Clase 8: Cartas Paulinas (Introducción)
Para estudiar a Pablo, su vida, su predicación y su teología, contamos con sus cartas, que
son un conjunto de 13 escritos y se denominan “Corpus paulinum”. En ese grupo hay
algunas cartas que son “auténticas”, es decir, escritas por el mismo Pablo, pero también hay
otras que son “atribuidas”, es decir, escritas tiempo después por sus discípulos.
Antiguamente se hablaba de 14 cartas de Pablo porque se incluí la llamada “Carta a los
hebreos”, pero hoy ya nadie admite que este escrito sea de Pablo ya que en él no hay
ninguna referencia al Apóstol ni su teología es compatible con la de Pablo. De las 13 cartas
que forman el “Corpus paulinum” 7 son “auténticas”: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas,
Filipenses, 1 Tesalonicenses y Filemón. El resto de las cartas fueron escritas después de la
muerte de Pablo, por discípulos de sus comunidades que, frente a los nuevos desafíos que
se presentaban para la vida cristiana, trataron de actualizar el pensamiento del Apóstol;
éstas son: Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo y Tito. A las cartas
“auténticas” se las conoce como “protopaulinas” y a las “atribuidas” como
“deuteropaulinas”. Otro elemento importante a tener en cuenta al inicio del estudio de
Pablo es que hay casos en los que algunos escritos paulinos son el resultado de la unión de
varias cartas, de hecho, 1Co 5,9 hace referencia a una carta anterior, por lo que podemos
concluir que 1Co no es la primera carta dirigida a los corintios. Pero además de los escritos
paulinos, para el estudio de la vida y las actividades del Apóstol contamos con los Hechos de
los Apóstoles. Hay que tener en cuenta que muchas veces hay diferencias entre los datos
que ofrecen las cartas y los que brinda Hechos, ¿cómo se explica esto? Hechos de los
Apóstoles es la segunda parte de la obra de Lucas y los datos que ofrece no tienen una
intención biográfica sino evangélica, se trata de un escrito teológico; en cambio a la hora de
emitir un juicio histórico, hay que atender primero a las cartas ya que son el testimonio
directo de Pablo.
El género literario epistolar
El género literario epistolar de la época griega y romana es muy conocido gracias a la gran
cantidad de cartas que se conservan. En los tiempos antiguos, las cartas eran llevadas por
mensajeros y las cartas podían ser de diferente tipo: cartas de amistad; cartas familiares;
cartas de elogio; cartas de acusación; cartas de exhortación; cartas de consuelo; cartas de
recomendación; cartas apologéticas, cartas explicativas, etc. Como los escritos paulinos
responden a este género literario el lector siempre debe tener presente que hay una parte
de la información que no está a su alcance, por eso, al leer las cartas paulinas hay que
preguntarse ¿por qué Pablo afirma tal cosa? ¿qué estará sucediendo en tal comunidad? A
veces no se encuentran respuestas a estos interrogantes.
Partes de la carta
En las cartas grecorromanas se distinguen 5 partes:
1) Saludo inicial
a) En primer lugar, va el nombre del remitente (en las cartas oficiales se añade los
títulos del mismo: “gobernador”).
b) Luego se indica el nombre del destinatario (en las cartas oficiales se añade los
títulos del mismo).
c) A continuación va una palabra de saluda que, en las cartas judías, por lo
general, es “paz”, y en las cartas del mundo grecorromano es “gracia”. San
Pablo combina el saludo judío con el grecorromano y así surge: “gracia y paz”,
finalizando con una invocación a Dios Padre y a Jesucristo.
2) Bendición o acción de gracias: antes de entrar en el tema, las primeras palabras eran
una invocación a los dioses, dándoles las gracias por los beneficios recibidos por el
remitente o los destinatarios. Pablo da gracias a Dios por la fe o por la fe, esperanza y
caridad que tienen las Iglesias o las personas a las que les dirige el escrito.
3) Cuerpo de la carta: es donde se desarrolla el tema Pablo, generalmente, expone
primero los temas dogmáticos y luego las exhortaciones morales.
4) Noticias personales: aquí se exponen las noticias personales del remitente.
5) Saludo final: es el elemento que cierra la carta. Pablo aquí hace una alabanza a Dios o
a la Trinidad.
Con frecuencia el remitente dictaba la carta o daba las ideas a un escriba, pero para
atestiguar la autenticidad, el remitente escribía los saludos con su propia mano, lo que
equivaldría a nuestra firma (cf. Gal 6,11; Col 4,18; 2Tes 3,17).
Las cartas se escribían en hojas de papiro, que es una sustancia que se fabrica con fibras de
origen vegetal, de superficie algo rugosa. Se utilizaba un solo lado de la hoja. Como
instrumento para escribir se usaban cañas o plumas de ganso cortadas en forma oblicua, de
modo que terminaran en punta. La tinta era negra y se fabricaba con hollín.
La teología de Pablo
Pablo es el teólogo más decisivo de la época del N.T. Mientras la mayoría de los autores de
los escritos del N.T. hacen uso de la pseudonimia, Pablo nos habla directamente.
La teología paulina es autónoma y muy original. Hay que tener en cuenta que el género
epistolar no permite un tratamiento ordenado de los temas, sin embargo, el documento
paulino más importante es Rm. Otro elemento a tener en cuenta es que se trata de una
teología en proceso, que va evolucionando a medida que Pablo va madurando el
pensamiento teológico.
Los presupuestos previos
Hay 3 supuestos previos a la hora de descubrir al teólogo Pablo: su vocación o llamada al
apostolado, la Escritura (A.T.) y las tradiciones cristianas ya existentes.
- La vocación
Pablo veía toda su existencia regida y sostenida por la gracia de Dios: “Por la gracia de Dios
soy lo que soy” (1Co 15,10). Sabe que esta gracia no sólo lo sustenta, sino que es lo que lo
lleva a fundar comunidades y vivía su vocación como un regalo.
Este es el motivo por el cual Pablo desarrolla en su teología el primado de la gracia,
sosteniendo que fuera de la gracia no existe ahora ningún otro camino de salvación.
Un segundo término ligado a esto es el de “revelación”. La llamada que recibe Pablo es una
revelación que Dios le concede. Revelación, en sentido bíblico, es siempre una
manifestación de Dios y, por ende, algo que excede las capacidades humanas. El contenido
de la revelación recibida por Pablo es Jesucristo como Hijo de Dios. El Hijo de Dios es su
evangelio.
- La Escritura del A.T.
Al explicar la revelación del Hijo de Dios concedida a Pablo, éste procede, por un lado, de
manera libre y autónoma, pero también está ligado a la Escritura, nuestro A.T. Pablo está
convencido de que el Dios de Israel, que se ha expresado en la Escritura, es también el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que se le ha revelado ahora.
El relato de la vocación del profeta Jeremías (1,5) le permite entender a Pablo su propia
vocación (Gal 1,15-16), esto significa que, reflexionando sobre la Escritura llega a la
convicción de que Dios ha marcado toda su existencia desde un principio, y él se equipara a
los profetas.
Pablo usa la historia bíblica, especialmente la figura de Abraham (Rm 4; Gal 3); la
generación de Moisés (1Co 10), los patriarcas Isaac y Jacob, Sara y Agar. Todas estas
historias del A.T. arrojan luz sobre el actual comportamiento de Dios, celoso siempre de su
libertad y que llama ahora a los gentiles mientras que el pueblo elegido no llega a acceder a
la fe. Lo que tiene que quedar claro que la interpretación que hace Pablo de la Escritura se
rige totalmente por el evento Cristo. No se pregunta a la Escritura por su sentido histórico,
sino que Pablo descubre en el A.T. todas las referencias a Cristo.
En esta interpretación hay dos reglas básicas: en el A.T. hay ejemplos de cómo Dios actúa en
el presente, porque Dios es el mismo; y la conciencia de vivir en el tiempo último, mesiánico
y escatológico hacia el que se orienta toda la actuación de Dios de la que habla la Escritura.
Pablo utiliza el argumento escriturístico en el tema de la justificación del pecador por la fe y
no por las obras de la Ley, y en el tema de la llamada a los gentiles. Estos son los temas
centrales de la teología paulina y también los que suscitaron más resistencias.
- Las tradiciones cristianas ya existentes
Pablo enfatiza la independencia y autonomía de su evangelio, es decir, que la revelación la
recibió directamente de Dios y no por mediación de los apóstoles. Sin embargo, él mismo
en sus cartas cita tradiciones cristianas que ya existían como por ejemplo la de la Última
Cena (1Co 11), la de la muerte y resurrección de Cristo (1Co 15). Esto hace pensar que el
Apóstol tenía en cuenta la tradición cristiana ya existente, lo cual resulta lógico en una
persona que, antes de su conversión, había sido un celoso seguir de las tradiciones del
judaísmo.
“Recibir” y “transmitir” (1Co 11,23; 15,3) son los términos característicos que muestran que
Pablo es un eslabón de la cadena de la tradición. Pablo se ve, junto con los otros apóstoles,
como cofundador de la tradición, y se concibe igual a ellos.
Para Pablo la tradición no es letra muerta sino una palabra para ser transmitida y él, como
apóstol, está capacitado para hacerlo, por eso puede dar por sentado que el Apóstol es
fuente de tradiciones.
Que sea fuente de tradiciones no significa que en sus cartas no haya textos de origen
prepaulino, como el himno cristológico de Flp 2,6-11. Los estudiosos concluyen que Pablo
depende de tradiciones cristianas anteriores a él mucho más de lo que se imagina.
Dios, origen y meta
Todo pensamiento de Pablo arranca de Dios y vuelve a Dios. Él piensa en el Dios de la Biblia
y, al hablar de Dios, lo hace como judío, aunque no use la expresión “Dios de Israel” ni otras
frases típicamente judías. A pesar de esto, cuando habla de Dios, lo hace bajo un aspecto
nuevo: el Dios que se ha revelado de forma definitiva en Jesucristo y ha actuado a través de
él para redimir a todos los hombres. De este modo, no solo no desestabiliza el monoteísmo
judío, sino que muestra que la filiación de Jesucristo incluye la nuestra, por eso, una de sus
frases más usadas es Dios “nuestro Padre”.
Afirma que Dios es uno porque es el creador y meta de todo, y Jesucristo es el único Señor
por ser el mediador universal. Dios, creador, es el que llamó a la existencia lo que no existe y
el que da la vida a los muertos.
Este Dios creador es el que dirige la historia y el destino de los hombres. La confianza del
Apóstol en la actuación de Dios resulta especialmente perceptible en 1Tes, comunidad a la
que llama “instruida por Dios en el amor mutuo” y sabe que Dios le ha obsequiado a esta
comunidad el Espíritu Santo. Dios ha elegido lo débil, lo pequeño, lo despreciable del
mundo para avergonzar a los sabios, fuertes y poderosos, así da un vuelco a la jerarquía de
valores.
Pablo está convencido de que es Dios mismo el que lo lleva de un lado a otro en su misión, y
la fuerza arrolladora que surge del Apóstol proviene de Dios. Pablo experimenta la
asistencia permanente de Dios: irá a Roma cuando eso esté en los planes de Dios; afirma
que es Dios el que obra en ellos el querer y el obrar; es Dios quien consumará en la
comunidad la obra comenzada en ellos; Dios es el que está en medio de cada comunidad.
La proclamación de Cristo
Jesucristo constituye el centro de la predicación de Pablo, quien se concentra en los eventos
decisivos de la salvación: cruz y resurrección.
Hemos dicho que Pablo encontró tradiciones cristianas anteriores a él y que son de orden
cristológico. Una de ellas la encontramos en 1Co 15,3b-5: “Cristo murió por nuestros
pecados conforme a las Escrituras, y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las
Escrituras, y se apareció a Cefas y después a los doce”. Esto constituye el centro de su
predicación.
Pablo recurre a varios títulos para referirse a Jesús, cada uno de ellos tiene un significado
especial que Pablo utiliza con mucho cuidado:
● “Hijo de Dios”
Título paulino de gran importancia. Muy utilizado en las religiones paganas para ciertas
divinidades menores y para los reyes (Egipto, Babilonia, Imperio romano).
En el A.T. muchos sujetos recibían este título, pero sin ninguna referencia a la divinidad, por
ejemplo, Israel como pueblo; los ángeles; los justos; al rey, hijo de David. No se trata de un
nacimiento divino sino de una concesión especial de Yahveh. Era como un título honorífico
que expresaba el particular amor de Dios.
En los textos más antiguos del N.T. este título está ligado a la entronización celestial de
Jesús, a la resurrección. Un avance de esto será el evangelio según Juan que afirma que las
razones por las que lo quieren matar a Jesús son porque se hace igual al Padre al llamarse
su Hijo (5,18).
En Pablo, el autor más antiguo del N.T., este título aún no tiene el desarrollo de Juan, ya que
leemos en Rm 1,4: “… constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, por
su resurrección de entre los muertos”. Vemos que asocia la condición de Hijo de Dios a
partir de la resurrección. Sin embargo, hay otros textos paulinos muy cercanos a Juan:
“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal
4,4) donde se aplica este título a Jesús antes de su resurrección y antes de su presencia
corporal.
Lo que debe quedar claro es que Pablo no utiliza el título “Hijo de Dios” para referirse a la
condición divina de Jesucristo, para ello usará otro título. Con “Hijo de Dios” quiere destacar
la especial unión que hay entre el Padre y el Hijo.
● “Cristo”
“Cristo”, de origen griego, es igual que “Mesías”, de origen hebreo, y significa “Ungido”.
El gesto de ungir con aceite proviene de las culturas antiguas en las que se derramaba
aceite perfumado sobre la persona que iba a desempeñar una función especial. Con este
rito se significaba que esa persona poseía una capacidad que los otros no compartían y, así
como el aceite penetra en la piel y es difícil de quitar, de la misma manera, esa investidura
no podía ser arrebatada de la persona ungida. En el A.T. se ungían a los reyes y a los
sacerdotes. En el caso de los profetas, recibían una unción espiritual, no con aceite.
Cuando Israel perdió su independencia bajo los romanos, se hizo fuerte la esperanza en la
venida de un “ungido”, un “mesías”, que fuera descendiente de David y que volviera a
ocupar el trono de Israel.
En su predicación, Jesús nunca se aplica este título y, cuando otros lo hacen, él los hace
callar.
Este título se aplicará a Jesús después de la Pascua porque aparece con un nuevo contenido:
se trata de la entronización real de Jesús, pero no en el trono de Jerusalén sino en el trono
celestial “a la derecha del Padre”. Así, el título “Mesías” se desprende de lo terrenal,
político, nacionalista para referirse a la entronización celestial.
Pablo constantemente aplica a Jesús el título de “Cristo” y pasa a ser como el nombre
propio del Señor resucitado. En la obra de Pablo “Jesús” aparece 213 veces y “Cristo” lo
hace 379.
Para Pablo este título no solo tendrá una referencia personal a Jesús, sino que refleja una
dimensión social, es Jesús, pero unido a su cuerpo que es la comunidad, la Iglesia. En 1Co
Pablo, hablando de los carismas, introduce por primera vez la idea de cuerpo y muestra a la
comunidad como el cuerpo de Cristo. Para hablar de Jesucristo unido con toda la
comunidad en un solo cuerpo el Apóstol recurre al título “Cristo”. Así, “Cristo” es un cuerpo
con muchos miembros.
El título “Cristo” dice lo mismo que el título “Hijo de Dios”: Mesías glorificado a la derecha
del Padre, pero agrega la referencia a la comunidad.
● “Señor”
Es el título con el que Pablo indica la condición divina de Jesús.
En el mundo gentil se llamaba así a los dioses y al César. En el mundo judío del A.T. “YHWH”
es el nombre personal de Dios, pero como el tercer mandamiento ordena “no tomar el
nombre de YHWH en vano”, un cumplimiento escrupuloso llevó a que ese nombre divino
fuera reemplazado por otros: “el Bendito”, “el Cielo”, “el Nombre”, “el Señor”, etc. El más
usado fue “Señor”. Cuando se tradujo la Biblia del hebreo al griego no se reemplazó el
nombre YHWH con ningún nombre griego, sino que lo dejaron tal cual, pero, se sabe que
cuando se leía el texto, cada vez que aparecía YHWH pronunciaban “Adonai” (= nuestro
Señor). Cuando san Jerónimo traduce la Biblia al latín siguió la misma regla: donde el
antiguo hebreo decía YHWH, san Jerónimo tradujo “Dominus” (= Señor). Este es el mismo
uso que tenemos los católicos en la liturgia donde en las lecturas nunca aparece “Yahveh”
sino que lo reemplazamos por “Señor”.
Pablo usa muchas veces textos del A.T. en los que “Señor” se refiere a YHWH y él lo aplica a
Jesús. Es indudable que Pablo quiere indicar con este título que Jesús debe ser invocado con
el mismo nombre que le corresponde a YHWH. De esta forma nos pone en camino para
llegar a confesar la condición divina de Jesús. Por esta razón Pablo afirma que para aplicar el
título “Señor” a Jesús se necesita la asistencia del Espíritu Santo, no se trata de un simple
título de cortesía que le damos nosotros. Es una confesión de fe. Flp 2,6-11 es un himno que
por su vocabulario y esquema teológico no es de origen paulino, se parece más al estilo
joánico. El himno comienza diciendo que Cristo Jesús “estaba en la forma de Dios”. Para
algunos esto es una clara referencia la divinidad del Hijo y a su preexistencia en la que Cristo
tenía la gloria que corresponde a la divinidad. El himno sigue diciendo que Cristo se despojó
de esa gloria (no de la divinidad) para presentarse como servidor obediente hasta la
muerte. El himno continúa diciendo que, por su obediencia, Jesús recibió “el nombre que
está por encima de todo nombre”, lo que indica que es el nombre divino, y concluye con el
título “Señor”, ante el cual toda la creación debe doblar sus rodillas.
En los textos paulinos el título “Señor” suele estar acompañado del posesivo “nuestro”. Con
esto se expresa el aspecto eclesial del título, la referencia a la comunidad y el señorío de
Cristo sobre todos los creyentes.
● “Salvador”
Es un título usado una sola vez por Pablo en Flp 3,20-21. Este título corresponde a la función
futura de Jesucristo y está relacionada con la resurrección de los cuerpos. La salvación aún
no se ha realizado. Esto corresponde al pensamiento de Pablo que distingue entre
“justificación”, que ya es un hecho pasado y depende del acto de fe, y “salvación”, que es un
hecho futuro e incluye la resurrección de los cuerpos
El don del Espíritu
La donación del Espíritu es un don salvífico cristiano especial. Es Dios el que nos da el
Espíritu y Dios obra en nosotros por medio del Espíritu. En Pablo son idénticas las
expresiones: “Espíritu de Dios” y “Espíritu de Cristo”.
Pablo afirma que al final de los tiempos Dios transformará, por medio de su Espíritu, los
corazones de piedra en corazones de carne. Es el Espíritu el que obrará esta transformación.
Pablo refiere varias veces sus experiencias del Espíritu ya que él, en su misión, se ve
apoyado y sostenido por el Espíritu. El Apóstol presupone como algo obvio que también sus
comunidades tienen la experiencia de la actuación del Espíritu ya que en ellas se constatan
ciertos dones concedidos por el Espíritu como son las palabras de sabiduría, las palabras de
ciencia, las sanaciones, las acciones portentosas, la profecía, el discernimiento de espíritus,
el don de lenguas y su interpretación. Pero Pablo insiste mucho en que estos dones
espirituales tienen que servir para la edificación de la comunidad y no para el sujeto que los
posee. Por este motivo él valora más los ministerios ordinarios (profecía, enseñanza,
exhortación, dar limosna, presidir) que los extraordinarios (don de lenguas, acciones
portentosas, sanaciones).
En el culto divino de la comunidad también se hace presente el Espíritu para orar con
gemidos que no son explicables nuestras propias peticiones.
Hay que tener en cuenta que no sólo la comunidad es el espacio para el Espíritu, sino que
también lo es cada individuo. No sólo la comunidad es templo de Dios, sino que el individuo
es templo del Espíritu.
El Espíritu es un don regalado al hombre, algo que jamás podremos conseguir con nuestras
propias fuerzas, es un don que viene de Dios y que nos regala el espíritu de filiación gracias
al cual podemos exclamar: “Abba”.