TEMA 2: PATRÓN ORO
5. Formación y evolución del patrón oro antes de la Primera Guerra Mundial.
La expansión del comercio y la inversión internacionales requiere el desarrollo de un sistema de
pagos internacional, aceptado por los países que participan en el comercio y las finanzas
internacionales. En el periodo de esplendor de la economía internacional (1870-1914) el sistema
de pagos se basó en el patrón oro. Facilitó el comercio y la inversión internacionales.
Generaciones de economistas, políticos y hombres de negocios han estado convencidos que
funcionó mejor que cualquier otro sistema monetario internacional. Dio lugar a graves errores
de política económica en el periodo posterior a su colapso (1914), nace de su cualidad
primordial: estabilidad de los tipos de cambio. La economía internacional nunca ha contado con
un régimen monetario tan estable a los tipos de cambio durante un tiempo prolongado como el
patrón oro, sin que los gobiernos tuviesen que intervenir en los movimientos de capital.
El patrón oro era un sistema de tipos de cambio fijos que establece la paridad oficial de cada
moneda frente al oro y, a través del oro, con todas las demás divisas. La autoridad monetaria se
comprometía a comprar y vender oro (también plata o indistintamente si el patrón era
bimetálico) a un precio fijo en su propia moneda, que estaba legalmente establecido y era
inamovible (1). Se aceptaba que el oro y la plata circularan libremente en el país, o que se
exportara e importara (2). Cuando dos países adquirían ese compromiso respecto del mismo
metal precioso quedaba fijada una paridad de acuñación, determinada por el contenido
metálico de las dos monedas. Había una relación fija entre la cantidad de reservas metálicas del
banco central y la oferta de dinero en circulación (3).
5.2. La expansión del patrón oro.
Durante el siglo XX todos los regímenes monetarios internacionales posteriores a 1914 han
nacido de un acuerdo de la comunidad internacional. Pero en el siglo XIX no ocurrió nada
parecido, a pesar de la celebración de algunas conferencias monetarias. Ni existió un acuerdo
internacional de carácter multilateral, ni tampoco ninguna de las potencias de la época ejerció
su poder económico para imponer el patrón oro. Gran Bretaña, que estaba llamada a ser su
portaestandarte y que, por su condición de potencia hegemónica podía haber presionado para
que los demás adoptasen este régimen monetario mantuvo una actitud displicente. Por tanto,
el patrón oro alcanzó de manera espontánea la condición de sistema monetario i nternacional.
Aclaremos la expresión «espontánea»: decisiones tomadas individualmente por los países,
sobre todo por aquéllos que tenían relevancia en la economía internacional.
Había una racionalidad. Los gobiernos abrazaron el patrón oro por tres motivos:
a) Efecto-demostración encarnado por Gran Bretaña. Su sistema monetario tuvo un carácter
singular en el contexto occidental durante más de un siglo. Estuvo en el patrón oro ya a
comienzos del siglo XVIII. Una pertenencia precoz que se emparejó con la delantera tomada por
el país en la carrera industrializadora. Los contemporáneos creyeron que la pujanza económica
británica derivaba, al menos en parte, del hecho que el oro era la base de su sistema monetario.
b) Externalidades originadas por la pertenencia al mismo de la economía británica y otras
desarrolladas. A medida que los intercambios comerciales se multiplicaron y los países
intensificaron sus relaciones económicas, las externalidades dimanantes del patrón oro
adquirieron una gran importancia. La posición de Gran Bretaña en el comercio mundial actuó en
el terreno monetario como un poderoso imán. La incorporación de más y más países al patrón
oro realimentó el proceso al reforzar las externalidades.
c) Inestabilidad de los sistemas monetarios bimetálicos. Durante la primera mitad del siglo XIX,
el panorama estaba dominado por el patrón bimetálico. La moneda de la mayoría de países se
basaba en el oro y la plata. Algunos Estados habían optado por un patrón plata. Gran Bretaña se
mantuvo en otro patrón oro. Donde imperaba el patrón bimetálico se acuñaban monedas de
oro y plata, con arreglo a unas reglas muy precisas. La unidad monetaria de cada país contenía
una cantidad determinada de cada uno de los metales. La ley de acuñación establecía esa
cantidad, con carácter inamovible. Francia fijó el contenido de plata del franco en 4,5 gramos, y
en oro en 0,29 gramos. Las monedas nacionales de otros países contenían una cantidad distinta
de los dos metales preciosos. Paridad de acuñación entre las respectivas monedas.
Las instituciones encargadas de fabricación de moneda estaban obligadas a acuñarla respetando
escrupulosamente las reglas establecidas por la ley de acuñación relativas al contenido de metal
y otras características. También debían comprar y vender oro y plata al precio fijado en la propia
moneda nacional. Todo el mundo tenía derecho a aportar a la casa de la moneda pastas de oro
o plata para recibir a cambio la cantidad correspondiente de monedas de uno u otro metal según
la paridad de acuñación. Esta moneda, o cualquier otra, incluyendo los billetes de banco, podían
cambiarse, ilimitadamente, por monedas de oro o de plata.
Pero, ¿por qué mantener sistemas monetarios bimetálicos? La razón es simple: para procurar
una oferta monetaria suficiente en volumen y adecuada para los diversos tipos de transacciones.
El bimetalismo resultaba una solución natural, cuando los depósitos bancarios aún no estaban
muy extendidos y el público no tenía una gran confianza en los billetes bancarios.
Los sistemas bimetálicos aseguraban una oferta suficientemente amplia y diversificada. Las
monedas de oro servían como moneda de reserva y para las transacciones de mayor cuantía. En
la mayoría de países el stock de oro o plata no era suficiente para cubrir las transacci ones, por
lo que sólo combinando ambos podían evitar una presión deflacionista.
El bimetalismo comportaba un dilema. Al establecer, por ley, una paridad de acuñación cada
país fijaba una equivalencia legal entre el valor del oro y la plata. En Francia, las autoridades de
este país optaron por una relación bimetálica (oro-plata) de 1:15,5 (0,29/4,50). El problema es
que el precio relativo de ambos metales en el mercado no es fijo. Es probable que la relación de
equivalencia bimetálica oficial se aparte de la relación real, la que marca el mercado
internacional. Las autoridades no pueden cambiar la paridad oficial entre ambos metales sin
incurrir en costes intolerables. Supongamos que deseasen hacerlo para adaptarse a los precios
corrientes de mercado. Sería preciso retirar toda la moneda en circulación para alterar su valor,
lo que tendría un gran coste en términos económicos y de reputación, una operación así podría
hundir la confianza en la moneda. Se resistieron a reajustar las paridades de acuñación. El
contenido en oro y en plata de las monedas nacionales se mantuvo inalterable, pese a que las
paridades legales se distanciaron de los precios de mercado.
Cuando la diferencia entre los precios oficiales y de mercado sobrepasa un determinado umbral
actúa la Ley de Gresham, viéndose abocado el país afectado a un patrón monometálico. La Ley
de Gresham postula que la moneda sobrevalorada al precio oficial desplaza la moneda
infravalorada. Aquellos que poseen el metal que en el mercado internacional se paga más caro
-vale más de lo que la ley de acuñación nacional marca- no lo llevarán a acuñar. Las monedas de
este metal desparecerán de la circulación y serán atesoradas o se fundirán, exportándose con el
resto del metal donde tengan un precio más elevado en relación con el otro metal. Se
enriquecen mediante arbitrar con la moneda. Es posible un beneficio rápido y seguro cambiando
la moneda sobrevaluada por la infravaluada, exportándola para cambiarla de nuevo por el
primer metal a un precio más ventajoso. Suponiendo que el precio relativo de ambos metales
en el mercado mundial ascienda a 1:17, cualquier residente en Francia que opere en el mercado
monetario internacional intentará acaparar oro mediante el canje de monedas de plata al
cambio oficial de 1:15,5 ;a continuación remesará el oro al extranjero cambiándolo por plata al
precio vigente de 1:17. Importada ésta y llevada a la casa de la moneda para su acuñación,
rendirá un beneficioso sustancioso. Los costes de transporte, fundición y de aseguramiento de
los metales fijarán el umbral mínimo por encima del cual actúa el arbitraje de la moneda. Al
tratarse de un negocio de escaso riesgo, tendrá lugar a gran escala, conduciendo con relativa
rapidez a la desaparición de las monedas de uno de los metales.
Hasta la primera mitad del siglo XIX las variaciones fueron tan débiles que pasaron
desapercibidas para los contemporáneos. La capacidad o posibilidad de aumentar el stock
mundial de cualquiera de los dos metales era muy limitada. Durante el siglo XIX dejó de ser as í,
tanto por el descubrimiento y explotación de importantes yacimientos como por las
innovaciones en las técnicas de tratamiento de los minerales. La producción de oro y plata
fluctuó con amplitud y de manera desacompasada, presionando los precios relativos. Algunos
autores argumentan que estos vaivenes generaron tensiones para los sistemas bimetálicos.
5.3. El funcionamiento del patrón oro: el modelo de Hume y las reglas del juego.
La estabilidad del patrón oro ha dado lugar al mito del patrón oro como sistema autorregulado,
provisto de mecanismos de ajuste automáticos. La clave de la estabilidad del patrón oro radica
en que la masa monetaria de los países estaba vinculada a un activo tangible -el oro-, cuya
cantidad no podían controlar las autoridades, pero estaban comprometidas a defender
(preservar la convertibilidad en oro de la moneda nacional a la paridad establecida).
Cómo se equilibraban las balanzas de pagos. Cuando un país compraba más de lo que vendía
tenía que compensarlo con oro (para simplificar, la balanza comercial equivale a la balanza por
cuenta corriente). Al disminuir el stock de oro, el banco central debía reaccionar a fin de cortar
la reducción de sus reservas. La emisión de billetes se regía por el principio de reserva
fraccionaria -como los depósitos bancarios-, por lo que siempre existía el riesgo de una crisis de
confianza del público. El BC debía protegerse de la eventualidad de una demanda de conversión
masiva de billetes por oro. Tomaba dos tipos de medidas: 1. Subida de los tipos de interés. El BC
prestaba dinero a los bancos comerciales, mediante operaciones de redescuento (descuento de
letras de cambio previamente descontadas por los bancos a sus clientes). Al elevar los tipos de
redescuento, y de otro tipo de créditos y préstamos, se producía un efecto en cascada. Los
bancos comerciales subían los tipos de interés. El encarecimiento de la oferta crediticia bancaria
originaba una disminución de la oferta monetaria. A medida que vencían los créditos se
renovaban y concedían menos que antes porque la demanda se retraía. Un menor volumen de
créditos bancarios significa menos depósitos y billetes en circulación. La contracción de oferta
monetaria presiona a la bajada de precios (se elimina el déficit por cuenta corriente). Un
segundo tipo de medida: la venta masiva de títulos de deuda pública. El instituto emisor disponía
de un gran volumen de estos activos en cartera (práctica común, y la legislación prescribía unos
topes mínimos de estos activos, al igual que de reservas metálicas) . Deshaciéndose de una parte
de este paquete mediante la venta en el mercado secundario -operaciones de mercado abierto-
drenaba la liquidez del sistema económico. Los medios de pago utilizados por los compradores
nutrían las reservas del banco central, reduciendo la oferta monetaria.
El primer mecanismo ponía en juego unas fuerzas que actuaban en la economía real en la misma
dirección, redoblando las tendencias deflacionistas. El alza de los tipos de interés tenía efectos
depresivos sobre la demanda agregada. Si el coste del capital aumenta, la productividad
marginal del mismo se reduce. Con tipos de interés más altos algunos proyectos de inversión ya
no resultarán rentables o atractivos. Sabiendo que las empresas suelen basar muchos de sus
planes de inversión en el crédito, su encarecimiento lleva a la cancelación de planes. Así que la
inversión agregada cae, y, por el multiplicador, esto tiene un efecto amplificado sobre la
actividad productiva; máxime en un contexto en que la contratación y el salario no están sujetos
a regulación alguna. Aumenta el desempleo y los salarios nominales, flexibles a la demanda de
trabajo, tienden a disminuir. La caída de los salarios y la renta, primero, de bienes de inversión,
y, después, de consumo desencadena un proceso de flacionario; lo intensifica, ya que ha sido
originado por fuerzas estrictamente monetarias. Y la caída de los precios internos resultante de
la restricción monetaria y la restricción de inversión, la producción y las rentas representa el
mecanismo de reequilibrio fundamental de la balanza de pagos. El descenso del nivel de precios
internos respecto al del resto del mundo comporta que los productos del país en déficit ahora
se conviertan en más competitivos frente a los de los países con una balanza excedentaria, cuyos
precios evolucionan en sentido opuesto. Gracias a los movimientos de precios se restablece el
equilibrio exterior. Este esquema interpretativo admite la adición del vector renta (v. diagrama
de la p. siguiente). La caída de la inversión y el consumo agregados originan una disminución de
la demanda de importaciones, que ayuda a reequilibrar la balanza exterior.
Pero la carga del ajuste no recaía sólo sobre el país en déficit. El patrón oro proporcionaba un
mecanismo de reequilibrio externo que aliviaba el coste del ajuste para la economía con balanza
de pagos deficitaria. Este mecanismo consistía en las entradas netas de capitales. Acudían
atraídos por el alza de los tipos de interés. El BC ponía a la venta títulos de deuda pública para
absorber liquidez. El volumen de su cartera era suficiente para que el banco no fuese precio
aceptante en el mercado secundario de la deuda. Las operaciones del banco arrastraban a la
baja la cotización de la misma. Se elevaba su rendimiento para el comprador (el rendimiento
efectivo implícito de la deuda, como cualquier valor de renta fija es el inverso de su cotización).
Dado que el rendimiento efectivo de la deuda pública es el tipo rector del interés a largo plazo,
su elevación implicaba una mayor rentabilidad para la inversión en bonos y obligaciones. El
precio de todos ellos caía en paralelo con la deuda y las nuevas emisiones se colocaban a tipos
de rendimiento más elevados. Esto atraía capital de países con balanzas de pagos favorables.
Los inversores recomponían sus carteras de valores, comprando fondos públicos y otros activos
de renta fija de los países en déficit, al ofrecer unos rendimientos superiores.
Lo anterior condensa los mecanismos de equilibrio de las balanzas de pago dentro del patrón
oro. Los países no se habían de arreglar por sí solos cuando sufrían un desequilibrio exterior.
Recibían la ayuda de otros países por la vía de los flujos de capital privado. No era una ayuda
desinteresada. El capital acudía en auxilio de los que lo necesitaban respondiendo al incentivo
de obtener una mayor remuneración y porque no había el riesgo de cambio. Esto es muy
importante. Los gobiernos de los países que formaban parte del patrón oro jamás se plantearon
devaluar o abandonar la convertibilidad (excepto en tiempos de guerra).
5.4. El patrón oro en la práctica: el patrón oro, una institución dependiente del contexto.
Las autoridades monetarias no respetaron las reglas del juego, porque no utilizaron los tipos de
interés para mantener la paridad oficial, sino más bien para evitar las crisis económicas. Esto se
ve en el gráfico cuando comparamos la evolución de las reservas y los tipos de interés. Parece
que, en muchos casos, reservas y tipos de interés avanzaron sincrónicamente, se estaban
realizando políticas de estabilización. Si pensamos en el trilema de la macroeconomía
internacional, parece que la política monetaria no estaba tan limitada como el modelo predice.
Entonces, ¿cómo funcionaba el ajuste de balanza de pagos sin movimientos de oro?
“Esta pregunta es clave para comprender el funcionamiento del patrón oro. Para darle respuesta
es preciso comprender que este sistema monetario internacional era algo más que un conjunto
de ecuaciones que aparecen el apartado de los libros de texto titulado ‘patrón oro’. Era una
institución construida socialmente cuya viabilidad dependía del contexto en el que funcionaba”
(B. Eichengreen, La globalización del capital, p.42)
¿Por qué funcionaba? 3 pilares:
a) Porque la prioridad que daban los gobiernos al mantenimiento de la convertibilidad era
creíble El férreo compromiso de los gobiernos con el patrón oro resultó esencial para su
estabilidad, a la par que brindó unas circunstancias ideales para la inversión exterior.
¿Por qué era creíble?
Consenso sobre la garantía de convertibilidad (mantener el tipo de cambio).
Aislamiento político de las autoridades monetarias o Inexistencia de una idea clara de las
relaciones entre la actuación del BC y la economía real ¿Consecuencias?
Movimientos de capital a corto plazo con efectos estabilizadores.
b) La cooperación entre bancos centrales.
c)Posición de GB en economía internacionalprotegía su balanza de pagos de perturbaciones.
El factor fundamental fue la solidez de la libra esterlina, moneda en la que se realizaban muchas
de las transacciones internacionales y que servía como reserva, en lugar del oro. Esa confianza
en la libra no se basaba en una gran reserva de oro, pues los pasivo líquidos del BdE en manos
de extranjeros no estaban cubiertos por sus reservas. Pero su singular posición en la economía
internacional hacía que su balanza de pagos estuviera protegida frente a las perturbaciones…
5.4. Ventajas e inconvenientes del patrón oro.
Ventajas del patrón oro: Estabilidad -> marco seguro y de precios estables que da las máximas
garantías a los agentes para actuar en los mercados internacionales.
El patrón oro favoreció la globalización gracias a su estabilidad, pero a la vez esta estabilidad se
basaba en el avance de la globalización.
Inconvenientes del Patrón oro:
La difícil posición de los países periféricos
La dureza y la eficacia de las medidas de ajuste interno fueron bastante diversas según el país
que las aplicó. Distinción entre economías más avanzadas y las periféricas. Las primeras
pudieron esperar la acción estabilizadora de los inversores cuando el BC subió los tipos de
interés. Gran Bretaña lo ilustra de forma extrema. Se decía en la época que el Banco de Inglaterra
podía atraer dinero de la Luna. La pura expectativa que iba a dar ese paso, lo que anunciaba que
venían tiempos difíciles, provocaba una entrada masiva de capitales que incluso podía hacer
innecesaria el alza de tipos. Las economías periféricas no lo tuvieron tan fácil; especialmente si
tuvieron la desventura de caer en déficits externos en momentos de inestabilidad financiera
internacional - que los hubo, aunque no desembocasen en crisis sistémicas-. Las subidas de los
tipos de interés podían no ser un estímulo suficiente para atraer capital foráneo, ya que los
inversores extranjeros sintieron cierta desconfianza acerca de la capacidad de pago de la deuda.
Hubo países periféricos, tanto no europeos -por ejemplo, Argentina- como europeos -Italia o
Portugal- que se vieron obligados a suspender la convertibilidad y dejar que se depreciasen sus
monedas para restablecer el equilibrio exterior. Debe subrayarse que fueron casos aislados, que
no afectaron al corazón del sistema. Pero las economías periféricas que incurrieron en déficits
externos tuvieron que efectuar un ajuste más duro y padecieron recesiones más fuertes. Hubo,
pues, una asimetría en los mecanismos de ajuste.
Las desigualdades sociales
El objetivo supremo de la política económica de las autoridades fue mantener la paridad de sus
monedas. En el altar del oro sacrificaron la estabilidad del crecimiento y el empleo. La lógica del
sistema imponía ajustes internos tan duros. Si los gobiernos los aplicaron con sumo rigor y
disciplina es porque el contexto sociopolítico consentía esta política. El gasto público era muy
contenido debido a que el Estado desempeñaba funciones económicas en extremo limitadas. El
coste de las depresiones económicas provocadas por las políticas deflacionistas caía,
fundamentalmente, sobre las espaldas de los trabajadores, cuyos derechos políticos estaban
fuertemente reprimidos. (El trilema de política macroeconómica y el trilema de Rodrik).