Escuela San Francisco de Asís
Curso: 2do A
Prácticas del Lenguaje
Prof. Walter Lannutti
Módulo 1
Tema: Mito
ÍNDICE
El Mito / 2
Los personajes / 2
La figura del héroe / 2
Corpus
Hércules y las aves del lago Estínfalo / 3
Teseo / 5
Orfeo y Eurídice / 7
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EL MITO
El mito es un relato tradicional donde personajes extraordinarios realizan acciones sobrenaturales. En un
principio, los mitos fueron transmitidos oralmente de generación en generación, y luego, los recopiladores
hicieron las versiones escritas que llegaron hasta nuestros días.
En los mitos, la narración se inscribe en épocas lejanas e imprecisas, en las que los mortales interactúan
con las divinidades en un período anterior al tiempo histórico. El espacio en el que habitan los dioses se
diferencia del que ocupan los mortales o los muertos, pero muchas veces los personajes suelen desplazarse
de un lugar a otro.
El mito es esencialmente un relato de carácter religioso y trata de explicar el origen del hombre, la creación
del mundo y las leyes de la naturaleza. Existen diferentes clasificaciones de los mitos/Algunos, teniendo en
cuenta los personajes que protagonizan las historias, los dividen en: mitos divinos, protagonizados por dioses,
y mitos heroicos, protagonizados por héroes. Otros investigadores, en cambio, consideran que los mitos
tratan sobre la naturaleza y, por ende, los dividen según los temas en mitos del sol, del cielo, del mar, del
fuego, etcétera.
Los mitos más conocidos son los que pertenecen a la cultura griega y a la romana. La colección de mitos
pertenecientes a un pueblo determinado se llama "mitología".
Los personajes
Los personajes principales de los mitos son los dioses y los héroes. Los dioses se caracterizan por ser
inmortales y poderosos. El dios principal de la mitología griega es Zeus, llamado Júpiter en la mitología
romana. Los sentimientos y los comportamientos de los dioses se parecen mucho a los de los humanos:
sienten celos, envidia, y algunos son muy vengativos, como Juno. Se relacionan a diario con los mortales a
quienes favorecen o perjudican de acuerdo con sus preferencias, sin importar si es justo o no. Cada uno de
los dioses gobierna sobre un aspecto de la realidad (la guerra, la fertilidad, el mar).
Los héroes, por su parte, son hombres extraordinarios que sobresalen por alguna característica que los
diferencia de los demás mortales.
Otros personajes mitológicos son las divinidades menores, como las ninfas, los seres fabulosos (mitad
hombre, mitad animal) y los monstruos o animales feroces.
La figura del héroe
Muchos de los protagonistas de los mitos son héroes. Los más famosos son Hércules, Aquiles y Odiseo.
Lo que convierte a un personaje en héroe es, por un lado, sus actos, y por otro, su personalidad. Sus
acciones son hazañas que no puede realizar cualquier mortal. Los mitos relatan una serie de pruebas que
deben sortear los héroes para demostrar su superioridad; su recompensa será lograr la gloria y la fama.
Desde el punto de vista de su personalidad, el héroe mitológico posee varias virtudes que guían su
conducta y responden a la escala de valores del tipo de sociedad de la cual el héroe se propone como
modelo.
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HÉRCULES Y LAS AVES DEL LAGO ESTÍNFALO 1
Versión de Christian Grenier 2
Hércules era hijo de un dios, Júpiter, y de una mortal, Alcmena. Desde niño, Hércules demostró haber
heredado la fuerza prodigiosa de su padre. Juno, la esposa de Júpiter, lo odiaba porque le recordaba la infidelidad
de su marido y juró vengarse. Para ello se convirtió en la protectora de Euristeo, primo de Hércules, quien sería
rey de Micenasy Tirinto. Cuando Hércules creció, Juno vertió en su copa un veneno que lo llevó a la locura, por
cuya causa, mató a su mujer y a sus propios hijos confundiéndolos con sus enemigos. Hércules fue castigado por
ese crimen y debió servir como esclavo a su primo Euristeo durante doce años. Este, que quería derrotarlo, pues
temía perder su reinado, le mandó realizar doce trabajos muy difíciles y peligrosos, de los cuales salió victorioso. En
el primero de esos trabajos, debió enfrentar al león de Nemea, cuya piel no podía ser traspasada por las armas.
Luego de derrotar al animal, le sacó su piel para usarla como armadura. Las aves del lago Estinfalo fue su quinto
trabajo.
—¿Conoces el lago Estinfalo? —le gritó el rey de Tirinto desde lo alto de la muralla de su ciudad.
Al oír ese nombre, Hércules no pudo reprimir un estremecimiento.
—Sí, primo —respondió con un gesto de terror—, sí... ¡he oído hablar de ese lugar maldito!
La superficie del lago, situado en el centro de Arcadia, no reflejaba la luz del día. Desde hacía mucho
tiempo, se había convertido en feudo de unas crueles aves que, antaño, huyendo de una invasión de lobos,
habían llegado a los bosques de los alrededores. Los pájaros sobrevolaban constantemente el lago, en
bandadas tan densas que sus negras aguas no conocían ni la luz del sol ni la de las estrellas.
—Muy bien —prosiguió Euristeo con una sonrisa perversa—, pues voy a imponerte un nuevo trabajo: ve
al lago Estinfalo y líbralo de esas aves. ¡Que no quede ni una!
La tarea se presentaba difícil, pues las aves del lago Estínfalo eran hijas de Marte, el terrible dios de la
guerra. No eran pájaros corrientes: tenían el pico, las garras y las alas de bronce, y un tamaño monstruoso;
además, eran tan numerosos que un ejército no habría conseguido acabar con ellos. Contaban que se
alimentaban de carne humana...
Hércules suspiró: ¡no tenía más remedio que obedecer a Euristeo! Así que se puso en camino hacia el
Peloponeso.
Un olor apestoso le dio a entender que estaba cerca. De trecho en trecho, las carroñas infectas de animales
descuartizados se terminaban de descomponer. Divisó un campo de trigo arrasado y a un labrador que se
lamentaba. El hombre le gritó:
1 En Los doce trabajos de Hércules. Madrid: Anaya, 2007.
2 Christian Grenier nació en París, Francia, en 1945. Escribió obras relacionadas con la mitología, cuentos y novelas de
ciencia ficción. Algunas de ellas son Cuentos y leyendas de los héroes de la mitología, Héroes de Grecia en la
Antigüedad y El ordenador asesino.
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—¡Ay de ti! ¡Rápido, vuelve por donde has venido! Mira cómo han dejado mi cosecha los pájaros del
lago Estínfalo. Hace unos años no se atrevían a llegar hasta aquí; pero se reproducen sin cesar y cada vez son
más numerosos, y además se diría que son inmortales. [...]
Hércules prosiguió su camino. [...] Al poco tiempo, se adentró por un denso bosque donde resonaba el
eco de las aves invisibles. Avanzaba con el arco tenso, preparado para disparar. Cuando avistó el lago,
contempló un espectáculo espantoso: en medio de una luz crepuscular, miles de pájaros sobrevolaban hasta
el horizonte sus aguas fétidas, pantanosas y malolientes, repletas de huesos y carroña.
La llegada de aquel audaz humano fue recibida con graznidos de cólera. Varios pájaros descendieron en
picada sobre Hércules. Sin perder la calma, el héroe se hincó de rodillas, tensó el arco, apuntó y derribó sus
presas sin fallar ni un disparo. Entonces, como si todos aquellos animales monstruosos hubieran
comprendido que el adversario era peligroso, se alejaron y fueron a posarse al abrigo de los árboles que
rodeaban el lago. Al dispersarse, se fue viendo más claro. Cuando el último pájaro desapareció del cielo, la
luz del día mostró todavía mejor una visión apocalíptica: el lago Estínfalo era una cloaca inmunda. Hércules
suspiró: ¿cuánto tiempo tendría que pasar antes de que aquellas aguas volvieran a estar limpias?
—¡Ay de mí! —exclamó—. No he concluido el trabajo: sólo he matado a quince o veinte de esos
monstruos y tengo que exterminarlos a todos.
Con el arco tenso, Hércules fue dando la vuelta al lago. Pero los pájaros se mantenían lejos de su alcance;
se habían refugiado en los matorrales y en el sotobosque de espinos absolutamente impenetrable. ¡A ver
quién se atrevía a sacarlos de allí!
—¡Salid de ahí! ¿Tanto miedo tenéis de mis flechas? Después de dar una vuelta al lago, Hércules se sentó
muy alicaído: ¡ningún pájaro se dejaba ver! ¿Qué podía hacer? ¿Cómo se iba a presentar ante Euristeo y
admitir que había fracasado?
—¡Oh, Minerva! —imploró—. ¡Tú que eres enemiga declarada de Marte, padre de estas aves, tú que ya
me ayudaste regalándome la armadura que me permitió vencer al ejército de Ergino, Minerva, te imploro una
vez más que me socorras!
En aquel instante resonó un chasquido metálico tan violento y cercano que Hércules se volvió, dispuesto
a enfrentarse con un adversario. Vio en el suelo dos magníficos címbalos de bronce que relucían al sol. Sin
dar crédito a lo que veía, alzó los ojos al cielo y dijo:
—Minerva, ¿eres tú la que me haces este inesperado regalo? ¿Te parece que puedo tener ganas de jugar?
A no ser que... ¡Claro, eso es!
Tomó los pesados címbalos y los golpeó con todas sus fuerzas. Los pájaros se asustaron y salieron
inmediatamente de sus escondites batiendo las alas. Hércules empuñó el arco y, en unos segundos, los
alcanzó sin dificultad. Muy agradecido, musitó:
—¡Gracias, diosa de la inteligencia y la sabiduría!
Se metió en el bosque, recorrió un centenar de metros, se detuvo y luego volvió a tocar los címbalos.
De nuevo salieron de la espesura graznando furiosos una decena de pájaros. Para Hércules, fue un juego
de niños ir atravesándolos con sus flechas. Sí, ¡un juego! Cuando tocaba los címbalos, el héroe se entretenía
tratando de adivinar por dónde saldrían las aves. Y en cuanto levantaban el vuelo, les apuntaba con su arma,
haciendo un alarde de velocidad para abatirlas una por una, mientras gritaba de alegría. Sin embargo, lo
atenazaba un temor, pues no se le iba de la cabeza este pensamiento: "¡No me van a alcanzar las flechas!”.
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Pero era evidente que Minerva velaba por él: ¡por más flechas que Hércules sacaba de la aljaba, esta
nunca se vaciaba!
El héroe volvió a darle otra vuelta al lago Estínfalo. De trecho en trecho, se detenía, tomaba los címbalos
de la diosa y los entrechocaba con todas sus fuerzas; asustados por el estruendo, los pájaros salían de su
escondite. En cuanto se alejaban un poco y sobrevolaban el lago, los mataba en pleno vuelo y sus víctimas
iban cayendo al agua una tras otra.
Cuando comprobó que el cielo estaba vacío, siguió tocando los címbalos; pero esta vez era para dar las
gracias a Minerva por haberlo ayudado a llevar a cabo aquel trabajo.
En el camino de regreso, se cruzó con un pastor y su rebaño que se dirigían al lago. Para asombro de
Hércules, el hombre se postró ante él. Entonces el pastor dijo muy contento:
—¡Sabemos quién eres, Hércules, y que has limpiado el lago de los pájaros que lo infestaban! ¡Gracias a
ti, los pueblos volverán a poblarse, las cosechas florecerán y la alegría renacerá en nuestros corazones!
"Pues entonces —se dijo Hércules para sus adentros, al tiempo que invitaba al pastor a que se pusiera en
pie—, mis trabajos no habrán sido inútiles; y pensando en fastidiarme, lo que hace Euristeo es ayudarme a
librar al mundo de sus plagas...".
Adivinó que la noticia de su hazaña no tardaría en llegar a oídos de su primo. De repente pegó un
respingo, pues oyó un rumor de alas por encima de su cabeza: pero no era más que una alondra que
revoloteaba por el aire. Su puro instinto de cazador le hizo tensar el arco y apuntar al pájaro; pero en el
último momento cambió de idea. Por primera vez en la vida, pensó que era cruel e inútil matar un ser vivo
que no le hacía daño.
Y entonces, como para darle las gracias por ello, la alondra fue a posársele en el hombro. Con aquella
leve carga, el héroe regresó a Tirinto.
TESEO 3
Versión de Robert Graves 4
Etra, hija del rey de Trecenas, conoció a Egeo, el rey de Atenas, y se enamoró profundamente de él.
Pronto quedó embarazada, pero Egeo la abandonó al enterarse de que el hijo que llevaba Etra en sus
entrañas, y que se llamaría Teseo, no era suyo, sino que había sido concebido por Poseidón, el dios del mar.
Sin embargo, antes de abandonar a Etra, y aun antes de que Teseo naciera, Egeo, que se negaba a sentirse
traicionado, escondió bajo una roca su espada y sus sandalias, llevó a Etra hasta allí y le dijo:
3 En Los mitos griegos. Madrid: Alianza, 1992. (Fragmento adaptado).
4 Robert Graves (1895-1985) nació en Inglaterra. Escribió novelas históricas, como Yo, Claudio y Claudio, el dios y su
esposa Mesalina, sobre la vida del emperador romano, además de ensayos, como La diosa blanca, acerca de antiguas
religiones.
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—Cuando el niño cumpla dieciséis años debes traerlo hasta esta piedra. Si es lo suficientemente fuerte
como para quitar los objetos de allí, entonces, podrá presentarse ante mí en Atenas y lo reconoceré como mi
hijo y sucesor.
Fue así como Teseo fue criado por su madre y su abuelo, en Trecenas, lejos de Egeo.
Teseo mostró desde muy pequeño una gran valentía. Pronto se convirtió en un joven fuerte, inteligente y
prudente. Cuando llegó a la edad indicada por Egeo, su madre lo llevó hasta la roca. Fácilmente pudo
removerla y emprendió su camino a Atenas, para conocer a su padre. A pesar de los ruegos de su madre, y de
los consejos de su abuelo, no quiso ir por el camino seguro del mar, sino que emprendió su viaje por tierra.
El joven, que sentía en su interior el espíritu y el alma del héroe, tenía el impulso de imitar las hazañas de su
primo Hércules, famoso por su valentía y coraje, y por quien sentía una profunda admiración. Deseaba, como
él, poder eliminar a los malhechores y los monstruos que amenazaban constantemente a los pobladores de la
región.
En su largo camino a Atenas, Teseo fue librando distintas batallas con ladrones y pequeños tiranos, y en
todas ellas salió victorioso.
Luego de superar los innumerables peligros del camino, Teseo llegó, por fin, a Atenas. Cuando Egeo lo
vio con sus objetos, reconoció en él a su hijo y lo declaró su sucesor.
Los atenienses estaban en ese entonces profundamente afligidos a causa del tributo que se veían
obligados a otorgar a Minos, el rey de Creta. Este tributo consistía en el sacrificio de siete jóvenes y siete
doncellas, que eran enviados todos los años a ser devorados por el Minotauro, un monstruo con cuerpo de
hombre y cabeza de toro. Era enormemente fuerte y feroz, y se hallaba encerrado en un laberinto construido
por Dédalo, ideado tan ingeniosamente que cualquiera que entraba en él no podía de ningún modo encontrar
la salida sin ayuda y moría indefectiblemente.
Teseo resolvió librar a sus compatriotas de esta calamidad. Ya habían sido enviados catorce jóvenes en
dos oportunidades y estaba listo el tercer tributo. Los jóvenes y las doncellas que serían las víctimas eran
elegidos por sorteo. Teseo, que se sentía profundamente compadecido de los padres cuyos hijos habían sido
seleccionados, se ofreció para ser sacrificado.
—Hijo mío, no vayas, te lo ruego. He pasado mucho tiempo sin ti y no quiero perderte —imploró Egeo.
—No, padre, no puedo quedarme, debo ir. Yo venceré al Minotauro y los liberaré de semejante castigo.
Desatendiendo los ruegos de su padre y confiando en que los dioses estarían de su lado, Teseo partió
rumbo a Creta.
Antes de partir, el héroe consultó al Oráculo y este le dijo:
—Debes tomar como guía y compañera de viaje a Afrodita.'Ella velará por ti y te prestará su ayuda
cuando más la necesites.
El héroe así lo hizo y en la playa, a punto de zarpar, le ofreció una cabra en sacrificio. De esta forma, se
aseguró de que la diosa no lo abandonaría.
Después de varios días de navegación, llegaron a Creta. El rey Minos los esperaba en el puerto para
contar personalmente que las víctimas fueran catorce. Junto con él se hallaba su hija Ariadna, que al ver a
Teseo se enamoró perdidamente y decidió ayudarlo.
—Te ayudaré a matar al Minotauro —le prometió en secreto— si me permites volver contigo a Atenas.
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—Acepto tu ofrecimiento. Volveremos juntos a Atenas —respondió Teseo, que había sido cautivado por
la bella doncella.
Dédalo, antes de partir de Creta, le había obsequiado a Ariadna un ovillo mágico y le había enseñado la
forma de entrar y salir del laberinto.
—Teseo —le dijo Ariadna—, debes abrir la puerta de entrada y atar la punta del ovillo al dintel; el hilo irá
girando y girando por los distintos recodos del laberinto y te llevará hasta donde está el Minotauro.
—¿Y cómo puedo matarlo?
—Debes atraparlo por el pelo y clavarle esta espada —dijo e inmediatamente le entregó una espada
reluciente y filosa—. Es preciso que ofrezcas al monstruo en sacrificio a Poseidón. Después, podrás
encontrar el camino de regreso enrollando el ovillo en sentido inverso.
Esa misma noche, Teseo emprendió su camino al interior del laberinto. Hizo exactamente lo que le había
dicho la bella Ariadna y salió victorioso.
Cuando Ariadna lo vio regresar del laberinto manchado con sangre, lo abrazó apasionadamente y juntos
fueron al puerto donde se encontraba el grupo de atenienses.
Grande fue la ovación con la que recibieron al héroe que los había salvado de una muerte segura y había
logrado terminar con semejante pesadilla.
Enseguida hicieron los preparativos para regresar a Atenas ocultos en la noche, porque sabían que Minos,
apenas se enterara de la hazaña de Teseo, no tardaría en preparar sus fuerzas para atacar a quien había
destruido al monstruo.
Así salieron ilesos de Creta y escaparon sin sufrir pérdidas, protegidos por la oscuridad y los dioses que
velaban por ellos.
Orfeo y Eurídice 5
Adaptación de Clara Sarcone.
Por diversas causas, otros muchos héroes tuvieron que bajar a los Infiernos lo mismo que Teseo o
Heracles. Uno de ellos fue Orfeo.
Orfeo, hijo de una musa, era poeta y cantor. Siempre acompañado por su lira, entonaba cantos tan dulces
que toda la naturaleza se rendía ante él: las aves se posaban en sus hombros, los animales más fieros de los
bosques se le acercaban como inocentes corderitos y hasta las flores y los árboles se inclinaban para
escucharlo. Tanta era la belleza de su música.
Tenía como esposa a Eurídice, una bellísima ninfa de cabellos dorados y piel sonrosada. Juntos eran muy
felices.
Un día, Eurídice paseaba sola por el campo, como acostumbraba hacerlo. Era una mañana soleada y las
aguas de un río cercano brillaban como si fueran de plata. De repente, y sin que ningún ruido hubiera
advertido de su presencia, un hombre se presentó ante ella e intentó atacarla. La joven, asustada, huyó.
Corrió con todas sus fuerzas mientras se internaba en el bosque, hasta que vio, aliviada, que el hombre ya no
5 En Alicia Esteban y Mercedes Aguirre. Cuentos de la mitología griega. Madrid: De la Torre, 1994.
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la seguía. Pero, ¡ay!, de repente, sintió un dolor agudo en un pie, la vista se le nubló y cayó sobre la hierba.
Una serpiente acababa de morderla.
A duras penas consiguió arrastrarse hasta la casa donde vivía con Orfeo. Cuando él la vio llegar en aquel
estado, la tomó en sus brazos, la acostó sobre un blando lecho y la arropó con inmenso cariño. Luego, trató
de sacar el veneno del pie de su amada esposa.
Pasaron las horas y Eurídice fue empeorando. Consumida por la fiebre, apenas podía hablar o abrir los
ojos y no era capaz de tomar alimento alguno. Orfeo, desesperado, ofreció sacrificios a Apolo para que su
mujer se curara, pero todo fue inútil. Al día siguiente, la hermosa ninfa cerró los ojos para siempre.
A partir de entonces, Orfeo no pudo volver a cantar. Todos los animales del bosque echaban de menos su
música y se acercaban a consolarlo, pero él, recordando siempre a su esposa muerta, lloraba y lloraba sin
cesar.
Después de muchas noches de insomnio, tomó una decisión: bajar al reino de Hades a rescatar a su
esposa y devolverle la vida.
Con la esperanza de ver de nuevo a su amada, se encaminó un día a la entrada de los Infiernos. Con él
llevaba su lira.
Penetró en la oscura caverna que daba paso al mundo donde habitan los muertos y recorrió con andar
inseguro innumerables pasadizos. Para darse ánimos, comenzó a tocar y de las cuerdas de su lira empezaron
a salir las notas de una bella melodía, la más bella de cuantas había tocado hasta entonces... De pronto, al
volver un recodo, encontró a Cerbero, pero, ante su sorpresa, el fiero y monstruoso animal estaba echado con
las orejas tiesas, como embelesado por la música. Manso como un cachorrito, el can dejó que Orfeo pasara a
su lado y continuara adentrándose en la tenebrosa cueva. Más allá, estaba la laguna Estigia con sus frías y
negras aguas, y su hedor insoportable. Aún le quedaba al joven un largo trecho por recorrer.
Sin dejar de tocar la lira, siguió avanzando y un poco más lejos, comenzó a oír los lamentos de los
condenados. Repentinamente, la música produjo de nuevo un efecto mágico. La caverna dejó de ser fría y
maloliente como si una brisa de primavera se hubiera colado por una rendija. Por un instante, cesaron las
torturas. La rueda de fuego donde giraba eternamente Ixión se detuvo. Tántalo, quien estaba condenado a no
saciar nunca su sed a pesar de estar sumergido en agua brillante y cristalina que le rozaba los labios, pudo, al
fin, bebería. Sísifo dejó de empujar la inmensa roca que tenía que subir hasta lo alto de una colina desde
donde siempre caía al otro lado para que debiera empezar de nuevo...
Cuando Orfeo llegó ante el trono de oro de Hades, el dios de los Infiernos, este se hallaba junto a su
esposa, Perséfone. Ambos, al verlo, sonrieron amablemente.
—Eres un gran músico, Orfeo —le dijeron—, sabes entonar cantos muy bellos. Ven, acércate y deleítanos
con tu lira.-
Orfeo avanzó hacia ellos.
—No he venido sólo para tocar —repuso—. He venido a pedirles que me dejen llevar a la Tierra a mi
esposa Eurídice.
—¿Por qué me pides eso? Ella ha muerto. Le corresponde estar aquí, en mi reino.
—Apiádate de mí, Hades, poderoso señor, yo no puedo vivir sin ella. La necesito...
—Algún día, tú también bajarás a los Infiernos y entonces te reunirás con ella.
Orfeo se postró de rodillas.
—Pídeme lo que quieras —gimió—, pero déjame que me lleve a mi esposa.
Hades guardó silencio un instante. Su corazón empezaba a ablandarse.
—De acuerdo, Orfeo, te concedo que te lleves a Eurídice, pero con una condición...
—Haré lo que sea.
—Tú saldrás delante tocando tu lira y ella te seguirá a cierta distancia guiada por la música, pero no debes
volver la cabeza para mirarla hasta que hayas llegado a la Tierra, pues, si vuelves la cabeza, ella regresará a
mi reino.
El joven, emocionado, agradeció las palabras del dios y, rápido como una flecha, se dispuso a recorrer el
camino de regreso. El corazón le latía fuertemente por la ansiedad de ver de nuevo a su amada.
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Comenzó a andar por los oscuros pasadizos infernales tocando suavemente la lira. De vez en cuando,
aguzaba el oído tratando de percibir el sonido de los pasos de Eurídice detrás de él, pero nada. No podía oír
nada.
Siguió caminando, más lentamente por si acaso ella no podía andar tan aprisa. El recorrido se le hacía
eterno y no podía soportar la angustia de no saber si Eurídice seguía de verdad sus pasos. Sudaba por todos
los poros de su cuerpo. Sentía que la lira se le escurría de las manos, pero a pesar de todo siguió tocando.
¿Y si el dios lo había engañado? ¿Y si Eurídice no iba detrás de él?
Las dudas comenzaron a asaltarlo. El camino que quedaba era ya muy corto, pero Orfeo sentía que no
podría dar un paso más sin asegurarse de que la joven estaba efectivamente detrás de él.
—Eurídice —susurró—, ¿me oyes? ¿Estás ahí?
Nadie respondió. Sólo las notas que salían de su lira resonaban en las oscuras cavernas.
—Eurídice, contesta.
Nada.
Orfeo comenzó a mirar con el rabillo del ojo por encima de su hombro, pero nada. Todo era oscuridad.
Desesperado, volvió totalmente la cabeza. Entonces la vio. Tendía las manos hacia él al ser arrebatada de
nuevo hacia las profundidades de los Infiernos.
—¡No! ¡No! —sollozó el joven horrorizado.
Había incumplido las órdenes de Hades y ahora ya no podía hacer nada. Había perdido a Eurídice para
siempre.