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Caridad

El documento presenta un estudio teológico sobre la caridad, destacando su importancia como virtud cristiana y su relación con el amor de Dios y el prójimo. Se exploran las definiciones de amor en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y se enfatiza que Jesucristo es el modelo supremo de caridad. Además, se menciona la necesidad de responder al amor divino a través de acciones concretas hacia los demás, reflejando así el amor incondicional de Dios.

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El documento presenta un estudio teológico sobre la caridad, destacando su importancia como virtud cristiana y su relación con el amor de Dios y el prójimo. Se exploran las definiciones de amor en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y se enfatiza que Jesucristo es el modelo supremo de caridad. Además, se menciona la necesidad de responder al amor divino a través de acciones concretas hacia los demás, reflejando así el amor incondicional de Dios.

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Seminario Arquidiocesano de Chihuahua.

La caridad

Presenta:

Jonathan Guanespén Piñón

Docente:

Pbro. Lic. Aarón Modesto Rodríguez


Chihuahua, Chih. Diciembre
2024

La caridad
1. Estudio teológico.
Caridad expresa la virtud teologal cristiana, reina de todas las demás virtudes, pero
recuerda asimismo la limosna, que, si puede ser su encarnación, puede también camuflar y
coartar una realidad tan amplia y elevada. La expresión “caridad- amor”, por más que
quiera disipar claramente estos equívocos, apenas logra otra cosa que multiplicarlos y. en
cualquier caso, suena como expresión demasiado compleja y alejada de lo normal. El
término agápe, sobre todo opuesto a éros, podría expresar mejor el característico amor
cristiano, dado que se encuentra de continuo en el NT y no existía como sustantivo en el
griego clásico. ¡Lástima que sea un término griego y suene entre nosotros como un
barbarismo! Una vez aclarado esto, podremos usar el término que nos parezca, porque
habría de resultar evidente que se trata de expresar una realidad religiosa que no puede
dejar de ser al mismo tiempo misteriosa.

1.2. El amor gratuito de Dios.


El amor entre Dios y los hombres se había revelado en el AT a través de una serie de
hechos: iniciativas divinas y rechazos del hombre, dolor del amor rechazado,
superación dolorosa para estar a la altura del amor y aceptar su gracia. En el NT el amor
divino se expresa en un hecho único cuya naturaleza transfigura los datos de la
situación: Jesús viene a vivir como Dios y como hombre el drama del diálogo de amor
entre Dios y el hombre.

1.3. La respuesta del amor humano.


El amor de Dios por el hombre, que comienza con la creación se perfecciona con la
intervención redentora y es llevado a término mediante la obra santificadora del
Espíritu, debería solicitar la respuesta humana: Dios ama de manera particular a quien
responde a su amor. En el NT se pueden distinguir dos géneros de amor de Dios a los
hombres: el amor universal, en el cual Dios toma toda la iniciativa, que comprende
tanto a justos como a pecadores; y el amor de aprobación, definitivo, con el que Dios
ama a quienes han respondido a su iniciativa de amor, amando a su vez. Así san Juan
nos habla del amor del Padre por aquellos que han creído en Jesús, le han amado y han
observado sus enseñanzas: “Si alguno me ama, guardará mi doctrina, y mi Padre le
amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. (14.23). La medida del amor a Dios,
como dice San Bernardo, es amarlo sin medida.

1.4. El prójimo sacramento de Cristo.


Pero ya se le invita a Israel a prestar atención a los otros. Hasta en los textos más
antiguos constituye una ofensa a Dios el ser indiferente y hostil al propio prójimo (Gén
3, 12), y la ley une a las exigencias qué conciernen a las relaciones con Dios las que
tocan a las relaciones entre los hombres; así el decálogo (Ex 20.12-17) o el «código de
la alianza» que abunda en prescripciones a favor «de los pobres y de los pequeños» (Ex
22 y 23).
Si la concepción judaica podía dejar creer que el amor fraterno se yuxtapone en un
plano de igualdad con los demás mandamientos, la visión cristiana le concede el lugar
central, más aún, único. Jesús no se limitó a prescribir el amor del prójimo como el
signo manifiesto de la filiación divina y el único modo de responder adecuadamente al
amor gratuito de Dios, sino que dio también, en su persona y en su vida el ejemplo de
cómo debe amar el hombre a sus hermanos para responder al amor con que Dios lo
ama.
El motivo del amor al prójimo, indicado por la revelación, es doble: se dedo amar al
prójimo por amor de Dios, este es, porque nosotros amamos a Dios en él; y por amor de
Cristo, porque en él amamos a Cristo, de quien es miembro. De modo que la caridad
hacia el prójimo es “teologal”, apoyándose en motivos religiosos, que sirven incluso
para los enemigos y los pecadores.
La medida del amor al prójimo podrá tener presente el egoísmo humano y la gradación
con la cual solamente podemos salir del mismo, pero es verdaderamente un amor sin
medida, porque tiene como modelo el amor de Cristo, que no tiene límites, y termina en
la muerte y en la muerte de cruz. La extensión del amor será, pues, por su naturaleza,
general y no podrá excluir a nadie. Pese a nuestra limitación y sin excluir previamente a
nadie, podremos no obstante amar a alguien de modo particular y personal,
prefiriéndolo a otros. Por eso se habla de «orden del amor», que tiene como criterios la
proximidad, la amabilidad y la necesidad.
1.5. ¿Ley o amor?
Naturalmente, no hay que caer en malentendidos. La libertad cristiana no es libertinaje
o anarquía. Es libertad que nos hace amar el servicio: “Vosotros en efecto, hermanos,
fuisteis llamados a la libertad; más procurad que la libertad no sea un motivo para servir
a la carne, antes bien servíos los unos a los otros mediante la caridad” (Gál 5,13). No se
trata de arrojar al mar todos los códigos y estatutos por ser contrarios al plan de Dios.
Ellos tienen un valor real, aunque instrumental. Sirven ante todo para los pecadores,
para aquellos que no tienen la caridad o tienen demasiado poca. Estas normas prácticas
les recuerdan lo que (generalmente) deberían hacer o evitar para estar en línea con la
caridad. Pero cuando Cristo quiere que la justicia del cristiano sea superior a la de los
escribas y fariseos (Mt 5,20), los cuales respetaban la ley a la letra, quiere decirnos
verdaderamente que la ley no basta, porque se precisa la dedicación del corazón y una
conducta inspirada en el amor.

1.6. La caridad y los principios.


La relación fin-medios: Eran precisamente la justicia y la caridad las que exigían
justamente el respeto de las personas y sancionaban el principio: el fin (aunque sea
bueno) no puede justificar los medios (cuando son malos). El principio, en cuanto
prohíbe la ofensa a las personas y su instrumentalización, volverá a repetirse hoy, sobre
todo, cuando las violaciones son técnicamente más fáciles y peores.

2. La caridad en la Sagrada Escritura.


La Biblia también nos habla mucho sobre el amor. De hecho, nos dice claramente que Dios
es amor (1ª Juan 4:8) y en él encontramos el mejor ejemplo del amor verdadero e
incondicional. Pero el amor como tal ha sido distorsionado a través de los siglos. Muchos lo
equiparan con el sexo; otros, con el sentimiento de poder y control sobre otra persona. ¿Qué
es en realidad el amor? ¿Cómo lo definimos?

La mayoría de las definiciones hablan del amor como un sentimiento o una emoción fuerte
hacia una persona o hacia un grupo de personas como son la familia o los amigos. En
determinadas circunstancias se puede referir al amor hacia los animales o algunas cosas
materiales. Hay variedad de definiciones, pero en realidad no es un concepto fácil de
definir.
En la Biblia encontramos un capítulo maravilloso donde leemos lo que puede considerarse
como la mejor definición del amor. Es el de 1ª Corintios 13. En los versículos del 4 al 8
vemos cómo debe ser, y cómo no debe ser el amor.

2.1. Antiguo Testamento.


En el caso del término amor en el AT, este es presentado mayormente como un
verbo y muy pocas veces como un sustantivo. Tal vez porque el amor esté ligado
originalmente a un acto.

En este punto, es importante precisar que el pensamiento hebreo le da mucho énfasis


a la acción; tanto es así que en la construcción de sus estructuras sintácticas el verbo
siempre va en primer lugar (por ejemplo: “y dijo Jehová a Moisés”), a diferencia del
idioma español en donde se verifica que la oración empieza mayormente con un
sustantivo (por ejemplo: “Juan ama a María”).

Etimológicamente, la raíz de ahab (‘amar’) y sus derivados como ahabah (‘amor’),


oheb (‘amigo, alianza’) y ahabim (‘amores’) aparecen no solo en el AT y los textos
de la literatura hebrea en general, sino que también se pueden verificar en los
dialectos semíticos. Como suele suceder en las etimologías, esta raíz ha estado en
constante cambio de tal forma que su significado ha variado mucho dependiendo de
las circunstancias.

Estadísticamente hablando, de las 251 veces que la raíz aparece en el AT, 231
corresponden al modo qal (incluidas las 65 veces para oheb, las 53 veces para
ahabah, 1 vez para nifal, 16 veces en piel, 2 veces para ahabim y 1 vez para
ohabim). El empleo más frecuente del verbo se da en los Salmos (4 veces),
Proverbios (23 veces), Oseas (19 veces), Cantares (18 veces) y Génesis (15 veces).
Los casos del modo piel se encuentran distribuidos entre Jeremías, Ezequiel y
Oseas. Los casos de oheb son más frecuentes en los Salmos y Proverbios (17 veces
en cada uno); y los de ahabah, (‘amor’) en Cantares (11 veces, incluyendo Cantares
3,10) y en Deuteronomio (9 veces).

El carácter de Dios. Si queremos conocer a las personas, lo más importante es


escuchar lo que dicen de sí mismas. Y Dios dejó muy claro cómo es realmente Su
carácter en el Antiguo Testamento, a pesar de que la gente lo malinterprete y lo
represente de manera errónea. Cuando Dios se encontró con Moisés, quien quería
verlo (Éxodo 33,17-23), se describió a Sí mismo de una manera tan poderosa (34,6,
7) que estos dos versículos se citan y se alude a menudo a lo largo de la Biblia como
una verdadera imagen de quién es Dios (Joel 2,13; Jonás 4,2).

El amor en el Antiguo Testamento no se limita a Dios; su amor genera amor


verdadero en todo tipo de relaciones humanas. El esposo y la esposa tienen la
misma “llama del Señor” entre ellos (Cantar de los Cantares 8,6), lo que indica que
es Dios quien enciende el más íntimo de los amores humanos. Dios también
describe el amor entre padre e hijo como algo que Él modela e inicia, como nuestro
Padre celestial (Oseas 11,1-4). Incluso el amor entre amigos está conectado con el
amor de Dios e inspirado por Él. Como nuestro cónyuge, padre y amigo por
excelencia, Dios exhibe cómo es este amor multiplicador, al cantar exuberantemente
sobre Su pueblo (Sof. 3,17).

El amor en el Antiguo Testamento no es sólo para aquellos que nos aman. Dios
también ama a los que no son dignos de ser amados, a los vulnerables y a los
extraños, y nos llama a hacer lo mismo para reflejar Su amor (Deut. 10,18, 19). Dios
ama la misericordia, la justicia y la rectitud (Jer. 9,24), y nosotros también
deberíamos amar. El amor de Dios nos lleva a amar a los demás (Miqueas 6,8).
YHWH extiende largos tiempos de prueba incluso a aquellos que son
extremadamente malvados con la esperanza de que se vuelvan a Él, por ejemplo, los
cananeos y todos los profetas de Israel (Gén. 15,16). Dios verdaderamente ama a
Sus peores enemigos y nos llama a hacer lo mismo.

2.2. El nuevo Testamento.


La ética del amor del Nuevo Testamento tiene su fundamento en el Antiguo
Testamento. Los dos mandamientos, amar a Dios y al prójimo, están en el centro de
la tradición madura de Israel. En el Nuevo Testamento el amor se afirma, no como
un nuevo principio ético, sino como el espíritu de una nueva relación entre el
hombre y Dios. El Nuevo Testamento se caracteriza por la visión radical de que el
espíritu del amor transciende toda ética de mandamientos y leyes específicas.
En el Nuevo Testamento, el significado del amor ético lo da la acción divina en la
historia de Jesús. Éste es el segundo punto vital de la ética del Nuevo Testamento.
Cuando preguntamos qué es el amor, o qué se debe hacer con espíritu de amor,
debemos considerar la acción de Cristo al convertirse en siervo por causa de los
impíos. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”, dice
Pablo, al adaptar el himno kenótico en el que Cristo, que es igual a Dios, se humilla,
toma la forma de siervo y se hace obediente hasta la muerte (Fil. 2,5). La
concepción que Pablo tiene de la vida cristiana es que nos conformaremos al modo
de ser de Cristo. “De la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, vivid en él”
(Colosenses 2,6). Pablo piensa que los sufrimientos de la vida de fe llevan en el
cuerpo la muerte de Jesús para que su vida también se manifieste (2 Cor. 4). Esta
vida cruciforme es el significado de la nueva creación. Pablo habla de la nueva vida
en la libertad del amor como si fuera en sí misma la «regla» (canon): «Paz y
misericordia a todos los que viven según esta regla, al Israel de Dios» (Gálatas
6,16).

3. Jesús modelo de caridad


Jesucristo es el ejemplo supremo de la caridad. Jesucristo demostró caridad constante y
alentó a Sus seguidores a hacer lo mismo. Sin embargo, Su mayor acto de caridad fue Su
sufrimiento en Getsemaní y el sacrificio de Su vida en la cruz, a través del cual todos
tenemos la oportunidad de tener vida eterna y vivir con nuestro Padre Celestial.

A través de su ejemplo, podemos aprender cómo encontrar la felicidad y cómo enriquecer


las vidas de otros. Cristo nos muestra que, si ponemos a los demás primero, podremos
encontrar el verdadero gozo. En verdad, la definición de caridad es amor puro de Cristo.
La caridad es en realidad uno de los dones espirituales, y como tal, puede ser adquirido
como un don de Cristo. Debe ser buscado mediante la oración y la diligencia.

4. Cartas apostólicas.
"El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor". Primera de Juan 4, 8.

“Ante todo, tened los unos para los otros «ferviente caridad», porque la caridad cubre la
muchedumbre de los pecados”. I Pdr 4, 8.
“La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es
descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se
complace de la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”. I Cor
13, 4.

Así pues, os exhorto yo, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con
que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los
unos a los otros con caridad. Ef 4, 1.

5. Patrística.
Solamente la doctrina de San Agustín (♱ 430), ya daría de sí para una gran obra acerca de
la caridad. Todos los grandes temas sobre el amor están ampliamente tratados por él. Pero si
alguno merece destacarse, ese sería el de la caridad como santo y seña del cristiano. «La
caridad es la única que discrimina a los hijos de Dios de los hijos del demonio.

San Clemente Romano (♱ 101), que escribe «La caridad nos une a Dios». Nada tiene de
extraño que, según el mismo Padre, se puede afirmar que «la altura a la que [la caridad] nos
lleva es inenarrable». Si esta es la fuerza unitiva, encoladora, de la caridad, lógicamente se
sigue que la enemistad —lo que desune o desencola— con los demás es obstáculo también
entre Dios y el hombre.

De muchas formas distintas es afirmada la caridad como amistad con Dios. Este tema
encontrará en Santo Tomás la formidable apoyatura de la filosofía aristotélica. Pero son
numerosísimos los testimonios, entre los Padres, que examinan y ponderan este tema.
Traigo aquí solamente uno, establecido con criterio comparativo, a partir de la experiencia
humana de la amistad: «Si entre los hombres este amor mutuo, esta amistad, sobrepuja y es
preferible y superior a todo deleite, cuando la amistad y el amor mutuo es con Dios, ¿qué
ingenio, qué lengua podrá explicar la dicha y la felicidad de un alma así? No hay
entendimiento capaz; sólo la experiencia nos lo hará comprender».

En Clemente de Alejandría (♱ apr. 211/ 215): «Viste a tu hermano, has visto a tu Dios».
Con la segunda de las matizaciones apuntadas, Tertuliano (♱ apr. 222/223): «Viste a tu
hermano, viste a tu Dios». Y San Ambrosio (♱ 374): «Cuando y como recibes a un
huésped, recibes a Dios». Aunque por faltar alguna de las condiciones más arriba indicadas
no puede considerársele como Padre en sentido estricto, no quiero dejar de aducir un
testimonio formidable de un autor del s. IV, Evagrio Póntico (♱ 399), que en un libro
atribuido a San Nilo el Sinaita (♱apr. 430) afirma: «Bienaventurado el monje que piensa
que todo hombre es Dios, después de Dios». Tengo que confesar que ante la interpretación
del texto de San Pablo «de Dios nadie se ríe» oída alguna vez, en el sentido de que sólo de
Dios nadie se puede reír, he preferido la «modernidad» de la interpretación evagriana a la
de exégetas modernos. Pero quizá ninguna afirmación alcanza la rotundidad de esta de San
Cirilo de Alejandría (♱ 444): «Toda la fuerza de la piedad para con Dios se contiene en esta
única palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Pero es quizá San Juan Crisóstomo (♱ 407) el Padre más sensible al aspecto de la caridad
más abiertamente vuelto a la necesidad ajena, a la realidad de la pobreza que ha de ser
socorrida por la caridad. Las homilías de este Padre son una cantera inagotable para lo que
llamamos hoy la dimensión social de la caridad. Afirma sin ambages que «no hay fortuna
que no esté cimentada en la injusticia»; que «todos los males proceden de los fríos
conceptos `mío’ tuyo’; que «la, comunidad de bienes es más natural que la propiedad
privada». Las circunstancias que le tocaron en suerte golpearon fuertemente el corazón del
gran obispo, y su respuesta fue magnífica. Ante todo, ve el Crisóstomo en la caridad
compendiada la totalidad de lo cristiano. «Tengamos esta inclinación a la caridad, y se
seguirán todos los bienes. Quien tiene un alma benigna y misericordiosa, si adquiere dinero
lo dará; si ve a alguien en calamidad lo lamentará; si se topa con alguien injustamente
oprimido, se pondrá de su lado; y si lo encuentra agraviado le tenderá la mano. Teniendo el
tesoro de un alma humana y misericordiosa, de ella se derrama todo bien en favor de los
hermanos y se promueve el gozo de los premios de Dios».

6. Magisterio de la Iglesia
El catecismo de la Iglesia Católica nos habla de la caridad de la siguiente forma.

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él
mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. (CEC 1822).

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf. Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta
el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los
discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como
el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9).
Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado”
(Jn 15, 12). (CEC 1823).

El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el
vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena
entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra
facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino. (CEC
1827).

La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de


los hijos de Dios… (CEC 1828).

La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la
corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y
generosa; es amistad y comunión. (CEC 1829).

Deus Caristas est, de Benedicto XVI sobre el amor cristiano.

Intima Ecclesiae Natura, de Benedicto XVI sobre el servicio de la caridad.

Caritas in veritate, de Benedicto XVI sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en


la verdad.

Sacramentum Caritatis, de Benedicto XVI sobre la eucaristía.

7. Referencias:
Becerra M. “El amor en el Antiguo Testamento: Hacia una cultura bíblica del amor”.
(2017). Facultad de Teología Universidad Peruana Unión.

Catecismo de la Iglesia Católica 1822-1829.

Escallada A. “La caridad en los Santos Padres”. (1993) XX Semana de Estudios


Vicencianos. [Link]
N. a. “La caridad de Jesús”. (2012). [Link]
jesus#:~:text=Jesucristo%20demostr%C3%B3%20caridad%20constante%20y,vivir%20con
%20nuestro%20Padre%20Celestial.

Rossi L. y Valsecchi A. “Diccionario enciclopédico de teología moral”. (1980). Madrid.


Ediciones Paulinas.

Williams D. “El espíritu y las formas del amor”. Religión en línea. [Link]
[Link]/book-chapter/chapter-3-love-in-the-new-testament/.

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