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LOS BUENOS LIBROS - SanMartinFenollera

El documento explora la importancia de los buenos libros en la educación moral y estética, argumentando que la lectura fomenta la bondad, la verdad y la belleza en los lectores. Se destaca el papel transformador de la literatura, especialmente en la infancia, y cómo los cuentos de hadas y la poesía pueden ofrecer enseñanzas valiosas y una conexión con lo trascendental. Además, se critica la tendencia actual hacia la falta de belleza en la ilustración de libros infantiles, subrayando la necesidad de educar a los niños en la apreciación de lo bello como un camino hacia la verdad y la bondad.

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LOS BUENOS LIBROS - SanMartinFenollera

El documento explora la importancia de los buenos libros en la educación moral y estética, argumentando que la lectura fomenta la bondad, la verdad y la belleza en los lectores. Se destaca el papel transformador de la literatura, especialmente en la infancia, y cómo los cuentos de hadas y la poesía pueden ofrecer enseñanzas valiosas y una conexión con lo trascendental. Además, se critica la tendencia actual hacia la falta de belleza en la ilustración de libros infantiles, subrayando la necesidad de educar a los niños en la apreciación de lo bello como un camino hacia la verdad y la bondad.

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LOS BUENOS LIBROS: UN CAMINO HACIA LA VERDAD, LA BELLEZA Y

LA BONDAD
febrero 23, 2022

«Un buen libro te enseña lo que debes hacer, te instruye sobre lo que has de evitar y te
muestra el fin a que debes aspirar».
San Bernardo

Entre las numerosas razones que podríamos encontrar para leer, hay una que está por
encima de las demás, que las supera a todas, que las deja atrás. Me refiero a la idea de
que las buenas historias, relatos y poemas ofrecen a los lectores la posibilidad de
educarse en el cabal uso de la razón y en la comprensión y el dominio de sus
sentimientos, ayudándoles, aunque solo sea un poco, a acercarse a aquello para lo que
fueron creados: contemplar la belleza, la verdad y la bondad.
El poeta romano Horacio hablaba en su Ars poética (23-13 a. C.) de instruir deleitando,
de unir tanto el beneficio como el deleite, y esto nos sigue sirviendo hoy. En los buenos
libros encontraremos trazos de la verdad; el deleite lo hallaremos en la admiración y el
asombro causado por la belleza contenida en sus páginas. Y la bondad estará esperando
en el fondo y forma de lo enseñado, en los efectos para el alma de lo leído y en la
práctica virtuosa a que impulsa toda buena literatura.
Así, que comenzaré por la Bondad.
De entrada, el acto mismo de leer es transformador y virtuoso. Hay algo en la actividad
de la lectura que tiende al bien. Así, la atención necesaria para la lectura profunda (la
que practicamos con obras literarias), exige paciencia. La interpretación y valoración de
lo leído, requiere prudencia. La mera decisión de reservar tiempo para leer en un mundo
lleno de tantas distracciones, precisa una especie de templanza. La reivindicación
pública de la condición de lector –especialmente hoy entre los más jóvenes–, exige un
cierto nivel de fortaleza y de coraje. En suma, el esfuerzo que requiere mantenerse en
nuestros días como lector pone de manifiesto un evidente acto de amor. Y todo eso es
bueno y conduce a lo bueno.
Y ello a pesar de la acusación –tan presente hoy– de su falta de utilidad. Por supuesto
que leer buenos y grandes libros es útil. Pero aclaro que no estoy hablando de la utilidad
mercantil que impera en nuestro mundo, sino de una utilidad de otro orden, silenciosa,
que trabaja para esa parte de nosotros que no se ve. Hablo de una utilidad para el alma,
lo que me recuerda el lema labrado en piedra en el frontispicio de la biblioteca de
Tebas, que rezaba así:
«Medicina para el alma».
Hablo del original significado de utilidad, como ayuda para alcanzar el propósito de
todo hombre. Lo que Aristóteles y Platón identificaron con la realización de nuestra
propia naturaleza, de nuestro telos: contemplar lo que es bueno y actuar de acuerdo con
ello.
Y ahí creo que los buenos y grandes libros tienen su función –aunque ciertamente muy
modesta–, y que podrán ayudar a nuestros hijos en ese camino hacia la contemplación
del bien.
El santo cardenal Newman, sobre la convicción de que el verdadero bien es difusivo de
suyo, sostuvo que el bien intelectual puede ser útil en el sentido a que he hecho
mención. Así nos dice:
«No digo útil en sentido vulgar, mecánico y mercantil, sino como un bien que se
difunde, o una bendición, o un don, un poder o un tesoro, primero para quien lo posee,
y a través de él para el mundo entero».
Una utilidad esta, que el literato ruso Antón Chejov entendía de una forma más
contundente. En su cuento Las grosellas (1898) nos habla de un martillo. Dice Chejov
por boca del protagonista, Ivan Ivanych, que «sería preciso que tras la puerta de cada
hombre feliz y satisfecho hubiera alguien con un martillo, y continuamente le recordará
con sus golpes», lo trascendente, alejándolo de lo trivial. Yo también lo creo, por eso es
importante rescatar a los buenos y grandes poetas y volver a leerlos y escucharlos, y así,
dejar que su maza nos golpee, a nosotros mismos y a nuestros hijos, dándonos aquello
que necesitemos cuando lo necesitemos. Porque, como nos dice el poeta Ezra Pound:
«Deberíamos leer para actuar eficazmente. El hombre de lectura debería ser un
hombre intensamente vivo. El libro debe ser una esfera de iluminación en la mano de
uno».
Y esta esfera de iluminación del poeta Pound me sirve para acercarme hacia la Verdad.
Ya Aristóteles, en su Poética (335-323 a. C.), defendía la conveniencia de una
educación literaria, ya que con la buena lectura, decía, se purga el exceso de emoción y
se obtiene una visión más racional y real de las cosas que nos rodean. Así mismo, el
filósofo nos dice que la poesía es superior a la historia pues, mientras el historiador
describe lo que ha llegado a ser, el poeta habla el tipo de cosa que debería y podría
llegar a ser, y que por eso está más próxima a los universales y a la verdad.
En pleno Renacimiento, Philip Sidney, siguiendo a Aristóteles, defendía en su
obra Apología de la poesía (1583), que la buena poesía revela grandes verdades y es por
ello profundamente filosófica, y yendo todavía más lejos que el Estagirita, afirmaba que
es un mejor educador ético que la filosofía, pues toca las emociones y nos mueve a la
acción moral, mientras que la filosofía se limita a enseñarnos lo que es bueno. Este
argumento es luego retomado por el poeta romántico Shelley en su ensayo Defensa de
la poesía (1821), donde sostenía que la imaginación ligada al arte literario permite
experimentar la vida desde la perspectiva de otros.
Todo ello nos remite al concepto de imaginación moral del que ya les he hablado. A
aquello que quería decirnos la escritora católica norteamericana Flannery O'Connor
cuando escribió:
«Nuestra respuesta a la vida es diferente si nos han enseñado solo una definición de
vida o si hemos temblado con Abraham mientras sostenía un cuchillo sobre Isaac».
¿Y qué hay de la literatura infantil y juvenil? ¿Ocurre en este tipo de literatura lo
mismo? Por supuesto que sí. Y para sostenerlo apelaré a los argumentos de tres sabios
en la materia: G. K. Chesterton, J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis.
Chesterton comienza diciéndonos que cada uno de los cuentos de hadas clásicos
contiene en su interior buenos principios y sanas enseñanzas, como, por ejemplo, «la
lección de “Cenicienta” que es la misma lección que la del Magníficat: exaltar a los
humildes, o la gran lección de “La Bella y la Bestia", según la cual una cosa debe ser
amada, antes de ser amable». Pero Chesterton bucea más allá, buscando «el espíritu
que subyace» en estos relatos. De esta manera, encuentra en los cuentos de hadas tres
grandes principios que pueden ayudar a los más jóvenes a acercarse a la verdad:
• El primero, expresado en una famosa frase: «los cuentos de hadas no dan al niño la
idea de lo malo o lo feo; esa idea está ya en el mundo (…). El niño conoce al dragón
desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es
proporcionarle un San Jorge capaz de matar a ese dragón».
• El segundo (que él llama doctrina del goce condicional) sostiene que todo poder
reside en un sí condicional. Los cuentos nos dicen, según Chesterton: «Usted podrá
vivir en un palacio de oro y zafiros si no pronuncia la palabra “vaca"», y con ello estos
cuentos nos señalan que, todas las cosas, hasta las más grandes y maravillosas,
dependen de una pequeña cosa que se prohíbe, y que ese límite o condición es lo que les
da sentido y existencia.
• Y el tercero, que los cuentos, las rimas, los poemas, con su misterio y su fantasía,
hacen ver a los niños, y cito a Chesterton, que «Estamos en un mundo
equivocado (…). La verdadera felicidad consiste en que no somos adecuados a este
mundo. Venimos de alguna otra parte. Nos hemos extraviado en el camino».
Por su parte, Tolkien nos habla de otros principios poéticos que este tipo de literatura
ofrece a los niños y jóvenes. Enumera así tres beneficios que los cuentos de hadas (y
hasta cierto punto otros tipos de fantasía) pueden proporcionar: recuperación, escape y
consolación.
Con la recuperación se refiere a la capacidad de contemplar las cosas, especialmente las
muy familiares, tal que fueran nuevas, para verlas como las verdaderas maravillas que
son. Como alguno de ustedes habrá pensado, esto nos conduce de nuevo a Chesterton, y
a su asombro agradecido de lo cotidiano.
Con el escape, Tolkien se refiere al alivio que ofrecen los cuentos ante la gran evasión
que busca todo hombre: el escapar de la muerte.
Y finalmente está el consuelo, un consuelo muy necesario que los cuentos dan a través
de la alegría del final feliz, de lo que él llama eucatástrofe (la buena catástrofe), y así
nos dice que «La eucatástrofe es la verdadera manifestación del cuento de hadas y su
más elevada misión», y que por ello, estos relatos son evangelizadores «ya que
proporcionan una fugaz visión del gozo».
Por último, C. S. Lewis nos dice que los mundos fantásticos de los cuentos clásicos de
hadas y las novelas como las escritas por él o por su amigo Tolkien pueden enseñar a
los niños a pensar en la existencia de otro mundo paralelo a este, trascendente e
invisible, y a «imaginar con más precisión, con más riqueza, con más atención» como
será ese mundo desconocido con el que no resulta posible contactar o que no podemos,
al menos por el momento, experimentar. Y también que esas historias nos muestran, a
través de ese universo imaginario subcreado por el escritor, que el mundo real fue
igualmente creado, y que, por esa razón, por ser una creación, podría no ser o ser de otra
manera.
Y de esta manera llegamos hasta la Belleza.
Decía Platón que la belleza es la cualidad por la que una cosa se constituye en posible
objeto de amor. San Agustín nos lo confirma, cuando dice que «no podemos amar más
que lo que es bello». Y Dios es la belleza absoluta. Por ello podemos intentar ir hacia Él
a través de los rastros de belleza que dejó en lo creado y que también se dejan traslucir
en los rasgos balbuceantes de nuestro arte. Se trata de la via pulchritudinis de la que
habló Benedicto XVI, que conduce a la suprema Belleza divina partiendo de la belleza
del mundo y de la belleza de la creación artística.
Y tenues vestigios o reflejos de esta Belleza con mayúscula los encontramos en los
buenos libros: no solo en la armonía de las palabras, en su musicalidad, en la estructura
cadenciosa y ordenada de un texto, sino también en las ilustraciones e imágenes que
suelen acompañarlos (especialmente en la literatura a la que hoy me refiero, la infantil y
juvenil). Y es que la belleza en sí misma constituye una profunda evidencia sobre la
existencia de Dios, por lo que el arte que no repudia la belleza apunta indirectamente a
Él.
Y termino ya.
Estas líneas ha sido un breve bosquejo sobre cómo la literatura y la poesía podrían
desempeñar un papel, aunque sea pequeño, en el viaje que todos estamos en trance de
hacer, especialmente en el que habrán de emprender nuestros hijos. No sé ustedes, pero
yo estoy con Aristóteles, Shelley, Newman, Chejov y Pound, y creo así que la virtud de
un buen libro es que puede provocar reacciones en el lector y empujarlo –por muy leve
que pueda ser ese empuje– a actuar en pos del bien, la verdad y la belleza.
Escuchen sino al cardenal Newman en su obra, Una idea de la Universidad (1852):
«Si entonces el poder de la palabra es un don tan grande como cualquiera que pueda
ser nombrado, si el origen del lenguaje es considerado por muchos filósofos como nada
menos que divino, si por medio de las palabras se sacan a la luz los secretos del
corazón, se alivia el dolor del alma, se quita el dolor oculto, se transmite la simpatía, se
imparte el consejo, se registra la experiencia, y la sabiduría perpetuada, (...), si tales
hombres son, en una palabra, los portavoces y profetas de la familia humana, no
corresponderá menospreciar a la literatura o descuidar su estudio».
Pues eso, no menospreciemos la buena literatura ni privemos de ella a nuestros hijos.

ILUSTRACIÓN, BELLEZA, EDUCACIÓN


mayo 02, 2022

«Lo que la imaginación toma por belleza debe ser verdad, haya existido antes o no».
John Keats

Decía el poeta romano Horacio que «la pintura es un poema sin palabras», en una
fórmula que ya había sido enunciada muchos años antes por Simónides de Teos, en el
siglo V a. C., en su biunívoca sentencia según la cual «la pintura es poesía silenciosa, la
poesía es pintura que habla». Si como yo creen ustedes que esto es realmente así,
convendrán en que nuestra obligación será ofrecer a los niños raciones a manos llenas
de esa poesía silenciosa. Pero… ¿Cómo hacerlo? Una de las maneras podría ser
prestando atención no solo a la calidad literaria de los libros, sino también a la de sus
ilustraciones. Lamentablemente, la industria editorial prosigue una tendencia que está
lejos de lo que hasta hace no mucho era considerado bello.
Los libros infantiles y las ilustraciones mantienen una relación muy especial. Los niños
comienzan sus primeros acercamientos literarios a través de las imágenes, aun antes de
saber leer. La imagen les lleva de la mano y les ayuda ante el reto de las palabras,
aclarando su sentido y enriqueciendo su imaginación. Pero, atención, ya que las
imágenes podrían terminar por empobrecer esa imaginación si no hay en ellas belleza.
Y es que, del mismo modo que existe una relación entre el libro y la ilustración, hay una
conexión íntima entre ilustración y belleza. Esta deberá ser bella y, además, realista. La
representación artística, la belleza y el realismo han estado siempre unidos en la mente y
en el corazón del hombre, desde las pinturas rupestres de Altamira hasta los frescos de
Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Solo recientemente se ha producido una disociación
entre ellos.
Y esta disociación se está reproduciendo hoy en los libros infantiles, donde el feísmo
impera. Las consecuencias de esta ruptura son perjudiciales para el niño, no les quepa
duda. El miedo o el desinterés suelen ser los primeros síntomas de una enfermedad que
acabará por desembocar en una mala educación estética, y cuyas secuelas, no obstante,
van más allá de la estética.
Es verdad que la educación en la belleza supone, de entrada, algo puramente estético,
una liberación de la vulgaridad. Los griegos tenían una palabra para expresar
vulgaridad, ellos la llamaron apeirokalia, que significa falta de experiencia en las cosas
bellas. Hay, por tanto, que facilitar a nuestros hijos el encuentro con las cosas hermosas
que les libere de esa vulgaridad.
Pero hay algo más profundo en esa educación en la belleza. No es solo un camino de
goce o disfrute –que por supuesto que lo es–, ni tampoco un escape o evasión del
mundo –lo que no debería ser–, sino una forma de alcanzar una visión profunda de lo
real, pues como decían antiguos y medievales, la belleza es la «expresión visible de la
verdad y de la bondad», la «epifanía de lo trascendente» y «el esplendor de la verdad».
Platón calificaría al hombre vulgar, apartado de esa experiencia de las cosas hermosas,
atrapado en la apeirokalia, como un prisionero de la caverna; alguien que había sido
privado en sus primeros años de la confrontación con el misterio de las cosas.
El profesor Dennis Quinn ––uno de los colegas de John Senior–– nos lo explica: «a
través de las musas el abismo temeroso de la realidad convoca por primera vez a ese
otro abismo que es el corazón humano; y el asombro de su respuesta da inicio a la
educación y la sostiene en el tiempo».
Y es que la belleza, como generadora de ese asombro antiguo, es la señal de una
plenitud y un acierto interior; algo refulgente que irrumpe en el momento en el que un
ser ha llegado a ser como debe. Como dice Romano Guardini, «aparece cuando la
esencia de la cosa y de la persona alcanzan su clara expresión», y, por tanto, es la
primera brújula que nos orienta en nuestra búsqueda de la verdad. John Keats escribió
un famoso verso, al final de su poema Oda a una urna griega:
«La belleza es verdad y la verdad es belleza... nada más se necesita en este mundo».
Y así, aunque ya casi no nos demos cuenta, una parte de la verdad, aquella a la que
podemos acceder por ahora, se encuentra ante nuestros ojos, un día si y otro también.
Cristo tomó cosas ordinarias de la vida –el pan y el vino– y las transformó por Su
mediación en Sí mismo –el Dios que nos creó–, a fin de ofrecérnoslas como alimento de
vida. De esta manera, un principio, que llamamos sacramental, se extiende ahora ante
nosotros sobre todo lo creado; las cosas naturales se han revestido de un nuevo
significado; y el mundo, que no tendría sentido por sí mismo, se convierte en un lugar
con propósito.
Y, a un tiempo, nos ha sido dado un código para leer esa revelación, reflejado en la
propia Creación. Un código del que nos hemos ido apartando, contraviniendo de este
modo una milenaria tradición artística. Una de las formas de restaurar esta visión
sacramental del mundo pasa por unir de nuevo el arte, la belleza y la realidad creada, en
un proceso de educación estética que, como he comentado es más que eso, ya que es,
también, una formación espiritual y teológica.
El que fuera director del Chesterton Institute for Faith and Culture de Oxford, el ya
fallecido Stratford Caldecott, escribió:
«La educación comienza en la familia y termina en la Trinidad. Elogio (de la belleza),
servicio (por la bondad), y contemplación (de la verdad), son esenciales para la plena
expresión de nuestra humanidad».
Es por ello que no debemos descuidar dicha educación, que bien podría comenzar en los
libros de los más pequeños. Hay que acercarles a las cosas bellas y hacerlo pronto; este
acceso temprano a la belleza se revelará crucial, a pesar de que sus resultados puedan
ser tardíos. Quizás no los percibamos en algún tiempo, pero estos frutos se darán, pues,
aunque el fin es el primero en la intención, es lo último en ser alcanzado, como nos
decía santo Tomás. Y eso es bueno saberlo para no desesperanzarse y para no cejar y
perseverar.
Porque es fundamental ofrecer a los niños libros con bellas ilustraciones para, como
diría Platón, liberarlos de la oscuridad de la caverna y de la apeirokalia. Por favor, no lo
olviden.

LA INMORTALIDAD Y LOS LIBROS: SWIFT, BORGES, TOLKIEN Y R.A.


RAFFERTY
mayo 14, 2022

«Y desde arriba me dio reposo inmortal, y llegué a ser como la tierra que florece y se
regocija en sus frutos».
Odas de Salomón, 11,12

«El hecho de que nuestro corazón anhela algo que la tierra no puede proveer es la
prueba de que el cielo debe ser nuestro hogar».
C. S. Lewis

Nacemos con el ansia de ser inmortales. Hay en ello una atracción que va más allá de la
mera preferencia personal, o de la búsqueda del placer o la satisfacción de un deseo. Es
algo orgánico, inmanente, que forma parte de nuestra naturaleza, pero, como también
intuimos algunos, igualmente de nuestro telos. Por ello es una idea tan formidable y
atractiva. Todos hemos pensado alguna vez en lo bueno que sería ser inmortal. Y
aunque estamos destinados a serlo, el momento y el lugar no es ni aquí ni ahora, ni
tampoco lo será en la manera en que podemos tratar de imaginarlo. Esta vida terrenal
podrá ser calificada quizá como una sala de espera, o un campo de entrenamiento, o un
salón de belleza, pero no es, desde luego, lugar para la inmortalidad. No,
definitivamente no lo es.
Sin embargo, para fraseando a la poetisa norteamericana Emily Dickinson, ese deseo
nos «mordisquea el alma». Nace con nosotros, nos sigue con pegajosa insistencia y,
aun tiempo, semeja ser una ilusión, pues, como nos recuerda sordamente la muerte, todo
parece acabar un día.
La consecuencia de ello es una angustia existencial. Muchas obras literarias reflejan esta
congoja, y por lo tanto, nos hablan del a priori fracaso humano de aspirar a una vida sin
fin. Siglo tras siglo, los hombres hemos llevado a cabo innumerables intentos creativos
para evitarla, para evadirla, o al menos para posponerla. Pero su mayor obstáculo, la
muerte, muestra, una y otra vez, una tozudez inquebrantable, «pues está establecido
para los hombres que mueran una sola vez».
A veces, esta desazón aparece reflejada de forma evidente, como en la recopilación de
cuentos orientales de Las mil y una noches, donde Scherezade cuenta literalmente
historias, noche tras noche, con el único objeto de alargar su vida. Pero normalmente
esta aflicción se ha expresado de manera más sutil, pues como reflejó el poeta inglés
Keats de forma tan conmovedora en su Oda sobre una urna griega (1820), el arte, en
este asunto, se reduce a un modo de expresión, pero no es ––ni puede ser–– la respuesta
final al problema:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»…
Nada más se sabe en esta tierra y nada más hace falta aquí».
Aun así, incluso asumiendo los límites de nuestras capacidades humanas, seguimos
acudiendo al arte y buscamos en él, ya sea como artistas, ya sea como espectadores, la
pequeña parte que añoramos merecer en las «intimidades de la inmortalidad» cantadas
por el poeta. Y aunque no la encontremos allí ––pues no es ese su lugar––, el arte nos
consuela y nos da esperanza, al tiempo que nos aclara algunas cosas.
Porque, ciertamente, el arte puede iluminarnos, aunque sea solamente un poco. Pero
precisa de ayuda, una ayuda que se encuentra en cada uno de nosotros; que está en
nuestra imaginación. La confluencia de uno y de otra nos ayudará a comprender por qué
no solo no sería posible, sino tampoco bueno, ser inmortales aquí y ahora.
Jonathan Swift, Jorge Luis Borges, J. R. R. Tolkien y R. A. Rafferty hacen esa labor
cautelar de formas diferentes, aunque igualmente eficaces y amenas. El británico aborda
el tema en su famosa obra Los Viajes de Gulliver (1726), cuando nos cuenta la estancia
del protagonista en las tierras de los struldbruggs, los hombres inmortales; el escritor
argentino lo hace con su cuento titulado, inequívocamente, El inmortal (1947); el
profesor inglés lo trata en su opus magnum, El señor de los anillos (1954-55); y el
norteamericano R. A. Lafferty, en su relato corto, de extraño nombre, Novecientas
abuelas (1970).
En un episodio muy curioso de la tercera parte de Los viajes de Gulliver (la cuestión
sería determinar si es que hay alguno que no lo sea en ese libro), durante su estancia en
el país de Luggnagg, el protagonista se maravilla de que algunos de sus habitantes
hayan nacido en un estado de inmortalidad. Tal descubrimiento le lleva a preguntarse
qué haría él mismo si fuera inmortal, lo que provoca la risa de los luggnaggianos,
quienes finalmente le explican que un struldbrugg (su palabra para referirse a tales
seres) tiene vida perpetua, pero no juventud eterna. Gulliver se hace cargo de la
maldición que realmente supone esa inmortalidad cuando conoce personalmente a
los struldbruggs, de los que le repugna su deformidad y senilidad, y «cuyo agudo
apetito por la perpetuidad de la vida se ha reducido mucho». Además, descubre que los
inmortales son «despreciados y odiados por toda clase de personas». Sea cual sea la
razón última que Swift tenía en mente al crear en esta concreta sátira (sobre la que
persiste una intensa discusión), lo cierto es que la imagen que muestra de la
inmortalidad es claramente negativa.
Por su parte, Jorge Luis Borges, trata del asunto en su narración, El inmortal. Es sabido
que en el escritor argentino el concepto de infinito es un tema recurrente, que se muestra
en su obra, una y otra vez, como sujeto a un eterno retorno, semejando una suerte de
obsesión. Los relatos titulados El libro de la Arena, El Aleph, y La biblioteca de Babel,
son solo unos pocos ejemplos. Pero esta inquietud alcanza un punto álgido con el relato
que nos ocupa. En él, el escritor porteño anuda el problema de la inmortalidad con otro
de sus temas obsesivos igualmente conectado con el del tiempo: la memoria. El inicio
del cuento contiene una referencia a una sentencia de Francis Bacon, que a su vez se
refiere a otra de Platón en la que el filósofo clásico afirma que todo conocimiento es
memoria. El relato recoge el guante a través de la presencia reiterativa de una palabra
clave: recuerdo. Basándose en él, Borges muestra el tranquilo horror que la
inmortalidad ofrece a sus partícipes. Las siguientes palabras expresan bien la pesadilla:
«Entre los lnmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros
que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en
el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre
infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario.
Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales».
Y es que, en un lapso de tiempo infinito, a un hombre le sucederían todas las cosas, lo
que difumina la identidad, la individualidad, y el concepto de humanidad mismo, y
reduce todo al absurdo y al misterio: «Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es
todos los hombres».
Tolkien, en su grandiosa obra, El señor de los anillos, como no, trata también el tema.
En una de sus cartas lo reconoce explícitamente:
«(...) trata de la muerte y el deseo de inmortalidad. ¡Lo que apenas es más que decir
que se trata de un cuento escrito por un hombre!».
Y como casi siempre, el autor británico nos habla de forma indirecta, y en cierto modo,
como a través de un espejo. Nos muestra la mortalidad como un gran regalo, y a su
aceptación por el hombre como la gran prueba de fuego de su virtud. Sus grandes
personajes, Aragorn y Frodo, se resignan a su tiempo limitado en la tierra y parten, con
esperanza, a la hora señalada, pues para Tolkien:
«Un divino castigo es también un divino don si se lo acepta, pues su objetivo es la
bendición final, y la suprema inventiva del Creador hará que los castigos produzcan un
bien no alcanzable de otro modo: un hombre mortal tiene probablemente (diría un Elfo)
un destino más alto, si bien no revelado, que un ser longevo».
Más, frente a ello, los malvados se resisten, buscando formas siempre nuevas de
prolongar su control sobre la vida y, por tanto, ansiando obtener la inmortalidad.
Recordemos que la forja de uno de los Anillos de Poder tiene como objetivo lograr para
los hombres una vida sin fin. Pero se trata de una longevidad eterna, corruptora y falsa,
cuya insana búsqueda es el motivo, tanto de la caída de Númenor, como de la
depravación de Gondor. Y así nos lo recuerda Tolkien:
«Intentar por algún recurso o "magia" recuperar la longevidad es, pues, la suprema
locura y maldad de los mortales. La longevidad o la falsa «inmortalidad» (la verdadera
inmortalidad está más allá de Eä) es el principal anzuelo de Sauron: convierte a los
pequeños en un Gollum, y a los grandes en un Espectro de los Anillos».
Por último, el escritor católico de ciencia ficción, R. A. Lafferty, aborda el asunto en su
cuento de título cuantitativamente entrañable, Novecientas abuelas. En él nos habla del
descubrimiento por parte de un grupo de expedicionarios galácticos, de un tipo de seres,
los cordiales proavitois, habitantes del gran asteroide Proavitus, cuya más destacada
cualidad es, al menos para los hombres que dan con ellos, su inmortalidad. El autor
inicia el relato haciéndonos ver la reacción de los exploradores ante tal hallazgo. La
mayoría de los expedicionarios, encabezados con el líder de la misión, piensan en el
poder que les atribuiría poseer el secreto de esa inmortalidad, pero uno de ellos, Celan,
parece tener una preocupación muy distinta:
«–¡Pero si los primeros viven todavía, entonces es posible que sepan cuál fue su origen!
¡Sabrán cómo empezó todo!».
Hete aquí dos aspectos del mismo afán. Uno, evidente, el poder en el que piensan la
mayoría de los expedicionarios, y el otro, más borroso, el del conocimiento que esgrime
el protagonista. Un afán común que no es otra cosa que el deseo de ser como dioses. Lo
curioso es que ninguno de ellos, ni tan siquiera Celan, se interroga al respecto de lo que
supondría para el hombre la inmortalidad. Sin embargo, el autor, probablemente
inspirado –al igual que Swift–, en el relato clásico de la sibila de Cumas contado por
Ovidio, nos lo muestra con la descripción del mundo somnoliento y capitidisminuido
de los inmortales proavitois, reducidos sin cesar a tamaños más diminutos y a una
actividad vital que va menguando con el paso del tiempo, sumida en el sueño y, por
tanto, cada vez menos humana.
Quizá por todo ello lo mejor será olvidarnos del asunto en esta vida, pues, como nos
recuerda Emily Dickinson, siendo como es un secreto –y uno de los más grandes–, no
nos corresponde a nosotros desvelarlo:
«Que todo charlatán
De sus labios sellados tome ejemplo,
El único secreto que guardamos
Es la Inmortalidad».

SOBRE EL AMOR ROMÁNTICO Y ALGUNO DE SUS DESVARÍOS


MODERNOS
junio 02, 2022

«La regla moral esencial para amar correctamente es amar de acuerdo con la realidad.
Esto significa adorar a Dios, amar a las personas, y usar las cosas».
Peter Kreeft

«Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo
que se desea se ama».
Miguel de Cervantes

«Al corazón comúnmente se llega no por medio de la razón, sino de la imaginación».


Cardenal John Henry Newman

El asunto del amor es inmenso. Los múltiples sentidos del término, ricos y diversos, y
su contenido cargado de connotaciones religiosas –especialmente cristianas, donde es
un elemento central–, no se prestan a un tratamiento sencillo. Se trata, simplemente,
del Tema por antonomasia. Por ello, me limitaré a hablarles del amor romántico, el que
puede surgir entre un hombre y una mujer. Y dentro de ese tema me circunscribiré
todavía más a una serie de problemas que, creo, acechan hoy a los jóvenes, y que se
refieren a cómo la naturaleza o esencia de ese tipo de amor es ampliamente
malinterpretada. Por ello, forzosamente dejaré de lado aspectos tan fundamentales
como la reciprocidad (que quien ama sea a su vez amado, que cada uno tome y se dé al
otro), y la comunión, pasiva y activa (que impulsa a los amantes a fundirse y hacerse
uno solo, sin dejar de ser dos).
Creo que muchos de entre ustedes pensarán, como yo mismo, que en la actualidad se ha
generalizado una concepción equivocada de esa clase de amor y, muy posiblemente,
algunos menos estarán conmigo en que ese concepto erróneo se encuentra anclado entre
el barniz intelectual que en su día le otorgó el francés Stendhal y las bajas pasiones
sobre las que advirtió Platón.
La idea del peligro que acompaña a la pasión amorosa, sobre todo si deviene en una
pasión desordenada, viene de lejos. Cervantes y Lope lo atestiguan en sus obras, El
laberinto de amor (1615), y La prueba de los ingenios (1617), respectivamente. Lope
llega a escribir, «beber veneno por licor suave, /olvidar el provecho, amar el
daño». Pero es algo que podemos rastrear mucho más atrás. El poeta
romano Catulo escribió su famoso Odi et amo, hace 22 siglos:
«Odio y amo. Por qué hago esto, quizá preguntes.
No lo sé, pero siento que es así y me torturo».
Sin embargo, la modernidad ha agudizado los males y riesgos consustanciales a un amor
desordenado y, lo que es mucho más grave, pretende que no se tengan ya por tales, sino
por bonanzas naturales y propias del amor.
Decía Platón en su diálogo Fedro (370 a. C.) que, si un alma no está en equilibrio,
movida por sus pasiones desordenadas y cuasi poseída por la locura, buscará un tipo de
plenitud amatoria del todo irreal. En este frenético trastorno encontraremos,
curiosamente, todos los rasgos del amor romántico dibujado por el novelista francés
Stendhal en su obra, Del amor (1822). Pero mientras Platón nos insta a rechazarlo
porque es una ilusión, Stendhal quiere que nos regocijemos en aprender que únicamente
se trata de eso, de una ilusión.
El novelista francés concluye que solo un amor que descanse en placeres imaginados
puede ser constante. Por el contrario, si se dirige a un objeto real se sacia de inmediato,
ya que, una vez este es poseído, el amor necesariamente muere. De esta manera, la vida
amorosa sería un movimiento incesante de deseo a deseo cuyo único motor sería la
satisfacción personal, reduciéndose el sujeto amado únicamente un medio para la
obtención de ese fin. El amante viviría empujado por deseos que nunca podrían ser
satisfechos, sino solo alimentados por ilusiones interminables.
Por otro lado, aunque Platón critica duramente una concepción del amor similar a
la stendhaliana, su radical idealismo le aleja igualmente de la verdad. Porque al final,
aunque el deseo del amante platónico no fuera de placer, se trataría igualmente de un
deseo, y aunque su anhelo pudiera parecer más noble, aquello que finalmente
perseguiría sería también una ilusión como el stendhaliano.
¿Les suena la melodía? Irrealidad, placer, egoísmo, disolución del yo…
Y así, Platón y Stendhal se encontraron inmersos en el error, porque vivían a espaldas
de la realidad. Y es que, el amor verdadero, aun cuando hablemos del meramente
humano, se funda en la individualidad. Era el filósofo danes Kierkegaard el que decía
que «la individualidad es el presupuesto básico para amar». Porque, como nos recordó
el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, «ni la carne ni el espíritu aman: es el
hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el
cuerpo y el alma».
Por lo tanto, para que haya amor, el amado debe ser un individuo real, personal y
distinto. No alguien a quien usar como una cosa –como propugnaba Stendhal–; no
alguien con el que disolverse perdiendo la singularidad –tal cual postulaba Platón–.
Simplemente, una persona con la que unirse sin perder la identidad. El poeta Wendell
Berry escribió:
«Y te amo
como amo al baile que te distingue de la multitud
en la que vienes y vas».
Y esta es, como veremos, la concepción cristiana del amor.
Porque, ¿qué es amar sino querer el bien de un otro, de una persona real y concreta? Así
nos lo dice santo Tomás. Un querer que supone un movimiento. Si bien, frente al
concepto moderno de pasión irrefrenable, ese movimiento deberá ser voluntario y
dirigido hacia un doble fin: no solo hacia el bien que se desea para alguien, sino también
hacia aquel a quien se le desea ese bien.
Y esto cambia por completo la perspectiva. El egoísmo, el placer y la cosificación del
otro, tan en boga hoy, pierden de repente pie.
Primero, porque, de suponer cualquier cosa, el amor pasa a tener por objeto y fin
únicamente el bien. Decía nuestro Lope sobre el amor:
«No hallar fuera del bien centro y reposo».
Segundo, porque no se trata de cualquier bien, sino el del otro, por lo que, de nosotros
mismos, el foco pasa al que está a nuestro lado. Aunque esto no signifique que no
debamos buscar el propio bien. Lo que ocurre es que este también se encontrará ahí. La
afirmación de san Bernardo de que el amor puro es su propia recompensa, expresa esta
paradoja.
Y, finalmente, porque de ser un sentimiento o pasión individual y subjetivo, su fin pasa
a ser el bien objetivo, lo que en muchas ocasiones requiere de un acto de voluntad.
Esto, en un tiempo donde el subjetivismo, el sentimentalismo, el individualismo y el
relativismo imperan, es una revolución. Por eso no es fácil de enseñar, ni tampoco de
aprender.
Pero, lamentablemente, eso no es todo. El error moderno no estriba únicamente en el
reduccionismo de considerar el amor, bien una conducta exclusivamente individualista
–y, por tanto, egoísta–, bien un acto disolutorio del yo –y, en consecuencia,
desintegrador–, tal cual Stendhal o Platón entendían. No. Existe otro error moderno que
se une a esos dos, y cuya raíz descansa en confundir los deseos y los efectos
emocionales asociados al amor, con el amor mismo. Como recomendaba el Papa Pío XI,
vayamos otra vez a santo Tomás, que nos dice:
«Se habla del amor como… gozo [o] deseo… no esencialmente, sino causalmente».
El Aquinate se refiere aquí a que el placer o la alegría que se siente por o con la otra
persona, y el deseo que se tiene de estar con ella, no son en sí mismos el amor, sino
efectos por él causados. De tal manera que, a pesar de que la ausencia de los mismos
denotará una deficiencia a corregir, su mera presencia, aislada del bien verdadero que el
amor ha de perseguir, no supone por sí sola la existencia de este.
Desgraciadamente, se trata de algo que hoy también es complicado de entender.
Porque, a pesar de la sorpresa o escándalo que pueda causar en muchas mentes
modernas, el amor puede existir sin esas sensaciones o sentimientos agradables (sea en
nosotros, sean en el amado), en la medida en que es posible querer el bien de otro
aunque ese otro no genere una respuesta afectiva agradable, o también cuando el bien
que le deseemos suponga –en él o en nosotros– bien una contrariedad, bien la privación
de un placer. Porque, a veces, el amor crece en medio del dolor. En palabras de George
Macdonald:
«El fruto del año debe caer para que el fruto del año pueda llegar,
y el invierno mismo es el camino del Rey hacia la primavera».
Es más, esa naturaleza volitiva del amor es la que demuestra su autenticidad y su
pureza.
Y esto es lo que acontecerá si decidimos seguir el mandato incondicional de Cristo de
amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, e incluso amar al enemigo. Y podrá
ocurrir también al seguirlo con nuestros hijos o con nuestros mayores, e incluso con
nuestros cónyuges, y por ello es aplicable igualmente a las relaciones amorosas entre un
hombre y una mujer. Por esta razón amar de verdad requiere voluntad, el prudente uso
de la voluntad. Dice Pedro Salinas:
«Perdóname por ir así buscándote tan torpemente, dentro de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar de ti tu mejor tú».
Todo ello nos lleva a un segundo punto: el mero sentimiento o sensación placentera o
agradable no implica siempre el actuar conforme a nuestra naturaleza y, por lo tanto, en
pro de nuestro bien o el del amado. Consecuentemente, esos sentimientos agradables no
pueden ser condición suficiente para el amor. Este punto es de fácil comprensión si nos
alejamos del tema: ¿Cuántos alimentos nos causan placer pero hemos de rechazarlos, ya
que son perjudiciales para la salud?
Pero en el amor todo se confunde, porque al intervenir en él poderosas pasiones (el
placer, el deleite, la alegría), se genera con frecuencia un desorden a causa de la
dificultad de controlar aquellas.
Y de esta manera, mucha gente hoy caracteriza el amor como un sentimiento subjetivo,
lo que conduce muchas veces a pasar rápidamente del amor a primera vista al desamor
al primer disgusto. La regla que parece haberse establecido es la siguiente: si el
sentimiento mengua o desaparece, el amor se acaba.
De esta formidable fuerza atribuida al sentimiento proviene, también, la extendida
falacia de que la pasión amorosa (sea del tipo que sea, romántica o sensual) justifica casi
cualquier cosa, tal cual se tratase de un salvoconducto que purifica toda corrupción y
que corrige todo error; y ello aunque se esté actuando contra el orden natural, y, por
tanto, contra nuestro propio bien. De esta manera, la afirmación del filósofo David
Hume de que la razón ha de ser esclava de las pasiones, toma forma en nosotros.
Y así, vemos como hoy el mero placer puede sustituir al bien objetivo como finalidad
del amor (por ejemplo, en un comportamiento sexualmente inmoral). El filósofo
Edward Feser nos recuerda que ya Platón y santo Tomás nos advirtieron de que el vicio
sexual es, entre todos los vicios, el que tiene la mayor tendencia a destruir la
racionalidad. Y sigue diciéndonos que, si ya el deseo sexual tiene el poder de nublar
seriamente el intelecto incluso en las mejores circunstancias, cuando sus objetos
son contra naturam, la idea misma de un orden objetivo y natural de las cosas se vuelve
odiosa.
No obstante, como el deseo y el sentimiento de los amantes no es la causa de su amor,
sino una de sus consecuencias concomitantes, su mero sentir no puede sostener a aquel
por sí solo, o justificar el mal o el error, ni su ausencia puede ponerle fin tampoco.
Porque, como intuyó Platón, solo «el amor ajustado a la razón es un amor sabio y
arreglado a lo bello y a lo honesto».
Ocurre que el verdadero significado de este amor del que les hablo no nos lo da el
mundo. Tampoco lo hace en su totalidad la filosofía natural. Únicamente nos lo da
Cristo:
«El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios».
(I Juan 4, 1).
Y por ello supone un total cambio de paradigma. Es tan diferente de todo lo que
conocemos hoy, es tan manifiestamente escandaloso y loco que, ante las dificultades y
obstáculos del mundo para amar verdaderamente, solo nos queda proclamar, como el
señor don Quijote dice a su buen Sancho:
«Ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio
que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla».
En una «fiera y desigual batalla», sin duda. Sin embargo, a pesar de esta dificultad, no
debemos perder la esperanza. Porque, precisamente, el carácter loco y rebelde de este
amor, su forma de enfrentarse al desorden establecido, de cuestionarlo y desafiarlo sin
titubeos, puede atraer a nuestros jóvenes.
Si bien, para ello deberán antes conocerlo.
Y quizá una de las maneras de hacerlo es sumergirles en las grandes historias donde esa
idea del amor romántico se hace vida. Pero no de forma empalagosa y dulce o a base de
rígidos sermones, sino de manera que capte y alimente su imaginación. El padre
dominico Aidan Nichols, siguiendo esa línea, nos dice: «Las artes son o deberían ser
una educación en el uso de la imaginación moral. (…) Por su esplendor, las artes
pueden hacernos este servicio más eficazmente que el didactismo moral».
Y la literatura es una de esas artes. Hay libros que hablan del amor, de ese amor
verdadero y olvidado, y a ellos deberíamos acercarnos, y con nosotros nuestros hijos.
POESÍA UNA VEZ MÁS
marzo 23, 2022

«Ya es hora de que finalmente pienses en tu propio hogar, si realmente es tu destino


regresar con vida y llegar a tu bien construida casa y a tu tierra natal».
Homero. La Odisea
«Para este fin se dio al Hombre el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que dé
testimonio de lo que él es».
Friedrich Hölderlin

Siempre termino hablándoles de poesía. De forma recurrente, cada cierto tiempo, aflora
a través de mi pluma un ansia poética. Lo cual es extraño, pues no soy poeta. Solo soy
un torpe aprendiz de amante y de cantor, aunque quizás eso baste. Al menos parecía
bastarle a san Agustín, que decía aquello de que el canto es lo que hace el amante, el
amante que contempla una cosa bella. ¿Y qué es la poesía verdadera sino música y
belleza? Por ello, el recibir unos magníficos versos de un amigo poeta (José A. Ferrari)
me ha motivado a hablarles de nuevo de poesía; un bello poema que trata de todo
aquello de lo que les hablo en este blog, y que por cierto, comparto con ustedes al final
de esta entrada.
Sin embargo, hoy muchos se preguntarán para qué, ¿para qué deberían los jóvenes leer
o escuchar poesía? ¿Podría quizá ayudarles a ser unos más exitosos ejecutivos o
poderosos empresarios? ¿Les podrá convertir en unos competentes y prestigiosos
profesionales, sea o lo que sea esa profesión? ¿De qué puede servirle la poesía a un
prematuramente envejecido, neurótico y sufriente joven de hoy, que trata de trepar por
la resbaladiza y equívoca pendiente de la ambición política o empresarial? Aunque,
pensado en términos modernos, tampoco parece que unos versos, por muy hermosos y
auténticos que sean, pudieran servir de mucho al aprendiz de carpintero, panadero o
granjero. ¿No? ¿No es, por tanto, evidente su inutilidad?
Yo no estaría tan seguro. De hecho, mi convicción es la contraria. Ya que, aunque no lo
sepamos, aun a pesar de que ni siquiera lo sospechemos, precisamos de su ayuda, por
muy poca y deficiente que sea, en esa nuestra misión de encontrar el camino de vuelta a
casa. Porque la poesía es hermosa, y eso es ya una bendición. Pero es que, además, nos
aporta conocimiento de lo que es verdadero, sin que deba importarnos que a los ojos del
mundo se trate de un conocimiento inútil, tan inútil como pueda parecerlo un hermoso
amanecer o la primera sonrisa de un recién nacido.
Y como quiero ayudar en lo que pueda a su difusión, a su propagación, a su contagio, no
solo comparto con ustedes esos inspirados versos de mi amigo el poeta, sino que les
convoco a visitar un nuevo blog que he construido bajo los principios que inspiran este
y que he bautizado como La memoria poética. Un lugar donde, entre hermosos versos y
bellas imágenes, acumularé algunos de mis poemas favoritos, aquellos que ya he
compartido con mis hijas y que deseo compartir con ustedes y con sus hijos. Espero que
sea de su agrado.

De libros e hijos
-Un envío a los padres-

A don Miguel Sanmartin Fenollera

El niño es un libro por dentro


y el libro por fuera es infancia,
no rompas los cueros que aúnan
los odres nuevos de la Gracia.

Un libro renueva la vista


que debes poner en tus hijos;
y el niño recrea una historia
leída, quizás, en tus libros.

Por libros no dejes un tiempo


dorado que luego no vuelve;
saber admirar la inocencia
es otra virtud que se aprende.

Tampoco abandones lecturas


jugando al azar tu rutina,
las horas se escurren al mando
de nuestra zozobra y fatiga.

Un lazo invisible entrelaza


la literatura y la vida;
hay niños venciendo dragones
y alcobas con hadas madrinas.

Contempla una página antigua


y luego unas manos pequeñas…
verás que las dos realidades
descifran un cielo de estrellas.

2/III/2022
José A. Ferrari
LIBROS DE NINGÚN TIEMPO: NI ANTES NI AHORA, PERO TAMPOCO
DESPUÉS
febrero 10, 2022
«No hay mejor nave que un libro para llevarnos a tierras lejanas» –Emily Dickinson–.
Obra de Violet Oakley (1874-1961).

«Un sello hace una impresión o no de acuerdo a la condición de la cera. Una cera fría
se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna
impresión. Solo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».
Thomas Dubay

«El aprendizaje no es un juego de niños; no podemos aprender sin dolor».


Aristóteles

Libros, libros y más libros


Algunos libros, originalmente escritos para un determinado rango de edad, han
terminado siendo adoptados entusiastamente, y con una sostenida intensidad en el
tiempo, por quienes no eran sus destinatarios. Me refiero, por ejemplo, a obras
concebidas para los adultos, como el Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe o
el Gulliver (1726) de Jonathan Swift, pero que fueron rápidamente hechas suyas por los
niños. De igual manera, tenemos libros que fueron escritos pensando en la infancia y
que luego fueron redescubiertos y adoptados como suyos por los adultos, y pienso en El
Principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry y las dos Alicias (1865 y 1871) de
Lewis Carroll. En uno y otro caso, esas adopciones sobrevenidas no privaron a sus
originales destinatarios de su disfrute; solo ampliaron su difusión sobre un mayor rango
de edad. Se trata de felices creaciones, porque unos y otros, adultos y niños, han
disfrutado y podrán seguir disfrutando de esas geniales obras, sea cual sea el momento
en que elijan leerlas.
Al lado de este tipo de libros, sabemos de otros que exigen tener una determinada edad
para apreciar su sabiduría, para captar aquello que tratan de decir. Son piezas efímeras,
que una vez se dejan de lado ya no podrán ser saboreadas y apreciadas en su grandeza.
Libros que, pasado ese su instante, no tolerarán ser ya «probados» ni «tragados», y
mucho menos «masticados y digeridos», como diría Francis Bacon. Obras de un
momento preciso y no de cualquier otro.
Un ejemplo me viene a la cabeza: El gran Meaulnes (1913), la maravillosa novela de
Alain Fournier. Sobre ella flota la idea, inaprensible para un adulto, de que la
adolescencia de uno es, de alguna manera, el súmmum de las experiencias emocionales,
un reino perdido sobre el que gravita la melancólica intuición de lo irrecuperable.
Cuando uno aborda por vez primera la obra en su adultez, siente la imposibilidad de
captar emocionalmente esa esencia, por mucho que la identifique su intelecto. El lector
adulto se sabe entrante en un mundo prohibido, lo que hace al libro inasequible una vez
se ha dejado atrás la primera juventud.
No obstante, esta limitación temporal de comprensión y disfrute no sería de entrada un
problema grave; al fin y al cabo, se trataría de leer tales libros en su momento oportuno,
sin que se nos impida leerlos en absoluto, porque, sin duda, podrá haber un tiempo y un
lugar reservado para ellos, tal y como ha venido haciéndose hasta hace poco.

Un nuevo y grave problema


Sin embargo, hace no mucho tiempo ha surgido un obstáculo nuevo que, si no es
removido, impedirá que un número cada vez mayor de niños pueda disfrutar de muchas
joyas literarias, la mayoría de ellas escritas especialmente para ellos. Me refiero a la
aparición de una falta de correspondencia o decalaje entre la edad cronológica, mental y
cultural del potencial lector, y aquella para la que fue en su momento pensado y escrito
el libro. Y es que hoy día podemos encontramos con algunos libros que, sobre todo en
la infancia, no encuentran el momento oportuno para su lectura, la cual, pues, puede
perderse para siempre.
Pensemos en algunos clásicos. El viento en los sauces, escrito por Kenneth Grahame en
1908, tuvo su origen en las historias que el escritor británico inventaba para entretener a
su hijo de siete años, Alastair. Por su parte, Alicia en el país de las maravillas (1865),
fue creado por Lewis Carroll para las hijas de unos amigos, Alice y Edith Liddell, de 11
y 10 años. Y cuentos como El gigante egoísta o El príncipe feliz (1888), eran contados
por Oscar Wilde a sus dos pequeños hijos antes de dormir. Todos estos libros fueron,
por lo tanto, concebidos para niños de una determinada edad, entre siete y diez años.
Sin embargo, cuando niños de esa edad son hoy día enfrentados a esos textos, por regla
general no son capaces de afrontar con éxito su lectura. La causa no radica en que sean
menos inteligentes que los hijos de Grahame o Wilde, o que todos los demás niños que
desde aquellos tiempos y hasta hace relativamente poco leyeron con fruición tales
libros. El problema se encuentra en que no han leído prácticamente nada desde que
aprendieron a deletrear un alfabeto y, consecuentemente, en su carencia de
competencias para la lectura, como se dice pomposamente hoy. En suma, se trata
simplemente de que no están preparados como lo estaban antaño, al igual que tampoco
lo estaríamos la mayoría de nosotros para correr varios kilómetros salvo que
hubiésemos estado entrenando para ello.
De esta manera, al no tener ya esos niños capacidad para leer tales obras a la edad para
la que fueron escritas, cuando años más tarde alcancen las competencias suficientes para
ello (sobre los 13 o 14 años), ya no lo harán. Quizá sea el tema, acaso el argumento, o
posiblemente los personajes, lo que ya no les resultará interesante, bien por representar
una edad inferior a la suya –mental o cronológica–, bien por no ajustarse a lo que son
sus intereses en ese momento, estimulados por la nociva y precoz madurez hacia la que
son empujados. Así, esos niños, tristemente, perderán para siempre unas maravillosas
obras hechas ex profeso para su instrucción y su deleite, al igual que las perderán
aquellos que nazcan en el futuro si antes no hacemos algo para remediarlo.

¿Y por qué ocurre esto?


Hace unos años el famoso crítico literario, Harold Bloom, publicó un libro con una
antología de los poemas, cuentos y fragmentos literarios de lo que él consideraba un
canon de la literatura infantil y juvenil. El libro se tituló, y no sin malicia, Relatos y
poemas para niños extremadamente inteligentes (2001). Sin embargo, no creo que
Bloom pensara que los niños de hoy gocen de una menor inteligencia que los del pasado
(personalmente tampoco yo lo creo). Probablemente en lo que estaba pensando, es en
que su capacidad para leer ha menguado notablemente.
En alguna otra ocasión he hablado de que la lectura profunda, la de verdad, guarda
cierta semejanza con realizar ejercicio físico. De la misma manera que no resulta
posible desarrollar músculos sin peso o resistencia, es imposible adquirir capacidades de
lectura robustas sin leer un texto desafiante. Cada lectura es un tipo de ejercicio y un
programa de lecturas es un programa de ejercicios. No solo se trata de una cuestión de
gusto por la belleza o de apreciación, por el intelecto y por la imaginación, de aquello
que se cuenta o se relata. También hay en el leer una parte más física, y por ello más
prosaica y aprehensible: los textos más complejos sirven como adiestramiento para
aprender habilidades de comunicación y forjar resistencia y fondo de lectura, amén de
proporcionar herramientas valiosas, como estructuras narrativas y vocabulario. Y lo que
falta hoy a nuestros chicos es ese entrenamiento lector. Una poquedad que arrastran
desde su más tierna infancia, y cuya cura exigirá, por lo tanto, una trabajosa
rehabilitación, como la de un miembro lastimado que lleva largo tiempo sin uso.

¿Qué hacer entonces?


Lo ideal sería comenzar cuanto antes con un programa de ejercicio intensivo y una dieta
de alimentación equilibrada para hacer crecer el músculo lector. Después llegará un
régimen de mantenimiento, para evitar perderlo. Ese plan de ejercicios debería iniciarse
ya desde la cuna, si no antes, en el seno materno, con la lectura y el canto en voz alta de
cuentos, poemas, rimas y canciones; las de siempre, las cantadas y recitadas por
nuestros abuelos, que aprendieron nuestros padres y que nos fueron cantadas y recitadas
por ellos. A continuación, deberíamos proseguir con las historias de hadas, con la
fantasía de los cuentos tradicionales, con los de los hermanos Grimm, los de Perrault y
los de Andersen, leyéndoselas e incitando a que comiencen a leerlas. No deberíamos
tampoco dejar de recitar y aprender de memoria con ellos poemas, desde las pequeñas y
simples rimas hasta los maravillosos romances. Más tarde llegarán mayores cosas, como
Lewis, Tolkien y Stevenson, como Verne, Austen y Dickens, y más allá aún, Homero,
Virgilio, Dante, Shakespeare y nuestro Cervantes aguardarán su llegada, este último con
su Quijote.
Junto a esto, no nos engañemos, será decisivo encontrar tiempo para leer. Un tiempo
que habrá que arrebatarle a las esclavizantes pantallas digitales. Y eso será una
dificultad añadida, y no menor por cierto.
Bien, pero... ¿Qué ocurre con los que ya no son tan niños? ¿Los abandonamos a su
suerte? Por supuesto que no. Sin embargo, habremos de saber que recuperarlos para la
lectura costará más, mucho más, y que el futuro éxito de la empresa será más sombrío
para ellos. Ningún libro está completamente libre de dificultades, y cuanto más grande
sea ese libro, mayores serán estas. Si a eso añadimos un potencial lector que no haya
contado con el entrenamiento adecuado para fortalecer su imaginación, su intelecto, su
concentración y su memoria, la dificultad se multiplica. No obstante, estos
inconvenientes no han de privarnos de la esperanza, porque, por difícil que parezca, la
tarea no es imposible y, sin duda alguna, valdrá la pena el esfuerzo.
Y voy acabando. C. S. Lewis dijo una vez que «una historia para niños que solo
disfrutan los niños, es una mala historia», y creo que, como de costumbre, Lewis tenía
razón. Pero una historia para niños que los niños no puedan y/o no quieran ya leer,
sobre todo si es una pequeña obra maestra, no será desde luego una mala historia, lo que
si será, en cambio, es una malísima noticia, tanto para los niños como para sus padres, y
de igual manera para la sociedad en la que les ha tocado en suerte vivir. Esperemos
llegar a tiempo para evitarla.
DE NUEVO, SOBRE LA CONVERSACIÓN Y LOS LIBROS
enero 28, 2022

«Los libros son los amigos más tranquilos y constantes; los consejeros más accesibles y
sabios, y los profesores más pacientes».
Charles William Eliot

«La conversación más feliz es aquella donde no hay competencia ni vanidad, sino un
tranquilo intercambio de sentimientos y opiniones».
Dr. Samuel Johnson

Los libros no son, desde luego, un cúmulo de impresiones visuales cegadoras y


fulgurantes, espectaculares y fugaces. Tampoco un vacuo y fútil entretenimiento que se
esfuma una vez pulsamos el interruptor. Pero, seríamos unos ingenuos si los
redujésemos a una atávica acumulación de pasta de celulosa y tinta, rugosa, áspera e
incómoda; a una poco flexible y primitiva representación de razones y sentimientos,
entremezclados con opiniones y presunciones varias. Los libros son mucho más que
eso; mucho más de lo que las mutiladas mentes de nuestros niños y jóvenes pueden
percibir, o siquiera imaginar.
Y es que los libros son extremadamente ricos y, por qué no reconocerlo, excesivamente
generosos con nosotros. Pueden darnos algo más –bastante más– que aquello que
guardan entre sus páginas, algo que excede de esa mezcla de impresiones gráficas y
papel que en su superficie aparentan ser. Y la prueba es que, tras su lectura, y aunque
parezcan dormidos en sus estantes, siguen vivos en nuestra memoria e imaginación,
trajinando con las dos al unísono.
Pero sus regalos no se limitan a esto –de por sí suficiente y extraordinario–, sino que
hay otras cosas, y una de las más valiosas es la conversación. Y en más de un sentido.
De entrada, esta conversación sobre lecturas puede acercarnos unos a otros, padres a
hijos, e hijos a padres, hermanos a hermanos, amigos a amigos, e incluso hacer más
próximos a los que son enemigos. Porque, aunque muchos lo hayan olvidado, los libros
todavía pueden ser causa, chispa y combustible para un incendio en el corazón y en el
alma, y desencadenar así un diálogo apasionado y fructífero.
De especial relevancia es la charla entre padres e hijos. En el curso de ella, los chicos se
enriquecerán no solo por lo que hayamos leído, sino que podrán comenzar a aprender
los rudimentos de lo que en su día fue considerado una de las artes, el ars bene dicendi,
ese cuyos principios eran enseñados como parte del famoso trivium, bajo el conocido
nombre de retórica.
Un arte este hoy quizá perdido, y que ya Cicerón alababa en su De Officiis, en una
alabanza que prosiguió hasta hace bien poco. Por ejemplo, a comienzos del siglo XVII,
Cervantes en su Quijote nos ofrece a través de la boca del protagonista una especie de
manual, cuidando sobremanera su lenguaje. No vemos así que don Alonso Quijano
utilice agudezas verbales tales que el mote y el equívoco ––tan de moda en su tiempo–
aun teniendo a mano a un sujeto tan propicio a ellas como Sancho. Veinticinco años
atrás, Michel de Montaigne escribe en sus Ensayos que conversar es el ejercicio más
fructífero y natural para el espíritu, llegando a confesar que preferiría prescindir antes de
su vista que de su voz y sus oídos. Y, a mediados del siglo XVIII, en los clubs y pubs de
la pérfida Albión, el doctor Johnson se labró fama de perfecto conversador, y ello a
pesar de que entre sus contertulios se encontraban hombres de la talla del elocuente,
aunque no siempre cortés, Edmund Burke, del silencioso Edward Gibbon, del hosco Sir
John Hawkins y del chismoso, pero buen amigo, James Boswell. Tal fue su dominio del
habla que de él se llego a decir que conversaba como si de una segunda edición se
tratase.
Pero… un momento, antes de embarcarse en esta travesía conversacional han de saber
que no nos servirá cualquier tipo de libro. No, al parecer debe tratarse de los de papel,
esos con tinta y celulosa a los que acabo de referirme. Y no por causa de un capricho ni
un arcaísmo trasnochado. Un creciente cuerpo de investigación avala esta idea,
sugiriendo, cada vez con más ruido, que los padres e hijos participan en una lectura
menos comunicativa (con menos diálogo) con los libros electrónicos que con los libros
tradicionales en papel. Las razones recaen en la naturaleza digital de los primeros, ya
que sus animaciones y juegos suelen distraer a los niños de la trama, incluso si se trata
de un libro electrónico «sin funciones» o con características interactivas muy limitadas.
Así que ya lo saben, si quieren hablar con sus hijos sobre sus lecturas, háganse con
libros de verdad, los de toda la vida.
Pero hay un segundo tipo de conversación, más densa y profunda. Los libros pueden
también llevarnos ––a nosotros y a nuestros hijos–– a un diálogo que no conoce límites
temporales ni espaciales, al ponernos en contacto con algunas de las mayores y más
geniales mentes que han existido. Me refiero a la conocida como «gran
conversación» (la «conversación con los difuntos» de nuestro Quevedo). Robert M.
Hutchins, decano de la Universidad de Chicago, donde a finales de los años 30 del
pasado siglo, junto con su amigo y colega, el filósofo católico Mortimer Adler, puso en
marcha el primero de los programas universitarios de estudio de los grandes libros,
escribió al respecto lo siguiente:
«La tradición de Occidente se manifiesta en la gran conversación que se inició en los
albores de la historia y que continúa hasta nuestros días. Cualesquiera que sean los
méritos de otras civilizaciones en otros aspectos, ninguna civilización es como la
occidental en este sentido. Ninguna puede pretender que su característica definitoria
sea un diálogo de este tipo. (...). Su elemento dominante es el Logos».
Los padres podemos recrear en casa todas esas conversaciones, planificando, en incluso
improvisando charlas que tengan por causa los libros. Estas multiplicarán el efecto
beneficioso de la lectura enriqueciendo con saber y cultura a los niños, al tiempo que
nos ayudarán a construir (y si fuera el caso restaurar) con ellos los puentes y caminos
que no deben faltar en toda sana relación paterno filial.
Y esto no es todo, ya que anudados a la conversación libresca podemos encontrar otros
beneficios. Por ejemplo, al permitirnos contrastar épocas, costumbres y tradiciones,
podrá también ayudarnos a todos a evitar la miopía de las modas ––tan presentes
siempre––, y a trascender el sesgo de lo que C.S. Lewis denominó «esnobismo
cronológico»: la esclavitud a las nociones en boga, y el que solo las últimas opiniones
sean consideradas relevantes. Porque, ¿qué puede haber más distante de la verdad que lo
que está de moda?
Así que ya saben: lean con sus hijos y hablen con ellos, antes durante y después de las
lecturas.
Finalmente, no quiero terminar sin referirme a un último tipo de conversación personal
e íntima: la nacida del contacto entre el escritor y el lector. Un encuentro más sensible
que intelectual, en el que las sensaciones, los recuerdos, los afectos y las aversiones
juegan más que la mera constatación de datos o la transmisión de sabiduría y
conocimiento. La lectura se revela de esta manera como un quehacer, una co-
laboración en la que ambos, autor y lector, faenan en pos de un fin. Un fin que el autor
presume, intuye o desea, pero del que nunca tiene una certeza, pues varía con cada
lector. Se trata de un acto mágico y original, que renace con las sucesivas lecturas del
mismo lector. Cada palabra, cada oración, cada párrafo e incluso cada capítulo, guardan
un significado nuevo que espera revelarse en cada nueva relectura. La novedad de este
significado –un sentir del corazón más que otra cosa–, dependerá de cuán activo sea en
ese proceso el lector. El escritor cumple de una vez con su parte, pero la del lector se
cumple en cada lectura. Así, en el acto de leer, las palabras y las frases cobran vida,
animando conexiones entre los recuerdos y experiencias del que lee y las del que ha
escrito, en un acto social grandioso y profundamente significativo: la lectura de un libro.
CINCO VIEJAS ADVERTENCIAS SOBRE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS
enero 09, 2022

«No ai más dicha ni más desdicha que prudencia o imprudencia».


Baltasar Gracián. Oráculo manual y arte de prudencia

Hace casi 25 años, a finales de los años 90 del pasado siglo, el discípulo aventajado de
Marshall Macluhan, Neil Postman, puso sobre la mesa cinco advertencias al respecto
del cambio tecnológico digital que comenzaba entonces su desarrollo y que hoy impera
sobre nosotros. Postman lo hizo en el curso de una charla que dictó en un Congreso
Internacional sobre Nuevas Tecnologías y Persona Humana, celebrado en Denver en
1998, pero no pudo comprobar si sus premoniciones eran acertadas, pues murió en los
albores de este siglo, en el año 2003. Y si bien creo que no estuvo desacertado,
probablemente se quedó corto.
Partiendo de tal precedente, me he permitido la licencia de adaptar tales advertencias,
sorprendentemente lúcidas, al tema de la infancia y al de la dictadura tecnológica y
digital que, con nuestro inconsciente consentimiento, tiene sometida a aquella.
Primera Advertencia. Postman la define del siguiente modo: «Todo cambio
tecnológico implica un compromiso. (…). La tecnología da y la tecnología quita». No
podemos reparar solo en aquello que la tecnología parece dar a nuestros hijos, en esa
deslumbrante magia que nos asombra tanto a nosotros como a ellos. Porque, a cambio,
se nos pasará al cobro –si no está pasándose ya– el correspondiente precio. Y este precio
adquiere la forma de problemas de concentración, destrucción de la imaginación y
muerte de la poética, y por si esto fuera poco, también de alejamiento de la realidad.
Hagan pues un balance de perdidas y ganancias, y decidan en consecuencia. Porque,
como concluye Postman, «la cultura paga un precio por la tecnología que incorpora».
Segunda Advertencia. Neil Postman escribió que debemos ser conscientes de que la
tecnología favorece a algunos y perjudica a otros. Por tanto, que siempre habrá
vencedores y vencidos en los cambios tecnológicos. Así, en esta era de la información
en la que han nacido y están creciendo nuestros hijos, los padres deberemos
preguntarnos a qué grupo pertenecen los pequeños, si al de los que sacan provecho o al
de los que sufren daños. Yo no albergo dudas al respecto: sin cuidado y supervisión,
abandonados a su suerte, al albur de aquello que reciban sin barreras ni controles a
través de sus teléfonos, ordenadores y demás artefactos, los niños –y su inocencia––,
llevan siempre las de perder.
Tercera Advertencia. Marshall McLuhan, el maestro de Postman, nos dejó una famosa
y enigmática frase: «El medio es el mensaje». De acuerdo con esta idea, nuestro autor
afirma que «toda tecnología incorpora una filosofía que es expresión de cómo ella nos
hace usar nuestra mente, de en qué medida nos hace usar nuestros cuerpos, de cómo
codifica nuestro mundo, de cuáles de nuestros sentidos amplifica, y de cuáles de
nuestras emociones y tendencias intelectuales desatiende». No hace falta mucho
discernimiento ni estudio para apercibirse de, a qué cosas atiende este nuevo mundo
cibernético y digital (lo aparente, lo superficial, lo sentimental, lo histriónico, lo virtual),
y qué cosas arrincona (lo racional, lo profundo, lo tradicional, lo bello, lo real).
Cuarta Advertencia. Postman dice: «Hemos de saber que el cambio tecnológico no es
aditivo, es ecológico. (…). Un nuevo medio no añade algo, lo cambia todo». Esta
observación nos empuja a ser cautos y a averiguar qué transformaciones trae consigo
cualquier novedad antes de abrazarla incondicionalmente. Y más tratándose de niños,
cuya inocencia y bienestar están bajo nuestro cuidado. «Las consecuencias del cambio
tecnológico siempre son amplias, a menudo impredecibles y en su mayor parte
irreversibles», nos dice Postman, y en este caso, algunos de sus efectos son ya notorios,
pero otros solo estamos empezando a vislumbrarlos, y lo que vamos sabiendo no es
alentador.
Quinta y última advertencia. El sociólogo norteamericano nos termina advirtiendo
que habremos de mitigar nuestro entusiasmo por la tecnología, pues este fácilmente
podría volverse una forma de idolatría. La tecnología no es parte de un plan divino sino
el producto de la creatividad humana, y por lo tanto no deberemos bajar nunca la
guardia, pues la amenaza que nace de nuestro orgullo y de nuestra capacidad para el
mal, estará ahí, latente o presente, pero estará ahí, incrustada en el uso dado a esa
tecnología.
Visto todo ello, algunos de entre ustedes pensarán para sus adentros: «todas las
advertencias que nos muestra usted sobre las tecnologías digitales parecen razonables,
pero son igualmente aplicables a la tecnología que tanto defiende, pues también en su
día sufrimos un cambio revolucionario de mano de la imprenta. ¿Hay acaso alguna
diferencia entre una y otra?». La respuesta ante tan buena pregunta es que sin duda
existe una diferencia. Una diferencia que radica no solo en la disparidad ontológica que
hay entre la imagen y la palabra, centros neurálgicos de una y otra tecnología, sino, a
mayores, de la tiranía que la primera –la imagen– ejerce sobre nuestras vidas a través
del mal uso que estamos haciendo de las nuevas tecnologías, y del desprecio que
estamos dando a los beneficios que la segunda –la palabra–, nos sigue ofreciendo a
través de los libros.
De las razones de esta diferencia hablé en esta entrada, a la que les remito:
«De la imagen y la palabra».
DE LA IMAGEN Y LA PALABRA
enero 12, 2021

«La poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda».

Simónides de Ceos

«La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega».

Leonardo da Vinci

«No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras».

Juan Luis Vives

George Lambert, un pintor australiano de principios del siglo XX, tiene entre sus obras
un cuadro, titulado El espejo convexo ––con el que se encabeza este artículo––, en el
que se representa a sí mismo y a las demás personas que junto a él ocupan una estancia.
Pero, aquello que Lambert refleja en su cuadro está mediatizado por el cómo y a través
de qué percibe lo que representa. El cuadro muestra, no solo al pintor reflejado en un
espejo convexo, si no, además, lo que el artista ve de la habitación en la que está. Por
supuesto, lo que los espectadores observamos en el cuadro es aquello que el artista
percibe, pero en su visión deformada por el espejo convexo en el que fija su mirada y
que le refleja, y con él, a toda la habitación en la que se halla.

Este cuadro constituye un experimento pictórico que viene repitiéndose de vez en


cuando en la historia de la pintura (desde el conocido Autorretrato en espejo convexo,
del pintor renacentista italiano Parmigianino), y puede servir para mostrarnos que la
percepción de nuestra propia imagen (sea autopercepción, sea la que los demás tengan
de nosotros), puede verse deformada por la interferencia de la tecnología, sin que sea
relevante que se trate de un espejo convexo o de una pantalla digital.

La diferencia entre Lambert y Parmigianino y la mayoría de nosotros es que los dos


pintores sabían lo que hacían (un experimento pictórico), y eran conscientes de que
aquello que reflejaban en sus cuadros era solamente una deformación de su imagen y de
su mundo a la luz de un reflejo convexo. Sin embargo, para el hombre de hoy, la imagen
de sí mismo y del mundo que habita que reflejan las pantallas, las redes sociales e
internet, es la realidad, sin que siquiera sospeche o se plantee que sea ––como es–– un
mero simulacro, pálido reflejo, deformado e ilusorio, de lo que verdaderamente es real.

Y esto es una tragedia de grandes proporciones que hunde sus raíces en la aguda
distorsión que vivimos hoy en la relación entre la imagen y la palabra, y la primacía que
la primera ha adquirido sobre la segunda, con alteración de la jerarquía natural entre
ambas. Y en todo ello juega hoy un papel principal la preeminencia que ostenta en
nuestras vidas la tecnología digital, como medio distorsionador y deformante de lo
percibido a través de nuestros sentidos, a modo de espejo convexo.

Vaya por delante que considero, tanto a la palabra como a la imagen, necesarias e
imprescindibles, y que siempre he disfrutado de la belleza de la que son portadoras,
cuando así ha sido. No obstante, el hombre ha encontrado siempre difícil establecer una
relación armónica entre las dos. Es cierto. Desde el principio se tienen noticias de un
enfrentamiento, y hasta incluso cuando se trató de que la palabra se acercase a la imagen
a través de la escritura, no se pudo evitar este antagonismo. Quizá la razón de esta
dificultad esté más allá de nosotros. Quizá se remonte al principio de los tiempos,
incluso antes de nuestra caída. Allá en los Cielos. Cuando tuvo lugar la batalla que
terminó con la expulsión de Lucifer y sus huestes a los infiernos.

Y desde entonces, la imagen ha venido sufriendo un lento desgaste y corrupción en


cuanto a su brillo y verdad, asociándose cada vez más a lo bajo, lo perverso, lo
pornográfico. Y desde entonces, la imagen, distorsionada con esa carga de significación
perversa facilitada por la tecnología, ha venido ganando terreno a la palabra.

De esta manera llegamos hasta hoy día, donde la imagen impera, pero no como trasunto
de belleza, sino de fealdad y corrupción. Se ha vuelto, no semejante a la Verdad, sino
desviada de sus fines naturales, encaminada a una distorsión y, finalmente, a una
suplantación de la Verdad. Y en esta corrupción de la imagen estamos.

Un filósofo postmodernista, Jean Baudrillard, y un sociólogo moderno, Neil Postman,


uno ateo y otro agnóstico, coinciden en su valoración de este problema con un católico
profesor de literatura clásica, John Senior. Los tres abominaron en su día del dominio
cultural de la imagen y de su cada vez más desviada función, distorsionada por la
tecnología; un dominio totalitario, transformador, perverso y demoníaco. Siendo, cada
uno a su manera, una suerte de profetas.

En su ensayo El malvado demonio de las imágenes, 1984, escribe Baudrillard:

«Es precisamente cuando parece más veraz, más fiel y más conforme a la realidad
cuando la imagen es más diabólica, y nuestras imágenes técnicas, ya sean de
fotografía, cine o televisión, son en la abrumadora mayoría más 'figurativas' y
'realistas', que todas las imágenes de las culturas pasadas. Es en su parecido, no solo
analógico sino tecnológico, que la imagen es más inmoral y perversa».

Neil Postman no le va a la zaga. Su cuasi-profética obra, Divertirse hasta morir, 1985,


sigue estando de actualidad y en ella puede leerse al respecto de la influencia cultural de
la televisión lo siguiente:
«Voy a decir una vez más que no soy relativista en este asunto y que creo que la
epistemología creada por la televisión no solo es inferior a una epistemología basada
en la imprenta, sino que es peligrosa y absurda». Postman tildó la «caja tonta» de
propagadora de «irrelevancia, impotencia e incoherencia», en lo que, a los ojos de hoy,
parece una descripción sumamente acertada. Y concluía su libro diciendo que «es
solamente el lenguaje el que nos permite pensar críticamente (…). Es el lenguaje el que
nos hace claramente humanos».

Y sobre Senior, ya sabemos de su, para muchos, drástica postura mostrada en su


obra La Restauración de la cultura cristiana, 1983:

«Pero, en primer lugar, no seríamos serios en nuestra intención de restaurar la Iglesia


y la Ciudad si no tenemos el sentido común de destruir nuestro aparato de
televisión.» (…) «Los aparatos electrónicos no son malos solamente en cuanto se
apartan del fin, sino también en cuanto a los medios mismos que son destructivos de la
imaginación y la sensibilidad, como lo es la televisión».

Son advertencias algo alejadas en el tiempo, pero que hoy cobran una actualidad
inusitada.

Y sin embargo, si lo pensamos bien, lo cierto es que la imagen, en origen, no puede ser
mala. Como nos dijo santo Tomás, nada que sea es malo. Pues el mal es la mera
negación. Un parásito del ser. Y la imagen forma parte de nuestra pedagogía ontológica,
e incluso teológica. Hemos sido hechos a imagen y semejanza de la Palabra.

Además, vivimos una paradoja. Una de entre las muchas que contiene el cristianismo. Y
esta es, que, obviamente, lo divino no podría representarse en imágenes y, sin embargo,
para conectar con lo humano, debe representarse en imágenes.

Baudrillard habla de ello:

«¿Qué pasa con la divinidad cuando se revela en iconos, cuando se multiplica en


simulacros? ¿Sigue siendo el poder supremo que simplemente se encarna en imágenes
como una teología visible? ¿O se volatiliza en los simulacros que, por sí solos,
despliegan su poder y pompa de fascinación, con la maquinaria visible de los iconos
sustituyendo la pura e inteligible Idea de Dios?».

Así que, quizá el problema no es la imagen en sí, sino su mal uso y la tiranía que ejerce
en nuestras vidas, auspiciada por las nuevas tecnologías.

Si acudimos a las Sagradas Escrituras, veremos que en ellas se nos muestra una relación
entre imagen y palabra que no es de oposición, sino de cooperación. Pensemos en los
profetas. El término hebreo para designarlos hace referencia a la visión (roeh, vidente).
Sorprendentemente, no existe un término equivalente en hebreo que los defina como
oyentes. A pesar de ello en el Antiguo Testamento se contienen muchos más ejemplos
de experiencias proféticas recibidas a través del oído que por medio del ojo,
introducidas invariablemente por la frase «la palabra del Señor vino a mí, y me
dijo». La fórmula suele tener una secuencia colaborativa particular. Una visión es
comúnmente seguida por un mensaje verbal; de hecho, el acto de ver se presenta a
menudo como una etapa preliminar, preparando al profeta para escuchar la voz de Dios.
Solo después de que Jacob haya visto la visión de una escalera que conecta el cielo y la
tierra, oye a Dios hablándole en su sueño (Génesis 28, 12-15). José tiene primero dos
sueños vívidos y luego da una interpretación verbal de lo que ha visto (Génesis 37, 5-
11). Moisés ve primero la zarza ardiente, y es a continuación cuando Dios lo llama y
dice: «“¡Moisés, Moisés!”, “Heme aquí”» (Éxodo 3, 3-4). Entre los últimos profetas se
repite un patrón similar. Isaías comienza con «Visión que Isaías, hijo de Amós, tuvo
acerca de Judá y Jerusalén» (Isaías 1, 1), y luego continúa con el mensaje verbal que
recibió de Dios, comenzando con «Oíd, cielos, y tú, tierra, escucha; porque habla
Yahvé» (Isaías 1, 2). Más tarde, el profeta ve por primera vez al Señor sentado en un
trono, rodeado de serafines de seis alas; y solo después de que sus labios son purificados
por uno de los serafines con un carbón encendido, es capaz de escuchar la palabra de
Dios (Isaías 6, 1-8).

En el Nuevo Testamento vemos algo similar. Cuando Jesús acude a ser bautizado por su
primo Juan, se entreabrieron los cielos y se vio «al Espíritu que, en forma de paloma,
descendía sobre Él», y solo luego, «sonó una voz del cielo: “Tú eres el Hijo mío
amado, en Ti me complazco"» (Marcos, 1, 10-11). En la transfiguración del Señor,
Pedro, Juan y Santiago, vieron que «la figura de su rostro se hizo otra y su vestido se
puso de una claridad deslumbradora»; a continuación lo contemplaron hablar con
Moisés y Elías, y solo después de estas visiones escucharon: «“Este es mi Hijo el
Elegido: Escuchadle a Él”» (Lucas, 9, 29-35). Pablo (Hechos, 9, 3-9) tiene una visión
deslumbradora que lo hace caer («de repente una luz del cielo resplandeció a su
rededor») y que lo deja temporalmente ciego, y solo entonces escucha la voz de Jesús
(«“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”»).

Vemos pues aquí una relación. Cierto que hay una preeminencia de la palabra sobre la
imagen y una relación instrumental de esta respecto de aquella; pero hay armonía entre
ellas. Aunque, obviamente, no se trata de cualquier palabra, no es la que enlaza con su
significado por convención humana, no, pues, como nos dice san Pablo, «La fe viene,
pues, del oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Rom. 10,17).

En lógica consecuencia con todo ello, el uso de imágenes de Cristo, la Virgen, los
santos o las escenas bíblicas puede remontarse hasta los primeros días del cristianismo.
Pero pronto, de la mano de la idolatría se introdujeron prácticas corruptoras y
supersticiosas, las cuales fueron conformando el clima apropiado de conflicto y
confusión que dio lugar a la disputa y la ruptura cismática: el primero de los asaltos
serios por parte del Maligno. Y esta jerarquía armónica entre palabra e imagen continuó
siendo asediada, asedio que ha adquirido en los últimos tiempos una intensidad
inusitada. Hay una acción subversiva cuyo último asalto viene de la mano de la
tecnología digital, y que trata de alterar este orden sagrado.

Y en ello estamos. La televisión, los smartphones, los videojuegos, las redes sociales…,
todo conspira contra nosotros mismos, inducido e impulsado por nosotros mismos.

Si Senior, Postman y Baudrillard estuvieran hoy con nosotros muy probablemente nos
dirían: «¡Rompe tu teléfono inteligente!». No me cabe duda alguna. Sé que no parece
posible escapar de esta tiranía de la imagen que padecemos hoy, una imagen corrupta
que nos aparta de la Verdad. Estamos atrapados. Pero podemos intentar sacudirnos un
poco este yugo y, al menos, ser conscientes del riesgo y del lugar al que quieren
llevarnos. Es mejor que nada. Roguemos porque sea así, pues sin Él nada podemos.
EL SOBRENATURALISMO PERDIDO Y LOS BUENOS Y GRANDES LIBROS
noviembre 23, 2021

«Estamos entonces en un mundo de espíritus tanto como en un mundo de sentidos, y


mantenemos comunión con él y participamos en él, aunque no somos conscientes de
hacerlo».

Cardenal John Henry Newman. Homilía, El mundo invisible.

Hay un sobrenaturalismo intuitivo propio de la naturaleza humana que hoy ha dejado de


formar parte del sentir del hombre común. Hace no tanto tiempo, una conciencia de lo
sobrenatural era albergada por los corazones de casi todos los hombres, incluidos los de
pensadores y filósofos, y pongo mi atención en los platónicos, neo platónicos,
aristotélicos y medievales, más que ningún otro. Y es que incluso en el mundo pagano
pre-medieval se daba este estado del alma.
Hoy, sin embargo, lo natural ha absorbido a lo sobrenatural. Como dice el filósofo
aristotélico-tomista, Edward Feser:
«Los secularistas modernos corren sin duda un peligro espiritual más grave que los
antiguos paganos, quienes, a pesar de todos sus defectos, al menos podían ver que la
existencia de Dios era demostrable y comprendían las líneas generales de la ley
natural.
El secularista moderno, o al menos el secularista moderno educado, necesita ser
elevado al nivel del antiguo pagano antes de que sea probable que se tome en serio la
revelación cristiana. Necesita una comprensión renovada de la naturaleza sobre la cual
actúa la gracia, ya que, además, la fe, la revelación y lo sobrenatural parecen para
muchos flotar falsamente en el aire, sin fundamento en la razón o la realidad. Necesita,
por tanto, teología natural y ley natural. Una teología natural y ley natural basada en
las verdades que incluso los paganos conocían, tal como se articulan y defienden
dentro del escolasticismo, dentro del tomismo. Y las necesita ahora más que nunca».
Otro pensador contemporáneo, el doctor Bruce Charlton, incide en esta cuestión, cuando
escribe:
«El cristianismo supone un salto mucho mayor desde la modernidad secular que desde
el paganismo. El cristianismo parecía una culminación del paganismo: uno o dos pasos
más en la misma dirección y construyendo sobre lo que ya estaba allí: las almas y su
supervivencia más allá de la muerte, la naturaleza intrínseca del pecado, las
actividades de poderes invisibles, etc. Con los modernos no hay nada sobre lo que
construir, excepto quizás los recuerdos de la infancia o realidades alternativas
vislumbradas a través del arte y la literatura».
Pero esto no es algo nuevo, sino que ha venido fraguándose desde hace mucho. C. S.
Lewis lo vio en su día, cuando escribió: «Un pagano (...) es un hombre eminentemente
convertible al cristianismo (...). Los cristianos y los paganos tienen mucho más en
común entre ellos que con cualquiera de los postcristianos (...). Un postcristiano no es
en absoluto un pagano, sería como creer que una mujer recupera su virginidad gracias
a que se divorcia. El postcristianismo queda separado del pasado cristiano y, por lo
tanto, doblemente separado del pasado pagano». De hecho Lewis sostenía que para que
un hombre de eses tipo se interesase por el cristianismo, casi habría que partir por
volverlo un pagano.
Lo mismo pensaba Chesterton cuando escribió:
«El paganismo puede compararse con esa luz difusa que brilla en un paisaje cuando el
sol está detrás de una nube. Así, cuando el verdadero centro del culto es, por alguna
razón, invisible o vago, siempre ha quedado para la humanidad sana una especie de
resplandor de gratitud o de maravilla o de temor místico, aunque solo se refleje en los
objetos ordinarios o en las fuerzas naturales o en las tradiciones humanas. Era la
gloria de los grandes paganos, en los históricos días del paganismo, que las cosas
naturales tenían una especie de halo proyectado de lo sobrenatural. Y quien vertía vino
sobre el altar, o esparcía polvo sobre la tumba, nunca dudaba de que trataba de algún
modo con algo divino».
Y si bien los cristianos de hoy día no somos modernos paganos, inevitablemente
estamos contaminados de este mundo postcristiano (y los niños probablemente más), y
sufrimos de la misma manera esta enfermedad espiritual. La relajación litúrgica y el
menoscabo de lo sagrado, no únicamente en el fondo de lo enseñado y trasmitido, si no
igualmente en las formas, es una muestra, y quizá la más hiriente y cruel por su
importancia, tan banalizada de un tiempo a esta parte.
Y así, ese sobrenaturalismo intuitivo del que hablo se ha ido, probablemente porque la
mayoría de las personas nunca se alejan de un entorno seguro, predecible, próspero y
cómodo. Es, por lo tanto, más un problema psicológico que filosófico o teológico. Pero
este aspecto anímico arrastra a los otros dos por una pendiente resbaladiza.
Por ello, en esta situación en la que estamos, incluso los mejores argumentos teológicos
no servirán de mucho si no resuenan en las entrañas de las personas. De esta forma,
dado que la gente no es tan espontáneamente religiosa como antes, es poco probable que
de la apologética o de la predicación resulten muchas conversiones. Es necesario
alejarnos de este modus vivendi que nos adormece espiritualmente.
Hay aquí dos cuestiones claves en este despertar: primero, el rescate del conocimiento
de la ley natural y de aquello que podemos descubrir a través de la razón, y de la
trascendencia para el hombre de este conocimiento (los preambula fidei de santo
Tomás), y segundo, la renovación de nuestra capacidad natural para apreciar lo
sobrenatural, para ser conscientes de nuevo de la existencia de un mundo espiritual,
invisible, paralelo al natural que habitamos, y de su trascendencia, más allá de la muerte
física, tal como describe, maravillosamente, el cardenal Newman en la homilía con una
de cuyas frases se inicia este artículo, y que es de lo que propiamente les hablo hoy.
Y aunque no se trata de que nos volvamos paganos para regresar a la Verdad, como
sugería Lewis, seguramente tenemos mucho que aprender de aquellos que, a pesar de no
ser cristianos, experimentaron la expectativa o el asombro antiguo de creer en algo –o
incluso en alguien– por encima del hombre y su destino. En este sentido, intuyo que los
grandes santos de la patrística estarían hoy más de acuerdo que entonces sobre la idea
de que algo bueno (en el sentido de ayudar a redescubrir lo sobrenatural) podemos
encontrar en los clásicos de la antigüedad.
Todo esto me recuerda una distinción de C. S. Lewis, exquisita, como muchas de la
suyas, que aparece esbozada en un ensayo sobre las novelas de su amigo Charles
Williams.
Allí señala que hay un tipo de literatura que mezcla lo probable y lo maravilloso, en dos
niveles literarios, el realista y el fantástico, y que muchas veces no es ni compartida ni
comprendida. Su punto de partida es una mera suposición que, por lo tanto, en modo
alguno puede asimilarse a una alegoría, y así nos dice: «Supongamos que encuentro un
país habitado por enanos; supongamos que dos hombres pudieran intercambiar sus
cuerpos. Nada menos que eso se nos exige, pero tampoco nada más». Pues bien, ante
ese tipo de fábula, Lewis reflexiona sobre su posible finalidad, encontrándole cierta
utilidad. «Esta suposición», nos dice, «es un experimento ideal: un experimento hecho
con ideas porque no puedes hacerlo de otra manera. Y la función de un experimento es
enseñarnos más sobre las cosas sobre las que experimentamos. Cuando suponemos que
nuestro universo cotidiano está invadido por algo distinto, estamos sometiendo nuestra
concepción de ese otro mundo invasor, o de ambos, a una nueva prueba. Los juntamos
para ver cómo reaccionan. Si tiene éxito, llegaremos a pensar, a sentir y a imaginar
con más precisión, con más riqueza, con más atención, ya sea sobre el mundo que se
invade o sobre el que lo invade, o sobre los dos».
Pensemos ahora en lo ya dicho: ¿cómo alguien podría hoy en día tomar conciencia
de que a nuestro alrededor existe un mundo paralelo e invisible? ¿Cómo podríamos
saber más y mejor sobre él? Novelas del estilo de las de Lewis y Tolkien pueden
enseñarnos a nosotros y a nuestros hijos a pensar en su existencia, a hacernos más fácil
aceptar la misma y a «imaginar con más precisión, con más riqueza, con más
atención» como será ese mundo desconocido, con el que no resulta para nosotros
posible contactar o que no podemos, al menos por el momento, experimentar.
En estas obras el poeta nos habla, a través de una conjetura, de la violación de una
frontera y de aquello que esta ambos lados de la misma. Pero aunque solo estuviéramos
interesados en uno de los lados, aunque fuéramos puros materialistas para quienes «no
existe tal cosa (como ese mundo paralelo e invisible), y para quienes eso no puede ser
más que una curiosidad», la fábula nos hablaría igualmente, de ese otro mundo en el
que no creemos, del otro lado de esa frontera y de la existencia de la misma, y así nos
obligaría a reflexionar en la posibilidad de su realidad, aun cuando solo sea inicialmente
para negarla. Solamente por ello agradecería su existencia y la del poeta que lo hace
posible. Porque de esta manera, pone al alcance de nuestra mano el asombro del que
hablaba Chesterton, la sensación de lo sublime sobre la que escribió Edmund Burke, o
el sentimiento de lo sagrado, de lo numinoso sobre el que reflexionó Rudolf Otto, y nos
prepara para estas experiencias. Y eso es un amanecer de esperanza.
Esto es lo que ocurre en la obra de Tolkien y en la de Lewis, la myatopeia que
magistralmente trazan con sus plumas hace posible pensar, no solo en los mundos
imaginados por el poeta, en sus personajes y en sus virtudes o defectos, en su vida moral
o inmoral, sino en el hecho mismo de una creación.
Y es por ello que en esta labor, quizá los libros, los buenos y grandes libros, puedan
contribuir, aunque sea solamente un poco. Puedan ayudar a conmover esas entrañas, a
remover las brasas de esas conciencias dormidas. Para que, una vez despiertas, puedan
ser iluminadas.
Pero no quisiera terminar sin hacer una aclaración y una advertencia. Sobre esta última,
solo recordar que no toda noción sobrenatural nos servirá. Chesterton nos recordaba que
debemos eludir lo que él llamaba «las formas bajas de sobrenaturalismo», como los
presagios, las maldiciones o los espectros, y buscar un «sobrenaturalismo alto y feliz»,
porque en caso contrario podríamos acabar como los puritanos, «que negaban los
sacramentos, y sin embargo seguían quemando brujas».
Sobre la aclaración, únicamente resaltar que lo que he dicho no aboga por buscar
refugio en un idealismo trascendente, olvidándonos de la realidad material. El
cristianismo, desde siempre supone un abrazo, no solamente entre fe y razón, sino
también entre el mundo físico y el espiritual. No desprecia el conocimiento de la
naturaleza acudiendo al evidente sobrenaturalismo de la gracia, sino que nos revela a la
gracia como medio para la culminación y perfeccionamiento de esa naturaleza, una
naturaleza con un telos que cumplir como paso ineludible para, a través de la recepción
de una gracia siempre inmerecida, ascender hacia nuestro destino sobrenatural.
Ocurre que mal se puede ascender a ningún sitio si percibimos la realidad de forma
plana y anodina, sin cumbres ni relieve alguno, si uno ve el mundo como una gran e
infinita llanura. Por esa razón hace falta rescatar esa trascendencia, ese sobrenaturalismo
que aguarda escondido en un rincón, y los buenos y grandes libros pueden ayudar a
ello.

ELOGIO A LA RELECTURA
septiembre 02, 2021

«No puedo imaginar a un hombre disfrutando realmente de un libro y leyéndolo solo


una vez».
C. S. Lewis. Carta a Arthur Greeves, febrero de 1932

«Se ha de leer, pero no para contradecir o refutar, ni para creer o dar por sentado, ni
para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar».
Francis Bacon. De los estudios.

Se ha dicho y escrito hasta la saciedad aquello de que la lectura de los grandes libros es
comparable a entablar una conversación con grandes hombres, y de los beneficios y
privilegios que esto supone. Pero la idea, gráfica y estimulante como pocas, también
tiene su lado oscuro. Porque las conversaciones repetitivas pueden cansar. Es más,
sabemos que el solo pensamiento de que se produzcan puede llegar a cansar, y que para
muchos eso sería razón suficiente para eludir nuevos encuentros, que, sin embargo
deben producirse, al menos para que este tipo de conversación de sus frutos.
Además, como es sabido desde hace mucho (mucho antes del roquero Frank Zappa, a
pesar de lo que hoy proclama Google), hay demasiados libros y poco tiempo. Ya en su
día, David Henry Thoreau apremiaba a leer los buenos primero, pues lo más seguro,
decía, es que uno no alcance a leerlos todos. Pero la cuestión de la limitación temporal y
la infinitud de aquello que hay que conocer –de la que la lectura es una derivada– es
mucho más vieja y se presenta ya en los primeros filósofos clásicos. Lo cierto es que
son muchos los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el este sea limitado
para el ser humano, al menos en esta vida, sino porque esta última conspira para que no
lo haya. Como nos dice Daniel Pennac, «la vida es un obstáculo permanente para la
lectura».
C. S. Lewis, en consonancia con la frase del inicio y haciendo caso omiso a la cuestión
del tiempo (¿o quizá no?), solía releer muchos libros. En su ensayo La experiencia de
leer (1961), fue duramente crítico en relación con lo que llamó «mal lector», categoría
en la que incluía a aquellos que no leían un libro más que una vez, fuera el que fuese:
«El signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria consiste en que,
para él, la frase “Ya lo he leído” es un argumento inapelable contra la lectura de un
determinado libro».
Por el contrario, según él, «quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro
diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida». Una minoría esta entre la que él se
encontraba. Según su biógrafo Alister McGrath, «su biblioteca personal contiene
anotaciones que indican cuándo se leyó un libro por primera vez y cuando fue vuelto a
leer».
En el citado ensayo y en algún otro, Lewis acumula argumentos en favor de la relectura.
Me quiero detener en uno de ellos, compartido con una compatriota suya, Virginia
Woolf. Según ella escribe en su artículo Sobre la relectura de novelas (1947), «tanto en
lo escrito como en lo leído es la emoción lo que debe venir primero», y, cuando así
ocurra, (que es normalmente con la primera lectura) esa emoción es lo que nos
impulsará a volver para una vez allí, de nuevo, poder preguntarnos lo siguiente: «¿No
hay algo más allá de la emoción, algo que aunque está inspirado en la emoción, la
tranquiliza, la ordena, la compone?», ¿algo que pasamos a descubrir y que «por
simplicidad, llamaremos arte?». Lewis sostiene una opinión similar cuando dice:
«No disfrutamos plenamente de una historia en la primera lectura. Hasta que la
curiosidad, la pura lujuria narrativa, no haya sido apagada y adormecida, no
estaremos en condiciones de saborear las verdaderas bellezas».
Además de lo apuntado por los dos escritores británicos, en ocasiones la complejidad y
la profundidad de aquello que se nos cuenta desde esos libros es tal que, incluso con
nuestra atención a pleno rendimiento, se nos escapan, no solo detalles o matices
(siempre), sino algunas veces el contenido real de lo que se trata de decir.
Solamente si vemos los libros como meras conducciones de mensajes puramente
descriptivos o fórmulas de entretenimiento consumible, podría tener sentido el
abandonarlos o desecharlos una vez leídos.
Pero hay libros que no son así. Me refiero a los buenos y a los grandes. Y no son así,
porque nos ayudan a pensar («Leer es como pensar con la cabeza de otra persona en
lugar de con la propia», escribió Schopenhauer), porque contribuyen a conformar
aquello que somos («Un hombre se conoce por los libros que lee», decía Emerson), y
porque, además y sobre todo, son un reducto de sabiduría y experiencia, de belleza y de
bondad, e incluso en ocasiones, reflejos de la verdad misma. Aunque para llegar a ello
casi siempre es necesario insistir, profundizar, meditar los textos, en suma, abordarlos
en varias lecturas.
Hay otras razones, algunas de tanta fuerza intuitiva como que los libros no cambian, es
verdad, pero nosotros sí que lo hacemos. Somos y no somos los mismos a cada instante.
Es una obviedad que se impone por la mera experiencia de lo vivido. Y no solo eso,
sino también que aquello que hemos experimentado ha dejado de ser lo mismo, al
menos para nosotros. La vivencia común de volver a algún lugar conocido y sentir que
no es como recordábamos, o apercibirnos de algo en lo que no habíamos reparado y que
se nos impone con la frescura desconcertante de la novedad inesperada, es más
instructiva que cualquier discurso. Por esta causa, si nuestra primera lectura de un libro
nos conecta básicamente con el autor, las lecturas posteriores nos conectan no solo con
él de nuevo, sino también con nuestro yo más joven; y las futuras relecturas nos
conectarán con un futuro yo más maduro, aún desconocido.
Pero no todo en la relectura habrá de ser esfuerzo y tesón, ni siempre deberá estar teñida
de ese aire intelectual que ahuyentará a algunos. Porque, aún en libros que no sean tan
grandes, sino meramente buenos en el sentido de que nos hagan bien, podemos
encontrarnos con el simple y puro gozo de un grato instante. Borges nos decía que la
lectura era una de las formas que toma la felicidad.
Y es que, como sabemos, hay otro tipo de lecturas. Unas intermedias entre las ya
mentadas de los grandes libros y aquellas otras (hoy y siempre imperantes y al acecho),
en las que, en frase de Virginia Woolf, no deberíamos «dilapidar ignorante y
lastimosamente nuestros poderes». Son las lecturas a las que me he referido en muchos
y diferentes artículos como las de los buenos libros. Libros que si bien no llegan a la
altura de las obras maestras, nos dan, en un nivel de calidad literaria muy aceptable, no
solo migajas de sabiduría, preparándonos para poder recibir el grueso de ese saber
albergado en las grandes obras, sino también y sobre todo, una gratificación mucho más
accesible, ocupando el delectare de Horacio un mayor lugar que el prodesse.
Así que, algunas de entre estas obras también merecen en ocasiones una relectura. Claro
que sí. ¿Por qué no? Muchas veces encontraremos en ellas aquello que precisamente
necesitamos. Puede ser que nos regalen una parte de nosotros mismos y de nuestra vida
que parecía haber sido borrada de nuestro corazón, o tal vez nos transporten a lugares –
imaginarios o reales–, que yacían olvidados en la memoria. Lo cierto es que tales
rememoraciones, refrescadas y enriquecidas por la lectura, provocan un efecto benéfico
para el alma. Acaso sea nostalgia, o tranquilidad, o sosiego, o diversión, o consuelo…,
en suma retazos de felicidad que nos permiten recordar lo que nos espera. Dice así la
poeta chilena Gabriela Mistral:
«Libros callados de la estantería,
vivos en su silencio, ardientes en su calma;
libros, los que consuelan, terciopelo del alma,
y que siendo tan tristes nos lucen la alegría».
No obstante, no habrá que volver sobre todos los libros. No todo aquello que contenga
entre unas tapas un montón de hojas impresas o manuscritas es valioso, y tampoco todas
las obras que encierren algo de valor han de ser releídas. La envoltura exterior es
importante (ya hemos hablado de eso), pero lo relevante es lo que reposa en su interior.
Es ese contenido el que nos hará volver a algunos de entre todos ellos, a los que nos
hacen bien y nos hacen mejores, a los que nos ayudan a ser hombres. En su ensayo, De
los estudios, Francis Bacon lo ratifica cuando dice que ciertos libros deben ser
probados, otros deben ser tragados, y unos pocos deben ser masticados y digeridos.
Aunque quizás aquí Bacon se esté refiriendo a otra cosa; a una forma de leer ya casi
olvidada: Averiguar primero los hechos –probando el libro–, evaluarlos críticamente –
tragándolo–, y luego formar una opinión sobre ellos –digiriéndolo–. Pero ese es otro
asunto.
Por estas y otras razones que seguro se me escapan, pero que alguno de ustedes sopesa,
hay que regresar a algunos libros, como quien regresa al hogar. Volver una y otra vez,
las veces que haga falta. Las veces que nos haga falta. Porque los buenos y grandes
libros pueden llegar a ser una bendición, un regalo y una dádiva. Y en ocasiones, raras
eso sí, una gracia, que en consonancia con su naturaleza es siempre inmerecida.
Pero, reconozcámoslo, pocas personas son reincidentes en sus lecturas. Y si bien me
resisto a ser tan duro en mis juicios como C. S. Lewis, dado que creo en la bondad y
beneficio de esta costumbre, deseo proclamar los tesoros que guarda, a los que trato de
acceder, a veces no sin esfuerzo. En un mundo como el nuestro donde se lee para el
olvido, la relectura es una vindicación de la memoria, al menos de la memoria de lo
leído, y esto es justo una de las cosas que necesitamos.
Sin embargo, es un tema difícil, ya que en unos tiempos hostiles a la lectura como los
nuestros poco podemos esperar de la relectura. En la mayoría de los lectores de hoy
podría reconocerse una falta de deseo por habitar el libro y profundizar en sus misterios
ocultos, una aversión al esfuerzo, y un apego al más fácil y asequible de los placeres.
Tristemente, muchos han dejado de leer libros para simplemente pasar a consumirlos.
Aun así, a pesar de mi convicción y mi deseo, sé que nunca encontraré tiempo para los
muchos libros que desearía leer o que ambicionaría contuvieran los estantes de mis
hijas, y menos releer los que merezcan ser releídos. Porque la vida aquí abajo es corta,
aunque supongo que esa es una de las razones por las que estamos hechos para la
eternidad. Y aun cuando no pienso que el Paraíso sea una biblioteca, como decía
Borges, lo que sí que creo con Cervantes es que la pluma es la lengua del alma, al igual
que el alma es imagen de Dios, y eso hace a los libros, a los buenos y grandes libros,
merecedores de nuestra atención, e incluso en ocasiones, de una reiterada y constante
atención.

LA LITERATURA COMO UNA SUERTE DE «ESCONDIDA SENDA»:


«FRANNY Y ZOOEY», DE J. D. SALINGER
octubre 28, 2021

«Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia
vergüenza».

Oscar Wilde

«Lo único importante en un libro es el significado que tiene para ti».

W. Somerset Maugham

Seguramente muchos de nosotros, cuando nos ponemos a pensar en qué libros serían los
adecuados para que fueran leídos por nuestros hijos, pensamos en obras instructivas que
les muestren a las claras qué está bien y qué está mal. El Dr. Samuel Johnson era de esta
opinión. Le preocupaba que la literatura de su tiempo dirigida a los jóvenes no
proporcionara a sus lectores una guía moral, pues a su entender, mezclaba
cualidades «buenas y malas» sin indicar claramente cuáles seguir.
Sin embargo, si lo pensamos bien quizá no sea esta la forma ideal de hacer que crezca la
virtud en el alma de nuestros hijos, o al menos, la única manera. Porque, la vida real que
tarde o temprano tendrán que enfrentar no es así; no es tan clara y pura como
desearíamos. Es un hermoso mundo caído en el que se mezclan con desconcierto y con
sorpresa ––muchas más veces de lo que desearíamos–– lo bueno y lo malo. El problema
radica en saber navegar por esas aguas grises, turbulentas e imprevisibles.
No dudo que en las primeras edades, cuando los niños carecen de sentidiño, cuando aún
no ha podido crecer en ellos el prudente hábito de cuestionar qué es el bien y qué es el
mal, debamos llevarlos de la mano, un día sí y otro también. Pero llegará un tiempo en
que deberemos soltar esa mano y ellos deberán seguir, por momentos solos, su camino.
Así que, sin dejar de conducirlos hacia los manantiales de la virtud y alejarlos de los
sulfurosos abismos del mal, también habrá que entrenarlos, tal y como se los entrena
para el desempeño de los oficios mercantiles, artesanales o intelectuales que les
ayudarán a ganar el pan para sí y los suyos. Entrenarlos para elegir y promover el bien,
y para alejarse del mal y en su caso, combatirlo.
Y al respecto de cómo puede realizarse este entrenamiento, hay algo que nos ofrece la
literatura que tiene un inmenso valor. Algunos lo llaman imaginación moral, otros,
escuela o pedagogía del corazón. Hablo de ese poder de percepción ética que va más
allá de las barreras de la experiencia privada y de los acontecimientos del momento, y
que aguarda emboscado en los buenos y grandes libros.
Ese cúmulo de experiencias que guardan los libros permitirá a los chicos, de la mano de
su imaginación, ir más allá de su limitada experiencia personal. Les ayudará a percibir
lo que se tiene en común con los demás y a contemplar las cosas desde otras
perspectivas, enriqueciendo su corazón y su alma. Esto es, exactamente, lo que quiere
decirnos la literata norteamericana Flannery O'Connor cuando escribe:
«Nuestra respuesta a la vida es diferente si nos han enseñado solo una definición de
vida, o si hemos temblado con Abraham mientras sostenía un cuchillo sobre Isaac».
Por ello es importante sumergirles en las grandes historias donde las virtudes y los
vicios se hacen vida. Y una de las cuestiones que esto nos plantea es la de qué tipo de
libros habremos de poner en sus manos: ¿aquellos que expresen claramente esos temas
morales?, ¿aquellos en los que los protagonistas sean modelos impecables de lo que el
hombre debe ser? Si, por supuesto que sí, pero… ¿qué hay de aquellos otros que
muestran lo que no debe llegar a ser? Y aún yendo más allá: ¿Es primordial que tales
obras hayan sido escritas por buenos hombres, o esto es una cuestión marginal?
Personalmente, creo que hay que ir más allá de estos límites. Asumir cierto riesgo y
depositar cierta confianza, tanto en nuestros hijos como en los artistas, poetas y literatos
que guardan en algunas de sus obras cosas valiosas, y ello aun cuando su vida personal
quizá no termine de gustarnos. Pero eso sí, siempre, siempre habremos de permanecer
cerca de los chicos.
Y es que, a veces, el mensaje es ignorado por el mensajero e incluso por el propio autor.
En algunos casos, de forma misteriosa, el artista es un mero instrumento, un medio que,
además de su modesto y limitado propósito personal, es portador ––sin saberlo–– de un
haz, en ocasiones infinito, de gracias o de iluminaciones, quizá secretas para él, pero
puede que deslumbrantes para otros, sean muchos o sean pocos.
Este es el caso de un literato de particular apreciación personal: J. D. Salinger. Es
conocida la fama de arisco e inalcanzable, de anacoreta secular, que el autor se labró a
pulso a lo largo de los años, a pesar ––y quizá a causa–– de su enorme aclamación y
popularidad.
Una de sus obras más queridas para mí es Franny y Zooey (1961), una de las historias a
través de las cuales Salinger construye el universo narrativo de la extravagante y
disfuncional –pero increíblemente encantadora– familia Glass. Una obra breve y de
notable mérito: no es nada fácil construir un relato de ciento cincuenta páginas solo con
diálogos, y en Franny y Zooey casi no hay otra cosa que eso, diálogos y muy poca
acción.
En este singular cuento (mejor dicho, dos cuentos entrelazados, de los cuales el segundo
es notoriamente superior al primero), Salinger, a través de los breves trazos de un
diálogo que sirve de andamio narrativo a toda la historia, disecciona en pocas frases un
problema del cristianismo asociado al sentimentalismo hoy rampante: la idea de un
Cristo acogedor y mimoso, una adorable e irreal figura de una suavidad pegajosa, muy
alejada del León de Judá, del Rey de reyes, del Señor del Universo, y por lo tanto
incursa en el grave error de fijar nuestra vista en lo que no sería sino un ídolo construido
a nuestro gusto.
Dice Zooey a su hermana Franny a propósito de la conocida oración del peregrino, que
la chica repite sin parar sin fruto ni provecho espiritual alguno:
«Diga lo que diga, siempre da la impresión de que hablo en contra de tu Oración de
Jesús. Y no es cierto, maldita sea. Solo estoy en contra de por qué, cómo y dónde lo
recitas (…) no puedo (te juro por Dios que no puedo), comprender cómo eres capaz de
rezar a un Jesús a quien ni siquiera entiendes».
Y continúa:
«El Padrenuestro tiene un objetivo, y solo uno. Dotar a la persona que lo dice con la
Conciencia de Cristo. No construir un pequeño rincón cómodo y sagrado como
ninguno, con un personaje pegajoso, adorable y divino que te tome en sus brazos y te
releve de todos tus deberes».
«Consérvale en la mente mientras lo recites, a Él y solo a Él, y tal como fue y no como
te hubiese gustado que fuera».
La historia termina con un rescate y una revelación que son, a un tiempo, un gran
consuelo y una esperanzadora visión gozosa. Zooey, tras una larga y nada aburrida
conversación, libera a su hermana pequeña de su desesperanza, haciéndole ver que
Cristo, el Cristo al que ella reza implorando misericordia y al que no parece llegar, está
mucho más cerca de lo que imagina. Que Él está aquí, en el prójimo, en cualquiera que
necesite de nosotros, en cualquiera, hasta la más vulgar e insignificante de las personas,
como en la «dama gorda» de su infancia, tal y como les había enseñado su hermano
mayor, Seymour:
«No hay nadie en ninguna parte que no sea la Dama Gorda de Seymour. ¿No lo sabes?
¿No sabes aún este maldito secreto? ¿Y no sabes, escúchame ahora, no sabes quién es
realmente esa Dama Gorda…? ¡Ah, hermana! Es el mismo Cristo. El mismo Cristo,
hermana.
Por gozo, al parecer, todo cuanto Franny pudo hacer fue sostener el teléfono con las
dos manos».
Que Salinger haya sido capaz de ver esto tan claramente y comunicarlo de manera tan
dramática es algo bastante extraordinario e insólito. Porque no se trataba de un hombre
especialmente religioso y mucho menos un cristiano, ya que, en todo caso, aquello con
lo que parecía simpatizar era algo así como un sincretismo de tintes orientales,
mezcolanza de budismo e hinduismo. Pero, a pesar de ello, y además de las habilidades
del artesano poético, poseía la percepción propia del verdadero poeta.
Porque, aunque muy probablemente Salinger no buscó evangelizar sobre Cristo ni sobre
su adoración y oración (el relato abunda en referencias a religiones orientales y a modus
vivendi seculares), no dudo que lo hizo, incluso sin él saberlo. ¿A qué número de almas
alcanzó y/o llegará a alcanzar? No lo sé, solo Él lo sabe. Lo que nosotros ya sabemos, o
deberíamos saber, es que el Señor obra de forma misteriosa e inesperada, a través de
cualquiera de sus criaturas, lo sepan o no, lo amen o no. Eso no importa.
Y es que, a veces se pueden encontrar verdades profundas en un simple verso o en la
expresión de un rostro pintado en un cuadro; una melodía puede llevar a una revelación
o inspirar una esperanza; un poema quizá abra una puerta que ya no se cerrará; un relato
podrá trasladarnos a un lugar secreto o al corazón de una persona que jamás
olvidaremos. Y nos hablarán, cada uno en su lenguaje, del bien y del mal, de la verdad y
de la mentira, de la belleza y de la fealdad.
La poeta conversa norteamericana Denise Levertov, nos habla de ello en un poema, con
un fragmento del cual termino. Después de leerlo, piensen en los versos, las historias o
las canciones que para ustedes han tenido los mismos efectos en su forma de pensar,
sentir o vivir.

El secreto
Denise Levertov

Dos niñas descubren


el secreto de la vida
en una repentina línea de un poema.
Yo, que no conozco el secreto,
escribí la línea.
Fueron ellas quienes me contaron
(a través de otra persona)
que lo habían hallado.

Una advertencia final. Antes, durante y después de dejar que nuestros hijos entren en
esos nuevos mundos literarios que abrirán su imaginación y dilatarán su experiencia,
alguien ––y ese alguien somos nosotros–– deberá enseñarles los rudimentos de una vida
moral. De no ser así, me temo que el gozo del descubrimiento podría convertirse en una
pesadumbre, y que lo que habría debido ser una iluminación podría volverse una oscura
visión que transforme sus vidas en un jardín umbrío. Y es que, aunque algunos libros
son capaces de prender hogueras en los corazones, iluminando en la oscuridad y
confortando frente al frío, también hay otros que con ese mismo fuego podrían llegar a
reducir a cenizas convicciones, amores o visiones del mundo.
Así que, no bajen la guardia, «sean sobrios y velen».

LITERATURA CATÓLICA: EL CAMINO LUMINOSO DE LA GRACIA


enero 20, 2022

«Dios debe estar contento de que uno ame tanto su mundo».


Robert Browning

«Persecución sin prisa, imperturbable, majestuosa inminencia».


Francis Thompson. El lebrel del cielo

Ya he hablado (aquí y aquí) de la forma, a menudo brutal, con la que muchos literatos
católicos han abordado el impulso de las musas, especialmente los contemporáneos.
Una crudeza que golpea el alma, que encontramos abundantemente en escritores como
Graham Greene, François Mauriac o Flannery O´Connor. También expresé mi añoranza
por la escasez de belleza en sus obras, aún cuando esta haya de venir acompañada, las
más de las veces, de una sana melancolía, la propia del exiliado que realmente somos.
El cardenal Newman lo expresó así:
«Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el
futuro».
Pero también lo católico es vida, asombro, vitalidad exuberante y deslumbrante belleza.
Chesterton es su más entusiasta embajador y así nos empuja con un ímpetu casi
sobrenatural. «Éste fue mi primer problema: inducir a los hombres a comprender la
maravilla y el esplendor de la vida y de los seres que la pueblan», explica. «Porque»,
nos sigue diciendo, «todo pasará, sólo quedará el asombro y sobre todo el asombro
ante las cosas cotidianas».
Flannery O´Connor, explicando la forma y maneras de su arte, señaló que «a menudo,
la naturaleza de la gracia solo puede aclararse al describir su ausencia». Tomando
esta frase como modelo, podríamos decir que, en ese otro camino de la alegría y del
asombro, la naturaleza de la gracia también puede aclararse describiendo su presencia y
los efectos de su presencia. Esto es lo que hizo Evelyn Waugh en su obra Retorno a
Brideshead (1945). El escritor inglés la definió como «la influencia de la gracia divina
sobre un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente
relacionados».
La novela quizá no sea plenamente luminosa y deslumbrante, pero contiene en su
interior las ráfagas cegadoras de la gracia actuando sobre la naturaleza humana. Y el
resultado de esa acción sobrenatural opera en una transformación: la conversión del
protagonista. De hecho, el tratamiento del tema es, en ocasiones, subliminal y
escasamente expresivo. El propio Waugh, en carta a su agente literario A. D. Peters,
señalaba: «Espero que la última conversación con Cordelia dé una pista teológica.
Todo está impregnado de teología, pero empiezo a estar de acuerdo en que los teólogos
no lo reconocerán».
Años atrás, el cardenal Newman trató de llevar a cabo algo similar. Como hijo de su
tiempo, Newman recelaba de la literatura porque pensaba que la lectura de novelas
podría conducir a una preponderancia del sentimiento moral a expensas de la acción
moral, pero al final la utilizó y le rindió homenaje. Porque, el cardenal es probablemente
––corríjanme si me equivoco––, el primer santo novelista. Escribió dos, Perder y
ganar (1848), parcialmente autobiográfica, y Calixta (1855), de las que les hablé más
extensamente aquí. Ambas obras tienen la misma temática, la experiencia de una
conversión, aunque en diversos escenarios y tiempos: el Oxford de su época, la primera,
y el Imperio romano de mediados del siglo III bajo las persecuciones del emperador
Decio, la segunda. Y estas novelas fueron escritas por una razón. A través de estos
relatos, el religioso inglés trató de hacer algo que no podía lograr con sus sermones, y
menos con sus tratados teológicos y filosóficos. Sus novelas tienen el poder de mover a
los lectores, independientemente de su fe, a sentir simpatía por los protagonistas
conversos luminosos y positivos, e incluso a identificarse con ellos. Newman esperaba
que esta simpatía eliminara los obstáculos emocionales a la conversión potencial del
propio lector, que él conocía bien por haberlos sufrido.
Portadas de alguno de los libros aquí comentados.
He señalado que Chesterton es uno de los adalides de este estilo de hacer literatura
católica. Y, cómo no, él no se detuvo en un simple elogio o en una mera apología, sino
que predicó con el ejemplo y nos legó novelas en las cuales la gracia se pasea entre la
alegría y el asombro. Una de ellas es Un hombre vivo (1912), un libro del que hablo más
extensamente aquí, y que descansa en la siguiente idea, expresada en
su Autobiografía (1936):
«Me inventé una teoría mística rudimentaria y provisional. Se podía resumir en que la
mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria
como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la
nada (...). Era como si en el fondo del cerebro, por decirlo de alguna manera, se
alentara una olvidada llamita o estallido de asombro ante la propia existencia. El
objetivo de la vida artística y espiritual era excavar hasta encontrar aquel enterrado
amanecer de asombro; de esa forma, un hombre sentado en una silla podía de repente
ser consciente de que estaba vivo y ser feliz».
Siguiendo esta estela, un autor norteamericano poco conocido, Myles Connolly, escribió
unos quince años después una historia de estas características titulada Mr. Blue (1928),
de la que también hablé en una entrada anterior. Connolly nos presenta a un
protagonista similar a san Francisco en medio de la urbe moderna, de una magnética
personalidad y de un contagioso entusiasmo por el mundo.
Volviendo a la novela de Waugh, algo que llama poderosamente la atención en ella es la
forma en que trata la cuestión de la gracia, una manera que podríamos calificar, al igual
que su buena amiga Nancy Mitford, como «sutil e inteligente». Esta sutileza y
sagacidad encuentra su máxima expresión en cómo la acción de la gracia se refleja en
una sola frase de la novela, cuando, en sus últimas páginas, el escéptico capitán Ryder,
tras entrar en la vieja capilla de la mansión de Brideshead, se dirige al lector
diciendo: «Recé una oración, una fórmula de palabras antiguas, recién aprendida».
La explicación a esta forma de narrar podría descansar no solo en que la sutileza es una
de las formas de operar de la gracia ––lo cual sería razón suficiente––, sino también en
el tipo de audiencia a la que estaba dirigida la novela. Si atendemos al perfil cada vez
menos religioso de los lectores de la época, muy probablemente un enfoque sentimental
o didáctico no habría funcionado, aunque hubiera sido llevado a cabo con sutilidad o
cuidado. El sentimentalismo habría abaratado la historia, y dejarse llevar por él hubiera
sido ser infiel a la trascendencia del tema, mientras que el didactismo habría repelido a
unos lectores a los que ya no se podía sermonear. Lo mismo podría decirse para el
mundo de hoy de otras obras –escasas, cierto–– de las que hace reseña Joseph Pearce en
este artículo titulado La mejor ficción cristiana contemporánea, y entre las cuales alguna
guarda ciertas similitudes con Retorno a Brideshead.
En esta última obra el personaje central sobre el que pivota todo el relato (el capitán
Charles Ryder) es un agnóstico, lo que facilita la inmersión en la historia del lector
secular de nuestros tiempos. El mismo efecto tiene el suave desarrollo de la conversión
a través de un largo y casi imperceptible proceso. Waugh, a través de un tratamiento
delicado y gradual, consigue hacer que este acontecimiento, a pesar de ser el asunto de
la novela, planee de fondo durante toda su lectura y que solo se revele, veladamente, en
el final, como «una sorpresa sensacional», que diría Chesterton. Una conversión
alejada de convulsos sucesos de naturaleza emocional, abrupta e impetuosa, como la de
san Pablo, o mucho más recientemente, y en orden, la de Paul Claudel, André Frossard
o la de nuestro Manuel García Morente, y más próxima a las de Chesterton, Newman o
el poeta Manley Hopkins (la «convicción silenciosa», como la bautizó este último).
Todo ello hace que el acontecimiento de la conversión sea más comprensible para el
lector contemporáneo.
También hay quien ha visto una relación entre el objeto de la novela de Waugh (la
forma de operar de la gracia) y un pasaje de Chesterton, en el que el escritor inglés
parece lanzar un desafío a sus colegas de oficio:
«La historia ideal de detectives... no tiene por qué ser superficial. En teoría, aunque no
comúnmente en la práctica, es posible escribir una novela sutil y creativa, de filosofía
profunda y psicología delicada y, sin embargo, presentarlo en la forma de una sorpresa
sensacional».
Quizá la sutileza de la que he hablado haga difícil ver como novela detectivesca, al
menos a simple vista, a Retorno a Brideshead, pero no sería la primera vez que se
identifica la acción salvadora divina como la de un misterioso detective que persigue a
los pecadores para salvarlos. El maravilloso poema de Francis Thompson, El lebrel del
cielo, perfectamente conocido por Waugh, es su ejemplo más notorio.
Sin embargo, esta forma de proceder tiene un precio. Su coste es que el mensaje
cristiano pase desapercibido para muchos. Así ha ocurrido con estas obras, que a
menudo han sido objeto de lecturas seculares, encomiables, pero ajenas a la
trascendencia y profundidad de la acción de la gracia que palpita entre sus páginas.
Pero, al mismo tiempo, nos muestran que hay otro camino para la literatura católica. Un
camino luminoso, esperanzador y bello del que he tratado de hacer un esbozo. Y en este
mundo tan sombrío y hostil, creo estamos obligados a mostrárselo a nuestros chicos.
¿PODEMOS REALMENTE PRESCINDIR DE LOS LIBROS?
junio 16, 2021
«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?»

T. S. Eliot. Los Coros de la Roca (1934)

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que que cada vez conocemos más datos –
tenemos más información–, pero pero a cada paso que damos comprendemos menos –
atesoramos menos sabiduría–. Esta paradoja no es más que el resultado de las
limitaciones de nuestra capacidad de conocer. Nuestro avance en la comprensión del
mundo, y mucho más de su sentido, está paradójicamente en retroceso pues, como dijo
Eliot, la sabiduría va diluyéndose en el conocimiento y ese conocimiento en pura
información.
El descubrimiento progresivo de la complejidad del universo nos desborda con una
inmensidad de datos y hechos que anula nuestra capacidad de comprensión y excede y
rebosa nuestra inteligencia. Tanto hay que asimilar, tanto hay que ordenar y catalogar,
tanto hay que explorar, que no es accesible a un solo hombre.
Pareja a esta explosión de conocimiento discurre una novedosa censura epistemológica.
Hoy la única fuente de saber que se reconoce como válida es la ciencia experimental,
habiéndose abandonado las demás formas de percepción de la realidad, entre ellas la
forma poética y mítica. Con esta amputación gnóstica (en el sentido original del término
griego de gnosis como conocimiento), el hombre ha perdido elementos imprescindibles
para intentar responder a las preguntas más importantes.
Y entre tanto, no dejamos de escuchar que vivimos en el mejor de los mundos posibles,
donde la mayor información jamás conocida se ofrece al mayor número de hombres que
hayan visto los tiempos. Internet da acceso a una acumulación de datos de tal magnitud
que ni una vida ni muchas da para conocerlos. Pero esto, en lugar de traer consigo el
florecimiento de una cantidad de sabios como nunca se hayan visto, nos ha dado el
mayor número de desinformados de la historia de la humanidad. Nunca tantos han
poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Jamás tantos han tenido
acceso a tan gran cantidad de conocimiento y han utilizado menos su intelecto. El
fenómeno característico de esta época es la deambulación intelectual, la búsqueda
incesante de la nada, el tráfico obsesivo de datos y la inane persecución de lo
intrascendente. Entrar en esa biblioteca de Alejandría que es la Red es perderse en la
insustancialidad. A decir de Eliot, «todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra
ignorancia».
El reposo y la meditación, el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido, ha
desaparecido bajo la avalancha de datos y más datos que Internet nos ofrece y a los que
nos conduce con tiránica suavidad. Pero, sin reflexión, sin una cavilación sobre los
hechos, datos o ideas percibidos, no hay saber, no hay comprensión, no hay sabiduría.
En último término, lo que hay es la nada disfrazada del todo y el vacío del pensamiento.
La multiplicidad y urgencia con que vamos sucesivamente depositando nuestra atención
en los miles de llamativas atracciones con que nos seduce la Red, es inquietante cuando
uno repara en ello.
Además, esta forma de usar nuestro intelecto, esta manera de proceder de picaflor a la
que acostumbramos nuestra inteligencia, tiene sus consecuencias, como todo
entrenamiento. Porque nuestra mente se fragmenta, y no solo perdemos capacidad de
concentración, sino también competencia para elaborar un discurso coherente. Hay una
segmentación invisible entre nuestras ideas y conocimientos, que vagan en
compartimentos estancos alejadas unas de los otros, sin posibilidad de relación para
construir un raciocinio congruente y lógico. En palabras del filósofo francés Jean
Baudrillard, el pensamiento se vacía, queda en «una situación de suspensión
indefinida».
Sin embargo, los libros son todavía un refugio que puede funcionar a modo de antídoto
frente a este veneno moderno. Aunque, ciertamente, no creo que pueda decirse que la
gente no lea hoy. De hecho, lee todo el tiempo, desde los titulares de las últimas
noticias, hasta los anuncios luminosos plantados en plena calle, pasando por los correos
electrónicos, tweets, whatssappes y mensajes de texto que dominan y acaparan nuestras
horas de vigilia. Pero no me refiero a este tipo de lectura fugaz, superficial e irreflexiva.
En un reciente estudio realizado por el University College de Londres, se dice con la
crudeza que destilan los datos:
«Está claro que los usuarios no están leyendo en línea en el sentido tradicional; de
hecho, hay signos de que están surgiendo nuevas formas de “lectura” a medida que los
usuarios “navegan horizontalmente” a través de títulos, páginas de contenido y
resúmenes que buscan rápidas gratificaciones. Casi parece que se conectan a la Red
para evitar la lectura en el sentido tradicional».
El mismo artículo que están ahora leyendo, al igual que la mayoría de los que circulan
por Internet, es víctima de esta nueva forma de lectura. Atrapado en la necesidad de
captar la escasa atención que nos queda, el escritor de hoy pule sus escritos bajo la égida
de una economía exagerada, a fin de dejarlos reducidos a la mínima expresión, pues
teme, no solo el arrinconamiento y la postergación de su lectura, sino también el
abandono prematuro de la misma.
Ya en 1978, en un anticipatorio artículo titulado El futuro de la lectura de libros, el
crítico Jacques Barzun, tomando del brazo a su admirado Charles Lamb, nos advertía de
lo siguiente:
«Le doy importancia al hecho de que haya una mente detrás de un libro. Nos ayuda a
marcar una diferencia entre varios actos físicos que se parecen superficialmente pero
que son esencialmente distintos. Cuando uno coge la guía telefónica para buscar un
número, en un sentido está leyendo y en otro no está haciendo nada parecido. En
general, la lectura para obtener información, por muy indispensable que sea, no es una
lectura en el sentido final. Puede tener importancia para el momento, como cuando
necesitas ese número de teléfono. Pero hace poco por tu alma: no remodela tu mente ni
reeduca tus emociones. No proporciona placeres sostenidos, ni simple entretenimiento,
ni alegría trágica, ni alegría serena, ni sabiduría, todo lo cual puede hacer un buen
libro.
Estas son algunas de las razones que Charles Lamb tenía en mente cuando escribía
contra los libros que no eran libros, libros que eran como lobos con piel de cordero. Se
refería a todos los libros de referencia, a todo lo que se escribe únicamente para
informar: guías, compendios, informes factuales y estadísticos, tratados y polémicas de
todo tipo, una clase muy grande de obras en cualquier momento. Tenía la convicción de
que estos libros tienden a eclipsar a los verdaderos, a sacarlos de la circulación, a
enterrarlos vivos, y cuando encontraba un libro verdadero, lo besaba».
Y así, lo que prolifera en la Red son las listas (Los 10 mejores…), los sucesos y las
instrucciones (Aprenda a… en pocos pasos), y lo que se vuelve rareza son los escritos
con enjundia, esos que hacen pensar.
Este contenido todavía puede encontrarse en los libros, y a lo que quiero referirme hoy
es al efecto que podría producir en nosotros, a modo de un bálsamo, de un elixir o de un
remedio. Hablo de lo que se conoce por lectura profunda y atenta de un buen libro,
desconectada del trajín diario y del tiovivo de lo digital; centrada, seria y meditabunda.
Es este tipo de lectura –realmente, el único valioso– el que está en vías de extinción y,
paradójicamente, es causa de la dolencia al tiempo que antídoto para la misma.
La lectura de los verdaderos libros puede ofrecernos muchas cosas. No solo la
oportunidad de explorar la mente de otros hombres –como decía Lamb– o remodelar
nuestro pensamiento y reeducar nuestras emociones, proporcionándonos «placeres
sostenidos», «simple entretenimiento», «alegría trágica y serena» y «sabiduría», como
señalaba Barzun. También puede brindarnos la ocasión de entrenar nuestra capacidad de
concentración, de seguimiento de razonamientos más o menos complejos, de reflexión,
análisis y crítica. De igual forma, puede recordarnos lo que es una historia, la
coherencia de un relato, con su planteamiento, nudo y desenlace. Pero, sobre todo, los
libros pueden regalarnos tiempo, el que se emplea en leerlos, el justo y necesario para
poder realizar todas estas funciones de la inteligencia a las que me he referido, para
asimilar lo transmitido, rescatando nuestro pensar de esa situación de «suspensión
indefinida», de que hablaba Baudrillard.
Porque, el libro, debido a su naturaleza, proscribe todas esas urgencias, distracciones y
fragmentaciones que la maravillosa Internet trae consigo, y puede conducirnos a una
vida intelectual rica y profunda, y más humana. Aunque, quizá no haya que llegar a los
extremos de Charles Lamb, que en el famoso ensayo mentado por Barzun
(Pensamientos sueltos sobre los libros y la lectura, 1822) declaraba sin rubor:
«A riesgo de perder algo de crédito ante su inteligencia, debo confesar que dedico una
parte no desdeñable de mi tiempo a los pensamientos de otras personas. Fantaseo
sobre mi vida en especulaciones ajenas. Me gusta perderme en las mentes de otros
hombres. Cuando no estoy caminando, estoy leyendo; no puedo sentarme y pensar. Los
libros piensan por mí».
Así y todo, y aun cuando los libros no han de pensar por nosotros, tampoco podemos
permitirnos el lujo de no pensar en absoluto. Porque aquello que leemos o no leemos
nos define, a pesar de que finjamos ignorarlo. No solo somos lo que leemos, también
somos cómo leemos. Y este estilo de lectura promovido por la Red, que busca la
eficiencia y la inmediatez y proscribe la reflexión y la profundidad de pensamiento, nos
debilita como personas. Por esta razón, los libros impresos y la lectura tradicional,
profunda y concentrada que traen consigo, son hoy más necesarios que nunca. No, no
podemos prescindir de los libros. Son «medicina para el alma», como rezaba el
frontispicio de la biblioteca de Tebas.
Pero, no nos engañemos. Esta no es una tarea fácil. Cualquier rescate es un lance duro,
arriesgado y difícil, en el que hay que poner empeño, voluntad y esperanza, y con la
lectura de libros lo que procede es un rescate en toda regla. Alguien la ha secuestrado y
hay que salvarla. ¿El culpable?, ya lo hemos señalado en los anteriores párrafos: somos
nosotros mismos, y por ello es en nosotros mismos en donde habremos de buscar la
solución, a pesar de tener a todas las fuerzas imperantes de la cultura en nuestra contra.
DE POR QUÉ LOS BUENOS Y GRANDES LIBROS SON HOY TAN
NECESARIOS
julio 10, 2021

«Las virtudes también andan desencadenadas; y vagan con mayor desorden y causan
todavía mayores daños. Pudiéramos decir que el mundo moderno está lleno de viejas
virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, porque fueron
aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias».
G. K. Chesterton. Ortodoxia.
No sé si ustedes se habrán apercibido, pero últimamente se ha hecho muy común un
grave vicio del intelecto: muchas personas, incluido en ocasiones yo mismo, hacemos
poco uso de la reflexión, y además, en las cada vez más escasas ocasiones en que nos
ponemos a pensar, esta operación con frecuencia no responde a un proceso racional.
Gran cantidad de gente se lanza hoy a actuar movida por impulsos y sentimientos, bajo
el dominio de sus apetitos, que son quienes se han adueñado de su voluntad. Así vemos,
día sí día también, socavarse impunemente los más básicos principios de la lógica.
Probablemente muchos de ustedes habrán experimentado la imposibilidad de entenderse
con personas con las que, teóricamente, comparten creencias y principios, como la
prevalencia del bien sobre el mal y la defensa de la vida, personas de buenas intenciones
y sin aparente mala fe con las cuales, por razón de esas convicciones comunes, debería
haber un cierto entendimiento. Sin embargo, sorprendentemente no suele haber acuerdo,
elevándose ante nosotros un muro que parece inexpugnable a cualquier razonamiento
basado en la naturaleza y propósito de las cosas. Todo aquello que choque con los
deseos y las apetencias, por mucho que suene contradictorio o absurdo, suele ser
apartado de la criba de la razón.
Este pensamiento corrompido trae como consecuencia un actuar en contra del orden
natural de las cosas y un alejamiento de la realidad última de las mismas, lo que nos
sitúa en un mundo donde, como predijo Chesterton, las virtudes se han vuelto locas y,
aisladas unas de otras vagan solitarias causando daño.
Aunque no se trata de ninguna novedad, pues los diagnósticos de sus causas pueden
rastrearse ya desde antiguo, mucho más allá de Chesterton. Unos análisis, por cierto, de
una actualidad verdaderamente sorprendente.
Por ejemplo, vemos advertencias en Platón y su República, con su premonitoria
descripción del hombre democrático. Allí el filósofo griego nos dice que para este tipo
de sujeto el menor vestigio de moderación es sentido como algo intolerable. «En su
determinación de no tener amo» y de consagrarse al ejercicio de una libertad
incondicional, termina ignorando «todas las leyes, escritas o no», y sosteniendo «que
todos los placeres son de la misma naturaleza y merecen ser satisfechos por igual».
De esta forma, la mera idea de un orden natural de las cosas que determine que algunos
deseos son desordenados y deben ser rechazados por la razón, se vuelve odiosa e
intolerable para él. Como consecuencia de ello, la poesía, la arquitectura, la música y el
arte en general, carentes de control, guía o propósito, terminan pervirtiéndose por «la
falta de gracia, de ritmo y de armonía», y desembocan en una cultura que glorifica «la
maldad, la intemperancia, la vileza o la fealdad». Tal estado de cosas causa en los
ciudadanos (especialmente los niños y jóvenes) un grave daño, al acumular en sus
almas, «poco a poco y sin que se den cuenta, una enorme masa de maldad y vicio», que
corrompe las sensibilidades morales y la capacidad de argumentación racional.
Ese es, según el filósofo, el destino irónico de las sociedades que, como hoy la nuestra,
valoran la libertad y la igualdad por encima de la virtud.
Más adelante, en la Edad Media, santo Tomás nos habla de cómo la lujuria (entendida
como deseo sexual desordenado) abunda en este peligro. Según el de Aquino, el sexo se
vuelve vicioso cuando se satisface de forma que frustra sus fines naturales o de manera
inadecuada.
Para el Aquinate, la generalización de ese desorden no solo es peligrosa en sí misma,
sino que también lo es por sus efectos colaterales, ya que tiende a traer consigo otras
dolencias morales, las que él denomina «las ocho hijas de la lujuria», cuatro de las
cuales se refieren al intelecto y cuatro a la voluntad. Aquí me centraré únicamente en lo
que él llama «ceguera de la mente», mediante la cual el «simple [acto de] comprensión,
que aprehende algún fin como bueno (...) es obstaculizado por la lujuria». Se trata,
además, de un vicio especialmente intenso, porque como dice el mismo Aquino es «el
mayor de los placeres; que absorbe la mente más que cualquier otro», y por ello afecta
de manera especial a la virtud cardinal de la prudencia.
Es decir, que según santo Tomás el vicio sexual arraigado le vuelve a uno estúpido en
todos los órdenes, al traer consigo un tipo de corrupción cognitiva, la «ceguera de la
mente», que «casi totalmente empece el conocimiento de los bienes espirituales»,
impidiendo al hombre apreciar qué es lo bueno y verdadero.
Y lo cierto es que en la actualidad ese deseo sexual viciado campa por sus respetos entre
nosotros, con la generalización de la contracepción, del aborto, de la homosexualidad y
de la pornografía. Una sexualidad desordenada que está en todas partes y que desde
todas ellas acosa a nuestros hijos.
Pero las advertencias no nos llegan solo de un lado, aunque sea el correcto. En la
modernidad, entre los grandes ateos, podemos encontrar una admonición similar en un
filósofo como Friedrich Nietzsche.
El pensador alemán sostuvo que Dios había muerto, pero en absoluto pensaba que eso
supondría el inmediato advenimiento de un paraíso. Por el contrario, previó que pronto
las sombras envolverían Europa, y que sobre ella caería una «lógica monstruosa del
terror... Un eclipse de sol como probablemente nunca ha acaecido todavía en la
tierra».
Pero, si Nietzsche decía esto era porque estaba convencido de que una civilización no
podía sobrevivir sin un fundamento moral, como en el caso proporcionaba el
cristianismo, y aunque él lo despreciaba y abogaba por su destrucción, sabía que el
camino hacia un nuevo orden estaba inexplorado y lleno de incógnitas, y que habría un
precio que pagar. Parte de ese precio se tradujo en una merma en la racionalidad del
pensamiento. Para Nietzsche la muerte de Dios privaría de todo fundamento a uno de
los principios clave de la modernidad: la igualdad. Muerto Dios, ya no habría razón para
creer en la igualdad moral básica de todos los seres humanos.
«Rompiendo un concepto principal del cristianismo, la fe en Dios, uno rompe el
esquema: nada necesario se mantiene en las manos de uno».
Sin embargo, el filósofo advirtió que, sorprendentemente, esa falla no era percibida por
la mayoría de los hombres modernos. Así, escribió:
«El utilitarismo (socialismo, democracia) critica el origen de las valoraciones morales,
pero cree en ellas tanto como el cristianismo. (¡Qué ingenuidad, como si la moral
pudiera sobrevivir cuando falta el Dios que la sanciona!)».
Todas estas advertencias parecen hoy más actuales que nunca. La destrucción de ese
realismo en el pensamiento que, con metódica cadencia, se viene produciendo desde los
nominalistas de finales del medievo, está en plena efervescencia. Con ello un nuevo tipo
de hombre se abre paso, uno que se asemeja mucho a los endemoniados de Dostoyevski,
a las tarántulas de Nietzsche, al ciego de mente de santo Tomás o al hombre
democrático de Platón; un hombre que, como he dicho, no hace ya uso de la razón y se
guía preferentemente por apetitos y pasiones.
Ello nos sitúa ante la necesidad de educar a nuestros hijos en un sistema de pensamiento
que les ayude a separar el trigo de la paja, para anticiparse así al golpe epistemológico
que está perpetrando la modernidad. Una educación que les permita evitar ese «daño
acumulativo» para el alma del que advertía Platón y esa «ceguera de la mente» de la
que hablaba santo Tomás.
Creo que una de esas posibles fórmulas educativas puede encontrarse en la literatura, en
la buena y gran literatura. En las páginas de esos grandes y buenos libros se encierra
todavía un esquema del mundo conforme a su naturaleza y propósito, a modo de ovillo
de Ariadna que quizá pueda ayudarnos a transitar por entre el laberinto de la
modernidad.
Además, estos buenos libros son hoy una de las pocas maneras de conectar a los chicos
con la realidad, a fin de que crezcan en la conformidad con la naturaleza y no contra
ella. Nuestros hijos viven inmersos en un mundo cotidiano pleno de irrealidad. La
música, el cine, la televisión, los videojuegos, y lo que es más grave, la propia acción
social y política y su traducción legal, están impregnados de una filosofía contra natura
que trata de hacer pasar por cierto aquello que es ficticio, y que les impulsa, de forma
suicida, a contravenir el curso natural de las cosas. Pero los buenos libros pueden
ayudarlos a escapar de esa red de irrealidad, ya que en su interior todavía se guarda un
mundo en el que prima lo real, y por ello son de un enorme valor.
Por supuesto, habrá que realizar una elección y una criba (de algo así trata
modestamente este blog), pues no toda literatura responde a ese esquema tradicional del
orden de las cosas al que me refiero.
Así que apliquémonos a la tarea, porque nuestra obligación es evitar que este nuevo y
desordenado orden subvierta en nuestros hijos sus rasgos más propiamente humanos, a
saber, su entendimiento y su voluntad.
VOLVER A LA POESÍA
julio 26, 2021

«La primera cosa que debe hacerse con un poema o canción es simplemente aprenderlo
de memoria».
Denis Quinn

«El verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, recuerda
que fue un canto».
Jorge Luis Borges

Vuelvo a la poesía. Y no me cansaré de volver, se lo advierto a ustedes. Si escribo sobre


ello una y otra vez es para tratar de transmitirles la importancia que tiene una visión
poética del mundo, la relevancia de su ausencia e, igualmente, la fatalidad de su
abandono. Un abandono que hoy sufrimos y que quizá sea uno de los factores de nuestra
desorientación y desamparo. Si fuera poeta, si estuviera bendecido por las musas, les
escribiría incesantemente versos instándoles a que los recitaran en voz alta. Pero he de
conformarme con lo que me ha sido dado.
Hoy podrá resultar un hecho algo curioso y hasta chocante pero la primera forma de
contar historias fue la poesía y no el relato. Con ella el hombre tenía a su disposición un
instrumento inigualable para tratar de acercarse a la realidad tal y como es en su
misterio oculto.
Porque el oído estaba en el principio, pues la Palabra no fue escrita sino dicha. La
recitación, apoyada en la memoria, era el medio primigenio de transmisión del
conocimiento. A esto se refieren las palabras de C. S. Lewis cuando dice que «toda la
poesía es oral, pronunciada por la voz, no leída, y, por lo que se nos dice, tampoco
escrita. Y toda la poesía es musical». A ello se refiere Borges en la frase de inicio,
porque lo que los poemas nos recuerdan, una y otra vez, es que inicialmente fueron un
canto.
Pero llegó un día en que el hombre gutembergiano cambió el oído por la vista y
entonces todo comenzó a cambiar. Platón y Sócrates lo habían advertido mucho tiempo
antes (Fedro, 370 a. C.), en una profecía que hoy resuena muy actual:
«Esto, en efecto, producirá en el alma de los que lo aprendan el olvido por el descuido
de la memoria, ya que, fiándose a la escritura, recordarán valiéndose de caracteres
ajenos, no desde su propio interior y de por sí. (...). Es la apariencia de la sabiduría, no
su verdad, lo que procuras a tus alumnos».
C. S. Lewis también nos ilustró sobre esta cuestión en dos de sus libros, La alegoría del
amor (1936) y Un prefacio al Paraíso Perdido (1942). En estas obras, y desde su
posición de erudito, explica que la poesía alegórica y épica fueron desde un principio las
formas dominantes de contar historias en Occidente, y traza su desarrollo a través del
tiempo, de los griegos a los renacentistas, comenzando con La Ilíada de Homero y
terminando con El Paraíso Perdido de Milton y El Progreso del Peregrino de Bunyan.
Las obras citadas de Milton y Bunyan, publicadas en 1667 y 1678, respectivamente,
fueron según Lewis las dos últimas epopeyas alegóricas escritas en inglés. Con la
publicación de estos dos grandes poemas la cultura occidental inició el abandono de su
ancestral manera de contar historias. Las formas antiguas fueron muriendo poco a poco,
pero la sed del hombre por las historias no cesó. El teatro de Shakespeare y la prosa de
Cervantes remplazaron a la poesía alegórica y épica, y en este primer momento pareció
que nada se había perdido. Pero fue un espejismo como vemos hoy. Borges lo enuncia
así en el prólogo a su libro de versos, La rosa profunda (1975):
«La literatura parte del verso y puede tardar siglos en discernir la posibilidad de la
prosa. Al cabo de cuatrocientos años, los anglosajones dejaron una poesía no pocas
veces admirable y una prosa apenas explícita. La palabra habría sido en el principio un
símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir
a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos
deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como
la cercanía del mar».
De esta forma, el hombre comenzó a abandonar la poesía y a abrazar la retórica, la
narrativa histórica, los hechos y los datos. Dejó el mito sin darse cuenta de que se
abalanzaba sobre la fría información. Y de la palabra hablada pasó a la escrita, y del
signo gramático se deslizó hacia el numérico. La palabra, incluso la escrita, fue
arrinconada, siendo sustituida, casi imperceptiblemente pero de manera incesante, por el
dato. La novela y el relato escrito iniciaron su era, aunque en vez de servir pasaron a
reinar, y la voz y la memoria se fueron apagando. Y la forma se apartó del fondo, y
comenzó a diluirse en un extenso mar de confusión, y la verdadera sabiduría se fue
extinguiendo, lenta e inexorablemente, como la luz de una vela.
Sin embargo, la forma natural de comunicar de todo hombre es y ha sido siempre la
palabra oral. En todas la culturas han existido personas que se han ocupado de llevar a
cabo esta transmisión combinando el verbo y la memoria: rapsodas griegos, bardos
celtas, poetas árabes, guslares rusos, ritmadores touaregs, juglares medievales y
meturgemanes hebreos, entre los cuales, según Castellani, se encontraba nuestro Señor.
¿No se han preguntado nunca porque Él, el Logos, La Palabra, no dejó escrito para
nosotros ningún libro? Sin embargo, nos dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis
palabras no pasarán». Optó por la poesía, por la oralidad musical de la parábola y del
aforismo, en un lenguaje ardiente, imaginativo y poderoso. Resulta imposible no sentir
lo poético de sus palabras, y ello, a pesar de que hayan sido traducidas, transcritas y
forzadas a permanecer encorsetadas en una retórica narrativa, perdiendo así parte de su
vivacidad poética. Unas palabras que, como dice el escritor norteamericano Joseph
Sobran, «tienen un poder único que las diferencia de todas las demás palabras,
meramente humanas. Incluso alejadas de su idioma original, todavía nos penetran y
gobiernan nuestras conciencias. Han cambiado el mundo profundamente. Él no sólo
hizo milagros, sino que habló milagros. Las palabras que leemos de su boca son
milagros. Tienen un efecto sobrenatural».
Quizá fue así, debido a esta incapacidad nuestra para vivir permanentemente en lo
poético, que solo podemos recibir como a pequeños sorbos, a través de un mero reflejo
(per speculum...), mediante la transformación del poema en narración, o por medio del
impacto de lo extraordinario y lo insólito de la naturaleza creada. Sabedor de ello, Cristo
instauró y dio ejemplo de una vida sacramental y de una enseñanza verbal y conductual.
Es en esa combinación de actos, gestos y palabras, unida a la facultad de la memoria y
la imaginación, donde Cristo depositó su Evangelio, y no en el relato secuencial de
hechos escrita en libros. En escolio de Gómez Dávila podría decirse que «Cristo al
morir no dejó documentos, sino discípulos».
A este respecto, vuelvo a Sobran, quien escribe: «La vida de la Iglesia, tal como la
prescribió Cristo, era sacramental. Nunca les dijo a los Apóstoles que escribieran
libros; les dijo que bautizaran, que predicaran el Evangelio, que perdonaran los
pecados y que conmemoraran el momento culminante de su ministerio antes de la
Pasión, la Última Cena. Les delegó su propia autoridad y dejó mucho a su discreción,
bajo la guía del Espíritu Santo». Por eso la imaginación cristiana está pegada a la
palabra vibrante y discurre entre lo simbólico y lo sacramental.
Ocurre que, si descuidamos esta limitada capacidad para captar lo poético del mundo la
iremos perdiendo sin remedio. Y no debemos dejar que esto ocurra. C. S. Lewis nos
habla de su relevancia:
«La poesía tiene como objetivo producir algo más parecido a la visión que a la acción.
Pero la visión, en este sentido, incluye las pasiones. Ciertas cosas, si no son vistas
como encantadoras o detestables, no son vistas en absoluto. (...). En la retórica, la
imaginación está presente por el bien de la pasión, mientras que en la poesía, la pasión
está presente en aras de la imaginación, y por lo tanto, a largo plazo, en aras de la
sabiduría, la salud espiritual, la rectitud y la riqueza de la plena respuesta del hombre
al mundo».
El sonido y el ritmo, esa música propia de la poesía, cobra vida cuando se recita y
declama en voz alta, de memoria. Borges nos dice que «un verso bueno no permite que
se lo lea en voz baja, o en silencio. Si podemos hacerlo, no es un verso válido: el verso
exige la pronunciación». Una pronunciación que nos ofrece una melodía, que
nos envuelve en una canción.
El filósofo católico Peter Kreeft, hablando de la belleza ínsita en una obra como El
Señor de los Anillos (1954/55), escribe al respecto lo siguiente:
«El Señor de los Anillos está lleno de música, lleno de música. En uno sus índices, al
final del libro, se enumeran canciones o poemas. Nombres propios, claro. Lugares, por
supuesto que sí. Pero, ¿canciones o poemas? Sin embargo, hay tantos, tantos, que
necesita un índice. Los hobbits cantan himnos a El-Beret, y canciones para caminar y
para el baño. Al igual que Tolkien, Bombadil es un escritor de prosa que está lleno de
poesía y música. Peter Beagle, en la introducción a “A Tolkien Reader", lo llama “un
escritor cuya propia prosa está en sí misma rebosante de plena poesía". Creo que la
música es una parte esencial del encanto élfico. Cuando la Comunidad entra en
Lothlorien, Sam dice: “Siento como si estuviera dentro de una canción, si entiende lo
que quiero decir". Y así es como nos sentimos cuando entramos de lleno en este libro».
A eso es a lo que me refiero. Así es como quiero que se sientan mis hijas, como si
estuvieran dentro de una canción. ¿Ustedes no?
Pero hoy día, ni en casa ni en la escuela, ni siquiera en nuestras iglesias, se educa la
sensibilidad poética, y mucho menos en la televisión, el cine o las redes sociales.
Recitar en voz alta y aprender viejos poemas y canciones es algo que ya no se estila. Se
nos pide, mejor dicho, exige, que olvidemos la memoria y la recitación y que
renunciemos a su belleza, total ¿para qué sirve? La tosquedad con la que se lleva acabo
esta deserción es pareja a la barbarie con la que trata de cubrirse el vacío resultante.
Esas recitaciones, esos esfuerzos memorísticos de cantos y rimas, son quizá uno de los
últimos enlaces que nos quedan con el mundo de la tradición oral. Un puente por el
que podríamos transitar hacia nuestra propia identidad, que la fuerza de la imprenta no
pudo romper, pero que la seducción de la imagen está quebrando ya.
Quizá deba ser así. Es posible que, como dijo Gómez Dávila, la literatura ha de pasar
por tres edades, «primero sueño, después inventario, en fin confesión», y que hoy
estemos en «el inventario». Pero me resisto a ello. «El sueño» de la etapa primera no
debe perderse. Todavía hay esperanza, todavía podemos traer la poesía a nuestras vidas
y a las de nuestros hijos.
El profesor Anthony Esolen lo dice mucho mejor:
«“Quien quiera salvar su vida debe perderla", dice el Señor, y eso es una ley del propio
ser. Es la ley de la peligrosa vida de la belleza y el amor. Las artes pueden atraernos a
esa vida y ayudarnos a salir del moderno mecanicismo del trabajo por el trabajo. No
podemos hacer ninguna apuesta segura sobre a dónde nos llevará la lectura del
“Paraíso Perdido”. Si se lee con espíritu de fiesta, recibiéndolo como un regalo al que
no se tiene derecho, su belleza, siempre gratuita y desbordante más allá del estrecho
mundo de la utilidad, puede cambiarnos para siempre. Si entramos en ese templo,
podemos aprender a quitarnos los zapatos de los pies, a liberarnos de la brida de la
espalda. Puede que veamos cosas que nuestros amos no desean porque entonces ya no
serían nuestros amos. Podemos inclinar el oído y el corazón a una música que ellos han
tratado de ahogar. Podemos incluso captar la insinuación fugaz, como una voz leve y
queda en la cima de una montaña, del Amor que mueve el sol y las estrellas».
Sin embargo, no esperen recibir mucha ayuda en lo que será un regreso ingrato y duro.
Así y todo: ¡volvamos a la poesía! ¡Recobrémosla! ¡Hagamos que recupere su voz! Y
como decía el filósofo ruso Pavel Florensky, no dejemos nunca de leer en voz alta
hermosos poemas.

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