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Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible

La educación ambiental busca reorientar las formas de vida hacia la sostenibilidad, promoviendo actitudes responsables y equitativas en la relación con la naturaleza y entre los seres humanos. Este enfoque educativo enfrenta retos ecológicos y sociales, integrando valores de desarrollo sostenible en todos los aspectos de la enseñanza. La educación ambiental se distingue por su carácter ecocéntrico, promoviendo un modelo de desarrollo que respete los límites de los ecosistemas y fomente la justicia social.

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Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible

La educación ambiental busca reorientar las formas de vida hacia la sostenibilidad, promoviendo actitudes responsables y equitativas en la relación con la naturaleza y entre los seres humanos. Este enfoque educativo enfrenta retos ecológicos y sociales, integrando valores de desarrollo sostenible en todos los aspectos de la enseñanza. La educación ambiental se distingue por su carácter ecocéntrico, promoviendo un modelo de desarrollo que respete los límites de los ecosistemas y fomente la justicia social.

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CLASE 5

La educación ambiental, una genuina educación para el desarrollo sostenible

Si la esencia de la vida en comunidad se basa en la posibilidad de elucidar e


integrar los mejores rasgos de los individuos que la constituyen, es necesario
que la educación, como instrumento de socialización y de actitud crítica, adopte
respuestas válidas para los retos que tiene planteados la humanidad. Uno de
ellos, tal vez el más relevante en un momento de cambio global como el que
vivimos, es el de reorientar nuestras formas de vida hacia la austeridad, la
moderación y la sencillez, para romper con el círculo vicioso de la acumulación
económica de unos pocos a costa de la pobreza del resto de la humanidad y de
la destrucción del medio ambiente.

¿Cómo avanzar en esta dirección?


¿Podremos sustituir la codicia y el dominio
que están en la raíz de la crisis ambiental por
unas actitudes responsables y equitativas…?

La educación, si se deja interpelar por estas preguntas, tiene que caminar


hacia una renovación inteligente del arte de vivir y avanzar hacia la
«convivencialidad», restituyendo la comprensión del valor de la naturaleza y
contribuyendo a la equidad social y la diversidad cultural. Educar es favorecer el
progreso humano, pero el de toda la humanidad, no el de una pequeña parte
privilegiada a costa del resto, como viene sucediendo históricamente.
La educación se enfrenta, cuando menos, a dos retos ineludibles: por un lado el
reto ecológico, que implica contribuir a formar y capacitar no sólo a jóvenes y
niños, sino también a los gestores, planificadores y las personas que toman las
decisiones, para que orienten sus valores y comportamientos hacia una relación
armónica con la naturaleza; por otro, el desafío social que, en un mundo en el que
la riqueza está muy injustamente repartida, nos impele a transformar
radicalmente las estructuras de gestión y redistribución de los recursos de la
Tierra. Ambas cuestiones constituyen verdaderos ejes referenciales al hablar de
desarrollo sostenible.

El cambio de mirada

Si en algo puede contribuir la educación a contrarrestar los efectos negativos de


la globalización económica es fomentando en niños, jóvenes y adultos un cambio
de mirada. Este cambio alude a la comprensión intelectual del mundo, pero
también a los valores con que nos aproximamos a él, a la reivindicación de los
aspectos sensorialesy afectivos para interpretarlo, a la aceptación de que el
conocimiento puede y debe construirse no sólo en los ámbitos disciplinarios,
sino también en los márgenes del sistema, en los territorios de frontera, allí
donde florecen los encuentros más fecundos en lo que podríamos denominar
«los ecotonos del saber».

Durante siglos, la educación se centró exclusivamente en el mejoramiento del


individuo, fue absolutamente antropocéntrica. Pero, en la segunda mitad del siglo
XX, y estimulada por la necesidad de responder, al mismo tiempo, a una
problemática eco- lógica que ya se dejaba sentir, nació un movimiento educativo
que amplió su campo de acción: la educación ambiental (E.A.).

En esencia, «puede afirmarse que la educación ambiental es consecuencia del


cambio de lectura que el hombre empieza a realizar, a fines de la década de los
se- senta, del escenario de su vida» (Sureda y Colom, 1989, p. 90). En ese
momento, los efectos del modelo industrializador y de la tecnociencia sobre la
naturaleza comien- zan a hacerse visibles, al tiempo que se ensanchan las
brechas entre el Norte rico y un Sur que está siendo cada vez más empobrecido.
Ello hace que los objetivos de este movimiento educativo surjan, desde el
principio, atentos a los aspectos ecoló- gicos y los sociales.

Lo específico de esta educación es, por tanto, que, sin abandonar los
problemas de los individuos, extendió sus objetivos al contexto, incorporando las
relaciones entre los sujetos y la naturaleza y con los demás seres humanos, en
una escala que vincula lo local con lo global. Este ensanchamiento de los
horizontes del saber, supuso un gran compromiso con el conocimiento y situó a
la educación ambiental como una vía de replanteamiento de nuestras relaciones
con la biosfera, a la vez que un instrumento de transformación social y
empoderamiento de los más débiles, todo ello con la meta final de conseguir
sociedades más armónicas y equitativas.

En este empeño, «los recorridos de la educación ambiental convergen en el desa-


rrollo humano, tratando de integrar sus propuestas en el amplio escenario que
dibuja la globalización de los problemas ambientales», lo que hace de ella una
educación atenta a las «transformaciones y cambios sociales que permitan
hacer frente, desde la reflexión y la práctica, a desafíos que emergen con la
complejidad ambiental» (Caridey Meira, 2001, p. 184).

El énfasis educativo, en este movimiento, no se pone sólo en atender a las


capaci- dades o destrezas individuales, o en preparar profesionales para el
mercado, sino en introducir en el corazón del acto educativo los problemas de la
sociedad, desde la escala local hasta la global (Novo, 2006, p. 356), fomentando
la responsabilidad colectiva y potenciando así el carácter transformador y
liberador que puede tener la educación (y que atañe también a la liberación de la
naturaleza que ha sido dominada por una tecnociencia y una economía que no
reconocieron límites).
Quince campos diferentes en los cuales debería ser incorporada la educación
para el desarrollo sostenible (Framework for the UNEDESD International
Implementation Scheme -Unesco, 2006)

• Derechos
• Paz y seguridad
• Equidad de género.
• Diversidad cultural y entendimiento
• Recursos naturales (agua, energía, agricultura, biodiversidad).
• Cambio climático.
• Desarrollo
• Urbanización
• Prevención y mitigación de desastres.
• Reducción de la
• Responsabilidad social
• Economía de mercado.

El principal objetivo de la Educación para el Desarrollo Sostenible


es integrar los valores inherentes al desarrollo sostenible en todos
los aspectos de la enseñanza (…) mediante todas las formas de
educación…(UNESCO, 2009)

Los movimientos educativos: la visión


antropocéntrica
Como señalábamos anteriormente, los movimientos educativos, incluso los
críticos y liberadores, han girado históricamente sobre el desenvolvimiento del
ser humano como ser autónomo, el desarrollo de sus capacidades y la mejora de
sus condiciones para la convivencia social. Bajo estas premisas, la educación ha
hecho un largo reco- rrido y se ha diversificado en distintas corrientes que
enfatizan unos u otros aspectos, pero siempre centrada en los seres humanos y
en sus relaciones «intraespecíficas».

Encontramos así, en nuestros días, distintas propuestas o modalidades


educativas que, bajo uno u otro nombre, tienen ese denominador común: giran
en torno a la per- sona y a sus relaciones con otras personas o grupos: la
educación para los derechos humanos, para la igualdad de género…

Puesto que toda mejora individual o grupal repercute en el mejor funcionamiento


de las grandes colectividades, de un modo indirecto estos movimientos
educativos contribuyen a la sostenibilidad, pues un mundo que acepte la
diversidad cultural, más centrado en la igualdad o el respeto recíproco, estará
siempre más cercano a esa meta. Lo que ahora les pide la Década es que
enfaticen o incorporen precisamente todos los rasgos que pueden contribuir a
un desarrollo sostenible.

La visión «ecocéntrica»
Pero la sostenibilidad no es sólo una cuestión entre nosotros los seres
humanos. Es también un problema gravísimo de nuestras relaciones con la
biosfera, de la forma en que nos apropiamos de los recursos, explotamos la
naturaleza, gestionamos los bienes comunes, consideramos los límites de los
ecosistemas (Novo, 2006, p. 368). Esa constatación es la que hizo que, en la
década de los años setenta, de la mano de la UNESCO, naciera el movimiento de
Educación Ambiental, una corriente educativa que, a lo largo de más de 30 años
de historia, se ha extendido por todo el mundo como una propuesta
transformadora.

¿Cuál es la especificidad de este movimiento? ¿Por qué lo diferenciamos de las


otras educaciones? Porque con él se produce un hecho histórico sin
precedentes: por primera vez, los objetivos de la educación se bifurcan, junto al
objetivo clási- co, de corte antropocéntrico (mejorar al individuo) aparece otro
objetivo del mis- mo rango que podríamos denominar «biocéntrico» o
«ecocéntrico» (mejorar la vida de los ecosistemas; respetar los condicionantes y
límites de la naturaleza) (Novo, 1985).

El eje referencial sobre el que gira este cambio es, a su vez, una nueva
mirada filosófica: la que contempla al ser humano no como dominador o «dueño»
de la naturaleza sino como parte de ella, como una especie que, con sus
indudables sin- gularidades, está retada a entenderse y desarrollarse en armonía
con el resto de la biosfera.
Este cambio, este alumbramiento de un nuevo modelo educativo cual es la
educa- ción ambiental, se daba en el año 1975, en el Seminario de Belgrado, de la
mano de la UNESCO y el PNUMA, y sería ratificado posteriormente en
la Conferencia Intergu- bernamental de Tbilisi, promovida conjuntamente por
dichos organismos en el año 1977.

La educación ambiental para el


desarrollo sostenible

El carácter «ecocéntrico» de la educación ambiental se asienta sobre: «la noción


del ser humano como ser ecodependiente, que incluye a su entorno en su
principio de iden- tidad» (Morin, 1984). La idea de la «ecodependencia» es
fundamental para comprender el alcance innovador de este movimiento, porque
sitúa a la humanidad, como nos enseñó Leopold, en comunidad de intereses con
todo lo existente, al ampliar la co- munidad ética para incluir en ella a la Tierra
con todos sus seres vivos (Leopold, 2000, p. 26).

Pero lo que interesa resaltar, es que, desde sus inicios, la educación ambiental se
constituyó como una genuina educación a favor de un nuevo modelo de desarrollo,
y que esta cuestión ha estado siempre presente en su teoría y en sus prácticas.
Un desarrollo que primero se llamó ecodesarrollo, después desarrollo endógeno y
más tarde desarrollo sostenible, pero que los educadores ambientales fueron
alumbrando y extendiendo siempre desde un empeño compartido: educar para
el arte de vivir en armonía con la naturaleza y de distribuir de forma justa los
recursos entre todos los seres humanos. Una visión que ha sido pionera entre
los movimientos alternativos al modelo de crecimiento económico ilimitado y al
mantenimiento de enormes brechas entre ricos y pobres a lo largo nuestra
historia reciente.
"Educar para el arte de vivir en armonía con la naturaleza y de distribuir de
forma justa los recursos entre todos los seres humanos"

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