Lima, Año XVII, No.
165, marzo-abril, 2016
UNA LECTURA SOBRE LA CONDICIÓN FEMENINA EN
LA ARGENTINA DEL SIGLO XIX Y LA EMERGENCIA DE
POSIBILIDADES PARA SU TRANSFORMACIÓN
Teresa María Mestre
Adriana Ureta
Universidad Nacional de San Juan. Argentina
A modo de introducción
La convocatoria a este congreso, centrada en la participación de la mujer en los
procesos de independencia en América Latina se constituye en una ocasión para
profundizar la conciencia sobre la especificidad histórica de las mujeres. Este
ejercicio es generador de un doble efecto, se afianza la constitución de la mujer
como sujeto de conocimiento mediante su recuperación histórica, al tiempo que se
avanza en los procesos de reflexividad crítica que permitirán, con justicia, el
abandono de la naturalización de su condición aún imperante en la conciencia social
colectiva.
Preguntarnos por la condición de la mujer en el siglo XIX, tan pleno de
protagonismos masculinos en la historiografía tradicional, nos lleva a revisar su
derrotero a fin de situar en ese tiempo pretérito a la mujer, a las mujeres en su
diversidad, invisibles, excluidas de la vida pública y generalmente (advirtiéndose ya
excepciones) de los mismos relatos históricos.
En función de la lectura propuesta, resulta oportuno realizar un ejercicio
retrospectivo, para encontrar marcos que abonen una comprensión de la condición
de la mujer y al mismo tiempo de su historia. Sin embargo cabe agregar, que la
historia de la mujer no puede escindirse de la historia general, el desafío pasa por
integrarla a esa historia, no hay historia de mujeres sin hombres, la riqueza anida
en el estudio y la posibilidad de interpretación de la complejidad de las
interacciones sociales a fin de alcanzar una historia más libre de determinismos a
priori.
La condición de la mujer en el siglo XIX, fue tributaria de la multiplicidad de
factores políticos, culturales, económicos, sociales que todo tiempo histórico pone
en juego, por ello la necesidad de destacar algunos hitos que traducen la
singularidad de los acontecimientos y permiten lanzar una mirada que intenta
recuperar a un sujeto en ciernes: la mujer.
En sus albores el siglo XIX encuentra a estas tierras bajo el dominio español y
culmina después de un largo proceso con la presencia de múltiples estados en
Publicado en: Sara Beatriz Guardia. Edición. Las mujeres en la Independencia de América
Latina. Lima: UNESCO, USMP, CEMHAL, 2010.
América Latina. En las colonias del Río de la Plata una dinámica revolucionaria e
independentista profunda, ligada a las nuevas tendencias e ideas políticas y
económicas, se constituyó en la piedra de toque de la Revolución de Mayo de 1810.
Lejos estaba la posibilidad de incorporar a la mujer en la formalización del pacto,
en los términos del moderno contractualismo, si bien los hombres de mayo
proclamaban entre los objetivos de la revolución elevar la condición moral de la
mujer en estas tierras.
El proceso emancipatorio se inició enfrentando a la reacción monárquica, en las
llamadas guerras de la independencia, culminadas a mediados de la tercera década
del siglo. En el escenario de esas guerras, el relato histórico rescata la presencia de
las mujeres de distinta condición o clase quienes prestaron desinteresadamente su
colaboración en estas gestas que fueron el eslabón inicial para el logro de la
emancipación.
En paralelo, se da el proceso de construcción política del estado argentino sobre
los restos del imperio español, esta etapa se desenvolvió cruentamente, en medio
de guerras civiles nacidas del localismo y particularismo heredados. Tiempos
signados por la inestabilidad y tensión entre unitarios y federales en los que se
suceden sin éxito, acuerdos, pactos e intentos de organización regional y nacional.
Las guerras demandaron reclutar hombres para constituir los ejércitos en pugna,
situación que trajo aparejada un vacío en las jefaturas del hogar, cubierto por las
mujeres, sin que ese protagonismo fuese reconocido, ni valorado. Un considerable
contingente de viudas, madres solteras, huérfanos y niños en situación de
abandono quedan liberados a su suerte. En la oscuridad del desamparo
permanecían confinadas y silenciadas las mujeres.
En 1853, con la sanción de la Constitución Nacional, se avanzó en la
construcción del Estado. Si bien este fue un paso importante en la definición de
derechos y deberes de los habitantes del suelo argentino, su pretendida
universalidad, no se hizo extensiva a las mujeres. El derecho al sufragio a partir de
entonces y hasta 1912 no fue obligatorio ni secreto y se extendía sólo a los
varones. Las mujeres no eran consideradas personas autónomas y, por lo tanto,
como los niños, no podían gozar de la ciudadanía política que exigía autonomía.
Esta condición de minusvalía y de restricción de sus derechos quedó reforzada en
los marcos regulatorios del Código Civil sancionado en 1869.
Desde las estructuras de poder consolidadas en el proceso de unificación, se
crearon las condiciones para el desarrollo del modelo primario exportador, basado
en la incorporación de extensos territorios obtenidos a través de la campaña del
desierto. Nuevamente, como en las gestas de nuestra independencia, las mujeres
se sumaron a las expediciones militares desempeñando un papel, no
suficientemente reconocido por la historia. Excepcionalmente su participación fue
destacada por Sarmiento: “Las mujeres, lejos de ser un embarazo en las
campañas, eran por el contrario, el auxilio más poderoso para el mantenimiento, la
disciplina y el servicio de la montonera. Su inteligencia, su sufrimiento y su
adhesión, sirvieron para mantener fiel al soldado, que pudiendo desertar no lo
hacía, porque tenía en el campo todo lo que amaba”1. Muy a pesar de este
reconocimiento, desde la perspectiva del género, cabe señalar que mucho se ignora
sobre la suerte de las mujeres aborígenes que padecieron el avasallamiento que
significó la campaña del desierto.
La configuración de la Argentina moderna basada en el modelo agroexportador
requirió de transformaciones en su red de comunicaciones e infraestructura
productiva. Este proceso de modernización, también trajo consigo y de la mano de
las corrientes inmigratorias, un impulso importante para el proceso de urbanización
y organización sindical, social y política que por primera vez permitió la
participación activa de nuevos sujetos colectivos que rompieron con las antiguas
pautas de la sociedad tradicional.
El mandato alberdiano: gobernar es poblar, se tradujo, no solo en presencia de
extranjeros no esperados, sino además con ellos, el fermento de ideas, anarquistas
y socialistas, que impondrían formas de socialización manifestadas en prácticas
sociales y políticas. Estas prácticas permitirían la creación de condiciones favorables
para la emergencia de reivindicaciones igualitarias, una de ellas provenía de las
mujeres, quienes comenzaron a levantar su voz que se haría escuchar con las
primeras luces del naciente siglo.
De independencia y protagonismos
En este apartado se pretende dar cuenta de las diversas modalidades de
intervención llevadas a cabo por las mujeres en el largo proceso independentista.
Dada la imposibilidad de proceder exhaustivamente en la consideración de todos los
casos que registra la literatura, recuperar la memoria de intervenciones
significativas en el ámbito público nos da cuenta de protagonismos, prácticas que
trascendían el dominio de lo privado y se traducían en acciones de distinto corte:
apoyo económico, militar, estratégico y electoral en ocasiones.
El siglo XIX irrumpió como fue señalado precedentemente con profundas
transformaciones, que dejaban atrás el viejo régimen colonial del Virreinato del Río
de la Plata para avanzar, con dificultades, en la instauración de un orden fundado
en nuevos principios de legitimación del sistema político.
Este contexto se convertirá en el escenario para la acción de muchas mujeres,
identificadas con los destinos de una patria emergente. En el ámbito de los salones
de la época, algunas de ellas, como Ana Perichón, Mariquita Sánchez de
Thompson2, realizaron actividades prerrevolucionarias. En medio de veladas,
tertulias y bailes circulaban las ideas de la revolución francesa y se compartían
opiniones sobre política, religión y negocios. Mariquita fue una de las mujeres
rioplatenses que en publicaciones de la época, reflexiona sobre la discriminación y
marginalidad del género.3 La casa de Mariquita fue un lugar central para los
1 Sarmiento. F. Obras completas. Tomo XLVII. 1954. p.122.
2 Mariquita Sánchez nació en Buenos Aires en 1786, en una acomodada familia de la época.
Su actividad pública la desarrolla en un largo período que abarca desde la Revolución de
Mayo hasta el final de las guerras entre unitarios y federales.
3 Bellucci. “Sarmiento y los feminismos de la época”, Mujeres en la educación. Género y
docencia en la Argentina 1870-1930. 1997, p. 47.
proyectos políticos, ámbito de encuentros femeninos para realizar allí lecturas
colectivas, y sede de reunión de personalidades prominentes de las artes y las
ciencias de la época.
En el marco de estas múltiples actividades, Bernardino Rivadavia, propició la
creación de la Sociedad de Beneficencia, destinada a la caridad pública. Esta
sociedad, cuya conducción reposó en mujeres dedicadas a la atención de pobres y
de enfermos sin recursos, se inscribía en el proyecto secular de su promotor.
La Sociedad, cuya existencia se extendió hasta el siglo XX, fue conducida por
mujeres de clase alta, su primera secretaria fue precisamente Mariquita Sánchez de
Thompson. No obstante puede reconocerse a esta institución como un espacio que
permitió, más allá de las opiniones sobre las actividades asistenciales o de
beneficencia, una apertura al espacio público, un campo abierto a la participación
femenina sin el control riguroso de los hombres. En opinión de Dora Barrancos 4, la
Sociedad de Beneficencia se constituye en los comienzos de nuestra historia en un
capítulo muy interesante sobre el agenciamiento femenino, dentro de los límites de
su tiempo.
Otra circunstancia que bien marca la identificación de las mujeres con la nueva
causa, se ubica en el contexto inmediato, emergente después de la gesta de mayo.
Ya acontecida la Revolución y ante la convocatoria de la Junta de Gobierno
solicitando recursos para la organización del ejército, se abrieron las listas para
registrar los donantes. En una proporción significativa figuraron muchas mujeres de
distinta condición social que con sus recursos aportaron a la causa. Pero no sólo las
porteñas contribuyeron a equipar al ejército libertador, también lo hicieron las
mujeres del interior, cordobesas, sanjuaninas, correntinas, mendocinas,
santiagueñas figuraban en las listas.
Manuel Belgrano en su expedición hacia el norte del país, al encontrarse en
Santa Fe recibió de una rica viuda santafesina cuantiosos bienes, quien no dudó de
ponerlos bajo su disposición ya que la causa lo ameritaba.
En 1812 se creó la Sociedad Patriótica, como respuesta a la solicitud del
Triunvirato, ejecutivo gobernante, para hacer frente a los gastos de equipamiento
del ejército. En esta oportunidad, muchas mujeres con sus donativos facilitaron la
compra de armamento que llegaba de Estados Unidos.
Por su parte, las mujeres del norte argentino brindaron su apoyo en las
campañas libertadoras frente a los ejércitos realistas. Las patriotas de Salta,
Tucumán y Jujuy se valieron de diversos recursos para hacer efectivo su apoyo,
pusieron a disposición bienes, sus haciendas, sirvieron de espías, arriesgando su
vida en sucesivas misiones, cosían los uniformes, y hasta llegaron a alistar
pequeñas compañías para engrosar el ejército libertador a las órdenes de Belgrano
“Fue Martina Silva de Gurruchaga, quien con grandes precauciones preparó equipó
a su costa una fuerza que presentó a Belgrano en la víspera de la batalla de Salta,
4 Barrancos. Mujeres en la Sociedad Argentina. Una historia de cinco siglos. 2007. p.78.
descendiendo por las lomas de Medeiros al frente de sus hombres con absoluta
naturalidad”5.
Una de las más relevantes luchadoras populares fue Juana Azurduy 6, nacida en
Chuquisaca (1780) provincia altoperuana perteneciente a los territorios argentinos
por entonces. Junto a su compañero Padilla, encabezó las guerrillas que
enfrentaron a los ejércitos realistas. Coordinó las acciones con el general Juan José
Rondeau, siendo ascendida a coronela luego de perder sus cuatro hijos en la guerra
anticolonial. En marzo de 1816, al frente de 200 hombres, Juana derrotó a los
españoles, arrebatándoles su bandera, acción que mereció las felicitaciones de
Manuel Belgrano. Se batió en mil combates al lado de su pueblo indígena y mestizo,
dando siempre muestras de su inclaudicable valentía. Tan valiente como virtuosa
supo decir de ella Bartolomé Mitre.
Al igual que Juana Azurduy, junto a Guemes se alistaron mujeres en la guerra
gaucha, entre ellas figuraba su hermana, Macacha Guemes, que luego pasaron a la
historia por el papel preponderante que desempeñaron en los acontecimientos de la
época. Un fervoroso patriotismo, actuó en ellas, como fuerza impulsora de sus
épicas acciones.
El ejército de los Andes a cargo del general San Martín, contó en su paso por las
provincias cuyanas con los aportes desinteresados de sanjuaninas y mendocinas
quienes adhirieron a las suscripciones a fin de sufragar los gastos del ejército
Libertador. Aún más, algunas con osadía se sumaron, vestidas de soldados, a las
filas de su ejército.
La historia nacional guarda un lugar especial para las mujeres de Rosas. En
primer lugar su madre Doña Agustina López Osornio de Ortíz de Rosas, madre del
restaurador, reconocida por su fuerte carácter y por la firmeza de sus opiniones en
materia política; su esposa Doña Encarnación Ezcurra quien jugó un papel
fundamental en la organización de los apoyos populares a su esposo, Don Juan
Manuel de Rosas; su hermana Agustina, destacada pos su inteligencia y su afán de
ilustración,7 y junto con otras mujeres promovieron redes de apoyo para impulsar
candidatos e influir en los resultados. Por último un lugar especial merece su hija
Manuelita quien fue la encargada de cumplir las funciones vinculadas a la
cancillería. La preferencia paternal tuvo un precio alto, Manuelita perdió toda
autonomía en la decisión de sus relaciones afectivas8.
Más tarde en tiempos de Bartolomé Mitre, primero como gobernador y luego
como presidente, se supo de los ajetreos políticos de destacadas mujeres para
sostener sus aspiraciones políticas. Su incidencia en las negociaciones electorales
era una práctica que resultaba familiar en algunos sectores sociales.
5 Sosa de Newton. Las argentinas y su historia. 2007, p 44.
6 La presidente argentina Cristina Fernández, ascendió al grado de general del ejército a
Juana Azurduy, primera mujer en ingresar al Ejército Argentino. Merecido reconocimiento
post-mortem otorgado en julio 2009.
7 Cabe aclarar que Agustina propició un ambiente familiar favorable para la educación de sus
hijos, entre ellos la escritora Eduarda Mansilla destacada en las letras de este siglo.
8 En la obra citada, Barrancos afirma que Manuelita padeció la tenaz oposición de su padre
en cuestiones afectivas. Pudo casarse, ya exiliada en Londres, aunque su padre nunca
perdonó esta decisión.
Las mujeres argentinas, principalmente las del interior, participaron activamente
en las guerras civiles que asolaron ese país desde 1820 hasta la década de 1870.
Una de ellas fue Eulalia Ares de Vildoza, catamarqueña, jefa de una insurrección de
un nutrido movimiento de federales que depuso al gobernador de Catamarca.
Eulalia fue a Santiago del Estero en busca de armas y al regreso convocó a sus
amigas a una reunión en la que se convino atacar la sede del gobierno. Vestidas
con ropas masculinas, en agosto de 1862 veintitrés mujeres tomaron el cuartel y,
luego, apoyadas por la gente adicta, asaltaron la casa del gobernador, que se
negaba a entregar el mando al nuevo funcionario electo, y lo hicieron huir de la
provincia. En tanto se aproximaba Vildoza (su esposo) con las tropas, Eulalia se
hizo cargo del gobierno, organizó un plebiscito y entregó el mando al elegido.
Ya cerrando el siglo, en 1890, aparece una publicación cuyo título se presenta
sugestivo: “La mujer y la política”. Su autor Luis Mohr, acude a la ficción como
recurso para reflejar la condición de la mujer, en momentos álgidos para la vida
política argentina. El autor lo declara bajo el acápite advertencia: “Creemos que los
cuadros que animan la tela de este libro, son reflejados de la organización, social y
política, viva y funcionante”9
El autor revela, a través del discurso de un personaje central, una matrona
porteña de ascendencia patricia, rasgos que definen la condición de la mujer en
relación al mundo de la política. Doña Micaela no duda en dar muestras de saber,
de interés por los asuntos públicos mediante la lectura de los periódicos de la
época, de capacidad de interpretación de los hechos políticos, resaltando la natural
curiosidad que caracteriza al género.
De dependencias.
Dejando el escenario de los protagonismos femeninos, resulta interesante
avanzar en el plano de las interacciones de género para caracterizar el status de la
mujer según las convenciones sociales vigentes y el ordenamiento jurídico.
En primer lugar destacar la herencia colonial, con su respectiva carga de
tradición hispánica, factor determinante en la configuración del orden social y
familiar y sus respectivas representaciones. Orden social configurado a partir del
poder patriarcal. El patriarcado, se caracterizó por ser un sistema familiar y social,
ideológico y político en el que los hombres, a partir de distintos medios, la fuerza,
la presión directa, los rituales, la tradición, la ley o el lenguaje de las costumbres
influyeron en la determinación y definición del lugar y funciones a desempeñar por
las mujeres en la sociedad. La cultura patriarcal imperante había asignado a la
mujer un lugar, reina en lo privado, en la intimidad del recinto hogareño y como
contrapartida la imposibilidad de intervenir en el espacio público, los debates de las
elites políticas de la época son reveladores de una concepción de la mujer, asociada
a debilidad, dependencia, inferioridad, de la que se derivó su condición de persona
tutelada.
En función de lo señalado precedentemente, dada las características en la
cultura imperante, en el orden de las convenciones y de las normas jurídicas en
9 Mhor. La mujer y la política. 1891, p.3.
vigor, se reconocía una potestad absoluta a los padres y a los maridos sobre las
mujeres. Lo establecido en la Real Pragmática, estatuto hispánico que data de fines
del siglo XVIII, regulaba en materia de casamientos concediendo un poder de pleno
derecho a los padres. Eran ellos quienes debían otorgar permiso a los contrayentes
menores de veinticinco años, si bien esta autorización afectaba mayormente a las
mujeres, puesto que los varones accedían al matrimonio con mayor edad. Se había
alcanzado la independencia en el plano político, pero las instituciones de la colonia
siguieron vigentes en las primeras décadas del siglo. Fue una costumbre
largamente instalada, resolver el matrimonio en forma estratégica, a fin de que la
alianza sirviera a los fines económicos. Los criterios que guiaban la selección de los
candidatos estaban determinados por la fortuna, el honor y el poder.
Las normas imponían mantener la pureza de sangre y por lo consiguiente
estaban interdictas las uniones entre etnias y credos religiosos diferentes. Se
llevaron a cabo numerosos juicios de disenso, promovidos por padres reticentes a
la voluntad de los contrayentes cuyos resultados fueron disímiles, a veces
favorecían los dictados del corazón y otras a los imperativos paternos. Mientras se
llevaba a cabo el juicio las jóvenes permanecían fuera del hogar bajo la tutela de
instituciones de la Iglesia. Mariquita Sánchez tuvo que aguardar la reclusión en la
Casa de Ejercicios espirituales, hasta tanto se resolvía el juicio de disenso.
En aquellos casos, cuando los padres se resistían a la elección amorosa, tenía
lugar el rapto, modalidad no solo imperante en zonas rurales y sectores populares.
Sin embargo, la situación no se extendía a todas las clases, ya que en los
sectores sociales donde había menos intereses en juego o bien predominaban
tradiciones culturales indígenas las prescripciones de la Pragmática carecían de
valor y observancia.
En cuanto a la ruptura de los vínculos matrimoniales, la Iglesia y los poderes
civiles habían autorizado la separación de los cuerpos siempre que concurrieran
hechos graves, como la violencia física, el amancebamiento del marido, o descubrir
la ausencia de virginidad en la mujer, podían dar lugar a los juicios de divorcio. “De
cualquier manera los juicios que tuvieron que ver con la conyugalidad, las
desavenencias, y las circunstancias de la virginidad, fueron iniciados mayormente
por mujeres”10.
En 1869 durante el gobierno de Domingo Faustino Sarmiento se redacta el
Código Civil. Atendiendo a los antecedentes hispánicos y especialmente al Código
francés de 1804, promulgado bajo el dominio de Napoleón, el destacado jurista
Vélez Sarsfield llevó a cabo su redacción. La inferioridad de la mujer en este
ordenamiento jurídico, era manifiesta, en un conjunto de aspectos esenciales
quedaba sujeta a la autorización de su cónyuge para poder actuar. Su articulado
sostenía la incapacidad relativa de la mujer, y disponía que a todos los efectos su
representante era el marido. La mujer casada no tenía derecho a educarse, ni a
realizar actividades comerciales sin su consentimiento. El marido se constituía en el
administrador de todos sus bienes, incluidos los que la esposa aportaba al
matrimonio, y si bien cabía la posibilidad de pactar de forma expresa que algún
10 Barrancos. Mujeres, entre la casa y la plaza. 2007, p. 35.
bien podía escapar de esa tutela, en la enorme mayoría de los casos se rigió por el
imperativo que subrogaba a favor de la administración del esposo. La mujer casada
entre las prohibiciones manifiestas se encontraba la de no poder testimoniar, ni
iniciar juicio sin el consentimiento del marido.
No obstante, a pesar del carácter constrictivo del código civil en relación a la
condición de la mujer, había algunos atenuantes, ya que preservó el derecho de la
cónyuge, a los bienes gananciales, con ello se otorgaba el usufructo de la mitad de
los bienes obtenidos durante el matrimonio. Aún considerando el carácter positivo
de esta norma, no mengua la concepción patriarcal vigente y en consecuencia la
discriminación padecida por las mujeres en este plano. En el derecho punitivo, se
establecía una disímil evaluación del delito de adulterio, si la mujer era sorprendida
in fraganti por el cónyuge y la mataba, esa circunstancia obraba como atenuante,
pero en caso inverso esta situación, no se contemplaba, por el contrario matar al
marido era un agravante debido al vínculo. Estos delitos realizados en nombre del
honor eran interpretados por la cultura patriarcal como actos de reparación moral y
aún más los jueces, apelaron a fórmulas que liberaban de culpa y por tanto de
prisión a cónyuges asesinos. Apelar al honor, legado hispánico, era un atributo
presente en subjetividad patriarcal sin distinción de sectores sociales y un factor
centralmente constitutivo de la identidad viril 11.
La mujer: su voz publicada
El legado del periodismo femenino del siglo XIX permite visualizar a través de la
práctica de la escritura y las representaciones que subyacen en ella, las condiciones
en que desarrollaban sus vidas las mujeres de la centuria, así como las marcas de
su pertenencia de clase. Esta mirada, sobre lo realizado por las periodistas y
escritoras, permite acercarnos al horizonte mental, y a la vida cultural y cotidiana
de la época.
Al comenzar el siglo, el analfabetismo se extendía a casi todas las mujeres, sin
distinción de clase, en un contexto en que no resultaba deshonroso que algunas
mujeres firmaran con el dedo o que familias poderosas negaran el beneficio de la
lecto-escritura a sus parientes. En este marco se registró el primer contacto
femenino con la prensa, en el periódico lanzado en Buenos Aires, el “Telégrafo
Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata”. A poco de
aparecer en 1801 publica una colaboración, cuya autora firmaba como “La Amante
de su patria” y preguntaba: - “Señor Editor: ¿Por qué las señoras del país no hemos
de tomar parte en los últimos trabajos de Usted?”. A los pocos meses aparece otra,
de la misma autoría, titulada “Retrato de una señora respetable”12.
El pronunciamiento de mayo, en el proceso de quiebre del orden colonial, marcó
un incremento de los periódicos y, con ellos, el de cartas de lectoras que opinaban
sobre distintos temas; uno de los más destacados, la educación de las mujeres.
11 Ibídem, p. 39.
12 Sosa de Newton. “Cien años de periodismo”, Historia de mujeres en la Argentina Colonia y
siglo XIX. 2000, p. 173.
En medio del proceso emancipatorio las mujeres encontraban un espacio de
relativa libertad, aunque seguramente, no exento de inseguridades y confusiones
dado el desmoronamiento del orden político y la aparición, en ciernes, de otro.
Al calor de la organización política y social que plasmó la Argentina del siglo hizo
su aparición el primer periódico escrito por y para mujeres, La Aljaba. Fundada en
1830 por Petrona Rosende de Sierra, cerró poco tiempo después, en 1831, debido a
los problemas económicos y las burlas, según da cuenta Lily Sosa de Newton13.
En sintonía con los feminismos liberales, tributarios de los presupuestos
emancipadores de la época, en su contenido se destacaba la necesidad de la
educación de la mujer, al tiempo que había una sobrevaloración de la maternidad
republicana. La preocupación de la autora por las guerras fraticidas se manifestó en
su publicación y la llevó a apelar a la intervención de la mujer para el cese de las
luchas internas a través del arma del amor.
La redactora no daba a conocer su nombre, como era costumbre en ese
momento. El uso de seudónimo, en la firma de los artículos y colaboraciones,
constituyó una marca de la época. El recurso, usado con frecuencia, remite al
escenario exclusivamente masculino en el cual hace su irrupción la voz femenina
publicada y a las reacciones hostiles que generaba.
Las primeras periodistas, que poseían un rango social y cultural más elevado que
el resto de sus congéneres, escribían sobre el rol tradicional de la mujer. La familia
era la institución más valorada en la palabra de las mujeres, al mismo tiempo que
luchaban por ocupar un lugar en el espacio público. El mandato era ser esposa,
madre y administradora del hogar, pero ellas bregaban, desde sus publicaciones,
por la necesidad de la educación como medio de elevación de la mujer.
A pesar de su posición privilegiada en relación a las otras mujeres, incursionaron
en la escritura con una mirada crítica hacia su entorno. Escribían desde su
comprensión del mundo, a partir de sus experiencias individuales, sin llegar a
constituir demandas colectivas, como sucedería algunas décadas más tarde con las
mujeres obreras, pero testimoniaban igualmente su condición de género
subordinado al poder masculino.
La presencia femenina en las publicaciones constituyó un hecho insoslayable a
partir de esta segunda mitad de siglo, época en la que se incrementan
notablemente las publicaciones periodísticas. Aún en las revistas dirigidas por
hombres, se hace habitual la colaboración de escritoras.
Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, en muchos casos, lo siguieron
haciendo desde el anonimato, ocultando su identidad o utilizando seudónimos. La
vigencia de estos mecanismos puede explicarse debido a que el rechazo de sus
reivindicaciones se expresaba mediante campañas de desprestigio personal, en las
que se las igualaba con las prostitutas o con las dementes.
13 Ibídem, p. 173.
Un caso testigo es lo que sucedió con la revista femenina La Camelia, que duró
sólo un mes. Publicada en 1852, por Rosa Guerra, en un clima de agitación política,
tras la caída de Rosas y el regreso de los proscriptos del régimen, hizo su aparición
bajo el lema libertad no licencia, igualdad entre los sexos. En su contenido había
una exaltación de la democracia, y una defensa de la intelectualidad de las mujeres
por encima de la belleza física.
El impacto que provocó en el medio social hegemonizado por hombres se puede
mensurar a través de una especie de duelo de notas, entre La Camelia y El Padre
Castañeda, con seudónimos, en donde la burla y la descalificación hacia sus autores
fueron protagonistas.
La publicación de Juana Manso, en 1854, de la revista Álbum de señoritas.
Periódico de Literatura, Modas, Bellas Artes y Teatros, introdujo una variante en las
publicaciones. Con ella como única redactora contenía, además de notas sobre
homeopatía y viajes, temas vinculados a los intereses políticos y religiosos de su
autora. Pero la falta de medios económicos y la publicación de su pensamiento
religioso protestante precipitaron la desaparición de la hoja.
Una revista aparecida en Tucumán, en 1870, La Mariposa, constituyó casi una
excepción para la época, ya que denunciaba la situación de inferioridad en que el
código civil y la ley electoral mantenían a las mujeres.
En 1877, Juana Manuela Gorriti, dirige La Alborada del Plata, donde introduce en
su perspectiva ligada al progreso propuesto por la generación del 80, con un
enfoque latinoamericano que no desdeña el diálogo con escritores europeos. Sin
excluir los temas tradicionales en la escritura femenina de la época, sobre la
instrucción femenina, la idealización de la maternidad y el rol de educadora, aborda
costumbres y culturas de otras ciudades latinoamericanas, marcando el
protagonismo de mujeres destacadas en diferentes ámbitos para convalidar sus
convicciones. En1880 sale el último número de la revista, asfixiado por el revulsivo
clima político de Buenos Aires.
Estos casos son evidencias de que la actividad periodística, reservada hasta esos
momentos sólo a los varones, tenía costos personales, económicos y sociales
altísimos para las mujeres, como lo atestiguan los casos de Juana Manuela Gorriti y
Juana Manso. La burla, la descalificación, la intolerancia y problemas económicos,
jaqueaban las iniciativas de estas valerosas mujeres.
Las variadas experiencias en esta novel actividad para el siglo, muestran la
presencia constante de un grupo de mujeres dedicadas al oficio. Las publicaciones
escritas por Petrona Rosende, Rosa Guerra, Juana Manso, Juana Manuela Gorriti, y
otras, dan cuenta de mujeres que perteneciendo a un sector social ilustrado,
incursionan en la escritura en medio de una dirigencia masculina ocupada en la
lucha por el control del poder político.
Sobre final de siglo, los nuevos escenarios originados por la inmigración crearon
nuevas condiciones para la aparición de periódicos femeninos. La ideología
anarquista y socialista produjo un fuerte movimiento literario que se manifestó a
través de diversas publicaciones, entre las que no faltaron las producidas por
mujeres, quienes promovían campañas virulentas en pos de alcanzar condiciones
de vida más dignas.
Entre el alud de publicaciones anarquistas surgió La voz de la mujer, en 1896,
hoja escrita por mujeres de ideología comunista-anárquica, con la intención de
suplir la poca atención que los ideólogos y propagandistas les brindaban. En una
protesta dirigida incluso a sus propios compañeros de luchas, a quienes
consideraban explotadores de sus mujeres, el lema adoptado era “Ni Dios, ni
patrón, ni marido”14.
Lo que distinguía a La voz de la mujer como periódico anarquista radicaba en su
reconocimiento de la opresión de las mujeres, sus artículos sostuvieron una
permanente convocatoria a las mujeres a movilizarse contra la subordinación como
trabajadoras y como mujeres. En cada número aparecían una editorial, un poema
y una fábula con intención moralizante en defensa de pobres, trabajadores,
prostitutas frente a los poderes opresores de la sociedad burguesa: Jueces, curas y
policía. El tema central que recorre todas las publicaciones fue la opresión padecida
por las mujeres, la cual se manifestada en una doble dimensión: por la sociedad
burguesa y por los hombres. La teoría anarquista en su desarrollo feminista
descansaba en su ataque al matrimonio y al poder masculino. La crítica al
matrimonio burgués tenía sus raíces en el pensamiento de Engels quien entendía
que esta institución se convertía en un medio para salvaguardar la transmisión
capitalista de la propiedad.
Divulgaron el amor libre o su equivalente, la unión libre que podía revocarse
cuando así una pareja lo decidiera, sin duda estas nuevas ideas libertarias tendían a
favorecer a las mujeres quienes resultaban las más afectadas por los designios de
una cultura patriarcal a la hora de elegir maridos, significaban también una
revalorización de los sentimientos auténticos frente a la hipocresía de las
convenciones sociales.
La voz de la mujer no estaba realmente preocupada en atraer a muchos lectores.
El feminismo anarquista perseguía como objetivo formar activistas comprometidas,
más que un movimiento de masas, su estrategia política resultaba sectaria en el
sentido que sus simpatías estaban exclusivamente reservadas a las mujeres de la
clase trabajadora y pobres y no existía cooperación con otros grupos radicales con
quienes compartían intereses, como el socialismo. Su periódico La Vanguardia fue
censurado por su reformismo y calificado como cochino socialista-burgués.
La publicación de La voz de la mujer duró solamente un año, en este caso, como
en la mayoría de los proyectos periodísticos de mujeres, terminaban tras una corta
vida. Pero las escritoras se embarcaban en nuevas publicaciones o se reciclaban
como colaboradoras de otras, con la perseverancia que generaba la convicción en
sus propios ideales.
La mujer: un nuevo lugar en el pensamiento de Sarmiento
14Molineux, “Ni Dios, ni patrón, ni marido. Feminismo anarquista en la Argentina del siglo
XIX, 2002, p. 11.
En este apartado, se pretende demostrar cómo la visión sarmientina en torno a
la mujer marca un punto de inflexión con las visiones hegemónicas vigentes en el
siglo XIX, aún impregnadas por fuertes resabios patriarcales. Más elocuentes que
los comentarios son las palabras de Sarmiento. Emite estos juicios en ocasión de
saludar a un primo con motivo de su casamiento: “Deje a su mujer cierto grado de
libertad y no quiera que todas las cosas las haga a medida del deseo de usted. Una
mujer es un ser aparte, que tiene una existencia distinta de la nuestra. Es una
brutalidad hacer de ella un apéndice, una mano para realizar nuestros deseos.
Cuando riñan, guárdese de insultarla”15.
En otra oportunidad, haciendo suyas las ideas del socialismo utópico o
romántico, sostuvo que, el grado de civilización de un pueblo, puede juzgarse por la
posición social que ocupa la mujer.
Ambas expresiones son relevantes, porque dan cuenta, de la significación
otorgada a la mujer tanto en el orden de las relaciones privadas, concibiéndola
como un sujeto autónomo, como en su proyección en el ámbito público, haciendo
de su lugar un reflejo del estado de evolución de la sociedad política.
Reforzando la significación asignada a la mujer, debe leerse este comentario
fruto de su aguda observación: “Hace años que los escritores norteamericanos al
hablar del hombre en abstracto dicen: el hombre y la mujer, o los hombres y las
mujeres, no creyendo bastante comprensiva esta palabra, la primera, para designar
la especie”16.
Un par de referencias sobre este hombre público de notoriedad sobrada, se
imponen como marco para delimitar el contexto ideológico que marca el origen y
alcance de sus apreciaciones en relación a la mujer. Domingo Faustino Sarmiento17
sigue despertando aún posiciones encontradas, están quienes lo ensalzan y
también quienes lanzan juicios de condena, situación que denota el carácter
polémico del pensamiento contenido en sus obras. Su actividad política estuvo
teñida por la intolerancia con sus adversarios y asimismo por su adhesión exaltada,
al valor que imponía la civilización. Esta adhesión lo condujo a la incomprensión y
condena de la barbarie, representada por los sectores populares de entonces:
gauchos, indios, negros, inmigrantes.
Su cosmovisión ideológica reunía elementos diversos, adhería en lo económico al
liberalismo, se manifestaba anticlerical en materia religiosa, si bien contemporizaba
con tradiciones católicas, todo ello matizado con premisas del socialismo utópico.
Charles Fourier fue uno de sus admirados. El perfil de Sarmiento, queda
simplemente delineado en estas apreciaciones introductorias. Sin embargo, había
algo que trascendía estas definiciones. EL horizonte ideológico que guiaba su
pensar y su acción estaba marcado por su ideario republicano, se sentía fundador
15 Carta a su primo Domingo Soriano Sarmiento. Epistolario íntimo. 1963, p. 49.
16 Sarmiento, op. cit., p. 107.
17 Domingo F. Sarmiento nace en San Juan, en 1811 y muere en Asunción del Paraguay en
1888. Desempeñó numerosas funciones públicas, director de Escuelas y ministro de Mitre,
gobernador de San Juan, Presidente de la República (1868), Ministro plenipotenciario en los
Estados Unidos, senador nacional. Escribió numerosas obras sus más conocidas: Facundo,
Recuerdos de provincia, Civilización y Barbarie, entre otras.
de una república a la cual había que dar forma. Estas son sus palabras: “Ahora,
nosotros para hacer una cosa digna de nuestra posición en nuestra época, tenemos
que fundar la República, el gobierno futuro, y eso se funda exclusivamente en las
escuelas, por más que esta palabra suene humildemente a nuestros oídos. La
escuela es la organización definitiva encontrada por las sociedades modernas para
los intereses morales, materiales, industriales y políticos. De la escuela parten y a
ella vuelven todos sus resortes"18.
Algunas raíces de sus ideas en materia educativa y política las encontramos en
las obras de Juan Jacobo Rousseau: El Contrato social (1762), y sobre todo Emilio
(1762), donde el ginebrino teoriza acerca de una nueva perspectiva en educación.
La educación de Emilio es la del hombre libre, la del ciudadano que habitará la
República. Será Rousseau, como otros ilustrados 19, un punto de partida en la
reflexión republicana del sanjuanino, la cual no quedará acotada en la formulación
rousseauniana, sino que trascenderá sus límites. Sofía, la mujer de Emilio será
educada en la sumisión, sin necesidad de luces, en cambio en Sarmiento, la mujer
buscará ocupar otros horizontes en el orden republicano. El carácter excluyente en
el primero, e incluyente en el segundo, condensa la diferencia desde la perspectiva
del género.
En el contexto histórico-social del siglo XIX, es necesario ubicar la preocupación
de Sarmiento por la educación pública. En este siglo se promulgan en Francia y
luego en el resto de Europa y América, las primeras leyes de la enseñanza primaria
universal, laica, pública y obligatoria. Es la época en que se ve la necesidad de
escolarizar a las masas, consecuencia ineludible del desarrollo industrial y la
modernización de las sociedades. Los gobiernos europeos comienzan a invertir en
educación, y esto cobra peso en las respectivas estructuras políticas administrativas
de los estados, y por primera vez en diversos países aparece una cartera o
Ministerio de Educación. En nuestro país se advierte la necesidad de fundar un
sistema educativo con bases sólidas, por esta razón es enviado Sarmiento a países
de Europa y a Norteamérica. De estas misiones nos dejó sus testimonios en su obra
Viajes, en la cual haciendo uso del género epistolar deja sus impresiones sobre la
cultura, las costumbres, el folklore, el carácter de los pueblos, y también sobre la
situación de las mujeres en esas sociedades: “La mujer en Estados Unidos es libre
como las mariposas hasta encerrarse en el capullo doméstico al llegar al
matrimonio. Antes de esa época viaja sola, vaga por las calles de las ciudades,
mantiene amoríos bajo el ojo indiferente de los padres. Vuelve a las dos de mañana
a su casa acompañada de aquel que ha valseado o polkeado exclusivamente toda
la noche”20.
Cuando se preguntaba a que se debía esta dulce libertad, no dudaba en
encontrar la explicación en el factor educativo. Al leer los comentarios sobre la
libertad de la mujer norteamericana, se puede advertir que en el ejercicio
comparativo, entre una sociedad y otra, entre unas mujeres y otras, lo que resalta
es la carencia de esta condición en las mujeres del propio país. El énfasis que
18 Sarmiento, ob. cit., Tomo XVIII, p. 17.
19
Montesquieu y sus reflexiones en torno al despotismo habían sido leídas por Sarmiento y
seguramente, le sirvieron de referencia en su consideración de la barbarie, encontrando en la
comparación puntos de contacto.
20 Sarmiento, ob. cit., Tomo XII. p.47.
connota la presencia de una condición, en su revés acusa la dimensión de la
ausencia. Como telón de fondo, está operando en forma constante en su mirada
descriptiva - evaluativa, el imaginario sobre lo civilizado, signo que reúne todo lo
positivo.
En una de sus cartas, a su último amor, Aurelia Vélez le dice: “Si fuera yanqui,
o francesa, vería a las mujeres desplazarse felices en ferrocarriles, en la vía
pública, aquí las calles están llenas de jóvenes solteras, viajando como aves del
cielo, seguras alegres, felices”21 Esta cita cobra sentido particularmente en ese
tiempo, en Buenos Aires las mujeres de clase acomodada salían siempre
acompañadas por sirvientes o familiares. Hasta 1928, existió en un reglamento
municipal que prohibía circular a las mujeres solas de noche.
Sarmiento, había comprendido la fuerza activa de las mujeres, advirtiendo con
claridad la estrecha relación entre el grado de desarrollo de una sociedad y el lugar
que en ella ocupan las mujeres. Desde su novedosa perspectiva, Sarmiento se
percata de la necesidad de participación de las mujeres en el proyecto educativo de
la época. Esta visión es producto de su estancia en los Estados Unidos donde puede
percibir el clima de inserción y reivindicación de los derechos femeninos en relación
con el saber y con el mundo del trabajo. A propósito, en sus escritos nos dirá: “El
Rector de la Universidad de Michigan, en su informe anual, dice que los cursos se
abrían con noventa y cinco mujeres, cinco de las cuales cursaban leyes, treinta y
ocho medicina y cincuenta y uno bellas artes. De los graduados en 1874, ocho eran
mujeres, y tres de ellas a causa de su competencia, fueron nombradas oradoras en
sus exámenes”22 A renglón seguido, y al poner en paralelo ambas situaciones, no
dejan de reflejar, en alguna medida, el deseo de condiciones mas igualitarias para
las mujeres en su país: ¡Quien cree posible que en Buenos Aires, por ejemplo, las
niñas asistan a la Universidad, a seguir los cursos universitarios ¡Nadie… (… )” 23.
Su proyecto, basado en los modelos de los países que él admiraba, Francia por el
desarrollo de las artes y los oficios y Estados Unidos por sus avances pedagógicos,
reconocía en la educación un carácter esencialmente moral y una cierta capacidad
salvífica, es decir, de redención de las culturas inferiores. La educación sería la
herramienta adecuada para superar el papel pasivo de las mujeres, para ilustrar a
las masas vernáculas y nacionalizar a los enormes contingentes de extranjeros
inmigrantes.
La educación, se convertía en el medio más idóneo, que conduciría a poblar la
república de ciudadanos. En este sentido, la escuela era concebida como la
institución social por excelencia para crear en el individuo los hábitos necesarios
para convertirlo en hombre civil.
En su concepción antropológica, concede un carácter esencialmente moral al
hombre, participando de una larga tradición en el pensamiento occidental. Por su
parte, está además plenamente convencido que el hombre obra menos por la
reflexión que por los hábitos contraídos en su infancia. En este punto, adquiere
21 Ibídem, p. 48.
22 Sarmiento, ob. cit., Tomo XLVII. p. 107.
23 Ibídem, p. 107.
reconocimiento la figura de la madre republicana, aquella que tiene a su cargo la
educación de los futuros ciudadanos en las virtudes cívicas. De esta manera se
abría también un horizonte relacionado con la educación de la mujer, pues para
poder formar a sus hijos era importante que ella misma accediera a los beneficios
de la educación, antes vedados o restringidos. En su obra Recuerdos de provincia,
especie de autobiografía, y sin contrariar la tendencia de presentarse él mismo
como modelo, hace hincapié en el fuerte influjo que marcó su madre en la
formación de su carácter.
En línea con estas consideraciones, dejando el plano de las ideas, para reparar
en sus acciones en materia educativa, no puede dejar de señalarse, el impulso
otorgado por Sarmiento a la educación pública. Su relación en Estados Unidos con
el pedagogo Horacio Mann y luego con su esposa Mary Mann, le facilitó traer al país
a destacadas maestras norteamericanas quienes fundan y reorganizan escuelas en
las principales ciudades del interior del país. Abogó por la educación libre, laica y
gratuita y de carácter mixto. Su política le deparó una fuerte oposición de las clases
dirigentes en el país, quienes se oponían por razones de carácter económico y
además por la presencia de mujeres extranjeras y protestantes en la actualización
del sistema educativo.
En su actividad política, Sarmiento supo contar con la colaboración de mujeres
que con osadía habían luchado frente al estereotipo vigente en la época. En ellas
reconoció, capacidad, talento y un espíritu desafiante, frente a los imperativos
culturales vigentes. Y en justicia, dio lugar a muchas voces y protagonismos
femeninos como el de Juana Manso, Mariquita Sánchez, Aurelia Vélez, Mary Mann,
entre otras, que levantaron banderas en la lucha por la emancipación de la mujer.
Reflexiones finales
Caben en la instancia final de este trabajo, algunas consideraciones sobre la
condición de la mujer en el largo siglo XIX. Siglo que impuso abruptas y
revolucionarias transformaciones en el orden político, no así acompañadas en el
orden social y cultural. Se rompieron cadenas, hubo rupturas y se conservaron
otras amarras. La permanencia de las pautas del modelo patriarcal tendió conos de
sombra, sobre la situación de la mujer, caracterizada por la sujeción, la
dependencia, la exclusión de lo público, la minusvalía, la restricción en el ámbito de
derechos sociales y políticos. Como contrapartida, solo un haz de luz iluminaba en
el recinto del hogar, su reconocimiento. Su identidad quedaba casi exclusivamente
configuraba por fuertes componentes esencialitas, asentados en su naturaleza, en
su biología, excluyendo toda posibilidad para la emergencia de un sujeto social.
En el marco del proceso independentista y de gestación del estado argentino, se
vislumbraron luces. Algunas mujeres hicieron galas de generosidad, de valentía y
patriotismo. Unas se preocuparon por la difusión de ideas libertarias, otras
prestaron apoyo económico, militar y estratégico. No obstante, sus respectivas
intervenciones tuvieron carácter excepcional, cualidad que no actuó en desmedro
de su protagonismo. Sin embargo, este protagonismo no igualaba al alcanzado por
los hombres ilustrados en quienes reposó siempre la definición del proyecto
nacional. Cabría pensar que la justificación de su intervención en el juego político,
estaría sobredeterminada por la entidad que adquiere, en las representaciones de
las élites dirigentes, el proyecto político de la independencia, más que por
compartir una visión igualitaria con el género.
La emergencia de condiciones de posibilidad para un nuevo sujeto social, en esta
lectura, se ven particularmente asociadas a la práctica femenina de la palabra
escrita en el espacio público y a la ampliación del acceso a la educación. La
conquista de la palabra escrita significó, junto a otras prácticas de reivindicación
laboral y social, una fuerte irrupción en el ámbito social que fue alterando la
relación de fuerzas con el poder masculino hegemónico. Las mujeres del siglo
expresaron malestares inherentes a su propia condición sin poder avanzar más allá
de las limitaciones históricas y las que su pertenencia de clase imponía. Sin
embargo, podemos conjeturar, que sus prácticas desafiantes frente al orden
establecido, fueron configurando las bases de una suerte de proto - feminismo.
La consideración de Sarmiento, se justifica no sólo por la entidad que adquiere
su perspectiva en relación al género, sino por la proyección que alcanzaron sus
ideas. Como hombre público, propició mediante su proyecto educativo, la
participación de mujeres en el magisterio, pero más aún también la creación de
posibilidades concretas de transformación mediante el acceso a la educación
primaria, gratuita y laica para ambos sexos. El carácter igualitario y por ello
democrático de estas medidas, abría el camino con nuevas luces iluminando el
trayecto al siglo venidero.
De esta manera, se pretende señalar que en tiempos finiseculares, la lenta
marcha de la emancipación femenina confluye con el proyecto de una Argentina
moderna, configurándose condiciones de viabilidad para la emergencia de nuevos
sujetos en un nuevo siglo, uno de ellos, sin dudas, sería la mujer quien avanzará
sin pausa en la construcción de su devenir histórico.
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