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Leyenda del Cerro de los Siete Colores

El documento presenta varias leyendas argentinas que explican el origen de lugares y elementos naturales, como el Cerro de los 7 colores, la flor del Ceibo, la yerba mate, el Cerro Uritorco, el Puente del Inca, las cataratas del Iguazú y el Lago Nahuel Huapí. Cada leyenda narra historias de amor, valentía y magia, reflejando la cultura y tradiciones de los pueblos originarios. Estas narraciones no solo explican fenómenos naturales, sino que también transmiten valores y enseñanzas a las generaciones futuras.

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Leyenda del Cerro de los Siete Colores

El documento presenta varias leyendas argentinas que explican el origen de lugares y elementos naturales, como el Cerro de los 7 colores, la flor del Ceibo, la yerba mate, el Cerro Uritorco, el Puente del Inca, las cataratas del Iguazú y el Lago Nahuel Huapí. Cada leyenda narra historias de amor, valentía y magia, reflejando la cultura y tradiciones de los pueblos originarios. Estas narraciones no solo explican fenómenos naturales, sino que también transmiten valores y enseñanzas a las generaciones futuras.

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Leyenda del Cerro de los 7 colores

Cuenta la leyenda que, en un pequeño pueblito de la Provincia de Jujuy,


llamado Purmamarca, rodeado de grandes cerros iguales a todos los que se
conocen en el mundo, a un grupo de niños que se habían cansado de que
todos los habitantes y los paisajes siempre se vieran tristes y aburridos, se les
ocurrió hacer algo para alegrar a su pequeño pueblo. Les preguntaron a sus
padres qué podrían hacer, pero ellos no supieron que responder, pensando
que sus hijos se terminarían acostumbrando; pero los niños no se dieron por
vencidos y decidieron que juntos solucionarían el problema. Juntaron toda la
pintura de color que encontraron y cada noche salían de la cama y subían a
pintar el cerro. Siete noches repitieron eso y aunque les avisaron a sus padres
que estaban saliendo para colorear el cerro, ellos no les creyeron y pensaron
que sólo estaban soñando.
Los niños pintaron el cerro con todos los colores que habían conseguido
¡Mientras más colores encontraran, más bello y alegre sería el cerro! Una
noche, uno de los mayores se despertó y no encontró a su hijo en la cama; se
lo dijo a los demás padres y entonces se dieron cuenta de que ¡estaban todos
desaparecidos! Preocupados, decidieron entonces salir a buscarlos. Cuando ya
no sabían en donde buscar, se acordaron de lo que los niños habían dicho y
levantaron la vista al cerro. Asombrados vieron que el cerro aburrido y triste
que rodeaba a su pueblo ¡Estaba pintado en siete hermosos colores! Vieron a
todos los niños bajar del mismo, llenos de pintura, corriendo, riendo y llenos de
felicidad.
Desde ese día se festeja cada año el día de los siete colores en el pueblo de
Purmamarca y desde ese día el cerro que está rodeando el pueblo, alegra a
sus habitantes y da vida al paisaje con sus siete hermosos colores.
Leyenda de la flor del Ceibo
Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita llamada
Anahí. En las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu con
canciones inspiradas en los dioses del fuego, del aire, del agua y de la tierra
que habitaban. Pero un día llegaron los invasores, hombres de piel blanca
provenientes de tierras muy lejanas, más allá del horizonte, que arrasaron las
tribus y les arrebataron las tierras y su libertad.
Anahí fue aprisionada junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando,
varias noches meditando y planeando una forma de escapar para pedir ayuda
a las tribus vecinas, hasta que un día el guardia que la vigilaba se quedó
dormido y la indiecita se dio a la fuga. Corrió rápido y sin mirar atrás, pero hizo
demasiado ruido y despertó a los invasores, que salieron a perseguirla con
antorchas hasta alcanzarla. Enfurecidos por la desobediencia de la indiecita,
prendieron fuego a su alrededor, dejándola sin escapatoria; pero el dios fuego
no quería lastimar a Anahí, el quería protegerla, así que comenzó a crecer,
haciéndose más poderoso y creó una barrera que separó cada vez más a la
indiecita de los invasores.
Cuando las llamas cesaron, los españoles descubrieron que Anahí se había
convirtiendo en un árbol, que hoy conocemos como árbol del ceibo, y al
siguiente amanecer, se encontraron ante el espectáculo de un hermoso florecer
de verdes hojas relucientes y flores rojas aterciopeladas, que se mostraban en
todo su esplendor, como símbolo de la valentía y la fortaleza de Anahí.
Leyenda de la yerba mate
Cuenta la leyenda que, desde hace mucho tiempo, la Luna Yasí, como la
llamaban los guaraníes, alumbra de noche el cielo misionero. Yací no conocía
la tierra, veía el mundo desde arriba porque no se animaba a bajar a
descubrirla, aunque era muy curiosa y ansiaba ver por sí misma las maravillas
de las que le hablaba su amiga Araí, la nube. Un día, venció su temor y bajó a
la tierra acompañada de la nube, y convertidas en niñas de blanca piel y
cabellera, se pusieron a recorrer y descubrir las maravillas de la selva.
Era mediodía y los colores, los olores y los ruidos de la gran selva no dejaron
que escucharan los pasos sigilosos de un yaguareté que se acercaba
agazapado para atacarlas. En ese mismo instante, antes de que pudiera
lastimar a Yasí y Araí, una flecha disparada por un viejo cazador guaraní que
venía siguiendo al tigre se clavó en el costado del animal y salvó a las dos
niñas que estaban arrinconadas, muy asustadas. Ellas no pudieron agradecer
al anciano ya que volvieron lo más rápido posible al cielo, temblando de miedo
por lo que había sucedido.
Esa noche, acostado en su hamaca, sin saber que había salvado a la tierra de
quedarse sin Luna que alumbrara en la oscuridad, el viejo tuvo una
extraordinaria visión: la Luna, en todo su esplendor, desde el cielo le decía: Yo
soy Yací, la niña que hoy salvaste del yaguareté y quiero darte las gracias ya
que fuiste muy valiente. Por eso quiero darte un regalo y un secreto. Mañana,
cuando despiertes, vas a encontrar frente a tu casa una planta nueva llamada
caá; con sus hojas tostadas y molidas se prepara una infusión que acerca los
corazones y ahuyenta la soledad. Es mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de
tus hijos.
Al día siguiente, el viejo descubrió frente a su casa, una planta de hojas
brillantes y ovaladas que crecía de la tierra. El cazador siguió las instrucciones
de la Luna: no se olvidó de tostar las hojas y, una vez molidas, las colocó
dentro de una calabacita hueca, vertió agua, probó de una caña fina y luego
convidó a todos los miembros de su tribu ¡Había nacido el mate!

Leyenda del cerro Uritorco


Cuenta la leyenda que vivía hace muchos siglos, en un lugar ubicado en lo que
hoy conocemos como la provincia de Córdoba, una tribu de comechingones.
Su cacique, pacífico pero temido por su fuerza, se casó con la joven hechicera
de la tribu, con quien se profesaba un entrañable amor.
Envidioso y encaprichado por el amor de la hechicera, un cacique de otra tribu
retó a duelo a Thimbu para determinar quién se quedaría con su esposa. Y le
ganó, pero haciendo trampa.
El día en el que el cacique de la tribu vecina visitó a Thimbu para reclamar a su
esposa, a quién había ganado en duelo, ella escapó lejos de la aldea y se
transformó en agua. Los dos caciques salieron a buscarla, pero el cacique
vecino, al no poder encontrarla luego de unas horas, se rindió y volvió a su
aldea.
Sin embargo, Thimbu, desesperado, la buscó sin parar por varios días hasta
que finalmente cayó dormido por el cansancio y quedó tendido mirando al cielo
para siempre. Su esposa (convertida en el río que fluía no muy lejos de él) lo
transformó en cerro para que vivieran siempre uno al lado del otro.
Thimbu se transformó en lo que es hoy el Cerro Uritorco, cuyo nombre proviene
de la lengua nativa de sus habitantes, los comechingones y significa “Cerro
Macho” por su semejanza con el perfil de un hombre recostado.
Él cacique/cerro siguió protegiendo a su pueblo de tempestades y ventiscas. Y
el río Calabalumba, en el que se había convertido su esposa, sirvió para
refresco y alegría de su tribu, que siguió viviendo en las riberas. Hoy, dicen los
turistas que en él se bañan, que notan que sus aguas acarician y les producen
una sensación de infinita paz.

Leyenda del Puente del Inca


Cuenta la leyenda que hace muchos años el heredero del trono del Imperio
Inca tenía una extraña y misteriosa enfermedad y poco a poco estaba
muriendo. Las curas, rezos y recursos de los hechiceros nada lograban y
desesperaban por no poder devolverle la salud al príncipe al que querían tanto.
Fueron convocados los más grandes sabios del reino, quienes afirmaron que
sólo podría sanarlo el maravilloso poder del agua de una vertiente, ubicada al
sur, en una muy lejana tierra. Decidieron entonces viajar hasta allí en numerosa
caravana, superaron muchas dificultades, marcharon durante meses sobre
valles y montañas, con frío y con calor hasta que un día se detuvieron ante una
quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un profundo río. Al frente, en el
lado opuesto, estaba el manantial, pero… ¿cómo iban a hacer para cruzar?
Todos trataron de buscar una forma de llegar hasta las milagrosas aguas, pero
no lo lograron. Mientras tanto el Sol, que ya se estaba por ocultar en el
horizonte, vio lo que estaba ocurriendo. La hazaña que los incas habían sido
capaces de realizar por amor a su príncipe, no escapó a la vista del Dios y
quiso premiarlos. Consultó con la luna, Mama Quilla, y entre los dos decidieron
ayudarlos.
Al amanecer del día siguiente, los incas, entre dormidos y despiertos, vieron
sorprendidos que frente a ellos, había un ancho puente de piedra y tierra que
les habían construido los Dioses de la Luna y el Sol para que pudieran llegar al
manantial. Llenos de alegría pudieron conseguir curar a su emperador, quién
volvió a gobernar su Imperio durante muchos, muchos años.
Desde entonces al noroeste de la provincia de Mendoza, donde pasa el río Las
Cuevas, el mismo que interrumpiera el paso del emperador y sus súbditos, se
levanta el Puente del Inca uniendo las dos orillas y bajo su arco siguen
pasando torrencialmente las aguas del río.
Leyenda de las cataratas del Iguazú
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, a orillas del río Iguazú tenían sus
poblados los guaraníes, que vivían felices en las fértiles tierras dónde también
habitaba el dios Boi quién era el protector de la tribu.
Un día Boi se enamoró de la hija de Igobi, el cacique de la aldea, una hermosa
joven llamada Naipí. Pidió su mano ante el cacique, quien eternamente
agradecido con su protector, no dudó en aceptar sin siquiera consultar con su
hija.
El día de la ceremonia, invitaron a todas las tribus vecinas. Tarobá, un joven de
la tribu del sur se enamoró perdidamente de Naipí apenas la vio, hasta el punto
que decidió hablar con el cacique para pedir la mano de la joven, que también
se había enamorado de él; pero el cacique no se lo permitió.Tarobá no se
rindió, así que planificó escapar con Naipí antes de la ceremonia, en una canoa
que tendría preparada kilómetros adelante.
Naipí esperó a que todos se distrajeran y se escapó para encontrarse con su
amado. Nadie se dio cuenta excepto Boi quien, furioso por no ser
correspondido, la persiguió y justo antes de que los jóvenes se encontraran,
elevó la tierra y una parte del río se levantó por sobre otra, haciendo que se
formara una gran catarata que separó a los dos enamorados, dejando a Naipí
en la cima y a Tarobá debajo, sin poder alcanzarla. Pero esto no bastó para él,
así que transformó a Tarobá en un árbol, con sus ramas inclinadas hacia arriba
como queriendo alcanzar a Naipí, a quién convirtió en una piedra ubicada justo
en centro del río, en la parte más alta dónde comenzaba a caer la catarata.
Luego él se adentró en una gran cueva para poder vigilarlos e impedir que se
unieran de alguna manera.
Por eso, en días en que el sol sale con intensidad, surge un arco iris que
enlaza al árbol con la roca permitiendo que durante un momento los jóvenes
enamorados se encuentren a pesar de la oposición de Boi.
Leyenda del Lago Nahuel Huapí
Cuando las naciones del sur de América vivían florecientes, reinando a ambos
lados de la cordillera, una ciudad ubicada en lo que hoy es la Patagonia
Argentina, proyectaba su luz. Su esplendor era tal, que hasta cruzando los
mares, personas de otras razas y colores habían oído hablar de ella como una
creación fantástica de las hadas. Los conquistadores llegaron a las costas de
América en busca de aquella ciudad, ubicada en una pequeña isla sobre un
gran lago, rodeada por jardines y por muros cubiertos de esmeraldas, en la que
se decía que encontrarían mucho oro, plata y diamantes.
Avisados sus habitantes de la proximidad de los conquistadores, y temerosos
de que su ciudad mítica fuera invadida, un hechicero propuso protegerla,
haciendo que desapareciera la ciudad intacta, sin dejar huellas, hasta que se
alejaran los invasores. Y así en un mágico hechizo, la isla, junto a todos sus
habitantes, desapareció. La isla comenzó a hundirse lentamente en las aguas
del lago, que eran claras y profundas.
Hasta hoy en día, permanece sumergida en el río la brillante y hermosa ciudad,
inaccesible a los invasores que tratan de alcanzarla, hasta que desaparezcan
los intrusos para emerger triunfante con sus collares maravillosos, sus palacios
de oro y plata y sus jardines encantados, rodeados de resplandecientes muros
de esmeraldas que hoy le dan ese particular brillo y luz a nuestro lago Nahuel
Huapi.

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