PLATÓN (427A.C-367 A.
C)
La naturaleza racional del hombre(ánthropos)
La antropología platónica sigue una tradición órfico-pitagórica, que considera que lo
más importante en el ser humano no es el cuerpo sino la psyché. El cuerpo forma parte del
mundo sensible, limitado, imperfecto, moral, etc. mientras que la psyché (alma) es de natu-
raleza parecida a las ideas y es capaz de conocerlas.
Platón sostiene la idea pitagórica de la transmigración de las almas, es decir, la desapari-
ción del cuerpo no significa en absoluto la desaparición del alma sino todo el contrario, la
muerte es considerada como una liberación. Pero esta liberación no es eterna, puesto que
el alma tendrá que volver a renacer en otro cuerpo.
Según Platón el alma se alimenta de belleza, sabiduría y bondad, pero no todos
los seres humanos saben cómo alimentar correctamente su alma. Este es un asunto
de gran importancia puesto que el destino de nuestras almas depende del tipo de
vida que llevamos cuando está ligada a un cuerpo. El cuerpo está considerado
como una prisión en la que se está debido a algún error cometido anteriormente. De
todos modos, es posible liberarse de esta prisión, como por ejemplo en el mito de la
caverna. El error cometido ha sido alejarse del Bien y de la Verdad, si somos capa-
ces de llenar el alma de Bien y Verdad podremos liberarnos definitivamente del ciclo
de reencarnaciones. En conclusión se puede afirmar que la vida filosófica es la que
nos puede hacer más perfectas y liberarnos definitivamente de las limitaciones que
tiene el cuerpo.
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La concepción platónica del ser humano considera que el alma recuerda aquello que ya
había conocido. Este recuerdo es posible puesto que el alma ha existido en el mundo de
las ideas. Esta alma es exclusiva del ser humano y es inmortal. Platón considera que el co-
nocimiento es la tendencia natural del alma para liberarse del cuerpo puesto que el lugar
del alma es el mundo de las ideas.
Según la antropología platónica el alma está formada por tres partes:
• la parte racional, que se encuentra en la cabeza es la única parte inmortal e inde-
pendiente del cuerpo, su función es llegar al conocimiento racional del mundo;
• la parte irascible, situada en el pecho, es mortal y no se puede separar del cuerpo,
es la fuente de pasiones nobles y tiene la finalidad de retener los impulsos incontro-
lados del hombre;
• y la parte concupiscible, que se encuentra en el vientre y es el origen de las pasiones
innobles, es mortal y no se puede separar del cuerpo puesto que está absoluta-
mente ligada a él
Los argumentos que da Platón para demostrar la inmortalidad del alma son:
1. El alma tiene una serie de conocimientos que no proceden en último término de la
experiencia, luego ha de haberlos poseído de alguna manera antes de nacer. Y si la
el alma preexiste a esta encarnación, también se puede asumir que existirá después
de la liberación de este cuerpo.
2. El alma es simple y sólo se corrompe aquello que está formado por partes. Como lo
que es simple no se puede corromper, tampoco puede morir y por tanto es inmortal.
3. Alma quiere decir vida, principio del movimiento, pero este movimiento viene de su
propia naturaleza y por tanto siempre tendrá vida, es decir, será inmortal.
La antropología platónica está estrechamente relacionada con la ética y con la política.
A cada parte del alma le corresponde una virtud propia. Así pues, prudencia, valor y mo-
deración, serán respectivamente las virtudes que corresponden a las tres partes del alma,
la racional, la irascible y la concupiscible.
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Consecuencias éticas
Para Platón, las Ideas éticas son patrones morales universales con los que podemos juz-
gar los comportamientos humanos. Los valores universales (las Ideas) son válidos para el
individuo y para la colectividad. Definen el ideal de sociedad humana. Según Platón, existe
algo que es “la verdad sobre cómo tenemos que vivir”, y el intelecto humano la conoce
cuando consigue el conocimiento de las Ideas perfectas, inmutables e inmateriales. Sólo
quien logre este conocimiento tendrá la cualificación adecuada para llevar una vida buena y
dirigir la organización política y moral de la sociedad.
La vida buena se consigue con el ejercicio de la virtud. La virtud es el mejor modo de
ser de algo: la virtud de un buen cuchillo es la de cortar bien. El mejor modo de ser hombre
es el conocimiento de las ideas. Sólo el que conoce las conoce puede llevar una vida justa y
feliz. La justicia, desde el punto de vista ético, acontece cuando cada parte del alma ejerce
su virtud propia. Platón sostiene que el alma tiene tres partes (a veces habla de tres almas
distintas). Estas partes son: la concupiscible o apetitiva, la irascible o volitiva y la inteligible
o racional. Pues bien, a cada una de estas partes le corresponde su virtud particular.
(1) La templanza (sophrosyne): es la virtud propia del alma en su función concupis-
cible; por ella el alma modera sus apetitos corporales.
(2) La fortaleza o valor (andreía): es la virtud propia del alma en su función irascible.
Es la que mueve al alma a superar las dificultades en su ascensión hacia el mundo de
las ldeas.
(3) La sabiduría o prudencia (phrónesis,); es la virtud propia del alma en su función
racional. Es esta virtud la que acerca al alma al mundo de las ldeas. (De nuevo apa-
rece aquí la virtud como sabiduría, pero ahora dentro de un esquema más general).
Cuando se dan estos tres tipos de virtudes se da la justicia, que Platón, siguiendo la con-
cepción general que tiene el mundo griego de la justicia, entiende como orden o armonía
(en este caso entre las tres funciones del alma). Pero la justicia no se da siempre, y ello
puede deberse fundamentalmente a dos motivos: 1) cuando el alma en su función concu-
piscible no cumple con su virtud específica, esto sucede siempre que el individuo confunde
el placer con la felicidad; 2) cuando el alma en su función irascible no cumple con su virtud
específica, y esto sucede siempre que los individuos confunden la ambición con la felicidad.
Qué significa la racionalidad
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Por "razón" se entiende, en general, aquella "facultad" o capacidad humana por la
que se alcanza el conocimiento discursivamente, esto es, partiendo de premisas para llegar
a alguna conclusión, o conclusiones, que se derivan de aquellas.
La razón, por tanto, es la facultad de identificar conceptos, cuestionarlos, hallar
coherencia o contradicción entre ellos; y así, inducir o deducir otros conceptos distintos
de los que ya conoce.
Principios lógicos que rigen la razón
Para su cometido, la razón se vale de principios, que por su naturaleza tautológica
(se explican en sí mismos), el humano asume íntima y universalmente como ciertos. Estos
son descritos por la lógica que es la disciplina encargada de descubrir las reglas que rigen
la razón.
• El principio de identidad, que evidencia que un concepto es ese mismo concepto (A
es A).
• El principio de no contradicción, que evidencia que un mismo concepto no puede
ser y no ser a la vez (A no es negación de A).
• El principio del tercero excluido, que evidencia que entre el ser o no ser de un con-
cepto, no cabe situación intermedia (A es, o no lo es).
Utilizando estos principios, la razón humana es capaz de otorgar coherencia o con-
tradicción a las proposiciones, atendiendo no tanto a su contenido como a sus relaciones
lógicas. Hay que distinguir validez de verdad. Un argumento puede ser válido pero falso.
La conclusión sólo será verdadera si las premisas son verdaderas.
Si decimos, "Si todos los mangulibrios tienen el mango corchado; y los manguletes
son mangulibrios; entonces ningún mangulete tiene el mango corchado", entonces la razón
determina, con independencia de los significados, que nos encontramos ante una contra-
dicción; la razón entiende que la proposición es absolutamente falsa porque atenta contra
el principio universal de no contradicción. Diremos pues que la primera proposición es re-
lativamente cierta (relativa a la validez de las premisas y al significado de las palabras),
mientras que la segunda es absolutamente falsa o falsa de necesidad. La razón, pues, forja
el pensamiento no estableciendo verdades absolutas (casi ninguna verdad lo es), sino des-
cartando falsedades absolutas que la razón identifica inequívocamente por contradicto-
rias.
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Mito del Carro Alado
En el diálogo “Fedro” Platón trata la cuestión del la esencia y partes del alma. Comien-
za señalando que parece más adecuada, dada la dificultad del tema, la exposición alegóri-
ca que la investigación racional e inmediatamente nos presenta el mito del carro alado.
Veamos un resumen literal del mismo: el alma es como una fuerza natural que mantienen
unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y los aurigas de los dioses
son todos ellos buenos; los de los hombres no. En nuestro caso, el auriga guía una pareja
de caballos, uno hermoso y bueno, otro feo y malo, por lo que para nosotros la conducción
resultará dura y difícil.
El alma tiene como tarea el cuidado de lo que es inanimado y recorre todo el cielo.
Cuando es perfecta vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio la que ha
perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece to-
mando un cuerpo terrestre. A causa de la fuerza del alma, este cuerpo parece moverse a sí
mismo y ambos ―cuerpo y alma― reciben el nombre de ser viviente.
La fuerza del ala consiste en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose hacia el lugar en
donde habitan los dioses. Lo divino es hermoso, sabio y bueno y esto es lo que más ali-
menta y hace crecer las alas; en cambio lo vergonzoso, lo malo y todas las demás cosas
contrarias a aquellas las consume y las hace perecer. Dirigidas por Zeus, las almas de los
dioses y las de los hombres marchan por el cielo ordenando y cuidando todo. Después de
realizar su tarea van a buscar su alimento hacia el mundo supraceleste, hacia la realidad
que se encuentra más allá de la bóveda del cielo. En ese lugar se halla la Justicia, la esencia
cuyo ser es realmente ser, el ser incoloro, intangible, cuya esencia es sólo vista por el en-
tendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero Saber, pero no la
ciencia de lo que nace y muere, de lo relativo, sino la ciencia de lo que es verdaderamente
ser.
Las almas de los dioses, dado que son conducidas por dos caballos buenos y dóciles,
ascienden sin problemas. La mente de los dioses se nutre de un saber y entender puro por
lo que al ver lo que allí se encuentra, se alimenta, se llena de contento y descansa hasta que
el movimiento, en su ronda, la vuelve a su sitio. Las almas de los hombres suben con difi-
cultad pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina y fatiga al auriga que
no lo ha alimentado convenientemente. Así se encuentra el alma con su dura y fatigosa
prueba.
De las almas humanas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece consigue ver
algo, otras no pueden alcanzar la visión del ser, por lo que les queda la opinión por ali-
mento, “el porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se
debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que
allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre.” Las almas
que no han podido vislumbrar nada de lo que allí se encuentra se van gravitando llenas de
olvido y dejadez, pierden las alas y caen a tierra.
Las siguientes tesis resumen la interpretación más sencilla del mito:
• el alma es el principio de vida gracias al cual los seres vivos pueden realizar los
movimientos que le son propios;
• las cosas naturales están dirigidas y controladas por la divinidad (hipótesis provi-
dencialista y teleológica que luego encontraremos en gran parte de la filosofía pos-
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terior);
• el alma humana participa de algún modo de la naturaleza divina, pero también de
un principio opuesto que la pervierte y la hace caer al mundo de la finitud, contin-
gencia y muerte;
• la parte más excelente del alma humana es semejante a la mente de los dioses y,
como la de ellos, se nutre del conocimiento;
• frente a la realidad física, más allá de la Naturaleza, en el “ámbito supraceleste”, se
encuentra la auténtica realidad, el ser verdadero caracterizado como la esencia que
permanece siempre idéntica a sí misma, que carece de propiedades físicas (“incolo-
ra e intangible”) y se ofrece sólo al entendimiento (dualismo ontológico);
• nuestro destino está en ese mundo perfecto, mundo al que se llega básicamente
mediante la Ciencia de lo absoluto (la filosofía o dialéctica) no mediante el conoci-
miento de lo relativo y mudable (la opinión);
• cuando se encarna, el alma olvida aquello que ha conseguido vislumbrar en el
mundo supraceleste (rudimentos de la teoría de la reminiscencia);
• es habitual también buscar la correspondencia de las partes del alma con los ele-
mentos que aparecen en el mito del carro alado: el auriga representa la parte racio-
nal, destinada a la dirección de la vida humana, al conocimiento y lo más divino
que se encuentra en nosotros; el caballo bueno representa la parte irascible, aquello
que permite al alma la realización de acciones buenas y bellas; el caballo malo y re-
belde representa la parte concupiscible, aquello que fomenta en nosotros deseos y
pasiones y que nos impulsa hacia el ámbito de lo sensible.
Este mito resume perfectamente la propuesta que recorre la totalidad de la filosofía pla-
tónica: realizar en esta vida y de forma radical la belleza, verdad y bondad (dado que “lo
divino es hermoso, sabio y bueno y esto es lo que más alimenta y hace crecer las alas”).
"Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo siguiente:
descubrir cómo es el alma sería cosa de una investigación en todos los sentidos y totalmente divina,
además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser el objeto de una investigación humana y
más breve; procedamos, por consiguiente, así. Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural
que mantiene unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses
son todos ellos buenos y constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En
primer lugar, tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los
caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el otro está
constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia, en nosotros resulta
necesariamente dura y difícil la conducción.
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Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse "mortal" e "inmortal".
Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces
una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada, vuela por las alturas y administra todo el
mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido
donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la
fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre
de mortal. En cuanto al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racional-
mente; pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la divini-
dad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y cuerpo naturalmente
unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se exponga como agrade a la divinidad.
Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así
como lo que sigue.
La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose por don-
de habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo relacionado con el cuerpo, lo
que en más grado participa de lo divino. Ahora bien: lo divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo
que es de esta índole; esto es, pues, lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo ver-
gonzoso, lo malo, y todas las demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer.
Pues bien: el gran jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo
todo y cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones pues
Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número de los doce
y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno ha sido asignada. Son
muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las rutas del interior del cielo que la
raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo cada uno su propia misión, y los sigue el que
persevera en el querer y en el poder, pues la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien,
siempre que van al banquete y al festín, marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la
cima de la bóveda del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las rien-
das, marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala constitución
es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente. Allí
se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han
alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el
movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo.
A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará ja-
más como merece, pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y so-
bre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia
cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que
crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de
un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le
conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la ver-
dad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio.
En esta giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene antes su vista a la sensatez, tiene ante su
vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser
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en otro -en eso otro que nosotros llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdadera-
mente es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nu-
trida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado,
el auriga detiene los caballos ante el pesebre, le echa pienso y ambrosía, y los abreva con néctar.
Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le
parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento ce-
leste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos,
se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, de-
seosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese
movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras.
Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan mu-
chas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas
penas, tiene que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les que-
da sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura
de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del pra-
do que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el
precepto de Adrastea. Cualquier alma, que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo
verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de
daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se
va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra"
Fedro, 246 d 3- 248 d