Filosofía Moderna: Maquiavelo a Hume
Filosofía Moderna: Maquiavelo a Hume
1.1.- EL RENACIMIENTO.
Humanismo.
Revolución científica.
1.2.- LA FILOSOFÍA MODERNA.
Racionalismo.
Empirismo.
2.- MAQUIAVELO.
3.- DESCARTES.
3.1.- INTRODUCCIÓN.
3.2.- RACIONALISMO Y MÉTODO.
3.3.- LA DUDA Y EL COGITO.
3.4.- DEL SUJETO PENSANTE A LAS TRES SUSTANCIAS.
4.1.- HUME.
4.1.1.- Empirismo.
4.1.2.- Crítica al principio de causalidad.
4.1.3.- Sentimiento moral y simpatía.
FILOSOFÍA MODERNA 1
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Humanismo
FILOSOFÍA MODERNA 2
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
La revolución científica
La Filosofía Moderna abarca los siglos XVII y XVIII, y son sus corrientes
fundamentales el Racionalismo, el Empirismo y el Idealismo Trascendental de Kant.
Racionalismo
Corriente filosófica del siglo XVII a la que pertenecen autores como Descartes,
Spinoza y Leibniz. Defiende que la razón es la fuente del conocimiento. Esa
razón no puede verse coartada ni por la fe, ni por la autoridad ni por la tradición.
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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Empirismo
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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Realismo político.
Maquiavelo se aleja así de toda una tradición que describía repúblicas ideales o
ficticias como Platón o como su contemporáneo Tomás Moro. El príncipe debe
gobernar a partir de la realidad humana, ¿y cuál es? El ser humano tiende al
egoísmo y la ingratitud, y el gobernante debe tratar de resolver de forma eficaz los
conflictos entre individuos. Eso sólo se consigue con un Estado fuerte, garantía de
paz y libertad.
Ética y política.
Para él, el objetivo de un gobernante debe ser desarrollar una técnica política para
conservar el poder y mantener el orden, y ese fin está por delante de cualquier
principio ético. La eficacia es más importante que la moralidad, e incluso a veces el
gobernante tendrá que comportarse de forma inmoral.
Un gobernante debe ser juzgado por sus resultados. Si triunfa, es decir, si consigue
aumentar el poder del estado, los medios utilizados para ello serán honorables, es
decir, ese fin justifica los medios utilizados. El Estado debe ser fuerte y duradero, y
para lograrlo, el príncipe debe estar dispuesto a servirse de cualquier medio, moral o
inmoral.
Texto
“Pero siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente
ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma.
Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido
que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir,
que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina
que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de
bueno labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello es necesario
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a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de
esta capacidad en función de la necesidad.”
Maquiavelo, El príncipe,XV
Descartes, cuando estudió con los jesuitas, se sintió desengañado por la mayor
parte de los saberes de su época excepto por las matemáticas, las cuales ofrecían
gran certeza y seguridad. Él admira esa claridad y certeza a la que llegan los
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Tomando esto como punto de referencia, y aceptando que la razón bien aplicada no
puede llevar a error, Descartes va a definir su método matemático, que viene
definido por cuatro reglas o pasos:
Dicho de otra manera, hay que dudar de todo hasta encontrar una idea clara y
distinta, cierta. A partir de ella debemos deducir todas las demás verdades. Esa
precisamente va a ser la tarea de Descartes.
Para construir el edificio del saber debemos utilizar nuestra razón (intuición y
deducción) y aplicar las reglas del método. Para aplicar la primera de las reglas y
conseguir así un punto de partida firme y seguro (una idea clara e indudable para
deducir las demás verdades) Descartes realiza una duda generalizada hacia todo el
conocimiento que tenemos, el obtenido por la enseñanza, el que nos llega por los
sentidos. Todo es puesto en duda, para ver si conseguimos algo de lo que no
podamos dudar. Descartes va a utilizar la duda sólo como un procedimiento
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De los sentidos: algunas veces nos engañan, nos inducen a error, por
tanto no nos podemos fiar de ellos. Si nos engañan una vez nos pueden
engañar siempre.
Del mundo exterior: si a veces no sabemos distinguir entre la vigilia y el
sueño, ¿cómo sabemos que existe la realidad exterior? Hay veces que los
sueños son tan vivos que nos parecen realidad.
Del propio razonamiento: mi entendimiento se puede equivocar cuando
razona. A veces nos equivocamos en razonamientos sencillos.
Hasta de sí mismo: dice Descartes que quizás tengamos dentro de
nosotros un “genio maligno” que nos engaña continuamente, nos induce a
error.
Esta duda, que forma parte de su método, le lleva a desmoronar todo el edificio
del conocimiento, pero Descartes se da cuenta de que hay algo de lo que no se
puede dudar. Puedo dudar de todo, pero no puedo dudar de que estoy dudando,
no puedo dudar de mi pensamiento, y mi pensamiento se da porque se da mi
existencia. Puedo pensar que no existe Dios, ni el mundo, ni las cosas, pero
esos pensamientos los tengo, soy un ser pensante, existo como ser pensante,
pienso luego existo (cogito ergo sum).
Es posible que las cosas no existan, pero yo las pienso, de eso no puedo dudar.
Para dudar hace falta pensar, y para pensar hace falta existir. Soy un ser que
pienso y por tanto un ser que existe.
Esa idea, el “cogito ergo sum” es la idea clara y distinta que Descartes buscaba,
la base firme para construir todo el edificio de la filosofía. De esa verdad, que no
admite duda, Descartes va a deducir las demás verdades.
Por tanto, lo único indudable para Descartes es el sujeto pensante, racional. Ese
es el primer principio que andaba buscando Descartes, algo “firme y seguro” que
no pudiese ponerse en duda. A partir de ahí, Descartes quiere reconstruir de
nuevo el conocimiento que había dejado en suspenso con su duda.
Para ello parte de un hecho claro: el sujeto pensante tiene en su mente tres tipos
de ideas:
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Ideas facticias. Son las que generamos con nuestra mente, con nuestra
imaginación. Las podemos construir a voluntad, aunque no tengan una
existencia real. Por ejemplo, la idea de un caballo con alas.
Ideas adventicias. Provienen del mundo exterior. Por ejemplo, tenemos
ideas de cómo son los árboles, las sillas, etc.
Ideas innatas. Están en nuestra mente pero no son producidas por
nuestra imaginación ni tampoco proceden de los sentidos. Por ejemplo las
ideas de eternidad, infinitud o perfección.
Si está claro que nuestro entendimiento tiene esas ideas innatas, si nacemos con
ellas, y por tanto no han sido producidas por nuestra imaginación ni provienen
del mundo exterior, entonces ¿cuál es el origen de las mismas?
Por tanto es necesario que exista un Ser con esos atributos, un Dios perfecto
que pone en mi mente las ideas innatas. Además debe existir necesariamente,
porque si es perfecto, debe poseer la existencia (la existencia es una perfección).
Si no existiese sería imperfecto, no sería Dios.
Pero ahora, si hemos demostrado que Dios existe, y ese Dios es perfecto, no
podemos ser engañados por ese genio maligno. Dios, que es bueno, garantiza
que lo que vemos y percibimos es real. Dios no nos puede engañar, ya que de lo
contrario no sería Dios. Si las sensaciones que nosotros tenemos del mundo no
correspondiesen a un mundo objetivamente existente ...Dios me estaría
engañando, y entonces ya no sería Dios.
Por tanto el mundo existe, las sensaciones que tenemos de ese mundo extenso
(longitud, anchura, etc) no las hemos fabricado nosotros con nuestra mente, sino
que son algo objetivo y real.
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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Texto
“Así, a causa de que nuestros sentidos nos engañan algunas veces, quise suponer que no
había ninguna cosa que fuera como las imágenes que ellos nos trasmiten de esa cosa. Y
como hay hombres que se equivocan al razonar, incluso en cuanto a las cuestiones más
simples de la geometría y cometen en ellas razonamientos falsos, juzgando que yo estaba
expuesto a equivocarme como cualquier otro, rechacé como falsas todas las razones que
había tomado antes como demostradas. En fin, considerando que todos los pensamientos
que tenemos cuando estamos despiertos nos pueden venir también cuando estamos
dormidos, sin que haya ninguno que, por tanto, sea verdadero, resolví fingir que todas las
percepciones que hasta entonces habían entrado en mi mente no eran más verdaderas que
las ilusiones de mis sueños. Pero enseguida me di cuenta de que, mientras quería pensar así
que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta
verdad “pienso luego existo” era tan firme y tan segura que hasta las más extravagantes
suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacer tambalear, juzgué que la podía
recibir sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que buscaba”.
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4.1.1.- EMPIRISMO.
Ante una idea ambigua, el criterio que tenemos para ver si es o no verdadera,
es averiguar si procede de una impresión. Por ello, términos filosóficos como
esencia carecen de significado, pues no le corresponde ninguna impresión,
ninguna percepción sensible.
Dentro de las ideas podemos distinguir entre ideas simples y complejas. Las
ideas simples son aquellas que se derivan directamente de una impresión, y
las complejas son fruto de la actividad de nuestra mente, de la imaginación,
del entendimiento. Se entenderá mejor con un ejemplo. Todos tenemos las
ideas simples de montaña y de oro, ya que alguna vez hemos visto una
montaña, y alguna vez hemos visto oro. Pero también tenemos en nuestra
mente la idea compleja de una montaña de oro, y sin embargo nunca la
hemos visto, pero somos capaces de tener una idea de ella, gracias a nuestra
imaginación. Asociando dos ideas simples surge en nuestra mente una idea
compleja.
Nuestra mente tiene capacidad para unir y combinar ideas simples, pero no lo
hacemos de cualquier manera, seguimos ciertos principios o criterios, lo que
llamaba Hume leyes de asociación. Serían como unos hábitos o tendencias
de nuestra mente por los que a partir de ciertas ideas solemos asociar otras.
Por ejemplo, un día nos levantamos y vemos por la ventana los tejados
nevados, y asociamos la nieve con el frío que va a hacer. O vemos salir humo
de la chimenea de una casa, y lo asociamos con un fuego en su interior, y si
entramos en esa casa y sentimos calor incluso antes de llegar al cuarto con la
chimenea, también asociamos ese calor con el fuego de la chimenea.
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Pensamos que el humo y el calor son causados por el fuego. Esto nos lleva
al siguiente punto, al pensamiento de Hume acerca de principio de
causalidad, de la idea de causa y efecto.
Hume va a criticar ese principio de causalidad. ¿Cómo? Para Hume una idea es
verdadera si hay una impresión que le corresponde. ¿Hay alguna impresión que
corresponda a la idea de "conexión necesaria" y, por lo tanto, es legítimo su uso, o
es una idea falsa a la que no corresponde ninguna impresión?
Si observamos por ejemplo el choque de dos bolas de billar, nos dice Hume,
observamos el movimiento de la primera bola y su impacto (causa) sobre la
segunda, que se pone en movimiento (efecto); en ambos casos, tanto a la causa
como al efecto les corresponde una impresión, siendo verdaderas dichas ideas.
Estamos convencidos de que si la primera bola impacta con la segunda, ésta se
desplazará al suponer una "conexión necesaria" entre la causa y el efecto: ¿Pero
hay alguna impresión que le corresponda a esta idea de "conexión necesaria"? No,
dice Hume. Lo único que observamos es la sucesión entre el movimiento de la
primera bola y el movimiento de la segunda; de lo único que tenemos impresión es
de la idea de sucesión, pero por ninguna parte aparece una impresión que
corresponda a la idea de "conexión necesaria", por lo que hemos de concluir que la
idea de que existe una "conexión necesaria" entre la causa y el efecto es una idea
falsa.
"El impulso de una bola de billar se acompaña del movimiento de la otra. Esto es
todo lo que aparece ante los sentidos externos. La mente no percibe ningún
sentimiento ni impresión interna de esta sucesión de objetos. Consecuentemente, no
existe, en ningún caso particular de causa y efecto, ninguna cosa que pueda sugerir
la idea de poder o conexión necesaria."
¿Cuál es, pues, el valor del principio de causalidad? El principio de causalidad sólo
tiene valor aplicado a la experiencia, aplicado a objetos de los que tenemos
impresiones y, por lo tanto, sólo tiene valor aplicado al pasado, dado que de los
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Dado que la idea de "conexión necesaria" ha resultado ser una idea falsa, sólo
podemos aplicar el principio de causalidad a aquellos objetos cuya sucesión
hayamos observado: ¿Cuál es el valor, pues, de la aplicación tradicional del principio
de causalidad al conocimiento de objetos de los que no tenemos en absoluto
ninguna experiencia? Ninguno, dirá Hume. En ningún caso la razón podrá ir más allá
de la experiencia, lo que le conducirá a la crítica de los conceptos metafísicos (Dios,
mundo, alma) cuyo conocimiento estaba basado en esa aplicación ilegítima del
principio de causalidad.
Para Hume, esto no es cierto. Él distingue entre el mundo teórico de las ciencias,
donde la razón es fundamental, y el mundo práctico de la conducta, de las acciones.
Y aquí lo importante no es la razón sino la pasión, es decir, los afectos, las
emociones y los sentimientos como el amor, ira, alegría, simpatía, humildad, etc.
La razón por sí sola no puede producir ninguna acción. Por esto dice Hume “la
razón es, y solo debe ser, esclava de las pasiones”. La razón nos aporta datos,
nos ayuda a entender las circunstancias que rodean las diferentes opciones a elegir,
pero en último término, la decisión definitiva descansará en un sentimiento, en un
agrado o desagrado emocional.
No existe por tanto para Hume, ese orden moral objetivo al que llegamos con la
razón. Según él, lo que tenemos que hacer es volvernos hacia nuestro interior, y
descubrir los sentimientos que rigen nuestra conducta. Sólo observando esas
conductas y comparándolas, averiguaremos lo que es la virtud y el vicio, las
acciones buenas o malas.
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Además, gracias a las relaciones con los demás, tendemos a corregir nuestra
conducta y nuestros sentimientos, y los adecuamos a los sentimientos y a la
conducta de los demás. Nuestra forma de actuar despierta en los demás
determinados sentimientos. Si esos sentimientos son positivos, tendemos a reforzar
esa conducta, y a repetirla. Si despierta sentimientos negativos, procuramos corregir
esa conducta.
Por tanto, la moral de Hume tiende a unificar la dimensión egoísta y altruista del ser
humano. Se trata de un sentimiento de felicidad y satisfacción por el bien propio y
ajeno, y un sentimiento de deseo de ayuda ante las desgracias propias y ajenas.
Hume considera que lo que nos causa un sentimiento de agrado es que algo sea útil
para todos, para la colectividad. En este sentido es un precursor del Utilitarismo.
Texto P.A.E.G.
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por lo que es necesario un pacto para organizar ese grupo humano, elegir
gobernantes, hacer leyes y crear una organización política.
La tolerancia.
Esa tolerancia con las creencias tiene un límite: la libertad religiosa es fundamental
siempre que una religión no quebrante los derechos de las personas, o no atente
contra los cimientos del Estado. La religión debe respetar los principios morales. El
alcance de la tolerancia se puede resumir diciendo que la libertad religiosa llega
hasta donde se pueden quebrantar los derechos de otro individuo, o atentar contra
los cimientos del estado.
Texto P.A.E.G.
“No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a
aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los
conflictos y guerras que ha habido en el cristianismo a causa de la religión. La cabeza y los
jefes de la Iglesia, movidos por la avaricia y el deseo insaciable de dominar a todos, utilizando
la ambición sin límites de las autoridades políticas y la crédula superstición de multitudes
atolondradas, han levantado, en contra de lo que dice el Evangelio y la caridad, a las
autoridades y a las masas en contra de los que tienen ideas diferentes en religión, predicando
que los cismáticos y los herejes deben ser expoliados de sus posesiones y destruidos. Y así
han mezclado y confundido dos cosas que son en sí mismas completamente diferentes, la
Iglesia y el Estado.”
[Link], Carta sobre la tolerancia.
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