Irresistible
Irresistible
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José de la Rosa
Irresistible
Lord Adam
Caballeros disolutos - 1
ePub r1.1
Titivillus 25.08.2024
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Título: Irresistible
José de la Rosa, 2023
Diseño de portada: Nune Martínez
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Capítulo 1
Londres, 1812
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naturaleza atlética, debido a que mataba aquel malhumor cabalgando o enzarzándose
en peleas callejeras, su cuerpo musculado parecía la viva imagen de una de esas obras
de Praxiteles que tan de moda se había puesto copiar. A ello había que sumar un
rostro francamente agraciado, enmarcado en ricos rizos castaños y una mirada tan
profunda como azul que un carácter menos dado a la aspereza hubiera considerado
firme. También estaba excelentemente dotado para otros asuntos como el que
acababan de tener entre manos, o, al menos, eso decían las mujeres que se empeñaban
en pasar bajo sus sábanas y a las que él, caballerosamente, no tenía más remedio que
satisfacer.
Sin embargo, la hembra que estaba en aquel momento junto a él, la que acababa
de recibirlo entre sus piernas y había gritado su nombre en el momento álgido,
aquella era especial.
Se colocó el dorso de una mano sobre la frente mientras su corazón empezaba a
serenarse. Sí, era distinta, y posiblemente la mujer más hermosa que había tenido
entre sus brazos.
Quizá se precipitara, pero de pocas cosas había estado nunca tan seguro. Se giró
sobre el costado, apoyando el codo en la almohada y su cabeza en la palma de su
mano. Ella aún tenía la sonrisa del placer encajada en los labios, y descansaba,
despreocupada, a escasas pulgadas de su piel.
Los dedos de Adam, a pesar de que había gozado de ella hacía un instante, no
pudieron contenerse y se posaron sobre el liso vientre femenino. Si descendían, se
enredarían en aquel delicioso vello rizado, y si iban un poco más allá, podrían
acariciar los bordes húmedos de su sexo, jugar con cuidado con la deliciosa abertura,
e indagar otra vez en aquel lugar sagrado y cálido donde su virilidad había
descargado el fuego untuoso del deseo hacía unos instantes. Si subía hacia el cuello,
aquella piel milagrosamente suave le daría paso a la línea exquisita que separaba los
dos generosos senos, por los que podría trepar hasta encaramarse en los pezones,
degustar el tacto rugoso de sus areolas y pellizcar la cumbre hasta lograr que, de
nuevo, endurecieran, y provocar así aquellos gemidos que tanto lo excitaban.
Sin embargo, no hizo ninguna de aquellas dos cosas. Como habían llegado, sus
dedos volaron para alejarse de su piel, y cuando volvieron a ella, el puño cerrado
descansó sobre el vientre femenino, agrupando sus largos y gruesos dedos como si
encerraran un secreto.
—Si adivinas qué escondo en la palma de la mano, te daré aquello que me pidas.
Ella se mordió el labio, juguetona, porque sabía que se lo concedería acertara o
no.
—Lo único que deseo es que sonrías. Creo que nunca te he visto hacerlo.
La boca de Adam esbozó una mueca, nada más.
—Eso es pedir demasiado.
—¿Otro collar de zafiros?
—Mi asignación no llega para tres en un solo año.
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—La llave de una casa pequeña y coqueta cerca de Mayfair.
—Esa ya la tienes.
Los labios de la mujer esbozaron un mohín delicioso que él tuvo ganas de
comerse de nuevo.
—Pues me rindo.
Adam alzó la mano, colocándola en el aire a la distancia justa como para que al
abrirla no hubiera dudas de su contenido. Ella esperó, pero no sucedió nada. Lo miró,
con una curiosidad que en una mujer de su experiencia era rara de ver en sus ojos, y
él le contestó con otra mueca tan ligera que podría ser solo una ilusión.
Cuando la mano se abrió y sus ágiles dedos mostraron el contenido de su puño, la
bella mujer parpadeó sin comprenderlo.
—¿Un anillo?
No era uno cualquiera, eso era evidente. Tenía factura antigua, muy elaborada, y
el diamante central era casi tan grande como un huevo de pitirrojo.
Adam asintió y se humedeció los labios. Lo había pensado mucho. De hecho, era
en lo único que pensaba en las últimas semanas. En eso y en la manera de sacar un
dinero extra a su tacaño padre.
—Cásate conmigo.
La mujer parpadeó varias veces, asombrada. Aquello era del todo inusual, por no
decir impropio. Se recompuso hasta quedar sentada en la cama, con la espalda
apoyada contra el cabecero tallado.
—Yo no…
No pudo terminar la frase porque la puerta de la habitación se abrió en ese
instante como si una ventolera incontrolada quisiera arrancarla de sus goznes, y
chocó estrepitosamente contra la pared.
Ambos se giraron, para ver recortada en el hueco la figura de un caballero entrado
en años, adustamente vestido, que llevaba aún puesta la chistera sobre el blanco
cabello, y tenía las cejas tan fruncidas como si toda la cólera del mundo se hubiera
acomodado entre ellas.
La mujer, instintivamente, se cubrió el busto con la sábana. Adam no pareció
alarmarse, y permaneció en la misma lánguida postura, indecentemente desnudo y
aún consistente tras la reyerta del sexo.
El anciano miró alrededor y dio un paso hacia el interior, alzando el bastón para
señalar al joven aristócrata que seguía en la cama.
—Querida —dijo Adam con una calma llena de acritud —, te presento a lord
Dunwich, el conde de Dunwich para ser exactos, mi amado padre.
La cólera del recién llegado no se hizo esperar.
—Así que es cierto.
Adam se desperezó sin pudor ninguno y saltó de la cama en busca de la botella de
vino que debía de estar en algún sitio. La encontró junto a la ventana y la alzó,
triunfal.
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—¿Una copa de vino, padre? Dicen que hace milagros con el mal carácter.
El anciano estaba señalando la rica alhaja que su hijo había dejado entre las
sábanas, como si se tratara de una baratija.
—Has tomado el anillo de tu madre para…
—Nunca se lo pone. —Se sirvió una cantidad generosa —. Es una calamidad no
lucirlo, y dudo que haya usted visto un dedo más exquisito que el de esta dama.
El anciano pareció percatarse por primera vez de la presencia femenina. Sus ojos
chispearon de indignación y su boca se arrugó en un rictus escandalizado.
—Es una prostituta.
—Protesto —contestó su hijo tras dar un largo trago —. Es una de las madames
más demandadas de Londres.
El rostro del conde estaba congestionado. Quienes le conocían sabían que era un
hombre comedido, con un absoluto dominio de sí mismo y famoso por su
honorabilidad. Pero su hijo Adam, el único vástago que quedaba vivo de los tres que
había tenido, lograba sacarlo de sus casillas.
El anciano respiró hondo para calmarse, y se volvió de nuevo a la mujer, esa vez,
más comedido.
—Déjenos solos a mi hijo y a mí — ordenó —. Mis hombres están en el salón y
la recompensarán por su servicio.
Adam alzó una mano. Seguía completamente desnudo y expuesto, sin pudor
alguno, tan impertinente y malhumorado como siempre.
—No te muevas —le ordenó él para volverse a continuación hacia su padre —.
He pagado por toda la noche y me gusta disfrutar de aquello en lo que gasto mi
dinero.
Ella los miró a uno y a otro. Salió de la cama envuelta en la sábana y volvió a
mirarlos a ambos.
—Estaré en el salón —exclamó—. Y se lo digo a ambos: no consiento que me
den órdenes en mi propia casa, por muchos títulos que ostenten.
Sin más, se dio la vuelta y, arrastrando la cola de seda de la sábana, salió por la
puerta sin molestarse en cerrarla.
Adam se bebió todo el contenido que quedaba en la copa de un solo trago y se
limpió los labios con el antebrazo.
—Ha arruinado usted una noche que prometía muchas delicias, padre.
El conde seguía furioso, y la falta de decencia de su hijo, que ni siquiera intentaba
cubrirse en su presencia, lo indignaba aún más.
—Hoy te has superado —lo acusó—. Tu madre y yo esperamos cualquier
deshonra proveniente de ti, pero pedir la mano a una mujer de mala vida supera con
creces la pésima opinión que teníamos de nuestro hijo.
Él se encogió de hombros.
—El amor aparece cuando menos lo esperas, padre.
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—Se acabó, Adam. —El bastón del conde golpeó el suelo —. Hemos aguantado
todos tus caprichos y mezquindades, pero tememos que tu falta de pudor y control te
lleve por caminos de difícil regreso, si no estás ya inmerso en él.
—Sus palabras me honran, padre.
Se hizo el silencio, y cuando Adam vio aparecer una sonrisa en los labios de su
progenitor, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Acabo de congelar tu asignación. No habrá un solo chelín más hasta que no
sientes la cabeza.
—No puede hacerlo —su voz sonó helada, amenazante.
—No solo puedo, sino que lo he hecho. Se acabaron tus visitas a burdeles como
este, tus gastos innecesarios y los sastres en la puerta de nuestra casa exigiendo el
pago de facturas fabulosas.
La mano de Adam se ciñó sobre la copa, tan ajustada que el cristal podía estallar
en cualquier momento.
—Eso solo logrará que les odie más de lo que ya lo hago.
El conde no acusó el golpe, se ajustó la chistera y miró su reloj de bolsillo.
Llegaba tarde a su reunión de la parroquia.
—He concertado tu matrimonio — le informó mientras se ajustaba los
guantes —. Te casarás este domingo. Y si después de un año te has convertido en un
hombre decente, es posible que vuelvas a disfrutar de tus estipendios. Mientras tanto,
me encargaré de los gastos que necesites siempre y cuando yo los apruebe
previamente.
El rostro de Adam sí mostró entonces, y quizá por primera vez, verdadero
asombro. ¿Cómo se habían atrevido? ¿Cómo…?
—No voy a casarme con quien hayáis elegido mi madre y usted — expuso, firme,
mientras le chirriaban los dientes.
Pero el conde sabía que todas las cartas de la baraja estaban en sus manos.
—Lo harás —alzó una ceja, satisfecho —, o en cambio puedes ir buscando uno
de esos trabajos para mantenerte. Los burgueses lo hacen y dicen que les va bien.
—No me amedrenta, padre, con sus amenazas.
—El domingo. A las once. Sin falta.
Se dirigió hacia la puerta. Había cerrado todas las cuentas abiertas de Adam en
los antros más indecentes de Londres con la advertencia de que no serían cubiertas si
le daban crédito. Conocía a su hijo, y accedería a lo que fuera con tal de volver a su
vida licenciosa, aunque esa vez honraría por el camino a su apellido con una boda.
—¿Y puedo saber a quién habéis elegido para que sea mi esposa? — le exigió
Adam antes de que saliera.
El conde apenas se giró. Eso daba igual.
—A la única que no puede negarse a contraer matrimonio con un crápula como
tú.
Y se dio la vuelta, dejando a su hijo con tres palmos de narices.
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Capítulo 2
El suave golpe en la puerta hizo que todas aquellas muchachas volvieran la vista
hacia la entrada del aula.
—Adelante —exclamó con su voz agria la señorita Morrison.
La hoja se abrió con firmeza, como si un general del ejército hubiera dado una
orden incuestionable, y, al instante, la figura enjuta de una mujer vestida de negro
entró en la clase.
Su presencia provocó que la mirada curiosa de las pupilas se volatilizara para
clavarse inmediatamente en el suelo, pues observar directamente a los ojos de la
señorita Spider era casi un sacrilegio.
La directora del internado Saint Mary era una mujer sobria. Había llevado con
mano rígida aquella escuela de señoritas desde hacía dos décadas, y podía garantizar
que cada una de las discípulas que habían abandonado aquellos muros era un dechado
de virtudes y un referente de decencia en su comunidad.
Avanzó hasta el centro del aula, con las manos cruzadas ante el regazo, y se
dirigió a la tutora, que parecía tan asustada como todas las demás ante aquella visita
inesperada.
—Le pido disculpas por haberme visto obligada a interrumpir su clase.
—Tenerla entre nosotras siempre es una dicha — intentó disimular su
nerviosismo —, ¿verdad, niñas?
Un coro de voces atemorizadas se alzó de inmediato.
—Sí, señorita Morrison.
La señorita Spider miró alrededor. Calladas y decorosas, como debía ser una
buena alumna de su prestigioso internado, que acogía no solo a muchachas de las
mejores familias, sino que se enorgullecía de formar a mujeres descarriadas, de vida
licenciosa o frutos del pecado que la caridad de algunos benefactores hacía posible
doblegar a base de estudio y palos.
Se fijó en la pizarra, donde estaba escrito el decálogo de la buena esposa.
—Veo que hoy están tratando sobre las sagradas obligaciones de una mujer
casada.
La profesora le hizo una ligera reverencia nerviosa.
—Así es, señorita Spider.
—Ser obedientes y sumisas — se dirigió al alumnado —, cuidar y adelantarnos a
los deseos de quien será nuestro amo y señor, hacerle la vida grata y comprender que
un hombre necesita un mundo que a las mujeres nos viene grande, es la clave de la
felicidad conyugal. No lo olviden nunca.
La maestra se llevó una mano al pecho, emocionada.
—Sabias palabras.
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Pero la directora de la institución iba con prisas, como casi siempre.
—No quiero entretenerla. Necesito hablar con una de sus pupilas.
—Faltaría más.
—Con Roxanne Blyton.
Se hizo el silencio.
Una muchacha corriente, que pasaba desapercibida entre las demás, se atrevió a
levantar la cabeza. Hablaban de ella. ¿Por qué la directora podría tener interés en
hacerlo? Llevaba tres años encerrada entre las paredes de aquella institución de
caridad y nunca había cruzado una sola palabra con la rígida gobernante de aquel
mundo minúsculo donde cualquier inconveniencia era castigada duramente.
—Es a ti. —Venteó la mano una disgustada señorita Morris ante la falta de arrojo
de aquella muchacha.
Roxanne se puso de pie, muy despacio, porque sabía que cualquier error era
castigado con dureza. La directora la vio por primera vez y tuvo que fruncir las cejas
para intentar entender cómo era posible que alguien sintiera interés alguno por una
muchacha tan insípida como aquella.
Más bien menuda, de rostro despejado, donde quizá tuvieran un tímido interés
unos ojos que podían considerarse hermosos, cabello oculto bajo la cofia, cuerpo
poco voluptuoso, un cutis demasiado expuesto al sol para el buen gusto y una actitud
excesivamente curiosa conformaban a una muchacha que bien podía servir de
institutriz o tendera, pero nada más.
Disgustada, la directora carraspeó para aclararse la garganta.
—Sígueme —le ordenó—. Tenemos que hablar. Gracias, señorita Morrison.
Continúe con sus lecciones.
La profesora se preocupó, por si la falta que seguramente había cometido aquella
alumna pudiera afectarle de alguna manera. Pero nada en el comportamiento de la
directora parecía mostrarlo, ya que, sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y
abandonó el aula.
Roxanne permaneció donde estaba, de pie, como si un carpintero invisible le
hubiera claveteado los zapatos al suelo. ¿Qué interés podía tener en ella la señorita
Spider? Inquieta, miró hacia su tutora, que tenía en el rostro la marca de la urgencia,
y le hacía ya un gesto que la animaba a seguir a la directora a toda prisa.
Roxanne se recogió la hirsuta falda de paño y, sin mirar atrás, con el rostro
preocupado, abandonó el aula para encontrarse de inmediato con la señorita Spider,
que aguardaba con poca paciencia junto al claustro exterior.
—No es propio de una mujer educada apresurarse — la amonestó.
Ella se detuvo, se alisó la falda y clavó la mirada en el pavimento, como le habían
instruido que debía hacer ante alguien superior.
—Lo lamento, señorita.
—¿Desde cuándo estás con nosotras?
—Acababa de cumplir los quince cuando llegué, y ahora tengo dieciocho.
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La directora volvió a analizarla. Aquello era del todo incomprensible. No solo por
su pasado, sino por su apariencia corriente.
—Lo recuerdo —le dijo—. Eras poco más que una criatura bárbara. Debes de
estarnos muy agradecidas por lo que hemos hecho por ti.
Ella hizo una ligera reverencia.
—Lo estoy, señorita Spider.
La directora suspiró. No le agradaban las cosas que no entendía, y aquella era una
de esas.
—¿Cuáles son tus intenciones? — le preguntó a Roxanne —. El próximo año
debes abandonarnos y buscar un trabajo.
La muchacha se atrevió a levantar la mirada, pero de una forma tan tímida que se
asemejó a un cervatillo asustado.
—Me gustan los niños. Había pensado en establecerme como institutriz.
La boca de la señorita Spider se quebró en una mueca sarcástica.
—¿Con el pasado de tu familia y sin referencias? Dudo que nadie acoja a una
muchacha como tú bajo su mismo techo.
Lo sabía. Se habían encargado de recordarle de dónde venía cada uno de los días
que había pasado en aquella institución.
—Solo me quedaba mi tío —le dijo, agachando de nuevo la cabeza —, y me
informaron hace un año de que también ha muerto, así que no sabría qué hacer
entonces.
No, pensó la señorita Spider, no entendía nada. Pero no le correspondía a ella
cuestionarlo.
Se llevó una mano al pecho a la vez que alzaba la cabeza tanto que la miró desde
arriba.
—La Divina Providencia vela por todos, hija mía, y ha colocado en tu camino una
suerte que no te mereces.
Roxanne alzó los ojos nuevamente. Esa vez reflejaban la más absoluta confusión.
—¿Ha aparecido algún familiar que no conozco?
—He recibido una petición de matrimonio. Han solicitado tu mano.
Le costó trabajo entenderlo. No había que ser muy lista para saber que una mujer
sin dote ni reputación, que había sobrevivido gracias a la caridad, tenía vetado el
matrimonio de por vida.
—¿Mi mano? —repitió—. Pe-pero no conozco a nadie y jamás he vuelto a salir
de entre estas paredes desde que…
—Se trata de una familia de las más distinguidas, con posición y fortuna — la
interrumpió la señorita Spider, dando a entender que no le correspondía a ella
preguntar nada —. De hecho, tuve que asegurarme varias veces de que preguntaban
por ti y no por otra de tus compañeras, porque me parecía harto increíble.
—Mi mano —musitó.
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—Lord Dunwich te quiere para su hijo. No me preguntes por qué. El conde
podría casar a su vástago con cualquier dama de buena familia, pero supongo que su
piadoso corazón cristiano y su enorme generosidad han preferido salvar a una
muchacha de oscuro pasado como un acto de munificencia.
El rostro de Roxanne palideció a la vez que sus ojos adquirían una viveza que la
señorita Spider creía imposible en una muchacha tan apocada.
—¿Lord Dunwich?
—¿Lo conoces?
—Era amigo de mi padre.
Con solo nombrar a su progenitor, el rostro de la directora adquirió la más viva
imagen de la repugnancia.
—Ni siquiera lo menciones. No se pueden ensuciar estos sagrados muros con el
nombre de un pecador.
La muchacha ya estaba acostumbrada, por lo que no le afectó más que otras
veces.
—Lord Dunwich tiene tres hijos, si no recuerdo mal.
La señorita Spider le quitó importancia con un aleteo de la mano.
—Dos de ellos fallecieron. Las fiebres. Fue algo tan lamentable que todo Londres
guardó luto.
—¿Y cuál es el que sobrevivió?
—El honorable lord Adam. —¿Por qué preguntaba tanto aquella desagradecida
criatura? —. Un caballero impecable que no te mereces y ha… — La joven palideció
aún más, y trastabilló, estando a punto de caerse —. ¿Qué te sucede, muchacha?
Roxanne logró recomponerse a duras penas, aunque la lividez de su tez no se
recuperó.
—Es solo la emoción, señorita Spider — mintió —. Solo la emoción.
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Capítulo 3
Adam entregó los guantes y la chistera al lacayo que había acudido presto a
atenderlo.
—¿Han llegado todos? —preguntó.
—Sí, milord. —El criado se giró hacia otro de los sirvientes con una mirada
acuciante —. Y aquí está su tónico revitalizador, como siempre.
Adam se lo agradeció con una mueca seca mientras tomaba la copa de la bandeja
que le tendían.
—Gracias. Que preparen dos más. Hoy los necesitaré.
Llamar «tónico» a una mezcla de ginebra, ron y zumo de limón quizá fuera
pretencioso, pero en el Club de los Caballeros Piadosos a nada había que referirse por
su nombre.
Desde que su padre se presentó en la residencia de madame Camille con la trágica
noticia de su boda, un estado de creciente furia y malhumor se había apoderado de él.
El astuto zorro le había amenazado con lo único que sabía que podía hacerle
tambalear sus sólidos principios de sinvergüenza: el dinero. Sin él, se acababan las
fiestas, los trajes, las visitas a madame y su amable vida como miembro de aquel
costoso club.
Así que, si quería mantener sus privilegios, debía pasar por el duro trago de
casarse con una muchacha estúpida y preñarla antes de un año para volver a su
anómala existencia.
Dio un largo sorbo y se encaminó al salón, donde sus cinco compañeros de
andanzas ya lo esperaban.
Eran inseparables y, como él mismo, pertenecían a las familias más sobresalientes
de Reino Unido. Se conocían desde niños, aunque solo su gusto por los corruptos
placeres había forjado una amistad que conformaba en aquel club su exponente más
destacado.
El nombre de Caballeros Piadosos quizá pudiera confundir, pues el objetivo
principal de tan noble institución era lograr tanto placer como se pudiera conseguir y
tenía una única regla que era inviolable: corresponder a aquel goce obtenido con otro
de igual o superior intensidad, lo que era muy agasajado por las damas que solían
invitar.
En los capítulos, que era como llamaban a sus reuniones placenteras, el alcohol y
las mujeres hermosas eran el centro de todo, y conseguir los más altos estándares de
placer sensorial, una obligación para cada uno de ellos.
—¡Dunwich! —exclamó James Gorey al verlo entrar —. Pensábamos que no
vendrías.
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Su amigo era un joven de un atractivo incuestionable por quien las damas
casaderas de Londres suspiraban cuando hacía acto de presencia en los bailes de
temporada. Estaba cómodamente sentado, en mangas de camisa, como los demás, y
degustaba una copa de tónico.
Adam atravesó la amplia estancia y se dejó caer en una de las confortables
otomanas forradas de terciopelo rojo.
—Jamás falto a uno de nuestros capítulos piadosos — suspiró antes de dar otro
trago.
Los cinco amigos se miraron entre sí, pero fue John Peel el que habló.
—Últimamente, se cuentan cosas terribles sobre ti en todo Londres.
Antes de que pudiera contestar, la puerta del salón se abrió, y el mismo sirviente
que lo había atendido al llegar avanzó silencioso hasta inclinarse ante otro de ellos, el
dueño de aquella mansión, Robert Carlisle.
—Milord —susurró—, las damas mendicantes ya están aquí.
—Excelente. —El aludido dio una satisfactoria palmada al aire —. Hágalas pasar.
Cuanto antes expíen sus pecados, antes liberarán su espíritu.
Con el título de damas mendicantes era como se referían a las invitadas de cada
capítulo. Solían ser mujeres de buena posición, casadas o viudas la mayoría, que
recibían con regocijo la invitación y se comprometían a esforzarse todo lo necesario
para cumplir las estrictas normas del club.
Mientras estas pasaban, Adam se vio en la necesidad de quitar importancia a sus
cuitas.
—Yo no daría pie a las habladurías sobre mí.
—Eso me satisface —convino Archibald Dunny, otro de sus inseparables —,
porque pensábamos que habías desistido de tus intenciones matrimoniales con
madame Camille.
—Si es a eso a lo que te refieres, he de decirte que mi padre ha sido convincente
sobre lo inadecuado de esa decisión.
—¿Ha prohibido vuestra unión? Porque el Adam que conozco no suele atender a
razones.
—La ha bendecido más bien, aunque con una novedad que la hace del todo
inaceptable.
Seis preciosas mujeres entraron en el salón. Adam reconoció a una de ellas. Era la
esposa de uno de los parlamentarios más enérgicos de la Cámara y tenía fama de
virtuosa. Llevaban ropa ligera, fácil de deshacerse de ella, como se les había
indicado. Robert, como anfitrión, se puso de pie y les dedicó una reverencia.
—Miladies, bienvenidas, pero no podemos demorarnos. El placer es un amo
exigente que no admite tardanza. Empezaremos como siempre, con la postración
piadosa. — Volvió a sentarse, extendiendo sus fuertes brazos sobre el respaldo del
sofá, pues las damas sabían qué hacer en adelante, y se volvió de nuevo a su
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malogrado amigo —. Decías, Adam, que tu padre no comprende la afectuosa unión
que existe entre Camille y tú.
Su frente se crispó aún más de lo que solía estar.
—No solo eso. Ha insistido en que debo casarme este domingo con alguien
elegida por él mismo.
—¿Mañana? —Se escucharon cinco voces al unísono.
Él dirigió una mirada torva a la bella mujer que acababa de sentarse a su lado,
cuyos labios carnosos hablaban de pecado. ¿Era la nieta de lord Atemborought? Era
mejor no saberlo porque el viejo y honorable lord era íntimo de su padre.
Gruñó y se volvió hacia sus amigos. Cada uno estaba estrechamente acompañado
por una de aquellas bonitas mujeres, que parecían no querer dejar un solo hueco entre
sus cuerpos y los de sus caballeros. La que trataba con Archibald parecía tan eficiente
que ya había conseguido meter una mano dentro de sus pantalones y no se la veía
descontenta con lo que allí había encontrado.
La muchacha que purgaba sus penas con Adam había empezado a besarle el
cuello mientras le acariciaba el fornido pecho bajo la camisa.
—Como os decía —intentó acaparar la difícil atención de sus amigos —, me caso
mañana a las once.
John se apartó un instante de la jugosa boca de su amante.
—Me temo que si las penitencias se alargan tanto como es habitual, no me dará
tiempo de llegar con puntualidad.
La mano de la muchacha ya había desabotonado el chaleco de Adam y ahora
hacía otro tanto con las cintas de su camisa.
—Dudo que mi padre te haya invitado. Considera que nuestra vida es licenciosa.
—Entonces —insistió el anfitrión, cuya eficiente amante ya había dejado al
descubierto la parte más robusta de su anatomía y la acariciaba de una manera
deliciosamente repetitiva —, si ha prohibido tu boda con madame… mmm… y ha
organizado tus esponsales para mañana mismo…, ¿con quién te casarás?
Aquel era otro de los problemas, si no el más inconveniente.
—Con Roxanne Blyton —casi escupió.
Archibald dejó por un instante de amasar el seno de su compañera.
—¿Blyton? Me resulta un apellido que he oído antes.
Pero para John aquel nombre no le era desconocido.
—¿Blyton? ¿No será la hija de…?
Adam asintió, dejando que la hábil muchacha hurgara dentro de sus pantalones.
—La misma.
La mujer que acompañaba con tanta eficacia a Robert había cambiado su mano
por su boca, lo que hizo que el joven noble diera un respingo de placer.
—Querida —tuvo que admirarla—, estás en el camino de la salvación. — Y
después se volvió a su amigo, dejándola hacer —. Disculpa, Adam, pero nada de esto
tiene lógica alguna.
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—Eso mismo le he respondido a mi augusto padre.
—¿Crees que es una forma de vengarse por tu vida «piadosa»?
—Mi padre es retorcido, pero no llega a tanto.
—Al menos, ¿la conoces? —preguntó August Timberton, que hasta ese momento
estaba demasiado entretenido con su amante como para participar en la conversación.
—Se supone que sí. —El suspiro de Adam fue esa vez acompañado por un
estremecimiento, cuando la mujer que lo acompañaba asió entre sus dedos una parte
muy delicada de su recio cuerpo —. Al parecer, jugábamos juntos de niños. Pero de
ser cierto, debió parecerme tan insípida que ni siquiera la recuerdo.
—Esto es del todo extraordinario. — John alzó su copa —. Adam Baxley casado
con la hija del malogrado lord Blyton.
No, no era un buen día para Adam, y haber ido al capítulo no estaba mejorándolo.
Alzó una mano hacia el sirviente que permanecía hierático junto a la puerta, como si
a escasos pasos no se estuviera empezando a desarrollar una orgía.
—Necesito otro tónico. —Después, le dirigió una mueca agria a la nieta del
honorable lord Atemborought, pues estaba seguro de que era ella —. Y, señorita, lo
dejaremos por hoy.
La muchacha parpadeó, confundida, pero un gesto de August, indicándole que se
uniera a él y a su acompañante, pareció satisfacerla.
Adam se incorporó y comenzó a adecentar sus ropas.
—¡Vaya! —exclamó Robert—. Nuestro amigo quiere reservarse para la noche
nupcial.
—Necesito ver a Camille.
—Puedes negarte a ese matrimonio. — Le hizo ver John.
Había buscado mil maneras de hacerlo, pero su progenitor tenía todas las cartas
de la baraja y a él solo le quedaba obedecer.
—Si lo hago, mi padre me dejará sin nada.
Robert apenas podía hablar a causa del placer, pero indicó a su amiga que se
detuviera un instante.
—Entonces, cásate —le aconsejó—, y relega a esa mujer a uno de vuestros
castillos irlandeses.
Adam terminó de ajustarse la casaca.
—El acuerdo exige la presencia de un heredero cuanto antes.
—En ese caso, amigo mío —dijo John —, estás perdido… — para a continuación
dirigirse a su compañera —, y usted siga por donde iba. Está haciendo una penitencia
excelente.
Se lo iban a pasar bien, pensó Adam. Los once, porque cuando ellas terminaran el
primer asalto, les tocaría a ellos darles todo el placer posible. Era la norma, la regla
que no se podía romper bajo ningún concepto.
Hizo una sobria reverencia.
—Caballeros, he de dejarles. Señoras, espero que disfruten.
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La que estaba con Archibald, y que era una de las repetidoras, le dedicó una
sonrisa pícara.
—No solemos irnos insatisfechas.
—¿Vendrá después? —Brillaron los ojos de la muchacha de la que había
desistido, a pesar de que ya estaba entretenida.
Él carraspeó. Si madame lo recibía, no saldría de sus brazos en toda la noche.
—Me temo que no, pero le aseguro que cada uno de estos caballeros tiene
suficiente pasión para apagar más de un fuego.
Y, sin más, se dio la vuelta, y aún más malhumorado que cuando había llegado,
los dejó disfrutar a sus anchas.
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Capítulo 4
Adam volvió a mirar el reloj de bolsillo. Y encima se retrasaba. Evitó una mirada
exasperada para no humillarse más de lo que estaba delante de los escasos invitados,
y volvió a guardarlo en su chaleco.
—Una novia nunca llega a su hora. — Intentó tranquilizarlo su madre, que estaba
junto a él en el altar de la pequeña iglesia de Saint Eustache.
La miró con cejas fruncidas. Seguramente era ella la responsable principal de
todo aquello. ¿Cuánto tiempo llevaba diciéndole que debía casarse? ¿Años? Era la
melopea sempiterna cada vez que visitaba a sus padres, cosa que hacía más por
obligación que por gusto.
La condesa de Dunwich era una mujer sobria y poco dada a la frivolidad. Quienes
conocían bien a la familia no entendían cómo había podido florecer un carácter como
el de Adam a la sombra de unos padres tan estrictos. Consideraban el júbilo como un
pecado y la alegría como la antesala del infierno. Raramente afectuosa y siempre
exigente, se había empeñado en que el único de sus vástagos que había sobrevivido a
la enfermedad siguiera el camino de abnegación y penitencia en el que ellos mismos
estaban inmersos. Pero el diablo había retorcido los pasos de su hijo y lo había
arrojado al más abyecto de los comportamientos.
La condesa estaba convencida de que con aquella boda poco cambiaría, pero al
menos, adquiriría por un tiempo el aspecto de la respetabilidad y, si el acuerdo se
cumplía con premura, aún quedaba la posibilidad de salvar el devenir de la familia
con un nieto con el que ella ya se encargaría de remediar los errores cometidos con el
padre.
Un revuelo entre los pocos invitados hizo que madre e hijo se volvieran.
—Ahí llega —dijo ella, con un rictus que quería sin éxito configurar una sonrisa.
Adam no pudo evitar la mirada de desagrado y fijó la vista en el arco gótico de
entrada por donde, de un momento a otro, haría acto de presencia la mujer con la que
le obligaban a casarse.
Aun así, la novia se retrasó, como si allá fuera pudiera haber un nuevo
inconveniente que le impidiera entrar en la capilla.
El pie de su madre tamborileó sobre el suelo, y a él se le escapó un nuevo bufido
de desaprobación.
Entre los invitados, no había nadie digno de reseñar, pues su padre no se las tenía
todas consigo en que su hijo fuera a pronunciar el «sí, quiero» una vez llegara la hora
crucial. Estaba una parte del servicio de la mansión familiar, incluidos el mayordomo
y el ama de llaves, por quien de veras sentía un tierno afecto. También se encontraban
el médico y el vicario que atendían los asuntos de salud y del alma de los Dunwich.
El administrador y su esposa, y su secretario personal, Daniel, que llevaba sus
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asuntos. Algunos militares a quienes no conocía y de los que sospechaba que estaban
advertidos para detenerlo si intentaba escapar. Y dos primos de su padre tan secos y
rancios como él mismo.
La discreta señal de un lacayo en dirección al coro hizo que la orquestina
empezara a tocar una marcha nupcial mientras las voces blancas se elevaban al cielo
para indicar que la pantomima de una boda estaba a punto de comenzar.
Al fin, ataviada con un discreto vestido de seda gris, la novia hizo acto de
presencia del brazo del conde, ya que no se conocía pariente varón en ninguna rama
de su familia.
Adam frunció las cejas y, mientras ella avanzaba por el corto pasillo central
recibiendo los cumplidos de los invitados, se dedicó a examinarla.
Por lo pronto, había poco que resaltar, ya que el tupido velo le cubría el rostro. Si
tuviera que declamar una virtud de quien sería su futura esposa, se quedaría con que
su altura no era desagradable, lo demás no le gustaba.
Demasiado delgada para su apetito, paso que denotaba timidez, la forma con la
que estrangulaba el ramo de flores silvestres indicaba nerviosismo, y si había sido
ella quien había elegido el vestido de novia, estaba claro que la moda le era tan ajena
como a la luz la sombra.
Malhumorado, se revolvió en su sitio, reprimiendo las ganas de mandarlo todo al
diablo y vivir de lo que las mujeres que lo amaban quisieran darle. Pero la condesa se
había acercado peligrosamente a él, como queriendo asegurarse de que no cometería
una locura en el último momento.
La novia llegó al altar y tropezó con el primer escalón. A Adam se le escapó un
bufido de reprobación y pudo escuchar entre el público a alguien que dijo que aquello
daba muy mala suerte. Casi sonrió de que aquel invitado hubiera llegado a esa
conclusión, pues, desde que su padre le ordenara casarse, estaba seguro de que nada
podría salir bien.
La muchacha se colocó a su lado y los padrinos los flanquearon, como un pelotón
de ejecución.
Ella se volvió hacia él para mirarlo a través del velo tupido, y Adam volvió a
alzar una ceja, arrogante, pues era consciente de que desde el principio debía marcar
en qué lugar estaban cada uno, y a aquella mujer le correspondía uno muy por debajo
del suyo.
—Dominum deprecemur — comenzó el cura católico, pues a pesar de que a los
Dunwich jamás los había casado nadie con dignidad inferior a obispo, el cuidado de
su padre también había tenido en cuenta aquello, y había elegido a un sacerdote
corriente por lo que pudiera pasar.
La ceremonia fue larga y tediosa, y el corazón de Adam estuvo agitado durante
toda ella. De su cabeza no salían los deliciosos labios de Camille y sus acogedores
muslos, entre los cuales estaría en ese mismo momento si su padre no se hubiera
empeñado en algo tan absurdo.
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Lo tenía claro. Cumpliría con los requisitos mínimos del acuerdo, la preñaría
cuanto antes y, una vez pariera, dejaría al heredero en manos de amas de leche e
institutrices eficaces que lo criaran sano, mientras a aquella mujer que estaba a su
lado la mandaría lejos, muy lejos, para que bordara cómodamente hasta el final de sus
días, apartada de su vista.
Su madre le clavó un codo, y cuando la enfiló, lo atravesó con la mirada de
desaprobación que tan bien conocía. Adam parpadeó varias veces, hasta que los ojos
de aliento del sencillo cura le indicaron que la ceremonia había terminado y debía
besar la mano de la novia.
Carraspeó. Había llegado el momento de saber qué aspecto tendría la futura
condesa de Dunwich. Se volvió hacia ella hasta enfrentarla, pues la muchacha ya lo
había hecho y apretaba con más fuerza si cabía el malogrado ramo de novias. Miró
hacia los invitados, que parecían impacientes y curiosos, pues a nadie se le escapaba
que aquella boda era una farsa. Y, al fin, alzó el velo.
Cuando lo dejó con cuidado alrededor de su rostro, tuvo que arrugar aún más la
frente.
Decepcionante sería la palabra que utilizaría si alguien le preguntara.
Ante él se mostraba una muchacha más joven de lo que esperaba, con la piel
ligeramente dorada, cejas sin especial encanto, boca nerviosa, mejillas pálidas,
barbilla crispada y frente fruncida. Lo único que podría destacar eran unos ojos que ni
eran marrones ni eran verdes, porque hasta el poco cabello visible bajo el velo era
demasiado oscuro para su gusto.
Su boca se torció en un rictus de desagrado.
—¿No ha podido encontrar a una dama más agraciada, padre? Con esta me será
difícil cumplir mi cometido — dijo en voz alta.
La mirada del conde lo atravesó como si fuera un estoque y sintió cómo su madre
se indignaba con su impertinencia.
Los ojos de la muchacha, que seguían clavados en él, reflejaron el dolor de la
ofensa, pero no lloró como se esperaba de una damisela bien educada. En cierto
modo, ella estaba tan atrapada como él mismo en aquel matrimonio imposible,
porque… ¿qué otro se hubiera casado con la hija de lord Blyton?
Con un humor de perros, le tomó la mano enguantada, la alzó, y estampó un beso
tan breve como agrio.
—Cuanto antes terminemos con esto, mejor.
Y, sin esperar las felicitaciones, tiró de ella hacia la salida, donde el carruaje que
los llevaría a unos días de luna de miel ya les esperaba.
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Capítulo 5
Adam no había despegado los labios desde que los caballos empezaran a trotar, y
mantenía la mirada clavada en el exterior de la carroza, con las cejas fruncidas y el
rostro torvo.
Roxanne lo observó una vez más con disimulo y llena de recelo, como llevaba
haciendo desde que aquel mismo hombre, ya su marido, la sacó medio a rastras de la
capilla, la obligó a entrar en aquel carruaje y, sin dirigirle una sola palabra, se sentó a
su lado, evitando todo contacto físico, para caer en un mutismo cargado de
indiferencia.
Sabía perfectamente quién era Adam Baxley, y una mente cabal, conociendo lo
que ella había aprendido, habría rechazado aquella propuesta matrimonial de
inmediato.
Impertinente, malhumorado, arrogante y engreído eran adjetivos que quedaban
escasos para definir su personalidad. Siendo un hombre indudablemente atractivo, su
comportamiento abyecto lo volvía tan desagradable como cada una de las palabras
que le había lanzado en la iglesia y que habían sido las únicas desde entonces,
porque, una vez dentro de la carroza, pareció estar enfadado con el mundo y se
dedicó a no hacer nada que no fuera detestarla.
Roxanne miró por la ventanilla, presa de sentimientos oscuros.
No tenía idea de a dónde iban, solo le habían informado de que pasarían unos días
de descanso antes de abrazar su vida de mujer casada. «Mujer casada», se asqueó.
Hubiera preferido a un buen tendero que la respetara a aquel malcriado que se creía
con derechos sobre cualquiera y que solo se guiaba por los deseos de su malsano
corazón. Pero desde que le habían anunciado la boda, comprendió que debía
sobreponerse al asco que le causaba porque era una oportunidad que no debía
desaprovechar, aunque con ello se perdiera para siempre.
Cuando los caballos aminoraron el paso, supo que estaban llegando a su destino,
ya que aún era pronto para un cambio de postas. Se asomó por la ventanilla. Ante
ellos se alzaba una residencia de estilo Tudor tan agradable como remota, cuyos
tejados estaban salpicados de chimeneas.
Supuso que aquella sería una de las mansiones de los Dunwich, cuya fortuna
sabía que era cuantiosa y sospechó que la idea de su detestable esposo era
abandonarla allí hasta que se pudriera.
No le pareció un mal destino. Mejor que permanecer a su lado, por supuesto, pues
la soledad y el abandono eran preferibles a las humillaciones constantes a las que
seguro que aquel salvaje la sometería. Aunque antes tenía que hacer aquello por lo
que había aceptado un matrimonio tan pernicioso.
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—Bienvenidos —dijo un lacayo impecablemente vestido de librea que acababa
de abrir la portezuela del carruaje.
Ella no supo qué hacer, si saltar sobre el cuerpo de su esposo o permanecer allí
hasta que él lo hiciera. Pero no tuvo que decidirse, porque Adam emitió un bufido de
disgusto, miró alrededor, hacia la imponente mansión, y sus ojos perdieron la
gravedad que no le abandonaba desde que se habían encontrado.
Por un momento, le pareció a Roxanne un hombre agradable. Incluso se
sorprendió de cierta viveza amable que brilló en su mirada mientras observaba la
fachada labrada en piedra. Pero eso duró tan poco como el suspiro de una paloma,
porque al girar la cabeza, sus ojos se cruzaron, sus cejas se fruncieron, su boca
adquirió un rictus insano, y su espalda se tensó.
—Vamos —le ordenó—. Cuanto antes terminemos con esto, mejor.
Era la segunda vez que se dirigía a ella, y lo había hecho con idénticas palabras.
Dio la impresión de que el vapuleo del viaje no había causado estragos en su
cuerpo, porque Adam salió de la carroza de un salto y le imprimió urgencia con un
aleteo impaciente de la mano.
Ella se recogió el abultado vestido de novia, agradeció que le hubieran dejado
deshacerse del velo, y sin que nadie le tendiera la mano, salió del carruaje, tan
desamparada como la primera vez que entró en la escuela de señoritas de Saint Mary.
Apenas le dio tiempo de fijarse en nada, porque aquel hombre con el que se había
casado la tomó de la mano y tiró de ella hasta la casa, en cuya puerta aguardaba
perfectamente uniformado todo el servicio.
Tampoco permitió que se le presentaran los respetos a la nueva señora. La hizo
pasar ante ellos como una exhalación sin permitirle decir una sola palabra, la arrastró
por el vestíbulo, una amplia sala gótica tapizada de retratos, tiró de su mano por las
escaleras mientras Roxanne hacía malabares para que el vestido, enredado en sus
piernas, no la hiciera tropezar, y solo la soltó cuando entraron, al fin, en una estancia
presidida por un enorme lecho con baldaquino aderezado por cortinas de terciopelo
bordado.
Una vez libre y con la respiración agitada, le dio tiempo de mirar alrededor. La
cama parecía amenazadoramente grande, aunque supuso que Adam Baxley la había
llevado hasta allí para indicarle que aquella sería su habitación.
Los muebles eran antiguos y la gran ventana estaba cubierta por una cortina del
mismo tejido que las colgaduras. No le gustó a pesar de su riqueza. Le pareció
ampulosa y triste, falta de luz. Pero nadie le pediría su opinión y lo mejor era esperar
a ver qué sucedía.
Aguardó a que su esposo se marchara, porque no contaba con que le hablara de
nuevo. En cuanto le trajeran sus escasas pertenencias, pediría que le prepararan un
baño y…
—Quítate la ropa.
Ella parpadeó varias veces al escuchar la voz de su esposo.
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¿Había dicho lo que había creído oír?
Pero cuando vio que él arrojaba lejos la casaca de gala y, tan malencarado como
siempre, empezaba a desabotonarse el chaleco, supo que no había sido una confusión.
Un escalofrío de terror le recorrió la espalda. Sabía que en la noche de bodas una
mujer debía entregarse a su esposo, pero ignoraba en qué términos. Su madre había
muerto al poco de los terribles acontecimientos que los llevaron a la ruina, y su
padre… Instintivamente, dio un paso atrás.
—Estoy cansada —se excusó.
Él clavó sus ojos azules en la mujer que tenía delante. Era aún más decepcionante
de lo que había imaginado, y si algo no soportaba en este mundo era la mojigatería.
—Que la primera vez que escucho tu voz sea para eso no es un buen comienzo.
Sin dejar de mirarla, se quitó la camisa, que arrojó lejos, como todo lo demás.
Roxanne tragó saliva. El cuerpo masculino era fuerte a pesar de su delgadez, como si
cada fibra estuviera entrenada para hacerlo bello. Apartó la mirada y sus manos se
retorcieron, nerviosas.
—Llevamos todo el día viajando — se excusó de nuevo, pues nunca había
mostrado su cuerpo desnudo ante nadie.
Adam se colocó las manos en las caderas, impaciente, y bajó la cabeza, para
mirarla con fijeza. A Roxanne le recordó a un perro rabioso a punto de atacar, lo que
le produjo un escalofrío de terror que la atravesó como una lanza envenenada.
—Si no lo haces tú —dijo él, con voz grave —, te la arrancaré yo mismo.
Ella no dudó de que lo haría. Contuvo el llanto que empeñaba en acudir a sus ojos
y empezó a desvestirse. Primero se quitó la cofia, que dejó con cuidado sobre una
cómoda. Después los guantes, con tanta torpeza que a uno de ellos tuvo que darle la
vuelta para que saliera. Se deshizo de los chapines y empezó a desatar las cintas del
vestido.
Solo entonces, avergonzada como no lo había estado nunca en su vida, se atrevió
a alzar la cabeza para mirarlo. Quizá hubiera en él un atisbo de humanidad y
comprendiera que no estaba preparada para aquello.
Adam Baxley estaba de espaldas a ella y ya completamente desnudo. Le
sorprendió aquella anatomía perfectamente tallada bajo la piel, como una de esas
estatuas de héroes griegos que había en el jardín de casa de su padre, de nalgas
estrechas y redondas, cintura escasa y espalda ancha y fuerte. El cabello salvaje del
hombre acentuaba aún más esa sensación. Pero cuando él se volvió, demandando
urgencia, a Roxanne le dio tiempo a ver, antes de bajar la cabeza, que la parte de la
anatomía masculina que hasta ahora había visto cubierta por una hoja de parra era en
su esposo bien distinta y aterradoramente destacada.
Se sonrojó y se dio la vuelta para bajarse el vestido y deshacerse de las enaguas.
Tuvo que hacer una respiración profunda para no desmayarse. Nadie la había
preparado para aquello, y menos para que lo hiciera delante de un rufián como aquel.
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Escuchó los gruñidos impacientes de su esposo y supo que cuanto antes terminara
lo que tuviera que hacer, mejor sería para ella.
Se dio la vuelta, despacio. Se cubrió el pecho con un antebrazo y su intimidad con
una mano. Pero él apenas la miró un instante. Esbozó de nuevo aquella mirada de
hartazgo y señaló el lecho con la barbilla.
—Túmbate.
No le quedaba más remedio que obedecer. Sentía que su corazón latía celerado y
estaba segura de que el temblor que la atravesaba era evidente para él. Bajó la vista y
anduvo hasta la cama. Al pasar por su lado, tuvo ganas de hincarse de rodillas y
rogarle que le permitiera la venia de una primera noche retirada, pero sabía que eso
solo serviría para enfurecerlo y quizá para que lo que fuera a hacer con ella resultara
aún más violento.
Con cuidado y aterrada, al fin, se tendió boca arriba en la cama y, muy
lentamente, separó los brazos de su cuerpo para colocarlos a ambos lados, inertes.
Sentía las mejillas ardiendo y cómo cada poro de su piel estaba ocupado por la
vergüenza.
En esa ocasión, él tampoco le prestó excesiva atención, como si únicamente
tuviera que cumplir un cometido que le fuera especialmente desagradable.
Sin demasiado cuidado, se tumbó sobre ella, lo que la sobresaltó, pero Adam
tampoco prestó atención a su rostro, sino que, a pesar de estar separados por apenas
unas pulgadas unos labios de otros, él miró hacia la colcha de terciopelo, con las cejas
tan fruncidas como en el momento de la boda, y las palmas de las manos clavadas en
la cama.
Vio cómo Adam se llevaba una de ellas entre las piernas y cómo trasteaba, como
si necesitara insuflar energía.
Roxanne aguardó con los ojos cerrados y la respiración contenida, hasta que
sintió que se asfixiaba y el aire atrapado en sus pulmones escapó como una
exhalación. Adam continuaba, como si algo no marchara bien, porque Roxanne solo
sentía el incómodo roce de una mano entre sus muslos, ajena a su piel, que pretendía
conseguir algo con su propio cuerpo que parecía imposible.
Ella apretó los párpados y los labios. Si pensaba en algo agradable, quizá todo
aquello pasara rápido, cuanto antes. Pero pocas cosas de su pasado tenían esa
característica, al menos, que aún se acordara.
No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando escuchó la voz exasperada de
su esposo.
—¡Diablos! —maldijo.
Y cuando ella lo miró, vio que tenía el rostro congestionado y las cejas aún más
fruncidas que antes.
Adam, confundido y tremendamente enfadado, se apartó de ella, incorporándose
hasta quedar desnudo y de pie frente al lecho.
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«¿Eso es todo?», pensó Roxanne, porque no había sentido nada. ¿En eso consistía
una noche de bodas? Porque, aparte de soportar su peso, no había sucedido cosa
digna de destacar.
Él parecía tan incómodo como ofuscado y la observaba con mayor desprecio si
cabía que cada una de las escasas miradas que le había dirigido hasta entonces. Como
si Roxanne tuviera la culpa de algo de lo que no era consciente.
Tras un último gesto de desprecio, Adam perdió todo interés en ella y buscó sus
ropas dispersas, empezando a colocárselas. Parecía resentido. Incluso daba la
impresión de que él había sido el humillado con aquel acto.
—Vuelvo a Londres. —Le anunció, sin mirarla —. Permanecerás aquí una
semana y después regresarás a la ciudad. — Se volvió hacia ella y la señaló con un
dedo —. Quiero un heredero cuanto antes. ¿Me has entendido?
No, no entendía nada. ¿Qué había hecho? ¿De qué era culpable? Solo tenía ganas
de quedarse sola para llorar, pero no delante de él, no en su presencia.
—Pero eso no está en mi mano. — Pudo decir, confusa.
—Pues tiene que estarlo, porque solo me sirves si te quedas preñada. — Cogió el
resto de sus ropas y las metió bajo el brazo para dirigirse a la puerta. Pero antes de
salir, se dirigió de nuevo a aquella mujer incómoda —. Y tienes muy poco tiempo
para conseguirlo.
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Capítulo 6
Cuando Roxanne despertó, su cuerpo dio un brinco sobre la cama y tardó unos
instantes en recordar dónde estaba.
La imagen de aquel individuo despreciable con el que se había casado ocupó de
inmediato todos sus recuerdos, lo que la obligó a fruncir la nariz con un gesto de
repugnancia.
Desde que era niña y los padres de ambos se consideraban amigos, había estado
enamorada de Adam Baxley. No era algo extraordinario. Posiblemente, la mitad de
las muchachas de Londres lo estarían, pues no solo era un joven increíblemente
atractivo, sino que a eso le acompañaba un carácter verdaderamente encantador. Pero
todo cambió cuando se precipitaron los acontecimientos.
¿Qué había sucedido con él? ¿Qué hecho inexplicable había provocado que un
chico tierno y amable se transformara en aquel monstruo, impenetrable y arrogante,
que solo se preocupaba por sus placeres?
Se incorporó. Incluso a la luz brillante del día la estancia seguía siendo lúgubre.
Aún echaba de menos su encantadora residencia de Marylebone, donde su luminosa
habitación, la mejor de la casa según su padre, estaba entelada de un tono rosa muy
pálido salpicado de ramilletes de flores silvestres.
Un dolor punzante le recorrió la espalda, como cada vez que recordaba aquellos
tiempos felices antes de que…
Un par de golpes en la puerta la sacaron de aquellos pensamientos lúgubres.
—Adelante.
Una muchacha de rostro simpático, aunque ruborizado, vestida de sirvienta,
accedió al dormitorio para hacerle una reverencia antes de acercarse a la cama.
—Milady, el señor Addington me manda para preguntarle a qué hora se espera la
llegada de su doncella.
No tenía ni idea de qué estaba hablando.
—¿Doncella? ¿Y quién es el señor Addington?
La muchacha parpadeó varias veces, confundida, como si no estuviera preparada
para preguntas como aquellas. Se retorció las manos sobre el regazo y carraspeó antes
de atreverse a hablar de nuevo.
—Es el mayordomo, milady. No hemos querido molestarla antes, pero el señor
Addington está preocupado porque solo ha llegado un baúl pequeño con su ropa y
aquí no hay nadie preparada para servirle de manera adecuada.
A pesar de su malestar, Roxanne sonrió, y su rostro, que al parecer no tenía nada
de extraordinario, adquirió una viveza que logró que aquella muchacha tímida
también lo hiciera.
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—Me temo que ese baúl contiene todas las pertenencias que poseo y que no tengo
doncella alguna — le contestó, saltando de la cama con el mismo vestido de novia
que se había vuelto a poner cuando su esposo se marchó, pues ignoraba hasta ese
momento dónde estaba su baúl.
La muchacha bajó la cabeza de inmediato.
—No he querido molestarla, milady.
Así que esa sería su nueva vida: criados pendientes del menor de sus deseos y
mayordomos dispuestos a cumplirlos incluso antes de que aparecieran en su cabeza.
En su antigua casa de Marylebone también los había, a decenas, pero su padre era
estricto sobre las responsabilidades de cada uno y no permitía que trataran a su hija
como si fuera una inútil.
Miró a la muchacha. Tenía uno de esos rostros que generaban confianza de
inmediato, lo que le agradó.
—¿Cómo te llamas?
—Doris.
La joven criada al fin alzó la vista para clavarla en ella y recibió a cambio una
nueva sonrisa de su señora.
—¿Qué te parece —le dijo Roxanne — si tú te conviertes en mi doncella durante
los días que permanezca en…? ¿Dónde estamos?
—Linchester House, milady — se apresuró a decir —. En el condado de
Hertfordshire, milady. — Inmediatamente, volvió a ruborizarse, como si le hubieran
dicho algo inconveniente —. Pero yo solo soy una criada de estancia, milady, solo
me encargo de encender el fuego, hacer la cama y fregar el piso, milady.
Roxanne volvió a sonreír.
—¿Y qué te parece si, cuando estemos a solas, dejas de llamarme milady?
—Sí, milady. —Se tapó la boca como si así pudiera evitarlo.
Roxanne miró alrededor. Le habían ordenado estar allí una semana, y después de
tres años interna, se abría ante ella un mundo inexplorado que estaba dispuesta a
descubrir antes de que volviera a reunirse con el monstruo. Se dirigió otra vez a
Doris.
—¿Qué me sugieres que hagamos?
La muchacha la miró, como si no la comprendiera.
—Vestirse y bajar a desayunar, mi… — Esa vez consiguió reprimirse —. Todos
quieren presentarles sus respetos, ahora que el señor se ha marchado.
Roxanne suspiró. No quería pensar en él. Aún se preguntaba qué diablos sucedió
la noche anterior, cuando la obligó a desnudarse, se tumbó sobre ella y se separó más
frustrado aún de como se había acercado. Se le escapó un suspiro de disgusto.
—Sí, mi marido se fue anoche. Tenía asuntos urgentes que tratar en Londres.
La puerta se abrió sin llamar y dos silenciosos lacayos aparecieron portando un
pequeño baúl bastante ajado.
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—¡Ah! Mi equipaje. —Intentó darles las gracias, pero se marcharon tan
sigilosamente como habían llegado —. Habrá que elegir qué ponerse.
Aquello sí pareció satisfacer a Doris. Era posible que la señora se hubiera
confundido con ella y la creyera más preparada de lo que estaba. No era más que una
simple fregona, una muchacha para todo en el más ínfimo de los escalafones del
servicio de aquella casa.
Doris se dirigió al baúl y lo abrió. No había mucho donde hurgar. Cuando se
volvió a su señora, su rostro mostraba la más absoluta desolación.
—Solo hay dos vestidos.
Roxanne asintió, satisfecha.
—El azul me lo regaló mi padre. El otro, el gris, fue un gesto de caridad de la
señorita Spider.
La muchacha volvió a parpadear varias veces.
—Pe-pero es por la mañana.
Las cejas de Roxanne se fruncieron. Su educación social había sido frugal y era
posible que no estuviera al tanto de todos los convencionalismos de la nobleza.
—¿Crees que son demasiado abrigados para un día como hoy?
La chica se incorporó y carraspeó, como si intentara encontrar las palabras
necesarias para no ofender a su señora.
—Antes de la comida, deben usarse colores pálidos — le explicó —. Y después,
deberá cambiarse para el almuerzo y, aunque no haya invitados, tendrá que vestirse
de nuevo para la cena, debe ser un atuendo de noche, y ninguno de estos lo es.
Aquello sí que era una sorpresa. Sabía que con dos vestidos de su propiedad poco
podría hacer, pero ignoraba que las normas de la etiqueta fueran tan estrictas.
—¿Crees que el señor Addington pondrá algún inconveniente?
Los ojos de la muchacha se abrieron de par en par.
—Los pondrá todos. Es meticuloso con esas cosas, milady. — Una luz brilló en
su mirada llena de complicidad —. Pero se me ocurre algo…
Sin más, fue hasta el enorme ropero que había sobre una de las paredes y lo abrió
de par en par. No es que hubiera demasiadas cosas dentro, pero sí algunos vestidos
que parecían mucho más anticuados que los suyos.
Doris sacó uno de ellos. Era de un tono malva un tanto triste.
—Son de la condesa y ya no los usa — le explicó la muchacha —. Están pasados
de moda y no es que estos colores favorezcan, pero el señor Addington estará
satisfecho si se pone uno de ellos.
Aquella solución le pareció adecuada, a pesar de que nunca le había atraído la
coquetería.
—Elígelo tú misma.
Otra vez brillaron los ojos de Doris, como si le acabaran de asignar una misión
para salvar al Rey. Guardó el vestido y rebuscó con cuidado, hasta seleccionar uno
amarillo pálido que no era tan apagado como los demás.
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—¿Le gusta este?
—Es bonito.
Con una sonrisa deslumbrante, Doris lo dejó sobre una butaca, y se volvió hacia
su señora, que miró de una manera nueva, llena de curiosidad.
—Y habrá que hacer algo con su cabello.
Roxanne se lo acarició. Su padre decía que su cabellera castaña, arañada de
reflejos rojizos, la harían destacar entre las demás muchachas de su generación, cosa
de la que ella se reía a menudo.
—En el internado, siempre teníamos que llevarlo oculto bajo la cofia.
—Pues hoy lucirá, porque es precioso.
Doris le indicó que se sentara ante el tocador. Primero vería qué se podía hacer
con aquella cabellera, después se desharían del vestido de novia, que necesitaba una
buena limpieza, y por último la vestiría como la dama que era.
Roxanne la dejó hacer, perdida en sus pensamientos mientras la muchacha
cepillaba su larga melena y alababa sus rizos gruesos y espesos. Adam no salía de su
cabeza. Había aceptado aquella boda por una razón, y debía ser firme en su propósito
si quería alcanzar el éxito. Aunque ello supusiera todas las humillaciones. Aunque
tuviera que soportar la presencia de aquel ser detestable.
—¿Sueles atender a mi marido cuando está en Linchester House? — preguntó,
llevada por sus meditaciones.
—El señor viene muy pocas veces y nunca solo.
—¿Amigos? —se interesó.
La muchacha detuvo un instante el movimiento del cepillo y sus ojos se cruzaron.
Roxanne vio cómo se ruborizaba y le rehuía la mirada.
—No sabría decirle.
Comprendió al instante que trataba de ocultarle algo.
—¿He preguntado algo inoportuno?
—No, milady, pero el señor Addington me dará unos buenos azotes si piensa que
he sido chismosa.
Todo indicaba que aquel mayordomo tenía una mano firme con el personal a su
cargo.
—¿Te librarías de ellos si yo te pido que me lo cuentes?
La chica se encogió de hombros.
—Supongo.
—Pues dime todo lo que sepas sobre las visitas de mi marido.
Tardó en acceder. Parecía que sopesaba lo que supondría ponerse bajo la furia del
mayordomo o bajo la determinación de la nueva señora. Se decidió por la segunda,
aunque, cuando habló, lo hizo en voz muy baja.
—Solo llevo en la casa un año, pero las pocas veces que lo he visto, milord suele
venir acompañado de una dama.
Aquello le resultó interesante.
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—¿Una pariente?
—Nada indica que lo sea, milady.
Había oído hablar de la vida de crápula que llevaba Adam. Se lo había escuchado
a su mismo padre mientras se lo contaba a su amigo, por lo que no era extraño que
anduviera con distintas mujeres. Pero que llevara a una de ellas a la mansión
familiar…
—¿Cómo es esa dama?
La muchacha suspiró.
—Hermosa como un ángel. Tiene un precioso cabello cobrizo, tan intenso que
parece irreal. Y unos ojos verdes que se asemejan al césped cortado. Es amable,
aunque distante. Sus vestidos son los más hermosos que he visto nunca, y parece
tener una gran ascendencia sobre el señor…
Se calló al darse cuenta de que le estaba contando todo aquello a la esposa de
milord, y sus mejillas enrojecieron aún más si cabía. Pero Roxanne la tranquilizó con
una leve sonrisa y la convino a seguir.
—¿Sabes cómo se llama esa mujer?
La chica no pudo controlar su nerviosismo y el cepillo escapó de entre sus dedos.
—Milord nos pide que la llamemos madame Camille. Al parecer, es francesa.
¡Camille! Así que era ella.
Aquella mujer era un buen punto por donde empezar. Ya solo quedaba dar el
siguiente paso.
—Gracias, Doris. —Se puso de pie para que le ayudara a deshacerse de aquel
maldito vestido de novia —. Vamos a arreglarnos y a bajar a desayunar. Quiero
conocerlos a todos.
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Capítulo 7
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Siguió al mayordomo a través del vestíbulo y de un largo pasillo. La residencia
tenía el mismo aire lúgubre de Linchester House, aunque la tranquilidad de la casa de
campo se convertía allí en un trasiego de criados que se detenían a su paso para
dedicarle una discreta reverencia.
Se detuvieron ante una puerta que el mayordomo abrió con sumo cuidado para
indicarle a continuación que debía pasar.
Roxanne notaba el corazón acelerado en el pecho, pues ignoraba qué era lo que le
esperaba. Había oído decir cosas atroces sobre Adam Baxley, y sospechaba que la
mayoría de ellas eran ciertas. De hecho, ya le había dado muestras de lo despiadado
que podía llegar a ser la misma noche de bodas, y ese solo había sido el comienzo. Si
no era cuidadosa, si no medía cada uno de sus pasos, todo se vendría abajo y aquel
enorme sacrificio no habría servido para nada.
Al fin entró, más deprisa de lo que era conveniente, y no tardó en descubrir quién
la esperaba.
Sentada en una alta silla, con un libro piadoso entre las manos, su suegra, la
condesa de Dunwich, mostraba un rostro tan falto de sentimientos como si una
ventolera le hubiera arrancado el alma.
—Te esperábamos ayer. —Cerró el libro con un golpe seco y la miró con unos
labios tan apretados que se volvieron invisibles.
Roxanne intentó que no se percatara de su nerviosismo, así que escondió las
manos detrás de la falda.
—Los caminos estaban inundados y tuvimos que detenernos en una posada a
pasar la noche.
—¿Sola? —Sus cejas se fruncieron en la frente, escandalizadas —. Una mujer de
calidad no puede hacer ese tipo de cosas.
—Me acompañaba mi doncella.
La indignación dio paso a la autoridad en el rostro de la condesa.
—Aún no he dado permiso para que tengas ninguna.
De aquello ya le había advertido el mayordomo de la vieja mansión campestre,
que no tenía derecho a elegir su servicio personal, pues era tarea de milady. Intentó
encontrar un argumento que defendiera su decisión.
—No sabría vestirme sin su ayuda.
Como si sus palabras no le interesaran, la condesa decidió que no quería perder
un segundo más en la tarea que la había llevado a casa de su hijo.
—A partir de hoy, esta será tu residencia. Yo vendré una vez en semana para
supervisarlo todo. El mayordomo y el ama de llaves están aleccionados y me darán
cuenta de cuanto acontezca. Saben cuáles serán los menús y cómo deben atenderte. Si
necesitas algo, que espero que no sea así, se lo dirás a ellos, que se encargarán de
comunicármelo.
Al parecer, lo único que ella tendría que hacer era respirar, pensó Roxanne.
—Sí, milady.
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—Esta es la casa ancestral de nuestra familia y la residencia de mi hijo, aunque
mi marido y yo vivimos cerca. Te encargarás de dignificarla y de no dar problemas,
¿entendido?
La inseguridad inicial empezaba a dar cabida a cierta ofuscación. Era muy
consciente de su delicada posición y de que se lo debía todo a aquellos que la habían
acogido. Pero no era justo, y esa idea le taladraba la cabeza.
—Lo he entendido —contestó, con la sumisión que se esperaba de ella.
La condesa la miró con cierto aire de repugnancia encajado en los labios.
—Hoy mismo quemaremos esas ropas. En tus aposentos tienes vestidos a tu
medida, adecuados para tu nueva dignidad y para la decencia que debe tener la futura
condesa de Dunwich.
—Me gustaría conservar este — pidió —. Es lo único que me queda de mi padre.
El rostro de la condesa se volvió tan terrible como el de la Gorgona, y su cuello se
estiró aún más, si eso era posible.
—Ese nombre no debe ser pronunciado aquí — le advirtió —. Fue un villano, un
sinvergüenza que ensució lo mejor de la buena sociedad y se benefició de una
posición que no le correspondía.
Roxanne tuvo que tragarse la bilis que le inundaba la boca. Todo lo que decían de
su padre era mentira, pero aún no estaba en posición de demostrarlo. Bajó la cabeza y
contestó como tantas veces había tenido que hacer en Saint Mary.
—Sí, milady.
Su comportamiento recatado y sumiso pareció dar cierta tregua a la acritud de la
condesa. Aun así, era necesario humillar un poco más a aquella mocosa que les debía
todo.
—Tienes que estar muy agradecida porque nos hayamos ocupado de ti. — Una
sonrisa satisfecha apareció en su invisible boca —. Mi marido es un gran hombre y
ha querido darte un honor que no te mereces casándote con Adam. Tienes que
obedecer a tu esposo en todo, honrarlo y no dar problemas. ¿Entendido?
—Entendido.
—Y lo más importante de todo, debes engendrar a su hijo. — Roxanne alzó la
cabeza, pero la bajó de nuevo —. Cuanto antes. Es tu obligación y tu cometido en la
vida. Estaré pendiente sobre si cumples o no con tus obligaciones conyugales.
Husmearán tu ropa sucia, las sábanas de tu cama, y las enaguas que te quites. Sabré
en todo momento lo que sucede en vuestras habitaciones, y si no estás haciendo todo
lo posible por ser madre…
—Haré lo que está en mi mano — se atrevió a interrumpirle, pues aquel discurso
le parecía tan injusto como inadmisible.
Hubo un instante de silencio. Roxanne agradeció que aquello se hubiera acabado
y que le permitiera marcharse a sus habitaciones. Pero la orden de que se retirara no
salió de los labios de la condesa.
—¿El matrimonio ha sido consumado?
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Esa vez, la muchacha sí miró a su suegra. A los ojos. Más con curiosidad que de
manera desafiante. Aquella mujer adusta y desagradable no se había dado cuenta,
pero acababa de exponer su debilidad, posiblemente la única que tenía, y ella podía
usarla para que todas aquellas ofensas fueran menos graves.
—¿Doris se podrá quedar conmigo como doncella? — contestó con una pregunta.
El rostro de la condesa se volvió aún más terrible, pues no estaba acostumbrada a
que sus cuestiones no fueran contestadas en el acto.
—¿Ha sido consumado? —insistió la vieja dama.
—Es hábil en su trabajo. —No le respondió Roxanne, con toda la intención —. Y
no es chismosa.
La mujer la evaluó. Quizá aquella chiquilla corriente e insignificante no fuera tan
estúpida como parecía. Se relajó, solo un poco, en el respaldo de la silla.
—Tu doncella podrá quedarse mientras no cometa errores y se conduzca con
decencia.
Ella contestó de inmediato, con una calma que creía imposible en aquel estado de
nerviosismo.
—Sí, fue consumado la primera noche.
Como si fuera invocado en un aquelarre, la puerta de la sala se abrió y Adam
Baxley hizo acto de presencia.
Nada más verlo, a Roxanne se le encogieron las tripas, o, al menos, eso pensó,
porque sintió una molestia desconocida en el estómago.
Estaba impecablemente vestido, con la casaca ajustada sobre el chaleco y una
arrogante camisa blanca bien anudada al cuello con un amplio pañuelo. El cabello
rizado y alborotado como otras veces, y la mirada fría, como la de un lobo que no
conoce la piedad.
En cuanto la vio, se detuvo en seco, y su rostro adquirió el matiz del desagrado.
—Creía que estarías sola —le dijo a su madre, aunque la miraba a ella.
—Tu esposa me acaba de dar la buena nueva.
Los ojos de Adam se afilaron, y la mirada intensa con que la diseccionaba pareció
convertirse en un escalpelo que entraba por debajo de su piel.
—Ah, ¿sí?
¿Qué le había contado aquella maldita criatura a su madre? ¿Se había casado con
una chismosa? Porque tendría que escarmentarla de ser así.
La condesa se puso de pie. Parecía satisfecha con la visita. Fue hasta su hijo y le
besó tenuemente la mejilla.
—He de marcharme. —Se volvió hacia ella, y en su rostro no había rastro de
misericordia —. Espero que hayas entendido todo lo que te he dicho.
Ella tuvo que tragar saliva, pues casi sentía físicamente la mirada de aquel
hombre despreciable.
—No debe preocuparse —consiguió articular a duras penas.
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Sin más, abandonó la estancia, un vuelo de tafetán negro que continuó dando
órdenes al servicio mientras un lacayo cerraba la puerta tras ella y los dejaba a solas.
La reacción de Adam no se hizo esperar.
—¿Hay algo de lo que deba enterarme?
Ella permaneció firme, aunque terminaría con las uñas clavadas en la palma de la
mano. No podía dejarse llevar por el terror que le causaba aquel hombre o estaría
perdida.
—Tu madre tenía interés en saber qué sucedió en Linchester House.
—¿Y qué le has dicho? —Alzó una ceja y toda su arrogancia se mostró como
encima de un escenario.
Ella tardó en contestar y fue capaz de sostenerle la mirada durante todo ese
tiempo. Solo apartó los ojos cuando sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
—Le he dicho que todo fue como se esperaba.
Él pareció perder el interés en ella. Fue hasta una mesa e hizo sonar una
campanilla de plata.
—Te acompañarán a tus habitaciones. — El mayordomo entró de inmediato,
quedándose en la puerta —. Es posible que esta semana no te vea. Haz lo que
quieras.
—¿Te marchas de nuevo?
No la miró, sino que se sirvió un vaso de whiskey bien cargado.
—No es asunto tuyo.
La actitud impaciente del criado le estaba indicando que no se debía cuestionar
las decisiones del señor, pero Roxanne no terminaba de entender para qué diantres se
había casado con ella si…
—¿Y qué haré mientras estás fuera?
Se giró un instante hacia ella y alzó la copa.
—Por mí, puedes pudrirte.
Se la tomó de un trago y, devolviendo el vaso sobre la licorera, salió de la
estancia sin mirar atrás, mientras Roxanne se preguntaba si sería capaz de soportar
aquello.
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Capítulo 8
Tenía un nombre y una dirección y rogó porque, después de tantos años, aquella
persona siguiera residiendo en aquella casa.
Lo había oído de labios de su propio padre mientras se lo decía a la persona que
se ocultaba en las sombras y, por alguna razón, su mente atesoró aquellos datos, quizá
por lo particular del nombre o porque el tono de confidencia con que se habían
pronunciado solo podía indicar que era algo importante. Por eso había prestado
atención hasta descubrir que se hablaba a menudo de aquella mujer en casa, y
siempre entre susurros.
El carruaje se detuvo, y Roxanne se atrevió a alzar la cortina que tapaba la
ventanilla para mirar al exterior. Aquella era otra más de las muchas calles de
Londres que parecían similares: un barrio medianamente elegante, casas acomodadas
y el ajetreo de los comercios que se abrían en la planta baja de los edificios: perfecto
para un burgués e indigno para un noble. En cuanto a Roxanne…, siempre había
tenido aquella sensación de no pertenecer a ningún sitio.
—¿Está segura, señora? No creo que una dama deba andar sola en un barrio como
este.
No lo estaba, pero no quería preocupar a Doris.
—Será solo un momento.
—¿Seguro que no quiere que la acompañe?
—Regresaré enseguida.
Le sonrió para tranquilizarla y se ajustó los guantes. Estaba tan decidida a hacer
aquello como nerviosa por lo que se avecinaba, pero cuando el lacayo extendió la
escalerilla, nada en su apariencia daba a entender que dentro de su pecho había un
hormiguero furioso que mordía en todas direcciones.
—Aguarda aquí —le ordenó al cochero con menos determinación de la que había
querido imprimir a su voz —. Si no regreso en un tiempo prudente, manda a por mí.
El hombre le hizo una reverencia, un tanto extrañado, y ella entró en el edificio.
Mientras subía las escaleras, notaba cómo el corazón le bombeaba el pecho,
acelerado.
Ser despreciada por su marido tenía la ventaja de que le aportaba una libertad
poco común en una mujer casada. Mientras cumpliera las mínimas reglas de
decencia, como hacerse acompañar por alguien del servicio, a nadie le importaba lo
que hiciera, o como él mismo le había dicho, si se pudría mientras tanto.
Reprimió el acceso de ira que la atravesaba cada vez que pensaba en Adam
Baxley. ¿Cómo podía ser tan malvado? ¿Cómo era posible que alguna vez hubiera
sentido algo por un ser tan despreciable como aquel?
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El interior del edificio era elegante y limpio, con un piso por planta, escaleras
amplias y bien iluminadas. Se detuvo ante una puerta del segundo descansillo porque
estaba segura de que era aquella. Tomó aire despacio para serenarse, se llevó una
mano al pecho para comprobar si se había calmado el alocado ajetreo de su corazón
y, cuando se sintió con fuerzas, llamó con los nudillos.
No se hizo esperar, porque al instante, como si hubiera estado aguardando tras la
puerta, esta se abrió y una criada muy joven, cubierta por una cofia, la miró con ojos
muy abiertos, como si ella fuera una aparición.
—Vengo a ver a la señora —dijo Roxanne con toda la firmeza de la que fue
capaz.
La muchacha parpadeó varias veces, aún parapetada por media hoja de madera,
como si se tratara de la muralla defensiva de una ciudad.
—Ella no recibe a… damas como usted.
Roxanne consiguió mantenerse inexpresiva, a pesar de que dentro de su pecho se
estaba desatando una tempestad.
—Conmigo lo hará.
—¿A quién debo anunciar?
—No creo que sea necesario dar nombres.
Una respuesta tan poco usual no pareció extrañar a la muchacha, lo que le indicó
a Roxanne que no había errado el tiro y que la mujer a la que venía a ver era la misma
de la que había oído hablar algunas veces a su padre.
La chica entornó la puerta y sin decir nada desapareció en el interior de la
vivienda. Por el hueco entre la hoja y el bastidor, Roxanne entrevió un piso muy bien
amueblado, con alfombras de calidad y cuadros en las paredes. Incluso las tapicerías
claras y ligeras le hablaban de buen gusto, lo que no le sorprendió.
Al cabo de un momento, la misma criada abrió de par en par. Parecía más
ruborizada que antes, aunque en esa ocasión le dedicó una reverencia.
—La señora la recibirá en sus aposentos.
Roxanne entró, extrañada de que fuera a atenderla en un lugar tan íntimo, pero
venía preparada para lo que fuese, y aquella era una de las cosas ante las que no tenía
que dejarse sorprender.
Atravesaron un salón muy amplio que daba a la calle. Apenas le dio tiempo a
disfrutarlo, pues la muchacha la introdujo en un pasillo y cerró la doble puerta tras de
sí, como si se tratase de un altar velado para los dioses.
Se detuvo ante una puerta y llamó con el nudillo.
—Adelante. —Escuchó una voz clara y femenina, bien timbrada.
La chica abrió sin más, y con un gesto de la cabeza, le indicó que pasara.
Roxanne no estaba preparada para lo que iba a encontrarse al otro lado.
Su anfitriona estaba completamente desnuda, disfrutando de un confortable baño
dentro de una gran tina de latón dorado.
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Estaba sentada, por lo que el pecho quedaba expuesto sin tapujos, y el agua era
tan clara que el resto de su anatomía se vislumbraba como a través de un cristal.
Ella apartó la vista de inmediato, hasta que comprendió que no había ido hasta allí
para andarse con remilgos, y decidió mirarla a los ojos.
Era, indudablemente, la mujer más bella que había visto nunca. Llevaba el cabello
oculto bajo un turbante que lo aislaba de los vapores del agua, pero que le sentaba de
maravilla porque reclamaba toda la atención de su mirada, de ojos ambarinos,
deslumbrantes, rodeados de espesas pestañas negras. Quizá su boca era lo más
seductor. Labios gruesos, jugosos y muy encendidos, que parecía que acababan de
morder algo picante.
Roxanne se sintió tan poco agraciada en su presencia que de inmediato perdió la
fuerza que la impelía a mirarla y buscó refugio entre los hilos de la alfombra.
—No suele ser habitual que una dama me visite — dijo la mujer, sin el menor
pudor —, a menos que quiera amenazarme.
—No es esa mi intención.
La anfitriona la miró con curiosidad.
—Es usted muy joven.
—Y usted muy bella.
El halago no pareció causarle el más mínimo impacto, seguramente porque era
algo que escuchaba a diario.
—No sé si le han informado bien, pero no atiendo a mujeres, a menos que la
donación sea muy generosa.
—No he venido para eso. —Se ruborizó.
—Entonces volvemos al principio — sonrió —. Viene usted a reprenderme y me
veo obligada a decirle lo mismo que a las demás, que debe hablar con su marido.
Nadie les manda a venir hasta aquí.
Roxanne tragó saliva, y de nuevo encontró las fuerzas para mirarla.
—Necesito su ayuda.
Aquello sí pareció sorprenderla. No era habitual que una de aquellas mujeres de
la buena sociedad se atreviese a visitarla, y menos a solicitarle una prebenda.
—¿En qué podría alguien como yo ayudar a alguien como usted?
Lo había ensayado en voz baja cuando iba hasta allí en el carruaje, mientras Doris
trataba de aparentar que no intentaba leerle los labios. Se humedeció el paladar reseco
antes de contestar.
—Quiero seducir a mi marido.
Las cejas de la mujer se alzaron, sorprendidas.
—Qué cosa tan extraordinaria.
—Le pagaré bien.
Al parecer, no había entendido su gesto.
—¿Por qué tendría yo que ayudarla a hacer algo tan absurdo?
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Roxanne tragó saliva. Todo indicaba que el resto de su vida iba a consistir en una
consecución de situaciones humillantes. Abrió las manos, como si intentara
mostrarse.
—Míreme. Ni soy una belleza ni he sido educada en otra cosa que en parecer
discreta, lo que provoca la indiferencia de mi esposo.
La mujer sonrió, de manera muy breve, pero su rostro adquirió una dulzura
enternecedora.
—Difiero de lo primero, lamento lo segundo y, créame, lo tercero es una
bendición. Pero no soy nadie para darle consejos.
—¿Difiere? —Su falta de atractivo era evidente —. Solo hay que tener ojos en la
cara.
La anfitriona tardó en contestar. La miraba de una manera curiosa, como si
diseccionara sus entrañas y pudiera leer en sus órganos a la manera de los antiguos
arúspices.
—La belleza siempre es subjetiva — dijo al fin la fascinante mujer —. Consiste
en transmitir una idea y en saber cómo mantenerla. Todas tenemos algo valioso que
alguien desearía si lo envolvemos de la manera adecuada.
Le parecieron palabras oscuras, pero no quiso decirlo en voz alta.
—¿Puede enseñarme cómo lograr que mi marido me desee?
Esa vez se alzó una sola ceja en aquel rostro de diosa.
—¿Está segura de que es lo que quiere? Una vez lo consiga, todo se volverá
irremediablemente aburrido.
Roxanne no lo dudó.
—Sí, es lo que quiero.
De nuevo, el silencio, como un duelo donde las espadas eran las miradas.
—¿Y qué está dispuesta a hacer?
—Ya le he dicho que no me falta dinero.
—El dinero no puede lograr ni la pasión ni el deseo, y cuando lo consigue,
siempre es de forma pasajera. Si quiere que su aventura tenga éxito, debe ir más allá.
Mucho más allá. ¿Está dispuesta a cruzar todos los límites?
Con las últimas palabras, se puso de pie en la bañera, y su portentosa anatomía
lució mientras las gotas brillantes de agua perfumada acariciaban su cuerpo.
Roxanne notó cómo se ruborizaba, pero se sintió incapaz de apartar los ojos de
aquella belleza deslumbrante.
—Estoy dispuesta —dijo con una firmeza que le resultó desconocida.
La mujer salió de la tina, y tomó una bata de exquisita seda china que se colocó
sobre los hombros y que ató a la cintura.
—¿Incluso los límites que van más allá de la decencia?
No lo dudó.
—Si con ello logro salvar mi matrimonio, así es.
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Aquella respuesta pareció satisfacer a su anfitriona, que le lanzó de nuevo una
sonrisa conmovedora antes de sentarse en su tocador.
—Entonces empecemos hoy mismo. — Tomó una borla y empezó a
maquillarse —. ¿Cómo debo llamarla? Porque supongo que no querrá decirme su
auténtico nombre.
Había adivinado sus intenciones, lo que le dio cierta tranquilidad, ya que ambas
entendían las reglas del juego.
—Eleonor —le contestó, recordando a una de las mujeres de su lista —. Es el de
alguien que debo encontrar. ¿Cómo quiere que me dirija a usted?
La mujer se miró en el espejo y se quitó el turbante. Una suntuosa melena de
cabello rojizo se extendió, salvaje, sobre su espalda. El escote de la bata dejaba ver
gran parte de su pecho, pero parecía que aquello no la turbaba lo más mínimo.
Cuando se volvió hacia Roxanne, su actitud laxa se transformó en la de alguien
eficiente que conoce al detalle los pormenores de su oficio.
—Llámeme como lo hacen todos mis clientes y como soy conocida en la ciudad.
Madame Camille.
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Capítulo 9
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Pero hacía un día precioso, la tentadora lady Diana estaba a punto de aparecer en el
parque y él tenía ganas de divertirse, así que prosiguió pese al peligro.
—Así que la futura condesa de Dunwich sigue tan intacta como una manzana
inmadura — comentó, alargando una mano para palmear el hombro de su amigo —.
Este no es el Adam Baxley que yo conocía, el que consiguió batir todos los récords
del club satisfaciendo en una sola noche a seis mujeres hambrientas.
Adam bufó, pero no se lo tuvo en cuenta.
—Nada ha cambiado en mí, pero te recuerdo que me he visto obligado a
desposarme con la hija de Blyton. No sé qué hubieras hecho tú en mi lugar.
—Engendrarle un hijo y alejarla de Londres para que no moleste.
—Lo dudo —dijo con una mueca en la boca, porque Robert se hubiera
comportado de una manera no muy distinta a como lo había hecho él.
Continuaron cabalgando. Saludaban alzando la chistera cuando se cruzaban con
damas o caballeros conocidos, e intercambiando una sonrisa de complicidad cuando
no eran correspondidos, ya que no todos veían respetable congraciarse con dos
crápulas como aquellos. Robert, ante el mutismo de su colega, volvió a la carga.
—Ahora en serio, amigo mío, debes olvidar las rencillas del pasado y centrarte en
el presente. Por parte de su madre, tu esposa es una Howard, quizá no de primera
línea sanguínea, pero con la suficiente sangre noble en las venas como para hacer
palidecer a muchas de las coquetas con las que tratas.
Su amigo lograba exasperarle.
—Su padre nos humilló a todos. — Le evidenció lo obvio.
—Y pagó por ello.
—No voy a darle el gusto a su cínico espíritu de hacer feliz a su hija.
—Pues me temo que no tienes otra salida.
Visto así era cierto. Su padre lo había dejado claro: si no cumplía con sus
obligaciones antes de un año, todo lo que tenía le sería arrebatado, pero en su cabeza
tenía muy claro lo que deseaba.
—Está Camille —dijo con firmeza.
Robert tuvo que parpadear varias veces para comprender la cabezonería de Adam.
Entendía un capricho, y más si este tenía la belleza de la hermosa madame, pero ellos
dos estaban muy por encima de aquello, y su amigo lo sabía.
—El viejo conde, tu padre, te desollará si vuelves a pedirle matrimonio — le
advirtió —, eso sin contar con el pequeño inconveniente de que ya estás casado.
—Solo necesito un hijo —le quitó importancia con un gesto de la mano —, y
podré sacar a esa endiablada mujer de mi vida.
A Robert se le escapó un bufido. Era imposible hacerle entrar en razón.
—¿Y a qué esperas entonces para consumar el matrimonio?
No iba a responder a aquello. No iba a darle la satisfacción de que se enterase de
que con Roxanne Blyton su aclamada virilidad perdía toda su fuerza hasta convertirse
en inservible.
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Intentó reprimir el malhumor y las cejas sempiternamente fruncidas, y vislumbró
a lo lejos la manera de salir de aquella incómoda conversación.
—Ahí está tu admirada lady Diana. — La muchacha acababa de aparecer en el
parque, cubierta por un parasol y acompañada por una criada que le sujetaba la cola
del vestido —. Parece que aún no ha reparado en ti.
Los ojos de Robert brillaron y su sonrisa se ensanchó nada más verla.
—Lo hará. Pero le gusta jugar, y quizá sea eso lo que más me atrae de ella.
Conocía los gustos pasajeros de Robert y siempre le había extrañado que aquel
romance durara ya un lustro. Por supuesto que no en exclusividad. Su amigo nunca
sería hombre de una sola mujer.
—Me andaría con cuidado —le advirtió —. Tu padre puede exigir que te cases, al
igual que el mío.
Robert suspiró, y le lanzó una mirada exasperada.
—Adam, el matrimonio te ha vuelto aburrido.
—Quizá, pero me evita babear por una mujer que ni siquiera sabe de qué hablar
con un hombre.
No le apetecía participar en aquella falsa cacería. Desde que había tomado
confianza con Camille, las reuniones del club le aburrían y las proezas amatorias de
sus amigos le resultaban superficiales.
Azuzó a su montura para alejarse. Quería pasar por su sastre antes del almuerzo y
de nuevo por casa de la mujer que amaba. Saludó a su amigo con la mano, e hizo por
marcharse.
—Recuerda que esta noche cenamos en casa de lady Albyn — exclamó Robert
antes de que dejara de oírlo.
—¡Pardiez! —Se le había olvidado —. Es lo último que me apetece.
La sonrisa cínica de Robert se ensanchó.
—Pues menos te gustará cuando descubras que milady ha enviado una invitación
personal a tu esposa y no consentirá que no aparezca. — Le guiñó un ojo —. Me
temo que hoy será su presentación oficial en sociedad. Al fin conoceremos a la futura
condesa.
Para Adam fue como si le acabaran de echar un jarro de agua helada, sobre todo,
porque sabía que una negativa a lady Albyn implicaría que él y su maldita mujer
centraran todos los cotilleos de la alta sociedad durante las próximas semanas, cosa
que su padre jamás permitiría.
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Capítulo 10
Madame Camille paseó por la habitación con la elegancia natural que tenían cada uno
de sus gestos, observando a aquella criatura asustada que había acudido a su casa a
pedir ayuda.
Tenía el aspecto de un cervatillo asediado por una jauría hambrienta, pero era
consciente de que aquel paso, presentarse ante una de las madames más reputadas de
Inglaterra para solicitar algo tan poco usual, indicaba que no estaba ante una mujer
corriente.
Cuando terminó de rodearla, se plantó ante ella, analizándola con la mirada
ligeramente entornada, como una experta gemóloga ante un raro zafiro.
—Desnúdese —le dijo sin atisbo de autoridad, como si hubiera alabado el buen
tiempo de aquella mañana o la frescura de las flores que adornaban un jarrón.
Roxanne sintió que sus mejillas se encendían de inmediato, pero no protestó.
Contuvo el aliento y empezó a deshacerse de sus guantes, muy despacio, sintiendo un
fuerte sofoco en la boca del estómago. Parecía que quitarse la ropa era algo vital en la
vida social del Londres al que ahora se enfrentaba, porque una orden similar era la
que le había exigido Adam la noche de bodas, la única en la que habían estado juntos.
Cuando Camille comprobó que su petición era atendida, pareció perder interés en
ella y volvió a recorrer la estancia con aquel paso pausado y sereno, acariciando
levemente algunos objetos que encontraba a su paso.
—Llevo toda mi vida dedicada a la belleza — exclamó al aire, como si este fuera
su interlocutor —, y hace tiempo descubrí algo sorprendente: que todo ser humano la
posee, incluso los que creemos más abyectos.
Roxanne, incómoda, empezó a desatarse las cintas que sujetaban el vestido.
—Creo diferir con usted. —Su voz no pudo evitar el tono de disgusto —. Es
evidente que a mí me es ajena.
Camille, desde una mesa cercana a la ventana donde admiraba la forma de un
ramo de rosas, volvió a dirigirle la mirada.
—El primer paso es creer en ella, en la belleza. Puede ser un acto de fe al
principio, pero si no se siente bella, nadie lo percibirá. La analizarán con los mismos
ojos con que usted se observe, con la misma falta de compasión que tenga consigo
misma.
—¿Sentirme bella logrará que lo sea?
—Ese solo es el primer paso. Una vez logrado, hay que tomar conciencia de ello.
— Con un elegante gesto de la mano, le indicó que se mirara en el amplio espejo —.
Dígame qué ve.
Roxanne lo dudó. En Saint Mary no los había y la señorita Spider consideraba su
uso como algo abyecto que corrompía el alma de las mujeres y las tornaba frívolas.
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Se atrevió a alzar los ojos y a enfrentarse con su imagen reflejada. El sobrio
vestido ajustado bajo el pecho estaba suelto y dejaba ver la forma de sus hombros y el
nacimiento de su busto. Un leve toque y caería a sus pies. Se centró en su rostro, un
óvalo correcto donde nada destacaba. Tragó saliva antes de contestar.
—Veo a una mujer corriente.
Madame avanzó despacio hasta colocarse a su espalda para asomarse sobre su
hombro a la misma imagen reflejada.
—¿Le digo lo que yo aprecio?
Roxanne tardó en contestar.
—Sí.
La delicada mano de Camille apareció ante ella y se elevó hasta rozar apenas su
barbilla.
—Su mirada es singular. —Ladeó la cabeza, como si evaluara un raro
ejemplar —. Una extraña mezcla de fragilidad y fuerza que resulta muy atractiva. Es
necesario acentuarla. Fortalecer nuestros puntos más destacados y difuminar aquellos
donde no nos sintamos seguras, como su busto, que es escaso.
Roxanne bajó la mirada hasta depositarla sobre ellos.
—¿Un corsé no aumentará mi pecho?
—Un corsé solo lo volverá vulgar. Debemos llevar la atención de los demás allí
donde quedarán atrapados, y para ello tenemos que ser conscientes de nuestro
magnetismo.
Todo aquello podía resultar agradable de escuchar, pero la realidad era bien
distinta.
—Sé que intenta ayudarme, pero no encuentro nada de eso en la imagen que me
devuelve el espejo.
—No es cuestión de un solo día. Cuando nosotras mismas nos hemos insultado a
diario, aprender a amarnos es un proceso delicado. — Aquella mano inerte se elevó
hasta acariciar sus rotundos rizos castaños —. Su cabello es fabuloso.
Una mueca apareció en los labios de Roxanne.
—¿Tengo que ver algo fantástico en esa melena oscura y triste?
—Tiene que ver la realidad — contestó sin acritud —, no lo que otros le han
dicho y usted ha grabado en su mente como si fuera duro granito. — Con un ligero
suspiro, se apartó de ella y fue de nuevo hasta la mesa de las rosas —. ¿Qué color
impera en sus arcones?
—¿Arcones? —La mueca que se formó en su rostro fue una mezcla de cinismo y
buen humor —. Apenas tengo un par de vestidos, y un puñado de trajes que ha
mandado confeccionar mi suegra. Pensaba buscar una modista.
Madame Camille alzó una ceja.
—¿Una dama de calidad con solo unos pocos atuendos?
—Es complicado de explicar.
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La evaluó una vez más. Muchas muchachas desvalidas habían acudido a su casa
sintiéndose como aquella mujer, un ser invisible, y en ese mismo instante eran
admiradas en los burdeles más exclusivos de Londres. El caso no era el mismo, pero
la belleza tenía recorridos similares.
Aparcó sus pensamientos para volver a su nueva pupila.
—Su color es el verde —le aseguró —, y la señora Johnson es la mejor modista
de Londres y no la más cara. No le hablaré de usted, por supuesto, pero anotaré en un
papel lo que debe pedirle cuando la visite.
Todo aquello empezaba a desbordar a Roxanne. Solo esperaba un par de frases,
algunos trucos que consiguieran que Adam se fijara en ella, para después…
—En cuanto a mi marido… —Intentó reconducir la conversación.
—Por ahora, debe serle indiferente.
—¿Indiferente?
Madame se la quedó mirando con la misma curiosidad que no había abandonado
sus ojos desde que llegara.
—Empezaremos por ahí —terció—. Un hombre no muestra interés por aquello
que le resulta fácil, así que usted no se lo pondrá sencillo. Mientras termina su
aprendizaje, muéstrese indiferente, como si no lo viese, como si fuera tan
insignificante que sus ojos lo traspasaran.
Solo de pensar en él, un escalofrío de terror le recorría la espalda. ¿Cómo iba a
lograr mostrarse indiferente?
—¿Y si desea…? —No se atrevió a terminar la frase.
—Niéguese.
Roxanne parpadeó varias veces, sin terminar de comprenderla.
—Pero puede obligarme a hacer lo que le plazca.
—Niéguese y ya me dirá en nuestro próximo encuentro qué ha sucedido.
—¿Nos veremos otra vez?
La sonrisa en el rostro de madame la volvió aún más hermosa.
—Solo hemos empezado. —Abandonó la mesa y fue a su encuentro —. Y ahora
será mejor que nos concentremos. ¿Cuándo es su próxima aparición pública?
No tuvo que pensarlo. La invitación había llegado minutos antes de que
abandonara la mansión.
—Esta noche. Nos han invitado a una cena y…
El rostro de Camille se horrorizó.
—¡Y nosotras hablando! Tenemos que ponernos manos a la obra. En esa cena se
mostrará usted por primera vez como es en realidad y no como le han hecho creer que
es.
Roxanne sonrió, nerviosa, y tuvo que llevarse una mano al pecho.
—El corazón me late deprisa.
Madame fue a su encuentro y le tomó una mano.
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—Y cuando terminemos, así es como latirá el corazón de su esposo cuando usted
le mire y se haya convertido en una mujer irresistible.
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Capítulo 11
—¿Vienes solo? —le preguntó Robert Carlisle, que acababa de encontrarse con
Adam en la misma puerta de la mansión.
Su amigo no pudo evitar un gesto incómodo.
—He tenido un imprevisto, así que mi esposa acudirá por su cuenta.
El mayordomo tuvo el acierto de abrir el gran portalón en ese momento, lo que le
evitó dar más explicaciones.
Lo cierto era que aquella tarde había acudido, mendicante, a casa de Camille una
vez más. En esa ocasión, la madame sí lo recibió, aunque la encontró algo distante y
fácil de perder la mirada entre las musarañas, lo que hizo que su sempiterno
malhumor se acrecentara.
El acuerdo entre ambos era no pedir explicaciones, así que no lo hizo, pero
sospechó que aquel embeleso tenía que ver con la visita anterior, la misma por la que
no había podido atenderlo unas horas antes, y que parecía haberla afectado más de lo
que era habitual en Camille.
Habían pasado una tarde deliciosa donde los suspiros y los besos centraron una
pasión que terminó cuando él se desbordó en su interior con un gemido ronco a la vez
que intentaba refrenar la frase que palpitaba en sus labios: «te amo».
La anfitriona acudió a recibirlos en cuanto franquearon el umbral.
—Mi querido Dunwich, ¿dónde está?
La urgencia de lady Albyn por conocer a su esposa le exasperaba.
—¿Quién? —preguntó mientras entregaba los guantes y la chistera.
La gran dama no se inmutó.
—No te hagas el olvidadizo. Me refiero a tu esposa. Londres está expectante
porque todo lo que la rodea es un misterio.
Milady comandaba un grupo muy exclusivo donde contaba con lo más granado de
Inglaterra. Sus cenas eran míticas y sus bailes un acontecimiento donde se rumoreaba
que incluso el Príncipe Regente rogaba por ser invitado.
Se decía de ella que era la mujer más elegante de Reino Unido y debía ser cierto,
porque, a sus sesenta años, mostraba una ligereza y una exquisitez difíciles de igualar.
Pero no todo eran bondades a su alrededor. Un espíritu tan exquisito había sido
maldecido por una lengua afilada, que diseccionaba a la sociedad londinense sin
contemplación alguna, capaz de inmolar a sus mejores amigos por un capricho y a la
misma Reina si era necesario.
Así que ser invitado por milady era una especie de suerte que no se podía
rechazar, pero de la que se podía salir muy mal parado, sobre todo, si los concurrentes
eran sus habituales, famosos por sus lenguas descarnadas.
Adam se giró hacia la dama y la observó con su altanería habitual.
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—¿Y si mi esposa no aparece?
El elegante y ajado rostro de lady Albyn esbozó una sonrisa venenosa y llena de
amenazas que no pasó desapercibida a ninguno de los dos caballeros.
—Me temo, en ese caso, que tendré que ser enormemente crítica con ello y
deducir algunas cosas que no serían justas.
Era una velada amenaza, y Robert tiró con disimulo del faldón de la casaca de
Adam para que lo dejara pasar, pero su amigo era de temperamento altivo, y no le
prestó atención.
—¿Cómo por ejemplo? —insistió.
Milady hizo que sus manos volaran alrededor como mariposas, y expuso lo
evidente.
—Como que tu esposa no solo es la hija de lord Blyton, sino que posiblemente
cuente con «cualidades» que la hagan inadecuada para lucir en sociedad.
La frente de Adam Baxley se frunció aún más, y un brillo iracundo apareció en
sus ojos. Ignoraba la razón por la que su maldito padre había decidido emparentarlo
con aquella estirpe corrupta, así que mientras su progenitor pasaba sus días entre
misas y sermones, era a él a quien le tocaba explicar por qué los Dunwich se habían
convertido en los valedores de un linaje que todos censuraban y del que nadie quería
saber.
Robert, que conocía bien el temperamento levantisco de su amigo, intervino con
su mejor sonrisa.
—Me han dicho que lady Dunwich es una mujer sencilla.
Aquella afirmación pareció empeorarlo aún más.
—¡Qué horror! —Se santiguó milady —. ¿Cómo has podido casarte con alguien
así? Detesto el aburrimiento, y la sencillez suele ser de muy mal gusto. ¿La
conoceremos esta noche? Porque de no ser así, me temo que tendrás que marcharte.
Un nuevo tirón de la casaca hizo entrar en razón a Adam, que simplemente dedicó
una inclinación de cabeza a la anfitriona y se dirigió, sin pedir permiso, en busca del
comedor.
—Viene de camino —murmuró mientras avanzaba —. Algunos asuntos han
impedido que podamos llegar juntos.
Aquello pareció satisfacer a la dama, que tomó el brazo que le tendía Robert
Carlisle y siguieron los pasos de su malhumorado amigo, que ya había atravesado el
salón y entraba en el elegante comedor.
Todo en la mansión de lady Albyn era exquisito. El entelado de las paredes no
podía ser más delicado, y el mobiliario, de estilo imperio, parecía sacado de la misma
Malmaison, o, al menos, haber sido tallado por idénticos artesanos que los que
trabajaban para el emperador.
Nada más cruzar las puertas del comedor, los ocho invitados que ya estaban
sentados a la mesa se volvieron hacia ellos, pero fue August, el otro miembro de los
Caballeros Piadosos que había sido invitado a la velada, quien se dirigió a él.
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—¡Adam! —exclamó—. Desde que eres un hombre casado, no hay manera de
tratarte.
Los conocía a todos, pues eran los habituales en cualquier reunión presidida por
milady. El duque y la duquesa de Timberland eran inseparables de lady Albyn y tan
peligrosos como una hoja de barbero. Estaba también el general, acompañado por su
esposa, y las hermanas Perkins, dos viudas maduras que se encontraban entre las más
influyentes de la Corte, famosas por su lengua viperina. El último miembro era el
más peligroso de todos, el conde de Turenne, un caballero francés dado a las
maledicencias que, con un comentario, podría encumbrar o lanzar al ostracismo a
quien fuera.
Adam hizo una reverencia generalizada, y tomó el asiento que le indicaba uno de
los lacayos, entre la duquesa y una de las hermanas.
—El matrimonio tiene sus exigencias — dijo mientras arrancaba la copa de vino
al criado que acababa de servirle.
—Y los burdeles también —dijo monsieur mientras buscaba la aprobación en la
audiencia.
Otra mirada de cuidado de su amigo Robert impidió que contestara, y fue su
compañera de asiento, la apergaminada duquesa, quien se interesó.
—¿Dónde está su aclamada esposa?
Él desdobló la servilleta sin mirarla.
—Si no tiene jaquecas, llegará en un instante.
—En cuanto a su padre, a lord Blyton… — empezó a decir la otra hermana, que
estaba en el lado opuesto de la mesa.
Esa vez, Adam no atendió a la llamada a la prudencia de su amigo, así que no la
dejó terminar.
—Me temo, marquesa, que tendrá que preguntarle a mi augusto padre.
El general salió en su defensa, aunque él no estuvo seguro de si lo que en verdad
buscaba era otro asunto sobre el que indagar.
—No acusemos a esa pobre muchacha de los pecados de su progenitor.
—Aunque la degeneración se transmite como la peste — apostilló la marquesa.
Lady Albyn ya había tomado asiento, y parecía encantada con el carácter
levantisco que había tomado la conversación. Se preguntaba cuánto aguantaría Adam
Baxley sin salirse de sus casillas. Era un joven temperamental que se había visto
obligado a un casamiento desproporcionado. Tenía puestas muchas expectativas de
diversión en aquella velada. Y deseaba que llegara el momento en que la futura
condesa hiciera acto de presencia, pues lo que había oído hablar de ella, y los
informes que había solicitado a Saint Mary, la referían como una muchacha insulsa,
sin gracia alguna, y tan gris como las alas de una mosca.
Dedicó una sonrisa a sus invitados.
—Según he oído —dijo con su tono elegante de gran dama —, la futura condesa
de Dunwich difícilmente puede ser acusada de otra cosa que no sea… insignificancia.
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El duque se hizo el escandalizado.
—No seas cruel, querida.
—Estoy convencida de que nuestro Adam piensa lo mismo — lo alentó —. ¿No
es cierto, querido?
Él la fulminó con una mirada helada, pero no dijo nada. Era difícil defender a la
mujer con quien su padre le había obligado a casarse, algo que jamás le perdonaría.
Una señal del mayordomo desde la entrada del comedor llamó la atención de la
anfitriona.
—Solo queda ella por llegar, así que no puede ser nadie más.
Los caballeros se pusieron de pie para recibirla mientras que las damas esperaron
en sus asientos, sin apartar la vista de la entrada.
La curiosidad parecía mezclada con la mofa en el rostro de todos menos en el de
Adam, que estaba tan rígido que parecía de piedra.
Roxanne se hizo esperar, pero cuando apareció, un murmullo de sorpresa recorrió
la mesa, mientras Adam Baxley tuvo que parpadear varias veces, pues no reconocía a
su esposa en la criatura que acababa de franquear la puerta.
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Capítulo 12
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—Nunca he llevado color en el rostro.
Madame sonrió, como lo hubiera hecho ante una niña que hubiera solicitado una
leche merengada.
—Entonces le sorprenderá.
A uno de sus gestos, las dos muchachas comenzaron un trabajo minucioso que se
extendió casi una hora, bajo la atenta mirada de Camille.
Solo cuando ella quedó satisfecha, las otras dos se apartaron y madame analizó el
resultado con mirada crítica, hasta que asintió muy lentamente y la animó a que se
pusiera de pie y se mirara en el espejo.
Roxanne sintió cierta aprensión antes de hacerlo. Temía no reconocerse en el
resultado de tanto esfuerzo, o quizá parecer ridícula bajo las capas de tela y
pigmentos. Pero cuando al fin reunió fuerzas y se observó…
Lo primero que le llamó la atención era que no quedaban dudas de que se trataba
de ella, y que los trazos que había sentido sobre la piel de su rostro con crayones y
pinceles cargados de pigmentos eran invisibles a simple vista, como si su cutis jamás
hubiera sido tocado por ellos.
Lo segundo…
El vestido era exquisito. Cortado bajo el pecho, a la moda, estaba confeccionado
con una seda tan ligera que parecía muselina, y que caía con elegancia a su alrededor.
El color era deslumbrante, de un verde esmeralda que lograba que sus ojos se
asemejaran a él y armonizaba con el tono de su piel. El escote era amplio, más abierto
hacia los lados que hacia abajo para darle al busto la presencia necesaria sin
destacarlo. Le quedaba tan bien que tenía la impresión de que habían cincelado su
cuerpo para convertirlo en el de una mujer hermosa.
Se miró a los ojos. Aquel rostro que apenas había tenido oportunidad de
contemplar en el pasado la miraba con confianza, los labios exquisitos y palpitantes,
la mirada seductora, las mejillas elevadas y todo él tan decidido que era en lo único
que no se reconocía, en la actitud.
Terminaba el conjunto lo que habían logrado con su cabello. Por supuesto estaba
recogido en la nuca, pero ciertos rizos caían con naturalidad alrededor de su rostro,
destacando sus rasgos y definiendo el óvalo. Le habían adornado el cabello con una
rosa pequeña, de un color naranja intenso, el mismo de la cinta que se ajustaba bajo
su pecho y que combinaba de maravilla con aquel verde portentoso.
Tuvo que dar un paso atrás para verse al completo, y cuando Camille sonrió de
satisfacción, supo que habían acertado.
—¿Cómo es posible?
—Ya le dije que solo es cuestión de mirar de una manera nueva. La mujer que ve
en el espejo es usted misma. Aprenda a admirarse.
Apenas había tenido tiempo de dar las gracias porque la hora se le echó encima.
Había pasado por casa para esperar a Adam y ponerse las joyas necesarias para un
acontecimiento social. Madame había sido exigente en ese aspecto. Solo unos
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pendientes de diamantes y un brazalete a juego, nada de collares. Así lo había hecho
y, mientras terminaba de acicalarse ante su propio tocador, le llegó la misiva de Adam
diciendo que no vendría a recogerla.
Aquello lo hacía aún más difícil, pues tendría que presentarse sola ante unos
desconocidos que la diseccionarían. Pero lo había hecho, aun titubeando antes de
entrar en casa de lady Albyn.
Cuando apareció en el comedor de la dama, encontró diez pares de ojos
mirándola, pero siguió las instrucciones de Camille, y no buscó con los suyos a Adam
en ningún momento, como si no existiera, como si no hubiera estado sentado a la
misma mesa.
—Pero… ¡qué sorpresa tan extraordinaria! — había exclamado la anfitriona, y
ella le había correspondido como le habían enseñado, con una ligera reverencia de
cortesía.
Fueron amables, y cuando una de las mujeres, una marquesa entrada en años, se
atrevió a hablar de su padre, lady Albyn la calló de inmediato y le dijo que no
molestara a su «protegida».
Sentirse protegida por alguien era algo que solo había percibido en vida de su
padre, y dudó que las palabras de aquella dama fueran otra cosa que una cortesía.
Aun así, intentó seguir las conversaciones, ser amable con las damas y discreta con
los caballeros, e ignorar en todo momento a su esposo, a pesar de que algo dentro de
ella le decía constantemente que lo mirara, que escrutara sus ojos para ver si veía en
ellos la misma admiración que contemplaba por primera vez en su vida en los de los
demás.
Una única copa de vino y la atención constante de dos jóvenes que la analizaban
con sorpresa hizo que sus nervios se templaran y consiguiera serenarse.
En ningún momento intercambió mirada alguna con Adam, en ningún momento
dio a entender que supiera de su existencia, aunque percibía su presencia funesta en la
mesa y sus largos silencios, pues su voz solo se escuchó las pocas veces en que unos
u otros reclamaban su opinión.
La velada había terminado a media noche, aunque Roxanne tuvo la sensación de
que apenas había durado unos minutos. Regresaron a la mansión Dunwich en carroza,
aunque de nuevo ella no hizo por observarlo ni por intercambiar palabra alguna,
como así había indicado madame Camille, permaneciendo tan apartada de él como
era posible en el minúsculo cubículo del carruaje.
Fue extraño aquel viaje de regreso, porque sentía sobre su piel algo nuevo, como
la caricia de unos ojos que hasta ese instante la habían visto insignificante. ¿Eran
imaginaciones suyas, o si se volvía se toparía con aquel malvado pendiente de ella?
No hizo el intento de averiguarlo porque se sentía incapaz de volverse indiferente
ante él en un habitáculo tan pequeño.
Una vez en casa, no se habían despedido, y cuando al fin el lacayo la había dejado
sola en sus aposentos, cerrando la puerta a sus espaldas, sintió que el corazón se le
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salía por la boca, porque ni en sus mejores sueños había imaginado que pudiera lograr
lo conseguido aquella noche: una victoria sobre Adam Baxley. Una victoria sobre el
malhechor.
Se apretó el pecho con ambas manos y se miró una vez más en el espejo. Sí,
aquella mujer era ella misma, pero era… hermosa. O, al menos, había en su reflejo
algo destacable que impelía a no apartar la vista y…
Unos golpes sonaron en la puerta. Debía ser Doris, que venía para ayudarla a
desvestirse. Suspiró de nuevo. Quería contárselo todo, o, al menos, aquello que fuera
adecuado de exponer. Había sido una jornada hermosa, pero entonces se daba cuenta
de cómo estaba de cansada.
—Adelante.
Quien entró no fue su doncella, sino su marido.
En esa ocasión, no pudo evitar que sus ojos se cruzaran.
Se había deshecho de la casaca y solo llevaba puestos el chaleco y la camisa.
Tenía las manos en los bolsillos y la mirada torva a la que ya la tenía acostumbrada,
aunque podría prometer que en esa ocasión había algo nuevo en sus ojos…
¿Admiración? ¿Deseo? No supo qué era, pero llegó a desconcertarla y a resultarle
peligrosa.
El corazón volvió a encabritársele, como cada vez que aquel ser diabólico
aparecía, pero actuó como le había indicado su nueva tutora, sentándose ante el
tocador con indiferencia para empezar a quitarse los pendientes.
—Es muy tarde —dijo con parsimonia, aunque hacía un esfuerzo sobrehumano
para que él no se diera cuenta de que le temblaban las manos.
Adam no apartaba la mirada, como si intentara comprender qué estaba pasando.
Anduvo un par de pasos y se detuvo en medio de la habitación.
—No es tarde para mí.
De nuevo, el silencio y aquella actitud taladrante que le provocaba un desasosiego
en la boca del estómago que no le sucedía con nadie más. Estaba segura de que eso
era lo que producía el odio, porque era todo lo que sentía por aquel hombre
mezquino, a quien debía hacer pagar lo que había hecho.
Tomando fuerzas de algún lugar remoto, se atrevió a mirarlo a través del espejo,
adquiriendo esa expresión indiferente que le había indicado madame.
—¿Se te ofrece algo?
Él apretó los labios. Si su rictus habitual era inescrutable, aquella noche parecía
aún más serio, aunque había cierto brillo en sus ojos que Roxanne identificó con el
hambre.
—Tenemos obligaciones que cumplir — dijo con voz ronca.
Ella supo a qué se refería. Antes o después, llegaría ese momento del que se había
librado en la noche de bodas, pero su «tutora» había sido clara a ese respecto: solo
cuando ella así lo quisiera.
Volvió la mirada al tocador y empezó a deshacerse del brazalete.
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—Me temo que hoy no —dijo, intentando que su voz no transmitiera el miedo
que sentía.
Él arrugó la frente.
—No eres tú quien lo decide.
Madame Camille le había dado el argumento adecuado, y lo miró a los ojos,
directamente, cuando lo expuso.
—Pero sí lo decide mi cuerpo, y justo hoy estoy indispuesta. ¿Tengo que
explicarlo más claramente?
Se mantuvieron la mirada durante unos segundos. Roxanne notaba cómo de
nuevo su corazón era una yeguada al galope, mientras que los ojos de Adam se
tornaban más fríos, impenetrables y terribles.
Fue él quien parpadeó, aunque no dejó de mirarla.
—Estás distinta.
—No lo creo.
Él se humedeció los labios y sacó las manos de los bolsillos. Uno de sus gruesos
y largos dedos la señaló.
—Tres días —advirtió—. Volveré en tres días, y terminaremos lo que no hemos
empezado.
Un escalofrío recorrió la espalda de Roxanne, pero no supo identificar su
naturaleza porque era completamente nueva. Intentó que él no se percatara de su
nerviosismo y buscó la manera de obtener ventaja.
—¿Puedo tomarme la libertad de ir a donde quiera?
Adam Baxley la miró con algo dañino encajado en las pupilas.
—Incluso al infierno, si ese es tu deseo.
Y le lanzó una última mirada terrible antes de abandonar su dormitorio.
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Capítulo 13
Doris esquivó al mendigo que se había empeñado en pedirle una moneda, y pudo
continuar su camino a pesar de los malos augurios que no le habían abandonado
desde que saliera de la mansión.
Whitechapel era uno de los peores lugares de la tierra, o, al menos, eso había oído
decir. Ubicado al este de Londres y delimitado por Bishopsgate, acogía a todos los
refugiados que huían de las hambrunas del campo buscando en la ciudad un futuro
próspero. Pero este jamás llegaba, lo que terminaba condenándolos a la más abyecta
existencia donde el frío y el hambre acababan con la mayoría de ellos a edad
temprana.
Húmedo, sucio y terrible, era un lugar donde acechaba el peligro con solo
apartarse de la calle principal.
Su señora no se lo había pedido, pero la conversación que mantuvieron la noche
anterior le había impelido a tomar aquella decisión temeraria.
No sabía qué había pasado, pero la Roxanne Blyton que había regresado a casa
tras pasar la tarde fuera no era la misma que había conocido en Linchester House.
Cuando la requirió para que le ayudara con los pendientes y el brazalete, ella misma
se quedó sorprendida, tanto que había permanecido inmóvil en la entrada,
preguntándose si aquella dama era o no su señora.
Desde la primera vez que la vio, le había resultado hermosa. Quizá no de una
manera evidente, pero el brillo de sus ojos, la forma en que su rostro gesticulaba, y
una sonrisa siempre dispuesta, le aportaban un aire tan agradable que no tenía dudas
de que aquello era la belleza.
Pero desde su regreso, lo que podía ser solo subjetivo se había vuelto una
realidad, porque lady Dunwich se parecía tanto a cualquiera de aquellas mujeres
hermosas que había visto entrar en la Ópera Real que hasta sintió aprensión de hablar
con ella.
—Estás muy callada —le había dicho su señora.
—Está preciosa, milady.
Roxanne se ruborizó, lo que había logrado acentuar aquella percepción.
—¿No lo ves… excesivo? —le había preguntado, un tanto indecisa por su nuevo
aspecto.
Había negado con tanta insistencia que casi se desató una de sus jaquecas.
—Es usted la dama más hermosa de Inglaterra en este momento.
Milady se lo tomó con humor y tuvo que marcharse con las mismas prisas que
había llegado. Ella permaneció despierta hasta su regreso, entrada la medianoche, e
iba a atenderla cuando el señor apareció en sus aposentos. Como siempre, fue una
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visita breve, y cuando lo vio salir unos minutos más tarde, tenía el rostro tan
demudado que temió que le hubiera pasado algo a su señora.
La encontró muy seria y algo agitada.
—¿No debías haberte retirado? — le dijo nada más verla —. Yo misma me
podría haber desvestido. Lo he hecho sola toda la vida.
Doris no contestó, y procedió a ayudarla con aquel hermoso vestido verde que no
recordaba haber visto antes, mientras miraba a su señora de soslayo, intentando
adivinar qué pena le atenazaba el alma.
La relación entre lady Dunwich y su marido no era buena, a pesar de que
acababan de casarse. No era necesario ser una adivina para darse cuenta. Él la
ignoraba por completo, y ella parecía un cervatillo en medio de un salón de palacio
que no sabe qué hacer.
Estaba segura de que el señor, con el paso del tiempo, se daría cuenta de la mujer
maravillosa que tenía a su lado, y la apreciaría como se merecía, pues pocas veces
había ella topado con alguien con un corazón tan noble como milady.
Sin embargo, había algo que no comprendía. Como un secreto, o una decisión
antigua que conducía los pasos de su señora y la volvía imprevisible.
Aquella noche estaba taciturna y apenas intercambió más palabras que las
necesarias. Pero cuando estaba a punto de entrar en la cama, ya con el cabello
cepillado y el camisón puesto, se volvió hacia ella y le hizo esa extraña pregunta.
—¿Sabes dónde está Whitechapel?
Claro que lo sabía. ¿Quién no conocía en Inglaterra el barrio más abyecto de la
capital? Pero ella no era nadie para dar una opinión.
—Se encuentra hacia el oeste, milady.
Roxanne lo dudó, pero al final fue hasta uno de los cajoncitos de su secreter, lo
abrió y sacó un trozo pequeño de papel donde había algunas letras escritas, que le
tendió para que lo cogiera.
—¿Podrías informarte de manera discreta de si esta dirección se encuentra allí?
Lo miró. Su señora sabía que le habían enseñado a leer y no lo había reprobado.
Nunca había oído el nombre de aquella calle, pero no le sería difícil de averiguar sin
comprometerse.
—Le preguntaré al portero de la casa de al lado. Tenemos cierta amistad.
Una sonrisa de complicidad apareció en el rostro de su señora.
—¿Es atractivo?
Doris se sonrojó, pero logró adoptar una expresión escandalizada que contradecía
su sonrisa de satisfacción.
—Es trabajador.
Roxanne se lo agradeció, le fue imposible reprimir un bostezo y se dirigió hacia la
cama.
—Descansa, que mañana no te necesitaré temprano.
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Pero su doncella no se movió de donde estaba, porque aquel mal augurio no salía
de su cabeza.
—¿Puedo preguntarle por qué necesita conocer esta dirección?
Milady se la quedó mirando. Doris supuso que evaluaba si debía reprenderla por
su curiosidad, ya que jamás se cuestionaban las decisiones de los señores, pero una
sonrisa amable apareció en su rostro.
—Es posible que una amiga mía viva allí y quiero ir a visitarla.
En aquel momento, podría haberle dicho que era una pésima idea. Que una dama
de su posición jamás podría pisar un barrio como aquel, pero no lo hizo. Se despidió
con una reverencia y abandonó el dormitorio camino de su cuarto, donde había
pasado una mala noche.
No había amanecido cuando ya estaba hablando con Henry, el joven portero de la
casa vecina por quien sentía cierta curiosidad. Este le confirmó sus peores sospechas:
que aquella calle era la arteria principal de un barrio donde, le advirtió, ninguna
mujer decente debía jamás poner sus pies.
Tampoco tuvo que pensarlo mucho. Si conocía a su señora como creía, esta no
dudaría en ir a visitar a su amiga a pesar de las advertencias. Así que, como tenía
libre la mañana, decidió hacer una avanzadilla y poder así dar a lady Dunwich
indicaciones precisas.
Otro hombre malencarado volvió a cortarle el paso, pidiéndole que tomara vino
con él, lo que la trajo a la realidad de dónde se había metido: una calle tan lúgubre
como malsana, abierta en callejones a derecha e izquierda que eran tan oscuros y
tenebrosos como la muerte.
Pudo deshacerse de él y continuó caminando, con paso apresurado, contando las
casas y cuadras para localizar la dirección que buscaba.
Había tenido cuidado a la hora de acicalarse. Su peor vestido, lleno de remiendos,
y un chal de lana tan apulgarado que no lo había usado para alimentar el fuego
porque aún le calentaba los pies en los meses más fríos.
Tenía una teoría. Más allá de Whitechapel se abría el campo. Y era muy posible
que la amiga de su señora viviera en una cómoda casita campestre, rodeada por un
amable jardín, que empezara a estar engullida por aquella ciudad que crecía como la
mala hierba.
Pero cuando miró de nuevo hacia el ladrillo que indicaba el barrio y la cuadra en
la que se encontraba, se dio cuenta de que ya lo había pasado, que la dirección que
buscaba quedaba atrás.
Aquello sí la sorprendió.
La arteria fangosa y lúgubre por la que caminaba era tan infame que nadie con un
mínimo de dignidad podría vivir allí.
Miró alrededor. Por suerte, el día lucía claro y los transeúntes, que, aunque
miserables, no parecían especialmente peligrosos. Desanduvo sus pasos, teniendo
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cuidado de estar pendiente de cada indicación, hasta que llegó al lugar que aparecía
en la nota.
Se quedó allí de pie, mirando la fachada que tenía en frente.
No podía ser.
Hurgó en su faltriquera hasta encontrar el papel que le había dado su señora, y lo
leyó nuevamente por si le fallaba la memoria. Sin duda, aquel era el sitio. No había
equívoco posible.
Y solo entonces comprendió que no debía decirle nada a lady Dunwich, porque
aquella casa era un prostíbulo.
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Capítulo 14
Mientras esperaba, Roxanne se dedicó a analizar aquella estancia donde, con cierta
cautela, la sirvienta le había indicado que aguardara mientras madame terminaba de
atender a «un amigo», pidiéndole disculpas por el desorden.
Estaba decorada con indudable buen gusto, con tonos ligeros y muebles amables
que seguramente provenían de Francia, aunque el desbarajuste imperante y las
botellas y copas que aún no habían sido retiradas indicaba que en aquel salón se había
desarrollado no hacía mucho un encuentro que las enaguas femeninas tiradas en el
suelo vaticinaban cómo había terminado.
Siguiendo las indicaciones de madame Camille, aquella mañana había regresado a
su vivienda para recibir una nueva lección. En esa ocasión, estaba llena de curiosidad,
ya que había comprobado por propia experiencia que las indicaciones de la cortesana
eran las correctas.
No le quedaban dudas, a pesar de que sus visitas tenían un objetivo bien distinto
al que había expuesto.
Una conversación en el pasillo captó de inmediato su atención, pues la voz
masculina…
Sintió un arrebato de calor inundándole el rostro. Se puso de pie como si un
resorte la hubiera impulsado a ello, y se acercó a la doble puerta, más con la intención
de no dejarse ver a través de los cuarterones de cristal de que estaba compuesta que
de atisbar al otro lado.
Con la espalda contra la pared, aguardó mientras notaba cómo su corazón se
aceleraba, impulsado por el timbre reconocido en aquella voz masculina. El hombre
estaba muy cerca, justo al otro lado, y si decidía entrar en el salón, la descubriría de
inmediato.
Pero no fue así. La voz se alejó unos pasos y ella tuvo la fuerza necesaria para
mirar con disimulo a través del cristal.
Adam, su esposo, estaba allí, a unos pasos de la puerta, abrochándose el chaleco
mientras la criada sostenía su levita oscura.
Le pareció más terrible y atractivo que nunca, con los ojos brillantes, su
sempiterna frente fruncida y una mueca agria en la boca.
—¿No me dirás quién es? —le preguntó a alguien que estaba fuera de su vista.
—Sabes que no hablo sobre mis clientes.
Era la voz de Camille, y sonaba encantadoramente cansada. Él arrugó aún más
sus cejas, molesto.
—Pagará bien si me echas para atenderlo.
—O me aporta una satisfacción que no encuentro con otros.
Él esbozó una mueca oscura a la que no supo encontrar significado.
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—Eso ha sido cruel.
Roxanne vio aparecer la mano de Camille, que se posó en el rostro de su esposo.
Vio cómo él cerraba los ojos y se dejaba acariciar, un gesto que le parecía imposible
en un hombre tan huraño.
—Tú y yo somos amigos —dijo la madame —. De eso no debes preocuparte.
—Puedo duplicar el precio que tu nuevo amigo te dé y quedarme toda la mañana.
Hubo un instante de silencio que terminó cuando ella apartó la mano.
—Rose, acompaña al caballero a la salida — le indicó a la muchacha, que hizo
una reverencia y le ayudó a ponerse la levita —. Nos veremos otro día.
Él le dedicó una adusta inclinación de cabeza que delataba su incomodidad.
—Espero que disfrutes.
—Lo haré.
De nuevo, un instante donde él no se movió, como si esperara un arrepentimiento
por parte de Camille, lo que no se produjo, hasta que Adam se giró sobre sus talones
y se dirigió hacia la salida.
Los pasos decididos de Adam en aquella dirección contraria hicieron que
Roxanne corriera hasta la misma silla donde había estado sentada, ocupando su
asiento justo cuando madame entró en el saloncito.
—Lamento haberla hecho esperar.
Estaba envuelta en una exquisita bata china que arrastraba a su paso y que le
dejaba un hombro al descubierto. Roxanne consiguió sonreír, a pesar de la turbación
que sentía en aquel momento.
—No tengo otra cosa que hacer que aburrirme.
—¿Cómo fue su cena?
—Mentiría si le dijera que no fue bien.
—¿Y cómo se sintió?
Lo había meditado aquella mañana cuando abrió los ojos y permaneció en la
cama, haciendo planes de todo lo que quedaba por hacer. Lo curioso de todo era que
Adam no abandonaba sus pensamientos, y estos se habían vuelto confusos, como si la
determinación que la llevó a decir que sí a un compromiso tan indeseable empezara a
resquebrajarse. Sonrió para que madame no se hiciera eco de sus inclinaciones.
—Creo que es la primera vez, desde que murió mi padre, que no me he sentido
invisible.
Camille sonrió, fue hasta una de las mesas abarrotadas de vasos y copas, y tomó
una que aún tenía un dedo de vino. Apenas se la llevó a los labios, sin dejar de mirar
a su visitante.
—Veo que ha tomado nota de cómo debe dar color a su rostro.
Roxanne se sonrojó. Ella y Doris habían usado los pocos ungüentos que había en
la casa para intentar imitar el excelente trabajo que habían hecho el día anterior las
pupilas de madame.
—Me queda mucho que aprender — reconoció.
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Su anfitriona no dijo nada, pero sí se fijó en el vestido blanco que llevaba puesto.
—¿Le han llegado los trajes?
Roxanne asintió.
—Esta mañana a primera hora. Son muy hermosos.
—He indagado con discreción. La modista está encantada de que una mujer de la
nobleza sea ahora clienta suya. Me ha dicho que solo le ha enviado los tres que tenía
disponibles. Pero que usted tiene buen juicio y le ha dado indicaciones precisas de lo
que quiere. En unas semanas le entregará los demás.
—Se lo agradezco. Tanto el hecho de habérmela recomendado como su
discreción al no delatar que nos conocemos.
Con un delicioso cansancio, madame se dejó caer sobre la otomana. Últimamente,
Adam solo quería hablar. Pasaban las horas abrazados y charlando, como viejos
amigos en vez de como amantes, lo que era del todo extraordinario en un hombre de
su temperamento.
Camille dejó la copa sobre la mesa y la animó a que se sentara más cerca, en el
otro extremo del sofá. Ella así lo hizo, sin perder el cuidado.
—¿Ha conseguido interesar a su marido?
Lo dudó.
—No estoy segura, pero sí he podido esquivarlo. Al menos, durante tres días.
Camille esbozó una sonrisa de complacencia.
—¿Le verá de aquí a entonces?
Roxanne se encogió de hombros.
—Mi esposo es imprevisible.
—Haga por encontrarlo. Descubra adónde va y aparezca sin que lo espere,
conviértase en una casualidad que llame su atención.
¿Seguirlo? Adam Baxley no era precisamente un hombre reposado. ¿Cómo la
trataría si descubría que la mujer a la que detestaba iba tras sus talones?
—Me temo que mi marido no es un hombre ni agradable ni paciente — atinó a
decir, sin atreverse a mirarla.
Madame se incorporó para observarla de cerca.
—No le digo que hable con él. Ni siquiera que se acerque. Le digo que se deje
ver.
¿Dejarse ver? Hasta la noche anterior había sido invisible para su esposo. Como
no se vistiera de rojo y bailara sobre la mesa de una taberna con la falda alzada,
Adam jamás le prestaría atención. La idea le hizo sonreír levemente, pero logró
recomponerse de inmediato.
—¿Cree que eso le resultará atractivo? Ya le he dicho que me detesta.
Madame Camille se levantó de una manera tan elegante que parecía que había
sido ayudada por ángeles. Paseó por la estancia, arrastrando la delicada bata de seda,
hasta apoyarse en el mármol de la chimenea que aún tenía rescoldos de la noche
anterior.
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—Hoy hablaremos de cómo moverse y cómo comportarse — le dijo. Después la
arengó con un revoloteo de la mano —. Enséñeme sus chapines.
Roxanne tardó en comprender a qué se refería, pero al fin se remangó la falda del
vestido y le enseñó el zapato. Los ojos de madame parecieron horrorizarse.
—No tiene tacón.
Su discípula no terminaba de entenderlo.
—No estoy acostumbrada.
Con un gesto de cansancio, madame se deshizo de los suyos y los lanzó hacia la
otomana.
—Póngase estos y pasee.
No entendía nada, pero estaba claro que debía obedecerla. Se descalzó, se ajustó
los zapatos, sorprendiéndose de que le quedaran como un guante, y poniéndose de pie
hizo lo que le decía, pasear de arriba abajo, intentando mantener el equilibrio.
—¿Qué nota?
Lo pensó un instante.
—Dolor de pies.
Los labios de Camille se curvaron en una sonrisa, pero fue algo muy breve. De
inmediato, volvió a su rostro grave, como si estuvieran tratando de la Trinidad o del
misterio de la Transustanciación.
Caminó por la sala como la había visto hacer el día anterior, cuando le explicó
cómo vestirse y cómo mejorar el aspecto de su rostro.
—Lo que nos vuelve invencibles siempre cursa con un proceso doloroso — dijo,
despacio —. Observe que esas pulgadas de más la obligan a caminar más despacio,
hacen que su cuerpo oscile de un lado a otro, proyectan su busto y vuelven erguida su
cabeza.
Roxanne miró hacia abajo, hacia sus chapines de tacón, y tuvo que darle la razón.
—Es cierto.
Madame la observó con curiosidad, con los ojos entrecerrados y una mano cerca
de la boca.
—Imagine que yo soy el hombre al que ama.
Roxanne se ruborizó de inmediato.
—Mi corazón no…
—Imagínelo. —No le permitió la mojigatería —. Y maquine de qué forma puede
seducirme sin ni siquiera mirarme.
No entendía muy bien qué le estaba diciendo. En su vida, aquello era tan nuevo
que ni siquiera había imaginado que existiera esa posibilidad. En Saint Mary, le
habían enseñado a ser obediente y a plegarse a los deseos de su marido, nunca a
tomar ningún tipo de iniciativa.
—No se me ocurre nada.
Camille se lo formuló de otra manera.
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—Piense en una situación de vida o muerte. Si no logra conquistarlo, habrá una
desgracia. Está en su mano. Usted es la única que puede salvarlo. Y sin mirarlo.
Pensó en su padre. Hubiera hecho cualquier cosa porque el desenlace hubiera sido
otro. Cerró los ojos e imaginó aquellos días oscuros, cuando era solo una muchacha
asustada ante un abismo y un dolor infinitos.
Irguió el cuello, adelantó el busto y alzó la barbilla. Hacer que alguien se fijara en
ella era difícil, pero que la deseara le resultaba imposible. Aun así, se esforzó.
Levantó una mano y pasó, como por casualidad, sus dedos por el borde de su escote,
acariciando tenuemente la franja de piel. Después se humedeció los labios, muy
despacio, para terminar mordiéndoselos. Solo entonces abrió los ojos y miró a
madame Camille con tanta intensidad que una sonrisa triunfal apareció en la boca de
la anfitriona, a la vez que iba a su encuentro.
La tomó de las manos.
—Creo que tiene usted un don natural. Trabajaremos los detalles, y cuando se
encuentre con su marido, lo pondrá en práctica.
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Capítulo 15
Adam paseó otra vez la mirada por los palcos, que cada vez estaban más llenos. Los
mismos rostros de siempre, la misma apática desgana de aquellas damas y caballeros
que se creían el centro del universo sin darse cuenta de que no eran menos miserables
que él mismo.
Ni siquiera sabía cuál era el nombre de la obra teatral a la que estaban asistiendo.
Había sido cosa de Robert, que insistía en que lady Diana acudiría aquella noche al
teatro, y deseaba escandalizar a la sobria sociedad inglesa seduciéndola a la vista de
todos.
Por ese motivo había invitado a Adam. Su nuevo estatus de hombre casado lo
convertía en alguien respetable, a pesar de que todo Londres sabía que aquel
matrimonio no era más que una farsa.
—Si alguna vez sonrieras, todo sería más fácil — le apuntilló a su amigo, que
mostraba la más absoluta indiferencia cómodamente sentado en el palco que los
Carlisle tenían en el Teatro Real.
—Nunca antes te había preocupado algo así — contestó con desgana mientras sus
ojos recorrían otra fila de asientos, en busca de algo interesante.
—Pero ahora eres un hombre de bien — dijo con sarcasmo —, y debes cumplir
con las expectativas, querido.
La sonrisa cínica en el rostro de Adam no se hizo esperar.
Se conocían desde siempre, aunque solo en los últimos años habían estrechado su
amistad.
Como miembros destacados de destacadas familias tenían sus obligaciones, y
quizá lo que los unía era el empeño de ambos en esquivarlas.
Adam detectó un movimiento en uno de los palcos de enfrente, y su boca se
torció con una mueca.
—Acaba de llegar.
Robert siguió su mirada para descubrir a lady Diana, exquisita como siempre,
ocupando su asiento junto a una mujer de su casa que parecía un perro lobero,
pendiente de quién se le acercaba.
—¿No te parece una belleza?
Adam la estudió sin demasiado interés.
—No más que otras de tus amigas.
—Pero esta tiene el atractivo de la pureza.
—Y tú el aliciente de la corrupción.
Ninguno de los dos se sintió ofendido por el contenido de la conversación. En el
Club de los Caballeros Piadosos, solían echarse en cara sus conquistas o la falta de
ellas de manera aún más descarnada.
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Robert suspiró. Cuando se creía enamorado, a Adam le resultaba insoportable.
—Insisto, desde que te has casado, te has vuelto aburrido, a pesar de que la nueva
lady Dunwich es mucho más hermosa de lo que nos habías contado.
Las cejas de su amigo se fruncieron aún más.
Desde la cena en casa de lady Albyn, había pensado de vez en cuando en ella.
Debía reconocer que también lo había sorprendido, y no solo porque su aspecto se
había vuelto misteriosamente delicioso, sino por algo más que no terminaba de
comprender. Quizá fuera la manera de conducirse, o el tono que adquiría su voz
cuando le era requerida una opinión, o la manera en que lo había ignorado, porque no
recordaba una sola vez en que hubiera podido cruzar la mirada con ella.
—¿No contestas? —Sonó otra vez la martilleante voz de su amigo.
Gruñó, pero sabía que era imposible conseguir que le dejara unos minutos de
tranquilidad.
—Prefiero que hablemos de otra cosa.
—Camille.
La forma en que lo dijo le indicó que sabía algo que él ignoraba.
Se giró en la silla para encarársele. La expresión de Robert era de lo más
angelical. Señal inequívoca de que tramaba algo.
—¿Qué sucede con ella?
Su amigo miró a ambos lados, como si en la intimidad del palco privado pudieran
ser escuchados. Y cuando habló, lo hizo en voz baja.
—Dicen que ve a alguien.
Las cejas de Adam se alzaron de sorpresa.
—¿Qué sabes de eso?
—Algo portentoso.
Pero no dio muestras de querer contárselo.
Adam se acercó más a él, hasta hablarle al oído.
—¿Tendré que sacártelo a golpes?
Alguna vez se habían batido a puñetazos, y Robert había sido el peor parado. Se
relajó en el asiento y se sirvió una copa de vino.
—Dicen que Camille se ve con una mujer.
Adam parpadeó. A pesar de que últimamente solo hablaban cuando estaban
juntos, seguía siendo la única persona con la que se sentía realmente bien, lo que no
dejaba de ser extraordinario.
—Eso es absurdo —exclamó.
Robert soltó un suspiro teatral, como si le cansara tener que dar tantas
explicaciones.
—Dicen que es una dama de calidad. Al parecer, ha requerido sus servicios y
debe pagarle bien porque la recibe casi a diario.
Sin duda, hablaba del cliente especial, porque las dos últimas veces que él había
necesitado charlar…
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—¿Quieres decir que Camille…?
—Así es —sonrió su amigo, satisfecho —. Lo que la vuelve aún más deliciosa.
Aquello no tenía sentido. Camille sería su esposa en aquel momento si su padre
no se hubiera empeñado en cubrir las apariencias. Lo amaba como al más tierno de
sus amigos, estaba seguro. ¿Cómo había podido olvidarlo tan pronto? Y menos por
otra mujer.
Volvió la vista hacia los palcos. Ya estaban casi todos ocupados, y lady Diana
parecía ser el centro de atención de aquella noche. Sonrió. Al menos, podría vengarse
de Robert.
—Me temo que el conde de Aston te está sacando delantera.
Su amigo miró en la misma dirección y su rostro se encendió. La deliciosa
damisela estaba coqueteando descaradamente con aquel merluzo, y delante de todo el
mundo. Aquello era de lo más escandaloso, lo que lo volvía perversamente delicioso.
—¡Maldito! —Rugió—. ¿Quién lo habrá invitado a su palco?
—Es posible que ella misma porque se haya cansado de ti. Lleváis demasiado
tiempo viéndoos, y es conocida tu afición por otras mujeres.
La dignidad iluminó el rostro de Robert.
—¿Insinúas que yo soy reprobable?
—Absolutamente reprobable.
Un mohín de disgusto en el semblante de su amigo casi estuvo a punto de sacarle
una sonrisa a Adam, lo que hubiera sido algo extraordinario. Robert se ajustó el
chaleco y volvió la vista hacia la concurrencia.
—¿Crees que tu esposa me ayudará a entretener a ese rufián? Puedo decir que
quiere presentar sus respetos, ya que pocos la conocen aún.
¡Otra vez con la misma cantinela! A veces se ponía insoportable.
—Déjate de bromas —dijo de malhumor.
Robert parpadeó varias veces, y señaló discretamente.
—Está allí. ¿No la ves? Con lady Albyn.
Molesto por la burla, Adam siguió su mirada, y cuando la vio, su mandíbula se
abrió sin pretenderlo.
Roxanne estaba justo al otro lado, en uno de los palcos más cercanos al escenario,
uno que él conocía bien. Llevaba un vestido de un color amarillo muy pálido que
resaltaba el tono de su piel y muy pocas joyas, como había portado en la cena de su
actual anfitriona. En aquel momento, hablaban ambas con una camaradería que era
identificable incluso en la distancia.
Le arrancó el binocular a Robert de las manos y la enfocó. Debía reconocer que
parecía muy hermosa, y o aún no lo había visto, o había decidido ignorarlo también
aquella noche.
Roxanne se llevó una mano al cuello y se acarició ligeramente el trozo de piel
bajo el lóbulo de la oreja, en delicados círculos, muy despacio. Era un gesto muy
simple, casi imperceptible, pero a él le provocó que la sangre corriera más deprisa por
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sus venas. Tragó saliva y enfocó su boca. Sus labios jugosos estaban húmedos, y se
quedó fascinado por la forma en que ella los tenía ligeramente abiertos,
provocadores, como si estuvieran emitiendo el gemido final de un encuentro
amoroso.
—Parece que no nos ha visto — murmuró Robert, ajeno a la incomodidad que se
estaba desatando en el corazón de su amigo —. ¿Por qué no me has dicho que
vendría?
Adam arrojó el binocular sobre el asiento vacío y se puso de pie.
—No te muevas de aquí.
Se dirigió a la puerta del palco, lo que hizo que su compañero de cuitas levantara
una mano, confundido.
—He de visitar a lady Diana para decirle…
Pero Adam, tan serio que parecía salido de una estancia de duelo, no le permitió
terminar.
—Cuando yo regrese. Tengo que hablar con mi mujer.
Atravesó los pasillos del teatro con un ánimo tan levantisco que no lograba
entenderlo. Aquello le debía ser del todo indiferente. Incluso debía sentirse aliviado
porque la mujer con la que le habían ordenado casarse hubiera encontrado un
entretenimiento que le dejara a él el terreno libre. Pero no era así.
Localizó enseguida el palco de milady. Lo habían invitado muchas veces, incluso
en una de ellas disfrutó de los ocultos placeres de una de las acompañantes mientras
una soprano se desgañitaba en el escenario. Entró sin llamar, pero cerró más fuerte de
lo que esperaba, lo que provocó que la anfitriona se fijara en él.
—Querido, qué sorpresa tan agradable.
Roxanne ni se molestó en mirarlo. Aquello lo alteró aún más, pero tuvo el aplomo
de esbozar una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—¿Me disculpa, milady? He de comentar algo con lady Dunwich.
Entonces ella sí giró la cabeza, pero en sus ojos había la más absoluta
indiferencia. Él le tendía una mano, tan expectante como lleno de apremio. Pensó en
ignorarlo, pero recusar a un esposo con lo mejor de Londres fijándose en ellos sería la
comidilla de aquella noche, por lo que sonrió fríamente, se puso de pie y lo acompañó
al otro lado de la cortina que separaba los asientos de la sala interior del palco.
La dura voz de Adam no se hizo esperar.
—¿Qué haces aquí?
Ella no se inmutó. O, al menos, dio la apariencia de que no lo hacía, porque en el
interior de su pecho su corazón latía a una velocidad endiablada.
—Me diste permiso para ir… — Hizo como si intentara recordarlo —, creo que
dijiste incluso al infierno.
Así era. Lo que nunca había imaginado era que su apocada esposa hubiera
aceptado una invitación de milady. ¿O había sido ella misma quien le había escrito
para hacerse invitar?
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La miró, intentando intimidarla, pero en los ojos de la mujer no vio atisbo de
temor.
Tuvo que reconocer que era una belleza. ¿Cómo no se había fijado antes? Si de
algo sabía era de mujeres y de belleza. Pero Roxanne parecía haber florecido en los
últimos días, y cuando ella se pasó, tenuemente, la lengua por los labios, él sintió una
punzada en la entrepierna.
Carraspeó, para sacudirse aquellos pensamientos.
—No conocía ese vestido.
Ella soltó un bufido de impaciencia, como si aquella conversación le hastiara, lo
que lo provocó aún más. Roxanne estaba de cara a la galería, y lanzó una mirada
ansiosa en aquella dirección.
—Creo que tu amigo te reclama.
Adam miró hacia donde se fijaban sus ojos y vio a Robert, que agitaba un pañuelo
para hacerse ver desde el otro lado del proscenio.
¡Inoportuno!
Volvió a mirarla. De repente, tenía ganas de besarla. ¿Cómo era eso posible?
Sacudió la cabeza.
—Esta noche volveremos juntos a casa — le ordenó.
Ella no pareció alterarse lo más mínimo, aunque se estaba apretando las manos
para que él no se diera cuenta de que temblaba.
—Lady Albyn se ha empeñado en llevarme en su carruaje, así que no tienes por
qué molestarte.
Él apretó más las cejas.
—Volverás conmigo, no se hable más.
Y se dirigió hacia la puerta del palco, sin cumplir el formalismo de despedirse de
la anfitriona. Cuando iba a salir, la voz de su esposa lo detuvo.
—Adam.
Se volvió, dispuesto a cualquier cosa, pero cuando la miró, cuando vio sus bellos
ojos verdosos y la forma rotunda de su boca, algo en su interior se rompió, como una
cara porcelana china.
—¿Sí? —pudo articular.
Roxanne le mantuvo la mirada y él estuvo seguro de que el tiempo se había
detenido, porque cuando ella habló de nuevo, parecía que habían pasado siglos.
—Me desagradas tanto como yo a ti — dijo la voz calmada de su mujer —, así
que no es necesario que quieras parecer cortés.
Y dándose la vuelta, volvió a su asiento, dejándolo con tres palmos de narices.
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Capítulo 16
Durante toda la representación, los ojos de Adam Baxley volaban sin descanso hacia
el palco de lady Albyn.
Su habitual indolencia se había tornado en una especie de desazón que lo tenía
con brazos y piernas cruzados, más atento a lo que sucedía al otro lado de la platea
que de lo que acontecía en el escenario.
Robert, de nuevo a su lado, estaba encantado, pues lady Diana lo había atendido
de manera muy amable y habían jugado a algo delicioso, ocultos por la pared del
palco. A Adam aquello le era indiferente porque lo que ocupaba toda su atención era
su esposa.
«¿Cómo es posible?», se reprendía mientras perjuraba que no volvería a mirarla
para, a continuación, buscarla con los ojos para enfadarse aún más consigo mismo.
Roxanne parecía otra persona completamente distinta, y, por supuesto, mucho
más excitante. La timidez había desaparecido y se conducía con quienes acudían al
palco a presentar sus respetos con absoluta naturalidad, tanto que, cuando un
caballero se sentó en la butaca de al lado y mantuvieron una conversación repleta de
sonrisas lánguidas, estuvo a punto de ir en su búsqueda para pedirle una satisfacción.
Él mismo se dio cuenta de cuán absurdo era todo aquello, ya que solo unas
semanas antes la despreciaba de tal forma que cualquier cosa relacionada con ella le
producía rechazo.
A Robert no le pasó desapercibida la nueva actitud de su amigo, y una sonrisa
pícara apareció en sus labios antes de hablar.
—¿Crees que Arnaldo logrará su meta?
Adam lo miró como si le acabara de preguntar cuál era el nombre del pico más
elevado de Inglaterra.
—¿Quién?
Una de las cejas de Robert se alzó, con evidente cinismo.
—Arnaldo —contestó, como si fuera algo evidente —, el protagonista de la obra
que se está representando y ante la que pareces entregado.
Un rictus de desazón se formó en la boca de Adam. Lo cierto era que cuando
miraba al escenario, no era para ver qué sucedía sobre él, sino para enfadarse consigo
mismo por querer mirar de nuevo a su esposa, lo que acontecía a continuación. Gruñó
y descruzó brazos y piernas para volver a cruzarlos de inmediato.
—Sí, supongo.
La sonrisa floreció una vez más en el rostro de su amigo, que parecía encantado
ante la transformación que se estaba produciendo en este. Decidió ir un paso más allá.
—Lady Dunwich está especialmente hermosa esta noche.
Adam volvió a gruñir, pero no le miró.
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—No me he fijado.
—Pues no dejas de admirarla.
Alguien en el palco de al lado los mandó callar, a lo que ambos hicieron caso
omiso. Adam volvió a removerse, inquieto, y cuando se dirigió a su acompañante, lo
hizo en voz baja, no exenta de enfado.
—Solo defiendo mi honor. —Se salvaguardó —. Este teatro está repleto de
sanguijuelas que tienen como único objetivo comprometer a una mujer casada.
—Como tú y como yo.
Adam no contestó. En el pasado le habría dado la razón, pues entre sus
entretenimientos más habituales estaba disputarse quién destruiría la reputación de tal
o cual dama. Pero desde hacía unos días, no estaba ni para juegos ni para bromas,
cosa a la que no encontraba explicación.
Ante el mutismo de su amigo, Robert volvió a la carga.
—De repente, pareces muy interesado en tu esposa.
Un bufido parecido a una carcajada sarcástica brotó de los labios de Adam, lo que
provocó más siseos de los palcos vecinos.
—Eso es absurdo y de mal gusto — contestó —. Sabes que lo nuestro solo ha
sido una transacción comercial.
—Pues no dejas de mirarla.
Los aplausos del público lo libraron de contestar. La obra había terminado y por
el estruendo debía de haber sido una buena representación.
Adam lo agradeció. Necesitaba salir de allí cuanto antes, aunque primero se
llevaría a su mujer.
Se puso de pie y se estiró la levita.
—Te dejo. Lady Dunwich me ha pedido que la lleve a casa.
De nuevo, una ceja alzada en el rostro de Robert.
—¿Y tú has accedido sin más?
—Soy un hombre honorable. — Buscó su chistera, pero no se la puso —.
Cumplo con mis obligaciones.
Sin esperar a despedirse, salió del palco y atravesó los pasillos que empezaban a
llenarse camino del reservado de lady Albyn. Tenía que llegar antes de que se
marcharan, por lo que aceleró el paso y esquivó los saludos de cortesía.
Cuando abrió la puerta que comunicaba con este, se encontró con una
muchedumbre que había ido a presentar sus respetos y posiblemente a interesarse por
quién era la dama que compartía asiento con una de las mujeres más influyentes de la
buena sociedad londinense.
Adam la vio nada más entrar.
Roxanne estaba de perfil, con un brazo caído a todo lo largo y una mano apoyada
sobre su busto, donde el dedo pulgar acariciaba suavemente la nítida línea que
separaba sus senos. Tuvo que tragar saliva y esbozar algo parecido a una sonrisa para
tener fuerzas para dejar de observarla.
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La anfitriona lo descubrió de inmediato.
—¡Adam! —lo invitó—. Un grupo de amigos vamos a reunirnos en mi casa.
Habrá música.
Cuando escuchó su nombre, Roxanne lo miró y, por un segundo, sus ojos se
cruzaron. Lo que él sintió era difícil de explicar, como si algo etéreo hubiera estallado
allí dentro, en el pecho, para diseminar su germen por cada ángulo de su cuerpo. Fue
tan intenso que casi creyó trastabillar, pero tuvo la fuerza suficiente para apartar la
mirada.
Tragó saliva y se recompuso para contestar a la anfitriona.
—Lady Dunwich está cansada. Es mi obligación acompañarla a casa.
Milady boqueó.
—Pero si hace un momento me ha dicho…
Fue Roxanne quien intervino, pues no iba a permitir que se formara una escena.
—De repente estoy agotada — suspiró —. Nos veremos mañana.
La anfitriona mostró su pesar, así como algunos de los presentes, que querían
conocer a la futura condesa. Adam fue todo lo amable que era capaz, aunque su rictus
no dejó de ser ceñudo en ningún momento, y Roxanne se mostró con tal cortesía que
todos tuvieron que halagarla.
Él le tendió el brazo y juntos recorrieron los pasillos del teatro sin cruzar una
palabra.
A Roxanne no le fueron ajenas las miradas de admiración que recibían a su paso.
Adam era un hombre muy atractivo, y, al parecer, las enseñanzas de madame habían
conseguido que ella dejara de ser invisible.
Cuando llegaron al carruaje, el lacayo desplegó la escalerilla y su esposo no la
soltó hasta que ella estuvo dentro.
Una vez acomodados, el cochero arreó a los caballos y la carroza empezó a
avanzar.
Ninguno de los dos hizo por mirarse, como si al otro lado de la ventanilla se
estuviera desarrollando el espectáculo más maravilloso del mundo. Pasaron los
segundos y los minutos, y solo el carraspeo de Adam hizo ver que tenía algo que
decir.
—Mis padres vendrán mañana a comer con nosotros.
Ella lo miró, incómoda, aunque tuvo que reconocer que su perfil le produjo un
extraño cosquilleo en el estómago.
—¿Mañana? He quedado con lady Albyn.
Él no la miró.
—Sabrá disculparte.
Su respuesta la enfureció. Le había dejado claro que no quería saber nada de ella.
¿Por qué ahora aquel interés en que comieran juntos? Además, al día siguiente tenía
otros planes que la ayudarían a desenmascarar a aquel canalla que se sentaba a su
lado.
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No pudo reprimir una respuesta afilada.
—¿Me interrogarán como la última vez que vi a mi querida suegra?
Entonces, él volvió la cabeza para clavar sus ojos en los de ella. Más bien en su
boca, que de repente le parecía la cosa más deliciosa del mundo, y tuvo que centrarse
en su mirada para no cometer una locura.
—Sí, es posible que te hagan preguntas incómodas — contestó.
—No estoy acostumbrada a mentir y es algo que no me gusta.
—No tienes que mentir.
—Pero si me interrogan sobre nuestra noche de bodas o sobre la consumación de
nuestro matrimonio…
La sonrisa que se formó en los labios de Adam le provocó un escalofrío que le
recorrió la espalda.
—Eso lo vamos a solucionar en cuanto lleguemos a casa.
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Capítulo 17
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Roxanne no logró entender aquella negativa.
—¿Entonces?
Por toda respuesta, Adam fue hacia ella, muy despacio, sin apartar la mirada del
triángulo que formaban sus pupilas con su boca. El estremecimiento se acentuó, sobre
todo, cuando él se detuvo tan cerca que sus faldas rozaron sus rodillas y su cuello
acogió su aliento como una flama abrasadora.
No se movió. Tampoco apartó la mirada. Si aquella iba a ser la noche de los
estragos, quería comportarse con dignidad, que su padre, allá donde estuviera, se
sintiera orgulloso de la forma en que se había conducido en el martirio.
Adam se acercó muy despacio, muy lentamente, y los labios de ambos
impactaron de una forma tan delicada que Roxanne pensó que no era posible, que
aquella forma de comportarse no formaba parte del carácter levantisco de aquel
canalla.
El ligero contacto se acentuó poco a poco. Los labios de Adam recorrieron
minuciosamente los suyos mientras su pecho se agitaba de tal forma que no estuvo
segura de si sería capaz de soportar aquella humillación.
Cuando la lengua del hombre los humedeció lentamente, Roxanne cerró los ojos
porque acababa de experimentar un estremecimiento en un lugar por debajo del
vientre que le desató un gemido involuntario.
Una mano de Adam se posó sobre su cadera y la otra recorrió su espalda con la
misma parsimonia con que se estaba desarrollando todo, hasta detenerse muy cerca
de su cuello, tanto que un nuevo escalofrío la atravesó.
Se preguntó entonces si aquella era la obligación terrible de la que le habían
hablado en Saint Mary, aquella a la que toda esposa estaba obligada a someterse, y se
sorprendió al darse cuenta de que en su caso le provocaba sensaciones que no eran
del todo desagradables.
Cuando él la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos, ajustando su boca aún
más y paladeando la delicia de sus labios, Roxanne se dio cuenta de que no podía
detenerlo. De que no quería hacerlo.
Se entregó sin reservas, mientras comprobaba que aquel abandono volvía más
apasionado a su marido, que parecía querer abarcar cada retazo de su cuerpo entre sus
manos, mientras su boca no dejaba de besarla.
Las sensaciones de Roxanne no dejaban de aturdirla. Había esperado algo
repulsivo, humillante, aterrador. Pero lo que sentía distaba mucho de poder llamarse
así. Con aquel beso, sus labios palpitaban hasta tal punto que necesitaba rogarle que
prosiguiera. Bajo la caricia de sus manos, su cuerpo vibraba, haciendo que mil
partículas de placer le recorrieran la piel como luciérnagas en una noche oscura, el
contacto del cuerpo masculino contra el suyo, las formas duras y procaces contra sus
huesos y sus músculos se habían convertido en una barrera deliciosa que estaba presta
a derribar si aquellas emociones tan gratas se acrecentaban.
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Cuando la mano de Adam tiró hacia arriba de su falda para colarse dentro, llegó a
la conclusión de que no estaba preparada para soportar aquel placer. Y cuando los
dedos masculinos, sabios y entrenados, acariciaron muy suavemente la piel interior
de sus muslos, una consecución de gemidos escapó de su boca, chocando de lleno
contra la de él, lo que provocó que este se encendiera aún más.
Los dedos expertos del caballero ascendieron, con una decisión tan firme que era
irrenunciable, y cuando rozaron ligeramente su intimidad, cuando uno de ellos
acarició la inflamada abertura, intentando comprobar si estaba dispuesta, Roxanne
abrió los ojos, incapaz de comprender qué era aquello que sentía. ¿Cómo era posible
que existiera una sensación tan deliciosa? Porque una manada de hormigas estaba
recorriendo su piel y un fuego desconocido la abrasaba por dentro.
Las reacciones de Roxanne no dejaban a Adam indiferente.
Había estado con muchas mujeres, pero aquella manera de entregarse, la forma en
que se sorprendía, y la expresión deliciosa de su rostro, hacían que un ardor
desconocido le encendiera, hasta tal punto que se sentía incapaz de parar.
¿Cómo era aquello posible? Debía detestar a esa mujer, y la noche de bodas se
sintió incapaz de cumplir con su deber. ¿Por qué se sentía así pues? Inflamado,
ansioso de su cuerpo y esclavo de las sensaciones que aquella hembra estaba
provocándole.
Tuvo que apartar la mirada porque temió que su boca pronunciara palabras de las
que se arrepentiría y, mientras le subía la falda con una mano, con la otra se desajustó
el botón del pantalón y lo dejó caer, a pesar de que su erección dificultó tamaña
empresa.
Era su derecho, poseerla sin darle explicaciones, pero una mirada de súplica
afloró en sus ojos, que Roxanne entendió como una petición de permiso para
continuar.
Ella asintió, no porque supiera qué iba a suceder, sino porque se sentía incapaz de
apartar de su cuerpo aquel placer y de sus labios el sabor de la boca masculina.
Con un cuidado difícil de controlar por la pasión que lo arrasaba, Adam llevó su
miembro completamente expandido hasta la húmeda apertura de Roxanne, y acentuó
la pasión del beso mientras insistía, apretaba las caderas y buscaba la manera de
entrar en ella sin provocarle dolor.
Ella notó la presión en sus entrañas, lo que por un momento la desorientó y
decidió centrarse en aquel beso delicioso que la tenía atrapada. Aquella insistencia se
transformó en un ligero malestar, para después volverse doloroso y terminar sintiendo
como si la estuvieran acuchillando.
Abrió los ojos, asustada, pero se encontró con la mirada atenta de Adam, y
cuando una sonrisa dulce floreció en los labios del hombre, ella se quedó tan
sorprendida que aquel dolor lacerante se fue difuminando, licuando como la nieve en
primavera, hasta que la sensación comenzó a ser deliciosa.
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Una sonrisa. Era la primera vez que veía tal prodigio desde que eran niños. El
rostro de Adam se había transformado en algo hermoso, digno, y lleno de compasión.
Sintió que le brillaban los ojos, que una emoción desconocida la embargaba, pero el
continuo movimiento dentro de ella, la insistencia, diluyeron cualquier otro
sentimiento que no fuera un desbocado placer. Tanto que perdió la conciencia de
dónde estaba y tuvo que cerrar los ojos para concentrarse solo en disfrutarlo.
Mientras la hacía suya, Adam no podía dejar de mirarla. La muchacha tímida y
asustadiza estaba absolutamente entregada a él con una naturalidad y confianza que
no podían dejarlo indiferente.
Disfrutaba de aquel rostro de goce que expresaban sus facciones y se sentía tan
abocado a satisfacerla que por un momento dejó de pensar en él y se marcó como
objetivo buscar la manera de que el placer que a ella la insuflaba fuera más intenso,
más arrollador.
Supo que estaba satisfecha cuando un gemido sordo y delicioso escapó de su boca
mientras aquel cuerpo divino se estremecía entre sus labios.
Aquella constatación fue tan reveladora que no pudo soportar un instante más, y
se derramó en ella, como una presa que no aguanta el envite de las aguas.
El placer fue portentoso. No recordaba haber sentido algo parecido, ni siquiera
cuando estaba entre los muslos de Camille.
Abrazado a ella, dejó que todo fluyera y que la sensación que quemaba su piel y
sus entrañas fuera desapareciendo.
Cuando al fin pudo abrir los ojos, se encontró con los de Roxanne, que lo
observaba tan sorprendida como si él acabara de regresar de la muerte.
Pero una idea cierta anidó en la mente de Adam en ese preciso instante: era la hija
de lord Blyton, y aquella intimidad no debía volver a repetirse.
Se apartó, intentando recuperar su indiferencia.
En adelante, cumpliría con su deber evitando la pasión. Sí. Así debía de ser.
Se recompuso la ropa mientras ella dejaba caer la falda, y, sin mirarla, abandonó
la habitación de su esposa, recriminándose por no haberse sabido contener.
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Capítulo 18
Adam miró otra vez hacia la puerta mientras un lacayo servía vino en su copa.
—Parece ser que tampoco la puntualidad es una de las cualidades de tu esposa
— espetó su madre con su acidez habitual.
El comentario le molestó, pero no supo por qué. Dio un largo trago antes de
responderle.
—Algo debe de haberla retenido.
—¿La defiendes? —se extrañó su padre, el conde.
—En absoluto. —Tuvo que apresurarse a contestar —. Solo constato un hecho.
Lo cierto era que no se sentía cómodo con las constantes acusaciones de sus
progenitores sobre el comportamiento de Roxanne. Los mismos que le habían
obligado a desposarla.
Como siempre, habían llegado puntuales, y aunque Adam insistió en que
permanecieran en el salón hasta que su esposa se reuniera con ellos, lord Dunwich
había sido tajante: jamás había almorzado más tarde de las doce y no lo haría por una
jovenzuela que no conocía las mínimas normas de la cortesía. De esa manera, habían
accedido al comedor y solo esperaban a que los platos empezaran a marchar.
Lo sucedido la noche anterior no salía de su cabeza. Podría haberlo achacado al
vino, pero apenas había tomado un par de copas. ¿Qué había sido entonces? ¿Por qué
había deseado de una manera tan brutal a una mujer que detestaba? Y, sobre todo…,
¿por qué había sentido aquella ternura por alguien que solo le producía rechazo?
La puerta se abrió, y Roxanne apareció en el comedor con las mejillas encendidas
por la prisa.
—Lamento el retraso.
El conde usó su monóculo para mirarla de arriba abajo.
—¿En Saint Mary no te han enseñado modales?
Roxanne se apresuró a sentarse en la silla que ya le había retirado otro de los
lacayos y desdobló la servilleta para colocarla sobre sus rodillas.
—Lady Albyn vino esta mañana a visitarme y ha insistido en que la acompañe a
su modista — explicó, buscando con la mirada la indulgencia de sus suegros, cosa
que no iba a suceder —. Me ha parecido descortés abandonarla sin más, y he
supuesto que mi familia sabría disculparme.
La pulla no pasó desapercibida, pero ni el conde ni la condesa replicaron, pues no
habían dejado de sorprenderse de que una de las más influyentes damas de la Corte
hubiera acudido a cumplimentar a aquella mocosa sin modales, a la que habían
salvado de una vida miserable.
Como parecía haberse vuelto habitual, en ningún momento había cruzado una
mirada con Adam, como si no estuviera allí, frente a ella, como si no existiera.
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Este, por su parte, había sentido de nuevo aquella sensación extraña cuando la vio
aparecer apresurada.
Llevaba un vestido blanco de muselina, muy sencillo, que le sentaba muy bien. El
cabello recogido se lo había adornado con minúsculas flores blancas, y solo se había
puesto unos discretos pendientes con perlas. El corte del vestido era exquisito y el
tamaño del escote el adecuado para hacer volar la imaginación sin ser indecente.
Adam tuvo que apartar la mirada de allí y volverla a su plato, donde el servicio
acababa de servirle unas codornices.
La condesa, afilada como siempre, había entornado los ojos para analizar a su
nuera, y un rictus de desagrado se había ido conformando en sus labios.
—Estás distinta.
Roxanne le quitó importancia porque no podría dar explicaciones sobre aquello.
—No lo creo.
Su suegra iba a proseguir cuando el conde intervino.
—¿Cómo va tu vida de casada?
Solo entonces miró a Adam, y encontró que sus ojos estaban clavados en ella.
Sintió otra vez aquella sensación sofocante que hasta la noche anterior había
identificado con el terror, pero sobre la que empezaba a tener serias dudas.
Apartó la vista de inmediato para mirar a su suegro con una sonrisa fingida en los
labios.
—No podría ser más feliz.
La respuesta pareció complacerle.
—No te acostumbres a esto — añadió —. Lo echarías de menos.
Aquello le extrañó. Volvió a mirar a su marido, pero este la esquivó, centrándose
en su plato.
—¿Qué quiere decir?
El conde y la condesa intercambiaron una mirada antes de que este contestara.
—Solo que Londres es agotador — le quitó importancia —, y una mujer en
estado de buena esperanza necesita calma.
¿En estado? Adam y ella solo habían estado juntos la noche anterior. ¿Tan rápido
era aquello?
—Sigo sin entenderle.
Lord Dunwich intentó no exasperarse. No estaba acostumbrado a que sus
opiniones fueran cuestionadas, y menos por una mujer.
—Mi esposa me ha dicho que el matrimonio ha sido felizmente consumado.
— Arremetió —. ¿Puedo vaticinar que de manera repetida?
Roxanne se sintió incómoda. No estaba acostumbrada a hablar de su vida íntima,
y menos de aquella manera y en torno a la mesa. Su padre decía que lo que sucedía en
una alcoba solo concernía a quienes estaban dentro. Nunca entendió a qué podría
referirse, pero la noche anterior, cuando Adam y ella habían hecho… aquello, tomó
de repente todo el significado.
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Adam pareció darse cuenta de su incomodidad y acudió a su auxilio.
—No debe preocuparse por eso, padre.
El conde alzó la mano para que le sirvieran más vino.
—Los Dunwich somos fértiles. Tu madre se quedó preñada la misma noche de
bodas y en cuatro años teníamos tres hijos en el mundo. — Se dirigió a su nuera —.
¿Estás haciendo todo el esfuerzo posible?
Adam arrojó la servilleta sobre la mesa.
—Dejemos de incomodar a mi esposa.
La condesa esbozó tal cara de sorpresa que no quedaban dudas de que era fingida.
—¡Qué extraordinario! Adam Baxley preocupado por alguien que no sea él
mismo.
Siempre había sido así. O uno u otro dudaban de él y su manera de
corresponderles era hacer lo posible para que tuvieran razón. Volvió a mirar a
Roxanne de soslayo, pero ella parecía ajena a la conversación y estaba centrada en el
contenido de su plato, que aún no había tocado.
Decidió cambiar el rumbo de la conversación. Hablar de algo que no fuera una
exigencia o una orden.
—¿Qué planes tiene para hoy, padre? Lord Atemborught vende una yegua que me
gustaría enseñarle.
El conde contestó sin mirarlo.
—Voy a una subasta. Claridon Cottage se venderá de saldo con todas sus
pertenencias.
Roxanne alzó la cabeza y miró a su suegro con los ojos muy abiertos.
—¿Claridon Cottage?
El conde le quitó importancia con un movimiento de su mano.
—Sí. Una de las fincas de tu padre. Una de las pocas que aún quedan por saldar.
Dicen que sale a un precio irrisorio. Si es así, apostaré por ella. La casa no vale nada,
pero las tierras son fértiles. Se puede demoler y dedicar cada hectárea al cultivo de
grano.
El rostro de Roxanne se puso lívido. Tuvo que dejar el tenedor sobre la mesa para
que el temblor que la recorría no fuera evidente.
—Allí pasé mi infancia —suplicó —. Está llena de recuerdos.
La condesa no tuvo un atisbo de piedad.
—Lo que hace más acuciante quemarla hasta los cimientos. Cualquier cosa que
evoque la memoria del rufián que fue tu padre debe ser destruido.
Aquella declaración la hirió como si la hubieran apuñalado.
Se puso de pie, con los ojos encendidos y el corazón acelerado. Ni siquiera sabía
que aquella propiedad, una pequeña casita en el campo rodeada por tierras y un
bosque, seguía existiendo. Había supuesto que, como todo lo demás, había sido
repartido entre los enemigos de su padre.
El conde la miró con altivez.
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—¿A dónde crees que vas?
Necesitaba irse. Salir de allí cuanto antes.
—El calor ha debido afectarme. — Hizo de tripas corazón —. ¿Puedo retirarme?
—No —contestó su suegro de inmediato.
—Sí. —La voz de Adam se impuso—. No debiste acompañar a lady Albyn. Por
eso te has mareado.
La mirada de agradecimiento que ella le dedicó fue tan breve como intenso el
impacto que tuvo en su corazón.
Roxanne hizo una reverencia y abandonó el comedor, seguida en todo momento
por los ojos de su esposo, que continuaba preguntándose qué era aquello que le
provocaba la mirada de su mujer.
Cuando se quedaron a solas, la condesa parecía animada por la temeridad de una
tormenta desatada.
—¿Qué pasa aquí?
Adam era muy consciente de a qué se refería. Algo tan sorprendente que él
mismo no lograba darle explicación. Pero no se lo iba a poner fácil.
—No creo que pase nada, madre — dijo con calma, volviendo a sus codornices.
El conde también se había dado cuenta. Había esperado cualquier cosa de su hijo
menos que fuera domesticado por aquella…
—Tu única obligación es preñarla — le ordenó —, y no olvidar dónde queda tu
fidelidad.
Adam no pudo evitar una mueca cínica.
—Juré ante un cura que esta estaría con mi esposa.
—Pues te equivocas. —Su padre parecía iracundo —. Eres un Dunwich y esa
mujer una Blyton. La hemos acogido en nuestra casa por caridad y solo necesitamos
un heredero. ¿Lo has entendido?
Apretó los puños sobre el mantel para no contestar lo que le hubiera gustado.
—Tan claramente como el agua.
Su madre aún tenía algo que añadir.
—Hijo, a una mujer como esa hay que marcarle los límites. Si no sabes hacerlo,
repúdiala y buscaremos a otra.
Él le dedicó una sonrisa tan vacía que daba escalofríos.
—Como siempre, veo que no me falta su apoyo, madre.
—No es de los nuestros. No lo olvides. — Le hizo ver el conde, para chasquear
los dedos en dirección al mayordomo —. Que sirvan el siguiente plato.
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Capítulo 19
En breve anochecería y debían darse prisa, pues las calles de Whitechapel, una vez se
escondía el sol, eran intransitables.
Doris se había atrevido a contarle a su señora su extraordinario descubrimiento
sobre la dirección por la que le había preguntado, pero al contrario de lo que había
esperado, ella simplemente asintió.
No habían vuelto a hablar de aquello hasta que milady había regresado a sus
aposentos a mitad del almuerzo con sus suegros, visiblemente alterada.
—¿Me prestarías algo de ropa? — le había preguntado.
Doris podría haber jurado que no la había entendido hasta que lady Roxanne le
confesó su intención de viajar hasta aquel barrio inhóspito con la pretensión de visitar
a su amiga, lugar al que no podía ir vestida como una dama.
Por más ruegos que imploró, su señora le quitó importancia, aunque aceptó que la
acompañara siempre y cuando se condujera con cuidado.
Dicho y hecho, y cuando milady salió por la puerta de atrás de la mansión vestida
de criada, como una fugitiva, no solo se encontró con Doris esperándola, sino con un
joven de rostro agradable que la miró de arriba abajo con las cejas fruncidas.
—¿Estás segura de que quieres ir allí? — le había preguntado.
Roxanne, extrañada, había mirado a su doncella, porque ni entendía quién era ni
qué hacía allí.
—Ya te he dicho, Henry —respondió Doris por ella, con la vista clavada en su
señora —, que es una nueva criada y una buena amiga, y que estaremos de vuelta
antes de que la noche se cierre.
Así había entendido que aquel era el joven portero de la casa vecina, el que bebía
los vientos por su buena doncella, y que creía que iba a acompañar y proteger a otra
muchacha del servicio y no a la dueña de la casa.
Tomaron un coche de alquiler que los dejó demasiado lejos, pues el cochero se
negó a entrar en un barrio como aquel, y recorrieron las calles con cautela,
encabezados por el fuerte Henry, que miraba a quienes se cruzaban con una mezcla
de precaución y amenaza.
Así llegaron a la dirección indicada y, como le había dicho Doris, se encontraron
ante las puertas de un burdel.
—Puedo entrar yo y preguntar por esa amiga tuya — se había ofrecido el
muchacho.
—Quiero hacerlo yo misma —le contestó Roxanne, agradecida —, ya os habéis
implicado bastante.
Doris la tomó del codo antes de que entrara.
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—Ándese con cuidado —le dijo en voz baja, para que su pretendiente no
escuchara el tono de respeto —. Ahí dentro nadie es de fiar. Y si no sale pronto,
Henry entrará a buscarla.
Ella la tranquilizó con una sonrisa, y franqueó la puerta tras detenerse un instante
en el umbral.
La oscura tenebrosidad del exterior se tornaba en una triste opulencia una vez
dentro. Aquello poco tenía que ver con la casa de madame Camille, donde daba la
impresión de estar en la cómoda residencia de un burgués. En aquella casucha, las
cortinas de terciopelo pretendían ser lujosas, pero solo estaban sucias y ajadas, y las
velas que alumbraban el ambiente eran de tan mala calidad que apestaban el aire con
un olor rancio y pesado, lo que se acentuaba con la mala ventilación y las escasas
ventanas, cerradas a cal y canto.
Había una mujer muy maquillada, con el vestido bajado hasta la cintura, sentada
sobre las rodillas de un hombre, que bebía y le susurraba al oído algo que ella
intentaba aparentar que complacía. En una esquina menos iluminada, otra de las
muchachas cabalgaba sobre el regazo de su cliente, allí, a la vista de todos y sin el
menor pudor, mientras este la asía por las caderas para marcarle el ritmo.
Apartó la mirada de inmediato para cruzarse con la de un tipo con rostro
tenebroso que se acercaba hacia ella.
—¿Qué quieres? —le espetó, tan cerca que el aroma podrido de su aliento hizo
que se le arrugara la nariz.
—Busco a una amiga —atinó a contestar.
El hombre la miró de arriba abajo, como si evaluara qué podía sacar de aquella
entrometida.
—Aquí no hay nadie que conozcas. — Y le señaló la salida —. Fuera.
No había llegado hasta allí para darse la vuelta, así que no se movió de donde
estaba y se armó de todo su valor para que aquel individuo no se diera cuenta de
cuánto le afectaba.
—Puedo pagar. —Intentó que su voz sonara dura, pero no lo logró.
El brillo de la avaricia lució en los ojos de aquel hombre por un instante.
—Enséñame el dinero.
Había tenido la precaución de traer una única moneda de plata. Más habría
levantado sus sospechas. La buscó en la faltriquera y la alzó delante de sus narices.
Este se la sustrajo de una manera tan veloz que apenas le dio tiempo a ver su mano.
—¿A quién quieres ver?
—Se llama Eleonor.
El hombre arrugó la nariz.
—Esto solo te da derecho a estar con ella unos minutos — señaló con la barbilla
la escalera del fondo —. Arriba. La tercera puerta. Si no bajas rápido, yo mismo iré a
por ti y te pondré en la calle estés como estés.
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Roxanne se apresuró en ir hacia allí. No estaba segura de qué sucedería a
continuación ni del tiempo que requeriría.
Subió deprisa, sujetándose las faldas. Había un tipo durmiendo en mitad de la
escalera y tuvo que saltar para sobrepasarlo. La primera puerta estaba abierta y dentro
vislumbró las formas de dos cuerpos desnudos sobre la cama, entrelazados como
serpientes en un nido. Apartó la vista y alcanzó la tercera. Estaba cerrada, pero llamó
con los nudillos, sin dejar de mirar a ambos lados, pues el pasillo era lúgubre y
oscuro.
Nadie contestó, e iba a llamar otra vez cuando la puerta se abrió y percibió en la
penumbra la espalda de una mujer que avanzaba hacia el sucio lecho mientras se
desataba las cintas de su vestido.
—Ponte cómodo, guapo.
Roxanne tardó en reaccionar. Tanto que la mujer se extrañó y se giró sobre sus
talones para encararla. La mirada de hastío se volvió curiosa por un instante, pero
solo fue eso, un momento, para volverse gris de nuevo.
—Ponte cómoda mientras me deshago de la ropa. Nos lo vamos a pasar bien.
Roxanne alzó una mano.
—No es necesario.
La mujer la miró de arriba abajo.
—Como quieras. Tú eres quien paga.
Entró en la habitación y cerró a su espalda. No quería que nadie metiera las
narices en aquello.
—¿Eres Eleonor?
La mirada de aquella mujer era tan opaca que parecía que no tenía alma. Evaluó a
la nueva clienta. No era habitual, pero sí sucedía de vez en cuando. Muchas mujeres
estaban tan insatisfechas con sus maridos que necesitaban probar cosas nuevas.
Intentó sonreír, mostrando una dentadura amarillenta y mellada.
—Mientras pagues, soy quien tú quieras que sea.
El tipo de abajo la había engañado, y no le quedaba tiempo.
—Busco a Eleonor.
La mujer se bajó el vestido y dejó un pecho al descubierto, intentando parecer
sensual.
—¿No te sirvo yo?
Sintió piedad por ella. ¿Qué experiencias terribles habría tenido que soportar para
llegar a aquel estado?
—Es importante —rogó—. Importante para ella.
De nuevo, floreció la curiosidad en sus ojos y, por un instante, Roxanne creyó ver
a la muchacha bonita que tuvo que ser alguna vez, quizá cuando acudió allí para
poder mantener a un hijo no deseado.
—¿Quién eres? —preguntó, entre la curiosidad y el miedo.
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Sabía que no podía exponerse, pero de un momento a otro, aquel bestia vendría a
echarla de allí, y no tendría otra oportunidad como aquella.
—Me llamo Roxanne —dijo, despacio —. Soy la hija de Andrew Blyton.
Y la muchacha se llevó las manos a la boca, porque aquello no era posible.
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Capítulo 20
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Sabía de sobra que Adam tenía amantes, y aunque verlo del brazo de otra mujer le
provocaba cierto escozor desconocido hasta entonces, no era esa la razón de su
malestar. Hasta ese momento, le había ocultado a Camille la identidad de su esposo,
así como la suya propia, cosa que quedaría desvelada enseguida.
Miró alrededor, buscando una salida. El palco de milady estaba abarrotado porque
se esperaba de un momento a otro la visita de una de las hijas del rey Jorge, que
amadrinaba aquella competición.
Si lograba escabullirse entre la muchedumbre, podría llegar hasta la salida, donde
encontraría un coche de alquiler. Aquello podría horrorizar a tantas damas como la
rodeaban, una mujer de calidad sola y acompañada de un extraño, aunque fuera un
cochero, pero ninguna de aquellas podría llegar a imaginar que unas horas antes había
estado en unos cuantos prostíbulos casi hasta el amanecer.
Además, todos entenderían que una esposa no quisiera soportar la humillación de
ver a su marido del brazo de otra mujer, aunque este fuera Adam Baxley, del que
podría esperarse cualquier cosa.
Iba a empezar su retirada cuando una mano la sujetó del antebrazo como si fuera
la garra de un águila.
—Nos enfrentaremos a ella para que entienda que una mujer que se ofrece por
unas monedas no puede estar entre nosotras.
Miró a su anfitriona, que la tenía bien sujeta, y llegó a la conclusión de que no
había escapatoria, por lo que todo lo que había maquinado desde el instante mismo en
que se enteró de su funesta boda podría venirse abajo.
Aguardó, con el corazón tan acelerado que se le saldría del pecho de un momento
a otro.
Adam parecía indiferente a las miradas escandalizadas de cuantos se cruzaba, y
avanzaba sin descanso, saludando a unos y a otros, a pesar de no recibir respuesta a
cambio.
Se centró en Camille. Indudablemente, era de una belleza turbadora. Llevaba
puesto un vestido blanco, virginal, que le daba el aspecto de una sacerdotisa de la
diosa Vesta.
Caminaba a su lado, con una mano ligeramente apoyada en el antebrazo de
Adam, un poco retrasada, alzando y bajando la mirada como si todo aquello no le
importara demasiado.
¿Qué le diría cuando fueran presentadas? Es más, ¿qué diría Camille al
descubrirla? ¿Tendría la insensatez de comentar algo inapropiado, o la trataría con la
frialdad que se merecía? En uno u otro caso, todos sus planes acababan de venirse
abajo, pues aquella mujer imprescindible para su cometido no le permitiría acercarse
en adelante.
Pensó en fingir un desmayo. Quizá, con eso, milady la librara de su cruzada
heroica, pero estaban tan cerca y se formaría tal revuelo que madame repararía en su
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presencia, y era posible que hiciera preguntas que le inquietaban aún más si ella no
estaba presente.
Al fin, la escandalosa pareja hizo acto de presencia en la grada, y a su paso se fue
formando un pasillo ancho, pese al tumulto, como si todos aquellos petimetres
tuvieran miedo de rozar a alguno de los dos y contagiarse por el escándalo.
Adam la miró cuando estaba a un par de metros de distancia, y el hormigueo que
recorrió la piel de Roxanne dejó de tener explicación para ella. Aquellos ojos
increíblemente azules parecieron descubrirla por primera vez, dieron la impresión de
sorprenderse, y creyó ver el brillo de la admiración en ellos.
Roxanne se había puesto uno de los vestidos más llamativos que le había
mandado la modista; uno rojo, tan intenso como una herida abierta, que adornó con
pendientes de oro y un brazalete en forma de serpiente. Si Camille parecía una vestal,
ella tenía el aspecto de una terrible deidad pagana encargada de la venganza.
Aquella admiración en los ojos de su marido duró poco y fue reemplazada por su
habitual dureza.
Solo entonces tuvo fuerzas para mirar a su acompañante, a Camille, la mujer que
en ese mismo instante descubriría quién era y se echaría todo a perder.
Como si sus ojos la hubieran alertado, madame alzó en ese momento la mirada y
se cruzó con la de Roxanne. La sorpresa que reflejó fue instantánea, como si hubiera
esperado a cualquier persona menos a ella.
Se recobró enseguida. Sabía que su pupila era una dama y aquel palco estaba
repleto de ellas. A Roxanne le dio la impresión de que llegaba a esa conclusión.
Adam anduvo los últimos pasos para detenerse delante de lady Albyn, mostrando
la más absoluta indiferencia por los rostros escandalizados que los rodeaban.
—¿No hace una tarde encantadora? — comentó a quien quisiera oírlo.
Milady tenía el rostro avinagrado, y aquel rictus se acentuó aún más.
—Me temo que no.
Adam sonrió, como un ángel caído del cielo.
—Tengo entendido que la princesa Isabel vendrá a visitarla.
Los murmullos de desaprobación aumentaron su volumen. Milady se envaró.
—Lo que hace inviable que sigas aquí.
Él no pareció escucharla, porque, de repente, su rostro mostró la más absoluta
sorpresa.
—Pero ¡qué malos modales! — Se volvió hacia Camille, pero señaló a Roxanne,
que había permanecido hierática al lado de su protectora —. Querida, permítame que
te presente a lady Dunwich, mi esposa.
Esa vez, madame sí parpadeó varias veces, y sus ojos mostraron una incredulidad
que nadie comprendió.
—¿Lady Dunwich? —musitó.
—Mi esposa —contestó Adam, con voz cínica —. Y ella es la señorita Camille,
una buena amiga.
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El escándalo era de tal proporción que señores y criados hablarían de aquello
durante las próximas semanas.
Roxanne estaba paralizada. No podía apartar la mirada de Camille, que a su vez
parecía tan incrédula como si le hubieran dicho que el hombre podría alguna vez
volar.
Aunque quizá la más escandalizada era lady Albyn, que clavó un codo en el
costado de su protegida.
—No te atrevas a corresponderle.
Roxanne sabía que aquello era lo que se esperaba de ella, mostrar dignidad, alzar
la cabeza y dedicarle todo su desprecio. Pero la mujer que tenía delante era la llave
que podía salvarla, y humillarla más de lo que ya estaba haciendo su marido con
aquella temeridad no jugaría a su favor.
—Señorita —dijo en voz baja.
El murmullo de «escándalo» se elevó al cielo como una maldición.
—¡Roxanne! —gritó milady.
Pero ninguna de las dos mujeres, que no habían dejado de mirarse, reaccionó ante
aquello, como si estuvieran solas, como si las altas testas de la mejor sociedad inglesa
no exigiesen una reparación.
Camille fue quien apartó primero la mirada.
—Me gusta su vestido.
Roxanne se lo agradeció con una sonrisa muy tenue.
—Prefiero el color verde.
La madame entendió el mensaje velado, lo que hizo que también sonriera de una
forma casi imperceptible.
—Quizá sea su color, pero acabo de darme cuenta de que sabe defender
cualquiera de ellos.
Un nuevo revuelo alrededor provocó que damas y caballeros se apartaran para dar
paso a uno de los lacayos de confianza de lady Albyn.
—Señora —dijo este, más alto de lo que era necesario —, Su Alteza ya sube las
escaleras.
¡Aquello era un escándalo! Una princesa real en la misma grada que una vulgar
prostituta. El rostro de la anfitriona estaba encendido y una dama de la concurrencia
demandaba sus sales. Milady no tuvo más remedio que encararse con Adam, a pesar
de que se había jurado que no volvería a dirigirle la palabra.
—Lord Dunwich —dijo llena de formalismos —, tengo que exigirle que
abandone mi palco.
Él se encogió de hombros.
—Tiene las mejores vistas. No quiero perderme las carreras.
Con una serenidad que a ella misma le sorprendió, Roxanne adelantó una mano y
tocó con ella apenas la de su esposo. Él se quedó mirando aquel leve contacto, porque
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acababa de producirle una corriente eléctrica que le recorría el cuerpo y que se
acentuó cuando se atrevió a mirarla.
—Adam —le dijo con voz calmada—, hazlo. Márchate, por favor.
Camille comprendió la gravedad de los hechos, y señaló a la distancia.
—Veo allí unas amigas que me gustaría saludar.
Él lo dudó. Aquello no había salido como esperaba, y la responsable era su
esposa, que se estaba convirtiendo en una mujer que empezaba a ser incontrolable.
—Señoras.
Hizo una inclinación de cabeza, se dio la vuelta, y del brazo de su amante se
marchó por donde había venido, siendo coreado por un lamento de suspiros de alivio
y de palabras de oprobio.
Milady no estaba contenta de cómo se habían desarrollado los hechos.
—No deberías haberle dirigido la palabra — le reprendió a Roxanne —. Te ha
humillado delante de todos.
No podía quitarle la razón, aunque no estaba enteramente de acuerdo.
—Lo ha intentado —dijo para sí—, pero por primera vez no estoy segura de que
lo haya conseguido.
Su protectora no la escuchó porque la princesa ya avanzaba hacia ellas rodeada
por sus damas de compañía.
Roxanne lo buscó con la mirada, y en ese preciso momento, él volteó la cabeza
para clavar sus ojos en los suyos, y ella volvió a sentir aquel torrente inexplicable que
aparecía cada vez que el hombre que más odiaba sobre la faz de la Tierra la miraba de
aquella manera.
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Capítulo 21
Adam apuntó su carabina con todo cuidado. Un movimiento brusco y aquel hermoso
ejemplar de siete puntas huiría espantado, alejándose de la distancia de tiro.
Ir de caza no era una de sus pasiones, ya que requería madrugar, pero tras una
noche en vela, decidió atender la invitación de James Gorey, uno de los miembros del
Club de los Caballeros Piadosos, de unirse a la partida.
No tenía muy claro por qué había decidido ir con Camille a las carreras. El día
anterior se había levantado con buen talante, tanto que incluso se atrevió a solicitar al
servicio que llamaran a Roxanne para que desayunara con él.
Aquel estado casi dichoso era algo nuevo y sospechaba que tenía que ver con el
encuentro íntimo con su esposa. Pero todo empezó a torcerse cuando esta rehusó
unírsele aduciendo que debía atender la invitación de lady Albyn, pues la princesa
Isabel las acompañaría.
Por algún motivo desconocido, eso lo puso furioso. Se había preguntado varias
veces a qué se debía, y llegó a la conclusión de que aquel matrimonio fingido era tan
irreconciliable como católicos y protestantes bajo el poder de la Corona.
Con carácter levantisco, había ido a visitar a Camille, aunque, como venía siendo
habitual en los últimos tiempos, sus intenciones no pasaban por deslizarse entre sus
sábanas, sino por disfrutar de su compañía.
Camille había conseguido templarle el carácter con su conversación inteligente y
amena, pero cuando su amiga íntima le hizo darse cuenta de que no había dejado de
hablar de su esposa desde que había llegado, su turbación fue tal que no supo qué
responder.
Fue entonces cuando decidió darse un escarmiento a sí mismo que lo apartara de
ella para siempre, y cuando invitó a Camille a acompañarlo a las carreras.
La bella madame se negó en un principio, pero Adam fue capaz de dar
argumentos suficientemente jugosos en forma de brillantes como para que aceptara lo
que estaba claro que sería una humillación.
Nada más llegar al graderío, la había buscado, sin importarle las miradas
ofendidas de los nobles que no se cuidaban de decir en voz alta lo que pensaban de la
presencia de aquella mujer en un espacio público.
La encontró donde esperaba, en el palco de lady Albyn, y nada más verla, aquella
tormenta impetuosa le recorrió las venas, algo tan extraordinario como desconocido
hasta hacía unos días.
No podía negar que Roxanne estaba hermosa, pero no era eso lo que hacía
imposible que dejara de admirarla. Era algo más, quizá la manera de conducirse, o la
forma en que atendía a quienes demandaban su atención, o un gesto que pasaba
desapercibido a todos menos a él, y que consistía en colocar una mano sobre su
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pecho, en la línea del esternón, y permanecer con la mirada perdida, como si intentara
adivinar cuáles eran sus sentimientos.
La furia lo inundó ante la inexplicable locura de su corazón, y no dudó en ir en su
búsqueda del brazo de Camille, a pesar de que aquello lo convertiría en un apestado
para la todopoderosa lady Albyn.
No encontró en los ojos de Roxanne la humillación que esperaba infringirle, más
bien halló algo tan inaudito como la comprensión, la falta de juicio, y un intento por
aplacar aquella rabia antigua que tan a menudo lo sacaba de sus casillas.
Tampoco sabía por qué se había marchado sin ofrecer resistencia. El Adam
Baxley de antes de casarse se hubiera jactado incluso ante la realeza, sin temor
alguno de las consecuencias que pudiera acarrear. Pero aquellas palabras sencillas y
sinceras de Roxanne se habían vuelto incuestionables, y la forma de rozarlo,
incomprensible por lo que había provocado.
El regreso a Mayfair no había sido apacible. Camille había caído en un mutismo
extraño, y cuando él intentó ser ocurrente, ella le contestó con la petición de que la
llevara a su casa.
—Allí es donde pretendía que fuéramos.
Ella había vuelto la vista hacia la ventanilla.
—Quiero estar sola, Adam.
Era la primera vez que lo despedía de una manera tan directa, lo que aún lo turbó
más.
—¿De nuevo ese misterioso caballero con el que te ves? ¿O es una dama, según
cuentan?
Ella no entró en el juego. Estaba demasiado acostumbrada a aquellos aristócratas
que creían tener derecho a todo como para caer en algo así, a pesar de que apreciaba
de verdad a Adam Baxley.
—No ha estado bien lo que has hecho hoy — lo reprendió.
Él se cruzó de brazos y afiló la mirada.
—Así que tú también has decidido amonestarme.
Camille fue tajante.
—No quiero formar parte de ninguna guerra matrimonial.
—Sabes que mi esposa me es indiferente. — Se encogió de hombros.
Aquella respuesta hizo que el silencio se volviera denso a su alrededor. Cuando la
miró a los ojos, vio en ellos algo que no supo identificar. Quizá era lástima, o
compasión.
—Adam —dijo, despacio—, deberías preguntarte qué sientes.
—Tú lo sabes mejor que nadie. Es a ti a quien amo.
Camille sacó una mano a través de la ventanilla y golpeó la puerta para ser oída.
—Cochero, pare aquí.
Los caballos se detuvieron, inquietos.
Los ojos de Adam parecían suplicantes.
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—No te marches.
Pero Camille ya había abierto la portezuela mientras el lacayo se apresuraba a
desplegar la escalerilla.
—Va siendo hora de que madures, Adam, y te enfrentes a tus fantasmas.
Él intentó tomarla de la mano, pero Camille la apartó.
—Déjame pasar la noche contigo. Necesito hablar con alguien.
—Adiós —descendió, y aunque su decisión era firme, sus ojos lo miraron con
ternura —. Piensa en lo que te he dicho, dejarías de atormentarte.
El crujido de una rama rota a causa de una pisada lo sacó de sus funestos
pensamientos.
El cérvido se asustó de inmediato y, alzando la enorme cornamenta, dio un par de
saltos y desapareció de su vista antes de que pudiera dispararle.
—¡Pardiez! —maldijo.
A su lado apareció su amigo, James Gorey, quien organizaba la cacería.
—Me preguntaba dónde estabas.
Gruñó nuevamente. Lo había tenido a tiro, y si su cabeza no se hubiera nublado
por aquellos pensamientos que no lo abandonaban desde que se quedó solo…
—Intentando dispararle al ciervo que acabas de asustar.
James se acomodó a su lado, cuerpo a tierra, colocando su carabina sobre el
mismo tronco caído que su amigo.
—¿Dónde estuviste anoche? — Le preguntó —. Tuvimos capítulo.
Cuando Camille lo dejó, no tuvo más remedio que ir a casa. Tenía que decirle a
Roxanne cuatro cosas que la pusieran de nuevo en su sitio. Pero cuando llegó, le
dijeron que la señora pasaría la noche en casa de la maldita lady Albyn, y que quizá
no volviera hasta la tarde del día siguiente.
Eso hizo que se encerrara en la biblioteca y horadara el suelo con sus paseos
furiosos hasta que decidió que era mejor irse de cacería que volverse loco.
—Tenía cosas que hacer. —Fue lo que contestó.
Aquella explicación pareció satisfacer a James que, durante un rato, le dio la
tranquilidad del silencio, hasta que otra cuestión pareció interesarle.
—Me ha extrañado verte esta mañana dispuesto a formar parte de la batida.
Adam tenía pocas ganas de hablar.
—Te he dicho que no demasiadas veces. No quería que me borraras de tu lista de
amigos.
James asintió, aunque parecía inquieto. Tanto que Adam se le quedó mirando
hasta que el otro tuvo fuerzas para preguntar.
—¿Va todo bien con tu esposa?
Aquello era de lo más extraordinario.
—¿Alguna vez va algo bien con las personas con las que nos obligan a casarnos?
— contestó el aludido.
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Su amigo James, por lo natural desvergonzado, parecía en aquel momento
dubitativo, algo extraordinario entre dos hombres que no habían tenido pudor alguno
para hacer el amor, desnudos y con sendas amantes, en la misma cama. Tragó saliva y
lo miró a los ojos.
—Se suponía que la hija del marqués de Blyton era una muchacha callada y
asustadiza. Eso diste a entender — le recriminó —. Eso se rumoreaba en los círculos
cercanos a tu familia.
Adam no entendía nada.
—¿Y qué te hace pensar lo contrario?
James palideció. Conocía el carácter levantisco de su amigo, y si se lo tomaba a
mal, terminaría peleándose a puñetazos. No sería la primera vez.
—La vi hace un par de noches.
Adam no encontró nada extraordinario en aquella declaración.
—Quizá regresara de casa de la oscura lady Albyn, de quien no se separa.
—Lo dudo.
—¿Por qué?
James se pasó una mano por el cabello. Tenía que decírselo.
—Porque estaba amaneciendo cuando tu mujer abandonaba uno de los burdeles
más abyectos de Whitechapel.
Tardó en reaccionar.
—No es posible.
—Eso pensé yo, y por eso la seguí hasta tu casa.
La mirada de Adam solo mostraba confusión.
—Mientes.
James suspiró. Sabía que no lo creería, pero estaba tan seguro que no desvelárselo
sería peor que una traición.
—Creo que tienes que hablar con ella, Adam — dijo lleno de firmeza —. Creo
que Roxanne Blyton no es quien dice ser.
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Capítulo 22
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La cara de la modista no pudo evitar la expresión de alivio.
—En absoluto. Ya buscaremos otro momento. — Chasqueó los dedos para que
sus costureras la ayudaran a desvestirse cuanto antes —. Le mandaré sus prendas
terminadas esta misma semana.
Iba a salir para entretener a lady Dunwich y evitar que se cruzaran mientras
madame Camille terminaba de acicalarse, cuando esta hizo acto de presencia en la
sala de pruebas.
La incomodidad de la modista y sus ayudantes se hizo manifiesta.
—Quería mostrarle los nuevos tejidos que han llegado — le señaló la puerta por
donde acababa de entrar —. Nos los presentarán en la otra sala.
Pero Roxanne no le estaba prestando atención. Camille estaba allí, sobre una
tarima, mientras una de las muchachas le ayudaba a deshacerse de un precioso
vestido de seda violácea. Se quedaron mirándose, sin decir nada, pero sin apartar los
ojos la una de la otra. Fue ella quien habló.
—¿Podrían dejarnos a solas unos minutos?
La modista parecía indecisa. Según había oído decir, el escándalo de las carreras
había sucedido precisamente con el esposo de aquella dama. ¿Y si su tienda se
convertía en el nuevo foco de una discusión social? Aquello acabaría con su negocio.
—No sé si será conveniente… — Intentó aducir la señora Johnson, pero Camille
la tranquilizó.
—No debe preocuparse —sonrió fríamente —. Lady Dunwich y yo somos viejas
amigas.
No terminó de creérselo, pero la mirada tranquilizadora de milady le hizo ver que
no le quedaba más remedio que dejarlas a solas.
Así lo hizo. Ordenó a sus ayudantas que se fueran y ella misma salió cerrando la
puerta a sus espaldas. Camille empezó a desvestirse sola.
—Qué casualidad.
Roxanne no se movió de donde estaba, sujetando el pequeño bolso de tela con
ambas manos.
—En absoluto. Vengo de su casa. Allí me han dicho dónde podría encontrarla.
La madame no pudo evitar una mirada de disgusto.
—No me refería a este encuentro, sino al incidente de las carreras. ¿O no fue una
sorpresa?
—Sabía que era usted la amante de mi marido antes de ir a visitarla.
Un bufido involuntario salió de los labios de Camille al sentirse engañada.
—¿Cómo no pude darme cuenta?
Se acababa de quedar en enaguas y buscó alrededor dónde estaba su vestido.
Roxanne se lo tendió, y lo tomó de un manotazo, sin mirarla.
La situación era tensa. Quien tenía que estar ofendida al parecer no lo estaba y
quien había resultado humillada no mostraba signos de aquello.
Roxanne dio un paso adelante.
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—Me gustaría que aclaráramos las cosas entre usted y yo.
—Eso es algo que no me interesa lo más mínimo.
—Detesto a Adam.
Aquello sí detuvo el vuelo nervioso de sus manos intentando atar las cintas de su
vestido. Se miraron como si ambas esgrimieran una espada afilada.
—¿Y por qué entonces su interés en seducirlo?
Era difícil de explicar sin traicionarse, pero si estaba allí…
—Sé que les une una amistad especial a mi marido y a usted.
—Aprendí a deshacerme de ese tipo de amistades hace muchos años. Él cree que
hay algo entre nosotros, pero puedo asegurarle que para mí no es más que otro
cliente. Uno que últimamente solo paga por hablar.
—Ya le he dicho que le detesto. No tiene por qué excusarse. Lo que usted haga
con mi marido me es del todo indiferente.
La mirada de Camille se aceró.
—¿Está segura? Si algo se aprende en mi profesión es a ver aquello que queremos
ocultar.
—¿Qué quiere decir?
Se había dado cuenta en cuanto llegaron. La calle es una buena escuela. Dolorosa
pero precisa.
—Vi cómo Adam la miraba. También vi la forma en que usted lo hacía.
Roxanne arrugó la nariz.
—Eso es absurdo. Entre nosotros solo existe el desprecio.
—El desprecio y el amor se encuentran situados a una distancia más corta de la
que existe entre dos labios que se besan.
No iba a dejarse influir por aquellas palabras. Roxanne tenía muy claro por qué se
había expuesto yendo a su encuentro, y no podía dejarse enredar.
—Tengo que darle una explicación — expuso.
—No la necesito.
—Yo sí quiero hacerlo.
La determinación en la voz de milady la hacía inamovible. En cierto modo,
Camille quería saber qué sucedía. La sorpresa que se había llevado con aquella
muchacha era mayúscula, y se preguntaba cómo había podido dejarse engañar.
Se cruzó de brazos y la miró a la cara.
—Bien, adelante.
Había llegado el momento. Si no la convencía, todo se iría al traste. Roxanne
tomó aire para tranquilizarse y no esquivó la mirada inquisitiva de la madame.
—Que mi marido y yo nos casamos por pura conveniencia no es necesario que se
lo diga.
—Sé que los de su clase lo hacen así.
Asintió.
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—Le aseguro que cuando me lo dijeron, no di crédito. Adam Baxley era solo un
mal recuerdo para mí, alguien en quien únicamente pensaba para rogar a Dios que no
volviera a encontrármelo. Incluso había planeado buscar un trabajo de institutriz lo
más alejado posible de Londres con el único objetivo de que nunca jamás volviera a
ver a aquel sinvergüenza. Y ya ve. Me he casado con él.
Camille no pudo evitar una mirada de incredulidad.
—Acudió a mí para seducirlo.
—Así es.
—No logro entenderlo.
Roxanne se pasó las manos por la falda del vestido. No podía evitar sentirse
nerviosa.
—El día de las carreras, usted solo descubrió que quien creía que era su pupila era
en verdad la esposa de uno de sus amantes, pero hay algo más.
Una mano de Camille se posó sobre su pecho de manera involuntaria.
—Empiezo a inquietarme.
No había mucho que decir. Una frase y todo quedaría aclarado.
Tardó unos segundos en pronunciarla.
—Soy la hija de Andrew Blyton.
Los ojos de Camille se abrieron de par en par, como si le acabara de decir que
había regresado de entre los muertos.
—No puede ser. Aquella niña…
—Aquella niña soy yo —afirmó—. Creo que incluso llegamos a vernos alguna
vez.
Camille boqueó varias veces antes de poder hablar.
—Roxanne. Pe-pero… ¿cómo es posible que Adam…?
Se llevó una mano al corazón.
—Usted sabe lo que hizo y tiene que ayudarme. Ese sinvergüenza debe pagar por
aquello.
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Capítulo 23
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—Ella no ha tenido que enseñarme nada. Tu presencia es suficiente para que mi
imaginación vuele.
Aquella forma de defenderse lo excitó. Se humedeció los labios y avanzó un par
de pasos, para detenerse a una distancia en la que solo tenía que alargar un brazo para
atraerla hacia sí.
—¿Dónde estuviste el martes?
Ella sintió un escalofrío, pero supo disimularlo.
—No lo recuerdo.
—Dijiste que ibas a la modista y que te quedarías a dormir en casa de esa amiga
tuya.
—Entonces eso fue lo que hice.
Él esbozó una sonrisa de medio lado que a ella le pareció tan terrible como
seductora.
—Uno de mis amigos te vio — dijo, dando otro paso en su dirección.
El olor de Adam la envolvió. Era algo tan ligero y masculino que notó aquella
incomodidad entre las piernas que la atenazaba cuando él estaba cerca.
Tragó saliva e intentó esbozar una sonrisa cínica.
—Si hubiera tenido la cortesía de presentarse, hubiéramos hablado de ti.
Él dio un nuevo paso. Estaba tan cerca que con solo adelantar la boca podría
besarla.
—Se cruzó contigo a una hora inconveniente.
—Entonces no era yo.
—Asegura que sí.
Los sentimientos que acometían el pecho de Roxanne eran tan confusos y
ofuscados que sintió que le faltaba la respiración. Apartó la mirada e intentó dar un
paso hacia atrás, pero se sentía clavada en el suelo, hechizada con su presencia.
—¿Para eso me has mandado llamar? — Al fin logró escapar de su embrujo y se
dirigió a la puerta —. He de cambiarme. Tus padres también se han invitado hoy a
comer.
—Te vio salir de un burdel.
Aunque Roxanne estaba dándole la espalda en ese preciso momento, temió que
hubiera notado el estremecimiento que le habían provocado aquellas palabras. Intentó
serenarse y se volvió hacia él, con una ceja alzada, como una buena actriz.
—¿Seguro que era yo y no tú?
—Tendrás alguna explicación.
—Si eso fuera cierto, ¿cuál le darías tú?
Él aguardó silencio sin dejar de diseccionarla, de buscar en su rostro una sola
pista que la delatara.
Avanzó los pasos que los separaban y se colocó de nuevo a la distancia de un
beso, a la de una caricia, a la distancia del pecado.
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—Por la manera en que vistes últimamente — le dijo, mirándola de arriba
abajo —, por la forma en que caminas, por cómo se mueven tus manos, podría pensar
cualquier cosa.
—Si de verdad creyeras que soy una dama, no te habrías atrevido a hacer esa
insinuación.
La tomó de la muñeca. Tenía necesidad de acariciarla, de sacarle la verdad a
besos, de escarmentarla sobre la otomana.
—¿Qué hacías saliendo de un burdel de madrugada?
—Me haces daño.
Como dos lobos en medio de una pelea, se mantuvieron la mirada, hasta que él
soltó su muñeca.
—Juegas conmigo y eso es peligroso.
Roxanne se masajeó la zona donde los dedos del hombre habían apretado. Sus
labios jadeaban y sus pupilas estaban dilatadas, como las de él.
Ninguno de los dos podría decir quién dio el primer paso, pero de repente sus
bocas se encontraron con una pasión que podría inflamar aquella casa fabulosa. Las
manos de uno y otro recorrieron sus cuerpos, los dedos, ansiosos, desataron cintas y
botones, y cada cuerpo hacía el intento de impactar con el de su contrincante, de rozar
un pedazo de trémula carne, de calor humano, de aquella pasión ignota que destilaban
cuando estaban juntos.
Desesperados de deseo, cayeron sobre la mullida superficie del sofá, sin dejar de
besarse, con el vestido de Roxanne a medio quitar y la camisa de Adam con los
botones saltados.
Lo hicieron sin poder contenerse, sin ser capaces de reprimir los gemidos,
olvidándose de todo lo que no fueran sus propios cuerpos. Aquella sala desapareció
de sus mentes, y la mansión y Londres al completo. Y fue reemplazada por un lugar
íntimo donde solo habitaban ellos dos y estaba gobernado por las leyes del deseo.
El asalto duró poco. Estaban demasiado excitados como para soportar el embate
del tiempo. Ambos llegaron al clímax a la vez. Roxanne clavando sus uñas en su
espalda. Adam vertiendo un gemido sordo sobre su boca.
Cuando terminaron, permanecieron abrazados y confusos, sin acabar de entender
qué había sucedido.
Fue ella quien se apartó primero, trasteando con su vestido para intentar
adecentarlo. Él la observaba desde la otomana, con los pantalones a la altura de las
rodillas y la camisa completamente abierta.
—¿Por qué fuiste a ese burdel?
Ella esquivó el brillo de sus ojos. Estaba tan confusa por lo que aquel hombre le
acababa de provocar que era incapaz de ordenar sus ideas. Suspiró.
—Porque quería saber cómo eran las posesiones de mi padre. ¿No era eso lo que
decían de él? ¿Que era el dueño de los peores burdeles de la ciudad?
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Adam se puso de pie y consiguió reajustarse los pantalones. La camisa abierta
mostraba aquel pecho varonil, salpicado por una ligera capa de vello, que lo hacía
tremendamente seductor.
—No lo decían —intentó hablar con tacto, pero no podía alentarla en sus
engaños —, era cierto, y por eso se quitó la vida tu madre.
Ella se giró como si hubieran accionado un resorte en su interior. Si las miradas
matasen, habría acabado con su vida en ese momento. Roxanne se terminó de arreglar
el vestido y lo observó con aquella indiferencia que cada vez le molestaba más.
—¿Quieres algo más de mí?
Él se metió las manos en los bolsillos e intentó permanecer con la mente fría.
—Te prohíbo que vuelvas a visitarlo.
—Tendrás que atarme, porque pretendo averiguar qué pasó.
—Que tu padre fue un hombre ruin — le dijo, para que no lo olvidara.
Ella esbozó una sonrisa cínica.
—¿Y tú no?
—Quizá me equivocara, pero no fui responsable de nada de aquello.
Durante unos instantes, se retaron, hasta que ella comprendió que no tenía nada
más que decirle.
—¿Puedo retirarme? Tus padres están a punto de llegar.
Él tragó saliva. ¿Por qué su corazón latía de aquella manera? ¿Por qué no dejaba
de pensar en ella desde que despertaba?
—Roxanne, no cometas una locura. Esos sitios son peligrosos.
Pero su esposa no contestó. Fue hasta la puerta y salió sin mirar atrás.
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Capítulo 24
La condesa tocó el borde de su copa apenas con un dedo y el lacayo fue presto a
llenarla de nuevo.
—Si no la atas en firme, esa mujer tuya se te irá de las manos.
Adam no estaba de humor y ni tuvo la cortesía de contestarle a su madre. Nada
más llegar lo habían reprendido por la escena de las carreras, pero lo que esperaba
que fuera un cataclismo se había convertido en unas pocas amonestaciones mordaces
y un par de frases de reproche, como si pasearse ante la buena sociedad del brazo de
una prostituta no fuera un pecado imperdonable para la estricta moral de sus
progenitores, y sí lo fuera en cambio que su esposa no se hubiera presentado al
almuerzo.
Algo estaba pasando, pero no llegaba a comprender de qué se trataba. Tras la
extraña escena de la biblioteca, Roxanne había mandado recado con Doris para decir
que le dolía la cabeza y no bajaría a comer. Lord y lady Dunwich habían recibido la
noticia con acritud, y la condesa no había perdido la oportunidad de reprenderla.
—Tienes que tener mano dura — insistió —. A una mujer se le tiene que dejar
claro cuál es su lugar desde el principio o lo pagarás caro.
Adam, que hasta ese momento tenía la mirada perdida en las costuras del mantel,
clavó los ojos en los de su padre.
—Robert me ha dicho que no has conseguido comprar Claridon Cottage.
Este suspiró.
—Un maldito americano se adelantó. Estoy intentando localizarlo para hacerle
una oferta. Es escurridizo y es posible que esa compra no sea del todo legal.
Su hijo asintió. Su carácter petulante se había vuelto inquisitivo.
—Me comentó que las pujas fueron reñidas.
—Mucho.
—Y que tú apostaste hasta el final.
Su padre arrugó la frente, un gesto heredado por él y que aparecía cuando algo
empezaba a incomodarle.
—Esa tierra es productiva. En las manos adecuadas dará buenos frutos.
Adam no daba tregua. Con la mirada clavada en sus ojos, esbozó una sonrisa
vacía, incluso aterradora.
—Hay muchas tierras así de aquí a Gales.
Su padre le mantuvo la mirada.
—Pero no a tan buen precio.
El viejo zorro se las sabía todas, pero la conversación con Robert había sido
esclarecedora. ¿Por qué el conde de Dunwich estaba tan empeñado en quedarse con
una propiedad que apenas valía?
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—Según Robert Carlisle —insistió —, tu última apuesta fue una auténtica
barbaridad. Más del doble del valor de esas tierras.
El conde arrojó la servilleta y entrelazó los dedos de ambas manos con un gesto
muy parecido a una advertencia.
—¿Quieres decirme algo, Adam?
Él se recostó en la silla. Con sus padres siempre había hablado de banalidades
mientras que ellos se habían dedicado a hacerle reproches. Desde que se casara con
Roxanne, había empezado a hacerse algunas preguntas, y todas tenían que ver con el
mismo asunto.
Su dedo jugó con el borde de su copa.
—He estado dándole vueltas al caso de Andrew Blyton.
La mirada que entrecruzaron sus progenitores fue tan breve como significativa,
aunque fue la condesa quien se mostró tajante.
—Ese nombre no se pronuncia en mi presencia.
Adam la ignoró, algo a lo que ella no estaba acostumbrada.
—He recordado —prosiguió— que él negó todas las acusaciones.
Su padre soltó un bufido de fastidio.
—¿Acaso no hacen eso los culpables?
—¿Y si tuviera razón?
Aquella conversación empezaba a ser incómoda.
—Adam —se armó de paciencia—, hubo pruebas y testimonios. Al jurado no le
quedaron dudas. ¿A qué viene todo esto?
La mueca ácida de la condesa atrajo la atención de los dos.
—Su esposa le está envenenando la mente. — Se volvió hacia su marido —. Ya
te dije que pagaríamos caro tu gesto de piedad hacia esa malsana criatura.
—¿Piedad? —Se burló su hijo—. Sigo preguntándome por qué elegiste a
Roxanne Blyton como mi esposa.
La condesa estaba furiosa. Aquel hijo suyo era su desgracia. Cualquiera de los
otros dos, a los que el destino había arrancado injustamente la vida, podrían haberle
dado alegrías. Pero el Señor había querido mortificarlos dejando vivo al único que no
lo merecía, a aquel egoísta que solo pensaba en su beneficio. Apartó la copa, como si
rechazara un cáliz amargo.
—No muchas jóvenes accederían a casarse con alguien como tú, pese a tu
apellido.
—Aun así, madre, alguna habría que no arrastrara tanta ignominia sobre su
familia como la mujer que elegisteis como mi esposa.
Lord Dunwich intentaba mantener la paciencia ante las absurdas preguntas de un
hijo díscolo.
—Nuestra obligación es ser piadosos con los pecadores.
Pero él no se doblegó.
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—Ella no es responsable de lo que hiciera su padre. — Hizo una pausa para
tomar un poco de vino —. Insisto, me sigue extrañando que justo ahora hayas
decidido que debemos ser caritativos con esa familia.
La condesa, con el rostro transformado en una mueca de indignación, iba a hablar
cuando su esposo levantó una mano para indicar que no interviniera.
—Su padre y yo fuimos amigos.
Adam sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos, helados.
—Hasta que tú declaraste contra él.
—Era mi obligación, y la información que me llegó de la fuente más fiable no
admitía dudas. — Lo señaló con la palma de la mano —. ¿Tengo que recordarte que
tú también lo hiciste? Tu testimonio fue de los más aplaudidos.
Entonces, el rostro de Adam si se volvió ceniciento.
—El testimonio que tú me dictaste.
Su padre le quitó importancia con un gesto de los hombros y volvió a prestar
atención a lo que había en su plato.
—Hiciste lo correcto, no lo dudes.
La condesa hizo otro tanto, como si la conversación hubiera llegado a un punto
muerto.
Siempre era así. Cuando se profundizaba en algo que los incomodaba, se daba el
asunto por zanjado y se actuaba como si no hubiera pasado nada. Lo odiaba. Lo
detestaba. Se había rebelado contra aquella manera de actuar toda su vida.
Arrojó la servilleta sobre el mantel y se puso de pie.
—He de marcharme.
Su madre se escandalizó.
—¿Nos vas a dejar solos a la mesa?
—No creo que me necesiten para terminar de comer. — Se dirigió hacia la puerta,
pero se volvió antes de salir, con una sonrisa encantadora en el rostro —. ¡Ah! Y mi
esposa y yo estamos haciendo progresos en cuanto a la descendencia. Si todo marcha
bien, pronto habrá un nuevo Blyton en nuestra familia.
El rostro de la condesa se contrajo.
—¡Descarado!
A él le complació, e hizo una reverencia.
—Padres.
Y, sin más, se marchó, porque no soportaba un segundo más allí.
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Capítulo 25
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No tuvo dudas de que era una nota de Camille. Se preguntó qué había pasado,
pues era del todo inusual que se hubiera atrevido a ponerse en contacto con ella por
aquel medio.
De esa manera, había pedido a Doris que la acompañara y, tras arreglarse el
vestido, estaban llegando al apartamento de madame en aquel preciso instante.
Como otras veces, su doncella le rogó que tuviera cuidado y, como otras tantas,
ella la tranquilizó y le pidió que la esperara en el coche.
Cuando estuvo arriba, la criada abrió tan rápido que apenas tuvo tiempo de
golpear la puerta. La condujo por un pasillo que ya conocía hasta el salón. Al abrir la
corredera y hacerla pasar, Roxanne se quedó inmóvil, porque no esperaba lo que
encontró.
Camille estaba sentada en el diván, un tanto rígida, con expresión incómoda. A su
alrededor, se contaban hasta cinco mujeres y a todas las conocía. Las había visitado
aquella noche, recorriendo de la mano de Doris y el valiente portero los peores
burdeles de la ciudad, donde cada una fue capaz de darle las señas de la siguiente.
Se había entrevistado con todas ellas, y a cada una le había arrancado la promesa
de que la ayudarían llegado el caso, y de que terciaría para sacarlas de donde estaban.
¿Por qué se encontraban allí? ¿Qué estaba sucediendo?
Las palabras de Camille la sacaron de dudas.
—Va siendo hora de que nos lo cuente todo.
Había sido tan ingenua en pensar que solo con prometerles lo mismo que debió
asegurar su padre unos años atrás iba a ser suficiente.
Había llegado el momento. Se recogió la falda y atendió el ofrecimiento de
Camille de tomar asiento. Después las miró a todas, una a una. La mayor no debía
contar más de veinticinco años, pero aparentaba cuarenta. Solo Camille parecía tener
un trato con el maligno para que el tiempo no tocara su piel.
—No estoy segura de que les guste lo que van a oír. — Se oyó decir.
Una de las mujeres, que sostenía con fuerza un bolso muy ajado, se inclinó hacia
delante.
—Si es la hija de Andrew Blyton, como dice, merece ser escuchada.
Ella le dio las gracias con una mirada. Lo tenía todo en su contra, pero debía
convencerlas.
—Perdí a mi padre demasiado pronto y no le dio tiempo de contarme sus planes,
pero sé que todo lo que se dijo de él fue falso.
—¿Tiene pruebas de ello? —preguntó otra de las muchachas, más resabiada.
Roxanne miró hacia el suelo. Eso era lo que no tenía. Por eso las necesitaba.
Se volvió hacia Camille y se enfrentó a sus fríos ojos.
—Lo oí varias veces hablar de usted. Nada en sus palabras me dio la impresión de
que estuviera relacionado con lo que le acusaron más tarde.
—¿Y nosotras? —dijo otra de ellas.
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Todo eran conjeturas, lo sabía, pero había tenido el suficiente tiempo como para
atar unas con otras y llegar a una conclusión que tenía todo el aspecto de ser la
verdad.
Buscó en su bolso de tela hasta extraer un trozo de papel arrugado, manoseado.
Se lo tendió a Camille, porque supuso que sería la única que sabía leer.
—Pude llevarme muy pocas cosas cuando nos echaron de casa, pero mi padre
insistió en que guardara esto. En esta lista están cada uno de sus nombres y las
direcciones donde ejercían cuando papá vivía.
Camille lo tomó, extrañada, y lo desdobló con cuidado. Según pasaba los ojos por
cada línea su expresión se iba haciendo menos adusta.
—Mary Smith —leyó—, Margaret O’Hara… — alzó los ojos para clavarlos en
los de ella —, están muertas.
La misma muchacha que habló al principio volvió a adelantar el cuerpo.
—Tres años es mucho tiempo para nuestro tipo de vida.
Roxanne se lo agradeció con una sonrisa muy ligera.
—Acusaron a mi padre de dirigir en las sombras la red de prostíbulos más grande
de Londres, de comprar mujeres y obligarlas a prostituirse, de contratar a proxenetas,
y de deshacerse de aquellas que no eran rentables.
—Se probó en el juicio —corroboró otra.
—Un juicio —adujo Roxanne— donde los principales testigos eran mi suegro y
mi esposo, el primero de reputación intachable y el segundo docto en visitarlos
— señaló la hoja de papel que aún estaba entre los dedos de Camille —, así como lo
fueron las mujeres de esa lista que ya no están vivas.
Varias muchachas intercambiaron miradas. Algunas de aquellas muertes habían
sido extrañas. A Mary la encontraron ahogada en el río y Margaret amaneció muerta
en su catre. Nadie se había preocupado por la manera en que murieron. Nadie lo hacía
por mujeres como ellas.
La más reacia preguntó con cautela.
—¿Qué cree que pasó?
Roxanne siempre lo había tenido claro.
—Mi padre dedicó su vida a salvar a mujeres de un destino que puede ser peor
que la muerte. Vosotras mismas me habéis confirmado que de eso hablasteis cuando
fue a veros.
—Eso no prueba nada —dijo Camille.
—¿Intentó propasarse? —preguntó Roxanne, mirándolas de una en una.
—No —contestaron dos a la vez.
—¿Sufristeis represalias tras su visita?
—No —dijo otra.
Suspiró. Estaba segura de que había llegado a conocer la verdad, y aquello lo
probaba.
—Él sabía quién estaba detrás de todo aquello, por eso lo inculparon.
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La mirada de Camille parecía helada, pero era posible que solo fuera de terror.
—¿El conde de Dunwich? —expuso la madame en voz baja.
Roxanne tardó en contestar. Cuando lo hizo, no tuvo pudor.
—Su hijo, Adam. Mi padre cayó en desgracia cuando él empezó a visitarla a
usted, a quien pretendía sacar de Londres para ponerla en libertad en París pese al
bloqueo naval, ¿me equivoco?
—Habíamos acordado que partiría al día siguiente…, pero lo apresaron. — Tuvo
que confirmar.
—Adam lo descubrió y no tuvo escrúpulos en sacrificar a uno de los mejores
amigos de su padre para salirse con la suya.
En cierto modo, Camille ya había sospechado que había algo turbio detrás de sus
visitas. Eran tan obsesivas en un muchacho que podría tenerlo todo que llegaron a
alarmarla.
—Si eso fuera cierto —terció aún —, ¿cuál es su plan?
Roxanne se humedeció los labios. Si todo se torcía, ella acabaría sus días en un
castillo irlandés rodeada de criados y apartada de la sociedad. Pero aquellas
mujeres…
—Quiero hacer que se delate — les dijo —. Conseguir que se delate para llevarlo
ante la justicia y rehacer el nombre de mi padre.
Un mohín de incredulidad se formó en los labios de Camille.
—¿Y cómo piensa lograrlo?
—Con vuestra ayuda. —Las miró, una a una —. Tengo un plan. Pero antes es
necesario que Adam confíe en mí.
—¿Y lo hará? —preguntó una de ellas, con ojos de cervatillo asustado.
—No. —Eso sí lo tenía claro—. Pero si logro que me desee lo suficiente, lo
llevaré a donde necesito, como se hace con un conejo y una zanahoria.
A su alrededor se hizo el silencio, hasta que Camille sonrió, y todas
comprendieron que no les quedaba otro camino si querían salir de donde estaban.
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Capítulo 26
Robert Carlisle alzó la cabeza que tenía sumergida entre las piernas de aquella
deliciosa criatura, y miró, feliz, al recién llegado.
—¡Adam! —exclamó, a pesar de las quejas de su amante, que estaba pasando por
una de las partes más deliciosas del trance amoroso y no quería que parase —. Únete
a nosotros.
Adam Baxley acababa de entrar y tenía el rostro especialmente grave, pero no se
escandalizó ante la escena que se estaba desarrollando ante sus narices, pues había
olvidado que aquel día había capítulo.
Sus cinco inseparables estaban tan desnudos como sus acompañantes y ocupaban
cualquier espacio cómodo de la confortable sala. Los suspiros y gemidos se sucedían,
y tan pronto James lograba llevar al paroxismo a la mujer que tenía sobre su regazo
como Archibald seguía la orden de su amante de hacerlo con más contundencia,
mientras su boca paladeaba las delicias de otra de ellas. John jugueteaba en ese
momento con dos placenteras criaturas y, por lo que se veía, estaba logrando
satisfacerlas a ambas. Por último, August había optado por algo más tradicional para
aquella fase del cortejo, y practicaba un misionero de manual con una dama experta,
que no dejaba de alabar la pericia del muchacho.
En otro momento, él habría formado parte de aquella orgía, tanto que hubiera sido
imposible que se hubiera olvidado de qué día era y de las ineludibles
responsabilidades de un miembro del Club de los Caballeros Piadosos, pero el gesto
de fastidio que esbozó al enfrentarse con algo que escandalizaría a cualquiera fue más
que significativo.
—¿Podemos hablar? —le preguntó a Robert, agachándose para que pudiera oírlo,
ya que los muslos de la muchacha le aprisionaban la cabeza.
—¿Tiene que ser ahora? —La alzó para lanzarle una mirada incómoda —. No sé
si te has dado cuenta, pero estoy ocupado.
Adam no se doblegó.
—Serán solo cinco minutos.
Un suspiro se escapó de la boca de su amigo, lo que provocó un estremecimiento
de placer a su amante.
—Eso es lo que necesito para que mi amiga quede satisfecha. ¿Podrás esperar?
Adam fue tajante.
—No.
Cuando algo se le metía en la cabeza… Dedicó una mirada cortés a la muchacha,
que mostraba ojos desilusionados.
—Señorita, ¿me disculpa?
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Ella lanzó un bufido molesto, se puso de pie, y buscó a otro de los caballeros que
mantuviera libres los labios. Cuando Robert se alzó, despeinado y muy excitado,
buscó una de las copas que tendía un lacayo y pasó una mano por los hombros de su
amigo para conducirlo a otra de las salas.
No se molestó en vestirse. Aquellos cinco jóvenes se habían visto de todas las
maneras posibles y su intención era volver cuanto antes al encantador encuentro,
siempre y cuando August no satisficiera a su acompañante antes de que a él le diera
tiempo a regresar.
La sala vecina tenía una pequeña otomana sobre la que Robert se desplomó para
deleitarse con el vino.
—Me estoy empezando a plantear que debemos echarte del club — dijo al
aire —. Desde que te has casado, te has vuelto el tipo más aburrido de Londres.
Adam, que paseaba de un lado a otro como un lobo enjaulado, no le prestó
atención.
—Tengo un problema. Un problema serio.
Aquello hizo que su amigo se incorporara, preocupado.
—¿Puedo ayudarte?
—Necesito tu consejo.
Robert asintió. Hacía tiempo que Adam no participaba en los capítulos, cuando
antes era uno de los miembros no solo más activos, también más resistentes. Intentó
encontrar una explicación para su problema, y solo se le ocurrió una.
—¿Esa parte de tu anatomía que tan felices ha vuelto a nuestras amigas no
consigue alzar la cabeza?
Adam bufó.
—Es por Roxanne.
Pronunciar el nombre de su mujer en tan sacrosanto lugar hizo que tuviera que
cruzar las piernas.
—Me escandaliza que no llames a tu esposa como lady Dunwich. Dirigirse a ella
con su nombre de pila es tan íntimo que debería estar prohibido.
Adam se sentó para levantarse de nuevo, inquieto.
—Piensa cosas horribles de mí.
—¿Y desde cuándo te preocupa eso?
—Con ella me preocupa. Y mucho.
Su amigo lo observó mientras iba y volvía en dirección a la ventana. Aquel
caballero que tenía delante había sido uno de los más arrogantes, insensibles e
irrespetuosos que nunca había conocido. Y desde la maldita fecha de su boda, estaba
irreconocible.
—¿Qué ha hecho el matrimonio contigo, mi querido amigo?
Él apenas contestó.
—Esta noche me he despertado pensando en ella, y cuando hemos cumplido con
nuestro deber como esposos…
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—Te refieres a…
Ninguno de los dos usó el término exacto, a pesar de lo aficionados que eran a él.
Adam cayó nuevamente en la silla. Parecía desesperado, lo que impresionó
vívidamente a su amigo.
—¿Qué me pasa, Robert? ¿Por qué siento estas cosas por una mujer a la que
debería despreciar?
Lo ignoraba, pero los síntomas eran claros. Había conocido a otros caballeros que
se habían vuelto locos cuando el amor había llamado a sus puertas, pero ninguno
había tenido el mal gusto de enamorarse de su propia esposa. Eso estaba proscrito. Ni
siquiera el Príncipe Regente tenía tan mal sentido del humor.
Intentó consolarlo.
—¿Y Camille?
Adam soltó un bufido.
—Desde lo de las carreras, no quiere verme. Tampoco es que me apetezca.
Robert decidió ir al grano, aunque ello supusiera pronunciar la palabra prohibida.
—¿Me estás diciendo que empiezas a… enamorarte de tu esposa?
El rostro de Adam se volvió más lívido, pero no hizo por negarlo, como se
hubiera esperado.
—Quizá solo sea algo pasajero — se excusó.
Aquello era grave. Y mucho. Sobre todo, tratándose de la familia a la que
pertenecía lady Dunwich.
—Aparte de ser de un terrible mal gusto — adujo Robert —, es dramático que un
caballero sienta inclinaciones sentimentales por la madre de sus descendientes. Y más
si esta es hija del pérfido Andrew Blyton.
Adam se llevó la mano al cabello y sus dedos se perdieron dentro de la mata
desordenada.
—¿Qué puedo hacer?
Según decían los poetas antiguos, quitarse la vida era la única solución posible
ante tamaña catástrofe, pero no podía aconsejarle algo así. Intentó ser civilizado.
—Habla con ella.
Adam bufó otra vez.
—¿Eso lo solucionará?
Claro que no, pero le ayudaría a calmarse, y quizá, con el tiempo…
—Déjale claro que lo vuestro no es más que una transacción comercial — no
había otro remedio —, como marca la decencia. Y no muestres el más mínimo signo
de disfrute mientras lo hacéis. Que quede claro que es una mera obligación, algo que
incluso te repugna. ¿Lo has entendido?
¿Parecer indiferente entre las piernas de Roxanne? La última vez que se vieron,
su intención era despreciarla, y acabó haciéndole el amor de una manera tan salvaje
que aún le acometía por las noches y tenía sueños tan tórridos como húmedos.
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—¿Eso funcionará? —atinó a decir —. Así nos conducíamos al principio, y mira
a dónde hemos llegado.
Robert alargó una mano y la puso sobre su rodilla. Era fundamental que lo
comprendiera. Una vez se prendiera la llama en uno de ellos…, ¿quién no decía que
otro de los miembros del club empezara a sentir algo romántico por una mujer? ¿Qué
sería de ellos? ¿Qué sería del buen gusto?
—Sé firme y retoma tu conducta de caballero degenerado — le aconsejó lleno de
firmeza, a pesar de estar desnudo y aún excitado —. Es lo único que puede salvarte
de un matrimonio feliz.
Adam asintió.
—Hablaré con ella esta noche.
Robert le dio ánimos.
—Recuerda. No cedas. La indiferencia es tu arma. La inexpresividad, tu fortaleza.
No mostrar emociones, tu salvación.
Adam parecía enfermo, o, al menos, así lo indicaban sus ojeras.
Se puso en pie. Debía regresar. Roxanne estaría pronto de vuelta.
—Así lo haré.
Y se marchó, a pesar de los negros augurios que inundaron el corazón de Robert.
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Capítulo 27
—El placer no tiene más secreto que la entrega — murmuró madame Camille,
pasando ligeramente la punta de sus dedos por la encerada balaustrada.
Si Roxanne quería doblegar la voluntad de Adam Baxley, era necesario que
cayera en sus redes, que la deseara tanto que le fuera dolorosa su ausencia, que le
supusiera un castigo estar un solo día sin acariciar un retazo de su piel, que le
resultara irresistible.
A su pupila se le escapó un ligero gemido, pero no dijo nada.
Camille la había llevado hasta Old Street, a una casa de aspecto amenazante a la
que se accedía desde la primera planta.
No tenía claro cuál era su intención, pero cuando un truhan malencarado las dejó
pasar y accedieron a una galería, supo cuál sería la naturaleza de su lección.
El interior era bien distinto. Aunque algo anticuado, sus propietarios no habían
escatimado en gastos. La pulida madera del suelo estaba alfombrada con piezas de
calidad, mullidas y de colores suaves. Había cuadros en las paredes enteladas y
candelabros con todas las velas prendidas, tantas que parecía que la luz del día estaba
inundando el interior. Muebles de calidad, y un espacio amplio para conformar un
salón.
Ellas lo veían desde arriba, desde la galería superior por la que habían accedido a
la casa, por lo que tenían una visión privilegiada de lo que se estaba desarrollando allí
abajo.
Sobre las confortables otomanas y las mullidas alfombras, una profusión de
cuerpos desnudos se entrelazaba en busca de placer, y en todas las posturas
imaginables.
Camille le había dicho que aquel era uno de los burdeles más exclusivos de
Londres, donde su padre había intentado rescatar a algunas de las prostitutas que allí
trabajaban, si es que lo que contaba Roxanne era cierto.
Había más mujeres que hombres, pero todos estaban entregados al placer de tal
manera que el aire estaba embalsamado de gemidos, de suspiros quedos que a veces
se convertían en gritos de éxtasis cuando alguien estaba a punto de alcanzar el
clímax.
Desde aquella altura, adquiría un aire de irrealidad, como si estuviera
contemplando una pintura en movimiento donde sátiros y ninfas se entregaran sin
reservas a su naturaleza.
Roxanne se sentía incapaz de apartar la vista de la cadencia acompasada de
aquellas evoluciones, de los cuerpos desnudos, y de las contorsiones que algunas de
aquellas parejas adquirían para indagar más profundamente en el gozo.
Camille volvió a hablar.
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—La primera regla para dar placer es centrarte en lo que sientes.
Por un momento, pensó que su maestra se había equivocado.
—¿En lo que siente él?
—Eso vendrá más tarde. —Apenas sonrió —. Los amantes inexpertos basan sus
encuentros amorosos en hacer sentir al otro, y eso es un error, al menos, al principio.
Aquella reflexión le extrañó. ¿Cómo podía seducir a Adam si no ponía toda su
intención en agradarle?
Apartó un instante la vista de una pareja que copulaba sobre una plataforma
tapizada de terciopelo. Ella tenía los brazos abiertos y los ojos cerrados. Parecía
embargada por tal estado placentero que ningún otro estímulo que no fuera gozoso
podía alterar ninguno de sus sentidos.
—¿Y cómo se hace? —le preguntó.
Madame se tomó unos instantes antes de contestar. Los gemidos de los amantes
llegaban hasta ella como un coro celestial, o, al menos, así le parecía.
—Concéntrate en las sensaciones de tu piel — explicó, como un maestro ante una
atenta concurrencia —. Paladea hasta extraer todos los matices de aquello que
deguste tu boca. Recorre con tus ojos los rincones que conforman el cuerpo de tu
amante, sin juicios, permitiendo que sus estímulos se conviertan en sensaciones. Pon
toda tu atención en lo que oyes, en el sonido de tu boca cuando besa la otra, en el
aplauso de dos cuerpos que se unen, en lo que grita la garganta de tu compañero.
Embriágate con los aromas del sexo.
Aquella idea le resultaba tan extraña… Gozar para que su amante lo hiciera.
—¿Eso logrará que Adam me desee? — preguntó, no exenta de incredulidad.
Camille le sonrió. Aquella primera lección nunca era fácil de asimilar, pero si no
se entendía con toda su importancia, nada que se hiciera merecía la pena.
—Eso logrará que goces como ni siquiera has imaginado — le dijo —, y no hay
nada que encienda más a un amante que el placer que produce en el otro, sea cual sea
el medio de recibirlo. Pero esta solo es la primera regla.
Roxanne tuvo que tragar saliva, pues los acontecimientos que se estaban
produciendo ante sus ojos, lejos de escandalizarla, solo le despertaban una deliciosa
curiosidad.
—¿Y la segunda? —preguntó.
—Siente sus emociones. Si llegas a un nivel exacto de comunión con el otro
cuerpo, serás capaz de adivinar qué deben hacer tus manos y tu boca, tu cuerpo y tu
corazón. Si logras esto, harás que tu encuentro amoroso sea inolvidable.
Uno de los hombres llegó al orgasmo con tal gemido que Roxanne abrió la boca,
presa de una extraña turbación.
—¿Hay más? —preguntó, sin poder apartar la mirada del rostro extasiado del
afortunado.
Camille se complació al ver que su pupila estaba aprendiendo sin reservas. No era
fácil. Las mujeres eran educadas ajenas a las sensaciones de su cuerpo. Cualquier otra
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se hubiera escandalizado por lo que se estaba desarrollando allí abajo. Roxanne no.
Parecía tan curiosa como exenta de prejuicios.
—Entrégate sin reservas —dijo al fin —. Al sexo hay que acercarse de la misma
forma que una novicia ante Dios. Con los brazos abiertos y sin nada que ocultar. No
retengas nada, no ocultes nada, no dejes de experimentar cosa alguna que desees.
La muchacha no tuvo más remedio que mirarla. Había observado el abandono al
que se entregaban aquellas personas. ¿Qué sería de ella entregándose así a un canalla
como Adam Baxley?
—Eso me asusta —pudo decir.
Camille asintió.
—El placer asusta. Por eso somos una sociedad que tendemos a la tristeza y la
desesperación, porque no nos entregamos a él sin tapujos.
Roxanne meditó aquellas palabras. Eran extrañas, pero tenían algo que las hacía
reales, verdaderas.
Escrutó los ojos de Camille. La miraban con una mezcla de curiosidad y
admiración.
—¿Usted…? —No podía hacer aquella pregunta desde la distancia —. ¿Tú pones
todo esto en práctica?
La madame asintió lentamente.
—Igual que harás tú. Con absoluta entrega con cada cliente. Con tanto arrojo
como si en ello me fuera la vida. Pero solo hay una barrera.
—¿Cuál?
La miró a los ojos, fijamente, para asegurarse de que la comprendía.
—Tras el estallido de la pasión, tómate unos segundos para serenar tu alma y
repetirte lo que de verdad quieres. En mi caso, tener una vejez asegurada. En el tuyo,
vengarte de Adam Baxley.
La frente de Roxanne se crispó.
—Lo que quiero es justicia.
Cuando Camille contestó, no había en su tono rastro alguno de cinismo.
—¿Seguro?
Se dio cuenta de que quizá hubiera un atisbo de verdad en lo que su maestra
acababa de decir, pero no quiso verbalizarlo.
—Sí, seguro.
Camille asintió de nuevo.
—En ese caso, es imprescindible que, tras yacer con él, te agarres a ese objetivo
de justicia. Absolutamente imprescindible.
—¿Por qué?
Una mano de Camille fue hasta su hombro y se posó allí, como si quisiera que
aquellas palabras se le grabaran a fuego.
—Porque si no lo haces, el placer puede tornar en amor, y una vez que eso
sucede, estarás perdida.
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Capítulo 28
A Adam le extrañaron aquellos golpes en la puerta a una hora tan tardía. Su valet ya
lo había atendido y, a menos que fuera algo urgente, su secretario no solía molestarlo
a esas horas de la noche.
Estaba en mangas de camisa, aunque el sueño no parecía dispuesto a aparecer. La
conversación con Robert no salía de su cabeza, y había llegado a la conclusión de
que, a la mañana siguiente, sin excusa alguna, hablaría con lady Dunwich, como
pretendía llamar a su esposa en adelante, y dejaría claros cuáles serían los principios
que marcarían su relación, y todos tenían que ver con el distanciamiento.
El par de golpes suaves volvió a repetirse, por lo que Adam fue hasta la puerta.
Cuando la abrió, se quedó con el pomo en la mano, los ojos clavados y una expresión
en el rostro que parecía haber visto un aparecido.
Se repitió mentalmente el sabio consejo que le había dado Robert: «La
indiferencia es mi arma. La inexpresividad, mi fortaleza. No mostrar emociones, mi
salvación».
—¿Podemos hablar? —preguntó Roxanne, que aguardaba al otro lado con un
candelabro en la mano y la expresión más inocente posible en el rostro.
Adam la miró de arriba abajo, y volvió a mirarla de la misma forma.
Llevaba puesto un largo camisón de gasa, tan fina que se vislumbraban sus
formas a través de la tela. Sobre él, una bata del mismo tejido, que acentuaba la forma
de sus hombros y daba dimensión al pecho, cuya canal quedaba a la vista. Su cabello
lucía suelto, ondulado y salvaje, y la flameante luz de las velas aportaba matices al
color de sus ojos que hacía difícil dejar de mirarlos.
Ante la impasividad de Adam, ella carraspeó, incómoda, y solo entonces él
reaccionó recomponiendo una actitud grave.
—¿No podríamos esperar a mañana para hablar?
Ella no vaciló. Se apartó un mechón de cabello que caía sobre su hombro, por lo
que su busto quedó expuesto al completo.
—Me gustaría resolverlo cuanto antes.
Adam aún lo dudó, pero llegó a la conclusión de que se le brindaba la
oportunidad de poner las cosas claras allí mismo, sin necesidad de tener que esperar
al día siguiente, así que se apartó.
—Adelante.
Ella pasó por su lado, arrastrando tras de sí un perfume delicioso que olía a
sándalo y a nardo. Se le metió bajo la piel hasta erizarla. «La indiferencia es mi
arma», se repitió, pero le causó poco efecto, sobre todo, cuando ella paseó por la
estancia, dejando que su mano acariciara los muebles que encontraba a su paso, de
una manera tan dulce que tuvo que tragar saliva.
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Ella se volvió para encontrarse con sus ojos.
—Nunca había estado antes en tu habitación.
Él pensó en la cama. En las sábanas suaves y cálidas, en la borra mullida, en la
resistencia de aquellas cuatro sobrias patas.
«La inexpresividad, mi fortaleza».
Carraspeó de nuevo e intentó esbozar un gesto inocuo que apenas le salió.
—Decía que tenía algo urgente que tratar. — Mantuvo todo el formalismo
posible, pero ella no le escuchaba.
Con paso lento, siguió recorriendo la estancia, y cuando acarició la almohada,
cuando sus dedos rozaron la tela, un escalofrío le recorrió la espalda.
Roxanne se quedó mirando un cuadro que había frente al lecho. Representaba a
una hermosa mujer desnuda tumbada en un lecho.
—¿Dánae? —preguntó, a pesar de que no había lluvia dorada.
Él estaba pensando en lo mismo, en el dios Zeus en forma de rocío divino
fecundando entre las piernas de la princesa argiva, lo que le provocó una
incomodidad visible dentro de sus pantalones. «No mostrar emociones, mi
salvación».
—Es Venus —pudo articular—. Pero me ha dicho, milady, que tenía algo que
decirme que no podía esperar.
Roxanne se dio la vuelta y se llevó una mano al cuello.
—¿Hace demasiado calor en esta habitación?
Y se deshizo de la bata, que cayó a sus pies, dejando el escotado camisón sujeto
apenas por dos ligeras tirantas, tan endebles que podrían deshacerse con un suspiro.
Adam contuvo la respiración. La deseaba. La deseaba de una manera tan innoble
tratándose de su esposa que hasta a él le suponía un problema de conciencia. Señaló
la puerta, aunque una de sus manos temblaba de deseo.
—Sea lo que sea, creo que debemos tratarlo mañana.
—Mañana es el baile de los Wycombe. — Roxanne se acercó hacia él,
lentamente —. Creo que tenemos que llegar a algunos compromisos si ambos vamos
a asistir.
Adam tragó saliva, pero no se movió de donde estaba.
—¿Por ejemplo?
—No intentarás humillarme.
Fue capaz de asentir.
—Me parece bien.
Ella dio un paso más.
—Te portarás de una manera civilizada.
—No sé si sabré hacerlo —dijo tras no poder resistir un gemido.
Y otro paso más, tan cerca que el perfume de Roxanne lo invadió, y todo lo que
había alrededor se convirtió en invisible. Solo ella. Solo Roxanne.
—Y me harás el amor cuando volvamos a casa.
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Uno de los ligeros tirantes del vestido se deslizó por el hombro, dejándolo
indefenso, y Adam no pudo soportarlo más.
Se abalanzó sobre su boca como un sediento sobre una copa helada de vino, pero
ella lo detuvo colocándole las manos en el pecho, evitando que el objetivo que eran
sus labios pudiera ser conquistado.
Adam parpadeó, confuso. ¿No había ido a su habitación de noche y apenas
vestida? ¿No habían pactado hacer el amor? ¿No…? Pero Roxanne sonrió, y fue ella
quien lo besó, muy lentamente. Despacio. Como si necesitara sentir el contacto suave
de la piel, el calor, el pálpito que gemía bajo ella.
Él lo aceptó y se dejó hacer. Los labios de su esposa, de la mujer que había
rechazado desde el primer momento, palparon los suyos, los dimensionaron, los
besaron de una forma tan tierna que un dolor de deseo se le alojó en los riñones como
nunca antes.
Las manos que lo detenían empezaron a tocar su fuerte pecho. Era algo ligero.
Como si Roxanne necesitara sentir antes que lograr que él lo percibiera. Una de
aquellas manos divinas accedió hasta su cuello y se detuvo justo encima de una
arteria poderosa que latía al mismo ritmo acelerado que su corazón. Fue entonces
cuando un gemido se escapó de los labios de su mujer, y él tuvo la sensación de que
nunca había deseado a nadie como ansiaba en ese instante el cuerpo de Roxanne.
Pero ella, de nuevo, lo refrenó. Contuvo sus ganas, su fuerza, y lo guio por un
mundo de caricias suaves y precisas, desinhibidas, pero tan delicadas que su piel
reaccionaba a cada una de ellas de una manera desconocida hasta entonces.
Cuando Roxanne se apartó un par de pasos y se perdió el contacto entre sus
pieles, él creyó que el mundo se desharía de la misma forma en que fue creado. Pero
ella mantuvo la mirada clavada en sus pupilas, y abrió ligeramente los labios
hinchados a besos, para dejar que el otro tirante se soltara y el camisón cayera al
suelo, dejándola desnuda ante él.
Adam boqueó. Había algo en la manera en que se ofrecía, en que lo llamaba, que
la volvía tan apetecible que no pudo evitar ir en su búsqueda.
Ella lo tomó de la mano, refrenando sus ganas, y lo llevó hasta la cama. Se tumbó
despacio, con una mano bajo la cabellera profusa, y la otra sobre su vientre, en una
postura muy parecida a la de la Venus que estaba pintada enfrente, y que palidecía
ante la belleza exuberante de Roxanne.
Como pudo, Adam se deshizo de su ropa. El deseo le dolía, lo atormentaba, y
nunca había sentido tanta necesidad de satisfacerlo. Pero la sonrisa de su esposa le
indicó que se tomara su tiempo, que no había prisas, que la noche acababa de
empezar.
Cuando se tumbó sobre su cuerpo, lo hizo muy despacio, sintiendo cómo cada
parte de él entraba en contacto con la piel deliciosa de ella, y una sensación
desconocida lo abarcaba, como si se acabara de sumergir en el baño más agradable
posible.
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Ella gimió y abrió los labios, por lo que tuvo que besarla, y cuando vio en su
rostro los estremecimientos de placer, el mismo que él le estaba proporcionando,
aquellas emociones inexplicables estallaron en su pecho llenándolo de algo muy
parecido a la felicidad.
Se amaron mirándose a los ojos, como si se dieran aliento el uno al otro. Y
cuando estuvo dentro en toda su envergadura, ella se mordió los labios y echó hacia
atrás la cabeza, sin contener el enorme placer que estaba sintiendo, y él se juró a sí
mismo que aquello era lo que siempre había buscado, aunque no terminara de
comprenderlo, aunque no tuviera una lógica que llegara a entender.
Se amaron con aquella paciencia que desataba un torrente de gemidos, con la
calma de quien quiere degustar cada uno de los movimientos de una mano, de un
beso, de una caricia, de un cuerpo contra el otro.
Ella había llegado al paroxismo dos veces y sin tapujos cuando él, al fin, se dejó
fluir. Sus emociones se destilaron en un líquido lechoso que la inundó de placer, y
cuando al fin terminó, tuvo que besarla, abrazarla, y permaneció en su interior,
intentando comprender aquellos sentimientos deliciosos que lo embargaban.
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Capítulo 29
El amanecer los sorprendió amándose de nuevo, como ya lo habían hecho cada una
de aquellas veces en que el sopor había dado paso al deseo.
Tras permanecer abrazados, él saltó desnudo de la cama, trasteó en un cajón y
regresó con algo oculto en una de sus grandes manos. Roxanne lo miró con
curiosidad, y se incorporó hasta sentarse en el lecho. Se sentía feliz. Quizá como
nunca antes. Las sábanas revueltas que olían a sexo se habían convertido en su feudo
particular, en un reino donde solo ellos dos habitaban.
—Me gustaría que lo llevaras — dijo él, sentándose de frente.
Abrió la mano y le mostró un anillo. Era muy simple. Un aro de plata de poca
calidad sin grabado alguno, que no terminaba de cerrarse para poder ajustarlo al
grosor de cada dedo.
Roxanne se quedó mirándolo. Su piel aún sensible bajo el placer del último
orgasmo. Debajo de aquel repentino sentimiento de felicidad, estaba confusa, y
mucho. Había llegado hasta allí aquella noche con la idea clara de doblegar a Adam,
de conseguir su confianza, y parecía haberlo logrado. ¿Por qué se sentía tan incómoda
entonces? ¿Por qué, en ese preciso momento en el que él le ofrecía un sencillo
presente, era incapaz de mirarlo a los ojos, cuando lo había hecho intensamente
mientras la hacía suya?
—Las mujeres de mi familia heredan unas de otras un anillo muy antiguo y
valioso — dijo él —. El Dunwich que heredará los títulos se lo entrega a su esposa
como presente de bodas. Yo lo ofrecí hace muy poco tiempo, antes de saber que
existías, a una mujer que creía amar. Fue un error.
Ella parpadeó varias veces. Debía tratarse de Camille. ¿Le estaba diciendo que ya
no la amaba? Recompuso una sonrisa. Aquello lo hacía aún más difícil.
—Así que no es este anillo.
Él sonrió. El rostro que la había asustado le parecía ahora el más encantador.
Adam Baxley, con el cabello alborotado y una sonrisa preciosa encajada en los labios,
era lo más parecido a la felicidad que nunca había rozado con la punta de los dedos.
Adam le tomó una mano.
—Aquel anillo está impregnado por el dolor y las mentiras. Muchas de sus
poseedoras han sido desgraciadas. Mi madre lo es. Por eso quiero entregarte este.
Ella lo tomó con cuidado. Lo mantuvo cerca de sus ojos para disfrutar de su
sencillez.
—Es hermoso.
Adam volvió a sonreír.
—Fue un regalo de cumpleaños de mi ama de cría. Ella fue la única persona que
estoy seguro de que me quiso por quien soy. Cuando mis padres descubrieron que le
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tenía afecto, la despidieron de inmediato, ya que podría volverme débil, lo que no
podía existir en la naturaleza de un Dunwich. Yo tenía siete años. No volví a saber de
ella.
Aquella historia, que la enterneció, daba explicación a algunos de los
comportamientos de Adam. Un niño criado sin amor, alejado de todo afecto,
cincelado para no tener escrúpulos.
—¿Por qué me lo das? —le preguntó —. Es valioso para ti.
Él se llevó la mano a los labios y estampó un beso profundo sobre su piel que
provocó en Roxanne otra de aquellas corrientes que la atravesaban cuando él estaba
cerca.
—Por eso —contestó—. Porque este puede ser el principio de una tradición
donde solo cedan el anillo quienes han sido felices juntos.
Roxanne sintió cómo le brillaban los ojos. La felicidad que se empeñaba en
embargarla en ese instante se corrompió cuando su mente recobró la cordura y
recordó por qué estaba allí y quién era en verdad Adam Baxley. No era el hombre
amable y delicado de aquella noche, sino un desalmado. No era el amante afectuoso y
pendiente, sino un sinvergüenza. No era el caballero cariñoso y gentil que la había
poseído con delicadeza, sino un crápula sin sentimientos.
No podía dejarse engañar por su palabrería. Posiblemente, aquello del anillo no
era más que un ardid y ella seguía siendo la misma víctima con la que se había
casado.
Roxanne sonrió, pero su mirada era distinta, empañada por sensaciones
encontradas y ofuscada por aquella lucha entre la razón y su corazón.
—Lo llevaré puesto esta noche en la fiesta de los Wycombe — le dijo,
ajustándolo en el dedo anular.
A él le brillaron los ojos y volvió a llevarse la mano a los labios.
—Alguna vez te contaré cuál era mi plan para la próxima vez que te viera — le
confesó, acompañando la mirada socarrona con un guiño encantador.
Ella se mordió el labio, coqueta.
—¿Amarme?
Sonaron un par de golpes en la puerta, y el mayordomo entró sin esperar permiso.
Al verlos a ambos en la cama de su señor, se detuvo en seco y hundió la mirada
en la alfombra.
—Lamento la interrupción, milord.
Adam estaba tan feliz que no le dio importancia.
—¿Sucede algo?
El mayordomo se puso firme.
—El señor Sullivan está abajo, milord. Dice que es urgente. Me ha encargado que
le transmita que es por ese asunto tan delicado que llevan entre manos, que usted lo
entendería.
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Por un instante, la mirada de Adam se opacó, pero fue tan breve que Roxanne se
preguntó si había sido cierto.
—Es mi secretario. —Lo meditó un instante —. Avise a mi valet para que me
ayude a vestirme. Bajaré a verle enseguida.
El criado hizo una reverencia y salió, no sin antes dedicarle una mirada torva a
Roxanne.
—Creo que no le gusto —exclamó ella.
Adam se puso de pie. Era un asunto que no podía tener dilación.
—Es una buena persona, pero está a las órdenes de mis padres y no está
acostumbrado a identificar la felicidad cuando la tiene delante.
Buscó una camisa con la que cubrirse antes de pasar a la otra estancia que
configuraba sus aposentos, donde ya le estaría esperando su valet. Roxanne siguió sus
movimientos sin poder resistir aquella sensación agradable que se empeñaba en
recorrerla.
—¿Tienes que irte? —suspiró.
Él se lo agradeció con una de aquellas sonrisas que lograban desarmarla.
—Es algo sin importancia, pero requiere mi atención. — Fue hasta la cama y le
dio un ligero beso en los labios —. ¿Me esperarás?
—Lady Albyn quiere que…
—Empiezo a odiar a esa mujer.
Ambos rieron. Parecía que las tormentas que los eclipsaban la noche anterior se
habían disipado, al menos, en el corazón de Adam, porque en el de Roxanne…
—Iremos juntos a la fiesta — dijo ella, retorciendo con un dedo uno de sus
rizos —, y a la vuelta…
Él se mordió el labio. Si su secretario no estuviera abajo…
—¿No podemos prescindir de la fiesta?
Ella se contoneó, sabiendo el efecto que estaba provocando en su marido.
—Eso hará nuestro reencuentro más interesante.
—Me gusta cómo piensas. —Ella bostezó y Adam reparó en la hora que era —.
Duerme un poco. Es muy temprano.
La mirada agradecida de Roxanne lo llenó de placer.
—¿Me darás un beso antes de irte? — dijo ella mientras se acurrucaba bajo las
mismas sábanas que habían acogido sus gemidos de goce.
Él no tuvo más remedio que obedecer. La tomó entre sus brazos y la besó, con
tantas ganas que, cuando se separaron, ambos tuvieron que recuperar el aliento.
La campana de un reloj marcó la urgencia. Adam se puso de pie y se estiró la
camisa para intentar ocultar lo que su esposa lograba hacer en su anatomía.
—Te haría el amor otra vez antes de salir por esa puerta — le dijo, yendo hacia
ella —, pero el deber me llama.
Cuando al fin se marchó, lanzándole un beso antes de cerrar tras de sí, Roxanne
supo que no tendría una oportunidad como aquella, y saltó de la cama, sosteniendo la
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sábana para tapar su cuerpo desnudo.
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Capítulo 30
Debía ser cautelosa porque Adam estaba al otro lado de la puerta, en la segunda
estancia que formaba parte de los aposentos personales del futuro conde, donde al
parecer solían ayudarle a vestirse.
Roxanne miró alrededor. Le pareció que el lugar idóneo era el secreter español,
una pieza de taracea en nácar y carey de enorme valor. Fue abriendo uno a uno los
cajones, con cuidado de no desordenar nada. Había desde viejas medallas, que
seguramente le habían entregado a algún antepasado heroico, hasta delicados
mechones de cabello atados con cinta, uno de los cuales creyó identificar como del
propio Adam Baxley. Lo analizó todo con cuidado, depositándolo después en el
mismo lugar de donde los había extraído.
Los cajones más grandes contenían documentos y correspondencia. Las cartas le
llevaron más tiempo del que tenía, pues el mayordomo podía entrar en cualquier
momento con solo dar un par de golpes en la puerta como ya había hecho. Incluso su
marido podía descubrirla husmeando, a quien se le podía pasar por la cabeza la idea
de despedirse de nuevo antes de encontrarse con su secretario.
La mayoría de misivas eran peticiones de algunos de sus arrendatarios, algunas
cartas de amor fechadas unos años antes, cuando era posible que a Adam aún le
quedara corazón, e informes legales sobre tal o cual compra de terrenos.
Tenía que haber algo. Cualquier cosa que lo vinculara con la trama por la que su
padre fue acusado, pero todo parecía inocente, demasiado inocente para alguien como
el futuro conde de Dunwich.
Uno de los cajones se le resistió. Tiró de él con cuidado hasta darse cuenta de que
estaba cerrado con llave. El corazón se le aceleró en el pecho. Aquello era una buena
señal, si es que llegaba a descubrir cómo diantres abrirlo.
Recordó que en uno de los cajones más pequeños había visto algunas llaves
diminutas. Las buscó hasta hallarlas de nuevo y empezó a probarlas. La primera no
encajó. La segunda entró hasta la mitad. La tercera era la correcta y emitió un ligero
chasquido cuando el cerrojo fue descorrido.
Tragó saliva porque sentía la boca seca.
Era posible que allí dentro estuvieran las pruebas necesarias para salvar el honor
de su padre y la dignidad de su familia.
Tiró con suavidad del pomo dorado y el cajón se deslizó hacia fuera sin
dificultad.
Lo que encontró dentro la dejó estupefacta. Eran los planos de Claridon Cottage,
así como unas viejas escrituras de compraventa. Las leyó. Eran de su padre. Un
documento oficial que certificaba la propiedad de su progenitor sobre aquellas tierras
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y esa casa. ¿Por qué lo tenía Adam? ¿Qué interés había en unas tierras que no valían
nada más allá de la vinculación emocional?
Las dejó donde estaban, cerró el cajón y devolvió las llaves a su lugar.
Aquello era desconcertante, pero no le servía de nada.
Volvió a mirar alrededor. Había un gran arcón donde seguramente se guardaba la
ropa de cama, una cómoda y una mesilla de noche. Decidió investigarlos todos.
El arcón, en efecto, estaba repleto de sábanas bordadas y toallas de algodón para
cuando traían la tina al dormitorio, las veces que el señor requería un baño. Lo revisó
a fondo y no encontró nada.
La cómoda era grande y pesada. En los cajones medio vacíos había camisas de
dormir, colchas y almohadas, todas perfectamente planchadas y perfumadas con
bolsitas de lavanda. Era evidente que el ama de llaves de aquella casa hacía un
excelente trabajo.
Solo le quedaba la mesita de noche, que contaba con un cajón pequeño y una
puerta. A esas alturas, Roxanne estaba completamente vencida, y era muy consciente
de que no encontraría nada.
En el cajoncito había un par de anteojos y algunos libros de aventuras, lo que le
llamó la atención, pues ignoraba que su esposo tuviera esa afición. Tomó aire antes
de abrir la portezuela, pero este se escapó en el mismo instante en que estuvo abierta,
porque dentro no había nada.
Se sentó pesadamente en la cama.
El día anterior hizo lo mismo con el despacho de Adam aprovechando un
descuido del servicio. Había registrado cada cajón de su mesa de escritorio, cada
estantería, cada puerta donde pudiera encerrarse un secreto, y estaba tan limpio como
aquella habitación.
Paseó la mirada por el cuarto. No había un solo rincón donde no hubiera mirado,
y todo era tan inocente como…
De repente, se le ocurrió algo.
El secreter de su padre tenía un compartimento secreto. ¿Y si aquel…?
Se levantó otra vez y fue hasta el rico mueble español. El de su padre se
accionaba pulsando una palanca junto al nacimiento de una de las patas. Buscó un
resorte, pero no lo encontró. Tanteó toda su superficie, intentando localizar una pieza
que no estuviera sólidamente fijada a la estructura, pero no existía.
Con un bufido de disgusto, fue de nuevo a la cama, pero esa vez se arrojó
bocabajo, hundiendo la cara en el colchón.
¿Y si todos tenían razón y su padre era culpable? Alguien le había dicho una vez
que los que han cometido una fechoría rara vez la confiesan y siempre se declaran
inocentes. ¿Y si ese fuera el caso de su progenitor? Aún recordaba el día que se lo
llevaron. Había pedido a la guardia unos instantes para hablar con ella antes de que lo
sacaran de la casa, y le había jurado que no era culpable de nada de lo que le
acusaban.
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¿Cómo no creer a un hombre que había sido todo en su vida hasta ese mismo
instante? ¿Cómo no echar las culpas a quien fue su más fiero detractor desde la
tribuna?
Recordó lo que había sucedido aquella noche entre Adam y ella. Había seguido
cada uno de los consejos de Camille y había abierto sus sentidos para gozar. Lo que
las manos de Adam, el cuerpo de Adam, habían conseguido lograr era casi un
milagro. Nunca había podido imaginar que se pudiera sentir algo así, aquella
sensación de que solo importaba ese preciso momento, la pérdida de dolor, de las
preocupaciones, del miedo.
Y eso lo había conseguido Adam Baxley, que una vez saciado, había continuado
siendo amable y tierno con ella, susurrándole palabras al oído, y acariciando su
cabello como si de verdad le importara.
Aquella cama se había convertido en el santuario de algo llamado… ¿amor? ¿Era
posible que lo que sentía por el hombre al que había aprendido a detestar fuera amor?
Se puso bocarriba y se quedó mirando el cielo del baldaquino. Era de seda azul,
con volutas bordadas, sencillo y varonil. Y una idea le pasó por la mente.
Otra vez salió de la cama. Esa vez se puso de rodillas y, con enorme dificultad,
pues pesaba demasiado, metió la mano entre la cama y el colchón y empezó a
recorrer el perímetro, buscando.
Iba a desistir cuando se topó con algo. Una superficie dura y cálida con aristas.
Tiró de aquello hasta lograr sacarlo. Era una especie de libreta grande, de tapas
duras, sin ninguna señal que la identificara. Temió abrir las cubiertas, porque algo le
decía que lo que hubiera en su interior lo cambiaría todo, pero lo hizo.
Ante ella aparecieron largas columnas de números, sumas y restas, y nombres de
mujeres, algunos de los cuales ya había leído, y a otras incluso conocía.
El cuaderno cayó de sus manos y los ojos se le inundaron de lágrimas.
Se acababa de dar cuenta de que había sido feliz por unos instantes, aquellos en
los que había creído que Adam era inocente. Pero aquel cuaderno contable escondido
bajo su colchón no dejaba duda alguna.
Consiguió serenarse, y ocultó el cuaderno entre las sábanas por si alguien entraba.
Buscó papel y pluma, y empezó a escribir una larga carta para madame Camille.
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Capítulo 31
Todo el mundo acudía al baile anual de los Wycombe. Habría ministros, altos
funcionarios, todos los pares del Reino que estaban en Londres en esa época del año,
e incluso se esperaba que la Reina hiciera una visita fugaz con el único propósito de
dar su beneplácito a una costumbre que duraba ya diez años.
Roxanne había pasado el día fuera, acompañando a lady Albyn, que necesitaba su
opinión para ultimar los preparativos de su atuendo. Habían comprado una docena de
guantes y la dama aún no estaba satisfecha. Recogieron el aderezo de brillantes que
llevaría en el baile, ya que quería asegurarse de que el mejor joyero de Londres no
tenía otros pendientes a la venta que pudieran hacerle sombra, y solicitó a su modista
que acudiera con urgencia, pues decía que el vestido no quedaba absolutamente
perfecto, como era menester en un evento como aquel.
Roxanne había sido su sombra durante todo el día, intentando sonreír y seguir el
constante parloteo de su protectora, aunque su cabeza era un maremoto de
pensamientos encontrados, y su corazón una tormenta de sentimientos que la
angustiaban.
Con el cuaderno que había descubierto y las declaraciones firmadas de un largo
listado de prostitutas, Adam Baxley estaba perdido. Solo necesitaba encontrar la
manera adecuada para que todos sus esfuerzos no cayeran en saco roto, ya que la
influencia de los Dunwich era alargada, y una denuncia ante las autoridades podía
desaparecer o volverse eterna si no era manejada de la manera adecuada.
A mediodía, había recibido una nota en casa de lady Albyn.
—Qué cosa tan extraordinaria que te escriban aquí. Y aún más tratándose de tu
marido.
Porque, en efecto, la nota era de Adam, y estaba firmada con un corazón
atravesado por una flecha después de su nombre.
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Tuvo el tino de preguntar al mayordomo por su marido, y la tranquilidad de que le
dijera que estaba en sus aposentos, terminando de vestirse, lo que evitaba que
tuvieran que verse a solas.
Su doncella hizo un trabajo excelente y, a la hora convenida, bajó por las amplias
escaleras hasta el vestíbulo.
—Estás… preciosa.
Los ojos de Adam, que la esperaba al pie de la escalera impecablemente vestido
de negro, con camisa inmaculada y pañuelo al cuello, no dejaban lugar a dudas de
que decía la verdad.
Roxanne había elegido un vestido de seda verde, tan intenso que parecía emanar
luz propia. El corte estilo imperio, a la moda, y el escote un poco más amplio de lo
habitual, ya que quería lucir los largos pendientes de esmeraldas que arrancaban
destellos del mismo color a sus ojos. El cuello libre, sin nada. Los brazos vestidos
con largos guantes blancos, y el cabello recogido y adornado con una ligera tiara de
las mismas piedras, que daban al conjunto un aire majestuoso.
Nada más verlo, Roxanne sintió aquel hormigueo en el estómago que le
acompañaba desde que era niña y se creía enamorada del apuesto Adam Baxley.
Ahora era su esposo, su amante, y una promesa de que el futuro podía ser feliz. Pero
eso no sucedería porque era necesario hacer justicia y que pagara por lo que había
hecho. Aquella era la única manera de recuperar el honor de su padre. De hacer
justicia.
Cuando Roxanne llegó a donde estaba él, le tomó la mano y se la besó, después la
acompañó al carruaje, que ya les esperaba perfectamente pertrechado.
Se veía tan feliz a Adam durante todo el trayecto que parecía irreconocible. Sus
ojos brillaban, su sonrisa era imposible de disociar de sus labios, y no le soltó la
mano en ningún momento, trazando planes sobre los próximos días: una visita a
Linchester House, donde podrían disfrutar de la soledad del campo, una merienda
junto al río en un recodo solitario que había descubierto en sus paseos a caballo,
incluso un viaje por el continente, pues decía que España estaba llena de lugares
mágicos que hablaban de amor y que quería que visitaran juntos.
Roxanne escuchaba cada una de sus palabras y las recibía como una flecha
lanzada directamente a su corazón. Asentía, lo animaba a que siguiera hablando, y
correspondía a sus constantes caricias con una sonrisa y una mirada que intentaban
ser de afecto, pero que tenía todos los ingredientes de la traición.
Cuando llegaron a la mansión, Adam la besó antes de que descendieran, y ella
sintió en sus labios el sabor amargo de la venganza, que por el momento no era tan
delicioso como había soñado.
Entraron en el salón tomados del brazo. Muchas miradas se volvieron al verlos
aparecer, ya que formaban una pareja perfecta. El escándalo de las carreras había
resonado en todo Londres, pero en ese momento, viendo cómo la habitual mirada
indiferente de Adam Baxley se había vuelto dichosa, muchos dudaron si aquella
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escena no sería una forma de levantar los celos de una esposa que quizá no lo
atendiera como él requería.
Sus suegros estaban allí. El conde, tan rígido como siempre, les dedicó una
inclinación de cabeza desde la distancia para volver a su conversación con un general
del ejército y dejar de prestarles atención. La condesa estaba rodeada de damas tan
ancianas y retorcidas como ella, y la diseccionó a través de su monóculo, sin apartar
la vista, como si quisiera asegurarse de que su nuera se comportaría como era
menester.
—Qué sorpresa tan dichosa — dijo Robert, que salió al encuentro de la pareja,
abandonando las galanterías que dedicaba a su deliciosa lady Diana.
Adam iba a responder cuando lady Albyn le robó a su esposa aduciendo que
había «caballeros de verdad» que querían conocerla.
Él se la entregó con una sonrisa de complacencia, aunque no podía evitar buscarla
con la mirada de vez en cuando, como si necesitara cerciorarse de que estaba cerca,
de que se marcharían pronto, y de que cumpliría su promesa de hacer el amor en
cuanto llegaran a casa.
Los bailes se sucedieron y Adam se guardó el último, permitiendo a una tanda de
mequetrefes que surcaran la pista conduciendo a su esposa, y pendiente en todo
momento de que ninguno de ellos se sobrepasase.
—Quién te ha visto, amigo mío — le dijo Robert, que no daba crédito.
—Ha llegado el momento de sentar la cabeza.
—¿Y todas aquellas inconveniencias que decías sobre tu esposa?
Adam no podía dejar de mirarla, mientras bailaba con un viejo marqués que
parecía encantado.
—No sé qué ha hecho, pero ha logrado que solo quiera estar con ella y que mi
corazón se haya abierto a algo que creía imposible.
Robert sonrió con picardía.
—¿Amor, o deseo?
Él no lo dudó.
—Amor y deseo.
Cuando tornó el momento de los brindis, se retomó la vieja tradición de hacer
alzar la copa a aquellos que habían sido presentados en sociedad aquel mismo año.
Desde la distancia, Adam le lanzó a su esposa una mirada cargada de cariño, que
le daba ánimos, pues sabía que ella sería una de las que tendrían que brindar delante
de todos y se la veía asustada.
Roxanne correspondió con una expresión que no supo comprender ni identificar:
¿Miedo? ¿Desilusión? ¿Culpa?
Aquello lo dejó un poco preocupado y llegó a la conclusión de que, en cuanto
terminaran los brindis, se irían a casa para planificar las delicias que esperaba poder
ofrecer a su esposa los próximos días.
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El corro ya estaba formado. Los ministros y altos dignatarios en primera fila junto
con las damas, pues la Reina había excusado su presencia en el último momento,
como era habitual.
Lord Wycombe dio el discurso inicial para dar paso a un caballero muy joven que
ensalzó la patria con voz temblorosa. Le siguió el embajador lombardo, que exaltó las
virtudes inglesas, cargando un tanto las tintas en el tema de la virtud. Cuando le tocó
a Roxanne, estaba visiblemente nerviosa, y Adam le lanzó otra mirada repleta de
afecto para que comprendiera que estaba a su lado, que contaba con él.
No alzó la copa, sino que la mantuvo apretada contra su vientre, como si intentara
contener el nerviosismo que la embargaba. Miró a Adam un instante, pero él no vio
en sus ojos nada que le tranquilizara. Pasó la vista por la concurrencia, como si
quisiera cerciorarse de que estaban todos aquellos que era necesario que la
escucharan, y clavó los ojos en el ministro de Justicia.
—Quiero agradecer a todos que me hayan acogido como lo han hecho
— empezó —, sobre todo, sabiendo que soy la hija de Andrew Blyton.
Hubo un murmullo de aprobación no exento de banalidad.
—Mi padre fue acusado sin pruebas y murió en la cárcel. Mi madre se suicidó
una semana después. Lo perdimos todo, aunque todo lo hubiera regalado a cambio de
la vida de mis padres.
El murmullo inicial se tornó un tanto oscuro, y el conde de Dunwich palideció.
Lady Albyn, con la sonrisa congelada en los labios, se acercó para hablarle al
oído.
—Es de mal gusto tratar esto, querida.
Pero Roxanne no la escuchó. Esa vez sí fue capaz de separar aquella copa amarga
de su cuerpo, como un cáliz cargado de hiel.
—Hoy he descubierto pruebas que implican directamente al culpable de los
cargos por los que fue condenado injustamente mi padre. Pruebas irrefutables que no
dejan lugar a dudas de quién fue el villano que cometió el delito.
La condesa de Dunwich se acercó a ella peligrosamente desde uno de los laterales
del salón. Se asemejaba a una tigresa, pero tenía el rostro congestionado y la tez tan
pálida que parecía a punto de desmayarse. Roxanne prosiguió. No podía dejar que la
callaran.
—En este momento, esas pruebas están siendo presentadas ante las autoridades,
junto con una veintena de testimonios de personas implicadas en el caso que
exoneran a mi padre de toda culpa. Lo hago público para que todos sepan que se ha
presentado una denuncia y para que el poderoso culpable no pueda utilizar sus
influencias para librarse de la justicia. — Alzó la copa, dirigiéndose directamente al
ministro —. Cuento con su valentía, milord, y su apego al honor.
La copa cargada de hiel fue aceptada por el alto dignatario con un contenido
malhumor. Acababan de retarlo delante de la sociedad inglesa, y si no daba la
respuesta adecuada, aquello sería otro escándalo.
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—Es usted atrevida y arrojada — carraspeó, pues todas las miradas estaban
clavadas en él —, y esas pruebas que dice poseer serán valoradas de manera
escrupulosa. ¿Nos dirá quién asegura que es ese supuesto malhechor?
Ella tragó saliva. No se atrevía a mirarlo. A Adam. Al hombre que sabía que
amaba. Que la amaba, pero que no podía salir indemne de su culpa. Alzó la cabeza, y
con ella la voz.
—Supuesto malhechor, no. Es el culpable, y se trata de mi marido. Adam Baxley.
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Capítulo 32
—Ha apelado —exclamó Camille, dejando caer, exasperada, la Gaceta sobre la mesa
ante la que leía Roxanne.
En los últimos dos meses, la situación de todos había cambiado profundamente.
Adam Baxley fue apresado aquella misma noche por orden del ministro. La
acusación había sido presentada delante de toda la Corte y las pruebas eran sólidas.
Dejarlo en libertad hubiera supuesto un descrédito para él y para la Corona, algo que
no podía permitirse. Además, quitar de en medio a un crápula corrupto como era
aquel joven le traería la simpatía de lo más rancio de la sociedad.
Lady Albyn odiaba los escándalos en los que pudiera estar implicada, ya que
amaba los ajenos, y a nadie pasaba desapercibido que la causante de todo aquello era
la muchacha que había cogido bajo su protección, así que una amistad que parecía
inquebrantable se volatilizó con la misma espontaneidad que una pompa de jabón en
un mes de verano.
La detención de Adam fue un golpe duro para los condes de Dunwich, a quienes
solo su férrea educación impidió que la acusaran allí mismo, delante de todos, de ser
una mísera desagradecida, pero tuvo sus consecuencias.
A Roxanne Blyton ya no le estaba permitido acceder a ninguna de las propiedades
de la familia, y tanto su doncella como todas sus pertenencias fueron puestas en la
calle aquella misma noche, con el mensaje claro de que no debía volver a cruzarse en
su camino.
Ella ya lo había supuesto, y tenía acordado con Camille que la acogería mientras
buscaba un lugar donde hospedarse, lo que esperaba lograr en breve.
Aquello supuso un escándalo aún mayor: la que iba a ser la futura condesa de
Dunwich, y toda una Howard por parte de su madre, vivía en un prostíbulo y, según
las habladurías, se dedicaba incluso al oficio más antiguo del mundo.
A Roxanne todo aquello le importaba un bledo. La paz que había creído encontrar
tras la detención de Adam no había aparecido por ninguna parte, y, en su lugar, lo
único que la atenazaba era una sensación de asfixia que la hacía despertar por las
noches envuelta en pesadillas y no la dejaba descansar por el día.
El juicio se celebró pronto como única manera de acallar a una sociedad
demasiado volcada en los cuchicheos y que ya había lanzado un juicio en paralelo
donde tanto Adam como Roxanne eran culpables.
Ella tenía la intención de no asistir a ninguna de las seis interminables sesiones
donde fueron testigos todas aquellas mujeres que dieron fe de que Andrew Blyton
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jamás había buscado otra cosa que su bien, y tenía la intención de retirarlas de aquel
monstruoso modo de vida.
El juez la llamó para declarar el último día. Ella intentó negarse, pero el fiscal fue
claro: si no daba fe de lo que había encontrado y dónde, era muy posible que Adam
saliera absuelto.
Accedió, aunque cuando llegó a la corte de justicia, temblaban cada una de las
fibras de su cuerpo.
Cuando entró en una sala abarrotada, se hizo el silencio. Adam estaba de espaldas
a ella, en mangas de camisa y con el cabello alborotado. Pasó por su lado sin querer
mirarlo y, mientras los abogados la asaeteaban a preguntas, logró esquivar sus ojos,
perdiéndolos entre el entarimado de madera.
Solo cuando bajó del estrado para marcharse cometió la temeridad de buscar su
mirada.
Adam estaba más delgado, y profundas ojeras circundaban sus cuencas. La
brillante mirada azul estaba opacada, aunque no había apartado la vista de ella en un
solo instante. Fue apenas un segundo. Algo instintivo mientras permitía que el letrado
le tendiera la mano para ayudarla a bajar del bancal, pero resultó suficiente.
Lo que vio en sus ojos la desarmó. Esperaba encontrar rencor, resentimiento, odio
profundo y mortal. Pero no había nada de eso. Se enfrentó a su incomprensión, a un
corazón roto y a la necesidad de buscar la manera de perdonarla.
Por supuesto que fue declarado culpable, y ella recibió una compensación
económica por las posesiones que le habían sido arrebatadas a su padre. La casa
familiar, que a pesar de los años no había sido liquidada, le fue devuelta, no así
Claridon Cottage, que había sido vendida a un inversor extranjero.
Roxanne se había mudado de inmediato, quedándose con el dinero necesario para
subsistir con sencillez, como decía su padre que debía ser la vida de alguien honrado,
y con el servicio indispensable, que era dirigido por Doris de manera eficiente.
El resto del dinero lo repartió entre cada una de aquellas mujeres que habían
formado parte del proceso, lo que a la mayoría les dio la libertad de elegir qué tipo de
vida querían seguir teniendo. A las que habían muerto, recompensó a sus familiares, y
a Camille la convirtió en una buena amiga.
Indiferente a las exclamaciones escandalizadas de la sociedad, las recibía a todas
cuando querían venir a hablar del pasado, y las trataba con la dignidad que merecían.
Había sido con aquella naturalidad de vieja amiga como se había presentado esa
tarde Camille sin anunciarse para comunicarle que Adam Baxley, en prisión desde
entonces, había apelado el resultado de su juicio.
Roxanne tomó la Gaceta y leyó la noticia, que estaba explicada en la primera
página.
—¿Tiene posibilidades de prosperar?
Camille se sirvió una taza de té, pues Doris sabía que le gustaba y mandaba
servirlo en cuanto aparecía.
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—Habrá un nuevo juicio en la Corte Suprema — le dijo —, precisamente donde
su familia tiene más influencias.
Los Dunwich le tenían declarada la guerra. Buscaban cualquier momento para
criticarla y estaba segura de que ellos habían sido quienes hicieron correr el rumor de
que se dedicaba a un modo de vida contra el que habían combatido ella y su padre
desde siempre. Tenían fortuna, posición e influencia, lo necesario para vencer en un
nuevo juicio donde ya no habría ningún ministro cuyo honor estuviera en juego.
—¿Y qué sucederá si lo absuelven?
Camille dejó la cuchara sobre el platillo y se recostó en el sofá.
—No debes preocuparte por tu fortuna. Lo que te ha sido entregado se debe a la
exoneración de tu padre. No te será arrebatado.
—No me refiero a eso, Camille. — Le temblaba el pulso —. Si es puesto en
libertad… Sigo siendo su esposa.
Su amiga lo entendió de inmediato. ¿Cómo había podido pasársele? Como
marido, tenía todo el poder sobre ella. El poder de hacerla volver, el de encerrarla, el
de golpearla, el de deshacerse de ella para siempre. Intentó tranquilizarla.
—Puedes solicitar la nulidad.
—Tardaría años.
Dejó la taza sobre el mantel ricamente bordado y miró a su amiga fijamente a los
ojos.
—¿De verdad quieres estar separada de él?
Roxanne arrugó la frente.
—No logro entenderte.
Camille le contestó teniendo cuidado de no herirla, pero conocía demasiado bien
el alma humana como para que le hubiera pasado desapercibido.
—No nos enamoramos de quienes queremos. Es posible que le ames, pese a todo.
Roxanne se la quedó mirando, con los labios ligeramente abiertos. Aquello no era
nuevo para ella. Cada noche rememoraba los días donde todo se había vuelto amable
y dulce. Las miradas de afecto, las caricias encendidas, los besos apasionados. Se le
escapó un suspiro sin pretenderlo.
—¿Y cómo podré saberlo?
—Ve a verlo. —Le tomó una mano—. Experimenta qué sientes cuando lo tengas
delante. Descubre si te has estado mintiendo todo este tiempo.
—¿Y si es verdad? ¿Y si le amo?
Aguardó unos instantes para contestarle. Si la respuesta era afirmativa, la escasa
dicha que pudiera existir en el corazón de Roxanne desaparecería para siempre. Un
hombre humillado era un peligro, alguien como Adam Baxley podría ser mortal.
—Si descubres que le amas — dijo lentamente —, es entonces cuando tendrás
que preguntarte qué hacer.
Roxanne apartó la mirada. Parecía exasperada, pero de fondo podía advertirse un
atisbo de emoción, como si aquella posibilidad pudiera ser cierta.
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—Nunca uniría mi destino voluntariamente a alguien que ha hecho lo que él.
—¿Estás segura?
—Sí.
Permanecieron unos instantes en silencio. Las cosas nunca salían como se
planeaban. Aquel juicio debía ser el último, y Adam tendría que pagar por lo que
hizo, pero… ¿sería así?
Camille sonrió, comprensiva.
—Ve a verlo, y hazte esa misma pregunta cuando salgas de prisión.
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Capítulo 33
La prisión de Fleet no era lugar para una dama. Estaba a orillas de uno de los
afluentes del Támesis, alejada de las zonas elegantes de Londres, y aunque albergaba
principalmente a deudores y morosos, también eran enviados tras sus sólidos muros
aquellos nobles cuyos delitos estaban vinculados con el lucro.
Cuando el cochero dejó a Roxanne a las puertas, el portero no la dejó pasar, por lo
que exigió ver al alcaide. Se armó un revuelo. No era habitual que una dama de
calidad cruzara aquellas paredes, y menos que trajera la petición de ver a un recluso,
de aquello se ocupaban los hombres de la familia, no las mujeres. Tuvo que esperar
hasta que otro guardia de aspecto malencarado le hizo un gesto para que lo
acompañara.
El interior de la prisión se parecía bastante a una de esas casas vecinales donde se
apiñaban los habitantes más pobres de la ciudad, con la salvedad de que no podían
salir de allí y de que cualquier inconveniencia era aplacada con el látigo.
Sabía que si se pagaba adecuadamente, se podía optar a ciertas comodidades,
como tener una celda propia y un par de comidas al día que, no siendo decentes, al
menos, consistían en algo más que un trozo de pan y una sopa sucia. Roxanne no
dudó que los Dunwich habrían pagado porque su hijo estuviera en las mejores
condiciones, pero una vez dentro, se preguntó si estas eran siquiera aceptables.
La condujeron por un pasillo estrecho y maloliente que salía a un patio igual de
sucio. Allí se distribuían varios pabellones con ventanas enjutas a través de las cuales
se divisaban las miradas curiosas de los presos.
Aceleró el paso tras aquel individuo y entraron en otro de los edificios. Parecía
más amable y limpio, lo que agradeció. La hicieron esperar de nuevo en un duro
banco, hasta que un hombre de rostro crispado salió a su encuentro.
—Lady Dunwich, ¿verdad?
Ella se puso de pie.
—Vengo a ver a mi marido.
El alcaide, por toda respuesta, le señaló una puerta abierta. Ella pasó y tomó
asiento ante la mesa de escritorio tras la que se sentó el responsable de la prisión, que
cruzó las manos sobre el tablero y esbozó un gesto adusto.
—Quiero que sepa lo que va a encontrar antes de permitirle reunirse con él.
Aquella aclaración la alarmó.
—¿Adam se encuentra bien?
—Nadie que cruza estos muros con una condena a cuestas lo está, y menos quien
lo hace con la actitud de su esposo.
Conocía el carácter levantisco del hombre con el que se había casado. Intentó
serenarse.
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—¿Ha sido… problemático?
—En absoluto —aclaró de inmediato —. Apenas se relaciona con nadie y, según
me dicen, no arremete contra quienes se burlan de él, algo muy habitual entre la
morralla.
Aquello era del todo inusual. El Adam Baxley que conocía era como un gallo de
pelea, siempre dispuesto a tener la última palabra y a quedar por encima de los
demás. Se acercó un poco a la mesa, aunque intentó que el alcaide no adivinara lo
que pasaba por su mente.
—¿A qué se refiere entonces?
El hombre hizo como que rebuscaba entre unos documentos, hasta sacar uno de
ellos que parecía una lista de peticiones.
—El conde de Dunwich es su suegro, ¿verdad?
—Así es.
—Vino a verme al día siguiente de su encierro y exigió las mejores condiciones
para su hijo. Le ofrecimos la celda más espléndida de la prisión, que cuenta con dos
estancias, chimenea y un colchón decente. También le ofrecimos la posibilidad de
contratar a un criado que le atendiera, hay reclusos que se prestan por unas monedas
y hacen bien su trabajo. Ampliamos la posibilidad de poder acceder al patio él solo,
en horas en que los demás reclusos están confinados. El patio es la zona más
peligrosa, ya que es donde se saldan las rencillas. Le pareció excelente y no escatimó
en gastos.
Roxanne parpadeó.
—¿Y cuál es el problema?
Aquel hombre la miró fijamente antes de contestar.
—Adam Baxley lo ha rehusado todo.
Aunque la respuesta no podía ser más clara, ella no la entendió porque el hombre
con el que se había casado jamás respondería de esa manera.
—¿Cómo que ha rehusado?
—Ha renegado de cualquier privilegio y ha exigido que lo recluyan en el común.
Comparte sala con otros trescientos presos, come la misma bazofia que los demás y
pone su vida en peligro cada día cuando sale al patio comunal.
No tenía sentido. ¿Por qué haría Adam algo así? Estaba acostumbrado a lo mejor
desde que nació y no había dudado en cumplir todos sus caprichos por muy
impropios que fueran. Aquel hombre debía de estar equivocado.
—Lo que me está diciendo no tiene explicación.
—Esperaba que usted me lo aclarara.
Había ido allí para cerciorarse de que lo odiaba y de que había hecho lo correcto.
Tenía que dejar a un lado todos aquellos sentimientos que la embargaban y centrarse
en lo que le había dicho Camille. Se enderezó en la silla y alivió la preocupación de
su rostro.
—¿Puedo verlo?
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—Por supuesto. —El alcaide se levantó y fue hasta la puerta —. He mandado que
vayan a por él, ya que no es conveniente que una dama cruce más allá. Pero tengo
que advertirle que le va a sorprender su aspecto. La cárcel siempre pasa factura, y él
no hace nada por aliviarla.
Cuando abrió, Roxanne se percató de que había algunos guardias al otro lado,
posiblemente, quienes habían ido en busca de Adam. Notó cómo se le aceleraba el
pulso y se le agitaba la respiración.
—Le dejo a solas —se despidió el alcaide —. Habrá algunos guardias al otro lado
de la puerta. Solo tiene que alzar la voz.
—Gracias.
Nada más salir, dos de los carceleros hicieron pasar a un hombre tan sucio que
tardó en reconocerlo. Llevaba puesto un rígido blusón acartonado, de una tela tan
recia que debía arañar la piel, pantalones del mismo material e iba descalzo. Llevaba
las manos atadas con grilletes, al igual que los tobillos. Lo empujaron para que se
sentara junto a la puerta, en un banco duro, y se marcharon, cerrando tras de sí.
Roxanne no había sido capaz de respirar, y se le escapó todo el aire contenido en
los pulmones en un gemido de angustia.
Era Adam, lo decían sus ojos, pero lo demás lo hacía difícil de creer. Había
perdido mucho peso y tenía el rostro afilado. Ojeras profundas y los labios resecos.
Aquella blusa informe hacía difícil comprobar en qué estado se encontraba, pero por
la manera en que se marcaban los hombros bajo la tela, todo daba a entender que
estaba esquelético.
Tuvo ganas de llorar y de tirarse a sus brazos, pero apretó el pequeño bolso de
tela y tragó saliva para calmarse.
—Vienes a asegurarte de que sigo entre rejas, ¿verdad?
Casi agradeció que su voz petulante siguiera indemne. Sus ganas de abrazarlo, de
besarlo y darle consuelo la atravesaban, pero no podía dejarse llevar.
—El alcaide me ha dicho que has rehusado todas las comodidades.
—¿Satisfecha con lo que ves? — dijo con una mueca cínica en los labios.
¿Satisfecha? Lo único que deseaba era cuidarlo, reparar sus heridas, devolver la
carne a sus huesos y consolar su sueño. Eso era lo único que ocupaba su cabeza en
aquel momento… Eso y la necesidad de mantenerse firme.
—No tienes buen aspecto.
—¿Qué esperabas? ¿Que esto fuera como un club de caballeros?
—Si no quieres que tus padres se hagan cargo, puedo pagarlo yo.
Adam se recostó sobre la pared. Un gesto de dolor le dijo a Roxanne que quizá un
carcelero se había sobrepasado con el látigo, pero logró que su expresión fuera
inexpresiva.
—¿Ponérmelo fácil? —Sonrió—. ¿Qué ha sido de tu necesidad de venganza?
—Justicia es lo que quería — tuvo que mirar al suelo porque no era capaz de
enfrentarse a sus ojos —, que el honor de mi padre fuera resarcido.
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—Costara lo que costase.
¿Por qué lograba enfurecerla cuando lo único que quería sentir por él era piedad?
—Tú fuiste quien cometió aquellos delitos — dijo en voz baja para no alentar a
los carceleros del otro lado de la puerta —. Encontré las pruebas bajo el colchón
sobre el que nos acabábamos de amar.
Él soltó un bufido y apartó la mirada.
—Esos cuadernos no son míos, lo dije en el juicio y lo repito ahora.
—¿Y por qué estaban allí? Era la letra de tu secretario, y juró ante el juez que
siguió tus órdenes.
—Mintió.
Se retaron con ojos de fuego. Los de él eran confusos, porque contenían una
mezcla de rencor y admiración. Los de ella, dolidos.
—¿Por qué iba a hacerlo? Es un buen hombre, un hombre fiel. Todo el mundo ha
mentido menos tú.
Un suspiro escapó de entre los labios de Adam. Alzó una mano y los grilletes
movieron la otra. Las bajó de nuevo, pero adelantó el torso para estar un poco más
cerca de ella.
—Roxanne —le suplicó—, no he sido un buen tipo, ni un buen esposo, ni un
buen hijo. No busco una excusa, porque jamás me ha importado nada que no fuera yo
mismo, hasta que empecé a conocerte.
El escalofrío recorrió la espalda de Roxanne y tuvo que apartar la vista de sus
azules ojos.
—No sigas por ahí.
—Acúsame de lo que quieras — insistió —; de deshonesto, de crápula, de
vividor, pero nunca haría daño a nadie, y menos a una mujer. Yo no soy quien crees.
Yo no dirigí esa red de prostíbulos ni di órdenes para acabar con la vida de aquellas
pobres mujeres que se quejaban. Jamás haría algo así.
Había ido allí para encontrar la paz, y lo único que la atenazaba en aquel
momento era una mayor incertidumbre.
—Si no fuiste tú, ¿quién lo hizo?
—No lo sé. —Cayó de nuevo contra la pared, agotado —. Si lo supiera, lo habría
declarado en el juicio.
No podía seguir allí, había sido un error ir. Verlo era un tormento. Escucharlo, una
contradicción.
Se puso de pie y se alisó la falda. Él siguió su mirada como un perro sediento una
fuente de agua.
—Solo quería saber si estabas bien — dijo Roxanne antes de salir.
Adam asintió, recobrando aquella templanza dolorida.
—Lo estoy.
—Cuídate, por favor.
—¿Acaso te importo?
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Lo que gritaba su mente y volaba en su corazón era tan diferente que la habían
partido por la mitad.
—Si puedo, volveré a verte. — Golpeó la puerta con los nudillos para que la
abrieran.
—No lo hagas. —Su voz fue firme —. Durante los próximos días no podré dejar
de pensar en ti y me volveré loco.
Uno de los carceleros abrió de par en par y se apartó para que ella saliera antes de
ir en busca del preso. Roxanne permaneció un instante allí, de pie, queriendo
arrojarse a sus brazos y besarlo como hicieron aquella última noche.
—Adam… —gimió.
Pero el guardia le pidió que salieran y Roxanne supo que no tenía más remedio
que obedecerlo y olvidarse de Adam Baxley para siempre.
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Capítulo 34
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marido y las razones por las que estaba en la cárcel.
Una sensación de asco le llenó la boca. ¿Cómo podía pensar en aquello si el
hombre que le había hecho sentir algo inolvidable estaba en las peores condiciones?
Le pareció ver un rostro conocido cruzando la calle. Se trataba del secretario de
Adam, un hombre de su misma edad y excelente reputación con el que nunca había
hablado, pero que le dio una buena impresión por lo que le dijeron de él durante el
juicio.
Lo recordaba perfectamente de verlo en casa, y le habían contado que estaba muy
afectado durante el juicio, mientras el fiscal y el juez lo asaeteaban a preguntas.
Intentó defender a Adam todo lo que pudo, escabullirse de cuestiones delicadas y
explayarse en aquellas que pusieran en valor la valentía y el carácter honorable de su
esposo. Pero cuando le preguntaron directamente si la letra que aparecía en el
cuaderno era la suya, no tuvo más remedio que decir la verdad.
Aún recordaba cómo la conmovió aquello cuando se lo contó Doris. Lo había
visto todo desde el conglomerado donde se sentaba el público, y fue justo en ese
momento cuando Adam perdió los estribos y empezó a insultarlo, por lo que el juez
no tuvo más remedio que expulsar a todos los espectadores de la sala y dejar solo a
los más cercanos al proceso.
Nunca se lo había agradecido a aquel hombre. Por un lado, que hubiera sido fiel a
su esposo, y por otro, que hubiera confirmado las pruebas que lo habían llevado a
prisión. ¿Era aquello cabal? ¿Sentirse agradecida por dos cosas que se contradecían?
Pues así estaban su cabeza y su corazón, hechos un lío y sin posibilidad alguna de
desenmarañarse.
Se inclinó y abrió la portezuela que comunicaba el interior de la carroza con el
asiento del cochero.
—Deténgase un momento. Quiero saludar a un conocido.
La orden fue cumplida de inmediato, y Roxanne iba a bajar del carruaje, una vez
la escalerilla estuvo desplegada, cuando observó algo.
El joven secretario estaba detenido delante de una tienda de sombreros. Uno de
esos establecimientos elegantes de los barrios acomodados donde no solían ser
atendidos jóvenes de su posición. Parecía impaciente, y por cómo miraba al interior,
daba la impresión de que esperaba a alguien que debería salir en cualquier momento.
—¿Necesita que la ayude, milady? — dijo su lacayo, que aguardaba junto a la
escalerilla, al ver que su señora se había quedado inmóvil.
Ella no contestó, no pudo, porque una persona que reconoció al instante acababa
de salir de aquella tienda, una mujer, y por la manera en que él le tomó la mano y se
la besó, sospechó lo que había pasado, y que Adam, el hombre al que amaba, era
inocente.
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Capítulo 35
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Pero Roxanne no se movió de donde estaba. Parecía alterada, eso sí, pero tan
firme como un monolito.
—Necesito su ayuda.
Aquello indignó tanto a su suegra que se llevó una mano al pecho.
—¿Será descarada?
Ella continuó.
—Siempre he sabido que mi padre era inocente, pero varias cosas que él me dijo
me hicieron pensar que quien había detrás de la trama de los prostíbulos por la que
fue apresado era Adam, su hijo.
El conde alzó una mano para que su esposa le dejara hablar.
—Si era así —le dijo—, ¿por qué aceptaste casarte con él?
—Para hacer justicia.
—Y para vengarte.
Se hizo el silencio. El mayordomo aprovechó para salir muy despacio, cerrando la
puerta a sus espaldas.
Roxanne tomó aire. Necesitaba la ayuda de sus suegros. Ella no era nadie en la
rancia sociedad inglesa, y lady Albyn ya no la protegía. Decidió sincerarse.
—Sí, también para vengarme. Lo reconozco, y no me siento orgullosa de ello.
Como tampoco deben sentirse ustedes por haber desatendido su afecto cuando era un
niño y por no haberlo cuidado cuando se quedó sin hermanos.
La condesa dio un paso en su dirección que su esposo detuvo tomándola por el
codo. Aun así, alzó un dedo amenazador.
—No te voy a permitir que vengas a mi casa a insultarnos.
Roxanne la miró a los ojos, pero en ellos no había ni un asomo de rencor.
—Me he equivocado y lo reconozco. Les ruego su perdón y comprenderé que no
quieran ofrecérmelo, pero debemos salvar a Adam.
Las cejas de su suegro se arrugaron en su frente.
—¿Qué estás diciendo?
—Mi padre me dio tres datos que me llevaron a incriminar a Adam. El primero,
que había visto al culpable de aquella trama una única vez, de refilón, mientras subía
a un carruaje, y que estaba seguro de que era su hijo.
—Mi hijo jamás haría algo así. — Casi escupió la condesa —. No me siento
orgullosa de él, pero no se lucraría con la desgracia de los demás.
—El segundo —continuó, sabiendo lo que aquello significaba para sus
suegros —, que una de las mujeres de las que se aprovecharon le había asegurado que
el proxeneta era un hombre de excelente posición que había caído en desgracia.
El conde soltó una risotada sarcástica.
—Acabas de describir a la mayoría de la aristocracia inglesa.
—Y el tercero —hizo una breve pausa —, que visitaba a una mujer de la vida de
manera frecuente. Todo me llevó a pensar que se trataba de Camille.
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El conde y la condesa se miraron. Habían sabido de aquella relación por algunos
amigos de su hijo, y si él no llega a apresurarse, en aquel momento estaría casado con
aquella mujer indecente. Aunque en los últimos tiempos se habían preguntado si no
hubiera sido mejor que hacerlo con Roxanne Blyton.
Fue la condesa quien contestó, aunque esta vez su voz parecía menos crispada.
—¿Ya no piensas lo mismo?
Ella se llevó una mano a la barbilla. Todo encajaba, pero aún le faltaban algunas
piezas.
—¿No le pareció extraña la declaración de su secretario en los tribunales?
—Si hubieras ido —la acusó su suegro —, sabrías que me encaré con él delante
del juez.
—Mandé a mi doncella, pero fue expulsada como el resto de los asistentes a la
sala cuando Adam insultó a aquel joven. Aunque sé que a ustedes se les permitió
permanecer en el juicio por el parentesco. ¿Qué sucedió?
El conde se llevó los pulgares a los bolsillos del chaleco. Aún no confiaba en ella.
—¿Por qué debería contártelo?
Roxanne lo miró sin apartar los ojos. Tenía que convencerlo. Era la única manera
de salvar al hombre que amaba.
—Porque creo saber cómo probar la inocencia de Adam.
—¿Tú? —La condesa casi le escupió —. ¿La misma que lo ha metido entre rejas?
Roxanne suspiró. El odio le había nublado la razón, y ahora debía arreglarlo.
—Me he equivocado —dijo con toda la humildad posible —, y no me siento
precisamente bien por ello. Mi único interés en este momento es reparar mi error,
sacar a Adam de la cárcel y dejarles tranquilos a los tres. Se lo prometo. Pediré la
nulidad del matrimonio y ninguna compensación si logramos salvarlo. Él y ustedes
podrán empezar de nuevo, sin estorbos. Sin mí. Estoy segura de que encontrarán a la
candidata adecuada. Deben creerme.
Los condes intercambiaron otra mirada de complicidad.
—¿Te retirarás sin más? —Se aseguró su suegra.
Roxanne no lo dudó.
—Sí.
Fue el conde quien habló.
—¿Qué quieres saber?
—La reacción de Adam durante el juicio, cuando su secretario confesó que él le
dictaba las cantidades que tenía que anotar en aquellos cuadernos.
—Le dijo que era mentira.
—Los culpables siempre dicen eso.
—Adam se indignó —insistió su suegro —. Lo acusó de ser un mentiroso y un
desagradecido, pues él le había dado casa y trabajo cuando fue despedido de malas
maneras por su anterior señor.
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—¿Cuándo fue eso? —Era un hilo del que tirar —. ¿Desde cuándo estaba ese
hombre trabajando para Adam?
El conde lo pensó un instante. Su memoria ya no era la de antes.
—No lo recuerdo.
—Más o menos desde lo de tu padre — intervino su esposa —. Fue por aquella
época. ¿Qué se te ha ocurrido?
Sí, todo cuadraba. Habría que reunir pruebas, pero las fechas y los datos se
ajustaban a lo que empezaba a tomar forma en su cabeza.
—Hace un momento me lo he cruzado por la calle. — Les contó —. He estado a
punto de saludarlo, pero algo me ha detenido. Creo que su actitud, y que alguien
como él aguardara en un lugar tan poco usual como una sombrerería femenina. Quien
ha salido de allí ha sido una mujer. Alguien a quien he visto antes en otra compañía y
que, por la forma en que se han conducido, era impropio de un secretario y una dama
de buena posición.
La condesa dio un paso en su dirección. El rencor había sido sustituido en su
rostro por la curiosidad.
—¿Quién era esa mujer?
Roxanne sonrió.
—Alguien de quien nunca podríamos sospechar.
El conde se rascó la barbilla y se dirigió a su esposa.
—¿Recuerdas, querida, quién era su anterior patrón?
Pero esta tenía la mirada clavada en su nuera, pues ambas, en silencio, habían
llegado a la misma conclusión.
—Se trata de… —dijo despacio.
Roxanne asintió.
—Así es. Él es quien está detrás de todo. Quien tendió la trampa a mi padre y
ahora a Adam, y quien ha salido indemne de sus fechorías.
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Capítulo 36
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empezó a convertirse en un martirio cuando la madera se le clavó en los huesos y sus
vigilantes no le permitieron levantarse.
Si por él fuera, se habría ahorrado todo aquello. La Corte Suprema dictaminaría la
misma sentencia y tendría que pasar por una nueva humillación, aunque eso era lo
menos importante.
Roxanne no había acudido a las sesiones de su primer juicio, así que no vendría a
esas. Verla era el único aliciente por el que albergaba algo de esperanza. Verla era, en
verdad, lo único que le importaba.
Durante aquellos meses de cautiverio, había podido ordenar muchas cosas en su
corazón y en su mente, y había llegado a la conclusión de que el único amor sincero
que había sentido nunca había sido por aquella muchacha de aspecto huidizo y
mirada vivaz con la que le habían obligado a casarse.
Si hubiera sabido eso entonces, habría aprovechado cada uno de los preciados
instantes en los que habían estado juntos, y no los habría desperdiciado en bravatas y
desplantes, como era tan habitual en él.
Un funcionario de la Cancillería apareció por la única puerta que permanecía
cerrada.
—Lord Dunwich, será llamado enseguida.
Estuvo a punto de mirar alrededor, porque hacía tanto tiempo que no le llamaban,
así que casi había disociado aquella dignidad de su propia persona.
Asintió y le dio las gracias, lo que provocó una mirada agria de sus carceleros.
Como le había anunciado, apenas se había marchado aquel individuo cuando dos
guardias vinieron a por él.
Lo trataron con respeto, y uno de ellos le ayudó a levantarse.
Tragó saliva antes de comenzar la marcha, en un cortejo que atravesó un patio, y
cruzó un largo pasillo hasta entrar al fin en la sala de audiencias donde sería juzgado.
De nuevo, tuvo que alzar las manos para protegerse los ojos de la luz cegadora de
las vidrieras. Estos estaban tan acostumbrados a la oscuridad que se quejaron con un
dolor sordo que se asemejó a un clavo insertado de un solo golpe en su cabeza.
Sintió cómo lo tomaban de los brazos para acompañarlo y cómo una voz amable
le decía que tomara asiento, tratándolo de milord. Cuando al fin pudo abrir los ojos,
se descubrió en aquella gran sala que conocía, de cara al público, sentado en la misma
tribuna donde estaban sus señorías, aunque rodeado de fuertes medidas de seguridad.
Estos tres jueces le miraban con curiosa gravedad, a lo que él correspondió con
una inclinación de cabeza. Aquello pareció dar la señal de comenzar con el juicio, y
un letrado leyó los cargos y la sentencia sobre la que debían deliberar.
Mientras lo hacía, se sintió con la confianza de mirar alrededor. Vio a Camille en
la tribuna superior, que parecía muy preocupada. En el otro extremo, sus ojos se
toparon con los de Doris, la doncella de Roxanne, quien en el otro juicio no había
faltado ni una sola vez. Le sonrió, y la muchacha se llevó un pañuelo a los ojos.
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En la parte inferior, donde tenían derecho de acceso nobles y familiares, estaban
sus amigos. James y August sentados codo con codo, John un poco atrás, Archibald
acompañando a lady Albyn, que no podía perderse un entretenimiento, y Robert
Carlisle, su más íntimo confidente, en primera fila. Le dedicó una sonrisa débil y su
amigo le correspondió con un gesto de valor.
Sus padres también estaban. El conde y la condesa habían optado por un lugar
discreto a un extremo de la primera bancada. Estaban impolutamente vestidos de
negro y tenían las manos cogidas. Su madre estaba muy pálida, pero mantenía la
cabeza erguida y orgullosa de siempre. Su padre intentaba aparentar que todo aquello
le era indiferente, aunque el brillo de sus ojos lo desmentía.
Adam tomó aire. Aquello no iba a ser más que una pantomima. El tribunal ya
habría estudiado los cargos y las pruebas en su contra y, si no se aportaba nuevo
material a su favor, se rubricaría la sentencia en unos minutos y él sería devuelto a la
cárcel.
—Gracias, secretario —dijo con voz grave el decano de los jueces —, y ahora, si
no hay nuevas…
Un revuelo al fondo de la sala hizo que se detuviera. El rostro del anciano juez se
arrugó, pues no estaba acostumbrado a que lo interrumpieran. Se escuchó la voz de
un guardia diciendo que ya no se podía pasar y la de una mujer que exigía entrar.
El magistrado llamó al orden y pidió que se le consultara. Uno de los celadores se
acercó para decirle algo en voz baja. Lo consultó con los otros dos mientras la
audiencia se preguntaba qué estaba sucediendo. Al final, accedió a dar permiso,
dejando claro que era solo por el estrecho parentesco.
De aquella manera poco ortodoxa, entró Roxanne en la sala de audiencias, y en
cuanto le fue permitido el paso, buscó a Adam, se centró en sus ojos y le dedicó una
sonrisa.
Él parecía asombrado, ya que no esperaba verla, pero cambió de opinión de
inmediato, pues solo por aquello la apelación y mil más como esa habrían merecido
la pena.
—Tome asiento, lady Dunwich, y me veo en la obligación de amonestarla por
llegar tarde.
Ella pasó por delante de sus suegros y les dedicó una mirada tranquilizadora.
—Pido disculpas al tribunal — dijo de pie ante el estrado, sin tomar asiento en un
bancal —, no ha sido un descuido. Razones relacionadas con el caso me han
entretenido más de lo que esperaba.
El juez decano parecía confundido.
—Su abogado no ha…
—No me ha dado tiempo a consultárselo, pero pido la venia para exponer nuevos
datos.
El hombre abrió mucho los ojos. Una mujer, una dama, dirigiéndose a la Corte de
Su Majestad.
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—Esto es del todo inusual — logró articular —, sobre todo, tratándose de usted,
que fue quien aportó las pruebas definitivas para su condena.
Roxanne asintió. Tenía unas ganas inmensas de mirar a Adam, de comprobar que
estaba bien, que no la detestaba, pero necesitaba convencer a aquellos hombres como
fuera, aunque tuviera que saltarse todos los convencionalismos.
—Si sus excelencias me permiten explicarlo — les dirigió una profunda
reverencia —, tendrán la información que necesitan para tomar la sabia resolución
que crean conveniente.
Con rostro malencarado, el juez al cargo del juicio consultó con los otros dos.
Hablaron en voz baja durante unos minutos. Parecía que no terminaban de ponerse de
acuerdo, por lo que él mismo tomó una determinación.
—Tome asiento —señaló el estrado de los testigos — y haga el juramento.
A Roxanne se le escapó un suspiro de alivio, a pesar de que aquel solo era el
principio. Necesitaba convencerlos y no iba a ser fácil.
Subió a la tarima que le señalaban, y mientras alzaban la Biblia ante ella, se
atrevió a mirar a Adam. Como siempre, aquel ramalazo le recorrió la espalda, una
sensación a la que ya se había atrevido a poner nombre, aunque aquella fuera a ser la
última vez que lo veía.
Le sonrió y él se la devolvió. Se sintió feliz a pesar de todo. A pesar de que podía
no conseguir nada o empeorar las cosas. Con aquella sonrisa, cualquier esfuerzo
como el que había hecho los últimos días estaba pagado.
—¿Qué nuevas pruebas puede aportar? — Le urgió el magistrado.
Ella carraspeó y comenzó con el discurso que había preparado.
—Mi padre…
El juez la interrumpió de inmediato.
—A su padre ya lo juzgamos hace años, milady.
—Necesito exponer los hechos para que sean entendidos.
—Hágalo de otra manera que no ofenda nuestra inteligencia.
Hubo risitas entre el público, y los otros dos jueces se congratularon entre sí.
Roxanne miró a la audiencia. Allí estaban todos. Lady Albyn la miraba con una
ceja alzada, no supo si asustada o impresionada, y el secretario de Adam, con la boca
tan apretada que debían dolerle los dientes.
—Lady Diana Aldrich — comenzó ella a decir — es una dama poco conocida en
sociedad pese a su belleza. Lo cierto es que no es raro, pues su título es inexistente.
Nació en Crawley, sus padres tienen una tienda de mantequilla que aún regentan, y se
fugó con un vendedor de medias cuando contaba quince años.
Una mujer bellísima que estaba entre el público se puso de pie.
—¡Eso es una burda mentira!
Era ella, Diana, la persona con la que todo había comenzado.
Roxanne no le permitió defenderse. Buscó un documento en el cartapacio, que
había colocado a su lado y que había pasado desapercibido a todos, y lo tendió al
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guardia de sala.
—Aquí está la declaración firmada de sus padres. Me han acompañado y pueden
entrar a declarar y a reconocer a su hija si sus señorías desean llamarlos.
De nuevo, los jueces intercambiaron miradas entre sí. Habló el presidente del
tribunal.
—¿Qué tiene eso que ver con este caso?
Roxanne no se amilanó, a pesar de que algunas risitas volvieron a oírse entre la
concurrencia.
—La señorita Morris, pues ese es su verdadero apellido, encontró que para
sobrevivir en Londres era necesario algo más que ganas, y tuvo que recurrir a sus
encantos, lo que no desagradó a su galán. De esa manera, ambos conocieron a un
aristócrata que pasaba por una situación delicada. Las deudas de juego estaban a
punto de llevarse por delante su vasto patrimonio, por lo que podría dar con los
huesos en la cárcel si no respondía a sus acreedores.
La bella Diana no se había sentado y tenía el rostro congestionado de furia.
—Lo que está contando es mentira — gritó.
Pero Roxanne no se inmutó. Rebuscó de nuevo entre los documentos y volvió a
tenderle algunos al guardia.
—Estas son las declaraciones firmadas de tres de esos acreedores, que podrán
explicar con pelos y señales lo que acabo de exponer. También me han acompañado y
esperan fuera, de ahí mi retraso.
Aquello empezaba a ponerse interesante y las burlas habían desaparecido de
repente. Lady Diana, igual de indignada, se abrió paso entre la concurrencia camino a
la salida, mostrando su irritación a cada gesto.
—Prosiga —dijo el magistrado, y después se volvió al capitán de la Guardia —, y
que nadie salga de esta sala.
Aquello hizo que la mujer palideciera y mirara alrededor como si buscara otra
salida. Los milicianos se agolparon ante las puertas para cumplir sus órdenes.
En aquel momento, Roxanne tenía la atención de todos. Un solo error, una frase
inconsistente, y su argumentación se vendría abajo. Miró a Adam para coger fuerzas.
Este tenía los ojos brillantes y se sentía incapaz de apartarlos de ella.
—El vendedor de medias —prosiguió —, que se llama Daniel Sullivan,
convenció al joven aristócrata para conseguir dinero fácil por medio de casas de
prostitución. Solo era necesario doblegar ciertas voluntades y él mismo se desharía de
los rivales. De esa manera, se forjó una red de prostíbulos donde trataban a las
mujeres con mano dura y donde las que protestaban desaparecían de la noche a la
mañana.
El decano se volvió hacia sus compañeros.
—Daniel Sullivan… ¿Ese nombre no está en el expediente?
—Así es, milord —le aclaró Roxanne —. Se trata del secretario de mi marido
— señaló hacia la segunda fila —. Está ahí sentado.
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El aludido no se movió. Sabía que no tenía salida. Solo podía esperar a que
aquella maldita mujer metiera la pata.
—Pero… —El juez parecía confundido.
—Lo entenderá enseguida.
Carraspeó.
—Adelante.
Quedaba lo más difícil, y las piernas empezaban a temblarle.
—Mi padre —prosiguió—, y permítame que ahora lo incluya, sospechó de todo
esto, pero no estaba seguro de quién andaba detrás. Una visita de Adam, mi marido, a
uno de los prostíbulos, lo confundió. Por eso implicaron a papá. Por eso convencieron
a los Dunwich de que declararan en su contra mostrándole pruebas falsas. Sabían que
su férrea moral les impediría proteger a un bellaco, aunque fuera un viejo amigo.
Estos no dudaron en convencer a su hijo de que también lo hiciera, y se equivocaron.
—¿Qué pruebas tiene de ello? — preguntó otro de los jueces.
Roxanne se giró para mirar a los condes, dos personas que la habían detestado.
Estos mantenían aquella dignidad antigua, pero en sus ojos lucía una mirada de
admiración.
—Aquí están mis suegros —los señaló —. Ellos podrán explicar cómo el
verdadero responsable de todo esto los fue envenenando con ideas falsas que lograron
convencerlos.
El conde asintió, y el magistrado no tuvo más remedio que convenir.
—Continúe, milady.
Sentía un terrible calambre atravesándole el vientre, pero necesitaba un poco más,
solo un poco más.
—Cuando mi padre fue condenado, todo parecía resuelto al fin, pero aquel grupo
de sinvergüenzas no se fiaba de Adam. Era demasiado impulsivo, demasiado
temperamental, como para no preguntarse si era cierto lo que le habían instado a
declarar. Así que le pusieron a alguien que le vigilara de cerca, el mismo Daniel
Sullivan — lo señaló —, su secretario de ese momento en adelante, que se encargaría
de conducirlo y corregir cualquier pensamiento de piedad hacia mi padre y mi
familia. — Se encogió de hombros y a Adam le pareció deliciosa —. Entonces
aparecí yo y empecé a preguntar, y, de nuevo, se vieron obligados a hacer algo para
alejar las sospechas, y a colocar pruebas que implicaran a Adam, como aquel
cuaderno que yo descubrí, cuando los verdaderos responsables son Daniel Sullivan
— señaló a un caballero sentado en la primera fila — y lord Robert Carlisle.
El murmullo de la concurrencia fue atronador. Lady Albyn se llevó una mano al
pecho, tan escandalizada como encantada con la nueva noticia.
—¡Eso no es posible! —se la oyó decir.
Robert no se inmutó. Sabía cuándo una partida estaba perdida, y aquella era una
de esas ocasiones.
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Roxanne tuvo que agarrarse a la silla, disimulando que su vista empezaba a
nublarse.
—No solo los acreedores lo reconocerán — añadió, sin dejar de señalarlo —,
sino que al otro lado de esa puerta aguardan varias mujeres que han trabajado para él
y desde hoy no le tienen miedo. Ellas declararán quién es y qué ha hecho, así como
los porteros de dos de sus burdeles, que permanecen en refugio seguro y hablarán
ante el tribunal si se les garantiza inmunidad.
El juez decano tuvo que usar el mazo para que aquella turbamulta se callara.
—Si todo lo que dice es cierto…
—Lo es —Roxanne no lo dejó terminar, firme, y le tendió los documentos al
guardia —, y en este cartapacio hay pruebas de todo y de más. Adam Baxley es
inocente, y merece ser puesto en libertad.
Ya estaba hecho. Lo que pasara a continuación solo Dios lo sabía. Habría que
tomar declaración a cada uno de aquellos testigos, debatir, deliberar. Miró a Adam.
Daría cualquier cosa por un último beso, pero había jurado a sus suegros que se
apartaría, que renunciaría a sus votos y dejaría Londres para no verlo jamás.
Tuvo ganas de vomitar.
Si no salía de allí cuanto antes, daría un último espectáculo. Estaba mareada y
todo le daba vueltas.
Mientras el juez golpeaba con su mazo sin parar para que toda aquella gente se
callara, ella intentó alzar la voz.
—Y ahora, si sus señorías me disculpan, no me encuentro bien y he de…
Pero no pudo terminar la frase, porque perdió el conocimiento y se derrumbó a
todo lo largo sobre el entarimado.
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Capítulo 37
Cuando abrió los ojos, no reconoció la estancia donde se encontraba. Las paredes
estaban enteladas en un color amarillo muy pálido y el mobiliario era tan liviano que
parecía no sostenerse sobre las delgadas patas de madera.
—Creo que se está despertando. — Escuchó una voz conocida, pero le costó
trabajo identificarla.
Estaba tumbada en una cama tan confortable que lo último que le apetecía era
despertarse. Tenía sueño, mucho sueño, y si le dejaban un poco más de tiempo, se
quedaría otra vez dormida hasta…
De repente, su cabeza se llenó con los acontecimientos que habían transcurrido en
la Corte Suprema, lo que hizo que sus dedos se crisparan sobre las suaves sábanas de
algodón.
—¡Adam! —Logró articular, y sintió los labios tan secos que le dolieron.
—Voy a por un poco de agua — dijo la misma voz de antes —, la del manantial
está tan fresca que le sentará bien.
Pudo al fin enfocar la vista y reconoció a Doris, que la miraba de una manera
extraña, una mezcla entre preocupación y curiosidad. Fue a decirle que no era
necesario, que se encontraba bien, que solo necesitaba descansar un poco más, pero
en ese momento escuchó la otra voz.
—Di que avisen al doctor y ordena en la cocina que le preparen algo de comer.
Tendrá un hambre terrible.
Este segundo tono, más agudo y espigado, sí lo reconoció al instante. Era la voz
de su suegra, la de la condesa de Dunwich.
Giró la cabeza y la vio allí, sentada en una butaca junto a la cabecera de la cama,
íntegramente vestida de negro, como siempre, con el cabello muy tirante bajo la cofia
y una expresión huraña en el rostro.
—Buenos días —le dijo al ver que la observaba.
Roxanne intentó incorporarse, pero no tuvo fuerzas suficientes y volvió a caer
sobre el mullido colchón.
—No lo intentes. Has perdido mucha sangre. Necesitas descansar y recuperar
fuerzas.
Volvió a mirar alrededor. La luz entraba a raudales por las grandes ventanas
cubiertas apenas por livianos visillos.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
Su suegra le puso una mano en la frente para cerciorarse de que no tenía fiebre.
—En Linchester House —contestó—. Estas son tus habitaciones. Adam ordenó
que las redecoraran a tu gusto. «Algo sencillo y poco pretencioso», creo que dijo. Me
gusta. Es agradable, aunque jamás hubiera optado por algo tan poco solemne.
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Roxanne volvió a mirar alrededor. Sí, era cierto, aquella era la misma estancia
donde pasaron la extraña noche de bodas, la misma donde se había despertado y
Doris le había hablado de la existencia de Camille.
Parecía que había transcurrido una eternidad desde aquello, cuando lo cierto era
que no habían pasado más que unos pocos meses.
Volvió a mirar a su suegra, en cuya expresión acerada parecía asomar un deje de
compasión.
—¿Qué me ha pasado?
La mujer se recostó en la silla y entrelazó los dedos.
—Te desmayaste durante el juicio. Una hemorragia. El doctor pudo contenerla,
gracias a Dios, pero recomendó que te trajéramos a un lugar tranquilo. Llevas once
días inconsciente.
¡Once días! Abrió mucho los ojos porque de repente había recordado algo
importante. Lo más importante. Se llevó la mano al vientre. Angustiada.
—Tranquila. —Su suegra había comprendido su temor —. Tu bebé está bien.
Solo ha sido un gran susto.
Se le escapó el gemido de angustia. Sabía que en los últimos días algo andaba
mal, pero el médico que la atendía la había tranquilizado, aduciendo que era normal
en una primeriza.
No había contado nada a nadie, ni siquiera a su marido. Ya pensaría qué hacer. Ya
encontraría la manera de que las cosas marcharan.
La imagen de Adam en la tribuna de los presos no había salido de su cabeza
desde que abriera los ojos, pero no se había atrevido a pronunciar su nombre. Miró a
su suegra. Esta parecía examinar cada uno de sus gestos. Habló con cuidado.
—¿Adam…?
Por toda respuesta, contestó con una pregunta.
—¿Recuerdas lo que nos prometiste a mi marido y a mí cuando viniste a vernos?
Tenía derecho a exigírselo. Ellos le habían facilitado los medios para terminar su
investigación. No debía sentirse mal por ello.
Asintió, a la vez que la amargura le subía por la garganta.
—Mantengo mi promesa, pero debe decirme si Adam…
—Ha sido declarado inocente — la consoló —, y se han retirado todos los cargos
que pesaban sobre él. Robert Carlisle ha ocupado su bien merecido lugar, así como
ese secretario mal nacido y esa mujer que se hacía llamar lady Diana.
No pudo evitar el suspiro de alivio.
—Gracias, Señor —musitó.
La condesa insistió.
—En cuanto a tu promesa…
—Déjeme que descanse esta mañana — dijo, intentando parecer resuelta, aunque
lo cierto era que no tenía fuerzas ni para moverse —. Le pediré a Doris que prepare
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mis cosas y me marcharé hoy mismo. Les agradezco que hayan tenido paciencia
conmigo y me hayan cuidado estos días, pero no les molestaré más.
La condesa se puso de pie con aquella dignidad con que lo hacía todo y se alisó
las negras vestiduras.
—Adam quería darte las gracias personalmente.
¿Estaba allí? Aquella idea horrorizó a Roxanne. Si lo veía de nuevo, todo sería
mucho más difícil. Incluso dudaba de si no cometería alguna inconveniencia.
Si algo había aprendido en aquel tiempo era que lo amaba, de una manera tan
audaz que solo podía hacerla enormemente desgraciada o infinitamente feliz, y la
segunda posibilidad estaba absolutamente vedada para ella.
Intentó recomponerse sin éxito.
—Una despedida… Dígale que no es necesario.
—Me temo que ha insistido.
Sin más, se giró sobre sus talones y abandonó la estancia. La escuchó hablar con
alguien que estaba al otro lado de la puerta, la voz de Adam, y se estremeció.
No estaba preparada para verlo, y menos para decirle adiós. ¿Por qué
simplemente no la dejaban marcharse? Lo haría con la suficiente discreción como
para que nadie se enterase y así Adam Baxley sería solo un recuerdo, un nombre
escrito en los documentos de nulidad matrimonial, un recuerdo de algo que jamás
debía haber sucedido.
Unos pasos decididos le hicieron mirar en aquella dirección, y allí estaba, una vez
más, impecablemente vestido, con aquella lazada impoluta al cuello y la mirada
clavada en sus ojos. Había recuperado algo de peso, aunque aún eran visibles los
signos del cautiverio. Llevaba las manos a la espalda y avanzó hasta colocarse cerca
de la cama, desde donde la miró con las cejas fruncidas, exactamente de la misma
manera que el primer día, cuando se encontraron en la capilla nupcial.
—Hemos temido por ti —dijo su voz varonil y bien timbrada.
¿Le saldría a ella la voz del cuerpo? Porque desde que lo había visto, aquella
corriente magnética estaba empeñada en atravesarla como un rayo inesperado en una
noche de tormenta.
Carraspeó antes de hablar.
—Te veo mejor.
Por toda respuesta, él se sentó al filo de la cama, cuando lo que ella necesitaba era
que se marchara para poder empezar a olvidarlo.
—¿Cómo te encuentras?
Sonrió, aunque fue consciente de que fue algo extraño.
—No soy fácil de vencer.
—Ya me he dado cuenta.
Debía dejarle todo claro. Que esperaba un hijo suyo y que le permitiría visitarlo
cuando quisiera, que firmaría lo que le pusieran delante siempre y cuando mantuviera
el escaso legado de su padre, que…
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—Adam, yo…
Él puso uno de sus largos dedos apenas sobre sus labios.
—No hables. El doctor dice que debes descansar lo suficiente antes de pensar
siquiera en salir de la cama.
Aquello no era posible. Debía marcharse aquel mismo día, cuanto antes; si no, se
volvería loca.
—Esta noche puedo tomar un carruaje y…
Las cejas de Adam se fruncieron un poco más.
—¿Adónde piensas ir?
—A mi casa. A Londres.
Él se cruzó de brazos.
—¿A una ciudad llena de ruidos y donde te asaltarán visitas inoportunas a cada
instante? — negó con la cabeza —. No creo que sea el lugar apropiado para que te
repongas.
No quiso contrariarlo, pero no tenía otro hogar que aquel. Doris la cuidaría, y
Camille, y las muchachas, con las que había fraguado una sólida amistad, pensara lo
que pensara la mojigata sociedad inglesa.
Intentó que la comprendiera.
—No quiero molestaros más, ni a ti ni a tus padres. Ya habéis tenido suficiente
paciencia.
Él, por primera vez, pareció de acuerdo.
—En Linchester no podemos quedarnos, eso por supuesto.
Se le escapó un suspiro. Al fin podría escaparse del magnetismo de sus ojos, que
la tenían atenazada.
—En cuanto Doris venga…
—Nos iremos a Claridon Cottage — dijo él, triunfante —, pero hoy no, cuando
puedas caminar por tu propio pie.
Sabía del carácter divertido de Adam tras aquel aspecto de indiferencia.
—No bromees.
Él mantuvo la mirada clavada en sus ojos, una mirada que se dulcificó hasta hacer
que se prendara de ella. Le tomó las manos con dulzura y se acercó un poco más.
—Aquel americano que la compró… — Hizo un gesto socarrón con la cabeza —.
Bueno, es un viejo amigo que estuvo presto a cumplir mi encargo. La adquirió a mi
nombre. Quería que fuera mi regalo de bodas. El que nunca te hice. Él puso los
fondos hasta que he logrado hablar con mi padre y se ha encargado de todos los
papeleos. Ahora está a tu nombre. Es tuya.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Era cierto? ¿De verdad había comprado para
ella el hogar feliz de su infancia?
—Pero… —No le salieron las palabras.
—Era lo único que quedaba de tu padre. — Le besó la mano —. Supuse que
querrías conservarla, y me pareció que sería el lugar perfecto para criar a nuestro hijo.
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¿Nuestro hijo? ¿Quería decir…? ¿Estaba diciendo…?
—Adam.
Se acercó y le depositó un suave beso en los labios. Muy leve, porque el doctor le
había dicho que nada de alterarla.
—Lo único que lamento es haber malgastado el tiempo odiándote en vez de
amándote — le dijo él, sin ser capaz de soltarle aquella mano —. No sé cuánto nos
depara el futuro, pero estoy seguro de no tener el suficiente para agradecerte lo que
has hecho por mí, y para amarte como te mereces.
Roxanne se sentía feliz. Absolutamente feliz.
—No debes sentirte obligado — dijo, esa vez, con una sonrisa en los labios que
creía indeleble.
—¿Crees que es eso?
Ella hizo por incorporarse y tuvo fuerzas para besarlo.
—¿De verdad me amas?
Él la ayudó a tumbarse de nuevo.
—Dame tiempo para convencerte.
—¿Tiempo? —Eso era lo que le sobraba, a pesar de que el sueño estaba
consiguiendo vencerla otra vez —. Tienes todo el tiempo del mundo.
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Capítulo 38
—¿Estás segura? —le preguntó Adam, con los ojos de par en par.
—Completamente —contestó Roxanne, radiante —. El doctor ha estado aquí esta
mañana y lo ha confirmado.
Él soltó el aire contenido. Dos hijos más. El sueño de una casa repleta de mocosos
correteando se empezaba a cumplir a muy buen ritmo.
Tenían poco tiempo, pues en una hora llegarían sus padres y aquella mansión
londinense debía convertirse de nuevo en un sitio respetable. Había un pacto tácito
entre los viejos condes y ellos dos: podían hacer lo que les viniera en gana siempre y
cuando ellos no se enterasen.
Roxanne estaba convencida de que tanto el viejo conde como la afilada condesa
estaban al tanto de sus andanzas, pero habían decidido aparentar una ignorancia que
estaban lejos de sentir para salvaguardar así su aire de respetabilidad que tanto les
importaba.
—Ya están todas abajo —dijo Doris, exultante, apareciendo por la puerta con el
pequeño lord Dunwich en brazos.
Este se revolvió hasta soltarse y salir corriendo en busca de su madre, por la que
sentía adoración.
—¡Andrew! —exclamó Adam, conteniendo la risa —. No seas bruto. Mamá está
delicada.
El pequeño lord se apartó con cuidado y la miró con sus inmensos ojos azules.
Era una copia de su padre en miniatura. Incluso la sonrisa picarona de este había
encontrado un modelo en su hijo.
—¿Estás enferma? —preguntó con media lengua algo preocupado.
Roxanne no pudo evitarlo. Lo cogió en brazos y empezó a hacerle cosquillas
entre las costillas, que era una de las cosas que más le podían divertir al pequeño. No
había querido tener amas de cría ni institutrices. Lo educaría ella siempre que le fuera
posible y, cuando necesitara conocimientos que no estaban a su alcance, buscaría a un
preceptor que fuera amable y tuviera valores como los de ellos.
—Señora —se apresuró Doris a acercarse —, no sé si en su estado…
Adam estuvo de acuerdo, y se lo quitó de entre los brazos, entre risas, para dejarlo
entre los de la antigua doncella, que ahora ejercía de ama de llaves, aunque a veces
parecía la niñera por la adoración que tenía por el joven señor.
—Doris tiene razón. Y más ahora que sabemos que vienen dos en camino.
La noticia que le acababa de dar su mujer le había hecho aún más feliz. Aquella
cena de Nochebuena iba a ser especial por muchos motivos, y otro de ellos era que le
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habían sido retribuidos cada uno de sus viejos honores a su difunto suegro, por lo que
Roxanne había recibido el título de marquesa de Blyton.
A ella, aquello le importaba más bien poco. Lo único significativo era que todos
estaban bien y que parecía que el embarazo marchaba de maravilla.
—Bajemos entonces. —Accedió.
Se incorporó, sujetándose la enorme barriga con una mano, y tuvo que apretarse
los riñones para descansar.
—Te llevo en brazos —se apresuró a decir Adam, muy serio.
Ella soltó una carcajada.
—Ni se te ocurra, no quiero asustar a mis amigas y que crean que me he vuelto
una mujer mimada.
Él la tomó por la cintura, uniendo su frente a la de ella.
—Porque no me dejas.
La sonrisa de Roxanne era deliciosa.
La paternidad había sentado bien a Adam. Pasaba todo el tiempo que le dejaban
sus asuntos con ella y con su hijo, ahora que el viejo conde había decidido dejar la
gestión de las tierras familiares en él.
Abajo se escuchaba un pequeño tumulto de voces femeninas. Roxanne sabía que
estaban siendo bien atendidas y que el champán se estaba sirviendo con generosidad.
—Decidiste seguir adelante con nuestro matrimonio — le dijo a su marido,
besándole ligeramente la nariz —. Habértelo pensado mejor.
Él no pudo contenerse y la estrechó más fuerte, pese a que la barriga era un claro
inconveniente. Se fundieron en un beso tierno, cálido, uno de esos que siempre
terminaban con los dos amándose apasionadamente en la cama.
Doris carraspeó, y cuando miraron, señaló discretamente hacia la puerta.
A Adam se le escapó el aire contenido en los pulmones.
Por él mandaría a todos a su casa y se quedaría con su mujer, allí, en su
habitación, disfrutando de las horas hasta que llegara la cena.
Se acordó de repente.
—Me han mandado una nota —le guiñó un ojo —, se retrasarán un poco.
—¿Crees que quieren darnos tiempo de disfrutar de nuestros amigos?
—Si me lo cuentan, no me lo creería. — Lo habían hablado varias veces —. No
sé lo que logras hacer con ellos, pero comen de tu mano.
—Solo les digo lo que pienso. Creo que es lo que necesitaban.
Decidieron atender a sus invitadas, por lo que salieron al extenso vestíbulo.
Abajo, en el amplio recibidor, les esperaba un nutrido grupo de mujeres, que la
felicitaron a gritos por su abultado aspecto de embarazada.
Una de ellas, de rabioso cabello rojizo, alzó un caramelo deliciosamente envuelto.
—¡Andrew! —llamó al pequeño lord —. Me dijiste que no te gustaba el
chocolate, ¿verdad?
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Los ojos del niño se abrieron de par en par, pero miró a su madre, expectante,
buscando su aprobación.
Ella no tuvo más remedio que sonreír.
—Corre, tía Camille tiene algo para ti.
Apenas le dio tiempo a Doris de dejarlo en el suelo cuando el pequeño se tiró
escaleras abajo, sujetándose torpemente en la barandilla, hasta aterrizar entre los
brazos de madame y recibir los besuqueos de cada una de las amigas de su madre.
A su lado, Adam le apretó la mano.
—Te amo —le dijo en voz baja, sin poder dejar de mirarla a los ojos.
Ella sonrió. Aún sentía aquella corriente atravesándole la espalda cuando estaba a
su lado.
—¿No te arrepientes de haberte casado con una Blyton? No somos gente
convencional, como ves.
Él le dio un beso ligero. Debían atender a sus invitadas, llegadas a la mansión
desde todos los burdeles de Londres. Y tenían que despedirlas antes de que sus
buenos padres llegaran para la cena de Nochebuena.
Le guiñó un ojo.
—Solo me arrepiento de no haberte conocido antes. Y, ahora, vamos a felicitar a
nuestras amigas.
Y bajaron despacio, tanto como les permitía la barriga abultada, y tan felices que
estaban seguros de que el futuro sería perfecto si estaban juntos.
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JOSÉ DE LA ROSA (Sevilla, España, 1970). Estudió audiovisuales y periodismo. Es
hermano de la fotógrafa Concha de la Rosa y sobrino de Jesús de la Rosa, el cantante
y fundador del emblemático grupo de Rock Andaluz Triana. En sus comienzos utilizó
el seudónimo de Adrien Clutterbuck.
Dirige la línea editorial de novela romántica de la editorial La Máquina China desde
2004. Desde 2008 organizó, junto con Heartmaker, las Jornadas de Novela
Romántica de Sevilla.
Publicó el libro de relatos Pequeña historia frívola de 1700. En 2007, publicó su
primer thriller La clave Agrippa, le siguió Vampiro. En 2013 publicó la novela
romántica Siete razones para no enamorarse, le siguieron La leyenda de Tierra
Firme y Siete razones para odiarte.
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Índice de contenido
Cubierta
Irresistible
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
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Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Sobre el autor
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