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La Renga

El 30 de septiembre, La Renga realizó un emocionante recital en el estadio Monumental de Atlético, donde miles de fanáticos se reunieron para disfrutar de una noche de rock y camaradería. Los asistentes compartieron anécdotas y experiencias, destacando el ambiente de solidaridad y conexión que caracteriza a los conciertos de la banda. Con una actuación de dos horas y media, La Renga ofreció un espectáculo vibrante que culminó con el himno 'Hablando de la libertad', dejando a su público en un estado de euforia y unidad.
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La Renga

El 30 de septiembre, La Renga realizó un emocionante recital en el estadio Monumental de Atlético, donde miles de fanáticos se reunieron para disfrutar de una noche de rock y camaradería. Los asistentes compartieron anécdotas y experiencias, destacando el ambiente de solidaridad y conexión que caracteriza a los conciertos de la banda. Con una actuación de dos horas y media, La Renga ofreció un espectáculo vibrante que culminó con el himno 'Hablando de la libertad', dejando a su público en un estado de euforia y unidad.
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La noche del chamán

El sábado 30, en el estadio Monumental de Atlético, “La Renga” hizo delirar a una
multitud de fieles que, desde temprano, le imprimió ese inconfundible color rockero a la
ciudad. Aquí, los testimonios de las “tribus rengas” y un repaso por los mejores
momentos de un recital avasallante.

Acampar al sol
“¿Qué espero para esta noche? Lo que La Renga nos da siempre a los que seguimos al
grupo a todos lados: un rato de fiesta, rock y descontrol.” Mientras despliega su bandera
transformándola en una capa que le cubre los hombros, “El chino Javier” camina, estira
las piernas y se restriega los ojos. Son las 11 de la mañana y acaba de bajar del colectivo
que lo trajo desde González Catán, donde vive. Aún tiene sueño. Mira el paisaje
alrededor, enciende un cigarrillo y, enseguida, busca echarse en el pasto bajo la frescura
de una sombra generosa. “Ta’ bueno este lugar, eh”, dice, y la mirada se esfuma hacia
arriba, mezclándose con el verde parloteo de las loras que no cesan de gritar, acaso
sintiéndose invadidas. Es que en el parque de los eucaliptos, a escasas cuadras del
estadio Monumental de Atlético, conviven gorritas, piercings, tetras, barbas, mochilas,
trapos, torsos desnudos, cervezas, flequillos, fernets, puestos de choripán, toldos donde
se venden remeras y demás accesorios del merchandising rengo: cosas que se arraciman
y se mueven con lentitud, pesadamente, formando un organismo enorme y cansado. Sin
embargo, en ese caótico mar de olores, formas y colores variados, lo que más abunda es
la sonrisa. Ya se palpa en el ambiente la timidez de una felicidad que, a medida que
avance la jornada, irá convirtiéndose en euforia. Visto desde lejos, es decir, mal, ese
organismo puede, quizás, asustar. Como casi todo lo que se desconoce. Visto desde
cerca, el gran cuerpo contagia su armonía natural. Aún no es mediodía, faltan diez horas
para que Chizzo y los suyos revienten el aire rafaelino, y la fila de colectivos que
estacionan, uno junto al otro, es ya bastante larga. Llegan desde Quilmes, Temperley,
Floresta, Haedo, Burzaco, Mataderos, Morón, Gerli, Barracas, Villa Bosch, Tortuguitas:
los cartelitos ubicados en el frente de los micros se mezclan con las voces de los
choferes y, así, emergen como el discurso de un mapa enloquecido que confunde barrios
de la capital con localidades del Gran Buenos Aires. Hay quienes vienen, también,
desde Rosario, Venado Tuerto, Córdoba. Se dice, incluso, que una vastísima tribu
llegará desde Tucumán.
Nicolás (25) y Sabrina (28) son de Paraná y se conocieron en febrero del año 2003,
durante el Cosquín Rock. “A partir de ahí nos hicimos amigos, empezamos a ir juntos a
todos los recitales. Ahora somos novios”, cuenta Nicolás. Llegaron temprano para no
perderse el ritual de compartir junto a otros fanáticos la extensa y dulce espera. “El rock
tiene sus propios códigos, y en todos los recitales de La Renga hay un clima de mucha
comunión y solidaridad. Eso es lo más lindo de todo. Si estás haciendo pogo y te caés,
enseguida hay diez pibes que te levantan. Si perdés una zapatilla, sabés que al final
tenés que ir a buscarla abajo del escenario”, explica Sabrina y, apurando un trago de
vino tinto, pregunta dónde puede conseguir hielo. “Esto parece pis”, dice, y ríe.
Diego (21), “Pela” (18) y Luciano (19) vienen desde Glew, una localidad ubicada en el
sur del conurbano bonaerense. “Teníamos miedo de no llegar a tiempo porque no
sabíamos a cuántos kilómetros quedaba Rafaela, así que salimos a la ruta el miércoles a
la tarde”, relata Luciano entre las carcajadas de sus amigos. La peripecia arrancó en
Glew: desde allí, a dedo hasta Zárate “en la camioneta destartalada de un fletero que nos
levantó porque dijo que le simpatizaban los hippies y los comunistas”, interviene
“Pela”, algo asombrado ante la anécdota porque nunca pudo dilucidar a qué se refería el
hombre con eso. Luego de varias horas de ardua caminata rutera, lograron que un
camionero los dejara en Rosario. Allí pasaron la noche del jueves, en la casa de un
amigo, y el viernes a la mañana viajaron en colectivo hasta pisar, por la tarde, tierra
rafaelina: casi 36 horas antes del recital. “Al toque conocimos a dos pibes que nos
hicieron el aguante y nos invitaron a parar en sus casas”, cuenta Diego. A los tres, el
viaje-aventura les deja un saldo harto positivo: el show de su banda favorita y varios
amigos nuevos, con quienes ya planearon un reencuentro futuro en Glew, “para
devolverles la gentileza y la buena onda”, dice “Pela”. Casi no termina de hablar
cuando, detrás de su barba entrecana y oscilante, aparece “Chorna” solicitando un
encendedor para su cigarrillo. “Es que mi carucita no funciona”, se excusa quien es,
indudablemente, uno de los personajes más pintorescos que deambulan por el parque.
Remera gastada (en la que, forzando los ojos, puede verse una vieja foto donde se
abraza con un más joven y delgado “Chizzo” Nápoli), morral de cuero, jean, botas
oscuras, 43 años “y más de veinte como estandarte del aguante rockero”. Su historia,
narrada por él mismo, es de película: “fui escultor, artesano, secretario en un estudio de
abogacía, vendedor de diarios y amigo íntimo de Sergio Dawi, el gran saxofonista de
Los Redonditos de Ricota. Vi a Sumo varias veces, incluso en el último recital que
dieron en la cancha de Los Andes, cuando Prodan ya se estaba muriendo.” Los ojos de
“Chorna”, minúsculos y vivaces, parecen captar la inquietud del pequeño público que lo
escucha y, sin dar tiempo a preguntas, prosigue. “También fui alumno regular de
filosofía en la UBA durante varios años, en los que jamás pude despegarme de la
inclinación platónica por el Ser, esa cosa que nunca pude encontrar en la vida, en el
mundo. Eso me hizo daño. Me harté de tanta desilusión y abandoné todo. Hoy me gano
la vida como plomero. Es mucho más simple: cuando los caños se rompen veo si puedo
arreglarlos o si directamente debo cambiarlos. No tienen dobleces, no mienten.” Luego
saluda estrechando las manos de los jóvenes y se va “a hacer una siestita.”
Ser parte de esta sociedad / me puede matar. Soy el que nunca aprendió / desde que
nació / cómo debe vivir el humano. A lo lejos, como una síntesis bella, implacable o
pavorosa, un grabador escupe los primeros versos de “El revelde”, y el trueno de
“Chizzo” se pega en la espalda levemente encorvada de un “Chorna” que se aleja.

En la boca del lobo


Luego de que “Chizzo”, “Tete” y “Tanque” irrumpieran en la noche y se despacharan
con la distorsión de cuatro temas furiosos que sacudieron a los quince mil cuerpos
presentes, en el aire quedó flotando el ulular de una vibración rojiza. En el gigantesco
escenario, teñido de sangre por los haces de luz granate, una caverna se abría hacia lo
profundo, como las fauces de un lobo hambriento. Desde allí, en esa pequeña isla de
silencio, “Chizzo” recibió a su comarca con el saludo obligado: “¿cómo viene el
asunto?”, para luego arrancar los primeros acordes de “Ruta 40” y dar paso a un
memorable solo de armónica. En el medio, el tema se interrumpió y durante algunos
segundos la gente fue protagonista y centro de la noche, cantando al cielo, ofrendándole
al chamán de la voz atronadora una muestra más de su fidelidad inquebrantable. Fueron
los minutos iniciales de un show que ofreció un nuevo capítulo dentro de la extensa
historia de amor entre el Power Trío de Mataderos y su público, acaso el más eufórico,
seguidor y masivo del rock nacional.
Con un despliegue y una entrega impactante, la banda derrochó energía durante dos
horas y media de pura efervescencia. Incansable en el bajo, “Tete” arrojó su potencia
mediante sus habituales corridas, esta vez por las pasarelas laterales del escenario que se
extendieron a lo largo de cincuenta metros. Desde la batería, “Tanque” azotó los
parches y se desdobló en la avalancha de sus ritmos cuadrados. De todos modos, y tal
como ocurre con cada recital del grupo, “Chizzo” volvió a demostrar que ser líder
implica encarnar el cuerpo, el cerebro y el alma de la banda. Prácticamente sin moverse,
manejó a gusto y placer los vaivenes emocionales del público y los climas de la noche,
como un sacerdote guiando en la oscuridad a sus miles de hechizados. Con la fuerza de
“El baldío”, ya un clásico del grupo, mantuvo durante todo el tema el pogo descomunal
en el que se zambulleron los fans. Luego, “Mujer del calidoscopio” brindó el contrapeso
perfecto con su atmósfera tibia y enrarecida. Por su parte, “Oscuro diamante” fue el
cierre ideal, aunque fue sólo un amague: a los pocos minutos, la banda volvió con
fuerza renovada. Y fue el momento ideal para el breve monólogo, casi el único, del
cantante: “vamos a demostrarle a Rafaela, que estaba tan temerosa por recibir a un
público de rock, que podemos portarnos bien. Es cierto que tenemos nuestras cositas,
pero… ¿quién es perfecto?”, lanzó “Chizzo” con delicioso sarcasmo, esperando el
alarido de los fieles que arreció, puntual, aprobando la humorada. A continuación, una
catarata de hits convirtió el campo del estadio en un atolladero de energía que
estremeció a todo el estadio. Así, “Panic show”, “El revelde” y “La razón que te
demora” se sucedieron, meteóricos, como flashes directos al corazón de los fanáticos.
Ya para el final llegó “Hablando de la libertad”, el himno con el que La Renga cierra
todos sus recitales. Fue una postal imperdible: el escenario transmitiendo su furia roja,
el estadio a pleno con las luces encendidas, el campo hirviendo, la gente hermanada en
un único salto. Y ahora sí, las últimas palabras del ídolo, de ese padre bueno para sus
hijos, felices y agitados: “ustedes son lo más importante; por favor, vayámonos en paz.”
Todo estaba hecho.

Tapa:
Trueno rock
“La Renga”, el grupo más convocante del rock nacional, pasó por Rafaela como un
tornado y sacudió a miles de fanáticos. Voces, sonidos, postales, testimonios y
sensaciones de un recital memorable.

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