Biografía de Sócrates (470 a - 399)
Sócrates nació en Atenas el año 470 a. c. de una familia, al parecer, de clase
media. Su padre era escultor y su madre partera, lo que ha dado lugar a alguna
comparación entre el oficio de su madre y la actividad filosófica de Sócrates.
Los primeros años de la vida de Sócrates coinciden, pues, con el período de
esplendor de la sofística en Atenas.
El interés de la reflexión filosófica se centraba entonces en torno al ser humano
y la sociedad, abandonando el predominio del interés por el estudio de la
naturaleza. Probablemente Sócrates se haya iniciado en la filosofía estudiando
los sistemas de Empédocles, Diógenes de Apolonia y Anaxágoras, entre otros.
Pero pronto orientó sus investigaciones hacia los temas más propios de la
sofística.
Pensamiento
Sócrates no escribió nada y, a pesar de haber tenido numerosos seguidores,
nunca creó una escuela filosófica. Las llamadas escuelas socráticas fueron
iniciativa de sus seguidores. Acerca de su actividad filosófica nos han llegado
diversos testimonios, contradictorios entre ellos, como los de Jenofonte,
Aristófanes o Platón, que suscitan el llamado problema socrático, es decir la
fijación de la auténtica personalidad de Sócrates y del contenido de sus
enseñanzas. Si creemos a Jenofonte, a Sócrates le interesaba
fundamentalmente la formación de hombres de bien, con lo que su actividad
filosófica quedaría reducida a la de un moralista práctico: el interés por las
cuestiones lógicas o metafísicas sería algo completamente ajeno a Sócrates.
Poco riguroso se considera el retrato que hace Aristófanes de Sócrates en "Las
nubes", donde aparece como un sofista jocoso y burlesco, y que no merece
mayor consideración.
Más problemas plantea la interpretación del Sócrates platónico: ¿Responden
las teorías puestas en boca de Sócrates en los diálogos platónicos al personaje
histórico, o al pensamiento de Platón? La posición tradicional es que Platón
puso en boca de Sócrates sus propias teorías en buena parte de los diálogos
llamados de transición y en los de madurez, aceptándose que los diálogos de
juventud reproducen el pensamiento socrático. Esta posición se vería apoyada
por los comentarios de Aristóteles sobre la relación entre Sócrates y Platón,
quien afirma claramente que Sócrates no "separó" las Formas, lo que nos
ofrece bastante credibilidad, dado que Aristóteles permaneció veinte años en la
Academia.
El rechazo del relativismo de los sofistas llevó a Sócrates a la búsqueda de la
definición universal, que pretendía alcanzar mediante un método inductivo;
probablemente la búsqueda de dicha definición universal no tenía una intención
puramente teórica, sino más bien práctica. Tenemos aquí los elementos
fundamentales del pensamiento socrático...
Los sofistas habían afirmado el relativismo gnoseológico y moral. Sócrates
criticará ese relativismo, convencido de que los ejemplos concretos encierran
un elemento común respecto al cual esos ejemplos tienen un significado. Si
decimos de un acto que es "bueno" será porque tenemos alguna noción de "lo
que es" bueno; si no tuviéramos esa noción, ni siquiera podríamos decir que es
bueno para nosotros pues, ¿cómo lo sabríamos? Lo mismo ocurre en el caso
de la virtud, de la justicia o de cualquier otro concepto moral. Para el relativismo
estos conceptos no son susceptibles de una definición universal: son el
resultado de una convención, lo que hace que lo justo en una ciudad pueda no
serlo en otra. Sócrates, por el contrario, está convencido de que lo justo ha de
ser lo mismo en todas las ciudades, y que su definición ha de valer
universalmente. La búsqueda de la definición universal se presenta, pues,
como la solución del problema moral y la superación del relativismo.
Dibujo de Sócrates en prisión, el día que tomó la cicuta
¿Cómo proceder a esa búsqueda? Sócrates desarrolla un método práctico
basado en el diálogo, en la conversación, la "dialéctica", en el que a través del
razonamiento inductivo se podría esperar alcanzar la definición universal de los
términos objeto de investigación. Dicho método constaba de dos fases: la ironía
y la mayéutica. En la primera fase el objetivo fundamental es, a través del
análisis práctico de definiciones concretas, reconocer nuestra ignorancia,
nuestro desconocimiento de la definición que estamos buscando. Sólo
reconocida nuestra ignorancia estamos en condiciones de buscar la verdad. La
segunda fase consistiría propiamente en la búsqueda de esa verdad, de esa
definición universal, ese modelo de referencia para todos nuestros juicios
morales. La dialéctica socrática irá progresando desde definiciones más
incompletas o menos adecuadas a definiciones más completas o más
adecuadas, hasta alcanzar la definición universal. Lo cierto es que en los
diálogos socráticos de Platón no se llega nunca a alcanzar esa definición
universal, por lo que es posible que la dialéctica socrática hubiera podido ser
vista por algunos como algo irritante, desconcertante o incluso humillante para
aquellos cuya ignorancia quedaba de manifiesto, sin llegar realmente a
alcanzar esa presunta definición universal que se buscaba.
Esa verdad que se buscaba ¿Era de carácter teórico, pura especulación o era
de carácter práctico? Todo parece indicar que la intencionalidad de Sócrates
era práctica: descubrir aquel conocimiento que sirviera para vivir, es decir,
determinar los verdaderos valores a realizar. En este sentido es llamada la
ética socrática "intelectualista": el conocimiento se busca estrictamente como
un medio para la acción. De modo que si conociéramos lo "Bueno", no
podríamos dejar de actuar conforme a él; la falta de virtud en nuestras acciones
será identificada pues con la ignorancia, y la virtud con el saber.
En el año 399 Sócrates, que se había negado a colaborar con el régimen de los
Treinta Tiranos, se vio envuelto en un juicio en plena reinstauración de la
democracia bajo la doble acusación de "no honrar a los dioses que honra la
ciudad" y "corromper a la juventud". Al parecer dicha acusación, formulada por
Melitos, fue instigada por Anitos, uno de los dirigentes de la democracia
restaurada. Condenado a muerte por una mayoría de 60 o 65 votos, se negó a
marcharse voluntariamente al destierro o a aceptar la evasión que le
preparaban sus amigos, afirmando que tal proceder sería contrario a las leyes
de la ciudad, y a sus principios. El día fijado bebió la cicuta.
La influencia de Sócrates
Sócrates ejercerá una influencia directa en el pensamiento de Platón, pero
también en otros filósofos que, en mayor o menor medida, habían sido
discípulos suyos, y que continuarán su pensamiento en direcciones distintas, y
aún contrapuestas. Algunos de ellos fundaron escuelas filosóficas conocidas
como las "escuelas socráticas menores", como Euclides de Megara (fundador
de la escuela de Megara), Fedón de Elis (escuela de Elis), el ateniense
Antístenes (escuela cínica, a la que perteneció el conocido Diógenes de
Sinope) y Aristipo de Cirene (escuela cirenaica).
Sócrates fue hijo de Sofronisco, cantero de profesión, y de Fenareta, obstetriz,
como lo dice Platón en el diálogo intitulado Teeteto. Nació en Alopeca, pueblo
de Ática.
La apología de Sócrates se dividido en tres partes.
Primera parte: la acusación
En la primera parte de Apología de Sócrates, se da a conocer la decisión de los
jueces en lo que se refiere a la culpabilidad de Sócrates.
Por su parte, el acusado deja claro que los cargos que se le atribuyen no son
certeros. También responde a aquellos que dan a entender que es un hombre
peligroso por, en definitiva, enseñar en secreto.
Por otro lado, afirma que si se le acusa a él, también se debería condenar a
todos aquellos que han seguido sus discursos.
Seguidamente, Sócrates apunta el orden en el que va a llevar a cabo su
defensa, así afirma que primero responderá a sus acusadores.
Más tarde, se dan a conocer las acusaciones a las que Sócrates trata de
responder.
Al final de la primera parte, Sócrates, al no convencer al jurado, afirma que no
teme a la muerte y asegura que confía en su verdad para ganar el juicio. Sin
embargo, los acusadores lo encuentran culpable por 281 votos en su contra
frente a 220 a su favor.
Segunda parte: la aceptación y la pena
Después del veredicto de los jueces, Sócrates asume su condena. Aunque
considera que deberían haberlo condenado con más votos en su contra.
Sócrates propone que se le perdone la pena de muerte si paga una multa de
30 minas.
Tercera parte: la profecía
La actitud de Sócrates defendiendo su postura hace que aumenten sus votos
en contra. El jurado no acepta la propuesta del acusado y, finalmente, le
impone cumplir la pena de muerte.
Luego, Sócrates concluye su diálogo aludiendo a que no guardará rencor a
quienes lo condenan. Después se despide.
Análisis: Los acusadores
En su defensa, Sócrates distingue entre dos tipos de acusadores, por un lado
los antiguos acusadores o anónimos, los cuales han esparcido calumnias sobre
él durante años y, por otro lado, los nuevos acusadores, es decir, los que le
han llevado recientemente al juicio. Los últimos son tres hombres que han
presentado cargos contra Sócrates:
Meleto: poeta
Ánito: político
Licón: orador
Las acusaciones
Aunque, Sócrates alude a acusadores anónimos, las imputaciones que le han
llevado a juicio han sido las de los tres nuevos acusadores. Quienes,
curiosamente, representan a los gremios que Sócrates venía criticando: poetas,
políticos y oradores. Así, por boca de Melito, se dan a conocer las dos
acusaciones por las que se le ha condenado a juicio, estas son:
Impiedad, es decir, de no creer en los dioses del Estado, a quienes
supuestamente sustituía con extravagancias demoníacas.
Corrupción de la juventud, pues muchos jóvenes, estaban siguiendo su
discurso y se habían convertido en sus discípulos.
La defensa de Sócrates
Es curioso que para su defensa Sócrates no trata de pedir perdón a nadie por
su forma de vida. Más bien utiliza la palabra para explicar a los jueces por qué
su forma de hacer puede ser beneficioso para todos.
Aunque, finalmente, Sócrates es condenado, probablemente porque
consideraron que su actitud era soberbia, realmente el acusado no traicionó los
principios que defendía en vida. Asimismo, en algún momento durante el juicio,
da a entender que no teme a la muerte.
Pero, ¿cuáles son las réplicas que Sócrates utiliza en su defensa? Estas son
algunas ideas que se perciben en el texto:
Alusión a los sofistas
Una de las calumnias que fueron lanzadas hacia Sócrates fue precisamente la
de corromper a la juventud mediante enseñanzas públicas llevadas a cabo en
secreto. También lo acusan de mezclar las cosas divinas con las terrenales.
Por eso, para muchos Sócrates era un hombre peligroso.
En su defensa, el acusado admite que sus enseñanzas no son como la de los
sofistas, sus coetáneos, los cuales exigían un pago por sus enseñanzas.
Asimismo, afirma que jamás se ha involucrado en temas divinos.
El oráculo y su sabiduría
Sócrates se pregunta cuál puede ser el origen de las calumnias que se han
propalado contra él. Para lo que responde, que su mala reputación se debe a la
sabiduría que aparentemente existe en él. Aunque Sócrates no se da por sabio.
En cambio, pone como ejemplo el oráculo de Delfos. Según explica, su amigo
Cherefón preguntó al oráculo si había un hombre más listo que Sócrates. La
pitia respondió que no.
Después, Sócrates convencido de que no podía ser el más sabio decidió
investigar entre los gremios que representan la sabiduría. Dialogó con políticos,
poetas y oradores. Entonces afirma que todos "creían saber más de lo que
realmente sabían". Establece así una comparativa entre estos y él:
Pero esta es la diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no
sabiendo nada, creo no saber.
Aquí encontramos la esencia de la actividad filosófica de Sócrates, al menos,
así lo expresa su discípulo Platón. Para Sócrates la verdadera sabiduría
residía en reconocer que no se sabe nada.
El método de este filósofo para alcanzar el verdadero conocimiento se basa en
lo que se conoce como “ironía socrática”, es decir, un sistema que consistía en
buscar la verdad mediante el diálogo. Para ello, Sócrates realizaba preguntas a
los interlocutores y, a través de estas cuestiones, les ayudaba a entender que,
en realidad, no sabían nada.
Interrogatorio a Meleto
Más adelante, Sócrates se dirige directamente a Meleto para examinar la
acusación en la que afirma que el filósofo corrompe a la juventud. Para ello,
Sócrates le pregunta quién hace mejores a los jóvenes.
Tras una serie de preguntas, llegan a la conclusión de que todos hacen
mejores a los jóvenes, excepto Sócrates. A lo que, finalmente, el filósofo
destaca:
No es más bien al revés, que la mayoría no sabe tratarlos y solo unos pocos
son capaces de hacerlos mejores.
Sócrates dialoga con Meleto, hasta que deja a este sin respuestas y queda en
evidencia. A través de este discurso el filósofo intenta defender su forma de
vida. Sin embargo, lo hizo retando a los miembros de los grandes gremios de la
sociedad, lo cual no le benefició en absoluto.
Reflexiones finales
Probablemente si Sócrates hubiera rogado compasión a los que le juzgaron se
hubiera librado de la muerte o hubiese saldado su pena con el exilio. Sin
embargo, no lo hizo, prefirió reflexionar sobre por qué no le temía a la muerte.
Así, Sócrates mantuvo una postura racional frente a su deceso. Más que
afrontar la muerte como un mal prefirió asumirla como un bien:
Pero si la muerte es como un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice,
allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se
puede imaginar, jueces míos?
Finalmente, el jurado determinó su muerte, y Sócrates antes de morir advirtió a
sus acusadores que no tenía ningún resentimiento hacia ellos.
Posiblemente, Sócrates con su discurso molestó aún más a sus acusadores,
sin embargo, con sus palabras demostró que valoraba más defender sus
principios filosóficos que conservar su propia vida.
Biografía de Platón (428 a - 347)
Platón nació en Atenas, (o en Egina, según otros, siguiendo a Favorino),
probablemente el año 428 o el 427 a. c. de familia perteneciente a la
aristocracia ateniense, que se reclamaba descendiente de Solón por línea
directa. Su verdadero nombre era Aristocles, aunque al parecer fue llamado
Platón por la anchura de sus espaldas, según recoge Diógenes Laercio en su
"Vida de los filósofos ilustres", anécdota que ha sido puesta en entredicho. Los
padres de Platón fueron Aristón y Perictione, que tuvieron otros dos hijos,
Adimanto y Glaucón, que aparecerán ambos como interlocutores de Sócrates
en la República, y una hija, Potone.
El Partenón, en la Acrópolis de AtenasA la muerte de su padre, siendo niño
Platón, su madre contrajo nuevas nupcias con Pirilampo, amigo de Pericles,
corriendo la educación de Platón a su cargo, por lo que se supone que Platón
pudo haber recibido una enseñanza propia de las tradiciones democráticas del
régimen de Pericles.
En todo caso,Platón recibió la educación propia de un joven ateniense bien
situado, necesaria para dedicarse de lleno a la vida política, como correspondía
a alguien de su posición. Según Diógenes Laercio llegó a escribir poemas y
tragedias, aunque no podamos asegurarlo. También fue discípulo del
heracliteano Cratilo, noticia esta que tampoco parece posible confirmar. La
vocación política de Platón está constatada por sus propias declaraciones, en
la conocida carta VII; pero su realización se vio frustrada por la participación de
dos parientes suyos, Cármides y Crítias, en la tiranía impuesta por Esparta
luego de la guerra del Peloponeso, conocida como la de los Treinta Tiranos, y
que ejerció una represión violenta y encarnizada contra los lideres de la
democracia. Sin embargo, el interés político no le abandonará nunca, y se verá
reflejado en una de sus obras cumbre, la República.
La influencia de Sócrates
En el año 407, a la edad de veinte años, conoce a Sócrates, quedando
admirado por la personalidad y el discurso de Sócrates, admiración que le
acompañará toda la vida y que marcará el devenir filosófico de Platón. No
parece probable que Platón mantuviera una relación muy intensa con el que
consideró su maestro, si entendemos el término relación en su sentido más
personal; sí es cierto que entendida en su sentido más teórico la hubo, y de
una intensidad que raya en la dependencia. Pero también sobre su relación con
Sócrates hay posiciones contradictorias. El que no estuviera presente en la
muerte de Sócrates ha hecho pensar que no pertenecía al círculo íntimo de
amigos de Sócrates; sin embargo, parece que sí se ofreció como aval de la
multa que presumiblemente la Asamblea impondría a Sócrates, antes de que
cambiara su decisión por la condena a muerte.
Primeros viajes
En el año 399, tras la muerte de Sócrates, Platón abandona Atenas y se instala
en Megara, donde residía el filósofo Euclides que había fundado una escuela
socrática en dicha ciudad. Posteriormente parece que realizó viajes por Egipto
y estuvo en Cirene, (noticias ambas, aunque probables, difíciles de contrastar,
no habiéndose referido Platón nunca a dichos viajes, por lo que también es
probable que luego de una breve estancia en Megara regresara a Atenas )
yendo posteriormente a Italia en donde encontraría a Arquitas de Tarento,
quien dirigía una sociedad pitagórica, y con quien trabó amistad.
Invitado a la corte de Dionisio I, en Siracusa, se hizo amigo de Dión, que era
cuñado de Dionisio, y con quien concibió la idea de poner en marcha ciertas
ideas políticas sobre el buen gobierno que requerían la colaboración de
Dionisio. Al parecer, las condiciones de la corte no eran las mejores para
emprender tales proyectos, ejerciendo Dionisio como tirano de Siracusa;
irritado por la franqueza de Platón, según la tradición, le retuvo prisionero o lo
hizo vender como esclavo en Egina, entonces enemiga de Atenas, siendo
rescatado finalmente por un conciudadano que lo devolvió libre a Atenas.
La Academia
Vista de la Acrópolis de AtenasUna vez en Atenas, en el año 388-387, fundó la
Academia, nombre que recibió por hallarse cerca del santuario dedicado al
héroe Academos, especie de "Universidad" en la que se estudiaban todo tipo
de ciencias, como las matemáticas (de la importancia que concedía Platón a
los estudios matemáticos da cuenta la leyenda que rezaba en el frontispicio de
la Academia: "que nadie entre aquí que no sepa matemáticas"), la astronomía,
o la física, además de los otros saberes filosóficos y, al parecer, con una
organización similar a la de las escuelas pitagóricas, lo que pudo comportar un
cierto carácter secreto, o mistérico, de algunas de las doctrinas allí enseñadas.
La Academia continuará ininterrumpidamente su actividad a lo largo de los
siglos, pasando por distintas fases ideológicas, hasta que Justiniano decrete su
cierre en el año 529 de nuestra era.
Últimos viajes
En el año 369 emprende un segundo viaje a Siracusa, invitado por Dión, esta
vez a la corte de Dionisio II, hijo de Dionisio I, con el objetivo de hacerse cargo
de su educación; pero los resultados no fueron mejores que con su padre; tras
algunas dificultades (al parecer estaba en situación de semi-prisión) consigue
abandonar Siracusa y regresar a Atenas. También Dión tuvo que refugiarse en
Atenas habiéndose enemistado con Dionisio I, donde continuará la amistad con
Platón. Unos años después, en el 361, y a petición de Dionisio II, vuelve a
realizar un tercer viaje a Siracusa, fracasando igual que en las ocasiones
anteriores, y regresando a Atenas en el año 360 donde continuó sus
actividades en la Academia, siendo ganado progresivamente por la decepción y
el pesimismo, lo que se refleja en sus últimas obras, hasta su muerte en el año
348-347.
República, VI: La alegoría de la línea
(...) No, no lo hagas-dijo.
-Pues bien -dije-, observa que, como decíamos, son dos, y que reinan, el uno
en el género y región inteligibles (el Bien), y el otro, en cambio, en la visible (el
sol); y no digo que en el cielo para que no creas que juego con el vocablo. Sea
como sea, ¿tienes ante tí esas dos especies, la visible y la inteligible?
-Las tengo.
-Toma, pues, una línea que esté cortada en dos segmentos desiguales y
vuelve a cortar cada uno de los segmentos, el del género visible y el del
inteligible, siguiendo la misma proporción. Entonces tendrás, clasificados según
la mayor claridad u oscuridad de cada uno: en el mundo visible, un primer
segmento, el de las imágenes. Llamo imágenes ante todo a las sombras, y en
segundo lugar, a las figuras que se forman en el agua y en todo lo que es
compacto, pulido y brillante, y a otras cosas semejantes, si es que me
entiendes.
-Sí que te entiendo.
-En el segundo pon aquello de lo cual esto es imagen: los animales que nos
rodean, todas las plantas y el género entero de las cosas fabricadas.
-Lo pongo-dijo.
-¿Accederías acaso -dije yo- a reconocer que lo visible se divide, en proporción
a la verdad o a la carencia de ella, de modo que la imagen se halle, con
respecto a aquello que imita, en la misma relación en que lo opinado con
respecto a lo conocido?
-Desde luego que accedo- dijo,
-Considera, pues, ahora, de qué modo hay que dividir el segmento de lo
Inteligible.
-¿Cómo?
Representación de la alegoría de la línea
- De modo que el alma se vea obligada a buscar la una de las partes
sirviéndose, como de imágenes, de aquellas cosas que antes eran imitadas,
partiendo de hipótesis y encaminándose así, no hacia el principio, sino hacia la
conclusión; y la segunda, partiendo también de una hipótesis, pero para llegar
a un principio no hipotético y llevando a cabo su investigación con la sola ayuda
de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las imágenes a que en la
búsqueda de aquello recurría.
-No he comprendido de modo, suficiente -dijo-eso, de que hablas.
-Pues lo diré otra vez - contesté-. Y lo entenderás mejor después del siguiente
preámbulo. Creo que sabes que quienes se ocupan de geometría, aritmética y
otros estudios similares, dan por supuestos los números impares y pares, las
figuras, tres clases de ángulos y otras cosas emparentadas con éstas y
distintas en cada caso; las adoptan como hipótesis, procediendo igual que si
las conocieran, y no se creen ya en el deber de dar ninguna explicación ni a sí
mismos ni a los demás con respecto a lo que consideran como evidente para
todos, y de ahí es de donde parten las sucesivas y consecuentes deducciones
que les llevan finalmente a aquello cuya investigación se proponían.
-Sé perfectamente todo eso- dijo.
-¿Y no sabes también que se sirven de figuras visibles acerca de las cuales
discurren, pero no pensando en ellas mismas, sino en aquello a que ellas se
parecen, discurriendo, por ejemplo, acerca del cuadrado en sí y de su diagonal,
pero no acerca del que ellos dibujan, e igualmente en los demás casos; y que
así, las cosas modeladas y trazadas por ellos, de que son imágenes las
sombras y reflejos producidos en el agua, las emplean, de modo que sean a su
vez imágenes, en su deseo de ver aquellas cosas en sí que no pueden ser
vistas de otra manera sino por medio del pensamiento?
-Tienes razón-dijo.
XXI. -Y así, de esta clase de objetos decía yo que era inteligible, pero que en
su investigación se ve el alma obligada a servirse de hipótesis y, como no
puede remontarse por encima de éstas, no se encamina al principio, sino que
usa como imágenes aquellos mismos objetos, imitados a su vez por los de
abajo, que, por comparación con éstos, son también ellos estimados y
honrados como cosas palpables.
-Ya comprendo -dijo-; te refieres a lo que se hace en geometría y en las
ciencias afines a ella.
-Pues bien, aprende ahora que sitúo en el segundo segmento de la región
inteligible aquello a que alcanza por sí misma la razón valiéndose del poder
dialéctico y considerando las hipótesis no como principios, sino como
verdaderas hipótesis, es decir, peldaños y trampolines que la eleven hasta lo
no hipotético, hasta el principio de todo; y una vez haya llegado a éste, irá
pasando de una a otra de las deducciones que de él dependen hasta que, de
ese modo, descienda a la conclusión sin recurrir en absoluto a nada sensible,
antes bien, usando solamente de las ideas tomadas en sí mismas, pasando de
una a otra y terminando en las ideas.
-Ya me doy cuenta -dijo-, aunque no perfectamente pues me parece muy
grande la empresa a que te refieres, de que lo que intentas es dejar sentado
que es más clara la visión del ser y de lo inteligible que proporciona la ciencia
dialéctica que la que proporcionan las llamadas artes, a las cuales sirven de
principios las hipótesis; pues aunque quienes las estudian se ven obligados a
contemplar los objetos por medio del pensamiento y no de los sentidos, sin
embargo, como no investigan remontándose al principio, sino partiendo de
hipótesis, por eso te parece a ti que no adquieren conocimiento de esos objetos
que son, empero, inteligibles cuando están en relación con un principio. Y creo
también que a la operación de los geómetras y demás la llamas pensamiento,
pero no conocimiento, porque el pensamiento es algo que está entre la simple
creencia y el conocimiento.
- Lo has entendido -dije- con toda perfección. Ahora aplícame a los cuatro
segmentos estas cuatro operaciones que realiza el alma: la inteligencia
(nóesis), al más elevado; el pensamiento (diánoia), al segundo; al tercero dale
la creencia (pístis) y al último la imaginación (eikasía); y ponlos en orden,
considerando que cada uno de ellos participa tanto más de la claridad cuanto
más participen de la verdad los objetos a que se aplica.
-Ya lo comprendo-dijo-; estoy de acuerdo y los ordeno como dices.
Según la versión de la República de J.M. Pabón y M. Fernández Galiano,
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1981 (3ª edición)
El mito de la caverna (República, VII)
El libro VII de la República comienza con la exposición del conocido mito de la
caverna, que utiliza Platón como explicación alegórica de la situación en la que
se encuentra el hombre respecto al conocimiento, según la teoría del
conocimiento explicada al final del libro VI, ilustrada mediante la alegoría de la
línea.
El mito de la caverna
I - Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que,
con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.
Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga
entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos
hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de
modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues
las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego
que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un
camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un
tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público,
por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.
- Ya lo veo-dijo.
- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que
transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y
estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase
de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan
hablando y otros que estén callados.
- ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
- Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están
así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras
proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
- ¿Cómo--dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener
inmóviles las cabezas?
- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
- ¿Qué otra cosa van a ver?
- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar
refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
- Forzosamente.
- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas
que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo
que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
- No, ¡por Zeus!- dijo.
- Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna
otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
- Es enteramente forzoso-dijo.
- Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y
curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente.
Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a
volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto,
sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos
objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d
alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando,
hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales,
goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que
pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de
ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le
parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
- Mucho más-dijo.
II. -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían
los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede
contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los
que le muestra .?
- Así es -dijo.
- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza--dije-, obligándole a recorrer la áspera y
escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del
sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez
llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni
una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
- No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de
arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las
imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde,
los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de
noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las
estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
- ¿Cómo no?
- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las
aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal
cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
- Necesariamente -dijo.
- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce
las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en
cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
- Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.
- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y
de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por
haber cambiado y que les compadecería a ellos?
- Efectivamente.
- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas
que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor
penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre
ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más
capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees
que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran
de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es
decir, que preferiría decididamente "trabajar la tierra al servicio de otro hombre
sin patrimonio" o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de
lo opinable?
- Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que
aquella vida.
- Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el
mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a
quien deja súbitamente la luz del sol?
- Ciertamente -dijo.
- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido
constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que,
por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy
corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se
diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y
que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no
matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara
desatarles y hacerles subir?.
- Claro que sí -dijo.
III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo
Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por
medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con
el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación
de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la.
región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú
deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En
fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se
percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que
colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las
cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de
ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y
conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder
sabiamente en su vida privada o pública.
- También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.
Según la versión de la República de J.M. Pabón y M. Fernández Galiano,
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1981 (3ª edición)
Platón: el mito del carro alado
“Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a
qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve. Podríamos
entonces decir que se parece a una fuerza que, como si hubieran nacido
juntos, lleva unidos a una yunta alada y a su auriga. Pues bien, los caballos y
los cocheros de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los
otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un
conductor que guía una yunta de caballos y, después, estos caballos de los
cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el
otro de todo lo contrario, como también su origen. Necesariamente, pues, nos
resultará difícil y duro su manejo.
Y, ahora, precisamente, hay que intentar decir de dónde le viene al viviente la
denominación de mortal e inmortal. Todo lo que es alma tiene a su cargo lo
inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras
otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el Cosmos. Pero
la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido,
donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí
mismo en virtud de la fuerza de aquella. Este compuesto, cristalización de alma
y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal. El nombre de
inmortal no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni
intuido satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente
inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por
toda la eternidad. Pero, en fin, que sea como plazca a la divinidad, y que sean
estas nuestras palabras.
Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden
al alma. Es algo así como lo que sigue.
El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia
donde mora el linaje de los dioses. En cierta manera, de todo lo que tiene que
ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es
bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto
crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que
le es contrario, se consume y se acaba. Por cierto que Zeus, el poderosos
señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza,
ordenándolo todo y de todo ocupándose. Le sigue un tropel de dioses y
dáimones ordenados en once filas. Pues Hestia (la Tierra) se queda en la
morada de los dioses, sola, mientras todos los otros, que han sido colocados
en número de doce, como dioses jefes, van al frente de las órdenes a cada uno
asignados. Son muchas, por cierto, las beatíficas visiones que ofrece la
intimidad de las sendas celestes, caminadas por el linaje de los felices dioses,
haciendo cada uno lo que tiene que hacer, y seguidos por los que, en cualquier
caso, quieran y puedan. Está lejos la envidia de los coros divinos. Y, sin
embargo, cuando van a festejarse a sus banquetes, marchan hacia las
empinadas cumbres, por lo más alto del arco que sostiene el cielo, donde
precisamente los carros de los dioses, con el suave balanceo de sus firmes
riendas, avanzan fácilmente, pero a los otros les cuesta trabajo. Porque el
caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando al auriga
que no lo haya domesticado con esmero. Allí se encuentra el alma con su dura
y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la
cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las
lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está del otro lado
del cielo.
A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo,
ni lo cantará jamás como merece. Pero es algo como esto – ya que se ha de
tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se
habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente
ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece
el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino
se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma
que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el
ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su
alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio.
En este giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene ante su vista a la
sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la
génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro – como ese otro que
nosotros llamamos entes -, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente
es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de
verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y
vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el cochero detiene los caballos ante
el pesebre, les echa pienso, ambrosía, y los abreva con néctar.
Tal es, pues, la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido
al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior,
siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos
apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se
hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que,
deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban
sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y
amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías
y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas
renqueantes, y a otras muchas se le parten muchas alas. Todas, en fin,
después de tantas penas, tienen que irse sin haber podido alcanzar la visión
del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo, la opinión por alimento. El
por qué de este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe
a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado
que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se
nutre.
He aquí ahora la ley de Adrastea: Toda alma que, en el séquito de algún dios,
haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y,
siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero, cuando por no haber
podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando
llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra.
Entonces es de ley que tal alma no se implante en ninguna naturaleza animal,
en la primera generación, sino que sea la que más ha visto la que llegue a los
genes de un varón que habrá de ser amigo del saber, de la belleza o de las
Musas tal vez, y del amor; la segunda, que sea para un rey nacido de leyes o
un guerrero y hombre de gobierno; la tercera, para un político o un
administrador o un hombre de negocios; la cuarta, para alguien a quien le va el
esfuerzo corporal, para un gimnasta, o para quien se dedique a cuidar cuerpos;
la quinta habrá de ser para una vida dedicada al arte adivinatorio o a los ritos
de iniciación; con la sexta se acoplará un poeta, uno de ésos a quienes les da
por la imitación; sea la séptima para un artesano o un campesino, y para un
tirano la novena. De entre todos estos casos, aquel que haya llevado una vida
justa es partícipe de un mejor destino, y el que haya vivido injustamente, de
uno peor. Porque allí mismo de donde partió no vuelve alma alguna antes de
diez mil años –ya que no le salen alas antes de ese tiempo -, a no ser en el
caso de aquel que haya filosofado sin engaño, o haya amado a los jóvenes con
filosofía. Éstas, en el tercer período de mil años, si han elegido tres veces la
misma vida, vuelven a cobrar sus alas y, con ellas, se alejan al cumplir esos
tres mil años. Las demás, sin embargo, cuando acabaron su primera vida, son
llamadas a juicio y, una vez juzgadas, van a parar a prisiones subterráneas,
donde expían su pena; y otras hay que, elevadas por la justicia a algún lugar
celeste, llevan una vida tan digna como la que vivieron cuando tenían forma
humana. Al llegar el milenio, teniendo unas y otras que sortear y escoger la
segunda existencia, son libres de elegir la que quieran. Puede ocurrir entonces
que una alma humana venga a vivir a un animal, y el que alguna vez fue
hombre se pase, otra vez de animal a hombre.
Porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana.
En efecto, conviene que el hombre comprenda según lo que se llama “idea”,
yendo de muchas sensaciones a una sola cosa comprendida por el
razonamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio, en otro
tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad, mirando desde lo
alto a lo que ahora decimos que es, y alzando la cabeza a lo que es en
realidad. Por eso es justo que sólo la mente del filósofo sea alada, ya que en su
memoria y en la medida de lo posible, se encuentra aquello que siempre es y
que hace que, por tenerlo delante, el dios sea divino. El varón, pues, que haga
uso adecuado de tales recordatorios, iniciado en tales ceremonias perfectas,
sólo él será perfecto. Apartado, así, de humanos menesteres y volcado a lo
divino, es tachado por el vulgo como de perturbado, sin darse cuenta de que lo
que está, es “entusiasmado”, poseído por un dios”.
Platón Fedro, 246a y ss. Trad. de Emilio Lledó Iñigo. Gredos, MAdrid, 1986.
pp.344y ss.