Aventura en el Cañón: Rescate en el Río
Aventura en el Cañón: Rescate en el Río
CAPITULO II
Despertó sobresaltado al sentir que perdía el equilibrio y levantó
la cabeza mirando a su alrededor.
Se había sentado en el suelo, la espalda contra la silla de montar,
los pies extendidos hacia el fuego y una manta sobre los hombros.
Sin duda había descabezado un sueño bastante largo. El fuego de
la fogata se había extinguido, quedando solamente los carbones
esparciendo un leve resplandor. Se había movido el viento, y del río
parecía trasudar una fría humedad. Jack sacó el reloj, lo acercó a la
fogata y consultó la hora.
Era la una y dieciséis minutos. Si los hombres que buscaban a
Ruby Baker estaban en camino, probablemente no tardarían en
llegar.
Jack no esperaba nada en particular de ellos, pero pensó que no le
agradaría ser sorprendido mientras dormía. La cautela formaba
parte de sus hábitos de hombre solitario.
Decidió avivar el fuego y esperar despierto.
Se puso en pie, recogiendo la revolverá, y se ciñó el cinturón por
debajo de la manta. La provisión de leña se había agotado en la
prolongada vela, por lo que decidió salir por más.
Mientras iba lentamente por la orilla del río buscando madera a
tientas, volvió a pensar en Ruby Baker y en sus enigmáticas
palabras. Entonces se le ocurrió algo en lo que no había caído hasta
entonces.
Si fuera cierto que aquellos hombres buscaban a Ruby Baker para
matarla, y él les aseguraba que en efecto había muerto, ellos tendrían
motivos para sentirse muy satisfechos. Sin embargo, siempre
partiendo de la base que fueran reales los temores de la muchacha,
los que querían matarla pensarían que habían logrado su propósito y
que, en consecuencia, deberían quitar también de en medio al único
testigo de lo ocurrido; es decir, al propio Jack.
La idea no le gustó a Jack. ¿Y si la chica no estaba loca, después de
todo?
Por lo que fuera, Jack decidió mostrarse cauteloso.
Regresó con una brazada de leña al campamento, arrojó algunas
ramas sobre las brasas y se desembarazó de la manta.
Alejándose hacia el río, regresó poco después llevando una piedra
de regular tamaño. Hizo dos viajes más en busca de nuevas piedras,
las dispuso junto a la silla de montar y tendió la manta por encima.
Más o menos parecía como si hubiera una persona acostada bajo la
manta. Para completar el efecto se sacó las botas, las puso de forma
que asomaran un poco por el borde de la manta y dejó el rifle
recostado contra la silla de montar.
Luego echó más madera a la fogata y se retiró hacia el cercano
bosquecillo.
Dispuesto a esperar, aun a riesgo de perder lo que quedaba de la
noche en una vigilia tan penosa como estéril, se sentó en el suelo con
la espalda recostada contra un tronco.
La espera no iba a ser tan larga como temió.
Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando relinchó el
caballo. La experiencia había enseñado a Jack cuán prudente era fiar
de los instintos naturales de los animales cuando los sentidos no
decían nada al hombre.
El caballo había olfateado la proximidad de hombres o caballos, o
ambas cosas al mismo tiempo. Jack se volvió, quedando de rodillas
oculto por el tronco. Escuchó.
Durante un largo rato nada oyó, fuera del rumor del viento que
susurraba agitando las hojas de los álamos y el murmullo del río
deslizándose allí cerca. De nuevo el caballo relinchó suavemente.
Jack pensó que los desconocidos se tomaban mucho tiempo para
acercarse, lo que bien podía interpretarse como falta de confianza o
signo de una perversa intención.
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Desde su escondite, Jack podía ver su campamento a unos treinta
pasos de distancia. En él, la fogata ardía de un modo conveniente,
sin llamas demasiado vivas, pero esparciendo un resplandor
suficiente para alumbrar el bulto formado por las piedras, la manta y
las botas.
De pronto, el crujido de una ramita seca atrajo la sobresaltada
atención de Jack hacia el bosquecillo de álamos.
Un hombre acababa de aparecer sigilosamente entre los árboles
empuñando un rifle. Unos pasos más allá, una segunda figura salió
silenciosamente del bosquecillo y avanzó de puntillas hacia el centro
del campamento.
Jack comprendió. Sus visitantes, después de desmontar a una
prudencial distancia, se habían acercado por entre los árboles para
caer por sorpresa sobre el campamento. Era ocasión de celebrar la
idea de su estratagema, ya que los visitantes nocturnos no llevaban,
por las trazas, muy buenas intenciones.
Los furtivos visitantes se encontraban ya a mitad de camino entre
el bosquecillo y la fogata. Jack iba ya a ponerse en movimiento para
salirles por la espalda, cuando se detuvo al ver a un tercer personaje
que se deslizaba entre los álamos, bastante rezagado respecto a los
otros dos.
Jack esperó a que el tercer hombre entrara en el campamento.
Uno de los dos que iban delante se acercó de puntillas a la manta
que cubría al supuesto durmiente.
Por puro azar, una de las botas que Jack había dejado con la
puntera hacia el cielo, perdió su equilibrio y
se dobló hacia un lado, creando la falsa impresión de que el
inexistente durmiente movía un pie.
Los dos hombres se detuvieron en seco, en tanto que el tercero
seguía avanzando de puntillas, la mano cerca de la culata del
revólver, que por cierto llevaba colgando muy bajo al costado
izquierdo.
Como ningún otro movimiento indicara vida en la figura que
debería yacer bajo la manta, los dos hombres siguieron avanzando
sigilosamente hasta alcanzar el centro del campamento. Uno de los
hombres adelantó el cañón de su rifle hurgando en la manta,
mientras decía en voz alta:
—¡Vamos, amigo, despierta de una vez!
Jack se encontraba en este momento a espaldas del tercer hombre,
moviéndose silenciosamente sobre sus pies descalzos.
Como nada se movía bajo la manta, el hombre repitió:
—¡Eh, despierta!
El golpe del cañón contra la dura piedra debió despertar los
recelos del hombre. Este se inclinó, agarró una punta de la manta y
tiró de ella, descubriendo de golpe las piedras que había debajo.
Los tres personajes quedaron momentáneamente paralizados por
la sorpresa.
A sus espaldas, el regocijado Jack habló y dijo:
—¿Buscan ustedes a alguien, compadres?
Los tres visitantes se volvieron como si hubieran escuchado a sus
espaldas el sonido característico de una serpiente de cascabel.
—¡Quietos! —conminó Jack, apoyando su mano abierta sobre la
picuda culata del «Colt».
Ciertamente, los tres personajes quedaron quietos, como
petrificados. Aunque dos de ellos empuñaban rifles, el tercero estaba
situado en su línea de tiro respecto a Jack, por lo que éste se sintió
bastante seguro por el momento. Se fijó entonces en la cara del
hombre que tenía ante sí, a unos quince pasos de distancia.
El rostro del hombre quedaba fuera del resplandor de la fogata,
pero aun así, Jack vio una cara redonda, de abultados labios y ojos
pequeños, abrumados por la prominente frente y las pobladas cejas,
ahora fruncidas en gesto poco amistoso.
—¿Quién es usted? —gruñó el zurdo de las pobladas cejas.
—Yo soy el que debería estar bajo la manta, en lugar de esas
piedras —repuso Jack—. ¿Y usted quién es?
—A usted nada le importa.
—De acuerdo, estamos iguales —dijo Jack, con aplomo—.
Ninguno sabemos quién es el otro. Y ahora repito la pregunta de
antes. ¿Buscan a alguien?
—Sí, a usted.
—Pues ya me tienen aquí. ¿Sobre qué tema va a versar la
situación?
—No será una conversación muy larga —repuso el otro
sombríamente. Se volvió mirando con desconfianza a su alrededor
—. ¿Está usted solo?
—Ya lo ve.
—Pues yo diría que le vi desde arriba nadando para sacar a la
chica del río. ¿Qué hizo con ella?
—¡Ah!
—¿Qué significa «Ah»?
—Tenía la esperanza de que nadie me hubiese visto.
—¿La sacó a ella del río?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En el río.
—¡Cómo! ¿Qué dice?
—Volví a echarla al río. Estaba muerta, con el espinazo roto. Pensé
que ésta sería la mejor manera de evitar complicaciones. ¿A usted
qué le parece? —preguntó Jack en tono casi amable.
—Me parece que hizo usted muy bien —repuso el zurdo.
Siguió un silencio lleno de embarazo y tensión.
—Está bien —dijo el zurdo a sus acompañantes, por encima del
hombro—. Ya nada tenemos que hacer aquí. Vámonos.
Giró a la derecha y empezó a moverse con largas y elásticas
zancadas, apartándose de la línea de tiro que interceptaba entre sus
hombres y Jack.
Apenas se había alejado media docena de pasos, todavía los dos
hombres de los rifles no se habían movido, cuando se volvió
empuñando el revólver y gritó:
—¡Matadle!
Jack no podía creer que le dejaran en paz después de haber sido
involuntario testigo de algo que se parecía sospechosamente a un
crimen. La treta del zurdo no le pilló de sorpresa. Más bien la
esperaba, y reaccionó con prontitud sobre un plan de emergencia
previamente trazado.
El más peligroso, al menos por el momento, era el hombre que
había hurgado en la manta con el rifle. Este sujeto tenía el arma en la
mano y el dedo sobre el gatillo, y todo lo que tenía que hacer era
levantar el cañón y disparar.
Antes, sin embargo, de que el cañón del rifle se levantara hasta
situarse en posición de disparar, Jack se movió con velocidad
prodigiosa desenfundando y disparando el «Colt».
El hombre del rifle soltó el arma y salió reculando hasta que
tropezó y cayó de espaldas sobre la fogata. Pero antes que su cuerpo
tocara el suelo y desparramara el fuego, dejando el campamento casi
en completa oscuridad, Jack ya se había tirado rodando al suelo.
El disparo del zurdo lanzó su silbante bala por encima de la
cabeza de Jack. Este disparó a su vez desde el suelo cuando
sobrevenía repentina oscuridad. Todavía le pareció ver que el zurdo
caía de rodillas, pero no le prestó demasiada atención. El segundo
rifle ladró agudamente y Jack sintió el calor del balazo que le pasaba
rozando la mejilla.
Disparó velozmente contra el fogonazo. Se escuchó un grito de
agonía. A la débil luz de los esparcidos tizones, Jack todavía alcanzó
a ver al hombre cayendo de rodillas y al suelo.
Se volvió de nuevo buscando al zurdo. Le vio, en efecto, corriendo
a toda la velocidad que sus piernas le permitían por la lengua de
tierra entre el bosquecillo y el río. El espaldar de su chaleco era como
una vaga mancha gris que se difuminaba rápidamente en la
oscuridad.
Jack disparó contra esta mancha, pero la distancia era demasiado
larga para un revólver y probablemente no le alcanzó.
Corriendo hacia su silla de montar, Jack tomó el rifle que había
dejado recostado contra ésta y salió por la playa en persecución del
fugitivo.
No tardó Jack en pegar un brinco y lanzar una maldición, pues la
playa estaba sembrada de ramas secas, traídas y dejadas allí por la
corriente del Colorado en sus avenidas. Y la mayoría de estas ramas
tenían aguzados pinchos. Y Jack estaba descalzo.
Como no estaba dispuesto a abandonar la persecución, al menos
hasta asegurarse de que el enemigo huía y había dejado de
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representar un peligro, Jack optó por correr siguiendo la orilla,
donde el agua le llegaba a los tobillos. Aun así, tropezó con algunas
ramas y en una ocasión se cayó pegándose un chapuzón en el que
también el rifle resultó mojado.
Maldiciendo entre dientes se puso de pie y continuó por la playa
hasta que poco después escuchó el piafar de un caballo seguido de
un rápido galope que se alejaba.
«Buen viento te lleve», pensó Jack.
Y emprendió el regreso al campamento tanteando el camino para
no herirse de nuevo en las ramas varadas en la arena.
De la hoguera sólo quedaban unos esparcidos tizones. Al llegar al
campamento oyó una voz que le llamaba tímidamente:
—¿Es usted, señor Hebron?
—Sí, ya puede usted salir —repuso Jack, de mal talante.
Uno de los cadáveres yacía todavía sobre los rescoldos de la
fogata. El aire estaba impregnado del picante olor a ropa socarrada.
Jack apartó el cadáver de un tirón. Mientras reunía los dispersos
tizones llegó la señorita Baker. Ella se mantuvo silenciosa a su lado
hasta que Jack logró avivar el fuego, echando ramas secas y
soplando en las brasas, haciendo brotar la llama.
Al esparcir la fogata nuevo resplandor, Jack se puso en pie,
cruzando su mirada con la de la señorita Baker.
Ella señaló aprensivamente a los dos hombres inmóviles.
—¿No va a asegurarse siquiera de que están muertos?
—¡Oh, lo están! Yo sé bien cuándo doy en el blanco —aseguró Jack
con displicencia.
Tomó sus botas, se sentó en la silla de montar y se las calzó.
—¿Ed logró escapar?
Jack levantó sus ojos hasta el pálido rostro de la chica. Ella llevaba
puesta todavía la chaqueta de Jack, pero había recuperado parte de
su apariencia femenina al ponerse de nuevo la falda de amazona que
había secado antes en el fuego.
—¿De modo que se llama Ed? —preguntó Jack—. ¿Ed, y qué más?
—Edmund Grey. Es uno de mis hermanastros.
—¡Hola! ¿Así que ellos eran hermanos suyos? ¿También éstos? —
señaló Jack a los cadáveres.
—No, solamente Ed. En realidad, ni Ed ni su hermano James son
nada mío. Su padre se casó hace unos pocos años con mi madre, eso
es todo.
Jack la contempló severamente.
—Mire, no crea que soy un curioso, pero me he metido por usted
en un lío que hace solamente unos minutos pudo costarme la vida.
Esos tipos estaban dispuestos a acabar conmigo. Yo tuve que acabar
con ellos y será milagro si todo esto no trae malas consecuencias.
Ahora, ¿quiere por cien mil demonios decirme quién es usted v por
qué intentó matarse tirándose al río?
—Me llamo Rudy Baker.
—Sí, eso ya lo dijo esa tarde.
—Tenemos un rancho en esta comarca, un buen rancho, el mejor
de toda esta parte de Utah. Papá llegó a esta tierra con las primeras
huestes de Brigham Young y se estableció como ranchero,
empezando a recriar ganado... En fin, no voy a contarle. Hace diez
años que papá murió a consecuencia de un ataque de los indios a
nuestra hacienda. De acuerdo con las leyes de este Estado, y puesto
que papá no dejó testamento en que se expresara lo contrario, mamá
y yo heredamos a partes iguales la hacienda. Si después de morir mi
padre, mi madre le hubiese seguido a la tumba, yo habida heredado
también la parte correspondiente de la herencia que le dejó papá.
¿Comprende hasta aquí?
—Sí, la comprendo perfectamente. Lo que viene a querer decir
todo esto es que después de haberse casado su madre de usted en
segundas nupcias, en caso de fallecimiento de ésta ya no es usted la
que la hereda, sino su segundo marido.
—Sí, exactamente.
—Luego usted no vio con muy buenos ojos que su madre se
volviera a casar.
—No, es cierto. Mas, así y todo, el padrastro que mamá me dio me
habría parecido soportable si él no hubiera empezado desde el
primer momento a maniobrar en busca del resto de la herencia que
me pertenece a mí.
—¿Qué quiere decir esa palabra «maniobrar»?
—Me refiero a la actividad que Sam Grey desplegó para conseguir
casar a uno de sus hijos conmigo.
—Vamos, ya la entiendo. Ese tuno de Sam Grey aspiraba a
conseguir el control total de la hacienda casando a uno de sus hijos
con usted. De esta forma, la hacienda volvía a estar reunida. Una de
sus partes la heredaría Grey en caso de fallecer su esposa. La otra
parte la heredaría uno de sus hijos en caso de fallecer usted. ¿Pero
qué ocurriría si Grey falleciese antes que su madre de usted?
—La parte de la herencia correspondiente a mi madre revendría a
mi poder.
—A menos que ella dejase testamento disponiendo lo contrario.
—Sí, así es exactamente.
—¿Qué ocurrió después? ¿Usted se negó a casarse con alguno de
los hijos de Grey?
—¿Iba a casarme yo con ninguno de esos dos gorilas? —protestó
Ruby Baker furiosa—. Aunque ellos fueran los últimos varones sobre
la tierra. Antes me arrojaría de cabeza por un precipicio.
—¿Como hizo ayer?
—¡Sí, como hice ayer! ¡Les aborrezco! —exclamó la joven, con
acento exasperado.
—Sin embargo, haciendo eso, lo único que iba a conseguir sería
facilitarles el camino hasta esa parte de la hacienda que todavía
retiene usted. Si usted muriese, su madre le heredaría. Luego, Sam
Grey heredaría a su esposa y sus hijos le heredarían a él. ¿No es así?
—Sí, así es.
—¿Usted había pensado en ello?
—¡Oh, claro que lo había pensado! Y ellos lo han pensado también.
Una vez hayan apurado todos los recursos para hacer que me case
con uno de ellos, si no pueden conseguirlo me matarán.
—¿Y sabiendo eso quiso usted matarse ayer? ¿Por qué?
—Porque hay cosas peores que la misma muerte, señor Hebron. Ya
se lo dije antes. Prefiero morir a ser de ninguno de esos cerdos.
—¿Quiere decir que optó por el suicidio como último recurso?
—Sí. Ayer consiguieron sorprenderme sola en el campo. Me
acorralaron... Estaban dispuestos a pasar sobre mí, presentando
hechos consumados que obligarían a cualquier mujer con vergüenza
a aceptar a un esposo aun detestándole... ¡Ah, los miserables!
Ella se cubrió el avergonzado rostro con las manos y rompió a
llorar con desesperación.
—¡Estoy sola, abandonada de todos frente a esos canallas cobardes
y miserables, sin nadie a quien recurrir, sin nadie que me defienda y
me proteja y...!
Las lágrimas le impidieron continuar. Jack la contempló
incrédulamente en silencio hasta que ella pareció tranquilizarse.
—Vamos —dijo Jack gravemente—. La acompañaré hasta su casa.
Mientras ella le miraba pensativamente. Jack cargó con la silla de
montar y se alejó en busca del caballo.
Regresó poco después llevando las riendas del caballo en una
mano y el lazo arrollado en la otra. Se dirigió en derechura a uno de
los cadáveres y le pasó la cuerda por debajo de los sobacos.
—¿Qué se propone hacer? —preguntó la joven.
—Ignoro cómo se resolverá este asunto, pero he matado a dos
hombres y creo que lo más prudente será desembarazarnos de los
cadáveres.
Jack montó a caballo llevando la cuerda, amarró ésta al pico de la
silla y obligó al animal a tirar, arrastrando el cadáver por la playa
hasta el río.
Entrando en el río hasta que el nivel del agua cubrió el vientre del
caballo, Jack tiró de la cuerda arrastrando el cadáver. Cuando éste ya
flotaba en aguas bastante profundas, Jack cortó la cuerda y dejó que
la corriente se lo llevara.
Regresó al campamento para repetir la misma operación con el
segundo cadáver.
Al volver al campamento después del segundo viaje echó pie a
tierra y recogió los rifles de sus víctimas. Acercándose a la orilla del
río y tomando las armas por el cañón, arrojó éstas una tras otra al
agua cuán lejos pudo.
Poco después, Ruby Baker apoyaba su pie en el estribo y ayudada
por la vigorosa mano de Jack Hebron se acomodaba en la grupa del
caballo.
La luna se elevaba sobre el horizonte para alumbrar
oportunamente el camino de la pareja en su marcha hacia el rancho
de Baker.
CAPITULO III
Después de cierta conmoción, señalada por la presencia de la
montura con sus dos jinetes al acercarse al rancho, un extraño
silencio rodeó a Jack Hebron y a su compañera al entrar en el patio
sombreado de frondosos álamos.
Un hombre alto que vestía pantalón y chaleco negros, descubierta
la cabeza en la que hacía progresos una brillante calva, se encontraba
en la sombra del espacioso pórtico de la casa principal, junto a una
mujer rubia de azules y sorprendidos ojos, probablemente la señora
Grey.
Entre el pórtico y el grueso tronco de un álamo rodeado de un
cerca de piedra que servía de banco, dos hombres relativamente
jóvenes contemplaban a la pareja formada por Jack Hebron y la
señorita Baker con mirada ominosa.
Jack identificó sin dificultad a uno de ellos como al mismo hombre
que la noche anterior le había visitado en su campamento allá en el
Cañón del Diablo. Era Edmund Grey. Y por su extraordinario
parecido, aunque con algunos años más, el sujeto que estaba junto a
Ed era su hermano James. Los dos llevaban revólver, y a juzgar por
las espuelas que calzaban y los dos caballos ensillados atados al
tronco del árbol, ambos se disponían a salir cuando fueron
sorprendidos por el regreso de Ruby Baker acompañada de Jack.
El primero de los personajes en reaccionar fue la señora Grey.
—¡Ruby! ¡Dios mío! ¡Y nosotros te creíamos muerta!...
Teniendo en cuenta el acento en que fueron pronunciadas estas
palabras, la señora Grey parecía expresar más bien enojo que
verdadera alegría por el regreso de la hija desaparecida. Ruby Baker
se disponía a desmontar.
—Por el lado izquierdo, señorita Baker —advirtió Jack, pues
deseaba tener la mano derecha libre y no demasiado lejos del «Colt»,
por lo que pudiera pasar.
Apoyándose en la mano de Jack, la señorita Baker se deslizó al
suelo y avanzó hacia el pórtico.
—¿Qué ha ocurrido, Ruby? —preguntó severamente el hombre de
la brillante calva—. James vino anoche diciendo que te habías
despeñado por el Cañón del Diablo con tu desbocado caballo. Esta
mañana, Ed regresó con la noticia de tu muerte, confirmada por
alguien que se encontraba en el fondo del cañón y fue testigo de tu
caída.
—Siento haberles defraudado a ustedes... —repuso fríamente la
muchacha—. Ya ven que no me maté. Pero no deben desesperar
ustedes, tal vez lo consigan la próxima vez.
—¿Qué quieres decir con eso, Ruby? —interrogó la señora Grey.
—Tus hijastros me obligaron a saltar al barranco. No pudieron
matarme ayer, pero quizá lo consigan en el próximo intento. Eso he
querido decir.
—¡Ruby!
—¡Ellos, ese par de puercos cobardes! —gritó agudamente Ruby,
volviendo a apuntar con su dedo acusador a los paralizados
hermanos Grey.
Siguió un abochornado silencio. Desde la cerca del corral, dos
vaqueros que amontonaban estiércol se detuvieron a curiosear lo
que ocurría en el patio. Otro hombre salió llevando un balde por la
esquina del edificio y se paró también a mirar.
Sam Grey hizo una mueca y dijo:
—Entra en casa, Ruby. Tenemos que aclarar esto... —Se volvió
hacia sus hijos—: Venid vosotros también.
Ed y James cruzaron una mirada entre sí. Luego, los dos echaron a
andar a un tiempo, lanzando una amenazadora mirada sobre Jack al
pasar ante el caballo de éste.
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Desde el pórtico, la señorita Baker se volvió y dijo:
—Entre usted también, Hebron.
Los hermanos Grey se pararon en seco.
—¿Qué tiene él que ver en nuestros asuntos? —gritó Ed, furioso.
—El señor Hebron es mi amigo —dijo la señorita Baker—. El me
sacó del río en el Cañón del Diablo. Me salvó la vida. Le he invitado
a pasar unos días en mi casa y no creo que haya nadie con suficiente
autoridad sobre mí para impedirlo.
Sam miró a Jack, y la mirada del hombre no le gustó al joven.
—Esta es tu casa, Ruby. No podemos impedir que invites a quien
gustes —dijo Grey, con alguna sequedad—. Entre usted si gusta,
señor Hebron.
En realidad, Jack no sentía gran interés en mezclarse en una
disputa familiar entre Ruby Baker y los Grey, pero no vio el modo de
evitarlo...
Desmontó desganadamente, amarró la brida de su caballo a una
de las columnas del pórtico y entró en la casa.
La casa de Ruby Baker era espaciosa y estaba amueblada con más
lujo y comodidades de lo que era corriente en un rancho ganadero.
Los muebles, distribuidos sin exceso, eran de buena calidad y se
veían bien conservados. Jack vio una gran chimenea de piedra con
una cabeza de ciervo de grandes cornamentas como elementó
decorativo, un diván y un par de sillones tapizados de cuero.
La habitación, por lo que se podía adivinar, servía a la vez de
comedor y living, con suficiente espacio para cubrir ambas
necesidades.
Fue la señora Grey quien, después de dejarse caer en el diván
rompió el fuego, exclamando airadamente:
—¡Esta situación es insoportable, Ruby! Mi salud no me permite el
sobresalto de una disputa diaria, ni el disgusto de ver a quienes más
quiero enzarzados en una continua pelea.
—Yo creo que exageras, mamá. A nadie quieres más que a ti
misma.
—¡Ruby!
—Si de veras te importáramos los demás, tú habrías sabido evitar
esta enojosa situación manteniéndote en tu resignada viudez.
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—¡Oh, encima esto! —exclamó la señora Grey, empezando a verter
lágrimas—. ¡Críe usted hijos, desvívase por ellos y sacrifíqueles los
mejores años, para que luego se erijan en jueces y verdugos! Cumplí
como buena esposa mientras vivió tu padre. ¡No tienes derecho a
recriminarme porque decidiera seguir viviendo después que él
murió!
—No vale la pena discutir esto —suspiró Ruby Baker—. De nada
serviría lamentarse de un error que ya no tiene remedio.
Sam Grey intervino quejosamente:
—Tú nunca viste bien que tu madre se casara conmigo, Ruby.
—¡Naturalmente! —exclamó la muchacha, engallándose—.
Dígame si a usted le gustaría haber trabajado durante toda su vida,
disputando su tierra y su ganado a los indios, a las epidemias y a las
sequías, privándose en ocasiones de lo más necesario para dar a su
mujer y a su hija un confortable porvenir... y que luego se lo llevara
estúpidamente una flecha y tuviera que ver el fruto de su sacrificio
entregado a un advenedizo que nada hizo por merecer esa riqueza,
excepto enternecer a una viuda de corazón joven y sentido común de
mosquito.
—¡Ruby! —chilló la señora Grey—. ¿Quieres decir que soy yo esa
viuda de corazón joven y sentido común de mosquito?
—Sí. Y Sam es el advenedizo que vino a enamorarte y quedarse
con el fruto del trabajo y el sacrificio de mi padre, sin más que
arremangarse los brazos y meter mano en lo que no le pertenece.
Jack, tan interesado ahora como divertido en la discusión, vio
ponerse como la grana el rostro de Sam Grey.
—Tú no eres tu padre, Ruby. No tienes por qué situarte en su
lugar ni esforzarte por adivinar lo que él diría, caso de que fuera
capaz de venir a protestar desde el sitio donde está.
A lo que Ruby Baker contestó secamente:
—Justamente porque él no puede venir a protestar, alguien de su
misma sangre tiene que defender su hacienda del pillaje de
individuos como usted.
—¡Ruby, te prohíbo que hables en estos términos a tu padre! —
rugió la señora Grey.
—Él no es mi padre.
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—Ocupa el vacío que dejó el tuyo verdadero, se preocupa por
nuestro bienestar y llena a satisfacción la necesidad que teníamos de
un hombre que defendiera nuestros intereses.
—El no defiende nada, salvo sus intereses propios. La mitad de
todo lo que logró reunir mi padre en veinticinco años de trabajos es
del señor Grey, por el único mérito de haberse casado contigo. Si de
veras le preocupa algo, es hacerse dueño de la otra mitad,
obligándome a casar con uno de sus hijos.
—Nadie te obliga a tomar a Ed o a James por marido. Sin
embargo, eso es lo que deberías hacer si tuvieras sentido común.
¿Qué puedes decir en contra de estos muchachos? —exclamó la
ingenua señora Grey—. Son buenos chicos, honrados, y te aprecian.
—Sí, Ruby, eso es verdad —apoyó Grey, moviendo gravemente su
medio pelada cabeza.
Ruby se volvió hacia él con sus negras y hermosas pupilas
fulgurantes.
—¡Oh, sí, ellos son muy buenos chicos! ¿Quiere saber lo que
intentaban hacer ayer conmigo sus honrados hijos, señor Grey? Me
siguieron cuando salí a pasear por el campo, me arrinconaron como
un caballo salvaje en colaboración con sus vaqueros, y se arrojaron
sobre mí con intención de forzarme. ¡Esos son sus hijos, señor Grey!
Jack miró a la cara de los hermanos Grey y les vio enrojecer y
palidecer sucesivamente.
El rostro de Sam Grey, por su parte, estaba cerúleo.
—¡Mientes, Ruby! —rugió Grey, abriendo y cerrando sus grandes
manos—. Lo que dices no puede ser cierto. Creería cualquier cosa de
ellos menos eso.
—No me cree usted, ¿eh? —exclamó la chica, con lágrimas de
indignación en los ojos. Se había despojado de la chaqueta de Jack
durante el camino de regreso al rancho. De pronto, tirando de la
camisa y descubriendo la marmórea blancura de su hermoso
hombro, gritó agudamente—: ¡Tome la medida y vea si esta señal
corresponde a los dientes de su hijo Ed, señor Grey!
En efecto, sobre la blanca carne del hombro destacaba muy visible
la huella circular y amoratada de un salvaje mordisco.
El rostro de Sam Grey se tomó lívido. Hasta el propio Jack, siendo
parte neutral en la disputa, sintió rebelarse todo lo que de hombre
digno llevaba dentro de sí al considerar la infamia de los brutales
forzadores.
Grey miró con ojos desorbitados la huella del hombro de la chica y
se volvió hacia sus hijos.
—¿Es cierto eso, Ed? —rugió, hinchando las venas del cuello.
Ed Grey miró al suelo sin contestar.
—¡Responde! —bramó Grey, echándole la zarpa al pecho.
—¡No fue exactamente como ella dice, papá!... —protestó Ed,
echándose a temblar—. ¡Tienes que creerme, nadie intentó forzarla!
—¡Miserable!
La bofetada de Sam Grey tiró a Ed tambaleándose hacia atrás. El
furioso padre dio un paso adelante y descargó su puño contra la
boca que se abría protestando.
James Grey saltó para sujetar a su padre.
—¡Escucha, papá, Ruby está mintiendo! Ed no quería forzarla...
Sólo pretendía hacerla rabiar... Obligarle a aceptar algunas caricias.
—¡Cobardes! ¡Rufianes! —bramó Grey como un toro.
Se revolvió como una fiera contra James y la emprendió a golpes
con él, obligándole a retroceder contra la pared mientras la señora
Grey se ponía de pie y se sumaba al drama sollozando y pegando
chillidos histéricos.
James cayó contra el aparador. Sam le atrapó por los hombros, lo
empujó hacia la puerta y le propinó un puntapié en las posaderas.
—¡Imbéciles, desdichados! ¡Largo de aquí!
Se volvió contra Ed, le pegó un golpe en la nuca y lo proyectó
dando traspiés en dirección a la puerta.
Ed perdió el equilibrio en el apresuramiento, cayó sobre manos y
rodillas y continuó a gatas, saliendo en azorada y vergonzosa fuga
por la puerta hasta el patio.
—¡Largo! ¡Marchaos de mi vista!... —bramó Sam Grey.
Inmóvil, de pie junto a la puerta, los pulgares enganchados en el
cinturón, Jack Hebron había sido silencioso espectador de esta
sorprendente escena. Todavía estaba preguntándose Jack hasta qué
punto podría considerarse sincera la indignación de Sam Grey,
cuando éste se volvió hacia la señorita Baker.
—Ruby, estoy avergonzado —murmuró bajando la vista—. No
temas que vuelva a importunarte con la pretensión de casarte con
uno de mis hijos. Discúlpame.
Bruscamente, Sam Grey dio media vuelta sobre sus tacones y salió
por la puerta de la calle.
Después de la salida de Sam, la señora Grey cruzó
apresuradamente la habitación y desapareció llorando
entrecortadamente por una de las puertas interiores.
Ruby Baker se abrochó la camisa. Luego miró a Jack. Este,
soltando sus pulgares del cinturón, carraspeó dando vueltas al
sombrero entre sus grandes manos.
—Bueno, ya los malos recibieron su castigo y todo terminó con
una promesa de Sam Grey de no volver a molestarla —dijo Jack—.
Ha llegado el momento de despedirme a mi vez.
—¿Se marcha usted?
—Sí, naturalmente.
Ruby miró recelosamente a su alrededor. Luego, haciendo una
seña a Jack, le precedió por la puerta diciendo:
—Vamos, le acompaño hasta la cerca.
Cuando Jack y la señorita Baker salían al patio, los hermanos Grey
se alejaban por el camino a galope de sus caballos, levantando el
polvo.
Jack tomó su caballo de las riendas. Ruby Baker se puso a su lado
y echaron a andar uno junto al otro hasta la cerca del corral.
Se detuvieron.
—¿No quiere quedarse unos días con nosotros, Hebron? —
preguntó la muchacha.
Jack meneó la cabeza.
—Naturalmente, no voy a retenerle a la fuerza —dijo Ruby con
acento de despecho—. Sólo que me gustaría corresponder de algún
modo por cuanto hizo por mí.
—No se preocupe por eso, señorita. Hice lo que cualquier otro
hubiera hecho en mi lugar.
—Sí, cualquiera... menos los Grey.
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—Bueno, eso no lo sé. Sin embargo, a mí me pareció sincero el
disgusto del señor Grey. Confío en que no la vuelvan a importunar.
—¡Oh, no conoce usted a Sam! Es un perfecto comediante. Su
disgusto también se puede interpretar de otra manera distinta. Sam
es tan sutil y tortuoso como una víbora. No es el intento de forzarme
lo que les reprocha a sus hijos, sino el hecho de que éstos fallaran en
sus propósitos. Luego, para ellos habría representado un alivio que
yo me matase al arrojarme al barranco. La circunstancia de que
lograra salvar la vida contribuye doblemente a su disgusto. Eso es
todo lo que le ocurre a Sam Grey.
—No sé qué decirle —murmuró Jack, evitando entrar en discusión
con la muchacha—. Usted sin duda conoce bien a Grey.
—¡Oh, le conozco muy bien, no le quepa duda de eso!
—En fin, celebraré que todo se resuelva bien para usted. Ha sido
un placer para mí prestarle este pequeño servicio...
Ella le miraba con enfado.
—Dígame una cosa, Hebron: ¿tiene verdadera prisa en marcharse?
—Ninguna prisa en especial. En general no suelo detenerme
mucho tiempo en cualquier parte... —repuso Jack evasivamente.
—¿Dónde irá usted ahora?
—¡Oh, a ningún sitio determinado!
—¿Y para no ir a ninguna parte lleva tanta prisa? —preguntó la
señorita Baker.
Esta forma de entrometerse en sus asuntos no podía gustarle a
Jack. La joven lo advirtió y se excusó con leve sonrojo:
—Bueno, usted dirá que eso no me importa nada... Tiene usted
razón, no es asunto mío adonde vaya usted ni la forma en que lo
haga. Le estoy muy agradecida por cuanto hizo. Si alguna vez
vuelve a pasar por Vernal, recuerde que tiene aquí una amiga para lo
que guste mandar.
—Seguro que lo recordaré. Muchas gracias.
Jack metió la puntera de la bota en el estribo y se encaramó a la
silla. Saludó tocándose el ala del sombrero con el extremo de los
dedos.
—Adiós.
—Buen viaje.
j
Jack rozó apenas con sus espuelas los flancos de su montura,
alejándose al trote. En vano Ruby Baker esperó junto a la cerca que él
volviese la cabeza. Cuando finalmente se retiraba a través del patio
en dirección a la casa, Ruby pensó que sin duda Hebron era uno de
aquellos hombres, vagabundos infatigables, que jamás volvían atrás
por el camino que ya recorrieron una vez.
CAPITULO IV
Vernal, la primera ciudad mormona que Jack visitaba desde que
cruzó la divisoria de Utah, no se diferenciaba en nada de cualquier
otra ciudad del Oeste. Las mismas calles anchas, rectas y llenas de
polvo. El mismo tipo de edificaciones. La misma gente yendo y
viniendo a sus ocupaciones habituales...
Aunque un poco decepcionado, Jack hubo de reconocer que no
había ninguna razón para que fuera de otro modo. Aunque
mormona, Vernal era una ciudad americana, habitada por gentes de
la misma raza, los mismos prejuicios, el mismo idioma e idéntico
carácter. Si algo había distinto, ciertamente no había que buscarlo en
la cara de los hombres ni en las fachadas de los edificios.
Respecto a las caras, lo único que Jack creyó advertir fue un
predominio de caras barbudas y graves sobre las completamente
afeitadas. Por ninguna parte se advertía la ferocidad, parte de
leyenda y patraña que el vulgo había atribuido a los mormones.
Vernal era una ciudad tranquila, donde los hombres hablaban
reposadamente de sus asuntos, y donde sólo en rara ocasión se veía
algún vaquero luciendo revólver al cinto.
En la herrería donde Jack detuvo su caballo, un coloso barbudo
martilleaba una pieza de forja sobre el yunque.
—¿Hotel? —repuso el artesano, a la pregunta de Jack—. No, no
tenemos hotel en este pueblo. Aquí son raros los forasteros. Si viene
alguno se suele alojar en el saloon de Moore.
—¿Puedo dejar aquí mi caballo mientras voy a probar fortuna?
—¡Oh, sí, naturalmente! Déjelo aquí. Yo mismo lo desensillaré.
Jack pagó por anticipado un día de estancia de su caballo en la
cuadra del herrero, según la tarifa que figuraba en toscos caracteres
de pintura en un cartelón.
Luego, siguiendo las instrucciones del herrero, se encaminó a pie
hacia el saloon.
Media docena escasa de parroquianos sostenían lánguida
conversación en el saloon, lo cual, teniendo en cuenta la hora, parecía
indicar que la vida de este no era muy activa en una ciudad habitada
por mormones.
Moore, el barrigudo dueño del saloon, condujo al forastero hasta
una habitación de la planta superior, con una puerta de cristales que
daba al balcón sobre la calle.
—Sólo voy a permanecer aquí hasta mañana —advirtió Jack.
Y a continuación le preguntó a Moore si podría prepararle algo de
comer.
—¿Aquí o en el salón?
—Bajaré al salón, no quiero causarle demasiadas molestias.
Jack volvió al salón, donde tomó una mesa algo retirada y pidió
un whisky para entretener la espera mientras le servían el almuerzo.
No llevaba mucho rato esperando, cuando se apartaron las hojas
de la puerta de vaivén, dejando paso a un nuevo cliente.
Era Ed Grey. Este se detuvo de pronto al ver a Jack, frunció el ceño
y movió los labios como murmurando una amenaza o una
maldición. Súbitamente, dio media vuelta y volvió a salir,
empujando rudamente las oscilantes hojas de la puerta.
«Ve con Dios, angelito», se dijo Jack.
Poco después le sirvieron el almuerzo. Se puso a comer mientras
su pensamiento, involuntariamente, volvía hacia Ruby Baker y los
acontecimientos de aquella mañana y la tarde anterior.
Ella le había expresado de una forma medio velada su deseo de
retenerle unos días, pero Jack se había hecho el sordo a este ruego y
p g y
le había dicho adiós con el firme propósito de no volver a verla más.
¿Por qué lo hizo? No tenía prisa alguna en llegar a ninguna parte.
¿Había algo malo en que él aceptara su invitación?
Tratando de comprender su propia negativa, Jack insistió en esta
última pregunta. ¿Qué había de malo en que él se detuviera una o
dos semanas en Vernal?
La respuesta, apuntando tímidamente en la conciencia de Jack, era
que le temía a Ruby Baker. Instintivamente, sin detenerse a hacer un
examen exhaustivo de la cuestión, Jack había comprendido que, si
aceptaba la invitación de Ruby de quedarse, probablemente la
retrasada partida sería después más dolorosa.
Jack tuvo que reconocer ahora que la muchacha le había
impresionado vivamente, como antes de entonces no le había
impresionado ninguna otra mujer.
¿Era guapa Ruby Baker?
Jack apenas si se había dado cuenta de ello. No era cuestión de
belleza, ni de juventud, ni de buena figura, aunque todo esto,
indudablemente, debía influir también de algún modo. Era más bien
cuestión de temperamento. La reciedumbre del carácter de aquella
muchacha, su firme determinación y su valentía, esto era lo que él
más admiraba en ella.
Por una mujer así, cualquier hombre se sentiría impulsado a
cualesquiera actos temerarios e irreflexivos por ayudarla. También a
Jack le habría gustado quedarse y ofrecerle su apoyo, aun cuando
ciertamente no estaba seguro de saber en qué podría consistir esta
ayuda ni este apoyo.
Jack era un hombre libre, con poco que perder, excepto su propia
vida, y ni siquiera la vida apreciaba demasiado. Pero se había jurado,
hacía mucho tiempo, no arriesgarla jamás por una mujer. Y no
rompería su promesa por Ruby Baker. No porque le atase a esa
promesa ningún sentimiento supersticioso, sino porque Jack ya
había sufrido una vez un desengaño amoroso y no deseaba correr
ese riesgo otra vez.
Era demasiado fácil enamorarse de Ruby Baker. A eso y no a
ninguna otra cosa le temía Jack.
La puerta de vaivén del saloon acababa de abrirse de nuevo
empujada desde afuera. Entró un hombre alto, un hombre que lucía
en el chaleco la dorada estrella de sheriff.
Aunque le vio perfectamente, Jack lo disimuló fingiendo un gran
interés en la operación de apartar el hueso de la carne que tenía en el
plato. Los sheriffs y Jack Hebron nunca habían hecho buenas migas,
aunque acaso toda la culpa no fuera de los sheriffs.
Casi fatalmente, siempre que Jack llegaba por primera vez a una
ciudad se veía abordado por un sheriff inquisitivo y poco amable.
Y así ocurrió también esta vez.
El hombre alto que lucía en el chaleco su insignia de policía y
colgando del cinto un formidable «Colt», miró a su alrededor, clavó
la vista en Jack y se dirigió en línea recta hacia éste.
Jack levantó los ojos hasta la cara del hombre que acababa de
detenerse ante su mesa y trató de sonreír.
—Hola.
—Ni hola ni porras —contestó el policía abruptamente—. ¿Te
llamas Jack Hebron?
Jack dejó sobre el plato el tenedor y el cuchillo y puso las manos
sobre la mesa.
—Sí. ¿Por qué?
—Quedas arrestado, acusado de asesinato. Ponte de pie y procura
tener las manos lejos del revólver. Me llamo Connes. Los que me
conocen saben que no valen tretas conmigo.
Jack se mantuvo quieto y silencioso durante un largo minuto.
La irrupción del sheriff en el saloon y las retumbantes palabras de
aquél acusando a Jack, habían atraído la atención de los ocho o
nueve parroquianos que se encontraban presentes.
Jack obedeció. Al hacerlo, sus brazos cayeron a lo largo de sus
costados, con la mano derecha rozando casi la picuda culata del
«Colt».
La forma particular en que el forastero llevaba la pistola, baja y
sujeta la revolverá al muslo por un cordón de cuero, despertó el
recelo de Connes y le volvió súbitamente cauto. Las grises y frías
pupilas de Hebron no expresaban temor alguno. Connes temió haber
precipitado al enjuiciar al hombre.
p p j
Sin embargo, era el sheriff, había llegado derrochando jactancia y
seguridad en sí mismo, y no le quedaba más camino que seguir
adelante.
—Desabrocha el cinturón y deja caer la revolverá, amigo.
—No.
La seca respuesta del forastero hizo palidecer a Connes. Las cosas
empezaban a salirse del cauce por donde él se figuraba que
discurrirían pacíficamente.
—¿No? —preguntó pasándose la lengua por los labios.
—No. Y no me llame amigo.
—¿Eres un gallito peleón, ch? —gruñó Connes.
—Soy lo que me parece.
—Mataste a dos hombres anoche en el Cañón del Diablo.
—Sí.
—¿Lo admites?
—Disparé contra ellos en legítima defensa. Puede preguntárselo a
Ed Grey.
—No es eso lo que Grey dice. Él y sus vaqueros habían ido hasta el
cañón para preguntar por Ruby Baker, que se había despeñado poco
antes por el precipicio arrastrada por su caballo desbocado. En vez
de contestar a las preguntas de Grey, disparaste por sorpresa sobre
ellos y mataste a Nielson y a Fewkes.
—¿Por qué no va en busca de Grey y le somete a un careo
conmigo? No sería capaz de sostener esa mentira en mi presencia.
—Lo haremos a tu gusto... cuando estés seguro encerrado entre
barrotes.
—No me dejaré encerrar, sheriff. Se lo advierto; no lo intente.
Jeff Connes consideró gravemente las probabilidades que tenía a
favor de desarmar o matar al forastero si ahora mismo desenfundaba
el revólver. Aquel muchacho alto y delgado parecía todo nervio y
resolución. Estaba claro que, cualquiera que fuesen las
consecuencias, no se dejaría llevar esposado a la prisión.
El riesgo era demasiado grande, y después de todo, Connes no
tenía por qué arriesgarse. Rápidamente se decidió por tender una
trampa al forastero.
—Está bien, amigo. Te concedo quince minutos de tiempo para
que salgas de aquí, ensilles tu caballo y te marches de la ciudad.
—Eso está mejor —concedió Jack. Metió la mano en el bolsillo y
sacó un dólar de plata que arrojó sobre la mesa—. Deme media hora
para que pueda comprar algunas provisiones para el viaje.
—De acuerdo, te doy media hora. Ni un minuto más —dijo
severamente Connes. Sacó su reloj, levantó la tapa y consultó la hora
—. La cuenta ha empezado. Si en treinta minutos no te has largado,
reuniré a los hombres del pueblo y te cazaremos a tiros. Ya puedes
marcharte.
Jack se apartó de la mesa y comenzó a cruzar despacio el salón
hacia la puerta de la calle. No confiaba demasiado en la sinceridad
de Connes, y esta desconfianza iba a resulta justificada muy en
breve.
En efecto, Jack levantaba la mano para empujar la puerta de
vaivén, cuando escuchó a sus espaldas el metálico y delator «Colt»
de un gatillo al ser montado sobre su muelle.
—¡Traidor! —gritó mientras saltaba a un lado y giraba sobre sí
mismo empuñando el revólver.
Connes disparó desde el centro del saloon y Jack sintió la
mordedura del plomo en el costado izquierdo. Como un eco
retumbó el disparo de Jack. El sheriff echó la cabeza atrás, dobló las
rodillas y soltó su revólver cayendo hacia atrás. Su cuerpo resonó
lúgubremente al golpear contra las tablas del piso, y su sombrero
salió rodando hasta los pies de los mudos y aterrados espectadores.
El cañón del «Colt» se apartó de Connes y apuntó a los hombres
que estaban de pie junto al mostrador.
—No intenten seguirme —dijo Jack con acento irritado—. No
quisiera tener que matar a ninguno de ustedes.
Salió empujando las hojas de la puerta con las espaldas, ganó la
calle y miró arriba y abajo. Luego echó a andar rápidamente hacia la
herrería.
Desde la puerta de la casa de su hermano, dos cuadras más arriba,
Ed Grey vio a Hebron saliendo del saloon y marchando
apresuradamente hacia la herrería de Weeds. Grey no había
alcanzado a oír el apagado estampido de los revólveres, pero sabía
p g p p
que Connes había ido a arrestar a Hebron, vio algunos hombres
corriendo hacia el saloon y temió lo peor.
James Grey salió al pórtico de su casa, James era casado, lo que no
constituía impedimento, como mormón que era, para aspirar a
casarse con Ruby Baker si ésta hubiese accedido después de haber
rechazado a Ed.
—¿Qué ocurre? —preguntó James.
—No lo sé —contestó Ed—. Hebron acaba de salir del saloon y va
corriendo hacia la herrería de Weeds.
—Está bien, vamos a ver qué pasa.
James volvió a entrar en la casa, salió ciñéndose el cinturón con el
revólver y se reunió de nuevo con su hermano, echando los dos a
andar rápidamente hacia donde un grupo de vecinos se agolpaba
ante la puerta del saloon.
Un muchacho que venía corriendo en dirección contraria gritó la
noticia.
—¡Un forastero acaba de matar al sheriff Connes!
Los Grey apresuraron el paso hasta el saloon. Llegaban corriendo
de todas partes más hombres que se sumaban al corro. Abriéndose
paso con dificultad, los Grey consiguieron entrar en el saloon lleno de
gente.
Jeff Connes yacía allí de espaldas, los brazos y piernas abiertas en
aspa, con una gran mancha de sangre extendiéndose sobre su camisa
a la altura del corazón.
Los testigos hablaban por los codos relatando la escena.
—Connes conminó al forastero a que le entregara el revólver y se
dejara arrestar. Luego, Connes le tuvo miedo y convino en darle
media hora de tiempo para que ensillara su caballo y saliera de la
ciudad. Cuando el forastero iba hacia la puerta, Jeff empuñó su
pistola y le disparó por la espalda.
Otro de los testigos añadió, lleno de excitación:
—¡El forastero se volvió al mismo tiempo desenfundando como un
rayo y disparó contra Connes!
Una voz aguda gritó desde la puerta:
—¡Miren, el forastero huye a caballo!
Todos se agolparon hacia la puerta de la calle. La mayoría de los
curiosos sólo alcanzaron a ver una nubecilla de polvo que se alejaba
rápidamente por el camino de Provo y Salt Lake City.
—¡Vayan por sus caballos y sus armas! ¡Tenemos que capturar al
asesino! —gritó James Grey, dirigiéndose a los vecinos.
Los hombres se miraron unos a otros. A lo que parecía, nadie
había pensado hasta entonces en perseguir al fugitivo. Un mormón
de largas y enmarañadas barbas dejó oír un gruñido:
—Yo no considero que lo que hizo ese forastero se pueda calificar
de asesinato. Connes quiso matarlo por la espalda. El muchacho se
defendió y eso es todo.
—¡Es un asesino! —chilló Ed Grey, hinchando las venas de la
frente y el cuello—. No importa que su acto pareciera de legítima
defensa. Connes tuvo que hacer eso, en vista de que él no se dejó
desarmar y arrestar.
—Yo no lo veo tan claro, Grey —rebatió el barbudo.
—¡Tú eres un imbécil, Strang! —estalló James. Se volvió hacia el
resto del grupo—. Hebron no es un asesino sólo por haber matado a
Connes. Anoche, en el Cañón del Diablo, ese hombre mató a Nielson
y a Fewkes, dos de los vaqueros de mi padre. Connes estaba en su
perfecto derecho a obrar como lo hizo. Cuando a un asesino no se le
puede capturar vivo, se le apresa muerto y asunto concluido. Connes
murió en el cumplimiento de su deber, y su muerte no puede quedar
impune.
—¡Ni la de Nielson y Fewkes! —subrayó Ed atizando el fuego.
Dos fornidos y atezados mocetones, los hermanos Toab, acababan
de sumarse al grupo. Los Toab eran cuñados de James Grey. Aunque
apenas se habían enterado del asunto, apoyaron incondicionalmente
a los Grey.
—¡Tenemos que vengar esas muertes! —gritó Daniel.
Y Bill Toab agregó:
—¡Muchachos, vayan por sus caballos y sus rifles ¡Perseguiremos
al forastero y le colgaremos de un árbol o lo cazaremos a tiros!
Varios hombres se alejaron corriendo en opuestas direcciones.
Quedó no obstante un núcleo principal de vecinos que no se
movieron ni demostraron deseos de sumarse a la partida.
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—¿Ustedes no quieren venir? —preguntó James Grey,
despechado.
Un sesudo mormón contestó:
—No se puede condenar a un hombre sin juzgarle, Grey. No
sabemos lo que ocurrió anoche en el Cañón del Diablo. Contra la
palabra del forastero sólo está la palabra de tu hermano. Yo fui
testigo de lo que ocurrió en el saloon. El forastero se mostró
razonable solicitando un careo entre él y Ed. Connes debió haber
aceptado esa proposición en vez de engañar al muchacho diciéndole
que podía irse, para inmediatamente intentar asesinarle por la
espalda.
—Vete al infierno, Pratt —gruñó James—. No puedo perder mi
tiempo discutiendo contigo.
James se alejó en seguimiento de su hermano y sus cuñados que ya
marchaban delante apresuradamente.
La partida quedó organizada rápidamente, pero sufrió una
demora cuando alguien opinó que la persecución podría
prolongarse más de un día y deberían llevar provisiones y agua.
En total, una docena de vecinos se unieron a los Grey y los
hermanos Toab, sumando dieciséis jinetes bien armados, con
provisiones y agua para una marcha de varios días a través del
desierto. Despedidos por los gritos de los niños y los ladridos de los
perros, la partida se puso en marcha tomando al galope por el
camino hasta desaparecer en la distancia entre una nube de polvo.
CAPITULO V
A unas cinco millas al oeste de Vernal, Jack Hebron detuvo su
sudorosa montura y echó pie a tierra junto al arroyo que cruzaba el
camino.
Llenó la cantimplora. Después se sacó la camisa, humedeció su
pañuelo en el agua del arroyo y limpió su herida. Esta era a modo de
un profundo arañazo entre las costillas, nada grave mientras pudiera
evitar la infección, pero carecía de vendas y de gasas para protegerla
del polvo y del propio sudor del cuerpo.
Poniéndose en pie, Jack miró a su alrededor al árido desierto que,
uniforme y polvoriento, se extendía hasta las lejanas montañas, por
donde el sol caía hacia su ocaso.
Mal asunto, se dijo, cruzar aquellas ciento cincuenta millas de
áspera y desolada tierra hasta Provo sin provisiones y con una
herida que no tardaría en infectarse por falta de los debidos
cuidados. Pensó en Ruby Baker y recordó su ofrecimiento.
—Bueno, no hay más remedio —se dijo.
Ruby Baker no le negaría unas cuantas provisiones ni un puñado
de vendas. Ella le debía este favor.
Colgó la cantimplora del pico de la silla y montó de nuevo. El
arroyo, si no estaba equivocado, debía ser el mismo que se deslizaba
al pie de la colina donde estaba enclavado el rancho de Baker. Todo
se reducía pues a seguir su curso hacia el sudeste hasta dar con el
rancho.
Decidió continuar por el camino hasta el anochecer y volver atrás
a favor de la oscuridad hasta encontrar de nuevo el arroyo.
Como ya no se trataba de poner la mayor distancia entre él y sus
perseguidores, sino solamente de mantener alguna distancia hasta
que oscureciera, Jack puso su montura al trote corto, volviéndose
continuamente para ver si era perseguido.
Una hora más tarde y cuatro millas más lejos, Jack abandonó el
camino y se internó a través del desierto tomando la dirección Este.
Si su sentido de la orientación no le fallaba, debería dar con el
rancho de Baker al final de la línea recta.
No le falló su instinto, aunque calculó mal el tiempo que invertía
en hacer aquel camino en la oscuridad, por un terreno desconocido y
tan accidentado que era poco menos que imposible marchar más de
cinco minutos en línea recta.
Una luz que brillaba en la oscuridad de la noche le sirvió de guía
para llegar hasta el rancho. Un perro ladró y Jack escuchó la voz del
hombre que regañaba al animal. Jack desmontó al llegar a la cerca,
amarró las riendas a uno de los troncos y se quitó las espuelas antes
de entrar en el patio.
La luz que había visto de lejos correspondía a una ventana de la
segunda planta del edificio, sobre el tejadillo del pórtico lateral, al
que daban la puerta de la cocina y otras dependencias.
Naturalmente, Jack ignoraba a qué habitación correspondía la
ventana y no podía arriesgarse a arrojar una piedrecilla llamando la
atención de su ocupante. Al final del tejadillo, contra la parte
posterior del edificio, descubrió una pila de madera troceada. Jack se
encaramó a la pila de leños, alcanzó el tejadillo del porche y se
deslizó por éste hasta el pie de la ventana.
La ventana tenía un marco auxiliar de tela mosquitera de alambre
fino. Atisbando a través de la malla, Jack rascó con las uñas en la tela
de alambre. Ruby levantó sobresaltadamente la cabeza y miró hacia
la ventana.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz trémula.
Introdujo la mano debajo de la almohada, sacando un revólver que
empuñó para encañonar a la ventana mientras se ponía en pie.
—¡Chist, soy yo, Hebron! —susurró Jack.
Ella dejó escapar una ronca exclamación y corrió a abrir la
ventana.
—¡Oh, usted! —exclamó con alivio—. Gracias a Dios que ha
venido. Ya estaba dispuesta a ir a buscarle al pueblo.
Jack saltó dentro de la habitación, echó las cortinas y se volvió a
mirarla. Aquella Ruby que veía casi le pareció una mujer
completamente nueva, más alta y gallarda, bien vestida, peinada y
compuesta.
—¿Iba usted a buscarme al pueblo...? —preguntó Jack—. ¿Para
qué?
—Le necesito. Es usted mi único amigo..., la única persona en
quien puedo confiar. Tengo que pedirle que siga ayudándome.
q p g q p q g y
Usted lo hará, ¿verdad?
—No sé cómo podría hacerlo. En realidad, yo mismo estoy tan
necesitado de ayuda como usted. Fui al pueblo. Y tuve un pequeño
disgusto con el sheriff...
—¿Se peleó con Jeff Connes?
—Le maté.
—¡Oh!
—Quiso arrestarme por lo que ocurrió allá en el Cañón del Diablo.
—Ya le comprendo.
—Temo que usted no lo comprenda del todo, señorita Baker. La
verdad es que me metí en un bonito lío cuando la ayudé sacándola
del río. No es suya la culpa, desde luego. La culpa fue mía por
encontrarme allí en el momento preciso en que usted decidió
arrojarse al barranco. Lo cierto es que los Grey me denunciaron, el
sheriff quiso arrestarme y yo me negué a dejarme encarcelar. Connes
me dio media hora de plazo para adquirir algunas provisiones,
ensillar mi caballo y abandonar la ciudad. Pero no era sincero en su
ofrecimiento. Apenas le volví la espalda intentó asesinarme. Sólo
consiguió herirme, pero le tuve que matar. Espero que ahora
comprenderá usted mi situación.
—¡Dios mío! ¿Está usted herido?
—Sí, aquí en el costado. No es grave, pero tampoco es cuestión de
dejar que la herida se infecte. He venido en busca de algunas vendas,
alcohol y también unas cuantas provisiones para el camino, si quiere
hacerme ese favor.
—Siéntese y vaya quitándose la camisa. Voy a buscar alcohol, hilos
y vendas. No tardaré.
Jack, desnudo el musculoso tórax, estaba sentado en una silla
fumando un cigarrillo cuando la muchacha regresó.
—Sam Grey salió hacia el pueblo después de comer —dijo Ruby
mientras disponía sobre el velador todo lo necesario para practicar
una cura—. Mamá no cuenta para el caso. De ella nada tenemos que
temer.
Jack rechinó los dientes al sentir el escozor del alcohol sobre su
carne abierta.
—¿Sabe si le han seguido? —preguntó Ruby.
¿ g p g y
—Es casi seguro. No lo sé.
—¿Hacia dónde huía usted?
—Hacia el Oeste, por el camino de Provo. Pero no tardarán en
darse cuenta de que no seguí todo el camino. Tal vez encuentren mi
rastro y se dirijan hacia aquí.
—En efecto, los Grey son excelentes rastreadores. Y es casi
inconcebible que ellos no formen parte de la expedición de captura.
Sin duda vendrán hacia aquí, sólo que no nos encontrarán.
—¿Qué quiere usted decir?
—Escaparemos juntos hasta Provo. Esto es lo que iba a proponerle
cuando decidí ir a buscarle al pueblo. Después que usted se marchó
esta mañana sentí un miedo repentino. Comprendí que después de
haber desenmascarado los manejos de los Grey, perdidas sus
esperanzas de lograr que me case con cualquiera de ellos, sólo les
queda como último recurso quitarme de en medio.
—¿Quiere decir que intentarán asesinarla? —protestó Jack—. ¡Oh,
no creo que se atrevieran a tanto!
—Usted no conoce a los Grey. Nada es capaz de detenerlos. ¿Qué
otra cosa se figura usted que intentaban anoche, cuando vinieron a
buscarme a su campamento? Usted le dijo a Ed que me había
encontrado muerta y me había vuelto a tirar al río, pero él no se lo
creyó. Cuando Ed gritó a sus hombres que disparasen contra usted,
lo que verdaderamente deseaba era quitar de en medio a un testigo
comprometedor. Después de matarle a usted, ellos me habrían
asesinado a mí y habrían arrojado mi cadáver al río para confirmar la
versión de que me había precipitado al barranco arrastrada por mi
caballo desbocado.
—Pero ellos...
—Recapacite usted, Hebron. Si efectivamente usted me hubiese
encontrado muerta, ¿para qué iban a querer matarle? Lo natural,
puesto que pensaban haberse librado de mí, era que le trajesen a
usted al pueblo para contar cómo me había visto saltar al abismo sin
que nadie me empujase. Su presencia de usted en el cañón, en ese
caso hubiese resultado providencial para ellos. ¿Es que no quiere
comprenderlo usted? Cuando Ed llegó al cañón después de seis
horas de viaje, él ya había madurado su plan. Si me encontraban
j y p
viva me matarían. No podían arriesgarse a dejarme volver para que
contara lo ocurrido. Y si me hallaban muerta tanto mejor, pues todo
parecería un accidente.
Jack consideró las palabras de la muchacha y admitió que existía
un innegable fondo de lógica.
—De todos modos, señorita Baker, se me hace muy cuesta arriba
que ellos vuelvan a repetir su intento de asesinarla después de haber
fracasado una vez. ¿Es que no hay justicia en Utah? ¿Nadie a quien
usted pueda recurrir en petición de ayuda?
—La única persona que podría salvarme es mi madre. Observe
que todo el asunto gira alrededor del mismo punto. Si yo muriese,
mi madre me heredaría. Luego, Sam Grey la heredaría a ella,
reuniendo ambas partes del rancho. La única forma de impedir que
el rancho caiga en las manos de Grey sería persuadir a mi madre
para que otorgase testamento a favor de cualquier lejano pariente
nuestro.
—¿Y no podría otorgar usted testamento a otra persona, de forma
que careciese de objeto un intento de asesinato por parte de Grey?
—Para hacer esto tendría que desheredar explícitamente a mi
madre. Ahora bien, las leyes mormonas aceptan que un padre pueda
desheredar a un hijo, pero nunca que un hijo pueda desheredar a sus
padres. Naturalmente, la cosa variaría si yo tuviese hijos o solamente
marido.
—Sí, lo comprendo. ¿Ha tratado usted de hacer ver a su madre el
riesgo a que le expone, presumiéndose que si a usted la asesinan la
hereda ella, y luego ella misma se expone a ser asesinada por el
mismo marido que ha de heredarla? —apuntó Jack.
Ruby Baker rechazó la idea con una mueca acompañada de un
imperioso ademán.
—¡Oh, mi madre no aceptaría jamás que pudiese haber siquiera un
fundamento de sospecha en que eso fuese cierto! Está enamorada de
Sam, en el cual ella idealiza todas las virtudes y dones que pueden
adornar a un hombre.
—¿No puede desconfiar de Sam, ni siquiera después de saber lo
que ocurrió ayer?
—¡Calle! Mi madre sólo ve el lado bueno de las cosas que hace o
dice Grey. Ella disculpa lo que califica de «locura» de Ed Grey...,
atribuyendo el acto a una explosión del exasperado amor que Ed
siente por mí. El hecho de que Ed quisiera tomarme a la fuerza casi
la emociona. Luego, Sam castigó a los muchachos en presencia mía.
Mamá considera esos mojicones como suficiente expiación. Después
de todo, el acto no llegó a consumarse...
—¡Caramba, su madre de usted debe estar chiflada! —exclamó
Jack.
—Sí, hay que reconocer que su sentido común no se ha
desarrollado a la par de sus años. Sam la tiene fascinada. Y como es
imposible que ella reconozca jamás que Grey es un granuja, lo único
que cabe hacer es buscar la solución por otro lado.
—¿Considera usted suficiente solución poner pies en polvorosa,
evitando a los Grey la ocasión de que puedan asesinarla?
—No, ésa no podría ser en ningún caso una solución definitiva. Lo
que haré será casarme, volver y disponer la partición de la hacienda
para que yo pueda vender lo que es mío.
—No es mala idea. ¿De modo que se casará?
—Sí, con usted.
—¡Oh, espere! —Jack pegó un respingo levantando sus asustados
ojos hasta el grave rostro de la chica—. ¿Eso no lo dirá en serio?
—No tiene por qué asustarse. Consideremos nuestro matrimonio
bajo el punto de vista de un negocio. Una chica soltera no puede,
según las leyes de este Estado, disponer la venta de unos bienes
unidos a los de sus padres. Para rescatar mi hacienda debo presentar
un marido. Usted, desde el momento que contrae matrimonio
conmigo, puede disponer de mis bienes. Venderemos nuestra parte
correspondiente del rancho. Yo le retribuiré espléndidamente por su
colaboración y luego nos separamos.
—¡Usted debe estar loca! —protestó Jack—. ¡No puede casarse con
un hombre al que no conoce, y del que ni siquiera sabe si es tan
granuja como los granujas de quienes intenta escapar! ¿Sabe usted
siquiera quién soy yo? ¿No se le ha ocurrido pensar que yo podría
asesinarla, quedándome con la mitad de este rancho por el simple
hecho de poseer un certificado en el que consta que soy su marido?
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—¡Pero usted no es de esa clase de hombres!
—¿Y usted cómo lo sabe?
Ruby Baker levantó los hombros.
—Bueno, ése es un riesgo que de todos modos habré de correr.
—¡Bah! —bufó Jack, poniéndose en pie.
Ruby le había hecho un vendaje primoroso y él alargó la mano
tomando la camisa manchada de sangre.
—Espere, no se ponga eso. Aquí tengo algunas camisas de papá.
Llevé a mí habitación sus ropas y otros recuerdos para que no
cayeran en manos de ese ladino de Sam Grey.
La muchacha sacó de un armario una camisa gris con bolsillos. Al
tendérsela a Jack dijo, mirándole a los ojos:
—Supongo que estando en sus planes asesinarme después que
estemos casados, aceptará mi plan de huir juntos.
—Yo, en su lugar, no bromearía a costa de un asunto tan serio —
refunfuñó Jack—. No la voy a asesinar, ni tampoco a casarme con
usted.
—¿No quiere ayudarme?
—Considere mi punto de vista. Desde el momento que me casara
con usted, los Grey intentarían matarme también a mí para que la
herencia revertiera a usted, y de usted a su madre. Usted es una
chica muy simpática. ¿Pero no cree que arriesgo demasiado
exponiéndome a los tiros de los Grey?
—Todo riesgo tiene su recompensa. Mi parte del rancho vale hoy
por lo bajo como doscientos mil dólares. ¿Le parece bien que nos
repartamos mi herencia a partes iguales?
—Me parece excesivo.
—¡Usted no quiere ayudarme! —exclamó Ruby, a punto de
echarse a llorar.
—¡Sí, la voy a ayudar! —rugió Jack, de mal talante—. Pero no
vendiéndole mi ayuda a un precio tan elevado. Si esto termina bien,
lo cual pongo en duda, con una pequeña recompensa me basta. No
soy hombre con ambiciones.
—Voy a reunir algunas provisiones en un paquete —dijo Ruby,
animándose sus ojos—. Mientras tanto, va usted a la cuadra y me
ensilla un caballo. Hay uno bayo que es el más rápido de todos.
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—Bien —gruñó Jack, tomando su chaleco, su cinto y el sombrero.
—Salga por la puerta. Sam no está en casa, no hay peligro.
Ruby le precedió por el corredor llevando la lámpara de petróleo.
Una puerta se abrió repentinamente ante ellos. La señora Grey
asomó en cofia y camisa de dormir, sosteniendo una palmatoria.
—¡Ruby! —exclamó. Y apuntó a Jack severamente—. ¿Qué
significa esto? ¿Tenías a este hombre en tu habitación? ¡Dios mío!
—No te escandalices, mamá. Es cierto que el señor Hebron estaba
en mi habitación. Pero él es un caballero y va a casarse conmigo.
—¿Que te vas a casar con…? ¡Oh, no puedo permitirlo! —protestó
la señora Grey.
—Querrás decir que no puedes impedirlo, mamá. Soy mayor de
edad y puedo prescindir de tu consentimiento para casarme con
quien quiera.
—¡Ruby, tú estás loca! ¡Casarte con un hombre al que ni siquiera
conoces! ¿Qué dirán de nosotros?
—No daremos ocasión a que hablen mucho de nosotros. Nos
casaremos lejos de Vernal y regresaremos como marido y mujer —
dijo Ruby.
—Tú quieres matarme a disgustos —gimió la señora Grey—. ¡No
quiero pensar cómo se pondrá Sam cuando sepa esto! ¡Haber
despreciado a Ed y a James, dos chicos buenos que te querían, para
casarte con un forastero del que nada sabemos...!
—¿Tú no crees en el amor a primera vista, mamá? Bueno, pues me
enamoré de Hebron y sé que voy a ser feliz casándome con él. Tú no
deberías oponerte a la felicidad de tu hija, mamá.
—¡Pero si no me opongo, hija! Tu madre sólo quiere que seas feliz.
¡Ah, pero a Sam no va a caerle bien tu decisión! —sollozó la señora
Grey, llena de apuro—. ¿Por qué no te enamorarías de James o de Ed
Grey?
—¿No querrás comparar a ese par de patanes con el señor Hebron,
mamá? Además, ya sabes que en el corazón no se manda. ¡Tenemos
tú y yo un corazón tan inflamable...!
Era una burla cruel contra el amor de la viuda por Sam Grey, pero
la mujer no pareció darse cuenta. Ruby la besó rápidamente en la
mejilla.
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—Vuelve a la cama y no te preocupes, mamá. Adiós, volveremos
pronto.
Jack siguió a la muchacha por la escalera hasta la planta baja. Ruby
le guio hasta la puerta principal.
—Si tiene un rifle a mano no olvide traerlo —le recomendó él
antes de salir—. Lleve también cuanta munición pueda encontrar.
—Llevaré el rifle y también mi revólver. Espéreme en la cuadra.
Jack salió de la casa y cruzó el patio hasta la cuadra. Encendió un
farol, examinó con mirada experta los caballos y seleccionó una silla
de montar. Sacó el caballo ensillado fuera de la cuadra y esperó a
Ruby, la cual no tardó en llegar cargada con su rifle, un rollo de
mantas y un saco de lona bastante pesado en el que resonaban potes
y platos de hojalata.
—¿Por qué no ensilló el bayo? —preguntó la joven, al advertir que
era otro el caballo.
—El bayo es un bonito caballo, pero lo que nosotros necesitamos
es más bien un animal resistente.
—Bueno, no importa. Vámonos.
Poco después se reunían con el caballo de Jack, que continuaba
junto a la cerca. Jack distribuyó la carga entre las dos monturas y
cinco minutos más tarde se ponían en camino alejándose en la
oscuridad, bajo el difuso resplandor de las estrellas, a través de la
pradera roja.
CAPITULO VI
Era el filo de mediodía.
Inmóvil y como clavado en lo alto del cielo metálico, el sol arrojaba
oleadas de lumbre sobre el torturado suelo del desierto.
Hasta los insectos permanecían callados, como si la vida toda
quedara aletargada, abrumada bajo el peso del calor. Un silencio de
muerte gravitaba sobre el árido paisaje, solamente turbado por el
golpeteo de las herraduras de las caballerías y el ocasional crujido de
las rocas que se resquebrajaban.
De vez en cuando, un soplo de viento cálido agitaba los mechones
de los resecos hierbajos, arremolinando nubes de polvo alcalino.
En los espacios de calma, las azules mañanas se veían temblar al
través del reverbero del sol reflejado en las peñas calcinadas.
Somnoliento, moviéndose como un péndulo al compás del paso de
su montura, Jack Hebron llevaba perdida la noción del tiempo
cuando su caballo se detuvo de pronto. Jack abrió los semicerrados
ojos y levantó la cabeza mirando con alarma a su alrededor.
Ruby Baker, que marchaba delante, se había detenido, siendo
únicamente ésta la causa de que el caballo de Jack se detuviese
también. Se encontraban ante el lecho de un arroyo seco, en el fondo
de una quebrada. Largos y empinados taludes conducían hasta los
altos bordes de la quebrada, donde los pinos recortaban la silueta de
sus copas sobre el cielo azul acero.
—Bueno, el arroyo se ha secado —dijo Ruby, señalando el fondo
cuarteado del torrente—. Tal vez encontremos alguna charca si
remontamos la quebrada, aunque eso nos apartará algo del camino.
—No importa —dijo Jack, de mal humor—. Los caballos necesitan
agua y descanso. Y yo también. Tomaremos una siesta hasta que
decline el sol.
También la chica por su aspecto parecía fatigada. A este respecto
convenía recordar que ninguno de los dos había pegado ojo la noche
pasada ni la anterior. Jack tuvo que reconocer para su fuero interno
que se había equivocado respecto a Ruby.
Temía que ella no pudiera soportar la fatiga de una marcha
precipitada, creándole problemas y demoras. Y casi que quien estaba
quedando en mal lugar era él.
Remontando el seco arroyo, no tardaron en descubrir una charca
donde el último hilo de agua, antes de cesar de correr entre los
guijarros, había quedado retenido en una especie de taza excavada
en una peña.
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Los caballos bebieron y Ruby llenó las cantimploras. Mientras
tanto, Jack exploraba los alrededores con la vista. Le sedujo un
rincón de la quebrada donde dos altos y corpulentos pinos ofrecían
una sombra apropiada para acampar.
Se lo señaló a Ruby y se encaminaron hacia allí, trepando por un
corto talud hasta una especie de pequeña terraza.
Jack sentía dolores en todas las partes de su cuerpo al echar pie a
tierra.
—Probablemente tiene usted algo de fiebre —observó Ruby—.
Vamos a ver esa herida.
Moviéndose como un sonámbulo, Jack deslió el rollo de sus
mantas, extendió éstas en el suelo y se echó de costado.
Antes que Ruby le hubiera quitado la venda estaba dormido.
Su vigilante instinto le despertó al escuchar entre sueños el
relincho de un caballo. Miró sobresaltado a su alrededor y vio a
Ruby Baker profundamente dormida sobre una manta. La sombra
de la quebrada se había movido hasta alcanzar el campamento, de lo
cual dedujo que habían dormido la mayor parte de la tarde.
Los caballos estaban atados a uno de los pinos, y particularmente
el de Jack tenía enhiestas las orejas, mientras miraba hacia el fondo
de la quebrada.
El rifle estaba al alcance de la mano de Jack, recostado contra el
saco de provisiones, seguramente puesto allí por la muchacha.
Asiendo el rifle y poniéndose a gatas, Jack avanzó hasta los
matorrales del borde de la pequeña meseta. Lo que vio atisbando
por encima de los matorrales le hizo lanzar una maldición.
Un grupo de jinetes avanzaba a lo largo del torrente por el mismo
camino que ellos habían seguido cuando marchaban en busca de la
charca. Jack contó dieciséis, y aunque todavía se encontraban a
alguna distancia le pareció reconocer a Ed Grey en el que andaba a la
cabeza del grupo.
Rápidamente retrocedió hasta donde dormía la muchacha y la
despertó sacudiéndola rudamente por un hombro.
—¡Eh! ¿Qué ocurre? —exclamó Ruby, con alarma, incorporándose
hasta quedar sentada.
—¿Por qué demonios me dejó dormir? Deben ser lo menos las
cinco de la tarde. Ed Grey viene hacia aquí con una partida de
jinetes.
—¡Dios mío! Me había echado para descansar, aunque con el
propósito de no dormirme.
—Recoja el equipo y cárguelo en los caballos —Jack levantó los
ojos hasta el empinado talud que tenían a sus espaldas—. No
podemos salir por aquí. Estamos atrapados en una maldita ratonera.
Se alejó agachándose para volver al borde de la terraza.
Los jinetes seguían a lo largo del torrente, con Ed Grey a la cabeza
de la fila, inclinándose a un lado para escudriñar el suelo desde la
silla. Jack no se forjó vanas esperanzas. Sus perseguidores no
tardarían en descubrir su escondrijo.
Miró atrás y vio a Ruby Baker levantando apresuradamente el
campamento. Después de sujetar las mantas y el saco a la grupa de
los caballos, la joven sacó el rifle de la funda de su silla y vino hasta
donde estaba Jack agazapado tras los matorrales. Miró por entre
éstos a los hombres que llegaban en aquel momento a la charca y
asintió.
—Sí, son los Grey. Se han dado mucha prisa en llegar hasta aquí,
¿no es cierto?
—No cabe duda de que son unos hombres tenaces. Seguramente
descubrieron que yo me había dirigido al rancho y volvieron allá. La
señora Grey les informaría de sus propósitos de usted, lo cual sin
duda ha contribuido a darles alas, estimulándoles en su empeño de
darnos caza.
Ruby estaba mirando por encima de los matorrales. De pronto se
agazapó escondiendo la cabeza y dijo:
—¡Han descubierto nuestro rastro!... ¡Miran hacia aquí!
Jack miró y vio que, en efecto, el grupo se había detenido. Los
hombres desmontaban, sacaban los rifles de sus fundas y señalaban
hacia la terraza.
—Escuche esto, Ruby —dijo Jack, hablando con rapidez—. Vaya
hacia su caballo y estese lista para salir al galope cuando yo le haga
una señal. Esto será cuando ellos se encuentren a mitad de camino
entre nosotros y el arroyo. Dejarán sus caballos allí y avanzarán
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desplegándose en semicírculo para rodearnos. Antes de que hayan
podido cerrar el cerco saldrá usted a toda velocidad a lo largo del
talud hacia el camino. Si han llegado hasta aquí a marchas forzadas,
sus monturas deben estar tan fatigadas como ellos mismos.
Nosotros, por el contrario, hemos recuperado fuerzas en estas horas
de descanso, y nuestros caballos también. No podrán alcanzamos.
—Pero ¿y usted?
—Yo les obligaré a permanecer escondidos mientras usted escapa.
Luego trataré de alcanzarla.
—No estoy de acuerdo en los términos de ese plan. Si usted se
queda entreteniéndoles con su fuego, luego ellos concentrarán sus
disparos sobre usted y no podrá escapar. Creo que debemos salir los
dos juntos. Ahora mismo, cuando empiecen a moverse hacia aquí.
—Usted hará lo que yo le diga y nada más —repuso Jack, con
acento que no admitía réplica—. ¡Andando, vaya hacia su caballo!
Ella le lanzó una mirada enojada, frunció los labios y se alejó
andando agazapada.
Los perseguidores habían empezado a moverse en dirección al
escondite de los fugitivos. Tal como Jack esperaba, dejaron sus
caballos al cuidado de un hombre junto al arroyo y avanzaron a pie
empuñando sus rifles, abriéndose en abanico con la evidente
intención de rodear la terraza.
Jack accionó la palanca del «Winchester» y esperó pacientemente
hasta que estuvieron más cerca. Se volvió hacia Ruby y le hizo una
seña con la mano.
La muchacha saltó sobre su montura, picó espuelas y se tendió
sobre el cuello del caballo para ofrecer un blanco menos visible a los
tiros de la cuadrilla. En el momento que se lanzaba por el talud hacia
abajo fue vista por los hombres que avanzaban abajo.
Ed Grey gritó agitando las manos:
—¡A ella, no la dejen escapar!
La mayoría de los vecinos de Vernal volvieron sus ojos
sorprendidos hacia Grey. Nada se había hablado de dar caza a tiros
a Ruby Baker. La mitad de ellos no se movieron. El resto apuntó a la
muchacha, pero ninguno llegó a disparar.
Solamente los Grey y los hermanos Toab hicieron fuego.
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Jack disparó rápidamente sobre Bill Toab. Con un balazo en la
cadera, Toab soltó el rifle y cayó entre los matorrales, lanzando un
aullido de dolor.
Accionando velozmente la palanca expulsora, Jack encañonó a Ed
Grey e hizo fuego.
El sombrero voló de la cabeza de Grey, el cual se apresuró a
arrojarse de bruces al suelo.
El tercer disparo de Jack pegó en la roca tras la cual corría a
esconderse James Grey. La bala rebotó aullando terroríficamente y el
mayor de los Grey pegó la cara al polvo maldiciendo entre dientes.
Dos disparos más obligaron a Daniel Toab a buscar protección tras
una peña.
Todos los demás hombres de la partida debieron sentirse aliviados
al tener otro blanco sobre el cual disparar. Resultado de esto fue que
las balas silbaran sobre la cabeza de Jack Hebron, mientras Ruby
Baker escapaba hacia el camino sin ser molestada.
Jack corrió a gatas hasta su caballo, puso el rifle en la funda y
montó de un salto.
Cuando el caballo irrumpió bajando a saltos por el talud entre una
nube de polvo, aparentemente no llevaba jinete. Jack, echado sobre
el lado izquierdo de su montura, apenas era visible.
Los hombres gritaron excitadamente volviendo sus rifles contra el
caballo, pero acaso por el mismo apresuramiento no afinaron
demasiado la puntería. Algunas balas pasaron silbando sobre la
cabeza de Jack. Otras quedaron cortas, levantando el polvo entre los
cascos del caballo.
A los efectos de la seguridad de Jack, el hombre más peligroso en
aquel momento era el que se encontraba más cerca en el extremo de
la línea desplegada ante la meseta. Este hombre se puso de pie
enfilando a Jack con su rifle.
Por encima del cuello del caballo, Jack disparó su revólver.
El hombre soltó el arma y se tomó instintivamente el hombro
donde acababa de recibir el balazo.
Jack cruzó como una centella por delante del herido, se encaramó
a la silla y se volvió haciendo varios disparos hacia atrás.
Las balas todavía volaron como abejorros a su alrededor, mientras
se alejaba al galope tendido. Luego, Ed Grey dio una furiosa voz y
los hombres dejaron de disparar para correr hacia sus caballos.
La ansiedad de los Grey por reemprender la persecución, sin
embargo, se vio contrariada por la lentitud de Bill Toab en reunirse
al resto del grupo. En efecto, Bill cojeaba haciendo muecas de dolor a
cada paso. Otro hombre, Wilmot Bradley, estaba herido en un
hombro.
A las voces de Ed dando prisa a los hombres, Bill Toab contestó
con una maldición.
—¡Mil diablos, vete tú si llevas tanta prisa!
Daniel Toab salió para ayudar a su hermano a llegar hasta los
caballos. Junto a éstos, los Grey se habían enzarzado en una
discusión con Melton Wemer.
—Creí que veníamos a capturar al forastero, no a cazar a tiros a
Ruby Baker. ¿Es que os habéis vuelto locos? —exclamaba Wemer.
—¡Oh, claro que no es a ella a quien queremos cazar! —protestó
James Grey.
—Pues no es eso lo que parece. Ed dijo bien claro que debíamos
disparar sobre la chica —subrayó otro miembro del grupo, llamado
Farr.
—Quería decir solamente que la detuvierais... disparando sobre su
caballo, claro está —refunfuñó Ed.
Pero esta excusa no pareció ser bastante satisfactoria.
—La verdad es que os estáis conduciendo de una manera la mar
de rara —arguyó el herido Wilmot Bradley—. Cualquiera diría que
Jeff Connes era vuestro padre, para poner tanto empeño en dar
captura al forastero. Desde que salimos de Vernal, hace veinticuatro
horas más o menos, no hemos parado un instante, echando el bofe
detrás de ese condenado Hebron. Por mi parte desisto de seguir
adelante. Estoy hecho polvo, no puedo más.
—¡Tenemos que seguir! —chilló Ed, furioso—. ¿Quién habla de
desistir, cuando les tenemos tan cerca?
—No te hagas ilusiones, Ed —dijo el juicioso Warner—. Nuestros
caballos están agotados. Ellos han tenido tiempo de reponerse
descansando algunas horas. Dentro de poco anochecerá. No podrás
alcanzarles.
—¡Está bien, el que no quiera venir que lo diga!
—Yo desde luego no voy a poder continuar —dijo Bill Toab.
—¿Y vosotros?
Los hombres se miraron entre sí. La mitad de ellos negaron con la
cabeza. El resto daba muestras de indecisión, hasta que dos de ellos
asintieron.
—Nosotros seguiremos.
El grupo, reducido a cinco hombres solamente, volvió a sus
caballos para reemprender la persecución.
Una hora más tarde y cinco millas después, el caballo de uno de
los dos hombres que se habían mantenido fieles a su propósito de
ayudar en la captura del fugitivo, se derrumbó súbitamente
arrastrando al suelo a su jinete.
Todo el grupo se detuvo. Hampton, el segundo de los hombres, se
apeó para ayudar a su compañero a incorporarse.
Después de inclinarse sobre su caballo, el jinete manifestó:
—Este pobre animal está agotado.
—Todos lo estamos —aseveró Hampton—. Hemos viajado muy
aprisa.
—De acuerdo... Vamos a detenemos para acampar —gruñó Ed
Grey malhumoradamente.
A dos millas de distancia de allí, Jack Hebron y Rudy Baker
continuaban su rápida marcha en dirección al sol que declinaba
sobre las lejanas montañas.
Cabalgaron sin interrupción hasta que ya bien oscurecido
abandonaron el camino para acampar a espaldas de un pelado cerro.
Casi a tientas, Jack encontró un bien resguardado lugar entre unas
rocas donde podrían encender fuego sin temor a ser delatados por el
resplandor de la fogata.
—No creo que lleguen hasta aquí. Sus monturas deben estar
agotadas —dijo Jack, mientras quitaba la silla a los caballos.
Ruby sacó los cacharros del saco mientras Jack reunía unas ramas
secas y encendía el fuego.
—De todos modos, no nos arriesgaremos innecesariamente —dijo
Jack, siguiendo el curso de sus pensamientos—. Apenas hayamos
comido apagaremos el fuego. Luego vigilaremos por turno.
La muchacha puso la sartén al fuego y echó unas lonjas de tocino
en ella.
Jack se alejó para trabar a los caballos, de forma que éstos no
pudieran alejarse mucho durante la noche. La comida ya estaba lista
cuando regresó junto a la fogata.
Comieron en silencio, uno frente al otro; Ruby sentada en una
piedra, él de cuclillas como era costumbre entre los vaqueros.
—La verdad es que no sé nada de usted, excepto que me salvó la
vida allá en el Cañon del Diablo —dijo Ruby de pronto, y sin que al
parecer viniera a cuento.
El levantó la cabeza, le echó una mirada y volvió a poner la vista
en el plato.
Ruby continuó:
—Desde luego, ha sido usted vaquero alguna vez. Sus hábitos son
los de un hombre que ha vivido mucho tiempo la vida solitaria del
pastor o el vaquero.
Jack continuó comiendo en silencio, como si no la hubiera oído.
—¿De dónde es usted, Hebron? ¿Tejano tal vez?
—Nací en Arkansas.
—Eso queda bastante lejos de Utah —observó Ruby. Y en vista del
silencio de él, continuó—: ¿Qué fue lo que le trajo a esta tierra? ¿Vino
en busca de algo determinado, o simplemente está aquí por azar?
—¿Qué importa eso? —gruñó Jack, apartando el plato a un lado y
tomando el pote del café.
Bebió un largo trago bajo la atenta observación da la muchacha.
Después se limpió los labios con el dorso de la mano y echó mano al
bolsillo de la camisa, en busca de la bolsa del tabaco.
—Acabe pronto y váyase a acostar —dijo mientras liaba un
cigarrillo sobre papel marrón—. Tenemos que apagar el fuego.
—¿Por qué no va a acostarse usted? Yo apagaré el fuego y haré la
primera guardia.
Jack quedóse meditando gravemente.
—No sé qué será peor. Si le dejo la primera guardia, a lo mejor se
duerme usted y no nos despertamos hasta mañana. Si vigilo yo
ahora y le cedo la guardia de la madrugada, podemos quedar
dormidos hasta el mediodía, para despertar bajo la amenaza de los
rifles de los Grey.
—No confía mucho en mí, ¿eh? —rezongó Ruby.
—No después de lo ocurrido esta tarde. Nunca confío en nadie,
excepto en mí mismo. Y hasta mi propia confianza me traicionó hoy.
Esta herida debe estar produciéndome fiebre. Nunca había tenido un
sueño tan pesado —encendió el cigarrillo utilizando un tizón y se
puso en pie desperezando sus largas piernas—. De acuerdo, usted
hará la primera guardia. Cuando le entre sueño me llama, no
importa la hora que sea.
Después de esto, Ruby hizo el firme propósito de velar toda la
noche hasta el alba, en demostración de su heroica resistencia al
sueño.
Hacia la medianoche era tanto su sueño que tuvo que ir a
despertar a Hebron. Jack se puso en pie a la primera llamada y Ruby
se tendió entre sus mantas exhalando un suspiro de alivio.
Durmió profundamente hasta que Hebron la despertó, todavía con
estrellas en el cielo.
Ruby no protestó del madrugón. Sabía que también los Grey se
esforzarían en madrugar más que ellos. Además, era preferible
cabalgar con el frío de la madrugada a hacerlo después, bajo el
tórrido sol.
El alba despuntaba apenas cuando se pusieron en camino.
CAPITULO VII
Hacia la mitad del cuarto día de marcha, Ruby Baker y Jack
Hebron entraban en la calle principal de Provo e iban a detener sus
fatigadas monturas ante el Hotel Clermont.
Diez minutos más tarde, después de dejar los caballos alojados en
la cuadra del hotel, Jack volvía a cruzar la calle en dirección a la
barbería situada en la acera de enfrente. Al llegar a la acera, Jack se
detuvo oteando hacia el final de la calle.
Aquella mañana, a la salida del sol, Jack había divisado una
nubecilla de polvo que se movía en la distancia, siguiéndoles al
parecer en su rápida marcha hacia el noroeste.
Si, como se temía, se trataba de los hermanos Grey, éstos no
tardarían quizá dos horas en llegar a la ciudad.
Jack entró en la barbería. La barba de toda una semana y el álcali
del desierto acumulado sobre la piel de su rostro, no contribuían
ciertamente a darle un aspecto muy limpio. La fatiga de los últimos
días y la falta de sueño demacraban sus mejillas y ponían un cerco
oscuro alrededor de sus ojos.
Mientras se dejaba afeitar quedó dormido sin darse cuenta. El
barbero le despertó para preguntarle si deseaba también que le
arreglara el cabello. Jack dijo que sí.
Media hora más tarde, Jack apenas se reconoció en el hombre
rejuvenecido que le contemplaba desde el fondo del espejo. Seguro
que cuando le viera la señorita Baker iba a quedar gratamente
sorprendida. Este pensamiento agradó a Jack, el cual decidió hacer
más completo el cambio saliendo a comprar una camisa nueva.
Con el paquete que formaba la camisa regresó al hotel y tomó un
baño. Se puso una muda limpia y la camisa que acababa de comprar,
se ciñó el cinturón con el revólver y tomó su sombrero, saliendo en
busca de Ruby Baker.
Ruby Baker bajaba por la escalera en aquel momento y quedó
mirándole confundida, tal vez preguntándose si aquél era su
compañero de viaje u otra persona completamente distinta. Ella
misma estaba cambiada, habiendo sustituido su falda-pantalón de
montar, las botas altas y la vieja camisa por un alegre vestido de
percal que le sentaba maravillosamente y la hacía parecer
doblemente bonita.
—Hola —dijo Jack, acercándosele.
—¿Así que es usted? —exclamó la joven, admirándole—. Me costó
trabajo reconocerle. Ya había olvidado de preguntarme qué aspecto
tendría usted sin aquella barba.
—¿Vamos a almorzar? —preguntó Jack, sintiendo que enrojecía.
Al entrar en el restaurante del hotel se sintieron por un momento
blanco de la curiosidad de los comensales.
Jack fue a tomar una mesa que un par de rancheros dejaban libre
en aquel instante junto al ventanal. Este tenía hasta media altura
unos visillos que protegían a los parroquianos de las miradas del
exterior, permitiendo en cambio ver a través de ellos lo que pasaba
en la calle.
Mientras esperaban que les sirviesen la sopa, Ruby daba muestras
de nerviosismo jugando con el cuchillo, lanzando frecuentes miradas
a la calle a través de la ventana.
—¿Nos habrán seguido hasta aquí? —preguntó de pronto.
—¿Los hermanos Grey? —repuso Jack, aunque sobraba la
pregunta.
—Sí, los hermanos Grey. No debimos habernos detenido aquí.
—Usted quería venir a Provo.
—Ahora soy de la opinión que deberíamos haber continuado hasta
Salt Lake City.
—¿Y después de Salt Lake City?
—Más lejos todavía, si ellos nos siguiesen hasta allí. Jack movió
lentamente la cabeza.
—No se puede estar huyendo continuamente. Al fin, uno tiene que
detenerse en alguna parte. En lo que a mí respecta, ya me he cansado
de huir delante de los Grey. Voy a esperarles aquí mismo. Y si se
creen con derecho a exigirme cuentas por algo que yo haya hecho,
que lo digan en mala hora y arreglaremos nuestras diferencias de
una vez.
—¡Pero es que ellos no tienen nada contra usted...! —protestó
Ruby con acento desesperado—. Es a mí a quien buscan.
—Bueno, tampoco les permitiré que la secuestren, si es eso lo que
le preocupa.
—En realidad ya no sé qué me preocupa más —dijo Ruby con
tristeza—. Tal vez no debí arrastrarle a usted a esta aventura. No
tengo derecho a exigirle que me defienda, poniendo a riesgo su
propia seguridad.
—¿Quiere entonces que la deje marchar con ellos, a sabiendas de
que buscarán alguna forma de asesinarla por el camino de regreso
hasta Vernal?
—¡No, no es eso lo que quiero! Por eso, porque amo la vida y me
resisto a ser asesinada, y porque no puedo consentir que usted
exponga la suya en defensa de la mía, creo que deberíamos salir
huyendo ahora mismo..., antes de que ellos lleguen y usted se vea en
la alternativa de tener que abandonarme a mi suerte o dejarse matar
en aras de un gesto tan caballeroso como inútil. ¡Lléveme a Salt Lake
City! Allí puedo tomar un tren cualquiera y escapar tan lejos que
nunca puedan encontrarme.
—¿Qué haría usted lejos de su casa, sin dinero, sin amigos ni nadie
a quien acudir en busca de ayuda?
—Eso no importa. Supongo que encontraría la forma de sobrevivir
hasta...
—¿Hasta cuándo? —preguntó Jack—. ¿Esperar tal vez hasta que
su madre y Sam Grey mueran de viejos, para regresar a disputarles a
los Grey su herencia? Tal vez para cuando usted regrese no haya
mucho que reclamar. La principal riqueza de un rancho la constituye
el ganado, pero el ganado se puede vender, o simplemente hacerlo
desaparecer alegando que se lo han llevado los ladrones.
Ruby guardó silencio mientras Jack, mirando a través de la
ventana y haciendo una mueca violenta, decía irritadamente:
—Además, es tarde para escapar. Aquí tenemos a los Grey...
Ruby Baker lanzó un respingo que la llevó fuera de la silla, de pie
y mirando con ojos desorbitados hacia la calle, mientras temblaba de
pies a cabeza.
Cinco jinetes acababan de detener sus monturas ante el hotel y
echaban pie a tierra. Ruby vio a los dos hermanos Grey, a Daniel
Toab, uno de los cuñados de James, y a dos vecinos de Vernal:
Romeo Hampton y Evan Stokes.
—¡Oh, huyamos! —exclamó Ruby—. Estamos perdidos si nos
encuentran aquí.
Miró a Hebron, pero éste no se movía ni daba señal alguna de
preocupación ni temor. Hebron parecía aceptar la realidad de la
presencia de los Grey con el estoico fatalismo de quien ha librado y
perdido numerosas batallas contra la adversidad.
—Siéntese —ordenó.
—¡Pero...!
—¡Siéntese! —repitió Jack, con seco acento irritado.
Y un extraño relámpago brilló un instante en sus grises y frías
pupilas.
Ruby le obedeció intimidada. El camarero llegó en este momento y
puso sobre la mesa los humeantes platos de sopa.
—Coma —dijo Jack, cuando el mozo se alejaba—. Llevamos
muchos días sin tomar una comida caliente.
Ruby tomó la cuchara. Mientras tanto, los Grey amarraban sus
caballos a la barra y entraban en el hotel seguidos del resto de la
cuadrilla.
—Salgamos ahora, mientras ellos preguntan por nosotros —
musitó Ruby, con voz entrecortada.
En efecto, el restaurante comunicaba por una puerta con el
vestíbulo del hotel, y por otra directamente con la calle. Esta hubiera
sido una buena oportunidad para deslizarse hasta la calle, si en el
ánimo de Jack hubiese estado el propósito de dar largas a la
enconada persecución de que venían siendo objeto.
Pero como ya había manifestado, Jack estaba cansado de huir. Por
lo tanto, se limitó a echar ligeramente la silla atrás, para tener mayor
libertad de movimientos.
Después de entretenerse un par de minutos preguntando en
recepción, los Grey entraron en el comedor y miraron en torno de
mesa en mesa.
—¡Nos han visto! —exclamó Ruby ahogadamente, escondiendo la
cabeza entre los hombros hasta casi tocar el plato con la frente.
Dejando a Hampton y a Stokes cerca de la puerta, los Grey
avanzaron resueltamente, seguidos de Daniel Toab. Tenían aspecto
de estar muy cansados y venían cubiertos de polvo de pies a cabeza,
y y p p
con grandes manchas de sudor en la camisa y la faz sombría bajo la
barba de varios días.
—Bueno, por fin os atrapamos. Ahora no podréis escapar —dijo el
mayor de los Grey, levantando bastante la voz para que muchos
comensales se volvieran a mirarle extrañados.
—Mejor que escapar de algo, yo diría que no tenemos nada de que
huir. Grey... —repuso Jack, con indiferencia que hizo abrir los ojos
sorprendidos a los Grey y a Toab.
Se produjo un corto silencio mientras James Grey reaccionaba y
lanzaba una corta y siniestra carcajada.
—¿No, eh? ¿Y por qué no habéis dejado de huir, entonces? —
gruñó.
—Si existía alguna razón para hacerlo, la razón se quedó en el
camino. Ahora estamos en Provo. Aquí no os será tan fácil
asesinamos. Por eso ya no huimos.
El aplomo de Hebron desconcertó momentáneamente a los Grey.
—¡Esa es buena! —gruñó Toab—. Mató al sheriff de Vernal y ahora
nos acusa de haber querido asesinarle. Ed Grey estalló
indignadamente:
—¡Pues para que lo sepas, Hebron! ¡Vamos a llevarte a Vernal para
que allí rindas cuenta de tu crimen! Mataste a Connes, y él era un
sheriff. La pena para quien mata a un sheriff es la horca.
—Y, naturalmente, vosotros queréis aplicarme el castigo por el
camino antes que lleguemos a Vernal —repuso Jack—. ¿Me habéis
tomado por idiota? Si deseáis ajustarme cuentas tendréis que hacerlo
aquí, ahora mismo. De modo que ya podéis ir empezando.
Jack retiró la silla y se puso lentamente de pie, manteniendo la
mano derecha cerca de la culata del «Colt».
La actitud de Jack era tan manifiestamente provocadora que
muchos de los comensales que se encontraban más cerca y habían
podido escuchar, consideraron como medida prudente la de
levantarse y desfilar apresuradamente hacia el vestíbulo del hotel.
—Quieres pelea, ¿eh? —rezongó James Grey, entre dientes.
—Tengo que defender mi cuello —repuso Jack secamente—. Culpa
vuestra será si me habéis acorralado hasta el punto de que para
atraparme habréis de arriesgar algo que os es muy precioso.
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—¡Pues como quieras! —chilló James.
Y dirigió velozmente la mano en busca del revólver. El «Colt» salió
de la funda de Jack Hebron y apareció en la mano de éste
escupiendo plomo.
James Grey dejó caer al suelo el arma que no había tenido tiempo
de disparar y cayó hacia atrás contra una mesa. La cual volcó,
desparramando con estruendo platos, vasos, botellas y cubiertos.
Ed Grey y Daniel Toab se vieron encañonados por el «Colt» de
Hebron, antes incluso que iniciaran algún movimiento en busca de
sus respectivas armas. Los clientes del restaurante se pusieron en
acorada fuga empujando mesas y derribando sillas en su
precipitación. Toab no se movió, en tanto que Ed miraba con
expresión estúpida a Hebron y se volvía hacia su hermano.
—¡James, Dios mío! —murmuró.
Corrió a inclinarse sobre James, que yacía en el suelo, a medias
cubierto por el mantel. Lo llamó con trágico acento:
—¡James, hermano!
Levantó el rostro y clavó en Hebron una mirada de loco.
—¡Está muerto! —gritó—. ¡Maldito seas, Hebron!... ¡Tú le has
matado!
—Me gustaría poder decir que lo siento —contestó Jack—. Hice lo
único que podía hacer para salvarme de ocupar su lugar.
—¡Me pagarás esto, Hebron! ¡Aunque pasen mil años, te juro que
te he de matar!
—¿Por qué esperar mil años? —repuso Jack. Enfundó el revólver,
separó las manos ligeramente del cuerpo y dijo—: Puedes probar a
hacerlo ahora mismo.
—¡Oh, no! —Ed Grey se puso de pie, echando fuego por los ojos.
Meneó la cabeza—. Esta ha sido tu oportunidad, Hebron. Deja que
yo elija la ocasión y la hora en que te he de matar. No te daré
ninguna ventaja, te lo aseguro.
—Te creo sin que me lo jures. Eres demasiado cobarde para
enfrentarte conmigo cara a cara. Buscarás tu ocasión, sí. Cuando
creas pillarme desprevenido y de espaldas.
—¡Cuando a mí me convenga, Hebron! No cuando te convenga a
ti.
—De acuerdo, pues. Sólo que te aviso de antemano. Procura no
fallar el primer disparo, pues no tendrás ocasión de intentarlo por
segunda vez. Y ahora, largaos. Sacad de aquí a tu hermano y
marchad lejos.
Ed lanzó sobre Jack una mirada de odio. Luego miró a Toab, el
cual hizo una seña de asentimiento y se volvió buscando a Stokes y a
Hampton con los ojos.
La puerta de la calle reunía a un grupo de curiosos que avanzaban
la cabeza estirando cuanto podían el cuello para curiosear dentro del
local. Un hombre alto, de tez morena, con algunas canas en las
sienes, llegó desde la calle abriéndose paso a codazos y entró en el
restaurante. Llevaba doble cinto con una pistola a cada lado, y sobre
el pecho, contra la camisa negra, lucía la insignia de sheriff.
Jack fue de los primeros en ver llegar a este nuevo personaje y se
puso en guardia. Le reconoció en seguida. El sheriff era Joel Marty,
aunque a Jack no le hubiera sorprendido oírle llamar por otro
nombre distinto.
Tal vez, como pistolero buscado en un par de Estados, Marty
tuviera sus razones para darse a conocer por otro nombre distinto
del verdadero. Para Jack fue una sorpresa encontrarse a Marty
llevando una estrella de sheriff en una ciudad mormona. Marty, que
unía a su aventajada estatura una descollante personalidad, miró a
su alrededor y a Jack.
—Muy bien. ¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó el sheriff.
Ed Grey casi se abalanzó sobre Marty exclamando:
—¡Ese tipo mató a mi hermano! ¡Lo ha asesinado, aquí, ahora
mismo, ante toda esta gente!
Los verdes y fríos ojos de Marty se fijaron en el hombre que
señalaba Grey.
—¿Un asesinato? —dijo sin inmutarse—. Bueno, que alguien
cuente las cosas tal como ocurrieron.
Un hombre que vestía ropas de ranchero vino a ponerse a favor de
Jack, al protestar con indignación:
—¡Este individuo miente! No hubo tal asesinato. El que ahora está
muerto entró amenazando. Empuñó la pistola, pero ese joven se le
adelantó y disparó primero. Eso es todo lo que ocurrió.
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—¡Ese tipo es un pistolero profesional! ¡Tenía todas las ventajas
sobre mi hermano! —chilló Ed Grey.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó el sheriff, sacando un cigarro
muy delgado y poniéndolo entre sus dientes, como indicando con
ello que estaba dispuesto a armarse de paciencia hasta esclarecer la
verdad.
—Me llamo Grey. El muerto es mi hermano, James Grey, de
Vernal. Vinimos hasta aquí persiguiendo a este hombre, el cual se
llama o dice llamarse Hebron.
—¿Venían persiguiéndole? ¿Por qué?
—Porque allá en Vernal mató a nuestro sheriff, Jeff Connes. Tal vez
le conociera usted.
—Sí, conocía a Connes. Me consta que era un perfecto granuja.
¿Cómo le mató Hebron? ¿Le disparó por la espalda, tal vez?
Jack tomó la palabra por primera vez desde que llegó Marty:
—Digamos mejor que Connes quiso matarme por la espalda.
Había venido a detenerme y luego me concedió unas horas de plazo
para abandonar la ciudad. Pero apenas le volví la espalda empuñó
su revólver y disparó contra mí, hiriéndome entre las costillas. Al
menos mi herida puede servir de testimonio de que digo la verdad.
—¡De todos modos era un sheriff!... —chilló Ed Grey—. Hebron le
mató, y al que mata a un sheriff se le ahorca.
—¿Trae usted orden de arresto contra el acusado? —preguntó
Marty.
—¿Cómo demonios quiere que traiga una orden de arresto? Nos
pusimos en camino tras las huellas de Hebron tan pronto como
ocurrió el hecho.
—¿Y no es usted sheriff? ¿Ni lo era su hermano cuando le mató
Hebron? Lo siento, en ese caso no puedo actuar contra el acusado.
En lo que se refiere a lo ocurrido aquí, parece que los testimonios son
de que no hubo asesinato, sino homicidio justificado en defensa
propia. Por lo que pasó en Vernal tendrían que traer una orden de
arresto para que yo pudiera detenerle.
Grey, ahogado por la rabia, cerró los labios y se puso encendido,
sin saber qué decir. El sheriff de Provo se encaró con Jack:
—En cuanto a usted, venga conmigo.
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Jack escudriñó desconfiado la expresión de Marty. En los ojos de
éste advirtió como un chisporroteo de malicia y buen humor. Sin
duda Marty le había reconocido también.
Jack asintió con la cabeza, disponiéndose a seguir a Marty.
Ruby Baker le retuvo poniendo su mano en el brazo de él, al
mismo tiempo que preguntaba a Marty:
—¿Puedo ir yo también?
El sheriff interrogó a Jack con la mirada.
—Es mi novia —dijo Jack, para simplificar la cuestión—. Vino
conmigo desde Vernal. La única y verdadera razón de esta
persecución es que estos hombres querían impedir que la señorita
Baker se case conmigo.
—¿De veras? —preguntó Marty sonriendo—. Todo eso suena a
algo muy romántico. Vengan los dos, me gustará escuchar su
historia con más detalle.
Ed Grey estaba mirándoles con ojos furiosos. Para evitar que Grey
pudiera dispararle por la espalda, Jack tomó a Ruby Baker por el
brazo y la empujó hacia la puerta de la calle, siendo seguido por Joel
Marty, que ocasionalmente vino a servirle de escudo.
Mientras cruzaban la calle en silencio, siendo seguidos de la
curiosidad del numeroso público, Jack sentía bajo sus dedos el
temblor de la carne de Ruby Baker. En una ocasión, ella levantó sus
ojos asustados. Jack la tranquilizó con un mudo gesto.
—Vengan por aquí. Hablaremos en mi oficina —dijo el sheriff.
Cuando entraron en la oficina, Jack se sentía completamente
tranquilo. Antes no se hubiera atrevido a asegurar que su antigua y
superficial amistad con Marty fuera a servirle de algo. Un gun-man,
sobre todo si había alcanzado la fama de Marty, no tenía amigos.
Por otra parte, un gun-man que comenzaba a alcanzar cierta fama,
no fiaba jamás en los antiguos amigos. Este era el caso de Jack.
Todo podía ser distinto, sin embargo, si Marty era realmente un ex
pistolero regenerado, deseoso de tender una mano de ayuda a uno
de sus antiguos compañeros.
Marty cerró la puerta de la oficina, se volvió hacia Hebron, que
esperaba de pie junto a la mesa, y se echó a reír.
—¡Silent Jack! —exclamó—. ¿Quién había de decirlo?
¡ ¿
Te reconocí tan pronto te vi. ¿Qué demonios has venido a hacer a
esta tierra de mormones?
—Bueno, eso mismo digo yo —rezongó Jack—. ¿Qué hace Joel
Marty en una ciudad mormona?
—Soy sheriff, ya lo ves. Provo es una ciudad importante, tanto por
su riqueza ganadera como por las minas que en los alrededores se
han comenzado a explotar. El gobernador de este Estado me ofreció
perdonarme todos los delitos si aceptaba el empleo de sheriff. ¿No
tiene gracia, Jack? Después de haber matado a dos sheriffs, ahora me
nombran uno de ellos. Pero hablemos de ti. ¿De modo que ahora te
dedicas a raptar señoritas guapas para casarte con ellas? No te
conocía en esa faceta de donjuán.
—Sin ironías, Marty. No se trata de un rapto, sino de una fuga.
Esta señorita se encontraba en peligro... Pero tendré que comenzar a
contar por el principio... —murmuró Jack.
—Bien, cuenta. Tengo mucho tiempo para escucharte. En esta
ciudad, salvo alguna pelea entre borrachos, raramente ocurre nada.
Jack contó a su antiguo amigo toda la historia desde el principio,
sin omitir la idea de la señorita Baker de casarse, al solo fin de poder
rescatar la parte de la herencia de su padre en poder de Grey.
—Creo que me acuerdo de ese Grey —dijo Marty—. Hace cinco
años regentaba una casa de juego en Wichita. Todavía no se había
convertido al mormonismo, pero ya mostraba aptitudes para la
práctica del mismo. Siempre tenía tres o cuatro chicas guapas en las
habitaciones superiores del saloon. Por cierto, el saloon se llamaba
Oriental Harem.
—Grey no es mormón —dijo Ruby Baker, saliendo en defensa de
la religión de sus padres—. Hace un par de años llegó a Vernal y
abrió un saloon. El negocio no era muy próspero, pero se mantuvo
hasta que se casó con mi madre y lo traspasó ventajosamente para
meterse a ranchero.
—Bueno, tal vez no sea el Grey que yo recuerdo —se excusó Joel.
—Sin duda es el mismo —dijo Ruby—. Pero no importa, o al
menos a mi madre no le importa. Aunque supiera que Grey llegaba
directamente del infierno, ella le disculparía creyendo de buena fe
que era un diablo escapado del Averno con el buen propósito de
reformarse.
—En efecto, algunas mujeres son idiotas —afirmó Marty. Miró a
Jack—: ¿Diste por fin con la tuya, Hebron?
—No sé qué quieres decir —murmuró Jack, sintiendo que
enrojecía.
—Todavía recuerdo la primera pregunta que hacías siempre al
llegar a una población. «¿Han visto por aquí a un tipo llamado
Wigons?» Creo que éste era el nombre del tipo que se escapó con tu
mujer.
—Nunca he tenido mujer —rechazó Jack secamente, justamente en
el momento que Ruby Baker clavaba en él sus grandes y
sorprendidos ojos.
—Tal vez yo esté confundido —dijo Marty, poniendo cara de
extrañeza—. Justamente pensaba darte una alegría, porque yo sé
dónde está ahora Wigons.
—¿Dónde? —preguntó Jack. Y una súbita palidez sustituyó al
encendido color de sus mejillas.
—¡Cómo! Creí que no te interesaba.
—¡Sí que me interesa! ¿Dónde está? —rugió Jack, furioso.
—En Salt Lake City.
Jack dejó escapar algo como un suspiro de cansancio. El color
volvía a su rostro cuando se volvió hacia Ruby y dijo:
—Mañana tomaremos la diligencia de Salt Lake City.
—Pero nuestra boda...
—Nos casaremos en Salt Lake City, si es que para entonces todavía
insiste en esa absurda idea —dijo Jack con sequedad.
—Yo preferiría mejor que nos casáramos en Provo... Ahora mismo.
Quiero que cuando Grey regrese a casa lleve la noticia de que nos
hemos casado. Eso nos ahorrará tener que llevar testigos que
aseguren que nos han visto contraer matrimonio en cualquier otra
parte.
—Está bien —dijo Jack, exasperado—. Nuestro amigo Marty nos
ayudará a encontrar un juez.
CAPITULO VIII
La ceremonia tuvo lugar en el domicilio del propio juez, asistiendo
como testigos Marty y uno de sus comisarios llamado Payson. De
regreso hacia el hotel, Jack se detuvo en las oficinas del servicio de
diligencias para sacar un billete hasta Salt Lake City.
Siguieron juntos hasta el hotel.
—Si tienes el propósito de salir a alguna parte, avisa para que
podamos darte escolta —dijo Marty al despedirse.
—No voy a salir. Estoy muy cansado —aseguró Hebron.
—Bueno, de todos modos, Payson se quedará por aquí por si
volviera ese Grey en busca de jaleo.
Jack y Ruby entraron en el hotel, tomando la escalera hasta el
corredor donde estaban sus respectivas habitaciones.
—Voy a echarme a dormir —dijo Jack, con la mano en el picaporte
de su puerta—. Probablemente no me despertaré hasta mañana. Si
no nos viéramos antes de marcharme...
—¿Qué quiere decir? —preguntó Ruby con alarma.
—He sacado billete para la diligencia de Salt Lake City... Un billete
nada más.
—¿Por qué solamente un billete? ¡Dios mío, no habrá pensado
usted salir de viaje dejándome abandonada en Provo! —protestó
Ruby.
—Aquí no corre usted peligro por el momento. Grey no se
atreverá a hacerle ningún daño, y si intentara algo está Marty para
protegerla.
—¡Pero yo quiero ir donde usted vaya!
—Sólo estaré ausente tres días a lo sumo. Luego regresaré y...
—¿Qué clase de asunto le apremia, para decidir de pronto ir a Salt
Lake City? Esta mañana era yo quien hablaba de continuar hasta Salt
Lake, y usted se opuso ¿Qué tiene que hacer allí?
—Eso es cuenta mía —repuso secamente.
—Pues lo que es yo no me quedo sola en esta ciudad para que Ed
me asesine.
—Usted sabe bien que un intento de asesinato por parte de Grey
ha dejado de tener objeto, ahora que tiene usted un heredero en mi
persona. No puedo llevarla conmigo a Salt Lake City, lo siento.
Jack entró en su habitación y cerró de un portazo.
El sol, declinando hacia el ocaso, daba de lleno en las cristaleras
del balcón y convertía la habitación en un horno. Jack abrió las
ventanas, dejó caer la persiana y colgó el cinto del respaldo de una
silla. Luego se sentó a limpiar y aceitar su revólver.
Con la puesta del sol empezó a soplar un airecillo fresco que
contribuyó a refrigerar la habitación. Jack se desnudó, fue a cerrar la
ventana y se acostó.
Despertó con las primeras luces del día que entraban por los
cristales, sacó su reloj del bolsillo y comprobó que faltaba apenas
media hora para la salida de la diligencia.
Vistiéndose rápidamente y ciñéndose el cinturón con el «Colt»,
tomó el sombrero y abandonó la habitación teniendo cuidado en
cerrar sin ruido. Salió de puntillas por el pasillo, temía que Ruby
estuviera despierta y saliera de nuevo a protestar por su abandono,
alcanzó la escalera y cruzó el vestíbulo ganando la calle.
La diligencia, con su tiro de caballos, hacía los últimos
preparativos para la salida. El mayoral, desde la calle tendía a su
ayudante las maletas y bultos que formaban el equipaje de los
viajeros. Un par de pasajeros esperaban en la acera.
El mayoral tomó el boleto de Jack y le indicó la portezuela abierta
del carruaje.
—Asiento número cuatro, junto a la señora.
Jack subió al carruaje, en el cual ya había tres pasajeros. Lo
primero que vio fue el agraciado rostro de Ruby, un poco macilento
por la falta de sueño.
—¿Cómo...? —empezó diciendo Jack.
Ella le señaló con naturalidad el asiento contiguo al suyo.
—Este es tu asiento, maridito.
Una opulenta señora que ocupaba el asiento de enfrente sonrió:
—¿Son ustedes recién casados?
—Ayer mismo nos casamos —aseguró Ruby.
Jack se dejó caer en el asiento, guardando grave y enfurruñado
silencio mientras «su esposa» y la gorda señora entablaron animada
conversación.
Los viajeros que estaban abajo subieron al carruaje, el mayoral
hizo restallar el látigo y la diligencia se puso en marcha.
Hasta que se detuvieron en el primer relevo y los viajeros echaron
pie a tierra para tomar una taza de café, no tuvo Jack ocasión de
cruzar una palabra a solas con Ruby. Esto ocurrió mientras
desayunaban apresuradamente en una apartada mesa en el refugio
de adobe que se levantaba solitario junto a la polvorienta carretera.
—A lo mejor se cree usted haber realizado una gran hazaña,
decidiendo seguirme a Salt Lake City a pesar de haberle ordenado
que se quedara en Provo —dijo Jack de mal talante.
—Usted no me ordenó nada, ni creo que tuviera autoridad para
ordenarme que me quedara en Provo —fue la desconcertante
respuesta de la joven.
—Está bien, no tengo ninguna autoridad sobre usted. Eso me
desliga de cualquier obligación que yo pudiera haber contraído por
el hecho de haberle dado mi nombre —contestó Jack.
Echó un billete sobre la mesa y salió para regresar a la diligencia.
Cuando poco después llegó la muchacha y tomó asiento a su lado,
ella parecía arrepentida y le miraba suplicante, pero Jack se negó a
dar por recibidas las excusas que le trasmitían los bellos ojos
femeninos.
La diligencia reanudó la marcha, corriendo bajo el inclemente sol
del desierto entre sofocantes nubes de polvo. El agobiante calor hizo
que fueran desmayando las conversaciones. Los pasajeros acabaron
por enmudecer, entrecerrando los ojos para proteger la vista
lastimada por la cegadora luz, y la mayoría de ellos terminaron por
dormirse, moviendo la cabeza al vaivén del carruaje que saltaba en
los baches del camino.
Finalmente, también Ruby quedó dormida, recostada la cabeza en
el hombro de Jack.
Impresionó profundamente a Jack verla así, tan hermosa e
indefensa en su abandono, sintiendo su proximidad, el olor de su
piel y el suave perfume de los negros cabellos que rozaban su
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mejilla. Casi hasta este momento no se había dado cuenta de su
belleza. Y en este mismo momento despertó a la sorprendente
realidad de que ella era su mujer.
Claro que sólo era su mujer a los efectos de cumplir ciertas
formalidades legales. Pero, aun así, esto no restaba interés al curioso
hecho de que una semana atrás, él ignoraba que existiese una Ruby
Baker, y que en este momento ella llevaba su nombre y él estaba
corriendo un riesgo por defenderla.
No sabía por qué hacía esto. Simplemente, lo hacía y no le
desagradaba.
«Soy todo un Quijote» —pensó Jack con amargura.
Ruby despertó sobresaltada al detenerse el carruaje en la posta
inmediata para efectuar el relevo de caballos. Sus mejillas se
cubrieron de rubor al descubrir que había estado durmiendo entre
los brazos de Jack.
Su confusión aumentó cuando al mirar en torno se encontró con la
sonrisa comprensiva de la gorda señora Leigh, que decía:
—Hija mía, se ve que no ha dormido usted mucho esta noche.
Los viajeros se echaron a reír.
Roja como la grana, Ruby se volvió a mirar a Jack el cual tuvo que
hacer una mueca violenta para no soltar la carcajada.
Al reanudar la marcha después, Jack dijo al oído de ella:
—Se nota que no ha dormido mucho la pasada noche. ¿Eh, señora
Hebron?
—No sea tonto —musitó la muchacha—. ¡Claro que apenas pude
pegar ojo! Temía quedarme dormida y no llegar a tiempo de tomar la
diligencia.
Salvo una parada de media hora para almorzar, y otras todavía
más breves para efectuar los sucesivos cambios de tiro, la diligencia
continuó corriendo todo el día, hasta que a la puesta del sol llegaron
a la gran ciudad del Lago Salado.
Salt Lake City era en diversidad de aspectos una ciudad que
marchaba a la cabeza del progreso con mucha delantera sobre otras
ciudades del Oeste americano. El Tabernáculo, cuya construcción
andaba muy adelantada, así como el Templo, cuyas obras
marchaban algo rezagadas, eran sendos edificios representativos del
extraordinario espíritu emprendedor de los mormones.
El hotel donde Jack Hebron y su compañera fueron a tomar
habitaciones, reunía tales condiciones de habitabilidad y confort
como acaso no se diera en otro lugar, a excepción tal vez de San
Francisco.
—¿Bajarán ustedes al comedor, o prefieren comer en sus
habitaciones? —preguntó el amable administrador, mientras Jack
estampaba su nombre en el libro de registro: «Hebron y señora».
—Mejor preferimos comer arriba —dijo Ruby anticipándose a
cualquier deseo de Jack.
Las habitaciones eran contiguas y se comunicaban entre sí por una
puerta excusada. Jack acababa de lavarse en el lujoso palanganero de
mármol cuando Ruby llamó con los nudillos para avisar que la
comida estaba servida.
Poco después Jack pasaba a la habitación contigua, donde la
comida estaba efectivamente servida en una mesa a todo lujo,
incluso con cubiertos de plata y candelabros.
—¿No es todo esto demasiado lujoso? —rezongó Jack—. Pienso
que nos va a costar un dineral la estancia de un sólo día en este hotel.
—Es nuestra primera comida de recién casados —apuntó Ruby
ruborizándose—. Al salir de casa tomé todo el dinero que pude.
Tengo casi doscientos dólares.
Jack profirió un gruñido y tomó asiento. Ruby desplegó la
servilleta exclamando:
—Bien, ya estamos en Salt Lake City. ¿Qué haremos ahora?
—Usted no lo sé. Yo debo salir a buscar a cierta persona.
—¿Esa persona se llama Wigons por casualidad? —inquirió Ruby
con cierto retintín.
—Si se llama Wigons no será por casualidad, sino porque se llama
así —fue la seca respuesta de Jack.
—¿Quién es Wigons? ¿Es cierto que le quitó la mujer?
—Nunca he tenido mujer.
—¿Era su amante, entonces?
Jack le lanzó una mirada taladrante. Luego inclinó la cabeza y
empezó a tomar la sopa sin haber contestado.
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Siguieron comiendo en silencio un buen rato, hasta que finalmente
Ruby preguntó:
—¿Qué hará usted, en el supuesto que encuentre a ese hombre?
—¿Qué demonios quiere decir? —gruñó Jack levantando los ojos.
—¿Lo matará?
—Es posible.
—No diga «es posible» —estalló la muchacha con furia—. Diga
que sí, que ha venido expresamente a Salt Lake City para buscar a la
infiel y al seductor para matarles.
—Suponiendo que lo hiciera. ¿A usted qué le importa?
La brusca respuesta de Hebron dejó a la muchacha cortada y sin
resuello. Jack tiró la servilleta sobre la mesa, se puso de pie y la miró
desconsolado.
—¿Lo ve? Por algo me opuse a que me siguiera hasta Salt Lake
City. Si tuviera que marcharme a escape de la ciudad, no podría
venir a buscarla. Tal vez será mejor que concretemos el lugar en
donde podemos reunirnos dentro de dos o tres días.
Ruby alzó hasta el rostro de él sus ojos angustiados.
—¿Por qué no proyectamos también sobre el supuesto de que
Wigons le mata, en vez de matarle usted a él? ¿O es que esto no
puede ocurrir?
Jack se tomó algún tiempo para contestar.
—Desde luego, puede ocurrir. Wigons era ya hace años un tirador
de los más rápidos que he conocido.
Ruby se puso impulsivamente de pie, avanzando hasta que su
turgente seno casi estuvo en contacto con el pecho de Jack. Alzó los
ojos implorantes.
—¿Por qué quiere hacer eso, Jack? —gimió casi llorando—. ¿Qué
oculta razón le impulsa a arriesgar así su vida? No voy a preguntarle
lo que ocurrió entre usted y Wigons, pero a menos que yo esté
equivocada, son absurdos e ilegítimos sus deseos de venganza. Ella,
la mujer que escapó con Wigons, no le había jurado fidelidad. No era
su esposa. Nada la ataba a usted, y de la misma forma que llegó a
usted era previsible que un día habría de huir de su lado. Jack, ¿la
ama todavía?
Jack movió la cabeza, negando.
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—No es eso. A ella no le guardo rencor... o le guardo muy poco. Es
cierto lo que usted dice. Ella era una cualquiera. El mismo capricho
que la atrajo a mí se la llevó con otro. Pero Wigons… ¡Oh, Wigons
era mi amigo! Nos habíamos asociado para abrir una casa de juego.
La gente decía de nosotros que éramos la perfecta pareja. Sólo dos
hermanos habrían podido quererse como nosotros. Su traición me
pilló completamente de sorpresa. Era tanta mi confianza en él, que
incluso después de su engaño, al decirme alguien que Wigons me
había estafado como a un tonto, reaccioné violentamente y le pegué
un tiro. Todo ello significó mi ruina económica y moral, porque
Wigons al escaparse con Susan Raine se llevó todo el dinero, más de
ochenta mil dólares, y la muerte del individuo que maté me
convirtió en un proscrito. Juré que me vengaría en los traidores... ¡Y
por Dios que no dejaré de hacerlo si se me presenta la ocasión!
Jack inició un movimiento de retirada hacia la puerta, pero Ruby
le retuvo agarrándole fuertemente por los brazos.
—¡Jack, espere! Usted no puede hacer eso. Piense en la inutilidad
de la venganza. Ella no le devolverá el amor de Susan Raine, ni la
amistad de Wigons ni el dinero que los dos le robaron. ¿Qué espera
ganar entonces? ¡Nada! En cambio, se arriesga a que Wigons le mate.
Dijo Jack entre dientes:
—Yo no voy a ganar nada, pero ellos perderán todo lo que me
robaron; amor, felicidad, comodidad...
—¡Jack, escuche! —gimió Ruby asida a él de forma que le impedía
marchar—. Deje por un momento de pensar en ellos. Piense en usted
mismo. No permita que el odio destruya su vida. En usted joven,
lleno de vigor y de vida. Mire a su alrededor y convénzase que el
mundo no termina en el horizonte que abarca su vista. Usted
encontrará otra mujer que le ame, nuevas oportunidades... dinero...
amigos... ¿No le gusto yo ni siquiera un poquito?
—¡Usted! —exclamó Jack, aterrado—. ¿Pero qué tiene que ver eso,
Dios mío?
—Soy su mujer. Usted es mi marido, ¿no le dice nada esto?
Jack la asió por los brazos, se inclinó hacia ella.
—¿Adónde quiere usted ir a parar, Ruby? ¿Quiere volverme loco?
¿Qué es lo que pretende?
¿ q p
—¿No me puede amar a mí, ni siquiera un poco... Jack? —
murmuró la chica, entrecortadamente.
Los grandes ojos se alzaban suplicantes hasta él. La sintió temblar
bajo sus manos. Una fuerza irresistible le empujó hacia ella. Jack la
estrechó entre sus brazos y unió sus labios a los otros trémulos e
insinuantes. El deseo descargó sobre ellos sacudiéndoles
brutalmente.
Al borde de la tentación, un pensamiento penetró en los sentidos
de Jack e hizo que aflojara la presión de sus brazos en tomo al
tembloroso cuerpo femenino.
Lo que estaba haciendo no era honrado. Ni siquiera sabía si amaba
a Ruby, aunque era indudable que la deseaba. No sería justo abusar
de su temor, de su inexperiencia y todo aquel cúmulo de
desgraciadas circunstancias que la obligaron a huir, a confiar en él y
a entregarse a él desvalida y temblando de amor...
Quizá ella misma no sabía lo que hacía ni lo que realmente
deseaba. ¡Había ocurrido todo tan inesperada y rápidamente...!
Jack la empujó bruscamente hacia atrás y la miró a los ojos.
El miedo que vio reflejado en las negras pupilas femeninas le
presentó un aspecto desconocido de la mujer. Ruby, con toda su
entereza de carácter, no dejaba de ser una ingenua e inexperta
muchacha.
—¡Jack, te amo!
—No, Ruby —contestó él sacudiendo la cabeza—. No es eso lo que
te empuja a mí, sino el temor a quedar desamparada. Temes que
vaya al encuentro de Wigons y él pueda matarme.
—¡Jack, no quiero perderte! —sollozó la chica rodeándole la
cintura con sus brazos y apoyando su cabeza en el pecho de él—. ¡Te
quiero! ¡Y no hay ninguna razón para que arriesgues tu vida
estúpidamente en el cumplimiento de una venganza que nunca te
hará feliz!
Jack le tomó los brazos y se desasió suave, pero con firmeza de la
presa que hacían en torno a su cintura.
—¡Jack, no me dejes! —suplicó la muchacha mirándole
implorante.
Él se dirigió hacia la puerta.
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—La quieres todavía.
Hebron se detuvo con el picaporte en la mano y la miró. Había
amor, pasión y celos en los negros y brillantes ojos de Ruby Baker.
Por un instante estuvo tentado de volver atrás, tomarla de nuevo en
sus brazos y saciar en ella su sed de amor.
—Necesito pensar. Voy a salir a tomar el aire.
—¡Jack!...
Él se detuvo de nuevo sosteniendo la puerta entreabierta. Ruby
suplicó:
—Prométeme que no será esta noche...
—No, esta noche no. Sólo quiero verles... Verles sin que ellos me
vean a ser posible. Necesito saber cómo han vivido todos estos años,
si han sido felices o...
—Necesitas hacer acopio de odio antes de matarles. ¿Es eso?
Jack salió cerrando la puerta sin contestar a esta pregunta.
CAPITULO IX
«Necesitas hacer acopio de odio.»
Esta frase martilleaba en los oídos de Jack Hebron mientras
marchaba por la acera, tropezando con los transeúntes a lo largo de
la animada calle donde ya empezaban a brillar las lámparas de
petróleo.
Hasta este momento, Jack jamás había puesto en duda que odiaba
a los traidores en la medida necesaria para matarles allí donde los
encontrara. ¿Qué otra fuerza, si no, pudo haberle impulsado a
continuar en aquella larga búsqueda, perseverando en la
persecución enconada de aquellos a quienes durante cinco años
obligó a huir constantemente?
En su largo caminar sobre la pista de los fugitivos, doblado bajo el
sol de fuego, tiritando de frío bajo la ventisca, sufriendo hambre y
sed, cuando junto a la solitaria fogata de su campamento pensaba y
proyectaba para el futuro, ¿no era siempre la imagen de Susan Raine
y John Wigons la que aparecía como meta de todos sus anhelos?
¿Qué significaban, pues, sus dudas de última hora?
Poco después Jack se paraba bruscamente mirando desde la acera
al edificio que se levantaba al lado opuesto de la calle, una casa de
ladrillos de dos pisos con un pórtico de madera sostenido por
columnas de hierro y una muestra: The Plentiful Horn.
El nombre le era familiar a Jack, pues también se llamaba así la
casa de juego que él y Wigons regentaron asociados hasta que éste
escapó llevándose el dinero en compañía de Susan.
En ninguno de la media docena de saloons que Wigons había
explotado desde entonces utilizó nunca el nombre del antiguo saloon,
el cual sin duda consideraba gafe. ¿Sería posible que Wigons,
supersticioso como casi todos los jugadores, hubiese decidido
bautizar así a su último saloon, en un intento por romper la racha de
mala suerte que le acompañaba desde que abandonó el primero?
Mas probablemente, la circunstancia de que existiese en Salt Lake
City un saloon llamado El Cuerno de la Abundancia, se debía a pura
coincidencia.
—Entraremos de todos modos —se dijo Jack.
The Plentiful Horn era un buen local, puesto con lujo y sin
escatimar detalles. Cerca de la puerta se veía un largo y pesado
mostrador de roja caoba. Al fondo estaban las mesas de juego, en
una sala separada por espesos cortinajes color púrpura, a la sazón
descorridos.
Jack se acercó al mostrador, apoyando el codo en la gruesa y
reluciente barra de bronce. Pidió un whisky.
Mientras se lo servían preguntó al hombre del bar:
—¿Este saloon se llama El Cuerno de la Abundancia, verdad?
—Sí.
—¿Por qué le dieron ese nombre?
El barman le miró desconcertado.
—¿Por qué? Bueno, eso no lo sé. Algún nombre había que ponerle.
Supongo que al dueño le gustaría ése.
—¿Siempre se ha llamado así este saloon?
—¡Oh, no! Sólo desde que cambió de dueño, hace cosa de año y
medio. Antes se llamaba Blosomm Desert.
—Ya me lo parecía a mí —dijo Jack. Y apuró la copa de un trago,
mirando de nuevo al barman—. ¿De modo que el Blosomm Desert
cambió de dueño? ¿Quién es ahora el patrón?
—El señor John Wigons.
La mano de Jack se crispó sobre el vaso de cristal. No obstante, la
impresión que le produjo oír este nombre, la expresión de su rostro
continuó inalterable.
—¿Wigons? —murmuró—. No, no le conozco.
—Es igual, no importa —rezongó el barman, arrepentido al
parecer de haber hablado demasiado. Recogió el medio dólar que
Jack arrojaba sobre el mostrador—. ¿Usted es forastero, verdad?
—Tal vez lo parezca —repuso Jack evasivamente—. Llevaba
tiempo sin venir por Salt Lake City.
Se alejó del mostrador echando a andar hacia la sala de juego.
El corazón le latía a un ritmo más rápido de lo normal. En las
palmas de la mano sentía la humedad del sudor.
Pasando entre los cortinajes entró en la sala de juego. Esta tenía un
largo diván adosado a todo lo largo de los muros, ovalados espejos
de marco dorado alternando con cuadros de desnudos y perchas en
las paredes.
El público era distinto de la clase que Jack conocía. Nada de
vaqueros de tez tostada por el sol, ni mineros de voz ronca y rudas
botas sucias de polvo y de barro. Los caballeros vestían con
elegancia, hablaban en voz baja y hacían gala de estudiados y
educados ademanes.
Después de curiosear en un par de mesas, Jack se acercó a una
tercera que congregaba en torno a un numeroso grupo de jugadores
y espectadores.
Estirando el cuello pudo ver, por encima de los hombros de los
mirones, la rubia cabellera de una mujer que daba cartas.
Una mujer jugadora siempre resultaba una novedad, aunque se
daban casos, Susan Raine había sido una experta jugadora
profesional, aunque Susan era morena y delgada, y también más
joven de lo que aparentaba la mujer que daba la espalda a Jack. Este
sintió curiosidad por verle la cara a la dama y empezó a moverse
dando la vuelta por detrás de los espectadores.
Empujando con los codos pudo practicar un hueco por el cual se
coló quedando en primera fila a espaldas de uno de los jugadores.
Miró de nuevo a la mujer. La cabellera rubia mostraba en su raíz
una indiscreta línea plateada, indicadora de que el pelo era
completamente blanco bajo el teñido artificial.
Jack vio una frente en la que ni siquiera los polvos lograban
disimular las arrugas. La cara era ancha, muy pálida, con acusadas
bolsas bajo los párpados y numerosas patas de gallo alrededor de los
ojos muy pintados. Las mejillas colgaban fláccidamente y una
papada de grasa formaba una segunda barbilla.
Hebron quedó mirando con asombro aquel rostro vagamente
familiar. De pronto la reconoció, experimentando una especie de
sobresalto.
¡Era Susan Raine!
«No, imposible. Debe ser su madre», pensó Jack.
Pero recordó que Susan no tenía padres. Era ella misma, increíble,
espantosamente envejecida. La estudió de nuevo. Había engordado
terriblemente. Tenía más arrugas en el cuello. La carne desnuda de
sus brazos temblaba como una masa de gelatina. El opulento busto
hinchaba el ceñido corpiño...
«¡Dios mío, cuán vieja está!», exclamó Jack para sus adentros.
¿Era esta señora gorda y fofa todo lo que quedaba de aquella
Susan hermosa e insinuante de cinco años atrás?
Jack recordó ahora que Susan tenía cinco años más que él. Cinco
años los que ella confesaba, que acaso fueran más. En la actualidad
Susan Raine debía tener alrededor de 35 años. No era tanta edad
para un cambio tan radical. Algo más debía haber ocurrido para que
ella envejeciese prematuramente.
«Ha sido su conciencia, el miedo, la ansiedad de esa huida
constante ante mí lo que ha hecho de ella una vieja —se dijo Jack,
q j j
lleno de asombro—. Ha tenido que pagar un alto precio por su
traición y su abandono.»
La mujer, de pronto, levantó los ojos y clavó la mirada en Jack,
como si la mirada de éste hubiese ejercido sobre ella un poder
magnético.
La vida había sido dura para Jack y los años no le habían
perdonado, pero en general su aspecto no debía haber cambiado
mucho.
Susan le reconoció a primera vista. E inmediatamente su rostro se
demudó. Sus manos abandonaron los naipes sobre la mesa. Se
dilataron sus pupilas. El maxilar inferior cayó hacia abajo dejando la
boca abierta en una mueca de estúpida fealdad. Luego movió apenas
los pálidos labios para pronunciar un solo nombre:
—¡Hebron!
Las pupilas giraron en las órbitas, entrecerró los ojos y dobló la
cabeza, derrumbándose de la silla al suelo.
Los jugadores quedaron paralizados por el estupor. Luego se
produjo la consiguiente conmoción. Los jugadores arrastraron las
sillas al incorporarse. Todos se pusieron de pie y corrieron a socorrer
a la mujer.
Dando media vuelta, Jack Hebron abandonó la sala de juego,
cruzó por delante del mostrador y ganó la puerta, saliendo a la calle.
Al salir de la calurosa atmósfera del saloon al fresco de la noche,
Jack sintió restablecerse la normalidad en el pulso y el ritmo de la
respiración. Aspiró el aire a pleno pulmón y exhaló un profundo
suspiro.
Echó a andar. Pero hasta que hubo dejado atrás la primera cuadra,
no cayó en la cuenta del inefable bienestar que sentía.
¿A qué se debía esto?
Tal vez hubiese sido distinto si, habiendo encontrado de nuevo a
Susan, ésta hubiese seguido siendo joven y hermosa. Verla feliz y
pimpante, seductora y adulada por los hombres como él la conoció,
probablemente le hubiese producido un sentimiento de rabia y
despecho.
La realidad, por el contrario, era que mientras él la recordaba
como la última vez que la vio, Susan Raine envejecía y se marchitaba
q j y
en el terror de las noches sin sueño, los días llenos de sobresaltos y
aquel continuo huir de la sombra vengadora que les seguía los
pasos...
¡Pobre Susan! Jack dejó súbitamente de sentir odio contra ella.
Pensó en Wigons y le compadeció. ¡Tener que soportar a una mujer
vieja, llena de manías y achaques!
Al evocar la gentil figura de Ruby Baker, aquella virgen fragante
que era su mujer y acaso le esperaba impaciente entre las sábanas de
su lecho, Jack sintió a modo de un estallido de regocijo en su pecho.
¡Fueranse al diablo Wigons, su marchita amante y el dinero que le
robaron!
En este preciso instante, Hebron supo que podía ser feliz. Y deseó
serlo. Quería ser feliz con Ruby. Por lo tanto, no arriesgaría esa
felicidad en el cobro atrasado de una deuda que por su parte estaba
cancelada. La vida debía haber sido un infierno para Wigons y su
amante todo aquel tiempo.
Jack se sintió bien pagado. Hora era de que Wigons y Susan
descansaran... y él también.
Con la alegría retozándole en el cuerpo emprendió rápidamente el
regreso al hotel. Cruzó el vestíbulo sin detenerse, subió corriendo la
escalera y llamó con los nudillos en la puerta de Ruby.
La voz de la muchacha inquirió desde adentro.
—Soy yo, Hebron —contestó Jack.
Esperó impaciente hasta que se escuchó el pestillo que era
descorrido y la puerta se entreabrió.
Empujó y se coló adentro cerrando de un portazo. Ruby estaba
ante él en la semioscuridad de la habitación, destacándose contra la
ventana por la cual llegaba la luz de los reverberos de la calle.
—¡Jack! ¿Te persiguen? —gimió la chica, espantada.
—¿Seguirme? ¿Quién? ¡Oh, no! —exclamó Jack riendo. Alargó las
manos y la tomó, estrechándola contra sí.
—Jack, has bebido —le reprochó ella, rechazándole con suavidad.
—Sólo una copa en el Cuerno de la Abundancia.
—¿Qué es eso del Cuerno de la Abundancia?
—Es una casa de juego. El saloon de Wigons. He estado allí.
—¿Les has encontrado entonces?
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—Sí. Y la he visto a ella. ¡Dios mío, Ruby, quisiera que la hubieses
visto tú también! Vieja, gorda, con el pelo teñido... ¡Si no la reconocí
en el primer momento!
—¿Ella te reconoció?
—¡Seguro! Me vio, abrió unos ojos como platos y cayó como
fulminada. Se desmayó.
—¿Y Wigons?
—He desistido de todo propósito de venganza.
—¡Jack! —exclamó Ruby, jubilosa.
—Ya no le guardo rencor. Wigons se llevó cuarenta mil dólares
míos, pero ahora pienso que de haber sabido cómo los años
cambiarían a Susan, con gusto le hubiera regalado ese dinero para
librarme de un esperpento como ella.
—¡Oh, Jack!
Ruby se arrojó en los brazos de él. Jack la estrujó contra su pecho,
le buscó los labios en la oscuridad y la besó con fuego...
Por espacio de unos minutos no se escuchó en la habitación más
ruido que el chasquido de los besos y los suspiros de Ruby a las
caricias de su marido.
De pronto sonaron unos fuertes golpes sobre la puerta de la
habitación contigua.
Jack quedó rígido y alerta, advertido por un sexto sentido que los
años de vida solitaria habían agudizado en él. Las manos de Ruby le
acariciaron el rostro.
—No es aquí. Es en la habitación de al lado.
—Sí, en mi habitación —dijo Jack, apartándose de ella para ir hasta
la puerta.
De nuevo se repitieron los golpes. Sin duda sonaban en la puerta
de al lado. Jack se rió de sus temores, sobre todo al escuchar la voz
del mozo que inquiría:
—¿Está usted ahí, señor Hebron?
Jack abrió la puerta y salió al corredor. Había dejado el cinturón y
la revolverá colgados de una silla en la habitación.
El camarero del hotel no estaba solo. Había con él un hombre, y
este hombre volvió con vivacidad la cabeza al abrirse la puerta
contigua y asomar Hebron.
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El corredor estaba bien iluminado y los dos hombres quedaron
contemplándose unos instantes, como si cada uno estudiara los
estragos que el tiempo había causado en el otro. John Wigons, un par
de años más viejo que Jack, había llevado la peor parte.
—Hola, John —dijo Hebron—. ¿Es a mí a quien buscas?
Wigons pestañeó con rapidez antes de decir entre dientes:
—Me dijeron que habías estado a buscarme en el Cuerno de la
Abundancia.
Reinó el silencio entre los dos hombres. Wigons había echado atrás
el faldón de su negra levita, de forma que quedaba al descubierto el
«Colt» colgando bajo su cinto sobre el costado izquierdo. Wigons era
zurdo.
—Está bien, Hebron, aquí me tienes —dijo Wigons. Su voz sonaba
ronca y exasperada—. Durante cinco años te he llevado pegado a
mis talones como una sombra. Conseguiste que me salieran los
cabellos blancos e hiciste que Susan envejeciera prematuramente y
enfermara del corazón. En todo este tiempo no he tenido un solo día
de paz ni una hora de sosiego, pero esto se ha acabado.
—Estoy desarmado. ¿Quieres asesinarme, John?
—Sólo hay una forma de acabar de una vez con esta pesadilla.
Ahora sé que me equivoqué contigo. Antes de quitarte a Susan debí
pegarte un tiro.
—Apuesto que te ha pesado muchas veces no haberlo hecho.
—¡Sí! —chilló Wigons histéricamente—. ¡Y no volveré a repetir el
mismo error!
El puño derecho de Jack salió disparado contra el hombro
izquierdo de Wigons, cuando éste empuñaba el revólver.
Wigons dio un paso atrás, tambaleándose.
Jack tomó impulso saltando contra su enemigo con la cabeza
gacha.
El cabezazo de Jack alcanzó a Wigons en el estómago y tiró a éste
violentamente contra la pared del pasillo. Wigons levantó el brazo
para descargar un golpe con el cañón del revólver en la cabeza de
Hebron.
La nervuda mano de Jack detuvo el golpe en el aire, atrapando la
muñeca de Wigons.
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Un retorcimiento del brazo obligó a Wigons a dejar caer el arma
lanzando un grito de dolor.
Jack le golpeó con el revés de la mano en la cara y lo tiró de nuevo
contra el muro. Wigons rechinó los dientes y disparó su puño contra
la cara de su enemigo.
El puñetazo alcanzó a Jack entre los ojos, tirándole de espaldas
contra la cerrada puerta de la habitación. Wigons se inclinó para
agarrar el revólver que estaba en el suelo. Jack levantó la pierna
derecha aplicando un terrible puntapié a la cara de su rival.
Encajando la patada en la barbilla, Wigons fue enderezado de
golpe y lanzado de nuevo con estruendo contra el tabique.
Jack tomó el arma del suelo. Wigons saltó sobre él y los dos
rodaron por el suelo, armando gran ruido.
Ruby asomó su desencajado rostro por la puerta de la habitación.
El camarero corrió hacia la escalera pegando gritos. Otras puertas se
abrieron y varios huéspedes asomaron mirando sorprendidos a los
dos combatientes que se daban puñetazos en el suelo.
Wigons había conseguido cerrar sus manos sobre la garganta de
Jack y rugía como un poseído.
—¡Te mataré! ¡Maldito seas mil veces, te mataré!
Jack levantó el brazo y asestó un golpe contra la nuca de Wigons
con la culata del revólver.
La presa que las manos de Wigons hacían sobre la garganta de
Jack se aflojó. Jack le propinó un empujón y lo tiró al suelo contra el
tabique del corredor. Luego se puso en pie de un salto y encañonó a
Wigons con el revólver.
En medio del estupefacto silencio de los espectadores, se escuchó
el escalofriante «clic» metálico del muelle al quedar montado el
gatillo.
—¡No, Jack! —gritó Ruby desde la puerta.
Wigons miraba como fascinado la negra pupila del arma que le
apuntaba entre los ojos.
—¡Jack, recuerda que me lo prometiste! —sollozó Ruby.
Hebron miró jadeando al igualmente jadeante Wigons. Luego dejó
caer el brazo y volvió mecánicamente el gatillo a la posición de
seguro.
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—Levántate, Wigons —dijo con voz ronca—, Y vete, no quiero
verte más. La persecución ha terminado. Espero que en adelante
puedas vivir tranquilo.
John Wigons se puso en pie y le miró con ojos agrandados por el
asombro.
—¿Quieres decir... que renuncias a tu venganza...? —balbució.
—Devuélveme mis cuarenta mil dólares. Eso es todo lo que deseo.
—Te los devolveré.
Wigons recogió su sombrero del suelo. Al enderezarse miró de
nuevo a Hebron. Y esta vez lo hizo con gratitud. Jack le tendió en
silencio el revólver. Wigons lo tomó, lo miró y lo guardó en la funda.
—Gracias —dijo, lanzando una rápida y avergonzada mirada
sobre su enemigo.
Y se alejó.
Jack Hebron volvió la espalda a los mudos espectadores y entró de
nuevo en la habitación. Allí le envolvieron los brazos cariñosos de
Ruby y el chasquido de la puerta al cerrarse sonó simultáneamente
con el de un beso.
CAPITULO X
El sol estaba muy alto y en la calle reinaba el ajetreo propio de una
gran ciudad, cuando aquella mañana Jack Hebron abrió de par en
par la ventana para parpadear deslumbrado ante la escena callejera
de ruido y color.
«Es absurdo —se dijo—. Me siento el hombre más feliz de la
tierra.»
Lo era. Y lo era mucho más porque al fin se había visto liberado de
su odio y recobrado la paz de su espíritu, haciendo todo lo contrario
a cuanto había imaginado.
Distinto, pero mejor.
En estas solas tres palabras podía concretarse toda su felicidad
presente. No había sido necesario que matara a Wigons ni a Susan
Raine, y por el hecho de no haber tenido que hacerlo se sentía
liberado de un gran peso.
Volvióse a mirar al interior de la habitación. Ruby se desperezaba
en la cama estirando sus miembros como una gata malcriada.
Casi no podía creer que estuviera casado y enamorado de su
mujer. ¡Su mujer! Suya para amarla y adorarla, para vivir a su lado y
ser dichoso el resto de sus días hasta la muerte. ¡Qué extraño y
maravilloso era todo esto!
Pensó entonces en lo distinto que pudo haber sido todo si él
hubiese matado a Wigons. ¿Dónde estaría ahora?
No aquí, sino tal vez cabalgando sobre un caballo, huyendo a
través del desierto de la persecución implacable de la justicia
representada por un sheriff celoso de su deber. O tal vez le hubiesen
alcanzado y se encontrara con el cuello roto balanceándose de una
soga, colgado de la rama de un árbol. O detenido y esposado como
un criminal, encerrado en una prisión a la espera de ser juzgado y
condenado.
¿No era mucho mejor encontrarse aquí, junto a Ruby, libre por
primera vez en tantos años del peso agobiante de su odio?
Su vida había tomado nuevo e inesperado rumbo. Todo había
empezado cinco años atrás, el día que su amante y su amigo le
traicionaron escapando con su dinero. Si se encontró con Ruby, si se
casó con ella, si la amó y ahora era feliz, sin duda lo debía a Wigons
y a Susan. A ellos tenía que agradecerlo.
Unos golpecitos que sonaban en la puerta arrancaron a Jack de su
meditación.
Soñolienta, Ruby dijo a modo de un maullido:
—Querido, ve a ver quién es.
Jack pasó por la puertecilla de comunicación a la habitación
contigua y abrió la puerta del corredor.
Dos hombres se volvieron. Uno de ellos era John Wigons. El otro
era un hombre alto, de cuadrados hombros, con un cuello que salía
holgadamente de la camisa. Este último llevaba sobre el chaleco una
insignia
de sheriff.
Jack frunció el ceño extrañado. ¿Qué nueva marrullería le habría
preparado aquel tunante de Wigons?
Wigons se mostró suave y casi amistoso.
—Hola, Jack. He venido con el dinero.
—¿Sí? —preguntó mirando al sheriff.
Wigons aclaró:
—El sheriff es un buen amigo mío. Anoche vino a preguntar qué
había ocurrido. Tuve que contarle la verdad...
—¿Cuál verdad, John?
—Toda la verdad. Cárter se disgustó mucho al saber que yo había
robado. Además de restituir el dinero robado me impuso como
castigo abonar los intereses correspondientes, como si me hubieses
prestado tu dinero al cinco por ciento anual. Aquí traigo el dinero.
Wigons mostró un paquete envuelto con una hoja de periódico.
—Bueno —murmuró Jack casi sin poder creer lo que oía.
Entraron todos en la habitación. Wigons abrió el paquete sobre un
velador. Jack contó el dinero: cincuenta y un mil dólares. El sheriff
Cárter empujó hacia Jack un recibo que éste firmó. Cárter entregó el
recibo a Wigons y éste lo guardó en un bolsillo. Luego, avergonzado,
Wigons miró a Hebron y murmuró:
—Gracias, Jack. Lo que hicimos contigo no tiene nombre. Hubiera
sido mejor decirte la verdad. Susan y yo nos queríamos... Sí, lo sé. Al
menos no debiera haberme llevado tu dinero... En fin, perdóname,
Tu nobleza me abruma...
—Vete con Susan, John —le interrumpió Jack—. Ella te necesita.
—Quiero que sepas que me casé con ella a los pocos días.
—Me alegro.
Wigons dio media vuelta y alcanzó la puerta, saliendo
rápidamente al pasillo.
—Si quiere que le dé escolta para depositar su dinero en el Banco...
—Sí, espéreme unos minutos mientras acabo de vestirme.
Cuando Jack volvió a salir, Wigons ya se había marchado. Unos
minutos más tarde, Jack abría una cuenta en el Banco, depositando
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cincuenta mil dólares. Dio las gracias al sheriff y emprendió el
regreso al hotel.
Por el camino iba pensando en todo lo ocurrido. De nuevo se
felicitó, ya que de haber cedido a su impulso y haber matado a
Wigons no sólo sería a la hora presente un fugitivo perseguido por la
justicia, sino que tampoco habría recuperado su dinero.
Era como si Dios hubiese querido premiar su renuncia, haciéndole
el don de recuperar sus cuarenta mil dólares, más once mil
acumulados en concepto de interés.
Casi sintió amistad hacia Wigons.
Ningún hombre era completamente bueno ni totalmente malo.
Encontró a Ruby ya vestida, los negros ojos brillantes de felicidad.
Ella le echó los brazos al cuello y le besó en la barbilla.
—Me siento orgullosa de ti.
—A mí se me antoja que lo estarías más si estuviera bien vestido.
¿Sabes lo que he decidido? Vamos a almorzar y después salimos a
gastar alegremente mil dólares en vestidos para los dos. Eres la
esposa de un hombre rico. Tengo cincuenta mil dólares. Ya no
podrás decir que me casé contigo por el vil metal.
—¡Tonto! —exclamó ella, echándose a reír.
Lo hicieron como lo proyectaron. Jack jamás se había sentido tan
dichoso como aquella tarde correteando de tienda en tienda, viendo
brillar los ojos de su esposa y admirando la transformación que se
operaba en ella al ponerse nuevos vestidos.
Jack adquirió para sí un traje completo, sombrero y zapatos
nuevos, camisa, corbata y pañuelos. Además, desde luego, dos
mudas interiores completas.
La diligencia de Provo pasaba por la calle levantando una nube de
polvo cuando ellos salían de la última tienda a la puesta del sol.
La gozosa sonrisa de Ruby se heló de pronto en su bello rostro al
paso de la diligencia, y Jack advirtió su súbita palidez.
—Ruby, ¿qué te ocurre?
Ella señaló el carruaje que se alejaba para detenerse más lejos, ante
la oficina de la compañía.
—¡Sam Grey!... ¡Acabo de verle!
—¿A tu padrastro? Imposible. Debe estar en Vernal.
¿ p p
—¡Acaba de llegar! ¡Le he visto asomado a la ventanilla de la
diligencia!
Ruby temblaba de tal modo que Jack se sintió conmovido.
—¿Estás segura, Ruby?
—¡Sí, estoy segura! —exclamó la joven, dando diente con diente.
—Está bien, querida, no tienes por qué ponerte así. El mundo no
va a desplomarse sobre nosotros porque Grey esté en Salt Lake City.
—Tú no conoces a ese hombre. Mataste a uno de sus hijos... ¡Ha
venido a vengarse, Jack!
Algunos transeúntes de los que pasaban por su lado volvían la
cabeza.
—Por favor, Ruby, estamos llamando la atención. Vamos, te
llevaré al hotel.
El hotel quedaba cerca. Jack la acompañó hasta la puerta.
—Ahora entra y ve a encerrarte en tu habitación. Y no abras a
nadie hasta que escuches mi propia voz. Espera.
Jack se quitó la levita, la plegó y se la entregó.
—¿Qué vas a hacer? —interrogó la joven. Los labios le temblaban
y Jack sintió tanta compasión de ella como furia contra los Grey.
—No te preocupes por mí.
—¡Jack! —ella le asió por un brazo con tanta fuerza que Jack sintió
sus uñas clavársele en la carne a través del delgado tejido de la
camisa—. No vayas en su busca. ¡Te matarán! Sam fue en sus buenos
tiempos un tahúr y un pistolero muy rápido. ¡Y no estará solo, Jack!
—Por favor, Ruby, no me hagas una escena. Tengo que ir al
encuentro de él, lo mismo si está solo que acompañado de una legión
de demonios.
—No seas loco, Jack. Huyamos en el primer tren, cualquiera que
sea la dirección en que vaya. Nunca nos alcanzarán.
—Te equivocas, Ruby. Ellos nos seguirán adonde quiera que
vayamos. Sé lo que es eso, porque yo mismo he sido perseguidor
implacable de Wigons durante años. No quiero pasar de perseguidor
a perseguido y vivir el infierno que Wigons y su mujer han vivido
todos estos años, mientras iban de un lugar a otro sin poder echar
raíces en ninguna parte.
Jack asió la mano de la chica y se la apartó.
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—¡Jack, tengo miedo! —sollozó Ruby. La barbilla le temblaba.
—Obedéceme, Ruby. Ve a tu habitación —dijo Jack.
Le volvió la espalda y echó a andar a grandes zancadas por la
acera, hacia la cochera del servicio de diligencias.
Mientras iba por la acera a codazos con los transeúntes, tocó con
los dedos la culata de su revólver, comprobando que salía con
facilidad de la bien engrasada funda.
Ante la cochera, los empleados descargaban los últimos bultos de
la baca del carruaje. Algunos viajeros se alejaban, pero otros
permanecían todavía de pie en la acera. Jack pudo reconocer a Sam
Grey y a su hijo. Ruby no se había equivocado, después de todo. Allí
estaban, dispuestos sin duda a vengar la muerte de James.
Jack abandonó la acera y salió a la calle. En este momento fue
descubierto por Ed Grey.
Ed propinó un codazo a Sam y éste se volvió.
Los ojos del tahúr llamearon al descubrir a Jack e impulsivamente
dio un paso adelante.
Jack se detuvo. Sabía que a todos los efectos la justicia consideraba
agresor al que salía en busca de otro para darle muerte. Hasta aquí,
el encuentro podía pasar por casual en lo que a Jack se refería.
Simplemente podía decir que había venido a comprobar si los Grey
habían llegado efectivamente en la diligencia de Provo.
Sabiendo todo eso, Jack dio media vuelta y empezó a moverse en
retirada. Como esperaba, Sam le llamó con un grito:
—¡Hebron, maldito! ¡Espera!
La voz crispada de Grey llamó la atención de los transeúntes que
pasaban por la acera y los empleados de la compañía de diligencias.
Sam comenzó a caminar en dirección a Jack, y mientras lo hacía
echó atrás el faldón de su chaqueta para tener fácil acceso al revólver
que asomaba su nacarada culata por la funda. Ed Grey siguió a su
padre sobando su abultada revolverá.
Jack se había parado y les miraba por encima del hombro. Luego
se volvió dando la cara.
Los Grey se detuvieron a unos veinte pasos de Jack.
De la acera se destacó otra figura que avanzó unos pasos y se
detuvo quedando detrás de los Grey. Era Daniel Toab, el cuñado de
q y
James. También estaba armado.
—¡Hebron, te voy a matar! —rugió Sam, temblando de cólera.
Y empuñó el «Colt».
Más sereno y dueño de sí mismo, consciente de que le iba la vida
en la menor falla o retraso, Jack Hebron desenfundó y disparó.
El disparo de Jack fue certero al corazón de Sam Grey, el cual se
estremeció y disparó su revólver en la última crispación de la
muerte.
Ed Grey ya tenía el «Colt» en la mano cuando el cañón del
revólver de Jack se volvió contra él.
Las dos armas tronaron al mismo tiempo, pero sólo el balazo de
Jack dio certeramente en el blanco.
Ed Grey, con un último esfuerzo, trató de sostenerse en pie
mientras su padre rodaba por el polvo. Con mirada enloquecida, de
la que rápidamente escapaba la luz, buscó la borrosa silueta del
aborrecido enemigo. Su dedo trató inútilmente de apretar el gatillo—
Bruscamente dobló las rodillas y cayó de bruces con la cara contra
el polvo.
Daniel Toab había dirigido la mano a la culata del revólver cuando
se vio encañonado por el humeante «Colt» de Hebron. Toab
palideció y quedó rígido, sin completar el movimiento que habría
significado su muerte segura. Luego soltó la culata como si ésta
quemara y se limitó a contemplar a Jack con ojos desorbitados.
La gente escapaba a la carrera, las mujeres chillaban y los caballos
piafaban asustados. Todo aquel sector de la calle quedó rápidamente
desierto, quedando solamente los cadáveres de los Grey en el suelo,
y Hebron y Toab contemplándose fijamente.
—Desabrocha el cinturón... y déjalo caer —ordenó Jack.
Toab obedeció con rapidez.
Más lejos, en el centro de la calle, los hombres que iban llegando
formaban un cordón, sin atreverse a acercarse.
Carter apareció montado en su caballo blanco de gran alzada y dio
una voz, abriéndose paso entre la gente para avanzar solo hasta el
lugar donde Hebron se encontraba.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —interrogó el sheriff, desmontando de
un salto.
Jack señaló a los cadáveres.
—¿Muertos? —indagó el sheriff.
—Eso creo. Tuve que tirar a matar. Los dos eran muy rápidos y yo
estaba solo contra los tres.
Cárter extendió la mano.
—Deme el revólver. Lo siento, pero queda detenido hasta tanto no
quede aclarado el asunto. El duelo está prohibido en esta ciudad.
—No fue un duelo. Ellos me atacaron y tuve que defenderme.
El revólver de Jack pasó a la mano del sheriff, quien lo guardó en
su cinturón. Como si ésta hubiese sido la señal esperada, el público
avanzó en tropel hasta formar un círculo apretado en torno a los
cadáveres, a Toab, a Jack y al sheriff.
Una mujer llegó abriéndose paso a empujones, entró en el círculo
y se arrojó en los brazos de Jack.
Era Ruby. El público la miró con simpatía, mientras ella se
abrazaba sollozando a Jack. También llegó un comisario, el cual sacó
un par de esposas y puso uno de los grilletes a Toab. Al adelantarse
el comisario para esposar a Jack con Toab, el sheriff hizo un gesto
negativo. Varios hombres hablaban con rapidez y todos coincidían
en su declaración. Los forasteros habían retado al joven y
empuñaron sus armas, obligando a Hebron a defenderse.
—Váyase con su mujer, Hebron —dijo el de la placa—. Ya le
llamaremos para declarar. Sólo le recuerdo que no debe abandonar
la ciudad sin mi conocimiento.
—No pienso marcharme por ahora —repuso Jack.
El público se abrió para dejar paso a la pareja que, enlazados por
la cintura, se alejó seguida de las miradas de simpatía que siempre,
en toda época y en cualquier lugar, inspiraron la juventud y el amor.
—Jack, he pasado mucho miedo —suspiró Ruby, cuando llegaban
al hotel—. Me horroriza pensar qué hubiera sido de mí si tú
ocupases ahora el lugar de los Grey allí sobre el polvo.
—Ya no tienes que torturarte por lo que pudo pasar. Los Grey
están muertos y aquí acaba tu pesadilla. Ellos ya no pueden
oponerse a que recobres tu hacienda.
—De todos modos, Jack, temo que no podremos volver a Vernal.
Mamá no te perdonará nunca haber matado a Sam.
p
—Bueno, eso ya se verá. Tu madre habrá de reconocer que Sam fue
un granuja. El tiempo la consolará hasta hacer confusos los
recuerdos. No volveremos a Vernal. Con mis cincuenta mil dólares
tenemos suficiente para comprar tierras y ganado y formar nuestro
propio y pequeño rancho. Si más tarde quieres asociarte con tu
dinero, haremos el rancho mucho mayor. Lo importante es que allí
donde vayamos podamos sentirnos seguros, libres de todo temor y
preocupación, trabajando y proyectando para el futuro... Tú y yo... y
los que nos sucedan después.
Habían llegado al pie de la escalera que arrancaba del vestíbulo y
se detuvieron para mirarse a los ojos.
—¡Oh, Jack, gracias por todo lo que has hecho por mí! —exclamó
Ruby. Y le echó los brazos al cuello.
Los huéspedes que acudían hacia el comedor quedaban un
instante mirándoles. Luego sacudían la cabeza y se alejaban
sonriendo, acaso evocando con nostalgia los años pasados de su
fogosa y dichosa juventud
FIN