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Textos Sobre El Mundo Escolar.

El documento presenta una serie de relatos que exploran la relación entre la educación y el éxito personal. A través de historias de un hombre que despierta en un mundo moderno, el agradecimiento de Albert Camus a su maestro, y el impacto de una maestra en la vida de jóvenes en riesgo, se destaca la importancia de la enseñanza y el apoyo emocional en el desarrollo de los estudiantes. También se incluyen relatos sobre la vida escolar y las experiencias de los niños, reflejando sus miedos y expectativas en el contexto educativo.

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Textos Sobre El Mundo Escolar.

El documento presenta una serie de relatos que exploran la relación entre la educación y el éxito personal. A través de historias de un hombre que despierta en un mundo moderno, el agradecimiento de Albert Camus a su maestro, y el impacto de una maestra en la vida de jóvenes en riesgo, se destaca la importancia de la enseñanza y el apoyo emocional en el desarrollo de los estudiantes. También se incluyen relatos sobre la vida escolar y las experiencias de los niños, reflejando sus miedos y expectativas en el contexto educativo.

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LA ESCUELA DEL AYER

Hubo una vez un hombre que, tras vivir durante casi cien años en estado de hibernación,
un día volvió en sí y quedó sobrecogido por el asombro de tantas cosas insólitas que veía y
no podía comprender: los carros, los aviones, los rascacielos, el teléfono, la televisión, los
supermercados, las computadoras... Caminaba aturdido y asustado por las calles, sin
encontrar referencia alguna con su vida, sintiéndose como una rama desgajada del tronco
de la vida, cuando vio un cartel que decía: ESCUELA. Entró allí, por fin pudo reencontrarse
con su tiempo. Prácticamente todo seguía igual: los mismos contenidos, la misma
pedagogía, la misma organización del salón con la tarima y el escritorio del profesor, el
pizarrón, y los pupitres en fila para impedir la comunicación entre los alumnos y fomentar
el aprendizaje memorístico e individual.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………

ALBERT CAMUS
Albert Camus, cuando era niño, vivió en Argelia una vida de trabajos y pobreza. Sin
embargo, llegó a ser un gran intelectual y un afamado escritor que logró obtener el
Premio Nobel de Literatura en el año 1957. En la siguiente carta, la cual escribió días
después de recibir el galardón, le manifiesta un infinito agradecimiento a su maestro de
infancia – el maestro Germain - porque todos sus triunfos se los debe a sus inolvidables
enseñanzas:

Esperé que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes
de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he
buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y
después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo
era, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que
dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la
oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de
corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en
ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años,
no ha dejado de ser un alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas,

Albert Camus.
……………………………………………………………………………………………………………………………………………
LA MAESTRA DE LAS VILAS DE BALTIMORE
Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas míseras de
Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en situación de riesgo.
Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada muchacho. En todos los casos,
los investigadores escribieron: “No tiene ninguna posibilidad de éxito”.

Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio


anterior y decidió continuarlo. Para ello, envió a sus alumnos a que investigaran qué había
sido de la vida de aquéllos muchachos que, veinticinco años antes, parecían tener tan
poca posibilidad de éxito. Exceptuando a veinte de ellos, que se habían ido de allí o habían
muerto, los estudiantes descubrieron que casi todos los restantes habían logrado un éxito
más que mediano como abogados, médicos y hombres de negocio.

El profesor se quedó pasmado y decidió seguir adelante con la investigación.


Afortunadamente, no le costó mucho localizar a los investigados y pudo hablar con cada
uno de ellos.
-¿Cómo explica usted su éxito? -Les fue preguntando.
En todos los casos, la respuesta, cargada de sentimientos, fue:
-Hubo una maestra especial…
La maestra todavía vivía, de modo que la buscó y le preguntó a la anciana, aunque
todavía lúcida mujer, qué fórmula mágica había usado para que esos muchachos hubieran
superado la situación tan problemática en que vivían y triunfaran en la vida.
Los ojos de la maestra brillaron y sus labios esbozaron una grata sonrisa:
-En realidad, es muy simple –dijo-. Todos esos muchachos eran extraordinarios. Los
quería mucho.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………

EL CABALLO
Jairo Aníbal Niño (Colombia)

-¿Qué tiene en el bolsillo?

Un Caballo.

-No es posible… ¡Niña tonta!

Tengo un caballo
que come hojas de menta y bebe café.
-¡Embustera! Tiene “0” en conducta.

Mi caballo canta
y toca el armonio
y baila boleros,
bundies y reggae.

-¿Se volvió loca?

Mi caballo galopa
dentro del bolsillo
de mi delantal
y salta en el prado
que brilla en la punta
de mis zapatos de colegial.

-¡Eso es algo descabellado!

Mi caballo es rojo,
azul o violeta,
es naranja, blanco o verde limón,
depende del paso del sol.

Posee unos ojos color de melón


y una larga cola
que termina en flor.

-¡Tiene “0” en dibujo!

Mi caballo me ha dado
mil alegrías,
ochenta nubes, un caracol,
un mapa, un barco, tres marineros,
dos mariposas y una ilusión.

-¡Tiene “0” en aritmética!

Qué lástima y qué pena


que usted no vea
al caballo que tengo
dentro de mi bolsillo.

Y la niña sacó el
caballo del bolsillo de su delantal,
montó en él
y se fue volando…

……………………………………………………………………………………………………………………………………

EL MAESTRO
Eduardo Galeano (Uruguay)

Los alumnos del sexto grado, en una escuela de Montevideo, habían organizado un
concurso de novelas.

Todos participaron.

Los jurados éramos tres. El maestro Oscar, puños raídos, sueldo de fakir, más una alumna,
representante de los autores, y yo.

En la ceremonia de la premiación, se prohibido la entrada de los padres y demás adultos.


Los jurados dimos lectura al acta, que destacaba los méritos de cada uno de los trabajos.
El concurso fue ganado por todos, y para cada premiado hubo una ovación, una lluvia de
serpentinas y una medallita donada por el joyero del barrio.

Después, el maestro Oscar me dijo:

-Nos sentimos tan unidos, que me dan ganas de dejarlos a todos repetidores.

Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo,
se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo
me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que ella quería al
maestro, lo quería muuuuuuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de
equivocarse.

…………………………………………………………………………………………………………………………………….
El día en que no hubo clase
Yolanda Reyes (Colombia).

Era domingo en su peor hora. Seis en punto de la tarde. Al otro día, colegio. A Juan
Guillermo le empezó un nudo en el estómago. Ahí en su cuarto estaba la maleta intacta,
con todos los libros guardados, y las tareas sin hacer.

Había pensado en hacerlas el viernes para salir de “eso”, pero luego llegó Pablo y lo invitó
a montar en bicicleta.

-Las hago el sábado por la mañana - pensó Juangui, pero el sábado se fue a hacer mercado
con la abuela.
-Las hago después – pero después era el cumpleaños de Silvia y después estaba tan
cansado que dijo “mejor el domingo por la mañana”, pero el domingo se levantó
tardísimo y, para completar, daban buenos programas en la televisión y luego le tocó
arreglar el cuarto y salir a almorzar y así sucesivamente.

Al final, nunca hubo tiempo de hacer tareas… Era domingo a la peor hora y el nudo en el
estómago se enredaba cada vez más.

Entonces, para disimular los nervios, prendió la televisión.


-Sólo un ratico, pos saber qué están dando y luego sí empiezo. Total, a esta hora nunca
hay buenos programas.

En la pantalla había una especie de mago: un mentalista famoso con turbante en la cabeza
y acento extranjero. Doblaba un cuchara con las cejas fruncidas; el típico y viejo truco. La
cuchara se dobló. Juan Guillermo, como tantos millones de televidentes, obedeció las
órdenes del mentalista. Se fue a la cocina y trajo un tenedor. Hizo todo al pie de la letra.
Frunció las cejas y cerró los ojos para sacar la energía magnética del cerebro y doblar las
moléculas del tenedor. Nada. El tenedor no se inmutó. Juan Guillermo no pudo terminar
su lección de energía magnética porque lo llamaron a comer.

Después de la comida, el mentalista se había ido de la T.V. y en su lugar daban “Guerra de


Estrellas”. La vio entera y después ya no hubo caso de hacer las tareas porque el sueño le
cerraba los ojos.

-Mañana en el paradero le pido a Andrés que me explique la tarea de matemáticas, por si


me pasan al tablero.

Con esta idea, se le quitó un poco el nudo del estómago y se durmió profundamente.
Adivinen con quién soñó… Pues con el mentalista y con sus ejercicios de control mental…
El lunes, a la peor hora: ¡seis en punto de la mañana! sonó puntual el despertador. Juan
Guillermo se acomodó entre las cobijas para despedirse del sueño y se despertó una hora
más tarde con los gritos de mamá.

-¡Mire que si lo deja el bus, el castigo es para mí porque me toca llevarlo!


Y así fue. Juan Guillermo se tomó el chocolate sin pan ni jugo, se bañó en sesenta
segundos, salió con la corbata en una mano y la peinilla en la otra y corrió sin parar, pero
el bus ya iba en la otra esquina y no pudo alcanzarlo.

Así que volvió a casa, con cara de niño regañado y mamá, furibunda, con la piyama debajo
del abrigo, salió rumbo al colegio repitiendo la misma cantaleta reservada para esas
ocasiones.

-Que pasara algo y no pudiera llegar - pensó Juan Guillermo y, por pura casualidad, el
carro dio tres estornudos y quedó varado entre una fila de carros, en plena calle principal
en plena hora principal.

Mamá se bajó con la piyama asomada debajo del abrigo. Pasó revista a todo el carro,
desde las llantas hasta el motor, haciéndose la que sabía de mecánica pero el carro no se
creyó el cuento y siguió paralizado.

-Pobre mamá - pensó Juan. Se veía tan ridícula con su cara de sueño y su piyama debajo
del abrigo, que él intentó hacerse algo. Se acordó del mentalista y le ordenó a las
moléculas del carro que se arreglaran. Por pura casualidad, mamá dio tres zapatazos a la
batería y el carro estornudó tres veces y quedó perfecto. Pero ya era tardísimo y el tráfico
estaba imposible.

-Llegas porque llegas - dijo mamá y siguió su marcha sin decir una palabra más.
Por fin, ¡a las ocho y veinte minutos! llegaron a la puerta de hierro del colegio. Juan se
bajó sin un beso porque mamá seguía iracunda.

-Qué lunes tan lunes – pensó. Y deseó con todas sus fuerzas que ese día no hubiera clase.
Adentro todo estaba en silencio, El corredor, vacío de niños y las puertas de todos los
cursos cerradas. Juan Guillermo avanzó, con el terrible nudo en el estómago, tratando de
imaginar una buena disculpa para decirle al profesor.

Por fin llegó a Cuarto “B”. A primera hora, matemáticas, le recordó el horario que estaba
pegado afuera, y él no había hecho la tarea, ya sabemos por qué. Juan Guillermo pegó la
oreja a la puerta para tratar de oír en qué iba la clase. El corazón le latía durísimo. Del
resto, no se oía nada. Silencio absoluto. El estómago se le enredó del todo, en un nudo
ciego. El silencio era síntoma de lo peor y lo peor era previa sorpresa. Y cero seguro para
él.
Con toda la valentía que alcanzó a reunir en su cuerpo, Juan Guillermo Mantilla cerró los
ojos, cruzó los dedos, recitó el famoso “Sortilegio para que no haya colegio” y se obligó a
entrar a clase, de un empujón… Abrió la puerta y fue como si hubiera dado un salto al
vacío. Adentro no había clase. No había profesor ni alumnos. Ni tablero, ni pupitres, ni
armario, ni carteleras, ni techo, ni piso, ni paredes. Así como suena: NO HABÍA CLASE.
Detrás de la puerta, nada de nada. Cero absoluto, conjunto vacío. Todo un lunes por
delante. ¡Todo un lunes, entero y nuevecito, y no había clase!

…………………………………………………………………………………………………………………………………….
Maestra, No Quiero Aprender la “P”
Consuelo J. Velásquez (Venezuela)

No puedo quedarme dormido, doy vueltas en la cama, miro el techo, le cuento los
agujeros, por donde se mete la luna y el agua cuando llueve. Me volteo y me asomo para
ver los zapatos nuevos y el uniforme colgado en el clavito. Esta noche es lenta como la
noche que se llevaron a Pedro, mi hermano, tengo un susto en la barriga y tengo miedo de
aprender la ¨P¨.

Cuando llegamos esta tarde, mi mamá entró rápido para la cocina, montó la perolita del
café con un poquito que había quedado de la mañana, se lo tomó, se puso las manos en la
cabeza, se apoyó en la pared y rompió a llorar; siempre llora después de tomar café. Entró
la señora Blanca.

- ¿María cómo dejaste a Pedro?


- Bien, dentro de lo posible-, le contestó mi mamá, secándose la cara con el trapito de
agarrar las ollas.
Buscó en el cuarto el pantalón, la camisa del uniforme y la plancha, mientras la señora
Blanca le hablaba:
- ¿Y eso, por fin le pudiste comprar el uniforme?
- Sí, por fin le pude comprar el uniforme, mañana le toca ir para la escuela, vamos a ver si
la maestra lo aguanta-, le respondió mi mamá.

Seguramente, cuando mi mamá me fue a inscribir, se lo dijo a la maestra, que yo era


insoportable, que todo el día me la pasaba en la calle jugando pelota, porque ella siempre
me dice que me gusta lo malo, que salimos igual a mi papá. -¡Vamos a ver si a este le gusta
estudiar!.., y no se escapa de la escuela para ir a matar pájaros, como hacía Pedro.
La señora Blanca me puso las manos en la cabeza, me sacudió los cabellos y comentó en
voz baja:

- ¡ Estos muchachos sí que echan vaina!-, y se fue.

Mientras mi mamá planchaba yo recordaba lo que mi hermano me había dicho en la


mañana: Chamo, mañana vas pa` la escuela, ¡qué arrecho! Se puso como triste, se calló un
ratico y después me contó:

- A mí me gustaba la escuela; siempre que pasaba por allí me quedaba viendo a los
muchachos jugando en la cancha. La noche antes de ir a la escuela estaba contento, mi
mamá me había planchado el uniforme y tenía zapatos nuevos, me tocó la maestra LUISA
¡ Maestra p`arrecha!

- ¡Mira tú, métete la camisa por dentro, amárrate las trenzas y ponte en la fila!
¿Yo?
- ¡Sí, tú!

Todos los días, antes de entrar al salón, se paraba como un soldado... bueno, después de
hablar y reírse con los otros maestros, se ponía seria y comenzaba a dar gritos.
-¡ Pedro cállate, haz la fila! ¡Métete la camisa por dentro, amárrate las trenzas! ¡Mira
mijito deja de hablar! ¡No van a entrar hasta que no se callen y formen como es debido!
Después, en el salón, llenaba la pizarra de letras y decía:

-¡Saquen el cuaderno, el lápiz, y copien! Al salir, se paraba en la puerta y nos decía:


- ¡A ver si mañana hacen algo, hoy se portaron malísimo! ¡ Tú, Pedro, eres un desastre, a
ver si te acomodas!

Repetí el primer grado, no aprendí a leer, ni a escribir, ni a copiar. La maestra siempre le


mandaba notas en el cuaderno a mi mamá: “El niño no sabe leer, el niño no quiso hacer
nada, el niño no se supo la lección”.

Al principio, se las enseñaba a mi mamá, pero como me caía a palos, después, arrancaba la
hoja. Una vez la maestra le mandó un mensaje: “Ayude al niño con las lecciones”. Esa no
la arranqué, pensé que me podía ser útil. Cuando logró descifrar el mensaje, -porque mi
mamá no sabe leer muy bien que se diga-, se sentó conmigo y una tabla en la mano.
-Mira Pedro, por lo menos apréndete la “P” de Pedro, o la de palo, el que vas a llevar si no
prestas atención. Y eso fue verdad, he llevado el palo parejo. Esa “p” me ha atormentado
la vida. Peleas, Policía, PTJ, Putas, y todo por la “P”. Por “P” de ¡Pendejo! Por no querer
estudiar, por “P” de Parrandero, de Peleador, ahora me toca pagar con “P” de Preso.

Pedro se había quedado con todas las ilusiones de la vida, allí trancado, pero ahora
sin la “P” de poder salir.

Maestra, ¿Será que yo voy a ser como Pedro? ¿Y, usted, como su maestra..., que nunca
vieron nada bueno en él y él nunca vio nada bueno en la Escuela? Ahora, montado en mi
cama, agachándome a cada rato para ver mis zapatos nuevos y volteando a ver mi
uniforme colgado en el clavito, pienso en usted... ¿Será que me va a recibir con una
sonrisa cada mañana?.... Que me tome de la mano cuando esté perdido, que me abrace
cuando me vea triste o cuando logre descubrir que me encanta aprender... ¿Será maestra,
que usted tenga para nosotros un hermoso salón, lleno de cuentos, libros bonitos y figuras
en la pared?... Me dejará usar mis colores nuevos, podré pintar mi casita, mi mata de
mango y mi perrito. Maestra, será que tú le escribirás a mi mamá para decirle:

- “Cada día el niño aprende algo nuevo. La felicito señora, tiene un hijo maravilloso”.
Maestra, ¿Será que me encontraré en la cartelera mi nombre, mi foto con una palabrota
“BIENVENIDOS NIÑOS”, amantes de la buena lectura, trabajadores, estudiosos, prósperos,
productivos, participativos? Así conoceré otras palabras por “P”, y conoceré la “S” de
solidaridad, de sabiduría: la “L” de libertad y la “F” de felicidad...!!

¡Buenas noches maestra, hasta mañana!

En memoria de Daniel
a quien le mataron su cuerpo,
quince días después
de salir de la cárcel,
y le asesinaron su espíritu,
mucho antes.
A los padres,
a los maestros,
con el propósito de que abonen la tierra,
siempre con palabras dulces
en sus corazones;
arranquen con cuidado la maleza,
y rieguen con sabiduría
las bondades de los niños.
Ellos son maravillosos!!!.

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