Generalitat de Catalunya
Departament d'Educació
Institut Guinovarda
Literatura castellana Comentario de texto 2.º Bachillerato
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Realice un comentario de texto completo del siguiente fragmento del capítulo VII del primer
tomo de Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán.
[...] Volvía Julián preocupado a la casa solariega, acusándose de excesiva simplicidad, por no haber
reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillo como la paloma; sólo que en este pícaro mundo
también se necesita ser cauto como la serpiente.... Ya no podía continuar en los Pazos.... ¿Cómo
volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa? ¿Y cómo dejaba así de
golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan llanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un
restaurador celoso y adicto? Todo era verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero manzanilla y cabrifollos
despedían grato aroma. Era la noche templada y benigna, y Julián apreciaba por primera vez la
dulce paz del campo, aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madre naturaleza.
Miró al cielo, oscuro y alto.
—¡Dios sobre todo! —murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles
angostas y encontrarse con gente a cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisaba próxima la vasta mole de los
Pazos. El postigo debía estar abierto. Julián distaba de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó
dos o tres gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimaña herida, a los
cuales se unía el desconsolado llanto de un niño.
Engolfóse el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor y bodega, y llegó velozmente a la
cocina. En el umbral se quedó paralizado de asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa del
candilón. Sabel, tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor, la
brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puños metidos en los ojos, sollozaba. Sin
reparar lo que hacía, arrojóse Julián hacia el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
—¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!
Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopeta empuñada por el cañón,
jadeante, lívido de ira, los labios y las manos agitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su
frenesí o de acudir a la víctima, balbució roncamente:
—¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, o te deshago! ¡A levantarse... o te
levanto con la escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalando entrecortados ayes. Tenía aún
el traje de fiesta con el cual la viera Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio;
pero el mantelo de rico paño se encontraba manchado de tierra; el dengue de grana se le caía de los
hombros, y uno de sus largos zarcillos de filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le había
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clavado en la carne de la nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre. Cinco verdugones rojos
en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómo había sido derribada la intrépida bailadora.
[...]