados, vio más que nunca.
Fue testigo de la estrella fugaz que
convertirse en gotas frescas corriendo por
tu rostro, encandilado por los sueños que
tiene por alcanzar.

Sonrío. Visualizo el cosmos.


—Gracias, Roma.

34

1994
La campana de la puerta avisó la llegada
de otro cliente. Seguramente para reparar
algo roto, preguntándose si todavía estaba a
tiempo.
Sus siete años los había pasado entre
tuercas, tornillos y relojes muertos. Siempre
le había parecido fascinante cómo su padre,
con un par de ajustes y aceitando unos
engranajes, lograba volver a medir el tiempo.
Nada más ni nada menos.
Cada tarde luego de la escuela iba al taller
y ayudaba en lo que podía, mientras Katia, su
hermana pequeña, disfrutaba de la adrenalina
de tirarse en tobogán en una plaza,
acompañada de su madre.
Es que para Ramiro presenciar a su padre
hacer estos trucos de magia le resultaba
mucho más atractivo. Lo admiraba. Decía que
cuando fuera grande también devolvería a la
vida objetos que insinuaban haber perecido.
O mejor aun, los inventaría. Inventaría el
futuro tan solo usando sus manos, y bueno,
también su brillante intelecto. Porque sí, era
un niño precoz.
Una esponja. Absorbía todo lo que su
padre tenía para enseñarle, mientras
investigaba estanterías y jugaba a atrapar
sueños entre el cucú de ciertas reliquias.
Los que siempre habían llamado particular-
mente su atención, entre los innumerables
tipos, modelos y colores de relojes, eran
aquellos que no hacían ruido, que no
amenazaban con su tic-tac. Aquellos en los
que en su interior, solo había arena. No había
mecanismos complejos, ni tuercas ni agujas,
solo arena. Y eso hacía que en su sencillez
los encontrara inexplicables, y asombrosos.
Uno de esos días en que su curiosidad
llegaba al límite y había pasado horas
contemplando cómo cada grano se rendía
ante la gravedad, su padre emitió una
declaración que nunca olvidaría:
—Los relojes son artilugios curiosos. Darán
a quienes los lleven, la ilusión de que tienen
el control. Y esa es la peor ilusión de todas.
Tras una pausa y en el afán por
encontrar las palabras, tomó el recipiente
de cristal y contemplándolo, prosiguió:
—Sin embargo, los relojes de arena
poseen una cualidad trascendente, y es que
no buscan dar la hora exacta. No juegan con
números ni intentan imponer el control.
Simplemente se encuentran allí, como recor-
datorio de que todo fluye y está en constante
movimiento, y que cuando no se mueve más,
es porque ya caducó, ya cumplió su fin.
Al principio se lo contaba mientras bailaba,
para interpretar la simbología. Lo tomaba de
las manos e inundaban las paredes de ese
taller ancestral de frescas carcajadas.
No solo ese testimonio se grabaría en su
joven memoria por lo que intentaba transmitir,
sino porque habría representado uno de los
pocos momentos de lucidez de su progenitor,
que cada vez eran menos. Últimamente sus
días se basaban en obsesionarse en un
rincón, bajo un deteriorado foco de luz, con
algún viejo artefacto a quien el tiempo ya
había olvidado. Y a veces, solo se sentaba,
a observar los granos de arena deslizarse
por el cristal. Quieto, inamovible, inerte,
contemplando la vitalidad.
A medida que esos episodios se volvían
más frecuentes, alternados con escenas vio-
lentas hacia sí mismo, a veces desaparecía
por meses. Su mamá decía que iría al hospital
a recuperarse y que volvería siendo la figura
paterna que los niños recordaban. Pero la
siguiente vez que lo veían, llegaba con más
pastillas para agregar a su colección, y más
machucones de los que tenía en su partida.
El patrón se repetía una y otra vez:
violencia, ausencia, calmantes, fases de
lucidez, cicatrices. Se volvió rutina. Pero no
sería hasta que las marcas aparecieran en
otros además de sí mismo, que la situación se
complicaría aún más. Esta vez implicaban a
su hermanita.
Su mamá les pedía que tuvieran paciencia,
que en realidad tenían dos papás. El que les
había servido de ejemplo y a quien debían
atesorar y recordar, y el otro, que se ensaña-
ba por enterrar cualquier vestigio de bondad.
Al día siguiente del episodio con Katia, su
madre los metió en el auto, entre valijas y sus
peluches favoritos, y les dijo que irían a dar un
paseo. Los niños no sabían, que sin retorno.
Esa fue la última vez que lo vieron, gritándole
al auto en movimiento, y luego golpear el
cartel del taller con la fuerza de sus dos
hombres, haciendo vibrar las palabras allí
escritas. También formarían parte de ese
último recuerdo:
Daniel Altergo, reparador del tiempo.

35

Tres semanas, veintiún días, 504 horas,


30.240 minutos. Hasta ahí ha llegado mi
cálculo. He intentado contabilizar con un
parámetro confiable los ratos que pasan, las
lunas que nacen, sin estar más cerca de
una respuesta.
Es que eso es lo único que me sobra;
tiempo. Más aun a Katia, que cede sus oídos
a mis divagues cada vez más aleatorios y sin
ninguna coherencia. La cotidianeidad se
transformó en un cúmulo de momentos que
se repiten siguiendo un patrón sin fin.
Amanezco religiosamente a las ocho en
punto, exhortada a salir de la cama por la
única motivación posible; ir a ver a mi amiga,
con la esperanza de novedades. Pero la
jornada nunca sorprende. Siempre me
presenta esta invariable situación, en el
escenario de la habitación fría y sin tiempo,
con los mismos colores, la misma luz, el
mismo olor a desinfectante. El mismo sabor a
estancamiento.
Lo único que varía entre esas paredes
avasallantes es el casi imperceptible aroma
a limón, canela o naranja, dependiendo del
día, que desprenden cada vez con menos
ganas, las galletas recién horneadas.
Porque sí, cada mañana antes de partir,
pongo a funcionar el horno a todo vapor, con
el fin de seguir dando vida a la famosa receta
de Katia, que por tantos meses me acompañó
a mí cuando era incapaz de enfrentar la vida.
Pero siempre sé, en el fondo, que a esas
galletas las ingeriré yo sola, sin disfrutarlas, al
borde de la camilla, esperando. Y mi intuición
nunca falla.
A mediodía me tomo un descanso; de
esperar, de desear, de preocuparme. De
plantearme y replantearme las mil y una
situaciones en las que podría encontrarme en
un mes. Si es que no persisto, terca, inmersa
en un panorama similar, viendo el sol de paso
y de camino al hospital, condenada a tragar-
me el olor a antiséptico enredado con avena,
porque ya ni siquiera pondría el esmero en
agregarle un sabor extra a las galletas,
destinadas a ser tragadas sin ningún anhelo.
Más tarde voy a la cafetería y me tomo un
café bien cargado, y así mantengo encendida
la cabeza y mis ganas de seguir en esta
maldita caja higienizada de enfermos, unas
horas más. De resistir.
Luego paso el resto de la estadía
contándole mis pensamientos a Katia, o solo
haciéndolo en voz alta. Divagues de todo tipo,
magnitud y presencia. Esos son los que
nunca cesan, ni en los días más oscuros.
Pero evidentemente no estoy razonando lo
suficiente, o ¿lo estaré haciendo de más? Ya
no puedo analizar la situación y los pasos a
seguir con claridad, porque yo soy parte de
ella. Si quiero encontrar respuestas aun con
mi amiga en ese estado, debo alejarme e
intentar ver con otra perspectiva.
Recuerdo una visita a Roma en la que una
vez más despejaba la niebla a través de un
texto corto pero contundente, del libro de
Cecilia.
—Hay que tener cuidado con pensar de
más, Lina. Cuando querés ver estás
enredada en una madeja de tu propia mente,
creada por vos sin darte cuenta. Y creeme,
una vez así, no es fácil desatar los hilos
—expresó, de cara al sol.
Ese encuentro fue a la luz de la mañana,
para variar. Nunca había podido apreciar
ciertos rasgos de la anciana que en la
penumbra no se dejaban ver. Como el recorte
de sus cejas prominentes y caídas, dándole a
su rostro un dejo de ternura e inocencia.
—Yo siempre creí que para resolver un
problema hacía falta adentrarse en él,
conocerlo de pies a cabeza, vivirlo desde
dentro —acoté, confundida.
—Con eso lo único que lográs es dejarte
envolver por una manta de incertidumbre,
convirtiéndote también en el problema.
Alejándote cada vez más de una posible
solución.
El sol rajaba la tierra con su contundente
resplandor. Cada rayo lograba adueñarse de
aquello que tocaba; el agua, reflejando las
nubes. Las rocas, convirtiéndolas en focos
de más luz. O en mi piel, tostándose a
cada segundo.
—Qué fuerte está el sol. Me estoy asando
—declaré, quejumbrosa.
—Es gracioso cómo semejante astro no
recibe a menudo el valor que se merece.
—¿Cómo es eso?
—Suele ser visto como razón de
destrucción, de sequía, contrastando su
estruendosa fuerza con la abundancia.
Aunque claro, siempre la responsabilidad
recae en él, el blanco más visible y fácil de
acusar, sin tener en cuenta nuestras propias
acciones sobre la naturaleza, que hacen que
ese sol llegue de manera distinta a la Tierra.
Hizo una pausa y por primera vez, se recogió
el pelo con dos palitos que había arrastrado
el mar, dejando al descubierto más grietas en
su piel; más recovecos misteriosos en los que
acumular sabiduría.
Inspiró hondo, y agregó:
—Pero a menudo se olvida que ese sol que
puede aquejar los días, también es fuente de
vida. De calor, de luz. El sol está siempre, está
en todo. En el abrigo que experimenta el rostro
cuando, en invierno, se posa a merced de su
calidez generosa. En el azul del cielo y el
verde de los campos. En las flores. Incluso en
la noche, a través de la luna, se hace presente
con sutileza. Gracias a su reflejo en ella, las
noches son noches, y no abismos oscuros sin
fin. La luna ilumina y puede ser apreciada
gracias a esa majestuosa bola de fuego.
—Es cierto. Si será potente que es capaz
de iluminar un mundo entero, sin descanso.
Incluso cuando no es tan evidente.
Roma sonrió y me observó, cómplice:
—Y no solo este mundo. Sería un
desperdicio de energía.
No lograba comprender a qué se refería…
No, era muy loco siquiera plantearlo…
—¿Estás sugiriendo que existen otros
mundos?
No me contestó enseguida. Tardó unos
minutos en emitir sonido mientras, mante-
niendo su sonrisa, dibujaba aleatoriamente
figuras en la arena, con sus pies descalzos.
Retomando la idea principal de la
conversación, melena al viento y párpados
caídos, recitó a la desierta playa:
—“Quizás
si te alejas
un poco
un poco más
te vea.”
Las palabras retumbaron en cada rama,
cada roca, cada grano de sal.
No desprendió ninguna otra oración en el
resto de la velada, dejando al azar mi remoto
entendimiento de tal incongruente agrupación
de palabras. Para luego desaparecer al
momento del crepúsculo, fundiéndose entre
los intensos colores que regalaba el sol,
que ahora no quemaba. Danzaba con las
gaviotas, escondiendo nuevamente los
rasgos solo evidentes a la luz.
Tuve que transitar semanas para dilucidar
en mi cabeza, y especialmente en mi corazón,
aquella inextricable reflexión.
Ya comprobé que en la monotonía de mis
días actuales no encontraré el camino a la
verdad. Del estado de Katia, del incendio, de
mi pasado neblinoso. Debo ahondar en otros
puntos de vista, alejarme por un momento de
la cuestión para no ver solo una parte y
poder visualizarla en su totalidad.

36

Antes de irme miro hacia el mostrador,


donde las enfermeras charlan sobre la vida.
—Cualquier cosa me avi…
—Sí, te llamamos. No te preocupes
—interrumpe una de ellas para completar mi
oración, muy trillada a esta altura, y muestra
una sonrisa compasiva y pacífica.
Lo único cambiante en el hospital son
los chismes nuevos que las enfermeras, en
especial María, tiene para contarme. Que en
la 404 surgió una historia de amor entre
dos convalecientes; que en la 305 hubo una
gran pelea, de esas que se entera el ala
completa de cirugía. Que un paciente hizo
una denuncia por negligencia…
María es mi informativo diario. Confieso
que a veces me aturde un poco, es muy
acelerada, pero es la persona más cálida y
amable que he conocido. A decir verdad, sus
charlas me hacen más amena la situación, y
por un rato creo olvidar que en realidad mi
mundo es un torrente de incertidumbre.
Cruzo la puerta y me dirijo a mi auto, que
descansa en su lugar del estacionamiento
desde anoche. A veces, cuando no hay
suficientes enfermeras, acompaño a mi amiga
también cuando sale la luna.
Apenas son las diez de la mañana y el sol
ofrece un excesivo resplandor, que oprime mi
visión. Parece empujarme hacia abajo y
querer fusionarme con el pavimento. La
primavera llegó con fuerza. Pienso en las
palabras de Roma; que el sol es nuestra
mayor fuente de energía, y que tendemos a
acusarlo y exculparnos de nuestra porción de
responsabilidad. Pero hoy en particular, rasga
la cordura.
Al fin me enfrento al laboratorio, y su
apariencia me devasta. La sección derecha
-la parte de investigación y los laboratorios
propiamente dichos- se encuentra inmacu-
lada. Pero adosada a ella, como un tumor que
parece aguardar el momento oportuno para
desintegrar las células buenas, se encuentra
la parte administrativa, o lo que queda de ella.
Atravieso la puerta salpicada de cenizas y
el escenario del interior no es mejor que el
que había presenciado antes; parece un
juguete gigantesco envuelto para navidad.
Solo que en vez de papel de regalo, lo
envuelven cintas amarillas que indican las
zonas clausuradas. Además, navidad no es
sino en dos meses. Una gigantesca broma de
mal gusto, como esas cajas dentro de las
cuales hay más cajas, y más cajas… y más
cajas, hasta llegar a una caja final. Sin regalo
per se a no ser por la desilusión que prisma
tras prisma, se abre paso dentro de la víctima.
Así me percibo yo. Dentro de una de esas
cajas… solo que todavía no es navidad. Y papel
de regalo no existe. Solo cintas. Amarillas.
Amarillas… ¿Hoy tomé las pastillas?
—¡Losty! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué hacés
acá? —Ah, Miriam, estorbando en mi locura.
Siempre le pareció gracioso mi apellido, y
juega con él. Lost, pero ese es tema para otra
oportunidad. Era mi secretaria cuando traba-
jaba acá, pero desde que tengo el seguro por
enfermedad, desconozco con qué ocupa sus
jornadas. Ella es una de las pocas personas
que se contacta conmigo de vez en cuando
para saber cómo estoy. Luego de cinco años
de vínculo, sería extraño que no lo hiciera.
No muchos cuentan con esa delicadeza.
No después del incidente.
¿Qué fue lo que pasó? Ah sí, la muerte de
mi marido. Y ¿qué rol cumplo yo en ella? Lo
olvidé. El de víctima, supongo. Aunque
ahora comienzo a ponerlo en duda.
—¿Hola? ¿Lina? —Si me llama por mi
nombre de pila es porque le preocupa mi
estado. Bueno, a quién no. La poca sensatez
que me queda la diluyo cada día que pasa con
café y ansiolíticos.
—Hola, Miriam. Disculpá, estaba distraída.
Qué bueno verte. —No exactamente. No
tengo ganas de que nadie se entrometa en mi
búsqueda.
—¿Qué te trae por acá? ¿Ya sabés cuándo
te reintegrás? —indaga. Tras varios años de
servicio lo mínimo que puedo hacer es
dedicarle unos minutos de mi tiempo. Quizá
hasta me sean fructíferos…
—Vine a buscar algunas cosas… Cinco
minutos y me voy.
—Estamos fuera de servicio por un tiempo.
—¿Ya se sabe qué provocó el incendio?
—No, lo están investigando. Aunque si
me preguntás… yo creo que fue intencional
—declara, misteriosa y levantando las cejas.
—Miriam, no digas eso… Seguro fue un
accidente.
—Pero, ¿Qué puede haber en el ala sur
que provoque un incendio? ¡Ni siquiera es el
área de los laboratorios! Es la administración
nada más.
—Estoy segura de que fue un
malentendido. Supongo que en estos días ya
se aclarará el asunto.
—Sí, supongo que sí —admite, escéptica—.
¡Ah! Casi lo olvido, qué desconsiderada.
¿Hay novedades de Katia? La pobre estaba
en un mal lugar, en el momento equivocado.
—No, en realidad no. Yo he estado a su lado
cada segundo tras el incendio y no ha habido
mejoras. Pero no pierdo las esperanzas.
—Rezaré por ella.
—Gracias… De hecho, tengo una pregunta.
¿Sabés dónde estaba en el momento de la
explosión? Porque recibí una llamada suya
minutos antes, y parecía estar revolviendo
papeles.
—Bueno, ahora que preguntás… —se
rasca el mentón, pensativa—, sí, ya sé dónde
la vi. Estaba en la sala de archivos. Iba en
camino a prepararme un café y al cruzar por
la puerta la hallé consternada, como si
hubiera mirado a la muerte a los ojos. Nunca
la había visto así. Iba a acercarme a preguntar
qué ocurría, pero estaba hablando por
teléfono. Supongo que serías vos.
—Sí, debería ser yo. Gracias, Miriam, voy
a seguir mi recorrido.
—Pero, ¡Tené cuidado, Lina! —nuevamente
llama por mi nombre. Esto ya es preocupante.
Me dirijo hacia el área prohibida, motivo de
mi visita.
Me dedico a esquivar cada cinta que
entorpece mi camino y que como una tela de
araña, se adhiere a mí cada vez que intento
sacármela de encima. Pero tras unos metros
de este meticuloso camino de obstáculos, con
serpientes amarillas asfixiando mis pies o
enredada entre mis brazos, llego por fin a la
sala de archivos… o los residuos de lo que
alguna vez fue.
Diviso un par de bomberos deambulando
por la zona. Escapa a mi conocimiento por
qué permanecen acá después de tantos días,
y siguen sin encontrar respuestas. De todas
formas, fui una ilusa si creí que ingresar allí
sería fácil.
Pero de repente, quizá por una especie de
acto divino, una voz salvadora llama a estos
dos sujetos y se retiran del panorama. Es la
oportunidad perfecta.
Me deslizo cual ninja hasta el acceso de mi
destino, ahora conformado por un agujero en
la pared. En diagonal, impidiendo mi paso,
una extensísima cinta de PARE.
Paso por debajo, e ingreso a la escena del
crimen.

37

Paredes negras. Estructura de hierro a la


vista. Fragmentos de vidrio haciendo de
espinas para evitar el paso, como si no
quisieran revelar lo que ocurrió allí. Un manto
gris cubriendo los despojos del lugar donde
Katia cesó su consciencia. Espero, que no de
forma permanente.
Esta sala nunca tuvo buena luz, por su
ubicación opuesta al recorrido del sol. Y ahora
parece tragarse la poca que queda, volviendo
más tétrico y abrumador el pequeño recinto.
No tengo mucho tiempo así que comienzo
a buscar. ¿Qué, exactamente? No lo sé. Algo.
Cualquier indicio de que voy hacia adelante y
no estoy retrocediendo, como desde que
comenzó este delirio. Algo que justifique el
riesgo que estoy corriendo, y me lleve un paso
más cerca de descubrir lo que sucedió.
No hay demasiado que buscar, a decir
verdad. Numerosos papeles fueron tragados
por las llamas y a otros, parece haberle
robado las palabras.
Reviso lo que se mantiene en condiciones;
carpetas con archivos de hace veinte años.
Irrelevante. Entre ellas, trofeos y galardones
que en su momento alimentaron el orgullo de
esta comunidad científica.
En una esquina, un fichero de acero.
Inocuo al fuego. Dentro, instrumental en
desuso, más medallas, y más documentos
irrelevantes. Distracciones.
Escucho pisadas que se acercan.
Decididas, arrolladoras. El tiempo se acaba.
No sé hacia dónde más dirigir la mirada. No
sé qué se supone que estoy buscando y por
lo que vale la pena el riesgo al que me estoy
sometiendo. El riesgo que yo misma decidí
correr.
Se distinguen voces.
Se agotó el tiempo. Me iré con el corazón
en la boca y esperanzas teñidas de gris por
las cenizas.
De camino a la salida se engancha mi
cartera. No sé con qué. No importa. Solo
quiero salir de acá. Entonces lo veo.
Debajo de mi bota también gris, una hoja
amorfa comida por el fuego. Lo que llama mi
atención y motiva a mi genio a arrancarla de
la trampa de vidrios rotos y paredes negras,
es su título: ¡Fix me!. ¿Será el mismo? Ese
odioso, repugnante incitador de estereotipos
que se disfraza de reloj para denigrar
autoestimas.
Lo doblo en dos, lo guardo rápidamente en
mi cartera y tras lograr desengancharla, me
escurro hacia el exterior por la ventana; el
pasillo por el que entré no es una opción.
Corro. Me tuerzo un tobillo. No fue nada.
Sigo corriendo.
Se cae la cartera. La bendita cartera.
Retrocedo y la levanto. Corro. Llego al auto,
subo y cierro la puerta. Respiración agitada y
sudor empañando mi cara, prendo el aire
acondicionado. Me tomo unos segundos para
recobrar el aliento.
Luego, saco la hoja para leerla con dete-
nimiento, lo que se hace imposible por sus
heridas de guerra. El texto está completa-
mente borroneado y le falta una gran parte.
Pero además de su título escalofriante, hay
otra palabra que escapó las garras del
incendio y se deja ver entre agujeros y tintes
grisáceos.
La palabra que me termina de helar la
sangre por completo:
Altergo.
Debajo, una firma por la mitad, justificando
su implicancia.

38

Una pista; cien preguntas. Si es que a eso


se le puede llamar pista. ¿Qué hace, exacta-
mente, el apellido de Daniel, mi querido
amigo, ocupando el mismo pedazo de papel
que esas horrorosas palabras y lo que
representan?
Claro que puede que no sea él, aunque no
es un apellido muy común, y me consta que
trabajó un tiempo en el tema de la relojería.
De igual forma, tampoco sé qué significa que
esté allí, escrito en tinta indeleble.
La cabeza me va a explotar en cualquier
momento. Necesito tomar aire, un descanso.
Enciendo el auto y manejo como por inercia
hasta lo de Rita.
Aparco del lado de enfrente y cruzo
prácticamente sin mirar, con la hoja estrujada
entre mis dedos. Por inercia también pido
lo de siempre; medialunas de jamón y queso.
Rita da cuenta enseguida de mi estado de
nervios.
—Lina… ¿estás bien? No han salido las
medialunas, ¿te puedo ofrecer otra cosa?
—Sí, sí… —atino a modular, secándome
las gotas de sudor del rostro y recogiéndome
el pelo en un moño para que no se pegue a
él—. ¿Alfajores de maicena tenés? Me
vendría bien algo dulce.
—Sí, tengo la bandejita de cinco.
—Perfecto.
En un intento por desviar la atención del
ritmo acelerado de mi cuerpo, agrega:
—¿Viste que nos renovamos? Ahora
tenemos mesitas afuera.
Lo había pasado completamente por alto.
Mi meta estaba fijada en esas medialunas,
que ni siquiera voy a comer, y mi estómago
me pasará factura.
—Pah, no… entré tan apurada que no las vi.
¡Qué bien, Rita! Te felicito. —Me cuesta tragar
y las palabras se raspan al salir de mi boca,
por la falta de saliva que tengo a esta altura.
—Sí, ya veo que tenés hambre…
pobrecita. ¿Te gustaría una bebida fría y te
sentas ahí afuera a tranquilizarte? Corre una
brisa linda. ¿Un licuado de frutilla, tal vez?
—Bueno, sí. Tengo mucha sed. Un licuado
está bien, con edulcorante, por favor.
—¡Ay, mi niña! Esta generación que
no disfruta de lo bueno de la vida, y...
—No escuché lo que seguía porque su
contestación la acompañó a la cocina, a
donde fue a preparar mi pedido.
Pobre Rita, es una mujer excepcional, pero
a veces hace comentarios de más. Lo único
que quiero es sentarme de una buena vez,
bajar la tensión con el frescor de la frutilla y
recobrar energía con el azúcar de los alfajores.
—Acá está —dice, al aparecer tras la
cortina que separa la cocina del mostrador.
—Gracias, Rita. ¿Cuánto es?
—Nada. Hoy corre por mi cuenta, para
festejar la expansión del local a la vereda.
—Bueno, no es necesario pero muchas
gracias. Me voy a instalar afuera.
Tenía razón. Ya comienza a correr una
brisa, y consigo arrastra las risas de niños
jugando en la plaza de enfrente. Aunque
prefiere callar las conversaciones más
íntimas de una pareja que descansa bajo la
sombra de un liquidámbar.
Paz, al fin. Exterior, al menos, pues por
dentro mi cabeza no desiste de sus
declaraciones sobre la escena recién vivida.
Tomo un sorbo del licuado, está riquísimo. Su
gélida textura recorre cada fibra de mi cuerpo
y lo apacigua un poco. Solo un poco. Pero eso
ya es mucho.
Fix me, me retuerzo al leer esas palabras.
Pleno siglo XXI y la gente se da el lujo de
volver 50 años en el tiempo para reforzar
estereotipos que tanto se lucha por erradicar.
Una bomba disfrazada de reloj. Una bomba
del tiempo, ideológica. Letal. Silenciosa.
Recuerdo sus primeras apariciones en la
tele y en la radio, pues las infectó enseguida.
Me dejaron perpleja. Asqueada. No entendía
cómo la gente compraría eso. Y la gente lo
compró. Cayó en la trampa. Porque hará lo que
sea por ceñirse a una minúscula porción de
confianza y autoestima cuando éstas esca-
sean. Hará lo imposible, hasta comprarla.
Es un reloj digital, configurado con una
aplicación que incentiva a dejar de comer,
tirar el corazón a la basura si eso alcanza para
aguantar las horas interminables de ejercicio
que esta plantea. Un plan de adelgazamiento
forzado, cruel. Una mentira.
Una pesadilla en vela que hora tras hora le
recuerda a su víctima la culpa de no estar
haciendo en ese preciso momento lo que sea
necesario para disminuir su peso. Con frases
como “Así no te va a querer nadie. Ponete a
hacer sentadillas YA”,“¿Qué estás esperando
para encontrar pareja? Así no lo harás”. “¿Ya
te has visto en el espejo? ¿No te da vergüen-
za?”. A veces se torna misericordioso: “¡Muy
bien! Haz adelgazado cinco kilos. ¡Sigue así,
y en un abrir y cerrar de ojos tendrás a tu
príncipe azul esperando en la puerta!”
Sí, el reloj también habla. Un incesante
susurro terrorífico, pero seductor, que parece
cobrar vida en la marioneta que dirige. Con
cada palabra de su voz infernal acerca a su
usuario un paso más a la demencia, y un paso
menos a la vida. Un grito desgarrador a la
consciencia de cualquier autoestima frágil.
Este siglo está repleta de esas.
Estas frases me las sé de memoria porque
una compañera de trabajo, antes de que mi
vida dependiera de píldoras, se había
comprado esa basura con la intención de
lograr aceptarse, pues nunca había podido
hacerlo por su cuenta. Fix me, o más bien,
Break me, atornillaba su mente con
expresiones absurdas pero con total
sentido frente a sus oídos anestesiados.
Anestesiados por un mundo que no acepta la
diversidad. Un mundo que para pertenecer no
solo tenés que cambiar quien sos, sino hacer
lo que sea para lograrlo. Lo que sea. Incluso
si eso implica dejar de pertenecer a él.
Me pregunto cómo es posible estar
inmersa en una sociedad tan vacía que
intenta llenar sus huecos con el sufrimiento de
los que no son capaces de combatirla. Cómo
es posible hacer creer a la gente que de esa
forma se alcanzará la felicidad. Un engaño
para conseguir amor, cuando lo único que
hace es raspar los pocos restos de este
que habitan en su interior, como cuando la
ansiedad llega al fondo del tarro de helado.
Cómo.
Cómo querer puede costar tan caro.
¿Por qué la necesidad inherente de querer
que me quieran? ¿Los otros? ¿Quiénes son
los otros? ¿Y yo? Si no me quiero a mí, ¿A
quién quiero? ¿Uno puede vivir sin amor?
Seis meses después de la adquisición de
este aparato del mal, mi compañera experi-
mentó la paz que hacía mucho no sentía. Fue
encontrada en la habitación de un hotel de la
zona, recostada contra la bañera.
Su corazón había dejado de latir.
La mucama que la encontró testificó que lo
que hacía al escenario aun más escalofriante,
si eso era posible, era una voz ahogada
proveniente de entre sus dedos blancos, que
parecían haber estado aferrados al aparato,
estrujándolo con todas las fuerzas, hasta que
estas se volvieron nulas.
Esa voz susurraba:
“Descansarás luego. Ahora ponte a correr.”

39

Queda solo un alfajor de maicena y en este


rato mi mente no ha hecho más que reafirmar
la furia que siento con ese agudo recuerdo.
Cada varios minutos se oye de fondo la
campana de la puerta. Otro cliente es atraído
por el aroma paradisíaco que expulsa a la vía
pública, como un lanza perfume, la modesta
pero celestial panadería de Rita.
La falta de amor saca lo peor de las
personas. Si no hay amor, ¿qué nos queda?
Personalmente nunca me lo había cuestio-
nado mucho, hasta ahora. Nunca le había
dado lugar a esa clase de preguntas en
mi cabeza desordenada, hasta que Roma
llegó a mi vida, y las plantó allí sin que yo me
diera cuenta.
Y ahora, ¿quién lleva el papel de fuerte?
Ahora que Katia no está -aunque pensarlo
siquiera me resulta paralizador-. Ahora que
Ramiro no está. Es… fue, mi alma gemela, si tal
cosa existe. Aunque actualmente lo pongo en
duda. Porque si Roma tiene razón, no existe
el incongruente concepto de “media naranja”.
Yo me había creído el cuento. Ya no más.
No restan alfajores de maicena en la
bandeja descartable. Y el licuado… o bien me
lo terminé sin darme cuenta mientras la
memoria balbuceaba, o prefirió evaporarse
para evitar escuchar la desgarradora historia
que acabo de rememorar.
El aire corre, pero sigo desprendiendo
agua por mis poros. Me fijo la temperatura en
el celular: veinte grados centígrados. El calor
apenas se insinúa y yo me siento dentro de
un horno.
Me encuentro sin rumbo. Sentada frente a
una plaza donde la vitalidad reina y posee
cada corazón. Donde la vida sigue y
evoluciona y que por contraste remarca mi
inmovilización.
Me hago muchas preguntas. Entre ellas,
cómo seré capaz. De seguir, de racionar el
aire para resolver la situación, si es que hay
algo remediable. De resolver mi vida y volver
a empezar.
Me cuestiono cómo lo haré sin las per-
sonas que me la habían devuelto; a mi vida.
Si aunque sabía que era mía -o creía que lo
hacía- la sentía más su posesión. Que era de
ellos por devolvérmela, y ahora que no están
no sé qué queda. No sé de quién es esta vida
de que, con tanto esmero, finjo que soy dueña.
Busco el libro de Cecilia. Quizá con su
magia pueda sosegar mi ansiedad y mi
transpiración perpetua.
Hago lo de siempre: dejo que el azar -
aunque a esta altura ya debería llamarle de
otra forma- se haga cargo de las palabras que
pondrán mi corazón a bombear a una
velocidad razonable.
Cierro los ojos. Elijo una página. Abro los
ojos.
Sabía que no me defraudarías, Cecilia.

“Sé la luz
que la noche necesita
para seguir latiendo.”

No queda ninguna duda. Depende de


mí poner mi propia vida en marcha, y
sostener la de Katia ahora que más lo
necesitaba. Depende de mí, no queda duda.

40

En otro reloj (4)


Desde el piso cinco de su edificio lujoso en
su barrio excéntrico, mientras saborea el
dulce néctar del vino que se sirvió unos
minutos atrás, decide salir de paseo. ¿A
dónde? No importa. Salir de allí, de su
apartamento en clave de gris que ya
comienza a resultarle desabrido. Salir, de su
edificio calefaccionado y con aroma a orgullo.
La tarde se despide entre sus tonos de fuego
y esmeralda, que pintan el espacio urbano y
la cáscara de los edificios inmaculados, de los
colores más vivos. Un intento por abrigar las
calles, ahora que inicia el fin de semana.
Le toma unos segundos acostumbrar sus
ojos a la variedad cromática, pero cuando lo
hace, se siente un poco más liviano.
No lleva portafolios, quizá es eso. O quizá
es algo más. Mientras imprime sus pasos en
el pavimento, se recuerda a sí mismo que en
un par de días tiene cita con Roma a la hora
del amanecer.
“Te espero en el lugar de siempre. No me
falles.”
Y no lo hará, no tiene por qué hacerlo. Si
desde la entrada de esa mujer a su vida se ha
deshecho de un peso muerto de encima,
carga que ni siquiera sabía que tenía. Le trajo
paz, aunque todavía le cueste pronunciar esa
palabra.
Es primavera, y las vidrieras parecen
vestirse adrede para la ocasión. Vidrieras
que ahora duermen, pero sueñan con mucho
color.
Cuando quiere ver, entre tanta distracción,
se da cuenta que durante el trayecto no
respetó ni una vez el dibujo del pavimento. Un
diseño a rayas que ya no le provoca culpa por
pisar sus líneas, pues ignoró cada una. Antes,
solo pensar en la remota posibilidad de
hacerlo le generaba escalofríos.
¿Antes de qué? De quién.
De Roma, por supuesto. Cada cambio en
su vida se resume en esa señora de estatura
baja y cabello salvaje. Cambios que hoy ve
como oportunidades, y no como desajustes,
como con su vieja mentalidad.
No todo es color de rosas, por supuesto. Aun
mantiene la costumbre de levantarse a la ter-
cera alarma que suena, tocar la puerta cuatro
veces antes de entrar a su propia casa, y lavar
la vajilla al segundo que termina de comer, sin
excepciones. Pero avances son avances, y no
tiene por qué juzgar el orden en que se dan.
Hoy escucha los pájaros; se dio cuenta de
que cantan. Y las flores… hasta empiezan a
gustarle. Tanto, que incluso plantó unas
cuantas en nuevas macetas, en el balcón del
piso quinto de su lustroso apartamento, que
aprende a familiarizarse con el olor a tierra.
Sigue caminando y llenando sus pulmones
de aire puro. A lo lejos, observa una silueta
femenina de tez almendrada escurrirse entre
el gentío. Una sensación extraña le desborda
la razón, como si la conociera de otra parte.
De repente, algo llama su atención;
una tienda de relojes. No sería extraño
proviniendo de él, si no fuera porque lo que
en realidad captura su interés, es lo que se
encuentra en una esquina de la vidriera; un
reloj de arena. El lugar donde el tiempo se
escurre, pues no hay otra palabra más
adecuada para definir su forma de medida.
Lo conquista a tal punto que decide entrar
a la pequeña tienda, milagrosamente abierta,
y hacerse de esa maravilla.
—Buenas tardes, quiero llevar el reloj de
arena.
Un anciano que está arreglando un llama-
tivo artilugio se da vuelta tras el mostrador, y
le regala una mirada de compasión. Una que
él asegura, le es familiar. Insólito, pues nunca
ha visto a ese hombre en su vida…
—Hola joven. Hoy es su día de suerte, es
el último que queda —se acerca a la vidriera
y lo toma en sus manos. —Estos son los más
especiales, ¿sabe? —agrega, admirando el
infinito en forma de cristal.
—¿Por qué es eso?
El señor de pelo blanco y mirada oceánica
ríe pícaramente. —Voy a dejar que lo
descubra usted.
Y se lo entrega, envuelto con cariño en
papel de embalaje.
El muchacho se retira de la tienda con su
nueva adquisición. Lo colocará en su
biblioteca al llegar a casa. O mejor aun; junto
a su guitarra, esa que día a día renuncia
levemente a la posibilidad de ser tocada.
Hasta ahora, que será revivida de la nada y
sin indicios, pues a su dueño le han invadido
unas excesivas ganas de volver a tejer
música con sus manos. No recuerda cuál fue
la última vez que lo hizo, aunque sí tiene la
remota idea de que tocó Yesterday.
Detrás de él, el relojero da vuelta el cartel
colgado en la puerta de su tienda,
estableciendo el cierre del día laboral:
CERRADO. Vuelva mañana y seguimos
reparando el tiempo.

41

El día se presta para sumergirse en el


sillón, entre comida chatarra y pañuelos
descartables, y dejarse envolver por películas
tristes. De esas basadas en hechos reales,
que brindan la excusa ideal para llorar sin
remordimiento, por la vida de otro.
Aunque sabemos, en el fondo, que no es
más que una excusa. La oportunidad perfecta
para desahogar cualquier mal que esté
oprimiendo nuestro pecho. De esa manera,
llueve afuera y llueve adentro. Así al menos
no me siento la única con problemas. El clima
también los tiene, y me siento acompañada.
Pero como a veces me gusta ir a contra-
corriente, descarto esa idea. Sin mencionar el
hecho de que el único sillón en el que podría
sumergirme es el de al lado de la camilla de
Katia, o que nunca podría sumergirme, pues
parece estar hecho de piedra.
Tendría cubierta la película, pues puedo
verla en mi celular. Y las máquinas expen-
dedoras de la cafetería podrían proveerme
de comida chatarra.
Pero descarto esa idea.
A veces prefiero ir contracorriente.
Tomo las llaves del auto, me despido de mi
amiga con un beso en su mano, como la
rutina lo ordena, y dando por hecho que me
escucha, le digo que volveré en media hora.
Una hora máximo.
Arranco y manejo hacia la costa para
despejar la mente. No con la intención de ver
a Roma, hoy no. Necesito ver el océano rugir
a la par del cielo.
Entre el murmullo de la lluvia se entrelaza
la voz de la radio, que cuenta la tasa
descomunal de suicidios derivados del
dispositivo Fix me.
Al llegar a un punto que considero
adecuado, simplemente estaciono, apago el
motor, y dejo que el sonido de la lluvia
impactando en la chapa me tranquilice.
A lo lejos, alterado por el zoom que ejercen
sobre él las gotas de agua, el mar se expresa
descontroladamente en un discurso violento.
No se me ocurre mejor idea que rascar viejos
recuerdos, y comienzo a ver fotos en la
galería de mi celular. Cualquiera de ellas
parecerá de una vida pasada, debido a que la
más reciente es de hace ya un par de meses.
Sin embargo, no hay mucho más de cien
fotos, quizá porque en algún momento de
insensatez me pareció buena idea borrar
aquellos recuerdos que ya no visitaban mi
memoria. La foto más vieja es una de Ramiro,
posando frente al Radio City Music Hall,
en la Sexta Avenida de Manhattan.
Un escalofrío asalta mis entrañas.
De repente vuelve a mi memoria, el
recuerdo de una videollamada que hice con
mi esposo durante su estadía en la Gran
Manzana.

42

—Mirá, Lina. ¿No es hermosa? —dijo,


mientras me mostraba la ciudad e intentaba
que yo palpara a través del celular, su
supuesto encanto.
Quizá era una cuestión de ángulo, o de
calidad de imagen, o de los copos de nieve
que se interponían delante de la cámara.
O quizá, simplemente no era tan hermosa
como aseguraban.
Ramiro había hecho esa pregunta, pero no
esperaba mi respuesta. Era una pregunta
retórica, y le resultaba indiferente si yo daba
mi opinión o no, ya que se encontraba
aturdido por el caos.
Aunque nunca la había visitado, a través de
películas y de libros había podido formar mi
propia opinión de la metrópolis, que ahora
reforzaba un poco más con la imagen que me
devolvía el teléfono.
Nueva York. El lugar donde personas de los
más variados colores y más excéntricas
formas se mezclan, e intercambian cheques.
Pero no se miran a los ojos.
Donde aun de noche, la luz es la
protagonista. La luz amarilla, blanca, roja,
azul… en la Plaza del Tiempo.
Allí, donde el tic-tac del reloj marca el paso
de esos hombres con traje, y moldea sus
pensamientos. Es un reloj con una desconcer-
tante prisa. Corre, y hace correr a los demás.
Donde cada segundo vivido es perdido, si
las cifras no colman las expectativas.
Esos rostros serios, preocupados, ansio-
sos, que observaba tras Ramiro, atravesaban
como una sierra la capa de nieve que había
caído en la noche y cubierto la acelerada
ciudad de blanco. Tonalidad que destacaba
entre los metros, kilómetros de concreto que
se extendía hacia el horizonte, y hacia el cielo.
Y que en un intento por captar la atención de
las piezas que allí se movían, caía sobre esos
paraguas negros, intentando cambiarlos de
color. Procuraban avisar a sus dueños, que el
desgarrador frío había traído consigo al más
bello de los espectáculos.
Pero a esos mismos copos parecía derre-
tirlos el calor que, como humo, subía de
la cabeza de trabajadores estresados.
Ignoraban el blanco, y lo teñían de gris,
mientras gastaban sus zapatos negros.
La ciudad se movía a una musicalidad
galopante, provocándome náuseas incluso
estando a una distancia exorbitante.
—Sí… es hermosa —contesté, al cabo
de unos segundos, sin preocuparme si me
había creído la falacia, ya que él estaba
perdido en esa gran alcancía.
Su siguiente comentario lo confirmó:
—Me tengo que ir, me esperan en la
oficina. —Y antes de darme la oportunidad de
despedirme, su paraguas negro se interpuso
entre su rostro y la cámara—. Ah, casi lo
olvido —agrega—, me tendré que quedar uno
o dos meses más. Después hablamos. —Y se
cortó la llamada.
Pero después de ese diálogo sin corazón,
por semanas no nos comunicamos. Ramiro
volvió a contactarse cuando consideró
oportuno, para mostrarme la vista que tenía
desde su despacho.
Y en otra ocasión me llamó desde el subte,
solo para brindarme el malestar inherente de
ver el gusano subterráneo succionando su
cordura.
En el reflejo del vidrio que se encontraba
detrás de mi marido pude ver las otras
personas que transportaba el vehículo,
reducidas a unos ojos vacíos, o conectadas
a sus auriculares…
Y desconectadas del mundo.
Cada tanto, las puertas se abrían para dar
paso a cantantes callejeros, que intentaban
volver más cálido el ambiente. Pero recibían
la mínima atención, y escasas miradas.
“Stand clear of the closing doors, please.”
Y las puertas se cerraban.
Silencio otra vez, interrumpido solamente
por el ruido de las vías de tren, y el precario
intercambio verbal entre mi esposo y yo.
Hoy toma forma en mi mente el fragmento de
un libro, cuyo nombre se me desfigura, pero
que supo expresar con exactitud el
presentimiento que tenía en ese entonces de
la Gran Manzana.

“(…) Cada tanto el hombre levanta la vista


para darse cuenta de que sí hay otros tonos
vistiendo la ciudad, como esos puntos
amarillos, que se mueven tan rápido como su
rutina.
Resaltan, también, entre tanto negro.
Si el lugar a donde lo lleva fuera así de
bello, sería tan especial como aquel copo de
nieve que, en vano, intentó captar su atención
un par de cuadras atrás.
Quería saber por qué los paraguas eran
negros: si reflejaban de verdad el alma de las
personas, o era simplemente cuestión de
marketing, para que resaltaran con los taxis
amarillos. No le sorprendería, que todo fuera
parte de un anuncio publicitario, que más
tarde pasarían en una de las cientos de
pantallas de Times Square.
Quería saber por qué la habían llamado
“La Gran Manzana”, supuestamente llena de
curvas, rincones mágicos y que despliega un
rojo vivo lleno de vida y pasión, si finalmente
la cortarían en forma de un cubo.
Se preguntaba si “la ciudad que nunca
duerme” dejaría de dormir por un instante,
para darse cuenta de lo hermosa que es (…)”

43

—Te noto distraído —dije.


—El trabajo, ya sabés como es.
Ramiro había vuelto de Nueva York hacía
unas semanas.
— ¿Con qué proyecto estás ahora?
— ¡Ay no!
Se cayó la taza de café. No sé cómo se le
resbaló, si no lo conociera diría que lo hizo a
propósito para evadir mi pregunta.
—¿Y vos no tenés novedades en el
laboratorio?
—No, lo de siempre. La rutina. Excepto que
ahora que Katia no está tengo el doble
de trabajo, pero es lo mínimo que puedo
hacer por ella. De verdad necesita estas
vacaciones.
—¿Te imaginás que vuelva enamorada de
un tano? —expuso, con ironía.
—Si vuelve enamorada, será de la
comida. Lo que necesita es un respiro,
después de esa relación tan absorbente.
Parecía haber dejado de escucharme.
Apenas recogió los fragmentos de cerámica
del suelo y limpió su descuido, comenzó a
juntar sus cosas.
— ¿Adónde vas?
—Me esperan unos clientes.
—¿Qué clase de clientes te pueden estar
esperando un sábado a las siete de la tarde?
—Unos muy importantes, creeme —declaró,
mientras frotaba sus dedos en señal de
riqueza. A esto lo acompañó de una sonrisa
codiciosa.
Evadió mi cara desfigurada de asombro, y
salió puerta afuera, con su portafolio nuevo.
No era un hombre de portafolios, y sin
embargo allí estaba, transgrediendo sus
propios principios, renunciando a su sencillez.
Nunca lo había visto así. Era la primera vez
que yo era testigo de cómo el dinero ante-
cedía cualquier otro propósito que pudiera
tener su trabajo. Es que su única razón detrás
de ser diseñador radicaba en el disfrute por
“crear sin precedentes”, como él decía.
Pero algo había cambiado. Su retorno a
Uruguay era reciente, y comenzaba a
sospechar que tenía que ver con su
repentina metamorfosis. ¿En qué se estaba
convirtiendo?

44

Pequeñas luces palpitantes pautan que


este día no es uno más. Los enfermos se
quejan, las enfermeras van y vienen con
esperanzas en la mano, el olor a alcohol se
impregna hasta en el último rincón de la
habitación.
El amasijo de cables sigue conectando
corazones a máquinas y sus colores son
verde, rojo y blanco. Los cables que hoy son
guirnaldas, y están enredadas. Como cuando
cada año se descomprime su estancia anual
en una caja, y un buen día vuelven a ser
recordadas para dotar al ambiente de
festividad. Fingen celebración mientras
tintinean al son del monitor de signos
vitales.
Fingen que cada pitido denota vida,
mientras la víctima yace atascada entre
sábanas níveas, pero adornadas con luces.
Todo está bien, es nochebuena.
Entrelazo esos pensamientos para reírme
un poco. Son las 23:15 y yo espero, inocente,
la llegada de la bondad de la noche. Mientras
tanto juego con las galletitas que hice hoy, con
forma de estrellas y abrigadas con glaseado
amarillo. Digo “juego” porque no tengo
hambre. ¿Cómo podría tener hambre si el olor
a vacío ya me llenó el estómago?
Por momentos le reporto a Katia cuánto
falta para las doce. Su rostro hoy se
encuentra distinto; calmo, pacífico, en
concordancia con los villancicos que un
funcionario puso para hacer de cuenta que no
todo está perdido.
Entonces me traslado un año atrás. El olor
a antiséptico húmedo no se hacía tan
evidente pero lograba anudarse entre
guirnaldas de papel de diario, hechas por
los propios convalecientes. Páginas cosidas
por la angustia y noticias catastróficas,
conformando parte de la escenografía que
intentaba simular que estábamos de fiesta.
Habíamos decorado el salón común y
jugábamos a ser felices. El Hospital de Clutter
se había rendido, reacio, a la ocasión y había
dejado que lo vistiéramos con el poco amor
que todavía poseíamos, o creíamos poseer.
En la tarde, Katia se había dado una vuelta
para dejar su regalo; las famosas galletitas de
avena. Con forma de estrella, bañadas en
glaseado amarillo. Las devoramos en un par
de minutos, intercaladas en nuestra puesta al
día, sin darnos cuenta que el reloj corría y que
ya se terminaba el horario de visita.
Diviso el tupper lleno de galletas que ahora
horneé yo, destinadas a no conocer ni su
paladar ni el mío. Tampoco a esquivar
palabras. Sonrío estúpidamente por la ironía.
Siento envidia de la Lina de hace un año, que
embotada en creerse el ser más miserable del
planeta, no imaginó que esa en realidad sería
su situación un año después, exactamente.
Aquella noche los minutos bailaron de
forma amena y espontánea entre historias y
leyendas. Unas más veraces que otras, aun-
que no se distinguieran entre ellas. Era una
completa sinfonía de recuerdos inventados y
fantasías verosímiles. Y también melancolía.
De vez en cuando un anciano se perdía en
la trama y le costaba volver. Algunos nunca lo
hicieron.
Por suerte Daniel se hallaba en uno de sus
mejores días, o eso me hizo creer.
Divagábamos como viejos amigos -aunque
hacía pocos días que nos conocíamos-,
sentados en sillones envueltos con papel de
regalo.
—No sé cómo hacés —admití.
—¿Qué cosa? —Su mirada inocente se
resbalaba entre su voz armoniosa.
—Para estar de buen ánimo. Hoy, de todos
los días posibles.
—¿Y por qué no estaría de buen humor?
—Es Navidad y nadie vino a visitarte, estás
solo y mañana quizá ya seas otro. —Al
instante me avergoncé profundamente de
mis palabras insensibles. No me encontraba
en mi sano juicio y evidentemente no estaba
apta para mantener conversaciones en ese
estado—. Perdoname, Dani… no quise decir
eso… —me cubrí los ojos en señal de
arrepentimiento.
—No te preocupes —dijo, acariciándome
el hombro y apaciguando mi necedad—. Son
momentos difíciles. Mirá a tu alrededor,
¡somos almas en pena! Pero si no buscamos
algo de luz, pena es lo único que nos queda,
y nos traga sin compasión.
Como vio que no me quitaba las manos de
la vista y estaba al borde del llanto, prosiguió,
esta vez con la mirada hacia el jardín dormido:
—¿Sabés? Yo solía tener una familia.
Estas fechas eran las más importantes para
nosotros, y no porque fuésemos católicos.
Nunca nos apegamos al rito religioso. Pero
era un día donde la rabia desaparecía y lo
único que importaba era la familia.
Se detuvo un momento para retener el
llanto, y continuó:
—Pero la familia transmuta, se transforma.
Como todo en la vida. El desafío está en
entender que nada es para siempre y
cuando las circunstancias cambian, está
en nosotros crear nuevas tradiciones, o
vivir en un pasado que ya no existe.
—“Estamos vivos porque estamos en
movimiento” —acoté, con una sonrisa.
Él me la devolvió. —Exacto. Drexler…
siempre con las palabras justas. Observamos
cómo los últimos visitantes eran arrancados
de su abuelo, que a esa altura vacilaba ante
el pino de plástico.
—¿Tenés hijos? —pregunté.
—Sí, dos. Pero no los veo hace mucho.
Perdí su rastro cuando eran niños. Al principio
no podía perdonar a su madre por alejarlos de
mí, pero era porque no podía aceptar que
presentaba un peligro para ellos.
Contemplé cómo una lágrima marcaba un
surco en su mejilla, con total impunidad.
El invierno de sus ojos parecía haber
descongelado sus glaciares con el cálido
recuerdo del ayer, e intentaba contener el
llanto a toda costa. Hasta que no pudo más.
Se limpió la pena con un pañuelo de tela y
sacó de su bolsillo un trozo de papel
arrugado, desvaído por el movimiento de la
vida. Vivo aun, pues había mudado.
Lleno de estrías, me lo extendió.
Aparentaba ser el fragmento de un diario.
—Un veinticuatro de diciembre en la
mañana, me encontraba corriendo contra el
tiempo para cerrar la tienda y empezar con los
preparativos de la noche. En aquella época
era relojero, irónicamente. —Se detuvo
para retomar el aliento, pues intentó reír pero
sus pulmones prefirieron toser—. Mi hijo, que
siempre me daba una mano, ese día me
perseguía para mostrarme algo que había
leído en el diario. Yo, ultimando tareas, lo
esquivaba, y le decía que no estorbara,
que después lo leería. Pero se ofendió, tiró
el diario al piso, y se fue corriendo. Inhalé
profundo, lo levanté y lo leí. —Señaló el
pedazo de papel que me había dado—. Eso
es lo que tanto quería que leyera. —Apretó
con ímpetu sus ojos gastados para evitar
seguir llorando. Con ellos, frunció también
su cara entera, en señal de resistencia—.
Desde ese momento lo llevo conmigo,
como recordatorio de lo verdaderamente
importante. —Me regaló una última sonrisa
compasiva, mientras finalmente dejó que el
celeste de sus ojos se escurriera con el agua.
Entonces lo leí:

24 DE DICIEMBRE
Luces se encienden, tintinean por doquier.
Viejas llamas se reencuentran, y nuevas se
descubren. Hay luces de muchos colores, que
bailan formando uno.
Nace la magia y se adueña de la noche, y
de todos los corazones. Y no, no me refiero a
Papá Noel.
De qué otra forma se explicaría la unión de
tantas luces en un mismo lugar, de distintas
tonalidades, colores y temperaturas. Unas
que el tiempo ha vuelto más tenue y otras que
recién comienzan a brillar; encandilan.
Pero hoy… hoy parecen tener la misma
intensidad. Tan distintas, pero tan iguales.
Brilla, el lugar.
Magia. Fugacidad. Encuentro.
Entre almas, que dan y reciben, que
cuentan, se conectan, sueñan. Perdonan.
Hoy, mientras el cielo negro elige teñirse de
colores, todas las miradas apuntan en una
dirección. No hay barreras; es el cielo, y
nosotros.
La ciudad entera lo sabe. Aguarda el
mismo momento, el mismo despertar,
expectante.
La hora se acerca. Nuevas ilusiones se
forjan. Distintas creencias se unifican.
Todos esperan.
Algunos, la llegada de un ser. Otros, la de
un nuevo comienzo.
El cielo ya no es negro. Las luces brillan
más que nunca.
Ya eran las doce. Miré a Daniel para
saludarlo, pero se había dormido, como
muchos otros. Me tomé unos segundos para
apreciar el salón, un poco más luminoso.

45

—Lina… Lina, perdón que te moleste, pero


Katia tiene visita.
Abro los ojos, para darme cuenta que me
había rendido ante el sueño. Uno profundo,
en muchas semanas. Miro la hora en el
celular; 9:30 de la mañana. La mañana de
navidad.
La persiana destila haces de luz fresca
por sus rendijas, que se desintegran al
contacto con las paredes color hielo.
Pautan un día despejado.
—¿Visita? ¿A Katia? —pregunto a la enfer-
mera, confundida, intentando abrir los ojos,
con un pie en los sueños y otro en la realidad.
—Sí, es su mamá.
Salto de lleno a la realidad.
—¿Su mamá? ¿Cómo que su mamá? Ellas
no se hablan hace mucho. ¿Estás segura?
—Sí, Lina… eso es lo que me dijo. Amelia
Disparu. —La voz angelical de María hace
parecer que la situación no es tan disparatada
como yo la veo. Dudo de si he despertado de
verdad.
—Bueno… que pase.
Se asoma por el umbral de la puerta y,
evadiendo mi presencia, dirige su mirada
hacia la camilla. Una mujer de unos sesenta
años, estatura media, canas. Su apariencia
refinada contrasta con la sencillez que
caracteriza a sus hijos.
El pigmento almendrado de sus ojos
parece fragmentarse al visualizar la escena.
Luego, sus piernas la siguen. Sus piernas
cada vez más temblorosas a medida que se
acorta la distancia con la camilla. Por un
momento pienso que la van a traicionar y no
va a poder llegar, pero logra hacerlo.
Toma la mano de Katia y la aprieta fuerte.
La piel casi fantasmagórica de su hija
contrasta con el tostado de la suya.
Apoya su frente en la de ella y se
permite dejar salir el lamento. Lo expulsa
desconsoladamente, y corre por la mejilla
blanca de mi amiga.
—Perdón —pronuncia, al cabo de unos
minutos, revelando su voz dulce, pero
quebradiza, mientras despega sus canas hú-
medas del rostro de su hija, mirándola directo
a los párpados rendidos. No me habla a mí.
Decido escabullirme fuera de la habitación
para darle privacidad en el reencuentro. Y
admito que también para evitar desmo-
ronarme y arruinar la escena.
Camino a lo largo y a lo ancho del pasillo,
una y otra vez. Primero rápido, acompañando
mi pulso y recostándome en las paredes por
miedo a caerme. Luego, sin dejar de ir y venir,
respiro hondo. Una, dos, siete veces. Logro
calmarme un poco.
Cuando considero oportuno, aunque no
podría definir cuánto estuve deambulando,
regreso a la habitación.
Cualquier duda que pude haber tenido
al principio sobre su consanguinidad, se
evapora cuando clava sus ojos en mí.
Ojos vidriosos. Los ojos de Katia.
Esos vidrios se quiebran aun más cuando
reflejan mi presencia, que aguarda
expectante desde la puerta.
Esto es demasiado. Ahora mis piernas
también tiritan. Allí no está solo Katia, está
Ramiro también. En su cabello pardo, cejas
prominentes, expresión ingenua y franca, a
pesar del desastre que fecunda la escena, y
al que no escapa el dolor que tergiversa su
caminar.
Me doy cuenta de que trata de hablar, pero
no puede. El delgado hilo que divide la vida
y la muerte se le atravesó en la garganta,
imposibilitándole el habla. Ella sabe quién soy.
—No hace falta —digo, al ver su frustración
al no poder emitir otro sonido que no sea el
del llanto.
Me acerco con sutileza, y le doy un abrazo.
Ella me lo corresponde, casi como un
seguro para evitar desplomarse. Para evitar
desplomarme. Un abrazo sincero, que intenta
reconfortarnos en el tacto de dos vidas rotas.
Por un tiempo que soy incapaz de medir,
nos mantenemos así, entrelazadas, forjando
amor entre tanta miseria.
La máquina que monitorea el corazón de
Katia parece haberle prestado los latidos a su
madre, para que en el contacto yo la
reconozca. Es mi amiga, no hay duda,
empaquetada en una vestimenta fina y
elegante, que nunca en la vida usaría.
Una completa desconocida y sin embargo,
me regala el roce más sincero y familiar que
he experimentado en semanas. Lo más
cercano en estos momentos a mi hogar
resquebrajado.
Cuando finalmente nos despegamos, le
sugiero ir a la cafetería, donde estaremos
más tranquilas.
Pero se resiste, y como aun le cuesta
modular, hace gestos indicando que no quiere
abandonar a su hija.
—Amelia… —a mí también me cuesta
hablar—. Te hará bien un poco de aire, y quizá
algo dulce. En la cafetería hacen un café
riquísimo. Las enfermeras están acá al lado,
Katia está en buenas manos.
Creo que no logro convencerla completa-
mente, pero accede.
Le sugiero que se instale mientras yo
ordeno. Le pregunto si un cappuccino está
bien, y asiente con la cabeza. Luego me uno
a ella en una mesa para dos junto a la
ventana, que arroja al interior inmaculado el
verde de las plantas que se hallan del otro
lado del cristal, y lo manchan con su tinte.
El trayecto desde la habitación parece
haberle brindado impulso para, finalmente
rasgar el silencio, y pronunciar:
—Siento la necesidad de explicarte ciertas
cosas… —No es necesario, de verdad…
—No, quiero hacerlo.
46

Suspira. Parece estar juntando coraje para


comenzar su declaración.
—No sé qué visión te habrán dado mis hijos
de mí… —al notar que su voz insiste en seguir
quebrándose, carraspea—. Pero supongo
que sí sabías que desde que se fueron de
casa, el contacto se debilitó rotundamente.
—Sí, de algo estoy al tanto, aunque a
ninguno de los dos le gustaba hablar mucho
sobre el tema. Lo único que sé es que
tuvieron una gran pelea y decidieron irse y no
volver jamás. Ya veo, que además llevan
tu apellido… eso nunca lo mencionaron.
—¿Un cortado y un cappuccino? —inte-
rrumpe una chica.
—Sí, gracias —digo, mientras recibo las
dos bebidas y les echo azúcar.
Continúa: —Ramiro y Katia tuvieron una
infancia complicada, y siempre me culpé de
que hubiera sido así.
—Sí, su padre era violento, ¿no?
—Bueno, sí… la violencia era de hecho un
efecto secundario de su enfermedad. Sufría
trastorno de personalidad —toma un sorbo de
su café —. Yo lo amaba, y los niños
también, pero no soportaba vivir con el
corazón en la boca cada vez que tenía una
recaída. Huí sin mirar atrás, me mudé con los
niños y cambié sus apellidos para desligar por
completo la relación con su padre.
—No sabía lo de su enfermedad. Solo me
dijeron que era violento, y no mucho más.
—Es que ellos eran muy pequeños. No
entendían a fondo lo que ocurría. Además,
en sus días buenos era el hombre más
adorable y tierno del mundo, pero cuando
se desbalanceaba… —hace un gesto de
resignación.
—Sí, lo entiendo. Tengo un amigo con el
mismo trastorno.
—¿Sí? Qué curioso, no es muy común.
—Su celular comienza a vibrar, pero decide
ignorar a quien fuera que estuviera detrás de
la línea. Lo guarda en su cartera—. ¿En qué
estaba? Ah, sí. Resulta que comenzamos una
vida lejos de casa, en otra ciudad y
estableciendo otros vínculos. Pero nunca dejé
de temer que nos encontrara, y con el tiempo
me di cuenta de que fui extremadamente
sobreprotectora, muchas veces coartando la
libertad de mis hijos adolescentes. Esa
libertad que, irónicamente, era el fin último del
nuevo comienzo. Pero en ese momento no
era consciente de ello. Yo solo quería lo mejor
para mis hijos, y estaba convencida de que
protegiéndolos del mundo les evitaría el
sufrimiento…
Su voz dulce vuelve a desbalancearse,
perdiendo fuerza con cada palabra que
emite. Es evidente lo doloroso que es para
ella revivir tales recuerdos.
Carraspea otra vez, se seca una lágrima
que escapó sin permiso, y sigue adelante:
—En fin, nunca me perdonaron que no
les hubiera dado explicaciones de nuestra
huida, y de que fuera una “maniática contro-
ladora”, como decían ellos. Es que nunca
encontré el valor suficiente para darles esa
explicación que se merecían. Vivía cansada,
y nunca parecía hallar el momento. ¿Te ha
ocurrido? ¿Percatarte de que no podés con
todo y que la vida te aplasta un poco más, a
cada día que pasa?
Claro que conozco esa sensación.
Parece que hurga en la llaga a propósito.
Así es como me siento hace un año. Pero me
limito a asentir con la cabeza.
Suspira otra vez. —Bueno, les insistí que
estudiaran cerca de casa, aunque las únicas
opciones fueran en el área de la docencia. No
era lo que querían ni para lo que estaban
destinados, y yo lo sabía. Pero mi necesidad
de control y de mantenerlos a salvo superaba
cualquier razonamiento lógico. Aunque eso
no fue todo. —Las lágrimas encuentran la
forma de seguir saliendo. Se las seca con un
pañuelo y, al ver mi expresión de lástima,
reúne los fragmentos de su sonrisa rota para
regalármela como un gesto compasivo.
—Cuando Ramiro tenía quince y Katia
trece —prosigue—, recibí una carta de su
padre. El primer contacto desde que lo
habíamos dejado. Sigo sin entender cómo
nos encontró, pero ya dejé de preguntármelo
hace años. La carta expresaba remordimiento
por lo sucedido, y suplicaba que le diera otra
oportunidad para reencontrarse con sus hijos.
Que estaba mucho mejor, que había pasado
los últimos años en rehabilitación y ya se creía
capacitado para verlos otra vez. Pero yo no
estaba lista. Como te dije… mi necesidad de
control.
Olvidé que tenía el cappuccino enfrente. Ya
está frío. Pero no es motivo para interrumpir
la historia, entonces me lo tomo así. Odio el
café frío.
Ella mira hacia afuera, buscando en el
verde el consuelo que no encuentra adentro.
Un minúsculo gramo de fortaleza que la
ayude a terminar la historia.
El rocío mañanero acaricia las plantas,
dándoles los buenos días. Pero parece no ser
suficiente para animarla a continuar.
—Disculpame, necesito lavarme la cara —
dice, casi susurrando, y se va.

47

Ya han pasado quince minutos, y todavía


no ha vuelto. Mientras espero, juego con la
taza vacía haciéndola girar, o imagino que
veo figuras en los restos de café.
Decido ir a corroborar que esté bien.
Recojo mi cartera y la suya, que también la
esperaba en su silla, y me dirijo al baño.
Pero no está ahí.
Comienzo a caminar hacia la habitación de
Katia, quizá ha regresado. Pero a mitad de
camino la veo, sentada en un banco del otro
lado de la ventana, con los ojos perdidos en
el cielo.
—Está lindo el día, ¿no? —pronuncio, al
salir, y me siento a su lado.
—Escondí la carta —declara, volviendo su
mirada hacia mí, haciendo un gesto de
remordimiento—. La escondí, como si pudiera
concederme ese derecho y fuera la única
afectada en la situación.
Acaricio su hombro, en señal de apoyo.
Ella continúa:
—Estaba convencida de que hacía lo
correcto, que una vez más, los estaba
protegiendo, pero no estaba en mis
cabales. No me encontraba capacitada para
tomar esa decisión. Y cinco años después, la
encontraron.
—¿Y qué pasó? —pregunto, por inercia,
aunque me arrepiento al instante. A esta
altura no sé si es lo mejor que siga reviviendo
el pasado
—Lo inevitable, lo que temía que ocurriera:
se enfurecieron conmigo. Por días no me
dirigieron la palabra. Intentaron contactarse
con él, rastreando el remitente de la carta.
Encontraron la clínica en la que estaba
internado, pero cuando fueron… —por un
momento, su voz se reduce a un hilo. Respira
hondo— les dijeron que había muerto.
Me contagia el dolor, y ahora la llaga se
instala en mis pulmones.
—En fin… —suspira—, eso empeoró todo,
te imaginarás. Si antes no querían hablarme,
el hecho de que los privara de ver a su padre
unos años atrás, significó que las puertas se
cerraban por completo, y no lo podrían volver
a ver jamás. Eso, junto al rencor que ya
sentían por intentar retenerlos, fue más que
suficiente para decidir cortar el vínculo.
—¿Y nunca más se vieron? ¿Se fueron
así, sin más? —atino a preguntar, con la
poca saliva que me queda.
—Bueno, la separación no fue tan tajante.
Ramiro ya estaba en tercero de facultad, y
Katia a mitad del primer año. La distancia
física era inevitable, pues se tuvieron que
mudar a la capital para poder estudiar lo que
querían. Cada vez iban menos a casa, y
cuando lo hacían apenas intercambiábamos
palabras. Con el tiempo consiguieron
empleos y comenzaron a sustentarse ellos
mismos, por lo que el contacto conmigo que
subsistía gracias a lo económico, se volvió
casi nulo. Entendí que debía dejar enfriar las
cosas, que se tomaran el tiempo que
necesitaran. Dejé de forzar la comunicación.
Aunque nunca me imaginé, que estuviera
destinada a congelarse para no revivir jamás.
Pasaron los meses, luego los años, y ya ni
siquiera aparecían para Navidad. Yo intenté
contactarme un par de veces, en esas fechas
especiales o en sus cumpleaños, pero supuse
que habrían cambiado de número porque
nunca conectaba la llamada. Entendí que los
debía dejar ir, por más doloroso que fuera. El
amor a veces implica eso, ¿sabés? Uno lo
aprende con el tiempo, o por las malas, como
yo.
La brisa toma por un instante la conver.-
sación, resbalando sus partículas en nuestros
rostros, revitalizándolos, devolviéndoles un
poco de color.
—No tenía idea… —me animo a decir,
al cabo de varios segundos, intentando
contener el llanto.
—No esperaba que la tuvieras, los chicos
siempre fueron reservados. Aunque sí me
extraña que Ramiro no te lo haya mencionado
nunca… —se detiene al notar mi mirada
brillosa, y dedica las escasas energías que le
brindaron el café y la brisa para tomarme de
las manos—. No te preocupes, posiblemente
yo hubiera hecho lo mismo. Con los años lo
entendí. Se sentían asfixiados. No los dejaba
respirar, necesitaban un cambio, aunque
implicara poner en pausa su vínculo conmigo.
Es que ya no veían en mí a la salvadora que
los había sacado de la violencia, sino a la que
los había privado de continuar sus vidas. Yo
me estanqué, y los estanqué a ellos conmigo.
— Amelia… perdón que te pregunte esto, y
no me tenés que responder si no querés…
pero, ¿Qué te hizo venir hoy, y no cuando
falleció Ramiro?
—Katia me llamó el día de su muerte para
ponerme al tanto. En ese momento no pude
atender. Luego, cuando vi su llamada -un
número desconocido- advertí que había
dejado un mensaje de voz. Ahí me lo decía.
Quedé completamente en ruinas. Pasé
semanas sin moverme de la cama, apenas
comía. Tenía intenciones de venir, pero no
pude. No sé por qué no pude. Les fallé otra
vez, a los dos, cuando me necesitaban más
que nunca… —Su voz comienza a temblar—.
Y ahora… ahora mi Kati quizá tampoco
vuelva. —No puede retener la angustia.
Esta conversación es agobiante. No puedo
creer que por fin conozca a mi suegra, pero
en estas condiciones. Es todo tan doloroso.
—Después me enteré en el informativo del
incendio y de sus heridos. Me prometí que
juntaría fuerzas para venir, que no volvería a
defraudarlos, aunque con uno ya no fuera
posible hacerlo y con otro… —Inhala
profundo, y avergonzada, añade: —Y un
tiempo y cierta dosis de terapia después, acá
estoy.
Saca de su cartera un pañuelo
descartable para sonarse la nariz, y cederle
a él su sollozo. También saca su billetera
—Mirá —dice, extrayendo de ella una
cédula vieja. A juzgar por su deterioro, no
debe tener menos de veinte años—, es Rami,
de pequeño. Siempre fui de guardar sus
documentos viejos, pero cuando se fueron me
aferré a ellos de una manera descomunal. El
de Katia lo perdí hace mucho.
Me lo entrega. Un sudor helado se retuerce
en cada célula de mi cuerpo. Comienzo a
marearme, pero parece que no lo suficiente
para concretarlo en un desmayo, pues hasta
el malestar queda paralizado.
Junto a un niño con una ilusa sonrisa, al
margen de los problemas de la vida y de su
desgarrador destino, y un intento de firma
igual de ingenua, se encuentra su nombre. O
el que solía serlo. Tres palabras, veinte
caracteres. Firme, inextinguible, imborrable,
en el pedazo de plástico:
Ramiro Altergo Disparu

Todavía helada, intento procesar esas


palabras para entender el alcance de la
situación, y luego digo:
—Pero, Amelia… Daniel está vivo.

48

—No puedo creerlo.


El sol empapa con su esplendor, en señal
de despedida. Entre sus rayos se mece una
brisa calma, que se entretiene esquivándolos
para regar nuestro rostro.
Después de la mañana con Amelia no fui
capaz de detener las ideas. Fue así que al
anochecer me vine a la playa.
Roma se desplaza en círculos, como un
niño jugando por una cuerda floja, pisada tras
pisada, una tras otra, siguiendo un recorrido
sin fin. Me sorprende la inocencia y simpleza
con la que se presenta a veces, para luego,
con la sonrisa más auténtica, deslizar un
hacha por mi cuello despistado.
—Estás sacando conclusiones demasiado
rápido.
—Ese es el punto, me faltan conclusiones.
Lo único que tengo son caminos sin salida. Y
la única persona que me puede ayudar a
clarificar este caos, está en coma.
— ¿La única persona? ¿Estás segura?
—No doy más, Roma. Conocí a mi suegro,
se volvió una persona muy importante para
mí, antes de siquiera saber que nuestro lazo
se remontaba mucho antes de Clutter… —mi
voz se tuerce y se enreda en mi garganta, ya
raspada—. No sé cómo no me di cuenta. Las
señales estaban allí, lo veía en sus ojos, pero
lo ignoré.
Roma sigue rodeándome, con completa
serenidad, acariciando la arena con su
vestimenta hecha de retazos de tela.
—Y aun quedan cabos sueltos —agrego—.
Sigo desatendiendo pistas, lo sé, pero no logro
verlas, no con tanta oscuridad. Necesito una
linterna. Roma, ¡¿Cómo consigo una linterna?!
—Lina…
—¡¿Y por qué caminas en círculos?! —ex-
clamo, mientras abrazo mis piernas en un
intento por consolarme, pues el murmullo de
las olas no es suficiente—. Ya no veo con
claridad. Necesito recordar qué ocurrió esa
noche. Cada paso que doy parece velar un
poco más el trayecto.
Por fin se detiene. Abandona su círculo
para sentarse a mi lado. El viento despeina
mis lágrimas, como si no quisiera verme llorar.
— ¿No lo ves? Es lo que he intentado
decirte todo este tiempo. Si a tu alrededor solo
ves oscuridad, es porque la que brilla, sos
vos.
—Sí, sí. Leí algo parecido en el libro de
Cecilia. El problema es que mi propia luz, de
existir, parece no alcanzar para iluminar la
ruta. O quizá no sé cómo activarla. ¿Cómo se
activa la luz propia?
Se ríe, cómplice. —No es como una
lamparilla. No funciona así, querida. Cuando
menos lo esperes las respuestas aparecerán,
pero tenés que estar atenta.
Entonces cierro los ojos, y me dispongo a
escuchar. La situación me desborda, pero
debo calmarme si quiero avanzar.
Intento conectarme con este momento,
primero, bajando las pulsaciones. Cualquiera
que me toque el pecho diría que tengo una
orquesta allí dentro. Una muy desafinada.
Respiro hondo. Una, dos, tres veces. Recibo
el tacto de Roma en mis manos tensionadas,
sosteniendo mis rodillas. En este instante me
doy cuenta que nunca ha estado tan cerca.
Lo que siento es intransferible. Tan solo con
la palma de su mano, derrite la escarcha que
me traviesa las venas. El hielo que yo misma
creé. Por primera vez en meses experimento
cómo el oxígeno se disgrega por cada
recoveco de mi cuerpo. Siento cómo el sudor
del océano se instala en mis pulmones. Antes
creía que respiraba.
Estaba equivocada.
Mis manos se desatan, sueltan mis
piernas, y con ellas, el resto de mi cuerpo
queda tumbado en la arena.
Pero en medio de esa melodía armoniosa,
una nota se ahoga.
A lo lejos, en último plano pero no
menos presente, dos personas discuten.
Una pareja, quizá. Las palabras se pierden en
el rumor del lugar, pero eso no impide que
este se manche con su rispidez.
Me incorporo de golpe. Abro los ojos. Los
clavo en el horizonte.
Puedo verlo. La noche arrolladora, el
agua ardiente. Ahora mismo siento cada
gota penetrar con fuerza mis poros
descubiertos, y abrir un hueco en mi interior.
Bocinas en carne viva. Una letal. Las otras,
parte de la escenografía. Esa bocina. Ese auto
blanco, que en un instante se ensució de rojo.
No llovía lo suficiente para diluir tal concen-
tración de pigmento. Pero previo a eso, gritos.
Mi cabeza de un segundo a otro me azota
con recuerdos. Me los refriega en la pantalla
de mi mente. Es demasiado. Como una
película de terror, pero igual de adictiva, y
quiero saber cómo termina.
Gritos. Discutíamos. Sí, era una batalla
campal de agresiones verbales. Aunque las
palabras se me nublan.
Sí, eso fue lo que te mató. ¿Acaso yo
te maté? No sé por qué discutíamos.
El anillo. El de compromiso. Inerte también,
junto a tu cuerpo. Y ese auto blanco… rojo.
No miraste al cruzar la calle. ¡¿Por qué
no miraste?! No debiste escucharme. ¿Qué
discusión podría ser tan importante como
para arrancarte la vida?
Un reloj. También había un reloj. Digital.
Digi… no. No puede ser. ¿Esa porquería?
¿Acaso debo agregar tu nombre a la lista
abismal de víctimas de Fix me?
¿Qué hacía esa chatarra en la escena del
crimen? ¿Qué hacía sumergido en el mismo
charco que tu cuerpo sin vida?
—¿Lo recordaste? —pregunta Roma.
—Discutíamos. Así comenzó la noche del
diez de diciembre de 2017.
49

—Buen día.
—Buen día, Amelia. ¿Cómo dormiste?
Le insistí que se quedara conmigo, pues
vive lejos y no podía permitir que pagara un
hotel cuando tengo espacio en casa. Además,
aprecio la compañía.
—Bien… hasta las cinco, más o menos.
Luego me desvelé y no pude volver a conciliar
el sueño.
—Ah, ¿insomnio?
—Se podría decir, sí. Me cuesta mucho
dormir cuando tengo tanto en la cabeza.
—Creeme, te entiendo más de lo que
querría.
Dejo las llaves del auto sobre la mesa, me
recojo el pelo en un moño desarreglado, y me
preparo un café.
—Debería irme… No quiero dejar sola a
Katia por mucho tiempo —dice, calzándose
y terminando de aprontarse.
—No te preocupes, arreglé con María para
que esté pendiente un rato. Nos viene bien
unos minutos de paz entre tanta locura, ¿no
te parece?
—Bueno, supongo que me puedo sentar
contigo un momento… —responde, aunque
no muy convencida.
—¿Ya desayunaste? —pregunto.
—Sí, me tomé la libertad de servirme un té.
Traje bizcochos, también. Están sobre la mesa.
—Estás en tu casa, y gracias. Me podría
acostumbrar a esto. —Ambas intercam-
biamos sonrisas sentidas.
—Vamos al jardín, si querés. Está muy
lindo y tranquilo a esta hora. Antes de salir,
apago la radio que estaba encendida, y presto
atención a las últimas palabras que emite
previo a dormirse de nuevo. Coincidir, de
Macaco. La reconocí enseguida:
“Hay historias de amor que nunca terminan.
Que se esconden tras la vuelta de tu
esquina…”
Nos sentamos bajo el jazmín. En nuestro
banco. Nuestro rincón.
—Me encanta el jazmín —admite,
mientras inhala su perfume—. ¿Sabías que
simboliza…
—La esperanza y la sensualidad, lo sé… —
me regocijo. Ella asiente.
—Ramiro lo trasplantó un tiempo después
que nos mudamos. Este era nuestro rincón.
—Se me escapa una lágrima, sin permiso.
—Ah, no sabía… si te molesta podemos
entrar…
—No, no, tranquila. No es necesario. Es
extraño, pero ahora lo recuerdo diferente.
Donde antes sentía vacío, ahora siento…
—Amor.
No dejamos de completar las oraciones de
la otra, pero no me sorprende. Las dos hemos
pasado por situaciones muy dolorosas.
Distintas, pero de una manera u otra, ambas
perdimos a personas que amábamos.
—Exacto. A veces llega en forma de
melancolía, pero en ocasiones, de felicidad.
Por lo que tuvimos. Porque hay recuerdos
que no se borran.
—Tenés razón.
Tomo un sorbo de mi café, ahora sin
acompañamiento de pastillas amarillas, pues
he reducido su dosis a la mitad.
—¿No te dan ganas de verlo?
—Es complicado, Lina. Todavía se me
hace muy raro que esté vivo… y tampoco me
imagino cómo afectaría a Katia en su
estado… si despierta.
—Sí, claro que lo entiendo. Pero mirá, yo lo
veo así; dos personas que se aman, porque
la realidad es que nunca dejaron de hacerlo.
Fui testigo de cómo brillaban sus ojos cuando
hablaba de la madre de sus hijos, de su único
y verdadero amor. Y vos, bueno, puedo
especular que tampoco lo has superado.
—¿En serio creés que debería ir? Con esto
de Katia y lo de Ramiro… —suspira—. Es de-
masiado, no sé si quiero enfrentarme a él aun.
—Bueno, no te preocupes por eso ahora.
Cuando llegue el momento, decidirás qué es
lo mejor. Sé lo mucho que sufriste, y que
tenés miedo de cómo pueda reaccionar. Pero
quiero que sepas que yo conviví con él varios
meses, y te puedo garantizar que logró
importantes avances. Obvio que de vez en
cuando tiene recaídas, ya sabés cómo es…
pero ahora las controla mejor, y son cada vez
menos frecuentes. Creo que le haría bien
verte, no tengo ninguna duda. Él ya luchó con
sus demonios durante estos años, y no
guarda ningún tipo de rencor. Es consciente
de que hiciste lo que tuviste que hacer, y te lo
agradece. Eso fue lo que me dijo a mí.
Un picaflor atraviesa la conversación para
inyectarse en una flor de dondiego, que recién
floreció.
Doy un mordisco a un bizcocho; una
margarita, mi favorito. Está exquisito. Luego
bebo más café.
Saco el celular de mi bolsillo, y como quien
lee el diario cada mañana, aunque no lo
hago tan seguido, me pongo a revisar las
historias de Instagram.
Entre otras de amigos y familiares, me
encuentro a la de Cecilia Borac. Me detengo
en ella, y resulta que presentará un nuevo
libro, en Montevideo, en tan solo dos días. Mi
piel se eriza de pies a cabeza. Es la
oportunidad de conocerla. Debo ir.
Como Amelia nota mi entusiasmo,
indaga sobre qué lo suscita. Le cuento de
ella, y de su libro mágico.
—¿Me estás diciendo que el libro te lee los
pensamientos? —cuestiona, con una risa
sarcástica.
—Bueno, no exactamente. Más bien tu
subconsciente. Eso que ya sabés, pero que
no sabés que lo sabés… Algo que tenés
dentro, pero no te animabas a ver. Este libro
lo saca a la luz, sin anestesia.
No cree absolutamente nada de lo que sale
de mi boca y que para ella, son puras falacias.
—Mirá, te muestro.
Entro a buscar el libro.
—¿Confesiones de tu alma?
—Cerrá los ojos.
—Pero por qué…
—Haceme caso, cerralos. Bien, ahora abrí
el libro en una página cualquiera. No espíes.
Tras seguir mis instrucciones, abre los ojos
y lee en voz alta, incrédula al principio…:
—“La vida pasa
y tú te quedas
eternamente
en mi memoria.”
…Atónita después.
Me mira, desconcertada.
—Intentalo de vuelta.
Repite los pasos.
—“Sos las palabras que se animaron a salir
a la tormenta, y gritar que estaban secas.”
Cierra el libro bruscamente y se cubre la
boca. Su mirada comienza a llover.

50

Otro recuerdo azota mi retina.


Afuera hacía frío, y un fuerte viento
intentaba colarse por cualquier rendija
disponible.
El cielo no se mostraba gris pero tampoco
se había vestido de celeste. Sospechaba que
se encontraba tan indeciso, que se había
tragado la paleta entera de colores. Pálido
y desganado, parecía haber sido diseñado
especialmente por un acuarelista, que en
alguna mezcla de prueba descubrió que le
gustaba el sepia.
Ramiro había salido, y qué bueno que lo
había hecho. Ignoraba a dónde, tampoco me
interesaba. Últimamente su apatía me
desarticulaba, no sabía cómo manejarla. Me
faltaban herramientas para poder tratar con
ese desconocido, porque eso es lo que se
había vuelto para mí en esas últimas
semanas.
Su meditada y precisa rutina consistía en
levantarse cada día a las seis de la mañana
para seis y cuarenta y cinco, exactamente,
estar encendiendo el auto. Volvía recién a las
nueve de la noche, habiendo estado quién
sabe dónde y negociando quién sabe con
quién, para dedicar quince minutos, por reloj,
a su cena; diez a una ducha, darme un beso
instantáneo y muerto de buenas noches, y
para las diez ya estar inmerso en sus sueños.
Si es que la capacidad para producirlos no se
había extinguido.
Divisé su guitarra al otro lado del living,
acechándome con su presencia, consciente
de su aspecto intimidante debido al espesor
del ambiente. Recordaba con exactitud la
última vez que sus cuerdas habían vibrado,
a la par de nuestros corazones. Sonaba
Yesterday, de los Beatles. La habíamos
practicado por semanas, hasta que al fin
logramos una buena sinfonía. Ramiro no era
muy bueno en inglés, pero siempre puso su
mayor esmero. Esta vez, lo único que
intentaba era abrazarme, pues pareciera
hacérsele imposible. Desde hacía un tiempo
convivía con una máquina cuyo único objetivo
era llenar su billetera, aunque esta ni siquiera
tuviera hambre.
Ahora todo era sonrisas de cartón y
canciones de juguete. Y yo… yo ya no sabía
quién era. No sabía quién ser, con esa versión
de él. Esa misteriosa y agria versión de mi
media naranja. Sería coherente esperar que
con ella, se pudriera la fruta en su totalidad.
De repente escuché el motor de nuestro
Chevrolet Prisma. Eran recién las 5:30.
—¿Rami? ¿Ya volviste?
Entró apresurado, repicando en la madera
sus zapatos de charol, y eludiéndome por
completo al principio.
Se detuvo abruptamente.
—¡Ah! Hola, amor —respondió, con un tono
agitado y cejas fuera de lugar, como si lo
hubiera descubierto in fraganti—. ¿No tendrías
que estar en el laboratorio a esta hora?
—Ramiro, son cinco y media de la tarde,
los martes salgo a las tres, ya lo sabés…
—Sí, sí … claro que sí —se acomodó
los lentes—, ando un poco distraído. Solo
vine a buscar algo que olvidé.
—Sí, ya veo. Para tu cliente misterioso —
reproché, haciendo un gesto con las manos
como si estuviera haciendo magia.
Él rió nerviosamente.
—Me tengo que ir. Nos vemos nueve…
—En punto, sí. No esperaría menos.

51

El trayecto se está haciendo eterno. La


ansiedad, el calor, la interbalnearia repleta por
ser sábado; el sábado previo a Año Nuevo.
Se abre un fin de semana largo; las cuatro
palabras más lindas para un uruguayo.
Mi estadía en la capital será tan solo de
un par de horas; las mínimas necesarias
para presenciar la conferencia de Cecilia, y
escapar del desorden tan pronto sea posible
para volver a la tranquilidad de mi hogar, y a
cuidar a mi amiga.
La verdad es que superada la emoción
inicial de acudir a esta presentación, me
replanteé varias veces si ir o no. Cada minuto
que estoy lejos de Katia, la culpa me carcome.
Pero Amelia me incentivó a hacer el viaje;
aseguró que ella se encargaría de su hija, que
estaría en buenas manos.
Además, siento que esta oportunidad está
diseñada especialmente para mí, al margen
de otras cientos de personas que acudirán.
Tengo el presentimiento de que algo de vital
importancia para todos se revelará si asisto.
Vehículos enojados, personas malhu-
moradas, a esta altura hechas de humo y no
de agua. Las que se dirigen a la urbe igual
que yo, por supuesto. Quienes van en
dirección opuesta desinflan lentamente la
nube que los atormenta, deshinchándose
para ingresar en modo vacaciones.
Esta es la época más extraña del año,
los contrastes se exacerban. Hay gente
extremadamente feliz o extremadamente
estresada. No hay término medio. La locura
de los últimos días del año siembra expecta-
tivas, o asfixia ideas, si alguno no ha cumplido
su meta propuesta para el año que cierra.
El concreto se insinúa a lo lejos y aprieta
mis pulmones cada kilómetro que se acerca.
Hay una razón detrás de la cual Ramiro y yo
decidimos evadir la psicosis irrisoria de la
ciudad más grande del país, pero hay que
admitir que aun mantiene sus privilegios, y
estar a doscientos kilómetros de distancia
permite poder acceder a ellos cuando quiera.
Arribo a la sala en donde toma lugar la
presentación, y antes de entrar me acicalo en
el baño, pues el calor ha transfigurado el
maquillaje que me puse antes de salir,
ignorando el hecho de que estoy llegando
tarde, para variar.
Cuando finalmente ingreso al salón me
siento agradecida por la presencia de aire
fresco, y me ubico en el único asiento vacío
que veo, en el fondo, ya que evidentemente
el resto está lleno.
La charla ya comenzó, yo intento ponerme
a rueda. Allí está ella, silbando palabras al
aire como si no le costara. Fluyen con una
gracia desorbitante. Siempre me pareció
asombrosa la facilidad con que ciertas
personas ven en el lenguaje una oportunidad,
y exprimen de él todas sus propiedades.
Mientras otros luchamos por encontrar las
palabras exactas, pues parecen nunca existir.
Pero luego están las personas como
Cecilia, que lo hacen parecer tan sencillo.
Una ilusión macabra para los simples
mortales como yo.
Nunca tuve una veta artística muy
marcada, a decir verdad, y es una cualidad
que me gustaría poseer en otra vida, si es que
tal cosa existe. Mi mayor acercamiento al arte
era con Ramiro, también un aficionado, pero
entre los dos lográbamos encontrar en
nuestra música amateur un refugio que no
hallábamos en otro lado. Cuando él se fue
dejé que la guitarra se desafinara sola en su
rincón, entre los libros que ya no leía, y
pereciera entre mi desequilibrio. Nunca me lo
había cuestionado, hasta ahora.
Cecilia se muestra como una mujer
confiada, segura, quien parece no haber
visto nunca al fracaso a los ojos. O eso, al
menos, es lo que transmite.
Su melena dorada por los hombros refleja
las luces blancas de la sala, y en sus ojos…
en sus ojos se extiende la tierra, fuente de su
conocimiento. Tierra mojada de batallas, y de
vida. El éxito camuflado detrás de ojos café,
para no llamar la atención entre el montón, y
en un acto de sorpresa quebrar las barreras.
Refinada y cálida a la vez, su edad roza
los cuarenta años, y su presencia atraviesa
cada ser de esta gigantesca sala.
Su nuevo libro trata también sobre la vida y
los deseos ocultos, aunque su título intenta
ser más modesto que el anterior: Algo para
decir. Aun así, a ese “algo” lo esperaré con
un chaleco antibalas esta vez. No me
encontrará desprevenida nunca más. Porque
desde que comencé a leerla he aprendido,
que en su modestia radica la destrucción.
También platica de cómo llegó a donde
llegó, y la serie de eventos que sucedieron
para que eso ocurriera. En su voz no solo
denota sabiduría, sino resistencia. Resis-
tencia a lo establecido, a los prejuicios, a los
golpes de la vida. Esos vinieron en todo color
y tamaño, y los estudió minuciosamente a
cada uno, para doblegarlos. Narra sobre su
severa infancia en el colegio, y cómo de esa
experiencia reunió fuerzas para convertirla en
algo que valiera la pena contar. Algo por lo
que valiera la pena vivir.
Fueron dos horas de monólogo, con la
participación intermitente de la audiencia.
Pero ese período de tiempo no se
percibió como tal. La verdad es que yo,
personalmente, me quedé con ganas de más.
Al final de la charla intento acercarme
para darle las gracias, por ser uno de los
factores por los cuales he vuelto a respirar. Lo
hago sin ninguna esperanza, claro. Pero
como no tengo nada que perder, comienzo a
caminar en dirección a ella.

52

Compartir el mismo perímetro ya es


movilizador, pero estar tan solo a unos
metros, hace que mi corazón quiera despren-
derse de mi pecho, tirarse al piso y gritar de
emoción. Es como si la magia fuera inver-
samente proporcional a la distancia. Intento
calmarme diciéndome que es una persona
más, que no hay por qué estar nerviosa.
Pero no logro convencerme de mis mentiras.
Ella no. No es como otras celebridades o
intelectuales, hay un abismo que la separa
del resto y aunque no sé qué es, sí lo percibo.
Lo hará cualquiera que haya leído sus libros,
dedicados a encender almas perdidas.
Un hombre intercepta mi paso, impidiendo
que llegue a ella. Estoy a dos metros.
—Me gustaría hablar con Cecilia, sólo cinco
minutos —me justifico—. Está bien, Marcos.
Mi juicio está a punto de desplomarse. Es
como si este fuera un globo, y su voz un alfiler.
Así lo siento.
Me recibe con un abrazo.
—Hola, un gusto. —Su acento es
indudablemente uruguayo, aunque con un
dejo español, pues por lo que tengo
entendido, vivió un tiempo en España.
—El gusto es mío, un placer conocerte al fin.
Sonríe, y responde: —¿Cómo que “al fin”?
—Bueno, por eso precisamente quería
hablar contigo. —Las manos me sudan. Las
entrelazo para disimularlo—. Tu libro es
realmente inspirador. Cada texto es una
fuerte bofetada, para ayudar a reaccionar. No
sé cómo lo hacés.
—Una vez leí por ahí “Miremos a los ojos,
antes de que nos ciegue la razón”. No todo
está hecho para ser entendido. Si te sirve de
consuelo, yo tampoco lo entiendo. Simple-
mente… lo hago. Algunas cosas tan solo son.
—Sí, pero así como son, también ayudan a
ser a otras. Me ayudó a levantarme cuando
más me pesaban los pies. El libro y…
bueno, no importa.
—No, no. Me da curiosidad, contame.
—Es demasiado disparatado, va a sonar a
locura.
—No importa cómo suene, ese es el punto.
No lo pienses demasiado.
—Es una señora mayor, se llama Roma.
Llegó de la nada y ahora, mi vida vuelve a
tener sentido. Ella fue quien me recomendó tu
libro, de hecho.
No responde enseguida. En cambio se
limita a asentir con una sonrisa cómplice,
como si supiera de quién estoy hablando.
Tras unos cuantos segundos que se
sienten eternos, finalmente articula para sí:
—Así que a veces llega en forma de
anciana. —Ríe. Parece estar recordando, por
la forma en que su mirada mutó de un instante
a otro. Pero me quedaré con la duda.
Dirige sus ojos a mí. Todo el café del
mundo se reúne para colorear su mirada.
Toda la energía existente se encuentra allí,
efervescente. —No me dijiste tu nombre.
—Lina. Lina Lost.
—Wow, a eso le llamo potencia. —Son-
ríe—. Me encantan los apellidos con
significado, como el mío. Son como un
enigma aguardando a que le quiten el velo.
—Bueno, el mío es raro, pero no tiene
mucho misterio. Es triste, de hecho.
—No tiene por qué ser triste, depende de
cómo lo quieras ver. Si estás perdida, es
porque ya te encontraste alguna vez.

53

Mi corta travesía significó mucho, pero de


vuelta en la vida real, debo encargarme de mi
amiga, aunque sea desgastante no saber. No
saber si despertará mañana, o si no lo hará
jamás.
Esta vez no horneé galletitas, ya sé cómo
termina eso. Mi apetito sigue sin incluirlas en
la lista de antojos, y Katia, bueno, ni siquiera
está enterada de la hora diaria que dedico a
prepararlas antes de ir cada mañana.
La noche desprendió un fuerte aguacero, y
se trasluce en las calles espejadas. Pero el
amanecer trajo consigo el sosiego. Y la tinta
de las flores recuperó su fuerza tras la
tormenta. Están más vivas que nunca.
Me bajo del auto y cierro los ojos por un
momento. Inhalo los residuos de la
tempestad. Cuando los abro diviso un arcoíris
coronando el cosmos, para apaciguar las
nubes, rezagadas, que no entienden su rol en
el flamante cielo.
De camino a su habitación me detengo en
la enfermería para saludar a María y a las
demás.
—Me imagino que no hay novedades
—asienten, compasivas, y María acaricia mi
hombro en señal de consuelo.
Aparezco cerca de las nueve, y Amelia me
está esperando para cambiar de turno.
—¿Pudiste dormir? —pregunto.
—Sí, por suerte sí. Como no lo había hecho
en días.
Me deja feliz oír eso, y le regalo una mueca
de alegría para demostrarlo. Ella me la de-
vuelve. Se nota en su rostro que lentamente
comienza a decantar tanto agotamiento.
—Contame —agrega, intrigada—, ¿Cómo
estuvo la presentación?
—Espectacular, ojalá hubieras ido. Incluso
pude charlar con Cecilia. Se espabiló de
repente.
—¿En serio? ¡Lina, me alegro mucho!
¿Cómo es?
—Dinamita y serenidad al mismo tiempo,
tal como el libro anticipa.
—Qué sorpresa —ambas reímos.
Mientras recoge sus cosas, me acomodo
en el sillón junto a la camilla, lista para otra
eterna jornada, que se repite como un bucle
cada día.
En el mismo instante en que Amelia se está
despidiendo en el filo de la puerta, lo veo. Juro
que lo veo.
Sobre la sábana acromática, me parece
percibir un sutil movimiento.
—¡Katia movió la mano!
—¿Qué? ¡¿Estás segura?! —Amelia se
desliga de sus pertenencias y corre hacia la
camilla.
—Sí, no estoy loca. No cuando se trata de
Katia. —Salgo disparada por la puerta, a
buscar una enfermera. María está cerca y
asiste mis súplicas.
Mi corazón bombea con ligereza otra vez.
María chequea los signos vitales.
—Lo siento, Lina, pero debe haber sido un
reflejo. Es muy común en pacientes como
Katia. Sus signos permanecen estables, pero
no muestra mejorías.
—¿Pero eso acaso no es buena señal? ¡Es
lo único diferente que ocurre en meses!
—No necesariamente. Como te digo, es
bastante común que ocurra en este punto
del…
—¡Ahí está otra vez! ¿No lo ven? —ex-
clamo, al ver que movió casi de forma
imperceptible la misma mano. O creí que así
fue. Su mirada de pena me destruye, la suya
y la de Amelia, a quien le devolví el corazón
con esperanza, para volver a arrancarlo—.
¡No estoy loca! ¿No hay otra forma de
corroborar que de verdad no significa nada?
—No está loca —susurra una voz ronca.
La habitación queda sumida en una honda
parálisis. Nadie se mueve, nadie respira.
Las tres nos preguntamos si oímos bien.
Sé que yo lo hice. Hasta que somos testigos
de cómo abre los ojos.
Katia abrió los ojos.

54

Esto asemeja a un sueño. Uno bueno, de


esos que te devuelven el gusto, pero uno que
no termina de definirse si es dulce o amargo.
Claro que la felicidad me desborda. Lo que
tanto esperé por meses finalmente está
sucediendo. Una buena noticia se hace
lugar entre el desorden, para brindar un
matiz de esperanza.
Eso es, justamente, lo que me hace dudar
de sus intenciones.
La desilusión permanente se hizo
costumbre. Los pequeños indicios que
consideraba positivos aprovechaban la
oportunidad para elevarme hasta las nubes,
y luego soltarme en una caída libre.
Me pregunto si esa persona que recién
despierta es la misma de hace cinco meses,
o si quedan retazos de ella siquiera. Son
innumerables las historias de personas que
se despiertan de un coma -las que sí tienen la
fortuna o la desdicha de hacerlo- solo para ser
hostigados por el mundo nuevamente, y
empezar de cero. Arrastrándose, rogando
piedad.
Me pregunto si me estoy atiborrando con
preguntas. Quizá sí. Quiero creer que sí. Si
Roma me escuchara, desarmaría este
sinsentido y lo volcaría en un poema. A veces
de verdad siento que me escucha.
Por un par de horas no he podido cruzar
palabras con mi amiga, ya que evidentemente
su estado no se lo permite, y está sobre-
pasando una serie de estudios para verificar
que todo esté en orden. Para esto nos
pidieron a su mamá y a mí que nos fuéramos
de la habitación, para poder realizar el
protocolo médico.
Cuando al fin es posible regresar a la
habitación, noto que a su cara le ha vuelto el
color. Ese color tostado tan hermoso que
combina con sus ojos de miel, y que tanto
extrañé.
Me sonríe apenas me ve.
En el infinito repertorio de palabras
existentes no parece existir ninguna que se
adapte al momento. A lo mejor Cecilia
encontraría unas cuantas, seguro lo haría.
Pero nosotras no cargamos con ese poder.
Es así que nos restringimos a sostener la
mirada, esa que me hacía tanta falta y que
la vida me ha devuelto. Recuerdo la cita
de la escritora: “Miremos a los ojos, antes de
que nos ciegue la razón”. Sonrío.
Es la primera vez en mucho tiempo, incluso
antes del incendio, en que realmente percibo
esta conexión con ella, y que confirma la frase
“los ojos son las ventanas del alma”.
Definitivamente lo son, y la de ella se está
despertando de una larga y profunda siesta,
renovada y lista para el segundo capítulo de
su vida.
—¿Dónde está mamá? Vi que también
está acá —dice con dificultad. —Sí, vino
hace unos días y ha estado pendiente las
veinticuatro horas. Ahora está en la cafetería,
fue por café —hago una pausa y prosigo,
curiosa —¿Dónde estuviste?
—No lo creerías. —Se acomoda con
cuidado para incorporarse un poco.
—Si supieras todo lo que creo en estos
días. —Se me escapa una risa confiada.
—El cielo era verde, creo que fue lo que me
mantuvo calmada, porque me recordaba a tus
ojos, y alimentaba la esperanza de volver a
verlos.
Me descoloca su comentario, no puedo
negarlo. Pero que a otra persona el verde le
sirva de consuelo y no de tormento, me hace
dudar de mis propias convicciones. Quizá
ahora me gusten más mis ojos.
Amelia aparece en la puerta con un café
latte en la mano. Intercambia una mirada
aguda con su renovada hija, que intenta
soldar las bases de una nueva era. Las
palabras tampoco alcanzan, o simplemente
no existen. Existe el silencio, un silencio
distinto al de los últimos días, y entre sus
fibras se teje el amor y el perdón.
Mi suegra toma sus manos, y las apretuja
con ternura. Lloran a través de las ventanas
del alma. No hace falta nada más.
Aprovecho el momento para subir las
persianas y dejar que las luces de la ciudad
nos arropen. Abro la ventana. Una hebra de
paz se desliza por ella, acompañada de una
brisa calma, y nos envuelve en un abrazo.
Los cables se desenredan, las sábanas
renuncian a su palidez, como si con su dueña
se encendieran, y la habitación ya no huele a
desinfectante, sino a otra esencia.
Hecho un vistazo a la hora: 23:40.
—Creo que ya sé qué es lo que hace falta
para terminar el año.
Le dirijo una mirada cómplice a Amelia,
quien asiente sin dudarlo, con una mueca de
aceptación. Katia aguarda con anhelo.
De mi cartera saco el libro. El libro. Luego
me siento de un lado de la camilla, y mi
suegra del otro.
—Cerrá los ojos —le pido a mi amiga.
Entusiasmada, me sigue la corriente.
—Elegí una página cualquiera, sin mirar.
Me entrega el libro en la página setenta y
cuatro. La leo en voz alta:

LOS COMIENZOS
Una lapicera gritando sus últimas gotas
de tinta.
Una hoja en blanco que se asoma por
la esquina.
Y detrás, esa tinta y lo que fue, baila en
forma de historias escritas, en tu piel, en la
mía, en los ojos de hasta el alma más perdida.
Que el cielo estalle de alegría, y que
cada estrella se encuentre reflejada, en los
sueños que destila tu mirada.
Que el mundo explote en mil pedazos, y se
funda en tu piel tostada. Para darle un poco
de brillo, un poco de caos, a esa tela gastada.
Y que tus ojos, en el intento por descubrir
el mañana, se encuentren cantando entre
atardeceres, brindando por el despertar de
otro reloj.
Que despierte el alma, y se convierta
en mar.
Y al ritmo de las olas, encuentre en la
marea, la magia de un nuevo cielo.

55

La tensión se palpa en cada partícula.


Desde mi posición en el volante noto las
fluctuaciones del asiento de al lado,
provocadas por los nervios de Amelia.
El trayecto nos encuentra en silencio,
ninguna tiene nada que aportar, a decir
verdad. Las dos sabemos el riesgo que
corremos. Todo se resume a un poco de
suerte. O quizá, al destino.
Ahora con Katia de vuelta en su cuerpo,
convencí a su mamá de que quizá era buena
idea visitar a su viejo amor, con la esperanza
de influir positivamente en la recuperación de
su hija, si se encuentran unidos.
El ocaso se asoma en el horizonte de
un cielo que se intensifica a cada minuto, y
la luna comienza a insinuarse en el lienzo
abovedado. La luna… hacía mucho no le
prestaba atención. Mi eterna compañera, mi
consejera sigilosa, mi ojo protector. Hoy, un
ojo en forma de hilo de luz, que a su vez se
curva como una sonrisa. Sí, un ojo que sonríe.
Llegamos al recinto. El firmamento se
estabiliza en naranjas, y el hilo plateado
resalta un poco más.
Estaciono el Chevrolet gris a unos cuantos
metros de la entrada. Amelia, sin despegar
sus ojos del suelo del auto, rompe el silencio:
—No puedo hacerlo.
—Sí podés, ya hablamos de esto.
—Pensar que fue un error de papeleo. Me
pregunto qué giro habrían tomado nuestras
vidas si hace diez años les hubieran dado a
mis hijos la información correcta; que su
padre estaba vivo.
—Eso no lo sabremos nunca. No vale la
pena siquiera cuestionárselo. Lo que es, es.
Hoy llegaste hasta acá, y yo voy a estar
contigo. Te prometo que si no es un buen
momento, nos vamos sin dudarlo.
—Gracias —dice, y aprieta mi mano.
Al ingresar nos encontramos con la misma
persona de siempre; mirada larga, desani-
mada, quien pregunta nuestros nombres.
—Ya nos conocemos, vine varias veces…
Lina Lost. Ella es Amelia Disparu.
Se le escapa una mueca de burla que
desfigura por un instante, sus labios pintados
con descuido.
—¿Disparu? ¿Qué clase de apellido es
ese? —Masca chicle de una forma teatral.
Estoy comenzando a perder la paciencia.
—Es francés. ¿Nos das los pases, por
favor? Venimos a ver a Daniel Altergo.
—Uh, suerte con eso… está en el jardín
—agrega la señora, en tono de burla.
—Yo me voy —declara Amelia.
—No, te quedás acá. —Tomo su brazo
mientras le dedico una mirada penetrante a la
funcionaria, y arranco del mostrador los pases
de visitante.
—Siempre lo mismo —reprocho, ya lejos
del acceso.
Un grito desgarra el aroma artificial a hogar.
Para llegar al fondo del nosocomio
debemos atravesar un pasillo que reciente-
mente ha sido disfrazado con fotografías,
enmarcadas como una especie de trofeo.
Rebosan de orgullo de una felicidad fingida,
por el blanco helado y estremecedor de esas
sonrisas macabras.
—No puedo creer que estuviste internada
acá.
—Sí, yo también me cuestiono cómo
aguanté tantos meses, aunque muchos no
tienen tanta suerte y se pasan años. Supongo
que me mantenía viva la posibilidad de que
saldría eventualmente. Y la compañía de
Dani, por supuesto. Eso fue clave.
—Se hicieron buenos amigos, ¿eh? —pre-
gunta, con una voz insegura pero alegre.
—Sí, y luego vengo a enterarme que
somos familia… las vueltas de la vida.
Al final del pasillo atravesamos la puerta de
hierro que nos separa del exterior. Comida
por el óxido, chilla un ruido espantoso al
abrirla, pero al cabo de unos segundos ya no
constituye una barrera entre nosotras y el
momento tan ansiado.
A unos metros, bajo un fresno centenario,
un hombre desgastado por la vida forcejea
para zafar de dos enfermeros que intentan
llevárselo. Es él.
Amelia se cubre la boca, y se ancla a
mi brazo. Me es imposible imaginar lo duro
que debe ser para ella verlo así, después de
tantos años.
—Nada ha cambiado —comenta, ganada
por la desilusión.
Pero él, aun acorazado por venas de odio
de su otro yo, la escuchó. Deja de resistirse,
y comienza a recuperar su color. La armadura
se desgrana y diluye en la noche.
Dirige su mirada hacia nosotras. Su
mirada de mar, y de tormenta también.
La mirada oceánica de Ramiro. Me
desarma por completo. Un río se retuerce en
mi garganta, suplicando que lo deje salir. Pero
no es momento, no es mi momento. Deberé
sostenerlo para después.
—¿Amelia? Sí, es él.
56

Me cuesta muchísimo pronunciar las


palabras. Las que he pensado y repensado
durante este tiempo, carcomiéndome por
dentro, deseando que llegara este momento.
El momento de la verdad.
Lo cierto es que hacerlo apenas Katia
despertó hubiera sido muy inoportuno. Esto
obviando el hecho de que tantas semanas de
sueño no le devolvieron de inmediato sus
vivencias recientes, como era de esperar,
según los médicos. Así que decidí
aguardar a que se estabilizara y comenzara
a recordar, para afrontar eso que consume
mi consciencia. Además, ella también tiene
cuestiones que procesar, que cayeron como
un balde de agua helada para darle la
bienvenida; el reencuentro con su madre y la
existencia de su padre.
Pero ahora estamos solas. La mañana me
cedió su canto para que hable, pues ningún
pájaro se escucha. Pero la espera parece
haberme arrancado las cuerdas vocales,
imposibilitándome a hacer frente a la verdad.
—Kati…
Me observa, serena. Con parsimonia
vuelve a su cuerpo.
Deduzco que discierne enseguida a dónde
me dirijo. También esperaba esta instancia
hacía mucho, y junta energías para su
confesión.
—Sí, lo sé. Es hora.
Respira hondo, inhala confianza, y sigue:
—Lo que encontré en el laboratorio era
un documento. Uno que posiblemente
sea la clave que te falta para terminar el
rompecabezas.
Abro mi cartera y saco el trozo de papel que
supongo, es parte de la historia. Se lo entrego.
—¿Dónde lo conseguiste?
—Fui al laboratorio.
—¡Lina! ¿En qué estabas pensando? ¡Si te
descubrían…
—Pero no lo hicieron. Tranquila, aprendí a
cuidarme sola en el tiempo que no estuviste.
—Entonces supongo que ya sabés qué vi.
—Necesito que lo confirmes.
—Era un contrato de Fix me, donde se
explicitaba el equipo de personas que llevó a
cabo el proyecto.
— ¿Y?
—Bueno, entre ellas estaba… —hace una
pausa para poder convencerse de lo que
saldrá de su boca— mi hermano.
Distingo cómo cada arteria de mi cuerpo
detiene su flujo, para poder procesar también
lo que acaba de escuchar. Claro que lo sé, en
el fondo, en lo más profundo de mi ser. Lo sé.
Tiene un tétrico sentido. Pero había decidido
no verlo, como si eso me privara del dolor.
En mi interior se hace audible cómo la
carcasa que había construido se quiebra en
fragmentos indivisibles. La coraza que no
sabía que había creado, pero que ahora rota,
deja ver más allá.
—¿Ramiro… Altergo? —logro pronunciar,
arrastrando las palabras.
—Sí… usó nuestro antiguo apellido para que
no sospecharas, supongo, en caso de que lo
vieras en las noticias, o en los diarios. Claro
que tuvo la suerte o el plan de que su nombre
nunca se relacionara con el producto, porque
de haber salido a la luz, yo me hubiera dado
cuenta. Y él lo sabía. No sé cómo logró zafar.
—Necesito tomar aire fresco.
—¡Lina…
Salgo exasperada, en busca de algo que
calme mi ansiedad. Pero ni todo el oxígeno
del mundo podría contrarrestar la falta de vida
que siento ahora.
Claro que fue Ramiro. Había sido él
todo el tiempo. Los clientes misteriosos, las
mentiras, la precisión milimétrica. El aroma a
traición. De sus principios, de su ser, de su
relación conmigo. Al final se reducía a ese
maldito reloj. Mi esposo se encargó del diseño
de, literalmente, la miseria de quienes pecan
por no estar lo suficientemente despiertos.
El pecho me punza, avisando que en
cualquier momento se desgarrará para dejar
salir la rabia. La vida sangra, el calor asfixia.
¿De verdad hace tanto calor?
La cordura arde, el desdén rasga. El reloj.
Debo encontrar ese reloj.

57

Mi juicio no es el mejor para conducir, des-


de luego. Pero tampoco para darse cuenta de
que no está capacitado para conducir.
Entonces solo lo hace.
Semáforos en rojo, carteles de PARE.
Reclamos de fastidio. Nada importa.
Llego a casa y estaciono el auto en el
medio de la calle. ¿Balizas? Claro que no.
Revoluciono cada mueble, cada maceta,
cada adorno inútil.
Nada.
De la desesperación me jalo el cabello tan
fuerte, que juraría que arranqué la prudencia.
Me rindo en el suelo. Abrazo mis piernas.
Dejo los surcos de mis uñas en ellas.
La guitarra.
Tiene que estar en la guitarra. Es el
único objeto que no he desmembrado.
Entonces solo lo hago.
Extirpo sus cuerdas, todas a la vez.
Destrozo la tapa con las llaves del auto. Y
en el fondo, cobarde, incapaz de aceptar
la derrota, yace el arma homicida. El
destructor de parejas. El destructor de
vidas. El desatador de locura.
Fix me.
No habla porque el auto ya había cesado
su alarido, y su fracaso se refleja en la
pantalla quebrada, en su pintura seca
carmesí. Pero no había visto que junto a él se
halla la otra prueba del crimen. Una cédula,
con vencimiento en 2020, a nombre de
Ramiro Altergo. También, salpicada de rojo.
Después de un año, los recuerdos
comienzan a llover torrencialmente, calando
hondo en mi memoria. Ahora lo veo.
Lo veo fuerte y claro.
58

10 de diciembre de 2017
— ¡No puedo creerlo!
—Bueno, tampoco es para tanto.
—¡Ramiro! ¡¿Sos consciente de lo que
estás haciendo?! ¡¿Sos mínimamente
consciente?! —Su impunidad me daba asco.
En su portafolio guardaba una cantidad
desorbitante de objetos aleatorios, simple-
mente para justificar su carga. Se había
vuelto adicto a ese bendito maletín con aires
de grandeza.
—Sí, ¡estoy trayendo comida a la casa! Y el
viaje a Perú que vamos a hacer no se va a
pagar por su cuenta.
—¡¿Me estás tomando el pelo?! ¿Retro-
cediste en el tiempo cincuenta años? ¡Hola!
¡Siglo XXI! ¿Cómo pensás que cubríamos
nuestros gastos cuando a vos no te surgían
proyectos? ¡¿Cómo?! ¡Era lo único que
faltaba! ¡Que te volvieras un codicioso
arrogante! Y del viaje olvidate, no va a haber
ningún viaje. Mucho menos con dinero
manchado.
Sus zapatos presumían su dureza
impactando en el suelo.
Salió puerta afuera, golpeándola con una
fuerza descomunal. Lo seguí.
—¡Ah no! ¡No te vas a librar tan fácil!
—grité, mientras lo perseguía
entre las tinieblas.
Un tintero se había volcado en el cielo,
impregnándolo de su color oscuro. Una noche
sin luna que aplastaba con su pigmentación
saturada, su tacto macizo, su desgarradora
premonición.
— ¿A dónde creés que vas? —agregué,
ya al descubierto, en el escenario urbano.
—Tengo que cerrar un trato.
—¡¿Qué clase de trato?! —le gritaba a su
nuca, pues iba unos cuantos metros más
adelante, con paso apresurado.
—¡No preguntes si no querés saber la
respuesta!
Clavé mis pies en el pavimento. Nunca
había experimentado esa rabia antes.
—¡Tiene que ser una broma!
—¿Qué más querés que te diga? ¡Ya
sabés lo que hago! ¡Me descubriste! Ahora,
¡Dejame en paz!
—¡¿Qué te deje en paz?! ¡¿QUE TE DEJE
EN PAZ?! —Estaba fuera de mí—. No sé
quién sos, pero no sos con quien prometí que
pasaría el resto de mi vida. Sos responsable
de esta ola de gente infeliz, y no te mueve un
pelo. ¡Sos una máquina, Ramiro! ¡¿Qué sos,
exactamente?!
Su ignorancia era derrochadora. Avanzaba
a un ritmo inalcanzable. Cruzamos la calle. La
noche se hacía aun más oscura, y las
estrellas escaseaban. No por polución
lumínica, porque las luces de la ciudad
también habían decidido esconderse, para no
ser testigos de la catástrofe.
Comencé a llorar. De angustia, desespera-
ción, tormento. Sentía que el aire no llegaba
a mis pulmones. En su lugar había cenizas.
El cielo me acompañaba en el sentimiento,
y también comenzó a llorar. El ardor de su piel
en llaga viva se palpaba en cada gota. No era
agua, era fuego.
Y él seguía inalterable, con su portafolio.
Ruidos de vehículos se interponían en
mis palabras. Palabras sin sentido, palabras
aleatorias. Palabras vacías. Pero palabras
en fin. No dejaría que gritara el silencio, eso
era lo que él quería.
Fue así que emití mi juicio final, con la
última gota de aliento, y al borde de
desmoronarme por completo:
—¡Si no sos capaz de darte cuenta de que
sos un asesino, no puedo ayudarte!
Se detuvo a mitad de la calle.
A mitad de la vida.
Se detuvo.
Un auto blanco interpeló su maletín.
Un auto blanco y rojo. Obstaculizó la pelea.
Ya no había más pelea.
Solo había silencio. Finalmente reinó el
silencio.
Sus latidos sucumbían en el río escarlata.
Se habían quedado con la última palabra.
La Tierra desconsolada, garganta des-
garrada, pautaba su fin.
Mi fin.
Ni siquiera la lluvia estaba de mi lado.
Huía a gran velocidad, llevándose el
delito en sus partículas, arrastrando la
injusticia, desvaneciéndola.
Las únicas pruebas serían su cuerpo
irreconocible, su piel rojiza, su impresión
vitalicia en el asfalto.
Un círculo dorado rodaba en el perímetro
de la escena. Un anillo dorado y rojo. En una
noria rodaba, rodaba y no paraba.
Su portafolio se había abierto, exponiendo
su culpabilidad, y sus gafas de sabelotodo.
El arma homicida se desprendía de él,
aceptando la derrota. El aparato que como a
muchos, me había arrancado la vida.
Era el reloj.
Se había detenido.

59

Los días que siguieron a mi descubrimiento


estuvieron sumidos en una nube de agobio.
Era como si cualquier evolución que pudiera
haber tenido en los últimos meses se arrugara
y se tirara a la basura.
Me falta el aire, y no sé cómo manejar la
información. La información que por tiempo
me faltó para poder respirar, y ahora que la
tengo, decidí que respirar es demasiado
doloroso. Aun más que no hacerlo.
Utilicé el dolor para justificar mi inasis-
tencia en el hospital. Mi inasistencia de la
vida. Porque no sé dónde estuve estos
días. Debo descubrir qué lugar ocuparán
estos datos en mi historia.
La rabia me consume lentamente, pero una
cosa tengo clara: luego de recuperarme de
esta locura, porque lo haré, cueste lo que
cueste, nunca volveré a permitirme tal
dependencia de otro ser humano. Eso es lo
que casi me succiona por completo. Roma
dice que no existen los “nunca”, aunque este
es un buen momento para que comiencen a
hacerlo. Y ahora que por fin me encuentro,
aunque en medio de la cólera, no volveré a
soltarme jamás.
Katia todavía necesita mi ayuda. Su
recuperación apenas comienza y yo no puedo
darme el lujo de desvanecerme, otra vez.
Pero antes de ir, debo hacer una parada.
Dani ha vuelto a su hogar. Por fin fue
liberado de las garras de Clutter. Al menos el
2019 trajo dicha para algunas personas, y mi
nivel de egoísmo no es tan alto. Me alegro
muchísimo por él.
Su casa es en los suburbios, alejado del
alboroto. Un cambio radical, luego de estar
dos años en aquel lugar del horror. Pero un
cambio en fin, y se espera lo mejor.
Cuando llego, él se encuentra en el porche
tomando mate. No puedo creer la paz que
denota. Es otra persona. El Dani que
conozco, pero exacerbado en tranquilidad.
Bueno, que resulta no conocía tanto, pues el
estatus de relación cambió de un instante a
otro, de amistad a familia. Y yo estoy en el
proceso de incorporarlo.
Apenas me ve, saluda con alegría, y me da
un fuerte abrazo. De esos que reinician, que
curan. Nos envuelven en canciones, en paz.
Sacan viejas estrellas y planetas de nosotros,
que creímos nunca volver a ver.
—Servite pan, está caliente —dice, cuando
nos despegamos.
—Gracias.
—Supongo que ya lo sabés.
—Sí. ¡No puedo creer que no me lo dijeras!
—Quería hacerlo, no te imaginás cuánto.
Pero era mi deber respetar tu proceso, no se
pueden forzar las circunstancias. Yo lo
aprendí por las malas, pero vos todavía tenías
esperanzas.
—No entiendo, ¿Cómo que por las malas?
Se instala en un tronco que hace de banco
e instantáneamente, ceba un mate. Yo me
siento a su lado en una silla plegable, y obser-
vo cómo el bosque de enfrente bulle de gozo.
Una brisa vigorizante hace bailar sus hojas.
—El tiempo se apodera de la mente de las
personas de una forma inigualable. Se arraiga
de su prudencia, la incinera sin ser visto.
Yo lo miro, concentrada. Él toma un sorbo
de la bebida caliente, y continúa:
—Lina, lo que tenés que saber es que
no hay tal embrollo como envejecer o
marchitarse. Una vez en ese estado, es lo
único que existe; ese estado. El día anterior
era otra cuestión. El pasado solo existe en
forma de recuerdos, y vos misma expe-
rimentaste, que no son una fuente confiable.
Esta conversación que estamos teniendo
ahora, en un tiempo no existirá, porque
la habremos olvidado, o la recordaremos
diferente. Es una cuestión de perspectiva.
Pero por más cliché que suene, es realmente
la clave del asunto. Nunca podremos saber
con seguridad cómo sucedió un determinado
acontecimiento, o si realmente lo hizo. A la
mente le encanta jugar sucio, y nosotros la
dejamos. Es cuando intentamos controlar
lo imposible, que perdemos por absoluto el
control. O creemos que lo hacemos. Es que el
control no existe, ¿sabés? Es una ilusión. No
se sabe qué ocurrirá mañana, y está bien.
Debemos permitirnos, que esté bien. No
existe nada más que no sea el presente, es
cuestión de lógica. Pero insistimos en ir
contracorriente. De testarudos que somos.
Intento reunir sus palabras en una idea que
tenga sentido, pues mi comprensión va más
lento que ellas.
Prosigue, y mientras lo hace, me perfora
con su mirada:
—El tiempo es uno, y son muchos. Está
acá y en todas partes. Y en ningún lado.
Cuando era joven ya temía que mi tiempo
se acabara, y comencé a buscar alternativas,
formas de extenderlo, o de inmortalizarlo. Y
eso fue lo que hizo que hasta mi personalidad
se doblegara; porque los dos tipos no se
ponían de acuerdo a qué tiempo ir, y los dos
eran parte de mí. Yo trabajaba con relojes,
eso ya lo sabés —se ríe, con ironía—. Me
dejé llevar por el ruido de sus agujas.
Me desviví por encontrar alguna otra
manifestación del tiempo, una que no
se extinguiera. ¡Quería la inmortalidad!
¿Entendés lo absurdo que suena?
—Entonces… supongo no encontraste nada.
—Ah, no, sí lo hice. Sí que lo hice —ríe de
nuevo, nerviosamente—. Pero no viene al caso.
—¡Pero necesito saberlo!
—No, de hecho lo último que necesitás
es saberlo. Te estoy diciendo que es lo
que me llevó a la perdición, ¡por el amor de
Dios! —suspira—. Además, lo tendrás que
descubrir por tu cuenta, y presiento que será
pronto. Pero está bien, te doy una pista. —Su
voz se torna misteriosa—. Digamos que hay
lugares, parecidos a este pero con diferencias
muy sutiles, en los que un año pueden ser
treinta. O en treinta años, solo transcurrir uno.
Hace una pausa y añade: —La vida
siempre halla la forma de resurgir. Como te
dije; es tan solo, cuestión de perspectiva.

60

Me voy completamente descolocada. La


vida tiene cada vez menos sentido. Si es que
se supone que deba tenerlo. Quizá es cierto,
quizá el sentido está hoy, ahora. Justo frente
a mis ojos, que recién comienzan a abrirse.
Aparco en el estacionamiento del hospital,
en el lugar de siempre cerca de la entrada.
Ingreso a la habitación 306, y Katia me
recibe sorprendentemente radiante. Como si
en estos días hubiera encontrado su luz entre
las cosas perdidas.
—¿Y? ¿Los reyes te dejaron algo?
—pregunta.
—No te imaginás cuánto. —Y la abrazo—.
Quizá para la próxima pido menos intensidad
en el regalo. —Reímos—. Estuve con Daniel
hace un rato, creo que se deben una charla…
no vas a poder ignorar sus llamadas para
siempre.
—Ya sé, ya sé. Estoy juntando fuerzas para
hablar con él. Es que se siente demasiado.
—Ni me digas. ¿Y Amelia?
—Se fue hace un rato, estaba exhausta.
Iba a esperar a que vinieras pero le dije que
llegarías pronto y que no se preocupara.
—Perfecto. ¿Querés dar un paseo? Está re
lindo el día.
—Dale, sí. Me vendría bien un poco de aire.
La llevo al patio en su silla de ruedas. El sol
arrulla el alma.
Kati cierra los ojos e inhala profundo. Luego
exhala, dejando ir la adversidad. Dejando ir.
Yo también, intento dejar ir. Pero hay
un nudo en mi estómago que insiste en
arraigarse, y no lo hace posible. Es todo muy
reciente. Le haré caso a Daniel y me daré el
tiempo para procesarlo. Bueno, si es que eso
existe. Ya no estoy segura de nada.
—¡Puedo sentirlo otra vez! —Exclama,
mientras un panadero se posa en su brazo—
¿Vos no? La textura del viento, el sonido de
la naturaleza. ¡El aroma a vida!
Me da mucha ternura y alegría al mismo
tiempo, y sonrío para acompañarla. Aunque
no, aun no lo percibo.
—Lina, hay algo que no te he dicho…
Respondo a su comentario con una mirada
curiosa.
—El incendio… —agrega—, lo provoqué yo.
—¿Qué?
—No fue a propósito, ¡claro que no! Pero
es que descubrir ese archivo me dejó en un
estado tal de nerviosismo, que ya no podía
controlar mis reflejos. Había una vela
prendida, Dios sabrá por qué, quizá alguien la
había encendido un rato antes para
aromatizar el ambiente. No lo sé. Pero recién
habían desinfectado la habitación, lo hacían
una vez a la semana, como sabrás. En fin,
cuando te llamé estaba desesperada, y
apenas corté comencé a juntar los papeles
para irme, y en esa imprudencia la tiré sin
querer. Recién le habían pasado alcohol a
las mesas… —Es incapaz de seguir, sus
lágrimas se lo impiden.
—Kati… esto se lo tenés que contar a la
policía. Están investigando el caso porque
creen que fue intencional.
—¿Murió gente? —Parecía temerle a la
pregunta, pues le costó pronunciarla.
—No, quedate tranquila. Vos fuiste la
más grave, y acá estás. Ya pasó. No logro
contenerlo más, y me uno al llanto. Esta
vez, con la brisa arropándonos.
61

En otro reloj (5)


Allí se encuentra, en el lugar acordado. El
sol haraganea en el filo del mar, y en señal de
pereza, expide rayos tenues, sin fuerza, que
descosen el cielo verdoso característico de
estas horas.
El mar sí ha madrugado, y aguarda el
encuentro destilando música en cada ola que
araña la costa.
Todavía se golpean las ideas dentro de su
cabeza, aunque sin ruido metálico, luego de
la llamada de ayer, directo desde Nueva York.
El planteo ridículo, y que por supuesto
rechazó, de hacer un reloj que ayude a
adelgazar. Aunque ayudar es una palabra
gentil de describirlo. En este momento no
recuerda el nombre, pero era algo similar a
arreglar, en inglés. Irónico.
Enlazada con una de las olas, está ella.
Mirada profunda, rostro de luna llena, piel
fruncida, que parece moldearse a partir de la
mismísima arena.
—No pensé que llegarías tarde —susurra,
de espaldas, distraída con el brillo del agua.
— ¿No habíamos quedado a esta hora?
—Cinco y media, sí.
—Entonces...
—Son cinco y cuarenta.
El sujeto la mira, confundido.
Roma le regala también sus ojos, y añade:
—El hecho de que no lo notes es aun más
fascinante. Hace unas semanas pensar en la
posibilidad de llegar diez minutos tarde
socavaba tu existencia. — Sonríe, y vuelve a
posar la vista en la espuma que se derrite al
envolver sus pies.
Sorprendido y tranquilo, mientras procesa
el comentario, se instala en un tronco cuya
función se transformó con el tiempo. Se
descalza, sin siquiera cuestionarlo, y entierra
sus pies en el terciopelo húmedo. Luego
cierra los ojos y respira la sal.
Exhala. Abre los ojos.
—Se siente bien, ¿no? —La mujer de
tercera edad se ha acomodado a su lado,
estilo indio.
—Sí… la verdad es que sí. Pero, ¿Qué es?
—¿Qué es qué?
—Eso que percibo… acá —dice, tocán-
dose el pecho.
—Vida, querido. Vida.
Sostienen el silencio por unos segundos. El
sonido del silencio, en la cantidad adecuada,
colma cualquier corazón hueco.
—Siento que todavía falta algo. No sé qué
es. Pero ya no creo pertenecer a este lugar.
—¿No te gusta la playa?
—No, sí… quiero decir, la playa es
justamente el único sitio en donde me siento
como en casa. La ciudad, en cambio…
—Te resulta ajena, sacada de otro cuento.
Él la observa con detenimiento, mientras
curva sus cejas gruesas, en forma de
sospecha, enmarcadas por sus gafas.
—Es una forma escalofriantemente exacta
de describirlo.
—El cielo no es siempre verde, ¿sabés?
Bueno, siempre no es el adverbio indicado…
everywhere, queda mejor.
—Pero esa palabra ni siquiera es en
español.
—Eso es porque nuestro idioma escasea
del término adecuado para esta ocasión.
Rompé las barreras, querido. Ablandate.
Saltá las reglas. Los idiomas deberían
mezclarse más a menudo. ¿Qué ocurre
cuando querés decir te quiero, en inglés?
—I love you
—No exactamente. Eso significa te amo.
La mira, confundido.
—No podés. En ese caso, debería usarse
el español. ¿Ves cómo es más fácil así?
Siempre buscamos complicar lo simple
—declara la anciana.
Al sol le está costando levantarse, por lo
que las luces de la ciudad aun forman parte
del ropaje oceánico.
—Como sea, nos desviamos del tema —
agrega—. ¿Cómo es eso de que no te sentís
parte?
—Es como si mi propia vida, no me
perteneciera.
Roma vuelve su mirada al infinito.
—Así como el mar refleja a su manera las
luces de la ciudad, cada uno interpreta
diferente sus experiencias. El agua guarda
gotas de luz en sus partículas, las incorpora,
las hace suyas. Ya son parte de su memoria.
Cada vez entiende menos las palabras
enigmáticas de la señora, y ella percibe su
confusión. Pero jamás pierde la calma. En
cambio prosigue, imperturbable:
—Mirá donde rompen las olas. La arena
mojada refleja; la arena seca, no. Es como si
en la zona húmeda se dejara ver lo que hay
detrás, como cuando se arranca una
cascarita y vemos la verdadera piel; no la
capa de afuera, que está sucia del mundo.
—Se acerca a la orilla y con una cuchareta,
recoge un poco de agua. Luego se la vuelca
en el brazo desnudo—. Mojate, Ramiro.
Arrancá la cascarita. Es hora de cruzar.
La luna finalmente le transfiere su vigilia al
astro solar, que a esta altura de la mañana
ilumina más la ciudad, y el cielo es un tanto
más verde.
Se va caminando, pateando piedritas, y
con más preguntas para agregar a la
colección. Mira hacia arriba. “El cielo no es
everywhere verde.”
Su mente lógica se consume por entender
aquella declaración. Bueno, y también todas
las que le sucedieron.
Saca la cuchareta de su bolsillo. Roma se
la regaló. Tiene un pequeño orificio por el
deterioro marino, y lo utiliza para jugar con la
luz del sol: la interpone entre su rostro y la
estrella, y entrecierra un ojo.
En un instante, el mundo cambia. Jura que
ahora el cielo es celeste. Y mientras ajusta
sus lentes, visualiza también una mujer.
Joven, atractiva, ojos color pradera. Parece
el extracto de un sueño, pero uno
extremadamente real.
62

Es lunes por la tarde, aunque el aire huele


a domingo. Un esperanzador y extraño
domingo. El reloj ha olvidado su hora, y en mis
ojos se reproduce el naranja fulgurante de un
joven cielo.
Y allí está ella; rizos alocados, ojos negros,
tan negros que dejan ver hacia el otro lado.
Los extremos se chocan, dicen.
Roma es la única persona que podría poner
fin a mi desconcierto, ya sea desbloqueando
una nueva pregunta con sus penetrantes
frases, o haciéndome creer que la mentira
que me cuento cada día, es verdad: que todo
estará bien.
Acomodada entre hojas de palma, me
invita a acompañarla. Sabía que vendría.
—Es hermoso, ¿no? —dice.
—¿La playa? Sí, es preciosa.
—La inmensidad del océano. La pérdida de
límites. No saber qué hay más allá del borde.
—No puedo creer que diga esto, pero creo
que sí lo entiendo. Hace unos meses me des-
vivía por saber qué había ocurrido. No saber
me aterraba. Ahora confirmo que hay asuntos
que es mejor que queden en el olvido.
—Se rompe la magia.
—Sí, se rompe la… ¿Qué? —Me distraigo
un segundo y ya pierdo el hilo de la
conversación.
—El misterio es necesario, porque nos da
esperanza, ilusión.
—Sí, muchas veces falsa.
—La ilusión es falsa per se; es futura, no
existe. Pero no por eso es negativa. La ilusión
en lo nuevo, lo desconocido, es lo que nos
mantiene en vela. Si sabemos la historia
completa, el hechizo se quiebra, y no hay
nada que nos incite a soñar. Los sueños son
el motor de las grandes cosas. Todo lo que
trasciende comienza por un sueño.
El sol se hace cada vez más visible, y ya no
quema cuando lo miro. Se deja ver entre unas
nubes del más esponjoso algodón.
—Decilo, sacalo para afuera —pronuncia
Roma. Estaba esperando que dijera eso.
Entonces la catarata arrasa.

63

—Prefiero el misterio. Me gusta el


misterio. Era feliz en mi incredulidad,
aunque no lo supiera. No puedo creer que
Ramiro hiciera eso. ¿Cómo pude ser tan
ciega? Cuando me di cuenta de lo que ocurría
fue porque la bomba estaba explotando en mi
cara, despedazando el conjunto de creencias
que tenía de él y de nosotros.
La tensión comienza a elevarse, elevarme,
pero no al cielo. Sino a un techo de un macizo
concreto.
Roma mantiene la calma, y se dedica
a escucharme. Sabe que lo necesito.
—Es que es demasiado, Roma, la decisión
más coherente que tomé en mi vida fue
bloquear ese recuerdo. Ese desgarrador,
desolador recuerdo. —La tensión continúa
subiendo, y yo voy a estrellarme—. ¡¿Qué se
supone que haga?!
—Nada. Lo que podías hacer ya lo hiciste.
—¡¿Qué?! —Si me está diciendo que no
hay nada más por hacer, voy a colapsar.
—Todo esto sirvió de algo, y serías muy
obstinada si te negaras a aceptarlo. Ahora
tenés identidad. Sos alguien. Aprendiste a ser
alguien, Lina.
No termino de comprender si es un halago
o un insulto, y creo que mi cara lo denota,
porque la anciana prosigue:
—Tu niñez, la serie de eventos que
sucedieron antes de conocer a Ramiro, todo
lo que hizo que fueras esa chica que se
enamoró de él, fue precisamente lo que
impidió que lograras conocerte. Cuando
nos encontramos por primera vez, eras un
alma permeable a otras. Te dejabas llevar por
personalidades ajenas, hasta el punto de
creerte ellas. Cuando en realidad, no habías
logrado verte. ¿Te ves ahora?
A decir verdad sí, sí lo hago. Por primera
vez en mi vida puedo decir que sé quién soy.
No la esposa de, la amiga de, sencillamente
soy Lina. Lina Lost. O Lina Encontrada. Me rio
internamente de lo estúpido que suena.
Pero la furia me domina y no logro decirlo
en voz alta. No puedo hacerlo.
—Lina Encontrada, me gusta. —Lanza una
carcajada. Eso dio miedo. ¿Acaso se filtró en
mi mente?— En fin, tuviste que separarte
por un rato de eso que te ataba y darte
cuenta de que estabas perdida, para poder
encontrarte. Así es como funciona. No
soñaríamos con el cielo si no estuviéramos
parados sobre la Tierra. Cada uno hizo su
proceso, a su manera. Él, por su parte, tuvo
que re-aprender a humanizarse, en otro lugar,
bajo otro cielo.
Evado sus palabras.
—Es que siento que la ira me carcome, que
me incendia. Y no sé cómo deshacerme de
ella. Si por alguna extraña hazaña del destino
lo volviera a ver, le diría que ahora podría ser
distinto. Podríamos ser estrellas. Astros que
no dependen de otros para brillar, y aun así,
elegir encontrarnos en una constelación.
Para resurgir, a la par, entre tanto
desorden cósmico. Desearía…
—Cuidado —interrumpe—. Lo que deseas
deja de ser deseo una vez que lo pronuncias
en voz alta.
Ignoro por completo sus palabras, y me
dedico a finalizar la idea, mientras doy
vueltas en círculos sin fin, cavando en la
arena y descargando la histeria:
—…Desearía tenerlo enfrente y decirle
esto. Decirle que yo lo siento también. Que mi
última palabra hacia él hasta hoy me
atormenta y me hace querer gritar con una
fuerza que no tengo. Que mis ojos todavía lo
buscan y lo elegirán siempre. Aunque en lugar
de sangre tenga fuego al pensar en lo que
hizo. Pero que ahora entiendo que la
ambición lo había cegado y no era consciente
de lo que hacía. Que él también podía
equivocarse, aunque yo lo creyera un ser
perfecto. Que eso en realidad no existe. Si tan
solo...
—¿Y por qué no se lo decís?
La tensión no deja de subir, pero ya no hay
un techo. No hay. Arriba está el cielo.
Diviso el horizonte y siento un golpe al
corazón. Este es muy pequeño para contener
tanta emoción. Su silueta vuelve a revolú-
cionar el mundo. Consigo trae más azul.
Mi piel se estremece. Se estremece el color
verde de los árboles, como el que ahora tiñe
el horizonte.
El cielo ha renunciado al celeste para
plantarlo en sus ojos.
Esos ojos.
Esos ojos enmarcados por gafas. Esos que
tanto conozco.
Cada vez más cerca, camina confiado,
seguro.
No puede ser cierto. Quiero que alguien me
avise que no estoy dormida.
No puede ser cierto.
Pero es él.
Un tiempo más tarde
Todavía creo ver a Roma en mis sueños. A
veces se presenta en forma de esperanza y
otras, elige volar entre sus propios destellos,
en el canto de algún ave o en el rocío de una
flor. Juraría, que la he escuchado reír entre el
jazmín del país. Pero cuando echo un vistazo,
nunca se encuentra allí. La vista siempre
arruina lo que está hecho para ser sentido.
La única constancia física que tengo de su
pasaje por mi vida es una selfie que nos
sacamos en una de nuestras charlas. La
busco en mi celular. Nada. Donde debería
estar su silueta avejentada no hay nada. Me
encuentro yo, sonriendo y abrazando el aire.
De camino al baño diviso las dos copas
de vino, casi vacías, descansando en el
suelo del dormitorio, entre velas escurridas,
cuya luz ilumina el renacer. De fondo,
entrelazado con el aroma renovado a jazmín,
suena Asilo, de Drexler. Igual que aquella vez.
Me miro al espejo. Desarreglada, un poco
dormida, sonriente, con la camiseta que Katia
me trajo de Italia.
En la vista que me devuelve el espejo,
la realidad se trastoca. La camiseta muestra
el Coliseo y la Fontana Di Trevi, pero dice
AMOR.
“El amor puede unir mundos, Lina” me dijo
una vez.
Sonrío.

ENTRE RELOJES

Miro hacia atrás y ahí están. Momentos.


Instantes.
De reojo los miro. Siguen ahí, intactos, más
presentes que nunca. Me
sonríen, y entre guiñadas se alejan.
Sin embargo, aun siento su calor, siento
su lenta y reconfortant respiración en mi nuca.
Se avecinan cambios, irrumpen con su
presencia. Pero ciertas cuestiones siguen,
perseverantes, inalterables, como la tinta
penetrante y vitalicia de un tatuaje.
Al fin y al cabo, de eso se trata: de
mantener encendidas las brasas de cualquier
recuerdo que erice la piel. De mantener viva
la mirada de cada estrella que se cruzó, que
ayudó con su resplandor a construirme, a
definirme. Esas, son las que vale la pena
guardar.
Tímidamente, insisto en mirar por encima
de mi hombro hacia atrás, un segundo, un
instante, tan solo un vistazo. No vaya a ser
que se escapen.
Sí, siguen ahí.
¿Llegó el momento? Es hora. Todos esos
recuerdos comienzan a correr, sin cesar,
delante de mis ojos. Mis ojos brillosos; por lo
que fue, por lo que viene.
Los recuerdos se divierten, bailan en frente
de mí. Se toman de las manos. Cantan.
Ya son parte de mi ser. Se adueñaron
de mis deseos, de mis pensamientos. No
los quieren soltar.
Yo tampoco los quiero soltar.
Entonces los tomo de las manos y lo oigo.
Es el sonido del último grano de arena del
reloj, impactando en la duna.

Inmediatamente escucho un susurro. Es


un nuevo grano de arena aterrizando como
una hoja de otoño, casi imperceptible, en la
superficie lisa y fría de otro reloj.
Esperá
no te vayas todavía.

Ahora esta historia es tuya. Un mismo libro


tiene tantas historias dentro, como la cantidad
de personas que lo lean. Ahora el universo
tiene otra, gracias a vos. Al leerla, creaste una
nueva. Mi mayor deseo es que de acá en
más, te abrigue.
Gracias por crear, y creer. Te abrazo.
Espero encontrarnos pronto en otro reloj.

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