Otra mirada: la construcción social del conocimiento
culturales; no referentes, sino ideas; no lo concreto y particular, como otros
autores señalan. Expresa que hay que liberar al término “referente” de toda
clase de hipotecas referenciales. Luego entonces, esta descontextualización
puede llevar a la clase de género, ciertas abstracciones y generalizaciones,
cosa que para otros semióticos no es viable porque imposibilita la compren-
sión y el diálogo. Pero ahí hay ya descontextualización, esa que se pone de
manifiesto en la categorización social, en el pensamiento formal y en las
teorías científicas, teorías que, de cierta forma, se despliegan y desdoblan
más allá del campo científico e impactan el pensamiento no formal, el pen-
samiento cotidiano, el pensamiento que se forma en el contexto, el conoci-
miento de sentido común.
6. Dos conocimientos: sentido común y ciencia: ida y vuelta
El conocimiento de sentido común, ese con el que la gente se mueve a diario
y le otorga distingo a la vida; ese con el que resuelven situaciones ordinarias,
tiene alejamientos y acercamientos con el conocimiento científico; en unos
casos está en contraste con éste, por oposición y para distinguirse uno de
otro; en otras se ve alimentado de elementos provenientes del pensamiento
científico que se va traduciendo a formas conocidas del saber, haciéndose, de
cierta forma, familiar y comprensible.
El sentido común está hecho de imágenes, lazos mentales, y se usa y habla
por “todo el mundo” al enfrentarse a situaciones y problemáticas de todos
los días. Es un cuerpo de conocimientos alimentado por tradiciones y enri-
quecido por experiencias, observaciones y la práctica cotidiana. Las cosas, las
personas y las experiencias reciben nombres y son categorizadas lingüística-
mente. El consenso es su cemento, el adhesivo de la sociedad. En el sentido
común hay conocimientos reconocidos por todos. Lo ingenuo aquí es visto
como un “espíritu puro”, ese de las personas que no es corrompido aún por
“la educación, la especulación filosófica o las reglas profesionales”, y así las
personas “ven las cosas tal como son” (Moscovici y Hewstone, 1984: 683).
Es ese un conocimiento de primera mano, y es perfectamente comprensible
por sus participantes; sólo cuando se es extranjero, extraño, ajeno, cuando
no se comparten discursos y creencias de la cultura que se habita, eso resulta
“místico”, exótico, extravagante o incomprensible (Geertz, 1983: 99).
La vida cotidiana y su sentido común son tan totalizadores como cualquier
otro sistema de pensamiento, sea la religión o la filosofía, por citar dos casos. A
eso Peter Berger y Thomas Luckmann (1967) le denominan “zonas limitadas
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Jorge Mendoza García
de significado”, que las hay varias, como las señaladas o la propia ciencia o el
arte, también denominadas intersubjetividades (Fernández Christlieb, 1994).
Cada zona de significado o intersubjetividad tiene sus formas, reglas, procede-
res, referentes y, por supuesto, lenguaje. Piénsese en, por caso, el “paradigma”,
en la ciencia; la noción de “sistema de pensamiento”, en la “filosofía”, o el “mi-
lagro”, en la religión”. El sentido común en la vida cotidiana tiene, igualmente,
su lenguaje, sus sentidos. Así: “El lenguaje común de que dispongo para ob-
jetivar mis experiencias se basa en la vida cotidiana y sigue tomándola como
referencia, aun cuando lo use para interpretar experiencias que corresponden
a zonas limitadas de significado” (Berger y Luckman, 1967: 43).
Estas zonas pueden llegar a tener puntos de encuentros, sea por ideas,
temáticas o contenidos, por simple y llano interés o porque se trabaja de una
zona sobre otra. En efecto, el conocimiento de todos los días y el conocimien-
to científico mantienen una relación. No obstante se fabriquen con materiales
distintos –como los conceptos, en el caso de la ciencia, y las palabras, en el
caso de la vida cotidiana– remiten a temas y contenidos compartidos. Aunque
la física hable de “masa” y “volumen” desde un orden y una cierta perspectiva,
en la vida diaria estos conceptos tienen su traducción, por ejemplo el de “el es-
pacio que ocupa una caja”, y se puede suponer que, de hecho, lo que la ciencia
dice sobre algo, en muchos casos fue antes enunciado por el lenguaje cotidia-
no, el de todos los días. Al menos eso es lo que expresan Serge Moscovici y
Miles Hewstone (1984: 679) en un trabajo que lleva por título “De la ciencia
al sentido común”, en donde sostienen: “La ciencia es inseparable de nuestra
vida intelectual y de nuestras relaciones sociales”. A decir de estos autores,
de alguna forma y desde algunas perspectivas, “las ciencias tan sólo refinan y
tamizan los materiales ordinarios proporcionados por el sentido común”, en
esos materiales trabajados por el pensamiento científico “se distinguen reali-
dades que en un principio se hallaban confundidas. Y en su progreso hacia la
claridad y la simplicidad ilustran las contradicciones que habían permanecido
encerradas durante milenios” (Moscovici y Hewstone, 1984: 683).
La ciencia, al sistematizar, ordena, dilucida las contradicciones y realidades
de la vida ordinaria, lo hace mediante procedimientos, técnicas y métodos
sancionados por su comunidad; y ese conocimiento ya formalizado, científi-
co, categorizado, se formula y se concreta a través de, por ejemplo, las teorías.
La ciencia, como se ha señalado, no debe dar por sentado aquello que el senti-
do común asume y ya. Toda vez que tiene que interrogarse sobre ciertas cues-
tiones, como los grados de diferencia entre los grupos, y tratar de ordenar ese
102 “desorden” con el que se actúa en la vida cotidiana (Berger y Luckman, 1967).
Otra mirada: la construcción social del conocimiento
De ahí que se proceda con reglas algo diferentes cuando la intersubjetivi-
dad es una distinta. No pueden operar necesariamente las mismas reglas en
zonas de significación diferentes: no se puede comprobar un milagro con el
proceder de la ciencia, pues eso sería un error epistemológico. Por eso, en la
ciencia pueden elegirse ciertas hipótesis, que son más viables y permiten ge-
neralizaciones, pues la ciencia elucida y ordena aquellos flujos que provienen
del pensamiento ordinario. En tal sentido, la ciencia sería un sentido común
sistematizado (Moscovici y Hewstone, 1984). No obstante, la ciencia, o cierto
tipo de ciencia, como la positivista, intenta separarse del todo, romper con el
sentido común, estableciendo reglas estrictas en casos como el uso del len-
guaje, para que no se les confunda, y desde esta postura algunos señalan que
hay “conocimiento” en el campo de la ciencia y “saber” en la vida cotidiana,
marcando así dos campos o zonas de significado distintos e incluso contra-
puestos.
Hay otras perspectivas que intentan establecer las relaciones entre ambas
zonas de significación, sentido común y ciencia (Moscovici, 1961; Fernández
Christlieb, 1991), y en consecuencia señalan que el sentido común tiene su
epistemología popular, y la ciencia, su epistemología científica, cada una con
su lógica, sus límites y sus actores, claro. No obstante, en la vida cotidiana se
hace de “la ciencia un bien de consumo”; en la vida diaria las personas “saben
directamente lo que saben” (Moscovici y Hewstone, 1984: 680-681), porque
a diario lo van practicando y le otorgan sentido, lo hacen en un contexto de-
terminado (Geertz, 1983). Así, puede hablarse de un pensamiento “ingenuo”,
el de todos los días, y de un pensamiento más “formalizado y especializado”,
el científico, no necesariamente contrapuestos. No puede claramente decirse
dónde inicia y dónde termina el sentido común, aunque suele hacerse por
contraste, tal como se hace con lo nuevo y lo viejo, adentro y afuera, etcétera,
y en relación uno con respecto al otro.
Ahora bien, cuando la ciencia se divulga –porque no puede quedarse en
los laboratorios de los centros de investigación ni en las bibliotecas de las
universidades– llega a muchos rincones de la vida social, entre ellos el de la
vida cotidiana, en donde el contenido se retiene y se modifican las reglas y
las formas, pues la gente cotidiana, “ingenua”, tiene su propia organización
y especulación y va acomodando lo que de “afuera” va llegando, lo nuevo.
Hay que señalar que tal divulgación y relación entre conocimiento ordinario
y científico se veía desde hace un siglo (Moscovici y Hewstone, 1984: 684).
Cierto: la ciencia, o el conocimiento proveniente de la ciencia, en los siglos
xx y xxi, se va trasmitiendo por medios diversos, como el cine, la radio, la te- 103
Jorge Mendoza García
levisión, los periódicos, el internet, las redes sociales, etcétera. De esta forma,
la gente de a diario suele tener nociones sobre distintos ámbitos de especiali-
zación, como la economía, el desarrollo del niño, las enfermedades mentales
y del cuerpo o la relatividad, y usa esas nociones en sus transacciones coti-
dianas. En tal sentido, se puede indicar que la gente cotidiana tiene “ansias” y
“deseo de saber”, de conocer sobre lo que se expone, y se interroga sobre el
mundo que la rodea. Tales ansias y deseos los va nutriendo el conocimiento
proveniente de la ciencia, que, de alguna manera, altera al conocimiento que
antes portaba el habitante de la calle, pues ese saber científico se incorpora al
que ya trae la gente de a diario.
Visto así, el sentido común aparece de dos formas, primero como cuer-
po de conocimiento producido por la tradición y el consenso, siendo este
conocimiento práctico, y al cual se le denomina conocimiento de primera
mano. Después, en un segundo momento, consumiendo discursos e imáge-
nes provenientes de la ciencia, y que sirve para enfrentar la vida cotidiana, se
va conformando otro conocimiento, el llamado conocimiento de segunda
mano. En todo momento, “el antiguo sentido común sigue la vía oral, la de
las conversaciones y los rumores. Es un pensamiento mediante palabras”;
el otro, el de segunda mano, está atravesado por imágenes, como películas,
libros, cine, etcétera, “es un pensamiento a través de imágenes” (Moscovici y
Hewstone, 1984: 686). De esta forma, puede señalarse que el sentido común
sería un subproducto de la ciencia y un producto del intercambio cotidiano.
El habitante cotidiano es “consumidor” del saber científico, de ahí que
se le denomine “sabio aficionado o amateur”, y al científico, “profesional”.
En ocasiones, este aficionado, al tener contacto con profesionales como los
médicos, psicólogos y políticos, obtiene cierto conocimiento ya elaborado,
formulado y que se divulga. Aunado con el mundo empírico que ha vivido, va
generando sus propias hipótesis o sus propias teorías, como ocurre cuando
las madres o abuelas anuncian que saben cuándo un infante debe comenzar
a hablar y a caminar, sea niño o niña, o como los “médicos empíricos”, que
saben cómo curar males de la barriga o del alma.
Ahora bien, las teorías o hipótesis que los científicos generan, se divulgan
y se difunden, pero para su comprensión por el público amateur deben ser
expresadas en un lenguaje no especializado: el científico, al dar a conocer sus
hazañas o teorías, “debe cambiar de registro, sustituir los términos especia-
lizados por expresiones del lenguaje corriente, reemplazar las imágenes abs-
tractas por imágenes vivas, incorporar sus informaciones en imágenes accesi-
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Otra mirada: la construcción social del conocimiento
bles para su auditorio, recurrir a dibujos, diapositivas o películas” (Moscovici
y Hewstone, 1984: 694). En ello van impresos “procesos transformativos” del
conocimiento que se desea difundir.
Es ahí donde encontramos un trayecto de la ciencia al sentido común.
Esto es, se va de lo abstracto a lo concreto; del descontexto al contexto; de
la teoría al empirismo; del significado al sentido; del concepto a la palabra.
A eso se le puede ir considerando un proceso en la construcción social del
conocimiento, y su elemento central es el lenguaje, sus narrativas.
7. La construcción social del conocimiento
Siguiendo con la argumentación, para varios autores de la escuela sociohis-
tórica, las narrativas que usan las personas en situaciones concretas son re-
levantes. Todos los grupos tienen un acceso, si no ilimitado, sí amplio en las
arenas del lenguaje, de los discursos para construir su realidad y dar cuenta de
ella. Los construccionistas sociales (Gergen, 1994) saben mucho al respecto,
sobre todo cuando indican que las distintas formas de hablar “dependen del
mundo” en la medida en que aquello que se dice se encuentra “enraizado, o
basado, en lo que los hechos del mundo” permiten decir; y asimismo, lo que
se toma como naturaleza del mundo “depende de nuestras formas de hablar de
él”. En tal caso: “no es sólo que se pueda decir que ambas cosas son ciertas,
sino que se deben afirmar las dos, pues deben su existencia separada a su in-
terdependencia […] Si bien se debe decir sobre las circunstancias sólo lo que los
hechos permitan, la naturaleza de tales hechos es tal que permite afirmar dos
verdades opuestas (Shotter, 1990: 142), como ocurría con los retóricos grie-
gos del siglo V a. C., donde existían dos puntos de vista igualmente válidos
ante una situación, como bien esgrimía Protágoras (Billig, 1987).
En la vida cotidiana se busca la comprensión mutua y se comparte el saber.
En la vida cotidiana, si queremos entender el sentido de lo que se habla en
una conversación hay que tener una idea de lo que se quiere decir, y para ello
hay que estar inmersos en un marco común. Esto lo proporciona la cultura y
los grupos en que nos inscribimos; de esta forma se puede saber qué esperan
las personas con sus transacciones lingüísticas. La cultura, como marco ma-
yor, nos otorga guías para saber cómo comportarnos en ciertas condiciones,
qué decir, cómo decirlo, y también nos da indicaciones sobre la enseñanza y
el aprendizaje. Lo ha dicho Jerome Bruner (1997): la educación, la práctica
educativa, se despliega en un marco mayor, en la cultura y con cierta ideología
de reproducción que, como ya vimos, atraviesa a los signos.
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