Pierre Toubert
EN LA EDAD MEDIA
(Fuentes, estructuras, crisis)
Traducción de Antonio Malpica Cuello,
Rafael G. Peinado Santaella
y Bilal Sarr
GRANADA
2016
Colección Historia
Director: Rafael G. Peinado Santaella (catedrático de Historia Medieval de la
Universidad de Granada).
Consejo Asesor: Inmaculada Arias de Saavedra Alías (catedrática de Historia
Moderna de la Universidad de Granada; Antonio Caballos Rufi no (catedrático
de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla); James Casey (profesor emérito
de la Universidad de East Anglia); José Fernández Ubiña (catedrático de Historia
Antigua de la Universidad de Granada); Miguel Gómez Oliver (catedrático de
Historia Contemporánea de la Universidad de Granada); Antonio Malpica Cuello
(catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Granada); Miguel Molina
Martínez (catedrático de Historia de América de la Universidad de Granada);
Juan Sisinio Pérez Garzón (catedrático de Historia Contemporánea de la Univer-
sidad de Castilla-La Mancha); Joseph Pérez (profesor emérito de la Universidad
de Burdeos y director honorario de la Casa de Velázquez); Ofelia Rey Castelao
(catedrática de Historia Moderna de la Universidad de Santiago de Compostela);
María Isabel del Val Valdivieso (catedrática de Historia Medieval de la Univer-
sidad de Valladolid).
La Editorial Universidad de Granada agradece a las instituciones y editoriales
concernidas que hayan autorizado la reedición de los trabajos recopilados en
este libro.
© PIERRE toubert.
© UNIVERSIDAD DE GRANADA.
ISBN: 978-84-338-5879-5.
Edita: Editorial Universidad de Granada y
Campus universitario de Cartuja. Granada.
Maquetación: CMD. Granada.
Diseño de cubierta: Josemaría Medina Alvea.
Printed in Spain Impreso en España
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación
de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción
prevista por la ley.
Percepción y gestión de las crisis en el
Occidente medieval 1
La Historia, como le gustaba recordar al gran historiador Lucien
Febvre, es «hija de su tiempo». Es decir, que con frecuencia son
los problemas del presente los que solicitan nuestra búsqueda del
pasado y fijan la elección de nuestros temas de estudio. Con este
espíritu, señoras y señores, he concebido el proyecto de entrete-
nerles esta tarde con «La percepción y la gestión de las crisis en el
Occidente medieval».
Nunca como hoy, en efecto, nuestras sociedades han estado
tan asaltadas no solo por una crisis profunda, sino también por el
deseo ardiente de comprender las causas y los efectos, y por tanto
de proponer remedios y conductas de gestión apropiadas.
Un importante Center for Risk Management se ha creado en el
marco del King’s College de Londres. Investigaciones de una calidad
fuera de lo común se realizan también en los Estados Unidos en
el Harvard Center for Crisis Analysis. Solo recuerdo de memoria
el considerable éxito que ha tenido en Francia la traducción de
Ulrich Beck sobre el Risikogesellschaft y el trabajo de reflexión que ha
suscitado entre nosotros. A la luz de estos conocimientos recien-
tes quisiera presentarles hoy algunas reflexiones sobre las crisis
medievales y sobre la enseñanza que, según me parece, se puede
1. Traducción de Antonio Malpica Cuello y Bilal Sarr.
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extraer del análisis de este pasado a la vez tan lejano y tan presente
en nuestras curiosidades intelectuales.
Para ser claro, examinaré sucesivamente tres clases de pro-
blemas:
1. E n primer lugar, quisiera recordar rápidamente los tipos de
fuentes de que disponemos para acotar el problema de las
crisis medievales.
2. Me ceñiré enseguida a definir los tipos de crisis que estas
fuentes nos permiten identificar, así como su contexto.
3. Por último, y sobre todo, quisiera ocuparme de los modos de
percepción que de estas crisis se hicieron los contemporáneos,
en las ideas, en suma, que se pudieron forjar respecto a sus
causas y a los medios para remediarlas. Y ello tanto desde
el punto de vista de las conductas individuales como de las
respuestas sociales que aportaron en períodos de crisis los
grandes responsables políticos del momento: príncipes laicos
y eclesiásticos y comunas urbanas en particular.
Yo espero que de esta manera podremos esbozar, para concluir,
un balance de los elementos de modernidad, discretos, pero reales,
que nos revela una aproximación de la percepción de las crisis para
el hombre medieval.
Consideremos, pues, ante todo, el problema de la tipología de las
fuentes. Para la Alta Edad Media, es decir, para el periodo que llega
hasta los siglos xi-xii, se constata paradójicamente que las fuentes
que son el terreno favorito de los medievalistas, las selecciones de
cartas y los cartularios, nos ofrecen pocos elementos útiles. Hay
que ir a otros tipos de fuentes. Son, en efecto, los anales y las cró-
nicas —esencialmente monásticas— las que nos ofrecen los datos
más preciosos.
Con su gusto natural por lo extraordinario y lo maravilloso,
describen crisis de una manera a menudo ciertamente estereotipada,
pero con frecuencia también original y penetrante. Merecen siem-
pre que hagamos de ellas un análisis crítico y atento. En la misma
época, otro tipo de fuentes bien conocido, las Gesta (o hazañas) de
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En la edad media
los obispos y de los abades abre perspectivas sobre la conducta de
los gestores eclesiásticos. De igual modo, las fuentes hagiográficas
nos revelan, por encima de los príncipes, los obispos, los abades, los
modos de intervención de los santos como recurso supremo en caso
de crisis. Las fuentes litúrgicas, en fin, nos hablan de las plegarias,
los cultos y las prácticas devocionales destinadas a prevenir a la
sociedad contra los mayores riesgos de crisis que la amenazaban.
A partir del siglo xiii, el panorama documental cambia. Una
nueva distribución tipológica de las fuentes revela claramente las
evoluciones que experimentaron la propia sociedad medieval y sus
marcos políticos. Las crónicas urbanas ocuparon desde entonces el
primer lugar. A su vez, la legislación normativa conoció un auge
considerable. Observamos cómo se elaboró toda una serie de dis-
positivos anti-crisis con los edictos y ordenanzas de los príncipes y
la reglamentación estatutaria de las grandes comunas. Aquí y allá,
en los siglos xiv y xv, aparecieron magistraturas y oficios más o
menos especializados en la gestión ordinaria de las situaciones de
crisis que, a su vez, alimentaron una abundante literatura delibera-
tiva, a veces bien conservada en los depósitos de nuestros archivos.
Concluyamos sobre las fuentes que se refieren a las crisis. Cons-
tatamos sin sorpresa que su abanico tipológico fue muy amplio y
de una creciente riqueza a lo largo del milenario medieval. Hasta
el siglo xii nuestras posibilidades de aproximación dependen en lo
esencial de fuentes que emanaron del medio eclesiástico y se refieren
sobre todo al mundo rural que dichas instancias encuadraban. A
partir del siglo xiii, con la formación de las monarquías feudales
y de las grandes ciudades-estado, en Italia, en Alemania y en el
sur de Francia sobre todo, se inició un incremento de las fuentes
públicas y de las fuentes urbanas. No es algo baladí dentro de este
rápido repaso al tema de las fuentes mostrar cómo, en los últimos
siglos de la Edad Media, la influencia estatal y la urbana crearon
nuevas estructuras de gestión de las crisis. Las mismas construyeron,
al mismo tiempo, nuevos marcos de percepción que se ofrecen a
nuestra sagacidad por esos dispositivos de gestión.
Cuando pasamos de tratar los tipos de fuentes a las crisis
mismas, cuyo acceso nos ofrecen dichas fuentes, conviene ante
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pierre toubert
todo definir la coyuntura de larga duración que configura el telón
de fondo.
Ahora bien, esa coyuntura, afortunadamente, es hoy objeto
de un consenso poco común tanto entre los especialistas de la
demografía histórica como los de la historia económica. Todos los
indicadores que están a nuestra disposición permiten, en efecto,
ver en el milenario medieval un reparto de sus fundamentos en
tres ciclos de larga duración. El primero va de la Antigüedad tardía
hasta los siglos viii-ix. Estuvo marcado por una lenta y constante
depresión de la demografía, de la economía, de las tecnologías, de
la producción y de las redes comerciales. Todo ello en un contexto
bien conocido de decadencia de las ciudades y de degradación
monumental de sus espacios. El punto más bajo parece que llegó
a mediados del siglo vi y en los decenios sucesivos en el momento
en el que una demografía ya deficitaria desde fechas anteriores se
vio fuertemente azotada por una gran pandemia de peste bubónica,
llamada por los historiadores «peste de Justiniano», cuyos efectos
devastadores han sido aclarados en trabajos recientes. A partir del
siglo viii aparecieron los primeros signos de una recuperación
general. Surgida de las capacidades de recuperación que ofrecía
la economía agraria y los cuadros de gestión del señorío rural,
dicha recuperación fue ante todo demográfica. Se tradujo, a partir
del siglo x, en la conquista de nuevos espacios agrícolas mediante
la roturación, la multiplicación de las aldeas y luego, como es
bien sabido, mediante un renacimiento de la vida urbana, cuyos
precedentes de los siglos x y xi se consolidaron con esplendor en
el siglo xii, primero en el norte de Italia y en Flandes, y luego en
las tierras situadas entre el Loira y el Rin. Ese ciclo de expansión
general cuyos efectos acumulativos alcanzaron su apogeo en el siglo
xiii se cortó a mediados del siglo xiv por la ofensiva devastadora
de una nueva pandemia de peste bubónica procedente de Asia,
la famosa peste negra de 1348 cuyo impacto sobre la demografía
conocemos evidentemente mejor que el de la peste justinianea del
siglo vi, y que tuvo una tasa de mortalidad que puede evaluarse
en un treinta por ciento incluso más de la población. [Recuerdo
de memoria que se estima entre el uno y el dos por ciento la tasa
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En la edad media
de letalidad de la gripe española de 1918]. Desde entonces, y hasta
las últimas décadas del siglo xv, Occidente conoció de nuevo un
largo ciclo de depresiones al que pondría fin el descubrimiento del
Nuevo Mundo. En adelante, Occidente se abrió a los horizontes
modernos y a esa «economía-mundo» de la que Fernand Braudel
fue explorador pionero e incisivo.
El milenario medieval estuvo, pues, lejos de experimentar un
crecimiento lineal. En términos de ciclos de larga duración, los
célebres ciclos de Kondratiev, su originalidad se debió a la existen-
cia de un ciclo muy largo de expansión (ciclo A) que fue desde los
siglos viii-ix a mediados del siglo xiv, enmarcado por dos ciclos
de depresión (ciclos B de Kondratiev), el de los siglos v-viii y el
de los siglos xiv-xv. Este orden tripartito nos ha valido admirables
visiones incluso más allá de la historia económica y social, en el
ámbito de la historia de la cultura y de la creación artística. ¿Cómo
no recordar a este respecto los nombres de Jakob Burchardt, Émile
Mâle o Erwin Panofsky? ¿El de Georges Duby, historiador total del
apogeo feudal de los siglos x-xiii, el de Johan Huizinga y su Otoño
de la Edad Media o el de Millard Meiss sobre la pintura italiana
después de la Peste Negra?
Lo que ahora me importa señalar hoy es que, más allá de los
movimientos de gran amplitud que nos revela el análisis macroeco-
nómico, el milenario medieval debió superar constantemente crisis
periódicas, a la vez lo bastante fuertes como para dejarnos nítidas
huellas documentales y al mismo tiempo lo bastante contenidas
como para haber interrumpido los ciclos largos sin perturbar su
tendencia de fondo. En suma, son esas crisis superables y siempre
superadas las que retendrán nuestra atención, más que las dos
grandes pandemias de pestes, ya bien estudiadas, de Justiniano y
de 1348, las únicas que conoció la Edad Media y las únicas que
fueron capaces, por su impacto catastrófico sobre la demografía,
de invertir la tendencia de fondo de la vida económica y social.
Por lo demás, en cambio, las crisis ordinarias, si así pueden
llamarse, o «intra-cíclicas» por hablar como los economistas, se
inscribían de manera más concreta en el horizonte de angustia
permanente del hombre medieval. La diversidad de los relatos y
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pierre toubert
descripciones de las crisis que subrayan anales y crónicas explican
bien sus características más frecuentes, su extensión geográfica
y la cronología de sus recurrencias. Es cierto que el crecimiento
demográfico, firme desde el siglo ix, obligó a las sociedades bási-
camente agrarias a responder al crecimiento mediante esfuerzos
encarnizados para asegurar en paralelo la progresión cualitativa y
cuantitativa de las subsistencias disponibles. A pesar de no haber
experimentado nunca una gran revolución agrícola, fue gracias a los
progresos empíricos en el utillaje y las técnicas de cultivo cómo la
hermosa Edad Media de los siglos x-xiii creó los paisajes agrarios
de los que nosotros somos herederos. Es a ese mismo trabajo de
búsqueda tenaz de nuevos recursos alimenticios al que debemos
la aparición, en la Europa del Norte, de las prácticas de la rotación
bienal y después de la rotación trienal en cerealicultura. Sin carecer
tampoco de energía creadora, los campesinos del Sur desarrollaron
por su parte un policultivo de subsistencia intensivo de huerta, la
viña, el olivar y la trashumancia ganadera. El análisis de las crisis
medievales se resume así en una gran conclusión: el del fracaso
periódico de los esfuerzos mantenidos para establecer a largo plazo
conductas y prácticas colectivas de prevención de la gran amenaza
a la que todas las sociedades medievales se enfrentaron: el riesgo de
penuria alimentaria. Para decirlo sin ambages: la crisis medieval,
definida en su perfil colectivo elemental, fue la hambruna provocada
por la ruptura crítica de los equilibrios ordinarios de la gestión del
agro ecosistema de subsistencia. Igual de claro nos parece la causa
de esas rupturas críticas: fue la catástrofe meteorológica para la que
precisamente no existía ninguna auténtica prevención. Conocemos
bien el interés obsesivo que los anales y crónicas prestaron al registro
de los acontecimientos meteorológicos, a los tipos de tiempos, a
las catástrofes provocadas por las alteraciones climáticas. Es bien
conocido el gran provecho que los historiadores del clima han
extraído de ello desde los destacados trabajos de Emmanuel Le Roy
Ladurie y sus discípulos. Para el historiador de las crisis medievales,
sus conclusiones se leen como una evidencia de calendario. De una
fuente a otra, mediante una confrontación de los tiempos, de los
lugares y de las conductas, se puede reconstituir así la remisión
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En la edad media
de toda crisis periódica. Esbocemos de forma somera una especie
de retrato colectivo ideal:
——Al principio —a menudo, pero no siempre— un signo atmos-
férico premonitorio: un cometa o, más frecuentemente, un
eclipse solar o lunar, lluvia de meteoritos, etc.;
——justo después, un desorden climático extraordinario marcado
por el doble sello de su carácter inaudito (generalmente a
causa del frío, de la pluviosidad o por el contrario de la
sequía) y sobre todo por la repetición de dicho desorden.
Observamos así que nuestras crisis estuvieron marcadas no
por una catástrofe climática sino por la sucesión de dos,
incluso de tres años catastróficos. Era esa repetición la
que provocaba la hambruna debido a la imposibilidad que
generaba para asegurar la resiembra de las tierras y, por lo
tanto, de reconstituir el ciclo de la producción cerealera;
——ultimo carácter típico: el acompañamiento obligado de la
hambruna era evidentemente la guerra, la enfermedad y
la muerte, esa peste en sentido amplio que comportaba,
al mismo tiempo que la hambruna, el caballero del cuarto
sello del Apocalipsis.
El recurso léxico de nuestras fuentes narrativas es a este respecto
de una uniformidad elocuente: una crisis es siempre caracterizada
por tres o cuatro vocablos, siempre los mismos: fames o carestia,
pestilentia o ingens mortalitas. Como señala el cronista Godofredo
Malaterra al final de su larga descripción de la hambruna de 1058
en el sur de Italia, fames quidem, gladio mortalitatis acutior facta
est. Junto a los analistas monásticos que a menudo se contentaron
con marcar tales o tales años con una breve nota del tipo hoc anno,
fuit magna fames et mortalitas, numerosos cronistas elaboraron un
relato más colorido. Se desarrollaron dos grandes temas que aquí
solo puedo evocar. El primero es el de la horrible descomposición
de los cuerpos víctimas de la hambruna, que desgraciadamente
coinciden con las imágenes cuya cruel exactitud nos permiten medir
hoy muchas hoy regiones de África. El segundo tema dominante
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pierre toubert
es el de los inútiles esfuerzos realizados para paliar de diversas
formas la carencia alimentaria que transformaba la simple escasez
en hambruna catastrófica. En todas nuestras fuentes, las más de las
veces independientes unas de otras, se repiten los mismos recursos
de desesperación: se recogían todo tipo de hierbas desconocidas
para realizar con ellas caldos envenenados. Se arrancaban las raíces
y cortezas de los árboles. Se recogían tierras arcillosas cuyo color
blanco daba la falsa impresión de harina, etc. La necrofagia, la antro-
pofagia no son solamente mencionadas, sino que con frecuencia
están ilustradas por la descripción complaciente de las conductas
más abyectas: padres que devoran a sus hijos pequeños, solitarios
que en fondo de los bosques transforman sus eremitorios en trampas
mortales para los vagabundos a los que matan y descuartizan, etc.
No pretendo ocuparme aquí más a fondo de este problema
complejo de la antropofagia en las situaciones de carencia extrema,
que en modo alguno es exclusivo de la Edad Media. Como bien ha
descrito nuestro «correspondiente» Pierre Bonnassie en un estudio
dedicado a los alimentos inmundos y al canibalismo de supervi-
vencia en el Occidente medieval, no puede descartarse la veracidad
de tales testimonios. Por lo general, Bonnassie ha demostrado
sobre todo que las conductas alimenticias aberrantes descritas en
tiempo de hambrunas constituyen una especie de construcción de
un código alimentario inverso, dentro de una dialéctica de lo puro
y lo impuro elaborada desde la Alta Edad Media, principalmente
por la literatura canónica de los penitenciales y de los manuales
de confesión.
Es menos frecuente el folclore de esos casos-límite de ham-
bruna con los que se deleitan algunos cronistas que merecen que
nos detengamos de nuevo un instante, pero mejor aún en el estudio
de las condiciones de percepción del riesgo de crisis alimentaria
y en el de mecanismos ordinarios de prevención de tal riesgo,
capital y recurrente.
Se ha de advertir muy brevemente que la Alta Edad Media nos
ofrece los últimos ejemplos conocidos de intentos de solucionar por
parte del Estado las grandes hambrunas, dentro de la tradición del
Imperio romano tardío, tal y como, por otra parte, persistió en el
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En la edad media
Imperio bizantino. Así, Carlomagno antes incluso de su coronación
imperial, puso en marcha en numerosas ocasiones mecanismos de
lucha contra las hambrunas. Lo hizo promulgando edictos con el
objeto de crear reservas de cereales en los graneros del fisco y de
ordenar la distribución caritativa de las reservas así organizadas.
Queda testimoniada esta política anonaria en la tradición imperial
romana cuando se produjeron las grandes hambrunas «intra-
cíclicas» de 780, 792/3 y 805/806. No se encontrarán más huellas
después de Carlomagno de tales distribuciones de cereales en las
que debemos ver un aspecto de su política general de Renovatio
Imperii.
A partir del hundimiento del Imperio carolingio y hasta el siglo
xiii se dibuja un relevo en la política de gestión de las crisis que
podríamos calificar de «feudal». La misma anticipó nuevos modelos
de responsables en tiempos de crisis: los obispos y los abades, los
señores territoriales, la clase señorial en general. Algunas crónicas
de los siglos xi y xii manifiestan un interés particular por el análisis
de la conciencia del riesgo y de las respuestas que aquellos nuevos
actores del juego social pudieron aportar.
Pensamos por supuesto en las Historiae de Raúl Glaber, en la
Crónica de Hugo de Flavigny, en las Gesta de los obispos de Lieja,
en la Historia del asesinato del conde de Flandes Carlos el Bueno,
en la crónica de la Italia del Sur de Godofredo Malaterra, etc. Sin
que aquí podamos analizar de forma más extensa los elementos,
estas fuentes nos permiten, sin embargo, extraer un modelo de
comportamiento que nos parece demasiado general como para
ser considerado característico de la fase «feudal» de los modos de
percepción y de gestión de las hambrunas y de las crisis cíclicas.
Queda claro que la acción de los responsables no se limitó a la
distribución caritativa (básicamente de pan) sino que recurrió a
dispositivos más complejos de reflexión sobre el riesgo y de res-
puesta política. Resulta interesante destacar numerosas decisiones
técnicas en la medida en que denotan una voluntad de gestión pre-
visora del riesgo. En efecto, la conciencia del riesgo de hambruna
no se asociaba por lo general a una amenaza de cosecha catastrófica
sino a la anticipación de una sucesión dramática de muchos ciclos
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pierre toubert
cerealeros deficitarios. Así, ha de señalarse, por ejemplo, que una
inteligente medida adoptada por los obispos de Lieja convirtió en
obligación para los campesinos dedicar un amplio espacio —a veces
se precisa hasta un tercio de las superficies arables— a las legumi-
nosas que podían asegurar un eficaz aprovisionamiento alimenticio
entre dos cosechas cerealeras deficitarias.
Ya en el siglo xii, por parte de algunos responsables «feudales»,
se atestigua una política autoritaria de fijación del precio máximo
de los diversos cereales en periodo de crisis de subsistencia. Se
hizo rutinaria a partir del siglo xiii, cuando las monarquías, los
príncipes territoriales y las grandes comunas italianas pusieron en
marcha políticas de gestión de crisis más complejas, convertidas en
más eficaces gracias a los dispositivos de control administrativos
que se desarrollaron. Medidas que fijaban moratorias en materia
de arrendamientos o, más generalmente, de préstamos a interés
llegaron a ser constantes en los siglos xiii y xiv. La lucha de los
Estados contra los efectos sociales devastadores de las crisis fru-
mentarias pasó por una lucha contra la subida de las tasas usurarias
y el endeudamiento del mundo campesino.
Juicios críticos, raros y esporádicos aun antes de los siglos xiv-
xv por el «malgoverno» en materia de gestión de las crisis frumen-
tarias, nos ilustran desde entonces sobre la percepción común de
una mala gestión de las crisis. Se suscitaron así oleadas de críticas
en el medio urbano y sobre todo en las sociedades comunales
italianas de los siglos xiv-xv por el «malgoverno» en materia de
gestión de las crisis frumentarias, un «malgoverno» por lo demás
menos asociado casi siempre a la incompetencia del Estado que a
su colusión con los intereses de la clase dirigente.
Estas últimas observaciones sobre la conciencia crítica del riesgo
alimentario, tal como podía expresarse tras las grandes hambrunas
y sobre todo en el medio urbano, nos conducen a nuestra conclu-
sión. Quisiera, en efecto, para terminar, subrayar el interés de las
incitaciones problemáticas que el medievalista puede recibir de las
investigaciones actuales sobre el «Risk Management» mencionadas
al principio de mi exposición.
264
En la edad media
En muchos dominios, en efecto, la Edad Media no fue en
absoluto ajena —con sus características propias— a la pertinencia
de los cuestionarios elaborados por el Center of Risk Management
del King’s College de Londres y por el famoso Harvard Center for
Risk Management. Resumámoslos para terminar.
1. E
l nivel de percepción del riesgo es sin duda, hoy, extrema-
damente elevado a causa de la mundialización de los riesgos
y de su asociación, en la conciencia colectiva, a conductas
criminales (terrorismo, peligro nuclear, pandemias y recursos
a las armas A B C, llamadas de «destrucción masiva», etc.). Se
debe constatar que este triple movimiento de mundialización,
de criminalización planetaria y de manipulación del riesgo y
de su percepción comenzó a emerger en la conciencia medie-
val. Los anales y las crónicas de los siglos ix-xii subrayan,
en efecto, en el caso de las hambrunas y de las pandemias
asociadas, el desencadenamiento de comportamientos cri-
minales añadidos, así como el carácter trasfronterizo, si no
francamente universal, de las amenazas de los riesgos per-
cibidos como susceptibles de extenderse per totam Galliam,
Germaniam et Italiam, per orbem terrarum, etc., siguiendo
las formulaciones recurrentes más diversas. A propósito de la
consciencia de riesgo de hambruna la mentalidad medieval
ha sobrepasado más fácilmente los horizontes geográficos
limitados que tradicionalmente le son asignados.
2. En el marco mismo de las compartimentaciones que se
suponen características de las sociedades medievales, que se
definen según un perezoso plagio del modelo antropológico
de las sociedades segmentarias, la conciencia de riesgos
específicos no nos parece menos aguda. Así se atestiguan
algunas muy interesantes disposiciones por la convergencia
de sus objetivos. Solo hemos podido mencionar los facto-
res de riesgo ya considerados capitales: deforestaciones y
sobrecarga ganadera en los campos, crisis frumentarias,
incendios catastróficos en las ciudades, etc.
265
pierre toubert
3. D
esde luego, aún falta a esta percepción medieval del riesgo
un elemento decisivo de amplificación: la capacidad «cientí-
fica» para definir la etiología, por referencia evidentemente
anacrónica a nuestros criterios actuales de definición. Nada
sería más desafortunado que pasar de lado de lo que me
parece que es el verdadero problema histórico: a saber, la
capacidad del hombre medieval para construir su etiología
de las crisis y, por lo mismo, a hacer de la percepción del
riesgo un objeto cultural ofrecido a nuestro análisis.
Más allá, en efecto, del sentimiento común según el cual las
crisis no son sino el precio que los hombres pagan por sus pecados
(peccatis nostris exigentibus), el análisis revela una sensibilidad
medieval que tiende a una búsqueda causal diversificada. En el caso
de las hambrunas, la identificación de las causas ligadas a fenó-
menos celestes excepcionales (cometas, eclipses, meteoros, etc.) y
a conjunciones astrales desfavorables fue, como hemos visto, muy
general. Estas últimas fueron así percibidas a la vez como un campo
de racionalidad científica y como un dominio de inaccesibilidad
que no excluía, sin embargo, un cierto nivel de influencia sobre los
efectos del riesgo al que se exponía, ya se tratara de epidemias, de
hambrunas o, de otra parte, de incendios y seísmos. Tengamos en
cuenta que la determinación de las conjunciones astrales adversas
podía desembocar en la conciencia de una previsión astrológica de
la crisis. La creencia común en una causalidad astral de las crisis
no excluía en modo alguno, por otra parte, la idea que algunos
factores humanos hubieran podido, a su vez, desempeñar un papel
coadyuvante en los desencadenamientos de las crisis. Las crónicas
toscanas del siglo xiv, en particular la de Giovanni Villani, prestan
a menudo atención a las causalidades celestes y a las causalidades
sociales en la percepción de las situaciones de nivel elevado de
riesgo.
Otras huellas, que anotamos de pasada, nos invitan también a
dotar de una cierta modernidad la percepción medieval de las crisis.
La unión entre riesgo y conductas criminales de transgresión social
era ya muy explícita, en este caso conductas de almacenamiento
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En la edad media
y acaparamiento de subsistencias. Ello justificó la aplicación de
instrumentos de prevención anti-riesgo con un fuerte componente
policial en las Comunas italianas de los siglos xiv y xv. Del mismo
modo está presente en nuestra época la idea de que la gestión del
riesgo no escapa a una contestación legítima por la communis opi-
nio de las disposiciones adoptadas por los responsables políticos.
Tengamos en cuenta, por último —y esto es una experiencia
esencial de los últimos siglos de la Edad Media—, que la percepción
social de las crisis frumentarias o naturales estaban acompañadas
de una afirmación del principio de solidaridad frente al riesgo a
través de diferentes dispositivos de asistencia. Lucien Lévy-Bruhl
se había ya planteado antaño el hecho de que la gestión de las crisis
a través de un seguro contra el riesgo pasó en la Edad Media por
una primera fase creadora de deberes sociales unidos al principio
de la asistencia obligatoria. Este último principio no puede abs-
traerse por sí mismo de la toma de conciencia, en los últimos siglos
de la Edad Media, de los deberes más generales de asistencia por
parte del Estado contra las grandes amenazas de hambrunas, de
epidemia y de incendio.
No se me oculta que no he abordado por falta de tiempo algu-
nas grandes cuestiones. No he podido tratar, por ejemplo, las crisis
financieras que, en el siglo xiv, sacudieron todo el edificio bancario
florentino. Tengo que contentarme con asegurarles que no ofrecen
ningún punto de comparación útil con las crisis financieras que
conocemos a partir de 1929. Y así sucesivamente.
A decir verdad, habré cumplido mi objetivo más modesto si les
he convencido no solo de que la Edad Media atravesó crisis típicas,
sino también, y sobre todo, de la inteligencia con que hizo de tales
crisis un objeto cultural revelador de su visión general de lo que
el gran medievalista Wolfram von den Steinen ha denominado el
Cosmos de la Edad Media 2.
2. Debo la ilustración de este artículo a la participación de mi amiga Madame
Perrine Mane, directora de investigación en el CNRS, a la que agradezco efusivamente su
colaboración. N. de la E.: las ilustraciones del original francés no se han tenido en cuenta
en esta traducción.
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