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1 Semana

La carta del Apóstol San Pablo a los Romanos comienza con un saludo y acción de gracias, destacando la fe de los romanos y la misión de Pablo de evangelizar a los gentiles. Se enfatiza la justicia de Dios y la importancia de la fe en Jesucristo para la salvación, así como la reprobación de la impiedad y la necesidad de la conversión. Además, se aborda el juicio de Dios, que es imparcial y se basa en las obras de cada uno, tanto judíos como gentiles.

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La carta del Apóstol San Pablo a los Romanos comienza con un saludo y acción de gracias, destacando la fe de los romanos y la misión de Pablo de evangelizar a los gentiles. Se enfatiza la justicia de Dios y la importancia de la fe en Jesucristo para la salvación, así como la reprobación de la impiedad y la necesidad de la conversión. Además, se aborda el juicio de Dios, que es imparcial y se basa en las obras de cada uno, tanto judíos como gentiles.

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LUNES I Mc 1, 14-20

PRIMERA LECTURA
Comienza la carta del Apóstol san Pablo a los Romanos. 1, 1-17

Saludo y acción de gracias

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de
Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo, nacido
de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de
santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos
recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles,
para gloria de su nombre. Entre ellos os encontráis también vosotros, llamados de
Jesucristo. A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de
Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
En primer lugar, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo; lo hago por todos
vosotros, porque vuestra fe se proclama en todo el mundo. Pues Dios, a quien sirvo en mi
espíritu anunciando el Evangelio de su Hijo, me es testigo de que me acuerdo incesantemente
de vosotros, rogándole siempre en mis oraciones que, si es su voluntad, encuentre algún día la
ocasión propicia para ir a vosotros.
Pues tengo ganas de veros, para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca;
para compartir con vosotros el mutuo consuelo de la fe común: la vuestra y la mía. No quiero
que ignoréis, hermanos, que muchas veces me he propuesto ir a visitaros —aunque hasta el
momento me lo han impedido—; mi propósito era obtener algún fruto entre vosotros, como lo
he obtenido entre los demás gentiles. Me siento deudor de griegos y bárbaros, de sabios e
ignorantes; de ahí mi propósito de anunciaros el Evangelio también a vosotros, los que estáis
en Roma.
Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo
el que cree, primero del judío, y también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios
de fe en fe, como está escrito: El justo por la fe vivirá.
Cf. Rm 1,3.4; 5,1
R/. Jesucristo Señor nuestro, nacido de la descendencia de David, sometido a la fragilidad humana,
fue, desde su resurrección de entre los muertos, constituido Hijo de Dios con poder, por la acción
del Espíritu de santidad.
V/. Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro
Señor Jesucristo.
R/. Constituido Hijo de Dios con poder, por la acción del Espíritu de santidad.

SEGUNDA LECTURA
Del comentario de Orígenes, presbítero, sobre la carta a los Romanos

Esta fe que profesan los romanos es la misma que se anuncia y crece en todo el mundo
Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a
la fe, para gloria de su nombre. Pablo dice haber recibido de Cristo este don y esta misión, en
cuanto mediador entre Dios y los hombres. El don hemos de relacionarlo con la resistencia a
las fatigas; la misión, a la autoridad de la predicación, porque el mismo Cristo es llamado
apóstol, o sea, enviado del Padre, pues él se dice enviado a evangelizar a los pobres. Así pues,
todo lo que tiene. se lo transmite a sus discípulos. En sus labios –se ha dicho– se derrama la
gracia.

Da también la gracia a sus apóstoles, trabajando con la cual puedan decir: He trabajado
más que todos ellos: aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y porque de él se
ha dicho: Tenemos en Cristo al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos, quien
confiere a sus discípulos la dignidad del apostolado, para que también ellos sean constituidos
apóstoles de Dios.

Pues los paganos, que estaban excluidos de la ciudadanía de Israel y eran ajenos a las
alianzas, no podían creer en el evangelio sino por la gracia conferida a los apóstoles. En
virtud de esta gracia se dice que los paganos obedecían por la fe a la predicación de los
apóstoles, y se nos recuerda que el pregón de la gracia apostólica que anunciaba el nombre de
Cristo, alcanzó a toda la tierra, hasta el punto de llegar hasta Roma. A ellos, a los de Roma,
les dice el Apóstol: Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. Pablo se
dice llamado a ser apóstol; los romanos también son llamados, pero no a ser apóstoles, sino a
formar parte de los santos en respuesta a la fe.

Antes de nada, doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros,
porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Lo mismo que escribiendo a otras
comunidades Pablo dice que da gracias a Dios por todos, lo dice ahora escribiendo a los
romanos. La primera palabra, es una palabra de acción de gracias. Ahora bien: dar gracias a
Dios es lo mismo que ofrecerle un sacrificio de alabanza; por eso añade: por medio de
Jesucristo, es decir, por medio del gran Pontífice. Conviene saber que todo el que desea
ofrecer a Dios un sacrificio, debe hacerlo por mediación de un pontífice.

Pero veamos por qué el Apóstol da gracias a su Dios: Porque –dice– en el mundo
entero se pondera vuestra fe. Puede entenderse de esta manera: esta fe que profesan los
romanos es la misma que se predica no solo en la tierra, sino también en el cielo. Pues Jesús
reconcilió en su sangre, no solo a los que hay en la tierra, sino también a los que hay en el
cielo, y al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en el abismo. Esto es
predicar la fe en todo el mundo: por ella todo el universo se someterá a Dios.
Rm 15,15-16; 11,13
R/. Dios me ha concedido la gracia de ser ministro de Jesucristo entre los paganos, ejerciendo el
oficio sagrado del evangelio de Dios a fin de que los paganos lleguen a ser una oblación
agradable, santificada por el Espíritu Santo.
V/. Como apóstol de los gentiles hago honor a mi ministerio.
R/. A fin de que los paganos lleguen a ser una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo.
MARTES I Mc 1, 21-28

PRIMERA LECTURA
De la carta a los Romanos 1, 18-32

Reprobación de la impiedad

En efecto, hermanos, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia.

Pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó.
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través
de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo
conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron
en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se
volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en
forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles.

Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que
deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y
adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.

Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones
naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural
de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre
con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío.

Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios
a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia,
perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de
malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones,
ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados,
despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de
muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que
las cometen.

SEGUNDA LECTURA

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

El error es múltiple; la virtud, una


Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres
que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Observa la prudencia de Pablo, cómo del
tono persuasivo de la exhortación, pasa al más vehemente de la amenaza. Después de haber
dicho que el evangelio es fuente de salvación y de vida, y que ha sido la potencia de Dios la
que ha operado la salvación y la justicia, pasa seguidamente a las amenazas para infundir
temor en los que no le hacen caso. Y comoquiera que son muchos los hombres que se dejan
arrastrar a la virtud no tanto por la promesa del premio, cuanto por el temor al castigo, los
atrae alternando exhortaciones y amenazas.

De hecho, Dios no solo prometió el reino, sino que conminó con la gehena; y los
profetas hablaban a los judíos alternando siempre premios y castigos. Por eso también Pablo
varía el tono del discurso, pero no de cualquier manera, sino pasando de la suavidad a la
severidad, demostrando que aquélla nacía de los designios de Dios, ésta, de la maldad e
indiferencia de los hombres. Igualmente, el profeta primero presenta el lado positivo cuando
dice: Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada
os comerá. Idéntica pedagogía usa aquí Pablo: Vino Cristo –dice– trayéndonos el perdón, la
justicia, la vida: y no de balde, sino al precio de la cruz. Y lo que mayormente suscita nuestra
admiración no es solo la munificencia de los dones, sino la acerbidad de lo que padeció. Si
pues despreciarais estos dones, ellos mismos se convertirán en vuestra tristeza permanente.

Observa cómo eleva el tono diciendo: Desde el cielo Dios revela su reprobación. Esto
se manifiesta con frecuencia en la vida presente: hambre, peste, guerras, pues o bien en
privado o bien colectivamente todos reciben el castigo. ¿Qué de nuevo habrá entonces? Pues
que el suplicio será mayor, que este suplicio será colectivo y no obedecerá a unas mismas
causas: ahora tienen una finalidad pedagógica; entonces vindicativa. Esto lo da a entender
Pablo cuando dice: Si el Señor nos corrige es para que no salgamos condenados con el
mundo.

De momento hay muchos que piensan que nuestras calamidades no provienen de la ira
de Dios, sino de la perfidia de los hombres; pero entonces se manifestará la justicia de Dios,
cuando sentado el Juez en el tremendo solio, mande a unos al fuego, a otros a las tinieblas
exteriores, a otros finalmente a suplicios de diverso género, eternos e intolerables.

¿Y por qué no dice abiertamente: El Hijo del hombre vendrá y con él innumerables
ángeles, a pedir cuentas a cada uno, sino que dice: Revelará Dios su reprobación? Porque los
oyentes eran neófitos aún. Por eso Pablo los instruye a partir de lo que en su fe era firme.
Además, me parece que se dirige a los paganos. Por eso habla primero del modo que hemos
visto, y luego pasa a hablar del juicio de Cristo contra toda impiedad e injusticia de los
hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Donde demuestra que son muchos
los caminos que conducen a la impiedad, a la verdad solo uno. Y en efecto el error es algo
vario, multiforme y desconcertante; la verdad es una.
MIÉRCOLES I Mc 1, 29-39

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 1-16

El justo juicio de Dios

Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti
mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas tú que juzgas, y sabemos que el juicio de
Dios es según verdad contra los que obran semejantes cosas. Y ¿te figuras, tú que juzgas a los
que cometen tales cosas y las cometes tú mismo, que escaparás al juicio de Dios? O
¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer
que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?

Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día
de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada cual según sus
obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida
eterna; mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación.

Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente
y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío
primeramente y también al griego; que no hay acepción de personas en Dios. Pues cuantos sin
ley pecaron, sin ley también perecerán; y cuantos pecaron bajo la ley, por la ley serán
juzgados; que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: esos
serán justificados.

En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las
prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la
realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios
contrapuestos de condenación o alabanza en el día en que Dios juzgará las acciones secretas
de los hombres, según mi Evangelio, por Cristo Jesús.

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de Orígenes, presbítero, sobre la carta a los Romanos

Dios no es parcial con nadie

¿Cómo es que el Apóstol hace aquí a los paganos, inmediatamente después de los
judíos, partícipes de la gloria del honor y de la paz? A mí me parece que, en este texto,
establece una triple jerarquía. Primero se refiere a los que perseveran en hacer el bien,
porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte; a estos Dios les dará la vida
eterna.

La perseverancia en hacer el bien es evidente en quienes afrontaron luchas y combates


por la fe: claramente se alude aquí a los cristianos, entre los que los mártires abundan. Lo
demuestra asimismo lo que el Señor dice a los apóstoles: En el mundo tendréis luchas; el
mundo estará alegre, vosotros lloraréis. Y poco después añade: Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas. Es propio de los cristianos padecer tribulaciones en este mundo y
llorar, pero suya es la vida eterna.

¿Y quieres saber que la vida eterna está reservada para solo el que cree en Cristo?
Escucha la voz del mismo Señor que lo declara expresamente en el evangelio: Esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Así pues,
quien no reconozca al Padre, único Dios verdadero, y a su Hijo, Jesucristo, está excluido de la
eternidad de la vida. Este mismo conocimiento y esta fe son reconocidos como vida eterna.
Tenemos pues, aquí el primer grado jerárquico de los cristianos, a quienes, por la
perseverancia en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte,
les dará la vida eterna indudablemente aquel que dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida. Y en Cristo, que es la vida eterna, está la plenitud de todos los bienes.

Una segunda categoría comprende a los que, porfiados, se rebelan contra la verdad y se
rinden a la injusticia. A estos les amenaza un castigo implacable, es decir, a todo malhechor,
primero al judío, pero también al griego. A estos mismos, sin embargo –pero situados en una
tercera categoría–, se les promete una retribución de bienes, cuando dice: Gloria, honor y paz
a todo el que practica el bien, en primer lugar, al judío, pero también al griego. Esto se
refiere, a mi modo de ver, a los judíos y a los griegos que todavía no han abrazado la fe.

Ahora bien: si, a lo que parece, el Apóstol condena a los paganos porque, habiendo
llegado al conocimiento de Dios mediante sus luces naturales, no le dieron la gloria que como
Dios se merecía, ¿cómo no pensar que hubiera podido, mejor, debido, alabarlos, caso de que
entre ellos hubiera quienes, conociendo a Dios, como a Dios le hubieran glorificado? Me
parece fuera de toda duda que, si alguien mereciera ser condenado por sus malas obras, este
mismo sería acreedor a una remuneración por sus buenas obras caso de que hubiera obrado el
bien. Atiende a lo que dice el Apóstol: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de
Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos nuestro
cuerpo. Que viene a ser lo que dice en este mismo texto: Porque Dios no es parcial con
nadie.
JUEVES I Mc 1, 40-45

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 17-29

La desobediencia de Israel

Pero si tú, que te dices judío y descansas en la ley; que te glorías en Dios; que conoces
su voluntad; que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley, y te jactas de ser guía de ciegos,
luz de los que andan en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en
la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad...

Pues bien, tú que instruyes a los otros ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas: ¡no robar!,
y ¡robas! Prohíbes el adulterio, y ¡adulteras! Aborreces los ídolos, y ¡saqueas sus templos! Tú
que te glorías en la ley, transgrediéndola deshonras a Dios. Porque, como dice la Escritura, el
nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones.

Pues la circuncisión, en verdad, es útil si cumples la ley; pero si eres un transgresor de


la ley, tu circuncisión se vuelve incircuncisión. Mas si el incircunciso guarda las
prescripciones de la ley ¿no se tendrá su incircuncisión como circuncisión? Y el que, siendo
físicamente incircunciso, cumple la ley, te juzgará a ti, que con la letra y la circuncisión eres
transgresor de la ley. Pues no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la
de la carne. El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón,
según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres.

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Ambrosio de Milán, obispo, sobre el salmo 36

Sé hombre sujeto a Cristo, súbdito de la sabiduría de Dios

Sé súbdito del Señor e invócale. No solo se te aconseja que estés sujeto a Dios, sino que
invoques al Señor y así puedas llevar a feliz término tu deseo de sujeción a Dios. Pues
añade: Encomienda tu camino al Señor, confía en él. No solo te conviene encomendar a Dios
tu camino sino también confiar en él. La verdadera sumisión no es ni abyecta ni vil, sino
gloriosa y sublime, pues está sujeto a Dios, quien hace la voluntad del Señor.

Además, ¿hay alguien que ignore que la sabiduría del espíritu es superior a la sabiduría
de la carne? La sabiduría del espíritu está sujeta a la ley de Dios; la sabiduría de la carne no le
está sometida. Sé, pues, súbdito, es decir, próximo a Cristo: así podrás cumplir la ley. Pues
Cristo, cumplió la ley haciendo la voluntad del Padre. Por eso Cristo es el fin de la ley, como
es la plenitud de la caridad: pues amando al Padre, centró todo su afecto en hacer su voluntad.
Por eso escribió el Apóstol en elogio suyo: Y, cuando todo esté sometido, entonces también el
Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.
Y Cristo mismo dice de sí: Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación.

Finalmente, estaba sujeto a sus padres, José y María, no por debilidad, sino por
devoción filial. La máxima gloria de Cristo radica en insinuarse en el corazón de todos los
hombres, apartándolos de la impiedad de la perfidia y de afición al paganismo, y sometérselos
a sí.

Y cuando se lo hubiere sometido todo, entrare el conjunto de los pueblos y se salvare


Israel, y en todo el orbe no hubiere más que un solo cuerpo en Cristo, entonces también él se
someterá al Padre, ofreciéndole en don, como príncipe de todos los sacerdotes, su propio
cuerpo sobre el altar celestial. La fe de todos será el sacrificio. Por tanto, esta sumisión es una
sumisión de piedad filial, pues el Señor Jesús será sometido a Dios en el cuerpo. Y nosotros
somos su cuerpo y miembros de su cuerpo. Sé, pues, un hombre sujeto a Cristo, esto es,
súbdito de la sabiduría de Dios, súbdito del Verbo, súbdito de la justicia, súbdito de la virtud,
pues todo esto es Cristo. Que todo hombre se someta a Dios. Pues no solo a uno, sino a todos
les aconseja que sometan su corazón, su alma, su carne, para que Dios lo sea todo en todos.
Sujeto es, pues, quien está lleno de gracia, quien acepta el yugo de Cristo, quien animosa y
decididamente observa los mandamientos del Señor.
VIERNES I Mc 2, 1-12

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 1-20


Todos los hombres bajo el dominio del pecado

Hermanos: ¿Cuál es, pues, la ventaja del judío? ¿Cuál la utilidad de la circuncisión?
Grande, de todas maneras. Ante todo, a ellos les fueron confiados los oráculos de Dios. Pues
¿qué? Si algunos de ellos fueron infieles ¿frustrará, por ventura, su infidelidad la fidelidad de
Dios?¡De ningún modo! Dios tiene que ser veraz y todo hombre mentiroso, como dice la
Escritura: Para que seas justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado.

Pero si nuestra injusticia realza la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será acaso injusto
Dios al descargar su cólera? (Hablo en términos humanos.) ¡De ningún modo! Si no, ¿cómo
juzgará Dios al mundo? Pero si con mi mentira sale ganando la verdad de Dios para gloria
suya ¿por qué razón soy también yo todavía juzgado como pecador?

Y ¿por qué no «hacer el mal para que venga el bien», como algunos calumniosamente
nos acusan que decimos? Esos tales tienen merecida su condenación.

Entonces ¿qué? ¿Llevamos ventaja? ¡De ningún modo! Pues ya demostramos que tanto
judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni
siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una
se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su
garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y
amargura rebosa su boca. Ligeros sus pies para derramar sangre; ruina y miseria son sus
caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos.

Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice para los que están bajo la ley, para
que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Dios, ya que nadie será
justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado.

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Ambrosio de Milán, obispo, sobre el salmo 43

Esta carne que era sombra de muerte,


comenzó a resplandecer gracias al Señor

No podemos negar que la carne puede ser humillada de muchas maneras: circunstancias
de lugar, de intensidad seductora, de la misma fragilidad que da paso a la culpa. Y aun cuando
fue engañado por un adversario nada despreciable, la serpiente, gozaba no obstante de una
gracia singular antes de caer en el pecado: Adán vivía en presencia de Dios, en el paraíso
habitaba en plena lozanía, estaba iluminado por una gracia celestial, hablaba con Dios. ¿Has
leído que fuera humillado antes de que los humillara su propia prevaricación? La herencia de
este vicio ha pasado hasta nosotros, de modo que mientras vivimos en esta envoltura corporal,
no queremos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Y obrando así, humillamos
nuestra alma que pugna por elevarse hacia Dios. Pero este nuestro cuerpo corruptible grava el
alma y predomina el apego a la morada terrestre, hasta el punto de que el alma consagrada a
Dios se inclina una y otra vez a las cosas del siglo sin lograr vivir sumisa a Dios, pues la
sabiduría de la carne no sabe de sumisión, sabiduría que condiciona toda nuestra afectividad.

Si esto decimos de nosotros, ¿qué diremos de la carne de nuestro Señor Jesucristo? Él,
es verdad, asumió toda la realidad de esta carne, por lo cual se rebajó hasta someterse a la
muerte, y a una muerte de cruz. Presta atención y sopesa cada palabra. Observa que asumió
voluntariamente esta nuestra condición humana, con las obligaciones inherentes a tu
condición de esclavo, y hecho semejante a cualquier hombre; no semejante a la carne, sino
semejante al hombre pecador, ya que todo hombre nace bajo el dominio del pecado. Y así
pasó por uno de tantos. Por eso se escribió de él: Es hombre: ¿Quién lo entenderá? (Cf. Jr 17,
9).

Hombre según la carne; superhombre según su situación. Como hombre –dice– se


humilló a sí mismo, pues Dios vino a liberar a los que habían caído en la abyección. Así que
él mismo se humilló por nosotros.

Por tanto, su cuerpo no es un cuerpo de muerte. ¡Todo lo contrario! Es un cuerpo de


vida. Y su carne no es sombra de muerte; al revés, era fulgor de la gloria. Ni en él hay lugar
para la aflicción, ya que en su cuerpo reside la gracia de la consolación para todos. Escúchale
si no cuando dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Él se humilló, para
que tú fueras exaltado porque el que se humilla será enaltecido. Pero no todos los que son
humillados serán enaltecidos, pues a muchos el crimen los humilla para la ruina. El Señor se
humilló hasta someterse a la muerte, para ser enaltecido en el mismo umbral de la muerte.

Contempla la gracia de Cristo, reflexiona sobre sus beneficios. Después de la venida de


Cristo, esta carne que era sombra de muerte, comenzó a resplandecer y a tener luz propia
gracias al Señor. Por eso se ha dicho: La lámpara del cuerpo es el ojo.
SÁBADO I Mc 2, 13-17

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 21-31

Justicia de Dios por la fe

Pero ahora, hermanos, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha


manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para
todos los que creen pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria
de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en
Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre,
mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos
anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el
tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús.

¿Dónde está, entonces, el derecho a gloriarse? ¿Queda eliminado? ¿Por qué ley? ¿Por la
de las obras? No. Por la ley de la fe. Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe,
sin las obras de la ley.

¿Acaso Dios lo es únicamente de los judíos y no también de los gentiles? ¡Sí, por
cierto!, también de los gentiles; porque no hay más que un solo Dios, que justificará a los
circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos por medio de la fe.

Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien, la
consolidamos.

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Ambrosio de Milán, obispo, sobre el salmo 118

Dios nos amonestó por medio de la ley, los profetas,


el evangelio y los apóstoles

Tú promulgas tus decretos, para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi
camino, para cumplir tus designios, entonces no sentiré vergüenza al mirar tus mandatos. No
promulgas –dice– tus mandatos, para que se observen, sino para que se observen exactamente.
¿Cuándo los promulgó? En el paraíso ya le mandó a Adán que observase sus mandatos, pero
quizá no añadió que los observase exactamente: por eso pecó, por eso cedió a la propuesta de
su mujer, por eso fue engañado por la serpiente, pensando que, si derogaba solo en parte el
mandato, el error no sería tan notable. Pero una vez desviado de la senda de los mandatos,
abandonó totalmente el camino. Por eso Dios le despojó de todos los dones, dejándolo
desnudo.

Por lo cual el Señor, al caer el que estaba en el paraíso, te amonestó después por medio de
la ley, los profetas, el evangelio y los apóstoles, que observases exactamente los mandatos del
Señor tu Dios. De toda palabra falsa –dice– que hayas pronunciado darás cuenta. No te
engañes: no dejará de cumplirse hasta la última letra o tilde de un mandato. No te apartes del
camino. Si andando por el camino no siempre estás a resguardo de ladrones, ¿qué ocurrirá si
andas vagando fuera de la senda? Que tus pies estén firmes en el camino recto y, para que
puedas conservar seguro la orientación, pídele al Señor que él mismo te indique sus senderos.

Yo esperaba con ansia al Señor: él se inclinó y escuchó mi grito; afianzó mis pies sobre
roca y aseguró mis pasos. Pídele tú también que asegure los pasos de tu alma, para que
puedas cumplir las consignas del Señor. No sentirás vergüenza al mirar sus mandatos. Antes
te avergonzaste en Adán y Eva: quedaste desnudo, te cubriste con hojas, porque estabas
avergonzado. Te ocultaste a la presencia de Dios, porque estabas corrido de vergüenza, hasta
el punto de que Dios hubo de preguntarte: Adán, ¿dónde estás?

Al preguntarle a él, te está preguntando a ti, pues Adán significa «hombre». De modo que
cabría decir: Hombre, ¿dónde estás? Temeroso por estar desnudo y lleno de confusión, no me
atreví a comparecer en tu presencia. Así pues, para no sentir vergüenza, observemos los
mandatos del Señor y observémoslos enteramente. Pues de nada sirve guardar un mandato, si
se conculca otro.

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