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Polvo Blanco de Arthur Machen (Cuento)

La novela narra la historia de Francis Leicester, un joven jurista que se sumerge en el estudio excesivo y sufre de problemas de salud mental. Tras tomar un medicamento misterioso, experimenta un cambio radical en su personalidad, convirtiéndose en un amante del placer y la vida social. Sin embargo, su transformación es inquietante y sugiere un oscuro secreto relacionado con el polvo blanco que consume.

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Polvo Blanco de Arthur Machen (Cuento)

La novela narra la historia de Francis Leicester, un joven jurista que se sumerge en el estudio excesivo y sufre de problemas de salud mental. Tras tomar un medicamento misterioso, experimenta un cambio radical en su personalidad, convirtiéndose en un amante del placer y la vida social. Sin embargo, su transformación es inquietante y sugiere un oscuro secreto relacionado con el polvo blanco que consume.

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LA NOV ELA DEL POLVO BLANCO

Arthur Machen del libro El gran dios Pan y otros relatos de terror sobrenatural

Me apellido Leicester. Mi padre, el general de división Wyn Leices-


ter, distinguido oficial de artillería, sucu mbió hace cinco afios a una
complicada dolencia hepá tica, cont raíd a en el pernicioso clima de la
India. Un afio después, mi únic o herm ano Francis, tras culminar bri-
llantemente sus estu dios en _la universidad, regresó a casa y se dedicó,
con la resolución·de un ermita.fío, a la ardu a tarea de dom inar lo que
con gran acierto se ha llam ado la gran leyenda del derecho. Era un
hombre que parecía vivir com pleta men te indiferente a todo lo que lla-
mamos placer; y aunq ue era más apuesto que la mayoría de los jóvenes,
y sabía hablar con la gracia y el ingenio de un vagabundo, evitaba la
sociedad y se recluyó en un vasto aposento en lo alto de la casa, deci-
dido a convertirse en un jurista. Al principio dedicaba diez horas dia-
rias a sus arduos estudios; desde las primeras luces del alba hasta el atar-
decer permanecía ence rrad o con sus libros, se tomaba media hora para
almorzar conm igo con prisas, com o si le doliera la pérdida de aquellos
instantes, y cuan do emp ezab a a oscurecer salía a dar un breve paseo. Yo
pensaba que tan ince sant e diligencia podí a ser perjudicial para él, y
traté .de, apartarle de-sus áridos _libros de texto, pero su obstinación
parecía crecer en luga r de dism inui r, y sus horas de estudio se .incre-
mentaron. Le habl é seria men te, sugiriéndole que se tomase de vez en
cuando un descanso, aunq ue sólo fuera pasar una tarde de ocio leyendo
tina inofensiva novela. Pero él se rió y dijo que cuan do tenía ganas de
distracción leía el registro de propiedades feudales, y rechazó con d~s~
dén la idea de acud ir a un teatro o pasarse un mes en el campo. Admttt
que su aspecto era buen o y que sus fatigas no parecían afectarle, pero
sabía que un esfuerzo tan poco com ún acabaría por pasarle fac~ura, Y
no me equivocaba. No tard 6 en aparecer en sus ojos una expresión de

-1 53 -
Arthur Machtr;

. . d arccf.a languidecer; finalmente confesó que no se e


mqwetu , YP . d 0 con.
. 6
traba bien, 1e atnºbulaba , dijo, una sensac1 n e mareo, y a rnenudo se
__ L
desperowa por la noche, aterrorizado y empapado en sudores fríos ,.1 , Y1t-
tima de espantosas pesadillas.
_. . cw·dando -diJ' o-, de modo que no debes preocupane.
- Me estoy
Ayer p~ toda la tarde sin hacer nada, recostado en ese cómodo sillón
que me w.sl.1:- e, garabateando bobadas en una hoja
.
de papel. No ' 00 tra-
bajad demasiado; estaré completamente bien dentro de una o dos
,semanas, puedes estar segura.
Sin embargo, a pesar de sus promesas, yo veía que no mejoraba}
úno que más bien empeoraba. Entraba en el salón con el rostro abatido
y el «fto fruncido, procurando parecer alegre cuando notaba que yo le
miraba. Tales síntomas me parecían un mal presagio, y a veces me asus-
taba la irritación nerviosa de sus movimientos y ciertas miradas que no
conseguía descifrar. Muy en contra de su voluntad, se dejó convencer
de que debía consultar a un médico, y de mala gana llamó al viejo
IMdico de la familia.
'D·espu_és ele reconocer a su paciente, el doctor Haberden me tran-
quilsó.
- En ¡realidad no tiene nada grave -me dij~. Sin duda estudia
d.c.m~iado • oomc dt-nri
_
1 d . .
- r sa, Y ucgo vu ve a sus libros demasiado pron-
tO. Como cons~uencia natural d od . •
. , · ·_ e t o eso padece trastor.n os digcsu--
~ .un~ ~~ge.ra ~ceración del sistema nervioso. Pero c:.reo de veras.
:f'lla L.,C"lc:e--ster, que pod rem 1
q\le 1~ ~ Wi . os curar o. le he extendido una.ff«II
muy btm. De modo . . . .
=.u p r<l.t~-u.p2Ji - que no uenc nmp n mouvo para
M1 hc., rn1no imistilt
t;c.'Qnd1,it, Sr .1.ba d en qu~ l~ rcccra l.a preparaae un. boticario dd ·
11111
--~·
a tuut•di ~une,,.. )' 1 J- e una bouca ra . . ~ .J.- la
ra Y anucuada, dcaprovura
4Gli) ~
a hu mou, ado e l41 cul,uJo brillo que dan un urwrro tan vi,..
P; I~ ~ Y Clla_fl,l e:¡ d 1 . r--
Wldi lt Qfa bco d YÍejo bo . . e u farmac aas. moderna,. Pero a
de QU m~
a ·L_
,uot. La ~:~•o )'
fl\.qaac,na U.-aÁ
"u~ ma 'l(""llb.illo h •OJD.tba r
rerua fe en la ctcrupulo.sa pu.raa
""D"' pun1uatmcnte, y eomproW
un po1w,, b ~ Jt ~ . tg:la~menre dapuá de la, comidas. Era
•no,rn,1vo d 1
1
e_que • dilolvla una pequcfta

- 154 -
Úl ,wt1tla tkl polvo blanco

cantidad en un vaso de agu a fría, que desapar í al


. .
deJando el agu a clara e incolora. Al prin cipi o F ec a· removerla yo
. ranc . . '
bastante: desapareció el cansancio de su rostro y is pare ció meJorar
se mostraba más ani-
mado de lo que nun ca hab ía estado desde que ah d
an onó el co legio
•·
~ablaba aleg rem ente de reformarse y me confesó que habí
a perdido ei
tiempo.
-He ded icad o demasiadas horas al derecho me d"
- iJo n'én dose-.
Creo que me has salvado just o a tiempo. Todavía puedo
ser presidente
de la Cám ara de los Lores, pero no debo olvidarme de vivir
. Dentro de
poco tú y yo tom arem os unas vacaciones; iremos a París y
nos divertire-
mos, y evitaremos la Bibliotheque Nationale.
Le contesté que me encafitaba la perspectiva.
-¿C uán do nos marchamos? -le dije -. Si quieres, puedo
estar lista
pasado mafiana.
-Ay, tal vez sea dem asia do pron to. Después de todo, no
conozco
Londres toda vía, y supo ngo que un hom bre debe prob
ar antes que
nada los placeres de su prop io país. Pero saldremos dentro
de una .o dos
semanas, de mod o que proc ura puli r tu francés. Yo cono
zco sólo el
francés juríd ico, y me tem o que no servirá de mucho.
, Hab íam os term inad o de .cenar en ese mom ento y él
se zampó la
medicina con adem án festivo, como si se tratara de un vino
de la mejor
bodega.
-¿Ti ene algú n sabo r especial? -le dije.
-No , es com o si bebiera agua.
Se levantó de la silla y se puso a recorrer la habitación de
un lado a
otro com o si estuviera indeciso sobre lo que debía hacer a
continuación.
-¿To mam os café en el salón? -pre gun té-. ¿O prefieres fuma
r?
-No , creo que daré una vuelta; parece que tendrem~s
una no~he
.
agradable. Mu a el resp lan d or d el crepuscu
, lo.. es como si se estuviera
ince ndia ndo una gran ciud ad y allá abajo, entre las casa
s en sombras,
diluviara sangre. Sí~ saldré. Puede que vuelva pronto, pero
m~Jlevaré la
llave por si acaso. De mod o que b uenas noches , cariño ' por si no,te veo
hasta mafiana.
• , aso
ald
La pue rta se cerró de golpe a sus esp as Y al verle cam inar con p

-1 55 -
Arthur Machen

. call b . balanceando su bastón de bambú, me sentí agrade-


hgero e a ªJº, . .oda
.da al doctor Haberden por tan rápida meJ .
ª . h
Creo que mi ermano volvió a casa muy tarde esa noche, pero a la
. . te estaba de muy buen humor.
mafi.ana sigwen '
.. . .
-Caminé sin rumbo fijo -me diJo-, disfrut~ndo del aire fresco y
o por 1a muchedumbre al llegar a los barrios
·. d
anima más frecuentados
. .. ·
Entonces, entre todo aquel gentío, tropecé con Orford, un vieJo amigo
de la universidad, y... ·bueno, nos divertimos · bastante. Ayer pude
experimentar lo que es ser joven y hombre.- Comprobé que tengo san-
gre en las venas como los demás hombres. Esta noche me he citado de
nuevo con él; unos cuantos amigos nos.reuniremos en un restaurante.
Sf, voy a divertirme durante una o dos semanas, y oiré dar las campana-
das por las noches. Después haremos un viajecito juntos.
Fue tal la transformación del carácter de mi hermano que en pocos
días se convirtió en un am~te del placer, uno de esos alegres y despreo-
cupados paseantes _ociosos de las calles _más_ concurridas, ún descubri-:
dor de restaurantes acogedores, y un exe::elente ~onocedor dé los bailes
más ex6ticos..Engórdaba a ojos vistas,y no volvió a hablar de.París, pues
evidentemente había encontrado .su paraíso en Londr~s. Yo estaba con..:
tenta pero un poco sorprendida a la vez; porque me parecía que había
algo en su alegría qué vagamente me desagradaba, aunque.no ·pudiera
precisarlo. Pero poco a poco se produjo un cambio en él: siguió regre-
sando
. muy tarde por las noches;. pero no volvió a hablar ae sus diver-
siones, Yuna mafiana, mientras desayunábamos; le miré de improviso a
los ojos y vi ante m{ a un extrafio. ~ _ _ .. . . . ..
· -¡Oh, Francis! -exclamé-. ¡Oh, Fran~is,- ~rahcis! ¿Qué has hecho?
Los sollozos me imp1
· 'd•ieron continuar..Salí
de la habitación llo-
rando; porque si bi
' en no sabía nad a, sin
• ·embargo
me parecía saber10
todo, y por una curiosa . 'ó
. asociac1 n d e ideas
.
recordé la primera - ch
no e
que él sal16 de casa, vi ant í 1 . . ul
las b e m e resplandor de aquel cielo crepusc ar,-
nu es como una ciudad
Luché •
1 . -
b envue ta en llamas; y la lluvia de sangre.
' sm cm argo, contr . . '6
de que quizás d és d ª esos pensam1~ntos, y llegué a la condus1 n
- espu e todo 1..L.!e! fu
durante la · d . e uano no era irreparable, y esa noche,
. cena, ec1dí apr . 1
- .emiar e para que fijase la fecha de nue5tras

-156-
L4 novela MI polvo blanco

vacaciones en París. Habíamos charlado sin problemas y mi hermano


acababa de tomarse la medicina, cosa que nunca había dejado de hacer.
Estaba ya a punto de abordar la cuestión, cuando las palabras se desva-
necieron de mi pensamiento y por un momento, sin saber por qué,
sentí que una intolerable y helada opresión me paralizaba el corazón y
me ahogaba con el indecible horror del que, estando todavía vivo, sien-
te c6mo clavan la tapa de su ataúd.
Habíamos cenado sin velas. La habitación había pasado lenta-
mente de la media luz del crepúsculo a la penumbra, y las paredes y
rincones en sombras apenas se distinguían. Pero desde donde yo esta-
ba sentada veía la calle y, mientras pensaba lo que le diría a Francis, el
cielo empezó a arrebolarse y a brillar, como lo había hecho en aquel
atardecer que tan bien recordaba, y en el hueco abierto entre dos blo-
ques oscuros de casas apareció un tremendo carrusel de llamas, llama-
tivas espirales de nubes retorcidas, verdaderos abismos de fuego, masas
grises como emanaciones desprendidas de una ciudad humeante, y en
lo alto un funesto resplandor que proyectaba "lenguas de un fuego aún
más ardiente, y abajo como un profundo charco de sangre. Bajé los
ojos hacia donde estaba sentado mi hermano, frente a mí, y cuando las
palabras estaban a punto de brotar de mis labios, vi su mano que des-
cansaba sobre la mesa .. Entre el pulgar y el índice de aquella mano
cerrada había una marca, una mancha del tamaño de una moneda de
seis peniques y del color de un cardenal. Sin embargo, no sé por qué
tuve la sensación de que lo que había visto no era un cardenal. ¡Ah!, si
la carne humana pudiera arder con llamas negras como la pez, eso era
lo que tenía ante mí. Sin pensarlo, ni formularlo en palabras, un som-
brío horror fue tomando forma dentro de mí ante aquella visión, Y
alguna recóndita célula de mi cerebro llegó a la conclusión de que
aquello era un estigma. Por un momento aquel cielo tefi.ido de color se
oscureció como a medianoche, y cuando volvió la luz me di cuenta de
que estaba sola en aquella silenciosa habitación. Poco después oí mar-
charse a mi hermano.
Aunque.era tarde, me puse el sombrero y fui a ver al doctor Haber-
den. Y en su amplio consultorio, escasamente iluminado por una vela

-157-
Arthur Machen

• • con·labios temblorosos y una voz que se


ue el doctor traJo consig0 ,
q d · esolución se lo conté todo, desde. el día en que. .
q uebraba a pesar e mi r ' . .
·. ó tomar la med1c1na hasta la horrible sefial que
mi hermano empez ª
había visto en su mano apenas media hora antes. . ...
s con una
. . Cuando term1n ·,
• é el doctor me miró durante . unos instante
evidente expresión compasiva en el r~~tro. , .
-Mi querida se.fiorita Leicester -diJo-, es obvio que ha _estado ~ted
inquiéta por su hermano, qu~ le preocupa ~~~ho , ¿no es cieno?
-Claro qúe he estado preocupada -le diJe-. Desde hace una o dos
s~manas no me siento tranquila. . ·. . r •

-En efecto. Ya sabe usted, por supuesto, lo misterioso que es el cerebro.•


-Comprendo lo que quier~ decir, pe~o no me he engafiado. He
visto con mis propios ojos lo que le he contado. ' ·
. -Sí, .sí, claro·., Pero ·sus ojos habían estado· mirando fijamente la
extraíífsima puesta de sol·qu·e túvimos ayer~ · Es lá única explicación;
Mafiana lo verá de otra forma, estoy seguro. Pero recuerde que estaré
siempre dispuesto a prestarle la ayuda que esté en mi mano. No vacile'
en venir a verme, omandarme llamar si está én un apuro. .
•Me marché un poco más aliviada, pero terriblemente ·desconcer-
tada, aterrorizada y acorigojada, sin saber adónde dirigirme; Cuando a
la mañana siguiente vi a: mi herman~~ el corazón me dio un vuelco al
advenir en seguida que llevaba envuelta en un pañuelo su mano' dere-
éha, la mano en la que yo había visto claramente aquella mancha como
de fuego ·negro. .· · , ., 1•

,, -¿Qué te pasa en_la mano, .Francis? -le preguntéºcon· voz firme.l


· ; .-Nada importante. Anoche me corté un dedo y 'sangró bastante. De
modo que ine lo vendé lo mejor que pude. · : . " ·. ;
--- -Yo te lo vendaré como es debido, si quieres . .. · ' ·
N0 ·- .
' - , gracias, querida; con este vendaje bastará. ¿Y si.desayunára-
mos? Estoy hambriento. .. · . , _· · .,
,,. :: Nos sentamos Y estuve observándolo. Apenas c~mió ni bebió; le
echaba la comida al -perro cuand o creía que yo no ·le miraba .. · ,
. . En sus
OJos había una expresi·ón que yo no · . · .
. . le había visto nunca y de pronto se
me ocurrió que aq· 11' • da apenas parecía · ' . ·
ue ª mira human a. Estaba plena-

-158 -
L4 n(Jt}t/4 ~/polvo blanco

mente convencida ~e que, por ~ncreíble y atroz que fuese lo que había
visto la noche antenor, no era sin embargo una ilusión, ni un desvarío
de mis perplejos sentidos. De modo que esa misma tarde fui otra vez a
casa del médico.
El doctor Haberden meneó la cabeza con aire de incredulidad y des-
concierto, y pareció reflexionar unos instantes.
-¿Y dice usted que sigue tomando la medicina? ¿Por qué? Según
tengo entendido, todos los síntomas que le aquejaban han desapare-
cido hace tiempo. ¿Para qué seguir tomando ese mejunje si se encuen-
tra completamente bien? A propósito, ¿dónde encargó que se lo prepa-
rasen? ¿En la botica de Sayce? Yo ya no le mando a nadie, el viejo se está
volviendo descuidado. ¿Se viene usted conmigo a verlo? Me gustaría
hablar con él.
Fuimos juntos a la botica. El viejo Sayce conocía al doctor Haber-
den y estaba dispuesto a darle toda la información que pudiera.
-Creo que desde hace varias semanas le ha estado usted enviando al
señor Leicester este preparado que yo le receté -dijo el doctor, entre-
gando al viejo un pedazo de papel escrito a lápiz.
El boticario se caló las gruesas lentes con temerosa incertidumbre y
sostuvo en alto el papel con manos temblorosas.
-Ah, sí -dijo-. Por cierto, me queda ya muy poco; es un medica-
mento más bien raro y hace tiempo que lo tengo almacenado. Tendré
que pedir más si el señor Leicester sigue tomándolo.
-¿Me permite echarle una ojeada a ese mejunje?-dijo Haberden, Y
el boticario le entregó un frasco de cristal. Le quitó el tapón, olió el
contenido y a continuación miró al anciano de una manera extraña.
-¿De dónde ha sacado usted esto? -le preguntó-. ¿Qué es exacta-
mente? Ante todo, sefi.or Sayce, esto no es lo que yo he recetado. Sí, sí,
ya veo que la etiqueta es la apropiada, pero le aseguro que no se trata
del mismo medicamento.
-Lo tengo desde hace mucho tiempo -dijo el anciano, ligeramente
asustado-. Me lo mandaron de Burbage, como de costumbre. Apenas
se suele recetar y lleva ya varios afios en la estantería. Como puede
usted ver, queda ya muy poco.
Arthur Machen

-Será mejor que me lo entregue -dijo Haberden-. Me temo que


haya ocurrido una lamentable equivocación.
Salimos de la botica en silencio, llevando el doctor el &asco, envuel-
to cuidadosamente, debajo del brazo.
-Doctor Haberden -elije yo, cuando llevábamos ya un rato andan.
do-... Doctor Haberden ...
-¿Sí? -me respondió, mirándome lúgubremente.
-Me gustaría que me dijese qué es lo que mi hermano ha estado
tomando dos veces al día desde hace más o menos un mes.
-Francamente, sefiorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de eso
cuando lleguemos a mi casa.
Recorrimos nuestro trayecto rápidamente sin decir nada más, hasta
llegar a la consulta del doctor Haberden. Me pidió que me sentara y él
comenzó a recorrer la habitación de un lado a otro con el rostro ensom-
brecido, por lo visto, por temores nada corrientes.
-Bueno -dijo al fin-, todo esto es muy extrafio. Es natural que
usted se haya alarmado, y debo confesar que yo tampoco me siento
nada tranquilo. Dejemos a un lado, si le parece, lo que usted me contó
ayer por la noche y esta mafiana..Pero el hecho es que, durante las últi-
mas semanas, el sefior Leicester ha estado impregnando su organismo
de un medicamento que desconozco por completo ..Le aseguro que no
es el que yo le receté; y aún está por ver lo que de verdad contiene este
frasco.
Desenvolvió el paquete y, tras inclinar el frasco con cautela, dejó
caer unos granos de polvo blanco en un trozo de papel, y los miró con
atención y curiosidad.
-Sí -dijo-. Parece sulfato de quinina, como usted dice; es escamoso.
Pero huélalo.
Me tendió el frasco y me incliné a olerlo. Era un olor extrafio, nau-
seabundo, nebuloso e irresistible, como de un poderoso anestésico.
-Lo haré analizar-dijo Haberden-. Tengo un amigo que ha dedi-
cado toda su vida a la ciencia química. Entonces tendremos algo en que
basarnos. No, no; no diga nada más sobre el otro asunto; no puedo
escucharla; y siga mi consejo, no piense más en ello.

-160-
ÚI nowúz del polvo blanco

Aquella noche mi hermano no salió despué d


s e cenar, como acos-
tumbraba.
-Ya me he divertido bastante -me diJ'o n'énd . .
, ose m1stenosa.mente-.
Ahora debo volver a mis antiguos hábitos. Un poco de derecho será un
verdadero descanso después de tanta disipación.
Sonrió para sí, Y poco después subió a su habitación. Todavía lle-
vaba la mano vendada.
El doctor Haberden vino a visitarnos unos días más tarde.
-No tengo ninguna noticia especial que darle -me dijo-. Cha.mbers
se ha ausentado de la ciudad, de modo que no sé más que usted acerca
de ese mejunje. Pero me gustaría ver al sefior Leicester, si está en casa.
-Está en su habitación -le respondí-. Iré a decirle que está usted
aquí.
-No, no, subiré yo mismo y hablaremos con calma. Tal vez nos
hayamos inquietado demasiado por algo sin importancia, pues después
de todo, sea lo que fuere, parece que ese polvo blanco le ha sentado
bien.
Subió el doctor y, de pie en el vestíbulo, le oí golpear en la puerta, y
que esta se abría y cerraba. Luego esperé durante una hora en medio del
silencio de aquella casa, cada vez más intenso a medida que las maneci-
llas del reloj daban una vuelta completa. Entonces se oyó arriba un por-
taz.o y el ruido que hacía el doctor al bajar las escaleras. Sus pasos cruza-
ron el vestíbulo y se detuvieron en la puerta del salón donde yo me
encontraba. Contuve la respiración, angustiada, mientras veía en un
espejito la extrema palidez de mi rostro. Entonces entró el doctor y se
quedó junto a la puerta, aferrándose con una mano al respaldo de una
silla para sostenerse. Un horror indecible brillaba en sus pupilas; el
labio inferior le temblaba como a un caballo, y antes de hablar tragó
saliva y balbuceó sonidos ininteligibles.
-He visto a ese hombre -empezó a decir en voz baja y tono seco-.
¡Dios mío!, he estado sentado ante él durante una hora. ¡Y todavía
estoy vivo y conservo todos mis sentidos! Yo, que he debido enfren-
tarme a la m~erte a lo largo de toda mi vida, y he contemplado hasta la
saciedad el derrumbamie nto de nuestra envoltura terrenal. Pero esto ...

-161-
Arthur Machen

.6 l rostro con las mano s como para aparta r de sí


b
¡ay, esto no! -y se cu n e
una horrorosa visión. . . .
me otra vez, sefio,nta Leicester -afiad16, con
-No vuelva a 11amar . . .
. ncia en esta casa es inut1l . Adiós .
más calma-. Mi prese .
Al verlo bajar las escaleras tambaleante, y aleJarse por la acera hacia
.6 que había envejecido diez afíos desde esa misma
su casa, me par ecl
·
. · •,
mafiana.
Mi hermano no salió de su habit ación . Me llamó con una voz que
apenas reconocí, diciéndome que estaba muy ocupa do, y querí a que le
subieran las comidas y las dejaran a la puert a de su cuart o, por lo que di
a la servidumb~e las órdenes oport unas. Desd e aquel día fue como si el
concepto arbitrario que llamamos tiemp o ya no conta ra para mí; viví
con una constante sensación de horror, ocup ándo me maqu inalm ente
de las rutinas de la casa y habla ndo con el servid<? sólo lo imprescindi-
ble. De vez en cuand o salía a la ?lle a dar un paseo duraJ!te una o dos
horas y despúés regresaba ª·casa. Pero, estuviese derit~o o fuera de casa,
mi ánimo flaqueaba cuand o me deten ía ante la puert a cerrad a del cuar-
to de arriba y, estremecida de horror, aguar da~a-a que se abriera: Ya he
dicho que casi rio llevaba la· cuent a d_el tiemp o. Pero supon go q~e
debieron de pasar unos quinc e días desde la visita del docto r Haberden
~do por vez:p rimer a .volvf a ~a, despu és de mi paseo, un poco
reconfortada y aliviada. La brisa éra suave y agrad ab!e, y los pe_rfiles
borrosos de las hojas verdes; que flotab an ·como una·nube 'en la 'plaza,
así como el arom a·de las flor~es, embr iagab an mis sentid os, haciendo
que .me sintiera más feliz y camin ara con más brío. Al deten erme un
mome nto e~ el borde de la acera para dejar pasar un carro mato, antes
de cruzar ª,casa, dio la casualidad que miré hacia las venta nas y en d
a~o.llegó a mis_oídos _ un impet uoso torbe llino de aguas profu ndas Y
frías, Y mi corazón pegó un salto y se despl omó como si se precipitara a
u~ profu ndo hoyo. Un-pa vor y un p~ic o sin forma me dejaro n at6-
~1t~. Alargué una mano a ciegas por entre los pliegu es de
las espesas ·
ttrueblas, ~rocedentes del oscur o y somb río.valle, y me agarré para no
caerme, mient · d
ras las p. ie bl b • . b
b . . . , ras tem a an, se balan ceaba n y empi na an
ªJ 0 mis pies, que parcelan h ab er perdido cualq uier · sensa ción· d e fiir-

-16 2-
ÚJ novela del polvo blanco

meza· Lo que había visto era la ventana del despacho de mi hermano, y


en aquel momento la cortina estaba descorrida y algo que tenía vida se
asomaba a la calle. No, no puedo afirmar que viera un rostro, ni nada
que pareciese humano; me observaba algo vivo, dos ojos llameantes en
medio de algo tan informe como mi miedo, como símbolos de la pre-
sencia del mal y la más repugnante corrupción. Permanecí de pie, estre-
meciéndome y temblando, como presa de escalofríos convulsos, en un
paroxismo de asco y pavor, y durante cinco minutos no pude reunir la
fuerza suficiente para mover las piernas. Cuando entré en casa, subí las
escaleras corriendo hasta la ·habitación de mi hermano y llamé a la
' ' . . • • 1
puerta.·· ;, ,
-Francis, Francis -grité-. Por el amor de Dios, respóndeme.' ¿Qué
es esa cosa horrible que hay en tu habitación? Échala~Francis; échala de
aquí. · ···
Oí un ruido como de pies que se arr3:5traban lenta y torpemente, y
una especie de gorgoteo sofocado, como si alguien intentara ~presarse;
y por fin el sonido de una voz, qúebrada y ahogada, y unas.palabras que
apenas logré entender. · ., . · ''
-Aquí no hay nada -dijo la voz-. No me molestes, te lo ruego: Hoy
no me encuentro muy bien. • · - ! , ,· ,. ·
, Me alejé horrorizada, y sin embargo impotente. No pódíá hacer
nada salvo preguntarme por qué me habíarmentido Francis,' ya que
había visto perfectamente aquella aparición detrás del cristal; aunque la
visión durase sólo un momento. Y pérmanecf inmóvil, consciente de
que había algo más, algo que había visto en el primer instante de pavor,
antes de que me mirasen aquellos ojos ardientes; De repente recordé:
cuando miré hacia arriba alguien estaba descorriendo la cortina y pude
atisbar por un momento a quién lo hada. En seguida comprendí que
aquella horrorosa imagen quedaría grabada para'siempre en mi cere-
bro~No era wia mano; no eran dedos lo que apartó la cortina, sino un
mufión negro, y su ·silueta enmohecida así como sus desmafíados movi-
miéntos, como de garra de fiera; inflamaron mis sentidos antés de que
me inundara uria tenebrosa oleada de terror a la vez que me pr~cipitaba
al abismo. Me horrorizaba pensar en la horrible criatura.que vivía en la

-163-
Arthur Machen

habitación de mi hermano. Fui a su puerta y le llamé a gritos otra vez,


pero 00 obtuve respuesta. Esa noche un~ de las criad:18 vino a decirme
en voz baja que hada tres días que la comida que le deJaba con regulari-
dad junto a la puerta permanecía intacta. La doncella había llamado,
pero sin obtener respuesta; únicament e ~abía oído el ruido de pies
arrastrándose que también yo había advertido. Pasaron los días y segui-
mos encontrando intactas las comidas que le dejábamos a mi hermano
frente a la puerta; y aunque llamé insistentem ente, no pude obtener
respuesta. Las criadas empezaron a hablarme; al parecer estaban tan
alarmadas como yo. La cocinera me dijo que cuando mi hermano
empezó a encerrarse en su habitación solía oírle salir por las noches y
deambular por la casa; una vez incluso se había abierto la puerta del
vestíbulo y luego la cerraron; pero hacía ya varias noches, que no oía
ningún ruido. Por fin se produjo el desenlace; fue una tarde, al anoche-
cer; estaba yo sentada en la triste habitación en penumbra cuando un
grito desgarrador resonó por toda la casa, rompiendo el silencio y oí
u.nos pasos que bajaban deprisa por la escalera. Esperé un poco y en
seguida entró la doncella en la habitación tambaleán dose y se paró
delante de mí, pálida y temblorosa.
-¡Oh, señorita Heleo! -me dijo en voz baja-. ¡Por Dios, señorita
Heleo! ¿Qué ha pasado? Míreme la mano, señorita, ¡mire esta mano!
La llevé hasta la ventana y vi que tenía en la mano una mancha
negra escarificada.
-No comprendo -dije-. ¿Quieres explicarme?
-Estaba en estos momentos haciendo su habitación -empezó-. Esta-
ba abriendo su cama y de repente me cayó en la mano algo húmedo; al
mirar para arriba vi que el techo estaba negro y me goteaba encima.
La miré fijamente y me mordí los labios.
-Ven conmigo -dije-. Y tráete tu vela.
La habitación donde yo dormía estaba justo debajo de la de mi her-
mano Y mientras entraba en ella me di cuenta de que estaba tem-
bland~. Levanté la vista al techo y vi una mancha n~gra, húmeda, de la
que catan gotas negras, formando un charco de un líquido horrible que
empapaba las sábanas blancas de mi cama.

-164-
l4 nOVt'4 tkl polvo blanco

Subí corriendo y golpeé con fuerza en su puerta.


-¡Francis, Francis, mi que rido hermano! -gri té-. ¿Qu
é te ha pasado?
Escuché y oí un son ido ahogado y com o un borbote
o y un regurgi-
tar de agua, pero nad a más. Llamé más fuerte, pero
no obtuve res-
puesta.
A pesar de lo que me hab ía dich o el doc tor Hab erde
n, fui a verle y,
con las mejillas bafiadas en lágrimas, le con té tod o
lo ocurrido. Me
escuchó con expresión severa y adusta.
-Po r respeto a su pad re -dij o por fin- , iré con uste
d, aun que no
puedo hacer nada.
Salimos junt os. Las calles estaban oscuras y en silencio,
y la atmós-
fera era boc hor nos a tras una sequía de varias semanas
. A la luz de los
faroles de gas pud e ver la extrema palidez del rostro del
doctor y, cuan-
do llegamos a casa, me di cue nta de que le temblaban
las manos.
Sin titubear, subimos directamente a la-habitación de
Francis. Mien-
tras yo sostenía la lámpara, él llamó en voz alta con gran
determinación.
-Se ñor Leicester, ¿me oye? Insisto en verle. Con test
e en seguida.
No hub o respuesta, pero ambos oímos aquel ruido aho
gado que ya
he mencionado.
-Se ñor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta inm
ediatamente o
tendré que echarla abajo.
Y llamó por terc era vez con una voz que resonó por
toda la casa ...
-¡Se ñor .Leicester! Por últi ma vez le ordeno que abra
la puerta.
-¡C aram ba! -dij o, tras una pausa de pro fun do sile
ncio-. Estamos
perdiendo el tiempo. ¿Tendría la bon dad de consegu
irme un atizador o
algo por el estilo?
Cor rí a un cua rto trastero que había al fondo de la casa
donde guar-
dábamos tod o tipo de cosas, y enc ontr é una herr ami
enta pesada, una
especie de azuela que me pareció podía serle de utilidad
al doctor. .
-M uy bien -dij o-, creo que esto servirá. ¡Señor Leic
ester -gri tó por
el ojo de la cerr adu ra-, le aviso que voy a entrar en su
habitación por la
fuerza!
Entonces le oí forzar la pue rta con la azuela; la mad
era se partió y
crujió, y de pro nto con gran estrépito la pue rta se abri
ó violentamente,

-1 65 -
Arthur Machen

por unos instantes retrocedimos horrorizados ante el grito desgarra-


~or que surgió en medio de la oscuridad, una voz que no era humana
sino más bien el rugido inarticulado de un monstruo.
-Sostenga la lámpara -dijo el doctor.
Entramos y echamos un vistazo rápido a la habitación.
-Ahí está-dijo el doctor Haberden, respirando a.fondo-. M~re, en
aqúel rincón. . · !
Miré y una punzada de pánico, como un hierro candente, embargó
mi corazón. Sobre el suelo había una masa oscura y putrefacta, rebo-
sante de corrupción y horrenda podredum_bre, ni lí~uida ni sólida, que
se derretía y transformaba ante nuestros ojos con un borboteo de gra-
sientas burbujas aceitosas como de brea hirviente. En medio de ella bri~
liaban dos puntitos llameantes, como do~ ojos, y también observé que
se retorcía y agitaba como si tuvieta miembros, y que en ella se movía y
se elevaba algo que podría ser un brazo. El doctor dio un paso al frente,
levantó la barra de hierro y golpeó entre· los dos puntitos llameantes;
bajó el arma y golpeó una y otra vez con el furor que infunde el ase~.
' .......
1

Una o dos semanas más tarde, cuando ya me había recuperado hasta


cierto punto de la terrible ~presión, el do_c tor Haberden vino a verme.
-He vendido mi consulta -empezó-y mafiaria me ·embárco,para un
largo -viaje. No sé s_i regresaré alguna vez a Inglaterra; lo más probable es
que compre un pedazo de tierra en California, y me instale allí para el
resto de mis días. Le he traído este sobre, que puede ábrir.y leer cu~do
se
'
sienta capaz de hacerlo. Contiene el infórme .del doctor Chambers
acerca del polvo blanco que le pedí que analizase.·Adiós, sefiorit~ Lei-
cester, adiós. . ,, . . >, '
• ,_.. , ,,1 •
,
~t .

/

.. ..

. ' .
,

N~da más irse abrí el sobre; no pude aguardar y procedí a leer su


contenido. Este es el manuscrito; si me lo permite~ les leeré la asom-
· · . .... , . , .., . . .· ~ · ' . - · _.,. · ·
· que conttene
brosa histona
. ' .

.. ! . .; : ;

'· Mi querido Haberdm -empezaba la carta-: me he dnn~rmlo 'i~justifi-


cadammte m responder a sus preguntas sobr_e ia sustancia bÍanca que me
- mvi6. A -tkdr verdad, he estado d,v4lndo algún tiempo respecto a qui

-=- 166_:_
Úl ntJVt'4 del polvo blAnco

tkcis!ón adoptar, ya que en la ciencia ftsica existe tanta intolerancia y dog-


,n4tumo co':'~ e:z la teología, y sabia que si le contaba la verdad podrla
ofender pr9u~c,os profundamente arraigados que hace tiempo yo mismo
compartía. S,n embargo, he decidido hablarle con franqueza y antes que
nada debo empezar por darle una breve explicación personal.
Hace muchos años, Haberden, que usted me conoce como hombre de
ciencia. A menudo hemos hablado de nuestra profesión, y hemos discutido
acerca dtl abismo sin esperanza que se abre ante aquellos que creen alcan-
zar la verdad por cualquier medio ajeno al trillado camino de la experi-
mentación y la observación de las cosas materiales. Recuerdo el desdén con
que usted me hablaba de los hombres de ciencia que han tenido algunos
escarceos con lo oculto y han insinuado rlmidamente que tal vez los sentidos
no sean, a fin de cuentas, los limites eternos e impenetrables de cualquier
conocimiento, las ba.rreras imperecederas que ningún ser humano ha fran-
queado jamás. Juntos nos hemos reido de buena gana, y creo que con razón,
de los disparates del «ocultismo» actual disfrazados bajo nombres diversos:
mesmerismo, espiritualismo, materializaciones, teosofta, toda esa cater
va
de impostores, con sus trucos groseros y sus conjuros poco convincentes, esa
verdadera charlatanería de las sórdidas calles de Londres. Sin embargo, a
pesar de todo lo.dicho, debo confesarle que no soy materialista, tomando la
palabra en su sentido usual. Hace ya muchos años que me he convencido
-yo, que era un escéptico, como recordard- de que la antigua e inflexible
teorla es completamente falsa. Tal vez esta confesión no le ofenda tanto
como lo hubiese hecho hace veinte años, pues creo que no habrd dejado de
observar que, desde hace algún tiempo, los auténticos hombres de ciencia
han propuesto hipótesis verdaderamente trascendentales, y tengo la
impresión de que los mds modernos quimicos y biólogos de renombre no
vacilarian en suscribir el dictum del viejo escoldstico, Omnia exeunt in
mysterium, que significa, creo, que todas las ramas del saber humano se
desvanecen en el misterio si nos remontamos a sus orlgenes. No tengo por
qué molestarle ahora con una relación detallada de los penosos pasos que
me han llevado a esta conclusión; unos cuantos experimentos sencillos me
hicieron dudar del punto de vista que entonces suscribla, y algunas id~as
surgidas en circunstancias relativamente triviales me llevaron muy lejos.

-16 7-
Arthur Machen

M/ tigua concepción del universo ha sido barrida y ahora estoy en un


in:,: que me parece tan extraño y atroz como 1m infinitas ~las del océ~no
vistas por vez primera, en todo su resplandor, desde un pi~o de Darién.
Ahora sé que las barreras de los sentidos, ~ue !ªr~ci~n tan impenetrable~,
que pareclan elevarse hasta el cielo y hundir s~ :imientos en las profu~di-
dades, ence"ándonos para siempre, no son tan infranqueables como ima-.
ginábamos, sino delgados y etéreos velos que se esfaman ante el investigador
y se desvanecen como la primera bruma matutina que se eleva de los arro'-
yos. Sé que usted nunca adoptó una postura materialista extrema; que no
intentó justificar una negación universal pues su sentido de la lógica le
impidió llevar a cabo tamaño absurdo. Pero estoy seguro de que encontrará
extraño todo lo que le digo, y repulsivo para sus hábitos mentales.-·Sin
embargo lo que le digo e_s la verdad, Haberden; mejor dicho, por adoptar
,nuestro lenguaje corriente, la ·única verdad cientifica, confirmada por la
experiencia. Y el universo es, en verd(ul, más espléndido y más atroz de lo
que solemos imagi.nar. El univ_erso entero, ·amigo _mio/ es un tjemendo
sacramento; una foerza. y una energía, místicas e" inefable!, veladas por la
forma externa de la materit1:, .Y el hombre, y .~l soly las demds estrellas, y las
flores del c'!'mpo, y el cristal del tubo·'de en!ayo,-.son, -todos y cada uno de
ellos~ tan materiales como espirituales, y e~tán supeditados a su fanciona7 .
miento por dentro. _, · · ~ · -

Quizás se pregunte, Haberden,'·adónde conduce toqo esto; pero cre.,o que,


-si se lo piensa un poco, lo verá claro. ComprenrJer4 que, desde ese punto de
vista, cambia por completo la visión de conjunto de las éosai, y lo que nos
pareda increíbley absurdo puede ser bastante posible. En résumen, debemos
contm:,p~r los mitos y leyendas con ojos distintos, y esta_r dispuestf!S a_acep-
tar historias que se hablan convertido en meras fábulas. No creo, desde
luego, que sea pedir demasiado. Despuls de todo, 'la ciencia moderna admi-
te otro ~nto, aunque de manera hipócrita. Es cierto que no se debe creer en
la bntJerft:¡,, pero se puede dar crédito al hipnotismo. Los fantasmas están
~~":moda, pero que~ mucho por dedr sobre la telepatía. Dad.le a la
~ czon un nombre griego y todos creerán en ella, casi podría ser un
.refrán. . • ' • ; ·' • .1,

· Hasta aquÍ 1ni explicadón peno~ lfste~. Hab~, ~e ;,vió un

·'-168..:......
.úJ novt'4 MI polvo b'4nco

frasco tapado Y sella.do, que contenía una pequeña cantidad de un polvo


blanco escamoso, procedente de un farmacéutico que ha estado prepardn-
doselo a uno de sus pacientes. No me sorprende saber que no consiguió
usted ningún resultado en su andlisis de dicho polvo. Es una sustancia
conocida por unos pocos desde hace varios centenares de años, pero nunca
habría esperado encontrarla en una farmacia moderna. No hay motivos,
al parecer, para dudar de la sinceridad del boticario al referir su historia;
sin duda, tal como dijo, consiguió esas sales tan poco corrientes que usted
prescribió a través de algún mayorista; y probablemente permanecieron en
su estantería durante veinte años, o quizds mds. Y he aquí que se pone en
marcha lo que llamamos azar y casualidad; durante todos esos años, las
sales que contenía elfrasco estuvieron expuestas a ciertas variaciones perió-
dicas de temperatura, que probablemente oscilaron entre 5º y 30º. Y da la
casualidad que tales cambios, que se repetían año tras año a intervalos irre-
gulares, con diversos grados de intensidady duración, han desarrollado un
proceso i-,zterno, tan complejo y delicado, que dudo que un moderno equipo
cientí.fico manejado con la mayor precisión pueda producir el mismo resul-
tado. El polvo blanco que usted me envió es algo muy diferente del medica-
mento que recetó: es el polvo con que se preparaba el vino de los aquelarres,
el Vinum Sabbati. Sin duda habrd leido usted algo sobre los aquelarres de
las brujas y se habrd reído de esos cuentos que aterrorizaban a nuestros
antepasados, plagados de gatos negros, escobas que vuelan y maldiciones
formuladas contra la vaca de alguna vieja. Desde que supe la verdad, he
pensado muchas veces que, en general es una suerte que la gente se crea
todas estas bufonadas, pues ocultan muchas cosas que es mejor no conocer.
Sin embargo, si se molesta usted en leer el apéndice a la monografta de
Payne Knight 1 comprobard que -el verdadero aquelarre era algo muy dis-
tinto, aunque el autor tuvo la delicadeza de abstenerse de publicar todo lo

(1) A Discourse on the Worship ofPriapus, and its Connection with th~ Mystic Theology.of
the Ancients; A New Edition, to Which is Added and Essay on the Worshtp ofthe Generattve
Powers during the Middle Ages o/Western Europe, edición pdvada, Londres, 1865. Hay una
traducción (anónima) al castellano: El culto a Prlapo y sus relaciones con la teologla mJstica
J - '- · •J
~ ws antiguos; segutao J _
ae -~ai✓11o sob•~ el culto de los poderes <Teneradores durante lá Edad
un .,,,,,,, n;, • ó'
Media, Editorial Tres Catorce Diecisiete, Madrid, 1980. (N. del T.)

-16 9-
Arthur Machen

-"os J _l verdadero -AAuelarre tienen sus orígenes en tiem-


que sabla. Los sec,"• ac
1
i .
,. y sob.,.-•,·v,·eron hasta la Edad Medta. Eran los.
secretos de una
pos remo.os , "v
ciencia maligna que existió mucho antes de que los arios penetrasen en
Europa. Hombres y mujeres, atraídos con engañosos pret~os, abandona-
ban sus hogares para salir al encuentro de unos seres capacitados para asu-
mir, como en efecto hadan, el papel de demonios, los cuales los guiaban
hasta algún paraje desierto y solitario, conocido por los iniciados en virtud
de una vieja tradición, pero ignorado por todos los demds. El lugar donde se
celebraba el aquelarre podía ser una cueva en algú,n cerro pela,do y barrido
por el viento, o algún paraje escondido en lo mds profundo de un gran bos-
que. Allí, cuando era noche cerrada, se preparaba el Vinum Sabbati, se
vertía en el diabólico grial y se ofrecia a los neófitos, que de este modo par-
ticipaban de un sacramento infernal. Sumentes calicem principis infero-
rum, como bien expresa un autor antiguo. Y de pronto, todo aquel que lo
habla bebido encontraba a su lado a un compañero, una figura seductora
de atractivo extraterreno, que le llamaba aparte para compartir goces más
exquisitos, más sutiles que el estremecimiento de cualquier sueño, y as{ con-
sumar el matrimonio del aquelarre. Es dificil escribir sobre estas cosas,
sobre todo porque esa figura que atraía con sus encantos no era una aluci-
nación, sino, por espantoso que resulte decirlo, elpropio hombre. Mediante
el poder de aquel vino del aquelarre, unos cuantos granos tje polvo blanco
en un vaso de agua, el taberndculo de la vida se partía en pedazos y la tri-
nidad humana se disolvía, y la serpiente que nunca muere, que duerme en
el interior de cada uno de nosotros, se hacia tangible, se exteriorizaba,
revestida de un envoltorio carnal. Y luego, a medianoche, se repetía y vol-
vía a presentar la calda original, y se representaba de nuevo el acto atroz
encubierto tras el mito del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
Tales eran /,as nupti4 sabbati.
Prefiero no decir nada mds. Usted, Haberden, sabe tan bien como yo
que /,as leyes mds triviales de la vida no deben quebrantarse impunemente,·
Y que un acto tan atroz como ese, en el que se abría de par en pary se profa-
naba el santuario mds Intimo del hombre, reclamaba una terrible ven-
ganza. Lo que empezó con corrupción, terminó también con corrupción.

-170-
i. ,tlJVtÚl dtl polvo b'4nco

Debajo había un párrafo escrito por el doctor


Haberden de su puño
y letra:

Cuanto antecede es. por desgracúz, estricta y tota


lmente cierto. Su htr-
m4no m~ ÚJ confos/J todo /,a mafiana en que le
visité en su habitaci6n. Lo
primrro que me l'4mó /,a atención foe qu t ten
la /,a mano vendada, y le
obligul a mostrdrme/,a. Lo que vi me puso enf
ermo tÚ aversión, aunque
llevo muchos años practican~ /,a medicina. la. hist
oria qi« TM vi obligado
a escuchar fi« infinitamente más espantosa de
lo que hubiese ere/do posi-
ble. Me dieron ganas de dudar de /,a Bondad
Eterna, que permite a la
naturaleza ofrecer posibilidtides tan ho"endas.
De no haber prese-nciado
usted el final con sus propios ojos, le dirla que
no se creyera nada de todtJ
esto. No creo que me queden mds a//,á de unas sem
anas tÚ vida, pero usttd
es joven y podrd olvidar to~ esto.
joseph Haberdm, doctor en Medicina
Al cabo de dos o tres meses me enceré de que
el doc tor Haberden
había mu ert o ahogado, poco después de que zar
par a su barco de Ingla-
terra.

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